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AFEHC : articulos : Implicaciones político-sociales de la campaña contra los filibusteros en El Salvador: Las acciones de Gerardo Barrios : Implicaciones político-sociales de la campaña contra los filibusteros en El Salvador: Las acciones de Gerardo Barrios

Ficha n° 1942

Creada: 19 junio 2008
Editada: 19 junio 2008
Modificada: 24 junio 2008

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Autor de la ficha:

Carlos Gregorio LÓPEZ BERNAL

Editor de la ficha:

Víctor Hugo ACUÑA ORTEGA

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Implicaciones político-sociales de la campaña contra los filibusteros en El Salvador: Las acciones de Gerardo Barrios

Este trabajo pretende analizar tres problemas relacionados con la campaña contra los filibusteros de William Walker en la década de 1850. En primer lugar hace una revisión de la situación política regional y salvadoreña hacia mediados de la década, con el fin de entender la;manera cómo se reacciona frente a Walker. En segundo lugar, se estudia la manera cómo se organizó y actuó la fuerza militar salvadoreña enviada a Nicaragua; y por último se analiza el papel jugado por el general Gerardo Barrios, último jefe del contingente militar salvadoreño en suelo nicaragüense. Esto da lugar para cuestionar la historiografía liberal salvadoreña, que minimizó el accionar del general Ramón Belloso, quien estuvo al mando de las fuerzas en los momentos más críticos de la campaña y, por el contrario, elogió en demasía a Barrios, ignorando que este llegó a Nicaragua, cuando ya Walker estaba derrotado. Por el contrario, Barrios aprovechó el momento para levantarse en contra del gobierno salvadoreño, el mismo que le había confiado el mando del ejército.
Autor(es):
Carlos Gregorio López Bernal
Fecha:
Junio de 2008
Texto íntegral:

Introducción

1 Este trabajo pretende analizar tres problemas relacionados con la campaña contra los filibusteros de William Walker en la década de 1850. En primer lugar, se hace una revisión de la situación de El Salvador hacia mediados de la década, con el fin de entender el contexto en que se da la intervención de Walker y las reacciones frente a la invasión. En segundo lugar, se estudia la manera cómo se organizó y actuó la fuerza militar salvadoreña enviada a Nicaragua; y por último el papel jugado por el general Gerardo Barrios, último jefe del contingente militar salvadoreño en suelo nicaragüense y sus implicaciones en la vida política y social de El Salvador.

El contexto político regional previo a la intervención filibustero

2 Para mediados de la década de 1850, el panorama político centroamericano en general y salvadoreño en particular no era muy lisonjero. Las disputas entre facciones al interior de los Estados y los conflictos entre estos mantenían a la región en constante zozobra e incertidumbre. A tres lustros de ruptura de la federación, los endebles estados nacionales y las elites dirigentes todavía no definían claramente el rumbo a seguir. La disyuntiva era reconstruir la unión centroamericana o avanzar en la construcción de estados nacionales independientes. Paradójicamente se trabajaba en ambas vías.

3 En la primera, el sueño de la reunificación se perseguía siguiendo el modelo morazánico, es decir, por la vía armada, cuyo último y resonado fracaso se dio en La Arada en febrero de 1851, cuando una coalición de fuerzas hondureñas y salvadoreñas al mando de Doroteo Vasconcelos y Trinidad Cabañas fue derrotada por Rafael Carrera. Pero también se hacían intentos por la vía diplomática, convocatoria a dietas, intentos de confederación, que indefectiblemente fracasaban, por suerte con menos costos humanos y materiales que las campañas militares.

4 Los fracasos de los intentos de reunificación y el ejercicio del poder local hacían que poco a poco y casi imperceptiblemente la opción de construir estados nacionales fuera tomando fuerza. Sin embargo, un velo de desencanto cubría ese escenario, que a lo sumo permitía regocijarse porque no se enfrentaban problemas tan graves como se habían vivido en el pasado o se vivían en los estados vecinos. El discurso pronunciado por Esteban Castro, en la conmemoración de la independencia en la ciudad de San Vicente, en septiembre de 1855, refleja claramente ese desencanto:

5“Pero seducidos por doradas teorías creímos que con un fiat de nuestra boca, quedaría la nación organizada y regida perfectamente, afianzado su reposo y prosperidad, y dimos la constitución de 1824. Al descanso y la prosperidad que esperábamos sucedió la inquietud y la guerra…
Las cosas jamás se han amoldado a las instituciones, las instituciones por el contrario tienen que amoldarse a las cosas y al desconocimiento de esta verdad debemos todas nuestras desgracias… La bondad de las instituciones… se halla precisamente en su íntima relación y exacta armonía con las costumbres y necesidades de un país, pues toda constitución que no está en concordancia con ellas, lejos de ser útil, es altamente perjuiciosa, según dijo un célebre escritor francés1.”
Este era un reconocimiento explícito de que los proyectos surgidos con la independencia y la federación habían quedado truncados y que a falta de logros mayores, había que conformarse con lo poco que se pudiera hacer en cada estado y tratar al menos de reducir la inestabilidad y los conflictos. Sin embargo, estos estaban a la orden del día. A los roces entre estados se unían las disputas internas, que fácilmente traspasaban las tenues fronteras. Los “emigrados” a un estado vecino no renunciaban a sus proyectos políticos, más bien aprovechaban el exilio para forjar alianzas, conspirar y preparar el momento para regresar a su país y con el apoyo externo derrocar al gobierno2.

6 Por otra parte, hacer valer las débiles soberanías nacionales frente a las potencias extranjeras era una tarea tan ingente como infructuosa. Basten como ejemplo los repetidos bloqueos a los que el cónsul británico Chatfield sometió los puertos salvadoreños para reclamar el pago de deudas y ante los cuales el gobierno solo podía protestar en términos fuertes pero efectivos, como lo hizo en su momento el presidente Vasconcelos, o ser más pragmático y buscar el pago de lo demandado como sucedió en el gobierno de Francisco Dueñas3.

7 En tales circunstancias las mentes más reflexivas veían las disputas partidarias — a menudo ligadas a pugnas entre personajes —como un factor de disociación y fomento de inestabilidad. Así lo planteaba un editorial de La Gaceta:

8“Nunca pueden ser convenientes para la sociedad esos bandos mezquinos o pequeños partidos, servilizados a una persona y que sin fe política y sin convicciones, careciendo de pasiones nobles y de impulsos pundonorosos, llevan el egoísmo por base, la violencia por sello y rastreros intereses por mira… El carácter de esos partidillos es tímido, sus pensamientos inciertos y dependientes siempre de situaciones personales de sus prohombres, su lenguaje es violento y descomedido como el de los niños malcriados, sus medios son apocados y ruines4.”

9 Desde esa óptica se vieron al principio los problemas internos en Nicaragua, donde las disputas entre facciones frecuentemente habían desembocado en guerra civil. Por lo tanto, cuando uno de los bandos “llamó” a William Walker en su auxilio, ciertamente no generó mayor escándalo, lo ocurrido en Nicaragua se vio simplemente como un ejemplo extremo de los problemas que se vivían o se habían vivido en los otros estados, pero que se esperaba no iría más allá. Es más, a principios de diciembre de 1855 llegó a ese país el general Trinidad Cabañas que acababa de ser derrocado, y pidió al gobierno nicaragüense y a Walker se le diese un cuerpo de filibusteros para recuperar la presidencia de Honduras, pero su petición no fue aprobada5.

10 El mismo caudillo liberal Gerardo Barrios consideró dijo estar de acuerdo con la contratación de filibusteros, “siempre que sepan subordinarse al interés nacional6”. En síntesis, en un primer momento, la guerra civil nicaragüense no se vio como algo extraordinario. La llegada de los filibusteros era una acción no grata, pero hasta cierto punto entendible en razón del caos imperante.

La participación salvadoreña en la campaña bajo el mando de Ramón Belloso

11 Cuando comenzaron a circular noticias de los desmanes de los filibusteros y después de que Costa Rica publicara sus proclamas contra Walker a finales de noviembre de 1855, en el resto de Centroamérica comenzó a considerarse la eventualidad de recurrir a las armas para frenar las pretensiones del estadounidense. Así, el 10 de diciembre de 1855, el ministro de relaciones de El Salvador, Dr. Enrique Hoyos, manifestó al de Guatemala que el gobierno salvadoreño estaba dispuesto a defender el territorio y a mantener la independencia y la soberanía centroamericana7. Pero no fue hasta el 14 de febrero del año siguiente cuando la Asamblea legislativa autorizó al Ejecutivo para tratar con los demás estados la creación de una Dieta General que procuraría garantizar la seguridad e independencia, sin comprometer en manera alguna la existencia de las instituciones. También lo autorizó para establecer alianzas y levantar empréstitos voluntarios o forzosos.

12 En los meses siguientes reinó la incertidumbre. Costa Rica declaró la guerra a los filibusteros el 27 de febrero, pero el gobierno títere de Patricio Rivas y el mismo Walker, mantuvieron correspondencia con el resto de estados y dieron proclamas en las cuales manifestaban su deseo de paz. Pero ya cuando Rivas rompió con Walker y pidió el apoyo de los otros estados para expulsarlo, los nicaragüenses seguían divididos por lo cual no existía un interlocutor confiable para el resto de los estados centroamericanos. Aún así, el 5 de mayo una columna guatemalteca de 500 hombres al mando del general Mariano Paredes salió rumbo a Nicaragua. La Gaceta reprodujo el discurso con el que Rafael Carrera despidió a la tropa. Este enfatizó en lo singular de esta campaña: “No os llaman hoy al campo de batalla, como otras veces, nuestras funestas y lamentables discordias intestinas; os llaman el honor y el interés nacional. Vais a defender una causa sana: la causa de nuestra Religión y la de nuestra raza”. Destacaba que los costarricenses habían dado una muestra de amor a la libertad, por lo que esta nueva fuerza militar debía “acreditar que en Guatemala estamos dispuestos a sacrificarlo todo por ella8.”

13 Mientras tanto en El Salvador, se decretó un empréstito voluntario de 60,000 pesos; simultáneamente el gobierno hacía aprestos para enviar su propia fuerza, pero esta acción se demoró en parte por la falta de recursos y en parte por la misma incertidumbre que se vivía en Nicaragua en donde las alianzas y rupturas entre los diferentes bandos se producían incesantemente. La salida de la fuerza salvadoreña se demoró hasta el 18 de junio, cuando se envió el primer contingente de 700 hombres, al mando del general Ramón Belloso9. La escogencia de Belloso para comandar esa fuerza se debió básicamente a dos razones: por una parte Belloso había estado en Nicaragua en 1844 cuando una fuerza salvadoreña al mando del General Francisco Malespín sitió y tomó la ciudad de León persiguiendo a Trinidad Cabañas y Gerardo Barrios quienes habían dirigido una rebelión contra el gobierno de Malespín, por lo tanto conocía bastante bien el terreno nicaragüense. Por otra parte, las constantes conspiraciones políticas que se daban en El Salvador volvían muy complicado dar el mando de una fuerza militar a cualquier jefe, pues se corría el riesgo de que este se confabulara con alguno de los opositores. Belloso era reconocido como un militar obediente, capaz y poco interesado en la política, por lo que no representaba mayor peligro para el gobierno salvadoreño.

14 Pero derrotar a los filibusteros no sería fácil. La situación se complicó sobre manera para los centroamericanos, pues la victoria inicial costarricense no pudo consolidarse; el ejército costarricense debió retirarse del campo de batalla porque “el cólera, ese enemigo terrible, ese azote invisible y mortífero, contra el cual no pueden nada ni las bayonetas, ni los cañones, ni el valor más heroico10”, diezmaba las fuerzas de Costa Rica. Los jefes costarricenses consideraron más prudente que el ejército retornara a su patria donde “permanecerá arma al brazo, dispuesto y aumentado para cuando sea necesario”, una jugada ciertamente arriesgada, ya que existía la posibilidad de expandir la epidemia, y que mientras tanto los filibusteros recibieran refuerzos. No obstante, señalaban que esta última amenaza podría ser neutralizada por las fuerzas aliadas que pronto estarían en Nicaragua.

15 Efectivamente, para entonces ya se habían puesto en movimiento contingentes procedentes de Guatemala, Honduras y El Salvador. A finales de junio el vicepresidente Francisco Dueñas, lanzó una proclama a los salvadoreños en la cual dejaba ver la posición oficial frente a los filibusteros. Comenzaba señalando que los últimos hechos en Nicaragua demostraban que Walker había develado sus verdaderas intenciones al derrocar al gobierno, que forzado a huir invocaba el auxilio de los centroamericanos. “Ningún Centro-americano que abrigue sentimientos de patriotismo puede permanecer frió espectador de tan escandaloso atentado, y el Gobierno del Salvador se apresta ya, no solo a auxiliar poderosamente al Gobierno y pueblo de Nicaragua, sino también a elevar sus protestas y su voz ante las naciones civilizadas de la Europa y de la América11”. Para entonces era claro el recurso a las armas.

16 El vicepresidente salvadoreño, dio una proclama a las tropas que marchaban al combate, en ella decía: “la patria nos ordena combatir como buenos y leales hijos suyos, y el honor nos llama al campo de la gloria”, pero había una diferencia muy significativa, “ya no como en aciagos días, a derramar la sangre fraterna, sino a defender cuanto hai de más sagrado y de más caro para el hombre civilizado y para el ciudadano libre”. Al igual que lo había hecho Rafael Carrera unas semanas antes, Dueñas se esforzó en mostrar que esta campaña militar hacía desaparecer antiguas rencillas y diferencias, “una es hoy nuestra bandera, uno nuestro pensamiento, y una nuestra común aspiración, así como también uno es también el peligro que a todos amaga12”.

17 Dueñas retomó en esta proclama un problema que había sido constante en la historia centroamericana desde la independencia: los conflictos y divisiones entre partidos y estados, que habían llevado a la fragmentación política de la región. En el caso nicaragüense estas pugnas produjeron el caos que permitió la llegada de Walker. Pero también visualizaba la posibilidad de que ante una amenaza de tal magnitud los centroamericanos depusieran sus intereses provincianos y políticos y se unieran, como la única posibilidad de garantizar la sobre vivencia independiente de la región. En este punto va a insistir recurrentemente en los próximos años.

18 Pero esta movilización no estuvo exenta de dificultades; las fuerzas aliadas iban mal apertrechadas y actuaban por su cuenta, lo cual dificultó su accionar en el campo de batalla.
Ante la necesidad de organizar mejor la lucha, los estados de Guatemala, Honduras y El Salvador firmaron un convenio el 18 de julio de 1856, que buscaba garantizar “el mantenimiento de la integridad del territorio Centro-americano y la exclusión de todo elemento extrangero en la Administración y Gobierno de estos pueblos”. El convenio enfatizaba que ninguno de los gobiernos que lo suscribían abrigarían miras más allá de lo establecido; “no se preocupan de ninguna mira de partido, ni pretenden medrar influencias en lo futuro, ni reportar ventajas parciales de ningún género”. La Gaceta sostenía que esto era posible porque “la causa que sostienen es verdaderamente nacional, sin mezcla alguna de intereses bastardos”. El editorialista de La Gaceta consideraba que la ocasión era propicia incluso para adelantar hacia la unión nacional:

19“La ocasión parece que ha llegado, y tan cierto es esto, que como conducidos de la mano, venimos a dar ya los primeros pasos con entera espontaneidad: esta primer alianza contraída en circunstancias como las presentes va a borrar sin duda alguna hasta los últimos vestigios de localismo: los Gobiernos forzosamente se entenderán mejor, se comprenderán mejor, y cada uno respetará el modo de ser del otro sin pretender aleccionarlo13.”

20 Dado el carácter “nacional” del convenio se consideró pertinente invitar a Costa Rica a adherirse a él, paso que sería interpretado como preámbulo a la reunificación, “no ciertamente sobre las bases de un sistema desaprobado por la experiencia de algunos años, sino sobre los principios de lo que por ahora es posible, y en conformidad con las necesidades de la situación y con los intereses respectivos que hubieran de surgir entre las partes componentes”. Vale decir que este tipo de reflexiones también se encuentran en los escritos de Francisco Dueñas de finales de la década de 1840, que se podrían sintetizar: el problema no es la unión, sino las maneras en que se tratado de llevarla a cabo. La convención fue redactada en términos muy generales, por lo que su aplicación no estuvo exenta de contratiempos. No se especificó la fuerza militar y los recursos que aportaría cada estado. Estos simplemente se comprometían a “unir sus fuerzas, en el número y proporción que una convención separada fijará, para llevar adelante la empresa de arrojar a los aventureros14.” Más importante, tampoco se logró definir un mando único para las fuerzas expedicionarias.
Paralelo a la movilización de fuerzas militares, el gobierno salvadoreño se dio a la tarea de reunir recursos para el sostenimiento de la tropa. Debido a la carencia de fondos en las arcas del estado hubo necesidad de decretar empréstitos forzosos. En septiembre del 56 se estableció un nuevo empréstito por un monto de 12,000 pesos mensuales distribuidos entre los departamentos del país y que sería aplicado a los propietarios que tuvieran un capital arriba de 2,000 pesos. Las mensualidades deberían recolectarse el primero de cada mes, comenzando en octubre del 56. El Estado se comprometía a reconocer un uno por ciento de premio mensual. La recolección quedaba bajo responsabilidad de los gobernadores y los alcaldes15.

21 Este tipo de medidas generalmente era mal visto por la población que resentía la exacción de dinero y los abusos en los procedimientos. Sin embargo, Calixto Luna, encargado de ejecutar el empréstito en Cojutepeque informaba: “tengo la satisfacción de contestar a U. que los contribuyentes de esta ciudad, conociendo las apremiantes circunstancias en que se encuentra la patria, y deseando al propio tiempo dar al Supremo Gobierno una muestra de lealtad, no tendrán embarazo alguno en entregar hoy mismo las dos mensualidades indicadas16.”

22 Posiblemente esa disposición de la población a colaborar con el gobierno se haya debido a que las noticias publicadas por la prensa los convencieron de la magnitud de la amenaza que enfrentaban. Efectivamente, La Gaceta y otros periódicos como Variedades publicaban notas y relatos de lo que acontecía en Nicaragua. Un acta suscrita en Ahuachapán manifestaba obediencia al supremo gobierno y confianza en que este dirigiría a la nación en la lucha contra los filibusteros. Los firmantes se comprometían en la conservación de las instituciones republicanas y libres17. La municipalidad de Tepetitán realizó el 1 de julio de 1856 una reunión de “la corporación en junta popular, a la que ha concurrido todo el vecindario” en la cual se discutieron las noticias aparecidas en el Boletín del Ejército sobre la invasión de Nicaragua por los filibusteros. El acta decía que estos eran una amenaza a la libertad, la raza y la Santa Religión, por lo que “este vecindario amante de sus derechos está dispuesto a sacrificar todas sus personas y bienes en defensa de tan caros intereses hasta la definitiva de la guerra18“. Una copia fiel fue enviada a la gobernación departamental.

23 Mientras tanto, en Nicaragua la guerra continuaba; el avance de las fuerzas aliadas era lento y con un alto costo en vidas humanas y pérdidas materiales. El 14 de septiembre se dio la batalla de San Jacinto con victoria de los aliados que luego avanzaron a Managua. Walker se replegó a Masaya que también fue evacuada. Cuando el 3 de octubre de 1856, Belloso informó de la toma de Masaya lo hizo de la siguiente manera: “El día de ayer ocuparon las fuerzas aliadas de los Estados la plaza de esta ciudad la cual estaba bien fortificada y provista de toda clase de víveres por el enemigo que la poseía. Para conseguir este triunfo no ha sido necesario empeñar nuestras fuerzas en un combate formal. Suficiente ha sido formar una estratagema militar19.”

24 Con lo cual la única plaza en poder de Walker era Granada. Sin embargo, para entonces el cólera diezmaba las fuerzas aliadas, mientras que Walker recibía cerca de 300 hombres procedentes de los Estados Unidos, con lo cual sus fuerzas rondaban los 1000 efectivos, decidiéndose a atacar Masaya el 12 de octubre, pero no obstante sus denodados esfuerzos, la plaza se mantuvo en poder de los aliados. Paradójicamente, y como prueba de la falta de un mando único, Belloso advertía que al mismo tiempo “El coronel Zavala en vez de cumplir el compromiso de atacar la retaguardia enemiga, se fue a ocupar Granada, en donde lo derrotaron los derrotados20”.

25 Los ejércitos aliados se reagruparon en Masaya, en donde reunieron alrededor de tres mil efectivos. No obstante, su superioridad numérica, carecían de buen armamento y sobre todo de un mando único. Mientras Belloso proponía fortificar posiciones y esperar los ataques de Walker, Zavala y Martínez opinaban que debían batirlo a campo abierto. Al final cada quien actuó según su opinión, Zavala y Martínez fueron derrotados, pero Belloso resistió al abrigo de sus posiciones del 14 al 18 de noviembre. Ante la imposibilidad de tomar la ciudad, Walker retiró sus tropas hacia Granada en la madrugada del 19.

26 Los aliados atacaron la ciudad del 24 de noviembre al 14 de diciembre, pero sin un plan de ataque debidamente establecido, por lo que a pesar de su mayor número sufrieron graves , reveses, por lo que decidieron sitiar a lo filibusteros, estrechando cada vez más sus posiciones. La situación de los sitiados se hizo cada vez más difícil, a la vez que sus pertrechos se agotaban el hambre y el cólera los diezmaban. El 11 de diciembre Walker, que no había estado en Granada, ancló el vapor “La Virgen” en una posición favorable para la evacuación de la plaza, la cual llevó a cabo en la madrugada del día 14. Esta victoria llenó de optimismo a los aliados, pero no hizo desaparecer sus diferencias. El 24 de diciembre hubo en León una reunión de jefes militares que precisamente buscaba subsanar esas divisiones y elaborar un plan para finalizar de la mejor manera la campaña. Pero, según Lardé y Larín, para entonces Belloso había presentado su dimisión como jefe de las fuerzas salvadoreñas al presidente Rafael Campo, la cual no fue contestada.

27 Fue en este contexto que se dio una “Junta de notables” en Cojutepeque, por entonces capital de El Salvador. Esta reunión se realizó en enero de 1857. Esta fue inicialmente integrada por Trinidad Cabañas, Francisco Dueñas, Borja Bustamante, Yanuario Blanco y Mariano Dorantes. La Gaceta publicó extractos de los discursos pronunciados por algunos participantes. En uno de ellos se decía que la gravedad de la situación los había llevado “a pensar seriamente en los medios que se consideren más eficaces para nuestra salvación.” Una de sus principales preocupaciones era la difícil situación que vivía la tropa enviada a Nicaragua. “La División Salvadoreña está reducida a una cifra bien insignificante… de tal suerte que puede asegurarse que no hay ejército. La campaña está muy distante de concluirse y necesitamos tomar medidas que nos pongan a cubierto21.” Paradójicamente, los salvadoreños reaccionaban cuando los filibusteros estaban retirándose de Granada; su tardía reacción solo reflejaba las dubitaciones y demoras con que habían actuado a lo largo de la campaña.

28 Pero además de la preocupación por la campaña contra los filibusteros, en la Junta se hicieron presentes las pugnas internas del país. “Desgraciadamente se cree que los hombres principales y muchas fracciones del Estado están en desacuerdo con el Gobierno cuando más necesitamos de la unidad22.” La junta era justamente para demostrar que tales divisiones no existían, o al menos que no eran tan fuertes como para poner en peligro la campaña contra los filibusteros. Eso justificaría la comparecencia en la junta de personas tan disímiles como Trinidad Cabañas y Francisco Dueñas, a los que luego se agregaría Gerardo Barrios.

29 El presbítero Isidro Menéndez no asistió, pero envió una nota en la que pugnaba porque “se prescinda por ahora de personalidades: que se rodee al Gobierno y se le hable, oiga o no oiga: que se auxilie eficazmente al Ejército con envío de tropas, elementos de guerra y dinero y que se encargue la dirección del Ejército a otra persona, pues aunque el General Belloso es muy apreciable por su valor y honradez, no tiene toda la capacidad para dirigir una campaña crítica y contra un enemigo astuto y audaz23.” Pero el problema no era la pericia militar de Belloso, sino las animadversiones que generaba. Menéndez agregaba: “sé de cierto que en Guatemala hay mucha odiosidad contra Belloso, y que esto les retraerá de mandar nuevos auxilios”. Y es que el 27 de julio de 1856, el presidente nicaragüense Patricio Rivas, había nombrado a Belloso “General en Jefe del Ejército de la República”. Lardé y Larín señala que esta distinción “no fue recibida con buenos ojos, ni por el general Mariano Paredes, jefe de la división guatemalteca, ni por el coronel José Víctor Zavala, segundo jefe de esa división24”.

30 En otra publicación se daban a conocer ocho medidas que la junta de notables sugería se adoptaran urgentemente. En primer lugar, llamaban a prescindir de las animosidades de partido, pues ellas solo debilitarían al Gobierno y dividirían las opiniones; llamaban a nombrar un nuevo jefe de las fuerzas expedicionarias; que los gobiernos aliados coordinaran sus acciones y cantidad de fuerzas a enviar a Nicaragua; que se decretara un empréstito y se estableciera la forma de recolectarlo. Un detalle muy interesante es el llamado que se hacía al gobierno para que “escite a los demás de Centro-América con el fin de establecer un Gobierno general, cuya falta tanto se hace sentir para responsabilidad a (sic) nuestra independencia y nacionalidad, y haya quien pueda con seguridad de ser escuchado, solicitar alianzas, protección y auxilios de las potencias exteriores25”.

31 Curiosamente, no hubo una, sino varias “juntas de notables”. La de San Miguel se expresó en términos similares. Esta presentó cinco puntos a consideración del Ejecutivo: Unión de partidos para apoyar al Gobierno, mantener el ejército en Nicaragua y nombrar un nuevo jefe, recolección de recursos, estricta observación de la ordenanza militar, establecimiento de un gobierno general. Cuando el presidente recibió a los notables, se mostró muy complacido, pero consideró que la idea de lograr una “fusión de partidos”, era imposible, “en países que como el Salvador, sean verdaderamente libres. Y creo que bajo algunos respectos es conveniente la existencia de un partido de oposición, porque esto evita que el Gobierno se extralimite.”. Más adelante, señaló que los restantes cuatro puntos correspondía resolverlos al legislativo, y que en su momento los haría llegar a la Asamblea.

32 Cuando el ministro de Hacienda y Guerra presentó su memoria, señaló que a ocho meses de campaña en Nicaragua, se habían enviado tres contingentes: el primero al mando de Belloso, el segundo comandado por el coronel Pedro Negrete, y un tercero al mando del general Domingo Asturias26. Dejaba entrever que este último iba mejor apertrechado que los otros. Sin embargo, las cosas no habían marchado de la mejor manera. El cólera, los reñidos combates con los filibusteros y las deserciones “han ocasionado tan sensibles bajas en la tropa, que han obligado al Gobierno a reunir nuevas fuerzas para continuar con los gobiernos aliados en la empresa de defender y preservar nuestra independencia nacional27.” El ministro Ulloa hacía notar además, que la falta de un General en Jefe de las fuerzas aliadas dificultaba enormemente el éxito de las acciones militares.

33 Ciertamente que estas fuerzas eran aliadas obligadas por las circunstancias, pero seguían siendo portadoras de las diferencias que por años habían dividido a los centroamericanos. Lardé y Larín, apoyándose en Jerónimo Pérez, señala que los conflictos entre el jefe guatemalteco Zavala — quien había sido educado en los Estados Unidos y pertenecía a la aristocracia guatemalteca — y Belloso, hombre rustico y de origen humilde, pero de probada valentía, no podían producir “otra cosa que grandes pérdidas materiales e innumerables víctimas humanas a los gobiernos y pueblos centroamericanos28”.

Gerardo Barrios: un mito construido sobre traiciones y pestes

34 En todo caso, cuando Belloso presentó su renuncia, en El Salvador, ya se había tomado la decisión de destituirlo, aunque no hubiera acuerdo sobre las razones para hacerlo. Por una parte, individuos muy ecuánimes como Isidro Menéndez consideraban conveniente retirar a Belloso del mando por las diferencias que tenía con los otros jefes aliados, pero el bando agrupado alrededor de Gerardo Barrios nunca había estado de acuerdo en que Belloso estuviera al mando de la fuerza salvadoreña y tenía planes políticos en mente, pero para realizarlos era preciso deshacerse de Belloso, pues sabían que este siempre se había mostrado renuente a mezclar las misiones militares con la política.

35 Fueron estos los que más insistieron en que era la incapacidad y lentitud de movimientos de Belloso lo que demoraba la derrota de Walker. El presidente Campo intentó contener los ataques contra Belloso, y cuando el 15 de enero de 1857 dio su mensaje a las cámaras legislativas resaltó el esfuerzo de las tropas salvadoreñas y las victorias obtenidas; “me creo obligado a recomendaros al General en Jefe General don Ramón Belloso, a cuyo valor y sufrimiento se debe gran parte de aquellos sucesos29.”

36 Una semana después hubo en Nandaime otra reunión de jefes aliados en la que participaron Florencio Xatruch, José Víctor Zavala, Fernando Chamorro, José María Cañas y Máximo Jerez, en la que acordaron que para mientras sus gobiernos se ponían de acuerdo reconocerían como jefe de los ejércitos aliados al general Xatruch. Sin embargo, el 12 de febrero el gobierno nicaragüense les comunicó que tal “nombramiento” no era nada más que un convenio privado y que su alcance no podía extenderse a los gobiernos. El 20 de marzo Xatruch debió aceptar el nombramiento del general costarricense José Joaquín Mora como jefe de los aliados.

37 Unos días después, los salvadoreños habían hecho sus propios acuerdos. Efectivamente, el 8 de abril se notificó a Gerardo Barrios que a partir de esa fecha se le confería el empleo de “General en jefe del ejército salvadoreño”, debiendo marchar a Nicaragua a la cabeza de una división de mil efectivos, y una vez allá se pondría a las órdenes de Mora. Barrios llegó a León el 5 de mayo, por lo que Belloso debió entregar el mando a su reconocido enemigo, justo en los días en que Rivas, la última plaza en poder de los filibusteros, había capitulado. Situación paradójica e injusta la de Belloso, habiendo enfrentado la parte más dura de la campaña militar y sido parte importante en la derrota de Walker, terminó entregando el mando a un enemigo, que a la postre cargaría con los honores.

38 Las cosas parecían ir a favor de Barrios. Desaparecida la amenaza de Walker, quedó al mando de una fuerza militar superior a la existente en El Salvador, por lo que pasó inmediatamente a conspirar para regresar al país y hacerse del poder, deponiendo a Campo. A esa tarea consagró sus energías en las semanas siguientes. Mientras tanto, en El Salvador la prensa opositora atacaba al gobierno de Campo a quien acusaba de no actuar en la debida forma contra los filibusteros y de cargar al pueblo con reclutamientos y empréstitos excesivos30.

39 El 2 de mayo el general Mora ordenó a Barrios regresar con su tropa a El Salvador, por lo que este se movió hacia León a donde llegó el día 5. Allí se encontró con Ramón Belloso, Ciriaco Choto, José Chica, Francisco Iraheta y otros jefes a quienes intentó atraer a su proyecto en contra del presidente Campo. Estos fingieron apoyarlo, mientras encontraban la forma de enfrentarlo. El 27 de mayo Barrios separó de su ejército a las fuerzas provenientes de los departamentos de Sonsonate y Chalatenango porque no eran de su confianza, dejándolas en Nicaragua a las órdenes del teniente coronel José María Aguado. Un día después Barrios salió de León rumbo al puerto del Realejo, “contraviniendo las órdenes del gobierno de El Salvador que le ordenaba permanecer en Nicaragua y mandar al ejército a las órdenes del Crl. Ciriaco Choto, las que debían desembarcar en La Unión31.”

40 Estas prevenciones del gobierno salvadoreño tenían dos razones. Por una parte, se había decidido poner al ejército en cuarentena en las islas del Golfo de Fonseca, con el fin de prevenir la diseminación del cólera morbus y la fiebre amarilla. Por los estragos que la peste había ocasionado en Nicaragua y Costa Rica, esta era una medida totalmente lógica. Pero además, Campo deseaba que Barrios permaneciera más tiempo en Nicaragua con el fin de mantenerlo al margen de los problemas políticos locales, pues el caudillo migueleño no era hombre de toda su confianza.

41 Por su parte Belloso y sus oficiales, escaparon el 31 de mayo y marcharon a El Salvador, para poner en aviso al presidente Campo. Cuando Barrios se dio cuenta de la huida se apresuró a embarcar sus tropas en el puerto de El Realejo de donde zarparon el 2 de junio, llegando a La Libertad el día 7. Cuando Barrios apareció en La Libertad, y ante la amenaza del cólera, el gobierno le ordenó poner sus tropas en cuarentena, lo cual implicaba que no se adentrara en tierra hasta ser autorizado. Había razones de peso en esta medida. En la travesía del Realejo a La Libertad murieron por el cólera nueve soldados. Monterey señala que cuando el ejército desembarcó el cólera morbus se desarrolló extraordinariamente “a consecuencia de los excesos que cometió la tropa al saciar el hambre y la sed que los devoraba, debido a la falta de alimentos y agua en los últimos días de navegación32.”

42 El ocho de junio Belloso y sus aliados llegaron a Cojutepeque y alertaron al presidente sobre los planes de Barrios. Ese mismo día Barrios había llegado con su tropa a San Salvador. Aunque en un primer momento el presidente Campo no dio mucho crédito a los alarmantes informes de Belloso, ordenó al ministro de guerra Juan José Bonilla, enviar a Barrios la siguiente comunicación:

43“El Supremo Gobierno, en consideración á que en esta plaza hay una fuerza respetable para mantener el orden público y á que la permanencia del ejército es sumamente gravosa al erario y perjudicial á la salud pública, por venir infestado del cólera morbus, se ha servido disponer que U en el momento de recibir la presente, licencie toda la fuerza venida de Nicaragua, entregando al Sr Gobernador y Comandante general de ese departamento, las armas, artillería, parque y demás elementos de guerra, bajo formal inventario. De su orden lo digo a U para su inteligencia y efectos consiguientes. DUL Bonilla33.”
Esta orden no fue acatada. Al día siguiente, 10 de junio, Bonilla, que obviamente no simpatizaba con Barrios, envió otra nota, esta vez en términos de abierta advertencia. “El Gobierno por más que U lo dude tiene la fuerza necesaria para resistirlo y escarmentarlo… El día de hoy precisamente debe desenlazarse este drama, y en la tarde de este mismo día, será U vitoreado como Presidente, ó fusilado como traidor. Esta es la fatal alternativa en que lo han colocado su vanidad y su ambición.” Bonilla envió circular a los gobernadores departamentales informando de lo acaecido para que “no presten ninguna clase de cooperación a los traidores y para que rodeen al poder constitucional”; decía estar confiado de que llegado el caso “sabrán mover los pueblos de su mando en defensa de sus fueros y derechos para cortar en su principio, un orden de cosas que nos conducirá al despotismo y a la anarquía más desastrosa34”.

44 Ese mismo día Campo dio otro decreto asumiendo el mando del ejército expedicionario y ordenando a Barrios presentarse a dar cuenta de la misión encomendada. Campo comisionó al presbítero Manuel Alcaine y al lic. Francisco Zaldívar para llevar el decreto a Barrios. En lugar de acatar el decreto Barrios envió con ellos un ultimátum al presidente, en el cual manifestaba que sus acciones habían sido motivadas por sentirse “Herido en su honor y delicadeza por el crédito que el Presidente ha dado a los desertores del Ejército, Belloso y Choto, en la especie que verificaron su deserción porque el General Barrios quería sobreponerse y derrocar al Gobierno.” Barrios argumentaba que “la justicia, la razón y la ley” demandaban que aquellos fueran juzgados para vindicar su honor herido. Pero seguidamente señalaba que “los pasos tortuosos, injustos y violentos” del presidente, no hacían a este merecedor de confianza, por lo que demandaba la destitución de Juan J. Bonilla como ministro de guerra, nombrando en su lugar al coronel José María San Martín, y que como Comandante General del Ejército se nombrara al mismo Barrios o en su defecto al General Trinidad Cabañas (cuñado de Barrios).

45 Llama la atención que no obstante, señalar al presidente como no merecedor de su confianza, Barrios no insistiese en removerlo, pero si en que le otorgase puestos claves en el gobierno. Egocéntrico y megalómano, Barrios insistía en que se reparase su honor permitiendo que sus tropas fueran a Cojutepeque. “Rehusar la entrada del Ejército para que reciba las gracias del Gobierno y disolverlo, es dejar en pie la presunción de la desconfianza que el Gobierno tiene del general y del mismo Ejército”. También decía que si no le nombraba Comandante del Estado marcharía con su fuerza a San Miguel para ponerla a las órdenes del Coronel Joaquín Eufrasio Guzmán (suegro de Barrios) y que si el gobierno lo declaraba faccioso debía atenerse a las consecuencias35.

46 Una lectura atenta de ese documento deja ver lo tortuoso y contradictorio que era el pensamiento de Barrios. Demanda “honores” para los cuales no había hecho méritos, pues el peso de la campaña contra los filibusteros lo había sobrellevado Belloso; cuando Barrios llegó a Nicaragua la guerra había finalizado. Resiente la “desconfianza” del gobierno, sin considerar que ha dado suficientes indicios para que su lealtad se ponga en duda. En realidad, el documento simplemente esconde la debilidad en la cual Barrios se encontraba y lo injustificable de su actuación.

47 Aún así, el día 11 Barrios y los jefes que lo apoyaban dieron a luz pública otro pronunciamiento en contra del presidente Campo. Se quejaban de que no obstante los servicios prestados al Estado en la campaña contra Walker, “el Sr. Presidente don Rafael Campo ha recibido al ejército de nuestro mando como enemigo, hostilizándolo de todas maneras, y aun preparándose para un rompimiento, según los aprestos que hace en Cojutepeque.” Agregaban que “que habiéndosele dado aviso de nuestro arribo al puerto de la Libertad y ocupación de esta plaza y pidiéndole sus órdenes, no se ha dignado dar contestación” y a su vez había ordenado su disolución “sin llenar previamente sus más perentorias necesidades, ni darle las gracias siquiera por sus servicios”. Señalaban imposible un entendimiento con Campo, por lo que “es necesario tomar el camino legal proclamando a la autoridad designada por ley”, una medida que según ellos eran por la opinión pública. El “camino legal” que proponían era desconocer a Campo y reconocer al vicepresidente Francisco Dueñas. Decían haber nombrado una comisión que pasaría a casa de Dueñas “a poner esta acta en sus manos y encarecerle que por el bien del Estado y para evitar desgracias, se sirva tomar inmediatamente las riendas del Gobierno a la que la ley lo llama en estas circunstancias36.” Una copia del acta fue enviada a Campo para que “en obsequio de la paz” se retirase a la vida privada.

48 Campo respondió con un largo y enérgico manifiesto en el cual se lamentaba de que justo en el momento en que el gobierno se preparaba para recibir al ejército expedicionario “con las demostraciones más afectuosas y colmar de honores a su Jefe, este, olvidado de su deber y obrando con una deslealtad e ingratitud que no sé cómo calificar, se ha sublevado contra el Gobierno”. Campo dice que a pesar de que fue advertido (por Belloso y Choto) no dio crédito a la prevención. Luego de condenar la acción de Barrios, Campo enumera las muestras de apoyo que el gobierno había recibido y ratificó su disposición a no transigir ante el rebelde37.

49 Ese mismo día, los militares leales al presidente levantaron un acta en Cojutepeque en la que rechazaban las pretensiones de Barrios y reafirmaban su disposición a defender el orden constitucional. “Los jefes y oficiales que suscriben protestan defender al Presidente legítimo don Rafael Campo hasta el último trance; y no reconocen ni consienten que se reconozca a ninguna otra persona que intente usurpar sus atribuciones. Además excitaban al gobierno a decretar que “que todo traidor a su patria y a su Gobierno legítimo queda fuera de la ley, y autorizados los pueblos para perseguirlos de la manera que puedan38”.

50 Un día después la municipalidad de Cojutepeque, se pronunció contra Barrios, porque “dando curso a la turbulencia de su carácter desleal, y cuando el Gobierno se encontraba en disposición de premiar sus servicios y el de los demás miembros del ejército, ha cubierto su nombre de una indeleble mancha: ¡la traición¡; cuyo crimen está comprobado con haber desobedecido el llamamiento que el Supremo Gobierno le ha hecho en Decreto del 10 del corriente, y de haber declarado al Sr.Lic. Dueñas, Presidente del Estado, sin más título que el poder tumultuario e ilegal de las armas, siendo así que aquel solemne acto sólo debe practicarse ante la soberanía del pueblo dignamente representado en el cuerpo Legislativo.” Manifestaban que no reconocerían otra autoridad que la de Campo y que “Persuadidos, como estamos, de que la felicidad y prosperidad del país solo depende de la paz, del orden y de nuestro modo de ser político fundado en la constitución, protestamos de la manera mas formal y decidida y nos adherimos sin pasar por ningún otro que emane de la despótica arbitrariedad del Sr. Barrios, ni de autoridad alguna que no sea la que establece la ley39.” Como era de estilo en este tipo de pronunciamientos exhortaban a los demás pueblos a adherirse a ellos, levantando las actas respectivas.

51 Ciudadanos principales se trasladaron de San Salvador a Cojutepeque para sostener al gobierno. Fortalecido por esas muestras de apoyo, el 11 de junio el presidente Campo dio el mando de sus fuerzas al general Belloso, quien las posicionó en Michapa para atacar las de Barrios si este se decidía marchar sobre Cojutepeque. Al mismo tiempo declaró faccioso y traidor a Barrios, estableciendo estado de sitio en los departamentos en que este estuviera y dando cinco días a los oficiales bajo el mando del rebelde para presentarse ante el gobierno. Campo: “son nulas todas las disposiciones que emanen del Gobierno que ha creado, y ninguna autoridad ni habitante deberá obedecerlas sin hacerse cómplice del traidor40”. En otra comunicación, el presidente afirmaba que no había actuado con malicia cuando pidió a Barrios presentarse a Cojutepeque con su guardia personal para dar cuenta al gobierno de sus acciones en Nicaragua “entendiéndose que sería recibido digna y decorosamente no obstante los informes que ya obraban en su contra41”. Campo justificaba este proceder por la necesidad de prevenir que el ejército expandiera en la población el cólera que lo abatía.

52 En tal estado de cosas, la posición de Barrios se complicaba sobremanera. Sus pronunciamientos no habían recibido apoyo de los pueblos y las deserciones y el cólera menguaban sus fuerzas rápidamente. La negativa de Campo a acceder a sus exigencias, la decidida actitud del ministro Bonilla, más las muestras de apoyo que el gobierno recibía de las municipalidades, cuerpos militares y ciudadanos principales, pusieron a Barrios en la necesidad de buscar salida aceptable a su ego.

53 Para suerte de Barrios (o como parte de sus arreglos) el coronel José María San Martín, a quien aquel había propuesto para ministro de guerra, viajó a Cojutepeque para ofrecerse como mediador. Luego de aceptada su propuesta San Martín fue a San Salvador y conferenció con Barrios, regresando acompañado de otros ciudadanos importantes implorando un indulto a favor de Barrios y sus oficiales, pues temían que las desesperadas tropas saquearan la ciudad. Campo rechazó la petición.

54 Barrios realizó una nueva maniobra: envió una nota diciendo que Dueñas iba para Cojutepeque para buscar un arreglo, pero previniendo que si no había acuerdo no aceptaría ninguna oferta de paz. Efectivamente, Dueñas llegó a Cojutepeque la mañana del 13 de junio, pero para apoyar a Campo. La Gaceta Oficial publicó una proclama de Dueñas en la cual reconocía que el día 11 en San Salvador, Barrios lo había proclamado para que se hiciera cargo del Poder Ejecutivo; “y se puso aparentemente a mis órdenes. Desde luego conocí la ilegalidad de semejante paso; pero calculando que podría evitar algunas demasías que se temían en la población y estando además en medio de la fuerza, no opuse de pronto una formal y expresa resistencia, que acaso me habría sido funesta, atendido el grado de exaltación en que encontraban los ánimos de algunos jefes42.”

55 Dueñas publicó en Cojutepeque una hoja suelta en la que reiteraba haber recibido propuestas de Barrios, pero afirmaba tajantemente: “No acepté el pronunciamiento: no dí contestación ninguna oficial, ni menos ejercí un solo acto de autoridad, porque sé muy bien que sólo por los medios legales se haciende (sic) al poder, y jamás me habría prestado a la usurpación de la suprema autoridad, ni a pertenecer a facción alguna.”[43] Bonilla escribió a Barrios diciéndole lo actuado por Dueñas y manifestándole que solo le quedaba la mediación de San Martín.

56 Ante tal disyuntiva Barrios fue a Cojutepeque el día 15 de junio y conferenció con Campo en presencia del general Mariano Hernández, el coronel San Martín, y el licenciado Hoyos. Luego de algunas deliberaciones “entregó su espada al Presidente don Rafael Campo, doblando la rodilla, como lo establecía la ordenanza en casos de traición.” Al día siguiente entraron a Cojutepeque los remanentes de las tropas de Barrios (513 hombres) que fueron desarmados y licenciados. El 16 de junio, luego de recibir el público agradecimiento del gobierno por su fidelidad, el general Ramón Belloso y el coronel Ciriaco Choto, se retiraron del servicio activo, concediéndoseles la mitad de su sueldo44.

Epílogo

57 Políticamente la asonada de Barrios no tuvo mayores consecuencias. Pero el desorden y las excepcionales condiciones en que las tropas venidas de Nicaragua ingresaron al país y fueron licenciadas, favoreció la dispersión del cólera. Para el 20 de junio La Gaceta informaba que la peste de expandía con fuerza en San Salvador y todos los pueblos por donde pasó el ejército, al grado que los cadáveres debieron ser incinerados. Dos días después se establecieron Juntas de Sanidad en todo el país, que velarían por la salubridad de las poblaciones. Los alcaldes eran encargados de que no se vendiera carne de cerdo, bebidas fermentadas, carnes saladas, pescado, etc. También se prohibieron las reuniones, los dobles de campana y la velación de cadáveres45. Los estragos de la peste fueron tales que para julio el gobierno se vio obligado a convocar a elecciones para “reponer a los Jueces de paz, Alcaldes, Regidores, y Síndicos que hubiesen fallecido a resultas del cólera”. El gobernador de Sonsonate, informó que del 18 de junio al 31 de julio, en su departamento habían fallecido 2399 personas, mientras que 846 se habían curado46. Entre los muertos figuraban personajes importantes como el coronel José María San Martín, el general Domingo Asturias, el presbítero Ignacio Zaldaña y el mismo general Ramón Belloso.

58 Obviamente, era de dominio público que la revuelta promovida por Barrios, había favorecido la explosiva expansión de la epidemia, pero el Gobierno se cuidó mucho de no hacer claras alusiones al respecto. Una nota de La Gaceta apenas decía:

59“Terminada la guerra de Nicaragua y sanjadas las dificultades en que estuvimos a punto de vernos envueltos después del regreso del Ejército, todo nos ofrecía días bonancibles…
mas he aquí que el cólera morbus traído por el Ejército expedicionario, desarrollándose en el Departamento de San Salvador é irradiándose en varias direcciones sembró la consternación y la muerte y empeñó al Gobierno nuevos dispendios y en mayores cuidados47”.

60 Pero la población entendió que la asonada de Barrios, favoreció en mucho la peste, y sobre todo su rápida dispersión. Así lo deja ver un pronunciamiento de la municipalidad de Jutiapa, publicado en noviembre de 1857 en vísperas de las elecciones presidenciales disputadas por Miguel Santín y Juan José Bonilla. Jutiapa apoyaba a Bonilla porque consideraba que Santín conduciría al país a una guerra con Honduras y porque siendo de San Miguel, Santín estaría sometido a los intereses de esa ciudad, impidiendo la reedificación de San Salvador o la prosperidad de Santa Tecla. Dicen que Santín se dejará influir por “las personas que allá dominan, y son las que conmoviendo torpemente al Estado en junio del presente año, nos trajeron en muestra de humanidad y patriotismo, la epidemia que ha diezmado nuestras poblaciones48“.

61 Aunque este tipo de juicios podrían estar condicionado por filiaciones políticas, lo cierto es que los estragos del cólera afectaron seriamente al país. Para finales de julio parecía que la peste aminoraba en el centro, pero se intensificaba en el oriente, donde el laboreo del añil se había suspendido. Algo parecido sucedía en San Vicente, “quedando así burladas las más lisonjeras esperanzas de los empresarios, y perdidos los capitales empleados hasta hoy en aquella especulación.” La Gaceta añadía:

62“Tristísimo es este cuadro para nuestro porvenir en su parte comercial y más triste por cuanto se presenta en ocasión en que con mucho fundamento nos lisonjeábamos ya con una cosecha de las más pingües que se habían visto de muchos años a esta parte, y porque acaso habremos de ver arruinados a muchos labradores que con razón pensábamos quedarían ricos, o muy desahogados cuando menos49.”

63 El articulista terminaba manifestando preocupación por “esa infinidad de huérfanos y desvalidos que quedando sin apoyo y sin guía, no pueden ser debidamente educados, para hacer de ellos miembros útiles a la sociedad”, pero también manifestaba su regocijo porque tal calamidad no había generado levantamientos indígenas como los acaecidos en 1837. “Nuestros pueblos tienen ya el discernimiento necesario para comprender cuales desgracias deben atribuir a la voluntad de los hombres y cuales a la acción de la Providencia50.”

64 Barrios continuó su vida política; un año después de estos eventos fungió como senador, pero es claro que su fracasaba conspiración no favoreció en mucho su imagen pública, al grado que se vio obligado a publicar en Guatemala un documento en el cual trataba de justificar sus acciones, a la vez que atacaba a sus enemigos, especialmente al general Belloso y a Francisco Dueñas. A este último lo hacía aparecer como su cómplice desde el principio. Las acciones de Barrios a su regreso de la campaña contra los filibusteros fueron solo una más de sus muchas conspiraciones para hacerse del poder en El Salvador. En 1858, conspiró hasta desplazar de la presidencia a su antiguo aliado Miguel Santín, logrando afianzarse y ser electo presidente en 1860. Inmediatamente reformó la constitución extendiendo el periodo constitucional a seis años, medida de la cual sería el primer beneficiado.

65 A pesar de ello, Barrios llegó a ser el principal héroe salvadoreño, en buena medida porque los historiadores liberales ignoraron o aminoraron acciones como la estudiada en esta ponencia51. Para sus contemporáneos era claro que cuando Barrios buscaba el poder no tenía escrúpulos en violar la constitución o la confianza de los gobernantes. No obstante, pareciera que los historiadores han tenido muchos escrúpulos a la hora de interpretar el accionar de Barrios. Por ejemplo, Lardé y Larín reconoce que el episodio aquí tratado ha sido llamado “la traición de Barrios” y aún acepta que en sentido estricto efectivamente lo fue. Pero señala que Barrios actuó siguiendo el ideal morazánico de la reunificación de Centroamérica. Por lo tanto, Barrios “no operó como un traidor vulgar, sino impulsado por los ideales más nobles de un unionismo ciento por ciento”. Débil argumento, pues ni el propio Barrios justificó su acción en un proyecto unionista, sino en “ofensas a su honor”. José Dolores Gámez en su extensa biografía de Barrios, resume este episodio diciendo que Barrios “a su regreso tuvo dificultades con el gobernante salvadoreño, cuya buena fe habían sorprendido los enemigos de Barrios, haciéndole creer que éste conspiraba de acuerdo con Guatemala para arrebatarle la presidencia52.”

66 Por su parte, López Vallecillos, trata por todos los medios de justificar a Barrios señalando que Belloso “molesto por ser sustituido del cargo que no supo desempeñar y Choto que lo seguía” simplemente predispusieron a Campo contra Barrios. Además, Vallecillos asegura — sin tener documentos que lo prueben —, que Dueñas estuvo de acuerdo con Barrios desde el principio, pues este le había ofrecido la presidencia. “La verdad histórica, como lo hemos relatado es que Dueñas estaba totalmente de acuerdo en la deposición de Campo, él influyó en el ánimo de Barrios y del resto de jefes del ejército para que desconocieran la autoridad del gobernante53.” Bajo esa lógica Vallecillos no duda en afirmar que Barrios “no pensó, ni llevó a cabo ningún plan subversivo contra Campo… Barrios no llevó a cabo la sublevación porque era enemigo de la anarquía y el desorden.”[54] En fin, para 1910, cuando se inauguró en San Salvador el monumento a Barrios, los historiadores liberales ya habían “limpiado” su nombre de cualquier tacha; necesitaban un héroe nacional y a esa tarea se empeñaron. En todo caso, como muy bien lo señala de Roux López “los discursos que hacen el elogio de las acciones y virtudes del héroe patrio, los retratos, las alegorías y las canciones que lo celebran, pasan por alto los intereses particulares, las mezquindades y la realidad política y social en la que estuvo inmerso55.”

Notas de pie de página

671 Gaceta del Salvador en la América Central, Discurso pronunciado por el licenciado don Esteban Castro en la ciudad de San Vicente, en la celebración del quince de septiembre del presente año, 27 de septiembre de 1855, pág. 2.

682 Tan tarde como 1874 el nicaragüense Enrique Guzmán justificaba esta práctica con estos argumentos: “Así pues hablar de intervención, tratándose de hermanos ligados por tan estrechos vínculos, es ridículo i casi no tiene sentido… No somos vecinos que habitan en diferentes casas; somos una sola familia que ocupa en un mismo edificio cuartos separados por ligeros tabiques.” Enrique Guzmán, Obras completas. Escritos históricos y políticos (1867-1879), v.I., (San José: Libro Libre, 1986), pág. 85.

693 En julio de 1848, el ministro general de El Salvador escribía a Chatfield: “El gobierno de El Salvador no es fuerte; pero por no serlo, no está privado del derecho de que se le guarde el respeto y dignidad debido a todo gobierno. En tal concepto, si en lo sucesivo el Cónsul no usa en sus comunicaciones el decoro y comedimiento que corresponde, omitiré contestarle”. Este simplemente bloqueó los puertos. En enero del 52 Dueñas afirmaba haber llegado a acuerdos con Chatfield y en clara alusión a Vasconcelos decía. “Yo no soi señores de los que piensan que la dignidad de un país se conserva con emplear en la discusión de negocios serios fanfarronadas ridículas e insustanciales, creo más bien que cuando no hay poder para sustentarlas, atraen humillaciones y vejámenes.” Véase: Francisco Monterey, Historia de El Salvador. Anotaciones cronológicas 1843.1871, T.II. (San Salvador: Editorial Universitaria, 1996), pág. 78; y Gaceta del Salvador, 30 de enero de 1852, pág. 2.

704 Gaceta del Salvador, Parte no oficial. Los partidos, 8 de noviembre de 1855, p.2. Pareciera que el editorial va dirigido en contra de la facción liberal aliada a Gerardo Barrios.

715 Francisco Monterey, Historia de El Salvador, pág. 174.

726 Gerardo Barrios a Máximo Jerez, 23 de noviembre de 1854. Italo López Vallecillos, Gerardo Barrios y su tiempo, (San Salvador: Dirección de Publicaciones, 1965), t.I, pág. 179.

737 Italo López Vallecillos, Gerardo Barrios, t.II, pág. 174.

748 La Gaceta, El Presidente y Capitán General de Guatemala, a los habitantes de la República y a la vanguardia de las fuerzas expedicionarias, 15 de mayo de 1856, pág. 3.

759 Francisco Monterey, Historia de El Salvador, pág. 185.

7610 La Gaceta, Vuelta del ejército, 22 de mayo de 1856, pág. 2.

7711 La Gaceta, Parte Oficial. El vice-presidente del Estado en el ejercicio del Supremo Poder Ejecutivo a sus conciudadanos, Cojutepeque, 25 de junio de 1856.

7812 La Gaceta, Parte Oficial. El vice-presidente del Estado.

7913 La Gaceta, Parte no oficial. La convención o alianza militar de los estados Centro-americanos, 4 de septiembre de 1856, pág. 1. El énfasis es mío.

8014 La Gaceta, 26 de junio de 1856, p.1.

8115 La Gaceta, 18 de septiembre de 1856, p.1.

8216 La Gaceta, El empréstito anticipado voluntariamente, 27 de septiembre de 1856.

8317 Archivo General de la Nación (en adelante se citará AGN), Acta de la municipalidad de Ahuachapán, 7 de marzo de 1857, Impresos, t.VIII, doc. 22.

8418 AGN, Acta de la municipalidad de Tepetitán, Gobernación de San Vicente, 1 de julio de 1856. Firmaban el alcalde Bernardino Rodríguez, Manuel Carballo, regidor, Eusebio Palacios, síndico, Tiburcio Cárcamo, Juez de paz, Fulgencio Olivar, Juez suplente, 29 individuos más y el secretario Francisco Villalta que firma por todos los que no sabían hacerlo.

8519 Jorge Lardé y Larín, Ramón Belloso, (San Salvador: Imprenta Nacional, 1957), pág. 80.

8620 Jorge Lardé y Larín, Ramón Belloso, pág. 91.

8721 La Gaceta, Resultado de la Junta de notables de los Departamentos, 22 de enero de 1857, pág. 2.

8822 La Gaceta.

8923 La Gaceta, págs. 2 y 3.

9024 Jorge Lardé y Larín, Ramón Belloso, pág. 71.

9125 La Gaceta, Resultado de la Junta de notables de los Departamentos, 22 de enero de 1857, p.2.

9226 Según Jorge Lardé y Larín, el contingente de Belloso era formado por 900 hombres y el de Negrete por 400. Jorge Lardé y Larín, Ramón Belloso, pág. 67.

9327 Memoria presentada al Cuerpo Legislativo por el Jefe de Sección encargado del Ministerio de Hacienda y Guerra, lic. D. Cruz Ulloa en las sesiones ordinarias del año de 1857.

9428 Jorge Lardé y Larín, Ramón Belloso, pág. 78.

9529 Jorge Lardé y Larín, Ramón Belloso, pág. 131.

9630 Francisco Monterey, Historia de El Salvador, pág. 213. El periódico “Variedades” jugó un papel muy importante en esta campaña contra Campo, a tal grado que el gobierno se vio obligado a contestar sus ataques por medio de La Gaceta.

9731 Francisco Monterey, Historia de El Salvador, pág. 215.

9832 Francisco Monterey, Historia de El Salvador, pág. 216.

9933 El ministro de guerra, Juan José Bonilla, al general Gerardo Barrios, 9 de junio de 1857. Documentos justificativos anexos al “Manifiesto del Jeneral D. Gerardo Barrios a los pueblos del Estado del Salvador y a los demás de Centro-América sobre los acontecimientos verificados en los primeros días del mes de Junio del presente año”. (Guatemala: Imprenta La Nueva, 1857). Biblioteca César Brañas, Miscelánea, 3118, pág. 7.

10034 Francisco Monterey, Historia de El Salvador, pág. 218-219.

10135 Miguel Angel García, Diccionario Histórico Enciclopédico de la República de El Salvador, t.9., (San Salvador: Imprenta Nacional, 1948), pág. 365-366.

10236 Miguel Angel García, Diccionario, t.3 , p. 420. El énfasis es mío. El pronunciamiento fue firmado por Gerardo Barrios, General en jefe; Domingo Asturias, General; El General Indalecio Cordero, José Luzárraga, Coronel Miguel Rodríguez, Teniente Coronel de Artillería, Louis Schlesinger; coronel Eusebio Bracamonte; Teniente Coronel David Benavides; Capitán; El Mayor de la Segunda División Capitán efectivo; Prudencio Rivas; Carlos Vijil; Teniente, Pedro Godoy; subteniente efectivo. García señala que otros oficiales habían firmado, pero que algunos lo habían hecho a la fuerza, presentándose después ante el gobierno legítimo.

10337 Miguel Angel García, Diccionario, t.9, pág. 367-368.

10438 Miguel Angel García, Diccionario, t.3, pág. 417.

10539 Miguel Angel García, Diccionario, t.3, pág. 417.

10640 Miguel Angel García, Diccionario, t.9, pág. 365.

10741 Miguel Angel García, Diccionario, pág. 368.

10842 Miguel Angel García, Diccionario, pág. 369.

10943 AGN, Hoja suelta publicada por el vicepresidente Francisco Dueñas. Cojutepeque, 13 de junio de 1857. Impresos, t. VII, doc. 20.

11044 Francisco Monterey, Historia de El Salvador, pág. 220-221.

11145 Gaceta del Salvador, 24 de junio de 1857.

11246 Francisco Monterey, Historia de El Salvador, págs. 221-223.

11347 Gaceta del Salvador, 11 de julio de 1857.

11448 AGN, Hoja suelta de la municipalidad de Jutiapa, 11 de noviembre de 1857. Impresos, t. VIII, doc. 81.

11549 Gaceta del Salvador, “La situación”, 29 de julio de 1857.

11650 Gaceta del Salvador, “La situación”, 29 de julio de 1857.

11751 Para un análisis del proceso de mitificación de Barrios, véase: Carlos Gregorio López Bernal, “Inventando tradiciones y héroes nacionales: El Salvador (1858-1930)”, Revista Historia de América, N° 127, julio-diciembre, 2000.

11852 José Dolores Gámez, Gerardo Barrios ante la posteridad, (San Salvador: Dirección General de Publicaciones, 1966), pág. 22.

11953 Italo López Vallecillos, Gerardo Barrios, pág. 277.

12054 Italo López Vallecillos, Gerardo Barrios, pág. 281.

12155 Rodolfo de Roux López, “La insolente longevidad del héroe patrio”, Revista Caravelle, N° 72, 1999, pág. 37.

Para citar este artículo :

Carlos Gregorio López Bernal, « Implicaciones político-sociales de la campaña contra los filibusteros en El Salvador: Las acciones de Gerardo Barrios », Boletín AFEHC N°36, publicado el 04 junio 2008, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=1942

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