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AFEHC : articulos : De la Carne y otros menesteres : De la Carne y otros menesteres

Ficha n° 1169

Creada: 15 agosto 2006
Editada: 15 agosto 2006
Modificada: 03 julio 2007

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Autor de la ficha:

Miguel Angel HERRERA C.

Publicado en:

ISSN 1954-3891

De la Carne y otros menesteres

El historiador Miguel Ángel Herrera realiza algunas disquisiciones en torno a la relación conflictiva entre las elites nicaragüenses y los sectores populares en la búsqueda de tradiciones y prácticas identitarias; relación que se sustentaba, desde el punto de vista ideológicos (y reguladora social) en la religión católica ( ambos grupos) y la invocación de una herencia clásica de factura greco-latina, diferenciadora (sustentada por la elite) la cual busca “orden” y “legitimidad”
Autor(es):
Miguel Angel Herrera C.
Lugar de Publicación:
Inédito
Texto íntegral:

1

Acerca del poder

2Cuatro años después de finalizada la Guerra Antifilibustera, Salvador Sacasa, Prefecto de Granada, giraba una notificación a la Junta Municipal de Catarina, población situada a 22 kilómetros al oeste de Granada, exigiéndole en primera instancia que presentaran la “relación jurada, libros y documentos que acreditan el cargo y la vara, como lo dispone el artículo 2o. del decreto de 9 de marzo de 18531.

3Catarina era uno de los 25 pueblos que formaban parte del extenso Departamento Oriental, según consta en el Informe de Fermín Ferrer, publicado en el Correo del Istmo[2.], estaba compuesto principalmente por indígenas dedicados al cultivo de sus huertas, lo que se evidenciaba en la conformación de su Junta Municipal: Brígido Guerrero y Miguel Gaitán, eran indígenas, Francisco López, mestizo. Durante la Guerra Antifilibustera, en este pueblo funcionó un rastro público en el que era destazada casi una res por día. ¿Demasiada carne para tan poca gente? no juzgamos pertinente responder tal interrogante; pero, ¿qué destino tenía esa carne? sobre todo si se considera que una buena parte de esta población se alimentaba de la pesca que lograba en la laguna de Apoyo y de “los animales monteses” que atrapaban en las trampas que construían en sus huertas3.

4Tampoco parece que la carne fuera objeto de exportación a las localidades circunvecinas como San Juan Namotiba, Diriá o Diriomo y que fuese destinada al consumo local. Juana de Dios Muñoz, viuda de 25 años y su hermana Fernanda, soltera de 23 años, fueron sorprendidas por los Alcaldes de Campo (nombre con el que se le denominaba a una suerte de Guardia Civil), mientras transportaban carne caliente que cargaban en canastos sobre sus cabezas, en la montaña de los Pérez; las mujeres indefensas proclamaron su inocencia argumentando que “pasaban por allí y por casualidad se encontraron a la res muerta y la examinaban cuando las arrestaron4“.

5Diriomo es otro pueblo del Departamento Oriental, localizado a 17 kilómetros al oeste de la ciudad de Granada, que formaba junto con Catarina, San Juan Namotiba, Nindirí, Nandasmo, Niquinohomo, Diriá, Nandaime, Masatepe, Jinotepe, Santa Teresa y El Rosario, las municipalidades de la parte central del Pacífico nicaragüense que dependían de la Prefectura (Alcaldía) de Granada, centro del poder de la élite oriental y que durante más de cuatro años no había podido ejercer un control efectivo y directo sobre las juntas municipales.

6Durante la Guerra Antifilibustera (1855-1857), los municipios de estas poblaciones sobrevivieron por determinado sentido pragmático de la vida comunitaria, tradición que se había reforzado con la práctica de algunos elementos religiosos y productivos como las cofradías; acciones comunes, como la limpieza de las calles y los solares; la localización de los terrenos comunales para el pastoreo de animales5, etc. Las municipalidades se encargaron de preservar cierto orden de la vida comunal, mientras las facciones de las élites se disputaban el control de los aparatos protoestatales, con el objetivo de servir como interlocutores de los comerciantes extranjeros. Tales son los referentes históricos que permiten descodificar la notificación de Salvador Sacasa a los indígenas de Catarina y en las subsiguientes comunicaciones, se advierte el conflicto latente entre el centro de poder, en este caso Granada, y las comunidades populares como las de Catarina, Diriá y Diriomo, durante el período denominado tradicionalmente como Guerra Nacional (1855-1857).

7La Junta Municipal de Catarina obvió contestar la nota en lo inmediato y posteriormente presentaron sus cuentas. La Prefectura de Granada, no contenta con las tales cuentas les giró un “pliego de reparos” (reclamación): “Pliego de reparos que esta Prefectura le hace a la Junta Municipal del pueblo de Catarina, en las cuentas que dio del año 1856.

8Se repara que en libro de fierros de las reses destazadas que llevó la Junta Municipal en dicho año, aparecen doscientas sesenta y tres reses destazadas, cuyos derechos de cisa importa ochenta y dos pesos uno y medio reales, observando que en el libro que llevó el Mayordomo de propios (...) resultan ser doscientas noventa y seis reses, cuyo derecho siendo el mismo importa noventa y dos pesos y cuatro reales, de lo que se deduce que destasaron treinta y tres reses más que importan diez pesos dos y medio reales, y no siendo posible que el mayordomo se hiciera cargo de mas cantidad que la que justamente recibió, los individuos que entonces formaron en Catarina la Junta Municipal se servirán contestar estos reparos dentro de ocho días para en su vista fallar conforme a derecho. Prefectura del Departamento de Granada, agosto 6 de 1861. N. Espinosa6.”

9El rédito de las 33 reses destazadas, con valor de 10 pesos y 2 1/2 reales, habría que buscarlo en las complejas relaciones entre indígenas, ladinos y mestizos de los pueblos mencionados, en las que tiene un lugar preponderante la mujer.

10De 91,931 habitantes de todo el Departamento Oriental, 53,518 eran mujeres, lo que representa un 72 % de la población total del citado departamento. Las ocupaciones de las mujeres eran diversas: placeras que bajaban diariamente a los mercados de Masaya y Granada; tejedoras de cordelería y textiles; comerciantes de carne; aguadoras que abastecían de agua a las comunidades asentadas en los alrededores de las lagunas de Masaya y Apoyo; trabajadoras del amor que en los recodos de los caminos vecinales desafiaban las “sacrosantas” leyes del poder granadino, una ordenanza municipal del pueblo de San Juan Namotiba establecía que: “En el camino del río … (se prohíbe) anden barones (sic) con sus mujeres concubinas dando mal ejemplo a los menores7 ...”.

11No existe información acerca de las mujeres que trabajaban en el tráfico lacustre, pero la existencia de mujeres marineras en labores de cabotaje entre los puertos del Pacífico nicaragüense, permiten suponer que también se hayan dedicado a tal menester en el lago y probablemente a la pesca en las lagunas volcánicas. Sin embargo, la importancia de las mujeres no radica solamente en expresar el número de actividades en que se involucraba, sino en destacar el significado que poseen las mismas. Por ello resulta interesante observar que en todo el Departamento Oriental, incluyendo Boaco y Chontales, son las mujeres mestizas las que encabezan las listas de contribuyentes en los impuestos que se emiten después de la Guerra Antifilibustera, son ellas las dueñas de capitales gravados y de tierras.

12En Catarina, hacia 1856, es decir, en plena Guerra Antifilibustera, de nueve destazadores de reses que ejercían en el rastro público, siete eran mujeres y ellas tenían una relación de complicidad con la junta municipal de ese poblado. El citado informe de Fermín Ferrer8 advierte que en el Departamento Oriental se producían 20,640 unidades de cueros de res, lo que era relativamente escaso para el total de la renta que producía el ganado, de 835,600 pesos9. El cuero, además, era un medio de cambio que se utilizaba en determinado nivel del intercambio comercial, por ejemplo para comprar y vender animales, y en el caso de Catarina, como en la de otros pueblos del Departamento Oriental, la producción de este medio de cambio se encontraba en manos de las mujeres.

13Dos elementos de la producción de ganado marcaron la identidad de las localidades y el sentimiento de pertenencia de los miembros de las comunidades populares. El primero es el decreto mediante el cual se organiza y reglamenta la legalización de la propiedad sobre ganado vacuno, caballar o mular, el cual debía ser certificado ante los Alcaldes. Se trataba de otorgarle identidad a la propiedad, entendiendo ésta como un hecho individual. La ley mandaba a garantizar “la propiedad de los individuos y el medio legal de adquisición10.”

14La ley indicaba que los alcaldes debían certificar las ventas y cumplir requisitos como: constatar señales, nombres de negociantes, fierros, etc. pero también regulaba el tráfico de ganado entre pueblos y los actos de ventas-compras en otros pueblos. El segundo es el del régimen de propiedad de la tierra. La ley de 1852 establecía la concesión de tierras comunes o ejidos a los pueblos, sin embargo a pesar de la solemnidad con que la proclama expresaba este propósito: “Es de grande interés público el que todos los pueblos tengan tierras suficientes para pastos comunes y para la labranza11 (...)” la élite granadina comenzó a expander sus dominios más allá de la periferia de la ciudad, hasta la zona de El Capulín, a 10 kilómetros de la ciudad en dirección Noroeste, en las laderas de la laguna de Apoyo.

15Las leyes, ¿eran del conocimiento común de las gentes de pueblo? Cuando el “Gobierno Supremo estableció, mediante decreto, la necesidad de legalizar a través de documento toda actividad de compra-venta de ganado, estaba instaurando una nueva modalidad de adquisición no usual en el medio nicaragüense y estableciendo un nuevo tipo de relación, el anonimato de las relaciones contractuales, normal en toda relación mercantil comenzaba a sustituir las vinculaciones personales; pero, ¿cómo eran vistos los asuntos legales por los sectores subalternos? No se ha consultado suficiente información como para emitir un juicio, no obstante alguno se puede inferir de las actividades de los doctores en derecho, como por ejemplo, las que se anuncian en el siguiente aviso: “Como el 30 de agosto último concluyó el término porque había cerrado mi bufete de Asesor; me hago hoy el honor de poner en conocimiento del público y particularmente en el de los Tribunales Supremos de Justicia, y subalternos respectivos, que continúa cerrado por otros cuatro años (...) desde esta fecha, en conformidad de la ley de 6 de agosto de 1846; sin renunciar por eso a la dulce satisfacción de poder ofrecer mis servicios a todas las personas, principalmente las desvalidas, que en privado necesiten consultar, como siempre, mis humildes opiniones en sus asuntos del foro. Hacienda Satoca, octubre 22 de 1850. Francisco Castellón12“. Fueron los profesionales liberales como los juristas, los letrados, quiénes tenían acceso a la lectura y escritura, y por tanto integraban un pequeño universo social, los que movilizaron a diversos sectores de las capas subalternas como los mestizos, ladinos e indígenas, en función de sus intereses particulares, enarbolando las banderas de la legalidad.

La Edad infantil de la nación

16“La República en los primeros días de su edad, en la cuna casi, ha sentido uno de esos sacudimientos extraordinarios que paralizan y retrasan a las naciones en su marcha, y a veces les hacen torcer su camino.” Nicasio del Castillo13. Granada. 1855.

17Al abordar el problema de la formación del estado-nación en la Nicaragua del siglo XIX, no se puede obviar la historicidad de los sujetos sociales, en este caso se trata del sentido étnico que poseían las comunidades populares y las manifestaciones que las élites realizan de su lógica del poder, presentes en la región del Pacífico central nicaragüense.

18La década de 18 a 18 en el siglo XIX nicaragüense es transicional y tradicionalmente se le ha visto desde una perspectiva política-militar, o más recientemente algunos autores (como Lanuza y Velásquez) han realizado esfuerzos por sistematizar el significado económico y político de la década, dentro de períodos más prolongados. Advertir lo transicional de esta década por la presencia de elementos exógenos como la intervención filibustera o el tránsito de pasajeros por el istmo, sería retomar el curso de la historia tradicional, más si los ubicamos dentro de un proceso de rupturas y discontinuidades que prueban la resistencia y las capacidades de asimilación de los antiguos patrones culturales, ya sea de las élites o de los subordinados obtendremos, entre muchas otras cosas y a través de la documentación oficiosa, una lectura que éstos hacen de la coyuntura. Estas capacidades se manifiestan, sobre todo, en las actitudes que los actores sociales presentan ante las facciones en pugna y según la dinámica de la coyuntura. De allí que sea necesario interrogar acerca de los factores que permiten la sobrevivencia de las comunidades populares, en los momentos de conflicto interno de las élites.

19Por lo tanto no se piensa en un estado como factor de cohesión de determinada formación social, cuya explicación sólo era posible – según los viejos esquemas – mediante una determinada lógica política. Tampoco se trata de abordar el problema por medio de un ejercicio de dicotomías, que considera la relación base-superestructura dentro de un esquema de causa-efecto, por ejemplo, el fenómeno social como producto directo de un proceso económico. Más bien se intenta explicar el problema a partir de la búsqueda de una lógica social de los actores, que muestre cómo se articula o des-articulan distintas formas de hegemonías, en este sentido se incursiona dentro de la lógica del poder y la consiguiente resistencia de las identidades culturales, de las que ya nos habla Alain Touraine en su Crítica de la Modernidad14.

20Durante la década de 1850-1860 se construye el discurso de la élite dirigente, en un claro intento por constituir una comunidad en la que intelectuales y políticos tengan el mismo lenguaje, necesario para dotar de identidad al naciente estado-nación.

21En el territorio comprendido entre Managua, Masaya y Granada, del entonces Departamento Oriental, se presentan procesos contradictorios entre los poderes locales, algunos en manos de indígenas y ladinos, y el poder central detentado por las élites. Estas tienen un discurso retórico dirigido a constituir una comunidad diferenciada de los mestizos, ladinos e indígenas, que sea capaz de gobernar con orden y legitimidad, sin embargo estos elementos son contradictorios con las manifestaciones culturales con que se rigen los poderes locales y que detentan los sectores subordinados.

22La diferencia entre los “ciudadanos” y la “gente común”, “esa gente que parece no impresionarse por los sucesos, ni manifestar interés por la vida de nadie15... .”, transita entre su capacidad económica y su capacidad de poseer interés o sensibilidad por los acontecimientos de la “comunidad”.

23El discurso retórico tiene como ejes básicos el orden y la legitimidad, y de referentes utiliza el pasado de la nación ibérica y del mundo grecolatino, en los que encuentran vocación de destino histórico. En los héroes de estos mundos los gobernantes encuentran sus epígonos, a la vez que cumplen una función paradigmática. Los municipios, como órganos de poder local, conservan ciertos elementos de la vida comunal indígena los que son asimilados por el poder central en función de ejercer su dominio y control sobre las comunidades populares. Ante esta situación, es necesario interrogar a la historia: ¿qué significaba la modernidad hacia la primera mitad del siglo XIX en Nicaragua? Obviamente, la modernidad del siglo XIX no rompió el mundo sagrado “que era a un tiempo natural y divino” [16] impuesto por la Iglesia, sustituta del poder colonial español, más bien lo reforzó con el orden y la legitimidad de la élite, para quién estos conceptos sí tenían un sentido de modernidad, e intentaban imponerlos a partir de un discurso retórico que invocaba el mundo antiguo de Grecia y Roma, así como el de la península ibérica. La guerra no era más que una manera de imponer las instituciones modernas que habrían de respaldar ese orden y el teatro necesario para la producción del sujeto héroe, del sujeto pro-hombre, diferente al ladino e indígena en tanto posee un pasado arquetípico. Este pasado era objeto de evocación en los momentos adversos y tiene como significado destacar el precio que tiene construir el orden, éste debe traducirse en las instituciones que integran el estado y la nación que las élites esperan construir. Este orden encuentra su fundamento en el patrón de comportamiento familiar de la élite, el cual tenía por antecedente y como paradigma la estructura de la familia romana: patrilineal, extensa, fuerte y estable. El padre equivalía al sacerdote, a quien muchas veces sustituye como autoridad religiosa, (téngase en cuenta la numerosa existencia de familias mestizas en las zonas rurales, aisladas de los centros urbanos nicaragüenses) y su justificación o fundamento de vida radica en la Biblia, los textos clásicos greco-latinos o las leyendas de la tradición ibérica, de modo que los actores de este mundo antiguo son sus epígonos y ellos, la élite, sus descendientes directos. La nación es una familia que tiene padres, los patriarcas de las élites; el pueblo es un gran espectador que asiste a “los infelices cambios de la historia”: las “revoluciones” o revueltas armadas, en las que cualquier fuerza armada se constituye en un movilizador social del honor del “pueblo” y no de la “gente común”. El honor y el deber como rasgos de identidad encubren la lealtad familiar con que los subordinados pagan la benignidad paternal de las élites a través de las relaciones de poder, ya sean desde los gobiernos o en la vida cotidiana de las comunidades. José María Estrada consideraba que la defensa de Granada, realizada no sólo por granadinos, sino también por “Leoneses, Managuas, Fernandinos, Rivenses, Matagalpas, Juigalpas, Lorenzanos, Boacos, Diriomos, Nandaimes, pocos es verdad, pero había sugetos de todas estas poblaciones rodeando al gobierno y corriendo su suerte, muchos de los cuales han merecido bien de la patria por el distinguido comportamiento que han tenido en su defensa17.”

24Durante la guerra civil de 1854, la población granadina asumió un papel de espectador ante el duelo entre los caudillos Fruto Chamorro y Máximo Jerez, la escasa integración de la población citadina motivó las siguientes líneas en el periódico granadino El Defensor del Orden: Y no debe tanto sorprendernos el ver ahí cifrado el encono de los eternos enemigos del progreso granadino, cuanto el que haya Granadinos infames que coadyuven a la destrucción de su patria por defogar una mezquina pasión de partido. Cobardes! Con vosotros hablamos, Granadinos bastardos: con vosotros que sacrificáis a un innoble sentimiento de venganza, la gratitud, el honor y la patria; decidnos, si abrigáis odios personales, porqué no retáis de hombre a hombre al que os tiene ofendidos? (...) Trece siglos han pasado desde que el Conde Don Julián enseñó el camino a los enemigos de su patria, y esos trece siglos no han bastado a borrar su execrable memoria: vosotros seréis el don Julián de Granada18.
El imaginario cultural de las élites en la década 1850-1860 intentaba construir un mundo en el que con un sentido “Taif”- la razón procedía del orden y la legitimidad. No obstante estos elementos, no existían condiciones para poseer un instrumento (el estado) que posibilitara la implementación de ese reino lógico: la colonia como la arcadia o paraíso. El discurso retórico de los caudillos granadinos es el intento de la élite de recrear su propia tradición histórica. Mientras que los mestizos e indígenas intentan la sobrevivencia de sus formas tradicionales de convivencia por medio de la conservación de determinados estilos de vida comunal y adaptarlas a las leyes modernas que se implantan, en otras palabras, para los herederos de la población aborigen nicaragüense, sobrevivir era una imperiosa necesidad y se ajustaba según las coyunturas, el hecho de que fuesen poseedores de capital no les integraba automáticamente a la comunidad mestiza. En la composición de la Junta de Derramas de Diriomo hay un reclamo sobre la inexistencia de hacendados y comerciantes, quienes eran escogidos para formar parte de la misma, debido a su conocimiento sobre el cálculo de capital y valores: “No se puede alegar que en el pueblo de Diriomo no hai estas dos clases de personas (hacendados y comerciantes) que exije la lei, porque aunque corto el pueblo, no le faltan hombres provos y de conocimiento para llenar este deber. Si la junta hubiese sido criada de individuos que reuniesen las cualidades exijidas, habrían aparecido sus miembros calculados con el capital que cada uno hubiera, pero no apareciendo uno solo de dichos individuos en la lista presentada a U. me parece que no tengo que aducir otra prueba19.” El legislador exigía las cualidades de hacendado y comerciante, “por ser una doble garantía para una buena calculación, y por el conocimiento que cada cual tiene o puede tener de los demás capitales; para nombrar a personas que no tienen dinero ni conocimiento y talves ni delicadesa, es estropiar las garantías mas sagradas que el ciudadano tiene20.”

25Este sacro mundo era reforzado en la acción política por el fundamentalismo religioso con que se encubrían las relaciones de poder y los conflictos sociales: nuestra causa es justa, Dios la protege, o la exhaltación de conceptos como el deber, la obligación, el valor, la autoridad, que posteriormente han de prevalecer en la secularización de la sociedad nicaragüense. Esto responde al mejor sentido del dualismo cristiano y marca la cultura política nicaragüense hasta nuestros días, no con un sentido normativo, sino como componentes del antidiálogo.

26Con el fin de lograr su legitimidad y construir un orden, necesarios para su constitución en comunidad dirigente, la élite intenta construir una identidad propia, para ello se apoya en el sustrato cultural indígena, con lo cual obvia sus contradicciones con las fragmentadas comunidades locales indígenas, generadas por las leyes que ha emitido. Sin embargo las leyes no eran suficientes para imponer el imperio del respeto al Estado, la debilidad política de los gobiernos de la élite volvían vulnerables cualquier intento de sistematizar el orden, la corrupción de los funcionarios, los diversos grados de lealtad entre el caudillo y sus subordinados, conspiraban con las intenciones de la élite.

27Muchos funcionarios aprovechaban sus cargos para especular, siendo ésto uno entre varios de los problemas que enfrentaba el incipiente estado nicaraguense, el de la lealtad de sus funcionarios. El Decreto #233, del 30 de marzo de 1852, previene a los empleados de hacienda a reflejar fielmente los valores, señalando hasta el tipo de moneda que deben usar, de no actuar en esa forma, el decreto previene que le será confiscado el premio a que es acreedor el funcionario, estableciendo bajo la pena de defraudación:

28“2o. Si la moneda en que se hace el pago en la oficina de hacienda tuviere en el comercio mayor estimación, el premio que se adquiera sobre la suma enterada pertenece al Tesoro Público bajo la pena de defraudación21“.

29La debilidad del gobierno era tal que un artículo está dedicado a exijir a las autoridades una actuación más leal al mismo: “Arto. 4o. Los jueces y Alcaldes que procedan con morosidad en la persecución de los criminales serán responsables con arreglos a las leyes de su omisión o negligencia, en lo judicial, y siendo en las medida de policía incurrirán en la multa de diez a cincuenta pesos según la naturaleza de la falta22.”

30La exigencia de contar con un aparato estatal, que además de cumplir con la función de instrumento de dominio y control fuese representativo ante la comunidad de naciones, condujeron a la necesidad de “adaptar” las instituciones tradicionales de poder a las nuevas condiciones, pero cabe preguntarse: ¿en qué medida, en Nicaragua, esta adaptación fue rechazada o llegó tardía? La práctica del poder, su lógica, hace que el proceso de formación de identidades colectivas sean contradictorias y diversas, adquiriendo un carácter social: élites – pueblo mestizo, en el contexto de una sociedad agraria. Los miembros de las comunidades populares no se vinculaban de manera individual con el proto-estado, sino desde la perspectiva de su comunidad. Los conflictos internos de las élites, que impidieron la formación de un estado nacional, también postergaron la necesidad de crear vínculos entre los centros de poder y los ciudadanos. El escaso desarrollo del medio urbano también condiciona la no existencia de símbolos comunes, excepto los de la religión, mediante los cuales se mantienen los nexos con los subordinados.

31La coyuntura de la intervención filibustero de William Walker fue aprovechada por las comunidades locales para preservar sus espacios con respecto a los centros de poder, por medio de un funcionamiento autónomo y de acuerdo a la coyuntura que se presentara, este patrón de comportamiento de las comunidades populares coadyuvó a afianzar su sentimiento de identidad local.

32La identidad local es una respuesta de las comunidades populares a las políticas que produce el proto-estado y en otros casos suple la ausencia de una política estatal. La diferencia que marca a la comunidad indígena de Sutiava, en el Pacífico occidental nicaragüense, con la de Monimbó, en el siglo XIX, es la procedencia mexicana de los primeros, imagen del pasado que es recreada en la transmisión oral y que conduce a la permanente recreación de tradiciones; para la última, el rasgo diferencial pueden ser las acciones colectivas que como comunidad se plantea ante las necesidades que surgen con el nuevo orden, por ejemplo: el cuido de las zonas de cacería y de pesca en las lagunas, el rechazo a la sustitución de la moneda metálica por el cacao, o el carácter tradicional y familiar de su producción artesanal, éstas acciones también otorgan identidad.

33La imagen del pasado y la creación de tradiciones, en las comunidades populares es una construcción consciente que se elabora con materiales selectivos como el baile del Toro-Venado en Masaya, que desde entonces era la fiesta de más larga duración en Nicaragua y que la distingue entre todas las celebraciones populares. El poder local institucionaliza estos patrones culturales que otorgan identidad y en los que fija su posición o responde a las políticas de poder.

34Expuestos los elementos de esta reflexión se llega a una conclusión, en Nicaragua no se puede continuar haciendo de la historia una narrativa de hechos en los que el cronista busca encontrar mentiras verdaderas, medias verdades o por medio de análisis que intenten explicar su “pecado original” o el “enmarañamiento de ideas” de los individuos de las élites; todo intento de explicación científica de la historia nicaragüense, deberá tener en cuenta la compleja red de relaciones de poder que se encuentran presentes en toda sociedad y para ello es importante interrogar a la historia, a través de la documentación que nos presente.

35Esta documentación muchas veces nos habla de sujetos que no siempre el oficiante se ha ocupado de ellos, del labriego de las tierras comunales, de los cazadores de animales monteses, o las mujeres solas y “pobres de solemnidad”, los que no siempre participan de la ceremonia solemne de la historia oficial, porque ésta se encuentra ocupada por los acontecimientos que protagonizan los pro-hombres de la patria.

36Partidos, localismos e “ideologías”, son elementos dicotómicos que contribuyen a la construcción de una historia polarizada y polarizante. La realidad es que en el trasfondo de este proceso se encuentran los intereses económicos de las élites, los cuales no pueden ser reducidos exclusivamente a un conflicto entre León y Granada, sino que se interrelacionan a lo largo de toda la región del Pacífico nicaragüense en donde persisten las comunidades populares: valles, comarcas, caseríos, en fin, las diversas formas de agrupación de los que el poder denominaba “hombres sin ley”.

La Patria del Aecio de los tiempos modernos

37“María de Nicaragua, Nicaragua de María”, reza una antigua consigna religiosa que aún hoy en día es repetida en las festividades populares y religiosas. La nación mestiza ha sido huérfana de padre y madre, y por tanto adolece de identidad, ésta es otorgada por la maternidad de María. Tal es la cédula de identidad de los mestizos nicaragüenses de la costa del Pacífico desde el siglo XIX. Hasta entonces los mestizos no teníamos identidad. Pero, ¿cúal era el arquetipo que le otorgaba identidad a la élite, a las mujeres y los varones, en el siglo pasado?

38Guadalupe Chavarría, madre de dos hijos que se involucraron en las filas del ejército de Fruto Chamorro, durante la guerra civil de 1854, perdió a uno de sus hijos en el enfrentamiento del 25 de octubre, en la explanada San Fruto, en el barrio indígena de Xalteva; al conocer la noticia de la muerte de su hijo, ella declaró satisfacción por la causa que defendía su hijo y disposición a perder el otro hijo y hasta el marido. Mientras, El Defensor del Orden, elogiaba el gesto de la madre con estas palabras:

39“Tal desprendimiento del dolor y afectos maternales, un arranque tan magnánimo no prueban sino un patriotismo sublime, recordándonos los tiempos de las célebres espartanas, de los sentimientos más caros, se vestían de gala y saltaban de gozo cuando sus esposos, sus hijos, sus hermanos y sus más próximos allegados volvían de la guerra23 (...)”.
El discurso oficial de la facción granadina revela la búsqueda de una identidad en el mundo antiguo greco-latino. Los héroes del imperio romano son los epígonos de quienes libran una guerra por instaurar el orden. En la lógica de las élites esta vocación por defender el orden, era totalmente diferente a la conducta social de los indígenas y mestizos, porque además era el producto de su herencia histórica. En este caso, la sociedad antigua no solamente es un paradigma, sino que la herencia les otorga identidad y legitimidad: “La plaza de Granada se convirtió esta vez en otro capitolio romano para la salvación de la sociedad y la sociedad se salvó entera en la plaza de Granada. Y qué no hiciera el honor, el deber, el patriotismo, el recuerdo de pasadas guerras? (...) así como el grande Aecio contuvo en los campos catalaúnicos los pasos triunfales del feroz Atila, así el inmortal Chamorro, el Aecio de los tiempos modernos dio su merecido en los campos granadinos al nuevo desbastador (sic) de la sociedad24“.

40Los subordinados que formaban parte de las fuerzas militares de los caudillos, continuamente desertaban de sus filas. El Defensor del Orden cuenta que en la famosa “batalla” de El Pozo, “la tropa se dispersó (y en León) traicionó”; a manera de consuelo y justificación declaraba a renglón seguido: “y qué importa perder batallas? los enemigos de Roma (el orden imperial) se estrellaron con la nobleza del imperio. Pirro y Aníbal se esfumaron25.”

Como hemos podido observar, la patria de las élites tenía padres y los herederos de éstos eran los patriarcas, quiénes se encargaban de administrar el control social de la población. Sin embargo, el ejercicio del poder por parte de las élites también está signado por el rol de padrote que juegan sus hombres en la sociedad nicaragüense. La valentía, símbolo del macho, no solamente se refería a la actitud del hombre durante la guerra, sino que también durante la paz debía demostrar en el cumplimiento del servicio público como su categoría de ciudadano demandaba. Fermín Arana, inquilino de tierras de la Iglesia Católica, se excusaba en los siguientes términos: “(...) más aunque me considere honrado con el nombramiento que ha recaído en mi persona, a mí no me es dado aceptarlo porque me encuentro en absoluta incapacidad por adolecer de una grave enfermedad que me priva del ejercicio aún de mis pequeños negocios26“. El médico Trinidad Cuadra, de Masaya, rindió testimonio el 10 de agosto de 1857, a favor de Paulino Tapia y ante el Prefecto Santiago Vega; en el testimonio, Cuadra argumentaba con detalle la situación de su paciente y las razones por las que no podía asumir cargo público alguno eran: “(sus) enfermedades son la dilatación de la pendiente de los testículos con algún abultamiento de éstos que le impiden el libre uso de andar y un estado obeso que le fatiga el ligero movimiento y distancia no natural de los testículos (...) y por un estado rechoncho de su organismo.”

41El machismo no solamente encuentra su referente en su contraparte femenina, sino que es un valor cultural que está presente en el espacio de lo político y ocupa un lugar predominante en la escala de valores que rigen la cultura política contemporánea nicaragüense, es un patrón de comportamiento político de la élite transmitida a los subalternos, que tiene su antecedente en la autoridad patriarcal, ésta se basaba en la estructura de la familia romana – que tal como lo señala Bradford Burns – era patrilineal, extensa, fuerte y estable. El padre, dueño de todas las propiedades era el representante y a su vez fungía como sacerdote, su justificación ideológica se encuentra en la Biblia y en los textos de literatura antigua de Grecia y Roma, así como en el procesamiento de su propia vivencia personal.

Una reflexión a manera de conclusión

42La elaboración de conceptos como deber, obligación, valor, autoridad, forman parte de la estructuración sobre la que se basan las organizaciones políticas, que encuentran en la polis, su identidad de familia y el carácter patriarcal, que junto a la ciudad colonial se constituyó en un patrón de las estructuras de autoridad, pero esto no puede conducir a la formulación de la existencia de ciudades-estado en el siglo XIX nicaragüense, como lo afirma Bradford Burns27, ya que el conflicto no es la ambivalencia del poder de las ciudades, ni las contradicciones entre los patriarcas leoneses y granadinos, ni es exclusivamente por causa del crecimiento económico de las comunidades agrarias. No se puede seguir buscando el “pecado original” de la historia de Nicaragua en la dicotomía del seudo conflicto local, entre León y Granada. Antes bien, los conflictos se deben a la redefinición, que se propone la élite de los mecanismos de control social con el fin de imponer sus nuevos valores y ello tiene relación directa con el problema de la propiedad de la tierra y la obtención de mano de obra. Los valores de este sistema impedían capitalizar la mano de obra disponible y entonces tenían que recurrir a los mecanismos coercitivos del estado, legislando desde entonces contra “la vagancia” para poder obtener la necesitada fuerza de trabajo. Esta situación impidió crear una relación contractual que permitiera un cambio de valores en la relación élites-comunidades populares.

43Las comunidades populares no llegaron a su fin con la intervención de Walker, antes bien se protegieron y conservaron sus espacios aliándose con éste, tal es el caso de José María Valle, Mariano Méndez y Félix Ramírez Madregil. Los subordinados de mediados del siglo XIX, mestizos, mulatos e indígenas eran los productores de los bienes que exportaban los comerciantes, la élite, quiénes se apoyaban en cualquier medio para acopiarla, sin exclusión del violento. Walker precisamente juega con esta situación en la coyuntura de 1855-1856 y los mismos subordinados le buscan como apoyo en su conflicto con las élites, éstas a su vez maniobraron sobre el mismo y lo colocaron en la agenda de sus relaciones con Walker.

44El estado – nación como forma de organización social es de reciente data y aunque no es la expresión de una esencia étnica, para el caso de los estados nacionales tardíos debe tenerse en cuenta la experiencia histórica de los sujetos sociales que formaban parte del vasto universo de los subordinados, así como los rasgos culturales que manifiestan.

45En la Nicaragua de la década de 1850-1860 se encuentra una idea de nación, la del discurso oficial
del poder de las élites, que tiene como referente el pasado y la memoria histórica de la nación española, ésta no genera un principio espiritual que provea de algún sentido de destino a las colectividades insertas en el Departamento Oriental. Sin embargo, en sus prácticas cotidianas de gobierno, las élites han de conservar ciertas formas de gobierno que tienen su antecedente en los usos y costumbres, en la cultura de vida de las comunidades populares, la que se traduce en una mentalidad igualitaria que entra en contradicción con el orden que pretende imponer la élite.

46A nivel del poder local, la persistencia del elemento indígena también se manifiesta en su integración a las Juntas de Alcaldes, en el sentido de comunidad popular que se expresa en la defensa de sus intereses frente al poder central de las élites granadina, en los patrones culturales que como símbolos comunes sobreviven en la sociedad agraria nicaragüense del siglo XIX, tales como la normativa de vida cotidiana de las comunidades (roza, prohibición de quemas), el derecho al uso colectivo de la tierra, la participación en las fiestas patronales.

47La coyuntura de la intervención filibustera fue aprovechada por las comunidades locales para preservar sus espacios, con respecto a los centros de poder, por medio de un funcionamiento autónomo y de acuerdo a la coyuntura que se presentara. Esta conducta coadyuvó a afianzar el sentimiento de identidad local.

48La identidad local es una respuesta de las comunidades populares a las políticas que produce el proto-estado y en otros casos suple la ausencia de una política estatal. La diferencia que marca a la comunidad indígena de Sutiava, en el Pacífico occidental nicaragüense, con la de Monimbó, en el siglo XIX, es la procedencia mexicana de los primeros, imagen del pasado que es recreada en la transmisión oral y que conduce a la permanente recreación de tradiciones; para la última, el rasgo diferencial pueden ser las acciones colectivas que como comunidad se plantea ante las necesidades que surgen con el nuevo orden, por ejemplo: el cuido de las zonas de cacería y de pesca en las lagunas, el rechazo a la sustitución de la moneda metálica por el cacao, o el carácter tradicional de su producción artesanal, éstas acciones también otorgan identidad.

49La imagen del pasado y la creación de tradiciones, en las comunidades populares es una construcción consciente que se elabora con materiales selectivos como el baile del Toro Venado en Masaya, que desde entonces era la fiesta de más larga duración en Nicaragua y que la distingue entre todas las celebraciones populares. El poder local institucionaliza estos patrones culturales que otorgan identidad y en los que fija su posición o responde a las políticas de poder central.

50A pesar de la pérdida de la lengua, las comunidades populares no se desintegran ni desaparecen, sobreviven en el sustrato cultural de la población mestiza, se hacen presente en las leyes, en el sentido comunal de lo urbano, en la legalidad de sus fiestas patronales, en la resistencia al contrato contractual e individual del trabajo remunerado, que es la marca que le diferencia con el otro. Los valores que rigen la vida de la comunidad, como los lazos de intercambio recíproco que logran constituirse en una ética de los subordinados, resistieron a su desaparición y también se institucionalizaron con las formaciones protoestatales, éstas no generaron un sentimiento protonacional, el surgimiento de éste (entre “la gente del común”) más bien se debe, a como se ha referido anteriormente, a las prácticas culturales que dieron sentido a la vida cotidiana de las comunidades populares.

51La individualidad de los indígenas y mestizos de estas comunidades, se manifestaban en el sentido ético del cumplimiento de sus compromisos para con su comunidad. Sentido ético que se forja en las lealtades que fueron transferidas desde la familia hasta la comunidad étnica y también por las agrupaciones religiosas. La estructura de un gobierno nacional o de un estado nacional, les resulta extraño.

52La exigencia de contar con un aparato estatal, que además de cumplir con la función de instrumento de dominio y control fuese representativo ante la comunidad de naciones, condujeron a la necesidad de “adaptar” las instituciones tradicionales de poder a las nuevas condiciones, pero cabe preguntarse en qué medida, en Nicaragua, esta adaptación fue rechazada o llegó tardía?

53La práctica del poder, su lógica, hace que el proceso de formación de identidades colectivas sean contradictorias y diversas, adquiriendo un carácter social: élites – pueblo mestizo, en el contexto de una sociedad agraria. Los miembros de las comunidades populares no se vinculaban de manera individual con el proto-estado, sino desde la perspectiva de su comunidad. Los conflictos internos de las élites, que impidieron la formación de un estado nacional, también postergaron la necesidad de crear vínculos entre los centros de poder y los ciudadanos28. El escaso desarrollo del medio urbano también condiciona la no existencia de símbolos comunes, excepto los de la religión, mediante los cuales se mantienen los nexos con los subordinados.

54Pero esta relación individuo-estado sólo era posible mediante la elaboración de una relación de carácter contraactual y ello no dependía de voluntades políticas o proyectos ideológicos sino de una serie de ajustes en toda la sociedad, como por ejemplo el cambio de valores en la concepción del trabajo remunerado. La sociedad patriarcal de las élites prevaleció en la práctica del poder. Los valores de este sistema impedían, por ejemplo, capitalizar la mano de obra disponible y recurrían a los mecanismos cohercitivos del proto-estado para poder obtenerla mediante la legislación contra la vagancia y los ebrios.

55En qué lugar del análisis habría que ubicar al labriego de las tierras comunales, cuyo trabajo marcha al ritmo de la naturaleza? cómo tendríamos que analizar a los cazadores de animales monteses, o las mujeres solas que encontraban vedado el acceso a la carne de res y que sin embargo eran objeto de sendos párrafos en el pequeño universo del orden y la legalidad?

56Recurrir al análisis del discurso ideológico reduciría la comprehensión de este proceso al simple marco de la historia-batalla, de los eventos militares; a la narrativa política de la historia; al enfrentamiento entre “partidos políticos”: timbucos o calandracas; legitimistas o democráticos; liberales o conservadores; a las dicotomías de los intérpretes tradicionales de la historia nicaragüense. Interpretaciones oficiosas de partidos cuyos límites se confunden en la base material de sus individuos-protagonistas y se diluyen en un falso localismo.

57Partidos, localismos e “ideologías”, son elementos dicotómicos que contribuyen en la construcción de una historia polarizada y polarizante. La realidad es que en el trasfondo de este proceso se encuentran los intereses económicos de las élites, los cuales no pueden ser reducidos exclusivamente a un conflicto entre León y Granada, sino que se interrelacionan a lo largo de toda la región del Pacífico nicaragüense en donde persisten las comunidades populares: valles, comarcas, caseríos, en fin, las diversas formas de agrupación de los que el poder denominaba “hombres sin ley”.

58La nación no surgió con la solemnidad que destaca el discurso liberal de nuestros textos de historia, ni con la gloria de nuestros héroes oficiales. El discurso solemne de carácter cívico-religioso, de orden y legitimidad, quedó reservado para el funcionamiento del aparato oficial de los centros de poder: el congreso y el gobierno nacional. Surge de la práctica cotidiana de diversos sectores sociales, que se desenvolvían en territorios específicos, del universo de las tiangueras, fabricantes de aguardiente, hilanderas, labriegos, carreteros, integrantes todos de las dispersas comunidades populares, que diferían en modos, usos y costumbres, de las élites nicaragüenses. Un universo anónimo pero con sed de perennización, de trascendencia de lo local, individual en su formulación y colectivo en su accionar.

Notas de pie de página

591 Prefecto de Granada a Junta Municipal de Catarina.) Año 1860. Legajo # 34. Archivo
Municipal de Granada.

602 Correo del Istmo No. 48. León, septiembre 12 de 1850. Trimestre 6o. Archivo del IHN-UCA.

613 Una ordenanza municipal de Catarina mandaba a proteger los “hoyos que se tengan en las huertas para coger animales monteses”. Ordenanzas Municipales. Catarina. Año 1860, caja No. 26 legajo No.74. Archivo Municipal de Granada. Correo del Istmo No. 48. León, setiembre 12 de 1850. Trimestre 6o. Archivo del IHN-UCA.

624 Alcaldía Municipal, sección Criminal, folder #21. 1859. Archivo Municipal de Diriomo.

635 Véase Ordenanzas Municipales. Archivo Municipal de Granada.

646 Legajo Municipal No.34. Archivo Municipal de Granada. Subrayado es nuestro.

657 Ordenanzas Municipales. San Juan. Año 1860. Caja #26, legajo # 74. Archivo Municipal de
Granada.

668 Fermín Ferrer, de origen chinandegano, era un propietario de tierras y próspero comerciante, que se avencindó en Granada. Socio de Henry L. Kinney, en su aventura colonizadora de las tierras de San Juan del Norte y Chontales, durante la Guerra Antifilibustera fungió como Prefecto de Granada siendo un aliado de William Walker. Murió en los Estados Unidos. El informe que citamos forma parte de un inventario sobre los recursos naturales y humanos, que bajo el título de Estadísticas del Departamento Oriental, publicó Ferrer en El Correo del Istmo en la ciudad de León.

679 Informe de Fermín Ferrer, en op cit.

6810 J.L. Pineda. Decreto No. 329. Managua, 22 de octubre de 1852. Archivo IHN-UCA.

6911 idem

7012 Correo del Istmo Nº56. León 7 de noviembre de 1850. Trimestre 7º. Archivo IHN-UCA.
Subrayado y negritas es nuestro.

7113 (Contestación de Nicasio del Castillo a José María Estrada), en: Boletín Oficial. Año 1.
Granada, mayo 12 de 1855. Nº1. en: RAGHN, tomo XXXIII. Managua, julio a diciembre de 1967.
p. 146.

7214 Alain Touraine, Crítica de la Modernidad. Temas de Hoy. (Madrid, 1993). 502 pp.

7315 Muerte de S.E. el Sr. Jeneral don Fruto Chamorro. En: Boletín Oficial. Año 1. Granada,
mayo 19 de 1855. Nº2. Reproducido en: Revista de la Academia de Geografía e Historia de
Nicaragua, tomo XXXIII. Managua, julio a diciembre de 1967. p.155

7416 idem, p.17

7517 (Discurso de José María Estrada ante la Asamblea Constituyente). En: Boletín Oficial. Año 1. Granada, mayo 12 de 1855. Nº1. Reproducido en: RAGHN, tomo XXXIII. Managua, julio a diciembre de 1967. p. 141-143. Subrayado es nuestro.

7618 El Defensor del Orden, Nº2. Granada, junio 4 de 1854. Archivo IHN-UCA. Como se sabe, Don Julián, gobernador de Andalucía, peleó al lado de los moros en la batalla de Guadalete, en la que fue derrotado Don Rodrigo, último rey visigodo.

7719 Granada, 1ro de febrero de 1860. Vicente Ramires. Solicitan declaren nula la Junta Calculatoria del pueblo de Diriomo. Archivo Municipal de Granada. Legajo Municipal No.34.

7820 idem

7921 Decreto #233, Managua, 30 de marzo de 1852. Pineda. p.184.

8022 Decreto #216. Managua, 3 de marzo de 1852. J. L. Pineda a Pedro Zeledón. cfr. #226 nombramiento.

8123 El Defensor del Orden, No. 32. Granada, octubre 27 de 1854. Archivo IHN-UCA.

8224 Boletín Oficial. Año 1o. No. 1. Granada, mayo 12 de 1855. Aecio: general romano que venció a Atila en los campos de Cataluña, fue asesinado por Valentiniano III, quien celaba de su gloria.

8325 Pirro, hijo de Aquiles, después de tomar Troya casó con Andrómaca, viuda de Héctor. Al regresar a Grecia fundó el reino de Epiro. Aníbal, general cartaginés que tomó Sagunto y atravesó España, Las Galias y Los Alpes. Regresó a Africa y al saber que sus amigos intentaban entregarlo al enemigo, se inmoló.

8426 (Fermín Arana a Prefecto del Departamento de Oriente). Jinotepe, enero 3 de 1857. Legajo No.2 Archivo Municipal de Granada.

8527 Cfr. Frances Kinloch Tijerino. Taller de Historia, N°2.

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Para citar este artículo :

Miguel Angel Herrera C., « De la Carne y otros menesteres », Boletín AFEHC N°23, publicado el 04 agosto 2006, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=1169

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