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AFEHC : articulos : Denegación y olvido de los indígenas del Darién : Denegación y olvido de los indígenas del Darién

Ficha n° 1673

Creada: 18 agosto 2007
Editada: 18 agosto 2007
Modificada: 18 agosto 2007

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Autor de la ficha:

Ivonne SUÁREZ PINZÓN

Editor de la ficha:

Christophe BELAUBRE

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Denegación y olvido de los indígenas del Darién

El relato de viaje de Lionel Wafer titulado "Viajes al Istmo del Darién", cuya primera versión apareció publicada en 1706, fue traducido y publicado en 1960 por Vicente Restrepo y fue publicado en Panamá por la Imprenta de la Academia. Su lectura marca al lector por su insistencia en la mirada del ser darienita como salvaje, utilizando el término como una expresión de negación de ese Otro enfrentado a él. Ello, a pesar de su interés por demostrar la importancia del Darién como hábitat y por informar sobre las buenas relaciones que con este salvaje pudo establecer el viajero. Años y aún siglos después, en textos de autores europeos y colombianos posteriores al relato de Wafer encontramos la misma calificación de “salvajes” que él da a los indígenas del Darién. En el empleo continuado del término o de otros calificativos, similares, o complementarios, descubrimos la perseverancia del ejercicio de denegación de dicha comunidad. Este apelativo termina por constituir el eje de la mirada de superioridad cultural vigente en el esquema conceptual de los colombianos que continúan mirando al indígena como el Otro.
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Palabras claves :
Darien, Indigenas, Sociedad, Mentalidades, Racismo
Autor(es):
Ivonne Suárez Pinzon
Categoria:
Inedito
Fecha:
Agosto de 2007
Texto íntegral:

1Las crónicas españolas de la conquista americana, que suelen aportar valiosas informaciones sobre las comunidades indígenas, están con frecuencia, cargadas de expresiones de sub-valoración de la población objeto de su discurso1. Hoy en día comprendemos que tales manifestaciones son a la vez producto del asombro ante lo desconocido y de la visión etnocéntrica de sus autores. A partir del encuentro de los tres mundos, Europa se enfrenta a realidades alternativas impensadas y de difícil asimilación cultural, especialmente para una España en proceso de unificación y regida por los ideales de la Cruzada. Estas crónicas, generalmente escritas para justificar la obra de conquistadores y colonos, responden además a presiones socio-políticas y religiosas tejidas en el marco de las relaciones entre la Corona y las huestes conquistadoras, dos polos complementarios de un poder en formación, con intereses a la vez comunes y contradictorios.

2Sin embargo, las crónicas escritas por no españoles, menos cargadas de calificativos tendientes a minusvalorar a los indígenas y de apariencia más objetiva, no escapan a la denegación de éstos. Este es el caso de la obra del cirujano y bucanero inglés Lionel Wafer titulada Nuevo viaje y descripción del Istmo de América, publicada en Londres en 1699. A partir de esta primera edición y hasta 1934, fue reeditada diez veces en Inglés, Holandés, Francés y Español, idioma al cual fue vertida en 1888 por el colombiano Vicente Restrepo, después de su publicación en 1880 y 1881 en el Repertorio Colombiano. Este relato de viaje presenta los cuatro meses que Wafer vivió con los indígenas del Darién en 1681, después que éstos lo curaron de una herida. En el marco de las contradicciones de corsarios y naturales con los españoles, narra sus peripecias y amistad con los indígenas. Basándose en sus recuerdos, supone hacer una descripción objetiva de la experiencia. Trata de: importancia estratégica de la región, acción de los bucaneros, topografía, fertilidad del terreno, minas de oro y riqueza potencial del territorio, composición, distribución, costumbres y poca combatividad de la población. Destaca además la debilidad de las defensas militares españolas y en razón de ello propone un ataque inglés a la región.

3A la lectura del relato percibimos al menos dos motivaciones para escribirlo. La primera, quizás inspirada en la esperanza de obtener la gloria derivada del hecho de ofrecer a su gobierno informaciones preciosas obtenidas durante su labor de espionaje, es el deseo de informar sobre la población y el medio geográfico. La segunda, el interés de motivar la posesión de la región por parte los ingleses. El relato busca dar una imagen positiva de los habitantes y de las riquezas del Darién, para así justificar dicha sujeción de esta zona, interdicta y semiabandonada por los gobernantes españoles.

4A pesar de pretender la creación de una imagen positiva del Otro, Wafer califica de salvajes a los indígenas, sin verse por ello obligado a demostrar los factores de salvajismo que presupone. A continuación trataremos de mostrar de qué manera, el empleo de este término es el resultado inconsciente del ejercicio de denegación del Otro, común en la mirada europea de la época y hasta qué punto, esta visión del indígena se mantiene en el sistema de interpretación simbólica de europeos y colombianos en el siglo XIX.

El Buen salvaje una denegación del Otro

5En el siglo XVI, después del llamado “descubrimiento” de América, nace en Europa el mito del Buen Salvaje. La problemática es formulada por Montaigne, en sus Ensayos, publicados en 1580. El mito recuerda la Edad de Oro greco-latina, en el curso de la cual habría vivido una humanidad más justa y feliz, fundada en una ciudad fuera de la cual se establecían los bárbaros. Según pensadores como Aristóteles, éstos vivían aislados, sin ser por ello rechazados de oficio. En el mito, el Otro es el diferente, ese que vive feliz gracias a la libertad que le proporciona su existencia salvaje fuera de la civilización europea, desprovisto de leyes civiles, sin propiedad privada, sin opresión cívico-religiosa, gozando de la absoluta igualdad. Haciendo el elogio de la vida salvaje y una critica de la sociedad civilizada, el mito opone dos mundos. Así, la poesía bucólica del siglo XVI hace el elogio de la inocencia original de ese estadio de la cultura concebido como inferior. Por su potencial crítico intrínseco, el mito del Buen Salvaje es una herramienta empleada, tanto para el estudio de los pueblos extranjeros desconocidos, como especialmente, para el discurso de los europeos sobre ellos mismos.

6Con la utilización del mito como metodología de mirada del Otro y aspirando a un mundo mejor, los europeos proyectan sobre el Otro su propia cultura y deforman la realidad sobre la cual se proyectan. En tanto tal, el mito existe porque opone civilización y salvajismo, porque establece una división bipolar entre estos dos términos. Tal oposición es evidente en expresiones como:

7“[...] mis vestidos: [...] los conservaba para cubrir mi desnudez en caso de volver algún día a verme entre los cristianos, pues aquí andaba casi desnudo como los salvajes [...] Esta noticia los contentó a todos, con la esperanza de salir pronto de un país salvaje2 [...]”.

8Buscando demostrar la distancia que lo separa del Otro, el europeo termina por crear el espejo inverso de la imagen que él cree conocer de sí mismo. A la vez que desarrolla una curiosidad por los pueblos exóticos que califica de salvajes, avanzando en el conocimiento sobre éstos, avanza en la reflexión sobre su propio ser socio-cultural. La apropiación del Otro comienza por el reconocimiento de la diferencia, identificada en el momento de su aproximación. En los textos resultantes, ricos en figuras retóricas, se reconoce el sueño de posesión que acarician quienes comparten el expansionismo colonialista. La descripción prepara la toma de posesión de las riquezas materiales y culturales del Otro, es decir, del Otro mismo. Estos sueños europeos de desposeimiento y posesión del Otro, son la cara inversa de su propio deseo de desarrollo. Los cuadros paradisíacos dibujados son entonces el decorado que enmarca la aspiración de “domesticación” del salvaje. En el texto de Wafer son comunes las expresiones de este tipo:

9“[...] la bahía es magnífica, y que si por una parte el abrigo y el anclaje son allí excelentes, por otra las islas suministran gran cantidad de madera, de agua, de frutas, // de volatería y de cerdos, para servir a las necesidades de los navíos que abordan alli3”.

10En lo concerniente al relato que analizamos podemos decir que, de manera consciente, la mirada que Wafer tiene del Otro, tiende a la vez a su conocimiento y a su apropiación; por ello llama a la intervención inglesa: “Deseo únicamente que todo hombre de sentido y de juicio considere cuánto adelantarían los intereses de Inglaterra en Europa con la adición de las Indias Occidentales españolas a sus otras adquisiciones en América, puesto que así el enemigo común se vería privado del fundamento más positivo que tiene para hacer la guerra. En una palabra, las dificultades y el gasto no pueden ponerse en competencia, por ningún hombre razonable, con la gloria y las ventajas de semejante expedición”[4].

11También de manera consciente Wafer pone gran atención en la descripción de las riquezas que ofrece el Darién, incluyendo en ellas al indígena, de quien señala que se muestra amistoso y colaborador. De otra parte, de manera inconsciente, la mirada que tiene del Otro compromete sus prejuicios étnico-sociales y tiende a su autoafirmación. A pesar de no utilizar ninguna expresión directa que nos permita decir que busca subvalorar a los indígenas, constatamos que utiliza el apelativo de “salvaje” para calificarlo, colocándolo en abierta oposición consigo mismo:

12“[...] una descripción, tan particular como pueda darla, del Istmo del Darién, donde se me dejó entre los indios salvajes.
“[...] se me abandonó entre los indios salvajes, en el istmo del Darién.
“[...] fastidiados de vivir con los indios salvajes [...]
“[...] La mayor parte de los salvajes del sur5 [...]”.

13La oposición entre Occidente y Salvajes es expresión evidente de la denegación y parece más obvia cuando constatamos que, de manera inconsciente, Wafer coloca indígenas y animales en el mismo nivel, describiéndolos con igual apelativo:

14“El jabalí es otra especie de cerdo salvaje que se encuentra allí, [...] [a los loros domesticados] les dan libertad para irse a pasear con [los loros] salvajes6”.

15A nuestro juicio, el esquema inconsciente de valores conduce al autor a calificar al Otro de salvaje, simplemente porque éste le resulta extranjero, no conquistado, no asimilado a su cultura occidental. El efecto del inconsciente se revela tanto en la continua comparación que hace del mundo darienita con el mundo europeo, como también en la construcción de un Otro descrito como Buen Salvaje. Perplejo y angustiado frente a lo desconocido, el autor borronea la identidad del Otro dejando a la vista le imagen de su autoreconocimiento. Su descripción del Otro se pone en paralelo con sus recuerdos del mundo occidental y su desarraigo. Así, su desorientación se encuentra al origen del desposeimiento que el Otro sufre de su identidad. Algunos ejemplos muestran su permanente comparación y búsqueda de autodefinición:

16“Había también una hermosa calle de plátanos, y otro bosquecillo de árboles pequeños, que se había podido convertir en un delicioso parque [...] Lacenta que es como el Príncipe [...] para dirigirme a su palacio, [...]
“[...] Del tronco hacen canoas y piraguas, ahuecándolo por medio del fuego, mientras que los españoles emplean para esta operación el cincel.
“[...] [las hojas] terminan en punta aguda, como los pabellones de nuestros buques [...]
“[...] especie de peine [...] de la figura de los husos de nuestros fabricantes de guantes [...]
“[...] acompañar al jefe o rey [...]
“[...] Todo ese edificio es muy irregular [...] No hay chimenea [...] no hay pisos, ni armarios, y los asientos no son sino troncos de madera.
“Por esos agujeros descubren al enemigo que se acerca y tiran sus flechas, mas no saben lo que es flanquearlo. [...] y en cada uno echan dos o tres granos de maíz, y los cubren enseguida con tierra, así como se siembran las habas en nuestros jardines.
“[...] y los comen con carne en lugar de pan.
“[...] [las mujeres] son las sirvientas de la familia [...]y aunque son en cierta manera esclavas de sus maridos, desempeñan su deber con tanta prontitud y tan alegremente, que parece que lo hacen más bien por elección suya que por haberles impuesto esa necesidad.
“Se cubren al instante la cara con una pieza de algodón, a guisa de velo.
“[...] especie de flautas [...] y soplan con violencia, sin distinguir las notas, [...]
“[...] ejecuta muchas otras vueltas como nuestros saltadores [...]
“[...] hasta que estén tan secos [los cuartos de los animales] como un palo, o como un pedazo de nuestra carne de buey ahumada.
“[...] tienden encima hojas de plátano a guisa de mantel7”.

17A partir de las citaciones anteriores nos parece claro que, cuando Wafer trata de describir al habitante del Darién, demuestra por él una cierta simpatía que reviste la piedad que experimenta inconscientemente por esos salvajes. Lejos de la verdadera realidad de los pueblos que son objeto de su discurso, a la vez que los idealiza, los utiliza para sus propios fines. En ocasiones, retoma el mito y los describe como un pueblo cercano a la naturaleza, cayendo entonces en el exotismo. No se da cuenta hasta qué punto su mirada del Otro es el fruto de sus intereses colonialistas y está marcada por su etnocentrismo, en razón de que, aquello que él ve cuando mira al Otro, es a sí mismo.

18Esta piedad es un mecanismo interior de compensación del temor que le produce lo extraño, es decir el Otro. El miedo de lo desconocido le provoca el rechazo de lo insólito, pero también le suscita el deseo de poseerlo. Uno de los mecanismos empleados para lograrlo es el acto de la nominación8. La acción de dar un nuevo nombre al objeto o persona desconocido representa un mecanismo particular de apropiación y permite la familiarización y la pérdida del temor. Wafer inserta en su descripción de los “salvajes” la noticia sobre la demanda de bautizo que éstos le hacen: “[...] los indios, que me adoraban, por decirlo así. Algunos de entre ellos se habían escapado de las manos de los españoles, de quienes habían sido esclavos; y supongo que por esa razón me pedían el bautismo: aunque lo desean más bien por tener un nombre europeo, que por ningún conocimiento que posean del Cristianismo9”.

19Por otra parte, además de evadir el problema de la concepción religiosa que poseen los darienitas – aspecto en el que suelen detenerse los cronistas españoles10 – y de deleitarse con la fauna y la flora, Wafer idealiza la bondad natural del indígena. La obra da una imagen un tanto deletérea de su belleza mediante el empleo de dibujos similares a los de la obra de André Thevet11 y describe a los naturales como seres buenos en esencia y en armonía con la naturaleza. Veamos:

20“[...] todos son de un natural benigno y franco.
“[...] nos trataron a todos con mucha bondad [...] los indios habían venido a ser nuestros buenos amigos. [...]
“Lacenta que nos había salvado la vida.
“[...] son derechos y de hermosa presencia [...] No vi ninguno que fuese jorobado o disforme. Son muy ágiles y activos, y ligeros para la carrera [...] espirituales y llenos de fuego en la juventud; [...] // tienen bellas facciones, pero más los hombres que las mujeres.
“Los ríos son el lugar de aseo de hombres y mujeres, y unos y otras son muy pudorosos en este particular [...] modestos y amigos de la limpieza.
“[...] se nota allí una gran limpieza12 [...]”.

21Así pues, el apelativo de salvaje implica un mecanismo de denegación gracias al cual, el autor establece su diferencia con el Otro, utilizando el discurso como recurso de autoidentificación. La denegación del Otro por la vía de la comparación y de la calificación de salvaje, implica un desconocimiento de la identidad cultural de éste y el temor de asemejarse y perder su propia identidad. La obsesión de autoafirmación impide el reconocimiento del Otro y conduce a la total desconexión con su realidad. Entonces, la comparación conduce hasta el desconocimiento de la barrera gnoseológica existente entre europeos e indígenas y hace suponer que éstos tienen un conocimiento natural del Inglés:

22“[...] hablan y expresan su pensamiento en su propia lengua, aunque se dirijan a europeos que no los entiendan13”.

Del Buen Salvaje a la perversión del salvaje

23La importancia geoestratégica del Darién derivada de la posibilidad de cruzar por allí un pasaje interoceánico, motiva las ambiciones de posesión de la región y por tanto, su exploración. Los textos que estudian la zona, son por ello abundantes. Allí se señala la riqueza del suelo y la consecuente importancia de su explotación. En relación con los indígenas, encontramos el uso del apelativo de salvaje y la descripción en los tonos del mito. Pero además, identificamos una tendencia a calificarlos como peligrosos e insumisos en razón de su marcado primitivismo. De hecho, desde comienzos del siglo XVIII, la pintura de una naturaleza exótica tiende a reemplazar la descripción del Buen Salvaje de los siglos precedentes. Así por ejemplo, en el año de 1778, casi un siglo después de la publicación de la obra de Lionel Wafer y ya muy avanzado el montaje colonial en tierras americanas, el gobernador Andrés Ariza escribe:

24“[...] si se hubieran de manifestar menudamente las riquezas que por experiencia se sabe que encierra [el Darién], tanto en sus copiosísimos y fáciles minerales de oro, como en la fertilidad de la tierra, propensa a exquisitos frutos, cuyas utilidades tienen truncadas las crueles acechanzas de los cobardes indios14”.

25En este siglo, los Buenos Salvajes de los siglos anteriores son considerados como bárbaros y violentos. De la simple denegación del Otro como rechazo de lo extraño, se pasa a su degradación, acusándolos de ser causa de todos los males, abominables, peligrosos e indómitos. Con esta visión del darienita, las autoridades españolas tratan de justificar el olvido al cual someten al Darién para evitar el contrabando y la presencia de corsarios.

26A lo largo del siglo XIX, la política expansionista de las potencias y el creciente interés por la comunicación entre los dos mares, hacen crecer el interés por la exploración del Darién. Los textos de la época están trufados de descripciones de la población y son ilustrativos de la mirada que sobre el Otro darienita poseen europeos y colombianos. Como escribe Wyse:

27“Henos aquí de regreso al Darién, la región del continente colonizada por los españoles, la más salvaje y la menos poblada15”.

28En esta época, marcada por el positivismo y el análisis documental, los exploradores analizan críticamente los estudios precedentes, entre ellos el de Wafer, escrito siglos atrás. A propósito anota Wyse: “Su cirujano [de Dampier], Wafer, herido anteriormente, no pudo alcanzarlo sino después de una larga estada junto a los indios del Chucunaque. Fue debido a sus relatos entusiastas que la expedición del escocés Paterson tuvo lugar y su consiguiente ensayo de colonización16”. Como veremos, estos textos decimonónicos mantienen una mirada falseada del indígena, marcada por diversas tonalidades de denegación. Si bien algunos se aproximan a los indígenas a la manera de Ariza, cayendo en una denegación cargada por el menosprecio y el vilipendio, otros tratan de copiar el texto de Wafer con historietas de amistad con los indígenas, que identificamos como la simple actualización de la obra del bucanero. Otros más, toman su crónica como ejemplo de mirada del Otro y persisten en el señalamiento de algunos de los rasgos propios del mito del Buen Salvaje.

29Cuando los exploradores describen la población, mantienen su denegación a través de una mirada que identifica a los indígenas como inferiores y los califica de salvajes y primitivos. Veamos algunos ejemplos:

30“De la población en estado salvaje no quedan sino algunas tribus en el Darién17, [...]”.
“[Cunas del Darién:] un estado social bien primitivo y que no ha podido cambiar mucho después del descubrimiento de América […] Esta condición inferior forma el más grande contraste con la civilización de los países vecinos18”.
“[...] hombres así de primitivos como los indios19 [...]”.
“La población es con frecuencia desconfiada o salvaje20”.

31Sin importar el tiempo transcurrido y la multiplicación de contactos entre europeos y otros pueblos, en esta época la denegación de la cultura indígena continua expresándose en el desconocimiento de la barrera gnoseológica existente entre europeos e indígenas “a someter”. A pesar del interés de lingüistas y antropólogos por el estudio de las lenguas indígenas, la identificación del Otro como salvaje y por tanto como inferior, no admite el ejercicio lógico de aceptación de la diferencia de lenguas. Así por ejemplo, Lucien de Puydt se dirige en francés a la población indígena llamándola a aceptar la presencia del extranjero en un texto en el cual la superioridad que éste reciente y la obvia denegación que acompaña tal sentimiento, son evidentes:

32“Nous sommes tous Français, nous venons avec le drapeau tricolore, sous la protection de Napoléon III, empereur des Français; un Padre (prêtre) est avec nous, symbole de la paix et de la douceur; nous venons traverser votre pays en amis sans chercher à pénétrer dans vos villages ni à voir vos femmes et vos enfants; venez à nous, nous vous recevrons en amis, nous vous ferons des cadeaux; nous vous achèterons des vivres; servez-nous de guides; vous verrez la véracité de ce que nous disons; nous tournerons au tour de vos villages sans y entrer, si vous le désirez; nous avons des médecins, si vous êtes malades nous vous guérirons ;nous sommes plusieurs médecins, et le Padre est le premier; si nous avons des fusils c’est pour tuer le gibier et non les hommes; la France ne sait répandre le sang qu’à la guerre21”.

33En general, persiste el interés de conocimiento del Otro ligado a la idea de su posesión–desposeimiento, evidente en expresiones como las siguientes: “[…] indios del Chocó, dóciles y de buena índole que podrían prestar buenos servicios cuando se exploten las fabulosas riquezas – en oro, plata y platino22 -”; “El cacique de Paya, seducido por mis regalos y promesas, me concedió todas las facilidades deseables23 [...]”.

34Dominado por su interés de explorar la zona para abrir allí el canal interoceánico, Wyse recorre el territorio y nos entrega una descripción de la población de la cual citamos algunos apartes:

35“[...] “los aborígenes del Darién son de raza Caribe, pertenecen a las tribus de los indios cuna o irraiques, [...] sólo difieren entre ellos por un mayor o menor salvajismo. Son de espíritu independiente, pero únicamente los indios que habitan los bordes de Cañaza, tributario del Bayano, y los afluentes del Chucunaque, son verdaderamente feroces y rechazan a mano armada las incursiones a su territorio [...] las ideas religiosas de los cunas son vagas y confusas, y, a pesar que algunos de ellos tienen nociones de cristianismo, son a veces polígamos [...] el orden jerárquico es simple e inmutable.
“[…] el verdadero tipo indígena está, comúnmente, muy degenerado. […] síntomas de una gran degradación física; sin embargo, su cabellera, [...] es larga, bella, abundante, de un negro lustroso que no cana jamás.
“[…] su fatalismo y su indolencia hacen que la muerte lo encuentre preparado.
“[...] su sexto sentido o sentido de la dirección no está todavía debilitado como entre el hombre civilizado. Si el contacto y el ejemplo de los hombres de color no los hubiera vuelto falsos, vengativos y borrachos, su único defecto sería la pereza. Sin embargo, al tratarlos con dulzura, justicia y firmeza, se puede entablar con ellos relaciones bastante seguras, pero no hay que pretender obligarlos a un trabajo cualquiera porque su dignidad se los impide [...] su naturaleza tímida y reservada se opone completamente a la expansión de las razas más vigorosamente templadas24”.

36El texto anterior, que nos recuerda la descripción de Wafer, nos presenta al indígena como un ser bueno, con diversos grados de salvajismo, pero sufriendo un marcado proceso de degradación física y moral. Allí se agrega a la descripción uno de los calificativos que hoy define al indígena en el imaginario popular de los otros colombianos: la pereza. Esta actitud de desgano aparente, desarrollada por los indígenas como mecanismo de defensa frente a los invasores, no es entendida por éstos como un rechazo de su supuesta superioridad, sino como la expresión máxima de la debilidad del Otro, como efecto de su personalidad perniciosa. Con ella se busca completar la negación de la identidad del Otro mediante la negación de su resistencia a la dominación.

37Con una óptica similar a la de Wyse escriben exploradores tales como Bourdiol, Larthe o Lacharme. Ellos muestran la realidad natural como exótica y rodeada de un halo de misterio y de superficialidad pintoresca. A pesar de su actividad técnica, se suman al ejercicio de denegación del Otro a la manera utilizada por el mito del Buen Salvaje. No obstante, agregan a su descripción idealizada, una supuesta clasificación científica que busca hacer más creíble su negación de la identidad del Otro. Para ello, al apelativo de salvaje se agrega una idea de gradación, que diferenciando semisalvajes y semicivilizados, acentúa la denegación, hace más patente la contradicción bipolar entre universo europeo y universo darienita y subvalora a los indígenas:

38“[...] nuestro fracaso [en reclutar trabajadores] tiene como causa el terror que les inspiran los indios bravos (es decir salvajes) [...]
“[Pinogana] está exclusivamente poblado de indios mansos (es decir apacibles)[25]”.
“La obra que presentamos al público tiene como fin dar a conocer las costumbres de los indios semicivilizados de Colombia [...] // Su vestido es primitivo [...] me permitieron estudiar fácilmente los hábitos y costumbres de ese pueblo semicivilizado y semisalvaje, conservando en gran parte las prácticas de sus ancestros.
“Entre los pueblos ingenuos, el entierro se acompaña siempre de danzas y de comidas fúnebres [...] esos niños terribles que son los indios [...] los ingenuos cruceños26 [...]”.
“Hay alguna cosa muy interesante en la vida de los habitantes de ese pueblo, que han conservado hasta el presente sus costumbres primitivas que son todas buenas y que // no se han alterado por la influencia desmoralizadora de nuestra sociedad civilizada. Esos habitantes viven felices, enteramente sin deseos. No hacen comercio, excepto cuando de tiempo en tiempo cambian sus cosechas de cacao o café por vestidos, armas, pólvora, plomo, [...] no venden ni compran nada con el dinero, del cual ignoran el valor [...] Los indios de Paya son de talla normal y bien hechos [...] las mujeres son pequeñas y generalmente bonitas [...] Abracé cordialmente cada uno de estos buenos amigos, prometiéndoles venir pronto a verlos. Espero realizar esta promesa y estaré feliz de regresar con ellos y encontrarme en su sociedad [...] Simpatizo con ellos y ellos simpatizan conmigo. Aquí el misterio de mis relaciones amistosas con la raza india27”.

39En esta última citación remarcamos la forma como el mito del Buen Salvaje funciona en tanto tal, uniendo al postulado sobre la bondad de ese pueblo primitivo, la afirmación de esperanza en el regreso al soñado “paraíso de Arcadia”, que nos recuerda algunas exclamaciones nostálgicas de Rousseau. El mito, aún presente en el siglo XIX, se acompaña de expresiones abiertamente violentas y desdeñosas de los indígenas, en las cuales el salvajismo se une a todos los vicios y depravaciones. Veamos a este respecto, las opiniones de Catat, Lévy, Tamin-Despalles y Fresnel:

40“[...] podríamos perdonar a los darienitas su pereza, si la borrachera bajo todas las formas no estuviese extendida entre ellos, si el alcoholismo no hiciera poco a poco verdaderos brutos donde uno buscaría en vano la sombra de un sentimiento humano [...] La música es de lo más primitivo [...] son muy supersticiosos [...] la organización política es rudimentaria.
“[...] los Cunas son feroces y turbulentos, recordando por su amor a la independencia, su resistencia y toda tentativa de civilización, a los indios que habitan sobre las bocas del Orinoco.
Los Cunas y los Chocoes, elemento salvaje, último vestigio de los antiguos pueblos americanos28”.
“Toda esta región al sur del ferrocarril, está habitada por salvajes hostiles, casi feroces29 “.
“[...] no se encuentran sino en el territorio de Mocoa esos salvajes, insumisos y crueles, en los cuales su indomable energía no se puede prestar a ninguna dominación extranjera30 “.
“Los salvajes, de los que algunos filósofos han alabado su existencia, pero en los cuales el bienestar a sido preconizado por una idea quimérica salida de su cerebro [...] no son en su mayor parte que animales sobre forma humana, sumergidos en la condición más deplorable de embrutecimiento31”.

41Para terminar, presentamos la opinión de algunos colombianos, quienes adhieren a la denegación de los indígenas en términos semejantes a los ya enunciados. A éste propósito y a manera de conclusión, citamos aquí las ideas que Vicente Restrepo concretiza en su prólogo a la obra de Wafer y las citaciones que nos aporta, de José María Groot y Joaquín Acosta:

42“Si consideramos la admirable situación topográfica del Istmo del Darién entre dos océanos, y nos fijamos en la riqueza de sus aluviones auríferos, en la sorprendente feracidad de su suelo ponderada por Late, Wafer, Ariza, Pérez, Selfridge, etc.; en la bondad de su clima, reconocida por todos los exploradores de esa comarca; en la abundancia de las aguas navegables que atraviesan su territorio, es natural preguntar por qué no es hoy la parte más poblada, rica y floreciente de Colombia? Sería demasiado extensa la dilucidación, bástenos resumirla en unas pocas y juiciosas palabras que tomamos de la Historia Eclesiástica y Civil del señor J. M. Groot: “Pero es preciso saber que por sus riquezas atrajo sobre sí su decadencia y desgracia. El Darién era una linda doncella que tuvo una madre que no supo cuidarla, y los libertinos la pusieron en un estado deplorable. La codicia de los extranjeros (los bucaneros, los filibusteros, etc.) y las malas pasiones de los naturales, incitadas por aquellos, hicieron la desgracia de esa Provincia llamada a ser la más rica y feliz de la Nueva Granada” [...]
“Este modesto trabajo, al que hubiéramos podido dar el título de Historia de una tribu, tiene también el alcance de una tesis filosófica. Cotejando los usos y costumbres de la interesante tribu en medio de la cual pasó Lionel Wafer algunos meses a fines del siglo XVII, con los de los aborígenes del Darién en la época de la Conquista, y extendiendo luego la comparación a los indios que viven aún en toda esa comarca, hemos visto comprobadas hasta la evidencia las verdades que el abate Moigno anuncia en los siguientes términos:
“Es un dogma filosófico e histórico positivo que el progreso, entre los pueblos salvajes no procede jamás de una impulsión interior y espontánea, sino de una impulsión exterior y extranjera.
“Todos los pueblos salvajes, aunque originarios de razas civilizadas, abandonados a sí mismos, están condenados a una barbarie eterna o a una destrucción universal”.
Es fácil cerciorarse de la exactitud de este acerto, recordando la triste historia de las tribus de toda América que lograron conservar la independencia después de la Conquista; unas han desaparecido, otras se han sometido al fin y las demás continúan sumidas en la ignorancia y la barbarie [...]
“El General Joaquín Acosta, que visitó las márgenes del golfo de Urabá en 1820, dice de acuerdo con nosotros: “los indios cunas y caimanes conservan, con el lenguaje, muchos rasgos del carácter primitivo y de las creencias y hábitos de los antiguos habitantes, como nos los describen los historiadores32”.

43En textos de autores europeos y colombianos posteriores al relato de Wafer encontramos la misma calificación de “salvajes” que él da a los indígenas del Darién. En el empleo continuado del término, o de otros calificativos similares o complementarios, descubrimos la perseverancia del ejercicio de denegación de dicha comunidad. Este apelativo termina por constituir el eje de la mirada de superioridad cultural vigente en el esquema conceptual de los colombianos que continúan mirando al indígena como el Otro.

Notas de pie de página

441 “Los viejos escritos españoles de los cuales hablamos dicen gustosamente que los indios del Darién eran caníbales, mentira desmentida por M. De Humboldt” Roger, Paul André, Coup d’œil sur le territoire du Darién, s.d., CARAN. F. 17.2914.2, pág. 5.

452 Lionel Wafer, Viajes al Istmo del Darién. Traducidos por Vicente Restrepo, (Panamá, Imp. de la Academia, 1960), 128p, pág. 38.

463 Wafer, op cit, págs. 55-56.

474 Wafer, op cit, pág. 18.

485 Wafer, op cit, págs. 18, 24, 41 y 81.

496 Wafer, op cit, págs. 68 y 74.

507 Wafer, op cit, págs. 35, 38, 58, 63, 82, 85, 98-100, 102, 104, 105, 107 y 108.

518 Cf. Friedrich Wolfzettel, Le discours du voyager, Paris, Presses Universitaires, 1996. 334p, pág. 70.

529 Wafer, op cit, pág. 36.

5310 Cf. Pascual de Andagoya escribe: “Queriendo saber de estas gentes si tenían alguna noticia de Dios, se halló que tenían noticias del diluvio de Noé, y que se escapó en una canoa con su mujer e hijos, y que después se había multiplicado el mundo de éstos: y que había en el cielo un Señor que ellos llamaban Chiripira, y que hacía llover y las otras cosas que del cielo bajaban”. Citado en: Wafer, op cit, pág. 11.

5411 Cf. Jean Baudry de Vaux, “André Thevet et Jean de Léry”. En : Comité des travaux historiques, Les naturalistes français en Amérique du Sud XVIe – XIXe siècles. (Paris, CTHS, 1995), 461p, págs. 25-41.

5512 Wafer, op cit, págs. 26, 33, 34, 81-82, 85, 98.

5613 Wafer, op cit, pág. 109.

5714 Wafer, op cit, pág. 7.

5815 Lucien Wyse, El canal de Panamá, el istmo americano, exploraciones, trazados, estado de los trabajos, Panamá, Revista Lotería, 1958, 317p, pág. 97.

5916 Wyse, op cit, pág. 101.

6017 F. Bianconi, E. Broc, Cartes commerciales physiques, politiques, administratives, ethnographiques, minières et agricoles, Paris, De Chaix, 1887, pág. 8.

6118 E. Ménard de Saint-Maurice, Contribution à l’étude de l‘âge de la pierre, Châtillon-sur-Seine, Imp. Générale, 1889, 29p, págs. 15-16.

6219 Jules Flachat, Notes sur le fleuve du Darién au point de vue du tracé d’un canal interocéanique, Paris, Lacroix, 1866, 48p, pág 39.

6320 Léon Drouillet, Les Isthmes américains. Projet d’une exploration pour le percement d’un canal maritime interocéanique, Paris, L’Explorateur, 1876, 22p, pág. 8.

6421 Xavier Eyma, Le canal maritime du Darién, Paris, Schiller Aîné, 1861, 24p, pág. 13.

6522 Wyse, op cit, pág. 129.

6623 Wyse, op cit, pág. 120.

6724 Lucien La Condamine y Wyse, La América Meridional. Canal de Panamá. (Bogotá, Colcultura, 1992), 213p, págs. 193-194 y 197-198.

6825 H. Bourdiol, Exploration dans l’isthme de Darién, au point de vue d’une communication interocéanique, Paris, Martinet, 1864, 22p, págs. 9-10.

6926 Albert Larthe, Dans L’Isthme de Panama. Scènes de la vie indienne, Tours, Cattier, 1895, 160p, págs. 7-8 y 69.

7027 Louis Lacharme, Canal interocéanique, isthme du Darién. Exploration de 1866, Paris, Lefebvre, 1878, 22p, págs. 19-21.

7128 Louis Catat, “Les habitants du Darién Méridional”, En: Ministère de l’Instruction publique, Revue d’ethnographie, Paris, Leroux, 1888, págs. 397-422, 401-403, 412 y 416.

7229 Paul Lévy, “Mémoires, notices, etc. Amérique centrale, de Panama à Veragua”, En: Bulletin de la Société de géographie de Paris, Paris, Société de géographie, 1869, págs. 177-191.

7330 Onésime Tamin-Despalles, La Nouvelle-Grenade et les divers projets du canal entre les deux océans, Paris, Martinet, 1859, 30p, pág. 10.

7431 R.F. Fresnel, Introduction à la notice ayant pour titre: Recherches qui ont été faites depuis Cortez jusqu’à présent, afin de découvrir le passage qui permettrait la jonction des Océans, Paris, Brière, 1861, 35p , págs. 14-15.

7532 Wafer, op cit, págs. 8-10.

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Para citar este artículo :

Ivonne Suárez Pinzon, « Denegación y olvido de los indígenas del Darién », Boletín AFEHC N°31, publicado el 08 agosto 2007, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=1673

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