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AFEHC : articulos : Texto y con-texto. Consideraciones metodológica a latere de un notorio caso.Los “mártires” de San Francisco Cajonos: Preguntas y respuestas ante los documentos de archivo. : Texto y con-texto. Consideraciones metodológica a latere de un notorio caso.Los “mártires” de San Francisco Cajonos: Preguntas y respuestas ante los documentos de archivo.

Ficha n° 1704

Creada: 14 septiembre 2007
Editada: 14 septiembre 2007
Modificada: 05 octubre 2007

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Autor de la ficha:

Rosalba PIAZZA

Editor de la ficha:

Soili BUSKA

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Texto y con-texto. Consideraciones metodológica a latere de un notorio caso.Los “mártires” de San Francisco Cajonos: Preguntas y respuestas ante los documentos de archivo.

En el año de 1700 dos indios zapotecos de San Francisco Cajonos (alcaldía mayor de la Villa Alta, Oaxaca), denunciaron una ceremonia "idolátrica" atendida por gran parte de la comunidad. Sea las ceremonias sea su delación por parte de miembros del mismo pueblo eran fenómenos bastante comunes en el panorama de la región durante aquellos años; sin embargo, en este caso específico, los eventos tomaron un camino imprevisto, hasta concluirse con la reciente beatificación de D Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, los dos delatores, en 2002. Fue el obispo Eulogio Gillow quien, casi finalizando el siglo XIX, sacó a la luz el material documentario del proceso llevado a cabo por el alcalde mayor, además de los restos mortales de los dos indios (ejecutados por la misma comunidad) y varias tradiciones orales de la devoción a los dos "mártires", que surgió en el área. Desde entonces, el texto del obispo porfiriano ha constituido la fuente para todos los que se han ocupado del caso, confirmando, indirectamente, el método de investigación de Gillow aun por parte de los que no han compartido su ideología. De manera contraria, el presente artículo se basa sobre el análisis de un vasto material de archivo que además de completar ? y a veces corregir - los documentos analizados por Gillow, también nos acompaña en un importante recorrido metodológico. En primer lugar, los múltiples y todos ambiguos mensajes que conllevan dos "beatos zapotecas", mártires por la venganza de su propia comunidad idolátrica, nos invitan a analizar críticamente las fuentes mismas, y la manera en que han sido leídas y hasta "producidas" por las distintas generaciones posteriores a los hechos. El tema de la "idolatría", como tema central de los dramáticos acontecimientos de San Francisco Cajonos, resulta por lo tanto cuestionado. Por otro lado, aun tratando del fenómeno "idolatría", un análisis histórico riguroso y atento a los distintos niveles de las fuentes textuales rebasa sus mismos confines temáticos y, mucho más allá de las prácticas religiosas, nos permite analizar los conflictos políticos y sociales que atravesaban la región en este momento.
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Autor(es):
Rosalba Piazza
Fecha:
Septiembre de 2007
Texto íntegral:

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h4. Consideraciones Introductorias

2En este artículo presentaré algunas ideas metodológicas que me están guiando en el análisis de los documentos que pertenecen al caso de D Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, los así llamados “mártires” de San Francisco Cajonos (pueblo zapoteca de la Alcaldía Mayor de la Villa Alta, en Oaxaca), quienes habían denunciado una idolatría del pueblo y fueron por venganza justiciados por la misma comunidad. El caso, recientemente sacado a la luz gracias al proceso de beatificación llevado a cabo en las últimas décadas del siglo pasado y finalizado en el año 2002, cuando el papa Juan Pablo II declaró beatos a los dos indios, parece provocar más polémicas ideológicas que análisis históricos. De manera contraria, con mi investigación quiero someter el complejo y controvertido caso a dichos análisis, sin pretender acallar aquellas polémicas ideológicas que tienen su justificación, ni tampoco excluirlas u omitirlas de mi horizonte interpretativo.

3Mi interés en este caso – que se coloca en el eje de una investigación sobre la idolatría en Oaxaca – se dirige especialmente a la reconstrucción de las dinámicas de poder en las comunidades indígenas durante los siglos XVII y XVIII. No considero útil contraponer a los “mártires cristianos” con los “mártires zapotecas”, así como reconstruir y demostrar la permanencia de las religiones autóctonas. Las tramas que me interesa reconstruir son aquellas del mestizaje, en las que las permanencias y las transformaciones se entrelazan de manera indisoluble, para convertirse en la historia. Más bien prefiero asumir que también estas intervenciones de corte ideológico son parte de la misma trama, y contribuyen a su continua manifestación. No se trata, banalmente, de la “recaída” que cada hecho histórico tiene en la contemporaneidad, sino del inextricable enredo del pasado y el presente que siempre está dentro de la historia. De esta manera – y sólo de esta manera – también las polémicas y las pugnas ideológicas (coevas o posteriores a los hechos, o bien actuales), analizadas entre líneas y asumidas como otro “objeto” del análisis histórico, pueden guiarnos en las reconstrucción e interpretación de los acontecimientos1.

Los Hechos

4Un breve relato de los acontecimientos se hace necesario, para poder seguir la discusión que desarrollaré.

5En septiembre de 1700 D Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, indios “fiscales2 ” de San Francisco Cajonos, denunciaron a los dos religiosos del convento una idolatría que se iba a realizar en la casa de Joseph Flores, un principal del pueblo. La ceremonia idolátrica fue interrumpida por los dos frailes, acompañados por unos españoles que se encontraban en el pueblo, quienes dispersaron a los numerosos indios que participaban en el ritual (entre ellos también mujeres y niños), y secuestraron el “material idolátrico”, llevándolo al convento. En el convento los religiosos y los españoles transcurrieron la noche, esperando la madrugada para enviar mensajeros a las autoridades civiles y religiosas. El día pasó tranquilamente, hasta que entró la noche, cuando con gritería, silbidos y el redoble de un tambor empezó el temido ataque al convento: una muchedumbre de indios de San Francisco y de los otros cinco pueblos Cajonos – armados con hachas, coas y machetes – amenazaba con destruirlo si no se les consignara a los dos delatores, quienes durante el día se habían refugiado en el convento, por el temor de la venganza de sus compañeros. Los españoles, a pesar de tener armas de fuego (de hecho habían ya dejado en el suelo a un indio muerto y a otro herido), juzgaron crítica la situación y (al parecer sin el pleno consentimiento de los dos religiosos) decidieron entregar a D. Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles. Los dos fueron puestos a la picota y cruelmente azotados; luego fueron llevados a la cárcel del cercano pueblo de San Pedro Cajonos. Varios meses después, las pesquisas de don Juan Antonio Mier del Tojo, Alcalde Mayor de Villa Alta, encargado del caso, pudieron confirmar lo que se sospechaba: los dos indios no habían huido del pueblo – esta era la versión presentada por los oficiales – sino que habían sido llevados al monte, donde fueron ejecutados.

6Considerando la gravedad del caso, al principio de sus pesquisas el Alcalde Mayor había pedido la intervención de la Real Audiencia, enviando con este fin el material documentario, al que había seguido una intensa correspondencia entre el Virrey, el Alcalde Mayor y, en algunos casos, el Corregidor de Antequera. El Virrey y la Audiencia no se atrevían a tomar una decisión por falta de conocimientos generales sobre el territorio, y particulares sobre la situación de los pueblos implicados. Frente a la prudencia y titubeos de México, don Juan Antonio del Tojo era el más deseoso de intervenir con medidas punitivas, por lo que sugería varias estrategias para poder aprehender a los supuestos culpables. En todos sus escritos el énfasis se dirige a la necesidad de implementar un castigo ejemplar, ante las denuncias de otras idolatrías3. Los documentos callan por algunos meses.

7Finalmente, en agosto de 1701, el Alcalde Mayor de Villa Alta instruye el proceso, encarcelando a 34 indios, la mayoría de San Francisco. A principios de 1702, quince de los reos son condenados a la pena capital, sin apelación; la condena se ejecuta inmediatamente, y las cabezas y los cuartos son colocados respectivamente en la plaza de San Francisco y en el camino que conducía hacia los otros cinco pueblos Cajonos implicados. Otros dos reos son condenados a azotes y al destierro. A los otros diecisiete reos, igualmente condenado a la pena capital, se les concedió la apelación.

8Estos acontecimientos fueron sacados a luz casi dos siglos después, por el obispo (futuro arzobispo) de Oaxaca, Eulogio Gillow, quien en 1888 empieza su mandato visitando su Diócesis. El Obispo se encuentra con la persistente idolatría en algunas áreas (Villa Alta las encabeza) y a la vez, – paradoja sólo aparente – con la devoción a dos “mártires”: D. Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles quienes, hacía muchos años, habían muerto en defensa de la fe, en manos de los idólatras de su misma comunidad. Las investigaciones de Gillow sacan a la luz un amplio material documentario, además de los restos mortales de los mártires y varias tradiciones orales.

9En el año siguiente, 1889, Gillow publica Apuntes Históricos4. En dicha obra – en la que se concentran interesantes declaraciones de índole doctrinal y político-social – el Obispo reproduce, casi textualmente (pero con algunos significativos descuidos, como veremos), el material documentario del caso, constituido por las pesquisas del Alcalde Mayor de Villa Alta, y el consiguiente proceso judicial.

10Pastor extremadamente mundano, con fuertes vínculos en la curia romana, amigo personal de Porfirio Díaz y de León XIII, Gillow termina su libro sugiriendo la posibilidad de instruir un proceso de canonización, subrayando la trascendencia que la santificación de los dos mártires cobraría para la “raza” indígena y para todo el proceso de evangelización de la América hispánica – en contraposición, no olvida observar, con el exterminio determinado por los anglosajones5. No conocemos la razón por la que la sugerencia de Gillow no produjo los éxitos esperados; terminando el siglo XX, sin embargo, el caso ha regresado al candelero: don Humberto Medina Villegas, un emprendedor monseñor de Oaxaca, difunto recientemente, logró llevar a cabo, por lo menos parcialmente, el proyecto de Gillow, y finalmente, en el 2002, el papa Juan Pablo II beatificó a los dos “mártires zapotecas”. Vale la pena recordar que en la misma visita el Papa canonizó al “indio Diego”.

11No obstante, siguieron reacciones, en el trasfondo de ciertos temas álgidos, como las culturas indígenas, las religiones autóctonas, la evangelización. A los dos “mártires cristianos” han sido contrapuestos los quince (o más) “mártires zapotecas” (los supuestos responsables de la muerte de los dos delatores, que fueron ejecutados por la justicia civil) y, paralelamente, la “religión zapoteca” a la “religión cristiana”.

12Por otro lado, es importante enfatizar que el epílogo de la historia – la beatificación de los dos zapotecas – descansa, al menos parcialmente, precisamente en Apuntes Históricos y ha tenido el efecto paradójico de confirmar, acríticamente y sin ninguna base histórica, su veracidad y exhaustividad6 . El resultado es un círculo vicioso: la beatificación de los dos indios ha tenido el efecto de confirmar la narración de Gillow (mientras que, lógicamente, ésta debería fundamentar aquella), trasformándola milagrosamente en aquel hecho histórico, probado y fundamentado, necesario para proceder en las causas de la canonización. De esta paradoja ha sido difícil escaparse hasta para aquellos que no se han conformado con esta decisión, justamente subrayando los múltiples – y todos profundamente ambiguos – mensajes que conllevan dos “beatos zapotecas”, mártires por la venganza de su propia comunidad idolátrica.

13En suma, el caso ha favorecido las polémicas ideológicas que, en sí legítimas y a menudo totalmente justificadas, tienen la debilidad de servirse, la mayoría de las veces, de argumentos que mantienen una relación más aparente que real con el material histórico, resultando por lo tanto descontextualizadas. De manera contraria, el objetivo de mi investigación sobre el interesante y complejo caso es exactamente realizar un análisis histórico. Con esta expresión, me refiero sencillamente al trabajo de lectura atenta de los documentos y su colocación en un ámbito temático claramente enunciado, que será mejor entre más amplio sea.

Los documentos

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Descubrimiento de la idolatría
Descubrimiento de la idolatría

15La información proporcionada por Gillow ha representado la única fuente para todos los que han discutido del caso. Contrariamente, al acercarme a este acontecimiento, me pareció esencial, antes que nada, poder tener acceso a las fuentes7 – las que utilizó Gillow pero también (con algo de suerte), a las que Gillow no tuvo acceso, además de todas las otras fuentes que Gillow (apologista y no historiador) ni siquiera tomó en cuenta. Este acervo ampliado podrá ayudarnos en la comprensión de algunos aspectos de la historia colonial que Gillow simplemente ignoró. Una contribución específica de mi análisis será, entonces, la ampliación de los límites externos que encierran a los hechos, colocando a los actores y acontecimientos en un contexto más amplio que el de sus propios límites. Por otra parte, es esencial ampliar también los linderos internos, forzando aquellas barreras que impiden mirar en todos detalles a la dinámica propia de las distintas fases de los acontecimientos. Se trata, como ya he apuntado en un artículo anterior, de colocar las acciones políticas de los actores [...] en ámbitos temáticos adecuados para darles perspectivas y profundidad de campo [8].

16De acuerdo con sus indagaciones, Gillow no obtuvo resultados acerca de la sentencia final dictada a los otros diecisiete reos, también condenados a la pena capital, pero con apelación; sin embargo, el prelado consideró que la condena tuvo que ser revocada, gracias a la consumada prudencia del Virrey, del Real Acuerdo y de las autoridades en general, preocupados porque los naturales se habían escondido, dejando a las seis localidades implicadas casi despobladas. Aun más, sugiere el Obispo, el Supremo Gobierno, mirando únicamente al mayor bien espiritual de dichos indios, que era el primordial objeto á que se dirigían las Reales Cedulas y el celo de las autoridades, perdonó a los diecisiete reos, contentándose solamente con el ejemplar castigo realizado por el Alcalde de la Villa Alta en los quince primeros reos á quienes hizo pagar sus crímenes con la pena capital9.

17Sorprendentemente, a pesar de las polémicas que en años recientes, como he dicho, la causa de beatificación ha desalentado, la investigación histórica no ha recibido estímulos y, como ya señalado, la reconstrucción de los hechos propuesta por Gillow no ha sido cuestionada.

18Durante mi investigación he encontrado dos documentos que, aunque ajenos al curso del proceso de la Cámara del Crimen, nos proporcionan informaciones definitivas acerca de la sentencia que esta instancia dictaminó y sus razones. Del primer documento resulta que la Real Audiencia revocó la sentencia de muerte dictada por el Alcalde Mayor del Tojo en contra de los diecisiete reos. Sin embargo, – y contrariamente a lo que opina Gillow – los diecisiete presos no fueron reenviados libres a sus pueblos, pues la pena fue solamente conmutada en penas, menores por supuesto, pero seguramente no benévolas10. Por lo que se refiere a la sentencia ya ejecutada sobre los quince reos, los señores de la Real Audiencia – una vez más desmintiendo la opinión del Obispo, que en Apuntes Históricos presenta una perfecta consonancia de visión y juicio entre el Alcalde Mayor y la Audiencia – declararon haber excedido el Alcalde Mayor y asesor, quien no se arregló a las disposiciones legales por no haber dado cuenta como debía a la Real Sala. Condenaron entonces al asesor, Lic. Don Francisco Manuel Gonzáles, a una multa de 500 pesos y a un año de suspensión del oficio de abogado, apercibiéndole se arreglase a dar parte, siendo materias de esta gravedad.

19El segundo documento se halla en el Archivo General de la Nación11. Se trata de una Real Provisión, con fecha de febrero 1703, cuando, como nos informa el texto mismo, la apelación interpuesta por los 17 reos a la Real Cámara del Crimen estaba todavía pendiente. La Provisión ampara a los indios de los seis pueblos Cajonos, en conformidad del indulto que les concedió el Ex.mo señor Virrey conde de Moctezuma.

20¿De qué indulto se trata? La Provisión especifica la fecha (24 de agosto del año de 1701) y su contenido: conforme a leyes del reino, el Virrey perdonaba a los complicados en sublevación y alboroto que sucedió la noche del día 14 de septiembre del año pasado de 1700 en el pueblo de San Francisco Cajonos [...] y les remitió la pena correspondiente a la culpa en atención a los motivos que se le habían representado quietud y sosiego en que entonces se hallaban dichos naturales con conocimiento de su error y arrepentimiento, y por lo demás que expresaba mi real acuerdo (donde ante se llevó por voto consultivo), de exponerse a perturbar la quietud de dichos naturales por los medios que le habían propuesto los Alcaldes Mayores de esta Villa y Valle de Oaxaca y los recrecidos gastos que se habían de recrecer a mi real hacienda para su ejecución12. Se puede advertir fácilmente que estos son los mismos argumentos que fueron discutidos entre la Audiencia, el Alcalde Mayor de Villa Alta y el Corregidor de Oaxaca, durante las primeras semanas que siguieron a los dramáticos hechos de San Francisco. En efecto, bajo la amenaza de una rebelión de todos los Cajonos, la idea de una fácil represión militar de los supuestos reos de los seis pueblos se volvía poco realista. Por la misma posición geográfica de San Francisco – colocado en el camino que lleva de Oaxaca a la Villa Alta – se hacía particularmente difícil actuar con el secreto necesario para el buen resultado de una acción militar; además, las cuestiones económicas tenían un gran peso, ya que ¿quiénes iban a pagar a las tropas, gente pobre que no habría podido compensarse con los bienes de los reos, igual o aun más pobres que ellos?

21Comprobado entonces que el virrey conde de Moctezuma había indultado a los implicados en el tumulto, resulta bastante sorprendente constatar que de este documento, tan importante, aparentemente no ha quedado otra huella. ¿Por qué? Una segunda y más cuidadosa lectura del material del Proceso nos proporcionará una respuesta compleja.

22Después de haber concluido el proceso de la Villa Alta, con la ejecución de los quince reos, el Alcalde Mayor del Tojo envió los autos originales al Virrey y su Audiencia, acompañándolos con un auto en el que, entre otras recomendaciones, aboga a favor de la aplicación de la pena capital también para los diecisiete presos, a los que considera tan culpables como los quince ya ejecutados. ¬Lo que más importa aquí resaltar es que el Alcalde Mayor principia su auto afirmando haber sustanciado el proceso en ejecución y cumplimiento de un mandamiento del superior gobierno de este reino del día veinte y cuatro de agosto del año próximo pasado13.

23No poseemos el texto de este despacho, por lo que es muy difícil entender cómo pudo suceder que el Alcalde Mayor interpretara como una autorización para proceder contra los seis pueblos, después de tantos titubeos, a un mandamiento que la misma Audiencia, que lo había producido, presenta ahora como indulto. La contradicción es impactante. Tal vez la respuesta se encuentra en el lapso de tiempo que pasó entre el momento en que el mandamiento fue expedido y el 13 de febrero de 1703, fecha de la Provisión del Rey, ya que el factor tiempo tuvo que desempeñar un papel importante, llevando consigo las dudas e inconformidades sobre el fallo del Alcalde Mayor y su asesor. De hecho, a principios de junio de 1702, en el documento ya citado, el defensor de los 17 reos, analizando las numerosas incongruencias e irregularidades del proceso, se refiere precisamente a este despacho ( mal entendido por el asesor y Alcalde mayor ), en el cual, en virtud del voto consultivo del Real Acuerdo, el Virrey, recibiendo información de que los indios de los seis pueblos estaban sosegados, les remitió el delito del levantamiento y tumulto, sin entenderse remitido y perdonado el de la idolatría, ni el delito de los ejecutores de las muertes del dicho don Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, para que el eclesiástico conociese del uno y la justicia real castigase a los agresores y ejecutores de dichas muertes14.

El despacho, entonces, fue mal interpretado: por haber indultado el delito de tumulto, se autorizaba el castigo únicamente de los ejecutores materiales de aquel único delito que caía bajo la jurisdicción de la justicia real, o sea el asesinato de los dos informantes. Eliminado el aspecto “coral” del delito, por decirlo así, (por ser este aspecto absorbido por el indulto), resultaban culpables solamente los ejecutores materiales de la muerte15. Esta misma fue la argumentación del defensor de los diecisiete reos: el proceso habría tenido que perseguir solamente a los asesinos de don Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles.

24La Real Provisión que acabo de citar, además de informarnos sobre el indulto (que será, probablemente, la base para la revocación de la sentencia de muerte para los diecisiete reos), es importante también por otras razones, pues refleja que, a principios de 1703, las aguas no se habían calmado en lo absoluto, y continuaba la persecución en contra de muchos de los habitantes de los seis pueblos.

25Atemos cabos: además de proporcionarnos información sobre el paradero de los diecisiete indultados, que Gillow y (presumo) monseñor Medina sin éxito buscaron, los dos documentos que acabo de presentar ofrecen una contribución importante para un examen crítico del caso, pues nos revelan conflictos y contrastes en el ejercicio del poder, y a la vez titubeos y dudas que Gillow definitivamente no quiso captar. Además, en la Real Provisión encontramos indicios acerca de la relación con la justicia eclesiástica: el indulto, finalmente, no se aplicaba al delito de idolatría cometido por dichos indios, por tocar su conocimiento a la jurisdicción eclesiástica, cuyo juez podía proceder a su obligación y castigo contra los que resultasen reos y culpados. El edicto, por lo tanto, limitó el procedimiento al castigo solamente de los que constase haber sido agresores de las muertes de don Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles16.

26Concluyendo estas notas, relativas al aspecto estrictamente judicial de los hechos de San Francisco Cajonos, podemos hacer hincapié en el rigor de la sentencia, resultado de un error de evaluación del Alcalde Mayor y su asesor, pero también de las ambigüedades de la Audiencia. Ante la ausencia del texto, es difícil pronunciarse sobre la claridad del despacho respecto al tema del indulto, quedando la duda de si éste pudo ser una interpretación posterior. Por otro lado, parece bastante claro que después de la extraordinariamente severa sentencia de los quince indios, la fuga de muchos de los indios de los seis pueblos – amenazados por sus mismos Gobernador y Alcaldes, quienes obviamente también estaban atemorizados y listos a obedecer al Alcalde Mayor – preocupó mucho a la Real Cámara, que decidió finalmente revocar la pena capital de los diecisiete indios indultados, y estigmatizar la ejecución de los quince reos, castigando a don Juan Antonio Mier del Tojo y a su asesor.

27Asimismo, resulta evidente que se buscó diferenciar la causa civil de la eclesiástica, después de haber limitado la primera únicamente al asesinato de los dos informantes, e indultando entonces a los responsables de tumulto y sublevación. Por otro lado, las sentencias aplicadas a los otros diecisiete indios (seguramente no tenues, y graduadas de una manera que, en ausencia de la Sumaria, no podemos entender), nos hace suponer que la Audiencia juzgó culpables del asesinato a los diecisiete reos, aunque en grados distintos; y si no quiso aplicar la pena capital, que fue bastante rara en toda la tradición penal de la Colonia, sí quiso castigar de manera severa a los culpables de la muerte de los dos “fiscales”.

¿Un proceso de idolatría?

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Descubrimiento de la idolatría, detalle
Descubrimiento de la idolatría, detalle

29Finalizando el análisis de los documentos a nuestro alcance, nos encontramos con un resultado paradójico: de este caso – que Gillow con tanto esmero transmitió a la posteridad como caso de “idolatría” –, no tenemos ninguna información precisamente sobre el aspecto “idolátrico”. Podemos concluir que, si se excluyen los numerosos – pero repetitivos – testimonios de los españoles que vieron la escena de la ceremonia en la casa de Joseph Flores, lo que queda de la documentación del proceso no nos proporciona elementos para considerarlo un caso de idolatría. Se puede imaginar que otro proceso se fulminó en el ámbito eclesiástico, y por cierto, cinco reos se encontraban en la cárcel eclesiástica de Antequera, como afirma el mismo Alcalde Mayor17; pero ésta es otra historia, y nos faltan elementos para investigarla.

30Podemos entonces concluir que el libro de Gillow fue “honestamente” escrito casi como una Positio18, para servir como fundamento de la instrucción del proceso de canonización de los dos mártires que el ambicioso Obispo vislumbraba. No nos sorprende, entonces, que la idolatría se volviera el tema central de su narración: fue por la delación de este pecado que el pueblo de idólatras mató a los dos “fiscales”, cuyo martirio, entonces, fue motivado por la defensa de la fe (condición necesaria para ser declarados mártires). De la misma manera, no es sorprendente que D Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles se volvieran, en la Positio de Gillow, fiscales del pueblo, o sea las autoridades más cercanas a aquel poder eclesiástico que, en ausencia del cura, tenían que representar. Marroquín y, siguiendo sus huellas, McIntyre, han notado justamente como los mismos documentos citados por Gillow en ningún punto definen a los dos indios como “fiscales19”. Lo que no se ha resaltado es que la lectura directa de los documentos nos informa quiénes eran los dos fiscales en aquel fatal año de 170020, mientras a D Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles se les menciona sin ningún cargo: en la primera misiva que los religiosos envían al Provincial, los denunciantes son dos personas cristianas (TC, f.54); otras veces son denunciantes o, sencillamente,los dos indios. El título de “fiscales” es entonces un arbitrio, muy significativo, de Gillow, que con este detalle comienza a construir su propia historia: la historia de un pueblo dividido por la línea que separa a la idolatría y la rebelión de la ortodoxia y la fidelidad a los religiosos21, preparando de esta manera el tema del martirio para la fe y la santificación. El Obispo no vio coronados con éxito sus esfuerzos; sin embargo, Gillow, aun sin ser el iniciador de una devoción que, según confirman los documentos, se produjo espontáneamente en el área22, fue sin duda el principal artífice de su aprobación y difusión, además de ser el primer abogado del proceso de beatificación – obra que concluyó (mucho tiempo después) Monseñor Medina.

31En los complejos acontecimientos de San Francisco Cajonos la idolatría era el único aspecto significativo para el obispo Gillow, sobrepuesto en un caso judicial en el cual, por cierto, no era predominante23, y colocado hábilmente en el trasfondo de temáticas (todas relacionadas con la evangelización y las supuestas respuestas de la “raza” indígena) importantes para su visión pastoral y social. Esta última – la visión de los indígenas como una raza inferior que sólo gracias al mensaje cristiano (mensaje civilizador en un sentido amplio) puede ser redimida – acoplaba con la historia de dos santos indígenas, martirizados en defensa de la fe por sus propios compañeros idólatras.

32Esta fue entonces la construcción hagiográfica del dinámico Obispo, por lo que su narración en ninguna manera puede representar la fuente, ni siquiera una de las fuentes. Para el historiador la narración de Gillow, al contrario, representa ella misma un hecho : uno de los hechos de una trama que se extiende en el tiempo y que empieza con la evangelización, continúa con el episodio específico de San Francisco Cajones y, posteriormente, con el descubrimiento de los hechos por parte de un obispo del siglo XIX, para culminar en nuestros días, con la beatificación de los dos delatores.

33Siguiendo las huellas de Gillow, el caso de Cajonos ha sido examinado solamente bajo el aspecto “religioso”, como conflicto entre las autoridades (civiles y religiosas) españolas, que defendían la ortodoxia cristiana, por un lado; y por el otro las poblaciones autóctonas que querían seguir sus ceremonias prehispánicas. Paradójicamente, de esta manera, el tema de la idolatría, que Gillow pone como tema central de su libro, recibe afianzamiento por parte de los que no comparten la visión religiosa, política y social del obispo porfiriano.

34Una lectura atenta del material procesal y de otro material que, ampliando los linderos, encontraremos, al contrario nos indica que el tema de la idolatría no es el único tema, ni siquiera el principal, entre los aspectos de historia colonial que el caso de Cajonos ilumina; aun más, nos indica todos los errores implícitos en proyectar en nuestra investigación histórica la idea de idolatría que guiaba a Gillow en su reconstrucción de los hechos. El obispo porfiriano, preocupado por defender el rol de la iglesia en la construcción del estado mexicano, miraba sin ninguna perspectiva histórica a la idolatría que la Iglesia y la Corona durante la Colonia habían perseguido. Sin dedicarse a indagar sobre el fenómeno, Gillow se preocupó esencialmente de desarrollar su retrato de la historia oaxaqueña: una progresiva afirmación del Evangelio, que abre caminos a pesar de la resistencia y rechazo de los indios infieles y la recaída en la idolatría de los neófitos.

35Es claro que la “idolatría” existió en la medida en que se le persiguió; sin embargo, lo anterior no nos excusa de tratar de examinar las respuestas que esta persecución desalentó. Se trata – espero mostrarlo con lo que sigue – de tramas complejas, que no logramos explicar cuando nos ceñimos a definir la “idolatría”, extendidamente practicadas por los indios a lo largo de la Colonia, meramente en los términos de afirmación de religión autóctona.

36Por lo tanto, después de haber colocado en esta trayectoria el material que Gillow recabó, para disociarnos de manera correcta y eficaz de la narración del Obispo, de su ideología y, finalmente, de las implicaciones políticas que su labor ha conllevado, nos queda la tarea de dibujar una narración distinta. Para empezar, el argumento de la idolatría, presente en el trasfondo del proceso, debe ser abordado desde un punto de vista distinto, por lo que nos acercaremos a otros documentos, que mantienen relaciones importantes con nuestro caso.

Idolatría e idolatrías

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Descubrimiento de la idolatría, detalle
Descubrimiento de la idolatría, detalle

El fenómeno de “idolatría” que aquí considero es, conceptualmente, el fenómeno al cual se referían las autoridades españolas civiles y religiosas, pero también la gente común – incluyendo a los naturales: principales y macehuales – de la época. A finales del siglo XVII, de hecho, podemos imaginar que la palabra y el concepto eran bastante difundidos y compartidos: dejado a un lado el debate doctrinario, para verdugos y víctimas quedaba como único criterio la observación de los actos exteriores en los que los individuos (y especialmente, como veremos, las comunidades) expresaban su relación con lo sagrado. Esta relación, por otro lado, así como la concepción misma de lo sagrado, contrariamente a lo sucedido durante los primeros años de la evangelización, ya no constituía en esa etapa un tema de interés e investigación para los españoles, religiosos o laicos. De los primitivos debates y elaboraciones antropológicas y teológicas no queda mucho más que la idea – a menudo privada de su trasfondo doctrinario – de que los ritos y el culto autóctonos representarían una forma de adoración del diablo.
A raíz del bajo perfil pastoral de la iglesia americana en los años considerados, es posible que estos caracteres “exteriores” que contribuían a medir la ortodoxia (y entonces también la “idolatría”), no siempre fueran incompatibles con aquellos rituales con los que la cultura indígena prehispánica había expresado su idea de lo sagrado, rituales que sobrevivían y se combinaban también con los rituales cristianos. Sin embargo, cuando, acercando la mirada, una incompatibilidad se hacía manifiesta (y muchos eran los indicios: el sacrificio ritual de un animal, la presencia de una imagen extraña en el panteón cristiano, el uso del calendario prehispánico, la gestualidad, las danzas y músicas autóctonas…), era entonces que las autoridades españolas hablaban de idolatría.

38En la Nueva España la lucha para extirpar este pecado dio lugar a una extensa producción de tratados que instruían a los curas acerca de los muy diversos hechos idolátricos que se escondían en virtualmente todos los momentos de la vida, familiar y comunitaria, de los indios. Lejos de referirse a aquellos elementos de adhesión personal, que hoy relacionamos con la religión, modernamente pensada como opción intelectual y moral, en los documentos que estamos analizando la idolatría es un delito que se coloca enteramente en un universo mental caracterizado por confines (de doctrina pero aun más de culto) muy rígidos, jerárquicos y autoritarios.

39Un indicio significativo del modo en que las autoridades se enfrentaron con este fenómeno es que en el uso común de los documentos, la palabra se articula muy frecuentemente en su forma plural, para indicar ya no la idea abstracta, sino las cosas idolátricas, o sea los objetos usados en las ceremonias y aun más las ceremonias mismas. Privilegiando las manifestaciones empíricas, los documentos favorecen que perdamos totalmente de vista la elaboración teórica alrededor de este concepto, ocasionando un círculo vicioso que ha propiciado la carencia de estudios que coloquen a estas idolatrías en un trasfondo histórico y conceptual más amplio, capaz de detectar los lazos que atan a la idolatría del Nuevo Mundo con la elaboración doctrinaria y pastoral de la Iglesia post-tridentina, lazos que obviamente existieron y que sería recomendable comenzar a analizar. No abordaré este tema – importante además de complejo -, no obstante, trataré de mantenerlo en el trasfondo mientras analizo los hechos específicos, o sea aquel florecer de procesos criminales que persiguieron un culto definido como herético, que los inquisidores y la opinión pública en general atribuían a la persistencia de cultos paganos anteriores a la evangelización de los naturales. En Oaxaca, como en México en general, estos procesos se concentran entre la segunda mitad del siglo XVII y las primeras décadas del siglo siguiente.

Idolatrías en Villa Alta (1650-1703)

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El asalto al convento,detalle
El asalto al convento,detalle

Para realizar un análisis de las idolatrías en la Villa Alta, he examinado todos los documentos que he podido encontrar, abrazando unos setenta años, desde los primeros casos que llamaron la atención de la justicia civil (1665-66), hasta los últimos registrados por ella (en los años treintas del siglo XVIII). Por otra parte, a causa de la inaccesibilidad de los archivos eclesiásticos24, estamos obligados a reconstruir sólo indirectamente la posición de las autoridades religiosas acerca de este importante tema. Se vale señalar que, más que posiciones teóricas, lo que nos interesa para ubicar los acontecimientos de Cajonos en su contexto es el concreto y específico enlace de las relaciones entre los protagonistas, y en cuanto a este asunto los documentos analizados pueden sugerir elementos significativos.

41Antes que nada, el análisis de estos documentos me permite afirmar que la persecución criminal de los casos idolátricos – que se concentran principalmente en los pueblos Cajonos – -evidentemente se debe relacionar con una decisión del Alcalde Mayor25, uno de los actores principales de la escena, que, a su vez, podía o no ser sensible a la influencia del Obispo –sabemos que la relación entre la justicia civil y la eclesiástica estaba sujeta a variaciones, de acuerdo con la personalidad de ambas autoridades. Entre los Alcaldes Mayores hay quienes protegían a los idólatras (por los menos, esas eran las acusaciones de sus enemigos26) y quienes los perseguían, en su propio tribunal real o consignando los reos a la justicia eclesiástica27. Por otro lado, ésta, por varias razones, podía ser más o menos “intervencionista” y preocupada por la punición del crimen, pero, en el caso de que lo fuera, consideraba de su competencia el asunto, y raramente aceptaba la jurisdicción del fuero civil.

42De hecho, la normativa que establecía las atribuciones de competencia a los dos fueros – civil y eclesiástico – era bastante flexible: cautelosamente flexible, de manera que permitía aplicaciones distintas según el caso. De todas formas, especialmente en los años que considero, la visión general, que se repite a cada momento, es que la idolatría es un delito contra las dos Majestades, o sea Dios y el Rey, por lo que su punición es asunto de ambos fueros.

43Antes de los acontecimientos de 1700 en San Francisco Cajonos todas las variables del esquema se habían presentado, pero en los años inmediatamente anteriores (después de un oscuro caso en el pueblo de Zoogocho28), el Alcalde Mayor Miguel Ramón de Nogales pareció totalmente decidido a no ocuparse del asunto, para evitar –como repitió más de una vez – que sus indios se alborotaran29.

44En realidad, a pesar de que la idolatría era un tema constante, después de los dos casos que en 1684 el alcalde Muñoz de Castiblanca envió al tribunal eclesiástico del intervencionista obispo Sariñana, durante unos quince años en la Villa Alta parece que no se celebró ningún proceso de idolatrías. Señalados estos antecedentes, ¿qué representan el proceso instruido en 1701 por el alcalde del Tojo y su asesor, y su cruenta sentencia? Se trata, hay que reconocer, de un caso extremo y aislado, no en su génesis (que repite, como diré en seguida, el esquema habitual de la delación) sino en sus conclusiones, que quedan en gran medida inexplicables. De hecho, aparte de los errores de iter jurídico – que fueron señalados por la misma Cámara del Crimen y, más extensamente, por el defensor de los reos indultados – lo que resulta difícil de explicar es la posición del Alcalde Mayor, tradicionalmente una figura de mediación30, que se atrevió a “alborotar” a toda una región, animando más allá de la prudencia la supuesta red rebelde que los pueblos Cajonos habían construido alrededor de sus prácticas idolátricas. Es posible que, malinterpretando (pero esto no se puede afirmar con certeza) a las directivas de la Audiencia, y dando expresión a su celo cristiano, don Antonio del Tojo calculara los efectos positivos de un castigo ejemplar para la gobernabilidad de una región que últimamente se había mostrado particularmente rebelde. Por otro lado, quedándose vacante la sede episcopal entre la muerte de Sariñana y la llegada del obispo Maldonado (julio de 170231), es probable que del Tojo gozara de mayor libertad en la conducción del Proceso de San Francisco Cajonos.

45En cuanto a la justicia eclesiástica, desde los últimos años del magisterio de Sariñana hasta la llegada de Maldonado no tenemos noticias ciertas de la posición de la iglesia oaxaqueña respecto a los casos de idolatría, ni tampoco ante los dramáticos acontecimientos de San Francisco32.

46En lo que se refiere a la Audiencia, contrariamente a la hipótesis de una coincidencia con la posición del Alcalde Mayor, que Gillow nos ha dejado como herencia, sabemos ahora que la sentencia fue estigmatizada, sin que esto – por otro lado – implicara la renuncia de la justicia civil a tratar los casos de idolatría33. Hay que hacer hincapié, sin embargo, que – una vez más desmintiendo a Gillow – el Proceso de Cajonos no se puede considerar prioritariamente dirigido a la idolatría, ya que el tumulto y el homicidio representaban, aunque en una confusión jurídica que luego fue señalada, los cargos principales. Por otro lado, la sentencia que la Real Cámara del Crimen dictó a los diecisiete reos indultados no fue leve, colocándose entre las más severas de las que conocemos durante todo el periodo examinado.

Idolatrías en Villa Alta (1703- 1736)

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A la magnitud de la sentencia pronunciada por la Real Cámara del Crimen parece se adecuó el nuevo Alcalde Mayor, don Diego de Rivera y Cotes, según resulta de la sentencia de su primera causa, la de Tabaa (1703), cuyos reos fueron condenados a penas bastante similares a las de los diecisiete indultados34. Decididamente menos severas las penas a las que por el mismo Alcalde Mayor fueron condenados los indios de Betaza y Lachitaa, cuyo proceso, empezado a finales de 1703, concluyó en 170535. Entre estas dos sentencias, tan diferentes, hay que colocar un importante elemento: las posiciones que el nuevo obispo, Ángel Maldonado, iba tomando ante el candente problema.
La figura del obispo Maldonado, a quien no casualmente su homólogo Gillow expulsó de su relato sobre la idolatría de la región36, merece atención, ya que con su política la idea de idolatría parece modificarse y, seguramente, también su castigo, que se dirige a todo el pueblo (desde algunos decenios se había hecho evidente el carácter oficial, comunitario de las idolatrías, difundiéndose entonces la idea de pueblos idólatras) en la forma de la confesión. La confesión pública – o sea la delación del pueblo por parte del pueblo mismo –adquirió en estos primeros años del magisterio de Maldonado una valencia “escénica” y pastoral que desde la primera evangelización el Nuevo Mundo no había experimentado. El dinámico opositor de las órdenes estaba aplicando sus mismos métodos, antes de pasar a la organización de un modelo más moderno, post-tridentino: la confesión “coral”, con su efecto de expiación colectiva, pone a cero la temporada idolátrica del común, para así introducir el elemento de la confesión individual, expresión de un culto más individualizado. Por otro lado, la indiferencia del Obispo (y de las autoridades en general) hacia el incipiente culto de los dos “mártires” (que, contrariamente, el Alcalde Mayor anterior había intentado fomentar) afirma la preocupación que dominó los primeros años después del delito de Cajonos: evitar enfatizar los trágicos acontecimientos, por las problemáticas implicaciones que había conllevado en la administración de la justicia real (y, probablemente, también en la eclesiástica) y por las reacciones que había desencadenado en los pueblos Cajonos, de los que muchos naturales habían huido, con un grave perjuicio para la recolección del tributo.

48La ausencia (o inaccesibilidad) de los documentos del tribunal eclesiástico no nos permite determinar cuan estable y de larga duración fue el cambio de acento introducido por Maldonado, ni si sus sucesores siguieron sus huellas. Al parecer el Obispo mismo, una vez pasada la ola de los acontecimientos, no continuó actuando en el campo de la idolatría, lo que nos podría llevar a considerar que su actuación en aquellos primeros años fue dictada por motivaciones más políticas (relacionadas con la oposición a los dominicanos) que pastorales. Sea cual fuera su motivación, Maldonado se colocó dentro de aquella tendencia, siempre presente en la Colonia, que ponía mayor énfasis en el perdón (vía la confesión) que en el castigo37. La estrategia de Maldonado presentaba viabilidad y buenas perspectivas también para el poder civil, y de hecho fue con entusiasmo abrazada por el Alcalde Mayor don Diego de Rivera, aquel ministro tan celoso del servicio de Dios y del Rey, y actor de muchas acciones heroicas, según las expresiones del Obispo38. Esta alianza, cuyos términos merecen más investigaciones, logró un primer resultado, restándole poder a todos los que se colocaban en un bando opuesto: los frailes, obsesionados por una idolatría que su insuficiente evangelización – ésta era la opinión de Maldonado – había contribuido a fomentar, y aquellas autoridades civiles que, por su parte, persiguiendo a la idolatría, habían sido incapaces – ésta tuvo que ser la opinión de la Audiencia y Real Cámara del Crimen – de velar oportunamente para el sosiego de los pueblos.

49Poco después del proceso de Betaza y Lachitaa, del cual referiré, dos casos en 1706 ocurren todavía en el contexto creado por las visitas del Obispo. En el primero39 las autoridades de Yalalag denuncian a un principal que había logrado no consignar al Obispo un libro de idolatrías40, con el cual ahora está gobernando y enseñando. En el segundo documento unos noventa indios, entre principales y macehuales del pueblo de Roayaga, acusan a seis alborotadores e inquietadores del pueblo; entre ellos hay uno que hace oficio del demonio, mientras otro bebe hierbas y come hongos y hace todo lo que hacían la gente antigua41.
Después de esta fecha, los casos se vuelven escasos42. La opinión de Chance, que analiza grosso modo el mismo material que he presentado, es que en las décadas posteriores a esta fecha, en la Sierra Zapoteca inició un proceso de abandono de las ceremonias paganas comunales, que, aun cuando continuaron, perdieron importancia. Chance nota que no existe ninguna referencia a ellas después de 1735, por lo que considera que esta fecha indicaría el principio de un predominio de los rituales católicos sobre los rituales paganos en lo que se refiere a los ritos comunitarios43. Esta opinión me parece demasiado tajante, considerando especialmente el azar que a veces domina el descubrimiento de los documentos, y más cuando, por varias razones, la consulta de los archivos resulta problemática. Además, ¿cómo descartar la existencia de otros procesos, especialmente los procesos fulminados por la justicia eclesiástica? Al contrario, existen algunos indicios que nos guían hacia esta hipótesis: sabemos por ejemplo, que entre 1735 y 1736 el Obispo Calderón había levantado causa contra el Común de Yalalag44, y también fue el tribunal eclesiástico el que se ocupó de otro caso, bastante más tardío (176845).

Delaciones: los conflictos en los pueblos

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51A pesar que al material documentario redactado por la justicia española se le atribuye normalmente poca trasparencia por lo que se refiere a los acusados y a su mundo, yo creo que una lectura atenta y entre lineas puede proporcionarnos algunas informaciones y muchísimos indicios46. En nuestro caso, una manera para emprender este recorrido de investigación es hacer hincapié en el hecho de que, al igual que el caso de Cajonos, todos los casos que he examinado son promovidos por una delación: de otras comunidades, muy raramente; y mucho más frecuentemente por individuos de la misma comunidad. Dentro del mismo pueblo la acusación de idolatría (es decir, de seguir la vieja costumbre, de practicar las idolatrías), en un período como el que estamos examinando, en el que las autoridades españolas prestaban mucha atención a dicho crimen, es obvio que se volviera un fácil instrumento de venganza de enemistades personales, y de hecho, el procedimiento judicial tomó en cuenta este elemento, tratando de vigilar aspectos como la credibilidad y las motivaciones de los denunciantes y los testigos. Sin embargo, mientras en los casos del siglo XVII la denuncia se presenta casi siempre como una cuestión privada, en los pocos casos que conocemos posteriores a los acontecimientos de San Francisco Cajonos, las enemistades personales, que por supuesto no desaparecen, siempre se entrelazan con conflictos más amplios y “corales”, y más que a ceremonias privadas aluden a ceremonias de carácter público, y nos sugieren elementos interesantes de la dinámica dentro de la comunidad, ya que – y es fácil imaginarlo – dentro del mismo pueblo las idolatrías (o sea cumplir con las viejas costumbres) se volvían a veces motivo de confrontación entre viejos y jóvenes47; entre barrios enemigos48; ¬¬ o hasta de género49 , y al mismo tiempo están siempre presentes los conflictos de clase, ya sea en la forma más obvia (los macehuales no siempre están conformes con participar en las idolatrías que representaban, como hemos visto, un cargo económico), o en la forma menos frecuente, como cuando los principales acusan a los macehuales, que, por ser maestros de idolatría, tienen un ascendente “ilícito” sobre los habitantes del pueblo50.

52En todos estos casos distintos, sin embargo, pueden trazarse algunos elementos comunes, y son aquellos que caracterizan a la jurisdicción de Villa Alta: la ausencia de un cacicazgo personal y, por lo tanto, el papel fundamental de los principales, especialmente en su función, rotatoria, de oficiales del pueblo.

53Estas reflexiones surgen casi espontáneas, cuando se examina un material que, de manera casual, cruza nuestros expedientes de San Francisco Cajonos51. Se trata del interesante caso de D. Lorenzo Rosales, cacique de Teojomulco, un idólatra – afirma Gillow – que dio bastante que hacer a los tribunales eclesiásticos y civiles52. Estos documentos – que por razones desconocidas53 se encuentran en los expedientes de los dos “mártires” examinados por Gillow – no son suficientes para reconstruir los eventos54, no obstante, nos introducen en un interesante caso en el que un cacique ejerce su vasto poder personal también por medio de la imposición de ceremonias idolátricas a sus numerosos macehuales sujetos55. Don Lorenzo, según resulta de los interrogatorios, podía fácilmente comprar a sus testigos (incluso al sacerdote56) y aterrorizar a los macehuales, que eran a menudo sus trabajadores57.

54El caso de don Lorenzo, que presenta características tan distintas a las que hemos evidenciado en los de Villa Alta, nos ayuda, por contraste, a entender mejor esta jurisdicción, en la que, como sabemos, el liderazgo de un cacique no se consolidó (o no se mantuvo después de la conquista), y donde el poder lo encarnaban el cabildo y el gobernador, ocasionando lo que nuestro análisis confirma: especialmente al iniciar el siglo XVIII, las idolatrías (en el sentido, repito, de realización pública de ceremonias tradicionales) son decisión del común, y son cuidadosamente manejadas por los oficiales en funciones. Sin por esto dejar de impregnar la vida familiar de los individuos, y manteniendo siempre el aspecto contradictorio y conflictivo imprescindible en la relación entre el ámbito público y el ámbito privado, las ceremonias idolátricas – las idolatrías – son definitivamente ceremonias públicas, o mejor dicho, oficiales58. En suma, esta característica social de Villa Alta contribuyó notablemente a que la permanencia de las tradiciones prehispánicas (tan obvio aquí como en cualquier otra parte) asumiera un carácter colectivo, público y por lo tanto “oficial”, más marcadamente que en otros lugares, entrelazándose además con episodios sino de patente rebelión, seguramente de aquella resistencia al poder español que descansaba en su capacidad de organización y autonomía. Como lo mostró el caso de San Francisco Cajonos (y también el caso de Betaza, como veremos), en la imaginación de los españoles, que preferían ver cada pueblo como una mónada aislada, cualquier liga sonaba amenazante, mientras la cuestión idolátrica en estos años se entrelazaba puntualmente con la visión de una rebelión orquestada por varios pueblos unidos. Los documentos que he consultado nos revelan como a finales de los años ochentas del siglo XVII y durante todos los noventas en Villa Alta se intensifican las instancias presentadas en el Juzgado General de Indios (muchas veces de varios pueblos unidos), denunciando uno u otro abuso (civil59 y eclesiástico)[60], lo que sugiere cierto protagonismo por parte de las comunidades y el fortalecimiento de los lazos (internos y entre los pueblos de una misma región) que descansaban, internamente, en la organización, la autonomía y la cohesión de los diferentes aspectos de la vida comunitaria (entre ellos también la gestión de lo sagrado), mientras que externamente se articulaba en una cadena de alianzas y convergencias puntuales, en la que las idolatrías podían en determinados momentos representar un eslabón.

Vendrán los españoles y nos quitarán todas nuestras cosas de los antiguos: el caso de Betaza y Lachitaa (1703-5)

55Acerca de las idolatrías públicas, el material procesal del pueblo de Betaza (1703-5) nos ofrece bastante información, ya que su primera parte (unas 50 fojas) está constituida por las deposiciones, largas y muy detalladas, de unos quince reos: los oficiales del año, otros principales, y varios maestros de idolatría, principalmente de Betaza, pero también de Lachitaa, pueblo colindante. El cuadro que esbozamos es el de una comunidad que, a causa del estado de alarma provocado por los hechos de San Francisco Cajonos y las visitas del Obispo, es combatida entre el temor de que la creciente vigilancia española descubra su normal actividad idolátrica, y la necesidad – precisamente por la urgencia de la situación – de reintensificar las ceremonias, en su doble función de protección de la comunidad frente a los peligros (¿y cuál peligro mayor que los cazadores de idolatrías, aun dispuestos, según afirmaba el Obispo, a “perdonarlas”?) y de predicción de lo que esos tiempos de miedo y persecución traerán. Los presos hablan y relatan con abundancia, construyendo una trama unánime: hay muchos maestros en el pueblo (y en todos los otros pueblos del área61); algunos sólo lo ejercen con los particulares, pero la mayoría están a la disposición del común, y es por disposición de los oficiales que los maestros realizan las ceremonias. En ellas participa, forzosamente, todo el pueblo, que debe también contribuir a los gastos para comprar el material necesario62. A los maestros también se les encargan las predicciones: los alcaldes les obligan a beber una hierba que llaman Cuanabetao, para saber si habrá lluvia, si será posible capturar un venado o si habrá enfermedad en el pueblo63.

56Cada año los alcaldes tienen la obligación de realizar varias veces la ceremonia del común64; sin embargo, en el último año, después de la visita del Obispo, los alcaldes, temerosos, la efectuaron sólo tres veces. La visita del Obispo Maldonado es tema constante de las deposiciones de los reos. Un maestro, a propósito de la hierba Cuanabetao, declaró que el año pasado de 1703 la bebió una vez (que los alcaldes juntan todo el pueblo para dicho acto), que fue habiéndose ido de la visita el señor obispo, y que lo que dijo después de haber vuelto del letargo en que se quedó y que da siempre, [fue] que ya habían caído en manos de dios padre, que se perdería la ley de sus antepasados, vendrán los españoles y nos quitarán todas nuestras cosas de los antiguos65. Igualmente amarga y desolada es la predicción de otro maestro, quien sostuvo que habría enfermedad en el pueblo y que se habían de llevar a sus padres y sus abuelos los españoles y ministros de doctrina, y que esto fue habiendo pasado ya la visita del señor Obispo66.

57A pesar de estas predicciones, cuando – después de la visita del Obispo – el ministro de doctrina los exhortó a que entregasen sus ídolos y pidiesen perdón, en la junta que se llevó a cabo para decidir qué hacer, casi unánimemente dijeron que hasta perder la última gota de sangre no habían de entregar sus ídolos, a que convino todo el pueblo, diciendo así se hiciese, sucediese lo que sucediese67.

Sobre estos dramáticos asuntos los pueblos también se confrontaban y se juzgaban uno contra otro. Durante los hechos que estamos refiriendo un indio de Betaza le habló así a un regidor de Yalalag: que si eran mujeres los del pueblo de Yalalag, que no merecían calzones, que mejor fuera se pusiesen las enaguas de sus mujeres, que por que habían de haber entregado sus ídolos sin haber hecho resistencia, y no haberlo entregado hasta perder la ultima gota de sangre68. Y sobre estas bases establecían alianzas y solidaridad – aquellas uniones que los españoles temían tanto69. h4. La fiesta de Joseph Flores, Mayordomo

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El asalto al convento
El asalto al convento

59Nada mejor, para concluir este recorrido, que regresar a nuestro caso de San Francisco Cajonos y, precisamente, a su escena inicial: la ceremonia idolátrica en la casa del maestro de idolatría.

60En el expediente sobre los hechos de Cajonos que se guarda custodiado en el AVJA se encuentra, fuera de orden cronológico, un documento de unas 20 fojas que en Apuntes Históricos se reproduce sólo en mínima parte. Comienza con una petición que en marzo de 1701 – antes que se instruyera la Sumaria – las autoridades del pueblo de San Francisco presentaron al Virrey, para que el Alcalde Mayor recibiera las declaraciones de los testigos que el Común presentaba en su defensa, y a la vez dejara de molestar a los habitantes de los seis pueblos quienes, para escapar de sus amenazas, se habían escondido en el monte (con grave perjuicio al real tributo70 ).

61La petición presentaba, en no más de dos fojas, la versión oficial que las autoridades del pueblo de San Francisco elaboraron de los hechos, una vez superado el trauma inicial, cuando los mismos titubeos de las autoridades españolas les dieron el tiempo y la oportunidad para tratar de desarrollar su estrategia defensiva. No tenemos ningún documento que nos informe sobre el debate – seguramente complejo – que se realizó entre los principales y las autoridades de los seis pueblos implicados, en el que distintas posiciones y hasta facciones se enfrentarían. No obstante, podemos leer al menos, afortunadamente, el resultado final de tan dramática labor. Me parece apropiado reproducir íntegramente estas dos fojas, totalmente ignoradas por Apuntes Históricos.

62La noche del día 14 del mes de septiembre del año próximo pasado, estando todos los mas de los naturales del pueblo de mis partes en la casa de un indio principal, nombrado Joseph Flores, en un convite y festejo que hacían por razón de cumplir el tiempo de que dicho Joseph Flores acababa el cargo de mayordomo de la cofradía de Señor S. Joseph, y prevenida la cena de gallos, tamales, tortillas y otras cosas de su usanza, dos indios de aquel pueblo, enemigos de mis partes, ocurrieron al Ministro de doctrina, suponiendo contra verdad estaban cometiendo idolatría en dicha junta y banquete; y habiendo ido dicho ministro y otro religioso, les quitaron los gallos y demás cosas que tenían prevenidos para cenar, sin que al tiempo de que les hallaron en la junta pudiese inferirse ni haber indicios de semejante delito y sin más motivo que este, los religiosos de aquella doctrina enviaron a llamar diferentes españoles quienes vinieron con armas; y convocaron dichos religiosos a cinco pueblos circunvecinos quienes habiendo venido y entrado algunos dentro del convento a ver lo que querían e inquirido la causa, uno de dichos hombres mató a un indio del pueblo de san Pedro de un pelotazo y otro le quebró un brazo de otro pelotazo a uno del pueblo de san Miguel, y con esta ocasión mis partes, llevados de algún enojo, y todo lo más del pueblo cogieron a los dos indios, les dieron algunos azotes y los llevaron al pueblo de San Pedro, adonde vino el Alguacil de la Villa Alta de mandado del Alcalde Mayor y le requirieron mis partes llevase dichos presos hasta que se sustanciase la causa, quien reconoció la muerte del indio y la herida del otro; y habiéndose los dos denunciantes huido de la prisión por haberlos soltado sus parientes, se despidieron diciendo se iban de dicho pueblo por decir les habían injuriado con dichos azotes; y hasta el presente, aunque se han hecho varias diligencias en su busca por mandado del Alcalde Mayor de aquel partido, no han podido parecer; de todo lo cual se ha originado haberse dicho y publicado que mis partes han cometido el delito grave de la idolatría y que han de ser severamente castigados, no solo ellos sino otros pueblos inmediatos, razón que les ha movido a todos los más el andar ausente de sus casas y dejar el pueblo desierto, sin que por diligencias que se han hecho por el Gobernador y Alcaldes han podido reducirse, y los tributos están sin poderse recaudar y se siguen los demás perjuicios que desde luego pongo en la alta comprensión de Vuestra Excelencia, y discurren que los dos indios que dieron la supuesta noticia están ocultos para vengarse de todo el pueblo, suponiendo los mataron, como asimismo para no pagar cantidad de pesos que debían; razones que han motivado a mis partes ponerse ante la presencia de Vuestra Excelencia por este escrito, pare que se sirva mandar librarles despacho cometido al Alcalde Mayor de aquel partido, para que proceda a recibirles información a su tenor y, dada, la remita a este superior gobierno, y que ínterin se determine definitivamente esta causa, no moleste a mis partes y los deje volver a su pueblo sin [palabra ininteligible] de manera alguna y se ruegue y encargue a los ministros de doctrina no les perjudiquen y que dicho Alcalde Mayor solicite y haga pesquisa sobre descubrir las personas de los indios expresados que se suponen muertos, y para ello se les impongan graves penas71.
Tras la aceptación del Virrey, el Alcalde Mayor recibe en mayo las declaraciones de dieciséis testigos presentados por el común, que grosso modo, confirmarán la versión de los hechos que el común había acordado.

63A la luz de lo que la evolución de la investigación reveló, actualmente podemos afirmar que respecto al paradero de los dos denunciantes, la presentación de los hechos era maliciosa. Al contrario, la ceremonia en la casa de don Joseph Flores es posible que fuera lo que la petición de las autoridades y los testigos presentados por el pueblo afirmaron que había sido: un convite y festejo que hacían por razón de cumplir el tiempo de que dicho Joseph Flores acababa el cargo de mayordomo de la cofradía de S. Joseph. Si para los españoles, que irrumpieron en la noche y describieron con gran minuciosidad los objetos y la escena en general, se trató de una ceremonia idolátrica, hoy podemos entender que las dos cosas (la ceremonia idolátrica que los españoles vieron y la fiesta de la cofradía del Santo) no se excluyen, al contrario se articulan bien, y nos permiten adelantar por lo menos algunas décadas aquel fenómeno de integración del culto autóctono y el culto de los santos que para Villa Alta ha sido pospuesto hasta después de la tercera década del siglo XVIII, en combinación con la aparición de las primeras cofradías, que varios autores sitúan en la década de 1730. Esta última suposición necesita ser reconsiderada precisamente a la luz de nuestro caso, que claramente nos indica que en 1700 existía en San Francisco Cajonos la cofradía de San Joseph, de la que nuestro maestro idólatra Joseph Flores, aquella noche fatal, probablemente era el Mayordomo saliente72.

64Resulta entonces cuestionada en algunos de sus elementos la trayectoria, propuesta por la seminal investigación de Chance, que abarca desde la idolatría hacia el culto de los santos, con una importante cesura en 1735 cuando, supuestamente, en la Villa Alta terminarían los casos de idolatría y estarían apareciendo las cofradías – una visión que, además, subestima los nexos que trenzaban estas aparentemente distintas expresiones de culto, que podían convivir al punto que, como hemos visto, la ceremonia idolátrica, que originó los dramáticos acontecimientos que hemos narrado, también podía ser la fiesta de una mayordomía que cerraba su cargo.

65Más congruente con mis datos resulta la visión propuesta por Nancy Farriss (en otro contexto y otras fechas): un gradual desplazamiento de énfasis de la idolatría (arriesgada y progresivamente más disfuncional, por ser necesariamente secreta, y además cada vez más teñida de elementos cristianos) hacia una devoción de santos-divinidades que podía encontrar expresión en las mismas iglesias (Farriss 1984, 313).

Conclusiones

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El perdón
El perdón

67Condicionado ya sea por la obra de Eulogio Gillow, que hasta ahora ha representado su única fuente, o por la reciente beatificación de los dos dudosos “mártires”, el caso de los Beatos de San Francisco Cajonos corre el riesgo de ser desplazado a ámbitos temáticos parciales o francamente desviados.

68Para una lectura significativa de este importante acontecimiento, he propuesto en este escrito no sólo utilizar siempre que sea posible documentos originales, sino también ampliar el abanico de preguntas que dirigimos a este material, preguntas que nos permiten abordar temas mucho más complejos (e interesantes para el historiador) de los que surgen cuando nos ceñimos al exangüe paradigma que contrapone a vencidos y vencedores. Este paradigma, que es la reacción provocada por la inaceptable ideología del obispo porfiriano, debe ser superado, ya que por su pobreza heurística no nos permite desarrollar un análisis histórico riguroso y creativo a la vez.

69El tema mismo de la idolatría – al que, por prejuicio no probado, pertenecería el caso – liberado de esta contraposición esquemática y a-histórica, y colocado en el contexto de la compleja historia colonial y sus actores, recibe nueva vida, más allá de una estéril contraposición culto pagano-culto cristiano.

70Más que insistir en las prácticas autóctonas en términos de religión zapoteca contrapuesta a la religión católica, una lectura atenta de las fuentes nos dirige hacia la apreciación, en los años que preceden a los hechos de San Francisco, de una notable capacidad de autoafirmación por parte de las comunidades, en las que también la autonomía de culto tenía lugar. Se expresaba, en este culto más autónomo e independiente del control de los ministros de la iglesia, una reelaboración, una hibridación que permanecería desconocida si estuviéramos interrogando las fuentes solamente desde el punto de vista de la idolatría73. Por estas razones no he usado el material de archivo examinado para complementar lo que ya se conoce acerca de la religión indígena de los zapotecas de la Sierra74. Al contrario, he preferido sugerir una “desconfianza metodológica” hacia este uso, concentrándome en el análisis de las dinámicas entre los distintos actores que protagonizaron la idolatría, vista como un aspecto significativo de la vida colonial, capaz de iluminar, a la vez, otros aspectos.

71Mientras que los acontecimientos de San Francisco Cajonos, antes y después del momento procesal, adquieren más realidad, al liberarse de todos los estereotipos de los que hasta ahora habían sido cargados, de este trabajo analítico resultan iluminados varios temas, que nos ayudan a bosquejar importantes dinámicas entre las autoridades españolas, las comunidades indígenas, y en las relaciones que entre ambas se instauraban.

72No hay que caer en la tentación de preguntarse hasta qué punto los seis pueblos (o, si fueron verdaderos los rumores, los 18 pueblos Cajonos) habían presagiado la trayectoria de los acontecimientos, y por lo tanto, hasta qué punto entonces el tumulto y la ejecución de los dos delatores fue una respuesta orquestada. Se trata de una pregunta demasiado directa, a la que no podemos contestar; es más provechoso transformarla en otras: ¿qué representó para los pueblos este dramático suceso? ¿Cómo digirieron un hecho que, bastante común en su génesis, tuvo un desenlace tan dramático? Aunque las informaciones son escasas, algunos elementos filtran del silencio al que están obligados los vencidos. Sabemos que ya antes de la Sumaria los seis pueblos se habían adelantado, presentando su propia versión de los hechos: verosímil, sino verídica; sabemos que a más de un año de la sentencia muchos naturales seguían escondidos, y los seis pueblos continuaban bajo la estricta vigilancia de las autoridades españolas. Los elementos más interesantes salen a la luz, sin embargo, en los otros pueblos Cajonos, donde se “trasladó”, por decirlo así, aquella reacción que no se podía expresar en los seis pueblos más directamente involucrados. El proceso contra los idólatras de Betaza y Lachitaa – que implicaba también, se debe subrayar, a otros pueblos Cajonos – es una fuente de gran importancia: en él la confesión, que pronto se volverá, gracias a las técnicas de Maldonado, un mecanismo de arrepentimiento y expiación, adquiere contradictoriamente el sabor de un desafío. Todas las declaraciones de los reos en este interesante documento emanan una mezcla de miedo y determinación realmente impactante. Se aprecia la radicalidad de la decisión que los principales tomaron – obviamente, no sin oposición, aunque minoritaria –, después de la primera visita del Obispo: defender a sus ídolos hasta perder la última gota de sangre.
¿Permanece en esta declaración tan radical el eco de los hechos de San Francisco? Podemos imaginar que aquellos hechos, aquellos cuartos y cabezas dejados hasta descomponerse en el camino suscitaron tanto horror, que generó a la vez miedo pero también lo contrario, o sea la rebelión y el desafío. El fiscal Juan Tirado, apuntando al freno que la cabezas puestas en la estacas ejercitaban en la osadía de los idólatras75, vio no más que una de las dos caras de la medalla.

73En esta situación tan tensa, el perdón del Obispo resultaba explosivo tanto o más que una campaña de persecución. No sólo porque los naturales podían tener sus reservas sobre el significado real y su aplicación concreta, sino también porque la campaña del perdón tenía dos efectos: llamar la atención sobre este asunto como nunca antes, y fomentar la división dentro del mismo pueblo.

74Podemos imaginar que aun más perturbantes que la cruenta punición de los quince presos de San Francisco, fueron los años que siguieron, gobernados por el perdón de Maldonado, que no sólo no anulaba el castigo ejecutado sobre los reos, sino que, paradójicamente, contribuía a que no fuera olvidado; el perdón se ganaba a un precio, aparentemente muy bajo, pero lleno de implicaciones dramáticas: la autodelación colectiva. Como afirmaron los maestros de idolatría, con la llegada del obispo Maldonado los naturales habían caído en las manos del Dios de los cristianos, y pronto los españoles les habrían de quitar sus tradiciones.

75No fue así – no por los menos, de una manera tan drástica y definitiva. Las idolatrías siguieron, aunque aparentemente con menor frecuencia y seguramente perdiendo, progresivamente, su caracter público y oficial, que durante decenas de años habían adquirido, como expresión de la organización comunitaria y de su (relativa) fuerza.

76Si miramos entonces las significaciones que las idolatrías adquirieron en los años que hemos analizado en estas páginas, sobresalen dos elementos, igualmente interesantes para el historiador: las idolatrías pudieron representar el lugar simbólico donde se expresaron (o en algunos casos hasta se elaboraron conscientemente) la rebelión y/o la resistencia al poder español, pero al mismo tiempo, por ser símbolo e instrumento del poder local comunitario, la idolatría estaba destinada a promover tensiones e inconformidades dentro de la comunidad, empujando fatalmente a los más débiles (macehuales, jóvenes, mujeres, barrios sujetos, etc. ), a actuar en la órbita española, que de ellos se aprovechaba, transformándolos en delatores. El viraje que el obispo Maldonado impulsó a la idea de idolatría, proponiendo la expiación por medio de la autodelación del pueblo, fungió como catalizador para que estas tendencias centrífugas, que habían coexistido con la fuerza de cohesión interna de la comunidad, lograran mermar a las autoridades, cuyo valor y capacidad de negociación con el poder español había ya empezado a perder credibilidad después de la punición infligida a las autoridades “idólatras” de San Francisco Cajonos.

77Finalmente, aunque sin poder escrutar más profundamente lo que ocurría dentro de las comunidades, es válido subrayar que en el asunto de la idolatría, así como – es lógico suponer – en otros asuntos de la organización social, los hombres y las mujeres (sin importar si estaban a favor o en contra de los rituales de sus antepasados) actuaron de manera articulada y dinámica. La lectura del material que he presentado – un material que, por su misma naturaleza, tiende a arrinconar a los naturales en el papel de los vencidos – nos regala, al contrario, la incontrovertible sensación de que aun dentro de los límites establecidos, pero siempre con la posibilidad de forzarlos, se movían dinámicas comunitarias complejas, seguramente caracterizadas por ciertos fenómenos de cambio.

Notas de pie de página

78Dedico este artículo a las víctimas de la represión en Oaxaca durante los años de 2006 y 2007.

791 El estudio que preparo se vale de muchos datos, provenientes de varios documentos de archivos, especialmente el Archivo Judicial de Villa Alta (AJVA) y el Archivo General de la Nación (AGN), que proporcionan un acervo importante para todos los que estudian la historia colonial en Oaxaca. En esta presente contribución, me limitaré a unas referencias escuetas, concentrándome más sobre las sugerencias metodológicas que mi estudio pretende proponer.

802 Más adelante veremos que la atribución del cargo de fiscales, sobre la que se han avanzado dudas, decididamente es una invención de Gillow.

813 Y que por lo tanto parece no será ociosa esta disposición [para hallar a los culpables] que también servirá de aliento a la fidelidad de los buenos indios para que denuncien las idolatrías con el valor y celo que de otra suerte descaecería en ellos totalmente, y si vieren (como todos lo esperan de la grandeza y piedad de Vuestra Excelencia) remunerada y como desagraviada la fidelidad de los dichos D. Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles en las pobres de sus mujeres e hijos, serán sus muertes y tormentos para los indios fieles no horror que les atemorice sino un incentivo que los estimule a imitarlos (AJVA, Criminal, leg. 06, exp.18, f.7r).

824 Dr. D. Eulogio G. Gillow, Apuntes Históricos (Oaxaca: Imprenta del Sagrado Corazón de Jesús, 1889; reimpresión en facsímile, México: Ediciones Toledo, 1989).

835 La personalidad de Gillow emerge especialmente en la autobiografía que escribió con José Antonio Rivera. Véanse Reminiscencias del Ilmo. y Rmo. Sr. Dr. D. Eulogio Gillow y Zavalza, Arzobispo de Antequera (Oaxaca) (Los Angeles: Imprenta y Linotipia de “El Heraldo de México, 1920; reimpresión Puebla: Escuela Linotipográfica Salesiana, 1921). Véase también Manuel Esparza, Gillow durante el Porfiriato y la revolución en Oaxaca (1887-1822) (Oaxaca: Archivo General del Estado de Oaxaca, 1985) y Kellen Kee McIntyre, The Venerable Martyrs of Cajonos: An 1890 Painted History of Zapotec Rebellion in 1700 (Tesis de doctorado, Albuquerque, New Mexico: The University of New Mexico, 1997).

846 En un plan distinto se coloca el artículo de Enrique Marroquín, quien, aun sin ocuparse directamente de las fuentes históricas, coloca al libro de Gillow (del cual lúcidamente presenta la estructura narrativa) en una trayectoria ideológica muy bien dibujada, que empieza con la evangelización e inevitablemente termina, 500 años después, con la beatificación de dos indios. Véase Enrique Marroquín, “Los mártires de Cajonos: implicaciones socioculturales de una causa de canonización”, en Cuadernos del Sur, 2:3 (1993), págs. 37-58.

857 Mis fuentes para la reconstrucción de los hechos han sido varias, y de diferente procedencia. Además de dos documentos hasta ahora desconocidos y la parte de documentos relativos al Proceso que se encuentra en el AJVA (Serie Criminal, leg. 6, exp. 18), recientemente publicada (véase Los documentos de San Francisco Cajones, paleografía de Claudia Ballesteros César, Oaxaca: Archivo Histórico Judicial de Oaxaca, 2004), he consultado las copias manuscritas que el mismo Gillow (o, más probable, otra persona por él encargada) realizó del material original, y que sirvieron como fuente de Apuntes Históricos. De estas copias, en el Archivo del Arzobispado de Oaxaca he podido consultar no el original sino las fotocopias. Se trata de unas cuatrocientas páginas tamaño oficio, de clara escritura, que moderniza la ortografía y resuelve las formas abreviadas. El autor, que conoce la paleografía, no logra leer el término tequio, por lo que supongo no era originario de Oaxaca. Además de estas fotocopias, en el mismo Archivo me permitieron consultar un volumen que recoge otra transcripción, ésta contemporánea (escrita e impresa en computadora) de casi dos centenares de fojas copiadas directamente de los originales (es decir, sin pasar por la copia de Gillow). El trabajo aparentemente no fue completado. El Archivo guarda también la trascripción de algunas fojas realizada por Nancy Farriss. Se trata, en fin, de transcripciones paleográficas de una misma fuente original, probablemente guardada en el mismo Archivo de la Mitra. Agradezco a Berenice Ibarra, responsable del Archivo, su apoyo para consultar lo que estaba permitido. En la reconstrucción de los hechos que he realizado me pareció inútil (además de sumamente dificultoso) indicar la fuente específica de cada información. Indico, sin embargo, la fuente de las citas textuales, casi siempre de la transcripción contemporánea (indicada con la sigla TC) y del expediente del AJVA. Es interesante, para futuras y más completas investigaciones, señalar que en el Archivo también se puede consultar (en fotocopias) un importante material relativo a las circunstancias que permitieron al Obispo Gillow de enterarse del caso, así como muchos de los documentos que él utilizó para fundamentar la devoción, y que cita en el capítulo IX de Apuntes Históricos.

868 Véase Rosalba Piazza, “Los procesos de Yanhuitlán (1544-47): algunas nuevas preguntas” en Colonial Latin American Review 14: 2 (2005), pág. 207.

879 Gillow, Apuntes Históricos, pág.186.

8810 Además de los consabidos azotes, muchos de los diecisiete reos fueron condanados al servicio a su majestad en el presidio de la Vera Cruz, durante un tiempo entre 4 y 8 años. AJVA, Criminal, leg. 06, exp.14. Este documento se encuentra, de manera inesperada, dentro de un expediente que trata sobre la fuga de unos reos de la cárcel pública de Villa Alta. Se trata de siete fojas en las que se presentan, y brevemente se resumen, todos los documentos judiciales de Villa Alta en los años de 1702 a 1705.

8911 AGN, Ramo Tierras, tomo 2958, exp.204. La fecha, referida en el catálogo como 1708, en realidad es el 13 de febrero de 1703. Esta equivocación, además de la engañosa colocación en el ramo Tierras, ha contribuido a que este documento, importantísimo para entender algunos nudos del caso de San Francisco Cajonos, pasara desapercibido.

9012 AGN, Ramo Tierras, tomo 2958, exp.204, f. 264v- 265.

9113 AJVA, Criminal, leg. 6, exp.18, f. 60.

9214 AJVA, Criminal, leg. 6, exp. 18. f.62v.

9315 No poseemos la Sumaria del Proceso; sin embargo de la Ratífica resulta que Francisco López y Nicolás de Aquino fueron los únicos que confesaron haber materialmente realizado el delito.

9416 AGN, Ramo Tierras, tomo 2958, exp.204, f.265.

9517 Los cinco reos, que el juez eclesiástico de Oaxaca tiene en su cárcel, como de los autos parece son principalísimos en la ejecución de las muertes y también otros que están ausentes (AJVA, Criminal, leg. 06, exp.18, f. 60r).

9618 Lo sugiere justamente Mc Intyre, The Venerable Martyrs of Cajonos, pág. 12.

9719 Véase Marroquín, “Los mártires de Cajonos” , y McIntyre, The Venerable Martyrs of Cajonos.

9820 El uno, Francisco Hernández (o Lucas) fue uno de los quince ejecutados; el otro (Jacinto de la Cruz o de los Ángeles), uno de los diecisiete de la apelación, fue condenado por la Cámara del Crimen a recibir cien azotes y cuatro años de Presidio.

9921 Gillow apunta a la importancia de la figura del fiscal en la labor de la evangelización de América. Véase Gillow, Apuntes Históricos, págs. 99-100.

10022 Valdrá la pena en estudios futuros seguir examinando con profundidad las fuentes para reconstruir este recorrido de construcción de la santidad. Aquí sólo vale notar que el Alcalde Mayor, más que los religiosos involucrados en los hechos, se mostraba interesado en promover esta devoción, como se nota en muchos de sus escritos.

10123 El caso de Betaza, que referiré en breve, es seguramente una fuente mucho más interesante sobre este tema, debido a las informaciones que proporciona sobre los rituales autóctonos, pero aún más sobre las dinámicas entre pueblos y especialmente, dentro del mismo pueblo.

10224 En asuntos de fe los indios recaían bajo la autoridad del Obispo, y no del Tribunal de la Inquisición del Santo Oficio.

10325 Se considere el caso de Matheo Pérez, que había gozado de la protección del Alcalde Mayor Niño de Tabora, quien en 1671 lo amparó del crimen de idolatría, del que había sido acusado más de una vez. No tuvo la misma dicha en 1684: un Alcalde Mayor menos bondadoso lo envió a la justicia eclesiástica, de donde el caso pasó – por ser tenido el acusado por mestizo – al tribunal del Santo Oficio de México (AGN, Ramo Inquisición, Tomo 615, exp.1) Véase Rosalba Piazza, “Un natural de Santiago Atitlán ante el Santo Oficio de México: Contra Matheo Pérez (dice ser) mestizo, por pacto con el demonio. (1671-1688)” en Desacatos, 11 (2003), págs. 132-148.

10426 Don Miguel Ramón de Nogales (1692-96) en dos ocasiones se defendió con valor, acusando a su vez a los acusadores de alborotarles los indios con su excesivo celo antidolátrico. (AGN, Ramo Inquisición, Tomo 530, 2ª parte, exp. 13). Otro caso fue el de don Diego de Rivera y Cotes, quien encontró un defensor muy ilustre: el obispo Maldonado, del que hablaré luego. (AGN, Ramo Inquisicion, tomo 734, folios 377-440).

10527 El Alcalde Mayor don Diego de Villegas y Sandoval entre 1665 y 1666 instruyó por lo menos tres procesos de idolatría, los tres en los pueblos Cajonos: AJVA, Criminal, leg.1, exp.23 (San Cristóbal Lachirioag); leg. 1, exp. 22 (San Francisco Yate); leg. 1, exp. 19 (Santo Domingo Yojovi). Al contrario, en 1684 de Castiblanca envió al tribunal eclesiástico de Oaxaca a Matheo Pérez y a otro reo de San Francisco Cajonos (AJVA, Criminal, leg. 1, exp.49.), lo que nos permite apreciar una progresiva tendencia a la colaboración entre las dos autoridades, civiles y eclesiásticas. Estas últimas ganan mayor espacio, especialmente durante el obispado de Isidro Sariñana (1683-1696), un criollo de la ciudad de México que más que sus predecesores luchó en contra de la idolatría en su diócesis.

10628 El caso de Zoogocho (una vez más, pueblo Cajonos), que Gillow refiere detalladamente, es de abril de 1691, De este material no he encontrado huella en el AJVA, y es probable que los documentos originales, al igual que los de San Francisco, se encuentren en el Archivo del Arzobispado de Oaxaca (donde se encuentra la copia sacada por el Obispo). Por lo tanto, Gillow es mi única fuente – bastante confiable, sabemos, en los detalles de la información. Se trata de un oscuro acontecimiento (el expediente en poder del Prelado era además incompleto) que él coloca en el ámbito de la idolatría, incluso reconociendo que el proceso (que encontró durante la visita a la parroquia de Zoochila) se instruyó por una sublevación de los indígenas pertenecientes á los once pueblos. (Gillow, Apuntes Históricos, pág. 93). Como lo nota también Gillow, en muchos aspectos el caso parece anticipar, aunque en forma inconclusa, los acontecimientos de San Francisco Cajonos. También aquí se trata de un pueblo en actitud amenazante que se levanta en contra de su ministro (porque les perseguía en su idolatría, arguye Gillow) y encarcela al español enviado por el Alcalde Mayor, aquel don Juan Manuel Bernardo de Quiroz, en contra de quien un gran número de pueblos de la jurisdicción habían presentado petición frente al Juzgado de Indios (véase nota 61).

10729 Véase nota 28.

10830 Con los oficiales y el gobernador de los pueblos el Alcalde Mayor tenía que tejer hábiles lazos de alianza, para garantizarse los lucrativos negocios que habían hecho de Villa Alta una de las alcaldías más codiciadas.

10931 Demasiado corto fue el mandado del decimocuarto obispo, fray Manuel de Quiros (diciembre de 1698 – marzo de 1699).

11032 El cabildo de la iglesia metropolitana, a pesar de haberse involucrado directamente en un primer momento, decidió luego no proceder jurídicamente. Sin embargo, tenemos noticia que en mayo del año de 1702 cinco reos implicados en el caso de San Francisco estaban en la cárcel eclesiástica de Oaxaca. De todas maneras, ya que Joseph Flores – notorio maestro de idolatría, en cuya casa además se estaba realizando la ceremonia – se encontraba entre los reos de la cárcel real de Villa Alta y no en la eclesiástica de Oaxaca, debemos pensar que entre los dos tribunales las barreras no eran muy rígidas, con consecuencias que no conocemos, pero que podemos imaginar en términos de colaboración o competencia y tensiones, según el caso, determinadas por la personalidad de los protagonistas, que, como hemos visto en todos los otros casos examinados, eran factores que decidían el curso de los hechos.

11133 Véase las interesantes afirmaciones del Virrey en AJVA, Criminal, leg. 07, exp.09, f.62v-63.

11234 De este caso no tenemos otras noticias, más que la sentencia, de la que resulta que el Gobernador y dos naturales del pueblo habían querellado a los alcaldes y otros principales, quienes los habían tomado presos y azotado, por presumir les habían descubierto sus idolatrías y maleficios. Las penas fueron algo severas: azotes, servicio en obraje o trapiche, destierro y, para todos, privación perpetua de oficios. (AJVA, Criminal, leg. 06, exp.14, f.33-33v).

11335 AJVA, Criminal, leg. 07, exp. 09. Se trata de un caso extremadamente interesante, que referiré más adelante. En el mismo documento que contiene la información sobre la revocación de la sentencia de los diecisiete reos de San Francisco Cajonos, podemos leer la sentencia dictada en este caso: los oficiales de ambos pueblos de Betaza y Lachitaa son condenados a penas de 100 y 50 azotes, además de la privación de los oficios públicos. También se ordenó que los maestros de idolatría – entre ellos algunos oficiales del pueblo – se mantuviesen en dicha prisión a la disposición del señor ilustrísimo obispo de Oaxaca (AJVA, Criminal, leg. 06, exp.14).

11436 Eulogio Gillow no menciona en ningún punto de su amplia obra a su homólogo, ya que la labor de fray Ángel en el campo de la idolatría tuvo que representar para el autor de Apuntes Históricos un error, un paréntesis indebido en la trayectoria hagiográfica que su texto quería construir: el obispo Maldonado no sólo no tomó medidas para fomentar la memoria de los dos “mártires”, sino que perdonó el delito a todos los pueblos del área, a pesar de que estaba actuando sólo dos años después del “martirio”. Al recorrer los mismos territorios que fray Ángel, casi doscientos años después Gillow encontró las huellas de una devoción que Maldonado no supo o no quiso percibir.

11537 Algunas interpretaciones sugestivas (pero no siempre adecuadamente documentadas) han propuesto que la actitud del perdón era definitiva ya en las primeras décadas de la Colonia, según lo demostraría la exclusión de los nativos del tribunal del Santo Oficio, cuando este fue establecido en América. Véase Jorge Klor de Alva, Colonizing Souls: The Failure of the Indian Inquisition and the Rise of Penitential Discipline, en Mary Elizabeth.Perry y Anne J.Cruz, editores, Cultural Encounters. The impact of the Inquisition in Spain and the New World, (Berkeley: University of California, 1991), págs. 3-32. Hacer énfasis en esta exclusión conlleva a olvidar que los naturales quedaban bajo la jurisdicción del Obispo, lo que se justificaba con argumentos doctrinarios y pastorales importantes, pero no implicaba la aplicación de medidas más suaves ni la tendencia al perdón de la culpa.

11638 AGN, Ramo Inquisicion, tomo 734, f. 378-378v. Fue el obispo en persona, como he apuntado, él que defendió al Alcalde Mayor de las acusaciones de un fraile. Merece mucha atención un detalle: el fraile que acusaba a don Diego de Rivera era Gaspar de los Reyes, uno de los dos religiosos protagonistas de los dramáticos acontecimientos de San Francisco Cajonos.

11739 AJVA, Criminal, leg. 08, exp.12.

11840 Se trata de un calendario ritual. Maldonado había confiscado un gran número de estos libritos; los 99 calendarios que se conservan han sido analizados por Alcina Franch en sus notorios estudios. Véase especialmente José Alcina Franch, Calendario y religión entre los zapotecos (México: Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, 1993).

11941 AJVA, Criminal, leg. 08, exp. 19.

12042 Los citaré luego: el caso de la mujer de Lachitaa que denuncia las idolatrías del pueblo (AJVA, Criminal, leg. 11, exp. 05, 1718), y el caso de los dos barrios de Zoogocho ( AJVA, Criminal, leg. 12, exp. 25, 1731).

121fn4.3. Véase John K. Chance, The conquest of the Sierra: Spaniards and Indians in Colonial Oaxaca, (Norman: University of Oklahoma Press, 1989), pág. 168.

12244 AJVA, , Criminal, leg. 13, exp. 05. El documento nos informa que el Alcalde Mayor, requerido por el Obispo de Oaxaca, había quitado las varas al Gobernador y a los Alcaldes de Yalalag; estos últimos, sin embargo, habían obtenido una Real Provisión que les reponía en su cargo. La intervención del Virrey, D. Juan Antonio Vizarrón, Arzobispo de México, consigue que el Alcalde Mayor los remueva del cargo por segunda vez.

12345 Archivo del Estado de Oaxaca, Obispado de Oaxaca, leg.2, exp.5 La protagonista de este caso – del cual sería extremadamente interesante conocer más – es una mujer del pueblo mixe de Ayutla, Antonia Magdalena, esposa de Antonio Pedro, a quien tienen por la Virgen y la consultan en todo, a la que pusieron en petates y mantas, sentada y a su lado dos idolos de piedra, uno que figura un perro y otro un [zorro?] de alto de media barra, a quienes como también a la India incaban las rodillas y cantaban.

12446 Cada uno de estos documentos merece un examen detallado, que no tiene cabida en este artículo.

12547 Las tensiones generacionales son evidentes en el caso de Betaza, en el que los viejos acusaban a los mozos de ser los delatores del pueblo.

12648 En un documento de 1731 [leg.12, exp.5] la acusación de idolatría en el pueblo de Zoogocho alimenta un conflicto entre dos barrios.

12749 En 1718 Mariana Martín, del pueblo de Lachitaa, informa al yerno (preso en la cárcel de Villa Alta por razones que no conocemos) de una idolatría que el pueblo está preparando. Por medio del alcaide de la cárcel, la noticia llega al Alcalde Mayor, el cual interroga a la mujer, que depone haber tenido un disgusto con su esposo. Hacía unos días, el esposo le había comunicado cariñosamente que por ayer y hoy, tenía el pueblo dispuesto sacrificar en el platanar que está abajo del pueblo, como antes lo habían hecho, para lo cual tenían dispuestas 14 tinajas de tepache […] para las cuales habían contribuido todos los del pueblo a tres reales cada uno, como para los gallos de la tierra, plumas verdes y demás al uso antiguo. Y que porque se excusó la testigo a dar los 3 reales se disgustó y [la] aporreó dicho su marido, y Juan de Santiago, fiscal de su pueblo, le aconsejaba que mejor sería matarla de una vez, por que no fuese a contar lo que le habían comunicado, y que por esto se ausentó y midió el tiempo en que podían hacer el sacrificio para avisar, como lo hizo (leg. 11, exp. 05, f.4).

12850 Véase por ejemplo AJVA, Criminal, leg 08, exp. 19, 1706.

12951 Este material está disponible en la copia manuscrita de los originales que realizó Gillow (o alguien por él encargado) y también en la trascripción reciente, que he indicado como TC. Naturalmente, no fue reproducido en Apuntes Históricos, por ser ajeno al caso de Cajonos.

13052 Gillow, Apuntes Históricos, pág. 135, nota.

13153 Gillow opina que don Lorenzo, obligado á permanecer en la ciudad de México, fomentaba desde allí la idolatría en diversos pueblos de Oaxaca, y se ha creído que no fue extraño al tumulto de Cajones. En realidad, la referencia que a don Lorenzo Rosales hace la carta que el Cabildo envió al Virrey el 19 de septiembre de 1700, en ninguna manera establece una relación entre el cacique de Teojomulco y el caso de San Francisco Cajonos. Véase TC, f.59.

13254 La investigación sobre don Lorenzo Rosales había empezado mucho antes, alrededor del 1688 (en ese entonces era obispo Sariñana), y había ocasionado que el reo fuera encarcelado en su mismo pueblo o en Oaxaca, saliendo ambas veces, probablemente pagando una caución. En 1714, todavía no se había cerrado definitivamente el caso: el obispo Maldonado libraba un mandado para que se le llevara a la cárcel eclesiástica de Oaxaca ( Archivo Judicial de Teposcolula, Criminal, exp. 756) .

13355 En 1691 se le concedió licencia para que, teniendo tierra propia, pudiera sembrar caña, hacer un trapichillo para molerla y de ella fabricar panocha o miel de la permitida (AGN, Ramo Indios, tomo 31, exp. 26, f.17-17v).

13456 Cuenta un testigo que el cura beneficiado del partido le había ordenado no ratificar las declaraciones contra Don Lorenzo; cuando el testigo expresó su inconformidad (por no querer faltar a la verdad), el beneficiado se enojó con el declarante al punto de pegarle y ponerle un par de grillos. El esmero del cura se explica después, en las palabras que don Lorenzo, inmediatamente después de salir de la cárcel, dirigió al testigo (que era su trabajador): mucho dinero me ha costado lo que has dicho de mí, que sólo el Padre me ha costado más de 400 pesos, y así seamos amigos y no andemos con pleitos.

13557 Varios testigos, al principio reticentes, confiesan haber recibido amenazas, mientras los que anteriormente habían atestiguado contra su amo declaran haber sido azotados repetidamente. De todos modos, aun en su caso, igual que en los casos de idolatrías del común, está muy presente el elemento antiespañol y las implicaciones de rebelión. Un testigo afirma que también sabe por haberlo oído que dicho Don Lorenzo estando en la estancia de vacas de la comunidad de este pueblo habrá como tiempo de trece años, dijo, con ocasión que habían muerto un ternero los mineros vecinos de dicha estancia[…]: porque no cogéis 6 o 7 guacalotes y los degolláis y lo lleváis a ofrecer a la cima de este monte donde depende las dichas minas para que se agüen y destruyan y no saquen plata de ellas, con esto no tendremos mineros que hagan daño.

13658 Muchas de estas ceremonias públicas – como señalan los estudios etnográficos – se celebraban a la par de fiestas religiosas del calendario católico, especialmente, el santo patrono del pueblo, lo que no nos debe sorprender.

13759 En diciembre de 1688 algunos pueblos (Zoogocho entre ellos) presentaban en el Juzgado de Indios acusaciones muy detalladas sobre vejaciones y un continuo agravio por parte del Alcalde Mayor y sus tenientes, abusos en el repartimiento del algodón para las mantas, y obligación de entregar la grana, que, por no ser productores, estaban obligados a comprar a un precio mayor de lo que recibirán por el Alcalde Mayor (AGN, Ramo Indios, tomo 30, exp. 221, f. 207-210). Por estas razones en mayo de 1689, el Alcalde Mayor de Quiroz se encontraba bajo juicio de capítulos (AGN, Ramo Indios, tomo 30, exp. 263, f. 244-245). En diciembre del mismo año son nada menos 90 los pueblos que recurren al Juzgado de Indios, para nuevamente acusar al Alcalde Mayor de vejaciones, afirmando que el medio principal que ha tenido para molestarles es el de los Gobernadores, porque ha hecho que se elijan a los que ha querido y son de su agrado y conveniencia, sin tener libertad los principales y electores, resultando de esto a mis partes su mayor agravio y perjuicio, siendo los gobernadores y oficiales de republica los que deben defender (AGN, Ramo Indios, tomo 30, exp. 322, f. 294-296, especialmente 294-294v). En 1694 todos los 107 pueblos de la jurisdicción presentaron frente al Juzgado de Indios un memorial acerca de los muchos arbitrios del Alguacil Mayor, don Joseph Martín de la Sierra, que había introducido derechos que no le competían, obligándolos a pagar cantidades de dinero, sin que se supiera porque razón o con que titulo ha introducido semejantes pagos de tan exorbitantes calidades. El fiscal del Virrey ordenó al Alcalde Mayor instruir prontamente la causa, enviarla al Virrey para su determinación, estableciendo que por todo el tiempo del proceso el Alguacil Mayor se alejara seis leguas del lugar del mismo. (AGN, Ramo Indios, tomo 32, exp.222, f. 197v-198v).

13860 Los casos de pueblos que, con pretextos y distintas acciones, expresaban inconformidad con sus ministros no son raros en estos años. Véase la sublevación de Santiago Choapam en 1685 (AGN , Ramo Indios, tomo 29, exp. 45, f.55-55v. Expediente incompleto) y las denuncias de cinco pueblos del Rincón en 1691 (AGN, Ramo Indios, vol. 30 exp. 443, f.412- 415v.). Estos últimos pedían la división y separación del beneficio de San Juan Yae, alegando, en un primer momento, la gran distancia y el camino muy abrupto que los separaban de la cabecera; posteriormente, a raíz del parecer negativo expresado sobre este punto por el juez provincial de la hermandad de Oaxaca, los cinco pueblos acusaron al cura del beneficio de Yae de vejaciones y de pretender servicios personales y pago de mantas. Con este falso pretexto – declarará el defensor del beneficiado – han fingido fuga de sus pueblos, ocultándose en ellos mismo algunos de dichos naturales y otros andándose a otras partes para ver si por este medio pueden conseguir el quedar sin sujeción alguna, sin acudir a las obligaciones de católicos. (413v).

13961 A veces hay colaboración entre los pueblos. Un preso declara que dos años lo estuvo enseñando Nicolás de Celis del Pueblo de Lachitaa, a quien le pagó el común de Betaza (AJVA, Criminal, leg. 07, exp.09, f.36).

14062 Llevan pavos, perros chiquitos, plumas de Guacamaya y de unos pájaros que llaman Viguinixila; papel de cáscara de árbol, y unas piedras que llaman Guia Guecacue, y venados o ciervos, que al venado le sacan el venado [sic] y los demás animales los degüellan y con toda la sangre rocían dicho papel y plumas y unas tortillas chiquitas de maíz crudo de las cuales dan una a cada uno y de ella van echando una parte de la pequeña en dicho sacrificio; que esto lo hacen porqué así lo hacían sus antiguos y así se ha acostumbrado toda la vida, que cada alcalde tiene obligación de hacerla (AJVA, Criminal, leg.07, exp.09, f. 36v-37).

14163 Todos los reos confirman esta práctica, que puede realizarse también en privado para hacer predicciones particulares.

14264 Ocho o nueve veces, según los testigos. Se vale notar que según un testigo, las fiestas religiosas de Betaza, que comportaban la visita del cura, eran también ocho: la fiesta de los Reyes, que es la fiesta del pueblo, el día de la Purificación, Pascua de Resurrección, Espíritu Santo, Corpus, Rosario, Todos Santos, Pascua de Natividad. AJVA, Criminal, leg.07, exp.09, f. 28v.

14365 AJVA, Criminal, leg. 07, exp.09, f.37-37v.

14466 AJVA, Criminal, leg. 07, exp.09, f.35v.

14567 AJVA, Criminal, leg. 07, exp.09, f.42.

14668 AJVA, Criminal, leg. 07, exp.09, f.9v.

14769 Durante el interrogatorio uno de los presos declaró que los oficiales habían enviado un papel […]a los pueblos de Yaa, Yatee y Lachirio en que les amonestaban estuviesen con los de dicho pueblo de Lachitaa y Betaza para cualquier cosa o ruido que aconteciese, por que no habían de entregar sus ídolos ni ellos los entregasen, y que habían respondido así lo harían y no los entregarían. AJVA, Criminal, leg. 07, exp.09, f. 50. Al margen, fue anotado: Ojo y Convocación, lo que nos indica que esta declaración introdujo para los inquisidores el temido espectro de la sublevación del área, un temor motivado por la crecida capacidad de autonomía y organización que los pueblos de la Villa Alta habían mostrado, según se desprende del aumento de las instancias presentadas en el Juzgado General de Indios, que hemos citado arriba.

14870 Nótese que la misma petición se repitió casi dos años después, según cita la Real Provisión.

14971 AJVA, Criminal, leg. 06, exp. 18, f.64-65v.

15072 Señalo también que en el Archivo del Estado de Oaxaca (Obispado de Oaxaca, leg. 4, exp.3) se encuentra el Libro de la Cofradía de S. Rosa de San Francisco Cajonos, fundada en 1713. Por lo que es legítimo imaginar la existencia de otros casos, que investigaciones futuras podrán sacar a la luz.

15173 Hay que hacer hincapié que los procesos e investigaciones anti-idolátricos no son la mejor fuente para conocer la religión indígena durante la colonia, especialmente porque, como nos recuerda Kenneth Mills, o-called idolatry and Christinity could meet as well as compete, especially when the increasingly faint line that separated the two ‘religions’ was less rigorously monitored then during an idolatry investigation, and especially when colonial religion is viewed as a developing manner of living and thinking instead of a stark arena for the cosmic battle of antithetical worlds. Véase Kenneth Mills, Idolatry and its Enemies. Colonial Andean religion and extirpation, 1640-1750 (Princeton, New Jersey: Princeton University Press, 1997), pág. 4.

15274 De todas formas, ya que casi todo el material que utilizo ha sido ya examinado precisamente bajo este ángulo, mi contribución sería insignificante.

15375 AJVA, Criminal, leg. 07, exp.09, f.102 -102v.

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Para citar este artículo :

Rosalba Piazza, « Texto y con-texto. Consideraciones metodológica a latere de un notorio caso.Los “mártires” de San Francisco Cajonos: Preguntas y respuestas ante los documentos de archivo. », Boletín AFEHC N°32, publicado el 04 octubre 2007, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=1704

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