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AFEHC : articulos : Los indígenas en las áreas fronterizas de Costa Rica durante el siglo XIX. : Los indígenas en las áreas fronterizas de Costa Rica durante el siglo XIX.

Ficha n° 1721

Creada: 29 septiembre 2007
Editada: 29 septiembre 2007
Modificada: 27 agosto 2012

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Autor de la ficha:

Juan Carlos SOLÓRZANO

Editor de la ficha:

Coralia GUTIéRREZ ÁLVAREZ

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Los indígenas en las áreas fronterizas de Costa Rica durante el siglo XIX.

Este artículo estudia la situación de los indígenas que habitaban los territorios que quedaron al margen de la colonización hispánica durante el transcurso del siglo XIX. En primer lugar se analizan cuáles fueron dichos territorios y las razones por las cuales éstos no fueron sometidos al dominio de los españoles, e igualmente cuál fue la situación allí predominante en los años finales de la época colonial. Posteriormente se analizan las transformaciones ocurridas en los primeros cincuenta años después de la Independencia. Por último, el artículo se concentra en la segunda mitad del siglo XIX cuando ocurrieron los principales cambios en las áreas fronterizas de Costa Rica. Se estudian dos procesos simultáneos que tuvieron efectos negativos en las poblaciones indígenas habitantes de las áreas fronterizas de Costa Rica. Uno de orden político, consecuencia de la conformación del nuevo estado-nación, el cual deseaba ampliar su soberanía y legitimar su dominio sobre todo el territorio de Costa Rica. El otro fue el avance colonizador de la población del interior del país, cuyos habitantes comenzaron a emigrar en busca de nuevas tierras. Para el análisis histórico se recurre exhaustivamente a las fuentes documentales del siglo XIX y a los informes de viajeros que dejaron su testimonio de la situación en las tres regiones estudiadas.
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Palabras claves :
Indigenas, Territorios, Frontera, Estado-nación
Autor(es):
Juan Carlos Solórzano F.
Fecha:
Septiembre de 2007
Texto íntegral:

1

Introducción

2Al terminar la dominación colonial, en gran parte de Hispanoamérica, la desaparición del estado colonial dio lugar a un largo período en el que el desmantelamiento de la organización estatal colonial no dio paso al surgimiento de un orden político, social y económico, sino que predominó un vacío de poder y de inestabilidad que en muchas ocasiones desembocó en franca violencia social. En el caso de Costa Rica no parece que la transición de la organización de la estructura colonial hacia un régimen estatal haya sido, al principio, de gran confilictividad política o social. Así, la estructura de poder que se había establecido desde la Constitución de Cádiz en 1812 se basaba en los Ayuntamientos de las ciudades de Cartago, San José, Heredia y Alajuela. Hacia 1824, con la implantación de las instituciones de un estado en formación se modificó el sistema de poder político heredado del período colonial.

3 La adaptación de la Constitución Federal, de corte liberal, planteó una nueva visión de la estructura de la propiedad de la tierra, tanto la integrada al ecúmene de origen hispánico, como la situada fuera de ésta, pero al interior de las fronteras jurídico-políticas del estado. Estos territorios fueron considerados como “baldíos” y el estado se interesó en que fueran apropiados tanto por los nacionales como por inmigrantes extranjeros. La política agraria del estado liberal buscaba la apropiación privada de la tierra rompiendo con el esquema colonial que mantenía las tierras baldías como una reserva real no apropiada y de acceso restringido1.

4 Por otro lado, el nuevo estado planteó una concepción radicalmente distinta de los habitantes del país respecto de la división étnica establecida por el colonialismo español, que separaba a los indígenas con sus “pueblos de indios” de los habitantes españoles y “ladinos”. Para el nuevo estado, todos los habitantes del territorio bajo su soberanía eran considerados “ciudadanos”, independientemente de sus características étnicas.

Los primeros en ser afectados por las nuevas políticas estatales fueron los pueblos de indios del interior del país. En 1826 el estado costarricense decretó la posibilidad para los ladinos de solicitar tierras de las comunidades indígenas si vivían dentro de los linderos de las tierras comunales de dicho pueblo. Se inició así un conflicto que enfrentó los cabildos de los pueblos de indios con las autoridades del estado y por otro lado los ladinos pudieron despojar a los indígenas de sus tierras2. Más tarde, especialmente a partir de mediados del siglo XIX, los indígenas de las áreas fronterizas sufrirían también las consecuencias de dicha concepción política estatal, si bien en este caso ya no se trataba de acabar con tierras comunales heredadas del período colonial, sino de limitar la autonomía de los grupos indígenas habitantes de territorios que habían llegado al final del período colonial sin ser integrados al ecúmene hispánico.

5 El estado trató de promover la colonización extranjera o costarricense de los territorios de las áreas fronterizas. Con este fin se ofrecieron premios en concesiones de tierras a aquellos que encontrasen rutas que permitieran la comunicación con dichos territorios. Como todos los estados posteriores a la Independencia, el estado costarricense buscaba de esta forma afirmar su soberanía e impedir que los estados vecinos llegaran a apoderarse de esas comarcas. Para ello era necesario integrar a los indígenas como “ciudadanos” sujetos a las mismas leyes que los demás habitantes del país, lo cual implicaba acabar con su cultura distintiva. Igualmente, las tierras habitadas por ellos, al ser consideradas “baldías” quedaron abiertas a la usurpación por parte de nacionales y extranjeros.

La situación de los indígenas en los territorios fronterizos al término del período colonial

6En Costa Rica colonial, la dominación de los españoles quedó limitada al interior del país y sus prolongaciones hacia los puertos del Atlántico y del Pacífico y las rutas que vinculaban Cartago a Nicoya, Nicaragua y Panamá. Dos grandes territorios quedaron al margen de la dominación colonial: Talamanca y Guatuso. Pero dentro del propio Valle Central la ocupación fue reducida. La escasa población inmigrante y los pocos pueblos de indios disponibles para los encomenderos limitaron la expansión del ecúmene hispánico.

7 La frontera comenzaba donde terminaba el ecúmene hispánico. El límite al norte, por el atlántico, lo constituía el agreste terreno que se extiende a partir de las laderas orientales de los volcanes Barva y Poás, hasta el río San Juan, límite con Nicaragua. La última población hacia esta región era el pueblo de indios de Barva. Estos últimos siempre mantuvieron comunicación con los habitantes indígenas insumisos de las regiones de las llanuras del norte. Por el lado del Pacífico, el dominio hispánico se mantuvo desde Nicaragua, pasando por la Alcaldía de Nicoya, banda oriental del Golfo (incluyendo lo que hoy día es Liberia, Cañas, Bagaces hasta Esparza).

8 La frontera hacia el sur quedó delimitada en la vertiente atlántica con los pueblos de misión de Orosi, Atirro y Tucurrique (de Tuis y Pejivaye, antiguos pueblos fundados por los misioneros, sus habitantes fueron llevados a Orosi). Por el lado de la vertiente del pacífico se mantuvieron los pueblos de misión de Boruca y Térraba, los que marcaban el límite con los pueblos de misión de los jesuitas, procedentes de Panamá.

9 En la región de Talamanca alternó la resistencia violenta contra el agresor español con la búsqueda de protección en los pueblos de misión de los frailes. Dados los trastornos provocados por las incursiones militares de los miskitos en busca de indígenas para llevarlos como esclavos a Jamaica, algunos trataron de encontrar protección en los pueblos de misión de los frailes e inclusive aceptaron trasladarse desde la vertiente del atlántico hacia la región del pacífico sur. Este fue el caso de los terbis, quienes desde finales del siglo XVII sufrieron las exacciones de las expediciones de captura de esclavos indígenas organizadas por los miskitos y sus socios mayores, los ingleses de Jamaica. Originalmente, los terbis ocupaban la isla de Tójar y territorios costeros de la región de la Bahía del Almirante, pero aceptaron trasladarse hacia Térraba y Cabagra. Aún en las primeras décadas del siglo diecinueve se presentaron grupos de indígenas en el Valle de Matina solicitando resguardo al Comandante destacado en dicho lugar.

10 En el pueblo de Orosi los frailes lograron establecer con relativo éxito su modelo de “pueblo de misión”, implantado en la misma época de manera exitosa en los confines septentrionales del virreinato de la Nueva España (México actual). El pueblo de Boruca, en la zona del pacífico sur, fue controlado por los frailes observantes. En los pueblos de Boruca y Orosi, los indígenas modificaron su cultura ancestral pero recrearon sus mecanismos de identidad con el fin de adaptarse a las presiones de la sociedad dominante3. En dichos pueblos muchos indígenas perdieron su lengua original y adoptaron el Castellano como lengua hablada comúnmente. Sin embargo, no puede afirmarse que tal situación constituyera una total pérdida de su identidad cultural pues mantuvieron su distinción del resto de la sociedad hispánica en su comportamiento.

11 Las regiones de Talamanca y Guatuso, durante el período colonial, constituyeron áreas de refugio para las poblaciones indígenas que no fueron sometidas a la dominación hispánica. En el caso de Guatuso no hubo mayor intervención de los hispanos, con excepción de dos entradas militares para capturar indígenas y llevarlos hacia el Valle Central y Valle de Matina, en 1640 y 1666 respectivamente. Por el contrario, Talamanca fue objeto de la constante intervención del poder español con el fin de expandir su control hacia las regiones del Atlántico y del Pacífico sur.

Talamanca

12Talamanca fue objeto de incursiones militares y de expediciones y fundación de “pueblos de misión”. El atractivo de Talamanca lo determinó su riqueza en productos, su cercanía a Portobelo (puerto atlántico de Panamá y centro neurálgico de las comunicaciones entre España y Perú), la existencia de supuestos yacimientos auríferos y el gran número de habitantes indígenas.

13 La historia de Talamanca está jalonada de episodios de rebelión indígena, tanto contra las expediciones militares como contra los frailes con su política de fundación de reducciones de población en los pueblos de misión. De esos episodios, el más violento y el que tuvo consecuencias en el mantenimiento de la soberanía indígena, fue la destrucción de la ciudad española de Santiago de Talamanca (cerca del actual Puerto Viejo, en Limón) en el año de 1610. Ese acontecimiento obligó a los españoles a retirarse a Cartago y olvidarse del proyecto de establecer un asentamiento en la región del Atlántico sur.

14 En el siglo XVIII dos rebeliones pusieron en retroceso el avance misional de los frailes recoletos de la orden de San Francisco. La primera, dirigida por los jefes Presbere, Comesala y otros líderes indígenas de Talamanca ocurrió en 1709. Como consecuencia murieron dos frailes, dos soldados y la mujer y el hijo de uno de ellos y se incendiaron las catorce capillas o pequeñas iglesias edificadas por los frailes misioneros. La “rebelión de Presbere” marcó el retroceso y estancamiento de las misiones franciscanas. No obstante, hacia mediados del siglo XVIII, los frailes nuevamente incursionaron en Talamanca, acompañados de columnas de soldados, e iniciaron el traslado de algunos grupos indígenas que habitaban cerca de la región de las Bocas del Toro (los Terbis o Térrabas) hacia la región del Pacífico sur. Con dichos indígenas fundaron tres pueblos de misión en este territorio: Térraba, Cabagra y Guadalupe. Después de la fundación de los dos primeros, en 1761, exasperados los indígenas que habían escapado a los traslados de los franciscanos, los “terbis del norte”, cruzaron la cordillera y cayeron sorpresivamente sobre los pueblos de Térraba y Cabagra. El primero se mantuvo, pero huyeron con los atacantes los 200 indígenas que habían sido concentrados en Cabagra.

15 Al llegar a término el período colonial encontramos que el sistema de misiones había cosechado éxitos a medias. Si bien en la región de Talamanca los frailes españoles tuvieron que retirarse, al menos mantuvieron los pueblos de Atirro, Tucurrique y más tarde Tuis y Pejivaye. Sin embargo, solo en el pueblo de Orosi pudieron los frailes desarrollar un verdadero pueblo de misión, es decir más cercano al ideal de pueblo promovido por el colonialismo misional. Este pueblo, que originalmente estuvo poblado de indígenas huetares, prácticamente se extinguió desde finales del siglo XVI. Pero a mediados del siglo XVIII fue repoblado con indígenas traídos de Talamanca. Gracias al control de Orosi, Atirro, Tucurrique y Pejivaye, los frailes franciscanos mantuvieron un pie en la puerta de entrada a Talamanca. A ese territorio ingresaban anualmente llevando diversos productos que eran bien recibidos por los indígenas. Mientras los frailes llevaban hachas, machetes, palas, reses, cerdos y perros con el fin de granjearse la confianza de los indígenas, estos obtenían aquellos productos que les eran de gran utilidad para sus labores agrícolas, así como completar su alimentación con un “hatillo de ganado”, es decir unas pocas reses, cerdos, así como perros empleados para cazar, animales que les suministraban los frailes. Sin embargo, el éxito misional no fue sino precario y al final, derrotados por la resistencia indígena que no permitió más que el desarrollo de un intercambio a fin de proveerse de dichos bienes, los frailes abandonaron Talamanca. Así los chamanes y guerreros indígenas lograron mantener su preeminencia en las sociedades indígenas en la medida en que defendieron los intereses de su gente. En este sentido, las diversas comunidades indígenas de Talamanca y Guatuso desarrollaron particulares mecanismos de defensa a fin de enfrentar la agresión proveniente del frente de colonización hispánico4.

El Pacífico sur

16En la región del pacífico sur dos pueblos lograron mantenerse como pueblos de misión: Boruca y Térraba. El primero había sido fundado desde el siglo XVII por los frailes franciscanos observantes, quienes estuvieron activos desde finales del siglo XVI y durante casi todo el siglo XVII. Por el contrario, Térraba fue fundado por los frailes franciscanos recoletos, los más activos en el siglo XVIII. Gracias a la existencia de una vía de comunicación terrestre entre Orosi y Térraba, Orosi constituía el punto de avanzada hacia el Pacífico sur y Talamanca. Orosi entonces era un puesto de frontera entre el ecúmene hispánico en el Valle Central y el territorio donde los frailes establecieron estos pueblos de misión. De esta forma Boruca y Térraba se constituyeron en los únicos pueblos indígenas donde los frailes lograron instaurar más firmemente su dominio. Los indígenas de Boruca inclusive ya eran capaces de recibir la doctrina en lengua Castellana, signo del alto grado de influencia cultural española entre los habitantes de dicho pueblo. Respecto de Térraba, si bien los frailes los controlaban, la única lengua hablada por los indígenas de dicho pueblo era el terbi.

17 En suma, al término del período colonial, la iglesia, por intermedio de la orden franciscana mantenía la presencia hispánica en los territorios fronterizos. Llegó la Independencia y no ocurrieron modificaciones de importancia en esos territorios. En 1829 el Congreso Federal dominado por los liberales decretó la extinción de las órdenes religiosas en Centroamérica, con excepción de la “nacional” orden de los Bethlemitas. Las parroquias a cargo de las órdenes religiosas debieron pasar a manos de clero secular. No obstante, dada la inopia de curas seculares, simplemente se mantuvo a los frailes a cargo de las parroquias de Orosi, Boruca y Térraba. Tal situación prevaleció hasta el año de 1846 cuando finalmente las órdenes religiosas tuvieron que poner término a su presencia en estas tres poblaciones. Se inició de esta forma una época de inestabilidad en esos territorios pues el estado designó a diversos sacerdotes para que se hicieran cargo de las parroquias, pero hubo años sucesivos en los que ningún sacerdote se hizo presente en tan lejanas parroquias. Tal situación solo cambiaría con la política desarrollada por el obispo Thiel, a partir de la década de 1880, de reforzar la presencia de la iglesia en las zonas fronterizas.

Los Guatusos de las llanuras del norte

18Los indígenas que asumieron la posición más radical y más de rechazo a los españoles fueron los botos o guatusos, quienes ocupaban un espacio territorial en las llanuras contiguas a los ríos Zapote y Frío, los que desembocan en el lago de Nicaragua y río San Juan. Este grupo adoptó la estrategia de evitar todo contacto con los españoles. Dicha posición se apoyó militarmente en el empleo de grupos de diestros flecheros, así como tender trampas a fin de enfrentar las incursiones de procedencia hispánica. Las descargas de los flecheros mataban al enemigo a la distancia, evitando así el combate cuerpo a cuerpo con los soldados españoles armados de fusiles y sables5.

19 A mediados del siglo XVIII, los misioneros recoletos también se interesaron por reducir la población de los indígenas botos. En esos años, se empezó a mencionar a estos indígenas con el nombre de “indios guatusos”. En 1750 el cura Pedro Zepeda se había internado en el territorio de estos indígenas por el lado de Tilarán, reportando la existencia de más de 500 ranchos6. En el año 1756, los frailes José Miguel Martínez y José de Castro ingresaron en este territorio con 18 soldados y oficiales, pero se devolvieron luego de encontrar evidencias de la presencia de numerosos indígenas hostiles a los españoles7. Varios de los participantes en dicha entrada mencionaron que estos indígenas vivían internados en la región de “la montaña de Guatusa”, pero que en verano salían para pertrecharse “de la fruta del coyol y algunas reses que pueden rapiñar”. También quedó evidenciado que indígenas de los pueblos de Barva y de Pacaca, con frecuencia ingresaban en la región y que entre los guatusos vivían indígenas ladinos, es decir, que procedían de los pueblos del Valle Central, pero que habían huido hacia esta región a fin de escapar del dominio de los españoles8.

20 En 1762 el padre recoleto Pedro de Zamacois entró con el cura de Esparza, José Francisco Alvarado, pero aparentemente no pudieron hacer contacto con los indígenas9. Entonces el padre fray Antonio Jáuregui, presidente de las misiones de Propaganda Fide y residente en el pueblo de Orosi decidió enviar a algunos indígenas del pueblo de Orosi a explorar dicho territorio10. Algunos años más tarde fray Tomás López determinó ir con indígenas de dicho pueblo, e ingresó por el sitio de Poás pero no pudo descubrir rastro alguno de los indígenas. Falto de provisiones se devolvió pero luego intentó penetrar cruzando por el volcán Orosi. En esta ocasión encontró una treintena de indígenas quienes le informaron que cerca de la cabecera del río Frío se encontraban cinco poblaciones de guatusos. En 1782 fray Tomás López llevó a cabo otro intento, ingresando por el volcán Tenorio. Permaneció en la región tres meses, donde descubrió tres ríos caudalosos, pero se vio detenido por numerosos pantanos, razón por la cual se devolvió[11]. Intrigado por los informes recibidos sobre los indígenas guatusos, el obispo de Nicaragua y Costa Rica, Esteban Lorenzo de Tristán , se decidió a explorar personalmente este territorio. Tristán se hizo acompañar por varios sacerdotes, entre ellos Francisco de Alvarado, cura de Cartago y fray Tomás López, cura del pueblo de San Francisco de Térraba. La exploración empezó el 20 de febrero de 1783. Luego de dos semanas de explorar el río, las embarcaciones localizaron una choza con tres pescadores, los cuales salieron huyendo. Aunque el fraile Tomás López les llamó, los fugitivos no le hicieron caso. Entonces decidió enviar una de las canoas con cuatro frailes río arriba. En una vuelta de la corriente sorprendieron a un indígena en una balsa quien, al ver a los españoles, saltó a tierra y escapó entre unas plantaciones de cacao. El fraile López lo siguió acompañado de tres intérpretes de Solentiname. Entonces el indígena empezó a gritar y al instante surgió un numeroso grupo de guatusos quienes atacaron con sus flechas a López y a sus acompañantes. Los intérpretes indígenas, aunque heridos algunos, lograron escapar, pero al fraile López no se le volvió a ver por lo que supone que murió a manos de los guatusos. Al enterarse de lo ocurrido, el obispo Tristán decidió regresar a Nicaragua y abandonar la empresa12.

21 Es probable que en las expediciones llevadas a cabo antes de la organizada por el obispo Tristán, los frailes hayan establecido contacto con otra tribu indígena, no propiamente de guatusos. En el siglo XVIII, en las llanuras de la vertiente norte de Costa Rica, vivían dos tribus distintas, una asentada en las márgenes del río Zapote y otra en las del río Frío y sus afluentes. Para los españoles ambas eran consideradas como una sola y las designaban con el nombre de guatusos. Pero en 1930, Conzemius demostró que estas tribus hablaban distintos idiomas, Rama (del grupo Chibcha-Arauco) la del río Zapote, en tanto la que habitaba en las cercanías del río Frío, hablaba la lengua conocida con el término de guatuso. Algunos investigadores consideran que los contactos anteriores al incidente de 1783 se efectuaron con los indígenas Rama del río Zapote, tribu hoy día extinta13.

Las zonas fronterizas y las poblaciones indígenas durante las primeras décadas del período republicano14

22Hasta mediados del siglo XIX no hubo alteraciones significativas para los habitantes indígenas que ocupaban los territorios fronterizos de Costa Rica. Se mantuvo la autonomía indígena en Guatuso y Talamanca, lo que fue en gran medida resultado de la falta de atractivo de dichos territorios para los habitantes del interior del país, los que eran pocos y apenas si comenzaban a ocupar diversas comarcas en la región del Valle Central.

23 En la década de 1820 el estado de Costa Rica incentivó con premios la búsqueda de rutas o caminos que permitieran el enlace de dichos territorios con el interior del país. Se buscó igualmente el otorgamiento de tierras. Pero poco fue lo que se logró en dichos años. Al principio hubo entusiasmo por abrir dichos territorios a la explotación colonizadora. Resultado de ello fue la organización de expediciones hacia las llanuras del norte.

24 A partir de la década de 1840, con la expansión del café en el interior del país todas las energías de los campesinos se volcaron sobre las tierras fértiles del Valle Central. En esta etapa, fueron los pueblos de indios del interior del país los que vieron perdidos sus predios y cercenados sus derechos heredados del período colonial frente al “ apetito voraz del capitalismo agroexportador15 ”. Al final del siglo XVIII, la población de Costa Rica se componía de unos 50.000 habitantes, en su mayor parte concentrados en el Valle Central. Su número era apenas suficiente para generar la expansión económica que se gestó en torno al café. Solo a partir de mediados del siglo XIX aumentó la presencia de foráneos en la región indígena de Talamanca.

25 Acostumbrados los indígenas de Talamanca a apertrecharse con bienes de procedencia hispáncia (especialmente machetes y hachas de hierro que suministraban los frailes), fueron ampliando los intercambios con los individuos que ingresaban a sus territorios. Algunos indígenas se trasladaban hasta Orosi y aún a Cartago a ofrecer las “pieles de tigre” y otros productos como el cacao y la zarzaparrilla. En ese sentido aprovecharon las nuevas circunstancias en las que se podía comerciar más y al mismo tiempo los frailes no volvieron con los soldados como lo habían hecho durante todo el siglo XVIII.

26 En Guatuso no fue sino hasta la década de 1860 cuando los indígenas sufrieron la agresión armada directa de los explotadores del árbol del caucho, abundante a lo largo de los ríos tributarios del Río San Juan, quienes cometieron grandes depredaciones y asesinatos en la población indígena. En el pacífico sur, con la partida de los últimos frailes, en la década de 1840, aumentó la presencia de foráneos en los pueblos de Boruca y Térraba, así como en algunos puntos de la costa. Algo similar ocurrió en la costa del Caribe con la llegada de algunas familias miskitas que se asentaron cerca de los actuales Cahuita y Puerto Viejo.

La situación de los indígenas en las áreas fronterizas a partir de mediados del siglo XIX

27En la segunda mitad del siglo XIX ocurrieron dos procesos simultáneos que tuvieron efectos negativos en las poblaciones indígenas habitantes de las áreas fronterizas de Costa Rica. Uno fue de orden político, consecuencia de la conformación del nuevo estado-nación, el cual deseaba ampliar su soberanía y legitimar su dominio sobre todo el territorio de Costa Rica. En el caso de Talamanca, la presencia de representantes dotados de autoridad se convirtió en algo vital para el nuevo estado naciente, como consecuencia de las pretensiones territoriales del “rey de los Misquitos” y de la República de Nueva Granada (Colombia). Tropas colombianas ocuparon la región de Bocas del Toro, en tanto que parte de la cordillera de Talamanca y costa del Pacífico al este de Punta Burica cayeron bajo control colombiano primero y panameño después. Las pretensiones del “Reino de la Mosquitia” en la costa central y sur del Caribe solo terminaron con la firma del tratado Clayton-Bulwer, en abril de 1850. Desde mediados del siglo XIX, el estado envió a sus representantes a Talamanca, e igualmente se organizaron pequeñas expediciones de reconocimiento del territorio y sus poblaciones con el fin de levantar información que pudiera ser útil al estado y a posibles inversionistas.

28 El otro proceso fue el avance colonizador de la población del interior del país, algunos de cuyos habitantes comenzaron a emigrar en busca de nuevas tierras dentro de territorios antes solo ocupados por los indígenas. También, a la región de Talamanca y al territorio del Pacífico sur comenzaron a llegar colonos procedentes de la región de Chiriquí. En la región de las llanuras del norte se inició el asentamiento de pobladores procedentes de Alajuela y de Heredia. Estos, si bien numéricamente poco significativos, tuvieron un impacto considerable en la población indígena16. Sin embargo, para los indígenas habitantes de las llanuras del norte el impacto más negativo fue la intromisión de los huleros nicaragüense quienes cometieron grandes depredaciones.

Análisis regional de la situación a partir de mediados del siglo XIX Llanuras del norte

29En la región de las llanuras del norte, los guatusos, lograron mantener su posición de enfrentamiento con los hispánicos hasta mediados del siglo XIX. En 1852, E. G. Squier describió así la situación de los guatusos:

30Una tribu de indios guatusos que no tiene comunicación con los blancos, habita sus riberas (del río Frío) y se opone a todo intento de reconocimiento. Don Trinidad Salazar, excomandante del puerto, trató de explorar el río pocos meses antes de nuestra llegada (1849); pero el sexto día de navegación fue interceptado por un gran número de indios, y después de un recio encuentro – del que salió gravemente herido – se vio obligado a abandonar la empresa. De boca de él oí más tarde una vívida descripción de la belleza del río (Frío) y de la feracidad de sus contornos17.

31 A fines de 1856, el gobierno de Costa Rica, con el fin de apoderarse por sorpresa del castillo del río San Juan, en la lucha contra William Walker, envió una pequeña escolta a explorar el terreno y abrir una vereda desde el muelle del río San Carlos hasta el castillo. El jefe de esta expedición compuesta por 20 soldados era don Pío Alvarado. Habiéndose extraviado un poco de su ruta, dieron con una partida de indígenas guatusos, quienes lanzaron un ataque, armados de flechas. Algunos soldados quedaron heridos. Las lluvias y la humedad de los bosques impidieron poder hacer uso de las armas de fuego18. Frantzius describe la escaramuza entre los indígenas y los hombres de la expedición en los términos siguientes:

32El ataque se hizo en forma de falange por unos 80 hombres, que parecían todos jóvenes y que tenían a su cabeza á un jefe que se distinguía por un adorno de plumas. Los demás no llevaban adornos en la cabeza y tenían largos cabellos negros. El color de la piel era amarillento, pero más claro del que acostumbramos encontrar en la generalidad de los indios. Algunos se habían pintado la mitad de la cara con achiote, lo mismo que ciertas partes del cuerpo que estaba enteramente desnudo, con excepeción de las caderas Las flechas tenían como dos varas de largo y estaban hechas de una caña con una punta de una especie de palmera, de madera muy dura (pejiballe); tenían un gancho barbado, pero no estaban envenenadas19.

33 En 1862, von Frantzius afimaba que no se habían establecido aún colonias en los valles de Santa Clara y de San Carlos. Que, de tiempo en tiempo, algunos individuos habían vivido allí, pero no se habían asentado de manera permanente, y que quizás sólo había dos o tres de los diversos colonos que llegaron en la década de 1850. Aunque el gobierno trató, por medio de premios, de dirigir hacia estas llanuras a agricultores costarricenses, la mayor parte de las haciendas que estos fundaron desaparecieron en pocos años, con excepción de 8 o 10 plantaciones de cacao, las cuales casi no daban fruto al momento en que Frantzius escribió su informe (1862). A pesar de que se mantenían dos caminos desde el Valle Central hacia estos territorios, uno hacia San Carlos y otro hacia Sarapiquí, el clima de esas tierras bajas era sumamente nocivo para los habitantes de los valles del centro del país, lo que no favoreció la colonización20.

34 Una década más tarde, los indígenas Guatusos sufrieron los embates de los huleros procedentes de Nicaragua, quienes ingresaban desde el río San Juan hacia el río Frío en busca de los árboles de caucho. Fue precisamente en la década de 1860 cuando el hule natural vulcanizado se convirtió en una materia prima esencial para empaques, correas, neumáticos, así como para los parachoques de carros de ferrocarril y poco más tarde para aislantes de cables. Se produjo una gran demanda de hule y Centroamérica fue una de las regiones que de manera más rápida respondió a dicha demanda. Debido a su cercanía del mercado norteamericano y a la abundancia de árboles de caucho en los bosques lluviosos, se produjo un florecimiento, por parte de pequeños y grandes empresarios, de la actividad de extracción de látex y de su exportación hacia los Estados Unidos. Así, por ejemplo, en la región sudoccidental de Costa Rica los indígenas recolectaban hule y zarzaparrilla y la intercambiaban en Puerto Limón por armas de fuego y herramientas de metal. No obstante, fue Nicaragua el principal exportador de caucho de la región centroamericana en la década de 1870 y la mayor concentración de los árboles de hule se situaba en la cuenca del río San Juan y en la parte baja de los demás ríos que corren hacia el Atlántico21.

35 Cuando los árboles en las regiones más accesibles del bosque se agotaron, los colectores penetraron cada vez más profundamente, remontando el río Frío. Los indígenas Guatusos les atacaron, pues los huleros destruían los árboles de caucho, cuya corteza les servía para vestirse y la goma para alumbrarse por la noche. Por lo general los huleros iban bien armados con escopetas de dos cañones, por lo que pudieron con relativa facilidad derrotar a los indígenas, armados solamente de lanzas, arcos y flechas de madera, obligándolos a abandonar los ranchos y plantaciones que tenían en la parte baja y en los afluentes inferiores del río Frío. Los indígenas, con gran pérdida de vidas huyeron hacia la parte superior de dicho río22. Según el viajero Thomas Belt, quien cruzó el río San Juan en 1873, los indígenas se encontraban tan atemorizados ante las armas de fuego que: “a la primera aparición de un bote por el río, abandonan sus casas y corren a la selva en busca de refugio”. Igualmente señala que los indígenas guatusos tenían gran cantidad de cultivos de banano, pues esta fruta y la pesca en el río Frío constituían su principal alimento. Estos indígenas vivían en grandes cobertizos abiertos a los lados y techados con palma “suta”. Varias familias ocupaban la misma casa o rancho. Según su testimonio, los huleros no dudaban en robar a los indios: “Los huleros saltan a la ribera y se apoderan de todas las cosas que los pobres fugitivos han dejado atrás” así, “ cuerdas hechas de fibras de bromeliáceas, anzuelos de huesos y utensilios de piedra23 ”.

36 En 1881 el obispo de Costa Rica, Bernardo Augusto Thiel ingresó a la región de los Guatusos a fin de investigar la situación de los indígenas. Relata cómo, a causa de la muerte del cacique de los indígenas durante un ataque organizado de los huleros, quedaron los indígenas de Guatuso sin autoridad, viviendo en adelante en diferentes grupos, los unos independientes de los otros.

37 Las consecuencias fueron catastróficas, pues tal como lo consignaron dichos autores, una vez que los huleros quebraron la resistencia unificada de los indígenas, “no encontraron ya dificultad ninguna de internarse en el país de los Guatusos y atropellaron mucho a los indios, faltando principalmente a las mujeres24 ”.

38 Una vez agotado el hule en aquella región, a causa del pésimo procedimiento que se empleaba para su extracción, los huleros nicaragüenses se vieron en la necesidad de abandonar este negocio, pero no se fueron. Por el contrario, se dedicaron a otro negocio que les resultó rentable: la caza y captura de mujeres, niños y niñas de los indígenas guatusos, para venderlos en las poblaciones de Nicaragua, como esclavos con asesinato de los padres, maridos o parientes que se atrevieran a defender a sus hijos, mujeres, hermanos o parientes. También practicaron el robo y saqueo de sus habitaciones. Como ya a finales del siglo anterior lo consignaran diversos autores, el tráfico de esclavos existió durante varios años a vista y paciencia de los gobiernos de Costa Rica y Nicaragua, a pesar de las reclamaciones que de tiempo en tiempo hacía la prensa25. Según León Fernández:

39Vendedores y compradores de indígenas se excusaban con hacer un servicio a la religión y a la civilización, salvando estas almas de una segura condenación y enseñándoles las costumbres de la gente civilizada de Nicaragua; pero la verdad es que el vendedor obtenía un buen precio, de treinta a cincuenta pesos, y el comprador se hacía de un esclavo, disfrazado con el nombre de sirviente, por muchos años y sin salario. Hoy día (1881), existen cerca de trescientos de estos indios vendidos en diversas poblaciones de Nicaragua; y aunque el año pasado se presentó una reclamación al gobierno de Costa Rica acerca de esto, el secretario de relaciones exteriores, doctor don José María Castro, por razones que él y algunas personas de Nicaragua no ignoran, hizo poco caso de la reclamación; y el tráfico de esclavos habría continuado, a no ser por los esfuerzos y actividad de nuestro (...) obispo de esta diócesis, don Bernardo Augusto Thiel26.

40 Según el obispo Thiel, los huleros se llevaron más de 500 indígenas, de los cuales más de la mitad sucumbieron a consecuencia de los maltratos y del cambio de clima. Añade:

41Ahora que el hule ya comienza a escasear, el tráfico de carne humana ha tomado algún incremento. Los indios están atemorizados. No tienen ni armas para defenderse contra los huleros nicaragüenses, ni más lugar seguro en su territorio, sea para sí, sea para sus hijos. Los grandes palenques que antes tenían y en los cuales vivían con toda comodidad, los han abandonado, retirándose a los bosques y viviendo en chozas pequeñas. Un gran número de ellos ha muerto en los últimos años, especialmente en los meses de lluvia, porque, expuestos a todas las variaciones del clima, sin tener casas en que vivir, han sucumbido pronto a las calenturas y fiebres27.

42 Uno de los indígenas que capturaron los expedicionarios bajo la dirección del obispo Thiel, dio el siguiente relato de lo que significaba encontrarse bajo el terror de los huleros nicaragüenses:

43Que un hulero le había matado a su padre: que su padre estaba cortando un árbol de hule del platanar que le pertenecía, con el fin de hacer de la corteza un vestido, cuando uno de los huleros se acercó secretamente y le partió de un machetazo la cabeza; que todos se veían obligados a huir al monte al acercarse los huleros, dejando sus casas y sus provisiones y viviendo de raíces, de palmitos y pacayas; que los huleros les habían robado muchísimos niños; que además muchos niños habían muerto en la montaña huyendo de los huleros, y que unos habían sido devorados por los tigres, y otros habían muerto mordidos de culebras; que además muchos hombres y mujeres ya grandes, habían muerto a consecuencia de las enfermedades de los invasores28.

44 De acuerdo con el relato del viaje realizado en 1881 por el obispo Thiel en compañía de León Fernández, el fuerte de San Carlos de Nicaragua era empleado como depósito para encerrar a los indígenas que capturaban los huleros en sus incursiones en los palenques de los guatusos. En ese año, Thiel y Fernández señalan que “había más de sesenta en el fuerte de San Carlos”, lo que pone en evidencia que en el tráfico de esclavos se encontraban involucradas las autoridades del estado de Nicaragua29.

45 A finales del siglo XIX, el viajero alemán Karl Sapper visitó varias regiones de Costa Rica, y en su relato nos da detalles de cómo había cambiado la situación de los indígenas guatusos, como consecuencia de las acciones de los huleros, dice:

46Todavía, hace cuarenta años, eran temidos los indios guatusos como pueblo aguerrido, y podían rechazar los ataques armados de los huleros nicaragüenses, pero cuando estos últimos, hace unos treinta años, se unieron en gran número, y en una batalla en regla cerca de la desembocadura del riachuelo “Chincheritas” hubieron muerto al cacique de los Guatusos, se agotó la resistencia de estos indios y siguió para ellos una época de miseria, y fueron obligados a ser tributarios con su trabajo de los huleros nicaragüenses, y al mismo tiempo despojados por éstos de sus víveres, de sus hijos y de sus haciendas30.

47 Este autor también se asombró al encontrar una gran piedra cubierta de esculturas, situada en el camino entre los palenques de Margarita y Tojibar, la cual dice, si bien no estaba bien conservada, “da sin embargo claro testimonio de la alta cultura que antes poseían los guatusos, ahora tan decaídos31”. Ya otros testimonios anteriores dan cuenta de la importante población que debió existir en esta región, pues mencionan la existencia de antiguos caminos en la selva y de “calles empedradas”, como la que se indica en un documento del año de 1827, concretamente: “vestigios antiguos de una calle empedrada que se halla en el paraje llamado Potrero Cerrado32...”.

48 Los huleros causaron una gran destrucción en las poblaciones de los guatusos. Thiel y Fernández pudieron aún ver los palenques recién abandonados a causa de las incursiones de saqueo y muerte de los huleros. Transcribimos algunos párrafos para así poder darnos cuenta del ingenio de los indígenas para vivir en dichas tierras:

49(...) Encontramos redes grandes, canastas llenas de guacales, ollas de una vara de alto enterradas hasta la mitad; algunas bien tapadas llenas de chicha de plátano maduro; otras muchas ollas apenas secas y no quemadas todavía; en cada fogón palos para sacar fuego, flechas,arcos, machetes de madera y mil otros utensilios e instrumentos de los indios y algunas hamacas bien trabajadas…Todos estaban admirados de la laboriosidad de los indios, que se nota especialmente en el modo de hacer el techo de los ranchos, fabricado con hojas de cola de gallo; los tres palenques tenían una extensión de veinte varas en cuadro; se contaban como veinte fogones (...) deducían que igual número de familias debían vivir en estas casas; están rodeadas de grandes plantaciones de yucas, plátanos, maíz y caña de azúcar33.

50(...)Encontramos en este palenque todas las diferentes armas de los indios: sus plumajes, los remedios que toman, acopio de greda (tiza) que comen en terrones por falta de sal, sus remedios envueltos en hojas, los instrumentos para la labor de la tierra, como macanas, machetes de madera para cortar los plátanos, tabacos secos (...) algunos machetes de hierro quebrados, que los indios probablemente habían robado a los huleros, y, para que estos sirvieran para dos los habían partido (...) Los platanares los trabajan los indios en común, reuniéndose de cuartenta a cincuenta indviduos. Se dividen en dos partidos (...) Su comida la hacen los hombres; esta consiste en plátanos cocidos o asados, yucas, maíz tostado, carne de monte y frutas; sus bebidas son chichas de maíz y plátano maduro, de yuca y de pejiballe, y la machaca que toman a cada hora(...) Encontramos en este día mucha caña de azúcar de cinco varas de alto, y arbustos de algodón34.

51 Gracias a este mismo testimonio es posible saber del tipo de ranchos más pequeños que empezaron a utilizar los indígenas una vez que abandonaron los grandes palenques:

52 bq. “Unos diez ranchos pequeños, hasta treinta fogones, la mayor parte encendidos; gran acopio de plátanos, maduros y verdes, y hamacas35 ...”.

53 En 1885 se levantó una información en Cañas con el fin de averiguar la situación en la región de Guatuso. Se tomó declaración a un hulero de origen hondureño, avecindado en dicha villa, quien dio cuenta de las depredaciones de algunos de los huleros que invadían las tierras de los indígenas. Según manifestó, encontrándose en dicho territorio Guatuso en compañía de otro individuo, recibió la visita de un indígena que vino a solicitarle auxilio a fin de capturar a tres individuos nicaragüenses que:

54(…) .desde hace seis meses los vejan y violentan de todos modos: ya quitándoles sus provisones, ya abusando de sus mujeres y desflorando sus doncellas: que como ellos se oponen a que cometan semejantes actos, aquellos hacen uso de sus machetes y los hieren y maltratan con ellos tanto a los varones como a las mujeres que se niegan a ellos abusando de ellas por la fuerza36.

55 Según el testimonio del declarante, los indígenas habían decidido organizarse a fin de enfrentar a los huleros. Con ese fin 200 indígenas se habían congregado armados de sus arcos y gran número de varas arrojadizas. Resulta interesante este testimonio pues nos indica como unos pocos individuos con armas de fuego eran capaces de imponer el terror entre comunidades indígenas dotadas exclusivamente de armas de madera. Diversos autores han destacado cómo en el siglo diecinueve, con la invención de los cartuchos con fulminante, un sólo hombre armado de fusiles o pistolas de este tipo, era capaz de acabar con una aldea completa donde sus defensores disponían solo de armas de madera y piedra37. Aunque una partida de 150 indígenas, apoyados por algunos vecinos de Bagaces, emprendieron la persecución de los malhechores, éstos lograron escapar. Ese mismo año, enterado de las tropelías de los huleros, el gobierno decidió enviar una escolta de soldados a fin de poner freno “a los atropellos y persecuciones” de que eran objeto los indígenas. Sin embargo, desconocemos si efectivamente dichos soldados fueron enviados hacia Guatuso. En todo caso, parece ser que la captura de indígenas no mermó por lo que continuó el descenso de las poblaciones de los guatusos38.

56 Después de dos décadas de depredaciones causadas por los huleros, los guatusos se mantuvieron como un pequeño grupo diferenciado culturalmente del resto de la sociedad de origen hispánico. Empezando por su ubicación geográfica, que quedó restringida a una pequeña porción de las llanuras del mismo nombre, entre los ríos Frío y Kutria o Cutrís. Hoy día se les denomina malekus, que es el nombre que los indígenas se dan a sí mismos, en oposición al término de guatusos que es el que los foráneos nicaragüenses y costarricenses le dieron a partir de la segunda mitad del siglo XVIII.

57 En 1882, en un documento se menciona al Palenque Margarita como el más grande y más concurrido de todos, “considerándose como el punto principal de sus fiestas y reuniones”. Se indica que un ministro protestante se había instalado en dicho palenque (al igual que un campamento de protestantes), a la vez que la iglesia católica, por medio de varias visitas realizadas por el obispo Thiel, intentó vincular los indígenas al ecúmene ladino. Según la descripción de la región realizada por José Daniel Carmona en 1897,

58por insinuación del Ilustrísimo señor Obispo, empiezan ya a traer a nuestro interior pocas cantidades de cacao, que el mayordomo de Su Señoría vende en el mercado empleando su precio en machetes, fusiles y demás cosas, que ellos tanto necesitan39.

59 Carmona contabilizó 11 de estos palenques en los que se agrupaban 267 indígenas, con una gran desproporción entre hombres y mujeres, ya que se contaron 132 varones 70 mujeres y 65 niños. Igualmente, en ocho de los palenques se contaron 298 sepulturas recientes, lo cual indicaba la alta mortalidad de los indígenas, por enfermedades o a manos de los huleros. Ese mismo informe señala que solo cien años antes, los indígenas vivían en cinco pueblos numerosos y sumaban hasta poco tiempo atrás más de dos mil, pero debido a la dispersión provocada por los huleros se habían distribuido en pequeñas poblaciones, los denominados palenques40.

60 A principios de la década de 1920, se llevó a cabo una visita por parte del obispo y el gobernador de la provincia de Alajuela a la región de las llanuras del norte, de la cual Amado Céspedes Marín, enviado como fotógrafo y corresponsal por el diario de Costa Rica, escribió una crónica41. Para esos años y de acuerdo con dicha crónica, los indígenas vivían diseminados en palenques por las orillas de los caños afluentes del río Frío, en cuyos alrededores sembraban plátano, yuca, maíz, caña, ojoche y cacao. Los palenques existentes eran en ese momento: Margarita, Tojivachaca, Caño de la Muerte, Los Cheles y Savara. Igualmente, un buen número de colonos no indígenas se habían establecido también a orillas del Río Frío en el sitio llamado San Rafael de Guatuso, el cual no era propiamente una población, sino según Céspedes Marín “la reunión de una veintena de fincas cuyos propietarios en su mayor parte son nicaragüenses”. “Cartas y periódicos de Nicaragua los reciben en mucho más abundancia que las tiquicias nuestras42. Esta población superaba los 500 habitantes diseminados en las amplias llanuras sembradas de cacao y bananos. Aún en 1935, un artículo del “Diario de Costa Rica” hacía referencia a las llanuras comprendidas entre los ríos Sapoá y Frío, la cual se había venido poblando, “mediante la formación de fincas de ganado y de cacao.” Según dicho artículo, los indígenas guatusos habían sido víctimas de los huleros y los ganaderos, “que los someten a toda clase de privaciones, apropiándose de su cacao por cualquier cosa43.”

Talamanca

61A mediados del siglo XIX, la leyenda sobre la supuesta riqueza de Talamanca tomó mayores proporciones como consecuencia de publicaciones realizadas por la Gaceta de Costa Rica, según las cuales, en el Cerro de San Mateo, en territorio Cabécar se habían sacado crecidas cantidades de plata en el siglo XVIII. Se indicaba que allí también se encontraban minas de oro. En 1852 Francisco de Paula Gutiérrez viajó a Talamanca, empleando para ello el viejo camino de los misioneros del período colonial. Allí exploró el cerro de San Mateo en busca de vetas de mineral precioso, pero la expedición resultó un fracaso por lo que Gutiérrez abandonó la búsqueda de minas de plata allí y se trasladó hacia una hermosa planicie situada entre los ríos Pacuare y Chirripó, que los indígenas denominaban Sharra, pero que Gutiérrez más tarde la compró al gobierno como baldía y la llamó Moravia de Chirripó. Como no pudo encontrar oro se dedicó a sembrar tabaco en esas tierras, que consideró como suyas44. Años más tarde, en 1893, los beneficiados de Gutiérrez, de hecho don Miguel de Jesús Jiménez y don Ricardo Jiménez, entraron en conflicto con el indígena Francisco López, “cacique de Chirripó”, quien también reclamó las tierras45. Es interesante transcribir pasajes de una carta que los indígenas de Moravia de Chirripó escribieron al presidente de Costa Rica en 1893, en la que exponían su situación:

62Vicente Hernández, Félix Bles, Francisco López, José Ma. Aguilar y Juan Pascual, (...) indígenas puros y naturales del nuevo mundo y vecinos de la tribu de Moravia ante su autoridad suprema venimos sumisos y respetuosos a manifestar: que desde tiempo inmemorial de que vivimos, y como quieran que sean las leyes de indios y el derecho natural nos hacen acreedores a nosotros cinco como a las demás familias de la tribu a que nos referimos que consta algo más de doscientas almas, a tener la tierra necesaria para poblar, cultivar, criar ganado y ejidos que den renta para la educación y necesidades públicas que deben surgir del incremento de nuestra población, venimos a pedir nosotros cinco a Vuestra Excelencia que sirvais acordar que se nos respeten las tierras en que están puestos nuestros palenques y nuestros cultivos y además de esto que se nos conceda, guardando justicia, la legua con que se han agrandado todos los pueblos de la República.(...) En nuestra tribu no hay uno solo que sepa leer y escribir y que toda la tribu no ha podido menos que adoptar el recurso de enviarnos a nosotros a hacer este pedimento, con la fe viva de que Vuestra Excelencia determine lo conveniente para que se nos guarde justicia46.

63 Entre 1855 y 1859 se organizaron otras expediciones, hasta que en este último año el gobierno decidió acabar con los que se decían “desórdenes en Matina y Talamanca”. Matina fue puesta bajo régimen militar y su jurisdicción se extiendió hasta abarcar todos los pueblos de la costa, desde el Tortuguero hasta Bocas del Toro. Si bien el gobierno tenía interés en preservar la soberanía en territorios que habían sido pretendidos por el “Reino Mosquitio” y continuaba la amenaza de Colombia, también deseaba frenar las exacciones cometidas por individuos que ingresaban a Talamanca, quienes con el pretexto de que los indígenas eran unos salvajes los extorsionaban y aún torturaban y mataban. Tres años más tarde era evidente que las cosas no habían cambiado, y los indígenas continuaban sufriendo las depredaciones de malhechores que ingresaban armados a su territorio. En ese sentido, lo que estaba ocurriendo en Talamanca a principios de la década de 1860 se asemejaba a la situación imperante en Guatuso. Fue así como el presidente José María Montealegre, consciente de la necesidad de reforzar la autoridad del estado en la región, comisionó al capitán José Antonio Angulo para que, al mando de un grupo de soldados ingresase en la región de Talamanca47. Angulo fue encargado de ganarse el apoyo de los jefes indígenas, ya que las autoridades del gobierno habían recibido noticias de que en la región se encontraban individuos que alentaban a los indígenas a no aceptar la soberanía del gobierno de Costa Rica. Para esos años había tres jefes indígenas o “reyes”, nombre que probablemente tomaron por influencia de los mosquitios. El principal de ellos, según dijera Gabb, era Chirimo y los otros dos eran Santiago y Lapis. Sobre ellos, un extranjero, aparentemente un mosquitio de nombre Edward Shepherd habría ejercido presión para que los indígenas no aceptaran la autoridad del gobierno de Costa Rica, alegando que dichos territorios pertenecían a Colombia. Este Shepherd era sin duda el personaje mencionado en un artículo periódistico del año de 1846, traducido del inglés y publicado en el periódico “El Mentor Costarricense”, en el cual se informaba lo siguiente:

64su Magestad el último Rey Mosquito, ejerciendo también su derecho de soberanía original y sin reconocer jamás a los Españoles, sino como usurpadores, vendió este inmenso territorio a un Capitán Shepherd y a otros súbditos Ingleses con acuerdo de los Principales de su Nación y con presencia de los documentos de la materia que han sido aprobados por actos subsecuentes de su Majestad Mosquita, reclaman aquellos la validez de este contrato, lo cual no presenta por ningún lado la menor duda, y debemos suponer con sobrado fundamento que el Gobierno de S. M. B. por medio de sus agentes políticos de Bluefields están llenando su deber en establecer los derechos de su Magestad Mosquita, y consiguientemente los reclamos privados sobre su territorio48.

65 El hecho de que los territorios del Caribe sur fuesen disputados por el gobierno colombiano y el Reino Mosquito creaba una situación de inestabilidad en la región, a la vez que la presencia de comerciantes y colonos fueron todos factores que incidieron en las poblaciones indígenas de Talamanca en esos años. En 1828, según un informe, ya se había formado un poblado “compuesto de varias naciones y de quarenta a sinquenta (sic.) casas habitadas por sus respectivos propietarios, cuya pequeña colonia se ha formado dentro de los límites del Estado”. Dicho poblado se había formado sin permiso del gobierno, y según dicho informe: “tienen a su devoción algunas parcialidades de indígenas, que viven en las montañas inmediatas a su establecimiento y que ni unos ni otros reconocen al gobierno del Estado49”.

66 De la lectura de este último párrafo, es posible conjeturar que, ya desde esos años, los indígenas se encontraban bajo la influencia de los grupos de comerciantes ingleses radicados en Bocas del Toro, los cuales, a su vez, se hallaban vinculados a los comerciantes de San Juan del Norte, en Nicaragua. La influencia sobre los indígenas parece ser que se realizaba bajo presión, algo que era característico de los ingleses con las poblaciones nativas americanas con las que entablaban relaciones de intercambio, como con los misquitos de Nicaragua.

67 En 1838 Enrique Cooper dio el siguiente testimonio sobre las poblaciones indígenas de la costa del Caribe y en el que se evidencian las relaciones comerciales establecidas entre los indígenas de Talamanca y los comerciantes ingleses:

68En las inmediaciones de la boca por la orilla del río Reventazón, está el Palenque o Pueblo de los indios Arramas, pescadores que vivían antiguamente en Punta Gorda, al N. de San Juan de Nicaragua, que por causa de una peste abandonaron su País, y han venido a establecerse aquí. Son pezcadores de una índole pacífica, y van a tratar mucho a Matina. (...) En (la) Bahía (Blanca) hay platanares de los indios Biseitas y blancos, que viajan por estos rios a la costa para pescar y tratar. (...) Los indios que viajan este río (La Estrella) son los bizeitas, San José Cabéquer y los Talamancas, todos en el día tribus pacíficas. (...) Esto es lo que se llama Cerranía de Talamanca llena de muchos Pueblos de indios dociles, como los Nortes, los de San José Cabequer, Brivri, los Biceitas y muchos otros Pueblos poco conocidos en Costa Rica: su tráfico principal es a la costa de los Ingleses50.

69 La demanda de cacao, vainilla, cocos y zarzaparrilla alentó la llegada de colonos pobres, que se dedicaban a extraer estos productos, que negociaban con los comerciantes que se instalaban principalmente en puntos de la costa (poblado de Moín, Cahuita, Old Harbor, si bien todos dependientes de los comerciantes ingleses de San Juan de Nicaragua y de Bocas del Toro). Entre los comerciantes que exportaban esos productos, así como entre los colonos y los indígenas estallaron rivalidades de todo tipo. Shepherd presionaba por vincular la región a Colombia, pero otros comerciantes tenían más interés en ponerse bajo la protección del gobierno de Costa Rica. Así, cuando el capitán Angulo llegó al poblado de Coén (en 1861), encontró que había allí “cinco viviendas de familias criollas, alojándose (Angulo) en la del colombiano Mateo Gómez51”. Allí el capitán Angulo desplegó todo un ritual simbólico a fin de legitimar su autoridad y la del gobierno de Costa Rica. Cabe recordar que dicho capitán era militar del Ejército de Costa Rica y venía al mando de una escolta armada. La bandera de Costa Rica fue izada frente a la casa de Gómez a la vez que un escudo de armas fue colocado en la habitación principal. Luego en una comida oficial a la que asistieron los jefes indígenas y un amplio séquito, así como los principales extranjeros, incluído Sepherd, el capitán Angulo, revestido del prestigio que le confería su uniforme de gala, leyó el tratado de 1825 entre el gobierno de Centroamérica y el gobierno de Colombia, por medio del cual quedaba claramente delimitada la región de Talamanca como territorio costarricense, si bien no quedaba decidido a quien pertenecía Bocas del Toro. También, como el mismo Angulo lo afirma: “leíles (...) las penas detalladas (...) contra los desmembradores del territorio costarricense52”.

70 El capitán Angulo escribió un extenso e interesante informe en el cual hay valiosos datos sobre los indígenas de Talamanca y de la situación en la que se encontraban para ese tiempo. Era evidente que se habían agudizado las rivalidades entre diferentes facciones indígenas debido a la influencia y presión que ejercían los extranjeros en los indígenas. También estos extranjeros trataban de ganarse la confianza de los jefes, inclusive corrompiéndoles mediante la distribución generosa de alcohol53. No es de extrañar que dada esta situación, el jefe de los indígenas bribrís, Santiago Mayas, le manifestara su descontento pues, según le informó, en la región diversos individuos, algunos de Colombia y otros de las provincias de Heredia y Alajuela habían cometido “terribles asesinatos54 ”. Los jefes indígenas se comprometieron a llevarle por toda Talamanca, de allí la variada información que transcribe el capitán Angulo. Así, por ejemplo con respecto a las habitaciones de los indígenas escribió:

71(…) de los muchos que habitan juntos en una casa de figura cónica, cuyo techo principia desde el suelo, como un embudo boca abajo, y cuya base (un horcón grueso) sirve para amarrar las hamacas. Ví en una casa que pendían de uno de esos horcones siete hamacas en forma de estrellas(...) Y no se crea que aunque viven juntas muchas familias en una misma casa, los bienes sean comunes, pues tiene cada familia su fogón, sus necesarios de cocina y sus alimentos en (ilegible); teniendo tal respeto por la propiedad, que ninguno toma lo ageno (sic.), y así, el que no tiene alimentos espera el obsequio que necesariamente le ha de hacer cada mujer, que va preparando el de su familia, siendo de tal la costumbre de obsequiarse, que de cualquier plato, por pequeño que sea, ha de repartirse a todos y particularmente al huesped que acaba de llegar a la casa55.

72 El informe de Angulo es igualmente valioso pues aporta datos sobre el carácter depredador que asumió el comercio de los ingleses en las costas del Caribe sur, lo cual contrastaba con el tipo de explotación de los recursos que realizaban los indígenas, quienes tenían el cuidado de no destruir. A continuación incluimos algunos párrafos textuales por lo elocuentes que son de dicha situación:

73(...) extra(en) la leche de hule y la zarzaparrilla que llevan a los puertos de San Juan de Nicaragua y Bocas del Toro; así es que, destruyéndose los árboles y sarzales, porque no observan las reglas, que todos conocen, para aprovecharse de la leche de los primeros y de la raíz de los últimos, ningún bien, ninguna riqueza queda al país. (...) Otro de los productos que destruyen inconsiderablemente los estrangeros, es la tortuga de carey, la cual matan para sacar la concha, sin aprovecharse siquiera la carne y manteca. Los indígenas de la costa de San Blas, del Estado de Panamá a quienes llaman Salvajes, tienen la prudencia económica de quitar la concha a la tortuga y volverla al Mar, castigando severamente a los que las matan. (...) El año pasado, un negro forajido de la Nueva Granada dio la muerte a un indígena de la tribu de Chicas, en Talamanca, por quitarle la playa “Mananita” donde el indígena tenía su choza para velar la salida de las tortugas56.
El carácter depredador quedaba igualmente manifiesto en el trato que dichos individuos daban a sus mujeres. Eran polígamos, algunos con hasta seis mujeres a las que trataban como “animales a quienes hacen cargar los tercios de zarzaparrilla y hasta las maderas y hojas para los ranchos en que se albergan, teniendo sus hijos en la más absoluta ignorancia57 ”.

74 No todos los extranjeros que ingresaron a la región de Talamanca causaron daño a los indígenas. Diversos testimonios dan fe de la buena acción del norteamericano John H. Lyon, originario de la ciudad de Baltimore quien se radicó en Talamanca en 1858 o 1859, se casó con una indígena perteneciente al clan dirigente y llegó a desempeñar gran influencia entre los indígenas talamanqueños. Según el testimonio del capitán Angulo, algunos de los otros comerciantes instalados en Talamanca se habían casado igualmente con indígenas, así por ejemplo el colombiano Mateo Gómez de Coén quien se encontraba casado con una indígena de Boruca, la que había huído de dicho pueblo, “como muchos otros indígenas de ambos sexos (...) para librarse de los horrorosos castigos de azote, conque, aseguran los indios, los regalan los señores curas de almas58...”. Por dicha razón muchos se venían hacia Talamanca a vivir en las poblaciones indígenas.

75 De acuerdo con el capitán Angulo, al momento de su visita quizás había en Talamanca unos 15.000 habitantes, los cuales se distribuían en las siguientes tribus (transcribimos los nombres tal como aparecen en la documentación): Chicao, Chombrí, Urén, Telire, Suinsí, Bribrí y Terbi. Angulo también hace un recuento de los productos vegetales de la región, los cuales en su opinión podían “exportarse ventajosamente por los ríos “Sicsaola (sic.) (Doraces o Telire) y “Changuinola”. Estos son: zarzaparrilla, quina, cáscara, tinta nácar, jagua, bejuco, incienso, caraña, cativo, hule, vainilla. Menciona las maderas de construcción y ebanistería existentes: “caoba, cedro, palo de rosa, guayacán, maría, casique”, así como otras maderas de color amarillo y rosa muy finas, las que no pudo ver59.

76 La posibilidad de explotar todos estos recursos era lo que había atraído a los ingleses de la región de Bocas del Toro y luego a comerciantes costarricenses o chiricanos que se instalaron entre las poblaciones indígenas. En 1869, von Frantzius decia:

77Una de las principales industrias de los indios (Viceítas y Bribrís) la forma actualmente la cosecha de sarsaparrilla que crece silvestre en el monte y es de excelente calidad. La entregan directamente a los comerciantes extranjeros establecidos entre ellos o la llevan a Boca del Toro o a Moín donde la cambian por mercaderías europeas. Además de esta raíz medicinal, ofrecen también en venta cueros de venados y escamas de tortugas y en cambio de todos estos productos aceptan pólvora, escopetas, utensilios de hierro, tejidos de algodón gruesos y hasta tabaco(...) Este comercio por trueque es muy beneficioso para los comerciantes, que sacan sus mercaderías de Jamaica; pero como su avidez los mueve muy a menudo a abusar descaradamente de los indígenas, ocurren con igual frecuencia pleitos que terminan casi siempre con la muerte del extranjero60.

78 Los productos obtenidos por los indígenas de su comercio con los extranjeros en la costa atlántica eran llevados al otro lado de la cordillera de Talamanca y comerciados en los pueblos de Térraba y Boruca. Según un informe del gobernador de la Comarca de Puntarenas, quien el año de 1861 visitó las poblaciones de Térraba y Boruca, los indígenas viceítas se trasladaban a la zona del Pacífico,

79á hacer sus cambios de hachas, machetes, pita, cacao, ropa y armas de fuego que adquieren en la costa del Norte, y dan estos objetos por perros, chanchos, terneros, y sal (...) dan un fusil que vale doce ó quince pesos por un ternerito, un perro ó cualquiera friolera de las que ellos necesitan61.

80 En 1867 el Gobierno de Costa Rica dictó una ley por medio de la cual reconoció la autoridad de los caciques o jefes indios de Talamanca, si bien dichos jefes indígenas fueron puestos bajo la supervisión de un “director de las reducciones para que los aconsejase y dirigiera” El cargo de director de reducciones le fue concedido al norteamericano John H. Lyon. Según Doris Stone, hasta 1873 el jefe reinante tenía teóricamente plenos poderes para gobernar y una familia poseía el derecho hereditario al cacicazgo. Si bien, no era necesariamente su hijo quien heredaba el cargo, sino que “el jefe que lo sucedía a su muerte era el más inmediato y el de mejores condiciones para encabezar la familia real62...” Es probable que el gobierno de Costa Rica dio dicho reconocimiento a los jefes indígenas ya que necesitaba de ellos para enfrentar la creciente agresión de Colombia, cuyo gobierno pretendía extender su jurisdicción en el territorio fronterizo sur de Costa Rica.

81 En el año de 1870 ocurrieron varios conflictos armados entre soldados de Costa Rica, apoyados por unos 300 indígenas de Talamanca, quienes se enfrentaron a una columna de 80 hombres armados enviados por el gobierno de Colombia a la desembocadura del río Sixaola. Ese mismo año el gobierno de Costa Rica creó la Comarca de Limón, con Moín como capital. Pero los desórdenes causados por forajidos en la región no cesaron.

82 Después de la muerte del jefe indígena Chirimo, Santiago Mayas quedó como jefe principal o “rey” de Talamanca. Como segundo jefe quedó Lapis, quien se creía con más derechos que Santiago para aspirar a jefe máximo. Entonces, según afirma Ricardo Fernández, basado en Gabb, el comandante de Moín, Manuel Marchena aconsejó a Lapis para que eliminara a Santiago y garantizarse por este medio la cooperación de Lapis en la localización de minas de oro en Talamanca. Enterado Santiago de los planes de Lapis, mandó a prenderlo, pero éste escapó hacia las montañas, donde murió. Poco después Santiago murió a tiros en una emboscada. Dos primos de Santiago, de nombres Birchie y Willie, instigadores del asesinato, se proclamaron, el primero rey y el otro, segundo jefe. Santiago Mayas desempeñó un papel importante en la defensa del territorio costarricense frente a las pretensiones del gobierno de Colombia, pues puso 300 flecheros indígenas a disposición del gobierno de Costa Rica.

83 En 1873, Federico Fernández, quien acompañó a Gabb en su primera entrada a Talamanca, confirmó a Birchie como “rey” y a Willie como segundo en el mando. De nuevo Mr. Lyon fue ratificado como “director de reducciones” y secretario de Willie. No obstante, pronto estallaron rivalidades entre ambos jefes indígenas y el gobernador de Limón terminó por remover a Birchie de su puesto de “rey”. En septiembre de 1874 Willie fue nombrado jefe político, pero se dieron instrucciones a Mr. Lyon para que asumiera el gobierno efectivo. Ese mismo año Gabb terminó sus estudios en Talamanca e hizo un censo de la población en dicho territorio. Según sus datos, los habitantes indígenas se distribuían de la siguiente manera: 103 en Terbi, 604 en Urén, 172 en Bribrí, 128 en Cabécar y 219 en el Valle63. Es decir un total de 1226 indígenas, lo que parece indicar un descenso de la población respecto de la existente a principios del siglo XIX.

84 La debilidad de los indígenas favoreció el que algunos foráneos continuaran cometiendo exacciones en Talamanca. Igualmente estallaron de nuevo rencillas entre el “rey” Birchie y el segundo en el mando, Willie. En 1880, el gobernador de Limón envió una expedición armada, a fin de restablecer el orden. Como resultado, Birchie huyó hacia Changuinola. Poco después fue Willie, quien luego de un asesinato huyó hacia Térraba siendo destituído de su cargo de rey. Fue así como Antonio Saldaña pasó a ocupar dicho cargo. Al año siguiente, con la aceptación de Saldaña, se llevó a cabo la visita del obispo Thiel, quien pretendía recomenzar una nueva ofensiva misional, esta vez a cargo de frailes alemanes64. Estos eligieron a Amubri como centro de las misiones y allí constuyeron una iglesia65. Sin embargo, antes de la entrada de los misioneros, las cosas continuaron igual y los indígenas sufrieron las exacciones a manos de malhechores.

85 En 1884, el propio jefe indígena Antonio Saldaña escribió al gobernador de la comarca de Limón, informándole de esta situación, en especial por parte de un individuo de origen chiricano, Rufino Arroves, quien, según lo escrito en dicha carta:

86(...) por tres ocasiones tantiados (sic.) contra la vida del jefe de los indios y quemándole la boca y cara con un puro y otros abcesos (sic) mas, un de ellos de lo más imprudente haciendo uso de sus mujeres, los indios viendo la indignidad con que se trataba su jefe ellos se enojaron y dijieron (sic.) a su jefe de como era posible que se dejaba ultrajar de tal estremo por un bandido semejante y como el referido sabía que el pueblo de los indios se había alzado en favor de su Jefe tomó miedo y se fue para Bocas del Toro (...) y está decidido por esta autoridad que el mencionado Rufino Arroves no vuelva más a pizar (sic.) a este territorio por ser un bandido de mala ley66.

87 El gobierno envió ese año una expedición, que llegó a Talamanca en julio de 1884, pero los malhechores huyeron hacia territorio colombiano. Al año siguiente fue necesario enviar otra expedición militar. Pero como afirma Ricardo Fernández G., todas esas expediciones tuvieron solo resultados momentáneos pues los bandidos regresaban a Talamanca tan pronto las tropas se retiraban67. Entonces, el gobierno de Costa Rica comprendió que no bastaba la autoridad del rey de Talamanca ni la del comandante militar para detener la inestabilidad causada por la constante presencia de forajidos que gozaban de la protección colombiana. Se decidió entonces establecer una colonia agrícola y militar en Talamanca. Se nombró jefe político y comandante de guarnición, todo lo cual contribuyó a minar la declinante autoridad del “rey de Talamanca”, Antonio Saldaña. La colonia agrícola fue establecida en Sipurio. Se le dio el nombre de San Bernardo y con el auxilio de los indígenas se reparó el camino que enlazaba Sipurio con Old Harbor. Unas pocas familias de la meseta central se trasladaron a la colonia de San Bernardo y algunos sembraron maíz, frijoles, arroz y legumbres. En 1886 fue reorganizada la colonia agrícola y los soldados fueron removidos de su puesto, bajo la suposición de que los cabeza de familia de la colonia asumirían la función que desempeñaba la guarnición de soldados. Pero no fue así y con la desaparición de una fuerza armada, de nuevo aparecieron los forajidos explotadores de los indígenas. Tal situación obligó al gobierno a reestablecer la guarnición militar en 1888. En cuanto a la colonia agrícola, ésta no prosperó y sus pocos habitantes terminaron por abandonarla. Cuando Adolfo Tonduz visitó el lugar en 1895, según su testimonio todo se encontraba “arruinado y podrido”. Señala que donde hubo “un hermoso potrero, no se ve sino malezas y zacate malo. Queda un poco de ganado que es propiedad nacional, (...) donde estuvo antes el cuartel como 30 rifles herrumbrados casi todos, tambores y cornetas y una bandera vieja68.”

88 La presencia de la guarnición tampoco fue garantía de seguridad para los indígenas. Al contrario, tal como lo afirmara, Adolfo Tonduz, los encargados de administrar el territorio habían “convertido algunos de ellos el santuario de la justicia en caverna de ladrones. También hizo la siguiente aseveración: “la historia de Sipurio encierra tantas exacciones, tantos abusos de poder tantos robos y aún asesinatos, que la pluma se resistía a escribirlos”. Pittier quien acompañó a Tonduz, indicó que pudo ver una casa y un rancho arruinados, restos que, según afirmó: “pertenecieron a una hacienda formada por el ex-jefe político Carlos Patiño con el trabajo forzado de los indios69”.

89 Es probable que las exacciones cometidas por los representantes del gobierno de Costa Rica en Talamanca hayan provocado el descontento del jefe indígena Antonio Saldaña, quien fue acusado por el jefe político de insubordinación al gobierno de Costa Rica, de tratar de hacer revoluciones y de poseer una bandera colombiana con cuyo gobierno se entendía. Sin embargo, no hubo pruebas contra Saldaña y más bien, se puso en evidencia que el comandante y los policías lo capturaron violentamente encontrándose estos bajo los efectos del licor70.

90 En un estudio reciente, Patricia Fernández y Fernando González afirman que Antonio Saldaña estaba consciente de su papel decorativo dentro de la administración oficial en Talamanca. También sabía que su pueblo y su territorio habían sido incluidos dentro del proyecto de integración territorial y de explotación económica del estado de Costa Rica, pues afirmaba:

91Yo no soy rey; hago lo que demanda el gobierno, nuestros secretos poco significan ahora. Si yo fuera rey nos guardaríamos nuestros secretos, hoy día se acabó nuestro poder; mañana puede que ya no existamos71 (...)

92 En esos años, el norteamericano Francis C. Nicholas visitó Talamanca y, además de tomar nota de las palabras de Saldaña, también escribió sus impresiones al conocerlo:

93Desde el primer momento vi que aquel hombre era más que una medianía. Su traje era convencional; llevaba un vestido de casimir azul con fuertes botones, una camisa blanca limpia y un sombrero de fieltro gris que guardó en la mano, mientras estuvo allí con gran porte. Un hombre que había nacido para gobernar, que para su pueblo es la ley y que lleva en la fisonomía una expresión de tristeza, pero no de abatimiento. Su talante es el del hombre que manda (...) ¡Qué grande hombre! pensé. Sin embargo, Antonio, rey de los Talamancas, tiene una reputación de idólatra irracional y de hombre de pasiones desbordadas por toda Costa Rica72.

94 En 1893 se presentó igualmente una querella a fin de averigüar la situación de 26 manzanas de tierra desmontadas, ubicadas en el camino entre Sipurio (donde se encontraba la comandancia) y el sitio de Túnsula, donde radicaba el jefe indígena Antonio Saldaña. De estas 26 manzanas, 22 se encontraban “perfectamente cercadas con alambre” y correspondían a las tierras que había denunciado don Buenaventura Corrales, jefe político de Talamanca. La averiguación se llevó a cabo luego de que Corrales fue acusado de apropiarse de las herramientas de toda clase que se enviaron a la comandancia para ayudar al desarrollo de la comuna agrícola en Sipurio. En desagravio de Corrales se afirmó que éste “ha hecho fuertes desembolsos en el acarreo de innumerables mercaderías que le han llegado del interior para el servicio de la colonia, compra de botes para el río, etc73.” Sin embargo, durante la estadía de Tonduz en la colonia agrícola de Sipurio, que se llevó apenas unos dos años después de presentado este alegato, lo que encontró fueron solo ruinas y no mencionó ninguna herramienta. Los cargos contra Buenaventura Corrales los hizo José Moreno en un artículo publicado en la República, el 21 de marzo de 1893. En dicho artículo también se menciona que Corrales empleó mano de obra indígena forzada de las poblaciones de Talamanca en abrir un camino entre Sipurio, sede de la comandancia y del jefe político en Talamanca con la población donde residía el “rey de Talamanca”. También se acusaba a Corrales de cobrar impuestos a la extracción de hule y zarzaparrilla, dinero que luego no era empleado en asuntos de la comandancia.

95 Para esos mismos años, los documentos dan cuenta del descenso poblacional en Talamanca, a la vez que indican que algunos indígenas habían perdido su identidad al integrarse en las comunidades de población recién establecidas e integradas por “colombianos”, es decir colonos procedentes de Panamá y Colombia, así como por individuos jamaicanos de origen africano. Estos colonos inmigrantes solicitaron que se les nombrara un juez de paz que dirimiera sus asuntos, ya que consideraban tener “incompatibilidad de carácter y costumbres” asi como “diferencia de idioma” con los indígenas. Estos foráneos se habían instalado en la región a fin de extraer hule y zarzaparrilla, así como tenían algunas sementeras y cría de animales. También vendían sus productos a un comerciante alemán, quien tenía allí un establecimiento de mercancías. La mayor parte de dichos extranjeros se habían instalado en las cercanías del río la Estrella. También por estos años se indicaba que los indígenas del pueblo de San José Cabagra estaban siendo forzados a trasladarse hacia la región del río la Estrella, probablemente para emplearlos en las actividades de extracción de hule y zarzaparrilla, a lo cual se opuso el gobernador de Limón74.

96 En 1895, Henri Pittier daba la siguiente información sobre las poblaciones indígenas de Talamanca:

97Dos son las tribus que viven actualmente en Talamanca: Bribrí y Cabécar. Nuestras exploraciones nos han puesto en contacto con la primera solamente, que puebla los valles y las montañas de Urén y Ararí y el curso inferior del río Coén. Los cabécar viven cerca de la cabecera de este último río, y otros indios, desconocidos de los blancos, ocupan, según el decir de los huleros, la parte superior del valle de Tarire, todavía inexplorada (...)

98 Hoy día todavía los indios del Bajo-Coén ven con disgusto a los bribrí. Se llaman ellos mismos Korrhué y se consideran como pertenecientes a una raza diferente de la de los habitantes de Urén (...) ellos solos tienen el derecho de ser tsugur o cantadores (...) Comparten también con los cabécar, considerados como de condición inferior por los bribrí, la obligación de servir al rey. Según todas las probabilidades, los cabécar, los korrhué y los bribrí pertenecen, no obstante, a un mismo tronco, el de los viceitas o biceitas de los españoles75 (…).

99 En plenas montañas de Talamanca, los indígenas cabécares o cabécar se habían casi extinguido a principios del siglo veinte. Según Félix Noriega, los indígenas que sobrevivieron se habían trasladado hacia “las cabeceras del Zaherí tributario del Telire superior”. Citando a Gabb dice que si bien antes este grupo indígena era numeroso, quedaron reducidos :

100a una veintena que viven en los puntos más inaccesibles sin comunicación ninguna con los extranjeros y salen una o dos veces cada año para traficar con los indios civilizados que habitan en las inmediaciones; sentencia a muerte al atrevido extranjero que intente internarse en su distrito, y resueltamente se niegan a aproximarse a las casas de los forasteros que habitan con sus compatriotas civilizados76 (...).

101 Los indígenas cabécares mantuvieron la misma posición que habían mantenido a lo largo de todo el período colonial, por lo que durante el siglo diecinueve se negaron a cualquier tipo de relación con los neohispanos. Ello no impidió que también se redujeran numericamente hasta el punto de su casi total extinción.

102 En cuanto a los indígenas de Chirripó sumaban apenas alrededor de un centenar en 1870 y constituían los restos de las antiguas poblaciones muy numerosa que a la llegada de los españoles se ubicaban entre el río San Carlos y la costa Atlántica, así como a lo largo de esta costa77. En 1907, Lehmannn indicó que 22 años atrás, es decir hacia 1885, “el Dr. Galnek” “contó en Chirripó 28 casas con 30 habitantes cada una”. Es decir alrededor de 240 indígenas aún habitaban en poblaciones de tipo palenque y probablemente mantenían sus características culturales. No obstante, con la entrada de la compañía bananera, en los años finales del siglo XIX, Chirripó cambió rápidamente y quedó integrada al sistema económico cultural de los neohispanos y también anglosajón. Félix Noriega, quien escribió en 1904, no mencionó ya a los indígenas y sus palenques, aunque sin precisar afirma: “hay en ella ya poblaciones de alguna consideración”, pero se refiere a población ladina. Según este autor parte de la región del macizo del Chirripó pertenecía ya a la “gran compañía americana”, si bien administrativamente pertenecía al cantón de Turrialba78.

103 En una entrevista concedida a los españoles Segarra y Juliá en 1907 y citada en el estudio de Fernández y González, Antonio Saldaña calculaba que bajo su mando había “más o menos mil y quinientos son: mil bribris y seiscientos cabécares, chirripós y estrellas”. Los viajeros españoles dicen que aparte de esos indígenas, otros grupos reconocían la autoridad del cacique de Talamanca: los Changuinolas, en número indeterminado, 450 Bruncas, 250 Térrabas, 500 Cabécares de Buenos Aires y Ujarrás y 250 Bribris de Cabagra. De manera que el cacicazgo tendría influencia sobre unos 3200 indígenas79.

104 En opinión de Fernández y González, este dato ponía de manifiesto el vasto territorio que abarcaba el cacicazgo talamanqueño bajo la dirección de Saldaña. También afirman que la “versión más extendida” apunta como causa de la muerte de Saldaña, su oposición a la compañía bananera, la que desde 1909 ocupaba con sus cultivos la mayor parte del Valle de Talamanca.

105 La presencia de la Chiriquí Land Co. en la región motivó a los indígenas talamanqueños, bajo la dirección de Saldaña, a realizar actividades de resistencia con las que buscaban evitar la usurpación de sus territorios. La tradición oral de los indígenas hace mención a sabotajes llevados a cabo por los indígenas a las plantaciones y a las vías ferroviarias, así como “otras formas sutiles de carácter divino” ejercidas por las autoridades religiosas de los indígenas. La tala masiva con el fin de convertir la selva en sembradíos de banano fue “la mayor agresión a la integridad cultural indígena”, en palabras de Fernández y González80. Su clara oposición a esta abierta forma de usurpación de su tierra es la razón por la cual Antonio Saldaña es recordado y reivindicado por su pueblo.

106 Luego del fallecimiento de Saldaña, en 1910, comenzó una “dura etapa de sobrevivencia para los Bribris y Cabécares, quienes pasaron de una economía agrícola de subsistencia complementada con la caza y la pesca, a una dependencia cada vez mayor del sistema mercantilista81”. Su sobrino José, hijo de su hermana mayor y quien debía sucederle como rey, también murió en circunstancias sospechosas82.

107 En relación a los pueblos de Atirro, Tucurrique y Pejivaye poblados de misión, sus habitantes indígenas fueron trasladados posteriormente hacia Orosi u otros pueblos. En 1839, las 11 familias indígenas que se encontraban en Tucurrique fueron trasladadas hacia Cot por decreto ejecutivo del presidente Carrillo83. Al término del siglo XIX dichos pueblos apenas si indicaban la presencia de unos pocos indígenas. Por el contrario, al mismo tiempo que el estado eliminaba las municipalidades y las tierras comunales de los indígenas, aumentaba el número de colonos ladinos, desde pequeños campesinos hasta hacendados. A comienzos del siglo XX, Tucurrique se encontraba integrado al ecúmene económico neohispano del Valle Central. Al comienzar esta centuria Félix Noriega nos describe así a Tucurrique: “distrito del cantón de Jiménez de la provincia de Cartago”, dicho distrito, según este autor, incluía los siguientes lugares:

108Congo, Pisirí, Vueltas, Hamacas y El Tablón, algunos de ellos situados en las faldas de los cerros así llamados, por lo que se experimentan en él climas distintos (...) por lo quebrado del terreno se producen todos los artículos de las tierras calientes y templadas, pero el café y los pastos, así como la caña de azúcar tienen preferencia, encontrándose allí una de las mejores crías de ganado del país. Hay asimismo muchas maderas y abundan en las partes bajas las palmeras de pejivaye que dan una excelente fruta. Hay 6 trapiches y una maquinaria para aserrar madera. (...) La población central cuenta con un regular cuadrante, iglesia de madera, dos casas de enseñanza, casa cural y para la Agencia de Policía. 1402 habitantes entre ellos muchos indígenas84.

109 Claramente, de la cita anterior es posible deducir que Tucurrique para estos años había quedado integrado dentro del espacio económico, político, social y cultural típico del Valle Central. Una carretera lo comunicaba con la villa de Paraíso. Se mencionan los productos comercializables donde se evidencia el grado de difusión de diversos cultivos así como la ganadería. También se explotaban los recursos maderables de los bosques circundantes. Por otro lado, se habían implantado ya los pilares de la autoridad republicana, es decir la escuela y la agencia de policía, así como una iglesia y casa cural. Los indígenas se encontraban en proceso de integración con los colonos ladinos pobres que se habían asentado en la región. No obstante, queda por dilucidar si en los caseríos mencionados por Noriega había alguno que fuese predominantemente de habitantes indígenas, quizás Pisirí, pues conservaba un nombre autóctono.

110 En cuanto a Atirro, todavía a comienzos de la presente centuria fue denominado por Noriega apenas como “un sitio en las márgenes del río de su nombre, con muy buenas dehesas para la cría de ganado”. El lugar ya no contaba con población indígena y aún no lo alcanzaba la oleada colonizadora neohispánica. Pero Noriega mencionaba su potencialidad en cuanto a desarrollo ganadero. Por otro lado, indicaba que en “tiempos de la conquista y la colonia fue población de importancia85”.

111 Tuis, que era nombre de una población indígena que habitaba el valle del mismo nombre, rodeado por los ríos Atirro y Tuis, tenía una reducísima población de 30 indígenas en cinco casas. Pero dichos indígenas desaparecieron pocos años más tarde86.

112 La instalación del ferrocarril al Atlántico en 1886 y la extensión de los bananales a lo largo de la costa del Caribe sur, así como la instalación de otra línea férrea a lo largo de la costa, en 1909, modificó aún más la situación de los indígenas de Talamanca. Por el momento no estudiaremos dicho impacto, pero si quisieramos incluir algunos párrafos extraídos de un informe elaborado por el jefe político de Limón en noviembre de 1887, donde trasluce la visión positivista y llena de optimismo de los funcionarios del estado por los cambios que estaban ocurriendo en dichos años:

113Es verdaderamente sorprendente el estado de la agricultura en esta comarca; para dar una idea del progreso, baste decir que durante los ocho meses transcurridos del año económico en curso, la sola exportación del banano ha ascendido a la cantidad de 653.000 racimos. Al propio tiempo estos infatigables agricultores (...) siembran millas enteras de esa valiosa fruta, no miran con indiferencia otros cultivos; ocupan igualmente su atención el cacao, cocos, caña de azúcar, frijoles, legumbres y otras varias plantas de estimación. La ganadería está tomando también un notable incremento. En las hermosas haciendas de Jericó, Santa Clara, Siquirres, y Pacuarito se puede mirar el esfuerzo del empresario(...) Al presente no poco ganado sale de estos valles para el consumo del interior.

114El punto donde principalmente la agricultura ha operado una verdadera invasión en la comarca es la línea férrea; allí los espesos bosques, han tenido que cederle su puesto para no volverle a tomar nunca. La perseverante mano del agricultor (...) ha transformado en breve tiempo aquellas sombrías selvas, en dilatadas y hermosas campiñas, que hoy constituyen un patrimonio87.

El pacífico sur

115Al comenzar el siglo XIX, en la regíon del Pacífico sur permanecían tres pueblos de reducción de los misioneros franciscanos: Boruca, Térraba y Guadalupe. Este último desapareció en 1805 cuando sus cien habitantes se trasladaron al de Térraba.

116 Después de la Independencia, se mantuvieron los frailes franciscanos a cargo de los pueblos de Boruca y Térraba, hasta 1848, cuando finalmente quedaron bajo jurisdicción del clero secular.

117 Un padrón de 1837 da un total de 838 habitantes. Quizás había más algunos años atrás, pues se hace mención en otro documento de la amenaza de epidemia de viruelas88. Es probable que se tratase de una epidemia recurrente pues en el año de 1851 se menciona la propagación de la “viruela maligna” entre los habitantes de Térraba89.

118 En el año de 1845, el gobierno encargó a Juan Vicente Castro que visitase y diera un informe de los pueblos de Térraba, Boruca y población de Golfo Dulce. Según dicho informe, Boruca se encontraba bajo la administración de un fraile. Este pueblo tenía sus propias autoridades, los cuales eran un alcalde primero, un alcalde segundo, un regidor y cuatro alguaciles. Pero estas autoridades eran vejadas por ladinos que se encontraban en el pueblo, “arrebatándoles los bastones, ultrajándoles con mil insultos y atropellos90 ”. Ya en 1823, el cabildo municipal de Boruca se había quejado de los primeros ladinos que habían llegado a las costas cercanas a este pueblo, quienes venían en busca de zarzaparrilla y palo de tinte91. Pero dichos ladinos, si bien no se instalaron dentro de los linderos del pueblo, comenzaron a asentarse en la costa, dando lugar a la comunidad de Golfo Dulce. Durante la visita del gobernador de la Comarca de Puntarenas a ese sitio, en 1861, este contabilizó unas cincuenta casas y una población de doscientas personas, la mayor parte de ellas de origen chiricano. Dicha población se encontraba “en la costa del Sur, detrás de lo que antes llamaban Puntarenitas, que fue destruido por el terremoto del 4 de agosto de 185392 ”.

119 En 1847 el gobierno trató de intervenir en el conflicto que oponía el cura franciscano a la comunidad indígena de Térraba. Según carta que enviara el ejecutivo al señor vicario ecuménico,

120el cura reductor del pueblo de Térraba toma una injerencia muy directa en los negocios del pueblo y que interviene aún en los castigos que debieran imponer los alcaldes y en otros actos judiciales reservados a la potestad secular, de lo que se sigue mucho desagrado entre aquellos indígenas93 (...).

121 En dicha carta indicaba que dicho cura debería actuar con consideración, suavidad e indulgencia para “no precipitarlos a una fuga o a otras consecuencias desagradables94 ”.

122 Por esos mismos años, los frailes de los pueblos de Boruca y Térraba intentaron trasladar los habitantes de ambos pueblos hacia otros sitios, en especial hacia las márgenes del Río Grande, en Camaronal, con el fin de emplear su fuerza de trabajo en el desarrollo de cultivos95. Dicho traslado no se llevó a cabo, sin embargo, los sacerdotes continuaron ejerciendo gran poder en ambos pueblos. Por otro lado, las poblaciones continuaron disminuyendo demográficamente. En 1844 se suponía que la población combinada de Boruca y Térraba ascendía a 1075 personas y en 1864 no pasaban de 644 individuos96. Tres años antes, durante la visita del gobernador de la Comarca de Puntarenas, este contabilizó 105 casas y 361 habitantes en Térraba, en tanto que en Boruca había 224 individuos, lo que constituye un total de 585 personas para ambos poblados, es decir menos que las indicadas por von Frantzius en 186497.

123 En 1880 las autoridades del gobierno de Costa Rica de nuevo se quejaban de que los curas actuaban como autoridad en ambos pueblos, no solo en asuntos eclesiásticos sino también en civiles, que habían impuestos en dichos pueblos “el yugo de la esclavitud” y que los alcaldes de dichos pueblos no ejercían sus funciones sino que eran simples instrumentos de los sacerdotes98 ”. Igualmente los acusaban de exigir gran cantidad de servicios a los indígenas, al igual que en el período colonial y les imponían igual tipo de castigos:
bq. cuando uno de los infelicez cometía una pequeña falta en materia de serbicio ese hera(sic.) mandado arrodillar a los piez de los señores curaz, I en el acto mismo, lo azotaban I de no, heran reducidos al sepo, por mandamiento del cura…[99].

124 Es posible afirmar que el comportamiento de esos curas constituía la continuación del trato que habían recibido los indígenas por parte de los frailes franciscanos durante el período colonial.

125 A comienzos del siglo XX, Félix Noriega decía que Térraba era una aldea compuesta de 50 a 60 ranchos de paja uniformes en su arquitectura y esparcidos sin orden en la sabana. Señalaba que había una iglesia antigua y casa de escuela. Decía que sus habitantes constituían una mezcla de teribes, changuinolas y otros grupos indígenas de la región de Talamanca traídos hacia Térraba por los frailes misioneros durante la época colonial.

126 Noriega afirmaba que los indígenas de Térraba eran “trabajadores, muy hospitalarios, pero llenos de supersticiones”. Indicaba también cuales eran los culltivos de dichos indígenas en esos años: “tabaco de superior calidad, maíz, frijoles, arroz, plátanos, yucas, algodón y árboles frutales como la papaya, el guayabo, la guanábana, el naranjo y otros. También señalaba que “crían los animales domésticos comunes”. La población ascendería a unas 300 habitantes, “la mayor parte indígenas100”.

127 En cuanto a Boruca, Noriega la describió como una aldea de casas pajizas con 758 habitantes. Allí vivían las autoridades civiles del distrito. Las casas estaban desparramadas sin orden, las más en los alrededores de una loma casi céntrica, coronada por la iglesia y edificios anexos. Las otras se ubicaban en el propio fondo de la depresion y a lo largo de una quebrada que pasaba por el pueblo. Según Noriega, como consecuencia de los tratos que habían sufrido a manos de los misioneros franciscanos, nacía “la inquina de algunas tribus contra los blancos, que aún subsiste101”.

128 Noriega se refería a las actividades económicas de los indígenas de Boruca en los términos siguientes:

129Cuidan y se esmeran en las crías de los animales domésticos. Cultivan el plátano, el maíz, frijoles de varias clases, la yuca, el cacao y el coco hacia la costa, etc. De algodón fabrican telas groseras que utilizan para vestidos y de la cáscara de coco, vasijas para usos domésticos. Los bruncas viajan a Puntarenas y llevan manteca de cacao, cueros, zarza, redes y otros artículos de su rudimentaria industria. Sus habitaciones son pajizas, pero muy sólidamente construidas102.

130 Los datos de Noriega coinciden bastante con otra información que suministra Adolfo Tonduz, a raíz de sus exploraciones botánicas realizadas en el Pacífico sur en los años de 1891 y 1892103. Según dicho autor, en febrero de 1892, Térraba tenía una población de 231 habitantes, 107 varones y 124 mujeres. Boruca para esa misma fecha contaría con una población de 389 personas, de las cuales 175 varones y 214 mujeres. Pero en dicha cifra va incluida la población de las colonias Palmar, Punta Mala, La Uvita, etc., en las cuales vivían “cierto número de blancos y de negros, chricanos en su mayor parte104”. Quizás es más clara la información sobre el pueblo de Térraba que suministra Pedro Pérez Zeledón en un informe presentado en los años de 1907 y 1908. Según dicho informe:

131De las 33 casas que la componen sólo 5 están habitadas por unas veinticinco personas a lo más; los demás indios viven permanentemente en Paso Real, Cabagra y otros puntos desconocidos. El pueblo tiene buena Iglesia(...) Se explica mejor el abandono en que se tiene esas tierras por el deseo de no cerrarlas para impedir la invasión del ganado, de que unos pocos propietarios tienen una cantidad no despreciable. Sólo de dos a dos meses se reúne el pueblo para objetos religiosos, lo mismo que para la fiesta del patrono, San Francisco105.

132 Elías Leiva, quien visitó la región en 1908 da la siguiente información respecto de Térraba. Dice que en dicho pueblo había unos cuarenta ranchos diseminados sin orden ninguno, sobre un terreno ondulado, seco y de naturaleza bastante arcilloso. Señalaba que los únicos cultivos existentes eran los del Cura, al lado de la iglesia, formados principalmente de plátanos y café. Este viajero observó que la población había disminuído y señaló que ello se debía en parte a “enfermedades palúdicas” y a la migración de sus habitantes hacia otros lugares, como Paso Real, Volcán, etc. Contabilizó un total de 185 personas, las que comparó con las 250 que supuestamente había cincuenta años atrás. Estas personas se dedicaban a la “industria del algodón y al tejido de las mantas106 ”.

133 Pedro Pérez Zeledón mencionaba que para ese año Boruca contaba con unos 65 ranchos en los cuales vivían 250 personas. Se refería en los términos siguientes respecto del ganado que poseían algunos de sus habitantes. “Un solo individuo tiene más de 80 reses vacunas, otro 75 y el más pobre dos”. Este viajero encontró una actitud hostil por parte de los indígenas hacia su persona, lo cual achacó al “disgusto que les produce a los indios que se les haya puesto autoridad blanca con residencia permanente en el pueblo107 ”. Interesante sus observaciones respecto a lo poblada que antiguamente se encontraba toda la región. Dice:

134Que todo el territorio objeto de mi exploración estuvo en un tiempo densamente poblado por tribus indígenas de una civilización alta, lo demuestra de un modo irrefragable (sic.) el sin número de cementerios con que en todas partes se tropieza, cubiertos casi todos por selvas seculares108 (...)

135 En 1908, Elías Leiva da la siguiente información respecto de Boruca. En primer lugar, afirma que hay unos cuatrocientos habitantes distribuidos en 70 ranchos pajizos. Indicaba que las mujeres preferían a los ladinos que a los de su misma raza y en general consideraba que se habían aculturado bastante. Se refirió también al poder del cura, señalando que “la iglesia y el poder civil se hallan allí en íntimo consorcio y nada se hace sin el acuerdo mutuo del cura y del juez de paz109”.

136 En relación a Buenos Aires de Osa, Tonduz la describió así en 1892:
bq. Formada en su mayoría por blancos costarricenses y colombianos, la población de Buenos Aires no difiere mucho de la de las demás localidades campesinas de la República; pues visten del mismo modo, enyugan sus bueyes idénticamente, usan las mismas carretas y tienen los mismos gemebundos (sic,) trapiches que en la altiplanicie central. Sólo las bronceadas fisonomías de algunos Viceítas y Térrabas que uno encuentra de vez en cuando, anuncian la proximidad de otra raza. Por el último censo (1892) se vé que el barrio de Buenos Aires tiene una población de 279 almas, es, 125 varones y 154 hembras110.

137 Resulta interesante la narración que escribió H. Pittier en 1896, en la cual resumió lo que había averiguado respecto de los primeros tratos establecidos entre colonos blancos procedentes del interior de Costa Rica con los indígenas que habitaban en la región hacia 1865. Según Pittier, en dicho año, Pedro Calderón y Patricio Granados, abrieron el camino del Cerro de Buena Vista y alcanzaron las márgenes del río del General. Fue allí en donde encontraron las “casas de verano” de los indígenas de Chirripó. Los indígenas tenían “magníficos platanares” y sus casas estaban rodeadas de “hermosos pejivalles111”. Los colonos blancos averiguaron que las habitaciones permanentes las tenían los indígenas en la parte superior del valle de Chirripó. No deja de sugerirnos una imagen paradisíaca esta manera de vivir de los indígenas. Probablemente ocupaban las partes altas de los cerros de Chirripó durante los meses de invierno, a fin de guarecerse de posibles desbordamientos de ríos y luego, durante el verano se trasladaban a orillas del río General, terreno en el que mantenían cultivos de platanares y pejivalles, y donde disponían de ranchos, “casas de verano”, para permanecer durante la estación seca. El encuentro entre Granados y Calderón con los indígenas merece ser transcrito:
bq. (los indígenas) primero trataron de huir, como de costumbre, pero a los pocos pasos, se pararon, todo su cuerpo temblando como hojas, y cada uno depositó a sus pies su haz de flechas y su arco. Los blancos hicieron lo mismo con sus armas, y los dos grupos se acercaron uno a otro. Los indios rompieron el silencio, pronunciando la palabra compadre, la cual, en su mente, correspondía sin duda a la de hermano que se dan entre sí[112].

138 Los indígenas trataron de mantener buenas relaciones con los colonos procedentes del interior, especialmente estaban interesados en comerciar. Comenzaron a traer mucho cacao en fruta y molido, mantas, fajas y otros objetos hechos por ellos. Manifestaron su deseo de ir a conocer Cartago y vinieron a dicha ciudad en compañía de Granados. Vendieron sus mercancías y adquirieron “una docena de perros y un sinnúmero de menudencias, como pantalones, camisas, espejos, cintas, etc. y puntas de flechas que mandaron hacer113 ”.

139 Según Pittier, Pedro Calderón y Patricio Granados fueron los fundadores de Buenos Aires “en el llano de Hato Viejo” (aquí habían existido poblados indígenas sacados de Talamanca en el siglo XVIII). El primero llegó con su familia al sitio escogido a principios de enero de 1870, en tanto que el segundo el 22 de abril del mismo año. Para esa fecha solo había cuatro ranchos de los indígenas de Térraba, cuyo ganado pastaba en dichas sabanas. De acuerdo con Pittier, “como un año después de la fundación de Buenos Aires, aparecieron en las sabanas del Diquís y del Cuyec, arriba de las gargantas de la gran cordillera, los primeros indios cabécara114 ”. Este mismo autor indica que la colonización del Valle del General comenzó mucho después.

140El primer colono fue un tal Manuel Estrada, quien se comportó muy mal con los indios quitándoles sus casas y cultivos y ahuyentándolos a tiro de escopeta. Los desgraciados se retiraron entonces definitivamente a las cabeceras del Chirripó o del Tarire, hasta hoy inexplorados115.

141 Ya en las primeras décadas del siglo XX, Noriega señalaba que Buenos Aires de Osa tenía 1.500 habitantes, e indicaba su ubicación al lado de vestigios de edificios antiguos, “testigos de una población que en remota época existió allí y cuya importancia está comprobada por las sepulturas que se encuentran a cada paso116 ”... En 1908, Elías Leiva realizó un viaje a la región del General, Buenos Aires, Térraba y Boruca. Respecto a Buenos Aires dice que la compone una mezcla de individuos del interior, de viceítas y de chiricanos. Agrega que “compone el caserío unos 50 ranchos y algunas casas cubiertas de teja, que están distribuidos en orden alrededor de la Iglesia117 ”.

142 Interesante es igualmente la información que suministra Noriega respecto de la población de Cabagra, la cual dice la integran “unos 200 habitantes que viven de la ganadería y dependen para su administración de las autoridades de Térraba y Boruca118 ”. Es probable que fuesen indígenas, pues en 1906, un informe indicaba que Cabagra era un caserío con indígenas bribríes, procedentes de Talamanca119.

143 El informe del año de 1906 señala que al noreste de Buenos Aires se encontraba un caserío denominado Ujarrás, que lo formaban los indígenas viceítas oriundos del poblado indígena de San José Cabécar, al otro lado de la cordillera de Talamanca. Se indica que dichos viceítas, “tienen una mala vereda que les conduce a su pueblo natal en dos días”. De aquí en dos dias podían alcanzar Sipurio y en tres al puerto de Limón120. Dos años más tarde, Leiva relató el temor de los indígenas de Ujarrás cuando los vieron llegar:

144Nuestra primera visita nos pareció haberles causado desagrado: muchos ranchos se quedaban solos a nuestra llegada; las mujeres corrían a juntarse con sus maridos que estaban en las labores, y las que solían quedarse dentro, o esquivaban todo trato con nosotros o bajaban la cabeza en nuestra presencia sin pronunciar palabra. Poco a poco fueron comprendiendo por las mil preguntas que les hacíamos, que el objeto de nuestra visita era inquirir acerca de sus costumbres y género de vida. La vista de algunas baratijas les tranquilizó por completo.(...) Los habitantes de Ujarrás descienden de la tribu de los biceítas de Talamanca, cuyo dialecto hablan y con quienes tienen trato frecuente a través de los portillos de la Cordillera. Están en número de 400 y reciben a menudo las visitas del cura de Térraba121.

145 Dos años más tarde, Pedro Pérez Zeledón nos indicaba que algunos de los indígenas de las poblaciones que se habían formado a partir del despoblamiento de Térraba se habían dedicado a sembrar café con el fin de intercambiarlo con los habitantes de Buenos Aires:
bq. En las tierras inmediatas (a Buenos Aires) de Ujarrás, Palmital y otros puntos altos se da muy bien café, y los indígenas que allí moran han comenzado a cultivarlo para obtener a cambio dulce, arroz y otros frutos de Buenos Aires. Este último provee de dulce a Térraba, Boruca y Coronado122.

146 Esta información es importante pues indica que indígenas de la región del Pacífico sur lograron adoptar un cultivo foráneo, no para su exportación al extranjero, sino más bien para intercambiarlo por artículos producidos por los campesinos ladinos que se habían asentado en la región de Buenos Aires de Osa. Una pequeña población o caserío de indígenas de Boruca se formó igualmente a orillas del río Diquís, “sobre uno de los terraplenes aluviales del río”, llamado “El Palmar123”.

147 En relación a la población de Santa María de Dota, en 1869 von Frantzius señalaba que esta se había formado recientemente y constituía una de las dos poblaciones que encontró en su visita al Valle de Parrita. También mencionó la gran cantidad de población indígena que en épocas antiguas habitaron esa región. Dice:

148Un gran número de cercos, formados de piedras escogidas en los aluviones de los rios indican sin embargo que en tiempos remotos existió en aquel valle una numerosa población de indios, sobre los cuales nada dicen las escasas tradiciones relacionadas con la pasada historia de Costa Rica (...) Las montañas de Pirrís fueron también en lejana época sitio de una inmensa población indígena. Hoy sólo viven a orillas del Río Grande (de Térraba) en continua lucha con la perniciosa malaria algunas familias de pescadores(...)

149 Los entierros indígenas, cercos de piedras, ollas de barro y piedras de moler, que se encuentran con frecuencia en las llanuras de Pirrís, así como también los cacaotales que se han conservado de los tiempos pasados, son pruebas de que existieron en aquellos lugares numerosas poblaciones. La circunstancia de que casi todas las regiones de Centro-América hoy mal reputadas por sus calenturas han sido antiguamente habitadas por densas poblaciones, permite admitir que los aborígenes resistían con más éxito que los extranjeros que invadieron posteriormente el país a la acción perniciosa de la malaria124.

150 Podemos aceptar el dato de la existencia de una muy numerosa población indígena en tiempos remotos, pero no la interpretación que da von Frantzius. Toda la evidencia material, testimonio de la existencia de una población numerosa de la cual no quedaba memoria en las tradiciones, procedía de los habitantes indígenas de los siglos previos al arribo de los españoles. Esta población sufrió un verdadero colapso demográfico a raíz de la introducción de enfermedades procedentes del Viejo Mundo, tales como la viruela, el sarampión, el tifus, entre otras. Se sabe que la propagación de mortíferas epidemias, aunada a los desastres provocados por la guerra causada por la invasión de los españoles, provocaron el descenso poblacional de los autóctonos en un orden cercano al 80 o 90% del total de la población original en muchas partes del continente americano, incluida Costa Rica. Pero es importante señalar que “la perniciosa malaria”, en realidad no comenzó a causar estragos en las tierras bajas tropicales de América sino hasta fines del siglo XVIII, atacando con particular virulencia en el siglo XIX125. En ese sentido von Frantzius se equivocaba, pues los indígenas comenzaron a sucumbir bajo los efectos de esa enfermedad, además de que con mortífera regularidad se propagó durante ese siglo la llamada “viruela maligna”.

Conclusiones

151En síntesis, respecto de los territorios de las llanuras de Guatuso, de Talamanca y del Pacífico sur analizados en este artículo, llegamos a las siguientes conclusiones:

152 En las llanuras del norte, los indígenas resistieron a todo contacto con los neo-hispanos, hasta que los huleros los derrotaron iniciándose un período terrible para los indígenas guatusos. Murieron muchos y fueron abandonados los antiguos palenques que agrupaban a familias extensas. Se trasladaron a vivir en ranchos más pequeños y precarios, así como dispersos con el fin de tratar de escapar de los huleros. La forma depredadora que asumió la extracción del líquido de los árboles de caucho provocó el rápido agotamiento de los mismos lo cual ya de por sí incidió de manera negativa en los indígenas, quienes empleaban su corteza para fabricar vestidos y su goma para alumbrarse. Luego, agotados los árboles, los huleros se dedicaron al negocio esclavista. Se mataba a los hombres y se secuestraba a mujeres y niños. Estos fueron llevados al fuerte de San Carlos de Nicaragua para su posterior venta en ese país. (Unos 500 o 700 indígenas en Nicaragua hacia 1881). Los huleros también destruían los cultivos de los indígenas. La prensa de Costa Rica de cuando en cuando denunciaba los hechos, pero los gobiernos de Costa Rica y Nicaragua no hicieron nada para detener los asesinatos, secuestros y depredaciones. Los pocos indígenas sobrevivientes se integraron, no sabemos en que grado, al mundo cultural ladino. Ejemplo de ello era el envío de cacao a San José, gracias al apoyo del obispo Thiel, a cambio de mercancías enviadas desde San José. Por otro lado, desconocemos el impacto de la malaria en ese territorio.

153 En Talamanca los indígenas desde principios del período republicano fueron objeto de presiones “mercantiles”. El asentamiento de comerciantes de origen inglés o a su servicio en las costas del Caribe, redundó en la integración forzada de los indígenas en dichas redes de comercio, a las cuales aportaban hule, cacao, cocales, zarzaparrilla y carey de tortugas. A cambio recibían armas de fuego y objetos de hierro, todo lo cual tuvo como consecuencia que se volvieron dependientes de los objetos que solo podían obtener de dichos comerciantes. Es probable que perdieran la habilidad para cazar con flechas al hacerse dependientes de las armas de fuego.

154 En la primera mitad del siglo XIX, la ausencia de autoridades del estado y de colonos costarricenses en Talamanca tuvo como consecuencia el que el “reino de la Mosquitia” y el gobierno de Colombia, cada uno por su lado, reclamaran el territorio de Talamanca. Los colombianos emplearon para ello un pequeño asentamiento establecido en Bocas del Toro. En dicho lugar comerciantes ingleses adquirían la valiosa mercancía del hule, zarzaparrilla, etc.

155 En la segunda mitad del siglo XIX, el gobierno de Costa Rica trató de frenar la presencia de individuos que no aceptaban la soberanía del estado costarricense en Talamanca. En 1870 se produjo un hecho armado que enfrentó a costarricenses y colombianos por la posesión de Bocas del Toro. Quizás hasta trescientos indígenas bajo la dirección del cacique talamanqueño Santiago Mayas apoyaron a los costarricenses y de esa forma los colombianos fueron desalojados de Bocas del Toro. No obstante, el gobierno de Costa Rica tuvo que retractarse de tal acción ante el gobierno de Colombia. Sin embargo, reconoció de facto el relativo poder de los jefes indígenas en sus poblaciones y por ello les confirió autoridad, aunque siempre bajo la dirección del Sr. Lyon, jefe de reducciones. Luego de la muerte de Mayas, hubo unos años de inestabilidad entre los indígenas, hasta que Antonio Saldaña fue elegido “rey” de Talamanca. También el gobierno de Costa Rica nombró a un jefe político en Talamanca, en Sipurio, lugar donde intentó establecer una colonia agrícola que no prosperó. Dichos jefes políticos intervinieron en las disensiones entre los indígenas y llegaron hasta el asesinato con el fin de valerse de los jefes para movilizar la mano de obra indígena para que realizaran cultivos y otros servicios a su propio favor. Más tarde, cuando comenzó la instalación de la Compañía Bananera en la región, el jefe indígena Antonio Saldaña dio una lucha frontal contra la expansión del cultivo bananero hasta su muerte en circunstancias no aclaradas en 1910.

156 En la región del Pacífico sur, debemos establecer la diferencia de la región de los pueblos indígenas de Boruca y Térraba de la de Buenos Aires de Osa. En relación a los dos primeros pueblos, estos se mantuvieron bajo la fuerte influencia de los sacerdotes, primero los franciscanos y más tarde el clero secular. Las autoridades locales indígenas parece que se encontraban bajo el dominio de dichos sacerdotes. Fue sólo a principios del siglo XX cuando el gobierno designó a un agente de policía en Boruca. Térraba sufrió el paulatino despoblamiento, lo que dio lugar a que sus antiguos habitantes se dispersasen por el territorio formando pequeñas rancherías. Algunos de estos indígenas se convirtieron en campesinos productores de café. Mientras tanto, en Buenos Aires de Osa, los indígenas abandonaron el lugar ante la creciente presencia de colonos procedentes del interior del país.

157 En las costas de Golfo Dulce se comenzaron a instalar colonos principalmente de origen “chiricano”, es decir procedentes de Chiriquí en Panamá. Se instalaron con sus familias y se dedicaron al cultivo de autosubsistencia y a intercambiar con los barcos que se detenían en la costa, a los cuales llevaban hule y zarzaparrilla.

158 Otro tipo de colonos se instaló en las llanuras de Buenos Aires de Osa. Aquí los indígenas de Chirripó tenían sus “casas de verano”, es decir tenían sus campamentos en su ciclo de “nomadismo cíclico”. Hacia 1870 llegaron los primeros colonos del interior del país. Al principio los indígenas huyeron, pero luego se estableció un trueque entre ambos grupos de poblaciones. Inclusive, al principio, los campesinos procedentes del Valle Central imitaron las viviendas de los indígenas. Pero muy pronto desarrollaron un modo de vida similar al del interior del país. Más tarde nuevos colonos ocuparon lo que luego sería Santa María de Dota y San Isidro del General. En este último lugar algunos colonos del interior expulsaron violentamente a los indígenas de los lugares donde tenían cultivos de cacao y otros productos. Sin embargo, San Isidro luego prosperó como una población que agrupaba a costarricenses, indígenas viceítas y chiricanos.

159 Otro aspecto que hemos tratado de dejar claro es el relativo a la existencia de numerosas evidencias de que en las tres regiones en el pasado había vivido una muy numerosa población. Tanto en las extensas llanuras del norte, en los valles de Talamanca, así como en Buenos Aires y territorios del Valle del Grande de Térraba y el Valle del Diquís. Se mencionan vestigios de edificios, caminos e innumerables sepulturas. Esta numerosa población correspondía a los habitantes indígenas que vivieron en los siglos previos a la llegada de los españoles y que perecieron como consecuencia de la conquista y todas sus secuelas. A lo largo del siglo XIX las poblaciones indígenas de las tres regiones disminuyeron como consecuencia del embate procedente de las áreas de los ecúmenes de origen europeo, además ahora sufrieron las consecuencias de la propagación de una nueva epidemia, la malaria. Por otro lado, algunos de los indígenas quedaron integrados dentro de este ecúmene en expansión, convertidos en mestizos o ladinos.

Notas de pie de página

160*El autor agradece la colaboración de Alejandra Boza V., Laura Sancho G. y Saskia Ostersehlte O. quienes recopilaron la información citada en este artículo.

161fm1. Véase José Antonio Salas, Liberalismo y legislación agraria: Apuntes introductorios para el estudio de la colonización agrícola de Costa Rica durante el siglo XIX. Escuela de Historia, Universidad Nacional, mimeo, s. f., págs. 9-10.

1622 Véase Margarita Bolaños A. La lucha de los pueblos del Valle Central por su tierra comunal. Siglo XIX. Universidad de Costa Rica, Maestría en Historia, tesis inédita, 1986.

1633 Véase Nancy Farris, Spaniards and Indians in Southeastern Mesoamerica: Essays on the History of Ethnic Relations, (University of Nebraska Press, 1983).

1644 Véase Juan Carlos Solórzano F., “Indígenas insumisos, frailes y soldados: Talamanca y Guatuso, 1660-1821”, en: Anuario de Estudios Centroamericanos, Universidad de Costa Rica, Vol. 23 (1-2), 1997, págs. 143-197.

1655 Véase Paulino González V. , “La Conquista”, en: Desarrollo Institucional de Costa Rica, San José, Ediciones Guayacán, 1988, págs. 111- 112.

1666 Véase Jaime Incer, Viajes, Rutas y Encuentros (1502-1838) (San José, Libro Libre, 1990), pág. 430.

1677 Véase Colección de Documentos para la Historia de Costa Rica (CDHCR), vol. IX, Barcelona, Imprenta viuda de Luis Tasso, 1907, p. 510 y “Autos seguidos a pedimento del Syndico de San Francisco sobre el descubrimiento de siertos yndios que havitan la montaña Guatuza”, Archivo Nacional de Costa Rica, Sección Histórica, Serie Cartago, No 522, folios 2, 2v.

1688 CDHCR, vol. IX, pp. 516, 519.

1699 Thiel, Datos Cronológicos para la Historia Eclesiástica de Costa Rica, s f. s. l., p. 192.

17010 Don Antonio de la Fuente pide se levante una información sobre los trabajos de los misioneros en el descubrimiento de los indios guatusos (1785), Revista del Archivo Nacional, Tomo II, julio-agosto de 1938, págs. 545-546.

17111 Ibidem, págs. 546-547 y Thiel, Datos Cronológicos, pág. 212.

17212 Hubert Howe Bancroft, History of Central America, Vol II, New York, s. f., pp. 615-617 “Diario de viaje que hizo para la isla de Ometepet, fuerte provincial de San Carlos, Río Frío y cordillera de los indios Guatuzos el ilustrísimo señor don Esteban Lorenzo de Tristán, obispo de Nicaragua y Costa Rica”, Archivo Nacional de Costa Rica, Sección Histórica, Serie Complementario Colonial, No 4677, 18 de marzo de 1783.

17313 Vid. Helia Betancourt de Sánchez y Adolfo Constenla Umaña, “La expedición al territorio de los guatusos: una crónica colonial hispana y su contraparte en la tradición oral indígena”, en Revista de Filología y Lingüística de la Universidad de Costa Rica, Vol. 7 (1 y 2), 1981, págs. 19-34.

17414 Este período ha sido estudiado en el artículo “Indígenas y neohispanos en Areas Fronterizas de Costa Rica 1800-1860”, en Anuario de Estudios Centroamericanos, Universidad de Costa Rica, vol. 25 (2), 1999, pp. 73-102.

17515 Walter Obando,”Núcleos y redes de poder local: antes y después de la Independencia. Prosopografía Política de los Cabildantes y Electores del Valle Central de Costa Rica (1800-1824)” Diseño de Investigación, Maestría Centroamericana en Historia, Universidad de Costa Rica, 1998, manuscrito, p.23.

17616 Mario Samper señala que hacia 1893 San Carlos tendría unos 300 habitantes, en tanto que Sarapiquí solo 167, si bien otras áreas estaban ya pobladas, tal como Buena Vista y Tapezco al norte de Zarcero. Mario Samper, Generations of Settlers: Rural Households and Markets on the Costa Rican Frontier, 1850-1935, Westview Press, U.S.A., 1990, pág. 118.

17717 E. G. Squier, Nicaragua, sus gentes y paisajes , (San José, Educa, 1972), pág. 70.

17818 William Gabb, “Tribus y lenguas indígenas de Costa Rica”, en CDHCR, vol. III, San José, Imprenta Nacional, pág. 310.

17919 Alejandro von Frantzius, _La Ribera derecha del Río San Jua_n, San José, Tipografía Nacional, 1895 pág. 34.

18020 Ibidem., págs. 46, 49-50, 53.

18121 Marc Edelman, “A Central American Genocide: Rubber, Slavery, Nationalism, and the Destruction of the Guatusos-Malekus”, Comparative Studies in Society and History, Cambridge University Press, Vol. 40, No. 2, April 1998, págs. 356-390

18222 En nota número 3 al pie de página enWilliam Gabb, Op. cit., págs. 306-307

18323 Thomas Belt, El Naturalista en Nicaragua. Banco Central de Nicaragua, pág. 30

18424 Gabb, p. 310 CDHCR, tomo III.

18525 Así lo informa la nota número 3, CDHCR, tomo III, pág. 307.

18626 Ibidem, pág. 307.

fn27. En nota número 6, en: Ibidem, pág. 310.

18728 Bernardo Augusto Thiel, “Entrada en el territorio de los Guatusos”, en: Ibidem, pág. 316.

18829 Ibidem, págs. 320-321.

18930 Karl Sapper, Viajes a varias partes de la República de Costa Rica 1899 y 1924, SanJosé, Imprenta Universal, 1942, págs. 95-96.

19031 Ibidem, pág. 94.

19132 ANCR (Archivo Nacional de Costa Rica), SH (Sección Histórica), Serie Matina Municipal, No 172, folios 25-26.

19233 Bernardo Augusto Thiel, Op. cit. , págs. 313-314.

19334 Ibidem, págs. 317 y 318.

19435 Ibidem, pág. 314.

19536 ANCR, SH, Serie Gobernación, No. 28931 (febrero de 1885).

19637 Jared Diamond, Guns, Germs and Steel: The fates of Human Societies, New York, London: W.W. Norton & Co., 1997, pág. 76.

19738 ANCR, SH, Gobernación, No 2696 (1885).

19839 José Daniel Carmona, De San José a Guanacaste e indios guatusos. Descripción religiosa, política, topográfica e histórica de esos pueblos y lugares, San José, Tipografía San José, 1897, págs. 151 y 158.

19940 Ibidem, págs. 217-218.

20041 Amado Céspedes Marín, Crónicas de la visita oficial y diocesana al Guatuso, San José, Imprenta Lehmann (Sauter & Co.), 1923.

20142 Ibidem, págs. 45-70.

20243 “Cómo se vive en los reductos de nuestra raza indígena”, Diario de Costa Rica, 12 de octubre de 1935. Año XVI, No. 4770, págs. 16, 20.

20344 Ricardo Fernández G., Reseña Histórica de Talamanca, Colección Biblioteca Patria No 1, Editorial Costa Rica, 1975, pág. 208.

20445 ANCR, SH, Serie Gobernación, No 1949, folios 1, 2 y 3 (año 1893).

20546 ANCR, SH, Serie Gobernación, No 1949, folio 1 y 1v. (año 1893).

20647 “Expedición e informe del capitán José Antonio Angulo al Valle de Matina, puerto de Moín y Territorio de Talamanca, Viceíta y Tierra de blanco, enero-abril de 1862, ANCR, SH, Serie Gobernación, No 23256, 40 folios, año de 1862. Vid. también: Documents Annexed to the Argument of Costa Rica, Rosslyn, Va., 1913, t. III, pág. 136.

20748 “TRADUCCION”, De la Estrella de Guernsey, febrero 12 de 1846, en El Mentor Costarricense 1842-1846, Abril 18 de 1846, Tomo 2, No 35 San José, Oficina de Publicaciones de la Universidad de Costa Rica, 1978, pág. 140.

20849 ANCR, SH, serie Gobernación (geográfico), No 9195 (1828).

20950 Enrique Cooper, Informe sobre el camino a Matina y la costa Norte, San José, Tipografía Nacional, 1896, págs. 15-26.

21051 Ricardo Fernández G, Op. cit., pág. 211.

21152 ANCR, SH, serie Gobernación, No 23256, folio 32, documento citado.

21253 Ibidem.

21354 Ricardo Fernández G, Op. cit.. pág. 211.

21455 ANCR, SH, serie Gobernación, No 23256 (40 folios), 1862. Documento citado.

21556 Ibidem, folio 11 y 11v.

21657 Ibidem, folio 32v.

21758 Ibidem, folio 26v.

21859 Ibidem, folios 34, 36v., 37

21960 Alejandro von Frantzius, “La parte sureste de la República de Costa Rica”, Anales del Instituto Físico-Geográfico y del Museo Nacional de Costa Rica, San José, 1890, Tomo III., págs. 107-113.

22061 La Gaceta Oficial, San José, martes 10 de septiembre de 1861, año 3, Número 131.

22162 Doris Stone, Las tribus talamanqueñas de Costa Rica, Ed. Antonio Lehmamm, San José, 1961., pág. 17.

22263 Ricardo Fernández G., Op. cit., págs. 216-217.

22364 Ibidem, pág. 218.

22465 Félix Noriega, Diccionario Geográfico de Costa Rica, San José, Imprenta Nacional, 1923, pág. 13.

22566 ANCR, Gobernación, No 28891 (1884), folios 2v. y 3.

22667 Ricardo Fernández G., Op. cit., pág. 220.

22768 Adolfo Tonduz, Exploraciones botánicas en Talamanca. Informe preliminar, Instituto Físico-Geográfico Nacional, San José, Tipografía Nacional, 1895, págs. 13-17.

22869 citados por Ricardo Fernández G. , Op. cit., pág. 222

22970 ANCR, SH, Gobernación, No 29006, folio 95, 95v.

23071 Patricia Fernández y Fernando González, Antonio Saldaña, Ultimo “Rey” de Talamanca, Publicación del Banco Central de Costa Rica, s.f., pág. 12.

23172 Francis C. Nicholas, “Impresiones de un norteamericano en Costa Rica”, en: Pandemónium, 22 de setiembre de 1904, año II, no 70, pág. 10 (traducido de Around the Caribbean and across Panamá, Boston).

23273 ANCR, SH, Serie Gobernación, No 7146, folios 20 a 22.

23374 ANCR, SH, Serie Gobernación, No 23330 (1881).

23475 Henri Pittier, “Exploración en Talamanca. Año de 1894”, en: Boletín de las Escuelas Primarias, Año II, No 37. San José, Tipografía Nacional, 25 de setiembre de 1895, págs. 198-201.

23576 Félix Noriega, Op. cit., págs. 35-36.

23677 Alejandro von Frantzius, “Sobre los aborígenes de Costa Rica” (1870) en Revista de Costa Rica, San José, 1925, Año 6, Nos. 10 y 11, p p. 218-220 y 225-234.

23778 Ibidem, pág. 97.

23879 Patricia Fernández y Fernando González, Op. cit., p. 12 Datos de José Sagarra y J. Juliá, Excursión por América, Costa Rica, Imprenta de Avelino Alsina, San José, 1907, pág. 556-563.

23980 Loc. cit.

24081 Ibidem, pág. 13.

24182 Ibidem, pág. 14.

24283 ANCR, SH, Gobernación No 8206 (1839).

24384 Ibidem, pág. 252.

24485 Ibidem, pág. 18.

24586 Walter Lehmann, “Tagebuch” (diario manuscrito), Costa Rica, martes 10 de diciembre de1907. Taducción de Miguel Angel Quesada, comunicación personal.

24687 ANCR, SH, Serie Gobernación, No 7267, folios 72, 72v. y 73.

24788 ANCR, SH, Serie Municipal Térraba, No 897 y Gobernación-geográfico No 9224, folios 19 y 19v.

24889 ANCR, SH, Serie Gobernación No 13250, folios 11, 11v.

24990 ANCR, SH, Serie Gobernación No 28538, folios 1 a 5v.

25091 ANCR, S H, Municipal Boruca No 214.

25192 La Gaceta Oficial, San José, martes 10 de setiembre de 1861, Año 3, Número 131.

25293 ANCR, SH, Serie Gobernación No 25697, folio No 25.

25394 Ibidem, folio 25v.

25495 ANCR, SH, Serie Gobernación No 3663 (1848).

25596 Alejandro von Frantzius, “La parte sureste de la República de Costa Rica” , Op. cit., pág. 110.

25697 La Gaceta Oficial, San José, martes 10 de setiembre de 1861, Año 3, Número 131.

25798 ANCR, SH, Serie Gobernación No 7357.

25899 Ibidem, folio 2v.

259100 Félix Noriega, Op. cit., pág. 245.

260101 Ibidem, pág. 30.

261102 Ibidem, pág. 29.

262103 Adolfo Tonduz, Op. cit. , págs. 107-130.

263104 Ibidem, pág. 124.

264105 Pedro Pérez Zeledón,Informes presentados a la Secretaría de Fomento acerca de las llanuras del Pirrís, valle del Río General o Grande de Térraba San José, Tipografía Nacional, 1907-1908, pág. 25.

265106 Elías Leiva, “Viaje a la región del General, Térraba y Boruca”, en Páginas Ilustradas, Año V, No 181, San José, 19 de enero de 1908, págs. 3013-3015.

266107 Pedro Pérez, Op cit., pág. 25.

267108 Ibidem, pág. 28.

268109 Elías Leiva, art. cit., págs. 3017-3018.

269110 Adolfo Tonduz, Op. cit., pág. 116.

270111 Henri Pittier, “Paginas de un libro sobre la exploración del Valle del Diquís”, en La Revista Nueva, Epoca I, No 5, San José, Tipografía Nacional, 1 de enero 1897, págs. 123-128.

271112 Ibidem, págs. 123-128.

272113 Ibidem, págs. 126-127.

273114 Ibidem, pág. 128.

274115 Loc. cit.

275116 Félix Noriega, Op. cit., pág. 31.

276117 Elías Leiva, art. cit., págs. 2999-3019

277118 Félix Noriega, Op. cit., pág.. 35.

278119 Jesús Gómez Salazar, “Informe sobre los pueblos de Buenos Aires, Térraba y Boruca”, en La Gaceta Oficial, Diario Oficial, San José, 2o semestres Año XXVIII, No 10, 12 de julio de 1906, págs. 52-53.

279120 Loc. cit.

280121 Elías Leiva, art. cit., pág. 3012.

281122 Pedro Pérez Zeledón, Op. cit., pág. 23.

282123 Adolfo Tonduz, Op. cit., pág. 130.

283124 Alejandro von Frantzius, “La parte sureste de la República de Costa Rica”, Op. cit., págs. 108-109.

284125 Jared Diamond, Op. cit., pág. 214

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Para citar este artículo :

Juan Carlos Solórzano F., « Los indígenas en las áreas fronterizas de Costa Rica durante el siglo XIX. », Boletín AFEHC N°32, publicado el 04 octubre 2007, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=1721

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