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AFEHC : noticia : Algunas Publicaciones de Andrés Aubry (compilado por Ernesto Godoy) : Algunas Publicaciones de Andrés Aubry (compilado por Ernesto Godoy)

Ficha n° 1730

Creada: 03 octubre 2007
Editada: 03 octubre 2007
Modificada: 04 octubre 2007

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Autor de la ficha:

Christophe BELAUBRE

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Algunas Publicaciones de Andrés Aubry (compilado por Ernesto Godoy)

Historia y compromiso con el presente
Tipo de noticia:
Necrología
Lugar:
San Cristobal, Chiapas
Fecha:
3 de octubre de 2007
Resumen:

• ¿Quiénes son los lacandones?: examen del acervo documental del Archivo Histórico Diocesano de San Cristóbal de Las Casas. San Cristóbal de Las Casas: Instituto de Asesoría Antropológica para la Región Maya, A. C. (INAREMAC), 1987.21 h. (Apuntes de Lectura, 7 sept. 1987).

Los padres dominicos remodelan a Chiapas. A su imagen y semejanza: secuencia histórica de la Orden en los documentos del Archivo Histórico Diocesano de San Cristóbal de Las Casas. San Cristóbal de Las Casas, Chiapas: INAREMAC, 1988.28 h.: il. (Apuntes de Lectura, 8 oct. 1988). [Contiene datos sobre la época colonial: h. 5-14].

Gente de Chiapas. San Cristóbal de Las Casas, Chiapas: INAREMAC, 1989.66 p.: il. (Apuntes de Lectura, 9-11 dic. de 1989).

• “Los lacandones en el Archivo Histórico Diocesano de San Cristóbal de Las Casas: filiación histórica e identidad étnica”. En Memorias del Segundo Coloquio Internacional de Mayistas (20.: 1987: Campeche). Memorias_. p. 1125-1143. México: [s.n.), 1989, vol. 2.

Los obispos de Chiapas. San Cristóbal de Las Casas, Chiapas: INAREMAC, 1990. 106 p. (Apuntes de Lectura, 12-15 mayo 1990).

San Cristóbal de Las Casas: su historia urbana, demográfica y monumental,1528-1990. San Cristóbal de Las Casas: INAREMAC, 1991.235 p.: il.

El Templo de Teopisca: respuesta barroca a la resistencia maya. Crónica de una restauración. San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México: lNAREMAC, 1993.25 p. (DOC. 042-Vl-93).

• “Miedo urbano y amparo femenino: San Cristóbal de Las Casas retratada en sus mujeres”, p. 305-320. En Mesoamérica. La Antigua, Guatemala, South Woodstock, Vermont, año 15, c. 28 (dic. 1994).

• “Los retablos barrocos de Chiapas”, p. 409-431. En Anuario 1996, Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (1997).

AUBRY, Andrés y Angélica Inda. “Cinco antítesis sobre los lacandones: bibliografia clasificada”, p. 321-345. En Antropología e historia de los mixe-zoques y mayas. (Homenaje a Frans Blom), editado por Lorenzo Ochoa y Thomas A. Lee, Jr. México: UNAM, Brigharn Young University, 1983.][Contiene datos sobre la época colonial: p. 321-330].

• “Chiapas 1813-1876. Las vivencias de los tiempos de transición”, selección y pa1eografia de Angélica Inda, comentarios de Andrés Aubry, p. 1-IV, 1-80. En Boletín del Archivo Histórico Diocesano. San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, vol. 5, núms. 1-2 (dic. 1994). [Contiene datos sobre la época colonial: p. 1-22].

• “De la Villa Real a la Ciudad de San Cristóbal de Las Casas: Documentos”, presentación de Andrés Aubry, p. 2-47. En Boletin del Archivo Histórico Diocesano. San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, núm. 3 (mar. 1982). [Contiene datos sobre la época colonial: p. 4-34].

• “Dos siglos en Chamula 1778-1985”, selec. y transcripción de Angélica Inda, presentación y notas archivísticas de Andrés Aubry, revisión de Jan Rus, p. 1-83. En Boletín del Archivo Histórico Diocesano. San Cristóbal de Las Casas, vol. 3, núms. 1-2 (ago. 1986) [Contiene datos sobre la época colonial: p. 8-26].

• “La fiesta de los pueblos: dolores de cabeza de clérigos y lágrimas de in- dios”, selección, clasificación y transcripción de Angélica Inda, introducción de Andrés Aubry , p. 1-111, 1-29 h. En Boletín del Archivo Histórico Diocesano. San Cristóbal de Las Casas, vol. 2, núm. 4 (ago. 1985).

• “Frailes, poetas y diversión popular”, selec. y transcripción de Angélica Inda, presentación de Andrés Aubry, p. 1-59. En Boletín del Archivo Histórico Diocesano. San Cristóbal de Las Casas, vol. I, nÚIll. 6 Gun. 1988).

• “Los insurgentes y el obispo de Chiapas 1810-1815. Correspondencia de Ambrosio Llano”, selec., paleografía y resúmenes de Angélica Inda, pre- sentación e índices de Andrés Aubry, p. VIII, 1-88. En Boletín del Archivo Histórico Diocesano. San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, vol. 5, núms. 4-5 (sept. 1996).

• “La invasión cultural: hechicerías y culturas indígenas”, p. 1-48. En Archivo Histórico Diocesano. San Cristóbal de Las Casas, Boletín 5 aun. 1983).

• “Nueva luz sobre lacandones”, recopilación, selec. y transcripción de Angélica Inda, presentación de Andrés Aubry, p. 1-74. En Boletín del Archivo Histórico Diocesano. San Cristóbal de Las Casas, vol. 2, núms. 5-6 (oct. 1985). [Contiene datos y documentos sobre la época colonial: p. 23-64].

• “El Soconusco colonial: cenizas de un tesoro”, presentación y comentarios de Andrés Aubry, diseño, selec. y paleografia de Angélica Inda, p. 3-49. En Boletín del Archivo Histórico Diocesano. San Cristóbal de Las Casas, vol. 3, núm. 6 (ene. 1989).

• “El templo de San Nicolás de los Morenos: Un espacio urbano para los negros de Ciudad Real”, Mesoámérica, Año 25, número 46, enero-diciembre de 2004 (número dedicado a tratar las Nuevas Historias de Chiapas Siglos XIX y XX), pp. 135-151

• Son muchas las publicaciones de Andrés Aubry que aparecieron en el periódico La Jornada. Por su importancia para la historia del presente que viven las comunidades indígenas de Chiapas, a continuación se transcriben.

“Chiapas: la nueva cara de la guerra”

Andrés Aubry (24 y 25 marzo 2007, La Jornada)

La nueva contaminación que perturba la llamada zona de conflicto se debe a viejos actores que cambiaron de táctica, se dieron un nuevo rostro y otros nombres: URCI y Opddic. Antes de identificarlos y de analizar la preocupante, profunda y peligrosa transformación del nuevo panorama de la selva Lacandona, importa recorrer el proceso desde sus inicios hasta la reciente situación revelada por la racha de comunicados que emanaron no de la Comandancia General sino de las juntas de buen gobierno de todos sus caracoles. El objetivo actual de la contrainsurgencia se presenta como un trastorno de la geografía territorial, para devolver a sus antiguos dueños “las tierras recuperadas” o progresivamente liberadas por el EZLN desde los tiempos de su clandestinidad.

La disputa por las “tierras recuperadas”

Antes de que estallara el conflicto, los dueños de la selva fueron sucesivamente las monterías para el saqueo de su riqueza forestal, los chicleros, las fincas latifundistas anticonstitucionales progresivamente convertidas en ganaderas, los narcos y 400 lacandones finalmente “concentrados” por Echeverría en lo que hoy es la reserva nacional de la biosfera Montes Azules. Entre estos emporios existían espacios desiertos, las tierras nacionales, que se ofrecieron a migraciones de campesinos sin tierra con la promulgación de “la apertura de la frontera agrícola” por José López Portillo. En este espacio nació en 1983 el EZLN.
En la segunda mitad del sexenio de Carlos Salinas de Gortari, los zapatistas eran ya un poderoso movimiento, aunque clandestino, y hacia él convergieron estas decenas de miles de migrantes que aspiraban a hacer suya la selva, cuna de su civilización, formando allí nuevos ejidos con engorosos trámites nunca finiquitados. El EZLN se presentó como un ejército defensivo, para protegerlos de los antiguos dueños; es decir, así como antaño el presidente Lázaro Cárdenas había dotado de armas a los campesinos para defender sus primeros ejidos y sus escuelas rurales, así el EZLN limpió progresivamente la selva de quienes la habían usurpado.

Los primeros en irse fueron los narcos, por lo tanto la policía (ya omnipresente) se deshizo de sus armas, ofreciéndolas sin problemas a los zapatistas, porque los confundían con pistoleros de los finqueros, pero no las vendían (por supuesto ilegalmente) sin adiestramiento previo de sus clientes. Así empezó una mala hora para los finqueros, pero también una buena para los campesinos: iban recuperando tierras con ejidos en formación hasta que Salinas, en 1992, reformando el artículo 27 de la Constitución, declaró que ya no había tierras repartibles. Bajo la presión del primero de enero de 1994, los latifundistas también abandonaron la selva.

Desde entonces, el EZLN iniciaba su fase pública. Para crear las condiciones del primer diálogo de paz, aquel de la Catedral, la diplomacia del comisionado Camacho logró crear una “zona gris”, sin militares (grosso modo, aquella de las ex tierras nacionales), en cambio de lo cual el EZLN liberó al ex gobernador Absalón Castellanos Domínguez. Ulteriormente, pasada la jornada trágica del 9 de febrero de 1995, que hizo peligrar la tregua pactada el 12 de enero del año anterior, se promulgó la ley del diálogo del 11 de marzo (de reciente aniversario), que hizo posible otro diálogo, aquel de San Andrés. La zona gris de Camacho, pero sin él en esa nueva circunstancia, se convirtió en el espacio en el cual el EZLN, conforme a la nueva ley, se iba transformando de movimiento armado en “fuerza política”, con la creación progresiva y pacífica de los municipios autónomos zapatistas. Desde ese momento, los nuevos dueños campesinos de la selva se iban fortaleciendo. A partir de 2003, la creación de los caracoles gestó allí un enorme esfuerzo pacífico y político, retroalimentado por escuelas y clínicas alternativas, programas de agroecología y un promisorio comercio alterno, directo (sin intermediario), de productos orgánicos.
Este espacio de ejidos (con resolución presidencial favorable pero no ejecutada) es el que el EZLN llama “tierras recuperadas”, no sólo en su aspecto agrario sino también en términos de gestión social. Hoy, con URCI, Opddic y hasta finqueros cuyas antiguas posesiones fueron pagadas a buen precio por el gobierno, está otra vez amenazado y, pese a la cancelación del reparto agrario por Salinas en 1992, hoy en vía de legalización por la Procuraduría Agraria en beneficio de estos nuevos usurpadores. Lo que está en juego, por lo tanto, es un retorno al statu quo ante aquel de los antiguos dueños de la preguerra. Las víctimas no son puros zapatistas, sino también los demás campesinos no afiliados al EZLN, también beneficiarios de la gestión plural de los caracoles.
Los recursos naturales: un casus belli. A partir de 1995 se estructuraron las políticas de contrainsurgencia pese a las recurrentes sesiones del diálogo de San Andrés, definidas en los dos tomos del Manual de la guerra irregular redactado por la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena). Su teoría militar recuerda lo dicho por Mao de que “el pueblo es a la guerrilla como el agua al pez”, pero prefiere otra táctica: “Al pez se le puede hacer imposible la vida en el agua (en las comunidades campesinas), agitándola, introduciendo elementos perjudiciales a su subsistencia, o peces más bravos que lo ataquen, lo persigan y lo obliguen a desaparecer o a correr del peligro de ser comido por estos peces voraces y agresivos” (tomo II, no. 547). El conjunto de estos peces son los paramilitares, designados como “civiles armados”.
Efectivamente, la Sedena vació el agua de las comunidades, las penetró. Los peces más bravos no son como antes agentes externos (los episódicos pistoleros, quienes regresaban a vivir en las ciudades después de cumplir su cometido), ni guardias blancas (una elite exógena que desaparecía después de sus crímenes); son, al contrario, indígenas de las comunidades con “trabajo” de tiempo completo e in situ. Los primeros fueron organizados como MIRA (Movimiento Indígena Revolucionario Antizapatista), cuya actuación fue muy discreta. Esta nueva fórmula necesita financiamiento, el que, siendo oficial, se debe justificar con nobles causas: en este caso la “revolución”. Otros siguieron con más constancia, cuya sigla se adornaba del “desarrollo”, de la “paz” o de los “derechos humanos” como Paz y Justicia, reclutado en el PRI, cuyo laboratorio fue la zona norte del estado, y sus víctimas fueron muchos presos y desplazados. Tanta violencia y los nuevos tiempos suscitaron escisiones, cuyos integrantes se pepenaron en el seno del PRD, la Unión Regional Campesina Indígena (URCI) y, desde el corazón de la selva por Teniperlas, la Opddic (Organización para la Defensa de los Derechos Indígenas y Campesinos), creada por el fundador del MIRA, es la nueva punta de lanza del actual sexenio en la selva.
Estos viejos-nuevos peces bravos, como los folclóricos mapaches y pinedistas de la Revolución que se decían villistas, son también campesinos e indígenas fieles a los viejos dueños priístas o finqueros y actúan como su carne de cañón. Adornados de las nobles causas de sus siglas, ocupan ahora 3 mil hectáreas de las ex tierras nacionales, desde el norte hasta el sur por el Nuevo Momón. Como ofrecen tierras en sus nuevos ejidos, legalizables o ya legalizados, drenan muchos campesinos afligidos por la inseguridad agraria pero, a diferencia de la gestión pluralista del EZLN (un mundo en que quepan muchos mundos; no dividir, unir; no vencer, convencer; no suplantar, representar), una vez posesionados de sus nuevas tierras, la Oppdic exige su adhesión. A los recalcitrantes, se les quita casas, cosechas o camiones, se les expulsa y así nace una nueva generación de desplazados.

En esta área reocupada, los peces bravos desarticulan los municipios autónomos, amenazan sus escuelas y clínicas alternativas, contaminan tierras regeneradas o reforestadas por la agroecología zapatista, imposibilitan el nuevo mercado justo y sin coyotes de las cooperativas exitosas. Es decir, se inicia un desmonte de la vía política pacientemente construida por los caracoles. Si el EZLN volviera a defender sus tierras recuperadas como en el tiempo armado de la clandestinidad, se estimarían violadas la tregua y la ley sobre el diálogo, y se lo culparía de conducir una guerra intestina, se calificaría el conflicto de intra o inter comunitario de indígenas contra indígenas. Es el nuevo rostro de la guerra con máscaras políticas, la de las siglas tramposas de los peces bravos.

Más allá de esta táctica engañosa, ¿cuál es su estrategia? Para entender, al revés del primer proceso tenemos que empezar por el fin proyectado. El horizonte es la privatización de los recursos naturales de la selva, puerta chiapaneca del corredor biológico que va de Puebla a Panamá: la zona petrolífera cuyos pozos fueron tapados desde 1993 con la detección del EZLN; las aguas dulces de los ríos y lagos de las cañadas; la riqueza maderera; las plantas medicinales codiciadas por la industria farmacéutica; el botín de la diversidad vegetal ya biopirateada (es decir, ya exportada clandestinamente o candidata a la transgenización); los ríos caudalosos, los paisajes y la fauna exótica para el turismo elitista de aventura. Una ganga para la acumulación (ajena) de capital en la sistemática crisis financiera y de producción, fácilmente excusable con un hábil discurso ecológico.

Esta riqueza enfatizada por los acuerdos de San Andrés, territorializada por las tierras recuperadas, es la que vigila el Ejército con el pretexto de una contención del EZLN, como lo ejemplifico Andrés Barreda al mapearlo: zona gris y recursos naturales coinciden en el mismo espacio. Al quedar bajo la gestión del zapatismo, su privatización sería imposible, pero con la docilidad hacia el poder de la Opddic y otros peces bravos, deviene factible.

¿El medio? La reforma salinista del artículo 27 constitucional y su ley reglamentaria. Al legalizar la reocupación de sus antiguos dueños por los nuevos ejidos de la Opddic, son ipso facto privatizables con el Procede, todavía optativo (lo que excluye que los zapatistas lo acepten) pero ya en gestación por los abogados de la Opddic. En tiempos “mejores”, los caracoles, municipios autónomos y juntas de buen gobierno se convertirían en niveles de gobierno sin territorio y sin bases, sus escuelas sin alumnos, sus clínicas sin enfermos, sus cultivos agroecológicos transgenizados, y su comercio alternativo sin clientes. De lograrse la estrategia, los zapatistas estarían en la imposibilidad de operar. ¿Y los campesinos e indígenas de la Opddic? Sencillo, se convertirían, dentro de sus propios ejidos, en los peones de las trasnacionales instaladas en las tierras hasta hoy recuperadas y ahora reocupadas, ya no por peces bravos sino por peces gordos: los nuevos operadores sistémicos de la última ola capitalista.

“Tierra, terruño, territorio”

Andrés Aubry (1 y 4 de junio 2007, La Jornada)

1. La defensa de territorios indígenas. En el país ya no hay puertos de pesca, se convirtieron en estacionamiento de yates, una millonada que no sirve a sus dueños sino sólo un par de semanas al año. Ni playas para pescadores, se las tragaron los hoteles. Ni bosques y selvas, sino escenarios artificiales ya contaminados para el distinguido turismo de aventura. Ni pastizales, sino terrenos de golf; ni ríos, sino drenajes abiertos; ni paisajes campesinos, sino parques turísticos; ni paisajes callejeros de antoñonas ciudades, sino disneylandias coloniales. La Conquista neoliberal arrebata tierras como hace 500 años, destruye terruños para construir territorios regalados a cosechadores de divisas.
La tierra en un sentido amplio es el planeta Tierra que Edgar Morin llama la Tierra Patria; los indígenas, la Madre Tierra; Saint-Exupery, la Tierra de los Hombres. En concreto, el terreno con el cual uno toma raíz en ella es una realidad necesariamente colectiva de quienes la trabajan y la garantía de la libertad de quienes la habitan: Tierra y Libertad. Como la calle y la libertad que en ella normalmente circula, no es de nadie, porque es el espacio colectivo de todos los que la animan, en ellas se expresan, gozan o luchan, le dan vida.

El terruño es la patria chica, mi memoria desde la niñez, lo que añoran el migrante y el exiliado, lo que sepulta mis muertos, lo que el Principito llama su rosa con su compañero el zorrito: la materialidad, la vida y la animalidad del hombre y la humanización de la materia, de la vida y del animal hospedados en este terruño. Terruño es inseparable de cariño.
El territorio es el espacio reapropiado por un pueblo, el patrimonio del first people, el pueblo originario que lo ha habitado y modelado en el transcurso de los siglos (acuerdos de San Andrés y Convenio 169 de la OIT), el que alberga la raíz y las ramificaciones actuales de su historia. Tiene y genera soberanía.

Tierra, terreno, terruño y territorio (banamil, osil, y la secuencia lum, jteklum, lumaltik de los tzotziles y tzeltales) y lo que contienen no se venden ni se compran ni se confiscan porque son de los muchos que le deben su existencia colectiva, histórica, cultural, un bien colectivo transgeneracional, la garantía de la existencia futura de quienes los marcaron y los siguen marcando de su sello per secula seculorum. Juntos son una herencia cósmica, un llamado histórico, una memoria activa.

Esto, nos lo recordó la comandanta Kelly en San Cristóbal al salir para la decimoprimera etapa de la otra campaña, el 25 de abril de 2007, identificándola como la Defensa del Territorio: Para los pueblos indígenas, campesinos y rurales, la tierra y el territorio son más que trabajo y alimento: son también cultura, comunidad, historia, ancestros, sueños futuro, vida y madre. Pero desde hace dos siglos el sistema capitalista desruraliza, expulsa a sus campesinos e indígenas, cambia la faz de la Tierra, la deshumaniza.

Metiendo las cosas en su lugar, la flora y la fauna realmente existentes no son obra de la sola naturaleza. Son, para bien o para mal, el fruto circunstancial de un milenario matrimonio entre la naturaleza y la humanidad, es decir, un producto de la historia. Su autor y actor son un sujeto histórico colectivo: los pueblos, cuyos instrumentos han sido sus culturas y su saber global acumulado que, como empieza a reconocerlo la ecología, atinó más que el presunto conocimiento parcial de los científicos.

La naturaleza sola generó el mar, la jungla (la vegetación espontánea del trópico húmedo) y el monte (ídem en tierra fría o templada), las estepas, los desiertos, etcétera. En el transcurso de la historia, el hombre los ha transformado todos en paisajes: los pueblos pescadores o marineros han trazado rutas océanas, construido puertos y diques, escogido y arreglado playas; los mayas han transformado la jungla en selva; los pueblos agrícolas, el monte en una asociación de bosques y parcelas de cultivo; los pueblos de pastores y cazadores hicieron habitables sus estepas al tratarlas como praderas y pampas; los beduinos, al surcar desiertos, hicieron surgir oasis y tendido rutas con sus cruceros.
La naturaleza real opera históricamente desde su longevo matrimonio con el hombre. El hombre humaniza todo lo que toca, lo civiliza y se lo reapropia. La mano del hombre, donde sea y progresivamente, es visible en todo: en las montañas, en el agua, en el suelo, el cielo y el aire, es decir, transforma el planeta tierra en hogar: la tierra de los hombres, a partir del territorio (su reapropiación por un pueblo) colectivamente elegido para que fuera su tierra allí donde, dadas circunstancias evolutivas, era lo mejor porque su sabiduría lo había optimizado en función de sus deseos, sueños y proyecto de vida.
La fauna humana también no es despreciativo es huésped de la naturaleza y como tal, autor y actor – hasta de calidad- del devenir ecológico.

2.Otras reservas y reapropiación de territorios. La defensa del territorio se inauguró con la proclamación de dos reservas: en El Mayor, en el norte; en el Huitepec, en el sureste. ¿Qué pretende una reserva? ¿Qué se hace con ella? Se pueden examinar los conceptos, opciones y tipos de manejo que acarrea a partir de las reflexiones anteriores.
Una primera opción, hasta ahora la más difundida, es una medida administrativa (por tanto exógena a quienes las habitaban) que elimina el factor humano de la ecología. Crear una reserva es restaurar la naturaleza, entregándola a expertos de la “conservación”. Para que puedan operar se confisca un territorio al pueblo que la ocupaba: para crear en Chiapas la RIBMA (Reserva Integral de la Biosfera de Montes Azules), el gobernador Manuel Velasco Suárez expulsó a los lacandones de su hábitat, concentrándolos en tres nuevos poblados, aunque siguieran siendo los dueños legales de sus 600 mil hectáreas. Treinta años después, otro gobernador, Pablo Salazar Mendiguchía, expulsó a los choles, tzeltales y tzotziles del territorio lacandón (ya reducido a la mitad), cuya administración fue confiada a Conservación Internacional y algunos ambientalistas nacionales que congenian con su fundamentalismo conservacionista; los pueblos indeseables fueron concentrados en tres aldeas estratégicas: en Palenque y en Marqués de Comillas, nuestras reducciones del siglo XXI.
De hecho este conservacionismo es una máscara. Con el mismo discurso ecológico, sus colegas han acabado con el Amazonas en Brasil: el mayor pulmón continental se ha tendido de una red estratégica de autopistas que eliminó la fauna de esta selva convertida en mercancía; cuando se trazó, Ford y Volkswagen se hicieron dueños, cada uno, de 100 mil hectáreas selváticas; el majestuoso río Amazonas en Brasil ya está contaminado a partir de Manaos. En Chiapas quien desembarca del río Lacantún a Montes Azules topa con un gran letrero que anuncia el nuevo color de nuestra selva: Ford Motor Company. Un puente monumental y una carretera pavimentada cruzan el sur de la RIBMA, donde el río Azul se convirtió en chocolatera con riberas pobladas de basura. El discurso conservacionista que se emociona ante la naturaleza es el pasamontañas de Monsanto y otras trasnacionales que prometen bancos de germoplasma, industria transgénica y farmacéutica, biopiratería, o sea, empresas extractivas de riquezas vírgenes de la naturaleza. En los Altos es la misma hipocresía: quienes desafiaron a Zinacantán al promulgar de repente su reserva del Huitepec, en las faldas del pozo artesiano de San Cristóbal, entre sus tres cerros volcánicos de agua (uno de los cuales es el Huitepec), autorizan bancos de arena y grava que convierten en batea babeante de agua nuestro tinaco natural; levantaron un supermercado, un teatro y un “parque” cimentado en humedales, y taponan manantiales bajo la plancha de concreto y de nuevas colonias sin espacio verde, es decir, haciendo imposible la recarga de los mantos freáticos.

La segunda opción es más sutil, se podría calificar de cocacolera. La alusión a esta refresquería viene al caso porque, de hecho, reina sobre las dos reservas creadas por la segunda etapa de la otra campaña: la del Mayor, en el Golfo de California, y la del Huitepec en los Altos de Chiapas. En ambas creó y financia Pronatura, que gestiona reservas forestales en las dos cuencas, en intercambio de lo cual repone con cobertura vegetal eficiente el agua concesionada que surte sus refrescos, le ahorra impuestos por su acción benefactora y tiene voz y voto para la gestión acuífera de estas cuencas, administradas según el clásico balanceo de los ambientalistas: conciliar recursos naturales y superproducción industrial, el imposible matrimonio entre criterios rivales, como diría Wolfgang Sachs. Esta opción no resulta en confiscación y expulsión, es el privilegio vil de un consentido del sistema: el modelo capitalista-empresarial de desarrollo.

La tercera opción es la de la comandanta Kelly. En la vertiente zinacanteca del Huitepec, junto a la Reserva de Pronatura, pero aparte de ella, está la de los zapatistas. Una poderosa esponja vegetal retroalimenta el agua del Huitepec. Dentro de ella, entre espacios tupidos de vegetación espontánea, existen zonas de docta silvicultura: retahílas de robles (árbol que, a diferencia de los pinos, no genera ácido en los suelos, por lo que permite cultivos), de una variedad que acepta la tala sin que desaparezca, propina luz al bosque, y por tanto permite la asimilación clorofiliana de hortalizas o milpas y les ahorra hongos; por su localización forestal, goza de evapotranspiración, es decir, resiste las sequías. De propina regala la leña que todavía necesita la cocina (escandalosamente, pese al gas chiapaneco de Reforma) y, eventualmente, la fabricación y venta de carbón. La variedad de roble escogido hace que, al retoñar, el árbol crezca recto y poderoso (cuando en estado natural, se tuerce en espiral, majestuosamente, pero sin uso posible), lo que ofrece horcones a las casas y hasta buena materia prima a carpinteros. Terminado el periodo escogido de cultivo, los robles siguen desempeñando su papel ecológico, se regenera el tupido tejido vegetal con sus productos espontáneos de consumo corriente entre campesinos: tés, hongos, hierbas medicinales, además de la fauna que hospeda y mejora la dieta.

En la selva Lacandona, antes de que fuera despojada de su producto, primero por las monterías, luego por los chicleros, finalmente por los ganaderos, era lo mismo, como atestiguan todavía espacios poco accesibles a la maquinaria: las caobas y chicozapotes también eran alineados como los robles del Huitepec. Esto no lo hace la naturaleza, sino el saber acumulado de un pueblo, un agente ecológico tan poderoso como la naturaleza. Compatibilizó uso y autorreproducción del bosque, ecología y necesidades básicas con su agrosilvicultura, además de pastoril a veces, por ejemplo sus borregos.

Este criterio corresponde a otra opción y otro concepto de reserva: ni confiscación, ni expulsión, ni máscara, ni otro privilegio que el gozo y el cariño que otorga el territorio: una reapropiación popular y duradera, autosostenible, dicen los ambientalistas, hasta que, ahora, se convierta en blanco de la cancería capitalista en su fase noeoliberal.