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AFEHC : articulos : Gil Blas Tejeira: El arca de Noé de la modernidad y el paraíso perdido de la nación romántica. : Gil Blas Tejeira: El arca de Noé de la modernidad y el paraíso perdido de la nación romántica.

Ficha n° 1842

Creada: 22 febrero 2008
Editada: 22 febrero 2008
Modificada: 26 febrero 2008

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Autor de la ficha:

Luis PULIDO RITTER

Editor de la ficha:

Patricia FUMERO

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Gil Blas Tejeira: El arca de Noé de la modernidad y el paraíso perdido de la nación romántica.

Gil Blas Tejeira con su novela _Pueblos Perdidos_ lanzó una representación romántica y nostálgica de un espacio social, cultural y político desaparecido bajo el impulso de la modernidad: El Canal de Panamá. Pero, a partir del desaparecimiento de la nación “original”, la nueva nación emerge bajo una forma arielista y la construcción del Canal de Panamá condensaría la continuación del mito levantado por las élites criollas de la unidad de razas, culturas y pueblos.
Autor(es):
Luis Pulido Ritter
Fecha:
Febrero de 2008
Texto íntegral:

1 En Panamá una de las novelas poco atendidas y analizadas ha sido Pueblos Perdidos (1962) de Gil Blas Tejeira. La novela es una obra particular por su tratamiento narrativo, por su mundo implicado, que no solamente construye la situación neocolonial de Panamá, sino que también revela el andamiaje arquitectónico de una civilización romántica que está cruzada por el eco bíblico de representación del fin del mundo. El apocalipsis, la inundación de los pueblos de La Línea, está anunciada por la construcción del Canal. No hay novela en Panamá – solo comparable con San Cristóbal (1947) de Ramón H. Jurado en este aspecto – tan bíblica y apocalíptica como Pueblos Perdidos. Mismo el título de la novela nos lanza al espacio de representación donde domina el vacío de lo perdido, la existencia de un mundo inexistente o, mejor dicho, la modernidad –la expulsión del hombre de su espacio – es figurada apocalipticamente con una inundación de los pueblos de La Línea.

2 Podría afirmarse que en la literatura panameña, la incomodidad con respecto a la modernidad, representado por el Canal, el dinero y la prostitución, la inmigración y la apertura económica, tiene su trasfondo católico de rechazo a la usura, al capitalismo, que corrompe al panameño original y lo expulsa del paraíso. El rechazo a la situación neocolonial –la perdida de soberanía sobre una parte del territorio y el extrañamiento del espacio – con este trasfondo de religiosidad católica, convierte a la situación neocolonial como arcángel del mal, elementos que pueden encontrarse en Rogelio Sinán, Joaquín Beleño, Ramón H. Jurado y en Gil Blas Tejeira. Por ejemplo, en éste último vemos cómo a través del ingeniero francés de Pueblos Perdidos se manifiesta esta pauta de rechazo:

3“Desde su arribo al Istmo se había mantenido alejado de las mujeres porque le repugnaban las que hacían negocio de su cuerpo en los lupanares de Aspinwall, saturados de aventureras de distintas procedencias que habían invadido la plaza en busca de lucro” (1962:21).

4 Sin embargo, en la novela Pueblos Perdidos hay una matización, un desplazamiento del discurso anti-moderno que es moderno y ya no plantea sencillamente la crítica y el rechazo de la modernidad, sino que la mecánica de su construcción discursiva pasa por la aceptación de la modernidad como elemento inevitable y fatal. No había nada que oponerle, aparte de la descripción del mundo perdido, el paraíso romántico, como representación de un mundo mejor que el que quiere afirmar la modernidad. Es más, en Pueblos Perdidos quienes representan la modernidad – el francés y el norteamericano – dejan de ser demonizados a pesar de que ellos dan cuenta de la pérdida del paraíso, pues son resultado y “funcionarios” de esa modernidad.

5 Pueblos Perdidos fue publicada en 1962 con un histórico prólogo de Elsie Alvarado de Ricord. Ella afirma refiriéndose al autor que “es uno de los pocos casos en Panamá de un escritor que vive de la pluma” (en la contraportada). El autor era periodista y, antes de haber publicado Pueblos Perdidos, ya había editado dos libros de cuentos que, según Alvarado de Ricord, se caracterizan por lo “folklórico” y sus “cuadros costumbristas, que se basan en motivos interioranos” (en la contraportada). Esta crítica literaria denomina Pueblos Perdidos como una novela histórica y efectivamente es una novela que recrea el momento que va desde el intento de construción del Canal por los franceses hasta la inauguración del Canal por los norteamericanos en 1914. Pero, no obstante, la pregunta que en este punto debe formularse es si la presencia de la historia, como trasfondo y base de una construcción novelesca, es suficiente para designar una obra como histórica. Puede debatirse mucho sobre qué es una novela histórica, pero, sin lugar a dudas, Tejeira sigue el lineamiento tradicional de la novela histórica de tomar personajes históricos y los entronca con personajes ficticios. Como novela histórica Pueblos Perdidos pertenece al tipo de textos con un discurso homogéneo, no fragmentado, con un sujeto central que es la Idea romántica de la nación panameña: etnia, lengua religión1. Con este sujeto se busca construir una identidad nacional y cultural a través del amor – como lo ha visto Doris Sommer para la ficción fundacional latinoamericana – que se convierta en el espacio sentimental para la superación de las fragmentaciones históricas (1990). Es la novela que pretende fundamentar a la nación como resultado y discurso de la modernidad a través de un discurso romántico cruzado por el amor: las culturas y las “razas” se encuentran en la construcción del Canal de Panamá. Aquí hay un seguimiento de la Idea del progreso romántico neocolonial – el Canal de Panamá – que fue acariciado por las élites istmeñas desde la segunda mitad del siglo XIX2. Pero a diferencia de José Issac Fábrega que con su novela Crisol3 recrea en medio de un cañaveral esta idea romántica de la unión de las “razas” – como una proyección del Canal –, Tejeira no mete a sus personajes en el campo, en un cañaveral, en una plantación bananera, lejos de las ciudades de Panamá y Colón. Lo que hace es incluir al pueblo romántico a lo largo del ferrocarril transístmico y de las excavaciones del Canal. Y mucho menos desvaloriza a los negros antillanos por su llamada raza como lo hace Fábrega. En fin, él no los olvida ni los denigra, pero, sin embargo, no participan como protagonistas del drama amoroso de carácter romántico: unidad de las razas y las culturas. Tendencialmente en la novelística panameña el negro, el indio, el chino han sido excluidos de la nación romántica a través del amor4. Y cuando por vez primera el “negro” antillano aparece ejemplarmente en la narrativa amorosa – con Joaquín Beleño en Gamboa Road Gang (1960) – es acusado de violador y condenado a prisión5. Puede afirmarse siguiendo a Laurenza que Tejeira era también el novelista criollo de ascendencia española, pero de la clase media rural. No obstante, fue uno de los pocos intelectuales panameños que verdaderamente convivió con los negros antillanos. En 1945 fue elegido diputado a la asamblea constituyente por la provincia de Colón, donde había vivido por varios años y, además, fue nombrado embajador en 1929 en Jamaica donde permaneció por ventiséis meses (Jairo Posada: 1987). Tampoco hay que olvidar el prólogo que le escribió a George Westerman Para una mejor comprensión (1947). Estos datos biográficos de Tejeira son pertinentes, porque quizás él, como lo fue Sinán, Laurenza y de la Rosa, aunque no pertenecía a esta generación vanguardista por espíritu – Tejeira llegó a ser un escritor tardío – fue el que más conciencia tuvo de esta modernidad neocolonial panameña, caracterizada por la fragmentación del territorio, la inmigración y la apertura del país.

6 Estos elementos arriba mencionados nos ayuda a comprender la contextualización de Tejeira y especialmente su obra literaria: Pueblos Perdidos. La novela forma parte de un sistema de coordenadas idelógicas, culturales y personales. No puede reducirse a una mirada unidimensional. De aquí es posible que precisamente por esta omisión del cuadro general y del valor particular de Pueblos Perdidos, Rodrigo Miró la llega a rechazar categóricamente:

7“la novela se propone mostrar los días postreros de los pueblos del sector atlántico destinados a desaparecer con motivo de la formación del lago Gatún, obra indispensable al funcionamiento del Canal. Se refiere a los años comprendidos entre los prolegómenos del Canal de Lesseps y la conclusión de la empresa norteamericana. No faltan el ingeniero franco ni el médico norteño. Pero interesa mayormente al autor la vindicación histórica de Pedro Prestán, el inquieto cartagenero por muchos años vecinos de Colón, jefe allí de la revolución liberal de 1885, a quien se responsabilizó por el incendio de la ciudad en marzo de ese año y se condena a la horca.
Tejeira, ameno escritor, logra una y otra vez estampas animadas, pero la novela no cuaja. Sus breves capítulos no llegan a fundirse en un organismo. Y los personajes quedan apenas bosquejados. Muy pocos –la figura de Goethal alcanza firmes relieves- despiertan interés. Ninguna de las ficciones de Pueblos Perdidos se afirma de modo perdurable, ni la trama general supera los lindes de una historia común. Literariamente, es la obra más débil del autor (1972: 282)”.

8 Aquí no se trata de confirmar que Pueblos Perdidos es un texto de la modernidad neocolonial que tiene en sí mismo su calidad literaria. Pero lo que sí es necesario sentar es que el texto plantea una variante interesante de la recreación literaria panameña de la idea de nación romántica,. Me parece que la particularidad de Pueblos Perdidos consiste en que asume la situación neocolonial, es decir, plantea la modernidad, a pesar (y a costa) de la destrucción del mundo paradisíaco. Si por ejemplo completamos la lectura de Pueblos Perdidos con otros textos de Gil Blas Tejeira, particularmente con Campiña Interiorana (1956), emerge una relación simbólica que está formada por el paraíso, el pueblo y la juventud. El pueblo es joven e ingenuo. Esta afirmación aunque parezca evidente, sobre todo para las ciencias sociales, cuyos paradigmas teóricos ya están codificados en la dicotomía Gesellschaft und Gemeinschaft, no llega a dilucidar el peso textual de la vida individual de un autor, en este caso de Tejeira, en la producción de su obra. Si hay un autor, cuya obra está intervenida por la nostalgia y la ausencia de lo perdido, es precisamente en Tejeira. Pero es una nostalgia que no se elabora a partir de un mundo articulado en la esfera de las ideas, de un mundo posible e ilusorio, sino de un mundo vivido, existencial, un mundo efectivamente perdido de la vida cotidiana, un mundo que intervenido por las esferas de las ideas es romantizado o negociado con las ideas ilustradas. Tejeira da cuenta del peso de la modernidad, pero desde la-ausencia-de-lo-vivido. Y la relación de Tejeira con los poderes centrales, como el francés y el norteamericano, quienes intervienen en la construcción del Canal, está enmarcado dentro del proceso general de modernización que es impulsado por esos centros de poder político y económicos.

9 El problema central de Tejeira no consiste en oponerle un mundo a la modernización, como lo hace Ramón H. Jurado con San Cristóbal, pero sí hacer el catastro, registrar, catalogizar el mundo perdido. Y el mundo perdido es su propia juventud, período de su vida que transcurre en una sociedad tradicional, patriarcal, inmersa en fantasmagorías y supersticiones. El mundo que se pierde está caracterizado por el regionalismo, la estrechez social y cultural, donde un negro antillano, por ejemplo, que llega a Penonomé y que había estado – nadie sabía por qué y cómo – enrolado en la guerra de los Mil Días tiene que casarse con una ciega para adquirir mujer (1956: 35). Tejeira entra en la modernidad con la pérdida de su pueblo y su juventud, el desarraigo, pero, por otra parte, por su propia biografía personal, era un escritor de la modernidad, pues recorrió todo el país como maestro. Él conoció el Panamá de los pueblos, sin electricidad, sin maestros negros de inglés, sin el hielo, sin los barcos de vapor, en fin, el Macondo panameño. Pero es un mundo, además, que lo presenta casi sin conflictos sociales, sin guerras y celos familiares. Presenta a los pueblos perdidos en Campiña Interiorana con relación a la modernidad neocolonial que invade y penetra sus fronteras y que cambia los gustos y las palabras. Este es el conflicto, por ejemplo: que se siga cantando feliz cumpleaños y no Happy Birthday to you. En otras palabras, la situación neocolonial en Tejeira implicó la reconstrucción romántica de los pueblos perdidos, la lectura contraria de la modernidad – como parte de esa misma modernidad – que crea la ilusión paradisíaca de los pueblos perdidos. En este sentido, él da cuenta del impacto de la modernidad y, cuando llega a Chorrera, después de haber trabajado allí como maestro hacía algunos años atrás, escribe:

10“La Chorrera ha evolucionado mucho de entonces acá. Su calle principal es hoy de firme cemento. Hay buenas construcciones y los muebles modernos han substituido, en muchas casas, a los viejos taburetes que tanto abundaban antaño. La bombilla eléctrica ha desterrado al humeante farol que antes servía de objetivo a los enjambres de coleóptoros que realizaban bombardeos nocturnos en el poblado. Pero en mí subsiste con más grato el recuerdo del pueblo que conocí cuando llevaba conmigo el más preciado y fugaz de los tesoros: la juventud” (166, subrayado mío).

11 Esta última frase nos recuerda el poema de Rubén Darío Juventud, Divino Tesoro. La juventud, pues, como figura simbólica de la pérdida, ha sido un tema de recreación como mecanismo de recuperación y rechazo de la modernidad por los poetas modernistas hispanoamericanos. Pero esa juventud en el caso de Tejeira no solo fue una vida de ensueños y tampoco fue solo un recuerdo perdido y nostálgico. Es una juventud que también registra críticamente la transformación de los pueblos. En un pasaje de Campiña Interiorana se describe el arribo de la luz eléctrica a través del cine y presenta la dicotomía de la modernidad, porque, si por un lado, el cine implica una democratización del espacio público, en Penonomé los vecinos seguían estratificando la improvisada sala de presentación cinematográfica de acuerdo a su posición social por el tipo de sillas. Las familias de mejor posición social reservaban las entradas y dejaban transportar con la servidumbre sus sillas y sofás de mimbre. Y la película que veían una y otra vez era una película francesa “de un niño galo que en Argelia vencía por sí solo, gracias a su certero rifle de repetición, a todo un ejército de argelinos rebeldes contra la Metrópoli, armados de largas espingardas” (138).

12 Pero la inclusión de Panamá en la modernidad se hizo sentir amenazadoramente. Panamá no sólo había sufrido las innumerables guerras colombianas y especialmente la de los Mil Días que arruinó caseríos y economías, sino que también el Canal – por su posición estratégica – no estaba lejos de las guerras mundiales. Efectivamente, lo más corporal de esta inclusión, aparte del éxodo de gente que parte hacia la eonomía de tránsito y abandona sus cultivos, es el capítulo “Hambre sobre la Tierra” de Campiña Interiorana, porque allí nos dice que los pueblos perdidos de Panamá sufrieron hambre, no por la construcción del Canal o la Segunda Guerra Mundial, sino por la mala administración del gobierno de la capital de fijar cuotas de matanza de res para alimentar a las ciudades terminales de Panamá y Colón. En su propio pueblo, que fue Penonomé, nos describe ese hambre, donde los vecinos, que antaño habían vivido agradablemente, pasaron a la ley de la sobrevivencia6.

13 La novela Pueblos Perdidos, que se publica siete años después, da cuenta también de este abandono de las economías regionales – los pueblos de La Línea – por la economía de tránsito. En los pueblos de Campiña Interiorana se dibuja el Panamá que sufre el impacto de esa economía de tránsito y que no saca provecho de la situación neocolonial. En este sentido, Panamá es el pueblo perdido, la campiña interiorana lo es también. Y en Campiña Interiorana, por ejemplo, hay una versión romántica de esa modernidad – la construcción de la Idea de pueblo – que va hasta las fronteras de la xenofobia cuando en el texto se afirma: “en todo habitante de pueblo chico hay un repudio al extranjero” (265) ¿No estará pensando en Panamá, que es el verdadero pueblo perdido bajo su rostro romántico? ¿No será esta afirmación el otro extremo romántico de la también romántica afirmación de la integración paradisiaca de los pueblos de La Línea, especialmente, de Gatún en Pueblos Perdidos? ¿Y no será otra manera de hablar del Panamá que él desea? Al describir a los habitantes de Gatún en Pueblos Perdidos, afirma:

14“La gente era cordial y honrada. Había pocos blancos, abundaban los mulatos y predominaban los negros, todos en ejemplar integración. El escaso elemento extranjero estaba compuesto por algunas unidades antillanas y un chino dueño de una tienda de ultramarinos adicionada por una cantina y un patio donde se reñían gallos los domingos de la estación seca. José María, que era el nombre cristiano del asiático, se había unido a su mujer nativa y hablaba su español limpio de erres. Se había adaptado del todo al ambiente gatunero y se le tenía como miembro prominente de la colectividad” (74).

15 Gatún es un mundo romántico cuya integración es aculturada. No es tan siquiera transculturada como lo podría plantear por ejemplo un Fernando Ortíz, pues su Idea de cultura es una variante sofisticada de la ideología de la nación romántica7. Aquel es el mundo romántico que se pierde con la inundación de los pueblos de la Línea, un mundo al cual ha pertenecido la heroína de la novela María de los Ángeles con su hijo, resultado de su con el ingeniero francés que termina perdiendo la vida en Chile. Y es precisamente su hijo Camilo, que pasa a ser empleado del gobierno de los Estados Unidos, quien debe asumir la responsabilidad de decirle a los habitantes de Gatún que deben abandonar sus tierras y que a cambio recibirán una compensación del gobierno norteamericano. Por supuesto, hay resistencia de los gatuneros, pero no va más allá de un suicidio, y es el hijo de la centroamericana quien anuncia la inundación del mundo romántico: Gatún, que es una isla artificial, será cubierta con tierra.

16 La modernidad en Pueblos Perdidos se presentó como un arca de Noé. Se salvaban los que entraban en ella, no importara qué razones políticas o económicas tuvieran. Como el francés y el norteamericano, que deciden el destino de María de los Ángeles, los poderes centrales, primero Francia y, posteriormente, los Estados Unidos, eran quienes determinaban el destino de todo un país que había comenzado a ser República en la situación neocolonial. No debe pasarse por alto tampoco que, justamente, los hombres de María de los Ángeles son un ingeniero y un médico, no solamente figuras claves y necesarias para la construcción del Canal, sino de la modernidad en general en el cual la técnica y la ciencia desplazan el peso del letrado y del abogado, figuras tan características del Panamá colombiano y republicano. Además, el hijo de María de los Ángeles, ante la inminencia de la pérdida del mundo romántico, pregunta angustiado al futuro esposo de su madre, al médico norteamericano, lo siguiente:

17“-Doctor Simpson –balbuceó- Yo… usted no sabe… Mi madre es guatemalteca. Mi padre es francés. Yo nací en Colón bajo la dominación colombiana… Amo a Panamá y la considero mi patria. Pero no sé dónde localizarme. – Usted es panameño – opinó el norteamericano – y debe sentirse feliz de ser ciudadano de una república nueva que tiene un gran porvenir” (148).

18 Panamá que nace como República en la modernidad neocolonial coloca a Camilo en esta disyuntiva en cuanto a su pertenencia. Nunca se había hecho esta pregunta y solo se la hace cuando la modernidad neocolonial le obliga a preguntarse sobre su identidad, que no parte del discurso ilustrado, sino más bien romántico. Y la patria, para él, no es tierra, no es geografía, no es un localidad, como era (y es) para la tradición hispanoamericana de considerar la tierra como emblema de la patria. Es, antes que todo, un sentimiento de arraigo, es pertenencia a algo. Considera a Panamá como su patria, porque la ama. En Pueblos Perdidos este proceso desgarrante de transformación que ejerce la modernidad está doblemente dibujado, tanto por el diseño romántico-paridisiaco de Gatún, como por el embellecimiento de la presencia – civilizadora – francesa que fracasa en su proyecto de vencer la barbarie con la construcción del Canal. Porque efectivamente de lo que se trata es de culturizar tierras inhóspitas y gente que todavía vive y está en el estado natural rousseauniano del bon sauvaje, figura que se personifica en Martina la castellana, la negra empleada de María de los Ángeles – que también hay que sacarla del estado natural8.

19 El mundo de Gatún es un mundo donde se construye el estado natural, pero, sin que exista la comunidad comunista primaria, pues los gatuneros son pequeños propietarios de plantaciones bananeras y comercializan su producto con los intermediarios o agentes de Colón. Es una economía pre-capitalista, para no decir pre-moderna, donde no existe plusvalía, no hay división y racionalización del proceso de trabajo y administración, en fin, es una economía de subsistencia, que estaba destinada a desaparecer por la modernidad – la inundación. No había transición o inclusión. A los campesinos solo les quedaba vender sus tierras y, por supuesto, es interesante constatar que este pre-capitalismo entraba perfectamente con la especulación de la tierra – sobre todo impulsado por el francés – que aconsejaba a María de los Ángeles que comprara tierras a la orilla del Chagres para después venderlas a un buen precio ya sea a la Compañia Francesa del Canal o a los norteamericanos. Pero, además, el mundo de Gatún, su pre-capitalismo o su pre-modernidad, está muy bien caracterizado en la mentalidad del hijo de María de los Ángeles. Camilo, a pesar de lo inminente de la modernidad, no llega a separarse de la tierra o hacer otra actividad para la cual no ha nacido: ser agricultor. No hay que olvidar que Camilo es el panameño nuevo, el hombre nuevo que es resultado de esa modernidad neocolonial. El mundo – nostálgicamente – presencia el ocaso de lo romántico tradicional y asume simultáneamente un neoromanticismo arielista en el cual pueblos y razas unen sus destinos en la construcción del Canal.

20 Pero, ¿quién este este vástago Camilo? ¿Qué se propone? ¿Cuál es su ser? Camilo, como representación del panameño nuevo, es un hijo que no puede separarse del vientre materno, la tierra, la patria. Está pegado sentimentalmente a la tierra. No es el sujeto capitalista de las oportunidades, no es el sujeto de la movilidad capitalista y no piensa mucho menos en el negocio, en el riesgo. Vive a espaldas de la modernidad o no ve ninguna contradicción entre su mentalidad pre-capitalista y la modernidad. ¿No será esto precisamente la modernidad neocolonial en Tejeira? Quiere, eso sí, crear algo con sus propias manos – que es la crítica de la Entfremdung de la modernidad – pero su apego a la tierra es “existencial”, es su ser, y no llega a imaginarse a hacer negocios con (y en) la ciudad de Colón o Panamá. La tierra es su destino, su refugio, su ser. No llega a entrever verdaderamente las consecuencias y las posibilidades de la modernidad que entra y transforma el patio de su casa. Su posición frente a la modernidad es más bien pasiva y se refugia en la tierra como un oficio determinado por el destino. Por un lado, esta mentalidad pre-capitalista, entonces, solo podía registrar con sorpresa – y con cierta admiración provinciana – la construcción del ferrocarril, el arribo del fonógrafo, el gas, la pavimentación de las calles, la limpieza de las ciudades, el hielo importado de los Estados Unidos y la construcción del Canal. Y, por otro lado, esta misma mentalidad solo podía ver como fatalidad la pérdida del mundo romántico y con irritación “la intromisión del extranjero violador” (208).

21 Con Pueblos Perdidos se encuentra el pulso interior, escondido y determinante de un mundo que se resiste a aceptar su ocaso. La novela da cuenta permanente de esta fractura o ruptura precisamente al crear – con lo perdido – lo que había sido con el pueblo de La Línea y lo que habría podido ser si los franceses hubieran construido el Canal. Cuando el ingeniero francés conoce a la guatemalteca por intermedio de Prestán8, se propone no solo hacerla su mujer, que no es suficiente, sino también civilizarla, hacerla una dama culta. Y es aquí, entonces, que se da una relación muy significativa con la Idea ya elaborada por Rodó sobre las diferencias de la civilización latina (el espíritu) y la anglosajona (lo material). Tejeira construye al ingeniero francés precisamente como el representante de esa civilización latina que está en busca del Ideal, lo culto, y el personaje adquiere una misión civilizadora, emancipadora. Y cuando decide partir hacia Chile – después del fracaso del Canal Francés – le dice a María de los Ángeles que “tú no eres ya la muchacha solitaria y esclavizada que yo conocí en La Antigua”(104). Efectivamente, en su ensayo Nuestra Generación (1957), Tejeira afirma que su generación nació leyendo el Ariel de Rodó y constata, sin embargo, lo siguiente: “la madurez nos ha llevado a conocer que no somos los hispanoamericanos tan arieles, ni los norteamericanos tan calibanes, como nos vio el escritor uruguayo” (1957: 52).

22 En Pueblos Perdidos, para no hablar del ingeniero francés, que pasa a ser representante de esta civilización, la presencia de Ariel, el noble y el idealista, también habla a través del médico norteamericano que muestra sus sentimientos a María de los Ángeles. Es como si la única manera de aceptar a los extranjeros de los poderes centrales es cuando están arielizados. Por lo tanto, Tejeira sigue aplicando el fundamentalismo cultural e ideológico diseñado por Rodó. No supera los límites y las limitaciones de esta construción, como tampoco supera las fronteras de creer que a la raza y al sexo le pertenecen determinadas propiedades innatas, naturales y eternas. Además es interesante constatar cómo se establece la relación simbólica, es decir, una relación que está presente en el transcurso de la novela, determinándola, y formándola narrativamente. Hay dos polos que mantienen el equilibrio simbólico narrativo y está compuesto, por un lado, por la mujer, la debilidad y la seguridad y, por otro lado, por el hombre, la acción, la decisión y el riesgo. Tanto María de los Ángeles como su hijo, que es Panamá, está sometida a los vaivenes y a los dictámenes de los poderes extraños y solo se entrega si los hombres – y los poderes – son transformados en arieles. En la última página de la novela, cuando ya los pueblos de la Línea han sido inundados no por el agua, sino que han quedado enterrados bajo la tierra, las piedras y las cascadas, María de los Ángeles, mientras presenciaba “muy junto con el doctor Simpson” el paso del barco Ancón por la Gran Zanja, “traía a su recuerdo su pasado. Había llegado a admirar y querer a su marido y se sentía protegida y segura a su lado. Pero no pudo evitar que una frase añorante aflorara a sus labios -¡Oh! ¡Si Camilo hubiera visto ésto!”. En fin, aquí encontramos el final del progreso romántico, ya muy bien advertido por Roque Javier Laurenza en su ensayo de 1933. Un progreso que simultáneamente pone en juego la pérdida romántica de los pueblos de La Línea y la unidad romántica – el amor que cruza las razas y las culturas – superando la fragmentación y el conflicto de la modernidad neocolonial.

23 Y el último capítulo de Pueblos Perdidos se llama “Un barco cruzó el Istmo”(215), figura metafórica de esa modernidad que, como el Arca de Noé, lleva consigo esa nueva modalidad de la realidad panameña que se presenta a los ojos de los presentes como un “milagro”, porque ven pasar al barco Ancón a través de las esclusas movidas por esa fuerza “misteriosa” e “invisible” que es la electricidad.

Conclusión

24Gil Blas Tejeira con su novela Pueblos Perdidos lanzó una representación romántica y nostálgica de un espacio social, cultural y político desaparecido bajo el impulso de la modernidad: El Canal de Panamá. Pero, a partir del desaparecimiento de la nación “original”, la nueva nación emerge bajo una forma arielista y la construcción del Canal de Panamá condensaría la continuación del mito levantado por las élites criollas de la unidad de razas, culturas y pueblos, pero sin la participación de la inmigración del Caribe en la idea de la nación romántica. Esta no participación de los inmigrantes del Caribe de ascendencia afro-antillana en la idea de nación modelada en la novela Pueblos Perdidos llama mucho la atención en Tejeira, porque, sin embargo, en su actividad política estuvo muy vinculado con la integración de esta inmigración a la nación panameña. Es más, es más llamativa esta no participación si partimos del hecho de que esta inmigración se concentraba en las ciudades principales del país: Panamá y Colón. En efecto, esta inmigración no hablaba español y no eran católicos y, en cierta manera, como elemento de prestigio y resistencia, estaban vinculados emocionalmente con sus islas y al imperio británico. En su representación de Gatún que desaparece “bajo una fuerte capa de piedras, cascajo, arena y tierra” (208), los antillanos son tratados como extranjeros y en la novela son tratados al margen. En efecto, con el desaparecimiento de Gatún el autor nos contrapone un mundo que, según su construcción, está caracterizado por un pueblo donde predominaban los negros – con mulatos y algunos blancos – “todos en ejemplar armonía” (74). Pero la armonía para este autor – como para aquellos que planteaban la asimilación – tenía como pre-condición adoptar un nombre “cristiano” y hablar español. Esta idea de Gatún que queda enterrado – y casi olvidado en la memoria histórica del país – es la búsqueda de Pueblos Perdidos, una especie de ideal de país que es apoyado por el mito del Canal como vehículo de unidad de las razas y los pueblos.

25

26
h4. Bibliografía

27Arias Mora, Denis F. “La novela histórica como andamiaje reflexivo de los grandes problemas de la historia en América Central: un comentario a Manosanta (1996) de Rafael Ruiloba”. En: Istmo (revista virtual de estudios literarios y culturales centroamericanos), nr. 9, julio-diciembre, 2004.

28Aust, Hugo, Der historische Roman. (Stuttgart – Weimer: Verlag J. B. Metzler, 1994).

29Beleño, Joaquín Gamboa Road Gang (los forzados de Gamboa). (Primera edición en 1960. Panamá: Manfer S.A, 1996).

30Fábrega, José Isaac. Crisol. Primera edición en 1936. (Panamá: Edición conmemorativa del centenario de la República, 2002):.

31Jurado, H. Ramón. San Cristóbal. (Primera edición en 1947, Panamá: Manfer S.A, 1994).

32Laurenza, Roque Javier_Los poetas de la generación republicana_. (Panamá: Ediciones del grupo Pasaje, 1933) .

33Mackenbach, Werner: “La nueva novela histórica en Nicaragua y Centroamérica”. En: Istmo (revista virtual de estudios literarios y culturales centroamericanos), nr.1, enero-junio, 2001.

34Miró, Rodrigo. La literatura panameña (origen y proceso). (San José, Costa Rica: Imprenta Trejos Hermanos , 1972)

35Ortíz, Fernando. Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar. (La Habana: Universidad Central de las Villas, 1963).

36Pereira, Octavio Méndez. Núñez de Balboa (el tesoro de Dabaibe). La primera edición es de 1934 con el título El tesoro de Dabaibe. (Madrid: Espasa-Calpe, S.A, 1972).

37Posada, John Jairo. Aspectos biográficos de Gil Blas Tejeira. En: Revista Lotería, nr. 364, p. 101-109. (Panamá: Impresora Panamá, 1987).

38Sommer, Doris, Irresistible Romance: the foundational fictions of Latin America. En: Nation and Narration, editado por Homi K. Bhaba. London and New York: Routledge, 1990.

39Tejeira, Gil Blas. Campiña Interiorana. (Mexico: Ediciones Caribe, 1956)
Nuestra generación. En: Revista Lotería, nr. 17, abril, p.22-27. (Panamá: Impresora Panamá, 1957).
Pueblos Perdidos (Panamá: Impresora Panamá S.A, 1962)
Lienzos Istmeños (Madrid: Ediciones Culturas Hispánicas , 1968)

40Westerman, George W, Hacia una mejor comprensión. (Panamá. Imprenta Nacional, 1946).

Notas de pie de página

411 En este sentido es interesante mencionar dos estudios que se han detenido en el análisis de las nuevas contextualizaciones de novelas históricas en América Central, porque dan cuenta del cambio del género en la región. Ver al respecto, Mackenbach (2001) y Arias Mora (2004).

422 Ya Roque Javier Laurenza, en 1933, había identificado esta ideología romántica del progreso representado por el Canal de Panamá, cuando escribe: “se cree ingenuamente que los Estados Unidos son nada más que mensajeros de la paz y la civilización; que indios y chinos, rojos y verdes pueden darse un abrazo sobre las esclusas gigantes. ¡El Canal!” (67).

433 Con respecto a Crisol (1936) el novelista Ramón H. Jurado afirma que es la novela típica de la clase media panameña, cuya mentalidad ha sido y es ver el Canal como eso, un crisol de las razas del mundo, y se distancia de Roque Javier Laurenza que, en su recepción crítica de 1937 “Fábrega, el novelista de la raza”, hace, según él, una apología de Crisol, donde se da el “_coktail étnico_, que será y ya es, el panameño” (1978: 49, subrayado mío). Pero si se lee bien la crítica de Laurenza se tiene que él ubica muy bien esta ideología cultural con respecto al Canal cuando afirma que Crisol y su novelista Fábrega, “es el novelista que le faltaba desde los días de la Emancipación, a los criollos, a los nietos de los españoles (49).

444 Con Octavio Méndez Pereira se sienta, sin embargo, un precedente ejemplar de construcción romántica de nación con la inventada y aculturada “india” Anayansi (_Núñez de Balboa_: 1972).

455 “Como todo el mundo sabía que la carne no alcanzaba, el pueblo se volvió madrugador. A las cuatro de la mañana, por todas las calles podía observarse un fantástico desfile de personas que, armadas de linternas, iban camino del mercado, deseosa cada una de ser la primera en llegar al mercado. Bailaban fantásticamente las sombras de niños, adultos y ancianos, proyectadas por la luz peripatética de las linternas, contra el pavimento y las blanqueadas paredes de las casas. A veces hacía frío y entonces los madrugadores iban envueltos en gruesas mantas que les daban aspecto fantástico. Todo el mundo se levantaba furtivamente para no despertar al vecino, por aquello de “soldado menos, ración más”. Llegaba primero el precavido trasnochador que hacía vigilia por las inmendaciones del mercado, atento al instante en que los cargadores arribaran con el cadáver de la res que ese día iba a tener el honor de ser consumida por la muy culta ciudad. Algunos niños, cansados de hacer fila, tiritantes por el frío madrugadil, se acurrucaban en un rincón, envueltos en sus mantas y con la canasta o el saco vacíos a su vera. Se sabía por anticipado que la carne no iba a alcanzar y los que ocupaban los puestos de retaguardia impetraban un milagro de Don Bosco o de cualquier otro santo” (168).

466 “Entendemos que el vocablo transculturación expresa mejor las diferentes fases del proceso transitivo de una cultura a otra, porque éste no consiste solamente en adquirir una distinta cultura, que es lo que indica la voz angloamericana aculturation, sino que el proceso implica también necesariamente la pérdida o desarraigo de una cultura precedente, lo que pudiera decirse una parcial desculturación y, además, significa la consiguiente creación de nuevos fenómenos culturales que pudieran denominarse de neoculturación”. (1963: 103).

477 Aquí Tejeira reproduce la construcción excluyente de una élite nacional – que quiere imponer un colonialismo interno – al proyectar en Martina la castellana, lo siguiente: “Ser castellano era y sigue siendo para los camíticos de la Costa, timbre de orgullo y diferenciación de los de su misma raza descendientes de antillanos de habla inglesa” (1962: 109).

488 En el caso de Prestán, que completa la triada formada por el francés y la centroamericana, es interesante leer que Tejeira se hace eco de la tesis de Max Scheller sobre el resentimiento, teórico alemán que fue muy leído en América por las traducciones de la Revista de Occidente de Ortega y Gasset, cuando el héroe revolucionario, dice: “A mí me acusan de que odio a los extranjeros y muy especialmente a los norteamericanos. Eso es falso, y usted lo sabe. _Pero no puedo negar que soy un resentido_”(15, subrayado mío). Y es precisamente Prestán, que se preocupa como un padre por el destino de María de los Ángeles, quien es acusado por “cuatro extranjeros que apenas conocían nuestro idioma y que miraban en Prestán a un tipo racialmente inferior”(47). Los extranjeros, en este caso, fueron dos norteamericanos, un italiano y un alemán.

Para citar este artículo :

Luis Pulido Ritter, « Gil Blas Tejeira: El arca de Noé de la modernidad y el paraíso perdido de la nación romántica. », Boletín AFEHC N°34, publicado el 04 febrero 2008, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=1842

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