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AFEHC : articulos : La Corona, el Ejército, y la sociedad colonial centroamericana : La Corona, el Ejército, y la sociedad colonial centroamericana

Ficha n° 1848

Creada: 28 febrero 2008
Editada: 28 febrero 2008
Modificada: 09 enero 2011

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Autor de la ficha:

Timothy HAWKINS

Editor de la ficha:

Rodolfo HERNANDEZ MENDEZ

Publicado en:

ISSN 1954-3891

La Corona, el Ejército, y la sociedad colonial centroamericana

Igual que el resto de América Latina, los cinco republicas de Centroamérica lucharon sin éxito a inocular sus instituciones políticas de la influencia e intervención de las fuerzas armadas. El resultado, a través del primer siglo crítico de independencia, fue una tendencia de resolver disputas políticas con las armas, una dependencia del brazo fuerte del caudillo como fuente de estabilidad, y la creación de estados cuyas instituciones civiles se retiraron en frente del cuerpo militar mayormente profesional. Para entender este papel desproporcionado hecho por las fuerzas armadas, se han reconocido en la historiografía contemporánea varias influencias importantes: el estado privilegiado del cuerpo militar dentro de la cultura hispana; las reformas borbónicas del siglo dieciocho; y, las guerras de independencia. En la superficie, Centroamérica parecía haber escapado el impacto directo de la mayoría de las fuerzas que conspiraron a fortificar la institución castrense en colonias como Nueva España, Cuba, y Nueva Granada antes de 1821. No obstante, al haberse separado del imperio español el nuevo estado independiente de Centroamérica se descubrió más militarizado que nunca. Este artículo investiga la contradicción aparente entre el cuerpo militar impotente del período colonial y su descendiente enérgico del siglo diecinueve con un análisis de una profunda transformación de la institución durante la época de independencia (1808-1821) que reformó el estado y la sociedad colonial. Argumenta que las condiciones únicas del Crisis del imperio español, más que cualquier otra cosa, facilitó la creación de una institución militar con la capacidad de sobrevivir la independencia y afectar la construcción de las naciones nuevas.
Palabras claves :
Milicias, Bustamente, Militarización, Guatemala, Independencia
Autor(es):
Timothy Hawkins
Fecha:
Fevrero de 2008
Texto íntegral:

1En un incidente trivial, quizás más sugestivo que sustancial, que ocurrió a finales de 1820 durante las campañas electorales bajo la monarquía constitucional restaurada, Mateo Ibarra se quejó de las tácticas sin precedentes de sus adversarios políticos. Ibarra, quien era miembro del Consulado de Comercio y afiliado de los Bacos, un grupo criollo que promovió las ideas más progresivas de la Constitución de 1812, intentó discutir el nuevo concepto de libre comercio en una reunión con los artesanos de la Antigua Guatemala el 17 noviembre cuando llegaron siete soldados con armas para prenderlo. Según Ibarra, los soldados seguían los órdenes de Máximo Coronado, el alcalde de la ciudad y partidario de los Cacos, una alianza de la elite aristocrática más tradicional. En su testimonio, Ibarra notó con amargura que los soldados habían venido de un batallón apostado en la Ciudad de Guatemala y que Pedro Arrivillaga y Coronado y Manuel Montúfar y Coronado eran sus oficiales1.

2Como el resto de América Latina, las cinco repúblicas que emergieron del difunto reino de Guatemala lucharon sin éxito para inocular sus instituciones políticas de la influencia e intervención de las fuerzas armadas. El resultado, a través del primer siglo crítico de independencia, fue una tendencia a resolver disputas políticas con las armas, una dependencia del brazo fuerte del caudillo como fuente de estabilidad, y la creación de estados cuyas instituciones civiles se retiraron en frente del cuerpo militar mayormente profesional. Para entender este papel desproporcionado, hecho por las fuerzas armadas, en la política moderna latinoamericana, los historiadores suelen enfocarse en la época colonial. Se han reconocido en la historiografía contemporánea varias influencias importantes: el estado privilegiado del cuerpo militar dentro de la cultura hispana; las reformas borbónicas del siglo dieciocho que transformaron y reanimaron la institución en las colonias; y, las guerras de independencia, un conflicto de más de diez años que convirtió a la América española en campo de batalla y, cuando por fin terminó, echó los soldados en el campo político.

3Sin embargo, Centroamérica parecía haber escapado del impacto directo de la mayoría de las fuerzas que contribuyeron a fortificar la institución castrense en colonias como Nueva España, Cuba y Nueva Granada antes de 18212. Durante casi doscientos años de dominación española, el reino de Guatemala sobrevivía con muy pocos recursos militares. Pasó el siglo dieciocho con medidas bien intencionadas pero incumplidas para crear defensas modernas según el modelo de las reformas borbónicas. Y, Centroamérica no experimentó ninguna rebelión profunda contra España durante la época de la independencia latinoamericana. No obstante esta historia, al haberse separado del imperio español el nuevo estado independiente de Centroamérica se descubrió más militarizado que nunca, y sus nuevos lideres no dejaron de aprovecharse del poder militar en los conflictos políticos que marcaron permanentemente las primeras décadas de estas naciones inmaduras.

4En este artículo espero explicar la contradicción aparente entre el cuerpo militar impotente del período colonial y su descendiente enérgico del siglo diecinueve, con el análisis de una profunda transformación de la institución durante la época de independencia (1808-1821) que reformó el estado y la sociedad colonial. Si bien las reformas borbónicas establecían ciertas precondiciones necesarias, yo argumento que la crisis del imperio español, más que cualquier otra cosa, facilitó la creación de una institución militar con la capacidad de sobrevivir la independencia y afectar la construcción de las naciones nuevas. Mientras esta crisis empezó con la caída de la monarquía española en la primavera de 1808, los cambios militares en Centroamérica no comenzaron hasta 1812, después de la llegada del Capitán General José de Bustamante y Guerra. La estrategia de contrainsurgencia que él formuló requería un ejército con suficiente capacidad ofensiva más que el instrumento defensivo tradicional, además de fundaciones institucionales seguras. El enlace entre el poder militar y el Estado que durante mucho tiempo ha estado vinculado con su administración serviría como modelo para líderes centroamericanos después de la independencia.

5Una de las características más notables de la experiencia colonial española es el hecho que España gobernó su imperio enorme sin inversiones significantes militares o un ejército permanente y profesional. En este respecto, Centroamérica era igual a las otras colonias: durante más de dos siglos algunas fortificaciones fronterizas dispersas, con guarniciones formadas por pequeños números de soldados españoles, defendían los límites del reino, mientras la Corona contaba con milicias para vigilar los pueblos del interior3. Las fortificaciones, sin embargo, ofrecían poca protección contra los ataques infrecuentes de enemigos extranjeros o incursiones de corsarios, porque la infraestructura y las guarniciones degeneraban fácilmente por el clima tropical de la costa caribeña. Aunque eran numéricamente mucho más fuertes que los veteranos españoles, las milicias también eran un instrumento defensivo relativamente inefectivo. Reclutados de la población inmediata en su mayor parte y organizados conforme a casta, los milicianos recibían poca instrucción, se movilizaban infrecuentemente, y carecían de las armas y provisiones más básicas. En 1764 el ministro español Julián de Arriaga le advirtió a Pedro de Salazar, el recién nombrado gobernador del reino, del estado espantoso de las fuerzas militares en la colonia. Según él, las milicias se encontraban “armadas tan malas y con tan poca disciplina que apenas merecen el nombre4.” Afortunadamente para España, las fuerzas militares del reino de Guatemala no fueron sometidas a prueba hasta el fin del siglo dieciocho.

6La facilidad con que Gran Bretaña conquistó la fortaleza española de La Habana, durante la Guerra de Siete Años (1756-1763), destacó los límites de una estrategia defensiva fundada en negligencia benigna. Dirigida ahora por la dinastía borbónica que impulsaba una agenda ambiciosa de reforma, España comenzó directamente a reorganizar sus defensas imperiales para conformarse mejor con las normas contemporáneas, desviar la presencia creciente inglesa en América y proteger sus colonias revitalizadas. Las reformas significaban más gastos para infraestructura, resultando en la construcción de nuevas fortificaciones e importantes cambios en la cantidad y calidad de los soldados y milicianos apostados en el impero. La corona expandió el número de soldados españoles; con más significación, aumentó y profesionalizó las milicias, renombrándolas milicias disciplinadas y requiriendo de sus nuevos reclutas adiestramiento intensivo y semanal a cambio de uniformes, armas y el fuero militar5.

7El impacto de estas reformas a través de América española fue, en ciertos casos, inmediato e importante. A causa del proceso rápido de reforma militar, durante el resto del siglo, España pudo defender sus posesiones de los ingleses y aun recobrar territorio que había perdido. Aunque algunos especialistas siguen debatiendo las consecuencias de la presencia militar creciente en las colonias, no existe mucha duda que el armamento y entrenamiento de americanos reformó muchas sociedades coloniales antes del fin del siglo dieciocho. En Nueva España y Nueva Granada, por ejemplo, las milicias reformadas se crearon con un mecanismo importante de asimilación, trayendo grupos rurales a espacios urbanos y ofreciendo a las castas bajas una oportunidad de movilidad social hacia arriba. Para los criollos, las milicias proveyeron acceso al poder y rango, siendo la aristocracia cubana un buen ejemplo de un grupo que se aprovechó de las reformas para apoderarse de la fuerza militar de la isla. Aunque se ha cuestionado en los últimos años la eficacia de muchas de las nuevas compañías de milicias disciplinadas, no se puede negar que un porcentaje mucho más alto de americanos obtuvo más conocimiento militar básico para 1800 que durante el período antes de las reformas. En vista de estos cambios importantes en la vida colonial, queda una pregunta que no deja de fomentar el debate apasionado e investigaciones continuas en la historiografía del período: ¿Qué impacto han tenido las reformas militares borbónicas en precipitar las guerras de independencia latinoamericanas? Este estudio no pretende solucionar ese problema histórico, sino reconocer, desde la perspectiva centroamericana, que la transformación militar de las últimas décadas del periodo español marcó permanentemente la sociedad del istmo6.

8La cronología de la reforma militar en el reino de Guatemala corre parejo con lo que ocurre en el resto del imperio, un proceso estimulado por el hecho que el istmo fue un frente en el conflicto con Inglaterra durante la Guerra de la revolución norteamericana. Ya en 1770 la Corona había enviado cuarenta y un oficiales españoles a la colonia; éstos fueron seguidos dentro de siete años por un batallón compuesto de 399 soldados regulares7. En 1779, Matías de Gálvez, quien había venido de España para supervisar la reorganización militar pero al poco tiempo fue nombrado capitán general del reino, escribió a su hermano José, el ministro de las Indias, que “desde mi arribo en esta capital e ingreso en el mando de la inspección no me ha quedado diligencia por hacer con el fin de tomar seguras noticias del estado en que existían las milicias, su instrucción y que armamento usaban. Nada me ha sido posible averiguar a fondo ni puede decirse que ha habido tal milicia sino una porción excesiva de gente alistadas sin método, ni arreglo en nada, por cuya razón la formación que estoy practicando es en el todo nueva creación8.” A pesar de su pesimismo, durante ese año Gálvez pudo realizar operaciones exitosas de tierra y mar contra los ingleses con sus milicias reformadas jugando un papel importante9.

9Durante las próximas dos décadas, el ambiente militar en Centroamérica experimentó importantes cambios. Compañías adicionales de soldados españoles llegaron para formar parte de las guarniciones de las fortificaciones que corrían del Petén, en Guatemala, al río de San Juan, en Nicaragua, además de aumentar la presencia española en la nueva capital del reino. Un poco más pequeñas, en números absolutos, que antes del inicio de las reformas, las nuevas milicias disciplinadas aún mantenían su posición en el corazón de la defensa del istmo. A principios del siglo diecinueve, más de 10,000 milicianos se dividían en los batallones y regimientos de la ciudad de Guatemala, San Salvador, Comayagua, Tegucigalpa, León, Nueva Segovia, Quezaltenango, Cartago, Santa Ana, Granada, y Chiquimula. Se encontraban varias compañías también en poblaciones más pequeñas como Olancho, Yoro, Verapaz, Ciudad Real, Nicoya, San Pedro Sula, Trujillo y El Realejo10.

10Sin embargo, a pesar de estos ejemplos claros de reforma, veinte años de este proceso simplemente no fueron suficientes para crear una fuerza armada totalmente integrada, un instrumento efectivo de coerción y control del que los líderes centroamericanos pudieran depender. Desde cierto punto de vista, el desarrollo institucional que corrió parejo con la reorganización de la infraestructura sugiere que un cambio permanente de poder, fuera de las autoridades civiles tradicionales, hacia la esfera de influencia militar ya había comenzado. El poder militar del capitán general comenzó a tomar precedencia sobre su poder civil como gobernador y presidente de la Audiencia. La expansión del fuero militar amplió el alcance de la justicia castrense sobre la población y consolidó su administración. Entre 1801 y 1802, la Corona confirmó esta dirección con la decisión de quitar de la audiencia dos poderes importantes. Una Real Orden mandó al subinspector de tropas, un puesto militar, de asumir el cargo de capitán general en el evento de una vacante, en vez del oidor decano del tribunal. Otra quitó el cargo de auditor de guerra de la jurisdicción de la audiencia, colocándolo bajo la autoridad del capitán general, donde pronto surgiría como un instrumento clave del poder estatal11.

11Los hombres armados, sin embargo, no dejaron de esforzarse contra los mismos problemas que durante décadas y más habían subvertido las defensas del reino. Las guarniciones de la costa, que sufrían bajas persistentes a causa de las enfermedades y la deserción, quedaron aisladas del resto de la sociedad centroamericana. En 1796, por ejemplo, después del comienzo de nuevas hostilidades entre España e Inglaterra, el subinspector de tropas de Guatemala, Roque Abarca, recibió órdenes de la Corona de aumentar la presencia española en la costa nicaragüense con un regimiento de infantería. Después de cinco años se había reclutado poco más de un batallón de soldados12. Como consecuencia, la Corona comenzó a depender de compañías de tropas de negros de la isla La Española recién arraigados en la costa centroamericana, un cambio que no mejoró las relaciones entre el ejército español y la población local.

12Un estado semejante afectó las milicias disciplinadas. Atraídos por la oferta del fuero militar, muchos guatemaltecos, criollos y mestizos, se alistaron en las compañías. Se organizaron los nuevos batallones con 500 a 700 alistados, pero muy pocos podían funcionar con un complemento de milicianos. Aun cuando el reclutamiento y el entrenamiento eran satisfactorios, frecuentemente no se podía contar con equipo básico como uniformes, armas, y municiones. En algunos casos, simplemente no se podía tener suficiente energía para superar los obstáculos inevitables. La milicia disciplinada de Quezaltenango, que nació en los años de la década de 1780, dejó de existir en 180613.

13Fue bajo estas condiciones difíciles que el reino de Guatemala experimentó la caída de la monarquía española y el comienzo de la crisis imperial. Se requería de este evento catastrófico para precipitar la metamorfosis final del ejército, de una fuerza reactiva y defensiva a un instrumento coercitivo y activista de intereses políticos. Sin embargo, durante tres largos y duros años, después de 1808, las autoridades centroamericanas lucharon sin éxito para librarse de su patrimonio militar problemático y consolidar un agente disuasivo efectivo que pudiera combatir amenazas internas e externas.

14En los primeros meses de 1810, la situación defensiva del istmo había llegado a un estado crítico en la opinión de las autoridades peninsulares y criollas. En 13 de febrero el ayuntamiento de Guatemala decidió pedir que se compraran unos 30-40,000 fusiles de la colonia inglesa de Jamaica y que se establecieran milicias urbanas en el reino14. De esta incursión en su esfera de influencia no hizo caso el Capitán General Antonio González Saravia, quien respondió que su asesor militar y comandante de artillería, Coronel José Méndez, emitiría un informe sobre el estado de defensa del reino durante una próxima junta de guerra.

15En 26 de marzo, González y Méndez se reunieron con el Intendente Ramón Anguiano, de Comayaga; el Coronel de Milicias José de Aycinena; el Coronel de Dragones Tadeo Piñol, y el Capitán de Ingenieros Juan Bautista Jáuregui para discutir los desafíos que subvertían la seguridad colonial15. En poco tiempo esta junta consideró la petición del ayuntamiento, con respecto a la compra de armas, que los regidores habían justificado invocando “la conveniencia y necesidad de que haya en el reino competentes armas para sostener su lealtad jurada contra cualquiera invasión extranjera y especialmente para el evento desgraciado de una desgracia general en nuestra Península.” Después, González resumió las múltiples solicitudes falladas hechas por su gobierno durante los últimos seis años para obtener pertrechos, a Nueva España, que no le hizo caso debido a su propia carencia de armas. La junta escuchó a Méndez, quien dio un informe deprimente sobre la escasez de armamento en todas las unidades militares del reino, y acordó enviar una petición al virrey del Perú pidiéndole artillería ligera y balas. También decidieron dirigir otra súplica a España, destacando la necesidad “evidente” de fusiles, pistolas, y espadas. Sin embargo, resignada a los caprichos de ayuda externa, la junta reconoció la importancia de promover un programa de aprendices en las armerías del reino. Luego se aplazó sin haber comentado de la posibilidad de conseguir armas de Jamaica.

16La junta se reunió en 9 de abril, esta vez con el Consulado de Comercio16. Méndez informó que existían en la colonia aproximadamente 7,350 fusiles en buen estado y 1,791 de mediano servicio, pero debido a que “están muy trabajados” fue necesario reponerlos todos. Así decidió la junta hacer una solicitud a la corona por 10,000 fusiles y bayonetas, 2,000 espadas o sables y 2,000 pistolas, reconociendo que a lo mejor la única fuente viable para estas armas eran los Estados Unidos. Después de calcular el costo de la solicitud, que pronto alcanzó los 150,000 pesos, los miembros de la junta remitieron el asunto a la Real Hacienda17.

17A principios de mayo, con mucha consternación y preocupación general, la Real Hacienda informó que el gobierno español podía contar con solamente 31,121 pesos disponibles. La situación había llegado al punto que el fiscal recomendó el establecimiento de una junta extraordinaria, compuesta de los ministros del Real Acuerdo, el diputado de la Junta Central, representantes de la Real Hacienda, el Ayuntamiento, el Consulado, la Iglesia, y “de cuatro o seis vecinos de los mas acaudalados….” Según él, fue preciso que la oligarquía guatemalteca se uniera en este período de crisis y se acordara sobre la manera de levantar el dinero, “si una suscripción general por vía de Donativo, o por vía de empréstito a cubrirse de los fondos de la Real Hacienda, o finalmente si será mas conveniente el adoptar alguna franquicia, o negociación mercantil18….”.

18La administración peninsular y la oligarquía criolla no aprovecharon la oportunidad de unirse detrás de la causa de la defensa colonial y mejorar la infraestructura militar. Esta crisis produjo, en cambio, dos informes incompatibles: uno del ayuntamiento de la capital y una respuesta del consulado. Los regidores criollos, convencidos con la idea de libre comercio, argumentaron que la liberalización comercial produciría suficientes fondos para la defensa del reino por estimular la economía. Inclinado a preservar su monopolio, los comerciantes españoles opinaron que se podrían cobrar impuestos a la Iglesia para pagar algunas armas, mientras que la industria guatemalteca pudiera producir el resto. El fiscal, quien leyó y resumió los informes para la administración, reconoció la realidad innegable cuando concluyó que “el Reino esta indefenso por falta de armas19.”

19Nuevamente dispuesto a presentarse como el portavoz u “órgano principal” de la elite criolla del istmo, el ayuntamiento de Guatemala todavía se sintió obligado a compartir correspondencia con González, quien reflejó preocupaciones populares por la seguridad. En un informe, los regidores de Quezaltenango contrastaron la resistencia heroica, pero inútil, de los defensores de Andalucía con los de Centroamérica para destacar el punto que las defensas raquíticas del reino jamás bloquearían una invasión francesa si no tuvieran éxito las fuerzas disciplinadas de España. Quejándose del estado de su propia milicia, pidieron el reclutamiento y “arreglo de todo hombre como solo adecuado defensor de la misma patria….” El ayuntamiento de Granada, que declaró su disposición a facilitar el transporte de armas de Jamaica al río San Juan, se quejó de la salida inminente de un regimiento fijo a Guatemala, una decisión que dejaría a la provincia expuesta a una invasión. Los regidores granadinos pidieron que los guatemaltecos les ayudaran a convencer a González para suspender la transferencia, o al menos reemplazar, el cuerpo con una nueva milicia nicaragüense. Opuesto igualmente a un aumento de tropas en la capital, que amenazó su autonomía, y la creación de otra milicia en Granada, que distrajo de industria y agricultura, el ayuntamiento de Guatemala trató de convencer a la administración de reconsiderar sus planes para el regimiento pero al fin falló[20].

20Sin embargo, sensible al crítico estado de defensa del reino, en el verano de 1810, la administración española dio el primer paso significante para aumentar el papel desempeñado por el ejército en la sociedad centroamericana. En 19 de mayo, González ordenó el establecimiento de milicias urbanas. Esta proclama requirió que los ayuntamientos y autoridades locales registraran los hombres elegibles, organizaran las unidades militares, y entregaran las comisiones. El ayuntamiento de Guatemala no tardó en dividir la capital en seis cuarteles, cada uno con dos barrios, y luego dirigir dos comisionados a cada barrio para efectuar un padrón. Los miembros de la comisión registraron a los vecinos masculinos de los barrios según su edad, calidad étnica, estado civil y capacidad para servir en la caballería. En 5 de febrero de 1811, después de medio año de trabajo, el ayuntamiento había alistado unos 3,149 hombres, aunque las autoridades no habían formado las compañías por esa fecha21.

21La proclama de milicias urbanas fue parte de una campaña más amplia, dirigida por el gobierno colonial, para demostrar que todavía podía proteger el reino y a sus súbditos, a pesar de una conjunción dramática de eventos que había creado un clima de miedo y ansiedad en Centroamérica en 181022. Para entonces la población tuvo que aceptar las noticias graves que Napoleón había conquistado Andalucía, dejando sólo el puerto de Cádiz, protegido por la armada británica, en manos españolas. La Junta Central, que había gobernado España en nombre de Fernando VII desde 1808, cayó en enero, reemplazada por un Consejo de Regencia de legitimidad incierta. Quizás más inquietante fue que las noticias de Sudamérica sugirieron que la colonia de Venezuela estaba a punto de perderse en sentimientos revolucionarios. Y el embajador español en los Estados Unidos comenzó a enviar descripciones detalladas de espías franceses y afrancesados a las autoridades coloniales.

22En 22 de mayo, González reconoció la tensión pública en un manifiesto que trató de la situación en España, los designios de Napoleón y las defensas centroamericanas. Enfocándose en la preocupación central, el capitán general argumentó que los franceses encontrarían obstáculos innumerables si decidieran invadir el istmo, porque tendrían que superar las condiciones insalubres de la costa caribeña y evitar las fuerzas inglesas que estaban próximas. Un avance armado por las “tierras interiores montuosas” tampoco se consideraba factible, explicó González a sus súbditos, debido a las malas condiciones de los caminos, “circunstancias, de que justamente nos lamentábamos con otras miras, ahora son motivos de seguridad y confianza, cuyo conjunto no se hallará en otros países.” Y si estas defensas naturales impresionantes fallaran, había otra opción que el capitán general declaró en palabras, que a lo mejor sonaron un poco vacías a su audiencia:

23 bq. se han tomado las conducentes medidas de vigilancia y precaución: otras se están
tomando actualmente, y se tomarán en lo sucesivo cuantas mas convengan. Las guarniciones de los puertos del Norte están bien provistas de buena artillería. Los cuerpos de Milicias inmediatos a la misma costa son como veteranos, por los continuos destacamentos que hacen a ella. La tropa reglada, y cuanta mas pueda reunirse, se ejercitará a mi vista, o bajo mi dirección23….

24Afortunadamente, las fuerzas militares centroamericanas se quedaron desocupadas la mayor parte del tiempo, mientras un enemigo totalmente hipotético amenazó la colonia. Durante el próximo año, sin embargo, el reino de Guatemala se encontró en el centro tranquilo de una tormenta creciente de rebeliones y movimientos de independencia que ya había cubierto la mayoría de la América española. Después de la llegada del nuevo capitán general, José de Bustamante y Guerra en marzo de 1811, la colonia experimentó un período de disturbios que duró tres años, convulsiones que sugirieron, por lo menos, enlaces temperamentales con el espíritu revolucionario de la época por parte de una minoría educada. Como consecuencia, con mas justificación que sus antecesores, Bustamante se aprovechó de este ciclo sin precedentes de trastornos para recrear el ejército y convertirlo en un instrumento esencial en la preservación de el orden político.

25A pesar del acceso de un capitán general nuevo, los problemas que habían afectado las fuerzas armadas no cesaron de repente. A pesar de que se aseguraban de abastecimientos y alistamientos adecuados siempre existían dificultades. En 6 de octubre de 1811, por ejemplo, el ayuntamiento de Guatemala recibió una carta de su homólogo de Panamá pidiendo numerario y armamento para defender la provincia de los rebeldes de Nueva Granada. Los regidores guatemaltecos, que deberían haber adivinado el resultado probable si hubieran considerado las consecuencias de la súplica de armas a Jamaica en 1810, presentaron la solicitud a Bustamante. El capitán general respondió tersamente que el reino carecía de los víveres, pólvora y plomo para auxiliar a Panamá[24]. Una semana más tarde, Bustamante le recordó al ayuntamiento que el establecimiento de compañías de milicias urbanas, lanzado por González, aún no se había completado. Esperando reanimar el plan, elogió el “zelo patriótico” que lo concibió, su potencial para preservar el orden publico y la posibilidad que ofreció para dar entrenamiento militar esencial a la población25. Después, Bustamante presionó al ayuntamiento para escoger los capitanes, tenientes y otros oficiales para las cuatro compañías organizadas en la capital. Esta presión parece haber obtenido buenos resultados. Se completaron los preparativos en la primera semana de noviembre, un resultado que iluminó los enlaces que todavía vincularon la administración española y la elite criolla. Más importante, la lista de oficiales propuesta por el ayuntamiento refleja la importancia que la oligarquía centroamericana dio a las nuevas milicias26. El servicio en estas compañías, algunas organizadas como Voluntarios Distinguidos de Fernando VII, fue la primera experiencia militar para muchos individuos que cambiarían la historia del istmo, en y fuera del campo de batalla después de 1821.

26A finales de 1811 el istmo perdió su posición como un puesto tranquilo de autoridad español, un suceso que requirió que se activaran muchas de las tropas nuevas. Durante la segunda semana de noviembre, insurgentes criollos se apoderaron de San Salvador y establecieron una junta gubernativa autónoma, el primer trastorno interno en Centroamérica durante el Crisis imperial. A pesar de las repetidas súplicas de ayuda y apoyo por parte de los rebeldes, los otros pueblos provinciales se mantuvieron fieles a la Corona. En 9 de noviembre, el ayuntamiento de San Miguel quemó una de las proclamas salvadoreñas en una ceremonia pública y publicó una declaración que imploró que su población se quedara leal27. Una profesión semejante fue repetida luego en Santa Ana, San Vicente, Sonsonate y Zacatecoluca, cuyos ancianos ofrecieron participar en reestablecer la autoridad de la Corona en la capital provincial. Sin órdenes de sus superiores militares de Guatemala, el alcalde primero de San Vicente se puso a la cabeza de 250 tropas de compañías de dragones y milicias de San Vicente, San Miguel, Olancho y Usulután y marchó para San Salvador28.

27Estos sucesos resultaron ventajosos para la administración colonial, puesto que Bustamante no se encontró con muchas alternativas militares en ese entonces. En 15 de noviembre se reunió con el ayuntamiento de Guatemala para discutir una resolución a este desafío sin precedentes a la autoridad española. Los regidores ofrecieron enviar a San Salvador dos representantes propios, José de Aycinena y José María Peinado, para tratar con los rebeldes. Al principio, aceptó Bustamante esta propuesta pero luego decidió nombrar a Aycinena como el nuevo intendente de la provincia. Cuatro días más tarde el candidato partió de la capital, encabezando una delegación guatemalteca y llevando la oferta del capitán general de un perdón general a cambio de aceptar la autoridad española. En un gesto simbólico, Aycinena no emprendió esta misión como general de un ejército invasor, a pesar de ser comandante del batallón de milicias de Guatemala29.

28Considerando las medidas duras utilizadas posteriormente para suprimir los disturbios en el reino, es significativo que se resolviera sin una intervención militar el primer levantamiento salvadoreño. Se puede aceptar varias interpretaciones de la decisión de Bustamante de aceptar la solicitud del ayuntamiento de mediar el conflicto, demuestra que el capitán general se preocupaba mucho por la eficacia de sus fuerzas armadas. En 1813, cuando reflexionó sobre este periodo, escribió que desarrolló su reacción moderada a la amenaza de rebelión, por medio de lo que él llamó “conciliación prudente,” por su inclinación personal a resolver la disputa sin sangre, por la presión de la elite de la provincia de Guatemala de negociar con los rebeldes y por la falta de recursos militares adecuados para imponerse en la provincia. En sus palabras, “[s]in más tropas que las pocas que hay y conviene que hayan en esta capital, sin fondos para sostener otras, fueron graves mis cuidados, diversas las combinaciones que hice y distintos los pensamientos que me ocurrieron30.”

29Bustamante no fue el único, a fines de 1811, que reconoció que las fuerzas armadas del reino de Guatemala no ofrecían suficiente protección contra la incertidumbre de disturbios sociales. En una carta al ayuntamiento de Guatemala, José María de Hoyos, un regidor de San Miguel y comandante de las milicias locales que avanzaron hacia San Salvador en los días después del levantamiento, describió el impacto de la rebelión salvadoreña en la región. Informó Hoyos de un “contagio” que mueve “con una rapidez increíble; a cada momento nos llegan nuevas de los excesos que cometen en muchos Pueblos, ya los Indios, ya los Ladinos: en estas tristes circunstancias, y en vista de las pocas fuerzas y auxilios con que contar; es muy temible una explosión grande31….”

30A pesar de haberse concluido con éxito la misión de Aycinena en San Salvador, los eventos ya se habían transformado en conspiración y volvieron anticuada la política de conciliación prudente. En 13 de diciembre un levantamiento en la capital provincial nicaragüense de León derrocó al intendente y estableció una junta gubernativa. Como en San Salvador, muchos pueblos inmediatamente demostraron su hostilidad a este suceso. Nueva Segovia no reconoció la nueva junta y Cartago, Costa Rica, decidió romper completamente con León, establecer milicias urbanas por toda la provincia, iniciar patrullas regulares del campo y estacionar tropas en la frontera con Nicaragua32. Considerando la situación, Bustamante reconoció la necesidad de tomar precauciones semejantes. En su resumen del período hecho al Consejo de regencia en 1813, escribió:

31Desde el principio de las que comenzaron en el reino conocí la necesidad de mantener un cuerpo regular de fuerza, para facilitar el sistema de conciliación prudente que había acordado seguir, o emplearla en el caso de ser necesaria. No eran pequeñas las dificultades que lo embarazaban en un reino donde las oponían por todas partes el carácter de sus habitantes, la escasez de fondos, la miseria de los pueblos, la falta absoluta de milicias en algunos partidos, la ninguna disciplina de las pocas que había en otros, las seducciones de los malos y el mismo espíritu de inquietud, que iba penetrando en todas partes.
Sin embargo, venciendo obstáculos, excitando el celo de los vecinos honrados, avivando el de los oficiales, interesando el de los párrocos beneméritos y vecinos de influjo en los pueblos, haciendo ahorros de consideración en la hacienda pública, logré al fin armar cuatro mil hombres, sin gravar los pueblos con impuestos, y situarlos en los parajes oportunos para acudir con rapidez a las provincias conmovidas, con el fin de imponer respeto a todas y ocurrir con la fuerza donde fuese necesaria33.

32Bustamante se había vuelto más realista, si no pesimista, con respeto a la situación en Centroamérica a fines de 1811. En sus informes a España continuó pidiendo más recursos militares y oficiales para sus tropas. A la vez, hizo repetidas llamadas para el establecimiento de nuevas milicias, fueran milicias disciplinadas, milicias urbanas o voluntarios distinguidos de Fernando VII. La respuesta fue fuerte; pocos días después de recibir las órdenes de reformar, el batallón de milicias moribundo de Quezaltenango alistó más de 600 hombres y pronto marchó a Chiapas para guardar la frontera contra los insurgentes mexicanos34. Reconociendo la gravedad de la situación enfrentada por la colonia, Bustamante aun promovió la creación de compañías de indios, una clase que anteriormente se había excluido de servicio militar. “Componiéndose de los principales de cada común, que tengan bienes, sean industriosos, y se sepan explicar en castellano,” las compañías recibirían “armas de fuego, espadas o machetes, y lanzas” y harían “patrullas, a día y noche, para cuidar de la seguridad publica35….”

33Después de estas primeras conmociones contra la orden colonial, Bustamante concluyó que una fuerza armada efectiva sería el baluarte más poderoso contra los disturbios políticos y sociales que había agitado el imperio. Empezó a crear un instrumento viable de poder estatal de la institución borbónica extendida y débil, uno que le permitiría “imponer respeto a todas y ocurrir con la fuerza donde fuese necesaria.” Su nueva estrategia consistía de tres elementos fundamentales: milicias más grandes, mejor preparadas y equipadas; la capacidad y voluntad de dejar atrás la mentalidad defensiva, por la ofensiva, en la lucha contra los insurgentes; y una militarización más profunda del sistema de justicia. Sin embargo, Bustamante no podía poner en práctica su plan inmediatamente. Fue necesario un evento provocante para convencerle del fracaso completo de conciliación y la urgencia de recurrir a la fuerza armada para sofocar la insurrección. El sitio de Granada, Nicaragua, fue el catalizador requerido36.

34A fines de 1811, después que el obispo Nicolás García Jerez, como intendente interino de Nicaragua, pacificó León el contagio de rebelión había invadido otras partes de la provincia. En 22 de diciembre, una multitud derrocó a los oficiales peninsulares en la ciudad de Granada y, después de una semana de disturbios, estableció un ayuntamiento gobernante compuesto únicamente de criollos37. Este cuerpo no aceptó la autoridad superior de León, un ejemplo de su localismo obstinado que presagió su resistencia aun más determinada a la autoridad de la Corona, durante los cinco meses posteriores. La decisión, por parte de los granadinos de no negociar con Bustamante ni reconocer sus esfuerzos para evitar una confrontación, transformó el papel del ejército en la sociedad centroamericana, porque le dio al capitán general la justificación necesaria para tomar la ofensiva en la primavera de 1812. Con retrospección, se puede ver el sitio de Granada como la primera batalla en una guerra civil centroamericana que duró todo el siglo diecinueve.

35En 12 de enero de 1812, unidades bajo el comando del sargento mayor Pedro Gutiérrez recibieron órdenes de reunirse en Juticalpa y Olancho, Honduras, para prepararse para una invasión a Nicaragua. En febrero, 200 tropas más ocuparon Tegucigalpa38. A pesar de esta demostración de fuerza militar cerca de la frontera, el obispo-intendente García Jerez le escribió a Bustamante que el gobierno provincial no sobreviviría sin un mínimo de 600 soldados. Le dijo que esa fuerza sería suficiente para mantener la paz en León, pero si el capitán general esperaba sofocar la rebelión de Granada se requerirían 1,500 tropas más39. Aceptando este consejo, Bustamante mandó que Gutiérrez avanzara hacia Granada a fines de marzo con el batallón de Olancho y otras unidades de la región, un ejército que tenía unos 1,200 soldados. También le ordenó que el gobernador de Costa Rica activara sus fuerzas armadas y efectuara una reunión con Gutiérrez en Nicaragua. Y mandó que tropas de San Miguel viajaran a León para ponerse bajo la autoridad del obispo-intentente40.

36Después de publicarse estas órdenes, las unidades militares del reino comenzaron a movilizarse. Si Bustamante esperaba que este proceso se efectuara sin obstáculos, un incidente sugestivo de Honduras ilumina la penuria de la vida militar del período. Mientras que Gutiérrez preparó sus fuerzas de ladinos, mulatos y caribes en su mayor parte para el día de salida, un oficial de granaderos del batallón de Olancho fue enfrentado por un grupo de soldados que le dijeron que no iban a ir a Nicaragua. Cuando el oficial pidió que los hombres se explicaran, le replicaron que su capitán les prometió que podrían quedarse con los uniformes nuevos que se habían distribuido. A pesar de la promesa, se les quitó la ropa, dejando a algunos medio desnudos y en un estado de motín41.

37A pesar de tales problemas, las fuerzas reales se reunieron fuera de Granada durante la tercera semana de abril. Encontraron una ciudad armada y fortificada contra el ataque esperado. En 21 del mes, después de un último esfuerzo de resolver el empate con un perdón oficial, comenzó un combate desanimado. Estas escaramuzas duraron dos días cuando Gutiérrez abrió negociaciones con los líderes de la rebelión, proponiendo apoyar una amnistía a cambio de una cesación inmediata de hostilidades y la ocupación pacífica de la ciudad por parte del ejército realista. Los rebeldes aceptaron esta oferta y abrieron la ciudad en 25 de abril. Posteriormente, Bustamante rompió la amnistía, ordenó el arresto de los líderes municipales y llevó a los granadinos a Guatemala, donde los encarceló y procesó por infidencia.

38Hasta esta confrontación con el ejército realista, Bustamante podía argumentar que los disturbios centroamericanos habían resultado de una combinación de quejas tradicionales y tiempos inciertos y se podrían resolver con negociación y conciliación prudente. Granada, sin embargo, fue prueba que la actividad revolucionaria había alcanzado un nivel nuevo en el istmo. Para contenerla, el capitán general concluyó que la reacción oficial de su administración sería una estrategia de contrainsurgencia con un elemento militar fuerte. Sus oponentes describían este nuevo periodo de represión, que duró hasta el fin de su mandato, como el terror bustamantino. Sin embargo, los cambios políticos no eran arbitrarios ni tiránicos. Más bien, corrían parejo con los sucesos en Nueva España donde el virrey Francisco Javier Venegas y Félix María Calleja, el comandante de los ejércitos realistas, ya habían comenzado a poner en práctica un sistema semejante en un clima aún más militarizado42.

39El nuevo ejército contrainsurgente nació en la primavera de 1812, mientras las fuerzas realistas esperaban fuera de las puertas de Granada. El objetivo inmediato de Bustamante fue un ejército que pudiera tomar la ofensiva contra las amenazas actuales y futuras al dominio español. A causa de esto, respondiendo primero a la crisis granadina y luego a la invasión de Oaxaca por fuerzas insurgentes mexicanas bajo la dirección del general Mariano Matamoros, comenzó un cambio de frente dramático de las tropas centroamericanas para responder mejor a cualquier provocación nueva. Después del fin de la campaña nicaragüense, el capitán general trasladó compañías de mulatos del puerto caribeño de Omoa a la ciudad de Guatemala, una decisión que provocó muchas quejas del ayuntamiento, y a la frontera occidental del reino43. Aunque los sucesos en Nueva España a lo mejor determinaron esta medida especifica, los despliegues nuevos también demostraron el poder militar realista por levantar la visibilidad de las fuerzas armadas en el campo. Después de casi tres siglos, la revista infrecuente de las milicias locales era la única advertencia del monopolio militar español; tanto los sujetos que vivían a lo largo de los caminos reales y los que habitaban las regiones más remotas de Centroamérica observaban con más frecuencia que nunca el movimiento de batallones y regimientos.

40Más que nada, una estrategia militar nueva requería fondos. En 10 de abril, Bustamante pidió que sus sujetos hicieran un donativo patriótico para pagar el reclutamiento de tropas, una solicitud que combinó con un llamamiento más amplio para apoyar la guerra en España44. Para el capitán general, el conflicto en la península fue una causa “común, igual, e inseparable” que enlazó a todos los dominios españoles. Debido a los esfuerzos heroicos de las tropas españolas en la guerra contra Napoleón, Centroamérica estaba libre de “las falanges franceses,” así, “es una obligación de conciencia y de justicia…de sostener la lucha en España.” Luego, Bustamante destacó “[o]tra obligación de igual justicia, más inmediata y urgente…la de atender a nuestra tranquilidad interior45.” Notando la decisión del gobierno español de abolir ciertas fuentes de ingresos, como el tributo de los indios y el impacto de las guerras internacionales en la economía del reino, el capitán general argumentó que no se podrían lograr las obligaciones defensivas de su administración. Así, esperaba que el pueblo centroamericano realizara su deber patriótico por contribuir al donativo. Para facilitar el cobro, Bustamante declaró que se aceptarían pagos en especie y que se crearían listas de los contribuyentes. Una vez establecido obligatoriamente, se invertiría el producto total del donativo “con necesaria preferencia en las atenciones militares del reino, y el sobrante será remisible a España46.”

41A pesar de ser obligatorio, el donativo patriótico no pareció proveerle al capitán general los ingresos disponibles que hubiera querido —al menos inmediatamente. El pueblo de Santa María Magdalena de Macholoa, en la provincia de Comayagua, respondió que le habría gustado contribuir más a la suscripción pero sólo podía enviar treinta y un pesos. Los regidores de Guatemala contestaron con más equivocación. Dijo la municipalidad que reconoció “la urgente necesidad que ha motivado aquella providencia y deseoso de contribuir por su parte a tan dignos objetos, lo haría con la mayor complacencia, si el estado de deficiencia en que se hallan sus fondos, como es notorio, se lo permitiese47….”.

42No obstante los obstáculos inevitables de recaudar fondos en una sociedad pobre, es evidente una militarización creciente, y aún fortuita, en el transcurso de 1812. No se manifiesta esta tendencia solamente en las inversiones de Bustamante en la cantidad y eficiencia de las tropas nuevas. También se nota en su deferencia creciente al cuerpo militar como una institución jurídica y administrativa para la colonia. El título de capitán general era un rango militar, uno que compartió con sus poderes civiles de presidente de la audiencia y gobernador del reino. Mientras creció la Crisis imperial, sin embargo, sus responsabilidades militares se hicieron más profundas, hasta el punto que comenzó a suprimir las instituciones civiles tradicionales que según él eran ineficaces en la lucha para preservar la autoridad española. El mejor ejemplo de esta tendencia — y el de más consecuencia — fue su decisión de silenciar los tribunales civiles en los procesos de las causas de subversión.

43Declarando que “las conmociones sediciosas de algunos pueblos del reino han obligado a esta Capitanía General a tomar medidas vigorosas, providenciando se pongan varios Cuerpos de milicias sobre las armas, para mantener la tranquilidad y orden publico,” Bustamante publicó una proclama en 13 de abril de 1812, que afirmó la jurisdicción militar sobre una variedad de delitos que trataban de infidencia, sin tomar en cuenta los fueros, la “especie, sexo, o calidad” del acusado48. En estas circunstancias, los crímenes que requerían la justicia militar eran muchos. Además de anotar detalladamente los actos normales de sedición, así como contribuir a la deserción de tropas, corresponder con el enemigo o robar municiones, Bustamante añadió varias frases en itálicas que le dio mucha más discreción que nunca en procesar estos casos. El artículo cuatro dice:

44A la jurisdicción militar ha de pertenecer privativamente el conocimiento de causas de incendio de Cuarteles, Almacenes de boca y guerra, y edificios Reales militares, robos o vejaciones que en dichos parajes se ejecutan: trato de infidencia por espías, o en otra forma; insulto de centinelas, o salvaguardias, y conjuración contra el Comandante militar, oficiales, o tropa, en cualquiera modo que se intente o ejecute: y los reos, de otras jurisdicciones, que fueren comprendidos en cualquiera de estos delitos, serán juzgados y sentenciados por la militar, con el castigo que por ésta ordenanza corresponda49.

45La militarización de la justicia provocó un estado de hostilidad inmediato y permanente entre el capitán general y las instituciones de justicia ordinaria de la colonia. La audiencia y el ayuntamiento de Guatemala, que afirmaron su derecho de procesar los casos de subversión según una tradición legal española duradera, no dejaron de protestar contra lo que se consideraba una usurpación de poder. Hasta cierto punto responsable de la división de las elites gobernantes del istmo, Bustamante subvirtió la estabilidad institucional que había asegurado tres siglos de paz colonial. Y, con la promoción de los tribunales militares, con perjuicio de la justicia civil, contribuyó a la consolidación de una tradición legal autónoma en el istmo50.

46Durante el verano de 1812 se había consolidado casi todos los elementos de la estrategia de contrainsurgencia de Bustamante: se crearon fuerzas militares activas, con unos 4,000 soldados, que sofocaron una rebelión significante y comenzaban a cambiar de frente para anticipar otras amenazas; se reclutaban nuevas milicias en cada provincia que servirían de reservas; se establecía un donativo patriótico para financiar los gastos militares crecientes; y se afirmaba la autoridad de la jurisdicción militar sobre los casos de infidencia, una decisión que prometía justicia rápida y decisiva para los involucrados en la actividad subversiva. Por primera vez, desde el verano de 1811, Centroamérica parecía libre de los disturbios internos que habían dominado el pasado reciente.

47En realidad, lo que preocupó más a Bustamante, a finales de 1812, fue el gran ejército insurgente bajo el comando del general Matamoros, uno de los tenientes más capaces de Morelos, que había conquistado recientemente la provincia fronteriza de Oaxaca y amenazaba con invadir a Chiapas51. Esta situación provocaba ansiedad tremenda en Centroamérica, porque mucha gente temía que aun si no fuera invadida la colonia, la proximidad de los rebeldes fomentaría insurrección interna e inquietud indígena. Al mismo tiempo, Bustamante reconoció que el ejército de Matamoros era una oportunidad para demostrar la capacidad de las fuerzas centroamericanas. En vez de usar sus tropas como un escudo defensivo por agruparlas en la frontera y bloquear la ruta al reino, Bustamante decidió tomar la ofensiva y ser un participante en la guerra en Nueva España. Así, en febrero de 1813, unas 700 tropas de los batallones de milicias de Quezaltenango, Ciudad Real y Tonalá, bajo el comando del teniente coronel Manuel Dambrini, se dirigieron hacía el istmo de Tehuantepec, que era en ese entonces la frontera entre Nueva España y el reino de Guatemala. Una vez en México, las tropas guatemaltecas comenzaron a recorrer la región buscando insurgentes. Su primer combate ocurrió en Niltepec el 25 de febrero. Allí, las fuerzas realistas ganaron una victoria pequeña que incluyó la captura y ejecución de algunos rebeldes junto con su comandante Julián Suárez52.

48Avanzando más lejos en territorio de México, el ejército guatemalteco ganó otra ‘batalla’ en Niserindami antes de ocupar el pueblo de Tehuantepec a principios de abril53. Las noticias de Niltepec ya habían llegado a Oaxaca y Matamoros decidió movilizar sus fuerzas para enfrentar esta amenaza. Dambrini, sin embargo, ya había abandonado Tehuantepec y los dos ejércitos se trabaron en combate el 19 de abril fuera de Tonalá. Allí, los invasores sufrieron una pérdida decisiva, y las fuerzas guatemaltecas restantes se retiraron al otro lado de la frontera para esperar otras órdenes. A pesar de los temores centroamericanos, Matamoros volvió con triunfo a Oaxaca y no demostró ningún interés en aprovecharse de la situación para invadir a Guatemala54.

49La aventura mexicana afectó la elite criolla guatemalteca en una manera dramática y, quizás, contradictoria. Desde el principio, le molestaban las implicaciones posibles de la invasión. El ayuntamiento de Guatemala no se enteró hasta el 3 de marzo de que Dambrini había cruzado la frontera con Nueva España. Esta información, sin embargo, fue suficiente para incitar a algunos regidores a proclamar que Bustamante “tuviese la imprudencia de provocar a los insurgentes, lo que traería fatales resultas a este suelo, que se halla en un estado tan indefenso y débil, que no podría acaso evitarse la ruina55.” Dos meses más tarde, el capitán general informó al consejo del “incidente” en Tonalá y explicó la necesidad de traer del Caribe a las provincias occidentales un número significante de tropas para proteger la frontera indefensa. Él esperaba concentrar las tropas en la capital por un período corto y pidió que el ayuntamiento les asegurara alojamiento y comida56. “Siempre pronto y deseoso de concurrir con el Gobierno al mejor servicio del Estado y auxiliar a [Bustamante] en las presentes dificultades,” los regidores, sin embargo, trataron de limitar el alcance de lo que era, en su mente, una ocupación. Además de querer saber el número de tropas y oficialidad que iba a la ciudad, el ayuntamiento escribió:

50A pesar de esto y el vivo interés con que en todo auxiliará el Ayuntamiento a Vuestra Excelencia, como la conservación del orden y tranquilidad que disfrutamos, es un don inestimable que debe adquirirse a toda costa, ha creído el Cabildo propio de sus obligaciones indicar a Vuestra Excelencia que si fuese posible que estas tropas hiciesen su marcha sin tocar en la Capital se removía el cuidado y la zozobra en que entraría el pueblo a su vista, y se alejaba todo motivo de inquietud que por esto pudiera concebir: que caso que así no sea compatible con los planes de Vuestra Excelencia se sirva disponer que nunca se reúna en la Ciudad mucha porción, sino que alternativamente entren y salgan las partidas; y finalmente suplica a Vuestra Excelencia que tenga la bondad de agotar las providencias a fin de que los caribes no toquen por ningún caso en la ciudad57.

51Al mismo tiempo, se puede argumentar que el verano de 1813 señala un momento crucial en la percepción criolla del valor de la fuerza militar. Por una parte, el ayuntamiento lamentó “el estado actual de las cosas, resultas producidas de haberse provocado por nuestras tropas a los insurgentes, introducción de estos en la provincia de Chiapas, la consternación del pueblo, y sobre todo las consecuencias que pueden seguirse de la entrada de tropas en esta Capital y riesgo de que un movimiento popular acabe de colmar nuestros males58….” Por otra parte, un grupo de sacerdotes, junto con soldados y líderes municipales pasaron el verano preparándose para un golpe de estado. Su plan, que iba a estallar el 24 de diciembre del mismo año, requirió que los conspiradores se apoderaran de las compañías de milicias de la capital para derrocar a Bustamante y asegurarse de las instituciones de poder. Irónicamente, dos oficiales que recibieron invitaciones de participar en lo que se llamaría la Conspiración de Belén revelaron el secreto y se cayó el complot en la tercera semana de diciembre59.

52Informes de San Salvador que llegaron a las autoridades españolas en Guatemala, indicaban sobre la existencia de un nivel comparable de inseguridad y disturbios dentro de esa población provincial a finales de 1813. Con las unidades militares de la capital ya activadas a causa de Belén, Bustamante no tardó en recomendar que el intendente salvadoreño José María Peinado usara la fuerza para preservar la paz en esa provincia. También tomó la precaución de mandar que el comandante militar local, José Rossi, comenzara a formar patrullas especiales de la región. Sin embargo, estas provisiones no impidieron el segundo levantamiento de San Salvador, que comenzó en 24 de enero de 1814 y duró tres días turbulentos. Instigados por algunas de las principales figuras civiles y religiosas de la ciudad, los conspiradores esperaban derrocar al intendente y otros miembros de la administración colonial provincial. A pesar que las multitudes que acudieron para mostrar su apoyo a la rebelión eran grandes y violentas, Peinado se negó a renunciar. Después de dos enfrentamientos sangrientos entre la turba y las milicias leales, se restableció en su totalidad la autoridad española en San Salvador en el mes siguiente60.

53Ya hacía casi dos años que Bustamante había dejado atrás la estrategia de conciliación prudente que había librado la ciudad de una ocupación militar después del levantamiento de 1811. Ahora, San Salvador se encontraba bajo la ley marcial, al menos durante el futuro inmediato. Se trasladaron unidades militares adicionales a la provincia para prevenir nuevos disturbios. Un oficial militar, el Coronel José Méndez, se hizo gobernador de facto de la intendencia. El capitán general inició una investigación militar de la rebelión para encontrar y procesar a los involucrados. El contraste con 1811 no podía ser más distinto61.

54Con un resultado exitoso sobre la rebelión salvadoreña, las amenazas internas y externas a la autoridad española en el istmo casi desaparecieron. Como en el pasado, la falta de un peligro inmediato impidió que el ejército colonial se sostuviera, a pesar de los esfuerzos persistentes por parte de Bustamante de crear una fuerza autónoma. El capitán general informó, a finales de 1814, que el batallón de milicias y compañías de dragones de la capital habían perdido fuerza numérica significante y mandó el reclutamiento de 250 soldados nuevos. En ese momento, las cuatro compañías del Escuadrón de Dragones de Milicias Disciplinadas y las ocho compañías del Batallón de Milicias Disciplinadas de Guatemala ascendían a 540 tropas. En septiembre de 1815, después de completar el ayuntamiento otro padrón de los hombres que eran elegibles a servir, Bustamante decidió pedir un total de 360 reclutas62.

55Para las elites criollas de Centroamérica, la preocupación de Bustamante por su poder militar durante un período de paz relativa confirmó una realidad política nueva: la autoridad española en el reino no se mantendría por el peso de la tradición, ni por la legitimidad de la autoridad institucional civil, sino por la fuerza militar. El hecho de que los ayudantes militares de Bustamante, Luís Toledano y Francisco Cáscara, lo acompañaban por todas partes simbolizó la llegada de las fuerzas armadas al corazón de la administración política. A pesar de que había un elemento militar duradero dentro de la tradición política de la sociedad hispana y se habían nombrado oficiales del ejército y la marina a puestos dentro de la burocracia colonial durante muchos siglos, no se reconocía la fuerza armada centroamericana como una institución efectiva. En el crisol de la Crisis imperial, sin embargo, estas fuerzas se transformaron en un instrumento del gobierno español a un nivel sin precedentes en la colonia. Si su estrategia de contrainsurgencia causó la militarización total de la sociedad, como afirmaban sus adversarios, o no, las inversiones militares de José de Bustamante sin duda reanimaron la institución hacia el final de la época colonial.

56En realidad, las acciones del Alcalde Coronado representan un cambio significante e irónico en la actitud de la elite criolla hacia el ejercicio del poder militar. Por siglos, los títulos y adornos del rango militar eran emblemas importantes de una alta posición social en la colonia. Pero, el poder militar era, en mayor parte, simbólico en una parte del imperio que experimentó pocas amenazas internas y dependió de su geografía para evitar un ataque externo. A principios del siglo diecinueve, sin embargo, aunque la elite criolla presenciaba con consternación cómo un capitán general activista movilizaba su autoridad militar en maneras sin precedentes para sofocar el movimiento contra la autonomía política, no se mostraba la misma antipatía para la institución militar como para Bustamante. Al llegar la oportunidad, los criollos ocuparon los rangos altos de las fuerzas armadas y en las décadas posteriores, aun si existían alternativas, frecuentemente decidieron resolver sus disputas políticas en el campo de batalla en lugar de la urna electoral.

57Estudios de las fuerzas armadas en la América española se han multiplicado en las décadas recientes. Como se ha notado, el impacto de las reformas militares borbónicas en la sociedad colonial ha atraído la atención de muchos historiadores contemporáneos. No obstante, más de una generación de investigadores, se han olvidado casi completamente del reino de Guatemala, una distinción cuestionable que no debe durar más. En el ínterin, se puede sugerir algunas conclusiones adicionales y tentativas para tratar de conectar la historia centroamericana con la del imperio entero. Primero, parece que su experiencia con la reforma militar era semejante a la de Nueva España, Nueva Granada y el Perú, porque en todos los casos la Corona borbónica, a pesar de sus mejores esfuerzos, no pudo completar el proceso de modernización militar antes del fin del siglo dieciocho. En cada situación, las milicias coloniales desorganizadas no se hicieron fuerzas efectivas hasta las guerras de independencia. Segundo, mientras la evidencia no demuestra que las reformas precipitaron cambios sociales difundidos en la colonia, ciertas investigaciones que se han hecho en pueblos como Quezaltenango sugieren que las milicias disciplinadas ofrecían a los grupos desvalidos la posibilidad de mayor movilidad y asimilación social y contribuyeron a la urbanización del reino. Tercero, como en Cuba, las elites criollas en Centroamérica dominaron y se aprovecharon del proceso de militarización durante la mayoría del periodo. Aun bajo Bustamante, quien hizo más que nadie para hacer de las fuerzas armadas un instrumento suyo, el ejército era efectivamente americano y sus oficiales eran criollos. Así, al llegar la independencia centroamericana, el cuerpo militar, más fuerte e influyente que nunca, hizo la transición más tranquila a la nueva realidad.

58Notas de pie de página

591 Se describe este incidente en Louis E. Bumgartner, José del Valle of Central America (Dirham: Duke University Press, 1963), págs. 113-114.

602 Ver, por ejemplo, Christon I. Archer, The Army in Bourbon Mexico 1760-1810 (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1977); Allan J. Kuethe,_ Cuba, 1763-1815: Crown, Military, and Society_ (Knoxville: University of Tennessee Press, 1986); Kuethe, Military Reform and Society in New Granada, 1773-1808 (Gainesville: University Presses of Florida, 1978); and, Leon G. Campbell, The Military and Society in Colonial Peru, 1750-1810 (Philadelphia: American Philosophical Society, 1978).

613 Carolyn Hall y Héctor Pérez Brignoli, Historical Atlas of Central America (Norman: University of Oklahoma Press, 2003), 144-5. Citan evidencia para +200 tropas regulares en la colonia y +8000 milicianos circa 1700.

624 Citado en Oakah L. Jones, Jr., Guatemala in the Spanish Colonial Period (Norman: University of Oklahoma Press, 1994), pág. 222. Según él, eran 30,000 milicianos en el reino en 1767.

635 Hall y Pérez Brignoli, Historical Atlas, pág. 145.

646 Ver Kuethe, Cuba, xi; Archer, The Army in Bourbon Mexico, págs. 299-301.

657 Ana Margarita Gómez, “The Evolution of Military Justice in Late Colonial Guatemala, 1762-1821,” Contracorriente: Una revista de historia social y literatura de América Latina 4, no. 2 (Winter 2007), pág. 40.

668 Citado en Jorge H. González Alzate, “Las Milicias y la preservación del dominio español en Los Altos de Guatemala, 1673-1821,” VII Congreso Centroamericano de Historia, Universidad Autónoma de Honduras, Tegucigalpa, 19-23 julio 2004, pág. 16.

679 Jones, Guatemala, págs. 225-29.

6810 Bernabé Fernández Hernández, El Reino de Guatemala durante el Gobierno de Antonio González Saravia 1801-1811 (Guatemala: Comisión Interuniversitaria Guatemalteca de Conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América), pág. 175. Hall y Pérez Brignoli, Historical Atlas, pag. 145. Ver el ejemplo de Los Altos, donde las reformas de Gálvez provocaron la creación un nuevo batallón de milicias disciplinadas en Quezaltenango y San Marcos, con un total de 873 tropas, y tres compañías de granaderos en Totonicapán-Huehuetenango con 261 reclutados más. González, “Las Milicias,” pág. 16.

6911 Gómez, “The Evolution of Military Justice,” 40-48, 50. Timothy Hawkins, José de Bustamante and Central American Independence (Tuscaloosa: University of Alabama Press, 2004), pág. 27.

7012 Fernández Hernández, El Reino de Guatemala, págs. 173-174.

7113 Jones, Guatemala, 230. González, “Las Milicias,” pág. 22.

7214 Archivo General de Centro América, Guatemala (AGCA) A1.2.2, legajo 2189 expediente 15736 folio 15; ver, también, R.L. Woodward “The Guatemalan Merchants and National Defense: 1810,” Hispanic American Historical Review (HAHR) 44 (August 1964), pág. 452-62.

7315 Ver la colección de documentos titulada: Sobre se ponga en estado de defensa este Reyno, AGCA B leg. 32 exp. 783. (Todos los legajos citados corresponden a las secciones B1 al B4, papeles del proceso político de los años 1808 al 1821 ).

7416 AGCA. B leg. 20, exp. 590.

7517 La junta se acordó que los precios de los armamentos serían: un fusil, 11 pesos; un par de pistolas, 5 pesos; una espada, 3 pesos. AGCA. B leg. 32, exp. 783, fol. 9.

7618 AGCA. B leg. 32, exp. 783, fol. 11.

7719 Woodward, “Guatemalan Merchants,” 454. Ver, también, AGCA. B leg. 32, exp. 783, fols. 15v-26. El informe del fiscal sigue en fol. 27.

7820 AGCA B leg. 32 exp. 783 fols. 34, 38, 39; ver, también, A 1.2.2, leg. 2189 exp. 15736 fol. 42, y B leg. 20 exp. 586.

7921 AGCA A 1.2, leg. 2214 exp. 15866. Este expediente incluye el decreto de González y las acciones del ayuntamiento de Guatemala.

8022 Ver la sección pertinente de mi libro, José de Bustamante and Central American Independence, op. cit., pág. 54-79.

8123 Manifesto de González, 22 mayo 1810, AGCA B leg. 1 exp. 29.

8224 AGCA A1.2, leg. 2 189 exp. 15737 f ol. 139, 140.

8325 Bustamante al ayuntamiento de Guatemala, 15 octubre 1811, AGCA. A 1.2, leg. 2189, exp. 15737, fol. 151.

8426 En la lista de oficiales se reconocen muchos nombres y apellidos oligárquicos, como, por ejemplo: el marques de Aycinena, José María y Manuel Peinado, Luís Barrutia, Juan Bautista Marticorena, Gregorio y José Urruela, Mariano y Pedro Beltranena, Antonio Palomo, Miguel y Juan Bautista Asturias, Lorenzo Moreno, Domingo Pavón, Antonio y Francisco Arrivillaga, Francisco Pacheco, Mariano Gálvez, Pedro Batres, y Manuel Montúfar. AGCA ,A 1.2, leg. 2189 exp. 15737 fol. 152.

8527 Benito Molina a José Antonio Bustos, 10 noviembre 1811, AGCA B leg. 22 exp. 670; A 1.2 ,leg. 2189 exp. 15737 fol. 161v.

8628 Domingo Payes a la audiencia, 23 noviembre 1811, AGCA B leg. 22 exp. 680; Antonio Gutiérrez a la audiencia, 18 noviembre 1811, AGCA B leg. 22 exp. 681.

8729 AGCA. A.1.2, leg. 2189, exp. 15737, fol. 159v.

8830 Bustamante al Consejo de Regencia, 3 marzo 1813, Revista de la Academia Hondureña de Geografía e Historia (RAGHG), vol. 55 (enero-junio 1972), pág. 59.

8931 José María Hoyos al Ayuntamiento de Guatemala, 19 noviembre 1811, AGCA B leg. 38 exp. 859.

9032 Informes de los ayuntamientos de Cartago, 28 diciembre 1811 y 3 marzo 1812, en León Fernandez, Colección de documentos para la historia de Costa Rica (CDHCR), vol. X (Barcelona, Imprenta de Viuda de Luís Tasso, 1907), págs. 344, 366.

9133 Bustamante al Consejo de Regencia, 3 marzo 1813, RAHGH, pág. 60-61.

9234 Citado en González, “Las Milicias,” pág. 22.

9335 José de Bustamante al reino de Guatemala sobre el establecimiento de los Cuerpos de milicias honradas, 23 diciembre 1811, AGCA. A1.2, leg. 2189, exp. 15737.

9436 Ibid.; Informe del capitán general, 30 enero 1812, León Fernández, Documentos relativos a los movimientos de independencia en el reino de Guatemala (DRMIRG) (San Salvador: Ministerio de Instrucción Pública de El Salvador, 1929), pág. 23.

9537 Se ven otros tumultos en los pueblos de Rivas, Masaya, y Nicaragua durante el mismo período. Ver Ramón A. Salazar, Historia de veintiún años: la independencia de Guatemala, vol. 1 Biblioteca guatemalteca de cultura popular (Guatemala: Editorial del Ministerio de Educación Publica, 1956), págs. 167-168; Chester Zelaya, Nicaragua en la independencia (San José: Editorial Universitaria Centroamericana, 1971), pág. 75.

9638 Bustamante al Secretario de Gracia y Justicia, 30 enero y 3 marzo 1812, León Fernández, DRMIRG, 17-23, 25-28.

9739 AGCA B leg. 6 exp. 220; García Jerez a Bustamante, 20 febrero 1812, León Fernández, DRMIRG, 37-40.

9840 Oficio de Bustamante, 3 marzo 1812, León Fernández, DRMIRG, 45-8; ver, también, AGCA. B. leg. 24, exp. 694.

9941 Ver la causa contra Vicente Artica, AGCA. A1.1, leg. 6922, exp. 56938.

10042 Timothy Anna, The Fall of the Royal Government in Mexico City (Lincoln: University of Nebraska Press, 1978), 66).

10143 Miles Wortman, Government and Society in Central America, 1680-1840 (New York: Columbia University Press, 1982), 205-6; Ayuntamiento de Cartago a Bustamante, 3 marzo 1812, León Fernández, CDHCR, 366-8.

10244 Donativo Patriótico de Bustamante, 10 abril 1812, AGCA B leg. 76 exp. 2249.

10345 Ibid.

10446 Ibid.

10547 AGCA A1;1, leg. 6922 exp. 56940; A 1.2,leg. 2190 exp. 15738 fol. 32v.

10648 Para un análisis más detallado de este tema, ver mi artículo, “Military or Civil Justice? The Prosecution of Infidencia and Central American Independence” Colonial Latin American Historical Review (September 2002), pág. 130.

10749 Proclama de Bustamante, 13 abril 1812, AGCA A leg.1.1, 6090 exp. 55243.

10850 Gómez, “Evolution of Military Justice,” pag. 51. Ella concluye que ahora “military law was intrinsic to the Bourbon colonial state. It is this consolidated legal-institution that survived political independence from Spain in 1821.”

10951 En un golpe profundo para las autoridades españoles en Guatemala, el ex-capitán general Antonio González, quien se había unido con las fuerzas realistas en México como oficial superior, fue capturado y ejecutado por Matamoros durante esta campaña. Ver Lucas Alamán, Historia de Mexico, vol. III (Mexico: Instituto cultural helénico fondo de cultura económica, 1985), pág. 344.

11052 Ibid.

11153 Decreto de Dambrini a los habitantes de Tehuantepec, 6 abril 1813, AGCA. B leg. 40, exp. 907.

11254 Alamán, Historia de Mexico, 344. Para más detalles de la esta invasión ver AGCA A 1.1,leg. 6934 exp. 57442, 57445-8, 57450-68; A 1.1, leg. 131 exp. 2358-78; A 1.1,leg. 6116, exp. 56468-72; B leg. 40, exp. 907-12.

11355 AGCA. A1.2, leg. 2190, exp. 15739, fol. 73. Un regidor, José de Urruela, argumentó que el ayuntamiento no debía preocuparse por asuntos militares, porque la constitución de Cádiz dejaban esos poderes en manos del capitán general. Ibid., fol. 86v.

11456 Bustamante al ayuntamiento de Guatemala, 30 abril 1813, AGCA. A 1.2,leg. 2190, exp. 15739, fol. 117.

11557 Ayuntamiento a Bustamante, 1 mayo 1813, AGCA. A1.2, leg. 2190, exp. 15739, fol. 118.

11658 Ibid., fol. 129v.

11759 Ver AGCA B leg. 29, exp. 742-59; los documentos publicados en los Anales de la Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala. Guatemala. Vol. II, no. 1 (September 1934), págs. 13-26; Vol. 12, no. 3 (Abril 1936); Vol. 14, no. 1 (Octubre 1938); y Mario Rodríguez, La conspiración de Belén en nueva perspectiva (Guatemala: Centro Editorial “José de Pineda Ibarra,” 1965).

11860 AGCA B leg. 11, exp. 420; Bustamante examina la crisis salvadoreña en un informe al Consejo de Regencia, 18 mayo 1814, CDHCR, pág. 468-469.

11961 En pocos meses se capturó y condenó de infidencia a la mayoría de los líderes de la rebelión. Ver los procesos en AGCA. B leg. 30, exp. 760-66, A.1.1, leg. 6924, exp. 57003-6.

12062 AGCA A.1.2, leg. 2191, exp. 15741, fols. 148, 151. Listas del Escuadrón de Dragones de Milicias de la Capital de Guatemala 1815, AGCA. A, leg. 225, exp. 4767. Bustamante no permitió que estas tropas participaran en las actividades municipales, como guardar los prisioneros que se empleaban para limpiar las calles de la capital, que durante mucho tiempo habían sido parte del servicio miliciano, “por la escasez de la que sirve en esta ciudad.” AGCA. A,1.2, leg. 2192, exp. 15742, fols. 29v, 68, 70v.

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Para citar este artículo :

Timothy Hawkins, « La Corona, el Ejército, y la sociedad colonial centroamericana », Boletín AFEHC N°34, publicado el 04 febrero 2008, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=1848

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