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AFEHC : articulos : El primer encuentro con los filibusteros en Nicaragua: antecedentes y contexto : El primer encuentro con los filibusteros en Nicaragua: antecedentes y contexto

Ficha n° 1925

Creada: 07 junio 2008
Editada: 07 junio 2008
Modificada: 17 enero 2011

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Autor de la ficha:

Frances KINLOCH

Editor de la ficha:

Víctor Hugo ACUÑA ORTEGA

Publicado en:

ISSN 1954-3891

El primer encuentro con los filibusteros en Nicaragua: antecedentes y contexto

Este artículo intenta responder explicar el rápido ascenso al poder de William Walker en Nicaragua, el cual explica por la historia previa de la formación del estado y de la nación en Nicaragua y por la forma en que las elites de ese país se forjaron ilusiones sobre un posible canal interoceánico. Las elites pensaron que el canal y Estados Unidos traerían la civilización y la paz a Nicaragua y lo que efectivamente recibieron fue la barbarie de Walker y sus seguidores.
Palabras claves :
Walker, Filibusteros, Estado-nación, Elites
Autor(es):
Frances Kinloch Tijerino
Fecha:
Junio de 2008
Texto íntegral:

1 En junio de 1855, en la ciudad de León, William Walker y su falange integrada por medio centenar de filibusteros recibieron una entusiasta bienvenida, encabezada por los principales líderes del partido democrático. La situación de éstos era precaria: después de un fracasado sitio a Granada que se prolongó durante ocho meses, sus desgastadas tropas se habían visto obligadas a replegarse, mientras el ejército legitimista avanzaba hacia occidente. Pronto este escenario cambiaría por completo. Al cabo de cinco meses, Walker logró apoderarse de Granada, firmar un tratado de paz con el principal jefe militar legitimista, constituir un Gobierno Provisorio integrado por representantes de ambos partidos contendientes, y ser reconocido como General en Jefe del Ejército de la República de Nicaragua. ¿Qué factores explican su vertiginoso ascenso al poder?

2 La homilía pronunciada por el presbítero Agustín Vijil, el día siguiente de la ocupación del puerto lacustre por las tropas filibusteras, nos ofrece algunas pistas para responder a esta interrogante. El influyente sacerdote granadino empezó recordando las dramáticas consecuencias de las guerras civiles que habían desgarrado a Nicaragua en las décadas posteriores a la independencia. Luego, presentó a Walker como un hombre ilustrado, procedente de una sociedad civilizada, que prometía garantizar la seguridad de los vencidos, respetar sus bienes, y procurar un acuerdo entre democráticos y legitimistas. Aseguró a sus angustiados fieles que, de lograr sus propósitos, Walker:

3“Sería el Enviado de la Providencia para curar heridas y reconciliar la familia nicaragüense que otros dividieron, porque ser el instrumento de la paz, lograr el fin de hostilidades tan crueles, es merecer el aprecio de esta tierra afligida por la peor de las desgracias: la guerra civil1.” Continuó el padre Vijil: “Entonces podremos decir del General Walker que se presentó a nuestras playas en son de guerra, pero que al llegar a nosotros, movido de mejores impulsos, sintió la necesidad de cumplir nobles aspiraciones como elemento de civilización ante el caos de la guerra2…”

4 Además, el sacerdote granadino se refirió al filibustero norteamericano como un elemento civilizador, que no sólo haría posible la reconciliación de la familia nicaragüense, sino también la construcción del canal interoceánico y, por ende, el cumplimiento de su grandioso destino geográfico.

5 “(…) porque habrán de ser los Estados Unidos los constructores de la comunicación entre los dos océanos, llevar a Nicaragua, unidos de las manos, al engrandecimiento a que está destinada por su posición en el continente y facilidades naturales, obteniendo nosotros, con ventaja, relaciones valiosas con el mundo civilizado a la vista de sus naves y pabellones en el corazón de nuestro territorio3…”.
La visión del padre Vijil era compartida por no pocos líderes democráticos y legitimistas. A fin de comprender esta reacción ante la llegada de Walker abordaremos, en primer lugar, las causas de la virtual ausencia de un sentido de identidad nacional en la Nicaragua de mediados del siglo XIX. A continuación, veremos cómo las amenazas geopolíticas y las rivalidades entre los países centroamericanos incidieron en las decisiones de los gobernantes nicaragüenses. Finalmente, exploraremos algunos mitos y estereotipos difundidos en los periódicos de la época, que explican la predisposición de las elites nicaragüenses a recibir a los norteamericanos como elementos de civilización y progreso.

Ausencia de un sentido nacional

6 La construcción del Estado nacional en Nicaragua, así como en otros países hispanoamericanos, enfrentó un grave obstáculo. A lo largo de tres siglos, el sentido de pertenencia de los criollos se había tejido en torno a sus “patrias chicas”: los pueblos y ciudades donde habían nacido sus padres, reposaban las cenizas de sus ancestros y, por supuesto, donde tenían sus propiedades. El órgano de poder local era la corporación municipal, que cumplía diversas funciones: recaudar y asignar impuestos, administrar la justicia en lo civil y lo criminal, adjudicar tierras, controlar el repartimiento de mano de obra indígena, y conformar diversos cuerpos de milicias para vigilar caminos y ciudades4. Estos órganos de poder local se hallaban controlados por los grandes comerciantes y terratenientes criollos de cada ciudad pues, desde fines del siglo XVI, la Corona española acostumbraba vender los cargos municipales al mejor postor, con el propósito de aumentar las arcas reales. La concentración de riquezas y poder político en los territorios bajo la jurisdicción de los cabildos citadinos marcó el espacio de las lealtades primarias de las familias criollas.

7 Durante el período colonial, el localismo de los criollos estuvo relativamente supeditado a su lealtad al rey. Dicha subordinación era reforzada mediante diversos rituales; por ejemplo, cada vez que llegaba un nuevo gobernador a la provincia, se presentaba en los cabildos de las ciudades principales y juraba cumplir fielmente su mandato. Luego, cada miembro de la corporación municipal colocaba sobre su cabeza la Cédula Real donde constaba el nombramiento de dicho funcionario5. De esta manera, expresaban su obediencia a la voluntad del monarca que, además, era incuestionable pues derivaba su legitimidad de la doctrina del origen divino de su poder.

8 Sin embargo, con la independencia desapareció la venerada figura del rey; en el vacío de poder, los miembros de las corporaciones municipales se percibieron a sí mismos como legítimos representantes y voceros de los intereses de sus respectivos pueblos. Por tanto, sólo a regañadientes aceptaban la obligación de prestar obediencia a las nuevas autoridades republicanas. La legitimidad de la autoridad de los Jefes de Estado, Diputados, Senadores o Magistrados era precaria, pues los mecanismos para delegar la soberanía popular eran muy novedosos. Incluso, el mismo concepto de soberanía popular se prestaba a confusión.

9 De acuerdo a la letra de la Ley Fundamental de 1824, la nación centroamericana se hallaba constituida por “el pueblo“; es decir, por el conjunto de ciudadanos que habitaban los territorios de las cinco provincias federadas del istmo. Sin embargo, en la práctica, los cabildos continuaron arrogándose la representación de los habitantes de sus respectivas circunscripciones administrativas o “pueblos“. Desde esta perspectiva, la soberanía popular residía, en primera instancia, en las corporaciones municipales6. Este choque de lealtades e intereses generó graves conflictos en el proceso de construcción del Estado-nación. Tan pronto desapareció el poder colonial, los cabildos de las ciudades principales de cada provincia empezaron a disputarse espacios de jurisdicción, y a competir por el derecho a convertirse en sede de los nuevos gobiernos republicanos.

10 Este problema fue especialmente agudo en Nicaragua, pues sus dos principales ciudades – León y Granada – constituían núcleos políticos y económicos casi autónomos, cuyo dominio se extendía sobre las regiones circundantes. León, capital de la provincia durante la Colonia, era el centro político, intelectual, religioso y comercial del Partido de Occidente, Nueva Segovia y parte de Matagalpa, cuya población total llegaba a los 122 mil habitantes. A través de su puerto, el Realejo, intercambiaba productos con los puertos centroamericanos y suramericanos en las costas del océano Pacífico. Granada era una importante plaza comercial debido a su control sobre la salida hacia el mar Caribe, por la vía del lago de Nicaragua y el río San Juan. Además, era el centro económico de las fértiles tierras de Masaya y Rivas, así como de la ganadería chontaleña. Esta ciudad-estado constituía el eje de los departamentos Oriental y Meridional, así como de una parte de Matagalpa; en conjunto, controlaba una población aproximada de 135 mil habitantes7.

11 La independencia de España exacerbó la rivalidad entre ambas ciudades. Cuando esta noticia llegó a León, el 22 de septiembre de 1821, la Diputación Provincial – dominada por el Intendente Gobernador Miguel González Saravia, el obispo Nicolás García Jerez y criollos realistas – acordó ofrecer su apoyo al gobierno español para impedir la ruptura con la metrópoli colonial. El día 28, dispusieron dar a conocer el trascendental documento a los ayuntamientos de la provincia, pero acompañado de una exposición sobre la necesidad de afianzar la autonomía frente a Guatemala, y proceder con severidad para conservar el orden público mientras se aclarasen los “nublados del día”. El ayuntamiento de León se unió a la posición de los diputados, argumentando que la ruptura con España dejaría el istmo a merced de potencias hostiles, aventureros o piratas. Sus integrantes rechazaron, además, continuar subordinados a un gobierno radicado en la lejana ciudad de Guatemala, debido a los gastos y contratiempos que les ocasionaba. Por su parte, el cabildo de Granada vio la oportunidad de liberarse de las autoridades provinciales: respaldó el pronunciamiento guatemalteco y, a cambio, recibió el derecho a conformar su propia Junta Gubernativa, autónoma con respecto de León.

12 A este conflicto se sumó el choque entre los partidarios del sistema republicano y los monárquicos que apoyaron la anexión de Centroamérica al Imperio Mexicano. Concluido el conflicto militar, se procedió a elegir a las nuevas autoridades del estado. El poder ejecutivo quedó en manos de Manuel Antonio de la Cerda y Juan Argüello, como Jefe y Vicejefe, respectivamente. Asimismo, se conformó una asamblea legislativa que promulgó, el 8 de abril de 1826, una Constitución Política por la cual Nicaragua se organizó como un Estado de la República Federal de Centroamérica. Sin embargo, la paz no duró mucho. En 1827 se desencadenó una guerra regional cuando el presidente de la federación, apoyado por los conservadores guatemaltecos, intentó imponer su autoridad sobre los Jefes de Estado. Los sectores liberales en toda Centroamérica se unieron bajo el liderazgo del general hondureño Francisco Morazán. Manuel Antonio de la Cerda y Juan Argüello tomaron partidos contrarios; el primero, con los conservadores, y el segundo, con los liberales. Pronto estalló una guerra entre ambos que culminó con el fusilamiento de Cerda en Rivas, el 17 de noviembre de 18288.

13 Poco después, el general Francisco Morazán asumió la presidencia de la Federación, y colocó en la jefatura de Nicaragua a su tío político Dionisio Herrera. Sin embargo, la resistencia a las reformas impulsadas por Morazán y los gobiernos liberales desató otras dos guerras federales, en 1831-1833 y 1837-1839. Estos hechos repercutieron en la vida política nicaragüense. En enero de 1837, fue asesinado el Jefe de Estado José Zepeda, quien, al igual que Herrera, pertenecía a la red familiar de Morazán. El 30 de abril del siguiente año, la Asamblea Constituyente de Nicaragua rompió con la Federación, condicionando el retorno a la unión centroamericana a la firma de un nuevo pacto que garantizara la autonomía administrativa a lo interno de cada Estado. Tomar distancia de los conflictos que atravesaban el istmo centroamericano parecía una medida prudente; sin embargo, fue insuficiente para garantizar la paz en Nicaragua.

14 En 1844, la tradicional rivalidad entre Granada y León se vio agudizada debido a la modificación de sus jurisdicciones administrativas. Según la demarcación territorial establecida a raíz de la promulgación de la Carta Magna de 1826 y contemplada en la Ley Electoral de 1838, Managua pertenecía al Departamento Oriental9. Sin embargo, argumentando que los managüenses estaban cansados de contribuir con sus impuestos al fausto de la aristocracia de Granada, su alcalde empezó a gestionar el traslado administrativo del municipio bajo la jurisdicción del Departamento Occidental10. Este cambio fue oficializado el 29 de enero de 1844.

15 La modificación de las divisiones administrativas internas del Estado cobró para los granadinos una dimensión trascendental. Con la suma de los representantes de Managua, los occidentales obtendrían una aplastante mayoría en las Cámaras Legislativas. Peor aún, León ganaría control del estratégico “territorio de Tipitapa”, y con ello, el dominio por “agua i tierra” sobre el Departamento de Oriente, pues aquel era el paso obligado hacia el distrito de Chontales, donde se hallaban sus vastas haciendas ganaderas11. Al confirmarse la noticia de la separación de Managua, el periódico granadino El Ojo del Pueblo lanzó un editorial en el que calificaba este hecho como “un crimen de rebelión”, germen de anarquía y guerra civil. En otro escrito, se explicó la mutilación del territorio del Departamento Oriental como una represalia del gobierno central, debido a la resistencia de la municipalidad a cumplir con los términos de un decreto referido al estanco del tabaco. La recolección y administración de los ingresos fiscales representaba, pues, otro factor de discordia entre el Estado y los poderes locales.

16 A fin de controlar la agitación política de los granadinos, el Director Supremo del Estado nombró a un militar leonés como Prefecto del Departamento de Oriente. Las contradicciones se exacerbaron, pues esta imposición rompía el equilibrio entre el poder central y los ejes de poder regional, establecidos por la Constitución de 1838. Los granadinos no sólo rechazaron a la persona designada, sino también pasaron a cuestionar la legitimidad del mismo cargo, tal como se refleja en el siguiente fragmento de un editorial de El Ojo del Pueblo:

17“¿Cuales son las conveniencias, cuales las ventajas que reporta un lugar con tener en su seno á un ajente que se llama Prefecto? ¿A un simulácro de autoridad, sin poder, sin prestigio alguno, que no tiene mas voluntad ni mas arbitrio, que la voluntad y el arbitrio del Gobierno, y que por esta razón se encuentra á cada paso estrechado entre los mandatos imperiosos y apremiantes de este, y las reclamaciones de la opinión pública, sostenida por las corporaciones municipales? Déjese á Granada solo y aislado: está muy bien: él no quiere labrarse su felicidad á costa de la de nadie12“. En síntesis, el editorial tejía su lógica en torno a la idea de que Granada lo mismo podía prescindir de los impuestos de los managüenses, como de la presencia del Prefecto. El cabildo constituía la única autoridad legítima, pues gozaba de reconocimiento social como portador del sentir del pueblo. Como vemos, en esta batalla verbal entre municipalidad y Estado, se apelaba a criterios de legitimidad provenientes de distintos sistemas de referencia, como era el tradicional “prestigio” y el concepto moderno de “opinión pública”. Por su parte, el Comandante General del Ejército interpretó las manifestaciones de lealtad hacia el poder municipal como una traición a la patria. El corolario de tal imputación era, naturalmente, identificar al opositor o disidente con el enemigo externo de turno. Los granadinos clamaban:

18“¡Que desgracia la nuestra! Ayer se nos acusaba de partidarios del General Morazán, y hoi se nos inculpa de connivencia con los enemigos mortales de este mismo, el General Carrera y los aristócratas de Guatemala! Asi por este mismo tenor son los cargos que se han hecho y se hacen contra este pueblo desventurado: si el Estado tiene guerra con los ingleses, los granadinos somos ainglesados; y si los Mosquitos se suspenden al Administrador del Norte, los granadinos tuvimos en este torpe atentado el principal participio … que se destruyan, que se aniquilen, es el clamor que se oye resonar por el rumbo del Occidente13.” Los granadinos descargaron su ira en contra del Comandante General de Armas, Casto Fonseca. Luego de cinco años de ejercer el cargo, éste se había convertido en el verdadero árbitro de la vida política, con capacidad de influir hasta en la elección de las supremas autoridades del Estado14. La identificación del jefe del ejército con intereses localistas provocó una fuerte resistencia de los poderosos clanes familiares de los Departamentos al proceso de centralización del poder militar en la capital. Como resultado, las llamadas tropas “veteranas” del Estado que se hallaban bajo el mando directo de los Comandantes de Plaza, mantenían constantes pugnas con los cuerpos policiales tradicionalmente organizados por los ayuntamientos para mantener el orden en las ciudades y campos aledaños. Los granadinos acusaron al Comandante General Casto Fonseca de haber reducido a los nicaragüenses a una “especie de Colonos sin porvenir”; es decir, de sumirlos en una situación igual a la que habían padecido bajo el yugo colonial. Además, argumentaban que, debido a su subordinación con respecto al poder militar, el Supremo Director Manuel Pérez ya no podía garantizar la seguridad y tranquilidad de los ciudadanos. El incumplimiento de su principal deber como gobernante anulaba, de hecho, el contrato social por el cual había sido electo, eximiendo a los gobernados de la obligación de obedecerle. Una vez roto el pacto social – concluían los políticos granadinos – la soberanía de la nación debía retornar a su fuente primigenia: “los pueblos“, representados por sus respectivos ayuntamientos. Por tanto, de acuerdo al Derecho de Gentes, éstos gozaban de la potestad para celebrar pactos entre sí, lo mismo que convenios con fuerzas externas para liberarse de un “Tirano15”.

19 Esta lógica preparó las condiciones para el estallido de una nueva guerra civil, atizada por conflictos regionales. En efecto, en 1844, el caudillo salvadoreño Francisco Malespín decidió atacar la ciudad de León, donde se habían refugiado algunos partidarios y familiares del ex-presidente federal Francisco Morazán. Los granadinos se sumaron a las fuerzas invasoras y la ciudad de León fue reducida a cenizas16. Una vez derrotados los leoneses, el control del poder ejecutivo pasó a manos del hacendado granadino José León Sandoval, quien fue electo Director Supremo en 1845. Sin embargo, sus esfuerzos por reorganizar el Estado se vieron obstaculizados por rivalidades entre caudillos regionales.

20 Fruto Chamorro, hijo de un rico hacendado granadino y de una indígena guatemalteca, emergió a mediados de la década de los cuarenta como líder de los conservadores del Departamento Oriental. Por su parte, los liberales leoneses encontraron un fuerte aliado en el militar guatemalteco Trinidad Muñoz, quien ocupaba los cargos de Jefe del Ejército y Diputado ante la Asamblea Nacional. Cada uno reclutaba su clientela política por intermedio de líderes locales, que bien podían ser un párroco influyente, un alcalde indígena, o una figura carismática y temeraria como Bernabé Somoza.

21 La resistencia de las elites regionales al proceso de centralización del Estado, se convirtió en otro foco de tensiones. Los poderosos terratenientes y comerciantes, acostumbrados a mandar desde los cabildos de las ciudades, recelaban de los Prefectos, Comandantes de Plaza, Fiscales de Hacienda y otras autoridades nombradas por el poder ejecutivo, calificándolos de intrusos enviados desde la lejana capital. En la década de 1840, el Departamento Oriental se vio sacudido por los choques entre conservadores y liberales, apodados timbucos y calandracas, respectivamente. En julio de 1849, el alcalde de Rivas decidió expulsar del Departamento Meridional al Comandante Fermín Martínez, del partido conservador. A fin de lograr su propósito, Espinoza ordenó a los alcaldes de los pueblos vecinos reclutar a los hombres de sus comunidades para tomar por asalto el Cuartel de Armas.

22 De esta manera, abrió las puertas a un estallido social que escapó de su control. Indígenas, mulatos y mestizos de los pueblos aledaños se volcaron sobre la villa, saqueando e incendiando las casas de los grandes propietarios criollos. Granada, Masaya y Matagalpa vivieron episodios similares de violencia popular. Constituían verdaderas descargas de ira, acumulada por la opresión que los indígenas y mestizos pobres sufrían de parte de las elites criollas, a pesar de la abolición formal del sistema de castas.

Las amenazas externas

23 Pese a sus crónicos conflictos internos, la visión de las elites nicaragüenses coincidía en un aspecto: estaban convencidos de que la geografía patria les auguraba un destino portentoso. Dos grandes lagos interiores, apenas separados del Pacífico por un breve istmo, y comunicados con el Atlántico a través de un ancho río navegable, ofrecían la posibilidad de abrir un canal interoceánico que convertiría a Nicaragua en el centro del comercio mundial.

24 En 1838, el gobierno nicaragüense emprendió diversas iniciativas en procura de apoyo externo para realizar su “destino geográfico“. Encomendó a Pedro Rouhaud la misión de buscar capital para el proyecto canalero en Francia, y encargó igual tarea al Obispo Jorge Viteri y Ungo, quien partía como embajador a Roma. Ese mismo año, otorgó a George Holdship, representante de un consorcio de comerciantes de Nueva York y Nueva Orleans, un contrato canalero que contemplaba también el establecimiento de un banco, y el fomento de la inmigración de colonos extranjeros. Asimismo, el gobierno de Nicaragua continuó financiando los estudios topográficos encargados al ingeniero británico John Baily en 1837, por el extinto gobierno federal. Estos empezaban ya a mostrar sus frutos. Tres años más tarde, Baily se hallaba en condiciones de argumentar de manera convincente que la construcción del canal por Nicaragua era técnicamente viable, a un costo razonable de veinticinco millones de dólares.

25 Sin embargo, el optimismo de los gobernantes nicaragüenses en cuanto a la viabilidad política y económica del naciente Estado, pronto se vio opacado. En vez de capital y tecnología, el proyecto canalero atrajo las ambiciones geopolíticas de las potencias. En febrero de 1840, John L. Stephens – agente diplomático confidencial del presidente norteamericano Van Buren – visitó Nicaragua, se entrevistó con Baily, y tomó detalladas notas sobre los resultados de su estudio17. Días más tarde, Stephens partió vía El Realejo, en donde fue atendido por el influyente comerciante y vice-cónsul inglés John Foster. Sin duda, éste percibió el notorio interés del agente norteamericano en el proyecto canalero, y así lo informó a su superior en Guatemala, Frederick Chatfield.

26 El Cónsul se alarmó ante la posibilidad de que el gobierno de los Estados Unidos obtuviera una concesión sobre la ruta interoceánica, pues significaría un serio revés para la hegemonía británica en el istmo. En noviembre de ese mismo año, el diligente cónsul viajó a Londres, y convenció al Ministro de Relaciones Exteriores, Lord Palmerston, de la necesidad de establecer cuanto antes un protectorado sobre la Costa de Mosquitos, e incluir dentro de su jurisdicción el puerto de San Juan del Norte, a fin de controlar la terminal atlántica del futuro canal interoceánico. Los argumentos de Chatfield impresionaron a Lord Palmerston, quien endosó sus planes en nombre de la civilización y del cristianismo, observando: “El objetivo parece encomiable (...) una iniciativa para impartir a una ruda y bárbara Raza de Hombres, algunos de los elementos de orden social, algunos rudimentos de organización política, y alguna instrucción en las Verdades de la Religión18“.

27 En octubre de 1842, el cónsul Chatfield se presentó en León y respaldó oficialmente la alegada jurisdicción del rey miskito sobre el estratégico puerto, lo que provocó una larga polémica sobre Derecho Internacional. Apelando al concepto de Derecho Postliminium o de Propiedad Original, los gobernantes nicaragüenses argumentaban que, al separarse de la metrópoli, cada Estado hispanoamericano quedaba en posesión del espacio geográfico que le había sido demarcado por la administración colonial. Por su parte, Chatfield alegaba que la única fuente de soberanía sobre un territorio era su ocupación efectiva y, puesto que la presencia de España en la Mosquitia había sido tan sólo nominal, Nicaragua no podía reclamar herencia alguna19.

28 Prosiguiendo con sus planes, en junio de 1844 fuerzas navales británicas ocuparon Bluefields, entonces habitado por unos quinientos creoles de origen afro-antillano, y trasladaron allí la sede de la corte del adolescente rey miskito George Augustus Frederick. El siguiente paso fue la usurpación violenta de la terminal atlántica de la ruta interoceánica. El 1 de enero de 1848, ciento cincuenta soldados británicos desembarcaron en San Juan del Norte, arriaron la bandera de Nicaragua y nombraron Gobernador a Jorge Hodgson, en representación del rey de la Mosquitia. Cuando las tropas invasoras se retiraron, el ejército nicaragüense apresó a Hodgson, pero el 8 de febrero tres barcos de guerra británicos ocuparon de nuevo el puerto, así como los fuertes de El Castillo y San Carlos. Tomaron como rehenes a varios altos funcionarios y obligaron al gobierno de Nicaragua a firmar un armisticio, por el cual convenía en dejar San Juan del Norte en poder de los representantes de Gran Bretaña, mientras procuraba resolver el conflicto por medios diplomáticos.

29 Unos días más tarde, un periódico costarricense titulado La Paz y el Progreso publicó las reflexiones de algunos prominentes ciudadanos de ese país, sobre estos hechos. A juicio de los comerciantes josefinos:

30“Esta ocupación, que consideramos como un hecho consumado e irremediable, y el consiguiente establecimiento de una opulenta colonia mercantil en aquel puerto, abre una nueva era al comercio de Costa-rica. Asegurada (...) la libertad del tránsito, podemos ya empeñarnos en la apertura del camino de Sarapiquí, para exportar nuestros frutos por el Atlántico: podremos aun pensar en la practicabilidad de hacer el acarreo de un mar al otro, al traves de nuestro territorio, para mientras se abra el canal de Nicaragua, y en fin, podemos aspirar á un rápido engrandecimiento y prosperidad20.”

31 En reacción, el gobierno de Nicaragua publicó una nota oficial acusando al gobierno de Costa Rica de complicidad en la usurpación británica de la Costa Mosquitia21. Poco después, envió a Francisco Castellón a Londres, con el fin de gestionar ante Lord Palmerston la devolución de ese estratégico territorio. Los informes que Castellón remitía a su gobierno reflejaban un profundo pesimismo. Estaba convencido de que Costa Rica se prestaba a los planes de Gran Bretaña y, en recompensa, esa potencia había fijado los límites de la Mosquitia en el raudal de Machuca, a fin de incluir la desembocadura del Río Sarapiquí – estratégico para el comercio costarricense – dentro de la jurisdicción de su Protectorado. En vista de estos hechos, opinaba Castellón, el gobierno de Nicaragua debía solicitar el apoyo de los Estados Unidos, para “impedir, el que Costa-rica comprometa así los derechos de ambos países22“.

32 El pesimismo de Castellón no era infundado. El 11 de julio de 1849 – cuatro días después de la remisión del informe citado – Felipe Molina, representante del gobierno de Costa Rica en Londres, firmó con la compañía Flyer & Carmichael un contrato para la construcción de un canal interoceánico desde el lago de Nicaragua hasta el puerto de Salinas, en el golfo de Papagayo. Las obras de canalización aprovecharían el curso del río Sapoá ubicado un poco al sur del río La Flor, que había marcado el límite del partido de Nicoya durante el período colonial.

El heraldo de la Doctrina Monroe

33 Indefensos ante la pérfida Albión, los gobernantes nicaragüenses buscaron el apoyo de los Estados Unidos. Después de todo, la emergente potencia del norte había proclamado en 1823 que cualquier agresión perpetrada por una monarquía europea a los Estados republicanos del Nuevo Mundo sería rechazada como un ultraje a todo el continente. Tal promesa inspiraba los sueños del editor del periódico El Correo del Istmo de Nicaragua, quien quiso compartir con sus lectores una venturosa visión nocturna:

34“Vimos a las hinchadas olas de la Europa, estrellarse con furor en esta deleznable cadena que une i ata los dos mas hermosos continentes, amenazando quebrantarla por diversas partes. (...) Llenos de estupor dirijimos nuestras miradas hacia á Norte-América: en el instante, i como por encanto, vimos de en medio de Washington, el águila más hermosa i admirable que han conocido los siglos; joven, lozana i altanera, coronada con la diadema de la libertad, lanzó su rápido vuelo hacia á nosotros, i en mui poco tiempo, se colocó frente á frente de el águila británica. Entonces renacieron nuestras esperanzas; siendo tanto más fundadas, cuanto que veíamos a nuestros libertadores23.”

35 Sin embargo, las esperanzas cifradas en la posibilidad de que, los hijos de Washington asumieran una actitud beligerante en contra de su antigua metrópoli, en aras de los principios de la Doctrina Monroe, eran de una candidez insospechada. En las semanas previas a la ocupación británica de San Juan del Norte, el cónsul norteamericano Mr. Livingston había remitido a sus superiores una detallada exposición sobre los planes de Chatfield para apoderarse de la ruta canalera de Nicaragua, y les transmitió las rogativas de apoyo de sus atemorizados gobernantes. No obstante, empeñado en su propia expansión hacia el sur y el oeste, el Presidente Polk desdeñó la sugerencia de reafirmar la Doctrina Monroe frente a Gran Bretaña. En realidad, los gobernantes norteamericanos no empezarían a mostrar mayor interés por el istmo centroamericano sino hasta después de haber arrebatado al otrora altivo virreinato novohispano los territorios de Texas, Nuevo México y California24. Curiosamente, el expansionismo de los Estados Unidos a costa de México no había inspirado mayores recelos entre la elite criolla de Nicaragua. El tema mereció tan sólo unas escuetas líneas en los periódicos de la década de 1840, también salpicados de elogios a la potencia anglo-sajona25. Norberto Ramírez, por ejemplo, fue un entusiasta apologista de las instituciones norteamericanas. En un discurso pronunciado ante el Congreso en junio de 1846 propuso reformar la Constitución tomando como modelo la legislatura de Virginia. Ese cuerpo jurídico – argumentó – había permitido a la unión americana alcanzar su perfección, y alzar raudo vuelo hacia su prosperidad y “engrandecimiento”, en medio del “asombro universal26“. Mientras los cañones norteamericanos rugían en suelo mexicano, el periódico nicaragüense Registro Oficial exhortaba a los legisladores a dar pruebas de ser “dignos discípulos del inmortal Washington27“. En otro editorial, se ensalzaba a Estados Unidos como uno de los ejemplares más vivos del “espíritu del progreso” del siglo28. La admiración por la potencia anglo-sajona llevó a la elite criolla de Nicaragua a racionalizar la experiencia mexicana como un merecido castigo por su imprudencia. Las “desgracias, perjuicios y humillaciones” sufridas eran resultado de su “conducta errónea” – sentenció el editorialista de El Correo del Istmo29. Cabe destacar que esta actitud no era exclusiva de los gobernantes nicaragüenses. Muchos pensadores hispanoamericanos de la época también percibían a los Estados Unidos como un modelo a imitar, y su victoria sobre México en 1847 más bien estimuló tal sentimiento. Las voces de recriminación contra el agresor fueron escasas; la culpa se echó sobre la raza derrotada: la herencia genética y cultural española30.

36 No es extraño, pues, que al desatarse la vertiginosa corriente migratoria hacia los territorios recién usurpados a México – la “fiebre del oro” estimulada por la propaganda sobre los fabulosos campos auríferos de California – los nicaragüenses recibieran con júbilo a los enérgicos “americanos del norte”. El 16 de marzo de 1849, el General José Trinidad Muñoz suscribió una concesión sobre la ruta interoceánica con David J. Brown, agente de una compañía neoyorquina de transporte. El artículo veintidós del contrato revela el principal objetivo del gobierno nicaragüense: obtener recursos para enviar una delegación a Washington en procura de un tratado oficial de protección y alianza para recuperar el puerto de San Juan del Norte31.

37 Nada más lejos de los propósitos de la administración norteamericana. El General Taylor – quien había asumido la presidencia en marzo de 1849 – representaba los intereses de los grupos económicos de los Estados del norte de la Unión. Estos consideraban que el canal debía construirse sin demora y, puesto que el capital inglés era necesario para la obra, veían con buenos ojos una alianza con la Reina de los Mares. Visualizaban, pues, la apertura de la ruta interoceánica como una empresa económicamente remunerativa, y relegaban a un segundo plano las consideraciones geopolíticas32. Las instrucciones impartidas por Taylor a Ephraim George Squier, al designarlo Ministro Plenipotenciario ante los gobiernos centroamericanos, fueron un fiel reflejo del pragmatismo de la política exterior de su gabinete. En efecto, de manera explícita se le recomendó abstenerse de involucrar a Estados Unidos en alianzas comprometedoras ni en controversias innecesarias. Debía concentrar su atención en asegurar iguales derechos de tránsito por el futuro canal tanto para su país como para las demás naciones del mundo, incluyendo por supuesto a Gran Bretaña33. Contrario a sus instrucciones, el joven arqueólogo y escritor norteamericano se dejó arrastrar por su ferviente nacionalismo y, ya en tierras nicaragüenses, enfrentó al experimentado Cónsul británico Frederick Chatfield como a un enemigo personal. En consecuencia, apenas duró un año en su cargo, una carrera efímera en comparación con las dos décadas de servicio que prestó su rival en el istmo centroamericano34.

38 No obstante su corta permanencia en Nicaragua, Squier logró despertar una verdadera euforia pro-norteamericana. La sola noticia de su nombramiento, conocida a través del Express de Nueva York, bastó para crear un clima de expectación.[35] El ministro encargado de las relaciones exteriores se apresuró a comunicar la buena nueva a los prefectos departamentales, y les ordenó prodigar el “más honorífico recibimiento” al representante del “muy poderoso gobierno” de Estados Unidos a su paso por los pueblos y ciudades de sus respectivas jurisdicciones36. El mandato fue cumplido con abrumador entusiasmo, en ocasiones excesivo para el cansado viajero. Los agasajos de bienvenida culminaron con un apoteósico homenaje en la capital que El Correo del Istmo describió como “un espectáculo jamás visto”, pues todos los concurrentes percibían ese día “como el más feliz principio de una sublime epopeya37“. La ocasión excitó el numen poético de los leoneses, y Francisco Díaz Zapata dedicó a la bandera de los Estados Unidos unos emotivos versos: “Presajio de poder y de grandeza! Enseña ilustre de virtud y de gloria! Yo te contemplo en tu sublime alteza, Y al contemplarte siento, Que de mi Patria ensalzarás la historia38“.

39 En el imaginario del joven bardo leonés, la Patria – esa comunidad ligada a imágenes tradicionales, procedentes de la fe religiosa y el culto a los ancestros – cobraba nueva vida al recibir al representante del gran pueblo norteamericano. Tal visión le arrebató el aliento, según confesó a los lectores de El Correo del Istmo: “... apenas sentía la vida para dar gracias á Dios que nos daba un nuevo ser, y para bendecir las cenizas de mis padres que reposan en el seno de su patria, favorecida por la civilización y el poder de los Estados Unidos de Norte América39.”

40 El Pueblo Indígena de Subtiaba se sumó al júbilo colectivo y envió a Squier un sentido mensaje que refleja el sitio privilegiado otorgado a Estados Unidos dentro de su visión del mundo, presidida por el astro del día: “La Municipalidad y Pueblo de Subtiaba (...) están poseídos de un extraordinario entusiasmo por la alianza de Nicaragua con Norte-América, la más grande y más ilustre de las Repúblicas que han sido alumbradas por el Sol40.” En opinión de un entusiasta lector de El Correo del Istmo, la fecha de la acreditación oficial del Ministro Plenipotenciario norteamericano merecía el primer lugar en el calendario de las efemérides patrias: “... cuando todas las naciones envidien nuestra suerte; no habrá alguno que no recuerde y haga conmemoración del día 9 de julio de 1849, celebrándolo con mayor razón, que el día de nuestra independencia41.”

El mito del canal interoceánico

41 Días después, Squier suscribió con el gobierno nicaragüense un proyecto de tratado diplomático cuyas cláusulas comprometían a Estados Unidos a defender la soberanía territorial de Nicaragua. Agradecido, el Director Supremo Norberto Ramírez otorgó a la American Atlantic and Pacific Ship Canal Company, presidida por el magnate Cornelius Vanderbilt, una generosa concesión que le aseguraba derechos exclusivos sobre la ruta canalera, el monopolio de la navegación por vapor en los lagos y ríos nicaragüenses. El contrato contemplaba, asimismo, la fundación de colonias agrícolas de inmigrantes extranjeros en diferentes puntos de la ruta.

42 Ante los ojos de los gobernantes nicaragüenses, el cumplimiento del destino geográfico de Nicaragua parecía inminente. En los periódicos de la época se aseguraba que la apertura del canal daría lugar a una revolución en el comercio mundial que estimularía la agricultura y la explotación de las riquezas del país. Tocada por la mano de la industria y la tecnología, la naturaleza salvaje se inclinaría al servicio del bienestar humano. Esta repentina metamorfosis ya se daba por un hecho en un editorial de El Correo del Istmo de Nicaragua:

43 bq. “La abundancia y la prosperidad se apoderan de nosotros. Esta reducida faja, que no ha mucho se veía sencilla y sin arte, se presenta ya bordada ricamente con los diversos matices que le prestan la industria y el cultivo: nuestras chozas se convierten en palacios: nuestras ciudades levantan sus cabezas: estos lagos inservibles presentan ya un aspecto grandioso y animado: este país en fin que poco ha se veía selvático e inculto, llama ya la atención del universo: el comercio le considera su centro, la ilustración pone en él su asiento: la gloria, en fin, el contento, las delicias y la felicidad humana se brindan espontáneamente a los dichosos habitantes de este paraíso terrenal42”.
Muchos nicaragüenses imaginaban que bastaría asentarse cerca de la ruta providencial para disfrutar del torrente de riquezas que pronto inundaría el país. Gregorio Juárez, uno de los principales intelectuales de la época, instó al gobierno a divulgar cuál sería el trazado definitivo de la obra canalera, pues:

44 bq. “Semejantes conocimientos puestos al alcance de todos, facilitarán a cada uno de los hijos del Estado, los medios de colocarse de una vez en el mejor lugar: y a semejanza de un plantío bien arreglado que solo aguarda la lluvia, o el riego para crecer y fructificar, les veremos llenos de prosperidad tan luego como el torrente de riquezas, intelectuales y materiales, atraviese nuestro suelo fecundo en tesoros de todo género43”. El Correo del Istmo se atrevió a augurar que la construcción del canal pondría fin a inveterada rivalidad entre Oriente y Occidente. El optimismo del editorialista se inspiró en la patriótica iniciativa de un grupo de vecinos leoneses, quienes habían explorado y comprobado la navegabilidad de un cercano estero hasta su desembocadura en el magnífico puerto natural de “El Polvón” – toponimia popular que rápidamente fue sustituida en los siguientes números del periódico por el nombre clásico de “Corinto”.

45 En efecto, tal descubrimiento abría la posibilidad de reorientar la ruta de los pasajeros en tránsito a California: luego de remontar el Río San Juan, surcar los dos lagos interiores y recorrer un breve trecho terrestre, los viajeros podrían hacer una provechosa escala en la antigua capital del Estado antes de embarcarse nuevamente hacia su destino. Hermanadas en la prosperidad, León y Granada llegarían a abrazarse y confundirse en un sólo núcleo humano. Tal era la visión presentada por El Correo del Istmo:

46“Granada tiene un lago, que, sobre ser su encanto, su alma y su delicia, la pone en contacto con el mar del norte…. León también tiene a sus puertas un canal, que uniéndola al Pacífico, le hará participe de todos sus tesoros. Ambas ciudades, dejando ya de ser rivales, extenderán sus brazos, se darán una mano por encima del BOMBACHO y MOMOTOMBO, y tocaran con la otra los dos mares, haciéndose el vínculo del comercio universal. Tiempo llegará, tal vez, en que identificándose estas dos ciudades formen una sola, que no siendo León ni Granada, sea propiamente la “Reina del Valle44“.

47 La ruta providencial se convirtió en la musa de más de un bardo criollo. Muestra de ello es el poema “A la Paz”, en el que un inspirado ciudadano auguró la inminente reunificación de Centroamérica en torno a la opulenta Nicaragua. Y ¿cómo podrían los demás Estados del istmo resistir la atracción de un paraíso como el soñado por este autor?

48“Así el inmenso lago, Verá en su aspecto hermoso, Pasar veleras naves
De los países remotos, Así las islas bellas, Que le coronan todo,
De poderosos pueblos, Serán vistos tronos; Y el comercio del mundo
Con sus ricos tesoros, Al ver nuestra riqueza, Se colmará de asombro45.”

Del mito a la realidad geopolítica

49 Estas visiones portentosas no hicieron mella en las inclinaciones probritánicas del editorialista del periódico oficial de Costa Rica, quien publicó el siguiente comentario: “Tenemos convicciones de que el canal de Nicaragua será una empresa romántica, mientras no se cuente con la decidida voluntad del Gobierno inglés, con 50 millones de pesos y con cien mil trabajadores”. Además, La Gaceta publicó una versión castellana de un artículo del Times de Londres en el que se ridiculizaba a los nicaragüenses por ofrecer al mejor postor concesiones canaleras en territorios ajenos. En otro artículo, el editorialista aseguró que el gobierno inglés no cedería un ápice en la cuestión Mosquita, y estaba próximo a enviar dos buques de guerra para hacer respetar los derechos de los súbditos británicos en ese territorio46.

50 Al mismo tiempo, La Gaceta de Costa Rica reflejaba una profunda desconfianza hacia los norteamericanos. En sus páginas se aseguraba que la compañía de Vanderbilt ya había abandonado el proyecto del canal interoceánico, y se limitaría a construir un ferrocarril a través del istmo de Rivas. Además, su editorialista pronosticaba que la ingenuidad de los nicaragüenses habría de acarrearles consecuencias muy graves:
bq. “En vano han invocado los nicaragüenses la protección que les hizo creer como muy segura Mr. Squier. ¿Y en que ha parado esa poderosa y eficacísima protección? ¿en qué puede parar? En que Nicaragua se quede sin la boca del río de S. Juan y en que el canal, si se abre algún día, será un canal en que los ingleses y los norte-americanos tendrán sus respectivas partes de señorío y los nicaragüenses la gloria y el honor de tener dentro de su república un buen canal estranjero, un canal sobre el cual ejercerá los derechos de soberanía una compañía de especuladores norte-americanos47.” Finalmente, La Gaceta se mofó de las exhortaciones unionistas del gobierno de Nicaragua, cándidamente inspiradas en la Doctrina Monroe. A juicio del editorialista, Estados Unidos habían abandonado esos principios en aras del pragmatismo económico. Peor aún, sostuvo La Gaceta, los Estados Unidos eran ya una amenaza para las naciones hispanoamericanas:

51“Desengáñense los que hayan podido engañarse sobre la verdadera naturaleza de la política Norteamericana, que no es hoy lo que era en los primeros días de la república. Por todas partes hallamos documentos que nos prueban que el espíritu de esta nación es hoy eminentemente invasor de toda nacionalidad diversa de la suya48.” Por su parte, los redactores del periódico nicaragüense El Correo del Istmo, acusaron al gobierno de Costa Rica de haber solicitado el status de Protectorado británico, y de preparar con Chatfield una invasión a Nicaragua. Además, denunciaron que su posición constituía una clara defensa de la usurpación británica del puerto de San Juan del Norte, con el propósito de sostener la nulidad del tratado canalero firmado por el gobierno de Nicaragua con los empresarios norteamericanos49. La rivalidad entre ambos países, atizada por los intereses geopolíticos de las potencias, también contribuyó a facilitar el triunfo inicial de los filibusteros.

Epílogo

52 El 14 de julio de 1857, dos meses y medio después de la derrota de Walker, el presidente de Costa Rica Juan Rafael Mora firmó un contrato canalero con el súbdito británico Robert Clifford Webster, que incluía concesiones en el istmo de Rivas, además de las aguas del Río San Juan y Lago de Nicaragua. Por otra parte, su cuñado – el general salvadoreño José María Cañas – propuso secretamente al magnate norteamericano de la Vía del Tránsito, Cornelius Vanderbilt, fundar un Estado independiente con los territorios de los departamentos de Rivas, Guanacaste y Río San Juan50. En respuesta, la Asamblea Constituyente de Nicaragua autorizó al Ejecutivo a recurrir a las armas para impedir la usurpación territorial51. La oportuna mediación del Ministro Plenipotenciario de El Salvador, así como las noticias sobre los preparativos de Walker para iniciar una nueva invasión filibustera, evitaron la guerra entre Nicaragua y Costa Rica, y unieron a los vecinos frente al enemigo común52. El siguiente editorial de la Gaceta de Nicaragua reflejó el sentir del momento: bq. “La guerra con Costa-rica ya cesó, y (ambos Estados) unieron nuevamente sus armas, pues el vandalismo del norte no disputa a los centroamericanos un pedazo de tierra, no un derecho sobre el tránsito, ni menos la comunidad de intereses; nada de eso; nos disputa sí, la vida, el honor, la propiedad, i todo cuanto se comprende bajo la palabra Centro América. Esta es la cuestión del día, i en este sentido, Nicaragua está en guerra permanente con los filibusteros, como deben estarlo también los demás Estados de la Unión Centroamericana53.” En este contexto, el 15 de abril de 1858, los generales Máximo Jerez y José María Cañas suscribieron un tratado de límites por el cual Nicaragua aceptó la anexión del Partido de Nicoya a Costa Rica, a la vez que obtuvo del Estado vecino el reconocimiento de su dominio exclusivo sobre las aguas del río San Juan. La Gaceta de Nicaragua celebró la noticia, y presentó el Tratado como una solución definitiva y providencial: bq.“La cuestión de limites acaba de transigirse de la manera mas armoniosa, borrándose para siempre las páginas manchadas de su historia, i desarrollándose así la fraternidad que Dios puso entre los dos pueblos, i que los hombres se empeñaban en no reconocer54.” Unos días más tarde, los presidentes Tomás Martínez y Juan Rafael Mora se reunieron en Rivas, e intercambiaron las ratificaciones del Tratado. Asimismo, el 1 de mayo de 1858 – aniversario de la capitulación de William Walter – celebraron conjuntamente un contrato para la construcción del canal interoceánico con Félix Belly, a quien se tenía por representante del emperador francés Napoleón III. Acordaron, además, colocar dicho convenio así como la independencia de sus repúblicas, bajo la protección de la “Europa civilizada55 “. La Gaceta de Nicaragua comentó:

53 bq. “El filibusterismo hasta cierto punto ha producido en Nicaragua un bien estable. Tal es la perfecta amalgama de los partidos interiores, el arreglo de las cuestiones pendientes con Costarica que por mucho tiempo produjeron discordias trascendentales entre ambos pueblos, i la perfecta armonía i verdadera inteligencia con los demás Estados hermanos56“. En este contexto, el intelectual nicaragüense Gregorio Juárez, director del periódico El Nacional, propuso plasmar la unidad de sentimientos entre Nicaragua y Costa Rica en un pacto confederal. Para ello, Juárez propuso las siguientes bases: a) cada Estado conservaría su independencia y soberanía interior; b) las deudas contraídas antes del pacto eran responsabilidad de cada gobierno; c) las relaciones exteriores y la defensa común estaría a cargo del poder confederal, que dispondría para ello de las rentas de los puertos, caminos y canales transístmicos. De esta manera, Juárez echaba a un lado uno de los principales motivos de discordia entre Nicaragua y Costa Rica en la década de 1850: la competencia entre diferentes proyectos canaleros y rutas de tránsito. El editorial de Juárez reflejaba el estado de ánimo de las elites gobernantes de ambos países. Así, el 9 de agosto de 1858, la Asamblea Legislativa de Nicaragua aprobó un decreto dando libertad al Presidente para promover la reunificación de Centroamérica, “... o al menos un pacto que una a todos los estados en su representación externa y haga mas efectiva la defensa contra las agresiones externas57.” Por su parte, el Congreso de Costa Rica – considerando la necesidad de remover los obstáculos al proyecto unionista – autorizó al Presidente Mora a promover el establecimiento de una Dieta o cuerpo político central, que representara a todo el istmo en el exterior, aún cuando fuese necesario: “prescindir, para esto, de una pequeña parte de la soberanía de cada una de las Repúblicas Centro-americanas58.” En estas nuevas circunstancias, la elite criolla de Nicaragua llegó a mostrarse dispuesta a compartir con Costa Rica su destino geográfico. El epígrafe del belicoso periódico El Correo del Istmo pasó a convertirse en una especie de arco iris que unía a ambos países en un fraterno abrazo:

54 bq. “Costa-rica y Nicaragua colocados uno á cada lado de la gran puerta de Centro-América indicando á las naciones del antiguo mundo la entrada con el poeta latino: hic locus est gemini janna vasta maris, revelan la unidad de sus recíprocos intereses: Nicaragua y Costa-rica que han borrado con el tratado de límites de 18 de abril del corriente año sus antiguas discordias (...) están llamados a unirse inmediatamente los primeros en una confederación que no tardara en traerse á todos los demás Estados como un efecto imprescindible y necesario, como lo es la caída de los cuerpos graves hacia su centro común59“.

Notas de pie de pagina

551 Véase Agustín Vijil, “Sermón pronunciado en Granada el 14 de octubre de 1855”. Nicaragua en los Documentos, 1523-1857, Taller de Historia Nº 10. (Managua: Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica, 2006), pág. 114.

562 Agustín Vijil, “Sermón pronunciado…”.

573 Agustín Vijil, “Sermón pronunciado…”.

584 Véase Germán Romero Vargas, Las Estructuras Sociales de Nicaragua en el siglo XVIII, (Managua: Editorial Vanguardia, 1987), págs. 205-212.

595 Germán Romero Vargas, Las Estructuras, pág. 192.

606 Véase Arturo Taracena Arriola, “Nación y República en Centroamérica (1821-1865)”, Identidades nacionales y Estado moderno en Centroamérica. (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1995), págs. 45-62.
fn7. Bradford E. Burns, Patriarcas y Pueblo: El Surgimiento de Nicaragua. 1798-1858. Traducción libre, Talleres de Historia, Cuaderno Nº 5, 2 (Managua: IHNCA-UCA, 1998), pág. 11.

618 Véase José Dolores Gámez, Historia de Nicaragua, (Managua: Fondo de Promoción Cultural del Banco Nicaragüense, 2 ed., 1993), págs. 265-269.

629 Antonio Esgueva Gómez, Las Constituciones Políticas y sus reformas en la historia de Nicaragua, (Managua: Editorial El Parlamento, 1994), pág. 238; y Las Leyes Electorales en la Historia de Nicaragua. (T.I. Managua: Editorial El Amanecer, 1995), pág. 335.

6310 El Ojo del Pueblo, “Más Managua”, Granada, n.14, 17 de febrero de 1844, Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano, V. 27, N° 134, 1971, pág. 53.

6411 El Ojo del Pueblo, “Remitido”, Granada, N° 11, 24 de enero de 1844, Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano, V. 27, N° 133, 1971, págs. 43-44.

6512 El Ojo del Pueblo, “Pronunciamiento de Managua”, Granada, n.13, 10 de febrero de 1844. Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano, V. 27, N° 133, (1971), pág. 49. El editor de este periódico era el influyente intelectual José Benito Rosales, exrector de la Universidad de Oriente.

6613 El Ojo del Pueblo, “Más Managua”, Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano, V. 27, N° 133, (1971), pág. 53.

6714 Pedro Joaquín Chamorro Zelaya, Máximo Jerez y sus contemporáneos. Estudio histórico-crítico, (Managua: Editorial La Prensa, 1948), pág. 30.

6815 Pedro Francisco De la Rocha, “Revista Política sobre la Historia de la Revolución de Nicaragua. Defensa de la Administración del Ex-Director Don José León Sandoval”. Granada: Imprenta de la Concepción, 1847, Revista del Pensamiento Centroamericano, N° 180, julio-septiembre, (1983), págs. 24-77.

6916 Francisco Ortega Arancibia, Cuarenta años de historia de Nicaragua (1838-1878), (Managua: Banco de América, 1974), pág. 61- 73 y 81.

7017 John Stephens, Incidentes de Viaje en Centroamérica, Chiapas y Yucatán, (San José: EDUCA, 1971), t.I. págs. 367-368; t.II, págs. 27-28.

7118 “Foreign Office to Colonial Office”, 15 de diciembre de 1840, F.O. 15/24. _Chatfield, Cónsul británico en Centro América. Honduras: Banco Central de Honduras, 1964, págs. 236-237.

7219 “Chatfield a Orosco”, 24 de octubre de 1842; “Orosco a Chatfield”, 10 de noviembre de 1842; “Chatfield a Orosco”, 16 de noviembre de 1842; “Orosco a Chatfield”, 19 de noviembre de 1842, Los Atentados del Superintendente de Belice. 1840-1842. (Managua: Editorial Unión, 1971), págs. 314-327. Esta polémica fue retomada por Chatfield y el Ministro Pablo Buitrago, ex-Director Supremo del Estado y encargado de relaciones exteriores. El Correo del Istmo de Nicaragua, “Nueva discusión entre el ajente de S.M.B. y el Gobierno Supremo de Nicaragua, sobre los derechos territoriales de este Estado, en su costa norte, llamada de mosquitos”, León, números del 27 al 32, correspondientes al período entre el 11 de abril y el 16 de mayo de 1850.

7320 Francisco Castellón, “Informe”, Londres, 7 de julio de 1849. Publicado por entregas en: El Correo del Istmo de Nicaragua, León, Nicaragua, números del 52 al 61, correspondientes al período entre el 10 de octubre de 1850 y el 12 de diciembre de 1850.

7421 Gregorio Juárez, “Nota de Protesta al Sr. comisionado del gobierno de Costa-rica”, León, 1º de octubre de 1848. Conferencias habidas entre los Comisionados de Costa-Rica y Nicaragua sobre la Anexación del Partido de Nicoya al primero de los Estados y límites territoriales de uno y otro, mandadas publicar de órden del Supremo Gobierno de Nicaragua. Año 1848. (Nicaragua: Imprenta de la Paz, 1848).

7522 Castellón, 1849, El Correo del Istmo de Nicaragua, León, N° 60, 5 de diciembre de 1850.

7623 El Correo del Istmo de Nicaragua, León, N° 3, 1º de junio de 1849.

7724 Véanse: “Informe de W. S. Murphy, Agente Especial de los EEUU en Centro América a Daniel Webster, Secretario de Estado de EEUU”, Ciudad de Guatemala, 4 de febrero de 1842. Andrés Vega Bolaños, Los atentados del Superintendente de Belice, (Managua: Editorial Unión, 1971), pág. 239; y “Henry Savage, Encargado de la Legación de los Estados Unidos, a Daniel Webster, Secretario de Estado de los Estados Unidos.” Ciudad de Guatemala, 18 de junio de 1842. Andrés Vega Bolaños, Los atentados, pág. 292.

7825 Registro Oficial, “Noticias de Méjico y Tejas”, León, n.53, 24 de enero de 1846. Este artículo es una de las escasas referencias sobre el tema, publicada sin comentario alguno en el periódico oficial.

7926 Registro Oficial, León, n.73, 13 de junio de 1846.

8027 Registro Oficial, San Fernando, Nicaragua, n.98, 16 de enero de 1847.

8128 Registro Oficial, San Fernando, Nicaragua, N° 100, 30 de enero de 1847.

8229 El Correo del Istmo de Nicaragua, León, N° 22, 7 de marzo de 1850.

8330 Leopoldo Zea, “1847 en la conciencia hispanoamericana”. Cuadernos Americanos, Nueva Época, n.65, (México: UNAM, 1997), pág. 29.

8431 El Correo del Istmo de Nicaragua, León, N° 2, 16 de mayo de 1849; y El Correo del Istmo de Nicaragua, n.7, 1º de agosto de 1849.

8532 Gerstle Mack, The Land Divided: A History of the Panama Canal and other Isthmian Canal Projects, (New York: Alfred A. Knopf, 1944), pág. 184.

8633 Lindley Miller Keasbey, The Nicaragua Canal and the Monroe Doctrine. A Political History of Isthmus Transit, with Special Reference to the Nicaragua Canal Project and the Attitude of the United States Government Thereto, (New York: G.P. Putnam’s Sons, The Knickerbocker Press, 1896), pág. 186 y 197.

8734 Mario A.Rodríguez, Palmerstonian Diplomat in Central America. Frederick Chatfield, (Esq. Tucson: The University of Arizona Pess, 1964), pág. 491. Squier permaneció en Nicaragua desde julio de 1849 a junio de 1850, Chatfield llegó a Guatemala en 1834 y se retiró en 1852.

8835 El Correo del Istmo de Nicaragua, “Noticias Extranjeras”, León, N° 3, 1º de junio de 1849.

8936 Salinas, Ministerio de Relaciones del Supremo Gobierno del Estado, “Circular a los Prefectos”, León, 2 de junio de 1849, El Correo del Istmo de Nicaragua, León, n.4, 16 de junio de 1849. Véase también: Ephraim G. Squier, Nicaragua, sus gentes y paisajes, (San José: EDUCA, 1970), pág. 169-171.

9037 El Correo del Istmo de Nicaragua, “Nueva Era para Nicaragua”, León, N° 6, 16 de julio de 1849.

9138 Francisco Díaz Zapata, “Saludo que el Sr. Francisco Díaz Zapata hizo á la Bandera de la República de Norte América al verla el día 5 de julio de 1849, en la entrada de S.E. a León, y que presentó él mismo al honorable Secretario de la Legación”. El Correo del Istmo de Nicaragua, León, N° 17, 1º de enero de 1850.

9239 Francisco Díaz Zapata, “Saludo…”.

9340 “Felicitación del pueblo de Subtiaba al Excmo. Señor Ministro Plenipotenciario E. Geo. Squier”. León, 26 de julio de 1849; y E. G. Squier, “Sr. Simon Roque, y otros individuos de la municipalidad de Subtiaba”, El Correo del Istmo de Nicaragua, León, N° 9, 1º de septiembre de 1849.

9441 El Correo del Istmo de Nicaragua, León, N° 6, 16 de julio de 1849.

9542 El Correo del Istmo de Nicaragua, “Editorial”, León, N° 3, 1º de junio de 1849.

9643 Gregorio Juárez, “Remitido”, León, 10 de mayo de 1849, El Correo del Istmo de Nicaragua, León, n.3, 1º de junio de 1849.

9744 El Correo del Istmo de Nicaragua, “El Polvón”, León, N° 41, 25 de julio de 1850.

9845 T.N.G. “A la Paz”, El Correo del Istmo de Nicaragua, León, N° 46, 29 de agosto de 1850.

9946 El Correo del Istmo de Nicaragua, León, n.44, 15 de agosto de 1850.

10047 El Correo del Istmo de Nicaragua, León, n.45, 22 de agosto de 1850. Comentarios sobre artículo publicado por Luis Cheron en La Gaceta de Costa Rica, N° 87.

10148 El Correo del Istmo de Nicaragua, León, N° 44, 15 de agosto de 1850.

10249 El Correo del Istmo de Nicaragua, “Canal”, León, N° 17, 1º de enero de 1850; El Correo del Istmo de Nicaragua, León, Suplemento al N° 29, 29 de abril de 1850.

10350 Luis Fernando Sibaja, y Chéster Zelaya, La Anexión de Nicoya, 2 ed. San José: EUNED, 1985, págs. 117-118.

10451 Zeledón, Pedro; Cárdenas, J. Miguel y Jiménez, Francisco. “Decreto” Managua, 25 de noviembre de 1857, Gaceta de Nicaragua, Managua, t.II, N°2, enero de 1858.

10552 Pedro Rómulo Negrete, “Discurso pronunciado por el Sr. Coronel don Pedro Rómulo Negrete”, Managua, 13 de enero de 1858, Gaceta de Nicarágua, Managua, t.II, N° 3, 30 de enero de 1858.

10653 Gaceta de Nicaragua, Managua, t.II, n.3, 30 de enero de 1858.

10754 Gaceta de Nicarágua, “Paz entre Nicaragua y Costa Rica”, Managua, t.II, n.14, 1º de mayo de 1858.

10855 El Nacional, “Convención Interoceánica, celebrada entre los gobiernos de los Estados soberanos de Nicaragua y Costa-rica, y los señores Félix Belly, P. M. Millaud y Compañía, de Paris, relativa á la concesión de un canal marítimo interoceánico por el río San Juan y Lago de Nicaragua. Dado en Rivas el día 1º de mayo de 1858, aniversario de la capitulación de Walker”, León, t.I, n.21, 30 de octubre de 1858.

10956 Gaceta de Nicarágua, Managua, t.II, n.24, 10 de julio de 1858.

11057 El Nacional, León, t.I, n.22, 6 de noviembre de 1858.

11158 Rafael G. Escalante, Pdte., Jesús Jimenes Scrio., Manuel Castro Scrio, “Decreto”, San José, 22 de septiembre de 1858, El Nacional, León, t.I, n.22, 6 de noviembre de 1858. El decreto fue ratificado por el Presidente Mora el día 23 de septiembre.

11259 El Nacional, León, N° 3, 26 de junio de 1858.

113

Para citar este artículo :

Frances Kinloch Tijerino, « El primer encuentro con los filibusteros en Nicaragua: antecedentes y contexto », Boletín AFEHC N°36, publicado el 04 junio 2008, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=1925

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