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AFEHC : articulos : Indice General del Archivo del extinguido juzgado privativo de tierras : Indice General del Archivo del extinguido juzgado privativo de tierras

Ficha n° 2062

Creada: 22 noviembre 2008
Editada: 22 noviembre 2008
Modificada: 19 diciembre 2008

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Autor de la ficha:

Gustavo PALMA MURGA

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Indice General del Archivo del extinguido juzgado privativo de tierras

En 1863, don José Juan de Mata Gavarrete y Cabrera, escribano de Cámara y Gobierno de la República de Guatemala, redactó un índice, en el que registro el contenido de todos los expedientes que integran el Archivo del Juzgado Privativo de Tierras de ese país. En estos expedientes se encuentra compendiada la historia agraria de Guatemala, lo cual hace del índice un documento de vital importancia para entender la evolución de la tenencia de la tierra en ese país centroamericano. El índice de Gavarrete, como se le conoce, cuyo original se ha perdido y del cual solo se conserva una parte, tiene organizadas referencias de expedientes acerca de la repartición, transacción y litigios sobre tierras guatemaltecas desde el siglo XVI hasta el XIX.
331
Palabras claves :
Tierras, Juzgado,
Autor(es):
Gustavo Palma Murga
Fecha:
Noviembre 2006
Texto íntegral:

1INDICE GENERAL DEL ARCHIVO DEL EXTINGUIDO JUZGADO PRIVATIVO DE TIERRAS

2A : de Acalán, Petén a Azuchio

3B : de Baca (Lo de), Guatemala a Burro (Potrero del), Guatemala

4C : de Caballero Pardo (El), Chiquimula a Cerro Verde, Verapaz

5C : de Cid (Lo del), Guatemala a Cuyutepeque, Escuintla

6CH : de Chacalté, Totonicapán a Chuxecaculeuj, San Marcos

7DEF: de Dantas (Las), Chiquimula a Fuentes (San Nicolás o lo de), Guatemala

8G : de Gabriel (San), Sacatepéquez a Guistepeque, Jutiapa

9HI : de Hacienda Nueva, Escuintla a Izote (El), Santa Rosa

10J : de Jaboncillos, Verapaz a Jutiapa, Sitio de

11L : de Labor (La), Huehuetenango a Llanos de Jalapa, Jutiapa

12M : de Macatl, Escuintla a Mup, San Marcos

13NO : de Navajal (El), Guatemala a Ovejas (Las), Chiquimula

14P : de Pablo (San), Peten a Paz del Espiritu Santo, Chiquimula

15P : de Peaché, Huehuetenango a Purulá (San Antonio), Verapaz

16QR : de Quebrada de Canchun a Ruyalchay

17S : de Saama, Verapaz a Sánchez (Lo de), Guatemala

18S : de Sanchico, Jutiapa a Suyapango, Jutiapa

19T : de Tabacal, Verapaz a Tzuchac, Izabal

20UV : Ucubil, Guatemala a Volcancillos (Los), Verapaz

21XZ : de Xacalbec, San Marcos a Zurrones (Zanjón de los), Suchitepéquez

22 “Y en cumplimiento le tomé de la mano al dicho Juan Becerra del Castillo y le metí en la posesión de las dichas dos caballerías de tierra y le amparé en ellas (...) Y en señal della se anduvo paseando a pié y a caballo por ellas, y cortó hierbas y dejó hechas dos cruces en dos árboles…” (9 de diciembre de 1591) (AGCA, A1, leg. 5933, expd. 51882)

23 “Y en señal de que aprendía y tomaba la posesión de dichas tierras, dijo conmigo Posesión, Posesión, Posesión, y arrancó yerba y tiró piedras a los cuatro vientos cardinales…”. (AGCA, A1, leg. 6046, expd. 53366)

24 Estas frases, acciones y expresiones, frecuentes en los documentos relacionados con la concesión de tierras mediante Merced Real a conquistadores y primeros colonos en suelo americano, y durante el siglo XVI, resaltan la importancia atribuida tanto al acto de toma de posesión de la tierra como al inmediato ejercicio de soberanía personal sobre la misma. Era necesario evidenciar el acceso individual a su propiedad, por lo que se acudía a la práctica de actos y acciones como cortar hierba, tirar piedras y marcar cruces en árboles que allí se encontraban. Esta simbólica – además – contenía y condensaba en sí los primeros pasos de la implantación del régimen colonial en Guatemala

25 Dichos formalismos, entonces, se hacían necesarios para afirmar y reiterar el derecho de propiedad privada sobre la tierra, tanto frente a otros colonizadores como ante la población indígena, anterior propietaria de las mismas. En especial, si se tiene presente que se trataba de la posesión de territorios recién anexados al señorío castellano -usurpados a la población local mediante la fuerza – a través del proceso de invasión y conquista.

26 A lo largo de los tres siglos que duró el régimen colonial español, se estuvieron repitiendo fórmulas y trámites similares por parte de quienes veían en el acceso a la tierra – en su propiedad y explotación – una posibilidad para subsistir y reproducirse familiar y socialmente ; para hacer fortuna a partir de su explotación con fines comerciales y de vinculación al mundo económico externo; así como para ocupar o reforzar un estatus económico, político y social al interior de la sociedad colonial. Bajo tal perspectiva, y no sólo durante el período colonial, la tierra interesará en tanto estuviera vinculada a mercados de consumo, vías de comunicación y, sobre todo, a las reservas de fuerza de trabajo identificadas con una enorme masa de población campesina concentrada mayoritariamente en los llamados pueblos de indios.

27 La sociedad guatemalteca, al igual que la de muchos otros países de América Latina, continúa manteniendo y reproduciendo – desde hace varios milenios- relaciones de dependencia para con la tierra. Tales relaciones – de explotación y propiedad de la misma – y según los diferentes períodos históricos, han sido determinantes en la conformación y organización de formas y relaciones sociales y económicas, en las que se evidencia cómo su usufructo y propiedad determinan el lugar, la posición y situación del individuo al interior de la sociedad.

28 El desarrollo histórico de las relaciones de propiedad de la tierra – en Guatemala – continúa siendo una de las temáticas que más escasa y pobremente ha sido tratada por la historiografía, tanto nacional como extranjera. Para llegar a tener una visión de conjunto de la sociedad guatemalteca a lo largo de la historia se hace necesario conocer cuál y cómo ha sido el proceso de desarrollo de la base material – la tierra – sobre la que esta sociedad se ha estado reproduciendo. No basta con señalar que en el país se reproduce actualmente un sistema de propiedad de la tierra en el que unos pocos son dueños de mucha tierra y muchos apenas tienen acceso a unos cuantos jirones de la misma. Tal realidad – verdad irrefutable – corresponde a una situación coyuntural. A la historia compete explicar por qué se ha llegado a semejante situación.

29 No es este el lugar ni el momento para proceder al análisis acerca de lo que se ha escrito sobre esta temática, ni sobre cómo y para qué se ha escrito. En todo caso, resulta evidente que el estudio de la tierra – la historia agraria – en Guatemala requiere de múltiples y enormes esfuerzos que aún quedan por asumir.

30 Si la Historia – como ciencia – permite al individuo y a la sociedad entender y explicar su presente a través del estudio del pasado, tenemos – entonces – que el estudio de la historia agraria de Guatemala ha de permitir entender y explicar, desde una perspectiva histórica, el por qué y el cómo de las distintas formas y mecanismos de usufructo, propiedad y explotación que, a lo largo del tiempo se han ido reproduciendo aquí alrededor de la tierra.

31 La publicación del presente documento se hace con el propósito de que éste pueda convertirse en un importante instrumento de trabajo, útil a todos cuantos se dediquen al estudio de la historia agraria de Guatemala. Doblemente útil además, puesto que también se está haciendo labor de rescate de un documento cuyo original se encuentra extraviado y cuya pérdida definitiva hubiera sido lamentable.

32 A continuación se presentan una serie de notas que tienen como propósito introducir al usuario a una mejor lectura y utilización del documento. Se tratará de explicar su contenido, organización e importancia. Igualmente, se darán nociones sobre la ubicación de las fuentes documentales allí citadas y comentadas. También se presentan algunas reflexiones acerca de la problemática relacionada con el estudio de la historia agraria en Guatemala.

EL DOCUMENTO

33 A finales del año de 1863 el entonces Escribano de Cámara y Gobierno – Don Juan Gavarrete y Cabrera – concluía la elaboración del Índice General del Archivo del extinguido Juzgado Privativo de Tierras, depositado en la Escribanía de Cámara del Supremo Gobierno de la República de Guatemala.

34 Dicho Índice fue el resultado de una exhaustiva tarea de ordenamiento y clasificación de un enorme caudal de expedientes relacionados – en su gran mayoría – con titulaciones de tierras baldías (llamadas realengas durante el período colonial) que – a lo largo de los tres siglos de vida colonial y durante buena parte del siglo XIX – se fueron generando y acumulando como consecuencia de los necesarios trámites burocráticos que tenían que satisfacer individuos, instituciones eclesiásticas, pueblos y comunidades para acceder a su propiedad. Se trata, entonces, de expedientes relacionados con el acceso y transacciones que alrededor de la tierra estatal se llevaron a cabo durante todo ese tiempo.

35 Esta masa documental nos sitúa, entonces, ante las primeras instancias – tanto formales como históricas – del proceso de apropiación de la tierra en Guatemala.

36 h5. ¿De qué documentos trata el Índice?

37 Recordando los principales mecanismos de apropiación de recursos y riquezas que el Estado Español puso en funcionamiento desde los inicios de la colonización en el territorio americano, tenemos que todos ellos partían del necesario reconocimiento del principio legal de la soberanía y señorío del monarca español sobre tierras, pastos, montes y aguas aquí localizados. Dicha soberanía implicaba – teóricamente – que nadie podía acceder a la tierra baldía (entendida por tal la que estaba inculta y/o desocupada) si no era mediante el cumplimiento de requisitos y normas claramente establecidos.

38 Una de las vías iniciales de acceso a la tierra estatal – también llamada realenga durante el período colonial – fue la de la Merced Real. Conquistadores y primeros colonos alegaron derechos y exhibieron probanzas para demostrar, tanto su participación en el proceso de sometimiento de tierras y hombres en estos territorios, así como el interés que les animaba para poblarla y acrecentar el dominio real sobre ella. Como compensación, el monarca les otorgaba – regalaba – porciones de tierra mediante la figura jurídica de la Merced Real.

39 Como medida complementaria a la del otorgamiento de tierras de Merced Real, las autoridades centrales españolas ordenaron que tales beneficiarios no podían venderlas, cederlas ni traspasarlas a tercera persona sino después de un período mínimo de cuatro años de posesión de las mismas. Esta aparente limitación tenía como propósito estimular el interés por la tierra en estos nuevos colonos; el cual redundaría –supuestamente – en la consolidación del sistema colonial en estas regiones. Pasado este período de prueba, cada uno era libre de permanecer en las tierras obtenidas, incrementar el patrimonio mediante nuevas compras o, bien, venderlas a quien tuviera interés por las mismas. En el Índice se encuentran repertoriados numerosos casos de tierras otorgadas a conquistadores, sus descendientes y primeros colonos mediante la fórmula de la Merced Real, casi todas en el siglo XVI.

40 Con el paso de los años, y luego de constatar que el territorio guatemalteco no ofrecía mayores expectativas de enriquecimiento a través de la obtención de metales preciosos a quienes habían escogido estas tierras, se fueron generando ciertas tendencias en cuanto a la ocupación de estos parajes. Por un lado, muchos conquistadores y colonos optaron por abandonar la provincia y marcharse a lugares que se reputaban célebres por sus yacimientos metalíferos. Potosí y ciertas regiones del centro de México atrajeron multitud de migrantes que buscaban suerte y fortuna en una época de guerras e incertidumbre. Las tierras aquí abandonadas, que muchas veces lo fueron sin formalidad alguna, atrajeron la atención de quienes comprendieron que la riqueza de estas partes del Nuevo Mundo estribaba en la generosidad natural de la tierra y en la disponibilidad – mediante la coacción – de abundante fuerza de trabajo indígena. Este abandono de tierras llevó a muchos de los que se quedaron, a ocuparlas y a apropiarse de ellas sin mayores formalismos legales.

41 Luego de superada la fase de dominación militar de estos territorios, se hizo necesario implementar políticas generales de ocupación y poblamiento de los mismos. Durante varias décadas – y hasta 1591 concretamente – la Corona Española permitió que colonos y habitantes se apropiaran de la tierra sin mayores limitaciones. Tanto los conquistadores como los primeros cabildos municipales que se fueron instalando y asentando asumieron, entre otras funciones, la de repartir tierras a quienes las solicitaban. A tal punto que, por ejemplo, en 1528 el cabildo de Santiago de los Caballeros de Guatemala emitió las primeras ordenanzas para el reparto de tierras y solares entre los vecinos de la ciudad. A partir de 1542, y con la promulgación de las Leyes Nuevas, la monarquía centralizó estas atribuciones en las recién instaladas audiencias y en sus presidentes. A pesar de ello se continuaron produciendo ocupaciones ilegales y arbitrarias de tierras que rebasaban los mecanismos legales hasta entonces vigentes.

42 En 1591 Felipe II promulgó una serie de disposiciones de carácter normativo para el gobierno de las Indias, con las que – entre otras cosas – se trataba de reglamentar todo lo relacionado con el acceso a la tierra. Se ordenaba que todas las tierras que estuvieran poseídas sin título legal deberían volver al patrimonio de la Corona o, en su defecto, se tenía que legalizar su posesión mediante la aplicación de una figura jurídica allí establecida: la Composición. Esta disposición sentaba las bases para la legitimación del derecho de propiedad privada sobre la tierra.

43 La figura jurídica de la Composición de Tierras, fue la vía más expedita – en ese momento – para resolver los intereses de las partes involucradas en dicho problema. El rey no inquietaría a nadie en la posesión de sus tierras siempre y cuando se presentaran los títulos que acreditaban la propiedad de las mismas ; los colonos y propietarios, por su lado, deberían estar anuentes a pagar en las Cajas Reales el valor de las tierras que estuvieran detentando irregular e ilegalmente.

44 De tal proposición se originaron dos situaciones: la primera, cuando el interesado presentaba el título de propiedad pero no existía correspondencia entre la cantidad de tierra declarada en el título y la que se estaba poseyendo. Dicha situación era fácilmente rectificable mediante el pago – Composición – del valor del exceso de tierras que resultasen luego de haberse medido las tierras en cuestión. La segunda situación se daba cuando el usufructuario no podía justificar la propiedad de la tierra que detentaba, alegando haber perdido los títulos u otra excusa similar. En este caso, se le podía permitir mantenerse en la posesión y legitimar su propiedad también, mediante la Composición.

45 En el Índice, Gavarrete registra numerosos expedientes que se refieren a ambas situaciones.

46 Igualmente se encuentran a lo largo de todo el período colonial así como durante la primera etapa de la época independiente casos de propietarios de tierras que manifestaban interés por incrementar su patrimonio a expensas de las tierras baldías – estatales – y que para lograrlo acudían a otros mecanismos de acceso a la tierra que, también y paulatinamente, se institucionalizarán dentro de las dinámicas de ocupación del suelo.

47 El proceso de denuncia, medida, composición y remate, fue uno de los mecanismos más usuales para acceder a la tierra baldía estatal. Más del 60% de la información contenida en el Índice se refiere a esta modalidad de acceso a la tierra. Probablemente, ésta sea la más importante a retener, por el hecho de que permite detectar – con las limitaciones del caso – el proceso de ocupación y expansión de la propiedad privada en las diferentes regiones del territorio guatemalteco durante todos esos siglos.

48 Es posible constatar cómo se produce – en muchos casos y regiones – la conformación de grandes o medianas propiedades a partir de constantes denuncias de tierras contiguas a las que ya se poseían, fueran éstas baldías o no y según el tipo de vecino que se tuviera. Dicha expansión buscaba, por lo regular, frenar el desarrollo de otras propiedades y garantizarse mercados y fuerza de trabajo.

49 La aplicación de esta modalidad de acceso trajo como consecuencia obvia – en muchos casos – una serie de conflictos y litigios entre propietarios de tierras. Los empalmes o traslapes entre linderos de propiedades así como las invasiones y usurpaciones fueron constantes. Sumándose a ello la falta de pericia por parte de los medidores, o la mala voluntad que manifestaban, influenciada por los intereses de alguna de las partes involucrada en el asunto. Todo esto daba lugar a la formación de múltiples expedientes en los que, además, pueden “recorrerse a pié” los abruptos linderos entre esas propiedades, con el propósito de restablecer la justicia en cuanto al derecho de propiedad sobre la tierra.

50 En otros casos, encontramos a los interesados solicitando que se volvieran a practicar medidas del área total de la propiedad. Estas remedidas tenían como propósito determinar claramente la extensión de la misma con el objeto de impedir abusos y otras maniobras tendientes a atacar la propiedad privada. Una de las razones que pueden explicar la frecuente solicitud de remedida es la de la constante amenaza que pesaba sobre la integridad de las unidades productivas como resultado evidente de la demanda de tierra.

51 Es muy común – también – encontrar información y documentos en los que se evidencia la facilidad con la que la tierra era ocupada y utilizada, sin mediar procedimiento legal alguno. Muchos individuos, al igual que buen número de pueblos de indios, acudían a la táctica de ocupar tierras, sembrarlas y, luego, alegar propiedad como consecuencia del usufructo de la misma. Ante esta amenaza, sobre todo en regiones cercanas a mercados o centros poblacionales, también se hacía necesario estar reafirmando – mediante la remedida – el derecho de propiedad sobre la tierra.

52 El Índice también permite apreciar el proceso de conformación de la propiedad comunal. Se registra con bastante detalle la intensa actividad desplegada por pueblos y comunidades – sobre todo los de indios – con el propósito de mantener e incrementar su patrimonio comunal. Una lectura atenta de la información relacionada con las tierras comunales pone en evidencia la importancia que ésta siempre ha tenido para dicho sector de la población guatemalteca. Dependiendo de las regiones se pueden percibir los distintos mecanismos empleados por los pueblos de indios para asegurarse la posesión de tierras para el uso colectivo, al igual que la efectiva beligerancia que supieron desplegar cuando las circunstancias lo ameritaron.

53 También están presentes en la información los constantes litigios que se suscitaron entre pueblos colindantes, mayormente en la región del altiplano centro-occidental del país, donde la proximidad entre unos y otros, así como las características topográficas hacían mucho más difícil el acceso a tierras aptas, sobre todo para la agricultura y subsistencia de esas comunidades.

54 Otra variante que también es posible detectar en el Índice es la de los litigios que se originaron entre pueblos y propietarios individuales como resultado de invasiones de tierras, empalmes de linderos, daños materiales, etc., producidos en todos sentidos y direcciones. Aquí también se evidencia la lucha por la tierra y los recursos que se utilizaron para ello.

55 El Índice permite apreciar – en buena medida – el cúmulo de tierra estatal que comunidades y órdenes religiosas lograron detentar y acrecentar durante esos siglos. Se hace referencia, por ejemplo, a las propiedades más importantes que poseyeron dominicos, jesuitas, mercedarios, agustinos, belemitas, así como algunos de los conventos de monjas fundados en la capital del antiguo Reino de Guatemala. Pueden obtenerse – también – datos relacionados con las tierras que acumularon cofradías y hermandades religiosas en distintos pueblos del interior del país. Es igualmente espectacular la cantidad de propiedades que pertenecieron a clérigos seculares, diseminadas sobre todo en el valle central de Guatemala, la región de costa sur y en la oriental.

56 El Índice es importante porque permite apreciar la evolución experimentada – en muchos casos – por antiguas propiedades que luego se transformaron en poblados, y viceversa. También lo es en cuanto a conocer la ortografía utilizada en esa época para muchos nombres propios y de lugares.

57 Por último, también es necesario subrayar que este enorme inventario de propiedades fue elaborado en vísperas de uno de los momentos históricos más importantes de la historia moderna guatemalteca : la “Reforma Liberal” de 1871.

58 En efecto, con dicha “Reforma” se produjeron importantes modificaciones en el régimen de propiedad de la tierra, como consecuencia de la expansión del cultivo del café y de su implantación como el principal producto de exportación.

59 El Índice recoge, en buena medida, las líneas generales de la estructura de la tenencia de la tierra antes de la generalización del cultivo del café a nivel nacional.

60 Estas son, entonces, las principales figuras y casos condensados en el Índice de Gavarrete.

61 Resulta evidente la importancia que dicho documento tiene en tanto fuente informativa que puede conducir a los estudiosos de la historia agraria de Guatemala sobre pistas claras para poder hacer análisis de carácter teórico, regional, temporal, institucional, etc. sobre dicha materia.

CLASIFICACION DE LA INFORMACION

62 En la portada del Indice, Gavarrete especifica que se trata de la “Segunda Parte que comprende el índice alfabético general”. Desafortunadamente desconocemos de qué trataba y cómo estaba organizada la supuesta primera parte del Indice General.

63 En sus Advertencias Gavarrete explica que dicho documento había sido elaborado con un doble propósito : facilitar el registro del archivo de tierras y proporcionar información general (geográfica, histórica, estadística, etc.) obtenida de la misma documentación.

64 El estudio detallado de la documentación a que hace referencia el documento elaborado por Gavarrete nos lleva a pensar que el grueso de dicha masa documental provenía del antiguo Juzgado Privativo de Tierras, establecido a finales del siglo XVII con el propósito de administrar todos los aspectos relacionados con la gestión de las tierras realengas, y para todo el territorio de la Audiencia de Guatemala.

65 Por lo que a la etapa anterior al establecimiento de dicho tribunal de tierras se refiere, correspondió a la Audiencia la responsabilidad en la concesión de tierras baldías, así como la resolución de los problemas que de allí se originaban. Luego de la declaratoria de independencia política de Guatemala y sus provincias en 1821 la legislación agraria emitida no modificó en profundidad los mecanismos y reglamentación referentes al acceso a la tierra estatal baldía, ni los relacionados con la burocracia encargada de administrar dicho ramo.

66 El Juzgado Privativo de Tierras, bajo la dirección de un oidor de la Real Audiencia de Guatemala que fungía como Juez Superior de Tierras, tenía como atribuciones todas las relacionadas con la administración de las tierras realengas baldías. Cualquier demanda o gestión relacionada con el acceso a las tierras estatales tenía que pasar por dicho Juzgado, al igual que los pleitos y litigios que se producían en ese ámbito legal. A parte de una reducida burocracia de escritorio, se nombraban Jueces Subdelegados, quienes debían desplazarse a los sitios y parajes donde se había hecho la denuncia de tierra, o donde se estaba produciendo un litigio por asuntos de linderos entre tierras ya ocupadas y las baldías a ocupar. Igualmente tenían que acudir a las solicitudes – muy frecuentes – de medidas, remedidas y amojonamientos de linderos de las tierras de pueblos y comunidades indígenas.

67 De todos estos trámites y gestiones se establecía un expediente (en el que siempre se incluían varios planos que recogían la figura geométrica de la propiedad en cuestión), constituyéndose en la pieza clave que garantizaba la legalidad en el acceso a la propiedad privada de tierras estatales y/o baldías por parte del interesado que había iniciado el trámite. O bien, dicho expediente daba por concluido un problema de límites entre dos propiedades; o servía para testimoniar acerca de los linderos efectivos que tenía una propiedad cualquiera. El original de esos expedientes permanecía en el archivo del Juzgado y se extendían copias certificadas a los interesados.

68 Una rápida revisión de la legislación relacionada con los aspectos propiamente administrativos del ramo de tierras durante la mayor parte del período posterior a la independencia política de 1821 evidencia que no se introdujeron cambios notables en el sistema administrativo, salvo en lo que a los nombres de las instituciones se refiere. En 1866, por ejemplo, se dispuso que se ordenara y arreglara el Archivo de Medidas de Tierras. Suponemos que el acucioso trabajo de Gavarrete permitió que se llegara a tal determinación en ese año.

69 En sus “Advertencias” Gavarrete explica de dónde provenía toda la documentación resumida e inventariada en el Indice. La procedencia era la siguiente: las piezas originales del antiguo Juzgado de Tierras, un suplemento en el que se recogían otros títulos y que se encontraba en la Secretaría de la Corte Suprema de Justicia, así como los libros de copias de títulos. Al parecer todo este cuerpo de documentos, durante algún tiempo, se encontró depositado en un mismo lugar.

70 Gavarrete clasificó toda esa documentación de la siguiente manera: separó todos los expedientes de acuerdo con su origen geográfico, unificándolos por departamentos. Luego los ordenó por orden cronológico, desde los más antiguos hasta los de los años contemporáneos a la elaboración del Indice. Por último, los numeró, desde el más antiguo hasta los que se fueron produciendo en su propia época. Por ejemplo, el expediente Quezaltenango 1 corresponde a una solicitud de confirmación de unas tierras que Gómez de Escalante compró a los indios principales de Quezaltenango en el año de 1579 ; el expediente Escuintla 2 corresponde a una solicitud de tierras que hizo Pablo Manuel Cota en términos del pueblo de Cacaguatlan, etc., etc.

71 En el año de 1937 se ordenó, mediante decreto presidencial, que se concentraran en un sólo lugar todos los documentos relacionados con la historia colonial de Guatemala. En tal sentido, bueno número de documentos que se encontraban dispersos en diferentes lugares e instituciones fueron colocados en la sede del Archivo General del Gobierno. Entre los documentos que llegaron a este archivo en esta oportunidad se encontraba una buena parte de los fondos de la Escribanía de Cámara y Sección de Tierras.

72 En el año de 1956 el gobierno de Guatemala inauguró las nuevas instalaciones del Archivo General del Gobierno. Este comenzó a prestar servicios al público durante los primeros meses de 1957. Al efectuarse el trasladado de los fondos del archivo a su nueva sede muchas dependencias gubernamentales desengavetaron y descargaron viejos archivos que tenían almacenados en sus oficinas, en el nuevo edificio del Archivo del Gobierno.

73 Mediante decreto legislativo 1768 de 25 de junio de 1968 se le modificó el nombre al Archivo General del Gobierno, por el de Archivo General de Centro América.

74 En la década de los años setentas, la Corte Suprema de Justicia se trasladó a una nueva sede. El hermoso edificio donde se había alojado durante muchos años el tribunal superior de Justicia vino a ser ocupado por otras dos dependencias estatales : El Registro de la Propiedad Inmueble y la Escribanía de Cámara y Gobierno y Sección de Tierras, con sus respectivos archivos.

75 El cambio de local para la Escribanía de Cámara implicó que otra parte de los documentos sobre tierras conservados en dicho archivo tomaran el camino del archivo mayor del país.

76 La Escribanía de Cámara de Gobierno, en su calidad de dependencia encargada de llevar los registros notariales de todas las transacciones que el Estado realiza, siempre se ha ocupado – entre otras cosas – de legalizar y validar las ventas, donaciones, traspasos, etc, de las tierras y bienes del estado.

77 Todos los expedientes que fueron enviados al Archivo General de Centro América desde esta dependencia – en ambas oportunidades – se referían a titulaciones, litigios, medidas, denuncias, amparos, etc, de tierras estatales baldías. Incluso, la segunda masa documental trasladada llegó acompañada de un Indice de los expedientes que correspondían al Archivo de la Escribanía del Gobierno y Sección de Tierras, impreso en los Talleres de la Tipografía Nacional en 1944. No obstante, se quedaron en la nueva sede de la Escribanía – aún están allí – algunos pocos libros de Registros de títulos de tierras para varios años de finales del siglo XIX, al igual que toda lo documentación contemporánea de dicha dependencia.

78 Tenemos entonces que la masa documental clasificada e inventariada por Don Juan Gavarrete en la década de los años sesentas del siglo XIX volvió a reunirse pocos años después en un mismo fondo, en el Archivo General de Centro América.

79 ¿Por qué este obligado recorrido a través de las distintas etapas y desplazamientos que ha experimentado el fondo documental en cuestión?

80 Hemos considerado necesario hacerlo para explicar y justificar las distintas clasificaciones actuales que han sido atribuidas a la documentación que, en su momento, Gavarrete clasificara y depositara en un mismo lugar.

81 Entre paréntesis mayores e inmediatamente después de la descripción que Gavarrete da sobre lugares, parajes, sitios, pueblos, accidentes geográficos, etc. hemos colocado – y para los casos que ha sido posible – la clasificación que dichos documentos tienen en la actualidad en el Archivo General de Centro América.

82 La iniciativa de la publicación del Indice no responde únicamente al interés por dar a conocer el documento en sí, sino que también para que éste sea de utilidad a quienes se dedican al estudio de la historia agraria de Guatemala. En tal sentido, se hace necesario el presentarlo de la manera más práctica posible. Es decir, señalando dónde se encuentra la información y documentación que Gavarrete condensó y resumió en este Indice.

83 Una buena cantidad de estos documentos están ordenados, actualmente, de acuerdo con el sistema de clasificación que inventó el profesor Don José Joaquín Pardo durante los largos años que desempeñó el cargo primero de Director del Archivo General del Gobierno y – luego – del Archivo General de Centro América, hasta su muerte acaecida en el año de 1964.

84 Pardo dividió la documentación del Archivo según un principio básico y elemental: separar los documentos anteriores a 1821 de los que se generaron luego de esa efemérides. Al primer gran bloque – correspondiente al período colonial – le asignó la letra A mayúscula. Luego, le fue agregando cifras numéricas en proporción directa a los distintos apartados que fue creando. Así, por ejemplo, la clasificación mayor A1 corresponde a Superior Gobierno, A2 corresponde a Capitanía General, A3 a Real Hacienda, A4 a asuntos eclesiásticos, etc, etc. Al interior de cada una de estas subdivisiones también estableció otras más. Por ejemplo, los libros de actas del ayuntamiento colonial los clasificó con la sigla A1.2.2, los protocolos de escribanos coloniales están clasificados bajo la sigla A1.20, los nombramientos de personal militar los clasificó bajo la sigla A2.4, etc, etc.

85 Tal sistema, sumamente complejo, se repite de forma más o menos similar para la sección de documentos pertenecientes al período llamado independiente, donde el distintivo es la letra B mayúscula. Además, y es importante señalarlo, Pardo dio una numeración sucesiva a todos los legajos de documentos que fueron clasificados bajo cada ácapite mayor. Hay una sola serie numérica de legajos en el A1 que va del número 1 hasta el último de esa serie. Lo mismo ocurre con el A2, etc, etc. Igual procedimiento le aplicó a la documentación postindependiente. Cada legajo contiene una serie de expedientes los que, también tienen su propia numeración correlativa.

86 Hemos incluido – cuando ha sido posible – la actual clasificación que tienen los documentos que Gavarrete compiló y clasificó. Casi todos conservan – aún – la etiqueta que él les colocó con el nombre del departamento al que pertenecían y su respectivo número de orden.

87 Un par de ejemplos pueden ayudarnos a ilustrar el problema de la clasificación: el documento que Gavarrete clasificó como Verapaz 42 (referente a unas tierras que Francisco Marín denunció en términos del pueblo de Santa Cruz Belén del Chol en 1742) Pardo lo clasificó como Al, legajo 5526, expediente 17356. El documento que Gavarrete clasificó como Chiquimula 148 – sobre la titulación del sitio El Camalote, en el valle de Jupilingo, por don Manuel de La Mata en 1743 -, Pardo lo clasificó como A1, legajo 5982, expediente 52585; etc., etc.

88 La mayor parte del trabajo de preparación de la presente edición consistió en ubicar, identificar y verificar en los fondos del Archivo General de Centro América los documentos que Gavarrete cita, así como recoger su nueva clasificación.

89 Ahora bien, la otra porción del fondo documental examinado por Gavarrete – la que llegó posteriormente al Archivo General de Centro América procedente del Archivo de la Escribanía de Cámara de Gobierno – se encuentra clasificada de manera distinta. Estos otros documentos fueron inventariados tomando como punto de partida el departamento en el que se produjo el trámite respectivo. Cada departamento tiene clasificada su documentación por Paquetes, respetándose una cierta secuencia cronológica en la ubicación de los mismos. Los expedientes de cada Paquete están numerados cronológicamente. Otro ejemplo : Gavarrete clasificó como Verapaz 159 un expediente que el pueblo de Santa Cruz Belén del Chol promovió en 1801 con el propósito de que le dieran tierras ejidales. La clasificación que se le dio en la Escribanía es: Baja Verapaz 2, 1; que equivale a: el expediente número 1 del Paquete 2 del departamento de Baja Verapaz.

90 En el Índice de los expedientes … procedentes de la Escribanía de Cámara no hay, desafortunadamente, indicaciones, prólogo, notas, ni cualquier otro tipo de pistas que puedan explicar el por qué, cómo y para qué de dicho “ Índice de los expedientes…”. Sólo puede colegirse que era el índice para la consulta de los fondos documentales del archivo de la Escribanía de Cámara y Sección de Tierras.

91 Señalábamos anteriormente que por un acuerdo gubernativo de 24 de abril de 1866 se ordenó el arreglo del Archivo de Medidas de Tierras. Suponemos que el trabajo desplegado por Gavarrete tuvo que haber influido en la emisión de dicha disposición gubernativa. Vale señalar, y no olvidar, que el Índice fue escrito de puño y letra del mismo Gavarrete. Este Archivo de Medidas se convirtió, probablemente, en el Archivo de la Escribanía de Cámara de Gobierno y Sección de Tierras.

92 En el Índice, Gavarrete también menciona otras fuentes de donde obtuvo parte de la información allí condensada.

93 Aparecen múltiples referencias sobre documentos consignados en los Protocolos de Cámara y Hacienda. Estos Protocolos, en los que el Estado daba – y sigue dando – fe y testimonio público sobre acciones y transacciones celebradas con personas civiles, individuales y colectivas, se encuentran actualmente depositados en el Archivo General de Centro América. En este caso, nada ha cambiado. Es decir que el dato clasificatorio que Gavarrete da al documento en cuestión sigue siendo válido. Un ejemplo: Gavarrete señala que el 22 de septiembre de 1835 se escrituró la venta de dos sitios de la extinguida hacienda de La Compañía (que había pertenecido, en diversas épocas, a Jesuitas y dominicos) al señor Fermín Arévalo. Dicha escritura está consignada en el Libro 3 de Protocolos de Cámara y Hacienda, al folio 171. Esa continúa siendo la clasificación de dicho documento.

94 La serie de libros de Protocolos de Cámara y Hacienda, localizados en el Archivo General de Centro América, va desde 1784 hasta 1884, faltando el tomo correspondiente a los años 1872-1878.

95 Otra fuente documental que Gavarrete cita es la de los Libros de copias de títulos, que equivalen a la serie conocida como Registro de Títulos de Tierras librados por el Supremo Gobierno en los años de… que se localizan algunos de ellos en el actual Archivo de la Escribanía de Cámara. Suponemos que abarcaban documentos coloniales y de la época post-independencia, llegando el último libro de registro que se conoce hasta el año de 1871.

96 Esta serie de libros de Registro de Títulos fue también ordenada y clasificada por Gavarrete por períodos de dos o tres años cada tomo. En la actualidad sólo se encuentran los siguientes tomos:

97 – Tomo VI (años 1798, 1799 y 1800)

98 – Tomo XIII (años 1833 y 1834)

99 – Tomo XIV (años 1835, 1836 y 1837)

100 – Tomo XVII (años 1858, 1859 y 1860)

101 – Tomo XVIII (años 1861 y 1862)

102 – Tomo XIX (años 1864 a 1871)

103 Tratando de investigar sobre el paradero de los demás Libros de Registro de Títulos se nos indicó en el despacho de la Escribanía de Cámara que el resto de los mismos pudo haber sido substraído, destruido por elementos y agentes naturales o trasladado al Archivo General de Centro América cuando fue llevado el otro gran bloque de documentos de tierras que habían permanecido varios años más en esa dependencia. Sin embargo, en el Archivo General de Centro América se nos informó que tales libros –probablemente – nunca llegaron al mismo.

104 Este tipo de fuente lo podemos ejemplificar con una cita textual: “Acatempa, Santa Rosa : En 11 de octubre de 1797 se tituló a favor del mismo un área de siete caballerías, 12 cuerdas. Libro 5, folio 32.” Aquí Gavarrete nos remite al libro quinto de Registros de Títulos. De esta serie de libros de registros sólo existen los arriba enumerados.

105 Por último, Gavarrete hace constante alusión a un Suplemento, el cual se encontraba – en su época – en la Secretaría de la Suprema Corte de Justicia. Desconocemos el paradero de dicho documento.

106 Estas son, entonces, las distintas fuentes documentales citadas en el Indice. Hemos tratado de incluir el mayor número posible de pistas sobre la clasificación actual de dichos documentos. No obstante, quedan muchas lagunas que no fue posible completar por las dificultades materiales con que se tropezó para localizar el resto de dicha información.

107 En los casos en que fue factible, por el contrario, incluímos datos de documentos que Gavarrete no vió ni consultó durante la elaboración de su Índice. Estos fueron localizados gracias al sistema de clasificación implementado por el Profesor Pardo.

108 Es importante señalar que Gavarrete también acudió a otras fuentes para completar los datos que consigna en su trabajo. Los cronistas coloniales, por ejemplo, son citados constantemente. Sobre todo cuando se refiere a la historia de los pueblos y ciudades. También incluye datos estadísticos sobre pueblos, obtenidos en la Gaceta de Guatemala.

109 Gavarrete, además, presenta un sistema ágil de información cruzada que permite localizar e identificar bajo distintas entradas un documento, o seguirle la pista a una institución que poseía varias propiedades. Al final de cada descriptor hace el señalamiento sobre las otras posibilidades – dentro del Índice – para completar información.

110 Una revisión detenida del Índice, luego de haber confrontado los datos de Gavarrete con los que logramos recopilar, puede permitirnos apreciar que muchos documentos ya no se encuentran. No se sabe cuál fue su destino, ni cuando se extraviaron.

111 Otro aspecto que – aunque colateral al tema de la propiedad de la tierra – es importante señalar es el de la cartografía contenida en muchos de los documentos revisados por Gavarrete. Casi todos los expedientes correspondientes al siglo XVIII están acompañados por un plano que reproduce la figura de la propiedad en cuestión. Existe un reducido número de ellos para los siglos XVI y XVII. Para el siglo XVIII son mucho más regulares a partir de la segunda mitad del mismo. Puede apreciarse una cierta evolución en el trabajo de ubicación y medida de la tierra con el correr de los años. Se ha tratado de ilustrar las diferentes formas y estilos de mapas que aparecen en toda esta documentación. No podemos dejar de mencionar que muchos de esos planos se encuentran en un lástimoso estado de conservación. Se hace necesario rescatarlos de la depredación y de las inclemencias del tiempo, y agruparlos en un fondo cartográfico específico, en el Archivo General de Centro América.

112 Por último, cabe decir que junto con el Índice se logró recuperar otro documento, también elaborado por Gavarrete y que tiene como título el de Suplemento. No se trata, por supuesto, del Suplemento a que hace alusión Gavarrete en la introducción del Indice, sino de un anexo del mismo. En las pocas líneas explicativas que lo encabezan se dice que se trata de una continuación del Índice, elaborado con los expedientes que fueron encontrados después de haber concluído con el primero. Allí se reitera que el Indice fue concluído en 1863. Otro dato importante que se consigna es el de que, a partir de 1865, se abrió un Registro Especial de Medidas Agrarias, y que era en él donde se estaban consignando y registrando las nuevas propiedades. Se trata, seguramente, del registro del Archivo de Medidas de Tierras que se estableció en ese año por disposición gubernativa. Desafortunadamente la fotocopia que se tiene no permite una lectura rápida y fidedigna del texto, por lo que se ha optado por no incluirla en la presente edición. Sobre todo, para no retrazar más la publicación del Indice.

EL INDICE DE GAVARRETE Y LA HISTORIA AGRARIA DE GUATEMALA

113 Si se analiza detenidamente la producción bibliográfica dedicada al tema de la historia agraria guatemalteca puede constatarse que ésta es escasa y superficial. Se añadiría que también es heterogénea, en la medida en que la problemática de la tierra es tratada lateral o complementariamente a otros temas privilegiados. Otro aspecto que también se puede señalar es el de que los trabajos existentes pretenden abarcar todos los aspectos, facetas y etapas de dicha problemática histórica, sin que se encuentren sólidamente fundamentados en investigaciones sistemáticas sobre el tema. Por último, podemos añadir que se han hecho aproximaciones al tema de manera asistemática y desordenada. Algunos períodos históricos o regiones territoriales son excesivamente privilegiados sobre otros, dándose como resultado grandes lagunas que son cubiertas con generalizaciones.

114 Hasta el momento, la mayoría de estudios e investigaciones que sobre esta temática se han realizado, se han centrado en aspectos generales, destacándose los rasgos principales, los componentes y enunciados teóricos, conociéndose menos sobre los aspectos concretos subyacentes en ellos.

115 El estudio y conocimiento de la historia agraria guatemalteca sigue planteándose como imprescindible; sobre todo si se quieren encontrar explicaciones objetivas para los orígenes y causales de la estructura de la tenencia de la tierra y de las relaciones sociales y económicas que ésta ha generado en Guatemala desde la época colonial.

116 Interesa estudiar, entonces, los procesos observados en cuanto a las diversas modalidades y mecanismos de apropiación y utilización de la tierra, complementándolo a través del examen de las políticas estatales relativas a esta materia; así como sobre la interrelación que, social y económicamente, se producirá entre los hombres y la tierra.

117 La discusión acerca del “carácter” que presentaron las relaciones económicas y sociales durante todo el período colonial y buena parte de la vida independiente continúa suscitando interés y polémica. Consideramos que el estudio de la historia agraria con seriedad y método permitirá incrementar y dinamizar dicha discusión.

118 La pervivencia o existencia – o no – del “régimen feudal o colonial” , con todo su peso y consecuencias a lo largo del siglo XIX, o bien hasta mediados del siglo presente, es uno de los puntos medulares de discusión entre quienes tratan de explicar la realidad histórica guatemalteca como inscrita dentro de un proceso general de desarrollo de la sociedad.

119 Hay quienes proponen que el régimen colonial de servidumbre (con un predominio de relaciones feudales de producción) se proyectaría hasta mediados del siglo presente, cuando se produce la Revolución de Octubre de 1944 (Severo Martínez, La Patria del Criollo, Puebla, 1987). Por otro lado, encontramos a quienes ven la pervivencia de tal régimen y sus características únicamente hasta 1871, cuando la llamada Reforma Liberal modificó y modernizó las estructuras socio-económicas del país (J.C. Cambranes, Introducción a la Historia Agraria de Guatemala, 1500 – 1900. Guatemala, 1985).

120 Ambas posturas coinciden en afirmar el marcado carácter feudal que tuvieron las relaciones de producción durante los tres siglos de dominación colonial española. El siglo XIX también es considerado bajo tal perspectiva.

121 La presencia de formas pre-salariales en el campo, los mecanismos de sujección de la población campesina a la tierra – o los procedimientos para despojarlos de ella -, la recurrencia a mecanismos de coacción extra-económica (el uso del poder político local y la manipulación de la legislación, etc.), la pervivencia de rasgos de economía natural (a nivel de la producción y los intercambios) llevarían en suma a definir y explicar dicha etapa bajo tal acápite.

122 La llamada Reforma Liberal de 1871 vendría a ser, para algunos, un punto de partida en la transición hacia la adopción de formas capitalistas en las relaciones de producción. El siglo XX se constituye – entonces – en la plataforma de despegue hacia cierto tipo de desarrollo capitalista a nivel local.

123 Dicho proceso se vería determinado a partir de factores tales como las modificaciones en la estructura de la propiedad de la tierra (formación del mercado de tierra), la “regularización” monetaria en el régimen salarial como forma predominante de contratación de fuerza de trabajo, la modernización de la producción (con el propósito de obtener mayores rendimientos económicos), la conceptualización y conformación del valor de la tierra en relación a su capacidad productiva intensiva más que por su sóla extensión, la capacidad de ampliación de las ramas de actividad económica, la posibilidad de diversificar la inversión, el acceso más fluido a los créditos y sistemas de financiamiento, lo que supondría una economía prioritariamente monetaria, etc, etc.

124 Consideramos – a primera vista – que en dichos análisis y propuestas de interpretación predomina, más bien, la aplicación de modelos teóricos de explicación sobre el funcionamiento general de la sociedad, a partir de una reducida base empírica de datos que sirven de sustento a tales explicaciones.

125 Durante la etapa de preparación del Índice tuvimos la oportunidad de consultar, estudiar y analizar un gran número de expedientes de tierras, reseñados en dicho documento. Este trabajo nos permite presentar unas cuantas ideas – tómense como propuesta preliminar – sobre las principales tendencias que, a partir de dicha documentación, se pudieron observar en el proceso histórico de ocupación del suelo en el territorio guatemalteco.

126 No debemos olvidar que a lo largo de todo el período colonial, y hasta la fecha inclusive, la tierra ha sido el factor por excelencia en el proceso de formación de la riqueza. Cada momento histórico presenta formas y mecanismos específicos para la explotación y apropiación de la tierra, así como de sus productos y excedentes.

127 La tierra ha sido la base necesaria que ha permitido la reproducción de la economía local, tanto a nivel de subsistencia para la población campesina como para la exportación de productos hacia los mercados externos. Esta dualidad (subsistencia-exportación) se ha continuado reproduciendo, observando características peculiares según los diferentes períodos históricos de que se trate.

128 Partiendo de consideraciones generales podríamos preguntarnos – en primer lugar – cómo, cuándo y por qué el colono se transforma en agricultor. Dichas preguntas podrían responderse afirmando que ellos – desde un principio – necesitaron regular los mecanismos para asegurarse la provisión periódica de alimentos. En una primera etapa, tuvo que ser la población indígena la obligada a suministrarlos. Con el desarrollo de la infraestructura de asentamiento, los colonos tomaron bajo su control, tanto la tierra como la fuerza de trabajo para hacerla producir.

129 Podemos plantearnos, entonces, un segundo grupo de interrogantes: ¿dónde se ocupó preferencialmente la tierra?, ¿por qué?, ¿qué mecanismos fueron utilizados para ello?.

130 La dinámica del proceso de conquista suponía, necesariamente, la percepción de beneficios y recompensas materiales para los participantes. La época en que estas empresas se desarrollaron estaba marcada por la impronta del mercantilismo, por lo que los metales preciosos eran la presea más codiciada. Bajo tal perspectiva, los conquistadores lucharon por obtener abundante fuerza de trabajo indígena para enviarla a trabajar en lavaderos y minas de oro.

131 Ante la ausencia manifiesta de yacimientos minerales en la región, se promoverá la utilización sistemática de la tierra y sus recursos, así como de la mano de obra disponible para promover la colonización. Las mercedes de tierras dadas por el cabildo desde años tempranos nos lo confirman.

132 La ocupación de la tierra se realizará, en consecuencia, de manera proporcionalmente directa a su riqueza productiva intrínseca, así como en base a la disponibilidad de mano de obra abundante y barata, y a la proximidad a los centros de comercio y consumo.

133 En el transcurso del siglo XVI pueden detectarse dos momentos importantes en cuanto al proceso de apropiación de la tierra. En una primera etapa destacan las concesiones que el Cabildo – y luego la Audiencia – otorgaron a los primeros colonos y vecinos de Santiago. Alrededor de este primer asentamiento urbano se perfiló la ocupación sistemática de la tierra.

134 También se detecta interés por la tierra en la región de la costa sur, sobre todo en Escuintla, Guazacapán y Zapotitlán. Región útil por contar con numerosas plantaciones cacaoteras, y por su consecuente fácil obtención, así como por su adaptación al cultivo de granos y para el desarrollo de la ganadería. Principió, igualmente, a perfilarse la ocupación de tierras en la región oriental. Por el contrario, el altiplano occidental mostró un escaso movimiento de ocupación de tierras por parte de personas individuales.

135 Luego, y en las últimas décadas de ese mismo siglo, el panorama adquirió mayor complejidad. Ya se había acentuado la ocupación de la tierra en las regiones aledañas a la capital del antiguo reino (sobre todo en las áreas de Chimaltenango y Sacatepéquez), donde la proximidad a ésta y la presencia de numerosos pueblos de indios fueron factor determinante en el mayor interés por tales tierras.

136 Durante el resto del período colonial siguieron conformándose nuevos perfiles en cuanto a la ocupación del suelo. La región central (Sacatepéquez, Chimaltenango y Guatemala) continuó atrayendo ocupantes. La posición hegemónica del llamado Valle Central de Guatemala – centro de poder político y económico de todo el reino – fue razón inobjetable para dicha atracción. Allí llegó a concentrarse más del 50% de la población de toda la Audiencia, en casi más de 80 pueblos de indios. En consecuencia, la tierra tenía un valor e importancia superiores, sobre todo en relación con otras regiones del resto de la Audiencia.

137 Dentro de estas tendencias observadas durante la segunda parte del período colonial, merece señalarse el notable interés ¿necesidad? que despertó la tierra en la región oriental de Guatemala. La antigua circunscripción administrativa de Chiquimula comprendía los actuales departamentos de Chiquimula, Jalapa, Jutiapa, Guastatoya y parte del de Santa Rosa. Durante los siglos XVII y XVIII fue la región que registró mayor número de composiciones y denuncias de tierras. Incluso, durante el XVIII, el incremento en la demanda de tierra fue espectacular. La mayoría de población que aquí demostró tal interés era criolla o mestiza. ¿Estaríamos, en este caso y región, ante los resultados de las prohibiciones vigentes durante toda la colonia sobre que ni españoles ni ladinos vivieran en pueblos de indios? Es muy prematuro afirmar o negar este planteamiento, únicamente en base a tal suposición. En todo caso, en ninguna otra región se experimentó tanto interés y movilidad en cuanto a la ocupación y apropiación de la tierra, como en ésta.

138 La región sur de Guatemala observó un ritmo pausado y ascendente, en lo que a su ocupación territorial se refiere. El auge cacaotero de los inicios; luego, el desarrollo del añil (aunque nunca con la importancia que se dió en la región salvadoreña) y los aislados intentos por expander el cultivo de la caña de azúcar y el repastaje de ganado, pudieron haber influído en el interés por la tierra en esa área. Numerosas composiciones y denuncias de tierras – sobre todo a finales del siglo XVIII – destacan la presencia y preferencia por el desarrollo de la ganadería.

139 De manera similar, aunque con mejor empuje, se desarrolló la ocupación y utilización de tierras en la región de Suchitepéquez.

140 Debemos tener presente que estas dos últimas regiones se caracterizaron por una escasa presencia de población. Incluso, es aquí donde se registró el mayor número de pueblos extinguidos durante el período colonial español. La mayoría de propiedades se localizaban en los alrededores de los principales centros de población de esa región: Escuintla, Chiquimulilla, Santa Lucía, San Felipe, etc.

141 En situación prácticamente opuesta a la observada hasta aquí, tenemos que la zona del altiplano occidental (Quezaltenango, Sololá, Totonicapán, Huehuetenango, Quiché) observó mecanismos y procesos de ocupación de la tierra diferentes a los ya señalados. Región con abundante presión demográfica (mayoritariamente indígena) y con un sistema comunal que comprendía tanto el régimen de explotación como el de apropiación de la tierra; factores éstos – entre otros – que pudieron haber influído para que la presencia de unidades productivas en manos de criollos, españoles o mestizos fuera más reducida que en otras partes.

142 ¿Podría considerarse también esta reducida presencia no indígena – a nivel de propietarios de tierras – como el resultado de la antes indicada prohibición para asentarse en los pueblos de indios? ¿Contribuiría dicho factor al notable desarrollo de la propiedad comunal que allí se puede apreciar? Como lo indicábamos anteriormente, aún no contamos con evidencias suficientes para responder adecuadamente a tales interrogantes.

143 Destacan, no obstante, algunas grandes propiedades privadas enclavadas en ciertas zonas de Huehuetenango, Quezaltenango y Totonicapán. Frente a ellas se perfilaron, igualmente, los grandes latifundios comunales como señal inequívoca de un sistema y organización diferenciado y básico para la reproducción social y económica de esa zona y población.

144 La Verapaz, a pesar del peculiar método con que fue sometida a la dominación colonial, no escapará al interés y dinámicas de ocupación de la tierra. No obstante, tanto aquí como en ciertas áreas de la costa sur-occidental, el interés por la tierra se incrementará verdaderamente hasta finales del siglo XIX.

145 Tenemos entonces – en base a las ideas aquí propuestas – que las características observadas en cuanto a la ocupación del territorio guatemalteco con el propósito de aprovechar su riqueza productiva estuvieron determinados – en gran medida – por factores y condicionantes estrechamente relacionados con las condiciones geográficas, demográficas, productivas, el fácil acceso a los mercados y centros de intercambio comercial, así como el fácil también acceso a la fuerza de trabajo.

146 Estos factores se ven confirmados con evidencia desde los inicios de la presencia colonial. Los centros de poder político – principiando por la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala y luego la Nueva Guatemala de la Asunción – observarán una lógica básica en su ubicación. Dicha lógica estaba orientada justamente a aprovechar recursos – tanto humanos como naturales – que habían sido detectados previamente, incluso antes de que llegaran los conquistadores españoles.

147 El llamado Valle Central de Guatemala se constituyó en la región aglutinante por excelencia. Las numerosas labores y haciendas allí instaladas, los cuantiosos contingentes de mano de obra (también obligados consumidores) que allí vivían, conformaron el epicentro y modelo de la sociedad y economía locales durante la época colonial y buena parte del período postindependiente.

148 Alrededor de este esquema y realidad se conformarían el resto de regiones productivas. Obviamente, en cada caso y lugar pesarán más unos factores que otros (mayor o menor disponibilidad de tierra productiva, facilidad en el acceso a los mercados, pronta disponibilidad de fuerza de trabajo, limitaciones o prohibiciones – sobre todo para criollos y mestizos – para vivir en los pueblos de indios o en sus cercanías, etc.).

149 Regiones como la costa sur, donde la tierra siempre ha sido fértil, tendrán un mínimo desarrollo, limitado esencialmente por la agresividad del clima y la mínima población allí viviendo. La región oriental, por el contrario, presentó una notable expansión en el desarrollo de la propiedad privada, a pesar de que el clima y la calidad de la tierra siempre han sido bastante agrestes y difíciles de dominar.

150 Es interesante resaltar cómo la propiedad comunal ocupó un importante lugar durante todo el período colonial y los primeros cincuenta años de vida independiente al interior de los pueblos, tanto de indios como de ladinos. Estipulada su existencia desde los inicios coloniales, este tipo de propiedad sirvió de reducto, apoyo y base para el sostenimiento y reproducción de la economía comunal. El interés, y la importancia de la misma, se tradujeron en contínuas instancias y gestiones por parte de los mismos pueblos para mantener e incrementar dicho patrimonio. Lo atestiguan numerosos litigios y expedientes para defender los derechos comunales ante otros pueblos o frente a españoles o mestizos que buscaban mermar dicho patrimonio colectivo.

151 Ahora bien, toda esta paulatina y desigual expansión de la propiedad agraria privada y comunal tiene como punto de partida – desde nuestra base documental informativa – todas aquellas transacciones efectuadas entre los propios interesados y el Estado Español, representado por sus autoridades reales locales.

152 Nótese que no entramos en consideraciones sobre todas las transacciones inmobiliarias que se efectuaron a título privado y que sólo fueron recogidas por escribanos de provincia o autoridades reales provinciales; o las que se dieron ante escribanos de la ciudad capital del reino o en las cabeceras de provincia donde si operaban tales funcionarios.

153 Es importante tener en cuenta, también, que no estamos entrando a considerar los aspectos relacionados con el valor de la tierra. Todos los documentos consultados dan fe y testimonio del pago de la tierra que había sido denunciada, medida y/o rematada. Dicha problemática nos llevaría a tener que considerar qué factores fueron los fundamentales en el proceso de conformación del precio de la tierra. Creemos que si intervinieron varios y que no fue – únicamente – la voluntad o decisión del funcionario medidor lo determinante en la formación del mismo.

154 Por otro lado, tampoco hemos entrado a analizar lo relativo a la extensión de las unidades productivas. Este aspecto podría orientarnos, en cierta medida, hacia la problemática de la tipificación de la llamada “hacienda colonial”, como ya ha sido realizado para los casos mexicano y peruano. Para lograrlo, en el caso guatemalteco, también se hace necesario conocer y estudiar sus niveles de productividad, las relaciones sociales y económicas allí existentes, al igual que su vinculación al mercado, y otros factores más.

155 Arriesgándonos a asumir actitudes que podrían ser calificadas como testarudas, insistimos en que nuestra historia exige un tratamiento más serio y puntual que debe de traducirse en el rigor en la recopilación y análisis de fuentes documentales informativas, así como en su estudio e interpretación.

156 Bajo tal perspectiva, creemos que el Índice puede y debe considerarse como un aporte importante para el estudio y conocimiento de la historia agraria de Guatemala.

157NOTICIAS SOBRE EL AUTOR

158 Don José Juan de Mata Gavarrete y Cabrera nació en la ciudad de Guatemala el 8 de febrero de 1829. Sus padres fueron el escribano don José Francisco Gavarrete (originario de la ciudad de León, Nicaragua) y de doña María Guadalupe Cabrera y Escobar. Ambos contrajeron matrimonio en la ciudad de Guatemala en el año de 1797.

159 Don José Francisco, padre de “nuestro Gavarrete”, fue uno de los escribanos más importantes de la ciudad de Guatemala, desde finales del siglo XVIII hasta la década de los años 40 del siglo XIX. Además, desempeñó importantes cargos públicos tales como los de Anotador de Hipotecas de la ciudad de Guatemala (1799), Escribano de la Contaduría de Cuentas (1805), Escribano de la Sala del Crimen (1811), Escribano de la Renta Decimal (1826), Juez de Conciliación de la parroquia de San Sebastián, en la ciudad de Guatemala (1828). Muy cerca de su fallecimiento – cuya fecha se desconoce pero que se estima ocurrió entre 1843 y 1844 – todavía era Anotador de Hipotecas de la ciudad y continuaba ejerciendo la profesión de Escribano de los del número de la ciudad, que había iniciado en 1797.

160 El hijo mayor de don José Francisco, llamado José Francisco Ignacio de Jesús, contrajo matrimonio con doña María de Jesús Payés y Payés, la que estaba emparentada con las familias más cercanas al gobierno del general Rafael Carrera. Don José Francisco Ignacio de Jesús desempeñó el cargo de Oficial I del Ministerio de Relaciones Exteriores e intérprete oficial del Gobierno. Falleció en 1884.

161 Don Juan (José Juan como se le inscribió en su partida de bautismo) desarrolló múltiples actividades. Tal vez la más importante fue su cargo como Escribano de Cámara del Gobierno, al que – suponemos – fue promocionado a mediados de la década de los años 50 del siglo XIX. En un Registro de Títulos de Tierras, localizado en el actual archivo de la Escribanía de Cámara del Gobierno, correspondiente a los años 1858-1860 se indica que él ya desempeñaba dicho cargo. Al parecer, lo ocupó hasta los inicios de la década de los años 70 cuando se produjo la llamada Reforma Liberal. El ejercicio de dicho cargo suponía que la persona que lo ocupaba poseía el título de Escribano Público, equivalente al actual de Abogado y Notario.

162 Fue durante su estadía en la Escribanía de Cámara cuando se dió a la tarea de clasificar todos los expedientes de tierras que, luego, dieron origen al Índice. Creemos que fue gracias a su interés y propuesta que en 1866 se promulgó un acuerdo gubernativo que establecía la creación del Archivo de Medidas de Tierras. Se nombró como primer encargado de dicho archivo al señor José Benito Vasconcelos.

163 Pero don Juan no sólo se dedicó a ordenar y clasificar papeles y expedientes sobre tierras. Se tienen evidencias acerca de su excepcional capacidad y dedicación en el campo de la historia. Por ejemplo, en 1980 el Ministerio de Educación del Gobierno de Guatemala publicó los Anales para la Historia de Guatemala, (1497 – 1811), elaborados por él. Durante su estancia en Guatemala, a mediados del siglo pasado, el abate Charles Etienne Brasseur de Bourboug – según se indica en la introducción de dichos Anales – le conoció y le llamó “joven y celoso arqueólogo guatemalteco”.

164 Al parecer, don Juan se interesó enormemente por la historia antigua (prehispánica) de Guatemala, habiéndolo manifestado en los trabajos de preparación y traducción de textos indígenas guatemaltecos. En varias entregas de la revista El Educacionista, publicadas entre los años 1894 y 1896, apareció una traducción del Popol Vuh hecha por él.

165 El conocimiento que él tenía sobre los textos indígenas prehispánicos de Guatemala se evidencia en sus Anales.

166 En el campo de la historia colonial guatemalteca se interesó por conocer, trabajar y transcribir a los cronistas más importantes de dicho período. Se sabe que supervisó una transcripción de la Historia de la Provincia de San Vicente de Chiapa y Guatemala, del padre Francisco Ximénez. Por otro lado, conocemos una nota de la municipalidad de la ciudad de Guatemala, del año 1850, en que se le autorizaba a llevar a cabo una transcripción de la Recordación Florida de Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán. En 1872 él declaró que aún tenía en su poder dos volúmenes de dicha obra. Su interés por transcribirla obedecía a que quería dotar al Museo Nacional con una copia de tan importante crónica colonial. El manuscrito que actualmente se guarda en el Archivo General de Centro America tiene algunas anotaciones hechas por él en los márgenes.

167 Los Anales también evidencian el manejo y conocimiento que Gavarrete tenía sobre los principales archivos históricos de la Guatemala de mediados del siglo anterior. Para cada uno de los años reseñados transcribe y mezcla datos y observaciones personales con los que dan cronistas y documentos oficiales coloniales.

168 Además, parece que Gavarrete también incursionó en el campo de la geografía política y descriptiva. Don Víctor Miguel Díaz en su trabajo titulado Cabezas Literarias (publicado en 1924) le califica como uno de los más destacados intelectuales de esos años, atribuyéndole la paternidad de una Geografía de Centro América. Sabemos de la existencia de una Geografía de Guatemala, llevada a la luz pública en 1868 por Francisco Gavarrete. Probablemente se trate de su hermano mayor. Ello – aparentemente – resulta un tanto extraño, dado que don Juan quien si contaba con elementos suficientes (el haber clasificado todo el fondo documental de tieras) para poder escribir numerosos tratados sobre historia económica y geografía política de Guatemala.

169 Se tienen noticias sobre otras actividades profesionales que él realizó, tales como: haber organizado – hacia 1844 – el archivo del convento de San Francisco, haber sido director de la Biblioteca Nacional y encargado de la sección de Etnografía de la Sociedad Económica de Amigos del País, haber desempeñado el cargo de Protonotario de la Curia Eclesiástica del Arzobispado de Guatemala durante varios años.

170 Don José Juan de Mata Gavarrete y Cabrera murió soltero y sin descendencia en la ciudad de Guatemala el 12 de enero de 1882, a la edad de 53 años. Le sobrevivieron sus hermanos José Francisco y Luis María, quienes fallecieron en 1884 y 1892 respectivamente.

171 De alguna manera, esta edición puede considerarse como un tardío homenaje a su memoria y un reconocimiento a sus calidades y entrega al servicio de la Historia de Guatemala.

PALABRAS FINALES

172 Hace algunos años, el autor de estas líneas se encontraba trabajando en la preparación de su tesis doctoral en Historia. Un día recibí una llamada telefónica de un estimado colega y amigo – el doctor Jorge Arturo Taracena Arriola – para contarme que había llegado a sus manos una fotocopia de un documento que – pensó él – podría serme de utilidad en el trabajo que entonces preparaba. Dicha fotocopia era, ni más ni menos, la del documentos que ahora presentamos. Me enteré, entonces, que esa fotocopia pertenecía al Dr. Yvon Le Bot, investigador francés, quien la había obtenido en el año de 1973, mientras se encontraba efectuando investigaciones para preparar su tesis doctoral.

173 Gracias al interés demostrado por el Dr. Le Bot, al haber solicitado una fotocopia del original del Índice, se logró – casi fortuitamente – rescatar tan valioso documento. Y digo rescatar porque al momento actual se desconoce el paradero de dicho original. No podemos aventurarnos en explicaciones acerca del destino que tuvo ese original (en dos tomos, como el mismo Gavarrete lo indica en la portada del tomo segundo).

174 Cuando el Centro de Estudios Mexicanos y Centro Americanos inició sus actividades en Guatemala tuve la oportunidad de acercarme y conocer sus intereses académicos. En una oportunidad sugerí a la doctora Marie Charlotte Arnauld, entonces directora del CEMCA-Guatemala, lo importante que sería el poder editar dicho Indice. Tal propuesta no cayó en saco roto, pues la transmitió a su sucesora, la doctora Marie France Fauvet-Berthelot, quien se entusiasmó y dió apoyo y respaldo total a dicha iniciativa. Ellas dos son, afortunadamente, las impulsadoras de esta idea convertida en libro.

175 A lo largo de la preparación del manuscrito fueron colaborando varias personas, a quienes deseo testimoniar mis sinceros agradecimientos. La licencida Magda Leticia González participó en una primera fase del trabajo. La licenciada Oralia De León, con paciencia, dedicación y responsabilidad se constituyó en importante auxiliar para la revisión de buena parte de los fondos documentales aquí señalados. Don Gregorio Concoá, “Archivero Mayor” del Archivo General de Centro América, realizó también un importante trabajo, localizando los documentos citados por Gavarrete en los fondos del Archivo. El licenciado Don Ramiro Ordóñez Jonama tuvo la gentileza de proporcionarnos datos genealógicos sobre la familia Gavarrete. Doña Carmen Valenzuela de Garay también se preocupó por rastrear en revistas, periódicos y otras fuentes informativas del siglo pasado – en la Biblioteca “César Brañas” – aquellos datos que pudieran dar más luz sobre nuestro personaje. El licenciado Julio Roberto Gil, Director del Archivo General de Centro América facilitó enormemente la consulta de documentos en dicho archivo y colaboró entusiastamente en la tarea de fotografiar algunos planos y mapas. Luis Raúl Navas colaboró en la reproducción de la carátula interior – tomada del original – así como del abecedario original.

176 A todos ellos se les agradece profundamente sus ideas, ayuda y comentarios.

177 Y, sobre todo, se agradece a don Juan Gavarrete por el valioso legado que dejó para la Historia Agraria de Guatemala.

178 Nueva Guatemala de la Asunción, Viernes de Dolores (22 de abril) de 1991.

BIBLIOGRAFIA BASICA

179 Apuntamientos sobre la Agricultura y el Comercio del Reyno de Guatemala. Nueva Guatemala: impreso en la oficina de D. Manuel Arévalo. Año 1811.

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ADVERTENCIAS

221 El presente índice alfabético, formado con el doble objeto de facilitar el registro del archivo de tierras y de consignar algunas nociones geográficas que arrojan los mismos expedientes del Archivo, o que se han tomado de otras fuentes, se refiere en sus citaciones a los siguientes orígenes:

222 1o. A las piezas originales del Archivo que se hallan distribuídas por departamentos, y cada uno de éstos con su numeración especial. Así es que cuando se encuentre un número entre paréntesis, debe entenderse que es correspondiente al Departamento a que pertenece el lugar de que se trata. Se ha tenido cuidado de designar expresamente el departamento a que corresponden aquéllos números que señalan los expedientes que equivocadamente se han colocado fuera de su departamento.

223 2o. Al Suplemento que se formó, tanto con el Indice de un libro copiador de títulos que existe en la Secretaría de la Suprema Corte de Justicia, como de las piezas que aparecieron después de concluido el inventario general del Archivo, el cual tiene una sola numeración, sin separación de departamentos.

224 3o. A los libros de copias de títulos, en los cuales se registran todos los que se van expidiendo, por orden cronológico, y sin distinción de departamentos.

225 Por lo que toca a la ortografía de los nombres, se ha procurado restablecer en lo posible, atendiendo siempre a su origen español o indígena. No obstante el cuidado que en esto se ha puesto, es indispensable para hacer bien un registro, buscar el nombre que se quiere bajo cuantas formas puede escribirse, y evacuar todas las citas que se encuentren referentes a él y a los lugares colindantes.

226 Finalmente, como existen en el Archivo muchos documentos relativos a terrenos cuyos nombres no se expresan, los hemos colocado expresando el nombre de sus dueños y su fecha en las partidas relativas a la ciudad o pueblo en cuyas inmediaciones están situados.

227 Guatemala, diciembre 9 de 1863.

Juan Gavarrete

228 NOTA: Las referencias que se encuentran en el Indice con la palabra Protocolo, deben evacuarse en el Protocolo de Cámara y Hacienda del Supremo Gobierno, que existe en esta oficina.

229Indice General

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Para citar este artículo :

Gustavo Palma Murga, « Indice General del Archivo del extinguido juzgado privativo de tierras », Boletín AFEHC N°39, publicado el 12 diciembre 2008, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=2062

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