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AFEHC : bibliografia : Los rostros de la violencia: Guatemala y El Salvador, siglos XVIII y XIX : Los rostros de la violencia: Guatemala y El Salvador, siglos XVIII y XIX

Ficha n° 2126

Creada: 20 febrero 2009
Editada: 20 febrero 2009
Modificada: 19 julio 2009

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Autor de la ficha:

Stephen WEBRE

Editor de la ficha:

Laura MATTHEW

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Los rostros de la violencia: Guatemala y El Salvador, siglos XVIII y XIX

Seis estudios de caso sobre la violencia pública y privada durante el último siglo de la colonia y el primero de la época republicana.
341
Categoria:
Libro
Autor:

Ana Margarita Gómez y Sajid Alfredo Herrera Mena, (Ed.)

Editorial:
UCA Editores
Ubicación:
San Salvador
Fecha:
2007
Reseña:

1En las últimas décadas el fenómeno de la violencia en Centroamérica se ha convertido en tema de preocupación continua para los investigadores sociocientíficos. La importancia de este volumen se debe a que es un esfuerzo pionero, pues la violencia se considera desde una perspectiva histórica. El libro se compone de seis estudios de caso, en los cuales se comparte una definición bastante amplia del fenómeno bajo estudio, mientras que cada uno cuenta con su propio enfoque cronológico, geográfico y temático. Como sugiere el título, el interés de los autores es en sucesos ocurridos en lo que hoy son las repúblicas de Guatemala y El Salvador durante el último siglo de la colonia y el primero de la época republicana. Son examinadas la violencia pública así como la privada, la violencia coercitiva así como la retributiva y la violencia realizada así como la meramente amenazada. Se concluye que la inseguridad de la persona es un hecho que ha caracterizado la sociedad centroamericana durante toda su historia.
La violencia amenazada y la consiguiente falta de seguridad personal son los temas del capítulo preparado por Coralia Gutiérrez Alvarez, historiadora guatemalteca radicada en México. Gutiérrez hace hincapié en la presencia del miedo en la sociedad colonial. Es cierto que había mucho que temer. A pesar de su posición de dominio, aun los mismos españoles andaban amedrentados, temblando ante el espectro de las enfermedades, de la muerte, de la ira de Diós y de los terrores del Infierno. Estos últimos peligros no parecen haber tenido mucho significado para los indígenas, cuya vida religiosa se fundamentaba en otra visión de la relación entre lo humano y lo divino. Sin embargo, tenían su ración de miedo, que era el mismo sistema colonial, cuya naturaleza fundamentalmente violenta encontró forma material en los castigos corporales mediante los que la minoría dominante procuraba asegurar el control social. La eficacia de dichos castigos, o el miedo a los mismos, es evidenciada por la frecuencia con que se aplicaban los azotes y el poco uso que se hacía de la horca. Aunque el dominio colonial se mantenía con el ejercicio de la fuerza, al parecer no se dependía sobrepesadamente de la violencia letal, cosa que lastimosamente no ha sido el caso en épocas más recientes.

2En su trabajo, la historiadora norteamericana Catherine Komisaruk se preocupa de la violencia sexual, tema que no ha sido estudiado con la profundidad que merece, a pesar del creciente interés en los círculos académicos por los estudios del género y de la sexualidad. Los crímenes sexuales no aparecen con mucha frecuencia en los documentos coloniales, probablemente porque las víctimas tenían miedo de la retribución si informaban a las autoridades. También es posible que no esperaban recibir justicia, debido a que bajo las leyes de ese tiempo los tribunales tendían a tratar a los reos con lenidad. En casos de estupro, a las autoridades les interesaba no tanto la cuestión del consentimiento como la de la desfloración. Por ese motivo, los asaltos sexuales se consideraban más serios cuando las víctimas eran vírgenes que cuando ya estaban sexualmente experimentadas. Komisaruk hace un servicio de mucho valor al plantear importantes hipótesis que pueden guiar a futuros historiadores en la indagación en cuanto a la victimización de las mujeres, tema que hoy en día no deja de tener actualidad en Centroamérica. Desafortunadamente, las conclusiones de este capítulo se basan por necesidad en un fundamento documental bastante escaso, el cual es a su vez el legado material de las mismas realidades sociales que llevaban a las mujeres y niñas de la colonia a ocultar las violaciones que sufrían.
La Inquisición en su papel de garante de la conformidad ideológica es el tema del capítulo del historiador francés Christophe Belaubre. Mediante el análisis detenido del expediente de un caso procedente de El Salvador a finales del siglo XVIII, Belaubre demuestra cómo el Santo Oficio funcionaba como parte del aparato represivo del estado borbónico. Acusado de judaizante, el reo Rafael Crisanto Gil Rodríguez era también un crítico desenfrenado del régimen colonial, cuya amplia red de contactos personales abarcaba a personas de todas castas y clases. Remitido al tribunal de México, Gil Rodríguez fue eficientemente retirado de la sociedad, permaneciendo el resto de su vida en las cárceles inquisitoriales, donde el orden público ya no peligraba con sus ideas y creencias desviadas. Muy capazmente reconstruida por Belaubre, la historia del “prisionero no. 11” presenta un cuadro conmovedor del enfrentamiento entre un intelectual socialmente marginado y la fuerza represiva del estado. No se puede estar seguro si en el caso de Gil Rodríguez se trata de un verdadero mártir de la libertad de expresión o sencillamente de un joven inconsciente quien decía lo que le daba la gana sin darse cuenta del riesgo grave que corría. Lo que sí es posible es que Belaubre exagere un poco cuando concluye que el reo en este caso era típico de una nueva generación de libres pensadores cuyo cuestionamiento del sistema colonial en poco tiempo conduciría a la Independencia.

3La historiadora salvadoreña-norteamericana Ana Margarita Gómez falleció en febrero del año pasado a la edad de poco más de cuarenta años. Era demasiado joven y con ella se perdió una investigadora enérgica y talentosa quien parecía destinada a hacer contribuciones importantes al campo. Además de colaborar como coordinadora del presente volumen, contribuyó también con un ensayo, que versa sobre las reformas militares que la monarquía española llevó a cabo en sus posesiones americanas después de la humillante toma de La Habana por los británicos en 1762. El principal resultado de las citadas reformas fue la creación de ejércitos regulares en las colonias. Se trata entonces del origen de las instituciones armadas, problemática de mucha relevancia para nuestro propio tiempo. Al bosquejar la historia del primer ejército centroamericano, Gómez pone énfasis no en su papel ostensible de defensor territorial contra los intrusos extranjeros, sino en el de instrumento de la seguridad interna. Desde esta perspectiva, el desarrollo temprano de la fuerza militar parece conformarse con el programa político de los Borbones, como otra etapa más en los esfuerzos por consolidar el poder estatal. Para hacer vigente el pretendido monopolio sobre los medios legítimos de la violencia, el modo preferido era el desarme de la población, sobre el que se expidió una serie de decretos. Es una debilidad del análisis de Gómez el que depende tanto de la legislación formal, sin citar pruebas documentales del cumplimiento de las leyes en cuestión. Sin embargo, es llamativo considerar el contraste entre aquella época y la nuestra, en la que durante los conflictos armados y especialmente después de los acuerdos de paz, fueron dispersadas grandes cantidades de armas de fuego para luego parar en manos de elementos criminales.
El historiador norteamericano Lowell Gudmundson también se interesa en la detención de la fuerza coercitiva como aspecto de la formación del estado, sólo en este caso a los niveles local y cotidiano. El marco geográfico del estudio de Gudmundson es el pueblo guatemalteco de San Jerónimo. Ubicado en el actual departamento de Baja Verapaz, San Jerónimo tuvo su origen como hacienda azucarera perteneciente a la Orden Dominicana, peculiaridad histórica a la que se debe el hecho de que, a diferencia de los muchos pueblos mayas que lo circundaban, sus habitantes eran gente de ascendencia africana. Como en cualquier régimen esclavista, la disciplina en San Jerónimo se mantenía por medio de la violencia, la cual se aplicaba casi en forma ritualista con instrumentos tradicionales, tales como el látigo, el palo y el pene de toro. Después de la Independencia, las autoridades de Guatemala expropiaron a los dominicos y la hacienda fue adquirida por una familia inglesa. Según Gudmundson, fueron los ingleses quienes introdujeron las armas de fuego en el escenario local. Con ellas el nivel de la violencia se incrementó, resultando con mayor frecuencia en la muerte imprevista.
Sin embargo, no fueron solamente los dueños de la hacienda quienes utilizaban la violencia para cumplir sus fines. Gudmundson enfatiza también la agencia de los grupos subalternos en este respecto. Bajo los dominicos los habitantes de San Jerónimo fueron armados y organizados en unidades milicianas. Esta práctica continuaba después de la Independencia, porque los gobiernos de turno reconocían el valor de una alianza estratégica con los afrodescendientes, así como con sus vecinos nahuas de Salamá, para ejercer dominio sobre la mayoría maya de la región. Mediante un análisis detenido y bastante matizado, Gudmundson revela los nexos complicados que existían entre los trabajadores en su papel de milicianos, con el emergente estado liberal. La historia culmina con un acto de violencia “jacobina”, un asalto contra el joven propietario de la hacienda acaecido en la Nochebuena de 1892. Después de ese evento, el gobierno tomó posesión de la propiedad y repartió las tierras entre los milicianos. En su esfuerzo magistral por desenredar la complicada historia del papel de la violencia en el tránsito de San Jerónimo desde hacienda de esclavos hasta pueblo armado de agricultores en pequeño, Gudmundson hace observaciones provocadoras sobre varias otras cuestiones de interés también, entre ellas la etnicidad y el género. Si un sólo capítulo puede valer el precio del libro entero, es éste.

4Trabajo del historiador salvadoreño Sajid Alfredo Herrera Mena, quien también se desempeñó como coordinador del volumen en compañía de Ana Margarita Gómez, el capítulo final se trata de un debate que hubo en El Salvador a finales del siglo XIX, sobre la reforma del sistema penal. En las épocas colonial y de la joven república, para corregir a los infractores de la ley se dependía de los castigos corporales y en casos severos de la pena de muerte. Amontonadas, insalubres y poco seguras, las prisiones prácticamente no tenían otro uso que no fuera el encarcelamiento temporal de los acusados mientras se esperaba el fallo de las cortes. Inspirados de los escritos de Cesare Beccaria y Jeremy Bentham, entre otros, las élites modernizadoras abogaban por la construcción de penitenciarías según el modelo que en esa época se estaba implementando en los Estados Unidos y la Europa occidental. En tales instituciones, se argumentaba, los condenados tendrían la oportunidad de aprender los valores modernos de la eficiencia y la productividad, transformándose en ciudadanos responsables mediante el poder civilizador del trabajo. Según Herrera Mena, en el marco de la pugna ideológica que se daba en esa época, el debate sobre la reforma penal representa una instancia rara de covergencia entre los medios de comunicación liberales y los católicos. Como los otros capítulos, éste no solamente echa luz sobre las realidades históricas sino también evoca preocupaciones actuales. Hoy en día en El Salvador, así como en Guatemala, los sistemas de justicia siguen en necesidad de mejoramiento, cuestión que se incluyó como objetivo importante en los acuerdos de paz de los años noventa. Para los fines legítimos de su argumento, el autor confina su explicación al marco de las leyes e instituciones formales. Sin embargo, sea en el siglo XIX o en tiempos más recientes, cualquier avance que se reclama en el ramo de las ciencias policiales o penales, debe ser valorizado contra el telón de fondo de la prevalencia continua de la violencia extrajudicial.

5Las colecciones de artículos frecuentemente padecen de falta de unidad temática, pero en este caso decididamente no es así. En cambio, el libro funciona como un libro. Las distintas contribuciones se encuentran firmemente ligadas en espacio, tiempo y tema. También son bien y extensivamente documentadas, lúcidamente argumentadas y en general representativas de un nivel bastante elevado de calidad académica. En breve, Los rostros de la violencia es una contribución bienvenida al desarrollo de los estudios históricos en Centroamérica. Se recomienda la lectura a todo especialista con interés en la violencia y la inseguridad, la penología, la modernización, el tránsito al estado liberal o cuestiones afines. Los textos son fáciles de entender y los estudiantes universitarios podrán sacarles provecho.

6Stephen Webre
Louisiana Tech University

Fuentes :

http://www.ucaeditores.com.sv/uca/

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