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AFEHC : articulos : El pensamiento de los intelectuales liberales salvadoreños sobre el indígena, a finales del siglo XIX : El pensamiento de los intelectuales liberales salvadoreños sobre el indígena, a finales del siglo XIX

Ficha n° 2198

Creada: 05 junio 2009
Editada: 05 junio 2009
Modificada: 05 junio 2009

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Autor de la ficha:

Carlos Gregorio LÓPEZ BERNAL

Editor de la ficha:

Marta Elena CASAÚS ARZÚ

Publicado en:

ISSN 1954-3891

El pensamiento de los intelectuales liberales salvadoreños sobre el indígena, a finales del siglo XIX

Este artículo estudia el pensamiento de algunos intelectuales liberales de El Salvador a finales del siglo XIX en lo referente al problema indígena. Desde la década de 1870, y al marco de la llamada “revolución liberal”, en ese país se impulsó una serie de reformas encaminadas a facilitar la “modernización” política, económica y cultural. En ese contexto, el aporte de los intelectuales liberales fue muy importante, pues ellos se encargaron de marcar el rumbo hacia el cual debía orientarse la sociedad salvadoreña. El indígena ocupó parte importante de sus reflexiones. Sus visiones sobre el indio fueron a menudo contradictorias, pues intentaban conciliar realidades y puntos de vista discordantes. Por una parte el ideario republicano y liberal otorgaba a los indios el acceso casi irrestricto a la ciudadanía y los derechos políticos, pero las prácticas políticas de las elites liberales los condenaban a ser comparsas en los procesos electorales o aliados militares en las luchas por el poder. Pero el dilema mayor era cómo incorporar plenamente al indio al nuevo rumbo económico dominado por la agricultura de exportación y cómo “educarlo y civilizarlo” de manera acorde al modelo cultural occidental adoptado por la elite dirigente. Sobre estos temas se discutió mucho y se hizo poco, en buena medida porque educar al indio suponía invertir fuertes recursos en el sistema educativo, algo que nunca fue prioridad para los gobernantes. No es extraño entonces, encontrar voces desencantadas entre los intelectuales que vieron cómo sus ideas fueron simple barniz de modernidad, en un país que no estaba dispuesto a invertir en la mejora de las condiciones de vida de los indígenas.
Palabras claves :
Reformas, Intelectuales, Liberalismo, Indígenas
Autor(es):
Carlos Gregorio López Bernal
Fecha:
Junio de 2009
Texto íntegral:

1

  • Este artículo ha sido previamente presentado durante el simposio “Mitos y conversión en El Salvador y Centroamérica”, Universidad de El Salvador, octubre de 2008. Se trata de una versión ampliada.

Introducción

2En El Salvador, el último tercio del siglo XIX es un periodo de significativos cambios en lo económico (desarrollo de la caficultura y privatización de tierras corporativas), en lo político (ascenso al poder de la segunda generación liberal) y en lo socio-cultural (ascenso y consolidación en el poder de un grupo asociado a la agro exportación y adopción de modelos culturales contrapuestos a la tradición).

3Los intelectuales fueron actores importantes de ese proceso y participaron de diferentes maneras; como funcionarios de gobierno, académicos o políticos, concibieron propuestas, las debatieron y las justificaron ante la sociedad. Imbuidos en un pensamiento modernizante y eurocéntrico, reflexionaron sobre el indígena y buscaron maneras para incorporarlo a la modernidad y la nación en construcción.

4En este artículo se pretende revisar el discurso y las propuestas elaboradas por algunos de estos intelectuales, especialmente David Joaquín Guzmán, a fin de mostrar los espacios y maneras de inserción que los indígenas podían tener en la sociedad salvadoreña de aquel tiempo1. Se presta especial atención a los siguientes temas: agricultura, considerando no solo la propiedad de la tierra, sino los modelos culturales que sustentaban los cambios que se proponían. También se considera la educación, en tanto fue vista como un recurso de “civilización” y mejora social.

Implicaciones culturales de la privatización de tierras corporativas

5A la base de esas transformaciones estaban el añil y el café como principales productos de exportación, a los cuales se dedicaban en mayor o menor grado diferentes sectores sociales: empresarios agrícolas, pequeños propietarios, ladinos e indígenas. Hasta finales de la década de 1870, la creciente demanda de tierra había sido suplida por el mercado de tierras y la venta de “baldíos”; sin embargo, el creciente cultivo del café demandaba cada vez más tierras. Esta fue una de las razones que llevaron a la elite dirigente a decretar las leyes de extinción de ejidos y tierras comunales en 1881 y 18822.

6
El Salvador, exportaciones de añil y café, 1861-1896. (en pesos)

7
_AÑOS _AÑIL _CAFÉ
1861 1,980,600 36,000
1872 2,786, 576 489,300
1876 1,721,378 1,209, 362
1880 1,173,673 1,723465
1882 1,295,550 2,700, 804
1888 1,296,720 4,589,197
1889 1,347,108 3,545,764
1895 1,284,325 7,500,000
1896 979,990 7,568,399

8Fuente: Héctor Lindo-Fuentes. La economía de El Salvador , págs. 192-193.

Prolegómenos de un debate

9Aunque no lo parezca, hubo un debate  que en ciertos momentos fue más bien monólogo  en torno a las tierras en propiedad corporativa. Esta preocupación venía de mucho tiempo atrás; ya aparecieron en el marco de las reformas borbónicas y el pensamiento ilustrado. Adolfo Bonilla señala que existe un antecedente en el pensamiento de José Campillo quien en 1743 escribió un libro en el que abogaba por el desarrollo de la agricultura y la industria en los dominios españoles de América, para lo cual consideraba indispensable dar tierras en propiedad individual a los indios fuera de los pueblos, para que estos tuvieran incentivos económicos extras. Más tarde estas ideas fueron retomadas por la “Sociedad Económica de Amigos del País”, de Guatemala, la cual en 1797 premió en un concurso el trabajo del fraile dominico Fray Matías de Córdova titulado “Utilidades de que los indios vistan y calcen a la española” que abogaba por la integración de los indios a la economía, mediante una serie de medidas, entre ellas dándoles tierra en propiedad individual3. Estas inquietudes reaparecieron en los primeros años de vida independiente. Hacia 1824 Juan Manuel Rodríguez consideraba que al no tener la tierra en propiedad, los indígenas no la apreciaban debidamente, pero tampoco permitían que otros la cultivaran. Más enfático era otro articulista que el mismo año escribía: “…nuestro sistema actual debe abolir todo derecho particular porque no habiendo ya más que una clase de ciudadanos, todos con las mismas opciones, es muy justo que se nibelen (sic) todos a unos mismos goces y a unas mismas cargas4”. Sin embargo, para esos años las elites no tenían el convencimiento, la urgencia ni la fortaleza suficiente para impulsar transformaciones a fondo. Tocar las tierras corporativas implicaba retar a actores sociales que a lo largo del siglo XIX mostrarían una fuerte cohesión y alta capacidad de movilización política y militar; además de que en varias ocasiones esas movilizaciones fueron incitadas por facciones políticas de la elite o por caudillos5.

10
h4. El liderazgo de los cafetaleros en las orientaciones del debate

11Los términos del debate en torno a la tierra estuvieron marcados por varias líneas de discusión; para efectos de este trabajo se tomarán indistintamente las alusiones a tierras comunales y ejidales. En primer plano estuvo obviamente, la discusión sobre la idoneidad de la propiedad corporativa de la tierra para promover la agricultura de exportación y sobre si la existencia de este tipo de propiedad atentaba contra los derechos individuales. En un segundo plano, por lo tanto menos evidente, también se discutía si la extinción de ejidos y tierras comunales podría “acelerar” los cambios culturales entre la población indígena. Desde la década de 1860, se había tratado de sustituir al añil como principal producto de exportación. Hacia 1880, para los dirigentes nacionales  muchos de ellos cafetaleros exitosos o en vías de hacerlo  era claro que debía estimularse la expansión del café. En esa perspectiva, las tierras que no estaban en manos privadas, eran vistas como obstáculos a superar. No es de extrañar que la propuesta de ley para la extinción de ejidos haya sido presentada por Teodoro Moreno, para entonces diputado, pero ante todo cafetalero pionero en el departamento de Santa Ana. Moreno no dudó en afirmar: “La ciencia por otra parte, rechaza como nociva la sustracción de la propiedad territorial, y los ejidos nada producen a la nación y menos a los poseedores de ellos6“. Estas ideas venían fraguándose desde años atrás. A mediados de la década de 1870, Esteban Castro7 señalaba que uno de los principales obstáculos para el desarrollo de la agricultura comercial en San Vicente eran las tierras comunales y ejidales, las cuales se dedicaban a cultivos de subsistencia o a la ganadería extensiva, restando mano de obra que los agricultores necesitaban; “vemos extensos y fértiles terrenos agotando su potencial productivo en robustecer al miserable huate… pero no es esto solo, sino que los cultivadores, sabiendo que con vender una carreta de zacate se sustentan el día, aunque muy miserablemente, lo pasan en la vagancia, y quizá entregados, muchos de ellos, a toda clase de vicios8”.

12En el ensayo de Castro aparece una contradicción que será recurrente. A pesar de que esas tierras no se dedicaban a cultivos comerciales, sí permitían a sus usuarios ganarse la vida sin necesidad de vender su fuerza de trabajo a otros. Como se verá más adelante, David Joaquín Guzmán intentó superar esta falencia argumentando que esa aparente comodidad tenía efectos negativos porque restaba iniciativa empresarial a los indígenas y los condenaba a vivir sin mayores comodidades y sobre todo sin aspiraciones de mejora.

13Los historiadores Aldo Lauria-Santiago y Héctor Lindo-Fuentes han demostrado que en realidad, las tierras comunales y ejidales sí fueron usadas para cultivos comerciales. Lindo-Fuentes señala que aun considerando las diferencias culturales, en realidad no todos los indígenas eran un obstáculo al crecimiento de la economía de exportación e incluso hacían esfuerzos considerables por cultivar café, además de que suplían los mercados locales9. En el caso específico de los ejidos es importante destacar que fue la municipalidad de Mexicanos la primera que tomó medidas para incentivar cultivos comerciales en sus ejidos10. Vale señalar que este pueblo de origen indígena estaba situado en los alrededores de San Salvador, el centro político e intelectual del país, condición que pudo incidir en su decisión. Entonces, es claro que el argumento de que las tierras corporativas eran un obstáculo para el desarrollo de la agricultura de exportación y específicamente de la caficultura no tenía sentido. Es obvio que el café funcionaría más fácilmente bajo un régimen de propiedad privada, especialmente en lo referente al crédito por la vía hipotecaria, pero hubo países con procesos diferentes, por ejemplo en Honduras, en donde ya entrado el siglo XX, el café se cultivó sin mayores problemas en tierras ejidales11.

14Quizá se ha sobre enfatizado la discusión sobre la viabilidad de las tierras comunales para el cultivo comercial y dejado de lado otras igualmente sugerentes. Aldo Lauria-Santiago insiste en que no debe verse la privatización de tierras al margen del imaginario político-liberal; para él es importante la insistencia de las elites en presentar a las tierras corporativas como remanentes coloniales que atentaban contra la igualdad de derechos consagrados por la constitución. Había ciudadanos que querían y necesitaban tierras y no podían tenerlas porque estas pertenecían a corporaciones de origen pre-republicano12. Una interpretación confirmada por Teodoro Moreno:

15“Los ejidos, como sabéis, señores, fueron creados para proteger a los hijos de esta tierra virgen contra las pretensiones de los conquistadores. Hoy, señores, no hay conquistadores, no hay diferencias sociales ante la ley13“.

16Los liberales argumentaron que los derechos ciudadanos colocaban a los indios en las mismas condiciones que los demás miembros de la sociedad, con lo cual se volvían innecesarios y obsoletos los mecanismos que anteriormente les otorgaban un status especial. De allí en adelante serían la capacidad individual y el trabajo los elementos que propiciarían el avance o el estancamiento de cada individuo.

17 Un aspecto que se ha dejado de lado, es considerar hasta qué punto el modelo de sociedad que se buscaba construir condicionaba las actitudes de los grupos dominantes hacia los indígenas. La discusión no se reducía a una cuestión de racionalidad o eficiencia económica. Hacia 1880 los referentes culturales de la elite económica e intelectual salvadoreña eran las naciones europeas14. Se creía que había llegado el momento de incorporarse a una era de progreso y modernización y todo lo que no fuera acorde a ello debía ser rechazado. La tierra era solo una parte —quizá la más importante— de un proyecto de modernización, que se proyectaba a otros campos de la vida social.

Civilizar el indígena: mestizaje biológico y cultural

18 La funcionalidad productiva de las tierras comunales y ejidales no fue debidamente considerada porque ellas eran vistas como muestra de un sistema arcaico que debía superarse. El interés de los cafetaleros por apoderarse de más tierras es innegable, pero una revisión de los escritos de los impulsores y defensores de tales medidas indica que, al menos en algunos, estuvo presente la preocupación por la incorporación de los antiguos usuarios de esas tierras a un sistema económico más moderno y eficiente que condujera a su paulatina civilización. Es por eso que David Joaquín Guzmán también insistía en que era necesario provocar cambios en la cultura indígena, de tal manera que pudieran incorporarse al estilo de vida que los nuevos tiempos demandaban:

19“Es un ser pasivo en el estado civil y social de nuestra sociedad á pesar de estar plenamente rehabilitado por las leyes de la República. Es necesario que el espíritu realmente liberal y humanitario de nuestras instituciones penetre por todos lados en el hogar del indígena, instruyéndole, sacándole de la apatía, y si es posible haciéndole desaparecer gradualmente en la masa de la civilización actual que es por una parte la suerte reservada á los vestigios espirantes (sic) de otras civilizaciones ya muertas y por otra la gloriosa misión encomendada al apoyo paternal de los gobiernos liberales e ilustrados15.”

20A lo largo de los años Guzmán insistió en que los cambios en la agricultura y la economía debían acompañarse de esfuerzos por fomentar la educación y “civilización” de los indios. Sin embargo, tres décadas después de los decretos de privatización de tierras comunales y ejidales, debió reconocer que los indios seguían resistiéndose a los cambios y continuaban aferrados a sus tradiciones, mismas que los liberales consideraban muestras de atraso. En 1916, Guzmán escribía para el “Libro Azul”: “Los indios son pertinaces en su empeño de no mezclarse con el elemento blanco… Aún se ven en las ciudades más pobladas y dotadas ya del movimiento vital del progreso, en los suburbios, indios que viven en miserables ranchos de paja exhibiendo sus antiguas costumbres16”. Curiosamente, Guzmán valoraba en mucho los logros de las civilizaciones indígenas precolombinas y no podía dejar de contrastar el estado actual de los indios con aquellos del pasado17. La causa de esa “involución” o “degeneración” la encontraba en el opresivo régimen colonial que marginó y sobre explotó al indio, negándole además los derechos políticos; “Las leyes y las costumbres de entonces los tenían relegados a una situación que los hacía casi odiosos y réprobos a la sociedad”. Curiosamente, a casi un siglo de la independencia, la “rehabilitación” del indio seguía pendiente, y si bien es cierto, Guzmán había dado la receta para lograrlo, la cual incluía mestizaje, educación, civismo y moral, nunca se hizo un esfuerzo sistemático por aplicarla18. Las propuestas de Guzmán, dejan ver una preocupación recurrente por “civilizar” al indio. Sin embargo, la poca acogida que estas tuvieron entre la elite gobernante y la resistencia de los indígenas al cambio, provocaron que este volviera la mirada hacia otro actor social: el ladino. Las diferencias son elocuentes; desde los contrastes en la apariencia físicas hasta las aptitudes, favorecen al último. Dice que los indios tienen un semblante “angular, serio, taciturno, sin simetría en la forma. Tienen un color bronceado oscuro; talla baja y cuerpo muy sólido, pelo liso y negro, barba escasa o ninguna. Las mujeres son más pequeñas; su tipo en general no es interesante y cuando son viejas es extraordinariamente feo”. Por el contrario, los ladinos son presentados como fuertes y sanos, “activos, inteligentes, de perseverancia notable en todo lo que emprenden. Son los que ejercer las artes mecánicas, las industrias liberales los oficios domésticos… Ilustrados, son los mejores y desinteresados patriotas, y un elemento útil al progreso del país”. Dice que las mujeres ladinas “son bien conformadas, de talla fina y flexible, con un modo elegante y lleno de gracia al andar; su donaire y gentileza ha sido admirada por los visitantes extranjeros. Su piel es trigueña y pálida, pero todo el semblante lo animan unos ojos, mezcla de la pasión española y el ensueño indígena19.”
Es claro que para 1916 las simpatías de Guzmán se decantan hacia los ladinos. Esta actitud, en realidad no es contradictoria; para este intelectual ser ladino equivalía a ser mestizo. Y el mestizaje fue una de las propuestas más vehemente impulsadas por Guzmán. Para la segunda década del XX el mestizaje ha aumentado, por lo tanto, sus ventajas son más evidentes, al menos a los ojos de Guzmán y seguramente de muchos que compartían su pensamiento. De este modo, Guzmán no duda en concluir:

21“Los ladinos tienen toda la energía del americano criollo y del europeo: son inteligentes, emprendedores y de una fantasía que las más de las veces les hace en la grandeza de su destino… Cuando se proponen algo es difícil que no lo realicen; dirigen fábricas o administran haciendas como forman la trama de una revolución o de un partido y muchas veces se elevan con rara audacia a los primeros puestos de la República, sin más mérito que la energía y la constancia, y por tanto, elevados a esas cimas, degeneran en dictadores crueles, creados por circunstancias fortuitas y por la apatía de los hombres ilustrados y progresistas del país20.”

22En general el balance sobre los ladinos es positivo; las últimas consideraciones simplemente hacen alusión a las falencias que Guzmán ve, no tanto en los ladinos, sino en el estado salvadoreño que no ha dado suficiente importancia a la educación, a inculcar los valores liberales y cívicos en la población y a la inadecuación entre el régimen constitucional vigente y prácticas políticas.

La educación en el proyecto liberal 1870-1900

23 Relacionar la propuesta intelectual liberal sobre educación con el tema indígena requiere ciertas consideraciones previas. En primer lugar hay que decir que este tema tiene dos vertientes, una es la que aparece en la producción intelectual, y otra la que emana de los gobernantes, ya sea como discurso o como acciones puntuales desde la práctica de gobierno. En el primer caso es posible encontrar abundantes reflexiones intelectuales en torno a la importancia de la educación para el desarrollo y la moralización de los pueblos; sin embargo, pocos autores hicieron propuestas concretas para mejorar la educación en El Salvador. Los gobernantes, presidentes y ministros de instrucción pública, generalmente coincidían con los intelectuales en torno a la importancia de la educación, pero pocas veces su discurso coincidía con sus acciones de gobierno; las asignaciones presupuestarias nunca fueron congruentes con los planteamientos discursivos. Vale señalar que pocas veces, intelectuales y gobernantes se referían directamente a los indígenas cuando trataban el tema de educación, generalmente los englobaban en genérico término “pueblo”. Por otra parte, el tema educativo se relacionó a diferentes ámbitos; por ejemplo el del conocimiento y habilidades para la vida práctica, pero también con la moral, los valores cívicos, y la secularización de la sociedad. De tal manera, la educación fue vista como una especie de panacea que ayudaría a atacar muchos de los problemas que enfrentaba el país. En un estudio pionero, Héctor Lindo-Fuentes considera que no fue hasta la década de 1870 cuando se hicieron esfuerzos más decididos por hacer del Estado el ente impulsor y regulador de la educación. Antes, esta dependió mucho de instancias descentralizadas, como las municipalidades y la Iglesia; situación que pudo tener entre sus causas la tradición colonial de financiamiento local de los maestros, la atomización del poder que siguió a la Independencia y las características del sistema fiscal21. En términos generales puede aceptarse esa afirmación, pero es preciso matizarla: cambios los hubo, pero fueron paulatinos y discontinuos. Por ejemplo, recurrir a las municipalidades para sostener y vigilar la educación de primeras letras, siguió siendo una práctica corriente aún después de la caída de Dueñas. Aunque en general los “liberales” propugnaron por la centralización, la carencia de recursos los obligó a continuar delegando la creación y sostenimiento de las escuelas en las municipalidades, quedándose con el control y la fiscalización. Los gobernadores eran los encargados de fiscalizar la buena administración de los fondos mediante las listas de contribuyentes y los estados de cuentas que los alcaldes quedaban obligados a presentar. Los gobernadores podían contar además con el apoyo de las Juntas Departamentales de Instrucción Pública, que para entonces ya tenían cierto protagonismo. Tres años después del derrocamiento de Francisco Dueñas, y en un momento en que los liberales todavía luchaban por anular la influencia del clero en la sociedad salvadoreña, se retomó el debate sobre la importancia de la educación, en la lucha contra el atraso y el fanatismo, pero también para inculcar valores cívicos en la población. El presidente Santiago González (1871-1875) se refirió a ello en su mensaje a la Asamblea en la apertura de sesiones del año 1874.

24“Yo creo, señores Representantes, que los maestros de escuela y los libros son los soldados y el material de guerra con que la civilización ha de vencer a la barbarie para redimir al género humano del pecado original de la ignorancia. Yo creo que no es posible llegar a la práctica del Gobierno republicano, tal como lo concibe y explica la razón, si las tinieblas ennegrecen la conciencia del pueblo, si este no sabe ser soberano por el noble ejercicio de sus derechos y el religioso cumplimiento de sus deberes22“.

La visión de Francisco E. Galindo

25En términos parecidos se expresaba ese mismo año Francisco E. Galindo23, autor de una “Cartilla del ciudadano”, la cual tuvo larga vida como texto escolar: “En la América Latina la República no se consolida porque las masas no tienen una educación republicana —y sus costumbres son todavía las de la Colonia—... Es necesario, pues, emprender una campaña más gloriosa que la de la independencia: la educación republicana de las masas. Los próceres americanos nos dieron una patria libre y nosotros debemos formar un pueblo libre24.” Más adelante afirmaba: “En la América Latina la República aun no se consolida porque las masas no tienen una educación”. La comisión encargada de revisar la obra de Galindo consideró que esta contenía “principios y máximas muy conformes á las teoría en que se fundan los gobiernos republicanos, populares representativos y alternativos; que la juventud estudiosa encontrará allí armonía y el encadenamiento natural y lógico de los poderes públicos, y bien deslindados los derechos del pueblo25.” En los textos anteriores se esboza el papel que, según los liberales que tomaron el poder en 1871, debía jugar la educación en el la creación de un pueblo imbuido en los valores republicanos y liberales. Ya para la década de 1880 habían afinado sus ideas. Para entonces el esfuerzo estaba centrado en sacar a la escuela de la tutela de las municipalidades y la Iglesia, y avanzar hacia la laicización y la eliminación de prácticas educativas que consideraban improcedentes. En el marco de las reformas liberales se hizo mucho énfasis en la eliminación de los castigos físicos en las escuelas, pero también en el sistema de justicia. Según los ideólogos liberales era necesario eliminar los castigos infamantes y promover el respeto a la persona y la responsabilidad individual. Haciendo eco a esas ideas, en mayo de 1881, el Ministro de Instrucción Pública escribió al Gobernador de La Libertad, pidiéndoles investigara una denuncia, según la cual en algunas escuelas se continuaba castigando a niños y niñas con azotes; acciones que violaban el Reglamento. Pedía además que se enviara una nota a los directores de las escuelas de ambos sexos, haciendo énfasis en que si algún preceptor aplicaba esos correctivos, el director de la escuela sería multado con veinticinco pesos por cada falta26. Pero los directores no solo tenían que cuidar de que no se castigara físicamente a los niños, sino también de que no se continuara enseñando el catecismo en las escuelas. Es por eso que el 21 de mayo de 1881 el ministro de Instrucción Pública escribía al Gobernador de La Libertad para informarle que se estaba contraviniendo la ley específica de laicidad de la educación, ya que en las escuelas oficiales se continuaba enseñando la doctrina que contiene el catecismo; le prevenía que esa acción atentaba contra un mandato presidencial y podía ser punible con doscientos pesos de multa a las personas que se les comprobara tal proceder27. Es curioso constatar que la multa por azotar a un niño ascendía solo a 25 pesos, pero por enseñar el catecismo se multaba con 200. Esta diferencia evidencia el anticlericalismo liberal y la poca voluntad de hacer efectiva la lucha contra los maltratos a los niños de parte de los profesores.

David Joaquín Guzmán y su proyecto para la educación

26La mejor manera de percibir la visión de la elite liberal sobre el problema de la educación, es retomar los escritos de David Joaquín Guzmán, quien en 1886 publicó un libro titulado “De la organización de la instrucción primaria en El Salvador”. A diferencia de otros intelectuales que abordaron el problema educativo en términos generales o limitándose a la crítica o la exaltación de los modelos de otros países, Guzmán hizo un estudio sistemático. Partiendo de un diagnóstico del estado de las escuelas de primeras letras, elaboró una propuesta con medidas puntuales para corregir las falencias detectadas. En primer lugar deja en claro su rechazo a la descentralización todavía vigente. Para Guzmán era claro que el Estado debía asumir y controlar efectivamente cuanto estuviera relacionado con la educación primaria, “el Estado debe impartir la enseñanza a manos llenas, no debe confiarse tan noble tarea al escaso recurso y entusiasmo de las familias, ni a las asociaciones privadas cuya esfera de acción es tan limitada… Retírese en nuestro país la acción del Gobierno en orden al sostenimiento de las escuelas y veremos reproducirse ante nosotros el cortejo de males y la ignominia que cubría la frente de nuestros antepasados bajo el férreo yugo del sistema colonial28.” Y es que Guzmán desconfiaba de la eficiencia y las luces de las municipalidades para administrar las escuelas, pero también aborrecía la injerencia clerical en la educación. Como buen liberal creía que el Estado estaba obligado a llevar “las luces” a toda la población y desterrar el fanatismo religioso. Soñaba con el día en que “nuestros pueblos lleguen a tener una enseñanza que se acerque a la que se exige en algunos estados de la Unión Americana, [serán] una nación sin indígenas ignorantes y semi-salvajes; masas sin plebes, no escorias, sin esa turbamulta de bochincheros sediciosos; con clases morales, civilizadas y educadas igualmente para formar la grey de la República y el alma de la libertad y la democracia29”. Y esas cualidades solo serían inculcadas por una escuela moderna, eficiente y laica, liberada de la tutela eclesiástica. Guzmán también era conciente de que estos pequeños y débiles Estados no debían darse el lujo de malgastar sus escasos recursos. “Instruir y difundir las luces debe ser, pues, la principal función del poder público y su gasto principal. Los miles que se gastan en ejércitos deben reservarse para construir escuelas y pagar maestros; porque la instrucción del pueblo es la obra verdaderamente nacional y digna de la República30“. Debe tenerse en cuenta que Guzmán escribía en un momento en que el entusiasmo de la revolución menendista aún era muy fuerte, y la preocupación de por la “educación republicana de las masas”, tema de mucho interés en los círculos intelectuales.

27 Según los cálculos de Guzmán, hacia 1885 el país tenía alrededor de 600,000 habitantes, de los cuales 479,217 eran analfabetos. Había 150,000 niños en edad escolar, y solo se atendía a 20,783, quedando 129,217 sin asistir a la escuela. Guzmán argumentaba que era imprescindible dar educación a por lo menos una tercera parte de ellos, para lo cual calculaba que se necesitaban 850 escuelas (para entonces funcionaban 529). La inversión prevista ascendía a 300,000 pesos al año, al menos tres veces lo presupuestado corrientemente31. Obviamente el sistema que Guzmán proponía requería mayores recursos. Según el Reglamento de Instrucción Primaria de 1882, esta se financiaba con tres fuentes:

28• La cantidad señalada anualmente por el Cuerpo Legislativo en el presupuesto nacional.
• Los sobrantes de los fondos municipales, que se destinaran al efecto.
• La contribución de los padres de familia. (Con la declaración de enseñanza gratuita y obligatoria dicho fondo debió abolirse, pero en la práctica se seguía cobrando).

29En 1882 se destinaron 100,000 pesos a educación primaria; curiosamente solo se gastaron 71,018; más 7,838 aportados por las municipalidades y 5,282 provenientes de las contribuciones de los padres de familia, con lo cual se tuvo un gasto total de 84,138 pesos32. Guzmán consideraba que los aportes de las municipalidades eran un subsidio ilusorio: “son milagros que están aún por verse… y lo mismo es el fondo de la contribución de los padres de familia”. Concluía que el sistema de financiamiento para la escuela era totalmente deficiente; por lo cual proponía la creación de un impuesto especial y directo del 1% sobre la propiedad territorial. Calculaba que, como mínimo las propiedades podían valuarse en 20 millones. El impuesto produciría entonces 200,000 pesos que agregados a los 100,000 que ya se asignaban darían el total de 300,000 que se necesitaban para hacer funcionar adecuadamente las 850 escuelas propuestas33. Guzmán insistía en que una de las ventajas de dicha propuesta era que el presupuesto de educación primaria no estaría expuesto a las fluctuaciones de las otras rentas del Estado. Sobra decir que su propuesta nunca fue considerada seriamente. Hasta finales del siglo XIX el presupuesto destinado a educación nunca superó el 9%, y de este debía restarse lo destinado a educación media y la universidad. Si bien hacia la segunda mitad del siglo pasado el Estado asumió el financiamiento de la educación primaria, esta no tuvo prioridad a la hora de asignar los recursos del presupuesto. Por ejemplo, en 1875 se destinó a Instrucción Pública el 3.7 % del presupuesto34. En 1891 el ramo de Instrucción Pública recibía el 5.07%, mientras que había 41% por el ramo de Guerra35. Entre 1913 y 1922 se asignó a Guerra y Marina un 21.6%, a Crédito Público un 25. , a Gobernación un 15.3 y un 6.3% a Educación36. A pesar del poco apoyo que recibían sus propuestas tributarias, Guzmán insistió en ellas. En 1914 publicó el libro “Instrucción cívica y moral práctica y social”, el cual se centraba en la aplicación en la escuela de preceptos relacionados con la educación cívica y la moral. No obstante que este libro era una especie de guía práctica para los maestros, Guzmán no resistió la tentación de tocar otra vez el tema del financiamiento de la educación: “al hablar de sistema tributario, ninguno más útil a las condiciones sociales y políticas de nuestros pueblos que aquel que más favoreciera las rentas escolares, y este es el gran desideratum de las modernas democracias; o gastar mucho en el sostén de las escuelas, o resignarse a sufrir las desastrosas consecuencias de la ignorancia37. Esta cita refleja el grado de preocupación o desencanto que ya para entonces aparecía en Guzmán. Los gobernantes salvadoreños solo habían retomado aquellas propuestas que se adecuaban más fácilmente a los intereses de los grupos dominantes, por ejemplo, privatizar la tierra, disciplinar la mano de obra o fortalecer las instituciones de control social, pero no nunca hicieron esfuerzos sistemáticos y sostenidos por fortalecer y financiar adecuadamente el sistema educativo. Paradójicamente, Guzmán nunca expresó abiertamente ese desencanto, ni criticó explícitamente a los gobiernos tales falencias.

Conclusión

30Se han trazado grosso modo, la visión que los intelectuales liberales salvadoreños tenían sobre el indígena, especialmente sobre los posibles caminos para “integrarlo” a la sociedad que se estaba construyendo para entonces. En este trabajo se ha tratado de demostrar la importancia de los condicionamientos culturales implícitos en la privatización de tierras comunales y ejidales, los cuales ayudarían a entender mejor la intransigencia de los ideólogos liberales frente a las tradiciones indígenas y los legados del régimen colonial. Para complementar y a la vez contrastar discursos y prácticas, se ha revisado brevemente la propuesta liberal sobre educación. Sobre los resultados inmediatos de la privatización y sus implicaciones sociales, ha habido un largo y contradictorio debate, a veces muy condicionado por factores ideológicos y anacronismos. Hay suficiente evidencia para afirmar que, al menos en un primer momento, la privatización no conllevó a una inmediata concentración de la propiedad de la tierra. Pero es claro que a la larga tuvo efectos negativos para campesinos e indígenas que no contaron con los recursos y conocimientos suficientes para sobrevivir a los vaivenes del mercado y las presiones del capitalismo. Puede aceptarse que no hubo “mala intención” en quienes concibieron y realizaron la privatización y que en lo inmediato, esta medida cumplió sus objetivos: “dar la tierra en propiedad a quien la trabajara”. Pero faltaron medidas complementarias; por ejemplo garantizar el accedo al crédito y a la educación a los indígenas y campesinos. El primer punto fue considerado, pero nunca se llevó a cabo. En el segundo, el contraste entre discurso y práctica fue evidente. A la hora de asignar recursos, la educación nunca fue prioritaria.

31Pocos intelectuales del XIX tuvieron tanta claridad sobre la importancia de la educación para el desarrollo del país como David Joaquín Guzmán. Al igual que Francisco Esteban Galindo, Guzmán pensaba que hacia el último tercio del XIX, El Salvador adolecía de la falta de verdaderos ciudadanos y culpaba de ello al poco cuidado que se le había dado a la escuela. Ambos plantearon la urgente necesidad de que el Estado retomara el papel de ente rector de la educación, subordinando y anulando lo que ellos consideraban la “perniciosa” influencia de las municipalidades y la iglesia.

32 En síntesis, el estado liberal y sus ideólogos pusieron la escuela muchas expectativas y responsabilidades, pero nunca tomaron en serio el financiamiento de la educación básica. Esta falencia se vuelve mayor si nos centramos en la educación del indígena, el cual además de la falta de recursos, arrastraba el lastre de los prejuicios y la marginación. Los indios nunca fueron integrados socialmente; continuaron siendo vistos en términos negativos, ya fuera como rebeldes, bárbaros e incultos, o como grupos condenados al atraso y la marginación, bien por sus actitudes o por la marginación y explotación histórica. Podría decirse que las actitudes de las elites hacia los indios oscilaron entre el rechazo y el paternalismo, entendido este como: “nos duele verlos así, pero no podemos hacer mucho”. Pero también por parte de los indios hubo recelos  fundados en la experiencia  que bloquearon o al menos dificultaron la integración. En 1916, el informe sobre las labores del Instituto de indígenas de Nahuizalco, presentado por el delegado examinador don Lisandro V. Montiel, señalaba que los recelos y contradicciones entre indios y ladinos eran un valladar que separaba a ambos grupos sociales, por lo que “es el Maestro de Escuela el que debe hacer que se rectifiquen los erróneos conceptos que aborigen y ladino, tienen el uno respecto al otro”, lo cual permitiría una efectiva integración social38.

33Ahora bien, para Montiel esa integración requería que “el indio se convenza de que el ladino está mejor preparado para orientarlo en la consecusión (sic) de los altos fines de la Humanidad… y que el ladino comprenda que la actual depresión moral del indio  aparente o real  no es sino la resultante del rudo trato a que ha estado sometido; que como representante de las razas autóctonas, merece consideraciones que hasta hoy se le han negado, solo porque le agobia el abrumador peso de tres centurias de ignominia.” Para este funcionario, la escuela debía ser el lugar en que las diferencias étnicas se borraran, y en donde el principio de igualdad proclamado en la constitución debía hacerse efectivo. “Creo, pues, que no es conveniente la separación, en la Enseñanza, de los dos grupos étnicos que constituyen nuestro pueblo39”.

34Cuatro décadas después de la publicación de la “Cartilla cívica” de Galindo, los funcionarios de gobierno, confirmaban que “la educación republicana de las masas” aún era un sueño, y por lo tanto, buena parte de la población mantenía los prejuicios y las costumbres heredadas de la colonia. Al igual que en la década de 1880, se pensó que la solución estaba en la educación, volviendo a un círculo vicioso del que aún somos prisioneros. La educación es considerada la base para el desarrollo de los pueblos, pero no se le asignan los recursos que requiere para cumplir su misión.

Notas de pie de página

351 David Joaquín Guzmán (1846-1927), es uno de los más destacados e influyentes intelectuales de la época liberal. Doctor en Medicina por la Universidad de París; fue Secretario de Relaciones Exteriores y Ministro de Educación Pública, varias veces diputado, catedrático universitario y fundador del Museo Nacional, miembro de varias Academias científicas de Francia y España. Escribió numerosas obras de carácter científico: botánica, zoología, agricultura, clima, retórica, etc. Autor de la Oración a la bandera de El Salvador (1925). Entre sus obras destacan: “Especies útiles de la flora salvadoreña”, “Geología y mineralogía de El Salvador”, “Apuntamientos sobre la topografía física de la República de El Salvador” y “De la organización de la instrucción primaria en El Salvador.”.

362 Véase, David Browning, El Salvador, la tierra y el hombre, 4a ed., Biblioteca popular (San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos, 1998).

373 Adolfo Bonilla, Ideas económicas en la Centroamérica ilustrada 1793-1838, 1a ed. (San Salvador: FLACSO, Programa El Salvador, 1998), págs. 122 y 126. En la misma línea iban las ““Instrucciones (ficha : 1844)”:/index.php?action=fi_aff&id=1844 ” que el Real Consulado de Comercio dio a Antonio Larrazabal, diputado a Cortes de Cádiz en 1810.

384 Citados por Héctor Lindo-Fuentes, La economía de El Salvador en siglo XIX, trans. Knut Walter Benjamin, 1a ed. (San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos, 2002), pág. 224.

395 Aldo Lauria-Santiago, “Los indígenas de Cojutepeque, la política faccional y el Estado en El Salvador, 1830-1890,” in Identidades nacionales y Estado moderno en Centroamérica, ed. Jean Piel and Arturo Taracena (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica-FLACSO, 1995). Y Carlos Gregorio López Bernal, “El levantamiento indígena de 1846 en Santiago Nonualco. Conflictos locales, etnicidad y lucha de facciones en El Salvador,” Revista de Historia 42 (2000).

406 Discurso pronunciado por el señor Teodoro Moreno, en la clausura del Congreso Legislativo. Diario Oficial, 19 de marzo de 1882, pág. 278. Moreno tenía amplia experiencia en labores gubernamentales; fue gobernador de Santa Ana y siempre se distinguió por sus actitudes progresistas. Propietario de fincas cafetaleras, sabía perfectamente cuáles eran las necesidades de los productores, como se refleja en el decreto de extinción de tierras comunales que presentó a la Asamblea y que fue aprobado.

417 Esteban Castro fue un connotado abogado que ejerció también la docencia universitaria y el periodismo. Asimismo fue miembro de varios gabinetes de gobierno. En 1880, fundó en compañía de otros estudiantes universitarios el periódico “La Discusión”, en 1888 fue el primer director de la revista “La Universidad”. Además fue miembro de la masonería salvadoreña y fue impulsor de los estudios meteorológicos en El Salvador. Véase, Carlos Gregorio López Bernal, “La meteorología en El Salvador (1586-1919). De la curiosidad y la pasión científica a la indiferencia,” Repositorio 1 (2003).; y Roberto Armando Valdés Valle, “Ideas sobre socialismo y comunismo en El Salvador de finales del siglo XIX (1880-1897),” Revista Estudios Centroamericanos 62:707.

428 Véase Esteban Castro, “Estadística de la Jurisdicción Municipal de San Vicente escrita por el bachiller pasante don Esteban Castro por comisión de la Municipalidad,” in Documentos y datos históricos y estadísticos de la República de El Salvador (San Salvador: Imprenta Nacional, 1926), pág. 95.

439 Véanse Aldo Lauria-Santiago, Una república agraria. Los campesinos en la economía y la política de El Salvador en el siglo XIX , trans. Márgara Zablah de Simán, 1a ed. (San Salvador: Dirección de publicaciones e impresos, 2002), cap. 4.; y Lindo-Fuentes, La economía de El Salvador en siglo XIX , pág. 241.

4410 Véase David Browning, El Salvador, la tierra y el hombre, 4a ed., Biblioteca popular (San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos, 1998). Para ejemplos puntuales de cómo otras municipalidades intentaron dedicar sus ejidos a cultivos comerciales, véase, Carlos Gregorio López Bernal, “Las reformas liberales en El Salvador y sus implicaciones en el poder municipal, 1871-1890,” La Universidad 1 (2008).

4511 Mario Samper, Producción cafetalera y poder político en Centroamérica, 1a ed. (San José: EDUCA, 1998), pág. 93.

4612 Aldo Lauria-Santiago, Una república agraria, págs. 254-260.

4713 Discurso pronunciado por el señor Teodoro Moreno, en la clausura del Congreso Legislativo. Diario Oficial, 19 de marzo de 1882, pág. 278.

4814 Véase Bradford Burns, “La infraestructura intelectual de la modernización en El Salvador, 1870-1900,” in Lecturas de historia de Centroamérica, ed. Luis René Cáceres (San José: BCIE-EDUCA, 1989).

4915 David Joaquín Guzmán, Apuntamientos sobre la topografía física de la República de El Salvador, 1a ed. (San Salvador: Tipografía El Cometa, 1883), pág. 507.

5016 L. A. Ward, ed. Libro azul, 1a ed. (San Salvador: Bureau de publicidad de la América Latina,1917), pág. 47. Esta afirmación general era confirmada en el terreno por un informe del delegado examinador en el Instituto de indígenas de Nahuizalco: “Los restos de las razas primitivas que aun existen en el país, sin mezcla de elementos étnicos extraños… se caracterizan por el apego a sus tradiciones, a sus prácticas y su lenguaje, y por la desconfianza con que reciben sus relaciones con el ladino”. Informe del Instituto de indígenas de Nahuizalco, presentado por el delegado examinador don Lisandro V. Montiel. En David Rosales, “Memoria de Instrucción Pública, correspondiente al año de 1916,” (San Salvador: Imprenta Nacional, 1917), pág. 64.

5117 Cuando organizó el pabellón de El Salvador en la Exposición Mundial (Paris, 1889), Guzmán incluyo una importante cantidad de objetos elaborados por indígenas, tanto antiguos como contemporáneos. David Joaquín Guzmán, “Catálogo oficial de los productos que la República del Salvador envía a la Exposición Internacional de Paris de 1889,” (San Salvador: Imprenta Nacional, 1888).

5218 Sobre las visionarias propuestas de Guzmán en el campo educativo, véase ———, De la organización de la instrucción primaria en El Salvador, 1a ed. (San Salvador: Imprenta Nacional, 1886).

5319 Ward, ed. Libro azul. págs 47, 49 y 50.

5420 Ward, ed. Libro azul. pág. 51.

5521 Héctor Lindo-Fuentes, “Las primeras etapas del sistema escolar salvadoreño en el siglo XIX,” in Seminario Política, Cultura y Sociedad en Centroamérica (Managua, 1997), pág. 5.

5622 Mensaje dirigido por el Presidente de la República Mariscal don Santiago González, a la Asamblea General, en la apertura de sus sesiones ordinarias el 26 de enero de 1874. Citado por Francisco de Paula Suárez, Noticias generales de la República de El Salvador, 1a ed. (Lima: Tipografía La Patria, 1874), pág. 22.

5723 Francisco Esteban Galindo fue abogado de profesión, pero ejerció también la docencia y el periodismo. Liberal de ideas exaltadas, entró en conflicto con algunos gobernantes. En 1887 publicó un libro titulado “Elementos de Pedagogía”, en el cual planteaba sus preocupaciones sobre el tema de la enseñanza y el problema del indígena. En él decía: “el indio es un problema social. La escuela y no el altar, el maestro y no el sacerdote, están llamados a resolverlo.”

5824 Francisco Esteban Galindo, Cartilla del ciudadano, 1a ed. (San Salvador: se, 1874), págs. XI y XII. El énfasis es mío. Por decreto del ejecutivo, la Cartilla se adoptó como texto obligatorio para las escuelas primarias. En 1903 se hizo una tercera edición de 12,000 ejemplares, y es frecuentemente citada en los informes de los inspectores de educación primaria.

5925 Francisco Esteban Galindo, Cartilla del ciudadano, pág. IV.

6026 El ministro de instrucción pública al gobernador de La Libertad, 19 de mayo de 1881. Archivo General de la Nación en adelante AGN, Gobernación de La Libertad, sección Documentos quemados, caja 95.

6127 El ministro de instrucción pública al gobernador de La Libertad, 21 de mayo de 1881. AGN, Gobernación de La Libertad, sección Documentos quemados, caja 95.

6228 Guzmán, De la organización de la instrucción primaria en El Salvador, pág. 5.

6329 Guzmán, De la organización pág. 16.

6430 Guzmán, De la organización, pág. 18. El énfasis es mío.

6531 Guzmán, De la organización, pág. 198.

6632 Guzmán, De la organización, págs, 200-201.

6733 Guzmán, De la organización, pág. 208.

6834 Darío González, Lecciones de geografía para la enseñanza en las escuelas primarias, 1a ed. (San Salvador: Imprenta Nacional, 1876), pág. 196.

6935 Santiago Ignacio Barberena, Descripción geográfico y estadística de la República de El Salvador, 1a ed. (San Salvador: Imprenta Nacional, 1892), pág. 50.

7036 Pedro S. Fonseca, ed. La república de El Salvador, 1a ed. (New York: Imprenta O’Brien inc,1924), pág. 184. David Joaquín Guzmán, Instrucción cívica y moral práctica y social, 1a ed. (San Salvador: Imprenta nacional, 1914), pág. 118.

7137 David Joaquín Guzmán, Instrucción cívica, pág. 118.

7238 Informe del Instituto de indígenas de Nahuizalco, presentado por el delegado examinador don Lisandro V. Montiel. En Rosales, “Memoria de Instrucción Pública, correspondiente al año de 1916.”, pág. 64.

7339 Informe del Instituto de indígenas de Nahuizalco, pág. 65.

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Para citar este artículo :

Carlos Gregorio López Bernal, « El pensamiento de los intelectuales liberales salvadoreños sobre el indígena, a finales del siglo XIX », Boletín AFEHC N°41, publicado el 04 junio 2009, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=2198

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