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AFEHC : avances : Rubén Darío Criollo o raíz y médula de su creación poética : Rubén Darío Criollo o raíz y médula de su creación poética

Ficha n° 2254

Creada: 22 septiembre 2009
Editada: 22 septiembre 2009
Modificada: 22 septiembre 2009

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Autor de la ficha:

Miguel AYERDIS

Editor de la ficha:

Felipe ANGULO

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Rubén Darío Criollo o raíz y médula de su creación poética

Reseña del libro de Diego Manuel Sequiera sobre Rubén Darío publicado en 1945, por el hondureño Rafael Heliodoro Valle. El documento es presentado por el historiador Miguel Ayerdis.
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Palabras claves :
Revistas culturales, Nicaragua, Rubén Darío, Obra poética, Rafael Heliodoro Valle
Texto íntegral:

1

A manera de introducción

2El texto que hoy se da a conocer, Rubén Darío Criollo, escrito por el eminente polígrafo hondureño Rafael Heliodoro Valle (1891-1959) fue publicado en Nicaragua por la revista cultural Nuevos Horizontes (1941-1967) en “Navidad” de 1946. Fue uno de los colaboradores ocasionales de esta publicación que dirigiera desde sus inicios, a principios de la década de los cuarenta, hasta su cierre, a finales de los años sesenta del siglo XX, la poetisa María Teresa Sánchez (1918-1994).

3Valle también representó a ese intelectual latinoamericano, erudito, bien informado de todo lo que se producía en el continente, y por su vasta producción literaria e histórica se comprende el interés que despertara en él la edición en Argentina, publicada a finales del año de 1945, de la obra del escritor y crítico literario nicaragüense Diego Manuel Sequeira (¿?–1984), Rubén Darío Criollo o raíz y médula de su creación poética. Esta obra llamaría la atención del mundo intelectual interesado en la producción cultural dariana por la novedad de estudiar los inicios de la actividad literaria y periodística de Darío en su natal León de Nicaragua, en aquellos años de la segunda mitad del siglo XIX. Pero también porque representa una pequeña biografía de la vida de juventud del poeta, narrada de forma amena por el autor.

4Como dato curioso, el libro de Sequeira comentado por Valle ha tenido hasta hoy día una única edición (la de Argentina de 1945), con un tiraje de 1000 ejemplares. Pese a ello, esta obra junto con la Dramática vida de Rubén Darío escrita por Edelberto Torres y publicada en Guatemala en 1952, han sido y siguen siendo referencias fundamentales para los especialistas darianos que quieren ahondar en su etapa temprana de su vida.

5Miguel Ayerdis

Rubén Darío Criollo

6Diego Manuel Sequiera, Rubén Darío Criollo o raíz y médula de su creación poética (Buenos Aires, Argentina: Editorial Guillermo Krast Unida, 1945).

7Al final de la heroica indagación en los papeles viejos de Centroamérica, ha podido el doctor Diego Manuel Sequeira trazar un cuadro cabal de la labor de Rubén Darío que está dispersa en los periódicos de los cincos países y que abarca su producción iniciada el 26 de junio de 1880 —tenía 13 años— en que aparecieron en el “Termómetro” de Rivas, sus versos titulados “Una lágrima”. Al día siguiente la revista “El Ensayo” de León, publicaba “Desengaño” con el seudónimo-anagrama de “Bruno Erdía”. El 24 de julio de 1886 “El Mercurio” de Valparaíso divulgaba su artículo sobre el chileno don Hermógenes de Irisarri, hijo del famoso político, gramático y guatemalteco don Antonio José. Entre esas dos fechas ha movido el doctor Sequeira su azarosa investigación para demostrar contundentemente que al salir Darío en busca de ámbitos que estimularan su vocación poética, ya había leído en Centroamérica a muchos de los clásicos españoles y a no pocos de los franceses del siglo pasado y por lo mismo, ya había echado cimientos de su cultura como un autodidacta que tenía el más fino instinto para escoger sus compañías espirituales.

8En este volumen de apretada erudición, el doctor Sequeira nada desperdicia para trazar la ruta de Darío dentro del aire de su trópico natal, que habría de reencontrar, ya su gloria culminante, a su regreso en 1908. La tarea ha sido ardua, si se toma en consideración que en Centroamérica, salvo Costa Rica, los archivos y las bibliotecas disponen de materiales precarios y el verdadero investigador tropieza con las más hostiles dificultades, sobre todo tratándose de los periódicos de hace medio siglo. Esos periódicos tienen que ser localizados allá y no en otros países en que las hemerotecas ya están organizando sus preciosos arsenales. Naturalmente el doctor Sequeira ha tenido que utilizar todo lo que Darío publicó en sus años de escritor incipiente; es decir, que el arqueólogo literario ha tenido que compulsar y seleccionar mucho de lo que ofrece en este volumen, que no sólo por su contenido sino por la sobria presentación tipográfica y las 21 láminas facsimilares que lo exornan, hacen de él un magnífico documento que invita a conocer los aspectos inéditos de Rubén Darío que éste habría rehusado, pero que son de hoy en adelante un material muy necesario para escribir la biografía del poeta. La historia literaria de la América española tiene que reconocer que [en] la revisión del modernismo, tendrá que acudirse a las fuentes que el doctor Sequeira ha sabido analizar con paciencia devota.

9Pero no se ha limitado a explorar en la literatura periodística de entonces (63 diarios, 14 revistas); ha ido más a fondo, porque hay cartas que vienen a dilucidar ciertos pasajes que anhelábamos ver desde un ángulo más preciso y conocer para la mejor interpretación de la vida febril que Darío llevó antes de incorporarse plenamente a la cultura. Al decir esto no se infiere una ofensa a los países istmeños, sino que se hace una apreciación severa de lo que era entonces su paisaje espiritual bajo las panteras engalonadas que se oponían a todo lo que era signo de rebelión contra las formas tradicionales e infecundas.

10Darío padeció bajo el poder de Poncios y de Barrabases en el “bello central de América” y hasta tuvo que recibir dádivas de Mecenas que se odiaran entre sí (Estrada Cabrera y José Santos Zelaya); pero que se inclinaron ante la majestad de su gloria cuando ya la vieron en el zenit, saludada en los cuatro puntos cardinales de nuestro idioma con los más claros clarines.

11El doctor Sequeira inicia el libro llamando la atención hacia el águila real, el ave heráldica, que sin perjuicio de la importancia excelsa que tuvo el cisne en la poesía de Rubén Darío, resonó en sus poemas primordiales. El águila estaba de moda en el último cuarto del siglo XIX, desde que Víctor Hugo le dio una jerarquía diferente al sentirse en Guernesey, como Juan en la Roca del Apocalipsis. Llama la atención el autor de esta obra a la coincidencia que hay entre el 18 de enero de 1867, la fecha natalicia de Rubén Darío, y el 23 de febrero siguiente en el que la “Gaceta” de Managua anunció el hallazgo de una águila real. He aquí una disquisición augural de la que pudo prescindirse, aunque ello da espléndida oportunidad, para hacer gala de citas, entresacadas de los textos rubenarianos. Habría sido mejor precisar cómo y cuándo tuvo Rubén las primeras revelaciones de la imagen del mundo poético, al aprender a leer en la casa de la tía Bernarda, que –por otra parte— se complacía mucho, como hasta hoy es costumbre en León, de conversar con los escritores en el salón de su casa, y charlas de política y de literatura, más de aquella que de ésta. Si es cierto que el águila aparece insistentemente en la vida y la obra de Darío, también el león pasa por algunos de sus versos y entonces será necesario rehacer el primer capítulo de este libro. León, la ciudad en que fue bautizado; un león esculpido sobre su tumba; y luego las alusiones que habría que buscar, tal como aquella de su soneto: “mientras parió la leona en su guarida”.

12Quiénes fueron los que estimularon al joven que tan extraordinariamente aparecía de súbito entre los doctores (José Dolores Gámez, Modesto Barrios, el polaco José Leonard, el mexicano Ricardo Contreras) y quiénes le amargaron aquellos días con las cuchufletas y los consejos de dómine (Enrique Guzmán); de quiénes recibió las influencias literarias (Zorrilla, Bécquer, José Joaquín Palma, Francisco Gavidia); y sus compañeros de aventuras a través de almas y de libros (Mayorga Rivas, Francisco Castro, Luis H. Debayle); y luego las palomas blancas y las garzas morenas, Isabel, Narcisa, Fidelina, Mercedes y Rosario. De todo ello, con la seguridad de quien ha sabido inquirir a fondo, nos da el doctor Sequeira minuciosas noticias. Y hasta los brindis en versos, los versos de álbum, los programas de las veladas literario-musicales, las gacetillas de los diarios que comentaban sus desplantes en público; todo eso vivo, cálido, está resumido en las páginas de este libro que ha ganado ya la importancia que tienen, para la biografía de Rubén, los trabajos de los chilenos Roberto Meza Fuentes y Julio Saavedra Molina, el argentino Arturo Marasso, el guatemalteco Máximo Soto May y el norteamericano E. K. Mapes.

13El capítulo VII tiene el valor fundamental para la tesis que sirve de eje a este libro: Darío encontró en la Biblioteca Nacional de Nicaragua donde colaboró al lado del director Barrios, un tesoro de cinco mil volúmenes que Emilio Cautelar había escogido por encargo del gobierno de aquel país, como paso previo a la fundación de dicha biblioteca en 1882. Fue allí donde encontró una fuente caudalosa que le permitió beber ávidamente en los clásicos españoles y en los franceses que le ampliaron las puertas de la revelación: Lamartine, Gautier, Mendès [¿Catulle?, 1841-1909], Goncourt. Y la prueba más definitiva la ofreció en 1884 al publicar su estudio sobre Calderón de la Barca, que va reproducido en este volumen, y que demuestra que Darío ya tenía conciencia literaria, estilo, sabiduría, que más tarde fueron la levadura de su poderío de escritor. Cuando el 29 de enero de 1886 publicó su réplica a Enrique Guzmán –El Balbuena criollo—para demostrarle que estaba correcta la expresión “simpatía derramada”, puso de manifiesto que le eran familiares, pues convocó sus textos para que le justificaran plenamente, desde Gutiérrez de Cetina hasta don Juan Valera.

14El doctor Sequeira ha sabido reconstruir el ambiente en que Darío recibió las primeras saetas de la envidia y la incomprensión. Aquel decreto del Congreso de Nicaragua concediéndole una beca para que estudiara en Europa y que nunca se cumplió, basta de testimonio. El libro del doctor Sequeira tiene atmósfera vital y todos los que buscan novedades sobre Rubén Darío lo leerán con interés auténtico y podrán comprender mejor la obra de quien renovó con su genio nuestra lengua y la hizo vibrar con nuevos acentos.

15Hay dos errores que deben señalarse: Dolores Montenegro era de Guatelama (p.125) e Ignacio Montes de Oca (p.173) era el árcade mexicano Ipandro Acaico, uno de los traductores de Píndaro. Pero esos gazapos en nada deslustran el brillo y la reverencia cordial con que este libro ingresa victoriosamente en la bibliografía rubendariana, para recreo y gozo de quienes aman la poesía pura y acuden a sus orígenes con la seguridad de olvidarse, siquiera en el paréntesis de un día, de los terribles [¿tiempos?] que estamos viviendo y que ya nos obligan a repetir lo que Rubén aprendió del gran italiano: “¡I ovo gritando pace, pace, pace!”

16Por Rafael Heliodoro Valle