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AFEHC : articulos : Marte en un bochinche. Guerra, modernismo y nación en la Nicaragua de 1896 : Marte en un bochinche. Guerra, modernismo y nación en la Nicaragua de 1896

Ficha n° 2360

Creada: 20 marzo 2010
Editada: 20 marzo 2010
Modificada: 15 enero 2011

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Autor de la ficha:

Iván MOLINA JIMENEZ

Editor de la ficha:

David DíAZ ARIAS

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Marte en un bochinche. Guerra, modernismo y nación en la Nicaragua de 1896

El presente artículo analiza el imaginario creado por el periódico El Heraldo de la Guerra a propósito del conflicto que, en la Nicaragua de 1896, enfrentó al gobierno de José Santos Zelaya con los liberales de León. Las particularidades de esta confrontación, en la que los conservadores de Granada combatieron a disgusto a favor de un régimen al que se oponían, explican en mucho que, en vez de recuperar las recientes tradiciones locales de invención de la nación, la propaganda oficial, a tono con el temprano modernismo de esa época, apelara a la Antigüedad clásica para ofrecerle a quienes defendían el orden establecido un referente básico con el cual identificarse.
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Palabras claves :
Nicaragua, Guerra civil, Modernismo, Nación
Autor(es):
Iván Molina Jiménez
Fecha:
Marzo de 2010
Texto íntegral:

1La primera versión de este trabajo fue publicada en Frances Kinloch, ed., Nicaragua en busca de su identidad (Managua: Instituto de Historia de Nicaragua, 1995), págs. 351-380.

2

Palacio
Palacio

3El 24 de febrero de 1896, a las 10 de la mañana, el vapor “Ángela”, surto en el puerto de Momotombo, fue atacado por una fuerza de unos 500 efectivos; dado que la nave estaba lista para zarpar, sus 40 ocupantes repelieron con éxito el asalto, aunque con el saldo de varios muertos y heridos1. Este tiroteo fue el inicio de una revuelta contra José Santos Zelaya que, después de casi tres meses de guerra, fracasó. El epicentro rebelde fue León, donde una asamblea de diputados occidentales, tras desconocer al gobierno, elevó a presidente a Francisco Baca y a general en jefe a Anastasio J. Ortiz2.
La configuración política que cristalizó a raíz de tal enfrentamiento fue poco ortodoxa: Zelaya, un liberal con cuyo ascenso al poder finalizó el período de los “Treinta Años” (1857-1893), de predominio de los conservadores, dependió de estos últimos para sofocar la acometida de los liberales. El 27 de febrero de 1896, El Heraldo de la Guerra, un periódico oficial, advertía:

4“ayer, entre las 10 y las 12 del día, hubo en la casa que fué del General don Frutos Chamorro, y que es hoy de sus hijos y nietos, una reunión de correligionarios políticos nuestros, á fin de recibir á la comisión conservadora de Managua, que vino á solicitar el concurso de Granada, para salvar al país de las garras de la demagogia leonesa3 ”.

5La derrota de los insurrectos exigía el decidido concurso de los adversarios tradicionales, cuyo apoyo al gobierno tuvo por trasfondo el viejo conflicto entre León y Granada. El joven conservador Emiliano Chamorro, con casi 25 años y el grado de capitán en 1896, expresó sin vacilación que combatía a disgusto cuando Zelaya, durante una inspección a las tropas ubicadas cerca del puerto de Momotombo y por medio del general Nicasio Vázquez, lo convidó a cenar. La actitud del invitado fue clara:

6“(...) me pareció mejor ser franco con Vázquez para evitar que el Gral. Zelaya sufriera una equivocación respecto a mi conducta, diciéndole a Vázquez: ‘Agradezco al Gral. Zelaya su generosa invitación, pero no quiero que mi presencia lo haga pensar que yo desisto de mi oposición franca y firme a su Gobierno. Hágame favor de decírselo así[4] ’”.

7El traslape de lo local y lo partidista en el conflicto de 1896 originó una compleja urdimbre política: los aliados del presente eran los opositores del pasado y – verosímilmente – del futuro, y los enemigos de hoy eran los partidarios de ayer y quizá del porvenir5. El desafío ideológico implícito en un espectro de fuerzas de este tipo fue enfrentado sin tardanza por la propaganda oficial. El periódico El Heraldo de la Guerra6, que circuló entre el 26 de febrero y el 14 de mayo, fue el eje de un dinámico proceso de elaboración de imágenes, que invocó vestales y clarines, hidras y ángeles, monstruos y fénix.

La lira de Tirteo

8El Heraldo comenzó su actividad periodística con una proclama solemne, en la cual el estallido de la guerra, en vez de ser anunciado por los tiros, era presagiado por graves acordes marciales:

9“la trompa bélica ha sonado una vez más en los campos de nuestra hermosa Nicaragua. La lira de Tirteo tañe en los campos y poblaciones, en la selva y en la ciudad, pidiendo el restablecimiento de la ley, hollada en mal hora por nuestros hermanos7 (...)”.

10La distancia entre Tirteo y los dioses antiguos era suficientemente corta, lo que facilitó que el periódico la transitara sin esfuerzo; de acuerdo con el editor, el ejército de Zelaya escribiría una

11“(...) nueva y lujosa pájina en la historia patria (...) con sangre nobílisima. ¿Y qué significa un poco del licor de Marte vertido en cambio de una corona de laurel, que es ciertamente el premio que nos espera? (...) Cúmplenos pues, á fuer de valientes, recoger el guante injustamente lanzado, prepararnos para el duelo8 (...)”.

12La conscripción, que usualmente se ensañaba con los pobres del campo y las urbes9, fue convertida por el periódico en una práctica en extremo popular, que se asumía con alegría y entereza:

13“es indecible el entusiasmo con que acuden á alistarse los jóvenes de nuestra sociedad managüense. El grito de ¡viva Zelaya! ¡Viva el Gobierno! tiene el poder de corriente eléctrica en nuestra juventud. ¡Adelante (...) la gloria es vuestra! El Dios de la guerra está con vosotros (...) Un fénix en cada uno de vosotros, espera Managua10 ”.

14La experiencia en Masaya fue parecida a la de la capital: alistarse era casi una fiesta; según la edición del 27 de febrero, en la estación del ferrocarril,

15“(...) se han parodiado lujosamente aquellas escenas de Esparta antigua: las madres empujan á sus hijos. Los heraldos de la fama dirán al mundo vuestro patriotismo y comentarán vuestros nombres11 ”.

16El apoyo que a disgusto dieron los conservadores a Zelaya, y que tenía por base la vieja disputa entre Granada y León, adquirió otro matiz al ser descrito por el periódico el 28 de febrero:

17“(...) los principales hombres públicos de nuestro país (...) olvidando sus diferencias políticas y estrechándose alrededor de la bandera nacional, aúnan su esfuerzo patriótico para aplastar la hidra de la anarquía y de las malas pasiones, que (...) ha lanzado su reto desde las murallas del cuartel de León12 (...)”.

18El 28 de febrero, cuatro días después del ataque al vapor, el periódico terminó de perfilar el imaginario de la guerra; en un artículo evocador de los sonoros versos de Darío13, acotó:

19“la divina Astrea alzóse airada contra sus enemigos, fulminó su excomunión y despertó sus iras. La Fama acudió á su requerimiento y con mano de brocado de oro cubrió á los legitimistas. Los heraldos tocaron sus clarines prepotentes (...) Las vestales de la Patria encendieron y avivaron la pira sagrada del patriotismo, y al holocausto grandioso concurrieron todos sin excepción de personas (...) Esparta revive aquí, Atenas renace y Roma se reproduce14 ”.

20La identificación del tropical paisaje nicaragüense con la geografía que se baña en las olas de los mares Tirreno y Egeo, sin embargo, se había iniciado el día 27 de febrero, cuando el periódico afirmó:

21“la Cuesta y Nagarote son para nuestro pueblo lo que el Aventino y Janículo era para los romanos, diferencia hecha de que aquellos los ocupaban para pedir leyes, y los nuestros ocupan los suyos para restablecerlas (...) Como Júpiter del Olimpo lanzarán sus rayos contra los rebeldes15 ”.

22El imaginario de la guerra se elaboró eclécticamente. El grueso de los materiales procedía sin duda de la Antigüedad clásica, ya fuera de su historia o de su mitología; sin embargo, se recuperó también la concepción del honor, asociada con el duelo, una práctica típica de la Europa de la era Moderna16, y se integraron dos de los símbolos clave del progreso capitalista en el siglo XIX: la electricidad y el ferrocarril. El conjunto de imágenes utilizadas, amplio y variado – de la lira de Tirteo a la industrialización –, devela la sofisticación que la propaganda oficial alcanzó durante el conflicto.

Dioses y ángeles

23La vinculación de lo que ocurría en Nicaragua con las vicisitudes de griegos y romanos se profundizó a medida que la guerra se extendía. El 2 de marzo, al informar sobre la toma de Nagarote por las fuerzas leales a Zelaya, el periódico elogiaba la valentía de

24“(...) los brazos esforzados de [los generales] Páiz y Estrada, ó como es más propio y justo, Héctor y Aquiles modernos, nunca bien ponderados17”.

25La deificación olímpica de los principales líderes militares tampoco estuvo ausente. El 17 de marzo, el periódico dotó a uno de tales jefes con atributos que otrora fueron exclusivos de Júpiter:

26“el General Bonilla ocupó hoy sin combate la ciudad del Viejo desde donde establecerá sus operaciones. Del brazo esforzado de Bonilla partirán rayos sobre la chusma rebelde18”.

27La divinización de la cúpula militar fue tan fuerte y decidida que, diez días después, se extendió a sus bestias (víctimas de otro tipo de conscripción19), las cuales – al decir del periódico – no eran únicamente caballos, sino

28“(...) briosos corceles (...) cuyo resoplido es atronador, aparecen azogados, como que también sienten bélica exaltación, y piafan, y relinchan, y cocean por quebrantar con sus manos aceradas cabezas de trastornadores20 (...)”.

29La celebración de los jefes militares culminó al terminar el conflicto: al empezar el mes de mayo, se comenzó a levantar en Managua un arco de triunfo, ante el cual desfiló la cúpula militar, en pos de un glorioso y merecido tributo. La actividad, de acuerdo con la descripción de El Heraldo, fue propicia para observar efluvios ectoplasmáticos y luminiscentes; en efecto, el periódico, cuyo cierre se aproximaba, aseguró que

30“es el arco obra de buen mérito (...) En uno de los costados (...) se alzaba uno como altar adornado con las banderas de la República (...) Dicho trono, asiento de la República Mayor, estaba custodiado por una guardia de honor compuesta de oficiales, y en él tres pequeñas niñas: Berta Zelaya, Juana Zelaya y Alisia Gámez, esperaban el paso de los vencedores y dispuestas para coronar á los invictos Páiz, Méndez é Irineo Estrada. Cómo será la gloria, habíamos preguntado algunas veces, y anoche [7 de mayo] encontramos la respuesta. Los ángeles coronando á los guerreros. Las niñas no conocían á los Generales, pero no vacilaron al verlos aproximarse. Sin duda la afinidad de dos grandezas dióles en el corazón para decirles: son ellos; sin duda traen algo así como un nimbo ó aureola de luz que las niñas vislumbraron; ó las coronas se condujeron á su destino atraídas por las frentes de los gloriosos21 ”.

31El luminoso magnetismo frontal de los generales, una imagen propia de santos, dioses o ángeles, era afín con la descripción angelical de las niñas, dos de las cuales eran familiares de Zelaya. El uso de figuras cristianas en el imaginario de la guerra fue limitado, aunque El Heraldo identificó algGobierno con la “(...) causa santa de los pueblos (...)”, llamó “(...) réprobos (...)” a los rebeldes y vislumbró en Francisco Baca una versión actualizada de “(...) Judas22 (...)”El cristianismo podía suministrar anatemas para condenar a los insurrectos en términos más cercanos a los oídos populares que las proezas de griegos y romanos; pero carecía del prestigio y de la riqueza marcial de la mitología.
La tradición cristiana – en contraste – sí ofrecía imágenes más apropiadas para designar a las mujeres y definir sus funciones en el conflicto. El 20 de marzo de 1896, el editor del periódico exclamaba:

32“Angeles en la tierra. Toda alma, toda espíritu, es la mujer nicaragüense. Eso decíamos en un número de ‘El Heraldo’. Tócanos agregar ahora: toda corazón, toda beneficencia, toda amor por el que sufre, toda filantropía para con el desgraciado; eso es, y para retratarla del todo faltan voces al Léxico de la lengua. El único nombre que nos parece más aproximado es el de ángeles en la tierra. Aquello decíamos y esto agregamos para consignar los nombres de las apreciables señoras y señoritas que con tanta abnegación desempeñan el papel de ángeles en la tierra, ya visitando los hospitales de sangre, ya sirviéndolos como les es posible23 ”.

33El esplendor angelical, sin embargo, era exclusivo de la piel de damas y damitas. Las mujeres de extracción popular eran, a diferencia de sus superiores sociales, las eventuales víctimas de violaciones y de otros abusos24, y las encargadas de cumplir labores más prosaicas. El 3 de marzo, Félix Zelaya especificó lo que la patria les exigía:

34“(...) que la débil anciana, la pudorosa doncella y la casta esposa no den reposo á sus manos, haciendo hilas para los heridos y galletas para los combatientes25 ”.

Fabricando héroes

35La equiparación de la cúpula militar con los dioses antiguos era un expediente peligroso: a la vez que legitimaba a los jefes, los alejaba del grueso de los oficiales y de la tropa. ¿Cómo salvar esa distancia? El Heraldo, experto en la ingeniería de lo imaginario, construyó un puente: el heroísmo. El héroe, acreedor al tributo y al aplauso divinos, acercaba a las personas comunes a las deidades, al tiempo que las invitaba a emular su –usualmente fatal – ejemplo. El 4 de marzo, ya el periódico insertó una gacetilla titulada

36“Espartana La señora madre del Brigadier Molina al recibir la noticia de la muerte de su hijo, exclamó: Mañana me iré yo con el otro26 ”.

37El óbito de Molina, sin embargo, careció del despliegue publicitario que tuvo el fallecimiento del oficial Andrés Largaespada, cuya tragedia fue deplorada por el mismo Zelaya:

38“hoy [11 de marzo] conquistó nuestro Ejército un lauro más en los campos de ‘Peña Ventosa’ y ‘El Tablón’ (...) Los laureles de este día, sin embargo, están regados por las lágrimas que muchos valientes, compañeros del esforzado Teniente Coronel don Andrés Largaespada, han consagrado á la memoria de este heróico hijo de Managua, que (...) murió como un espartano, abrazado al cañón enemigo. El Gobierno ha mandado hacer solemnes funerales á los restos de tan glorioso militar, á quien se ascendió á Coronel, en premio de su heroísmo27 ”.

39El doctor Leopoldo Ramírez, Ministro de Fomento y Hacienda, asistió en función oficial a las exequias de Largaespada y, dado que el difunto ya había cruzado “(...) las puertas de la inmortalidad”, le preguntó:

40“¿dónde aprendiste valiente, á salvar el honor y la dignidad de la República vilipendiada? Acaso Estrada desde su trono de héroe, infundió en tu juvenil espíritu su aliento poderoso de titán? ¿O esa pléyade de valientes colombianos, tus compañeros, te narraron en las horas del vivac, las proezas de Ricaurte, las glorias de Girardot28 ?”

41Lo que Largaespada contestó, si lo hizo, no figura en el periódico, pero entre el 4 y el 12 de marzo se activó un proceso de búsqueda sistemática de héroes. Este último día, después del discurso de Ramírez, el periódico colocó una gacetilla cuyo título era, simplemente,

42“Troya Al leer las proezas de nuestros valientes, se cree uno trasladado á los tiempos mitológicos, parece que se representa Troya con su guerra, y los nuestros en lugar de los valientes de Esparta. Oriente está justamente orgulloso de tener tan bravos hijos29 ”.

43La estela de Largaespada, pese al brillo oficial con que se cubrió su proeza, se opacó velozmente y, ya a comienzos de abril, el periódico se afanaba por encontrar otro héroe. El 9 de ese mes, y bajo el encabezado de “Predestinación”, otro atributo divino, exponía:

44“precisa creer en la fuerza de los acontecimientos, precisa creer en la predestinación. Hay quienes nacen con estrella de gloria que les trasa el camino del bien. Ramón Ocampo es uno de esos. A bordo del [vapor] ‘Angela’ estuvo listo para oponerse al movimiento naciente, y hundirlo allí mismo. En el descabellado movimiento ejecutado por Lara y Sediles, Ocampo lo descubre y toma parte en el castigo. Preciso es creer, Ramón Ocampo está predestinado para hacer oficios de centinela avanzado destacado desde las líneas del Gobierno30 ”.

45El caso de Ocampo era prometedor, pero tenía el grave inconveniente de que este eventual candidato a la gloria todavía vivía, por lo que admitirlo al panteón de los inmortales, aparte de improcedente, podía ser problemático. La falta de héroes era agravada porque no todos caían bravamente en el campo de batalla. El capitán Nicolás Castro, oriundo de El Salvador, expiró de meningitis en el Hospital Militar de Managua. El ministro Ramírez fue, otra vez, el encargado del elogio fúnebre; sin embargo, el entierro careció del brillo y la cobertura periodística que tuvo, casi un mes atrás, el de Largaespada31.
La carestía fue tal que, el 22 de abril, el periódico, obligado por tan difíciles circunstancias, convocó a la opinión pública para que colaborara en la detección de posibles candidatos a la gloria:

46“a las personas que hayan perdido deudos en la presente guerra y con ese motivo dispongan celebrar honras, pueden remitir sus tarjetas de invitación para publicarlas en esta hoja si así lo desean. El principal anhelo de ‘El Heraldo,’ es popularizar la enseñanza del honor con ejemplos de héroes32 ”.

Pérfidos y bochincheros

47La otra cara del imaginario de la guerra elaborado por El Heraldo era la visión de los enemigos. El enfoque inicial del periódico, en la perspectiva de un conflicto cuyo término se avizoraba a corto plazo, fue casi conciliador. El 26 de febrero, al prologar una proclama de Zelaya, el editor declaraba:

48“(...) quiere el jefe del Ejecutivo que esta publicación se distinga por su carácter mesurado para los agresores (...) hijos á quienes [la República] llamó preclaros, [los cuales] se apartan bruscamente del pabellón glorioso para izar la negra bandera del localismo33 (...)”.

49El día 27, el tono del periódico era ya un poco más fuerte: al definir la causa de los insurrectos, aseguraba que tenía

50“(...) como único fundamento el desorden; como única bandera el lábaro negro de la perfidia; como único lema, la ambición; como único propósito, la ruina del país; como único principio el localismo (...) [por lo cual sus líderes no eran más que] promotores del bochinche (...) engañadores que de alarma en alarma, de mentira en mentira, han conducido como prosélitos de su falsa causa á inocentes del pueblo honrado34 ”.

51La edición del 28 de febrero calificaba a los insurgentes de “Caínes”, la del primero de marzo de “insensatos parricidas” y de “chusma de políticos de mala ley”, y la del 2 los trataba de “réprobos35 ”. El 10 del mismo mes, en una proclama firmada por el general L. Fonseca, se afirmaba que “los traidores serán arrollados36 (...)”y, quince días después, El Heraldo ofrecía en un editorial una precisión teórica acerca de la índole del conflicto:

52“en más de un órgano de la prensa del país hemos visto llamar revolución ó insurrección á la asonada, alboroto ó bochinche que el infernal espíritu demagógico hizo surgir del respiradero de malas pasiones en Occidente, el 24 de Febrero próximo pasado. Nosotros no decimos revolución ó insurrección, sino simplemente bochinche37 (...)”.

53La descalificación política y moral de la insurrección se complementó con otras estrategias, entre las cuales figuró el esfuerzo por diferenciar a los líderes de la revuelta del conjunto de la población, a la que se instaba a desoírlos. El afán por aislarlos fortalecía una imagen de unidad nacional, que era la que procuraba difundir el periódico desde el 28 de febrero:

54“pueblos de León y Chinandega: Nada debéis temer de las armas nacionales que van á hacer justicia en vuestro suelo, castigando el crimen y el desorden: la cuchilla de la ley en esta vez sólo se levanta para los culpables y de ninguna manera para los honrados y pacíficos moradores de poblaciones importantes de Nicaragua38 ”.

55El desvelo por aislar a la cúpula política y militar de la insurrección se veía socavado, sin embargo, por el profundo localismo que envolvía el conflicto. El 17 de marzo, El Heraldo se preguntaba:

56“(...) podrá la chusma leonesa venir á lavarse el polvo del combate en las cristalinas ondas de nuestro lago39 ?”

El empeño por dividir al ejército rebelde fue otro de los fines del periódico: a partir del 12 de marzo, difundió ampliamente una proclama del general Aurelio Estrada, en la cual

57“a todos los individuos que militen en las filas revolucionarias sea cual fuere su categoría [se] hace saber: que el señor Presidente de la República, que ve en esta lucha fratricida el extravío de nicaragüenses hermanos, á quienes no quiere de ninguna manera exterminar, les concede amnistía general, si se presentan pacíficamente; y además diez pesos de retribución cuando traigan consigo su rifle40 ”.

58El énfasis en el pillaje, los abusos y las atrocidades cometidos por las tropas insurrectas fue otro tópico que el periódico explotó desde temprano, en un afán por atraerse el apoyo de los propietarios. El 2 de marzo se advertía que el ejército insurgente se componía “(...) de cuanto habían podido reclutar41 ”. El 6, se aseguraba que, con el fin de ocultar sus bajas, los alzados “(...) tomaron el partido de quemar el rostro a los cadáveres42 ”. El 7, se informó que “(...) en las casas de Nagarote, ocupadas por los rebeldes, fueron objeto de violaciones algunas mujeres de la villa (...) [y que] no quedó un sólo cofre cuyas cerraduras no fueran falseadas y objeto de rapiña43 ”. El 12, se comunicó a los lectores que varias haciendas eran ya víctimas del saqueo44.
La descripción de los excesos de los insurrectos culminó el 16 de marzo, cuando el periódico trazó un cuadro dantesco:

59“un Jefe venido del campamento nos ha descrito el estado en que se halló el cadáver de Víctor M. Palacio, tomado prisionero de nuestras filas en El Obraje. Con un puñal introducido arriba de la horquilla del esternón como punto de entrada, terminaba en el corazón. Dieron fuego al cadáver que se consumió hasta parte de los muslos. Este joven servía como asistente del General Herrera. ¡Cuánta diferencia! los que de allá se han tomado comen con los nuestros, con los nuestros beben y aun cobran sueldo, son nicaragüenses, y eso basta45 ”.

60El éxito de las estrategias para aislar a los líderes y dividir a las fuerzas de los insurgentes fue, a corto plazo, en extremo limitado. Lo mismo se puede decir de la divulgación de las atrocidades y del pillaje y de los llamados a la unidad nacional. La guerra, que arrojó un saldo de unos 2.000 muertos, se extendió por casi dos meses y medio, una duración facilitada por la paridad de tropas, finanzas y equipo de los bandos en disputa. León, que disponía del mayor arsenal del país, ocupaba una posición vital en la red ferroviaria de Nicaragua y controlaba el importante puerto de Corinto46.
La intervención de tropas de Honduras y el apoyo de Estados Unidos inclinó a favor de Zelaya el curso del conflicto47; pero el virtual equilibrio de condiciones entre el gobierno y los insurrectos jamás se proyectó en la esfera de lo imaginario. La pléyade de dioses y héroes que defendía a la república, émulos de los titanes de Esparta, Troya y Roma, ejecutaba todo tipo de proezas al combatir bravamente en un bochinche contra una chusma de violadores, cobardes y criminales, jefeados por una cúpula de traidores y réprobos, capaz de sacrificar la patria en aras de un interés local y mezquino.
El desfase entre el imaginario bélico y su escenario vivido todavía persistió una vez finalizado el conflicto. El estallido de la paz obligó a El Heraldo a trocar la invectiva por el perdón, en aras de la conciliación nacional, desplazamiento que es visible ya en la edición del 4 de mayo:

61“Oriente se distinguió en la presente lucha por su valor, justo parece que ahora corone su obra siendo generoso con el vencido. Ojalá que nuestro pueblo tuviera positiva economía de palabras más ó menos duras para los de Occidente y que se reconozca en ellos á hermanos nuestros, alejando todo aquello que tienda á inferir agravio48 ”.

62La venida de la paz supuso, sin embargo, el comienzo de un fuerte proceso de centralización, que afectó política y económicamente a León; entretanto, los líderes insurgentes emprendían el camino del exilio49. El universo que trazaba el periódico era, en contraste, muy distinto:

63“más orgulloso habrá de sentirse [El Heraldo] si la parte oriental, á cuyo servicio ha estado, sustituye con la prudencia el valor que le ha distinguido; y ve en los occidentales á hermanos suyos; si depone sus glorias para celebrar la unión. Quiere hacer constar una vez siquiera que en León y Chinandega, si bien era mala la causa que sustentaban, eran en cambio bravos batalladores y que esa bravura también ‘El Heraldo’ la consigna como de nicaragüenses50 ”.

Detrás de los dioses y de los héroes

64El Heraldo, a la vez que elevaba a los oficiales y soldados del bando de Zelaya a la categoría de dioses y héroes, ofrecía evidencia de la composición ocupacional y social de las fuerzas oficiales. El Cuadro 1, elaborado con base en varias listas de heridos y golpeados atendidos en el Hospital de Sangre, permite vislumbrar quiénes eran los “bravos de Oriente”: de los 198 casos para los cuales se dispone de datos, 159 eran solteros, 106 eran oriundos de Managua, Granada y Masaya, 132 tenían menos de 30 años y, en términos de su oficio, prevalecían los artesanos y los jornaleros: 86 y 59 respectivamente.

65Cuadro 1 Grado, origen, estado, ocupación y edad de los heridos y golpeados atendidos en el Hospital de Sangre (1896)

66
_ Grado _ Casos _ Origen _ Casos _ Estado _ Casos _ Ocupación _ Casos _ Edad _ Casos
General 1 Managua 59 Soltero 159 Artesano 86 11-14 2
Coronel 3 Granada 30 Casado 34 Jornalero 59 15-19 29
Capitán 18 Masaya 17 Viudo 5 Agricultor 34 20-24 60
Teniente 34 León 13 sd sd Otros 19 25-29 41
Subteniente 16 El Salvador 13 sd sd sd sd 30-34 24
Sargento 37 Honduras 8 sd sd sd sd 35-39 18
Cabo 13 Nandaime 5 sd sd sd sd 40-44 11
Soldado 76 Rivas 4 sd sd sd sd 45-49 6
sd sd Jinotepe 4 sd sd sd sd 50 y más 7
sd sd Otros(1) 45 sd sd sd sd sd
Total 198 Total 198 Total 198 Total 198 Total 198

67(1) Incluye dos guatemaltecos, dos costarricenses, un holandés y un jamaiquino.
Fuente: El Heraldo de la Guerra (7 de marzo de 1896), pág. 5; (16 de marzo de 1896), págs. 5 y 6; (20 de marzo de 1896), pág. 5; (10 de abril de 1896), págs. 5 y 6; (14 de abril de 1896), págs. 5 y 6; y (25 de abril de 1896), págs. 5 y 6.

68*Incluye dos guatemaltecos, dos costarricenses, un holandés y un jamaiquino.
Fuente: El Heraldo de la Guerra (7 de marzo de 1896), pág. 5; (16 de marzo de 1896), págs. 5 y 6; (20 de marzo de 1896), pág. 5; (10 de abril de 1896), págs. 5 y 6; (14 de abril de 1896), págs. 5 y 6; y (25 de abril de 1896), págs. 5 y 6.

69La proporción de artesanos (un 43,4 por ciento del total) visibiliza el peso que tuvo el espacio urbano en el conflicto, una característica que El Heraldo destacó oportunamente el 5 de mayo:

70“en seguida que estalló la revolución, los principales artesanos de Masaya abandonaron sus ocupaciones para venir á trabajar voluntariamente y [a] como lugar hubiera en los talleres de la Escuela de Artes de esta ciudad. Terminada la guerra, vuelven á sus hogares, habiendo coadyuvado á la prontitud y eficacia de los trabajos. Fueron dados de baja ayer y se dirigen á sus respectivas casas, excepto algunos que habían abandonado los talleres para marchar al campo de operaciones51 (...)”

71La falta de evidencia impide precisar cuántos se alistaron voluntariamente y cuántos por la fuerza, pero un examen del trasfondo ocupacional de los artesanos devela el predominio de los albañiles (27) y carpinteros (22), dos oficios ubicados en la base de la jerarquía laboral. Los zapateros, otro gremio que tampoco gozaba de demasiado prestigio en el universo del trabajo urbano52, ocupaban una discreta tercera posición (12 casos). Los operarios con otras especialidades eran pocos: sastres (7), hojalateros (5), tipógrafos (3), plateros (2), reboseros (2), herreros (2), encuadernadores (2), un talabartero y un tarazanero.
El espectro de las ocupaciones restasntes, aunque falto de una tendencia definida, confirma la ventaja de los oficios urbanos: telegrafistas (3), barberos (3), pintores (2), escribientes (2), aserradores (2), un comerciante, un labrador, un picapedrero, un músico, un profesor de idiomas, un estudiante de ingeniería y un ingeniero militar. La distribución espacial de las categorías laborales arroja un total de 102 trabajadores asociados con el mundo urbano y 96 vinculados con el universo rural, un dato que esboza una desigual eficacia en la conscripción popular que se efectuaba en el campo.
El cruce de lo ocupacional con los grados permite explorar la estructura del ejército zelayista: el porcentaje de soldados era de 24,4 entre los artesanos, de 47,1 entre los agricultores, de 62,7 entre los jornaleros y de 10,5 en los otros oficios (los únicos en tal condición eran los aserradores). La jerarquía militar se definía en función del espacio urbano, ya que el grueso de la oficialidad procedía del universo artesanal, una tendencia que quizá se vinculaba con una mayor alfabetización de tales trabajadores, aunque no con la edad: en efecto, su promedio (25 años) era más bajo que el de los agricultores (33 años), el de los jornaleros (28 años) y el que prevalecía en las otras ocupaciones (29 años).
Los grados más altos, sin embargo, los ocuparon oficiales de carrera, a veces profesionales de la guerra. El general de brigada enlistado entre los heridos era un caso de este tipo: se trataba de William Reuling, un holandés de 34 años que declaró ser ingeniero militar53; a su vez, uno de los coroneles era el joven Abel Gallardo, de 24 años, oriundo de Honduras y estudiante de ingeniería. Los extranjeros, aunque de poca importancia estadística, destacaban cualitativamente: de los 198 casos, 27 eran foráneos, de los cuales únicamente 3 (el 11,1 por ciento) tenían la pedestre condición de soldado.
La composición de los egresos de la Junta Proveedora del Ejército, entre el 24 de febrero y el 23 de abril, facilita aproximarse a las condiciones de vida de las fuerzas de Zelaya. El Cuadro 2 traza una dieta, caracterizada por un amplio predominio de las harinas: galletas, tamales, pinol, maíz, arroz y frijoles. El bajo volumen de carne y de naranjas quizá obedecía a que la tropa complementaba las vituallas con la caza y la apropiación de frutas silvestres; en cualquier caso, es evidente que el consumo de ciertos bastimentos – cognac, vino de oporto, café – era privilegio de la oficialidad más alta54.

72Cuadro 2 Alimentos y bebidas. Junta Proveedora del Ejército. Egresos del 24 de febrero al 23 de abril de 1896

73
_ Alimentos _ Cantidad _ Bebidas _ Cantidad _ Otros suministros _ Cantidad

Galletas
2340 sacos Aguardiente 950 litros Café tostado y molido 50 saquitos (25 libras)

Plátanos
2189 sacos Alcohol 175 litros Quesos 1020 unidades

Tamales
348 sacos Cognac fino 6 botellas Hielo 30 quintales

Pinol
168 sacos Vino Oporto fino 12 botellas Manteca 9 latas

Maíz
65 sacos Cerveza 2 cajas Gallos 2 unidades

Azúcar
59 sacos sd sd Gallina 1 unidad

Arroz
58 sacos sd sd Huevos de gallina 14 unidades

Naranjas
48 sacos sd sd Medicinas surtidas 19 cajas

Sal
47 sacos sd sd Citrato de magnesia 12 libras

Frijoles
28 sacos sd sd Maicena 5 cajas

Caña de azúcar
26 sacos sd sd Panecillos 360 unidades

Dulce
5 sacos sd sd Persian 3 libras

Carne salada
5 sacos sd sd Seda 2 onzas

74Fuente: El Heraldo de la Guerra (27 de abril de 1896), pág. 3.

75La provisión de otro tipo de suministros se explica también en función de satisfacer variadas exigencias de la cúpula militar: palanganas y tazas enlozadas, almohadas y sábanas, toallas, jabón y sándalo, pizarras y artículos de escritorio (tinteros, lápices y plumas55 ). La diferenciación social, al expresarse con tanta fuerza en la cultura material del ejército, potenciaba el atractivo del botín, un expediente que permitía a la tropa y a la baja oficialidad compensar – en parte – su inferioridad económica, jerárquica y presumiblemente étnica. El general Aurelio Estrada, en un telegrama enviado el 3 de marzo, afirmaba con una cierta sorpresa:

76“(...) en la mañana se encontró al occidente de la población [de Nagarote] una factura de cadáveres de 57, entre ellos había militares de categoría, con botas y guantes56 ”.

77La captura de un botín apropiado, sin embargo, no atraía únicamente a los pobres del ejército. El 5 de marzo, al completar su informe desde Nagarote, Estrada se complacía en describir lo que dejó atrás el enemigo:

78“varios objetos se han encontrado en el campo, tales como aparatos telegráficos, alambre, etc. etc. En estos momentos llega Chon López de regreso de La Paz, trayendo consigo un buen botín de escritorio, el plano de campaña desde León hasta Managua, papel de dibujo, un estuche de geometría y otras menudencias (...) muchas de las cosas que abandonaron [los enemigos] en la fuga (...) los nuestros [las] han encontrado57 ”.

79La ejecución de todo tipo de proezas, que según El Heraldo era lo cotidiano en el batallar del ejército zelayista, se aunaba con la búsqueda del botín y, en un contexto de conscripción forzosa, de cualquier excusa para fugarse del campo de Marte. El examen de los atendidos en el Hospital de Sangre devela que, de 119 casos en los cuales se especificó el lugar de la herida o golpe, en 26 la lesión fue en una pierna, en 18 fue en una mano, en 16 fue en un brazo, en 14 fue en la cabeza, en 11 fue en el pecho y en 34 fue en otras partes del cuerpo, en cuenta pies, ingles, ojos, clavículas, nalgas y rabadilla.
La lesión tampoco se producía siempre durante la batalla. El sargento Marcelino Alvarado, rebosero de San Salvador y con 62 años, fue hospitalizado el 3 de abril a raíz de que lo golpeó “(...) en la cabeza (...) un cabo de su compañía58 ”. El carpintero Manuel Rivas, oriundo de Managua, con el mismo grado que el anterior, pero con 40 años menos, fue atendido el 14 de dicho mes porque, en un accidente o en un intento de suicidio, “se disparó un tiro en esta plaza [el cual] le atravesó el pulmón derecho59 ”. El albañil y capitán José García, de 36 años, casado y vecino de Nagarote, fue internado cinco días después, dado que se golpeó “(...) en el pecho haciendo trinchera60 ”.
Emiliano Chamorro fue a la vez testigo y actor en el juego que se tejía a partir de las lesiones: durante la batalla de “El Obraje”, su sargento (de origen indígena) se declaró herido, pero al examinarlo, “(...) vi que en el pómulo tenía una heridita tan mínima que más parecía un rasguñito (...)” El joven oficial, quizá sorprendido con su subalterno, lo instó a seguir en la batalla; sin embargo, un poco más tarde, al capitán le tocó

80“(...) en suerte ser herido en un dedo de la mano (...) Me llovieron felicitaciones de mis jefes por el triunfo y aproveché esto para pedir al Gral. Vázquez me concediera permiso para ir a Managua a curarme el dedo, pero el Gral Vázquez me contestó diciéndome que no hiciera uso de ese permiso porque las tropas sólo conmigo peleaban bien61 (...)”

Guerra, nación y modernismo

81La invocación de imágenes de la Antigüedad clásica no era un expediente inusual en Nicaragua: en 1874 por ejemplo, el Ministro de Guerra Isidoro López, al celebrar la batalla de San Jacinto, librada el 14 de septiembre de 1856 y que terminó con una derrota de las fuerzas de Walker, decía que José Dolores Estrada, héroe de tal combate, fue un

82“(...) ínclito soldado, grande como Leonidas, aquel celebrado espartano que obedeciendo las santas leyes de su patria la salvó de una formidable invasión extranjera, cerrando con su cadáver i el de 300 valientes que le acompañaban, el paso de ‘Las Termópilas’ a las numerosísimas huestes [de] Jerjes62 (...)”

83Lo peculiar de El Heraldo fue el carácter sistemático con que utilizó un variado conjunto de imágenes, originales de la historia, la geografía y la mitología de Grecia y Roma. El fresco pintado por el periódico, en el cual dioses y héroes vencían a una canalla de criminales y bandidos, era una forma de desequilibrar, en términos ideológicos y a favor del gobierno, la paridad de fuerzas militares entre el ejército de Zelaya y el de los insurrectos. La apelación a la Antigüedad, sin embargo, devela a la vez lo difícil que era todavía, en la Nicaragua de 1896, invocar un pasado propio y compartido.
La historia del país, desgarrada por viejos y largos conflictos de base local, ya entre León y Granada, ya entre liberales y conservadores, era poco apropiada para cumplir, en 1896, las exigencias ideológicas de la guerra. La compleja vida política de Nicaragua a partir de 1821 ofrecía a los intelectuales de fines del siglo XIX identificados con Zelaya, un terreno escabroso: para enfrentar el desafío de sus partidarios, el gobierno dependía del apoyo de sus opositores tradicionales. Lo más conveniente, en tal contexto, era descartar lo propio – inclusive la victoria sobre Walter – y apelar a un pasado ajeno.
El escaso éxito alcanzado en construir una versión no partidista de la historia de la patria, desligada de los conflictos políticos y militares, fue lo que obligó, en marzo de 1896, a glorificar a Largaespada, evidencia de que se carecía de un panteón consolidado y compartido de héroes nacionales. El fallido esfuerzo del periódico por fabricarlos al instante y para la ocasión, contrasta con el paulatino proceso de invención de tradición63, que se inició en la década de 1870, y cuyo eje fue la celebración del general José Dolores Estrada, un Leonidas que venció pero no cayó en la batalla de San Jacinto64.
La única cita de tal personaje que consta en El Heraldo figura en el discurso leído por el Ministro de Fomento durante las exequias de Largaespada, y es a la vez fugaz e imprecisa65. El orador, al limitarse a identificar al “titán” por su apellido, asoció a José Dolores con Aurelio Estrada, general en jefe del Ejército zelayista; en todo caso, esa mención se opaca en un contexto dominado por la evocación de Grecia y Roma. La recuperación de los procesos de invención de tradición iniciados en los “Treinta Años” conservadores fue, por lo menos durante la guerra, un fin que inquietó poco al Gobierno.
La victoria lograda por las fuerzas de Zelaya en Mateare el 2 de marzo de 1896, se celebró vivamente en Managua “(...) al son de la Marsellesa66 ”, y no del Himno Nacional, compuesto bajo la administración de Pedro Joaquín Chamorro67 (1875-1879). El conflictivo pasado de Nicaragua dificultó en extremo el proceso de inventarla como nación, lo que se visibiliza en la ausencia de la guerra contra Walker en las primeras historias del país68, y en el peso dado al potencial canalero para construir lealtades colectivas en función de una imagen nacional cuyo trasfondo era más geográfico que cultural y político69.
La adscripción de Nicaragua a la República de Centroamérica, con que se abre la Constitución de 189370, transparenta una identidad nacional todavía inmadura, que facilitaba convocar, al estilo de El Heraldo, culturas y pasados ajenos, una estrategia que tenía la ventaja adicional de invisibilizar la cuestión étnica71. ¿Por qué fue la Antigüedad clásica la elegida? El estudiante Emiliano Chamorro, que asistía al Colegio de Granada allá por 1889, evocaba varias décadas después que, en esa juvenil etapa de su vida,

84“(...) pasaba los domingos y días de asueto en la Biblioteca de los Chamorro ampliando mis conocimientos y leyendo libros de historia. Las Guerras Púnicas, las Guerras Médicas, Alejandro Magno, Aníbal (...) me atraían sobremanera72”.

85La experiencia de Chamorro quizá fue compartida por otros oficiales del ejército del gobierno, vinculados con familias prominentes y que gozaron de una enseñanza similar. El universo grecorromano, difundido por El Heraldo, no les era extraño y, eventualmente, les permitió identificarse con un contexto militar más prestigioso y brillante que el de la Nicaragua de 1896. El imaginario construido por el periódico, al acercar a la oficialidad a los dioses y titanes de otrora, la distanciaba de Zelaya, con lo que establecía una lejanía aceptable para los líderes conservadores que combatían a disgusto.
El periódico, sin embargo, fue más allá: en el imaginario que construyó, se visualiza la profunda influencia del modernismo (todavía joven, pero ya pujante) y, en particular, de la poesía dariana. La descripción de los piafantes corceles de los generales y de su esplendorosa coronación por niñas ascendidas a ángeles rima, aunque imperfectamente, con varias escenas de la “Marcha triunfal”. El poeta, entonces cónsul de Colombia en Buenos Aires, la compuso y publicó en mayo de 1895, para celebrar, con versos a veces atronadores que dibujan un desfile romano, al ejército argentino73.
El modernismo de El Heraldo suponía un conflicto cultural más amplio, que iba más allá de la guerra civil de 1896. El período de los “Treinta Años”, liderado por los conservadores, afirmó – pese a ciertas tendencias modernizadoras – una cultura provinciana y católica, opuesta al liberalismo leonés, en su conjunto más secular, cosmopolita y europeizante74. El periódico, al edificar el imaginario del conflicto con materiales importados de Grecia y Roma, golpeó dos veces: al tiempo que descalificó la acometida política y militar de León, desafió culturalmente el modelo de los – efímeros – aliados de Granada.

Epílogo

86El 1 de diciembre de 1895, Darío le escribió a Zelaya para ofrecerle sus servicios. El presidente, al contestarle el 12 de febrero de 1896, eludió el tema. El poeta insistió el 1 de abril, y el político precisó su respuesta: en una carta fechada el 14 de junio, agradeció la gentil y patriótica disposición del bardo, y aprovechó la ocasión para informarle de la guerra civil que acababa de terminar en Nicaragua. La victoria, afirmaba la voz oficial, fue para la causa justa, pero al precio de elevadas pérdidas, por lo cual

87“(...) cuando las circunstancias económicas lo permitan (...) me será grato aprovechar su valiosa cooperación en favor de los intereses generales, dándole algún encargo o encomendándole algún trabajo, de acuerdo con sus reconocidas aptitudes75 ”.

88La espera se extendió por casi diez años: Zelaya designó a Darío cónsul de Nicaragua en París en 1903, y en 1907, lo elevó a ministro residente en Madrid76. El joven de 1896, en contraste, quedó defraudado: errante y en apuros de dinero77, su creciente gloria lírica era incapaz de asegurarle un cargo. El poeta, en tales circunstancias, quizá jamás se enteró de la forma cómo –utilizado con específicos propósitos culturales y políticos– el modernismo contribuyó a la victoria oficial en una guerra que, aunque distante, era una útil y perfecta excusa para archivar su oferta de servicios y dejarlo como

89“(...) un titán que llora,
hombre-montaña encadenado a un lirio,
que gime, fuerte, que pujante implora:
víctima propia de su fatal martirio78 ”.

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90Acuña, Víctor Hugo, “Historia del vocabulario político en Costa Rica: estado, república, nación y democracia (1821-1949)” en Taracena, Arturo y Piel, Jean, comps., Identidades nacionales y Estado moderno en Centroamérica (San José: Editorial Universidad de Costa Rica, 1995), págs. 63-74.
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91
Notas de pie de página

921 El ataque dejó un saldo de seis muertos: el centinela y cuatro marineros que fallecieron durante el enfrentamiento, y otro que expiró en Managua. El Heraldo de la Guerra (26 de febrero de 1896), pág. 3; y (1 de marzo de 1896), pág. 4.

932 Para un análisis de dicho conflicto, véase: Benjamin I. Teplitz, “The Political and Economic Foundations of Modernization in Nicaragua: The Administration of José Santos Zelaya 1893-1909” (Ph. D. Thesis, Howard University, 1973), págs. 44-48 y 316-321; véase también: Arturo Taracena, “Liberalismo y poder político en Centroamérica (1870-1929)”, en Víctor Hugo Acuña, ed., Historia general de Centroamérica. Las repúblicas agroexportadoras, t. IV (Madrid: FLACSO-QUINTO CENTENARIO, 1993), pág. 207.

943 El Heraldo de la Guerra (27 de febrero de 1896), pág. 3.

954 Emiliano Chamorro, El último caudillo (Managua: Ediciones del Partido Conservador Demócrata, 1983), pág. 36. Chamorro fue uno de los que encabezó el levantamiento contra Zelaya en 1909, y ocupó la presidencia de Nicaragua entre 1917 y 1921 y en 1926; y Carlos Cuadra Pasos, Historia de medio siglo, 2da. edición (Managua: Ediciones El Pez y la Serpiente, 1964), págs. 36-43.

965 La configuración de alianzas tan inverosímiles no fue extraña en la Centroamérica del siglo XIX. Véase Lowell Gudmundson, “Sociedad y política (1840-1871)”, en Héctor Pérez, ed., Historia general de Centroamérica. De la Ilustración al liberalismo, t. III (Madrid: FLACSO-QUINTO CENTENARIO, 1993), págs. 205-218; y Víctor Hugo Acuña, “Política y sociedad en Centroamérica: la larga duración –siglos XIX y XX–”, en Klaus D. Tangermann, comp., Ilusiones y dilemas. La democracia en Centroamérica (San José: FLACSO, 1995), págs. 63-97.

976 Biblioteca Nacional “Rubén Darío”, Catálogo de periódicos y revistas de Nicaragua (Managua: Instituto Nicaragüense de Cultura y Biblioteca Nacional “Rubén Darío”, 1992), pág. 113. El editor de El Heraldo no consta en la ficha respectiva. Para una descripción de los intelectuales vinculados con Zelaya, véase Hernán Rosales, Nicaragua. Película de una vida (México: Gráficos Guanajuato, 1950), págs. 79-82.

987 El Heraldo de la Guerra (26 de febrero de 1896), pág. 1.

998 El Heraldo de la Guerra (26 de febrero de 1896), pág. 1.

1009 Teplitz, “The Political”, págs. 123-141. La movilización conjunta del gobierno y de los rebeldes totalizó unos 7.000 hombres. Para una vívida descripción de lo que era la conscripción todavía en 1915, véase Dana Gardner Munro, “A Student in Central America, 1914-1916”. Tulane: Middle American Research Institute, No. 51 (1983), pág. 32. Thomas Belt, que vivió en Nicaragua entre 1868 y 1872, aseguraba que “(...) los pobladores del campo llevan una vida fácil, excepto en tiempos de revolución, cuando son obligados a sumarse al ejército.” Thomas Belt, The Naturalist in Nicaragua (Chicago: The University of Chicago Press, 1985), pág. 282. La traducción es mía. La visita de Belt a Nicaragua fue anterior a la intensificación del trabajo forzoso de los indígenas, su ladinización y la expropiación de sus tierras, procesos que se agudizaron a fines de la década de 1870, especialmente bajo Zelaya (1893-1909). Jeffrey Gould, “Nicaragua: la nación indohispana” en Arturo Taracena y Jean Piel, comps., Identidades nacionales y Estado moderno en Centroamérica (San José: Editorial Universidad de Costa Rica, 1995), págs. 253-256; y Víctor Hugo Acuña, “Clases subalternas y movimientos sociales en Centroamérica (1870-1930)” en Acuña, Historia general, págs. 310-311.

10110 El Heraldo de la Guerra (26 de febrero de 1896), pág. 4.

10211 El Heraldo de la Guerra (27 de febrero de 1896), pág. 3.

10312 El Heraldo de la Guerra (28 de febrero de 1896), pág. 4.

10413 Prosas profanas empezó a circular en enero de 1897; sin embargo, ya en mayo de 1895, Darío publicó en Buenos Aires su célebre “Marcha triunfal”. Edelberto Torres, La dramática vida de Rubén Darío (San José: EDUCA, 1982), págs. 360 y 936.

10514 El Heraldo de la Guerra (28 de febrero de 1896), pág. 1.

10615 El Heraldo de la Guerra (27 de febrero de 1896), pág. 4.

10716 Victor G. Kiernan, The Duel in European History. Honour and the Reign of Aristocracy (Oxford: Oxford University Press, 1989).

10817 El Heraldo de la Guerra (2 de marzo de 1896), pág. 1. Todo paréntesis así [ ] es mío.

10918 El Heraldo de la Guerra (17 de marzo de 1896), pág. 6.

11019 La requisición de caballos y mulas fue una experiencia traumática para el joven Munro en 1915. Munro, “A Student”, págs. 31-33.

11120 El Heraldo de la Guerra (27 de marzo de 1896), pág. 1.

11221 El Heraldo de la Guerra (8 de mayo de 1896), pág. 2. El arco no estuvo listo para el desfile, una falla que el periódico atribuyó a “la premura con que se anunció y determinó la llegada de la primera columna (...)” Emiliano Chamorro la explicó por la prisa del gobierno en desarmar a los conservadores. Chamorro, El último caudillo, págs. 39-40. El Heraldo solo una vez invocó la simbología del 89 francés. El 2 de marzo, el periódico informó: “Al son de la Marsellesa subieron al cadalso los tiranos de la Francia (...) y al son de la obra inmortal de Rouget de l’Isle se celebra aquí [Managua] la noticia (...)” acerca de la victoria de las fuerzas gobiernistas en Mateare. El Heraldo de la Guerra (2 de marzo de 1896), pág. 3.

11322 El Heraldo de la Guerra (2 de marzo de 1896), pág. 1.

11423 El Heraldo de la Guerra (20 de marzo de 1896), pág. 2. La negrita es del original. Berta era hija de José Santos Zelaya. Orient Bolívar Juárez, ed., Por Nicaragua, por el partido liberal, por el general Zelaya: polémica histórica José Madriz, Adolfo Altamirano (Managua: Impresiones y Troqueles S. A., 1995), pág. 253.

11524 El Heraldo de la Guerra (7 de marzo de 1896), pág. 3; (9 de marzo de 1896), pág. 3.

11625 El Heraldo de la Guerra (4 de marzo de 1896), pág. 2.

11726 El Heraldo de la Guerra (4 de marzo de 1896), pág. 7. La negrita y el subrayado son del original.

11827 El Heraldo de la Guerra (12 de marzo de 1896), pág. 1.

11928 El Heraldo de la Guerra (12 de marzo de 1896), pág. 4.

12029 El Heraldo de la Guerra (12 de marzo de 1896), pág. 5. La negrita es del original.

12130 El Heraldo de la Guerra (9 de abril de 1896), pág. 3.

12231 El Heraldo de la Guerra (9 de abril de 1896), pág. 3.

12332 El Heraldo de la Guerra (22 de abril de 1896), pág. 4.

12433 El Heraldo de la Guerra (26 de febrero de 1896), pág. 1.

12534 El Heraldo de la Guerra (27 de febrero de 1896), pág. 1.

12635 El Heraldo de la Guerra (28 de febrero de 1896), pág. 4; (1 de marzo de 1896), pág. 1; y (2 de marzo de 1896), pág. 1.

12736 El Heraldo de la Guerra (10 de marzo de 1896), pág. 3.

12837 El Heraldo de la Guerra (25 de marzo de 1896), pág. 1.

12938 El Heraldo de la Guerra (28 de febrero de 1896), pág. 2.

13039 El Heraldo de la Guerra (17 de marzo de 1896), pág. 5.

13140 El Heraldo de la Guerra (12 de marzo de 1896), pág. 5.

13241 El Heraldo de la Guerra (2 de marzo de 1896), pág. 1.

13342 El Heraldo de la Guerra (6 de marzo de 1896), pág. 5.

13443 El Heraldo de la Guerra (7 de marzo de 1896), pág. 3.

13544 El Heraldo de la Guerra (12 de marzo de 1896), pág. 5.

13645 El Heraldo de la Guerra (16 de marzo de 1896), pág. 6.

13746 Teplitz, “The Political”, págs. 316-319. Altamirano, Adolfo, “Por Nicaragua, por el partido liberal, por el gral. Zelaya. 11 de julio de 1904”. Juárez, Por Nicaragua, págs. 187-188.

13847 Teplitz, “The Political”, págs. 318-319.

13948 El Heraldo de la Guerra (4 de mayo de 1896), pág. 6.

14049 Teplitz, “The Political”, págs. 319-321.

14150 El Heraldo de la Guerra (14 de mayo de 1896), pág. 1.

14251 El Heraldo de la Guerra (5 de mayo de 1896), pág. 4.

14352 Eric Hobsbawm, y Joan Scott, “Zapateros políticos” en Eric Hobsbawm, El mundo del trabajo. Estudios históricos sobre la formación y evolución de la clase obrera (Barcelona: Crítica, 1987), págs. 144-184; y Víctor Hugo Acuña, “Vida cotidiana, condiciones de trabajo y organización sindical: el caso de los zapateros en Costa Rica (1934-1955)” en Revista de Historia. San José, No. especial (1988), págs. 223-244.

14453 Reuling fue posteriormente jefe político de Matagalpa entre 1897 y 1898, cargo que desempeñó con un especial despotismo. Jeffrey Gould, “«Vana ilusión!» The Highlands Indians and the Myth of Nicaragua mestiza, 1880-1925” en Hispanic American Historical Review. 73: 3 (August, 1993), págs. 405-406.

14554 El vínculo entre el aprovisionamiento del ejército, la moral militar y la lealtad política, se discute en: Alan Forrest, Soldiers of the French Revolution (Durham: Duke University Press, 1990), págs. 125-154.

14655 El Heraldo de la Guerra (27 de abril de 1896), pág. 3.

14756 El Heraldo de la Guerra (4 de marzo de 1896), pág. 6. La participación militar era una vía para el ascenso social. Véase Volker Wünderich, “‘Dios hablará por el indio de las Segovias’. Las bases sociales de la lucha de Sandino por la liberación nacional en Nicaragua, 1927-1934” en Revista de Historia. San José, No. 17 (enero-junio de 1988), págs. 16 y 19.

14857 El Heraldo de la Guerra (6 de marzo de 1896), pág. 5.

14958 El Heraldo de la Guerra (10 de abril de 1896), págs. 5-6.

15059 El Heraldo de la Guerra (25 de abril de 1896), págs. 5-6.

15160 El Heraldo de la Guerra (25 de abril de 1896), págs. 5-6.

15261 Chamorro, El último caudillo, págs. 34 y 35.

15362 Semanal Nicaragüense (19 de septiembre de 1874), pág. 280. Agradezco esta referencia a Patricia Fumero. Para otra equiparación de Nicaragua con Grecia, véase Gaceta de Nicaragua (26 de septiembre de 1874), pág. 318. Los liberales costarricenses tampoco fueron ajenos al uso de símbolos de la Antigüedad clásica. El presidente Ricardo Jiménez, en 1912 comparaba a la república con Anteo. Acuña, Víctor Hugo, “Historia del vocabulario político en Costa Rica: estado, república, nación y democracia (1821-1949)” en Taracena y Piel, Identidades nacionales, pág. 69. Las canciones ticas sobre la guerra contra Walker, compuestas entre 1856 y 1857, y el “Himno Patriótico a Juan Santamaría”, escrito por el poeta Emilio Pacheco Cooper, invocan esporádicamente dioses y titanes. Revista ANDE. San José, Nos. 26-29 (enero-abril de 1968), págs. 209 y 308-326.

15463 Eric Hobsbawm y Terence Ranger, eds., The Invention of Tradition (Cambridge: Cambridge University Press, 1983), págs. 1-14.

15564 Patricia Fumero, De la iniciativa individual a la cultura oficial: el caso del general José Dolores Estrada. Nicaragua, década de 1870” en Frances Kinloch, ed., Nicaragua en busca de su identidad (Managua: Instituto de Historia de Nicaragua, 1995), págs. 307-349. La celebración de la batalla de San Jacinto fue iniciada por el mismo Estrada, práctica que se oficializó ulteriormente.

15665 Supra, cita 28. El origen de José Dolores Estrada quizá pesó en que tal héroe fuera descartado por El Heraldo: dado que era oriundo de Granada, la exaltación de su figura podía favorecer a los conservadores y ser utilizada, posteriormente, en contra de Zelaya. Fumero, “De la iniciativa individual”.

15766 El Heraldo de la Guerra (2 de marzo de 1896), pág. 3; supra, nota 21.

15867 Frances Kinloch, “El canal interoceánico en el imaginario nacional. Nicaragua, siglo XIX” en Instituto de Historia de Nicaragua, Taller de Historia. Nación y etnia. Managua, No. 6 (julio de 1994), págs. 46-47. Kinloch analiza la invención del nacionalismo oficial durante los “Treinta Años” conservadores sin considerar, suficientemente, las contradicciones de tal proceso. Herrera sí visualiza algunas. Véase: Herrera, Miguel Ángel, “Nacionalismo e historiografía sobre la guerra del 56. Nicaragua, 1850-1889” en Revista de Historia. Managua, No. 2 (1992-1993), págs. 27-39.

15968 Herrera, “Nacionalismo”, págs. 32-37.

16069 Kinloch, “El canal interoceánico”, págs. 49-53. El contenido cultural y político de las naciones, en tanto comunidades imaginadas, se explora en Benedict Anderson, Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism (London: Verso, 1991); y Eric Hobsbawm, Nations and Nationalism since 1780. Programme, Myth, Reality (Cambridge: Cambridge University Press, 1991).
fn70. Kinloch, “El canal interoceánico”, págs. 52 y 55. El tema de la unión centroamericana persistía también en el vocabulario político costarricense, pero únicamente en tanto aspiración lejana y (casi siempre) retórica. Acuña, “Historia del vocabulario”, págs. 67-68 y 72.

16171 Gould, “«Vana ilusión!», págs. 393-429; ídem, “La raza rebelde: las luchas de la comunidad indígena de Subtiava, Nicaragua (1900-1960)” en Revista de Historia. San José, Nos. 21-22 (enero-diciembre de 1990), págs. 69-117.

16272 Chamorro, El último caudillo, pág. 16. Cuadra afirma que los liberales eran “(...) muy dados a usar, imitando a los revolucionarios franceses, términos de la antigüedad romana (...)” Cuadra, Historia de medio siglo, pág. 37.

16373 Rubén Darío, “Marcha triunfal” en Poesías (Barcelona: Ebro, 1950), págs. 60-61; supra, nota 13; Torres, La dramática vida, pág. 365. Para un análisis de la renovación del lenguaje literario que significó el modernismo, véase: Rojas, Margarita, El último baluarte del imperio (San José: Editorial Costa Rica, 1995).

16474 Kinloch, “El canal interoceánico”, págs. 46-48 y 51-53; Munro, “A Student”, pág. 36; Ramírez Mercado, Sergio, “Balcanes y volcanes (aproximaciones al proceso cultural contemporáneo de Centroamérica)” en Torres Rivas, Edelberto, et al., Centroamérica hoy (México: Siglo XXI Editores, 1975), págs. 312-319; Rama, Ángel, Rubén Darío y el modernismo (Caracas: Alfadil, 1985), págs. 83-85; Beverly, John y Zimmerman, Marc, Literature and Politics in the Central American Revolutions (Austin: University of Texas Press, 1990), págs. 56-57; y Whisnant, David E., Rascally Signs in Sacred Places. The Politics of Culture in Nicaragua (Chapell Hill: The University of North Carolina Press, 1995), págs. 56-62. Para una comparación con el caso de El Salvador, véase: Burns, Bradford E., “The Intellectual Infraestructure of Modernization in El Salvador, 1870-1900” en The Americas. XLI: 3 (January, 1985), págs. 67-70.

16575 Alberto Ghiraldo, El archivo de Rubén Darío (Buenos Aires: Losada, 1943), págs. 158-159.

16676 Torres, La dramática vida, págs. 390-391.

16777 Margarita Rojas, “El centroamericano errante: nacionalismo y modernismo en la época liberal” en Revista de Historia. San José, No. 24 (julio-diciembre de 1991), págs. 9-20; Torres, La dramática vida, págs. 390-391.

16878 Rubén Darío, Azul (Buenos Aires: Tor, 1939), pág. 163. Darío, cuya designación como cónsul de Colombia expiró en octubre de 1895, se convirtió en secretario privado del Director de Correos de Buenos Aires en 1896. Torres, La dramática vida, págs. 376-377.

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Para citar este artículo :

Iván Molina Jiménez, « Marte en un bochinche. Guerra, modernismo y nación en la Nicaragua de 1896 », Boletín AFEHC N°44, publicado el 04 marzo 2010, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=2360

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