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AFEHC : diccionario : SARAVIA Y MORALES, Doña María Manuela de : SARAVIA Y MORALES, Doña María Manuela de

Ficha n° 2416

Creada: 14 mayo 2010
Editada: 14 mayo 2010
Modificada: 14 mayo 2010

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Autor de la ficha:

Rodolfo HERNANDEZ MENDEZ

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Publicado en:

ISSN 1954-3891

SARAVIA Y MORALES, Doña María Manuela de

Vicisitudes de una mujer hacendosa y sus deseos de continuar con la administración familiar cuando quedó viuda.
Cargo o principal ocupación:
Oficios de casa
Casó:

1Juan Bautista de Peralta

Nació:
Santiago de Guatemala, se ignora la fecha.
Murió:
Después de febrero de 1706.
Padres:

1Juan de Saravia y Nicolasa de Morales, vecinos de Santiago de Guatemala.

Resumen:

1
La vida de las mujeres durante la época colonial estuvo supeditada al marido, hasta cierto punto. Aportaban al matrimonio cierto caudal que les permitía tener parte en la hacienda familiar. Para el caso que nos ocupa en esta ocasión, veremos claramente cómo el pensamiento de esta mujer, que trabajó duramente para colaborar con el fomento del patrimonio familiar, le indicaba que, cuando falleció su marido, podía disponer libremente de los bienes que había adquirido con el fruto de su trabajo personal. Claro que estaba equivocada, pues las leyes eran claras al respecto, tal y como se lo mostró el curador ad lítem de los hijos de su esposo de su primer matrimonio.

2Doña María Manuela de Saravia y Morales quedó huérfana a los cuatro años, por lo que doña María de Morales y Acevedo, su madrina y esposa del ayudante general Cristóbal Fernández de Rivera, la crió hasta que se casó con el boticario Juan Bautista de Peralta. Quedó viuda el 24 de diciembre de 1703. Pocos días después expuso al alcalde ordinario, don José Calvo de Lara, por medio de procurador Esteban de la Fuente, que su marido falleció intestado y que dejó varios hijos legítimos de su primer matrimonio con Josefa de Alarcón: María y Miguel, menores de 25 años. Los hijos que Peralta tuvo con doña María Manuela fueron 6: José, Lorenzo, María, Bárbara y Antonio, menores de 25 años, y uno que estaba por llegar.

3De acuerdo con la ley 18, Título 32 y Libro II de la Recopilación de las Leyes de Indias, convenía que se hiciera inventario y avalúo de los bienes que dejó Peralta, así como que se nombraran curadores ad lítem. Éstos fueron Zeledón de Verraondo, para los hijos de Josefa de Alarcón; y Juan Antonio de Unzilla, para los hijos de doña María Manuela.

4La casa con techo de teja donde vivía con su marido e hijos estaba situada junto a la iglesia del Hospital San Pedro, y hacían esquina con éste. El 19 de febrero de 1704, el capitán Sebastián de Loaysa, alcalde ordinario, ordenó que se hiciera el inventario de los objetos y muebles que había en la casa del boticario; lo ejecutaron doña María, los valuadores nombrados, el escribano público Diego Coronado y los curadores ad lítem de los menores. En abril de 1704, doña María Manuela de Saravia solicitó que se aprobaran los inventarios de los bienes que dejó su marido Juan Bautista de Peralta, y que se mandara que los bienes que no se pudieran administrar se sacaran en almoneda y se remataran en los mejores postores; además que los autos se llevaran al contador de Tribunales para que procediera a la división y partición entre los hijos del difunto.

5Esteban de la Fuente, procurador del número de la Audiencia, en nombre de doña María Manuela Saravia, dijo que antes de enviar los autos al contador de Tribunales convenía al derecho de su representada justificar y probar lo que llevó de dote al matrimonio. Se quería probar, ya en concreto, que doña María Manuela llevó al matrimonio, por dote y caudal, 500 pesos en reales (en efectivo), un par de zarcillos de oro y perlas, dos sortijas, vestidos y demás ropa con que se casó, y que estos objetos valían 200 pesos. Todo lo cual le había dado el ayudante general don Cristóbal Fernández de Rivera, que procedía de la legítima paterna de ella. También llevó una pulsera de aljófar (perla de figura irregular), un par zarcillos de filigrana con perlas y cinco cuadros medianos, que eran parte de la dote.
También realizó “lícitas inteligencias” (actividades hacendosas) fuera y libre de la botica, y con el producto de estas actividades se compró una esclava llamada Ramona de condición mulata. También de lo mismo mandó hacer una pollera con encajes negros, una casaca de lama de color de carne provista de encajes amarillos, un vestido negro de tafetán doble, tres onzas y media de perlas de medio rostrillo (aljóbar de 1,200 perlas en onza). Todo esto compró o mandó a hacer para su uso personal, del caudal propio, sin intervención del caudal de su marido. El curador ad lítem de los hijos de Peralta de su primer matrimonio, Zeledón de Verraondo, se opuso a la separación y adjudicación de bienes que pretendía doña María Manuela de Saravia, además de su reconocimiento legal. Los argumentos que dio Verraondo fueron:

6(...) pues hasta ahora no se ha puesto duda, ni la había, en que lo que se adquiere durante el matrimonio, por el marido y la mujer, cada uno en las inteligencias en que se aplica (salvo las exceptuadas por derecho) son comunes y partibles sin que alguno de los consortes pueda intentar se le adjudiquen separadamente, suponiendo adquisición de dominio en ellas, con independencia del otro (...)

7Consideró que la petición de la viuda era absurda.

8El abogado de la Audiencia, Jerónimo de Zamora, dijo no haber lugar la solicitud de la viuda Saravia y negó la separación de bienes, que en este caso eran la mulata esclava Ramona y los vestidos. En agosto de 1704 se nombró por curador ad bona de los hijos menores de Peralta y su primera mujer al capitán Nicolás de Paniagua. Verraondo pidió que se le exonerara continuar con el cargo de curador ad lítem. Agregó que los menores a quienes representaba, huérfanos de padre y madre y sin ningún pariente, se encontraban con doña María Manuela de Saravia, quien los trataba con mucho amor y cariño, tratándoles como si fueran hijos suyos. En lo que sigue se puede apreciar varios aspectos de la vida cotidiana de las familias, con ingresos medios.

9En las cuentas que presentó doña María de Saravia por los gastos que había hecho después de la muerte de su marido manifestó que había pagado 30 pesos por una chichigua, india del barrio San Jerónimo, por la crianza de un hijo que le había quedado de pecho. Le pagaba 20 reales por mes y la contrató por un año. También compró 9 bulas de la Santa Cruzada, de 1 peso para ella, y 8 bulas de 2 reales cada una para el resto de la familia. Asimismo contrató a dos indios, de San Cristóbal El Bajo y Jocotenango, para que realizaran trabajo personal en la oficina de la botica, a 30 reales por mes cada uno. Compró 8 pares de zapatos para ella, a 1 peso cada uno, y 49 para los niños, a 2½ reales cada uno, hechos de cordobán y vaqueta. Para el sustento diario de 18 personas que había en la casa, incluyendo los empleados, se gastaban 18 reales: 2 reales de chocolate; 2 de tortillas; 4 de pan; 1 de carne, cuando podía comerse; 6 reales de jabón cada semana; 1 real de manteca y especias; 1½ de candelas; ½ real de lomo de vaca o de marrano. 1 real de mazorcas. 1 gallina. El viernes, 6 reales en pescado, manteca, verduras “y lo demás de plaza”. Pagó también 10 reales por un libro de Cicerón, para el hijo varón del primer matrimonio de su marido, que era estudiante “nombrado”.

10Además, sus relaciones sociales con personajes de reconocido prestigio social, por su poder económico y político, fueron no muy despreciables, cuando vivía su marido; pero al quedar viuda la situación cambió como veremos. El sargento mayor Matías Camacho de la Cuenca, de 65 años de edad, fue uno de los testigos que se presentó para la confirmación de la dote, las actividades hacendosas que realizaba. Se confirmó la versión de doña María Manuela sobre el papel del ayudante general Cristóbal Fernández de Rivera en la constitución de su dote. Juan Bautista de Peralta y doña María vivieron 8 años juntos. En ese tiempo ella tuvo diligencias (“muchas inteligencias”), tales como hacer aguardiente, con cuyos ingresos costeaba y pagaba los ingredientes y mozos que lo hacían. También hacía en cantidad pastillas de olor y cajas de dulce, para lo cual mandaba a traer el azúcar “en cantidad de arrobas”. Con el producto de la venta de estas mercancías pudo comprar a la mulata esclava Ramona, así como mandar a hacer la casaca de lama encarnada y encajes amarillos, el vestido negro de tafetán doble y las 3½ onzas de perlas de medio rostrillo. Para pagar estas perlas le faltaban 50 pesos y los pidió prestados al Sr. Antonio de Aparicio, canónigo de la ciudad de Guatemala, quien era su compadre. Además, cuando don Pedro de Padilla y don Juan de Ochovali (Ochavali) llevaron a la pila bautismal a sus hijos le regalaron cortes de polleras y de casacas de todo corte. Lo mismo hizo don Antonio de Otalora y don Juan de Quintana, cuando se hicieron compadres con la susodicha. Otro de los testigos interrogados para la confirmación de dote y las actividades hacendosas fue doña María de Morales y Acevedo, viuda del ayudante general Cristóbal Fernández de Rivera. Ella dijo que su marido, el ayudante general Fernández de Rivera le envió 500 pesos, a doña María de Saravia, con Juan, mulato esclavo, después de 2 días de casada. Por aparte, doña María de Morales le envió a Saravia unos zarcillos de oro y perlas, dos sortijas, vestidos y la ropa con que se casó, que tenían un valor de 200 pesos. Y como consecuencia de que Peralta no dio carta de dote, Fernández se enfermó y luego que sanó se trasladó a Chiquimula, donde murió.

11Otros testigos que confirmaron lo que los anteriores habían manifestado fueron el Br. Juan Ramírez de Guzmán y Arellano, presbítero, de 38 años, quien fue compadre de la primera mujer de Peralta, el ayudante General Don Francisco de Fuentes y Guzmán, quien había sido compadre de Saravia y su esposo en dos ocasiones, era de 36 años de edad y por último Juan de la Cruz, mulato esclavo de doña María de Morales y Acevedo, quien le dio permiso para jurar y testificar. Fue el esclavo que le llevó la dote a Saravia.

12El curador ad lítem de los hijos del primer matrimonio de Juan Bautista de Peralta, presentó un escrito donde nombró evaluador y fiscal al alférez Francisco de Esquivel, boticario, para que reconociera los géneros de la botica y que adicionara las cuentas que presentó la viuda María de Saravia, con la pretensión de formar cuentas por menor de los medios y reales que se vendían cada día. Esquivel era “enemigo capital” de la viuda porque había solicitado que se cerrara la botica que dejó Peralta. Lo que se pretendía con este nombramiento era que Esquivel no tuviera competencia comercial. En los autos de inventario y avalúo de los bienes del difunto se mandó que la viuda afianzara, en debida forma, la tutela de sus menores hijos. Ofreció por fiador al ayudante general don Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, entonces síndico de la ciudad de Guatemala, opción admitida por el alcalde ordinario don Sebastián de Loaysa. La fianza aseguraría la tutela de sus hijos y curaduría de ellos. Aunque se admitió al fiador, éste no extendió ningún documento. El 14 de enero de 1706 se le notificó que debía afianzar y doña Manuela dijo que había hecho muchas diligencias en busca de persona que le extendiera la fianza, y que con el poco o ningún conocimiento que tenía en esta ciudad, y haber quedado viuda y desvalida, sin amparo alguno, no había encontrado quien la quisiera ayudar con la fianza. La fianza aseguraba que el obligado a una acción o compromiso cumpliera con lo establecido. Doña María quería la tutela de sus hijos, así como administrar los bienes que dejó su marido, incluyendo la botica.

13En febrero doña María estaba enferma en cama y otorgó su testamento ante el escribano Diego de Coronado. Pidió ser sepultada en la catedral de Guatemala, donde era feligresa, en la capilla del Sagrario, donde estaba sepultado su marido. Dejó 6 hijos: José, 10 años; Lorenzo, 8 años; Luis, 6 años; Bárbara, 4 años; Antonio, 3 años y Juana de 2 años. Los hijos de su marido del primer matrimonio los tuvo en su casa desde que éste falleció, alimentándolos, vistiéndolos y asistiéndolos. Se puede señalar que tenía varias deudas: una de 720 pesos y 7 reales con Antonio Fernández Méndez, boticario y vecino de México, 120 pesos con don Francisco Lancha, 120 pesos por 14 libras y 14 onzas de Ojasen (¿?), 100 pesos con don Agustín de la Cagiga y Rada por el vestuario de los niños, más de 7 pesos con el maestro de barbero Francisco de Mendoza, 300 pesos con el Capitán don Antonio de Otalora, su compadre, “cantidades menudas” con Baltasar de Campos, asistente de su casa y botica y en fin con el mercader Juan del Río, mercader, los que constara por su libro de cuentas, por los géneros que le dio para vestir a sus hijos.

14No mencionó a cuánto ascendían las deudas a su favor, solamente mencionó que por los documentos y recetas que tenía en la botica, le debían varias cantidades que le constaba a Campos, quien las había despachado.
Después de su muerte continuaron los problemas entre los herederos y los acreedores y especialmente con el curador ad bona designado para ellos, quien cerró la botica, echó a la calle a Lorenzo y envió a José a Escuintla con un cuñado suyo que era religioso. Éste lo devolvió con otro religioso pero lo abandonó en el camino hacia Santiago y el niño se perdió con todo y bestia. Asimismo enviaba a estudiar, en andrajos, a los otros niños a la escuela de los jesuitas. Por todas estas irresponsabilidades del tutor y curador ad bona, el tutelaje se pasó a Salvador Cano, marido de María de Peralta y Alarcón, hija legítima del primer matrimonio del alférez Juan Bautista de Peralta y de Josefa de Alarcón.

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