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AFEHC : bibliografia : Una historia ambiental del café en Guatemala. La Costa Cuca entre 1830 y 1902 : Una historia ambiental del café en Guatemala. La Costa Cuca entre 1830 y 1902

Ficha n° 2432

Creada: 31 mayo 2010
Editada: 31 mayo 2010
Modificada: 01 junio 2010

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Autor de la ficha:

Daniele POMPEJANO

Editor de la ficha:

Emilie MENDONCA

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Una historia ambiental del café en Guatemala. La Costa Cuca entre 1830 y 1902

Reseña del novedoso estudio de Stefanía Gallini sobre un agrosistema cafetalero de Guatemala en la larga duración.
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Palabras claves :
Guatemala, Agricultura, Café, Indígenas, Colonia, Período independiente
Categoria:
Libro
Autor:

Stefania Gallini

Editorial:
Avancso
Fecha:
2009
Reseña:

1Entre la década del noventa y los primeros años de este nuevo siglo y milenio, por fortuita casualidad, un grupo de jóvenes enamorados de Latinoamérica se encontraron en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Estatal de Milán. La sucesiva infausta reforma universitaria italiana y el rotundo desinterés hacia la realidad latinoamericana, provocó que los mismos se dispersaran y se dirigiesen hacia centros de investigaciones y universidades en España, EE.UU., México, Colombia y Chile. Una de estas investigadoras es Stefania Gallini , que actualmente dicta clases de Historia ambiental e Iberoamericana en la Universidad de los Andes en Bogotá. Su trabajo de doctorado constituye la publicación n° 19 de Autores invitados por AVANCSO (Asociación para el Avance de las Ciencias Sociales en Guatemala). Fundada en el 1986, la Asociación tiene el mérito de promover y publicar trabajos de investigaciones sociales e históricas sobre el mundo campesino y las realidades urbanas.

2En primer lugar, cabe señalar que la investigación de la Autora se basa sobre un plateau inmenso de documentos históricos consultados en archivos americanos y europeos, sobre el estudio de mapas históricos, sobre una extraordinaria bibliografía de centenares de ensayos y libros. La metodología aplicada – braudeliana de larga duración – investiga la transformación de un agrosistema desde la época de la conquista hasta el triunfo de la caficultura. Aún así, el arco cronológico (1830-1902) no debe engañarnos: más de la mitad del trabajo está dedicada al análisis del contexto geográfico e histórico que abarca la historia colonial. En efecto, la construcción de la territorialidad es el producto de la conquista y de la colonización, invirtiendo de este modo una tradición maya según la cual no existían fronteras lineales ni filosofías políticas unilineales. Es decir, un modelo teleólogico de centralización y racionalidad de la estructuración político-administrativa weberiana.

La autora parte del famoso paradigma de John Murra sobre el archipiélago de nichos ecológicos andinos pero, al trasladarlo hacia el área maya noroccidental, se atreve a reelaborarlo. La historia maya no nos ofrece ejemplos de centralización administrativa o política. Tampoco podríamos encontrar en ella algo parecido al modelo de emulación y asimilación de la multitud de las entidades menores hacia los reinos más poderosos. El área investigada por la Autora describe más bien una interrelación a menudo conflictiva entre los llamados mayas puros, los Mames, y los Mayas Toltecas de la segunda oleada de invasión desde el norte hacia el istmo centroamericano. Los entornos del área son la ciudad de Quezaltenango, ya capital del reino Quiché, y un ancho valle delimitado hacia el Pacífico por la desembocadura de los ríos Samalá y Naranjo.

3Mérito específico de este trabajo es la elaboración de un modelo más dinámico que el de Murra en lo que respecta la interrelación de las tierras altas, las de pie de monte y las tierras bajas costeñas del Pacífico. La Autora nos dibuja, a lo largo de su investigación, las transformaciones diacrónicas de la zona. Cíclicamente, las áreas situadas al pie de la montaña y en la costa se despoblaban y volvían a poblarse según el ritmo del crecimiento o de la caída poblacional, apéndices de los movimientos demográficos, productivos y comerciales alteños – más que locales, entonces. A nivel local, se hallan restos arqueológicos que atestiguan la presencia histórica de núcleos mexicas e híbridos mayas. A este propósito, cabe señalar la falta de estudios sobre el comercio terrestre y marítimo de mercaderes mayas y mexicas. Este último elemento, junto a la ausencia de un único centro administrativo y político, marca la diferencia con el modelo andino.

4En resumidas cuentas, el análisis conjunto de factores como la territorialización del área llamada Costa Cuca –en cuanto parte de la mayor Boca Costa-, la proximidad de alturas diferentes en un espacio reducido, la consiguiente y diferente oferta de productos climática y ecológicamente diferentes, la expansión y contracción de la colonización desde las tierras altas hacia la costa, – constituyen un laboratorio de análisis extraordinario. Según la lección que traemos de Lucien Febvre, podemos entender cómo la frontera ha constituido una categoría móvil implantada por los conquistadores y colonos europeos sobre la original fluidez maya. Los Mayas percibían el espacio como un territorio marcado por elementos simbólicos y sagrados, por influencias culturales y nexos comerciales, y jamás por una visión alodial de la propriedad de tierras. No es casual que los pleitos de tierra, solicitados por las comunidades, se hayan desarrollado desde mediados del siglo XVI aprovechando conceptos jurídicos y juzgados españoles.

5A esta altura hay que señalar cómo la jerarquía social y territorial se desarrolló concéntricamente y a partir del interior del área. El motor político fue la capital del más tardío estado de Los Altos, es decir Quezaltenango, donde antes se concentraban la élite maya quiché, y luego las élites ladinas. Los motores económicos fueron primero el algodón y la producción textil y, lentamente a partir de la mitad del siglo XIX, el café. Este proceso produjo un desplazamiento no sólo poblacional sino también productivo, provocando el derrumbe de la integración de los nichos ecoproductivos hacia un monocultivo desestructurante de las identidades étnicas, de la morfología política, de la naturaleza en la interconexión histórica de sus sub-áreas.

6La Autora destaca el 1837 como el año en el que se produce dicha transformación, cuando la necesidad de garantizar y titular tierras confusamente indicadas como baldías, hizo que desde arriba se construyera una nueva territorialidad. De ahí en adelante, ésta fue representada geométricamente en los mapas de los agrimensores. Este proceso ha sido reconstruido por la Autora seleccionando unos asentamientos indígenas de la Costa Cuca que durante el tiempo histórico habían sido poblados y abandonados cíclicamente. Desde las representaciones geométricas hasta la creación de un catastro, la realidad cultural que nace mira a garantizar el uso exclusivo de terrenos para el cultivo revolucionario del café a favor de los ladinos altenses. Y no sólo a favor de ellos, sino que también en beneficio de los estratos más adinerados de una burguesía indígena y, solamente al final, de empresarios europeos, alemanes sobre todo, que intervinieron más tarde asentándose e innovando en lo que se refiere a la elaboración del producto y a su comercialización. Típico es el caso de la finca Las Mercedes y de muchas otras, donde la Autora reconstruye la historia del cambio de la propriedad del bien y de su economía basándose en documentos notariales.

7Los mapas son por demás elocuentes, no sólo por lo que indican sino por lo que callan: los ranchos y los asentamientos indígenas, y la pobreza iconográfica propia de esos documentos. Detrás se encuentra una filosofía política y económica: la geometría del espacio construido sobre la antigua territorialidad revela la supremacía de la propriedad privada y de la agricultura permanente, del producto para la exportación sobre el ciclo de “roza y quema”, sobre la movilidad de la frontera colectiva, sobre la constante adaptación de los cultivos a la variedad eco-climático-ambiental de antigua raíz.

8Es evidente que se trata de una “revolución agraria” de la cual derivó un empobrecimiento del suelo, la falta de gestión de las aguas, una drástica reducción de las variedades florofaunísticas -como por ejemplo la desaparición del quetzal, de los monos -, importantes cambios en el paisaje agrario y la necesidad de introducir árboles para proteger con su sombra los cafetales. Y finalmente, la necesidad de comprar del extranjero los alimentos básicos para la población tanto altense como costeña.

9Conjuntamente, este proceso comportó no solamente la construcción de una territorialidad cultural, jurídica, administrativa y económica, sino también una material. Es decir la construcción de una red de transportes, de caminos y ferrocarriles, útiles no para el ya existente asentamiento urbano sino más bien para conectar las áreas de cultivo con los nuevos puertos de la costa Pacífica y, hacia el interior, con el centro capitalino después de la revolución liberal de 1871 cuyo jefe, y segundo presidente de la nueva república – cabe recordarlo – fue un caficultor de San Marcos: Justo Rufino Barrios.

10El escenario revolucionario no apareció de repente, por supuesto. Durante el llamado conservadurismo (1839-1871), factores como el mandamiento laboral y una molecular innovación agronómica señalaron el progresivo despliegue de la caficultura. En este contexto uno de los tópicos que la Autora contextúa, un lugar común de la historiografia tradicional, es el de la polaridad predial y del auge cafetalero acarreado por los grandes latifundios monocultivadores. Al contrario, lo que la investigación resalta es una rearticulación hacia el interior de las grandes fincas de un policultivo funcional al comercio y a la alimentación de la mano de obra, y una diferenciación social hacia el interior de las etnias según recayeran los asentamientos sobre el área cafetalera de la media costa o sobre el altiplano. En el primer caso, la expropiación prevaleció y los indígenas se transformaron en proletarios. Los de las tierras altas o más bien, los que intentaron conseguir garantías en el ejido o en las dependencias de los pueblos altos, nunca más recurrieron a la rebelión. El largo dominio conservador, sustentado por la “barbarie” indígena, había socavado las bases sociales de la resistencia colectiva. La sociedad indígena sufrió transformaciones internas en su estratificación social y profesional. La defensa de las tierras comunales y ejidales derivó de la titulación y de las largas disputas correspondientes, más bien que de las rebeliones como pasó durante los años 30 y 40 del siglo XIX.

11La élite altense había renunciado a esa altura a la secesión, se había instalado en el gobierno central, y operaba en forma compacta desde el interior de la sociedad y desde el exterior, por medio del gobierno político. La venta de los baldíos y de los ejidos, que desde algún tiempo era posible alquilar, no despobló en manera cuantitativa a los pueblos. Más bien, cualitatitavemente, los pueblos se vieron empujados hacia tierras marginales según un proceso orientado a solicitar la creación de un mercado de trabajo sobre bases coactivas.

12En su conjunto, queda absolutamente desmentida cualquier visión teleológica en lo social como en la dimensión propia de este trabajo, es decir, la construcción de un espacio ecosistémico básicamente diferente del que salía de la colonia. Un “precio del desarrollo” alto, puesto que costó el final de los modelos variados y complementarios ya sea de organización económica como del uso de los recursos y de los saberes antiguos basados en el equilibrio hombre-naturaleza.

13Daniele Pompejano
Profesor de Historia de Iberoamérica, Universidad de Palermo, Italia.

Fuentes :

El libro en Avancso:
http://www.avancso.org.gt/

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