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AFEHC : diccionario : PERALTA, Juan Bautista de : PERALTA, Juan Bautista de

Ficha n° 2436

Creada: 14 junio 2010
Editada: 14 junio 2010
Modificada: 18 junio 2010

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Autor de la ficha:

Rodolfo HERNANDEZ MENDEZ

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Publicado en:

ISSN 1954-3891

PERALTA, Juan Bautista de

El boticario Peralta fue considerado pobretón, inepto e ignorante por el desconocimiento de ciertos aspectos de la sociedad de su tiempo, cuando solicitó el pago por las medicinas que preparó y entregó a varios enfermos de la élite de Santiago de Guatemala.
571
Cargo o principal ocupación:
Boticario
Casó:

1Primer matrimonio con Josefa de Alarcón, y segundo matrimonio con doña María Manuela de Saravia y Morales

Nació:
Se ignora
Murió:
Santiago de Guatemala, 24 de diciembre de 1703
Padres:

1Se ignora

Resumen:

1Los boticarios eran los maestros que atendían una botica, que era un establecimiento donde se producían los remedios que prescribían los médicos.
Juan Bautista de Peralta fue uno de estos maestros, y tenía una botica en la calle San Pedro, en su casa de habitación situada junto a la iglesia del Hospital San Pedro, en la esquina. Falleció intestado el 24 de diciembre de 1703. Tuvo 8 hijos. Dos de ellos fruto de su primer matrimonio con Josefa de Alarcón y 6 con doña María Manuela de Saravia y Morales. El 1 de marzo de 1693, Josefa de Alarcón, mujer legítima de Peralta, otorgó poder a éste para que en su nombre hiciera su testamento, ante el escribano real Esteban de la Fuente. Peralta lo hizo el 6 de diciembre de 1693. De acuerdo con él Josefa fue sepultada en la capilla de la Concepción de la iglesia de San Francisco. El sepelio incluyó canto, misa de cuerpo presente y novenario de misas cantadas, y se hicieron los demás sufragios, de acuerdo con Peralta, que manifestaron mi cariño y la obligación marital. Sus hijos fueron: María, de 4 años, y Miguel de 2 años.

2Josefa llevó al matrimonio 500 pesos, en reales y 200 pesos en vestidos y ropa, que le había dado el Br. Juan de León. Peralta le dio recibo de los 700 pesos, ante el escribano real Nicolás de Valenzuela. Cuando Josefa falleció el caudal del matrimonio era de 1,500 pesos, incluyendo la dote. Peralta fue nombrado, por su mujer, albacea testamentario y tenedor de sus bienes; y sus herederos fueron los menores.

3Fueron testigos del otorgamiento del testamento, don Tomás de Alvarado Villacreces Cueva y Guzmán, Tomás de Villanueva y el Br. don Juan Ramírez de Guzmán, presbítero, vecinos de la ciudad de Guatemala. Se otorgó ante el escribano público Nicolás Farfán.

4Peralta era proveedor de las medicinas a los hospitales de Belén y San Pedro, además del convento de Santa Catarina Mártir y para los enfermos presos en la cárcel de Corte, adscrita a la Audiencia.

5También hacía negocios personales de intercambio con el capitán don Francisco Javier de Folgar, quien tenía una tienda de mercaderías, y éste le daba mercaderías al crédito. Peralta le proveía medicinas para su casa. También pedía mercaderías al crédito al alférez Carlos de Vargas de la tienda que éste tenía.
Vendió una esclava a doña María de la Fuente, mujer del capitán Pedro Muñoz de Saravia. Y compró otra al maestre de campo don Juan Antonio Bustamante.
A los cinco días después de fallecido Peralta, su viuda María Manuela de Saravia y Morales inició los trámites para realizar el intestado, en el cual, cuando se hizo inventario de sus bienes, su casa de habitación fue valuada en 3,400 pesos, incluidos tres censos por 2,100 pesos (1,000 pesos al Br. don Juan de Moncada, presbítero, con 50 pesos de réditos; 800 pesos al convento de Santo Domingo de Santa Cruz del Quiché, con 40 pesos de réditos; y 300 pesos a la Universidad de San Carlos, con 15 pesos de réditos).

6Los bienes muebles de su casa fueron valuados en 4,060 pesos y 1 real y el valor de la botica con todos sus aperos en 2,900 pesos ¾ reales. Al morir debía 123 p. ½ real; y le debían 205 pesos 5½ reales.

7En 1703, antes de morir, proveyó de medicinas al hospital de Belén, por 80 pesos; 55 pesos 1½ real al Hospital de San Pedro, administrado por la catedral cuyo mayordomo era el capitán don Juan Lucas de Hurtate; 700 pesos al convento de monjas de Santa Catarina, cuyo administrador era el Br. don Lorenzo de Valdizón; y 14 pesos y 5 reales a la cárcel de Corte, adscrita a la Audiencia, para los enfermos de la cárcel; estad deudas las cobró su viuda.

8Su compadre, el ayudante general, don Francisco de Fuentes y Guzmán, le enviaba 12 cargas de leña cada 15 días de su labor, leña que utilizaba en la botica y su cocina.

9Además, por medio del procurador Esteban de la Fuente, doña María Manuela de Saravia entregó al alcalde ordinario, capitán Sebastián de Loaysa, mil doscientos pesos en reales, que le había entregado una persona, a la cual don Juan Bautista de Peralta le había dado a guardar. Esta entrega se hizo con la finalidad de añadirlos al inventario de los bienes de Peralta, y que los resguardara el depositario general, en depósito; que servirían para pagar una parte de 1,800 pesos que debía el difunto, del valor de la casa donde vivía la viuda y de la botica que éste había comprado en remate, de los bienes de Juan de León, difunto.
En varias ocasiones requirió el pago por las medicinas que había preparado. Peralta solicitó que se le recibiera información, es decir, pruebas, de que para embalsamar el cuerpo del obispo fray Andrés de las Navas y Quevedo dio, de su botica, todo lo necesario para ello. Así como el inmenso trabajo que le costó hacerlas, por la urgencia del caso, en lo cual gastó 300 pesos. Ya con la prueba de los testigos solicitó que se le librara despacho para que de los fondos del expolio de dicho obispo se le pagara la cantidad mencionada.
Los testigos que presentó fueron: Tomás de Alarcón, español, oficial de boticario, de 56 años. Dijo que los compuestos que se utilizaban para el embalsamamiento eran costosos y aromáticos. Y para hacer estos compuestos se requerían muchos ayudantes, con lo cual el costo de hacerlos llegaba a más de 1,000 pesos. Teodoro de Oquelí, maestro de cirujano, de 42 años de edad. Asistió al embalsamamiento de Navas y Quevedo. Francisco de Lima y Mendoza, maestro de cirujano, de 50 años.

10El 12 de junio de 1702, la Audiencia ordenó que se le pagaran 250 pesos, por los aromas e ingredientes del embalsamamiento. El 01 de agosto de ese año no se le había pagado por el procurador de la catedral.

11Peralta expuso que hacía 10 años que, de orden del obispo maestro don fray Andrés de las Navas y Quevedo, difunto, había dado, hasta el fallecimiento de éste, todas las medicinas que fueron necesarias para su curación y la de su familia y de algunos religiosos que estaban “debajo de su amparo”. Muchas de estas medicinas eran muy costosas. En los últimos dos años de la vida del obispo fue cuantioso el consumo de las medicinas, cuyo valor pasaba de 300 pesos anuales.

12En los diez años mencionados no recibió paga alguna, cuyo monto superaba los 1,200 pesos, sin embargo, Peralta, por una manifestación de cariño al obispo y hace “equidad” a sus bienes rebajó la cantidad a 600 pesos, los cuales solicitó que le fueran pagados, previo a la presentación de pruebas con citación al fiscal de la Audiencia y a la parte de la catedral.

13Peralta presentó, por medio de su apoderado Juan Ordoñez, los testigos ante el escribano real Diego Coronado. Los testigos fueron: Don Juan de Padilla, clérigo subdiácono domiciliario del obispado de Guatemala, ex paje de cámara del obispo Andrés de las Navas, durante 4 años. Dijo que durante el tiempo que trabajó con el obispo iban a la botica de Peralta a traer diferentes medicinas, tanto para la casa del obispo como para los conventos de religiosas de Santa Catarina y Concepción. Padilla era de 25 años de edad. El Br. don Pedro de Bárcena, presbítero, ex secretario de Cámara del obispo Navas, vicario y enfermero del hospital San Pedro. Dijo que desde que falleció el alférez Jerónimo Barbales, boticario, Peralta suministró las medicinas al obispo. Era de 28 años de edad. El sargento mayor Matías Camacho de Cuenca, de 60 años de edad. Juan de Lara, mulato libre, criado del obispo, de 60 años de edad.

14El apoderado del deán y cabildo, sede vacante, de la catedral era Sebastián de la Fuente quien pidió que la solicitud de Peralta se pasara al fiscal, y que la Audiencia determinara no haber lugar al pedido de Bautista. Agregó que la demanda era totalmente “inepta”, porque se formó generalmente en el tiempo como la cantidad de la deuda. Las medicinas las tasó el mismo Bautista, cuando debió hacerlo un perito. Debió presentar las recetas con justificación de quién las recibió o requirió. Además, el obispo no hubiera permitido que pasara tanto tiempo sin pagar las medicinas, y que Peralta pudiera tolerar tal dilación y espera del pago, siendo como era, pobre y con obligaciones de hijos y mujer. Además, el inventario de su botica tuvo que ir en disminución.

15Le extrañó a De la Fuente que Peralta no hubiese concertado el pago, ya con el obispo o con el mayordomo de la catedral. Criticó las declaraciones de los testigos el sargento mayor Matías de Camacho de Cuenca y del mulato libre Juan Francisco de Lara. Agregó que se acostumbraba en las comunidades y casas grandes de la ciudad, de donde se enviaba por las medicinas, a pagar las cuentas a fin de año. Por tal razón, calificó a Peralta de ignorante porque no había procedido así en su oportunidad. El 12 de junio de 1702 la Audiencia decretó que se le pagaran 300 pesos, por todas las medicinas, y que se librara despacho a los oficiales reales. El 27 de julio de 1702, el escribano público Diego Coronado dio fe que interrogó al presbítero y protomédico de la Audiencia, Dr. don Miguel Fernández, quien enterado del caso y como médico que fue del obispo difunto, dijo que hacía considerable tiempo que advirtió que las medicinas que recetaba al obispo la llevaban de la botica de Peralta, así como lo dado a la familia y criados del obispo lo daría. Fernández dijo que había hablado a Peralta varias veces para encargarle la puntualidad y mayor aseo en la entrega de los medicamentos que le recetaba al obispo.

16El 28 de julio de 1702, la Audiencia ordenó que se pagaron 200 pesos a Peralta, y no los 300 pesos que mandó pagar el 12 de junio. Fue compadre de don Antonio de Aparicio, canónigo de la catedral de Guatemala; don Pedro de Padilla, don Juan de Ochavali; don Antonio de Otalora, don Juan de Quintana, y como ya se mencionó, lo fue también el ayudante general, don Francisco de Fuentes y Guzmán. Todas estas consideraciones de su sociabilidad, así como la identificación de su pobreza por parte del apoderado De la Fuente, nos dan un referente social para comprender por qué sus compadres no auxiliaron a sus hijos cuando estuvieron bajo la férula del curador ad bona, designado por la autoridad ordinaria de la ciudad, el capitán Nicolás de Paniagua, tal y como veremos a continuación.

17Salvador Cano, vecino de Guatemala marido de María Josefa de Peralta y Alarcón hija del primer matrimonio de Juan Bautista de Peralta y Josefa de Alarcón, difuntos, expresó a la Audiencia que por muerte de Peralta y de Saravia, su segunda mujer, la justicia ordinaria de Guatemala nombró al capitán Nicolás de Paniagua por tutor de María Josefa y de Miguel de Peralta, hijos del primer matrimonio, y de 6 hijos menores del segundo matrimonio, de los cuales solamente tenía en su poder a 4 menores. Uno de ellos, llamado José, de 13 años, Paniagua lo envió al pueblo de Escuintla encomendado al reverendo de dicho pueblo, que era cuñado de Paniagua, para que tuviera las “recreaciones” mientras llegaba el tiempo de los estudios. Sin embargo, el dicho vicario lo envió de regreso con otro religioso, quien lo dejó solo en el monte de San Diego, camino de dicho pueblo. Y hallándose solo el dicho menor, sin tener quien lo guiase ni llevase a Santiago se perdió en aquel monte. Eso sucedió en el año 1708.

18Cuando Cano supo este acontecimiento marchó con un mandamiento, que le extendió Paniagua, para que los indios del pueblo de Alotenango buscaran al menor. Cano y los indios lo buscaron en todos aquellos montes y sus contornos, por 6 días, con resultados negativos. Tampoco hallaron la bestia en que se conducía.Salvador Cano continuó su relato y dijo que doña Manuela de Saravia tenía una esclava llamada María Santos, y que a la fecha era esclava de don Francisco de Palacios. El hijo de Peralta y doña María Manuela, llamado Lorenzo, le iba a pedir de limosna a esta esclava una tortilla y un pedazo de carne. También iba a pedir limosna, al medio día, a la portería del convento de Santo Domingo, con “sus ollitas”, de la comida que se repartía en dicho convento.
Paniagua había corrido de su casa a Lorenzo quien se fue a la casa y botica de Manuel Esquivel. Cuando Paniagua intentó volverlo a su casa, por falta de criado que éste tenía, Lorenzo intentó suicidarse. De no haber sido porque un mozo, que entró en el corral y lo vio con la soga en la garganta, el niño se hubiera ahorcado.Paniagua también corrió a Miguel, quien por la intervención de su hermana y Cano se estableció en la botica de Tomás de Barbales y donde terminó de aprender el oficio de boticario.

19Otro niño, también hijo de Peralta y Saravia, andaba vestido con andrajos y los zapatos que se ponía eran los que desechaban los hijos del tutor. Este niño iba a estudiar a la escuela de la Compañía de Jesús. El 27 de noviembre de 1711, el alcalde ordinario de primer voto de Santiago de Guatemala nombró tutor y curador ad bona, sugerido por Miguel de Peralta y Alarcón, hijo legítimo del primer matrimonio del boticario Peralta, de Miguel y de los hijos del segundo matrimonio de Juan Bautista de Peralta.

20Estos pequeños eran: José (ausente por haberse perdido hacía 3 años y en la fecha tendría 16 años); Lorenzo, 12 años; Lucía, 11 años; Bárbara, 9 años; Antonio, 8 años y Juan, 7 años. La casa del boticario Peralta fue ocupada, por orden de Paniagua, por el maestro boticario Manuel de Esquivel, donde colocó éste su botica. Cuatro años, 5 meses y 25 días estuvieron los menores en casa de Paniagua. ¿Dónde estaban los padrinos de estos niños? ¿Fueron tan indolentes que no pudieron acudir en su ayuda? ¿O simplemente no se dieron cuenta de lo sucedido?

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