Erreur. problème dans l'exécution de la requête : INSERT INTO _logbots (IP, useragent, action) VALUES ('54.224.197.251', 'CCBot/2.0 (http://commoncrawl.org/faq/)', 'lectureFiche')
Erreur. MySQL proteste : Duplicata du champ 'CCBot/2.0 (http://commoncrawl.org/faq/)-lectureFiche' pour la clef 'agentAction'
AFEHC : articulos : Héroes, dioses y credos: el centenario del héroe costarricense Juan Santamaría (1931) : Héroes, dioses y credos: el centenario del héroe costarricense Juan Santamaría (1931)

Ficha n° 2492

Creada: 28 septiembre 2010
Editada: 28 septiembre 2010
Modificada: 10 enero 2011

Estadísticas de visitas

Total de visitas hoy : 4
Total de visitas : 7090 (aprox.)

Autor de la ficha:

David DíAZ ARIAS

Editor de la ficha:

Xavier CUENIN

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Héroes, dioses y credos: el centenario del héroe costarricense Juan Santamaría (1931)

Este artículo analiza la conmemoración del centenario del nacimiento del héroe costarricense Juan Santamaría en 1931. Para hacerlo, primero se refiere a la construcción del culto cívico a la figura del héroe nacional Juan Santamaría. Luego, describe las actividades que se sucedieron en Alajuela en 1931 durante la celebración del centenario de Santamaría. Finalmente, este trabajo analiza la manera en que el contexto del centenario favoreció la transformación del discurso cívico sobre Santamaría en un discurso religioso que reconfiguró, con términos venidos de la fe cristiana, el recuerdo del héroe.
Palabras claves :
Héroes, Conmemoración, Memoria, Nacionalismo, Religión Civil
Autor(es):
David Díaz Arias
Fecha:
Septiembre de 2010
Texto íntegral:

1
h4. Introducción

2 El 23 de agosto de 1931, el periódico La Tribuna publicó una carta de Ramón Rodríguez, entonces Jefe de Educación Primaria. La misiva iba dirigida a los inspectores de escuelas del país y anunciaba que el 29 de ese mes se celebrarían grandes “fiestas patrióticas” en la ciudad de Alajuela para conmemorar el centenario del nacimiento de Juan Santamaría. En su carta, Rodríguez dejaba claro que: “Si bien esas fiestas han de alcanzar su mayor esplendidez en dicha ciudad, por ser ella la cuna del heroico soldado, hemos de considerar que Santamaría es una gloria nacional; que en él se encarnó el patriotismo costarricense; que su figura y su hazaña legendarias, son símbolos que deben mantenerse, constante, perennemente, expuestos a la contemplación de los ciudadanos, y han de ser, en lo que corresponde a las escuelas, puntos de mira principales en la educación cívica de los niños”. Justo por eso último, Rodríguez ordenaba a los mencionados inspectores que giraran instrucciones a los maestros de todo el país para que el jueves 27 y el viernes 28 de agosto dedicaran una hora lectiva para “explicar los episodios de la Campaña Nacional relacionados con el hecho culminante del valor y el patriotismo costarricenses, cuyo exponente —sencillamente sublime— fue Santamaría; a comentar, en forma apropiada para cada grupo de niños, esos grandes hechos y hacer que se comprendan bien su significado y trascendencia”. A esta hora de meditación sobre la memoria del héroe nacional y de la epopeya de la que formaba parte, debía añadirse el sábado 29 de agosto de 1931 (día en que Santamaría hubiese cumplido cien años de vida), “una asamblea tan solemne como sea posible en cada escuela, para asociarse así al homenaje de Alajuela, exaltando, en alocuciones, recitaciones y cantos aparentes, al soldado que, desde las más humildes capas sociales, ascendió, por su patriotismo, hermanado en el instante supremo con el amor filial, a la más alta cima de gloria1”.

3 Como es fácil de apreciar, la fiesta centenaria en honor del héroe costarricense Juan Santamaría, estaba preparada para desarrollarse con la mayor pompa. ¿Cómo se hizo? ¿Qué tipo de recuerdos sobre el pasado costarricense construyó y reconstruyó? ¿Qué clase de ritos se desarrollaron en esa celebración? ¿Durante esa fiesta se produjeron cambios con respecto al discurso de recuerdo sobre el héroe nacional? Este artículo explora la respuesta a esas preguntas. Para hacerlo, primero se refiere a la construcción del culto cívico a la figura del héroe nacional Juan Santamaría. Luego, describe las actividades que se sucedieron en Alajuela en 1931 durante la celebración del centenario de Santamaría. Finalmente, este trabajo analiza la manera en que el contexto del centenario favoreció la transformación del discurso cívico sobre Santamaría en un discurso religioso que reconfiguró, con términos venidos de la fe cristiana, el recuerdo del héroe.

Génesis y consolidación de un culto cívico

4El culto público a Juan Santamaría como héroe de Costa Rica comenzó a ser desarrollado en las últimas dos décadas del siglo XIX, una centuria en la que por toda Latinoamérica se levantaron historias patrias que rescataban héroes de un pasado heroico con el fin de construir naciones2. Hacia finales del siglo XIX Santamaría ya era recordado como un tambor que le había dado fuego a un mesón en Rivas (Nicaragua) el 11 de abril de 1856, perdiendo la vida pero contribuyendo a poner a raya a las huestes filibusteras. Pero Santamaría, a pesar de que su figura y su gesta fueron rescatadas por primera vez en Costa Rica en un discurso oficial expuesto por el político panameño José de Obaldía3 en la celebración de la independencia de 1864, fue más bien invisibilizado y olvidado por los líderes políticos costarricenses durante el periodo 1859-1885. Esto ocurrió así fundamentalmente porque durante los años posteriores a la guerra contra los filibusteros, el presidente Juan Rafael Mora Porras y el grupo a su alrededor monopolizaron en el espacio público el recuerdo sobre la Campaña contra los filibusteros. Es cierto que cuando el grupo de Mora fue arrancado del poder por medio de un golpe de Estado en 1859 sus enemigos políticos se encargaron de diluir cualquier recuerdo del papel de Mora Porras en la guerra de 1856-1857, pero fallaron en darle consecución tanto a la imagen conciliatoria que exponía el héroe alajuelense que rescató Obaldía en su discurso en 1864, como en otorgarle cohesión política e institucional al Estado que habían heredado después del golpe de Estado4. Estos problemas de indefinición sobre cómo recordar el pasado de la guerra antifilibustera continuaron en la década de 1870, en la que tampoco tuvo éxito una iniciativa para trasladar los restos del presidente Mora Porras desde el lugar en donde los tenían sus familiares hasta un mausoleo que debía construirse en el panteón de la capital5. Así, no será sino hasta el año 1885 cuando resurgirá, esta vez con fuerza, la idea de recordar a Juan Santamaría y su gesta heroica.

5El contexto en que se produjo esta recuperación de la figura de Santamaría está determinado por dos elementos fundamentales. Primeramente, hacia 1885 la imagen del tambor alajuelense brota como un instrumento de lucha y unidad en el discurso político costarricense en contra de la ambiciones del dictador guatemalteco Justo Rufino Barrios y de su proyecto de reunificar a la fuerza a los países centroamericanos en la República Federal de Centroamérica6. En segunda instancia, la memoria del soldado Juan se rescató como parte de un proyecto de fortificación de la celebración de la independencia nacional que se promovió en la década de 1880 junto con la organización de exposiciones nacionales y de ampliación del espacio público urbano y lo que ha sido denominado la invención de la nación costarricense7. En efecto, junto con el recuerdo de la guerra contra los filibusteros (1856-1857), la figura de Santamaría y las batallas de marzo y abril de 1856 fueron exhibidas como parte de un pasado grandioso que de acuerdo con los políticos liberales costarricenses se había comenzado a desarrollar desde 1821 y había alcanzado su gloria máxima en 1856 en los campos de Santa Rosa y Rivas8.
De este esfuerzo por modelar la figura del tambor alajuelense y la lucha antifilibustera, probablemente el proyecto más ambicioso de esos últimos lustros del siglo XIX fue la construcción e inauguración de dos estatuas relacionadas con la Campaña Nacional: la estatua de Juan Santamaría, inaugurada en Alajuela el 15 de septiembre de 1891 (hecho que impulsó además la publicación de un folleto que compilaba información y testimonios llevados adelante por la Municipalidad de Alajuela y cuyo objetivo principal radicaba en desalojar cualquier duda sobre el acto heroico de Juan Santamaría9) y el Monumento Nacional develado en San José cuatro años después10. Estas estatuas, ambas recibidas con toda la pompa y parafernalia disponibles y sin escatimar recursos, se convirtieron pronto en espacios de encuentro público y de llegada y comienzo de otras celebraciones y desfiles además de los de la independencia. Asimismo, gracias al impulso público de estas inauguraciones, en los años sucesivos a la inauguración y especialmente en los inicios del siglo XX, el 11 de abril comenzará a ser visto como un día de fiesta por parte de varios grupos sociales desde la elite política y económica hasta los sectores subalternos11. No obstante, no será sino hasta 1915 cuando se decretará una fiesta especial para celebrar el motivo de aquellas imágenes y particularmente para recordar el acto heroico por el que, según el discurso oficial y el de la prensa del país, la patria estaba agradecida con Juan Santamaría.

6El contexto en que se hizo indispensable esta nueva fiesta oficial fue el que presenció el creciente movimiento literario de tipo modernista y anti-imperialista presente en algunos intelectuales costarricenses y en toda América Latina12. Si bien el problema de la influencia de las potencias sobre Latinoamérica no era nuevo13, el matiz literario que se le impregnó en toda la región con el final del siglo XIX y el inicio del siglo XX gracias a autores como José Martí, Rubén Darío o José Enrique Rodó, alertó a los intelectuales hispanoamericanos del “peligro” inminente que corrían ante el creciente interés de los Estados Unidos hacia esta región14 y motivó un primer discurso antiimperialista en sus obras15. En ese sentido, Centroamérica no sólo tenía una importancia estratégica para la política exterior estadounidense; también era fuente de inversión de varios empresarios de ese país que se habían ubicado en el Caribe del istmo para consagrarse a la explotación bananera a través de la United Fruit Company, inscrita bajo las leyes del Estado de New Jersey el 30 de marzo de 189916. Esta compañía se convirtió prontamente en la representación del “monstruo imperialista” que se había radicado en Centroamérica con el fin de extraer su materia prima y de explotar su fuerza de su trabajo. En ese contexto se publicaron en Costa Rica obras literarias como El problema (de Máximo Soto Hall), El árbol enfermo y La caída del Águila (ambas de Carlos Gagini), en cuyas páginas se construía la imagen del extranjero portador de la civilización, pero también de la destrucción de la identidad nacional17.

7La Campaña Nacional de 1856-1857 se convertirá muy pronto, gracias al tipo de lucha al que hacía alusión (es decir una lucha de los centroamericanos en contra de estadounidenses que intentaban controlar el istmo) en el punto de referencia de los intelectuales antiimperialistas para convocar a un combate en contra de la expansión imperial. En primera instancia empero, el discurso antiimperialista costarricense había sido asociado no solo a Santamaría sino a Juan Rafael Mora Porras, el presidente que había guiado al ejército nacional en 1856-1857. Por ejemplo en 1913 en concordancia con la fiesta del día de la independencia, el director del periódico La República, Augusto C. Coello, en un artículo que escribía a los obreros tipógrafos, señaló a Juan Rafael Mora Porras como el mayor héroe de la historia de Costa Rica y a la vez el “patriota defensor de Centro América”; acabando su disertación con una petición: “Compañeros: los bucaneros viven; el espectro de William Walker se pasea por Centro América. Están latentes las pasiones y los odios; la traición es el alimento de muchas almas. Hijos de Juan Rafael Mora, ¿no queréis que unamos todos nuestros corazones en torno del único sepulcro donde encontramos ejemplo heroico y magna lección para el porvenir18?”.

8Muchos intelectuales costarricenses y centroamericanos compartían esta visión de Mora Porras como ejemplo del ciudadano antiimperialista. Eso podría explicar por qué en 1914, en el año del centenario del nacimiento de Mora Porras, el Poder Ejecutivo delegó la organización de la fiesta morista a la Junta Directiva del Ateneo de Costa Rica, centro de reunión de muchos intelectuales costarricenses, a los que se le agregaron algunos representantes del gobierno como Cleto González Víquez, Manuel Castro Ramírez, Ángel María Bocanegra, Saturnino Medal y Daniel Gutiérrez19. Junto con la Directiva del Ateneo costarricense, estos hombres pasaron a formar “La Junta Patriótica Centenario de Mora”, que se dedicó a invitar a todas las municipalidades del país a participar en esta celebración el 15 de septiembre de 1914, haciendo uso de un lenguaje antiimperialista20.

9Así, la fiesta de Santamaría, que se vuelve oficial en este contexto, va a incorporar como su legitimación el mismo discurso antiimperialista que se empleó en la celebración del centenario de Mora Porras, pero en un tono más conservador, no tanto relacionado con la lucha contra una expansión política o económica estadounidense, sino basado en la idea de que con su acto heroico Santamaría había completado el proceso de independencia nacional iniciado en 1821. El decreto que hace acreedor a Juan Santamaría de una fiesta cívica a perpetuidad es el número 11486 de 1915 y refleja como un espejo bien pulido esa actitud. Justamente, uno de los argumentos fundamentales con los que se escudaban los diputados alajuelenses que propusieron la celebración de un día oficial al soldado Juan en 1915 indicaba que:

10En los anales de nuestra historia, en los hechos que se rememoran por haber ejercido influencia saludable y benéfica en la emancipación y progreso de la República, ninguno que de manera tan efectiva haya dependido del esfuerzo propio de los costarricenses como los hechos de armas realizados en la epopeya nacional de 1856 y 1857. Y de aquella Campaña, el hecho culminante, el que resume todo su heroísmo y compendia todos sus esfuerzos, es el de la batalla de Rivas, donde inmortalizó su nombre con su hazaña legendaria el oscuro soldado de Alajuela, Juan Santamaría. Si el 15 de setiembre se glorifica por ser el aniversario del día en que se firmó el acta de independencia que nos emancipó de nuestra madre España, constituyéndonos en nación autónoma dueña de nuestros propios destinos, no fue sino hasta en la campaña nacional contra el filibustero que nuestra independencia quedó sellada con sangre y glorificada con el heroísmo costarricense21.

11En ese sentido, Santamaría fue asociado a la lucha por la independencia en la medida en que la Campaña Nacional se había librado solamente para defender al país de un poder extranjero agresor y sostener su soberanía y su futuro. Era una segunda fecha de redención que, contrario a la primera, había involucrado el derramamiento de sangre.
Finalmente, la fiesta a Santamaría apareció justo después de la construcción y consolidación de un rito civil que concentró la mayoría de la atención pública y que volvió nacional y popular el recuerdo de las efemérides: la fiesta escolar. Este tipo de celebración, que se producía en las escuelas e involucraba a los estudiantes y a sus padres en presentaciones orales, representaciones escénicas, cantos, desfiles, etc. fue concebida en 1899 y puesta en marcha con fuerza en los siguientes años. La administración de Alfredo González Flores (1914-1917) se encargó de consagrar esa fiesta al afirmarla como otro de los símbolos de la nación costarricense, al sacar de una vez por todas de las marchas conmemorativas a los militares que desfilaban junto a los niños en las conmemoraciones del 15 de septiembre y decretar una semana cívica con anterioridad a la fiesta de la independencia. En una carta a la prensa capitalina del “Jefe Técnico y Administrativo de Instrucción Pública”, Justo A. Facio, aclaró que la idea era meditar durante esa semana sobre: “la figura de los personajes que más eficazmente han servido a la Patria, por medio de lecturas, poesías, relaciones, etc. que puedan evocar la memoria de patricios y de héroes como don Juan Mora Fernández, don Juan Rafael Mora, Juan Santamaría… [sin importar] que esta preparación haga necesario sacrificar un poco las otras disciplinas escolares22”.

12Santamaría, ya convertido en el principal de los héroes costarricenses, merecería por tanto una fiesta especial para su recuerdo. Esta celebración comenzó a desarrollarse en forma consecutiva a partir de 1916 e incorporó todos los ritos con los que se habían celebrado otras efemérides. Empero, también sirvió para promover otras actividades que simbólicamente se asociaron al tambor alajuelense y a su acto heroico. Gracias a eso y a que la imagen del héroe lo permitía, Santamaría fue apropiado por diversos grupos sociales en sus intereses políticos y en sus críticas sociales en las siguientes décadas23. Pero hubo otro momento, no el día de celebración de la independencia ni el del recuerdo de la batalla de Rivas, en que la figura de Juan Santamaría recibió toda la atención de la nación que lo elevó a la categoría de héroe. Esa fue la fiesta de su centenario.

El centenario

13 La fiesta centenaria de agosto de 1931 se concentró en Alajuela, la ciudad donde nació el héroe nacional. Tal condición hizo que esa ciudad fuera auscultada por diferentes grupos a través de la prensa y que se consolidara su imagen como cuna del héroe nacional. Dicha imagen se había generado desde 1891 cuando Rubén Darío hizo una descripción detallada de la fiesta de develación de la estatua a Juan Santamaría24 y se afirmó en 1916 cuando la primera celebración oficial del 11 de abril admitió a Alajuela como el lugar de nacimiento de Santamaría y, por tanto, como una ciudad gallarda y guardiana de las mejores tradiciones costarricenses25. En agosto de 1931, la toma de la ciudad la llevarían a cabo los niños de las escuelas de esa provincia y colegiales del Instituto de Alajuela, al tiempo en que eran acompañados por estudiantes de otras instituciones educativas del país como la Escuela Normal, el Liceo de Costa Rica (San José), el Colegio Superior de Señoritas (San José) y el Colegio San Luis Gonzaga (Cartago26). La idea, fue utilizar una semana —la semana cívica— para preparar a la población con respecto a la fiesta centenaria y para involucrar al futuro del país, es decir los niños y jóvenes, en la visualización de un pasado feliz que debía reproducirse y ser fiel a él a partir del respeto de la institucionalidad heredada de ese pasado27.

14 La programación de la forma en que se celebraría ese pasado recurrió a ritos ya consagrados por otras fiestas. Así, entre los rituales programados durante la semana cívica estuvieron el discurso, el desfile, el canto de himnos, las representaciones hechas por los educandos, bailes, recreos y expresiones deportivas28. Es cierto que esos ritos alentaron la toma de las calles de Alajuela y, principalmente, la sala magna del Instituto de Alajuela y expusieron con celo la visión de una juventud en movimiento, respeto y amor hacia el héroe nacional. Pero los actos fundamentales del centenario estaban programados para el fin de semana y fueron anunciados como “grandes festejos cívicos29”. Así, para el viernes 28 de agosto, víspera de la fiesta centenaria, se planeó al mediodía una marcha de la banda militar por las principales calles de la ciudad anunciando el inicio de los festejos. A las 5 p.m. se realizó un “recreo” en el Parque Juan Santamaría que estuvo amenizado por juegos deportivos y otras diversiones. A las 9 de la noche, la Comparsa del Alacrán, la banda militar y marimbas guanacastecas comenzaron un baile popular. Y a la media noche se dispararon veintiún bombetas.

15 El día en que se cumplía el centenario de Santamaría, trenes especiales y “centenares de vehículos de todas clases” llevaron miles de personas a Alajuela. La Tribuna describió así el espacio en que tomaría lugar la conmemoración: “Todas las casas habían sido adornadas con guirnaldas y con flores y en todos se notaba entusiasmo desbordante. Ya a esa hora había gentes de los diversos cantones de la provincia y principiaban a llegar los trenes, automóviles y camiones que conducían a los miles de ciudadanos de las provincias de San José, Heredia y Cartago. Toda esa gente se congregaba en el parque, artísticamente adornado, o bien frente al Instituto. El director de ese establecimiento, licenciado Teodoro Picado, jinete en brioso corcel, recorría las calles ultimando los preparativos de la fiesta”. Este diario, calculó la concurrencia entre ocho mil y diez mil personas30. Dicho cálculo no deja de llamar la atención puesto que, según el Censo de 1927, la ciudad de Alajuela tenía en ese año 8.496 habitantes31.

16 A las 9 a.m., en un tren especialmente preparado para el asunto, ingresaron a Alajuela los colegiales de varias instituciones de secundaria del país. Nada más bajaron del tren, cuando se formaron y emprendieron un desfile “marcial” en la plaza Ylgesias. El rito de desfile, en este caso, incluyó una referencia explícita a una imagen que estaba en pleno proceso de construcción simbólica: la del “típico” campesino costarricense. Según la prensa: “Los jóvenes alumnos de esos planteles iban vestidos con el traje típico de nuestros patillos: en camisa y con sombrero de palma de ala levantada… Las señoritas vestían el traje clásico de nuestras campesinas: enagua de vivos colores, camisa de gola escotada y el reboso en los hombros”. Esta referencia a una representación explícita sobre el campesino del país, se acompañó con una relación con el pasado que se expresó en la entrada a la ciudad de dos “regimientos” integrados por estudiantes de Instituto de Alajuela, del Liceo de Costa Rica y del Colegio San Luis Gonzaga, quienes muy convenientemente, “portaban los rifles que en las campañas del 56 y 57 sirvieron para salvar el honor nacional32”.

17 A eso de las 11 de la mañana, desde el Palacio Municipal, las autoridades políticas, judiciales y legislativas del país (encabezadas por el presidente) presenciaron el desfile principal que salió desde la plaza Yglesias. Este desfile estuvo lleno de referencias al pasado que alimentaban el nacionalismo de la audiencia. Así, la banda de San José precedió a un desfile de escolares que llevaban puestas unas gorras con las que formaban las banderas centroamericanas y que portaban “las diversas banderas que Costa Rica ha tenido desde su dependencia de España hasta hoy”. Luego, un automóvil transportaba más armas presentadas como aquellas utilizadas por los soldados durante la guerra contra los filibusteros. Enseguida apareció una carroza que intentó dar representación a la frase del Himno Nacional que alude a la manera en que la herramienta se transforma en arma ante la amenaza de la patria. Así, en un solio apareció una “bella señorita” que “representaba la patria, defendida por soldados empuñando el rifle, y a los pies de éstos un campesino empuñaba las herramientas que laboran la tierra”. Otra carroza hizo gala de la imagen por la que se recordaba a Santamaría: “Venía a continuación una carroza, conmemorativa de la hazaña del Erizo personificado por un gracioso morenito, el Soldado Juan erguía su figura con la tea y el rifle en actitud inmortalizada por el bronce. Delante de él, el General Cañas, representado por otro jovencito montaba bizarramente un pequeño caballo. Detrás del héroe una bella señorita, de la sociedad alajuelense, representaba a Costa Rica, llevando en sus delicadas manos una corona de laureles que ofrendaba a Juan Santamaría. Atrás otras bellas damitas representaban todos los cantones de la provincia de Alajuela”. Cientos de niños escolares y de jóvenes de secundaria desfilaban en medio de esas dos carrozas, mientras que la marcha era cerrada por el Estado Mayor, el cuerpo de Cadetes de San José, una representación del cuerpo de Bomberos Voluntarios de San José, una delegación de la Cruz Roja costarricense y, finalmente, tres carrozas hechas por la Escuela Normal: “en la primera ocupaban lugar damitas de la sociedad herediana y representaban la cogida del café. Otra era un rancho típico costarricense, y la tercera el bergantín Once de Abril33”.

18 La base de representación del pasado que hizo el desfile descrito es fundamental de destacar. La escena apuntada presentó al ejército costarricense que combatió a los filibusteros en 1856-1857 esencialmente como un grupo de campesinos que procedían de un mundo cafetalero, silenciando así, de alguna manera, la importante base de trabajadores urbanos que participó en esa guerra; trabajadores entre los que incluso se encontraba el mismo Santamaría. Esto era una consecuencia clara de la forma en que se estaba imaginando el pasado del país gracias al énfasis que, desde inicios de la década de 1930, hizo el discurso nacionalista sobre la tradición campesina de la sociedad. Así, en esa década Carlos Monge Alfaro difundiría una versión de la historia de Costa Rica que presentaba la democracia costarricense como el resultado de una cultura campesina (el labrantín) que había aparecido en el siglo XVIII34. Asimismo, ese mundo rural idealizado en el pasado sería explotado por la plástica nacional en esa década, a través de la pintura de casas de adobe que se inscribían en un paisaje feliz sin conflictos de clase35. Ese énfasis en el campesino “típico” y en el mundo rural idealizado, fue el que hicieron brillar por las calles de Alajuela los estudiantes de secundaria durante el desfile del centenario de Santamaría.

19 En su camino, el desfile hizo un alto frente a la estatua de Juan Santamaría. Allí, las diversas representaciones depositaron una corona floral. Pero ese sitio no era la meta final de la marcha; todavía los grupos avanzaron más hasta llegar a la plaza Acosta en donde se levantó una tribuna “precisamente en el lote en que estuvo ubicada la casa en que nació el héroe”. En aquel sitio, se había construido un pequeño parque “en cuyo centro se levanta la fuente de la Libertad, obsequiada por el Colegio de San Luis Gonzaga de Cartago a la Municipalidad de Alajuela, y en memoria del inmortal héroe36”. Justo allí, luego de que la concurrencia cantara el Himno Nacional, el presidente develó la fuente y un aplauso estremeció el aire.

20 Luego fue el tiempo de los discursos. Apenas terminaron, se entonó el Himno a Juan Santamaría que, al parecer, era bien conocido por los estudiantes y por muchos de los presentes. Lo que vino constituyó un homenaje a Teodoro Picado, director del Instituto de Alajuela y, al parecer, el más dedicado organizador del centenario de Santamaría37. La distinción se la hizo el diputado Otilio Ulate en nombre de la Municipalidad de Alajuela y consistió en colgarle una medalla del cuello. Al mediodía finalizó el acto, pero no la celebración del centenario. Apenas terminó la inauguración, los estudiantes desfilaron en diferentes sentidos, mientras que los colegiales del Liceo de Costa Rica repartieron entre los asistentes hojas sueltas ideadas con el propósito de difundir el mensaje sobre la vida de Santamaría: “la fe de bautismo de Juan Santamaría; un artículo sobre el héroe, del profesor don Luis Dobles Segreda, otro del secretario de educación profesor don Justo A. Facio y otro del Prof. Don Napoleón Quesada38”.

21Un banquete oficial, presentado como compuesto de un menú “netamente nacional” (“lechón, picadillo, pollo, frijoles negros, tortillas, dulce de toronja y torta de arroz y café negro… una sangría y agua dulce”), tuvo lugar en el Instituto de Alajuela. Por su parte, la Municipalidad de Alajuela también preparó un almuerzo, pero para los representantes de las otras municipalidades del país. Los estudiantes del Instituto de Alajuela sirvieron almuerzos a los otros educandos que habían desfilado. Unas horas después, esos estudiantes se apropiaron de los salones del Instituto para bailar en honor del día y a las 5 p.m. abandonaron la ciudad, de vuelta a sus provincias en los trenes especiales39. A las 2 p.m., empero, todavía el presidente de la república inauguró una exposición en el Instituto que había sido preparada por Teodoro Picado. Esa exposición, compuesta por documentos históricos, había sido catalogada por la prensa como de “enorme” riqueza. Entre esos documentos estaban: “la fe de bautismo de Juan Santamaría, la certificación en que expresó don Juan Rafael Mora el haberle constado el sacrificio del ERIZO, un cuadro que representa los momentos en que Santamaría daba fuego al mesón, las proclamas de don Juan Rafael Mora, varios sables y fusiles de los filibusteros, la guerrera del famoso General Quirós, espada de don Joaquín Fernández, pistolas de desafío del General Cañas, sables de don Tomás Guardia y General Máximo Blanco, la famosa carta de despedida de don Juan Rafael a su esposa, dos horas antes de ser ejecutado en Puntarenas, varios retratos de los héroes de la epopeya del 56 y otras reliquias más que no se han podido todavía colocar40”. La lista de objetos era todavía más larga ya que llegaba a 243 artefactos y documentos, según se puede admirar en el catálogo que se imprimió dos años después para coronar el decreto que el 13 de mayo de 1932 mandó crear el Museo Histórico “Juan Santamaría41”.

22Un baile nocturno puso fin a la faena, pero no a las fiestas que se extendieron hasta el día siguiente y todavía hasta el lunes 31 de agosto. Las actividades de esos últimos días, si bien menos lucidas, atrajeron a la población de Alajuela y de las otras provincias. En ese sentido, siguió privando en las fiestas del centenario la idea de que las actividades fueran populares, que no dividieran el espacio y que se extendieran desde la mañana hasta la tarde.

23Unos días más tarde, el Secretario de Educación, Justo A. Facio, interpretó la presencia de los estudiantes en la fiesta centenaria a Santamaría:

24…Me parece conveniente hacer ver que el homenaje tributado a la memoria de Juan Santamaría tiene carácter eminentemente cívico, desde luego que con él se ha honrado a un hombre oscuro y humilde cuya grandeza y cuya gloria provienen solo de verse sacrificado por amor a su patria y en defensa de ella. En todas las escuelas de la república fue recordado y celebrado el 29 de agosto el acontecimiento sin igual y glorioso de que fue protagonista el soldado Juan y de ese modo la escuela ha utilizado la oportunidad para infundir en el corazón de los niños los sentimientos de la ciudadanía, que no solo consisten en dar el voto por un candidato, sino también, y principalmente, en estar dispuestos a sacrificarse, sin interés ninguno, por la libertad y por el bien de la patria.
El 29 de agosto ha sido, por consiguiente, una gran jornada cívica, en la que han tomado parte todos los niños de las escuelas, es decir, los ciudadanos de mañana. A mi juicio, es así y sólo así, como la escuela debe hacer la política, esta festividad viene a ser una gran lección de civismo y los maestros que en ella han tomado parte han cumplido, muy honrosamente, con los deberes que les impone su misión, la más hermosa y la más útil de cuantas se ejercen indistintamente en el país42.

25 Los jóvenes habían sido el centro de actividad del centenario. Tal situación no era rara porque desde principios del siglo XX era ese grupo, junto con los escolares, el llamado a celebrar el pasado de la nación43. Pero junto a esa afirmación y continuidad de actores de los rituales cívicos que conmemoraban a la patria y a su héroe, también se concretizó un discurso que apostó más por la fe y bebió del credo cristiano para afirmarse.

Héroes, dioses y credos

26Desde su construcción como héroe nacional en los últimos lustros del siglo XIX, Juan Santamaría fue presentado no sólo como un campeón de la lucha contra los filibusteros, sino, justo por eso, como el modelo de ciudadano que los niños costarricenses debían imitar44. Durante la fiesta del centenario del nacimiento del Erizo, este discurso estuvo muy presente. En los constantes desfiles escolares que ocurrieron durante la semana cívica que antecedió a la fiesta centenaria, los maestros se encargaron de construir una representación del pasado en el que los niños marchantes se asociaban con el niño Juan Santamaría, que junto a su pobreza cosechó un manojo de virtudes al que todos los infantes costarricenses debían aspirar. Así ocurrió, por ejemplo, en el discurso de Juan Dávila, director de la Escuela Normal, en una actividad frente al lugar donde se edificó la Fuente de la Libertad el 24 de agosto de 1931:

27Sentimos todos en estos instantes, un recogimiento como religioso, porque estamos en el lugar sagrado en que vino a la vida muy pronto hará cien años, un niño de la más humilde condición social. Hubo de crecer en la pobreza extrema, ganando duramente su pan en los menudos quehaceres de la calle y por su aspecto recio y rudo, el Erizo fue su apodo.
Cumplía el mozo sus 25 años cuando sobrevino la guerra. Bajo la amenaza siniestra del Norte, al conjuro vibrante del Presidente Mora, Costa Rica se yergue como una leona herida, rápida organiza sus tropas y corren a las filas, y en ellas se confunden en alegre camaradería, el campesino rústico y bravo, el obrero y el mozo de la ciudad y hechos un haz como un pueblo en marcha, emprendieron hacia las fronteras, a paso de vencedores, el camino de la victoria.
Y en la primera batalla de Rivas, maravillosas sorpresas de la vida, aquel pobre muchacho, simple también de un regimiento, pasó a ser de un golpe, y al precio de su sangre, no solo la figura más radiante de nuestra historia, sino lo que es más, el símbolo del valor de todo un pueblo. Al entrar en lo descansado, en la forma severa en que lo hizo, su tea, desprendiéndose del brazo ya inerte, se alzó a la región del ideal y sigue alumbrando y orientando nuestra marcha por los caminos de la libertad, y del honor. Por eso hoy, y mañana y siempre Costa Rica te proclama, enternecida y orgullosa, como al primero de sus hijos; por eso la Escuela Normal de Costa Rica, respondiendo a esta tan hermosa iniciativa del Instituto, quiso venir por medio de sus delegaciones, sino toda entera hecho un solo corazón a hacerte presente su profundo cariño como emoción que mi palabra no acierta a expresar.
Tu gesto es para estas niñas y estos jóvenes, futuros educadores de la República, una lección permanente de patriotismo y también amor filial45 .

28La narrativa descriptiva de la historia de vida de Santamaría, tal y como se expresa en el discurso de Dávila, apunta hacia un terreno social fundamental: el de la pobreza que experimentó Santamaría durante su niñez. Así, la alusión a un pasado de pobreza es un elemento central y fundacional de la particularidad de la vida del héroe nacional porque a partir de él se pueden hacer comparaciones con la vida de los educandos y, en ese mismo sentido, auspiciar su identificación social con el soldado-tambor recordado. Ronny Viales ha anotado que es posible que el intento de presentación de Santamaría como pobre pudo haberse desarrollado como una estrategia de la élite político-económica costarricense para crear un “efecto de nivelación” asociando a la sociedad costarricense en general con la pobreza y, así, con la ausencia de clases sociales46. En el discurso de Dávila, esa sociedad sin clases se materializa en la camaradería de los campesinos rústicos con los obreros y los mozos de la ciudad. Pero el asunto va más allá porque construye, en términos de Víctor Turner, un guión social que crea relaciones entre lo pasado y lo presente47. En ese sentido, esta representación social tan corriente de Santamaría invita a los pobres a ver en el sacrificio su muestra más clara de amor a la patria. Y ese sacrificio no se contempla únicamente como dar la vida por el país (algo que pareciera exclusivo de Santamaría) sino en asumir una actitud de sacrificio en la vida diaria muy parecida a la construida desde la religión. Sería importante estudiar en qué medida, este discurso de pobreza se habría fortificado en Costa Rica en el contexto de la crisis económica internacional que impactó profundamente a los sectores urbanos del país. De hecho, Iván Molina ha mostrado que durante la década de 1930 la Iglesia Católica acuerpó ese discurso social sobre la pobreza que llamaba a los pobres a conformarse con su condición socioeconómica y a los pudientes que quisieran, y su conciencia los moviera, a practicar la caridad48. Por otro lado, la insistencia en la pobreza de la sociedad costarricense en el pasado, también podía convertirse en un motivo de crítica. Así, la presencia de ese discurso de pobreza comenzará a ser utilizada por los comunistas costarricenses en la década de 1930 como un posible discurso de movilización social frente a las clases acomodadas del país49. El éxito que tuvieron los comunistas al respecto, alentó a finales de la década de 1930 a un grupo de políticos católicos a emprender una apropiación del discurso sobre la cuestión social con el fin de enfrentar electoralmente a la izquierda nacional50.

29El siguiente nivel de la narrativa de historia de vida de Santamaría es el del motivo de su recuerdo: haber prendido fuego al Mesón en Rivas. Es en esta representación histórica del héroe en donde se exalta el tema del sacrificio con más claridad. Para los niños y jóvenes que escucharon a Dávila, ese sacrificio fue expuesto en términos cívicos que los hacía acreedores a una deuda impagable con el héroe nacional. La única forma de pagar ese sacrificio, residía en seguir el brillo de la tea del Erizo; una tea que alumbraba dependiendo de los vaivenes del discurso oficial. En el marco del centenario, el recuerdo del nacimiento de Santamaría se justificaba en términos de su muerte; si se le recordaba en su infancia era fundamentalmente por el momento de su vida que memoraba la historia oficial —aunque en forma errada— como culminante de la lucha en contra los filibusteros.

30Lo que sí aparece, si bien no completamente como algo novedoso pero sí claramente como insistente, es un discurso religioso con respecto a la figura del héroe. Aunque desde 1891 se habían dados muestras de una asociación entre el sacrificio de Santamaría y la visión cristiana del sacrificio de Cristo51, el discurso conmemorativo del centenario del nacimiento del Erizo dio muestras claras de una fortificación y extensión de esa mistificación del héroe. Una primera muestra de esa divinización de Santamaría aparece ya en el discurso de Dávila cuando habla de “un recogimiento como religioso” al encontrarse frente a la Fuente de la Libertad porque, según él, ese era “el lugar sagrado en que vino a la vida” Santamaría. Otra evidencia de ese discurso religioso aparece el día del centenario del héroe nacional, cuando La Tribuna publicó en primera plana la imagen de la estatua de Santamaría rodeada por una corona de hojas. Al pie de la imagen, se estampó esta visión cívico-religiosa:

31Cien años se cumplen hoy de haber nacido, en la ciudad de Alajuela, el soldado Juan Santamaría, héroe máximo de la libertad de nuestra patria; diga nuestro pueblo frente al bronce que inmortaliza al que fue Quijote en la noble acción y Jesucristo en el sacrificio, su profesión de fe y repita su juramento eterno de vigilancia constante, su inquebrantable decisión de mantener, a todo trance y a toda costa, inviolada su libertad é incólumes sus instituciones democráticas…
Al cumplirse cien años de su nacimiento la patria tiene una reverencia para su hijo preclaro; le rinden tributo todos los costarricenses de buena voluntad; a las voces de los mayores que comprenden más hondamente lo que valió el sacrificio inmortal, se unen las voces de oro y de cristal de los niños y las de los jóvenes: todos miran al héroe fulgurante; al soldado que, nacido de la llanura popular escaló triunfalmente el cenit luminoso de la gloria imperecedera52.

32Como se aprecia, para La Tribuna la figura de Santamaría había subido el escalafón de las representaciones cívicas hasta alcanzar el de las religiosas. De ahí que su muerte y su recuerdo dependían de una profesión de fe de parte de los viejos, los jóvenes y los niños del país. Tal visión fue explotada sin descanso durante los discursos que se sucedieron el día del centenario frente a la Fuente de la Libertad. Allí, Arturo Quirós, Secretario de Seguridad Pública, acotó:

33…Juan nació y vivió pobre y murió legando el capital más grande y más envidiable que en la vida se puede conseguir y que es la inmensa y vivida gratitud nacional: hijo del pueblo, sencillo, silencioso, plácido, muere transformado en mártir glorioso: sus cenizas bajaron a la tierra en modesta forma y su figura se levanta hoy en bronce que moldeó la gratitud nacional: fue un soldado en las filas redentoras y hoy es el redentor; fue bueno y hoy es grande; fue valeroso y hoy es inmortal.…Bendita sea su memoria y bien haya el pueblo alajuelense que hoy le rinde este homenaje que santifica la gratitud nacional53.

34 No es difícil descifrar el credo cristiano que se presenta en las palabras de Quirós sobre la vida del soldado Juan. Así, el “hijo del pueblo” habría muerto como un “mártir glorioso”, sus cenizas habrían descendido a la tierra, pero también habría resucitado metafóricamente al elevarse su figura en una estatua. Aunque aquí no se habla explícitamente de Santamaría como un Cristo moderno, sí se le llama “el redentor” bueno, valeroso e inmortal. Para subrayar esa caracterización, nuevos adjetivos hablan de su memoria bendita y una gratitud nacional que se santifica al celebrar al héroe. Estaríamos, así, en presencia ya no de un santo, sino de una divinidad que se ha elevado hasta su máxima altura.

35 Pero la persona que mejor construyó la representación de Santamaría como un dios fue Otilio Ulate. Durante la develación de la Fuente de la Libertad, en su discurso como diputado y a la vez como representante de la Municipalidad de Alajuela, Ulate definió el proceso de deificación de Santamaría y lo legitimó en términos guerreros y patrióticos. Ulate dijo:

36Cien años han ido labrando y puliendo la figura simbólica del joven átrida, alzada en las perspectivas solemnes de la gloria. Ya está hecha, para que la contemplen, deslumbrándose, los ojos de los hombres. Ya está, definitivamente consagrada, a despecho de los iconoclastas, de pie sobre su altar de mármol eterno, y escucha los himnos épicos y se envuelve en el humo azul de incienso propiciatorio y contempla las marchas rituales de los guerreros, y mira humedecerse de orgullo los ojos de los ancianos y de ternura los ojos de los niños y de pasión los ojos de las doncellas. Es como un Dios tutelar de la Patria libre y sin mancilla54.

37En su discurso, Ulate advierte con claridad el intento de los políticos liberales por divinizar al soldado Juan, pero lo justifica cambiando la fórmula de esa transmutación al decir: “Los pueblos antiguos divinizaban así a los hombres. Los pueblos de ahora queremos humanizar a los Dioses”. La fórmula de Ulate pareciera crear la idea de que la comparación entre los héroes nacionales y la divinidad responde a un deseo por acercar la segunda a la humanidad. No obstante, en su representación es como si Ulate hubiese apuntado que Santamaría primero fue dios y que el interés de los costarricenses al explorar su historia era encontrar el lado humano del soldado Juan. En ese sentido, Ulate recurre otra vez al credo cristiano católico y lo recompone para ajustarlo a Santamaría. El resultado es increíble:

38Juan no fue un soldado, fue mucho más que eso, fue un arcángel exterminador y anunciador —Miguel y Gabriel a un tiempo— que a la vez que castigó con purificador castigo a los réprobos que hollaban el seno virginal y sagrado de su madre infinita, la tierra de todos sus amores, proclamó a los hombres de América el claro amanecer de un espléndido día. Su brazo alzado a la gloria del martirio por el ansia celeste de libertad, era el brazo de todos los humildes, de todos los desamparados, de todos los hambrientos de justicia, de todos los sedientos del Reino de los cielos, de todos los benditos por Jesús55.

39Como se ve, Ulate terminó de definir el credo de Santamaría. En sus palabras, el héroe nacional es otra vez una especie de Cristo. Así, Santamaría sería hijo de un “seno virginal”, habría castigado a los “réprobos” y habría proclamado una especie de evangelio sobre el futuro de Costa Rica. En una misma línea, Santamaría es identificado con los “humildes”, los “desamparados” y los “hambrientos” para proclamarlo como aquel que redimiría a los “sedientos del Reino de los cielos”.

40¿De dónde proviene esa insistencia en crear vínculos entre Juan Santamaría y Cristo? No es raro, en los procesos de construcción de identidades nacionales, que los constructores del discurso recurran a imágenes religiosas para comparar a los escogidos para ser los héroes de la nación. Es a eso a lo que Anthony D. Smith llama exempla virtutis56. En ese sentido, se producen comparaciones entre esos héroes y personajes del Antiguo y el Nuevo Testamento cristianos para exaltar sus virtudes y destacar sus caracteres. Y eso involucra también una comparación entre esos héroes y Cristo. Así, en Latinoamérica el modelo de muerte de Cristo es recurrente en procesos de divinización de héroes nacionales como el de Santamaría. Víctor Turner lo ha apuntado bien para el caso de varios líderes mexicanos desde Hidalgo hasta el campesino revolucionario Emiliano Zapata. Todos esos líderes, incluso el emperador Maximiliano, bebieron del tema del martirio, la sangre y el sufrimiento que siempre conducían a un mismo lugar simbólico: el viacrucis57. El caso del héroe nacional costarricense cumple con ese mismo proceso, incluso a pesar de que su historia oficial no incluía la traición de un amigo cercano ni tampoco un mensaje de redención para los oprimidos. Aún así, en la forma en que Ulate presentó a Santamaría, ambos elementos, traición (en alguna medida presente en la mención de los “réprobos”) y mensaje de rescate de los pobres, fueron introducidos en la narración de la vida del Erizo.

41Así, Santamaría, el héroe nacional, fue convertido por el discurso nacionalista de conmemoración de su centenario, en un Cristo. ¿Por qué y para qué se había llegado a ese nivel de representación del héroe nacional? Es posible decir que el culto a Santamaría, en tanto culto nacional, había alcanzado para la década de 1930 a unir con claridad el discurso nacionalista al religioso. Y eso no fue ni fortuito ni antojadizo; de hecho, el nacionalismo, en su construcción hegemónica, reproduce con cuidado un esquema de culto al dogma nacionalista similar al de la religión58. Se trata, en ese sentido, de un uso político de la religión que muchos intelectuales y políticos de países cristianos y no cristianos hicieron con la convicción de que ese discurso religioso de lo civil serviría a la causa nacionalista, aunque también hay que advertir que sacerdotes y líderes espirituales también hicieron al nacionalismo beber de la religión con la convicción de que eso alentaría la causa de su credo59.

42Al parecer, vislumbrando la experiencia de Santamaría, una vez que la fusión entre nacionalismo y religión alcanza a concretar un discurso nacionalista que mistifica y diviniza al héroe, la crítica histórica en contra de esa figura se vuelve impensable y per se aborrecible para los nacionalistas. Es allí en donde opera una negación de la explicación analítica y el pasado es explicado en términos de fe. ¿Por qué? En el caso del héroe costarricense, este discurso nacionalista-religioso alcanzó su máximo nivel como respuesta a las críticas que, desde finales del siglo XIX, negaban su muerte al pie del Mesón de Guerra o su participación en la batalla de Rivas60. Al convertir la imagen de Santamaría en una divinidad, los impulsores nacionalistas de esa visión tendieron a apelar a un discurso religioso —por lo demás socialmente aceptado— que fácilmente huía de las preguntas históricas y negaba cualquier posibilidad de crítica del pasado que se había construido en torno a la figura del héroe nacional.

Epílogo

43En general, el discurso patriótico y conmemorativo del héroe costarricense fue certificado por Carlos Jinesta en su Epinicio Juan Santamaría publicado como parte de las celebraciones del centenario de Santamaría. En La Tribuna, la obra de Carlos Jinesta fue celebrada y presentada como escrita en “estilo castizo y elegante que caracteriza las producciones del joven escritor, esta biografía contribuirá, de modo notable, a festejar la memoria de nuestro héroe”.[61] Y así lo hizo; Jinesta reconstruyó la vida de Santamaría como la de un pobre niño, lleno de virtudes y de coraje, que creció para convertirse en el héroe del país y con ello en el mejor ejemplo para los jóvenes costarricenses. Ya casi al final de su trabajo, Jinesta incluso certifica la visión de fe que, desde la esfera civil, muchos políticos e intelectuales liberales costarricenses habían plasmado en la memoria de Santamaría: “lo vemos así; con un himno en el corazón; con un credo en los labios62”. En efecto, la estatua a la memoria de Santamaría vería sostenerse, imaginarse y re-imaginarse, año con año cada 11 de abril, el culto al soldado que representaba63.

44Sin embargo, a inicios del siglo XXI, en el contexto del sesquicentenario de la Campaña Nacional, no fue la imagen de Santamaría la que imperó en el escenario público ni mucho menos la que más se rodeó de un aura religiosa en el discurso conmemorativo del recuerdo de la guerra antifilibustera. En su lugar, fue Juan Rafael Mora Porras, el presidente de Costa Rica durante la guerra contra Walker, el escogido por varias personas para recibir el beneplácito de ese discurso cuasi-religioso del que había gozado Santamaría en 1931. Así, antes y durante el 2006 un grupo de investigadores y aficionados por la historia de la Campaña Nacional, comenzaron a publicar trabajos cuyo discurso nacionalista tendía a tomar una variante religiosa alrededor de la figura del presidente que combatió a las huestes filibusteras. Entre ellos, el periodista Armando Vargas Araya fue quien coronó mejor ese discurso en un libro que rescata todas las bases de la narrativa religiosa nacionalista, pero esta vez adaptada a Mora Porras. Vargas Araya incluso ideó un “Credo” que, similar al que ya existía en el centenario de Juan Santamaría, constituye un acto de fe sobre la memoria de Mora Porras construida por el mismo Vargas Araya:

45Creo que el Presidente Mora tiene mucho qué hacer en Costa Rica todavía. Creo que es el mejor Presidente de la República de todos los tiempos. Creo que nuestra personalidad nacional tiene raíces indestructibles en su ejemplo y en sus ideales, los cuales saturan de ideas-fuerza la historia y el porvenir de la nación. Creo que todos los costarricenses somos hijos de don Juan Rafael Mora, de su espada, de su sabiduría, de su sacrificio. Ante él debemos inclinarnos, con entrañable amor, y decir, con cariñoso respeto, ¡oh, padre! Creo que es padre de la abolición de la pena de muerte. Creo que es padre de nuestra democracia. Creo que es hombre solar, homagno que acepta su misión, la ennoblece y la cumple. En el rosicler que alumbra las cúspides del Irazú, el Poás y el Turrialba, vio claro el futuro de la patria. En los arreboles que endoran las crestas del Tenorio, el Miravalles y el Orosí miró hermosísima la dignidad de ser costarricense64.

Si bien el lenguaje del “Credo” a Mora Porras de Vargas Araya aparece como la cumbre de la canonización del presidente recordado en el contexto del sesquicentenario, realmente Vargas Araya no inventó dicho discurso. El recuerdo de Mora Porras se había estado construyendo desde el siglo XIX y alcanzó un brillo parecido al discurso religioso de Santamaría en las décadas de 1910 y 1920 cuando se celebró su centenario y se inauguró una estatua a su memoria65. En buena medida, parte del éxito del libro de Vargas Araya sobre su biografiado es haber rescatado ese discurso religioso-nacionalista de la memoria de Mora Porras y haberlo popularizado en un momento en que el recurso al patriotismo permitía su reafirmación. Pero otras personas también han bebido últimamente de ese discurso religioso-nacionalista sobre la memoria del presidente Mora Porras, especialmente como un recurso para enfrentar cualquier crítica o cuestionamiento a su visión del pasado. Así por ejemplo, en una reacción a un artículo del historiador Iván Molina en el que se discutía acerca de la versión histórica sobre Mora Porras que se enseñará en la secundaria costarricense66, el historiador Raúl Arias recurrió a un lenguaje religioso que presenta a Juan Rafael Mora Porras en términos similares a los de una divinidad al asegurar que: “…más allá de concepciones teóricas o decisiones institucionales, la única verdad es que Iván Molina practica el viejo juego de buscar lunares en la figura y obra de don Juanito; eso sí, este juego hay que jugarlo con anteojos anti-reflejo solar, para no ser cegado por el brillo intenso que irradia desde hace ciento cincuenta y tantos años, en el horizonte patriótico nacional y universal la luz del insigne gobernante y héroe nacional67”. En términos historiográficos, lo problemático de esa divinización de otro personaje de la Campaña Nacional a través del uso de un lenguaje religioso es que, en muchas ocasiones, niega la crítica histórica como válida para analizar a esos personajes y reduce a un asunto de fe el conocimiento del pasado68.

46Notas de pie de página

471 “La Jefatura de Educación recomienda celebrar magnas asambleas en todas las escuelas en homenaje a Juan Santamaría”, La Tribuna (23 de agosto de 1931), pág. 15.

482 Véase Rebecca Earle, “Sobre Héroes y Tumbas: National Symbols in Nineteenth-Century Spanish America”, en Hispanic American Historical Review, Vol. 85, No. 2 (2005), pp. 375-416. Para una evaluación limitada de la producción de algunos trabajos historiográficos sobre la invención de la nación en Latinoamérica véase Nicolla Miller, “The Historiography of Nationalism and National Identity in Latin America”, en: Nations and Nationalism, Vol. 12, No. 2 (2006), págs. 201-221.

493 José de Obaldía, “Discurso pronunciado por el señor don José de Obaldía en el Salón del Palacio de Gobierno, el día 15 de setiembre de 1864”, Cuadernos de cultura 11 de abril, No. 10 (Costa Rica, 1990).

504 Rafael Ángel Méndez Alfaro, Imágenes del poder. Juan Santamaría y ascenso de la nación en Costa Rica (1860-1915) (San José: Editorial de la Universidad Estatal a Distancia, 2006), págs. 32-68.

515 Archivo Nacional de Costa Rica (en adelante ANCR), Serie Congreso, No. 8643, 17 de julio de 1873-18 de julio de 1876, fs. 1-2.
fn6. Véanse Steven Palmer, “Getting to Know the Unknown Soldier: Official Nationalism in Liberal Costa Rica, 1880-1900”, en: Journal of Latin American Studies, Vol. 25, No. 1 (Feb. 1993), pp. 45-72. Aunque comparto parte de su crítica hacia la magnitud otorgada por Palmer a la forma en que fue recibida en Costa Rica la declaración de Justo Rufino Barrios, creo que Rafael Méndez (_Imágenes del poder_, pp. 79-81) termina subvalorando este elemento que, no debe dejarse de lado, sí formaba parte del contexto en que reaparece claramente la figura de Santamaría con fines nacionalistas. En todo caso, hay que tomar en serio el que en más de una ocasión la idea guatemalteca de reunificar Centroamérica fue respondida en Costa Rica con un discurso de tipo “nacionalista” e interpelando a la guerra contra los filibusteros como credencial del valor costarricense en la defensa de su territorio. Véase David Díaz Arias, “Una Fiesta del Discurso: vocabulario político e identidad nacional en el discurso de las celebraciones de la independencia en Costa Rica, 1848-1921”, en: Revista Estudios, Escuela de Estudios Generales, Universidad de Costa Rica, No. 17 (2003), pp. 73-104.

527 Véanse Steven Palmer, “Sociedad Anónima, Cultura Oficial: Inventando la Nación en Costa Rica, 1848-1900”, en Iván Molina y Steven Palmer (editores), Héroes al Gusto y Libros de Moda. Sociedad y cambio cultural en Costa Rica (1750-1900) (San José: EUNED, 2004), págs. 257-323; Steven Palmer, “El héroe indicado (o un Estado en búsqueda de su nación): Juan Santamaría, la batalla de Rivas y la simbología liberal, 1880-1895”, en: Iván Molina Jiménez (editor), Industriosa y sobria. Costa Rica en los días de la Campaña Nacional (1856-1857) (Vermont, Estados Unidos: Plumsock Mesoamerican Studies, 2007), págs. 111-129; David Díaz Arias, La Fiesta de la Independencia en Costa Rica, 1821-1921 (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2007), págs. 63-136.

538 En la conmemoración del sesquicentenario de la Campaña Nacional en el 2006 aparecieron trabajos nacionalistas que repitieron esa visión liberal sobre la Campaña Nacional. Para un análisis de esos libros y de otra producción historiográfica que apareció en el sesquicentenario, véase David Díaz Arias, “El sesquicentenario de la Campaña Nacional y la historiografía costarricense”, Revista de Historia (Costa Rica), No. 57-58 (enero-diciembre del 2008), págs. 175-202.

549 Véase Tranquilino Chacón Chaverri, Información ad perpetuam; heroísmo de Juan Santamaría; batalla del 11 de abril de 1856 (San José: Imprenta de José Canalías, 1891).

5510 Véase Annie Lemistre Pujol, Dos Bronces Conmemorativos y Una Gesta Heroica. La estatua de Juan Santamaría y el Monumento Nacional (Alajuela, Museo Histórico-Cultural Juan Santamaría, 1988); Patricia Fumero, El Monumento Nacional. Fiesta y develización setiembre de 1895 (Alajuela, Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, 1998).

5611 Véase Méndez Alfaro, Imágenes del poder, págs. 108-129.

5712 David A. Brading, Marmoreal Olympus: José Enrique Rodó and Spanish American Nationalism (Centre of Latin American Studies, University of Cambridge, Working Papers No. 47, 1998).

5813 De hecho para el caso centroamericano las intromisiones de los cónsules británicos y los representantes norteamericanos se presentaron durante todo el siglo XIX. Por ejemplo, en el caso de la problemática del río San Juan fue reconocido el apoyo de Estados Unidos a Nicaragua y el de Gran Bretaña a Costa Rica durante la primera parte del siglo XIX, ambos muy interesados en la construcción de un canal interoceánico. Véanse Mario Rodríguez, A Palmerstonian Diplomat in Central America: Frederick Chatfield (Tucson: University of Arizona, 1964); Clotilde Obregón Quesada, El Río San Juan en la Lucha de las Potencias (1821-1860) (San José, Editorial Universidad Estatal a Distancia, 1993).

5914 Véase David Brading, Marmoreal Olympus: José Enrique Rodó and Spanish American Nationalism (Centre of Latin American Studies, University of Cambridge, Working Papers No. 47, 1998).

6015 Este primer antiimperialismo latinoamericano va a estar basado más en una crítica cultural y en la reiteración de que América Latina era heredera directa de la grandeza del latín y el griego antiguos, que en una crítica de la intervención económica de los Estados Unidos sobre la región y el consiguiente llamado a una lucha revolucionaria en contra del imperio. Véanse Nicola Miller, In the Shadow of the State: Intellectuals and the Quest for National Identity in Twenty-Century Spanish America (London: Verso, 1999), pp. 174-209. Para uno de los mejores análisis sobre este movimiento literario latinoamericano de fines del siglo XIX y principios del XX, ver: Julio Ramos, Desencuentros de la modernidad en América Latina: literatura y política en el siglo XIX (México: Fondo de Cultura Económica, 1989), págs. 203-243.

6116 Véase Frank Ellis, Las transnacionales del banano en Centroamérica (San José: EDUCA, 1983), págs. 41-51.

6217 Véase Álvaro Quesada Soto, Breve Historia de la Literatura Costarricense (San José: Editorial Porvenir, 2000), pág. 21.

6318 “La Independencia y Mora. Conversación del Director de La República a los obreros tipógrafos. 15 de Setiembre de 1913”, La República (17 de septiembre de 1913), pág. 4.

6419 ANCR, Serie Congreso, No. 10872, 1914, f. 1.

6520 Véase David Díaz Arias, “Fiesta e imaginería cívica: la memoria de la estatuaria de las celebraciones patrias costarricenses, 1876-1921″, en: Revista de Historia, Nos. 49-50 (enero-diciembre, 2004), págs. 111-154.

6621 ANCR, Serie Congreso, No. 11486, 1915, f. 2.

6722 “Cómo será celebrado el 15 de Setiembre en todas las escuelas de la República”, La Prensa Libre (7 de septiembre de 1915), pág. 2.

6823 Véase David Díaz Arias, Historia del 11 de abril: Juan Santamaría entre el pasado y el presente, 1914-2006 (San José, Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2006), págs. 7-120.

6924 Rubén Darío, “Fiesta Patria”, La Prensa Libre (23 de septiembre de 1891), pág. 2.

7025 “11 de abril”, La Información (11 de abril de 1916), pág. 2.

7126 “El homenaje al héroe. Crónica publicada en la revista El Maestro, agosto de 1931”, Instituto de Alajuela, Libro del centenario de Juan Santamaría 1831-29 de agosto-1931 y algunas otras páginas cívicas de Alajuela (San José: Imprenta Nacional, 1934), págs. 21-23.

7227 “Ayer dieron comienzo en Alajuela los festejos en conmemoración del centenario de Juan Santamaria”, La Tribuna (25 de agosto de 1931), p. 4; “El Liceo de Costa Rica rindió ayer su homenaje a Juan Santamaría en Alajuela”, La Tribuna (27 de agosto de 1931); “Bajo el cielo alajuelense”, La Tribuna (27 de agosto de 1931); “El homenaje del Colegio Superior de Señoritas al héroe nacional”, La Tribuna (28 de agosto de 1931).

7328 “Programa general de los festejos cívicos organizados por el Instituto de Alajuela en conmemoración del centenario de Juan Santamaría”, Instituto de Alajuela, Libro del centenario de Juan Santamaría 1831-29 de agosto-1931 y algunas otras páginas cívicas de Alajuela (San José: Imprenta Nacional, 1934), págs. 18-20.

7429 “Grandes festejos cívicos en conmemoración del centenario de Juan Santamaría”, La Tribuna (27 de agosto de 1931).

7530 “El grandioso homenaje rendido ayer en Alajuela a la memoria de Juan Santamaría”, La Tribuna (30 de agosto de 1931), pág. 1.

7631 Oficial, Censo de población de Costa Rica 11 de mayo de 1927 (San José: Dirección General de Estadística y Censos, 1960), pág. 26. Agradezco a Iván Molina por llamarme la atención al respecto.
fn32. “El grandioso homenaje rendido ayer en Alajuela a la memoria de Juan Santamaría”, La Tribuna (30 de agosto de 1931), pág. 6.

7733 “El grandioso homenaje rendido ayer en Alajuela a la memoria de Juan Santamaría”, La Tribuna (30 de agosto de 1931), pág. 6.

7834 Véanse Iván Molina Jiménez, “Carlos Monge Alfaro y la democracia rural”, en: Carlos Monge Alfaro, Conceptos sobre la evolución de Costa Rica en el siglo XVIII (San José: Editorial de la Universidad Estatal a Distancia, 2007), pp. vii-xx; Iván Molina Jiménez, “Los jueces y los juicios del legado colonial del Valle Central de Costa Rica”, en: Revista de Ciencias Sociales, No. 32 (junio de 1986), págs. 99-117.

7935 Véanse Iván Molina Jiménez, Costarricense por dicha. Identidad nacional y cambio cultural en Costa Rica durante los siglos XIX y XX (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2002), págs. 43-78; Eugenia Zavaleta Ochoa, Eugenia Zavaleta, Las Exposiciones de Artes Plásticas en Costa Rica (1928-1937) (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2004); Iván Molina Jiménez, “Plumas y pinceles. Los escritores y los pintores costarricenses: entre la identidad nacional y la cuestión social (1880-1950)”, en: Revista de Historia de América (México), No. 24 (enero-junio de 1999), págs. 55-80.

8036 “El grandioso homenaje rendido ayer en Alajuela a la memoria de Juan Santamaría”, La Tribuna (30 de agosto de 1931), pág. 16.

8137 Picado se había interesado profundamente por el estudio de la Campaña Nacional por lo menos desde principios de la década de 1920: Teodoro Picado Michalski, Antecedentes de la guerra nacional: apuntes para nuestra historia diplomática (San José: Imprenta Alsina, 1922).

8238 “El grandioso homenaje rendido ayer en Alajuela a la memoria de Juan Santamaría”, La Tribuna (30 de agosto de 1931), pág. 16.

8339 “El grandioso homenaje rendido ayer en Alajuela a la memoria de Juan Santamaría”, La Tribuna (30 de agosto de 1931), pág. 16.

8440 “Ayer dieron comienzo en Alajuela los festejos en conmemoración del centenario de Juan Santamaria”, La Tribuna (25 de agosto de 1931), pág. 7.

8541 Detrás de ese decreto estaba Teodoro Picado quien fungía en 1932 como Secretario de Educación Pública del gobierno de Ricardo Jiménez. Instituto de Alajuela, Primer Catálogo del Museo Histórico “Juan Santamaría” (Alajuela: 11 de abril de 1933). Véase también la reunión de los artículos sobre el Museo que aparecieron durante el centenario de Santamaría en la prensa costarricense en: “Una lección permanente: el Museo Histórico Juan Santamaría”, Instituto de Alajuela, Libro del centenario de Juan Santamaría 1831-29 de agosto-1931 y algunas otras páginas cívicas de Alajuela (San José: Imprenta Nacional, 1934), págs. 115-137.

8642 “El señor Secretario de Educación nos habla de la colaboración de los colegios y escuelas en los festejos que se le tributaron a Juan Santamaría”, La Tribuna (3 de septiembre de 1931), pág. 3.

8743 Véase David Díaz Arias, “Ritos escolares y símbolos nacionales en la fiesta de la independencia en Costa Rica, 1899-1921″ en: Praxis (Heredia), No. 57 (2005), págs. 65-84.

8844 Véase Palmer, “Sociedad Anónima, Cultura Oficial”.

8945 “Ayer dieron comienzo en Alajuela los festejos en conmemoración del centenario de Juan Santamaria”, La Tribuna (25 de agosto de 1931), pág. 4.

9046 Ronny Viales Hurtado, “La fiesta de la independencia en Costa Rica, 1821-1921 de David Díaz Arias”, Revista de Historia, Nos. 55-56 (2007), págs. 205-211, especialmente pág. 208. Véase además: Ronny Viales Hurtado, “El régimen liberal de bienestar y la institucionalización de la pobreza en Costa Rica, 1870-1930”, en Ronny Viales Hurtado (editor), Pobreza e historia en Costa Rica. Determinantes estructurales y representaciones sociales del siglo XVIII a 1950 (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2005), págs. 71-100.

9147 Victor Turner, “Hidalgo: History as Social Drama”, en: Victor Turner, Dramas, Fields, and Metaphors. Symbolic Action in Human Society (New York: Cornel University Press, 1974), págs. 98-155.

9248 Iván Molina Jiménez, Anticomunismo reformista. Competencia electoral y cuestión social en Costa Rica (1931-1948) (San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica, 2007), pág. 75.

9349 Ana María Botey Sobrado, “Las representaciones sociales de la pobreza en la Costa Rica de la década de 1930”, en Ronny Viales (editor), Pobreza e historia en Costa Rica. Determinantes estructurales y representaciones sociales del siglo XVIII a 1950 (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2005), págs. 273-295.

9450 Molina Jiménez, Anticomunismo reformista, pp. 97-171; David Díaz Arias, “¿Una ‘Contra-reforma’ tropical? Estado, religión y lucha política en Costa Rica, 1940-1949”, Senderos (Costa Rica), No. 95 (enero-abril del 2010), pp. 135-162.

95fn51. Eso es claro en varios discursos de la inauguración de la estatua de Juan Santamaría en septiembre de 1891. Ver como ejemplo: “Discurso pronunciado por su autor, el 20 del corriente, en el baile dado en el Palacio Municipal de Cartago, conmemorando el 15 de setiembre y al héroe de Rivas, Juan Santamaría”. La Prensa Libre (25, 26 y 27 de septiembre de 1891), Nos. 688, 689 y 690, pp. 2-3. La primera persona en tomar nota de esa dimensión del discurso religioso en la inauguración de la estatua a Santamaría fue Patricia Fumero, pero sin resaltarlo debidamente y sin anotar su particularidad en la construcción del discurso nacionalista en torno a Santamaría. Ver: Patricia Fumero, “La celebración del santo de la patria: la develización de la estatua al héroe nacional costarricense, Juan Santamaría, el 15 de setiembre de 1891”, en: Iván Molina Jiménez y Francisco Enríquez Solano, Fin de Siglo e Identidad Nacional en México y Centroamérica (Alajuela: Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, 2000), págs. 403-435.

9652 “Homenaje de ‘La Tribuna’ a Juan Santamaría”, La Tribuna (29 de agosto de 1931), págs. 1.

9753 “El grandioso homenaje rendido ayer en Alajuela a la memoria de Juan Santamaría”, La Tribuna (30 de agosto de 1931), pág. 6.

9854 “El grandioso homenaje rendido ayer en Alajuela a la memoria de Juan Santamaría”, La Tribuna (30 de agosto de 1931), pág. 6.

9955 “El grandioso homenaje rendido ayer en Alajuela a la memoria de Juan Santamaría”, La Tribuna (30 de agosto de 1931), pág. 6.

10056 Anthony D. Smith, “Conmemorando a los muertos, inspirando a los vivos. Mapas, recuerdos y moralejas en la recreación de las identidades nacionales”, Revista Mexicana de Sociología, Vol. 60, No. 1 (enero-marzo de 1998), págs. 61-80, especialmente págs. 71-75.

10157 Turner, “Hidalgo: History as Social Drama”, pág. 123.

10258 Catarina Kinnvall, “Globalization and Religious Nationalism: Self, Identity, and the Search for Ontological Security”, en: Political Psychology, Vol. 25, No. 5 (October 2004), págs. 741-767, especialmente págs. 757-763.

10359 Véase las interesantes anotaciones de la relación entre religión y nacionalismo en: Juan J. Linz, “El uso religioso de la política y/o el uso político de la religión: la ideología-sucedáneo versus la religión-sucedáneo”, en: Reis (Madrid), No 114 (abril-junio del 2006), págs. 11-35, especialmente págs. 26-31.

10460 Iván Molina Jiménez, “La Campaña Nacional (1856-1857): investigación histórica y producción literaria”, en Iván Molina Jiménez y David Díaz Arias, La Campaña Nacional (1856-1857): historiografía, literatura y memoria (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2008), págs. 1-36.

10561 “Apareció la Biografía de Juan Santamaría escrita por Carlos Jinesta”, La Tribuna (27 de agosto de 1931).

10662 Carlos Jinesta, Epinicio Juan Santamaría (San José: Imprenta y Librería Alsina, 1931), pág. 36.

10763 Díaz Arias, Historia del 11 de abril: Juan Santamaría entre el pasado y el presente, 1914-2006.

10864 Armando Vargas Araya, El lado oculto del presidente Mora (San José: Editorial Juricentro, 2007), págs. 389-390.

10965 Iván Molina Jiménez, “La invención de Juan R. Mora”. Áncora, La Nación (10 de junio del 2007), p. 12; David Díaz Arias, “Fiesta e imaginería cívica: la memoria de la estatuaria de las celebraciones patrias costarricenses, 1876-1921″, pp. 111-154; Chester Urbina Gaitán, “Antiimperialismo y reafirmación nacional. Los actos de inauguración del Monumento a Juan Rafael Mora Porras (1929)”, en: Diálogos Revista Electrónica de Historia (San José), Vol. 1, No. 4 (junio-septiembre del 2000), dirección electrónica: http://historia.fcs.ucr.ac.cr/articulos/1999/vol1_n4/chesterurb.pdf [consultado el 17 de julio del 2010].

11066 Iván Molina Jiménez, “Contra el pensamiento único”, La Nación (28 de junio del 2010), pág. 46.

111fn67. Raúl Arias Sánchez, “Mora: juicio ante la historia”, La Nación (2 de julio del 2010). Molina contestó a Arias Sánchez en: Iván Molina Jiménez, “Historia e historia patria”, La Nación (8 de julio del 2010), pág. 33A.

112fn68. Es interesante al respecto el comentario que Molina hace al intento de divinización de Mora Porras por Armando Vargas. Véase Iván Molina Jiménez, “Mora instrumentalizado”, La Nación (12 de julio del 2010).

Para citar este artículo :

David Díaz Arias, « Héroes, dioses y credos: el centenario del héroe costarricense Juan Santamaría (1931) », Boletín AFEHC N°46, publicado el 04 septiembre 2010, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=2492

Comentarios

Normas de uso

Esta es la opinión de los lectores de la AFEHC, no de la AFEHC No está permitido verter comentarios injuriantes. Reservado el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema. Una vez aceptado el comentario, se enviará un correo electrónico confirmando su publicación.

¿No tienes una cuenta todavía?
Puedes crear una

Como usuario registrado usted podrá publicar de forma inmediata comentarios con su nombre.