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AFEHC : bibliografia : Las Huellas de Guatemala : Las Huellas de Guatemala

Ficha n° 2493

Creada: 01 octubre 2010
Editada: 01 octubre 2010
Modificada: 02 octubre 2010

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Autor de la ficha:

Gilles BATAILLON

Editor de la ficha:

Emilie MENDONCA

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Las Huellas de Guatemala

Gilles Bataillon nos propone una detallada reseña del libro del ex-guerrillero Gustavo "Cholón" Porras, unas memorias políticas de interés notable.
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Palabras claves :
Guerrilla, Guatemala, Testimonio, Política
Categoria:
Libro
Autor:

Gustavo Porras Castejón

Editorial:
F&G
Fecha:
2009
Reseña:

1Publicado en el marco del proyecto Testimonio de Paz, Las huellas de Guatemala es un libro de memorias políticas en el mejor sentido del término. Gustavo Porras cuenta y reconstruye la historia de su vida y, al hacerlo, examina su pasado y reflexiona sobre lo que fueron sus proyectos políticos de juventud (construir por medio de las armas una Guatemala liberada de la explotación capitalista), y sobre la manera como éstos tomaron un giro muy alejado de lo que él esperaba en los años 1970.

2El testimonio de Cholón Porras es apasionante en un doble sentido. Todos aquéllos que han tenido oportunidad de verlo comentar en vivo obras históricas y sociológicas sobre el itsmo centroamericano, pero también la actualidad, han podido apreciar su sentido del análisis: se preocupa por construir bosquejos generales pero a partir de ejemplos concretos para mostrar cómo éstos pueden ser reveladores de un contexto, de una época, de una situación política Sabe pasar muy sutilmente de una escala a otra: de la situación del campesinado indígena de Quiché al conjunto de Guatemala, de esta última a la inserción de Guatemala en la división internacional del trabajo y en la situación geopolítica latinoamericana. Su gusto por los pequeños hechos comprobados hacen de él un cronista notable, tanto de los movimientos revolucionarios y de sus bases, como de los militares y del mundo de la burguesía, de donde proviene. Se trata, en muchos sentidos, de un tipo de método intelectual que se puede oponer al de muchos especialistas en ciencias sociales, guatemaltecos o extranjeros, que oscilan entre un cientifismo de buena cualidad – los imponderables encantos del marco teórico-, un gusto por la híper especialización y un compromiso político ciego frente a los hechos.

3Tres temas llaman la atención de manera muy especial en estas memorias. En primer lugar, presentan una serie de consideraciones generales sobre la historia de Guatemala y sobre los diferentes regímenes políticos que conoció este país durante el siglo XX. En segundo lugar, constituyen un excelente testimonio sobre la concientización y el posterior compromiso político de un joven nacido en una familia bien. En tercer lugar, ofrecen una reflexión alimentada por una experiencia personal (Cholón fue un cuadro político del EGP) sobre el mundo de las guerrillas entre los años 1960 y 1990.

4Si damos fe a cierto tipo de vulgata, la dominación de los sectores agroexportadores, sus colusiones con el mundo del capitalismo internacional, norteamericano en este caso, habrían marcado el estilo político del país. Esta dominación de los sectores agroexportadores y de sus mentores extranjeros estaría en el origen de las dos grandes dictaduras del siglo XX (la de Estrada Cabrera y la de Ubico posteriormente), del derrocamiento de Jacobo Arbenz en 1954 e, incluso, de las políticas contra insurreccionales de los años 1960 a 1980. Sin que eso signifique disminuir el peso de los sectores agroexportadores, Gustavo Porras llama la atención sobre otros factores que pesaron igualmente sobre la historia del país. Retomando las observaciones de ese extraordinario observador político que fue Stephens1, resalta cómo la experiencia de los primeros años de la independencia marcaron de manera permanente las costumbres políticas del país. Como lo constata de manera muy justa, algunas de sus observaciones sobre la violencia nada han perdido de su actualidad: “A los partidarios vencidos se los fusila, se les destierra, se les hace huir o se les considera moralmente apestados y jamás se atreven a expresar sus opiniones frente a algún partido dominante”.

5Además de la solidaridad de clase, Guatemala es una sociedad fragmentada en una miríada de entidades que viven en la desconfianza recíproca, en la que la política es en la práctica el asunto de un pequeño número y toma la forma de intrigas, muchas veces sangrientas, entre clanes rivales. Hay que esperar hasta el derrocamiento de Estrada Cabrera (1920), y más aún de Ubico (1944), para que la política ya no sea asumida solamente como el complot de una facción de las élites contra otra, sino para que se asista a una acción colectiva que pone codo a codo, no sólo a los señoritos, sino también a los gremios de artesanos y a un proletariado embrionario.

6Porras insiste también en la falta de unidad simbólica de la sociedad. El código del trabajo instituido por Arévalo, en lugar de ser visto por las clases poseedoras como una forma de conciliación entre las clases aparece, por el contrario, como el reconocimiemto jurídico de unas entidades consideradas como bárbaras e irresponsables y, por esa misma vía, como un primer paso hacia el comunismo. Las representaciones y las prácticas políticas siguen marcadas por el peso de lo religioso y por la lucha de facciones. Las propuestas – aunque relativamente moderadas – de los gobiernos de Arévalo y Arbenz, y la alianza de este último con los comunistas browderistas partidarios de apoyarse en las burguesías nacionales y de no exacerbar de manera alguna la lucha de clases, se acompañan de un maximalismo verbal, que tiene todas las caracteríticas de una escatología laicizada, al cual responden muy rápidamente las excomuniones y la cruzada lanzada por el arzobispo monseñor Casariegos. Igual cosa ocurre con las disensiones en el seno del clan progresista, sobre todo las rivalidades en el seno de las fuerzas armadas – como las que existen entre militares arevalistas, Arbenz y Arana – que se resuelven por el complot y por el golpe de fuerza como lo prueba el asesinato de Arana y el éxito obtenido por el putsch de Castillo Armas. Ciertas manifestaciones de violencia que se presentan en el momento del derrocamiento de Arbenz, la humillación de este último cuando fue expulsado del país – se vio obligado a partir en calzoncillos -, el asesinato de los agraristas y las proscripciones de otros partidarios suyos son igualmente ecos de las guerras del siglo XIX, tan bién descritas por Stephens.

7Sus consideraciones sobre el lugar de los indígenas y de las divisiones étnicas en Guatemala no son menos valiosas. PORRAS Resalta, con algunos ejemplos sacados de su historia familiar, hasta qué punto las diferencias sociales no fueron vividas como diferencias de clase sino como diferencias casi naturales que prohibían cualquier tipo de representación de la comunidad nacional en términos de comunidad de iguales y, más aún, de semejantes. De esta manera, cualesquiera que sean las consideraciones que algunos miembros de las familias bien tengan con los indígenas, el mundo indígena es percibido como un conjunto perteneciente a otra especie humana y, por consiguiente, desprovisto de las mismas necesidades que los miembros de estas familias. La idea de que los indígenas tengan derechos no tiene sentido.

8Un menosprecio mucho más grande se presenta contra los mestizos y los ladinos: “Esos de bigotito que se mantienen con las manos metidas en las bolsas, además de haraganes son igualados, taimados y tramposos, les das la mano y te agarran el codo2“. El adjetivo igualado expresa, mucho mejor que largos discursos, las diferencias de esencia entre los grupos sociales y el carácter absolutamente inaceptable de la idea misma de una movilidad social o de un derecho que establezca vínculos entre iguales. La igualación de las condiciones no es evidente. Todos estos fenómenos se toman muy poco en cuenta cuando se interroga sobre las formas que asumen los conflictos sociales y políticos en la segunda mitad del siglo XX. A este respecto, las reformas impulsadas por Arévalo o por Arbenz no son solamente vividas por las clases poseedoras como demagógicas o injustas con ellos mismos, que según su propia opinión hicieron a Guatemala, sino más bien como contrarias a un orden natural y jerárquico. De la misma manera, el relativo ateísmo de Arévalo es percibido como un sacrilegio y provoca como reacción una hostilidad feroz del Príncipe de la Iglesia guatemalteca, monseñor Rossel, contra sus pretensiones reformistas y las de Arbenz; hostilidad que lo lleva a enfrentarse con el Vaticano y con su representante, el cardenal Verolino, partidario de un arreglo político con Arbenz.

9La historia del ingreso a la política de Cholón Porras es emblemática del gran viraje que se presenta en Guatemala en los años 1950, una igualación de las condiciones y un descubrimiento de la similitud, como se dice en el lenguaje del cristianismo. Hijo de una familia bien Gustavo Porras ya no se acomoda tan fácilmente, como las generaciones que lo preceden, a las contradicciones entre la miseria y los ideales cristianos: ¿qué se puede pensar de un cristianismo que tolera las mujeres como cargadoras en los mercados para ganar algunos centavos?; ¿cómo aceptar los niños vestidos con harapos remendados que viven con sus padres en cobertizos infames? Todas estas imágenes alimentan sus dudas y lo conducen a hacer suyos los ideales de un reformismo consecuente, encarnado por Arévalo y Arbenz, y posteriormente por la democracia cristiana naciente. Lo apasionante de su crónica de los años 1960 estriba, precisamente, en su manera de mostrar cómo numerosos jóvenes como él, provenientes de buenas familias y participantes de los famosos grupos de jóvenes cristianos del CRATER (movimiento estudiantil socialcristiano), dudan durante mucho tiempo acerca de la conducta a seguir. Todos comparten los ideales del Vaticano II y, posteriormente, de la Conferencia de Medellín, y todos presentan simpatías múltiples y contradictorias. Algunas veces establecen vínculos con la democracia cristiana, acarician la esperanza de una elección presidencial que lleve al poder a Arévalo o comparten las consignas de las primeras guerrillas sobre un “apoyo crítico” a la presidencia de Menéndez Montenegro en 1966. Igualmente tienen serias reservas frente al foquismo y al comunismo cubano. Dicho en otros términos, la opción por el foquismo que encontramos en Gustavo Porras y en muchos de sus compañeros del Crater no es solamente la de los militantes forzados a la acción armada por el cerramiento de las políticas pacíficas y reformistas sino también la de unos jóvenes fascinados por la idea de un sacrificio que permita realizar plenamente un ideal cristiano: “la perspectiva del sacrificio de la muerte, lejos de arredrarnos, estimulaba entre nosotros un sentimiento profundamente cristiano3“.

10La descripción del mundo de las guerrillas que nos hace Gustavo Porras establece los mojones de una reflexión muy innovadora sobre las costumbres políticas de las organizaciones armadas, y se aproxima en muchos puntos a la que ha llevado a cabo Marco Antonio Flores en sus novelas y en sus ensayos, o a las de ciertos sociólogos como Yvon Lebot y Dirk Kruijt. El autor presenta con detalle el rol decisivo jugado no solamente por Cuba, el bloque soviético y la Nicaragua sandinista, sino también por las bases en el territorio mexicano. Su testimonio invita a una nueva historia de las guerrillas, que no sólo abra un espacio para la historia de la radicalización de los jóvenes cristianos y de los movimientos sociales, sino también de los roles jugados por los militares y los agentes de los servicios secretos cubanos y sus homólogos del mundo comunista. Porras nos hace comprender hasta qué punto el paso por el mundo cubano y por los países del bloque soviético fue un aprendizaje no sólo militar sino político ya que, más allá de las experiencias regionales, se construyeron por esa vía solidaridades regionales. En los campos de entrenamiento cubanos tiene oportunidad de conocer, no sólo al poeta salvadoreño Roque Dalton, asesinado poco después por sus compañeros, sino también a Henry Ruiz el futuro Modesto de la dirección nacional del FSLN. Así se construye para toda una generación la matriz de una admiración de larga duración por el castrismo, cualesquiera que hayan sido las dudas que tuvieran algunos de ellos frente a esta primera llamada al orden del Partido Comunista cubano, que estuvo en la campaña contra la micro fracción de Escalante. Esta admiración por el castrismo no será solamente sinónimo de una negativa a interrogarse por las realidades concretas del socialismo a la cubana o de una fidelidad dispuesta a asumir todos los meandros de la política castrista, sino que pesará sobre el modo de organización misma de las guerrillas y, al hacerlo así, sobre toda la experiencia revolucionaria centroamericana.

11De una manera similar a como Castro desde los primeros momentos del movimiento 26 julio se convirtió en un jefe incuestionable y todopoderoso, Rodolfo Morán fue un egócrata que reinaba sin oposición sobre la futura EGP. Los debates sobre la cuestión del socialismo eran tolerados, ciertamente, y Gustavo Porras se convirtió de esta manera, bajo la influencia de su amigo Roque Dalton, en un lector entusiasta de la biografía que Isaac Deutscher le dedicó a Trotski; pero tales debates no se tomaban en cuenta, como lo observa en forma muy precisa: “en esta estructura vertical, las ideas de los militantes no jugaban ningún papel político. Uno podía pensar lo que quisiera siempre que se acataran las instrucciones y se llevaran a la práctica correctamente, que se cumpliera con los rituales de la organización y de la ideología militante que ésta generó[4]”. Así lo señala al evocar su primer reclutamiento por las FAR y el de otros militantes cristianos: “lo fundamental para la guerrilla era reclutarnos individualmente y que desecháramos toda idea de que podía haber soluciones por vías pacíficas5“.

12El autor subraya igualmente que la EGP reproducía las prácticas sectarias de los llamados al orden de los militantes en uso en Cuba y en el mundo soviético, gracias a la práctica de la crítica y de la autocrítica con el fin de disuadir a cualquiera de interrogarse públicamente sobre los fundamentos de las decisiones tomadas por los dirigentes. Deja entrever que las guerrillas fueron aparatos de poder totalitario por su estructuración interna, y que su rechazo a cualquier tipo de democracia interna estuvo en la base de su modo de acción. Este verticalismo y este rechazo de los esquemas democráticos serán igualmente factores que lo conducirán a dos rupturas sucesivas con la guerrilla: una primera en los años 1970, que no le impedirá reintegrarse al EGP a comienzos de los años 1980 y participar, gracias a ello, en el Frente guerrillero Augusto César Sandino (FHACS); y una segunda vez, inmediatamente después de la derrota de las guerrillas a mediados de los años 1980.

13Esta capacidad de establecer una distancia crítica con sus compromisos pasados lo conduce a presentar un panorama particularmente interesante del funcionamiento interno del FGCAS. ¿Cómo y por qué el campesinado indígena participa en las luchas del CUC? ¿Cómo se opera una radicalización en la que tanto las fuerzas armadas como la guerrilla consideran que una repetición de la revolución sandinista estaría a la orden del día en Guatemala? De allí se deriva la opción de los militares por una política de asesinato preventivo y sistemático del personal político reformista, capaz de participar en la construcción de un equivalente de la primera junta de gobierno de reconstrucción nacional en Nicaragua y, finalmente, una política de terror sistemático contra todas las fuerzas de oposición y el campesinado indígena. Y de manera paralela una competencia revolucionaria de las organizaciones de guerrilla, en un contexto donde éstas tenían una abrumadora falta de mandos y de guerrilleros, preparados y capaces de encauzar los levantamientos en las zonas rurales donde una gran parte de la población les era favorable. Sus descripciones de las interacciones entre estas estrategias y sus consecuencias son un modelo cuya fineza recuerda las descripciones que aparecen en trabajos como los de Camarck y sus colaboradores6. Evidencia hasta qué punto el terrorismo de las fuerzas armadas se aplicó sobre medios mal preparados, porque se creyó muy rápidamente que se trataba de una ofensiva final; y hasta qué punto la guerrilla se vió desbordada muy a menudo por actores incontrolables que se reclamaban de una concepción simplista de “lucha contra los ricos”, que se convertía muchas veces en una simple extorsión.

14Sería deseable que este primer volumen del proyecto Testimonios de paz fuera seguido muy pronto por otros igualmente poco convencionales. La historia centroamericana, no solamente la de Guatemala sino también la de Nicaragua y El Salvador, tiene necesidad urgente de memorialistas rigurosos que reconsideren sus antiguas inquietudes políticas de cuando optaron por la acción armada y por la vía castrista en los años 1960. Los más inteligentes y los más lúcidos de ellos han procedido a un aggiornamento socialdemócrata y nada es más interesante que ver la manera como se interrogan, con franqueza y sin rodeos, sobre lo que fueron sus compromisos anteriores.

15Gilles Bataillon, EHESS-Ecole des Hautes Études en Sciences Sociales/CRPRA

16(traducción al español por Jésus Alberto Valencia)

171 John Lloyd Stephens, Incidents of Travel in Central America, Chiapas and Yucatán (1841).

182 Gustavo Porras Castejón, Las Huellas de Guatemala, pág. 137.

193 Gustavo Porras Castejón, Las Huellas de Guatemala, pág. 229.

204 Gustavo Porras Castejón, Las Huellas de Guatemala, pág. 310.

215 Gustavo Porras Castejón, Las Huellas de Guatemala, pág. 312.

226 Robert M., Carmack (ed.), Guatemala: cosecha de violencias (Guatemala: Flacso Gatemala, 1991). Edición original en inglés, 1888.

23

Fuentes :

http://www.fygeditores.com/FGGG9789993995159.htm

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