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AFEHC : articulos : Nacionalismo de Estado e indigenismo en México: una discusión viva. : Nacionalismo de Estado e indigenismo en México: una discusión viva.

Ficha n° 2499

Creada: 12 octubre 2010
Editada: 12 octubre 2010
Modificada: 09 enero 2011

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Autor de la ficha:

Israel LEóN O'FARRILL

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Nacionalismo de Estado e indigenismo en México: una discusión viva.

En este artículo se muestra la construcción del nacionalismo en México, sus raíces, influencias e intereses a los que respondió. Igualmente, se analiza su relación con la formación de una política de Estado hacia la cuestión indígena, partiendo de las necesidades del mestizo, nunca de las del indígena mismo. Dicha política de estado, llamada indigenismo, cobró relevancia en nuestro país pues a la par de implicar acciones hacia los pueblos indígenas –generalmente sin considerarlos y muchas veces con un sentido totalmente racial-, delineó los elementos simbólicos que se utilizarían de lo indígena para constituir el nacionalismo de estado. Desde esta postura, para el Estado mexicano, la cuestión indígena es sinónimo de atraso y es un lastre para el desarrollo de nuestro país.
Palabras claves :
Nacionalismo, Identidad, Indigenismo
Autor(es):
Israel León O’Farrill
Fecha:
Septiembre de 2010
Texto íntegral:

1
h4. Introducción.

2El nacionalismo como expresión política ideológica del Estado moderno tiene en América Latina una expresión interesante, sea que esté determinada por la formación de las naciones independizadas en el siglo XIX o que, de manera artificial, sean producto de los procesos identitario- ideológicos que se fueron dando para construir elementos de cohesión en torno a proyectos de nación1. Sin embargo, consideramos que no son suficientes la formación del Estado en el sentido moderno del término o la adopción de la República, la democracia y el liberalismo más adelante, conceptos todos harto conocidos en nuestras latitudes, para entender el nacionalismo en cualquier parte, mucho menos el mexicano. Consideramos que es necesario considerar para tal efecto múltiples factores culturales que indudablemente han de dar un sentido único a lo que consideramos lo nacional en cualquier país o región; lo que es más, es condición indispensable para entender el papel de lo indígena en la formación de lo nacional y su eventual discurso. Para ello, nos sustentamos en las discusiones que ha traído la entrada de los estudios de la nueva historia cultural, de acuerdo al historiador francés Roger Chartier donde se debate tanto la pertinencia de la literatura, la lectura y su relación intrínseca con la sociedad y la cultura; incluso en el objeto mismo del quehacer histórico, que pudieran ser los textos escritos y la propia historiografía. Chartier considera difícil y elusivo el tema para la propia nueva historia cultural debido a la dificultad por definir el aspecto “cultura”.

3Bq. Pueden distribuirse esquemáticamente entre dos familias de significaciones: la que designa las obras y los gestos que, en una sociedad dada, se sustraen a las urgencias de lo cotidiano y se someten a un juicio estético o intelectual, y la que considera las prácticas ordinarias a través de las cuales una comunidad, cualquiera que sea, vive y refleja su relación con el mundo, con los otros y con ella misma (…) Se trata, entonces, de pensar cada producción cultural a la vez en la historia del género, de la disciplina o en el campo en que se inscribe, y en sus relaciones con las otras creaciones estéticas o intelectuales y con las otras prácticas contemporáneas a ella2.

4De esta definición se desprende que la cultura se centra en la elaboración específica de productos que han o deben ser comparados con otros en circunstancias ya analizadas a partir de sus características propias y las de otras expresiones contemporáneas.
El historiador Roger Chartier propone una segunda clasificación sustentada en la antropología simbólica y citando a Clifford Geertz afirma que:

5Es por tanto, la totalidad de los lenguajes y de las acciones simbólicas propias de una comunidad lo que constituye su cultura. De ahí surge la atención que prestan los historiadores inspirados por la antropología a las manifestaciones colectivas en las que se enuncia, de manera paroxística, un sistema cultural: rituales de violencia, ritos de paso, fiestas carnavalescas, etcétera3

6En efecto, las expresiones surgidas de la sociedad serán consideradas como la cultura, por tanto, vemos en ellas los conceptos, tradiciones, territorio e ideologías que poco a poco van constituyendo un sentido de pertenencia en las comunidades; ese corpus de significación habrá de constituir a su vez la nómina identitaria que sustente a los nacionalismos más adelante. El historiador Ernest Gellner afirma que de las etnias o de las sociedades preagrarias no puede surgir algo como el nacionalismo4. Bien, sin embargo, el sustrato ideológico del que puede formarse sí.

7Como apunta Roger Chartier:

8Es inútil, por tanto, querer identificar la cultura, la religión o la literatura “popular” a partir de prácticas o creencias o de textos específicos. Lo esencial está en la atención que debe prestarse tanto a los mecanismos que permiten a los dominados interiorizar su propia inferioridad o legitimidad como a las lógicas gracias a las cuales una cultura dominada llega a conservar algo de su coherencia simbólica. La lección es válida a la vez para el enfrentamiento entre sabios y las poblaciones rurales en la vieja Europa y para las relaciones entre los vencidos y vencedores en el mundo colonial5.

9Por lo anterior, al hablar del caso mexicano encontramos que es sumamente arriesgado definir los orígenes del nacionalismo, pues hay que considerar para ello, el sentido de lo mexicano, de la formación histórica del concepto, y separarla de la fecha de formación del Estado mexicano.

10Por otro lado, entendiendo los diversos aspectos que sostienen al nacionalismo mexicano actual (simbología, próceres, Constitución, cultura, religión), nos damos cuenta que es un tema elusivo, a menos que se tomen posturas determinantes y en consecuencia, excluyentes una de la otra. Surgen preguntas pertinentes y que a la vez, se tornan simplistas. ¿Es lo indígena la raíz de nuestro nacionalismo?, ¿Es lo Colonial acaso?, o ¿Se trata de la mezcla de conceptos?

Elementos de nacionalismo

11Para varios autores quizá los elementos no se encuentren tan dispersos o simplemente no se cuestionan lo anterior. Para el historiador David Brading, una especie de proto nacionalismo habría de surgir de la Colonia misma, pues es ahí, donde se conforman las relaciones culturales y sociales que más adelante darán sustento a la independencia mexicana6. Primero que nada, de manera muy temprana ya a finales del siglo XVI, el sueño de una “sociedad señorial en el Nuevo Mundo había quedado reducido a cenizas”, por lo cual se vería nacer un sentimiento criollo en contraposición directa a lo peninsular7.

12No es sino a finales del siglo XVI cuando encontramos una gran cantidad de literatura criolla caracterizada por una amarga nostalgia y un profundo sentimiento de desplazamiento. (…) La paulatina desaparición de la población indígena disminuyó drásticamente el valor de las encomiendas. (…) La primera caracterización de la condición criolla nació de la angustia de estos encomenderos en decadencia8.

13Por tanto, Brading ubica principalmente el nacimiento de un sentimiento nacionalista, en las frustraciones y decepciones de los criollos. Sin embargo, dentro de todo su análisis, repleto de referencias, observa la ambigüedad de este sentimiento para con los aspectos indígenas. Al referirse a los tratados publicados a principios del XVII Los Comentarios Reales y la Monarquía Indiana, de Fray Juan de Torquemada comenta que “su ambiguo tratamiento de la relación entre las sociedades indígenas, cuidadosamente descritas y la sociedad colonial que las reemplazó, sería durante muchos años la visión característica criolla del pasado americano9”.

14Es quizá en este punto en que se constituye la dicotomía por la que atraviesa directamente nuestro nacionalismo: las razones de la Conquista, fundamentadas necesariamente a partir de la entrada de Dios en nuestros territorios; y las razones de la nostalgia hacia ese mundo indígena que se vio perdido después de los abusos de los conquistadores ampliamente denunciados por Bartolomé de Las Casas, y que, como panacea, sería la representación de todo lo bueno, casto y puro, dentro de la nación a formarse después de la Independencia.

15Sin embargo, un pensamiento conservador ligado al pensamiento criollo y con tintes de mesianismo ha tenido su expresión más clara en el conservadurismo del pensamiento de la ultraderecha del siglo XX. Para ellos, “la visión del pasado mexicano asume una perspectiva hispanista y anti-indigenista, católica y antiliberal, que se nutre de fuentes conservadoras10. Desde luego, tal versión ensalza al catolicismo como forjador y esencia de la nación11”. Para ellos la Conquista fue un evento que liberó a la nación de la barbarie pues trajo la “luz” del catolicismo. Como lo comenta Salvador Abascal Infante, uno de los líderes e ideólogos del sinarquismo más aguerridos a lo largo del siglo XX:

16La inmaculada le arrebata al demonio mediante su paladín Hernán Cortés y los misioneros españoles […] y con los más de los otros conquistadores y con los más de los calumniados enconmenderos, lo que ahora es México y que en aquellos años […] no era […] más que un enorme matadero de hombres, mujeres y niños sacrificados […] mientras más lloraban mejor alegraban a los sacrificadores embijados de sangre y apestosos a perro muerto y que se banqueteaban […] de aquellos infelices […]. Y había ejércitos de dioses […] predominando los sanguinarios. No tienen disculpa tan horrendos crímenes12 […].

17Por si fuera poco, David Brading apunta una diferencia sustancial entre las sociedades coloniales inglesa y española: para las primeras, la aceptación de los inmigrantes europeos era natural; para las segundas, se trataba de una enemistad casi irreconciliable. “Las causas de esta enemistad son oscuras (…) Ya hemos sugerido que a este respecto el rasgo distintivo de la sociedad colonial española era el mantenimiento de una pronunciada conciencia de grupo, similar a la de una casta, entre los peninsulares13”.

18Pese a que David Brading afirma que el elemento de cohesión de esta “variada mezcla de razas y clases era más el catolicismo que una conciencia de nacionalidad14”, argumenta a lo largo de todo su libro Los Orígenes del Nacionalismo en México, que los mismos se encontrarían directamente en la Colonia. Hace una interesante revisión de los textos publicados por los defensores de las naciones indias, así como por los defensores de la causa conquistadora primero, y segundo, de la tutela del Imperio Español sobre estas tierras. David Brading va en su recorrido siglo tras siglo, exponiendo lo que a su parecer habría de constituir en adelante el nacionalismo mexicano. No resulta gratuito que divida su capitulado en tres siglos diversos; por el contrario, entendemos que la Colonia bien podría dividirse en tres siglos a partir de su propia constitución, y atendiendo a los intrincados procesos dentro y fuera de la misma: el primero, el siglo XVI, que indudablemente resulta ser el siglo de formación. En él habremos de percibir los inicios del mestizaje biológico, del cultural, de la introducción de la nueva religión y los nuevos modos, e incluso, habremos de presenciar ya el nacimiento, como sostiene David Brading, del nuevo sentimiento criollo; el segundo, el siglo XVII, el que podríamos considerar de consolidación. En efecto, presenciamos el fortalecimiento del nuevo modelo en las diversas regiones de la Nueva España y, como sucede en toda colonización, el surgimiento de fenómenos culturales propios de la región colonizada, y que para David Brading – como para otros que mencionaremos más adelante- son fundamentales para entender el pensamiento criollo; el tercero, el XVIII, el siglo de los cambios, y el preámbulo a la emancipación de las Américas. Allí, justo en ese siglo, es donde el pensamiento ilustrado habría de hacer presencia en las colonias, derivando primero en la Independencia Norteamericana, y más adelante, en los movimientos de emancipación del resto de América.

19De cualquier manera, habría que señalar que David Brading no habla nada con respecto a los movimientos indígenas que se gestaron y se llevaron a cabo en estos tres siglos, los que indudablemente constituyen por un lado, movimientos encaminados a la liberación de los blancos, pero a la vez, se sostienen casi en todos los casos, en elementos religiosos – amalgamas de lo prehispánico y lo cristiano, generalmente15 – y en discursos milenaristas, es decir, en que se espera que existan mil años a partir de la rebelión para un nuevo dominio de los indígenas de ésas, sus tierras; quizá y como lo señala el antropólogo Pedro Bracamonte y Sosa, se trata de movimientos nativistas que buscan la expulsión de todo aquello no indígena16. Resulta obvio que por espacio, e incluso por elección, Brading decidiera no considerar estos aspectos pues son quizá demasiados elementos como para asirlos fácilmente dentro de una investigación. No obstante, consideramos necesario su análisis, pues aunque en varios textos que hemos expuesto con anterioridad se habla de la formación del contenido de lo nacional a partir de lo criollo, tienden a ignorarse o se dejan de lado los aspectos identitarios indígenas, pues no son fáciles de identificar o entender a partir de la lógica del discurso Conquista – colonización – emancipación criolla. Lo anterior responde a la dificultad que presenta el hecho de que no hay una nación indígena, sino que existen muchas etnias con identidades, costumbres, lengua y cultura bien definidas, y que los separan de otras. Además, en el mundo prehispánico tampoco existían estructuras semejantes a lo que conocemos el día de hoy como Estados nación. Ello no obsta para que no encontremos la manera de entender los mecanismos que utilizaron las ciudades Estado, las confederaciones o triples alianzas para lograr la cohesión en torno a los grupos en el poder. De cualquier manera, como veremos más adelante, el discurso nacionalista tiende a la generalización ignorando dichos elementos.

20Por su parte, Enrique Florescano en su libro Etnia, Estado y Nación considera primordial entender primero el papel de esos integrantes de la sociedad. Para ello, divide el libro en tres elementos, como su título lo indica, para “revisar las relaciones que desde los orígenes de nuestra historia ligaron el destino del país con las poblaciones autóctonas17”. Para Enrique Florescano, lo más importante es determinar el papel de las comunidades indígenas en la formación del país y analizar cuál ha sido su relación con el Estado. Por ello, resulta interesante que, contrario a lo que comenta Ernest Gellner18, él extiende el nombre de Estado a las organizaciones políticas mesoamericanas para justificar el choque con la nueva organización que emerge necesariamente de la conquista.

21Esta organización política [el Estado] apareció en fechas tempranas en Mesoamérica, y desde entonces mantuvo relaciones tensas con los distintos grupos étnicos que incluyó en su jurisdicción. Al ocurrir la invasión española e implantarse un Estado colonial de tradición europea, las tensiones entre las etnias nativas y el Estado se transformaron en oposiciones profundas, que después se recrudecieron con la creación del Estado nacional19.

22Por lo que respecta al concepto de nación, Florescano lo ubica directamente en el resultado del proceso independentista en México, y que se centró en la necesidad de esa nación floreciente por construir una nómina de conceptos y símbolos diversos “unidos por valores comunes y animados por el propósito de crear un Estado Soberano (…) aspiración obsesiva de los políticos mexicanos a lo largo del siglo XIX20”.

23En cierta forma Florescano coincide con Vizcaíno (2004) en plantear la consolidación del nacionalismo mexicano a partir de las frustraciones resultantes de la invasión norteamericana y que tendría verificativo a partir de un entramado simbólico que en el discurso se traduciría en la idea de que “los pobladores del país, con todas sus disparidades, estaban unidos por ideales semejantes, compartían un territorio, tenían un pasado común y veneraban emblemas y símbolos que los identificaban como mexicanos21”.
Coincidimos con Florescano al afirmar que las clases dirigentes al asumir el modelo europeo de nación a mediados del siglo XIX, tendieron a obligar a las etnias y a los grupos tradicionales a que se sumaran a este arquetipo22, lo que, a final de cuentas, ocasionó posteriores rebeliones. Baste mencionar el caso de la Guerra de Castas que dura poco más de cincuenta años en la zona de Yucatán y que, como en ocasiones anteriores, tendría visos de una rebelión nativista y religiosa, y con la necesidad de desvincularse por completo del proyecto de nación de las clases dirigentes, no solo del estado, sino del centro mismo del país.

24Abunda Florescano a lo largo de todo el libro sobre esta difícil relación de las diversas etnias supervivientes a la conquista con los otros integrantes de la sociedad colonial. La irrupción violenta trajo consigo cambios políticos y religiosos que desmantelaron el orden preexistente y en el lugar de las organizaciones prehispánicas “se impusieron las de origen europeo y cristiano, que se combinaron con los restos de las primeras y de esta forma dieron nacimiento a instituciones de carácter híbrido, una constante de la historia colonial23”. Todo lo anterior con la intención deliberada de instaurar un régimen “correcto” sustentado en el argumento de “empresa civilizadora24”. Consideró como un asunto primordial, la idea del desarraigo de los diferentes grupos a partir de los desplazamientos naturales debidos a la guerra de conquista, como a los reacomodos que las necesidades de mano de obra traería consigo la nueva economía traída por los europeos.

25Así, entre 1540 y 1600 los debilitados sobrevivientes de las grandes mortandades fueron obligados a abandonar sus antiguas moradas y forzados a ‘congregarse’ en nuevas poblaciones. Este programa, aun cuando fue resistido y no pudo aplicarse en todas partes, cambió la ubicación geográfica, la organización política y la fisonomía social y cultural de numerosos pueblos indígenas25.

26Lo anterior implica que para Enrique Florescano, este primer punto, el desarraigo, habría de modificar la manera de pensar de los pobladores primeros de este territorio. Más que buscar justificar las rebeliones que se sucedieron durante y después de la colonia, busca entender las razones de las mismas y después explicar a su vez la injusticia posterior cometida por los habitantes y las autoridades del México independiente. Por tanto, David Brading coloca los orígenes mismos del nacionalismo mexicano en los documentos y sentimientos criollos; Florescano explora por su parte, el espinoso tema de los orígenes de la conciencia indígena desde los primeros momentos de la ocupación española. Podemos ver desde su estudio, así como en los análisis derivados de otros como los de Victoria Reifler Bricker, Nancy M. Farris, Natividad Gutiérrez Chong y Bracamonte , que fuera de mantenerse sumisos y pasivos ante la andanada de nuevas organizaciones y conceptos, los indígenas se mantuvieron renuentes a aceptar aquello que les era ajeno y que en esencia penetró de cualquier manera, pero en una suerte de superposición de creencias e instituciones26. Para Natividad Gutiérrez Chong, el elemento indígena tomado por los nacionalistas mexicanos puede rastrearse hasta el siglo XVIII como el contenido que inspiró la independencia de 1810.

27Los diversos elementos de las culturas indígenas pueden encontrarse en los restos de las antiguas civilizaciones: el neoaztequismo (Phelan Leddy, 1960: 768), por ejemplo, señala una similitud con las civilizaciones clásicas de Grecia y Roma emuladas por los Estados – nación de Occidente. Las diversas culturas y lenguas indígenas son también objeto de una política étnica oficial que proclama la tolerancia de los pueblos indios y promueve su coexistencia, armonía e igualdad con la población mestiza privilegiada y dominante27.

28Es la suya, una postura integradora entre las teorías modernistas (Gellner) e histórico-culturalistas (Smith). Para ella, ambas son complementarias y, por tanto, resulta el Estado como el poder centralizador de la nacionalidad, pero los mitos y símbolos de lo nacional, al ser el sustento de los discursos nacionalistas dejan de ser simplemente folclore para transformarse en importantes contenidos culturales que dan forma al nacionalismo28.

29El nacionalismo mexicano se transmite por medio del sistema educativo y contiene una fuerte carga de simbolismo étnico; pero los grupos étnicos resisten la asimilación total mediante el hecho de sacar ventaja de las condiciones modernas. Un modelo evolucionista y determinista no puede explicar de manera satisfactoria la formación de la nación. Antes bien, el nacionalismo resulta impredecible en la medida en que se alimente de un sinnúmero de factores étnicos29.

30Más adelante, Gutiérrez Chong realiza un minucioso estudio para determinar las posturas de los intelectuales indígenas con respecto a varios elementos del nacionalismo mexicano, como los mitos de origen y los lábaros patrios (concretamente la bandera) y demuestra su rechazo hacia los anteriores, o al menos, su desvinculación con los mismos. No les significan gran cosa. Lo anterior resulta un tanto demostrativo de lo poco que podrían estar diseminados estos conceptos, y la poca cohesión que han logrado en el mundo actual, sobre todo tratándose de las etnias indígenas. Pareciera que con la necesidad de simplificar los conceptos para hacerlos llegar de manera más eficiente, se han olvidado las particularidades que trae consigo la diversidad. Lo reciente de su estudio resulta perturbador pues en un incipiente siglo XXI donde supuestamente estos problemas de identidad tendrían que estar perfectamente resueltos ya, por el contrario, demuestran estar presentes y plantear nuevos retos para una auténtica política de respeto a la diversidad por parte del Estado y los integrantes de nuestra nación.

31Fernando Vizcaíno por su parte, ubica el nacimiento del nacionalismo mexicano como una resultante de las frustraciones que trajo consigo la invasión norteamericana de 1847. Su argumento es sólido, aunque consideramos que es simplista. Sobre todo tomando en cuenta sus propuestas posteriores donde sostiene el concepto de multinación para hacer frente a la globalización que vive el mundo como proceso irreversible. En todo caso, se ocupa de hacer una revisión de la historiografía de los estudios sobre nacionalismo en México y en su capítulo De la literatura del nacionalismo Mexicano, expone una amplia gama de investigadores, escritores e intelectuales que han hablado del tema desde diversas posturas. Concretamente llama la atención su afirmación de la doble dimensión de estos autores, tanto como analistas de los elementos del nacionalismo, como creadores del mismo, investigadores y exaltadores del nacionalismo30. Habla de Octavio Paz como representante de esta postura “quien con una obra como El Laberinto de la soledad (1950), convertido en libro de texto en las escuelas públicas de educación media y superior, contribuyó a recrear los elementos de identidad. Sus obras y su fama, a su vez, le sirvieron para condenar la centralidad y la ideología nacionalista del Estado31”.

32Habla a su vez de la amplia gama de intelectuales que, posterior al proceso de revolución de principios del siglo XX se ocuparon en definir y construir los tópicos del nacionalismo entre los que destaca a Jesús Silva Herzog, Vicente Lombardo Toledano, Molina Enríquez, Antonio Caso, Gómez Morín y José Vasconcelos32. Todos ellos como los iniciadores del discurso nacionalista post revolucionario, y que tendrían seguidores más adelante que analizarían desde diversas disciplinas el problema de lo nacional: la Psicología, la Sociología, la Filosofía y la Historia, entre los que destaca Samuel Ramos y su El Perfil del Hombre y la Cultura en México (1934), al que seguirán muchos más y de los que Octavio Paz marca, en palabras de Vizcaíno, el “mediodía33”. Incluso destaca a éste, junto con Daniel Cosío Villegas y Jorge Cuesta, como autores cuyo interés primordial no era la “‘independencia nacional’, sino la democracia y el desarrollo económico34”. Más adelante vendrán nuevas tendencias en la investigación y un distanciamiento de los logros revolucionarios, y en las décadas de los sesenta y setenta, la academia se replegó en las universidades y se deslindaron del poder político. Ya no se habla de esta dicotomía analista – creador, sino que se dedicaron estos intelectuales al análisis menos comprometido con el Estado y más con el fenómeno mismo. Destaca entre ellos a Josefina Zoraida Vázquez y al mismo David Brading con el estudio anteriormente citado35. A la vez, comenta que los estudios recientes se han centrado más en la Historia que en otras ciencias, y cita entre muchos otros a Natividad Gutiérrez Chong, con el texto que analizamos en este mismo apartado. Para Vizcaíno esto representa “el cambio de interés de los estudios, abocados más hacia la etnicidad y la identidad de las minorías culturales y regionales36”.

33Sostiene que las principales perspectivas de estudio en la actualidad son “la modernización y la globalización; el surgimiento del muticulturalismo y el fin del proyecto histórico de homogeneidad cultural, así como la crisis del Estado interventor y la política proteccionista37”. Representantes de estas tendencias son Carlos Monsiváis, Roger Bartra, Lorenzo Meyer, Sergio Aguayo, entre otros.

34En páginas posteriores, Vizcaíno analiza especialmente las posturas de Carlos Monsiváis como representante de este discurso de izquierda y vincula su pensamiento a una especie de nuevo marxismo donde simplemente se cambian los nombres de los actores, y se van delineando los dos niveles contrapuestos dentro de la sociedad: por un lado, el Estado burgués que detenta por completo la tutela del nacionalismo de Estado o, como ha estado sucediendo a partir de la llegada del nuevo modelo al país, renunciando a ella; y por el otro lado, el pueblo que debe arreglárselas con su propia visión de nacionalismo38. Vizcaíno conserva la tesis de que el nacionalismo surge anteriormente a la formación de Estado, y dice que los anteriores autores critican el nacionalismo como una resultante del Estado mismo, y aunque reconoce que existe algo llamado nacionalismo de Estado o que el mismo puede tener injerencia en la formación del nacionalismo apunta:

35Pero reconocer el nacionalismo como un movimiento previo o en contra del Estado no implica negar que, en efecto, existe un nacionalismo que se ejerce desde el Estado. El nacionalismo posterior a la Revolución mexicana es de Estado, pero el que lo precedió fue en realidad un movimiento por definición contra el régimen. La historia del siglo XIX también es eso: un movimiento continuo de alzamientos que se legitiman apelando a la nación. Así, desde mi punto de vista, existen al menos dos modalidades del nacionalismo: una para construir un Estado, lo cual implica luchar contra el orden establecido, y otra para prolongar el dominio del Estado. En cualquier caso el propósito es el poder, una lucha política39.

Para él, en todo caso, la Virgen de Guadalupe, los charros, las canciones de Juan Gabriel y otros elementos similares, no son expresiones nacionalistas, sino más bien, expresiones culturales, debido a que no persiguen en última instancia el poder político, o el apuntalamiento del Estado. En todo caso, les atañe un dudoso papel dentro de la formación de la identidad nacional40. De ahí su crítica a estos autores que han visto en estas expresiones – especialmente Monsiváis- un sentido por entero nacionalista. Estos símbolos que han sido tratados en apartados e investigaciones diversas por estudiosos que hemos citado41, no resultaron en el pasado lejano simples expresiones culturales, sino que fueron claras banderas tanto para la integración de un todo nacional y, más adelante, como estandartes para la consecución del poder.

36Es pues, de acuerdo a lo que mencionan los autores antes citados, difícil entrar a la definición de lo nacional a través de una teoría sola o de la postura de un autor; por el contrario, es menester considerar la amplitud del tema, más si hablamos del nacionalismo y su relación con los aspectos indígenas. En adelante habremos de considerar tanto las posturas de Vasconcelos como de otros intelectuales sobre lo nacional y lo indígena.

Obregón y el proyecto vasconcelista.

37Es quizá José Vasconcelos uno de los representantes que mejor define el proyecto ideológico del nacionalismo post revolucionario. Mezcla de ambigüedad ideológica y observación inquieta de los acontecimientos, Vasconcelos habrá de sumarse a las fuerzas villistas para después exiliarse en Estados Unidos, y volver para ocupar cargos importantes en el gobierno de Álvaro Obregón. Su presencia en la vida nacional es fundamental, tanto para entender el rumbo que tomarían las políticas educativas en México, como también para comprender la vaguedad constante que envuelve a la construcción del discurso nacionalista en nuestro país.
El pensamiento vasconcelista, marcado por un “idealismo Romántico” como lo menciona Brading42, centra su discurso en el mestizo como portador de todo lo mexicano. En ello coincide con Molina Enríquez, aunque no necesariamente su acercamiento al concepto sea igual. De acuerdo a Brading, Molina estaría marcado por las tendencias del darwinismo social y plantearía el ascendente del mestizo en la cultura mexicana, a partir de una evolución natural

38A pesar de que todavía en los años treinta elogiaba el “genio sublime” de Comte y se describía como “un positivista de absoluta convicción”, también fue un darwinista social, persuadido de que “entre las naciones como entre los individuos, la progresiva desaparición de los débiles es una condición del progreso, que obedece, como dijo Spencer, a la acción de una providencia inmensa y bienhechora”. Los conceptos de una lucha por la existencia, de la supervivencia de los más aptos, de la evolución social a través de la selección natural basada en una adaptación al medio, todos ellos armaron su mente con amplios elementos para edificar una teoría de la nacionalidad. El darwinismo social era susceptible de ser utilizado tanto por los nacionalistas como por los imperialistas43.

39Vasconcelos por su parte, veía en “la supremacía burguesa y en el darwinismo social” fieles representantes del sistema industrial norteamericano, y que simplemente existían para dar justificación a la “fuente del capitalismo industrial y del imperialismo económico (194)”. Por su parte, abogaba por lo que llamó el “socialismo científico”, donde “los frutos de la industria serían compartidos por la sociedad entera (194)”. Para él, se despuntaba una nueva era en que Hispanoamérica sería el centro, y donde el

40…hijo promisorio, la raza escogida, era el mestizo. Vasconcelos descartó con desdén las teorías de Spencer y Le Bon sobre la inestabilidad o degeneración de las sociedades híbridas, tachándolas de calumnias imperialistas, y proclamó al mestizo primera gran raza de la humanidad, formadora de una síntesis universal, mezcla final de los pueblos de Europa, África, Asia y América44.

41El rechazo a la modernidad representada por el imperialismo económico y Estados Unidos, lo hermana directamente con el discurso modernista y romántico como hemos explicado páginas atrás. Más que justificar de manera evolucionista el ascenso del mestizaje como lo hace Molina para Vasconcelos se trata de justicia social casi divina, de la cual, él mismo se asumía el profeta. Sin embargo, igual que los positivistas que lo precedieron, igual que Molina Enríquez, descartaba ambos componentes de lo mestizo, lo indígena y lo europeo, y elevaba la raza mestiza separada de las dos influencias anteriores. En todo caso, le conferiría mayor importancia a la herencia europea dentro de la nueva raza.
Paco Ignacio Taibo II cita una declaración un tanto incómoda del principal promotor de la educación en el país, y que pretendía encontrar el sentido de todo lo nacional en el mestizaje.

42Vasconcelos deliraría más tarde con esas primeras impresiones de la ciudad de México, en una mezcla de satanización del villismo y patético anti-indigenismo : “El calzado del norte y el uniforme kaki que los carrancistas llevaban de Texas, salvó a la República de volver a vestir la manta cruda de los aztecas. Nos salvó del retorno indígena el salvajismo de Fierro, que noche a noche fusilaba, por su cuenta y gusto, diez, veinte coroneles zapatistas indígenas45”.

43Entendemos pues que los ateneístas, a fuerza de tener los acontecimientos de frente, justificado en cierta medida por el caos imperante, habrán visto con malos ojos el desarrollo de la guerra civil. En todo caso, ello habrá de delinear el pensamiento posterior de Vasconcelos.

44Cuando Vasconcelos regresa a México para hacerse cargo primero de la Rectoría de la Universidad Nacional, y después de la Secretaría de Educación Pública, el país vivía una crisis en todos los órdenes, y requería de grandes esfuerzos de ingeniería política y social. Varios de los líderes de la Revolución habían sido eliminados –Zapata en 1919, Carranza en 1920- y, el grupo Sonora, encabezado por Obregón asumía ahora la tutela del desarrollo en el país. Se trata de un momento de formación y como tal, de caos permanente.

45En esos años, bajo la responsabilidad que le imponen sus cargos y el fulgor esperanzador de la Revolución, Vasconcelos imagina un proyecto titánico, imbuido de un aliento nacionalista que al unirse con el anhelo revolucionario impulsa un movimiento cultural cargado de generosidad y grandeza. En contraste con los proyectos un tanto utópicos que le precedieron, el de Vasconcelos se distinguió por tener apoyo del Estado, por disponer de un soporte financiero firme y abarcar los cuatro vientos de la nación. Para alcanzar esos objetivos obtuvo primero el apoyo del presidente Álvaro Obregón y luego se esforzó en dotar a la Secretaría de Educación de facultades legales de alcance nacional. Desde fines de 1920 propuso al Congreso restaurar el ministerio suprimido por Carranza en 1917 y darle rango de Secretaría de Educación Pública federal46.

46Como vemos, Vasconcelos llega en una coyuntura favorable para construir, a partir de la educación, un proyecto de nación que tuviera directamente que ver con su propia ideología, y lo que consideraba sustancial para el país. Era sin duda un momento fértil, pues quizá en cualquier otra época, tanto la creación de una Secretaría con una agenda semejante, como el contar con presupuesto y el beneplácito del Estado, hubiera sido imposible. Mucho se ha hablado sobre la obra vasconcelista en pro de la educación, de sus grandes avances, de su apuesta por la educación sobre el concepto de instrucción, que sería ocioso comentarlo en este espacio. Sin embargo, consideramos pertinente comentar aquellos elementos ideológicos que se encuentran en torno a dichos procesos. Primero que nada, cabe aclarar que la idea del progreso a partir de la educación no es privativa de Vasconcelos. Hay antecedentes en las obras de Gabino Barreda y de Justo Sierra desde la época del porfiriato, donde se le daba un lugar privilegiado a la educación como un motor fundamental del desarrollo del país. Se crearon planes, programas, proyectos, de los cuales indudablemente se vieron beneficiados numerosos mexicanos entre los cuales se cuenta el mismo Vasconcelos.

47Poco después de la restauración de la República, el gobierno de Juárez reflejó esta convicción al promulgar la “Ley orgánica de instrucción pública” (diciembre de 1867), ley que se formuló el 15 de mayo de 1869. (…) Con posterioridad a la primera legislación, el sistema educativo se desarrolló sistemáticamente durante el régimen de Díaz (1876- 1880 y 1884-1910) en respuesta al proceso de crecimiento económico y centralizador. (…) El plan de Sierra representa la conceptualización de la educación mexicana que busca alcanzar la integración étnica y la uniformidad lingüística. La educación era, según Sierra, el instrumento irremplazable para la tarea de civilizar a las masas al despertarlas de su letargo y ofrecerles una creencia positivista en el progreso47.

48Sin embargo, es conveniente recalcar como lo hace Florescano, que ninguno de estos proyectos recibió el apoyo que recibió Vasconcelos en los años veinte. Primero que nada, el carácter de Secretaría que se le dio a la dependencia dedicada a la educación, le otorgó una agenda y presupuestos propios; a la vez, una cierta autonomía y posibilidades de movimiento. El proyecto vasconcelista contenía dos programas importantes: primero, el desarrollo de cuatro tipos de escuelas: “la escuela rural, la misión cultural, la escuela indígena y la escuela de capacitación para maestros rurales48”; segundo, un fuerte impulso al trabajo editorial con el objeto de eliminar el analfabetismo, y propiciar un sentido de identidad nacional en la población. Como lo comenta Gutiérrez Chong, “Tales proyectos fueron los primeros de su tipo en la historia de la educación en México y estaban muy ligados a la idea de la formación de la nación mediante la prensa escrita (91)”.

49Lo mismo que David Brading (2004b), Enrique Florescano (2005), Guillermo Sheridan y Natividad Gutiérrez Chong, consideramos que la labor de Vasconcelos gira en torno a la construcción de una nómina de conceptos que definan lo nacional, y que, el gobierno encabezado por Obregón vio conveniente tanto el programa como el discurso49.

50Por otro lado, es de Vasconcelos la tutela de un proyecto cultural que acompañó el proceso educativo y que quedaría en manos de la plástica, principalmente de la pintura. En efecto, en el momento en que toma posesión de la Secretaría, convoca a varios artistas a sumarse en el esfuerzo por educar a las masas de manera visual, pero a la vez, como lo hemos comentado, por cimentar los preceptos de lo que se conocerá por lo nacional, partiendo de los símbolos patrios, de los personajes principales de su formación, los próceres, los intelectuales; a la vez, de la construcción de tipologías a partir del arte del mexicano del común, de su estética y de sus simbologías populares.

51Vasconcelos se impuso un doble mesianismo: “arrancar a la población de la barbarie que la hacía manipulable y explotable por tiranos y hacendados, y a la cultura de la estupidez anémica y sumisa de las clases provincianamente cultas.” (…) Los resortes morales y estéticos que movían a Vasconcelos encontraron un campo fértil para su irradiación en el México fecundado por la Revolución. Bajo la sensación de que la Revolución era un parteaguas entre un pasado opresivo y un futuro abierto, prendió la idea de que la sociedad era susceptible de regeneración y de producir un hombre nuevo. El sector que proveyó las ideas, los talentos y los medios para promover la formación de los nuevos mexicanos fue el de los humanistas, artistas, maestros, científicos, escritores y creadores en general50.

52Se sumarán a él en la Secretaría algunos de sus compañeros del Ateneo, como Pedro Henríquez Ureña y Antonio Caso; los jóvenes escritores Carlos Pellicer, Julio Torri, Bernardo Ortiz de Montellano, Jaime Torres Bodet, Enrique González Rojo; los pintores, Diego Rivera, Jorge Enciso, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Fermín Revueltas, Carlos Mérida, entre otros; los músicos Julián Carrillo y Joaquín Beristain; los licenciados, profesores, antropólogos, y arquitectos Vicente Lombardo Toledano, Daniel Cosío Villegas, Samuel Ramos, entre otros51.

53Como se ve, los nombres arriba citados pertenecen a tendencias varias, muchas de las cuales habrán de enfrentarse y enfrentarlos más adelante conforme vaya avanzando la década de los veinte; por supuesto, habrán de enfrascarse en discusiones acres con respecto al contenido de la mexicanidad y su sentido más hondo. Es pues José Vasconcelos un idealista romántico que centrará su vida a la búsqueda y definición de lo mexicano; sin embargo, hemos de entender que, al igual que los gobiernos post revolucionarios, su discurso tendía a ser contradictorio y, gracias a su muy particular personalidad, mesiánico. Al parecer, en su obra encontramos elementos filosóficos encontrados, y al final de sus días, un reencuentro con el conservadurismo. Incluso, se le ofrece a Vasconcelos encabezar el movimiento cristero una vez que su candidatura a la presidencia resulta un total fracaso52, un tanto por los medios del propio régimen encabezado por Plutarco Elías Calles, otro tanto por su falta de carisma ante los millones de electores. Salvo por un contingente de jóvenes que los siguieron inspirados por este “Quetzalcóatl redivivus, un profeta de la paz, un segundo Madero cuya misión era la de restaurar la democracia y el gobierno civil en México53”, parece que Vasconcelos no logró conglomerar la lucha en torno a su figura; lo que es más, el país ya no quería más revueltas “y el régimen de Calles no tenía nada de exhausto54.”

54A final de cuentas, su Ulises Criollo, en palabras de Brading “constituye una acusación permanente contra la Revolución por ser una mera conquista del poder realizada por hombres que estaban más interesados en su enriquecimiento personal que en el bienestar de su pueblo55.”

55Como corolario a su reacción cada vez más evidente, publica en 1936 su Breve Historia de México, que a decir del mismo autor resulta ser una visión personalísima, “donde el pasado azteca era totalmente condenado como un despotismo bárbaro, manchado por el sacrificio humano y la guerra perpetua. Por el contrario, saludaba a Cortés como a otro Quetzalcóatl portador de paz y civilización para el sufrido pueblo de México56.”

56Lo cierto es que su visión para con el presente indígena era exactamente igual a la de muchos pensadores de la época, herencia del pasado liberal. El mundo indígena vivía en el atraso total gracias a su propia voluntad, y había que modernizarlo, castellanizarlo. Para unificar a todo el país, en esa misma vena mestiza, había que eliminar por completo todo aquello que fuera contrario al objetivo; por supuesto, la absorción de las comunidades indígenas a partir de la educación y de la enseñanza de unos contenidos patrios específicos, buscaba desdibujar creencias y tradiciones contrarias al sentido de las necesidades del nuevo país, y del nuevo mexicano. Habría que canalizar algunos elementos prehispánicos, algunos coloniales, y por supuesto, algunos hispanos, pero sólo aquellos que pudieran acoplarse al nuevo modelo nacional. Después de todo, resulta muy conveniente en el desarrollo de naciones modernas la cohesión que parta de conceptos generales y generalizables, y como bien apunta Gutiérrez Chong, “Un sistema de educación pública es una condición para construir una nación, según las teorías modernistas de nacionalismo57.”

Intelectuales y Nacionalismo Revolucionario. Indigenismo en México.

57Como hemos visto, el tema indígena ha sido tratado desde la Conquista, y como dan cuenta varios autores58, siempre ha estado presente en los discursos y en las políticas oficiales, sea ya para construir una relación económica, racial y de beneficio, como en la Colonia; sea ya para determinar su razón de ser e introducirlos a la vida moderna del país, como en el siglo XIX, eliminándolos como grupos humanos, producto de las ideas liberales y del darwinismo social, tendencias que habrán de tener consecuencias claras en las discusiones posteriores en el siglo XX.
Como bien apunta Brading,

58…la mayoría de los intelectuales del siglo XIX desdeñaban a los aztecas, a quienes consideraban bárbaros, y a los indígenas contemporáneos, a quienes veían como un estorbo para la modernización del país. Para justificar su opinión, citaban a Alexander von Humboldt, quien proyectaba en sus estudios de los monumentos y códices prehispánicos sus preconceptos neoclásicos, sosteniendo que siempre coexistieron el desarrollo estético y la libertad política, unión supremamente realizada en la antigua Grecia, pero ausente entre los aztecas (…) En vista de estos comentarios no sorprende que Ignacio Ramírez, ministro de Justicia en el primer gabinete de Juárez y gran admirador de Humboldt, tachara a la civilización azteca de despótica y dominada por supersticiones y miedos, y calificara de bárbaros el arte y la literatura que quedaban como vestigios de su cultura59.

59Por si fuera poco, Humboldt sostenía que los indígenas, “eran robustos, pero provistos de una exagerada fealdad según los principios de belleza europeos60”. Ahí parece estar la clave. En esos años, como lo atestiguan las anteriores líneas, la tendencia era ver a las comunidades indígenas, y a los demás integrantes de la sociedad de la época, a partir de presupuestos europeos, basados en tendencias de otras latitudes. No obstante, parece no haber sido el único parecer de la época, y aunque tímidas, algunas voces se alzaron en la crítica a las acciones emprendidas por la Reforma y las leyes manadas de la constitución del 57.

60Orozco (Luis Wistano) fue también el primero en condenar la Ley Lerdo de 1856, por haber despojado a los pueblos indígenas de la seguridad que les daba la tenencia comunal de la tierra y por promover una distribución forzada de títulos individuales de propiedad, sistema que pronto condujo a una pérdida generalizada de la tierra61.

61Coinciden62, en apuntar que el intelectual de finales del XIX y principios del XX que más influyó en la elaboración de los contenidos del artículo 27 constitucional fue Andrés Molina Enríquez, así como uno de los antecedentes del pensamiento nacionalista y de raza que dejaría honda huella en intelectuales posteriores, como Manuel Gamio y José Vasconcelos. Influenciado por las ideas de Orozco –arriba citado-, consideró primordial una redefinición de los preceptos que rodeaban el problema agrario.

62Molina Enríquez participó activamente en esta crítica a la Reforma y al gobierno de Porfirio Díaz, que fue el que aplicó la ley (la de desamoritización de los bienes eclesiales y terrenos baldíos), sacando partido de la experiencia que adquirió como notario de provincia y juez rural. Condenó la ignorancia de los liberales del siglo XX sobre la realidad mexicana, así como su sustento doctrinario basado en los teoremas europeos de la sociedad. En contrapartida, elogió a España y a las autoridades coloniales por su sabiduría al reconocer que los indios y los españoles, en razón de su diferente estadio en la evolución social, requerían diferentes formas de tenencia de la tierra63.

63Llama la atención la afirmación “estadio en la evolución social”, pues da a su discurso características de darwinismo social. Para Molina, existían diferentes grados de evolución relacionados directamente con la raza. Por supuesto, ello habría de ser preámbulo para expresar más adelante su “mestizofilia”, concepto que encontramos en el artículo Mestizofilia, Biotipología y Eugenesia en el México posrevolucionario: hacia una historia de la ciencia y el estado, 1920-1960, de Alexandra Stern64. En él se traza un estudio interesante por develar los contenidos del discurso de los grupos que se interesaron en la creación de una raza “perfecta”, propósito crucial de la Eugenesia. Más adelante volveremos a este punto.

64Es de llamar la atención, que en los trabajos que realizó Molina en el contexto del artículo 27, no haya considerado a la raza indígena; por el contrario, lo que hizo fue avalar su organización agrícola- económica: la tenencia comunal; sin embargo, habló del concepto indígena como una entelequia que no requería profundizar en etnias, costumbres, tradiciones y lenguas. Curiosamente, más adelante, muchos ideólogos se referirán a las etnias diversas que pueblan el país, como los indígenas, así en genérico, para no entrar en detalles. Lo indígena se vuelve entonces una especie de tipología y nada más.

65Es significativo que, a pesar de haber elogiado antes el sistema de tenencia comunal para los pueblos indígenas, sólo cuando los zapatistas publicaron su Plan de Ayala abrazó activamente la causa de la reconstitución de los ejidos, avance significativo en política agraria que contó con el apoyo público de Luis Cabrera en el Congreso. Claro que el artículo 27 de la nueva Constitución ponía fuera de la ley a los latifundios, cuyas tierras deberían distribuirse para dotar a todos los asentamientos rurales sin perjudicar los derechos inviolables de la pequeña propiedad. De igual relevancia fue la introducción del principio de tenencia comunal bajo el nombre de ejido. De esta manera, la obra de la Reforma quedó invertida y México se transformó en una versión moderna del sistema colonial, con dos tipos distintos de tenencia de la tierra: la pequeña propiedad y los ejidos de los pueblos65.

66Para él, como lo fue para Sierra y Rivapalacio anteriormente66, el mestizo sería el tipo que habría de representar todo lo mexicano, convencido que era el resultado de una evolución natural de la sociedad.

67Molina Enríquez pensaba que una patria fuerte era aquella asentada en una unidad de origen, lengua, formas de vida, religión, deseos y aspiraciones. Pero en México constataba, “No hay […] la unidad de origen, la unidad de la religión, la unidad de tipo evolutivo […] ni la unidad ideal.” México era una realidad social fragmentada. Sólo en los mestizos, en las clases medias, veía condiciones para fundar una nación integrada67.

68Fundamentado en el darwinismo social, consideraba que “como los indígenas habían padecido cuatro siglos de opresión, miseria y fragmentación social, y como los criollos estaban dominados por la codicia y sentimientos antipatrióticos, sólo los mestizos podían dirigir el proceso de construcción de la nación68.” Poco tiempo después en 1916, Manuel Gamio, fuertemente influenciado por Molina, habrá de publicar su programa indigenista en

69Bq. Forjando Patria (1916), y más tarde en La Población de Valle de Teotihuacan (1922), Gamio propone el rescate del pasado indígena, la incorporación del indio vivo a la marcha del progreso nacional y la fusión de esa raíz con los legados hispánicos y mestizos, tres obsesiones de lo que más tarde se llamará “nacionalismo indigenista69”.

70Por supuesto, existía en Gamio la idea del rescate, como vemos, del mundo prehispánico, y de la incorporación del indígena vivo a las circunstancias del momento. El progreso, para Gamio, ya no dejaría atrás a los indígenas. Sin embargo, como apunta Stern, su mestizofilia “giraba en torno al indio”, pero, pese a que se negaba a considerar los conceptos de superioridad biológica, consideró principios “eugenistas, al atribuir al mestizo la pureza y vincular ese icono al impoluto y noble indio70”.

71Para Gutiérrez Gamio se lanza a la formulación de un programa para llenar los huecos que existían en los datos con respecto a la conformación del espacio indígena, sus comunidades y etnias, a partir de su cargo en la dirección de Antropología de la Secretaría de Gobernación en 1917. Para ello, se dedicó al rescate de la zona arqueológica de Teotihuacan y su posterior análisis de la población circundante de la zona para encontrar “la prevalencia de las influencias prehispánica y colonial expuestas por los indígenas71.”

72Una suerte de intento de “fervor misionero por rectificar el modo indígena de vida72”, sería lo que marcaría la obra de Gamio. Lo mismo, la necesidad de eliminar la heterogeneidad de la población en el país, lo que indudablemente redundaba en un obstáculo directo al progreso de la nación. Dichos conceptos lo hermanan con sus antecesores positivistas, no sólo en la crítica hacia esta problemática, sino también en considerar a los indígenas como los culpables de semejantes cuestiones. Gutiérrez encuentra similitudes entre el pensamiento de Gamio y el de Gellner, pues es necesaria, según este último, la homogeneidad para la formación del nacionalismo73.

73Es de resaltar que los esfuerzos de Gamio, iban encaminados a la incorporación del indígena a la realidad nacional y a los retos que la nueva Constitución del Estado planteaba. La modernidad, como bandera de lucha de estos intelectuales, habría de ser la medida de todas las cosas. “Los indios poseían dos características que de facto los excluía del proceso de construcción de la nación: sus lenguas indígenas y lo que se percibía como sus culturas anacrónicas. Para que pudieran llegar a formar parte de la corriente nacional, debían, entonces, ser ‘mexicanizados74’.”

74Vasconcelos no estaría separado de semejantes concepciones. Su visión de lo mexicano venía íntimamente ligada con el mestizo, que consideraba “el faro espiritual de la civilización hispánica75”. Poco a poco habrá de consolidarse la tesis de estos autores, al grado que la polémica que comentamos en apartados anteriores, tenía mucho de pro mexicano- mestizaje cultural y poco de pro indígena.

75Más adelante, durante la segunda mitad de la década de los veinte habrá de escenificarse una de las contiendas más sangrientas y dolorosas que vivirá el país entre los llamados “Cristeros” y el Estado encabezado por Calles, que será síntoma de los acomodos y reacomodos dentro de las concepciones modernas, socialistas y anticlericales que ostentaba el régimen callista, y su percepción desde la curia católica. Los fieles, al ver la intentona por parte del Estado de privarles de su culto, se enfrascaron en una revuelta contra el sistema que tuvo más adelante repercusiones interesantes. Entre ellas, que muchos campesinos, y varias comunidades indígenas, se sumaron a los ejércitos Cristeros pues veían, una vez más, sus derechos pisoteados. Para muchos contemporáneos al conflicto, e intelectuales posteriores, ello no será interpretado como un clamor popular en contra de los abusos y los yerros del gobierno en turno, sino como una resultante del atraso de las comunidades y por ende, de la manipulación de las mismas por la religión y sus instituciones. Durante el gobierno de Cárdenas, la labor de mexicanización de los indígenas habrá de tomar fuerza, a través de cambios radicales en la manera de concebir el indigenismo.

76A partir de 1940 apareció una nueva manera de indigenismo que buscaba alabar el pasado indio, reivindicar la indianidad, además de insistir en reconocer su carácter distintivo, todo lo cual debía constituir los fundamentos de su incorporación en el Estado nación76.

77Durante el último año de su mandato, Lázaro Cárdenas realizó el Congreso Indigenista Interamericano, con la intención de promover cambios en la política del Estado con respecto a los pueblos indios. Sustentado en las teorías de cambio social, habría de dar un giro a la manera de concebir a los pueblos indígenas. “Sin embargo, su retórica puede interpretarse como ambigüedad y la equivocación empezó a caracterizar el discurso indigenista77”.
Baste incorporar un fragmento de su discurso durante la inauguración del Congreso de 1940:

78La fórmula de “incorporar al indio a la civilización”, tiene todavía restos de los viejos sistemas que trataban de ocultar la desigualdad de hecho, porque esa incorporación se ha entendido generalmente como propósito de desindianizar y de extranjerizar, es decir, de acabar con la cultura primitiva (…) Por otra parte, ya nadie pretende una resurrección de los sistemas indígenas precortesianos, o el estancamiento incompatible con las corrientes de la vida actual. Lo que se debe sostener es la incorporación de la cultura universal al indio, es decir, el desarrollo pleno de todas las potencias y facultades naturales de la raza, el mejoramiento de sus condiciones de vida, agregando a sus recursos de subsistencia y de trabajo todos los implementos de la técnica, de la ciencia y del arte universales, pero siempre sobre la base de la personalidad racial y el respeto de su conciencia y de su identidad78.

79Como comentaba Gutiérrez, encontramos una gran ambigüedad. Lo anterior responde, como el mismo discurso cardenista evidencia, a la verticalidad con la que se ve en ese momento a las comunidades indígenas. Al hablar de cultura “universal”, entendemos que se trata de la pléyade de conocimientos, logros tecnológicos y artísticos a los que se refiere Cárdenas, pero que indudablemente poco tiene que ver con los ritmos y conocimientos de los propios pueblos indígenas. Se trata quizá de una siguiente etapa en el largo proceso de mexicanización al que se han visto expuestos los indígenas en nuestro país, del que la alfabetización y la educación oficial han jugado un papel fundamental.

Consideraciones finales.

80Como hemos demostrado, el indigenismo fue aprovechado por los ideólogos posteriores a la Revolución como parte del discurso, pero no en un sentido integrador, al menos no de la construcción de las políticas de estado hacia lo indígena, sino con el objeto de integrar a los indígenas a la nación, con el desarraigo y destrucción de la identidad que vino como consecuencia. El nacionalismo de estado se construyó a partir del mismo y hacia los habitantes de la nación de manera vertical, sin considerar del todo usos y costumbres de comunidades indígenas ni de sus ritmos y necesidades. En diferentes partes del país, la lucha por los derechos indígenas ha tomado diversos matices e intensidades. Quizá el grito más fuerte derivado de los abusos y el despojo identitario tuvo verificativo en enero de 1994 cuando el ejército zapatista en Chiapas decidió tirar el discurso globalizante y primer mundista del gobierno salinista, para obligarnos a voltear a una realidad compleja, la de los pueblos indígenas; sin embargo, no es el único espacio en que las comunidades originarias están luchando por mantener una identidad ante los embates constantes de la castellanización y una mal entendida modernización. El trabajo de Natividad Gutiérrez Chong nos evidencia la necesidad de la reinterpretación de la historia oficial, como de los símbolos que nos representan79. Falta mucho trabajar la relación simbólica derivada de la diversidad cultural de nuestro país y su relación con el desarrollo de programas simbólicos de lo nacional construidos a partir del Estado- nación. Vemos que dicha necesidad se extiende a toda América Latina, pues compartimos quizá los mismos esquemas producto de la Conquista y de nuestras independencias que tuvieron elementos ideológicos similares; igualmente pareciera que cada uno de los países de nuestro continente utilizó los elementos de lo indígena a su modo e ignorando a las comunidades de carne y hueso. Por tanto, es importante continuar con el estudio de los temas identitarios con ópticas más integradoras y multidisciplinarias.

81notas de pie de página

821 El presente artículo deriva de una investigación mayor dirigida a comprender la forma en que la “Literatura Indigenista” apoyó a la formación del nacionalismo en nuestro país. “La novela Indigenista como elemento fundamental para la formación del nacionalismo post revolucionario en México. Caso a analizar: Canek de Ermilo Abreu Gómez.” Misma que presenté como tesis de grado en la Maestría de Historia de México en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

832 Roger Chartier, El Presente del Pasado, escritura de la historia, historia de lo escrito, (México: UIA, 2005), pág. 22-23.

843 Roger Chartier, El Presente del Pasado, pág. 24.

854 Ernest Gellner, Naciones y Nacionalismo, (México: CONACULTA, 1991).

865 Roger Chartier, El Presente del Pasado, pág. 32.

876 David Brading, Los Orígenes del Nacionalismo Mexicano, (México: ERA, 2004), y Mito y Profecía en la Historia de México, (México: CFE, 2004).

887 David Brading, Los Orígenes … , pág. 16.

898 David Brading, Los Orígenes … , pág. 16.

909 David Brading, Los Orígenes … , pág. 18.

9110 (L. Alamán, J. Vasconcelos, M. Cuevas…)

9211 E. Pérez- Rayón y Mario Alejandro Nora y Carrillo, “De la derecha radical a la ultraderecha en el pensamiento social católico” en El Pensamiento Social de los Católicos Mexicanos, Roberto J. Blancarte, (México: FCE, 1996), pág. 127.

9312 E. Pérez- Rayón y Mario Alejandro Nora y Carrillo, “De la derecha radical”, pág. 127.

9413 David Brading, Los Orígenes … , pág. 23.

9514 David Brading, Los Orígenes … , pág. 15.

9615 Victoria Reifler Bricker, El cristo indígena, el rey nativo; El sustrato histórico de la mitología del ritual de los mayas, (México, FCE, 1993).

9716 Pedro Bracamonte y Sosa, La Encarnación de la Profecía, Canek en Cisteil, (México, Porrúa – CIESAS, 2004).

9817 Enrique Florescano, Etnia, Estado y Nación, (México: Taurus, 2da. Reimpresión, 2003), pág. 13.

9918 Ernest Gellner, principal exponente de la teoría modernista del nacionalismo sostiene a grandes rasgos, que el nacionalismo es un producto específico de la modernidad y de su manifestación política en el llamado Estado- nación. De acuerdo a este razonamiento, el nacionalismo no puede existir en donde no hay Estado –no al menos en la concepción de Estado moderno-, por tanto, en las comunidades indígenas previas a la Conquista no podría existir algo llamado “nacionalismo”. Anthony D. Smith, dscípulo de Gellner, es el principal exponente de la postura histórico culturalista, contraria a la modernista. Ellos sostienen que los elementos del nacionalismo derivan de las expresiones culturales a través de la historia de los pueblos, y no precisamente de su desarrollo por parte del Estado.

10019 Enrique Florescano, Etnia, Estado y Nación, 2003, pág. 14.

10120 Enrique Florescano, Etnia, Estado y Nación, 2003, pág. 15.

10221 Enrique Florescano, Etnia, Estado y Nación, 2003, pág. 15-16.

10322 Enrique Florescano, Etnia, Estado y Nación, 2003, pág. 16.

10423 Enrique Florescano, Etnia, Estado y Nación, pág. 149.

10524 Enrique Florescano, Etnia, Estado y Nación, pág. 149.

10625 Enrique Florescano, Etnia, Estado y Nación, pág. 151.

10726 Victoria Reifler Bricker El cristo indígena, Nancy M. Farris, La sociedad Maya bajo el dominio colonial, (Madrid, Alianza, 1992) ; Natividad Gutiérrez Chong (2001) y Pedro Bracamonte y Sosa, La Encarnación de la Profecía, Canek en Cisteil, (México, Porrúa – CIESAS, 2004) ; Pedro Bracamonte y Sosa, La Conquista Inconclusa de Yucatán, Los mayas de la montaña, 1560-1680, (México, Porrúa – CIESAS, 2001) ; Pedro Bracamonte y Sosa, La Memoria Enclaustrada, Historia indígena de Yucatán, 1750- 1915, (México, CIESAS, 1994).

10827 Natividad Gutiérrez Chong, Mitos Nacionalistas e Identidades Étnicas; los Intelectuales Indígenas ante el Estado Mexicano, (México: CONACULTA, 2001), pág. 49.

10928 Natividad Gutiérrez Chong, _Mitos Nacionalistas, pág. 50.

11029 Natividad Gutiérrez Chong, _Mitos Nacionalistas, pág. 50.

11130 Fernando Vizcaíno, El Nacionalismo Mexicano, en los tiempos de la globalización y el multiculturalismo, (México: UNAM, 2004), pág. 18.

11231 Fernando Vizcaíno, El Nacionalismo Mexicano, pág. 18.

11332 Fernando Vizcaíno, El Nacionalismo Mexicano, pág. 18.

11433 Fernando Vizcaíno, El Nacionalismo Mexicano, pág. 21. La eugenesia, concepto surgido a finales del siglo XIX, consideraba que podían manipularse las razas para generar mejores individuos. Años más tarde, la eugenesia terminaría cayendo en una de sus vertientes más terribles en los movimientos fascistas europeos teniendo como consecuencia más sobresaliente el Holocausto. Octavio Paz, El laberinto de la soledad_, (México-España: Cátedra, 10ma. Edición, 2003), Los Hijos del Limo, (México – España: Seix Barral. Décima edición, 1998), Sor Juana Inés de la Cruz, Las trampas de la fe, (México: CFE, 1998).

11534 Josefina Zoraida Vázquez (1967) David Brading, Los Orígenes … , pág. 21.

11635 David Brading, Los Orígenes … , pág. 22.

11736 Natividad Gutiérrez Chong, Mitos Nacionalistas, pág. 23.

11837 Natividad Gutiérrez Chong, Mitos Nacionalistas, pág. 23.

11938 Fernando Vizcaíno, El Nacionalismo Mexicano, págs. 25 – 29.

12039 Fernando Vizcaíno, El Nacionalismo Mexicano, págs. 29-30.

12140 Fernando Vizcaíno, El Nacionalismo Mexicano, pág. 30.

12241 David Brading, Los Orígenes del Nacionalismo Mexicano y Mito y Profecía en la Historia de México.

12342 David Brading, Mito y Profecía en la Historia de México, pág. 189.

12443 David Brading, Mito y Profecía en la Historia de México, pág. 176-177.

12544 David Brading, Mito y Profecía en la Historia de México, pág. 196.

12645 Paco Ignacio Taibo II, Pancho Villa, una Biografía Narrativa, (México: Planeta, 2006), pág. 461.

12746 Enrique Florescano, Imágenes de la Patria a través de los Siglos, (México: Taurus, 2005), pág. 302.

12847 Natividad Gutiérrez Chong, Mitos Nacionalistas, págs. 89-90.

12948 Natividad Gutiérrez Chong, Mitos Nacionalistas, pág. 91.

13049 Guillermo Sheridan, México en 1932: La Polémica Nacionalista, (México: FCE, 1999); Natividad Gutiérrez Chong, Mitos Nacionalistas,

13150 Enrique Florescano, Imágenes de la Patria, págs. 310-311.

13251 Enrique Florescano, Imágenes de la Patria, pág. 312.

13352 David Brading, Mito y Profecía en la Historia de México, pág. 198.

13453 David Brading, Mito y Profecía en la Historia de México, pág. 198.

13554 David Brading, Mito y Profecía en la Historia de México, pág. 198.

13655 David Brading, Mito y Profecía en la Historia de México, pág. 200.

13756 David Brading, Mito y Profecía en la Historia de México, pág. 201.

13857 Natividad Gutiérrez Chong, _Mitos Nacionalistas, pág. 89.

13958 Pedro Bracamonte y Sosa, La Encarnación de la Profecía, Canek en Cisteil, (México, Porrúa – CIESAS, 2004) ; Pedro Bracamonte y Sosa, La Conquista Inconclusa de Yucatán, Los mayas de la montaña, 1560-1680, (México, Porrúa – CIESAS, 2001) ; Pedro Bracamonte y Sosa, La Memoria Enclaustrada, Historia indígena de Yucatán, 1750- 1915, (México, CIESAS, 1994); David Brading, Los Orígenes y David Brading, Mito y Profecía en la Historia de México, Orbe Indiano. De la Monarquía Católica a la República Criolla, 1492 – 1867, (México: FCE, 2003); Enrique Florescano, Imágenes de la Patria, Memoria Mexicana, (México: FCE, 2004) ; Etnia, Estado y Nación; 1999, 1993; Nancy M. Farris, La sociedad Maya ; José María Kobayashi, La Educación como Conquista, Empresa Franciscana en México, (México: COLMEX, 2002); Jacques Lafaye, Quetzalcóatl y Guadalupe, la Formación de la Conciencia Nacional, (México: FCE, 2002) ; Robert Ricard, La Conquista Espiritual de México, (México: FCE, 2005).

14059 David Brading, Mito y Profecía en la Historia de México, pág. 212-213.

14160 David Brading, Mito y Profecía en la Historia de México, pág. 213.

14261 David Brading, Mito y Profecía en la Historia de México, pág. 174.

14362 David Brading, Mito y Profecía en la Historia de México, Florescano (2005) y Alexandra Stern, Mestizofilia, Biotipología y Eugenesia en el México posrevolucionario: hacia una historia de la ciencia y el estado, 1920-1960, (Relaciones, XXI, 2000).

14463 David Brading, Mito y Profecía en la Historia de México, pág. 174.

14564 Alexandra Stern, Mestizofilia, pág. 60.

14665 David Brading, Mito y Profecía en la Historia de México, pág. 175-176.

14766 David Brading, Mito y Profecía en la Historia de México, pág. 178.

14867 Enrique Florescano, Imágenes de la Patria, págs. 291.

14968 Enrique Florescano, Imágenes de la Patria, págs. 292.

15069 Enrique Florescano, Imágenes de la Patria, págs. 281.

15170 Alexandra Stern, Mestizofilia, pág. 61.

15271 Natividad Gutiérrez Chong, _Mitos Nacionalistas, pág. 130.

15372 Natividad Gutiérrez Chong, _Mitos Nacionalistas, pág. 130.

15473 Natividad Gutiérrez Chong, _Mitos Nacionalistas, pág. 131.

15574 Natividad Gutiérrez Chong, _Mitos Nacionalistas, pág. 131.

15675 Alexandra Stern, Mestizofilia, pág. 61.

15776 Natividad Gutiérrez Chong, _Mitos Nacionalistas, pág. 134-135.

15877 Natividad Gutiérrez Chong, _Mitos Nacionalistas, pág. 135.

15978 (Durán, 1972: 173; las negritas son nuestras)

16079 Natividad Gutiérrez Chong, Mitos Nacionalistas.

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Para citar este artículo :

Israel León O’Farrill, « Nacionalismo de Estado e indigenismo en México: una discusión viva. », Boletín AFEHC N°46, publicado el 04 septiembre 2010, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=2499

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