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AFEHC : avances : Fiesta y poder: Persistencias y significaciones de las representaciones sobre el poder en la ciudad de Panamá a través de las juras, 1747-1812. : Fiesta y poder: Persistencias y significaciones de las representaciones sobre el poder en la ciudad de Panamá a través de las juras, 1747-1812.

Ficha n° 2593

Creada: 26 abril 2011
Editada: 26 abril 2011
Modificada: 25 enero 2012

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Autor de la ficha:

Julian Andrei VELASCO PEDRAZA

Editor de la ficha:

Christophe BELAUBRE

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Fiesta y poder: Persistencias y significaciones de las representaciones sobre el poder en la ciudad de Panamá a través de las juras, 1747-1812.

El escrito realiza una representación historiográfica de la persistencia de las representaciones inmersas en algunas juras reales hechas en la ciudad de Panamá. Se enmarca entre 1747 y 1812 tomando las juras de Fernando VI, Carlos IV y la Constitución de Cádiz como objetos de estudio. En una primera parte se realiza una introducción general. En segundo lugar, se realizan las descripciones de los eventos mostrando sus diferencias y el papel desempeñado por estas fiestas en la vida colonial. En tercera medida se pasa a la persistencia de las representaciones, tomando como marco interpretativo los conceptos de símbolo de Gilbert Durand y de representación de Louis Marin. Aunque el escrito tiene una gran parte de descriptivo, ofrece una idea interesante sobre el significado de la Jura: un sistema de símbolos, en los elementos festivos y ceremoniales, que se reforzaban entre sí para formar la representación del poder monárquico, con lo que proponemos la noción de aura o atmósfera de solemnidad, la cual rodeaba la celebración de la Jura y la hacía significativa provocando la persistencia de las representaciones sobre el poder.
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Palabras claves :
Fiesta, Representaciones, Proclamaciones reales, Poder
Texto íntegral:

Introducción

1Es notable el vacío historiográfico para la ciudad de Panamá en el periodo colonial. Al iniciar el barrido bibliográfico para entender mejor el fenómeno que se estudia acá, se logró percibir la escasísima cantidad de trabajos sobre el Panamá colonial, y aun más sobre los fenómenos festivos en ella. Este escrito intentará hacer un aporte en tales materias: el análisis de las juras reales en la ciudad de Panamá y las representaciones sobre el poder. El lector tendrá que disculpar las pocas referencias al contexto local de Panamá, ya sea por la referida escasez de trabajos, o por la poca circulación de otros.

2La dimensión festiva, se constituye como un campo de fenómenos poco abordados para algunos territorios1, pero muy interesante no sólo en cuanto a lo artístico y cultural, sino también en lo político y local. En las fiestas, celebraciones y otros eventos de la misma índole es posible observar expresiones artísticas, participaciones de los diferentes grupos sociales así como el objetivo y el desarrollo del acontecimiento. Sin embargo, en el fondo del asunto, permanece un marco ideológico inmerso en el cual existen representaciones que se exteriorizan a través de símbolos y un sin fin de expresiones de la vida social. Esos símbolos y representaciones, que por supuesto estaban en la vida cotidiana, se hacían más visibles en las fiestas, especialmente si eran de carácter civil, y aun más si pertenecían a una celebración política.

3En el sentido de la idea anterior, nuestro marco interpretativo está orientado por los conceptos de símbolo y representación. El primero lo tomamos del Gilbert Durand, al considerar que el símbolo es una parte de la vida humana en el orden de la significación2 y que mediante un referente sensible, remite a algo lejano (lo significado), algo ausente, pero que puede aprehenderse de alguna manera mediante el símbolo (lo significante). Este autor también considera que lo significante y lo significado se refuerzan entre sí, causando un efecto epifánico. El segundo concepto es tomado de Louis Marin, quien propone que la representación es similar al símbolo, pero con la particularidad de que intenta abarcar algo mediante un texto escrito o visual (un cuadro3). A partir de estos dos conceptos postulamos que un conjunto de símbolos constituyen una representación y que entre más cercanos y más relaciones tengan entre sí esos símbolos, más clara y eficaz (simbólicamente) será la representación que forman.

4Las juras, proclamaciones y fiestas reales, fueron parte fundamental de la vida social y cultural de las sociedades hispanoamericanas de la Colonia. La tradición de jurar al rey, en privado y en público, era de viejo cuño. Con origen tardo medieval, de Castilla se trasladaron a las Indias, la ceremonia, los rituales y los aspectos fundamentales de las juras. Estas, consistían en que el alférez real, como guardián del pendón real, juraba y proclamaba al nuevo soberano a nombre de la ciudad o villa en su plaza mayor, acompañado de la autoridades y ante los habitantes del poblado. Una vez que pronunciaba el juramento, el público respondía con “Vivas”.

5Una vez ejecutada tal rito, se procedía al paseo del pendón por las calles principales, y si era el caso, a realizar de nuevo la proclamación en otras plazas. Ese desfile se componía de las autoridades y vecinos principales, y en ocasiones de otros grupos, pero mediante sus posiciones se reflejaban las jerarquías sociales, e incluso entre instituciones. El juramento era sacralizado, al hacerse de nuevo, al siguiente día, en la iglesia principal, donde se hacía una misa, se cantaba el tedeum y en ocasiones los curas realizaban sermones que justificaban la fidelidad.

6Pero no todo era ritual, luego venía la diversión. Los días siguientes a la proclamación del nuevo monarca se realizaban corridas de toros, comedias, espectáculos pirotécnicos, banquetes entre las personas distinguidas, y un conjunto de muestras de júbilo que podían tener las más varias expresiones. Todo esto en medio de un poblado adornado por tablados, colgaduras, con calles aseadas e iluminadas en las noches, dispuestas para la mayor solemnidad del acto. La presencia de la insignia real (símbolo del rey), la sacralización del poder, el ambiente festivo, expresiones concretas de fidelidad, el arte efímero, en fin, un arcoíris de objetos, actitudes, comportamientos y espacios, conformaban un ambiente espacial que enmarcaba la jura, constituían un aura se solemnidad, un ambiente especial, extraordinario donde todos se impresionaban, participaban de las representaciones y donde en sus memorias quedaban plasmados estos acontecimientos y el aparato ideológico de fondo se reforzaba.

7En este texto intentaremos mostrar cómo fueron las juras y proclamaciones en la ciudad de Panamá, sacar a la luz las representaciones del poder inmersas en ellas y cómo en un marco de casi medio siglo, persistieron tales imaginarios. Así, se mostrará una relación estrecha entre la fiesta y el poder, así como el poder de la fiesta.

Juras y proclamaciones en la ciudad de Panamá

8Con la obligación de jurar al rey cumplió la ciudad de Panamá el 29 de mayo de 1747 para proclamar como su rey a Fernando VI4. Ese día, un Lunes, las calles por donde habría de pasar el desfile estaban limpias y aseadas, con arcos triunfales con varios jeroglíficos y emblemas referentes al suceso. Las ventanas y puertas de las casas y el Ayuntamiento estaban adornadas con colgaduras y asimismo otras casas como la del Alférez Real. La casa de la Real Audiencia5 estaba adornada con terciopelo carmesí con un dosel del mismo material, donde estaba expuesto un retrato del rey en marco de plata. El nuevo pendón era de terciopelo carmesí y bordado con oro, con las armas de su majestad y las de la ciudad.

9Desde temprano se habían dado repiques de campanas, los vecinos vestidos con sus mejores galas y desde la noche anterior se habían puesto luminarias y se había quemado fuegos artificiales financiados por el gremio de pulperos. El día de la Jura, el batallón de guarnición marchó “de la puerta del mar” hasta la plaza, en donde salió el Cabildo y los maceros, precedido de música de clarines y timbales, hasta el palacio del Presidente. Este bajó acompañado de sus dos hijos6 y montaron sus caballos para dar paseo hasta la casa del Alférez Real, quien acompañado de otra parte del vecindario bajó con los cuatro reyes de armas (vestidos de terciopelo azul) que se incorporaron al Cabildo. El Alférez se hizo a la izquierda del Presidente para llevar en medio al pendón, y a los dos extremos los alcaldes ordinarios.

10Una vez terminado el paseo, llegaron al tablado de la plaza mayor, se formaron en orden los cuatro reyes de armas, los dos señores comisarios, don Juran de Urriola y González que era alcalde justicia mayor y Capitán Aguerra del sitio de Cazas y aduanas de San Francisco de Cruces y don Antonio de Echeverri González alcalde provincial; el Alférez Real, don Thomas Joseph de Urriola; el Presidente de la Audiencia, don Dionisio de Alzedo y Herrera; y el escribano don Lucas Santos Matheo. Arriba del tablado se pidió silencio por parte de los reyes de armas para que seguidamente el Alférez pronunciara: “Castilla, Castilla, Castilla por el señor don Fernando el sexto que reine y viva a cuyo eco respondio la gente a gritos: Viva, viva7...” y el batallón realizó descargas de fusil mientras los comisarios arrojaron monedas que tenían la efigie del nuevo monarca en una cara y las armas de la ciudad en la otra, además de monedas corrientes.

11Luego de la proclamación en la plaza mayor, se hizo de nuevo esto en forma similar en la plaza de Santa Ana para dejar al pendón y al Alférez en su casa, donde se colocó el estandarte en la ventana bajo el dosel. Acompañaron al Presidente a su palacio y el Cabildo volvió a su casa de ayuntamiento. Esa noche, iluminada toda la ciudad, se hicieron descargas de toda artillería hasta las ocho. El siguiente día, se hizo misa solemne por parte del obispo y al tiempo del tedeum se realizaron descargas de artillería. Después hubo besamanos y banquete8 en el palacio del Presidente con todas las personas de distinción con diversidad de manjares, licores, dulces y cristales que se arrojaron por las ventanas. Los regocijos también se expresaron con carros triunfales y contradanzas por parte de los gremios, como el de comerciantes que procuró los toros y las comedias.

12Cuatro décadas después, para la Jura de Carlos IV, los encargados de financiar las fiestas fueron el subdecano don Antonio Chacón, administrador principal de la renta de aguardientes, y don Josef de Aguirre, contador principal de la de tabacos. Para tal celebración, encargaron a un pintor de Quito los retratos de sus majestades, se hizo un nuevo dosel con tren de sillas y bancas cubiertas de terciopelo carmesí[9]. Se construyeron dos tablados, uno en la plaza mayor y otra en la de Santa Ana, adornado con alfombras, brandas pintadas y colgaduras de seda. Se construyó la plaza de toros y por toda su barda se puso un lienzo con diferentes dibujos. En el bando se había mandado tres noches consecutivas de luminarias y que se limpiasen las calles por donde había de pasar el real pendón, además que se adornaran las fachadas de tales calles.

13El Alférez Real, don Félix de Soto, pidió que la real insignia se pusiera bajo los retratos en el balcón de las casas consistoriales10. El día 25 de enero de 1790 se realizó la jura y proclamación de Carlos IV. Las autoridades, con sus mejores galas y sus caballos adecuadamente enjaezados, fueron hasta la sala capitular para recoger el estandarte y pasar al tablado a realizar el rito solemne. Al tablado subieron y tomaron posiciones, “en la forma que se practica”, el gobernador, su teniente, el asesor, el Alférez Real y el escribano, distribuidos en las esquinas y el centro. Los reyes de armas pidieron “Uno Silencio: otro oíd: otro atended: y otro escuchad11” y seguidamente el Alférez pronunció el juramento, similar a la anterior jura12. Y al igual que en aquella ocasión, se arrojaron monedas al público, se hicieron salvas y el paseo acostumbrado, para de nuevo hacer la proclamación en la plaza de Santa Ana. Esa noche el Alférez Real ofreció un refresco y ambigú, y se hizo baile hasta las dos de la noche.

14Los vecinos adornaron sus casas con espejería, colgaduras de seda y otros suntuosos elementos. Se pudo apreciar “como por el buen orden con que el frente de los Reales Retratos se solemnizó e incesantes aclamaciones de lealtad, que se Confundían entre el gozo, y alegría que reinaba en todos13”. En esta ocasión también se realizó misa de acción de gracias por la exaltación al trono del nuevo soberano, con la iglesia adornada. Es los siguientes días de fiesta, 24, 25 y 26 de enero, se destacaron los tres tablados ricamente adornados que pertenecían cada uno a los comandantes y oficiales de guarnición14, al cuerpo de comercio, y el último a personas de distinción. El 27, 28 y 29 se realizaron corridas de toros financiadas por la ciudad y por el comercio. También, desde el primer día, se ambientó con orquestas que tocaron diferentes piezas musicales y durante algunos días hubo fuegos artificiales, se repartieron limosnas a los pobres, hospitales y conventos. Los días 4, 5 y 615 se hicieron más corridas de toros y del 8 al 11, comedias que fueron costeadas las tres primeras por los gremios de la ciudad (excepto el de comerciantes) y la última por el individuo que las dirigió. Las noches del 14 al 16 “hubo otras diversiones sueltas por el Pueblo” además que el comandante general, don Josef Domás y Valle, realizó tres bailes con ambigúes.

15Los elementos constitutivos de las fiestas seguían siendo los mismos para la Jura y publicación de la Constitución Gaditana que se ejecutó en la ciudad el 23 de agosto de 1812. Ese día, a las cuatro de la tarde se reunieron todas las autoridades en el palacio del Virrey, don Benito Pérez, quien pronunció un discurso relativo a “tan alto y digno objeto16”. Luego se entregó el libro de la nueva codificación al Brigadier don Víctor Salcedo, para que se promulgara en los parajes más públicos de la ciudad. Del palacio salió encabezando el desfile el doctor don Manuel de Arce, quien era asesor del virreinato y canciller de la Real Audiencia con un acompañamiento compuesto de cuatro diputados del Cabildo y varios notables, que iban en carruajes, con los cuatro reyes de armas por delante, otros tantos batidores de a caballo, y con la música del batallón fijo. Finalmente, cerrando el desfile, un piquete de caballería al mando del capitán don Benito Aznar y una compañía de granaderos.

16Cuando se llegó al tablado adornado con colgaduras y con el retrato de Fernando VII (“con la competente custodia”) que estaba frente al palacio, tomaron diferentes posiciones todas las autoridades nombradas, además del escribano de Cámara, quien recibió el libro y luego a su vez lo cedió al más antiguo de los reyes de armas, don Pedro Ruiz, quien inició su lectura en voz alta. Una vez concluido esto “se elevaron víctores a la Constitución, a la Nación, y al Rey”, lo cual se acompañó del arrojo de monedas, “manifestándose en todos generalmente el regocijo y extraordinario gozo de que estaban poseídos en aquel acto, alternando con estas públicas demostraciones los repiques de campanas, y salvas de artillería17”.

17 Más tarde se ejecutó lo mismo en el tablado que estaba en la plaza mayor de la Santa iglesia catedral y luego en el tablado de la plaza de la parroquia de Santa Ana, para pasar a un desfile por las calles más públicas de la ciudad, que estaban adornadas y donde a uno y otro lado de las calles estaban acantonadas las tropas de infantería. Al rato, el Comandante General entregó al Virrey la Constitución, quien pronunció de nuevo un discurso, para después dar en su palacio un convite con diversos ramilletes adornados de flores y representación de obras poéticas alusivas al asunto. Luego pasaron al salón del Ayuntamiento, donde se representaron dos piezas patrióticas.

El aura de solemnidad y la representación sobre el poder

18A partir de las descripciones que hemos hecho, se pueden extraer algunos elementos que serían constitutivos del aura de solemnidad. Postulamos dos dimensiones, la solemne y la espectacular o de la teatralidad. La primera estaría compuesta por los elementos ceremoniales o rituales, los visuales, los espaciales y los sonoros. El segundo estaría formado por todas las muestras artísticas (tablados, adornos, etc.) y festivas (corridas de toros, bailes, comedias, entre otras).

19Los ritos eran un elemento fundamental de la liturgia política de la Jura. Su presencia era imprescindible debido a que llevaba largo tiempo como tradición en las proclamaciones y porque eran los medios por los cuales se sacralizaba el poder: el desfile, la bendición del pendón, la proclamación, la misa de acción de gracias. En cuanto a lo visual, el retrato y el estandarte real, principalmente, hacía presente al monarca. El valor que tenían estos objetos radicaba en que materializaban de cierta manera al soberano y lo hacían más cercano al público en general. En este elemento también es de destacar todos los adornos y ostentosidad con que arreglaban las calles, así como las galas de los principales durante los desfiles y las fiestas.

20Todo ello ocurría en espacios definidos, concretos y no podía ser en otros. La plaza mayor, las calles principales y los edificios de las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, toman un mayor valor durante esta celebración. Es una espacialidad del poder, en la cual el desfile se realiza en ciertas calles, la proclamación en los lugares más centrales y públicos, el retrato y la insignia real son expuestos en los edificios de las autoridades. Pero el ambiente sonoro que causaba la música, los vivas, la fórmula de proclamación, así como los discursos y sermones, eran un refuerzo que se integraba con los demás elementos expuestos.

21Ahora veamos las características principales de la espectacularidad. Sin entrar en detalles sobre cada uno de los componentes o expresiones artísticas o sobre cada muestra festiva, podemos afirmar que estas fiestas, como festejos con características barrocas, intentaban mostrar la mayor ostentosidad posible, tratando de persuadir, impresionar al público que participaba y que observaba la celebración. Sus elementos constitutivos iban dirigidos a calar en el público, ya que los toros, las comedias y otras muestras de este tipo eran las más apreciadas dentro de la gente del común y los notables no estaban separados de las mismas. Esta dimensión espectacular se constituye como un marco de “integración” donde sin transgredir los espacios definidos de cada grupo, todos participan de la fiesta, a comparación del desfile u otras actividades que sólo eran ejecutadas por las autoridades y los vecinos principales de la ciudad.

22Ahora bien, en todo lo anterior estaba inmersa la representación sobre el poder, pero también todo ello era el ambiente que reforzaba la consideración (al parecer más inconsciente que consciente) que más allá del rey, lo que importaba y a lo que se le rendía homenaje era el poder monárquico, lo que equivalía, al orden establecido. Un discurso de fidelidad es perceptible a simple vista –reforzado por uno sentimental18- con énfasis en la tradición del poder. Tal discurso se hacía expreso cuando don Juan Ygnacio de Aizpuru, relator de la Jura de Carlos IV, declaraba que la ciudad de Panamá demostraba fidelidad y amor, como siempre lo había profesado con sus soberanos, quienes “[...] de inmemorial tiempo lan distinguido con el timbre de Muy Noble y Muy Leal [...]”.

23El rey distante era el personaje central desde el cual se generaba la Jura y al mismo tiempo a quien se dirigía. Las consideraciones a los sujetos particulares que ocuparon el trono no podían faltar, pero a decir verdad, en el fondo parecía no importar tanto quién ocupara el trono como que este fuera legítimo. Era la continuación del poder a pesar de que el rey muriera o abdicara y reinara uno nuevo19. En esa lógica en repetidas ocasiones se utilizaban adjetivos que entraban en el orden sentimental y de las excelsas virtudes del monarca, patetismo aumentado en los momentos de crisis. El amor, la piedad, las lágrimas, el respeto se hacían presentes reforzando el discurso de fidelidad, además de las consideraciones del rey como legítimo, querido, deseado y augusto. Todo un catálogo de virtudes.

24Con esto se ve que la teoría de los dos cuerpos del rey seguía en cierta vigencia. El cuerpo político (místico también) que es eterno, inmutable, transferible e incorruptible, sobrevive a la transición de rey a rey, al cambio de manos del mandato monárquico. En ese sentido, las juras pueden interpretarse como cierta conciencia de esa permanencia eterna del poder, representándolo a través de ellas como solemne y celebrable. En nuestro caso de estudio, puede observarse la inercia de tales representaciones posibilitada por esa aura de solemnidad.

25Para finalizar, podemos decir que el aura de solemnidad a su vez, se fabrica por la fiesta. El poder establecido, con las autoridades que gobernaban, en buena medida dirigían la fiesta, pero asimismo la fiesta tenía ese poder de persuadir, de plasmar en la memoria las representaciones expuestas. Los campos de lo festivo y de la política se unen, se pone paralelos, pero nunca se separan, y aunque la representación sobre el poder era un imaginario monárquico que predominaba en todas las personas, la fiesta cumplía con las funciones de exaltarlo, celebrarlo y sobre todo de reforzarlo.

Fuentes

26Archivo General de la Nación (Bogotá, Colombia), Sección Colonia, Fondo Policía, Legajo 4, ff. 162r-168v.
______, Fondo Milicias y Marina, Legajo 47, ff. 652r-657v.
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Bibliografía

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28Notas de pie de página

291 Han sido muy estudiados el caso de Nueva España, Venezuela y el de Perú para el arte Barroco y las festividades de los siglos XVII y XVIII. Poca cantidad de trabajos se posee sobre Chile y Argentina. Y casi con una nulidad de trabajos Centroamérica y el Nuevo Reino de Granada.

302 Gilbert Durand, La imaginación simbólica, (Buenos Aires, Amorrortu Editores, [1968] 2000), pág. 10 y ss.

313 Roger Chartier, Entre poder y placer. Cultura escrita y literatura en la edad Moderna. (Madrid: Cátedra, 2000). Segunda parte “Representación”, pág. 74.

324 Archivo General de la Nación (AGN en adelante) (Bogotá, Colombia). Fondo: Milicias y Marina, Legajo 47, f. 651v.

335 Se menciona que no había otra de mayor decencia porque un incendio había afectado a las casas que estaban en la plaza.

346 Don Ramon y don Antonio de Alzedo, cadetes del regimiento de las reales guardias de infantería y de su majestad. Ibíd. f. 653v.

357 Don Ramon y don Antonio de Alzedo, f. 654r-v.

368 “ysesirvio una mesa desien cubiertos enquesesentaron óchenta yocho personas por que las demas quisieron acompetencia servir la Vianda en obsequio deSu Magestad” Don Ramon y don Antonio de Alzedo, f. 655v.

379 “Se compusieron los Escudos de Armas, y Mazas de Plata con que por distintivo Salen los Porteros con él Ayuntamiento los días de Tabla, y tanto a éstos como a los Reyes [de] Armas, se les hizo Sus Capisayos de Damasco, y Vestidos [que] se acostumbran en Semejantes Casos. del mismo modo se reparó y blanqueó el magnífico Edificio de las Casas de la Ciudad refaccionando, y pintando las Barandas, y Balaustreria [sic] del Balcón de dicha Galería alta, dando también de color a la fachada de Portales baja; y para hermosear má[s] la obra dispuso el Señor Gobernador que a su costa se pintasen y dorasen al olio las Armas de su Majestad, y de la ciudad, que están gravadas Sobre La[p]idas de Piedra en ambas Galerías del frente principal de dicho Edificio, que por si solo lo hace muy vistoso la esquinita arquería alta y baja de Piedra de Sillería y Columnas en que están apoyadas con Sus respectivas Cornisas”. AGN. Fondo Policía, Legajo 4. f. 162v.*

3810 Le parecía poco decoroso que tuvieran que ir a buscarla hasta su casa distante del arrabal.

3911 AGN. Fondo Policía, Legajo 4. f. 164r.

4012 En esta ocasión se dijo: “Castilla: Castilla: Castilla: Las Indias y Panamá por el Rey Nuestro Señor Don Carlos Cuarto que Dios guarde muchos años” AGN. Fondo Policía, Legajo 4. f. 164r.

4113 AGN. Fondo Policía, Legajo 4. f.165r.

4214 Este a su interior estaba adornado con colgaduras de damasco carmesí, espejos y fanales con vistosas luces y poesías. El del comercio tenía lienzos trasparentes donde se hallaban pintadas Europa y América, el dios Mercurio, dos globos enlazados con dos Navío, además de tarjetas y décimas expresivas del afecto al objeto de la función. El último tablado tenía papeles vistosos e iluminación.

4315 Los tres primeros días de febrero se suspendieron las fiestas reales por la fiesta de desagravios que se hacía con el motivo del incendio de 1737.

4416 “Certificación de la jura de la Constitución española en Panamá, 23 de agosto de 1812” En: Jairo Gutiérrez R. y Armando Martínez G., La visión del Nuevo Reino de Granada en las Cortes de Cádiz (1810-1813). (Bogotá: Universidad industrial de Santander, 2008), pág. 218.

4517 “Certificación de la jura” pág. 219.

4618 Landavazo muestra para el caso de Nueva España cómo las referencias a los sentimientos inspirados por la figura de Fernando VII constituyó un grupo importantes en las referencias a la fidelidad. Marco Antonio Landavazo. La máscara de Fernando VII. Discurso e imaginario monárquicos en una época de Crisis. Nueva España, 1808-1822. (México: El Colegio de México, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y El Colegio de Michoacán, 2001), pág. 98.

4719 Esta idea ha sido expresada por Marco Antonio Landavazo en el trabajo citado y por Víctor Gayol “El retrato del escondido. Notas sobre un retrato de Jura de Fernando VII en Guadalajara” En: Relaciones. Miscelánea, no. 83, Verano 2000, Vol. XXI, págs. 151-181.