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AFEHC : articulos : La elite político-militar y sus representaciones del indio. Guatemala 1982-1996. : La elite político-militar y sus representaciones del indio. Guatemala 1982-1996.

Ficha n° 2607

Creada: 22 mayo 2011
Editada: 22 mayo 2011
Modificada: 31 mayo 2011

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Autor de la ficha:

Julieta ROSTICA

Editor de la ficha:

Esteban DE GORI

Publicado en:

ISSN 1954-3891

La elite político-militar y sus representaciones del indio. Guatemala 1982-1996.

Desde 1982 en Guatemala la elite político-militar elaboró representaciones sobre la población indígena. Estas fueron el sustrato que utilizaron para legitimar la particular forma de ejercicio de la violencia política y de violación a los derechos humanos que implementó la dictadura institucional de las Fuerzas Armadas: la práctica del genocidio. Héctor Alejandro Gramajo Morales, Efraín Ríos Montt y Álvaro Fabriel Rivas Cifuentes fueron característicos de esa elite político-militar y como consecuencia, el abordaje de sus relatos y discursos es una vía más que propicia para estudiar las representaciones que dicha elite elaboró sobre los actores subalternos, especialmente sobre los indígenas guatemaltecos. Nuestra hipótesis sostiene que dichas representaciones tuvieron la forma de prejuicios y estereotipos, de larguísima data en Guatemala. Asimismo, que la coyuntura histórica ideológica, la Doctrina de la Seguridad Nacional y el Documento Santa Fé I, brindó su nuevo anclaje. A nuestro juicio, fueron ambos elementos los que actuaron en conjunto para legitimar el uso de la violencia sobre las poblaciones indígenas. En este sentido, sostenemos que el racismo sigue siendo una clave central para interpretar el genocidio en Guatemala.
Palabras claves :
Elite político-militar, Representaciones, Racismo, Genocidio
Autor(es):
Julieta Carla Rostica
Fecha:
Mayo de 2011
Texto íntegral:

1La particular forma de ejercicio de la violencia política y de violación a los derechos humanos, la práctica del genocidio, que se impartió en Guatemala circa 1978-1990, recibió diferentes formas de legitimación con el fin de obtener el consenso pasivo o activo de los actores de la sociedad civil. La más comúnmente utilizada por las Fuerzas Armadas de todo el continente fue la lucha contra un «enemigo interno» al que imprecisamente se denominó «subversión». Sin embargo, en las estrategias de legitimación de cada experiencia histórica hubo matices, al anclarse en historias nacionales, viejas problemáticas sociales irresueltas, conflictos políticos de larga data, identidades y culturas políticas diversas. Más tintes esperables en Guatemala, cuando la coyuntura histórica ideológica sumó a la Doctrina de la Seguridad Nacional, las consideraciones del Documento Santa Fe I contra la teología de la liberación. Las elites elaboraron representaciones de los actores subalternos, en este caso sobre los indígenas guatemaltecos, con el fin de legitimar las políticas de Estado, en ese momento represivas y genocidas.

2En este artículo pretendemos estudiar las representaciones de la elite político-militar en los relatos y discursos impartidos desde 1982, cuando dio inicio la dictadura institucional de las Fuerzas Armadas. Héctor Alejandro Gramajo Morales, Álvaro Fabriel Rivas Cifuentes y Efraín Ríos Montt, fueron característicos de esa elite político-militar. Durante la dictadura militar (1982-1985), el general Héctor Alejandro Gramajo Morales fue subjefe del Estado Mayor General del Ejército. Desde 1986 fue jefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional y de febrero de 1987 a mayo de 1990 ministro de la Defensa Nacional. Hacia 1990, Álvaro Fabriel Rivas Cifuentes era teniente coronel de infantería. El general Efraín Ríos Montt fue, entre 1982-1983, Presidente de la Junta Militar de Gobierno y luego Presidente de la República, comandante en jefe del Ejército y ministro de Defensa.

3Indagaremos las producciones que fueron transmitidas de forma masiva a toda la sociedad. Nos referimos, en primer lugar, al libro titulado De la guerra…a la guerra del general Héctor Alejandro Gramajo Morales, publicado en 1995. El sabía que sus “decisiones, por insignificantes que fueran, impactarían directamente con más efecto en los cuadros de oficiales y directamente en la tropa1”. Este dará claves para interpretar el “Ensayo Científico Campo Social” titulado Medidas para Recuperar la Población en Resistencia escrito por Álvaro Fabriel Rivas Cifuentes y publicado en 1990. Es un ensayo galardonado con el premio en el Certamen Científico y Cultural organizado con motivo del Primer Centenario del Estado Mayor de la Defensa Nacional. Por la complacencia que en las altas esferas del poder militar tuvo esta obra consideramos pertinente su análisis. Por último, indagaremos los discursos dominicales difundidos por cadena nacional de radio y televisión de Efraín Ríos Montt2. Consideramos que hay que analizarlos como parte de la estrategia psicosocial señalada en los Planes de Campaña del Ejército. El mismo general Héctor Alejandro Gramajo Morales así lo expuso: “los programas de radio de Ríos Montt sirvieron como una campaña psicológica y moral. El General Ríos era un buen comunicador del consenso interno del ejército y de sus ideas para el cambio3”. Estos discursos tuvieron una fuerte connotación religiosa y estuvieron plagados de metáforas, las cuales son difícilmente comprensibles sin un contexto de interpretación. De ahí el orden no cronológico en la presentación de las producciones de la elite que usamos en este ensayo.

4Nuestra hipótesis sostiene que las representaciones de los indígenas guatemaltecos elaboradas por la elite político-militar tuvieron la forma de prejuicios y estereotipos. Asimismo, que la ideología militar del momento brindó su nuevo anclaje. A nuestro juicio, fueron ambos elementos los que actuaron en conjunto para legitimar el uso de un determinado tipo de violencia sobre las poblaciones indígenas. En este sentido, sostenemos que el racismo sigue siendo una clave central para interpretar el genocidio en Guatemala.

5El análisis e indagación a los discursos y relatos pretende adentrarse en la subjetividad de los actores mencionados. No nos importan tanto los acontecimientos sino cómo éstos fueron representados y transmitidos. Si bien nuestras conclusiones no pueden extenderse a todos y cada uno de los miembros de la estructura militar y menos a toda la sociedad, la noción de elite político-militar en esa coyuntura histórica y la jerarquía militar habilitan cierta generalidad. La elite político-militar gestionaba la opinión pública, controlaba los eventos de comunicación, de dispersión de la ideología y establecimiento de las prácticas sociales al conjunto de la sociedad. Por ende, tuvo un papel privilegiado en la reproducción del racismo si logramos argumentar nuestra hipótesis. El racismo no siempre se manifiesta de forma explícita: “…no consiste únicamente en las ideologías de supremacía racial de los blancos, ni tampoco en la ejecución de actos discriminatorios como la agresión evidente o flagrante, que son las modalidades de racismo entendidas en la actualidad durante una conversación informal, en los medios de comunicación o en la mayor parte de las ciencias sociales4”. Las ideologías y prácticas racistas obvias e intencionales son generalmente rechazadas por las elites pues entienden que son la única modalidad de racismo. El racismo también comprende actitudes, opiniones e ideologías cotidianas y actos aparentemente sutiles, lo que enfocará nuestra mirada.

Héctor Alejandro Gramajo Morales

6En De la guerra…a la guerra el ex-jefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional y ex-ministro de la Defensa Nacional repasó los años del conflicto armado hasta el proceso de democratización que abarcó los años 1986 – 1990. La parte central del libro de Gramajo se titula “el escenario”, que a su vez se divide en los capítulos “el andamiaje”, “telón de fondo del escenario”, “nuevos actores y guiones revisados”, “la trama” y por último “el desenlace”.
De estos nos interesa el tercero ¿Cómo interpretó Gramajo a los nuevos actores en el escenario? En la remota e inhóspita región de Ixcán el Ejército Guerrillero de los Pobres introdujo “un rol más preponderante al factor étnico para ir construyendo una base social en apoyo de sus futuras operaciones armadas y más tarde la lucha social de los campesinos5”. En la parte sur-occidental de San Marcos y en la parte sur de Sololá la Organización del Pueblo en Armas “desarrolló una estrategia que buscaba levantar en armas a los campesinos, al mismo tiempo que interrumpía la producción agrícola nacional6”. Ambos grupos

7…terroristas se fueron organizando y fortaleciendo buscando la unión con la población local, estimulando el resentimiento de éstos por el abandono en que se mantenían, empleando como argumento que la situación era causada por los militares que servían a los ricos: terratenientes, comerciantes y empresarios en general, en evidente acción discriminatoria e incrementando el proceso de explotación, cuyo objetivo final era exterminar a su raza. Las condiciones socioeconómicas, principalmente al norte de Huehuetenango y Quiché, la región de Ixcán, facilitaron este proceso de integración indígena a la subversión sin que el gobierno fuera capaz de percatarse de esto, mucho menos pronosticar las dramáticas consecuencias que en los próximos años generaría esta situación7.

8Hubo de pasar una década para que el ejército comenzara a accionar con una capacidad integral para “neutralizar y eventualmente eliminar la amenaza de esta nueva estrategia más sofisticada, con más base social, más violenta, que requería de raíces ideológicas más profundas8”. Como puede observarse, el nivel de peligrosidad que cargaba esta segunda generación insurgente respondía exclusivamente a la posibilidad de que la población indígena se subvirtiera con ese «resentimiento en estado latente» manipulado, según Gramajo, por las organizaciones armadas. La estrategia de las organizaciones guerrilleras era más violenta porque hizo creer a los indígenas que una alianza entre militares y ricos querían exterminar a su raza, razón suficiente para desencadenar ese largo «miedo social». Esto marcaba la diferencia y la especificidad de las guerrillas de los años setenta en comparación con las de la década precedente.

9Los sacerdotes enrolados en la “iglesia de los pobres” fueron otro nuevo actor que apareció en el escenario. La participación de ellos en las comunidades, especialmente en las montañas del noroccidente del país, “por la naturaleza de sus actividades y la poca ilustración de los guatemaltecos (…) indirecta e involuntariamente favorecían la causa insurgente9”. Gramajo relata un ejemplo:

10El padre Antonio, que dominaba el dialecto local, Ixil, una raíz del idioma quiché, a pesar de la presencia de un destacamento militar, valiéndose del habitual desconocimiento de la lengua indígena por parte de los militares, debido a la decisión de mandar a servicio en Quiché a tropas sólo del oriente ladino, mantenía constante presión psicológica sobre la población para orientar la sospecha de todo lo malo que acontecía sobre el ejército10.

11Nuevamente, la peligrosidad de estos sacerdotes radicaba en la capacidad de subvertir a los indígenas contra el ejército ladino. El fantasma se acrecentaba aún más porque el ejército no tenía el control lingüístico sobre la población. El temor a que los sacerdotes cargaran de odio de casta a los pobladores indígenas se basaba en una experiencia que ampliamente describe en la parte III de su libro. Habían elegido como comandante de Chajul a un joven ladino, que por ser originario del departamento de El Quiché convivió con los indígenas Quichés, entendió sus creencias, conoció sus costumbres y aprendió el idioma. Cuando fue a hacerse cargo del destacamento el sacerdote jesuita de Chajul le organizó una bienvenida en idioma quiché. Se refirió al nuevo contingente como: “los mismos asesinos que vienen a reprimirnos y perseguir a nuestros hermanos de la montaña11”. Tras ello el nuevo comandante pidió la palabra, se dirigió en la misma lengua y preguntó por qué ni los cofrades ni chamanes principales de la aldea tenían su lugar de honor y preferencial como era de costumbre, por qué algunas imágenes de la iglesia estaban cambiadas y por qué las autoridades civiles no estaban presentes. En esta síntesis del extenso relato de Gramajo pretendemos mostrar algunas cuestiones: en primer lugar, el imperativo de los líderes militares de conocer el idioma local, a tal punto que prefirieron poner de comandante en un «área de conflicto» a un joven militar ladino hablante del idioma Ixil; en segundo lugar, las palabras utilizadas por el sacerdote jesuita de Chajul parecían corroborar en el ejército la ayuda indirecta de los sacerdotes a la subversión: “hermanos de la montaña”, una “montaña” cuya fuerza simbólica es muy fuerte en Guatemala; en tercer lugar, la estrategia retórica utilizada por el ejército cuando defendió la «costumbre» para tender alianzas con la elite indígena y aprovechar su poder comunal para controlar y evitar el levantamiento de casta tan temido, estrategia de vieja data en Guatemala. Recordemos que, especialmente en la región Ixil, la iglesia católica se había vuelto a rearticular con la tradición indígena. Si se presta atención se trata de la misma puesta en “escena” del imaginario altense: no faltan ni los actores (el caudillo ladino concientizando al indio de su opresión, los principales y la tradición indígena, los indios y la iglesia católica, el odio y el resentimiento indígena), ni el guión (la guerra de castas), ni el escenario (la montaña). De hecho, es sumamente significativo cómo culmina su relato. Préstese atención a la referencia de la aldea Xix, cuyo significado (“shuco en modismo guatemalteco, sucio en idioma castellano12”) es el único que señala:

12…la táctica insurgente de masacres contra la población para avanzar su control sobre el triángulo Ixil, a pesar de lo extremista y cruel como toda la lucha armada, fue inútil, sólo provocaron que todas las aldeas vecinas de Chajul permanecieran desiertas aumentando la población de la cabecera municipal; …pero no todos vinieron a Chajul. La aldea Xix, también estuvo desierta, más sus habitantes seguramente subieron al Sumal13 (Soviéticos) a unirse con los “hombres de la montaña14”.

13Están presentes otros ejemplos de la ayuda indirecta de la iglesia católica a la subversión como “la operación Uspantán del padre Aníbal con cinco o seis (en palabras del padre Pellecer) monjas de la Congregación Sagrada Familia del Colegio Belga. También las actividades y colectas ‘en pro de los pobres’, que las monjas de la Asunción y sacerdotes maryknoles acrecentaron en Guatemala15”.

14Tras el desarrollo de la “trama” Gramajo escribe el “desenlace” de la crisis del año 1981. Las “organizaciones terroristas” habían tomado los municipios de los departamentos de Huehuetenango, Quiché, Alta Verapaz, Chimaltenango y Sololá. Doscientos sesenta mil habitantes de 35 municipios se habían convertido en “pueblos fantasmas; para apoyar la rebelión, abandonaron la cabecera municipal, y asesinaron a los representantes del gobierno local electos por el sistema político vigente, para luego huir a las montañas y fortificar algunas aldeas para oponerse a las fuerzas del gobierno16”. Para Gramajo había un gran apoyo de las poblaciones a los insurgentes. El Ejército Guerrillero de los Pobres, decía, contaba en sus efectivos “la mayoría de los 10000 a 12000 combatientes armados, 100000 elementos de infraestructura o Fuerzas Irregulares (FIL) y Autodefensas Locales (ADL), fuerzas que mantenían bajo su directa influencia y control cerca de 260000 habitantes del altiplano, a quienes también ellos denominaron Comunidades de Población en Resistencia17”. Sin embargo, considera que hubo un error insurgente: estaba muy bien, como enunciado estratégico incluir a la lucha armada a las etnias locales, pero “una cosa eran las intenciones y otras fueron las capacidades”:

15la motivación de lucha y beligerancia de los indígenas alzados, en su mayoría, era debida a la amenaza y presión de los jefes insurgentes, facilitada por el resentimiento que nacía por razones étnicas, y del abandono en que se encontraba la población en esos lugares; su actitud de lucha nada tenía que ver con razonamientos ideológicos basados en la lucha de clases; a Rolando Morán en el mejor de los casos, se le fue de las manos el control del factor étnico. ¿sería que deliberada e irresponsablemente condenó a muerte a gran número de campesinos, al lanzarlos en contra de tropas del ejército18?

16Justificaba así las incontables matanzas, dejando en claro, además, que el factor étnico y no el de clase, fue el que motivó a los indígenas a la protesta y la rebelión. A partir de octubre de 1981 el ejército lanzó una ofensiva militar en los departamentos conflictivos. La estrategia militar hizo uso generalizado del “principio de masa” reafirmando las características de la variante guatemalteca de la guerra regular aplicada a la guerra irregular: “‘el posesionamiento’ de la población, por presencia19”. Las fuerzas de tarea se aplicaron en el altiplano central concentrando allí las fuerzas de otras zonas militares “de manera que pudiera tener los efectivos necesarios para aislar a los insurgentes de la población, además de detectar, prevenir sus movimientos y destruirlos20”. Según Héctor Gramajo, el ejército encontró “a un oponente sobremotivado de unidades mal armadas y sin completo control, que creyendo aprovechar la ventaja que le darían lugares previamente preparados con emplazamientos, trampas rústicas y campos minados, cometió el error de tratar de resistir en sus posiciones defensivas y deliberadamente oponerse al ejército21”. Esto dio como resultado la neutralización de la amenaza en el altiplano central (Chimaltenango y Sololá). Entiende que los

17…pocos grupos de insurgentes armados con jefes responsables y efectivos se replegaron, obligando a la población indígena a acompañarlos. Parte de la población abandonó sus viviendas y siguió a los insurgentes rumbo a las montañas, para constituirse en Comunidades de Población en Resistencia (CPR) al orden social, político y administrativo establecido, pero, en realidad estarían a merced y voluntad de los dirigentes insurgentes, a quienes debían servir, abastecer y también proteger22.

18Sin embargo, según las fuerzas castrenses, el éxito militar fue parcial, ya que para llevar a cabo el “principio de masa” hubo que dejar militarmente abandonados los departamentos de Alta Verapaz, Quiché y Huehuetenango. Bajó aún más la moral militar cuando la táctica de la insurgencia armada utilizaba “los escudos humanos” para impedir el avance militar y frente a la inacción gubernamental. Al peligro que sentían la sociedad guatemalteca y la institución militar, respondió el golpe del 23 de marzo. Tras el mismo, el Estado Mayor del Ejército reconoció que la capacidad militar del ejército estaba agravando el problema y que había problemas a resolver de larga data “por costumbre y cultura” que provocaban la exclusión política y socio-económica: “había grupos excluidos de la vida nacional23”. Estas fueron las razones por las cuales se hizo imperativo “traer paz por medios distintos de las armas, medios tal vez más complejos, sofisticados, elaborados y de largo plazo, pero, también más humanos y con mayores probabilidades24”. Así presentó Gramajo la “novedosa estrategia operativa” de los fusiles y los frijoles. Un dato interesante de reproducir es el énfasis en el departamento de Chimaltenango:

19…lo más avanzado en organización de la población de acuerdo a los conceptos de la guerra popular prolongada, la ponía en práctica el oponente en Chimaltenango. (…) Los alzados, aún bajo el control de los jefes, por medio de los líderes comunales, se mantenían ocultos del ejército y de la población no alzada, merodeando en los montes y barrancos de Chimaltenango, donde mantenían bajo su control a gran número de pobladores indígenas que, con amenazas, o con el temor de la acción militar del gobierno, los tenían secuestrados, imponiéndoles grandes penalidades. Debíamos ser muy precavidos para no dejarnos provocar, muy flexibles debido a la polarización entre ladinos e indígenas que existía particularmente en ese departamento y, sobre todo, debíamos ser muy sensibles al sufrimiento de nuestros paisanos25.

20Gramajo recordaba muy bien no solamente la matanza realizada por el ejército en 1944 en este departamento, sino los motivos por los cuales ésta se había desatado: el temor a un alzamiento indígena, hechos imborrables de la memoria colectiva. Más adelante describió la rendición de las comunidades afirmando que “la población regresaba a sus hogares después de poco más de un año de penurias, por haber acuerpado un irracional y sangriento alzamiento, apremiados ellos por marcadas motivaciones étnicas más que ideológicas26”. Consideraba que el esfuerzo de reconstrucción del altiplano después del terremoto les había proporcionado la oportunidad de organizarse en una estructura político militar (Comité Clandestino Local y Fuerzas Irregulares Locales) semejante al modelo soviético. Cuando retornaron y se reasentaron en sus comunidades la mayoría

21…asumió una actitud de autonomía; y armados con palos, machetes y algunas armas de cacería, ejercían la vigilancia de sus poblaciones de día y de noche. (…) Las comunidades siguieron organizadas ahora para su propia “autodefensa”. Esta situación práctica de autonomía, se extendió a municipios del vecino departamento de Sololá. Para el ejército esta era una situación anómala de jurisdicción que oficialmente no se podía permitir27.

22Finalmente se logró que cada grupo de defensores de la comunidad local desplegara la bandera de Guatemala doblegando así lo que tanto ofendía: la autonomía. Al igual que la experiencia un año antes en Chajul.

23La interpretación de Héctor Alejandro Gramajo sobre lo que había sucedido en Guatemala a comienzos de los años ochenta es central para observar las motivaciones que guiaron las acciones por él, jerarca militar del Estado Mayor del Ejército, ordenadas. Su discurso, despojado del lenguaje religioso utilizado por Efraín Ríos Montt, mostró en reiteradas oportunidades el proceso de “integración indígena a la subversión” porque para él los indígenas eran “grupos excluidos de la vida nacional”. Se trataba de un proceso «estimulado» por tres nuevos actores ladinos: intelectuales, guerrilleros y sacerdotes católicos. Se «estimula» generalmente una actividad fisiológica, algo presente pero en forma latente, la esencia y naturaleza de las cosas y de los sujetos. En Guatemala, Gramajo consideró que estos actores estimularon un “resentimiento” por razones étnicas que sobremotivó al “oponente” del Estado. A nuestro juicio, el cálculo sobredimensionado de los efectivos de la guerrilla realizado por el general –cálculo que triplica el número de combatientes- es un dato que conduce a visibilizar la brecha entre lo que ocurría y la vivencia exagerada de este sujeto, la cual también está presente en su interpretación racial del conflicto. En definitiva, para él las motivaciones étnicas eran subversivas. La estimulación de las motivaciones étnicas accionaba esa potencialidad subversiva. En esta lectura tanto el «indio irredento» como la «guerra de castas» estuvieron presentes.

Álvaro Fabriel Rivas Cifuentes

24El ensayo Medidas para Recuperar la Población en Resistencia consistía en una serie de medidas a tomar para intentar “reincorporar” a un cierto tipo de población que estaba resistiendo. Se trataba de una población “campesina” que había sido involucrada en la “Guerra de Masas” propuesta por el Ejército Guerrillero de los Pobres y que estaba:

25…sin ninguna base ideológica (...) alejados de todo signo de adelanto cultural, ignorantes de las ventajas de vivir en una sociedad moderna, de recibir el pan del saber y de otros satisfactores básicos que proporciona el avance cultural, han sido presas fáciles de falsos misioneros que ofreciendo tierras en usufructo real y verdadero, así como de una sociedad en donde no hay diferencias étnico-culturales, les han planteado dos alternativas: Luchar con ellos por una Reivindicación Social, o Morir. Naturalmente, por temor, por ignorancia o porque simplemente antes nadie les había sacado de su mundo, aceptaron colaborar con los subversivos o fueron llevados a las montañas a la fuerza, convirtiéndolos en Comunidades de Población en Resistencia28.

26A partir de un prejuicio hacia la población campesina-indígena el autor deducía que habían “sido presas fáciles”. Esta metáfora tiene sus connotaciones. Los campesinos-indígenas aparecen como cuasi-animales y pasibles de ser comidos por otros. En esta lucha por la sobrevivencia (luchar con ellos o morir) los campesinos-indígenas, por sus características “naturales”, serían los primeros en ser devorados, acto en disputa entre quienes no eran campesinos-indígenas: el EGP y el ejército. Los campesinos-indígenas fueron descriptos como temerosos, ignorantes y aislados, miembros de una sociedad tradicional, y entonces, porqué no decirlo, bárbaros y salvajes. Probablemente, por estos últimos atributos era peligroso que fueran «comidos» por la subversión, lo que explica el por qué debían ser presa de disputa por el ejército. En efecto, la elite político-militar admiró tanto como temió la heroicidad del indio, la irracionalidad, el salvajismo, lo que también se tradujo en la frecuente utilización de nombres indígenas para denominar a las fuerzas de tareas: “El nombre ‘KAIBIL’ le correspondía a un Rey del Imperio Mam, quien, gracias a su astucia, no pudo ser capturado por las fuerzas invasoras de Pedro de Alvarado. KAIBIL BALAM era considerado como un verdadero estratega y recibía consultas de caciques de otras tribus29”. Otro ejemplo con las mismas connotaciones fue la titulación de las zonas militares. Una de Cobán se autodenominó “Hogar del Tzuul taq’a”. Tzuul Taq’a era una deidad de la cosmovisión maya-q’eqchi, el dueño de toda la naturaleza y a quien se le debía pedir permiso para poder cortar o sembrar.

27A tono con el discurso neopentecostal, había una connotación religiosa: eran los “falsos misioneros”, como sicarios del demonio, los que tentaban a la población con un «falso paraíso».

28Más adelante Rivas Cifuentes afirmó que si bien su trabajo de investigación estaba basado en el Triángulo Ixil, podía extenderse a cualquier región, lo que incita a pensar que todas estas reflexiones no se referían a los Ixiles en especial, sino a toda la población campesina-indígena “en resistencia o bien con repatriados30”. Su ensayo proponía “cuáles son o podrían ser las medidas o hechos más relevantes para poder proporcionar a los pobladores de esas apartadas regiones los medios mínimos de vida y así poder evitar que los grupos clandestinos tengan motivos que esgrimir para poder captar pobladores que los apoyen a lograr sus metas31”. Se trataba de recuperar el poder del Estado. Poco relevante era esa población ni los grupos clandestinos en sí mismos, sino el control sobre los “motivos” de la subversión. En la “presentación general del problema” aseguró que los “motivos” o “banderas reivindicadoras” fueron utilizadas por los delincuentes terroristas para “ofrecer la tierra de los ricos a los pobres, la de los ladinos para los indígenas32”. Superpuso el conflicto de clase al étnico agregando el religioso: “compararon al soldado romano con el Guatemalteco, a los Celotes con los guerrilleros y les hicieron creer que la lucha que se libraba era en nombre de CRISTO y por los pobres33”. Todo esto, para el autor, convirtió la región del triángulo Ixil

29en una de las regiones más conflictivas de Guatemala (...) El tiempo fue transcurriendo y el estado de involucramiento de la población con la subversión fue de tal grado que ya no pudieron regresar a sus lugares de origen. Los subversivos se aprovecharon de la situación imperante y fueron convirtiéndolos poco a poco en COMUNIDADES DE POBLACION EN RESISTENCIA34.

30El autor explica que la población no pudo regresar a sus lugares de origen por el “estado de involucramiento de la población con la subversión”, porque fue «convertida». Esta población difícilmente podía dejar de ser subversiva, volver al origen o regenerarse, lo que más adelante llama “reincorporarse a la normalidad”. La “población en resistencia” era aquella que se encontraba en el dilema de luchar o dejarse morir: “núcleo de población civil que simpatiza con los subversivos o que es sometida a la fuerza a los controles de los mismos35”. Su diferencia con la definición de “población” es que ésta era un “grupo de gente civil sin ninguna responsabilidad política, más que sólo cultivar la tierra y servir de pantalla a los subversivos36”. El “recuperado” era “la persona civil que se encuentra como población en resistencia y que se le quita a los subversivos, ya sea por la acción militar o psicológica del ejército37”. La diferencia entre la población en resistencia y la población en general era muy difusa. Si bien pareciera que la diferencia radica en la afinidad política con los subversivos como un hecho subjetivo, el considerar a la población sometida a la fuerza también población en resistencia, barre todos los límites conceptuales. Ello justificaba la acción militar para recuperar físicamente esa población y la acción psicológica para recuperar “la mente” de la misma. Esto está más claro en la “definición del problema”:

31Los delincuentes subversivos le han denominado a las personas civiles que retienen en contra de su voluntad, o que en algún grado participan voluntariamente con ellos: “COMUNIDADES DE POBLACION EN RESISTENCIA” o “POBLACIONES QUE SE HAN RESISTIDO A ENTREGARSE AL EJERCITO Y QUE ESTAN DISPUESTAS A CONTINUAR APOYANDO Y PARTICIPANDO EN LA LUCHA REVOLUCIONARIA”. Para el ejército, estas personas se conservan como poblaciones sometidas al cautiverio terrorista, pues bien se sabe que el indígena, ante la visión no más allá de poseer su tierra para cultivar el sagrado maíz, son presas fáciles del engaño, puesto que los subversivos utilizan toda clase de artimañas para concientizarlos y ganarlos a su causa. Les han hecho creer en una reivindicación de posesión y usufructo real y garantizado de tierras y la conservación de su identidad Étnico-Cultural38.

32No hay en una investigación “científica”, galardonada en el contexto de un régimen de democracia electoral y producida desde una institución militar responsable de la vida de mucha gente, una ambigüedad como ésta en la “definición de un problema”: para el “objeto del problema” definido era igual si esa población resistía a la guerrilla o al ejército. Esa población era definida como un objeto de posesión. Lo definitorio, en rigor, para ser considerado población en resistencia era haber resistido a entregarse al ejército y ese hecho la transformaba en población que participaba en la lucha revolucionaria. Esa población era, ahora sí, explícitamente indígena.

La población indígena recuperada por el ejército a través de los Polos de Desarrollo, según Rivas Cifuentes, era cerca de 20 mil. La falta de seguimiento al proyecto redundó en ausencia de respuestas a las causas por las cuales la subversión se implantó en el noroccidente del país. Por ello consideraba necesario conocer “los aspectos geográficos, históricos y religiosos que se relacionan con la implantación de focos subversivos en la región geográfica en estudio, tanto en el departamento del Quiché como del Triángulo Ixil39”. El primer aspecto fue definido por el aislamiento geográfico de la población, que llevó a los alcaldes municipales a asumir tareas jurídicas, y por las ocho etnias existentes, lo que dificultaba la comprensión en castellano. El segundo aspecto refería a las condiciones históricas por las cuales la guerrilla se implantó en la región: “su población es indígena sumidos en la ignorancia, sufriendo enfermedades y miseria”; “el poder del Estado no existe, haciéndola más vulnerable al accionar revolucionario”; “los destacamentos militares son más débiles o no existen40”. Tras la implantación del EGP en la región, afirma Rivas Cifuentes, “pudieron aprender del por qué de la indiferencia del indígena Ixil ante el ladino, la razón era sencilla: ancestralmente, estos indígenas huyeron de los conquistadores españoles y se refugiaron en las más apartadas regiones41.” Se trata de un relato que explicaba las causas por las cuales la población indígena se convirtió en población en resistencia a partir de un prejuicio:

33De lo anterior aprendieron que tendrían que ser los mismos olvidados los que tenían que financiar la guerra y que los más lúcidos, jóvenes y astutos tendrían que dirigir al resto para lograr el enfrentamiento entre dos razas ancestralmente antagónicas: el indígena contra el ladino. Habría de buscarse los motivos que darían lugar a acciones relevantes para salir a luz, para que la población creyera en ellos y así poder incorporarlos a la guerra revolucionaria42.

34Para el autor y todos aquellos que galardonaron este ensayo, la subversión fomentó una guerra de castas. Los conflictos raciales fueron los motivos por los cuales los indígenas participaron de la guerra revolucionaria. Consiste en la recreación del viejo imaginario de la venganza del indio fomentada por ladinos “lúcidos, jóvenes y astutos”.

35Entre sus conclusiones caben destacar las siguientes: “1. La población se muestra receptiva a los cambios de vida, a pesar que la mayoría es indígena de habla Ixil43”. Conclusión que demuestra las dudas que tenía el autor respecto de la posibilidad de “conversión” de la población indígena o de su “regeneración”. “3. Las comunidades viven en el siglo XVIII, por lo que es posible implantar medidas de tipo revolucionario44...” Conclusión que admite la siguiente correlación: cuanto más atrasadas son las formas de vida más posibilidades hay de un cambio rápido o revolucionario. Se trata de la dicotomía entre sociedad tradicional y moderna. “4. Existe un aislamiento social, económico, político y militar en la región, lo que hace posible implantar la teoría Maoísta: ‘El pez es al agua como la población es a la guerrilla45’”. Para Rivas Cifuentes toda la población nadaba en la guerrilla, era a la guerrilla y su propósito y objeto debía ser ese pez. Por último mencionó la importancia del factor religioso, la teología de la liberación, que hizo que el “sentido cristiano se pervierta” y que “aquellos indígenas y campesinos que aún se encontraban indecisos se volcaran de lleno a apoyar a los grupos insurgentes46”.

36El ejército cambió “substancialmente” su estrategia en la lucha contrasubversiva en la década de los ochenta y Cifuentes detalla los planes de campaña implementados sosteniendo la hipótesis de que “no bastarán medidas en el orden militar para recuperar a la población en resistencia, si éstos al abandonar a la delincuencia terrorista, no están en condiciones de reincorporarse a la normalidad47”. En efecto, para volver el cuerpo a un estado normal, estas personas “deberán ser atendidas inmediatamente por personal especializado de Asuntos Civiles, personal médico y paramédico, con el objeto de crear en ellos un clima de confianza a la institución armada y detectar los casos graves de enfermedad48”. Pero también por un Operador Psicológico habida cuenta que “la persona recuperada siente miedo hacia el soldado, ya que los subversivos, en su trabajo psicológico-ideológico, le han inculcado ese temor, recalcándole que si se entrega al ejército, los soldados lo van a matar49”. En este sentido el tratamiento médico y la reeducación psicológica, cívica y moral eran centrales puesto que “de aquí depende el cambio psicológico que se pretende50”. Se trataba de un cambio integral, radical e intensivo. Este indígena recuperado, tras habérsele quitado absolutamente todo temor y voluntad, doblegado física y psíquicamente, sería el ideal resultado de las políticas genocidas, de la «eliminación total» de la subversión para fundar el nuevo orden social.

Efraín Ríos Montt

37Ríos Montt, como líder de una dictadura militar, buscó en cada uno de sus discursos legitimar la intervención de las Fuerzas Armadas en el poder de Estado más o menos en función de un imaginario de nación, pero con la cosmética de pastor neopentecostal. Como consecuencia, transmitía lo que para la institución era el problema que estaba aconteciendo y su posible solución. Una representación frecuente de Guatemala fue la de una casa sucia:

38...queremos entregar al pueblo lo que pertenece al pueblo, pero en este momento lo que el pueblo tiene es basura y tenemos que barrer la casa, tenemos que limpiar la casa, tenemos que quitar las telarañas en donde se encuentren, para decirle a Guatemala y a los guatemaltecos, esta es la imagen que queremos, pero no que quiero yo, yo en lo particular, no; usted y yo, nuestros hijos51 [sic].

39En este fragmento utilizó una serie de metáforas higienistas de la sociedad. Había que “limpiar la casa” para poder vivir: “estamos aquí con un propósito, o limpiamos nosotros Guatemala o nos embarramos, y nos enterramos con ella52 [sic]”. Esta metáfora higienista se articuló con la organicista de la sociedad. Guatemala estaba enferma y ellos debían diagnosticar la enfermedad:

40Esto es como llevar a un enfermo a un hospital, meterlo a un quirófano, ponerlo en una sala de operaciones y empezar a tratar de ver qué se puede hacer. En primer lugar nos quisimos poner un traje (...) tenemos que poner un traje porque con cierta asepsia, con guantes limpios tenemos que tocar, una cosa que nosotros tenemos que diagnosticar (...) conociendo entonces nuestro uniforme, poniéndonos nuestros guantes, llegamos al quirófano y vemos aquí lo que es la nación53 [sic].

41La enfermedad era la crisis de identidad nacional:

42…así estamos nosotros en nuestro cuadro, en nuestra sala de operaciones, entonces viene una pregunta, ¿qué somos entonces?... Pues nosotros simplemente somos una nación sin identidad, nuestras raíces no las conocemos (…) Y tenemos, en consecuencia, que rehabilitar esa nacionalidad y para rehabilitarla se requieren nuevos modos de vida54 [sic].

43Según Ríos Montt, Guatemala no era una nación. La construcción de la nación estaba vinculada al hecho de quitarle las «banderas a la subversión55». Una de ellas, como indicaron Gramajo Morales y Rivas Cifuentes, era la discriminación y el racismo. Frente a ella proyectaba una Guatemala conformada con identidades diferenciadas. En sus propias palabras:

44…nuestra meta no es Estado Unidos ni es Moscú (…) nuestra meta es Guatemala, encontremos nuestras raíces. (…) en casa lo tiene usted todo, ayúdeme a buscarlo, busquemos soluciones a la Patria. (…) ¿Sabe usted lo que es la familia prototipo de Guatemala, querida familia? Los que estamos en la capital, y los que ocupamos las cabeceras departamentales, querida familia, no somos Guatemala, Guatemala somos 23 naciones, 23 idiomas y 23 costumbres, en lugar de más francés, inglés o alemán, les invito a practicar ixil, quiché, mam, pocomam, por favor, si nuestras raíces no tienen la savia que necesitan los robles, nosotros seguiremos siendo sauces, o somos guatemaltecos o somos un pueblo sin identidad y sin personalidad56 [sic].

45Este fragmento constituye un punto de ruptura clave con las políticas de ladinización dirigidas hacia la población indígena de los gobiernos militares previos. Invitaba a sus oyentes a observar la diversidad cultural y lingüística de Guatemala. Pero también a admitir que Guatemala no era una nación, sino varias, y que cada una de estas naciones era una etnia. Ríos Montt pretendía “que cada una de las naciones que integran Guatemala se manifieste como unidad57 ”. Guatemala, de este modo, no era mestiza ni ladina: “no somos un trasplante, no somos nada híbrido, somos un país iberoamericano, somos un país así moreno (…) Dicen que la política debe de encarnar la tierra, y la tierra nuestra es tierra india58 ”. El consideraba que el “movimiento” del 23 de marzo había llevado a cabo una “política nacional” que conjugaba “la tierra con la etnia59 ”. Sin embargo ese “equilibrio” podía ser subvertido:

46…hay que conjugar la tierra con la etnia y esa política nacional aquí en Guatemala no se ha dado, de allí, precisamente la necesidad del movimiento del 23 de marzo (…) para evitar el derrumbe del equilibrio que existe, nosotros debemos de valorizar los factores que inciden en una política nacional y con solidez moral, actuar contra conflictos de clase, contra la demagogia y contra la subversión60 [sic].

47El discurso era sin más un discurso multicultural y plurinacional. Tenía un trasfondo, sin embargo, reaccionario y de dominación:

48Debemos tener presente que el 30% más o menos de tres millones de conciudadanos creemos y actuamos como dueños del país, pero óigame bien, hay un 70%, o más o menos cinco millones de personas, que piensan distinto de nosotros, no solamente lo piensan sino que usted y yo debemos de pensar que son la mayoría, son dueños del país un poquito más numéricamente que los otros, por ello, nosotros debemos tomarlos en cuenta, debemos reconocer sus participantes, su lugar en la comunidad antes de que otros los entreguen a otros amos. La aceptación inconsciente de grupos de guatemaltecos marginados nos debe preocupar para evitar riesgos innecesarios, cambios bruscos y explosiones sociales. Si no aceptamos nuestra realidad social la violencia y la subversión continuarán61 [sic].

49Ese 70% de los ciudadanos era una población marginada, era la mayoría, era numéricamente más dueña del país que ese 30% y era objeto de entrega y posesión. Además, una población no tomada en cuenta y no reconocida –o invisibilizada-. La preocupación central no era esa marginalidad, sino sus consecuencias: que sean entregados a otros “amos”, evitar “riesgos innecesarios, cambios bruscos y explosiones sociales”, la violencia y la subversión.

50La solución al problema de Guatemala consistía en un proceso de regeneración, de rehabilitación a través de “nuevos modos de vida.” Para el pastor, la crisis de valores tenía sus raíces en la familia y por ello “la subversión se cocina[ba] en casa62 ”.

51¿Y quién es el responsable de lo que está haciéndose mal? Usted, porque usted lo sabe pero usted no lo denuncia, por eso es que vale la pena tomar en consideración que la subversión tiene las raíces también en la propia casa, la subversión se inicia en la propia familia; vea usted, los pobres jóvenes, los hijos traicionados y juzgados y los padres en lugar de darles amor les dan pistolas, los padres en lugar de darles amor, teniéndolos bajo su potestad, les dan dinero para que vayan a pasear, eso es subversión, y la subversión hace daño a la sociedad, esa subversión es interesada, la subversión es cruel, es sangrienta, la subversión es malvada, si está formada por delincuentes, está integrada por disfrazados salvadores de la sociedad, son unos asesinos, tantas masacres que han hecho, son los mentirosos, son unos hipócritas y realmente la subversión sigue en casa63 [sic].

52La responsabilidad recaía en la población por no practicar la delación y quien no delataba fomentaba la subversión en la propia casa64. Según Ríos Montt la subversión la generaban los padres, que en vez de darles amor a sus hijos, “les dan pistolas”, “les dan dinero para que vayan a pasear”. ¿No son acaso dos acciones disímiles? En el discurso Tenemos que limpiar la casa, en el que se refirió explícitamente a la amnistía, volvió a referirse a los jóvenes:

53Bueno, de la amnistía estamos platicando, y quería informarle, quería informarle que tenemos a unos jóvenes detenidos, tenemos detenidos más o menos como unos 12 jóvenes, menores de edad todos, pero esos jóvenes menores de edad, por las drogas, por el sexo o por los ideales, yo no sé, por eso constituyen una banda subversiva; esa banda subversiva que está quemando los McDonald, o todos los puestos esos donde venden hot dogs; que está quemando gasolineras, que está quemando buses, esos jóvenes, y tres de ellos dicen que quieren la amnistía, los otros dicen que no porque dentro de un año ya ellos están gobernando65 [sic].

54“Banda subversiva” era una noción indeterminada, cuyo sentido mejor se comprende en la siguiente proposición:

55…la protesta, la música, poesía, teatro y tantas cosas más que se llama la cuestión de la generación contestataria, la cuestión de revanchas [es un problema serio, pues] a estas actitudes vienen movimientos políticos66 (…).

56En efecto, a Ríos Montt lo desvelaba la cuestión de la venganza, uno de los modos de vida de la subversión que impedían la solución al problema de Guatemala.

57Muchos hogares, quizá el suyo, está sufriendo esta angustia, la ausencia de un familiar, la desaparición de otro, la identificación de algún otro, y naturalmente ustedes pretenderán que yo sea un vengador de su angustia y de su dolor (…) La venganza no compete al gobierno, no compete al hombre, la venganza no es nuestra, lo que es nuestro es la reconciliación, debemos ya, bajo todo punto de vista, olvidar todo problema, olvidar todo rencor, porque, vea, en última instancia quien sufre es usted67 [sic].

58¿Por qué sería natural la pretensión de venganza? El fragmento opone la “reconciliación”, basada en el olvido, y la “venganza”. La primera del gobierno, del hombre y la segunda de la persona que estaba sufriendo. Interpelaba a modo de destinatarios encubiertos a los que consideraba «subversivos», pero a través de sus familias. Hacía un llamamiento a la amnistía a través de la amenaza.

59Si usted quiere vengarse, tiene que hacer un grande esfuerzo a efecto de tratar de buscar los medios: va con los brujos, va a todas partes a ver cómo trata la venganza; pero, vea, eso lo va a enfermar a usted, si usted va a tratar de comprar venganza lo único que hace es comprar angustia68 [sic].

60Aquí le hablaba directamente a la persona que quería vengarse, a esa persona que “sufre” angustia y dolor porque la ha comprado a través de la venganza. Esa persona refiere a la población indígena de Guatemala por dos datos relevantes: por la mención de los brujos, indicativo del maligno en los indígenas para los grupos neopentecostales, y por hablarle a ese “usted” en castilla: “grande esfuerzo”. La venganza traería como correlato venganza:

61…subversión óigame la subversión, con razón o sin ella, óigame bien (…) estamos en capacidad de hablar políticamente y también tenemos la capacidad de defendernos con las armas, de trabajar con las armas, de destruir con las armas, dennos la oportunidad, dennos la oportunidad de mantener la paz, de mantener la justicia, porque los problemas son grandes, el luto es grande, el río de sangre ha sido inmenso, pero ahora hay una oportunidad, sin votos y sin balas Guatemala tiene una esperanza, que los guatemaltecos entonces se vuelquen hacia la sociedad, hacia la familia, para construir una patria, porque solamente así podemos decir al mundo, somos un pueblo civilizado69 [sic].

62A la “subversión” dirigió una opción política, aunque luego enfatizó el hecho de que tenían “armas” y todo lo que podían hacer con ellas. La acción de destruir con las armas dependía de la “subversión” y no de la institución castrense. Si esto ocurría implícitamente decía que podría repetirse lo que ha pasado: “el río de sangre ha sido inmenso.” De lo contrario, “Guatemala tiene una esperanza.” Esta esperanza recaía, entonces, en los guatemaltecos y su capacidad para construir una “patria”, atributo de los pueblos civilizados. La regeneración social y moral combatiría no sólo los sentimientos de “venganza”, atributo de los pueblos bárbaros, sino también a otras dos grandes cuestiones: la miseria y la ignorancia:

63…la subversión, caballero, no es solamente problema del ejército, es un problema social de Guatemala, es un problema suyo, valdrá la pena entonces que nosotros tratemos de encuadrar esa responsabilidad en el combate y en la lucha contra la subversión. La miseria y la ignorancia, son fruto del desorden moral, económico y de la injusticia, de la anarquía y de la opresión. La miseria y la ignorancia son fruto de ese desequilibrio familiar, por eso es que es importante que la lucha contra la subversión, contra la ignorancia y la miseria es un deber, pero no monopolio del Estado, es también responsabilidad y derecho suyo, el Estado no tiene dominio sobre su conciencia, no puede prohibir ni imponer convicciones religiosas70 [sic].

64Para Efraín Ríos Montt la ignorancia y la miseria también eran subversión. Estas eran producto de determinadas convicciones religiosas que dominaban la conciencia, pero consecuencia del desequilibrio familiar: “desorden moral, económico y de la injusticia, de la anarquía y de la opresión.” En otro discurso explicitó lo mismo:

65...nuestro pueblo es ignorante, es pobre, es malcriado (...) ¿De dónde viene entonces nuestra pobreza? ¿Cuál es el origen de nuestra miseria? Quizás viene precisamente de no reconocer que aun cuando tenemos riquezas naturales, muchísimas riquezas y mucho más que otros países, nosotros no tenemos principios, nuestras arcas están vacías de principios, están vacías de valores humanos (...) entre nosotros hay miseria, nuestra pobreza es de valores, de respeto, de honra a los demás, de falta de servicio, de falta de honestidad, de falta de amor, de una ignorancia71 [sic].

66En efecto, para Ríos Montt, máxima autoridad y pastor de su iglesia, el combate a un enemigo de semejante habilidad debía comenzar por un “cambio de actitud de vida”, lo que por ende tendría su correlato en la familia, y luego en la nueva guatemalidad. Por ello esgrimía que dicho cambio de actitud era una actitud “nacionalista”. Sus mensajes, de fuerte características teológicas y paranoicas, plagados de frases apocalípticas y de principios morales y religiosos absolutos, concibieron a un «enemigo realmente interno», un enemigo diabólico que se presentaba dentro de cada ser humano sin ser uno conciente de ello. Este fragmento dilucidaba quién era el “adversario” de la guerra a quien se le debía imponer la voluntad:

67Estamos en una guerra y en una guerra lo que realmente sucede es que uno le tiene que imponer la voluntad a otro, al adversario (…). Necesitamos un cambio, y el cambio consiste precisamente en imponerle voluntad a otro. Y ese otro ¿Quién es?, es usted; si usted quiere que cambien las cosas, usted tiene que cambiar, si no de ninguna manera podemos seguir72 [sic].

68¿Quienes eran los receptores reales y materiales de los discursos que fueron transmitidos en español? Según las referencias con las que contamos, difícilmente alcanzaba a las zonas rurales e indígenas del altiplano guatemalteco. Los discursos estaban dirigidos hacia la población ladina de Guatemala. De acuerdo al general Gramajo los discursos de Ríos Montt desempeñaron “un papel clave para ganarse la adhesión de algunos sectores en las ciudades mientras el Comité de Reconstrucción Nacional y las nuevas unidades de Asuntos Civiles del ejército hicieron su parte en las áreas rurales73”. En este contexto, los discursos analizados se prestan a ser interpretados como una estrategia de manipulación del miedo ladino a la subversión llevándolo a un estatus de terror a fin de legitimar la violencia desenvuelta por el Estado. Los objetivos de las Operaciones Psicológicas del Plan Victoria 82 así lo habían demandado: “crear un marco de legalidad y justificación para combatir abiertamente al comunismo; ganar el apoyo popular en la lucha antisubversiva; elevar el espíritu nacional dentro de la ideología anticomunista…”

Reflexiones finales

69La elite político-militar elaboró una interpretación de lo que estaba ocurriendo en Guatemala. En los casos analizados podemos identificar tres causas, banderas o motivos históricos que atribuyó a la subversión: la ausencia de políticas sociales de Estado y la falta de integración a la nación, la discriminación racial y la explotación económica. Estas «causas» históricas hicieron que los indígenas del altiplano fueran psicológica y sociológicamente de una determinada manera. El racismo cultural se expresó en los prejuicios y estereotipos explicados históricamente, pero naturalizados y generalizados a la población indígena del altiplano. Las fuentes señalan que los indígenas del altiplano: a) poseían una cultura de inferior desarrollo, eran ignorantes, carecían de una base ideológica; b) eran como animales, objetos de posesión, fáciles de engañar; c) miserables; d) poco permeables al cambio, desconfiados, temerosos; e) étnicamente resentidos, vengativos, cargados de odio de raza. Esta suma de características en vez de haber sido percibidas bajo una lógica de inferiorización, fueron decodificadas en clave de amenaza. Esas condiciones naturales que tenían causas históricas se convertían en atributos potenciadores de un carácter subversivo, criminal, ilegal.

70¿Qué elementos hicieron que la población indígena descripta en términos de inferioridad sea percibida como una amenaza? El discurso de la elite político-militar se organizó sobre la base de una representación étnica de la sociedad. Los indígenas, deshumanizados y cosificados se presentaron como objetos de posesión de los ladinos. Los ladinos fueron subdivididos en dos fracciones opuestas que se disputaban a esa mayoría indígena de la población. La fracción ladina que defendía el orden nacional –el «orden establecido»- era el ejército de Guatemala. La fracción contraria era la que, en caso de integrar más indígenas, subvertía ese mítico orden nacional y podía generar una guerra de castas. ¿Por qué podía producirse esto? Porque, según el razonamiento de la elite político-militar, el enemigo ancestral de los indígenas era el ladino. La situación subversiva que implicaba la guerra de castas podía generarse porque esa población indígena cargaba con un resentimiento (venganza, odio) en estado latente. Para esta elite, el racismo era la «causa» histórica que englobaba a todas las demás, la que explicaba la miseria, ignorancia y marginalidad, auto-segregación y diferenciación como indígenas, que despojada de represiones y sublimaciones podía despertar una venganza y revancha centenaria.

71Sobreimpreso, los dictados del documento Santa Fe I y la acción contra la Iglesia de los pobres, los “falsos misioneros”, “disfrazados salvadores de la sociedad”. Estos habían hecho muy débil la línea de diferenciación entre catolicismo, comunismo y tradiciones indígenas. El discurso neopentecostal de las altas esferas del poder político expresó los imperativos de la lucha anticomunista, y también bajo presupuestos religiosos demonizó a la población indígena considerándola potencialmente subversiva.

72El genocidio no puede comprenderse si se esgrime que se cometió para acabar con las organizaciones guerrilleras, porque en rigor, se cometió para acabar con la «subversión», dos conceptos insustituibles el uno por el otro. Lo que la elite político-militar entendió por subversión no se redujo al actor político armado. Más bien refirió a la situación generada por la convergencia de las masas indígenas poseedoras de ciertas condiciones naturales con aquellos líderes ladinos guerrilleros bajo el amparo de la teología de la liberación. Esto en conjunto era lo que ponía en peligro el orden político, social y nacional y legitimaba el uso de un determinado tipo de violencia sobre los indígenas del altiplano. A nuestro juicio, los actos de genocidio se explican a partir del diagnóstico de una población indígena susceptible de ser subvertida o subversiva, es decir contra un grupo racializado cuyo basamento fue la representación del indio irredento. Las fuentes indican que las condiciones para subvertirse requerían de la representación de una población indígena carente de sentimiento nacional o patriotismo, excluida de la vida nacional, abandonada por parte del Estado, miserable, ignorante o fácilmente manipulable, con resentimientos y odios de clase y de casta en estado latente y en contacto, cercanía, relación esporádica con el bando ladino oponente al Estado. Este bando, que incluía a jóvenes y a líderes católicos, era el que favorecía la toma de conciencia de la opresión centenaria, la autoafirmación y la autonomía de la población indígena.

73Esta síntesis compone la situación elevada al grado de terror que recorre los relatos analizados. Sostenemos que la crisis de fines de los años setenta reavivó los viejos espectros que amenazaban al orden nacional. Para los golpistas del año 1982 el conjunto de las políticas de los gobiernos militares, y entre ellas las de integración del indio, habían fracasado. La imagen de un indio potencialmente subversivo, como enemigo interno, entonces podría ser admisible. Este temor motivó las acciones del ejército, obtuvo el consenso pasivo y activo de la sociedad civil y permite comprender los resultados genocidas.

74Notas de pie de página

751 Héctor Alejandro Gramajo Morales, De la guerra…a la guerra. La difícil transición política en Guatemala, (Guatemala: Fondo de Cultura Editorial, 1995), pág. 237.

762 La aproximación que realizaremos a estos discursos es sociológica. Seguimos de cerca aquella obra fundacional de Charles Wright Mills, La Imaginación Sociológica: tratar de ser buenos artesanos, huyendo de todo procedimiento rígido, del fetichismo del método y de la técnica. (México: Fondo de Cultura Económica, 1961), págs. 233-234.

773 Gramajo, De la guerra, pág. 199.

784 Teun Van Dijk, Racismo y Discurso de las elites (Barcelona: Editorial Gedisa, 2003), pág. 24.

795 Gramajo, De la guerra, pág. 112.

806 Gramajo, De la guerra, pág. 113.

817 Gramajo, De la guerra, pág. 113. El subrayado es nuestro.

828 Gramajo, De la guerra, págs. 113-114.

839 Gramajo, De la guerra, pág. 122.

8410 Gramajo, De la guerra, pág. 122.

8511 Gramajo, De la guerra, pág. 184.

8612 Gramajo, De la guerra, pág. 183.

8713 Sumal era un cerro en el que encontraban refugiadas más de cinco mil personas que fueron “recuperadas” por el ejército en las ofensivas militares de octubre de 1987 y finales de 1989.

8814 Gramajo, De la guerra, pág. 192.

8915 Gramajo, De la guerra, págs. 122-123.

9016 Gramajo, De la guerra, pág. 154.

9117 Gramajo, De la guerra, pág. 154.

9218 Gramajo, De la guerra, pág. 155.

9319 Gramajo, De la guerra, pág. 156.

9420 Gramajo, De la guerra, pág. 156.

9521 Gramajo, De la guerra, pág. 156.

9622 Gramajo, De la guerra, pág. 157.

9723 Gramajo, De la guerra, pág. 178.

9824 Gramajo, De la guerra, pág. 178.

9925 Gramajo, De la guerra, pág. 198.

10026 Gramajo, De la guerra, pág. 201.

10127 Gramajo, De la guerra, pág. 201.

10228 Alvaro Fabriel Rivas Cifuentes, (Teniente Coronel de Infantería DEM), Medidas para recuperar la población en resistencia (Guatemala: EDE, 1990), pág. 11.

10329 Ejército de Guatemala, “Curso de Adiestramiento y Operaciones Especiales ‘KAIBIL’”, en Revista Militar (junio 1980), pág. 38. “Gumarcaj” e “Iximiché” fueron los nombres de otras fuerzas tarea. El primero corresponde a la capital del reino k’iche’ y el segundo a la capital del señorío de los kaqchikeles al momento de la llegada de los españoles. Ambos, dos grandes reinos enemigos.

10430 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 12.

10531 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 12.

10632 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 13.

10733 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 13.

10834 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 13.

10935 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 15.

11036 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 16.

11137 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 15.

11238 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 18.

11339 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 23.

11440 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 26.

11541 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 27.

11642 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 27.

11743 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 28.

11844 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 28.

11945 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 28.

12046 Rivas, Medidas para recuperar, págs. 30 y 31.

12147 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 51.

12248 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 55.

12349 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 56.

12450 Rivas, Medidas para recuperar, pág. 56.

12551 Efraín Ríos Montt, Diagnóstico sobre Guatemala (30 de mayo de 1982).

12652 Efraín Ríos Montt, No estoy aquí para ejercer venganza (29 de marzo de 1982).

12753 Ríos, Diagnóstico sobre Guatemala.

12854 Ríos, Diagnóstico sobre Guatemala.

12955 Otros ejemplos “…óigame la subversión, con razón o sin ella, óigame bien, no tienen bandera, nosotros hemos arrancado esa bandera [sic].” Ríos, No estoy aquí para ejercer venganza; “la subversión con razón o sin ella, debe tomar en consideración que nosotros hemos venido aquí precisamente para quitarle toda bandera, en este momento no hay bandera para la subversión [sic].” Efraín Ríos Montt, Tenemos que llevar a cabo la reconciliación (11 de abril de 1982); “usted, efectivamente, probablemente impulsado por sus ideales, impulsado por sus ideas, trató de cambiar la corrupción del Estado por hechos violentos, por la violencia, por la rebelión, pero ahora nosotros le hemos quitado la bandera [sic].” Efraín Ríos Montt, Tenemos que limpiar la casa (18 de abril de 1982).

13056 Efraín Ríos Montt, Estamos dispuestos a que reine la honestidad y la justicia (30 de junio de 1982).

13157 Efraín Ríos Montt, Consolidar la familia, consolidar la sociedad (30 de abril de 1982).

13258 Efraín Ríos Montt, El 23 de marzo exalta el concepto patrio (18 de julio de 1982).

13359 En los discursos de Ríos Montt se encuentran enorme cantidad de citas similares, por ejemplo: “el pueblo y la tierra configuran la nación, de ahí que las ideas políticas tienen sus raíces en la tierra [sic]”, Ríos, El 23 de marzo exalta el concepto patrio; “hay que conjugar la tierra con la etnia”, Efraín Ríos Montt, Conjugar la tierra con la etnia (25 de julio de 1982).

13460 Ríos, Conjugar la tierra con la etnia.

13561 Efraín Ríos Montt, Lograr la reconciliación social (28 de noviembre de 1982).

13662 Efraín Ríos Montt, Estamos en una crisis de valores (23 de mayo de 1982).

13763 Ríos, El 23 de marzo exalta el concepto patrio.

13864 Para Daniel Feierstein, la práctica de la delación es un modo de romper una relación social fomentada por la ambigüedad intencional de ese “otro subversivo” mecanismo buscado por todos los procesos genocidas modernos: “Dado que la ambigüedad genera que casi cualquier práctica pueda ser identificada como una práctica peligrosa, amenazante, pasible de ser perseguida por el poder, la forma de luchar contra el estigma de la práctica comienza a ser que cada sujeto sea quien señale esa práctica en ‘otro’. (…) El delator es uno de los modelos más absolutos de degradación humana: su vida se sostiene en la muerte de otro. Su único poder (…) radica en responsabilizarse por la muerte del otro. Es el abandono total del otro, la reclusión más individualista y egocéntrica en el propio yo. El delator será el producto básico de las sociedades genocidas, aún cuando el sistema de poder encontrará luego otros modos aparentemente menos violentos…” Daniel Feierstein, El fin de la ilusión de autonomía, en Daniel Feierstein compilador, Genocidio. La administración de la muerte en la modernidad (Buenos Aires: Editorial de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, 2005), pág. 63.

13965 Ríos, Tenemos que limpiar la casa. El subrayado es nuestro.

14066 Ríos, Diagnóstico sobre Guatemala.

14167 Ríos, Tenemos que llevar a cabo la reconciliación.

14268 Ríos, Tenemos que llevar a cabo la reconciliación.

14369 Ríos, No estoy aquí para ejercer venganza.

14470 Ríos, exalta el concepto patrio. El subrayado es nuestro.

14571 Efraín Ríos Montt, Robustecer la conciencia nacional (5 de septiembre de 1982).

14672 Efraín Ríos Montt, Ahora o nunca salvemos a Guatemala (25 de abril de 1982).

14773 Gramajo, De la guerra, pág. 199.

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Para citar este artículo :

Julieta Carla Rostica, « La elite político-militar y sus representaciones del indio. Guatemala 1982-1996. », Boletín AFEHC N°49, publicado el 04 abril 2011, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=2607

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