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AFEHC : articulos : Las elites salvadoreñas y la Doctrina de Seguridad Nacional en los 60. : Las elites salvadoreñas y la Doctrina de Seguridad Nacional en los 60.

Ficha n° 2630

Creada: 04 junio 2011
Editada: 04 junio 2011
Modificada: 04 junio 2011

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Autor de la ficha:

Christophe BELAUBRE

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Las elites salvadoreñas y la Doctrina de Seguridad Nacional en los 60.

El presente trabajo busca dar cuenta de los elementos que permiten hablar de una apropiación y resignificación de la doctrina de seguridad nacional por parte de las elites militares salvadoreñas, con foco en la década de los 60. Esta década se caracteriza por un auge de la movilización popular y una serie de reacomodamientos al interior de las Fuerzas Armadas salvadoreñas en el poder. Se intentará entonces profundizar en dicho período para discutir con aquellas posturas que dan por descontado una mera repetición de los lineamientos norteamericanos en lo que respecta a la relación del gobierno militar con la sociedad civil movilizada.
Palabras claves :
Doctrina de seguridad nacional, Elites, Militares, Fuerzas Armadas
Autor(es):
Lucrecia Molinari
Texto íntegral:

La “introducción” de la Doctrina de Seguridad Nacional

1En su artículo “América Central desde 1930: perspectiva general1”, Torres Rivas escribe:

bq. Aunque la Alianza para el Progreso dio por resultado la concesión de más empréstitos a América Central y aumentó la legitimidad de la idea de la reforma agraria y el cambio estructural, también dio lugar a un aumento de la ayuda militar, en particular para Guatemala y Nicaragua, e introdujo la doctrina de la seguridad nacional, el concepto del «enemigo interno» (…) Uno de los resultados fue el rejuvenecimiento de la institución militar, modernizada y adiestrada para las operaciones especiales, las actividades encubiertas, las operaciones de espionaje a escala nacional, etc., como si hicieran la guerra contra un enemigo interno, aunque éste aún no existía2”.

2Este planteo contiene dos cuestiones que es mi intención analizar críticamente en este trabajo.

3En primer lugar, la idea de “introducción” de la doctrina de seguridad nacional (DSN). Formulación muy extendida, da cuenta de un aspecto insoslayable en lo que a la adopción de dicha doctrina se refiere, que es la presión realizada por Estados Unidos en el contexto de la guerra fría, que se profundiza en América Latina en 1959 cuando el “apacible y controlado patio trasero” se transforma en una zona crítica (aunque no las más crítica del mundo para los Estados Unidos). Esta formulación, entonces, aunque alumbra esta parte de la explicación – muy profundizada por investigadores latinoamericanos y foráneos, especialmente aquellos que realizaron sus investigaciones en el contexto mismo de la Guerra Fría- da cuenta de un subestimación de la influencia de quien es el receptor de dicha doctrina. Un énfasis exagerado en este tipo de reflexiones, opaca el hecho de que la DSN no se aplica sobre una tabla rasa, sino en una sociedad específica con una historia determinada y que está atravesando, en el momento de la “importación”, una coyuntura determinada. Estas son las razones por las cuales, los resultados de la difusión de esta doctrina distan de ser mecánicos e iguales en todos los países.

4En ese sentido, Besso Pianetto demuestra en su artículo, que la DSN planteaba una doble estrategia; por un lado la estrategia desarrollista y, complementariamente, la estrategia contrainsurgente. Cada país aplicó una fórmula que combinaba en proporciones diversas cada una de las estrategias. A través del análisis de los regímenes militares peruano – durante la presidencia progresista de Velasco Alvarado -, chileno y brasilero, queda evidenciado en primer lugar, que la proporción en que cada país conjugó los elementos obedece más a cuestiones locales que a la influencia de EEUU. Y en segundo lugar, lo que también resulta útil del planteo de Besso Pianetto para el presente trabajo, es la constatación de que efectivamente, la DSN poseía cierto margen de libertad en la aplicación. Esto torna necesario ahondar en las “fórmulas” específicas de cada país y las relaciones de éstas fórmulas con la historia y la coyuntura local3.

5Finalmente, la cita de Torres Rivas introduce una segunda cuestión. El autor plantea que, tras el ingreso de la DSN, los ejércitos centroamericanos se modernizaron y adaptaron a la lucha contra el “enemigo interno” “aunque éste aún no existía”. Lo dicho anteriormente en torno al margen de libertad que implica la aplicación de la DSN en cada país, y la relevancia de las cuestiones locales en dicha aplicación, habilita por lo menos a sospechar que los ejércitos centroamericanos –hablaremos aquí del salvadoreño, específicamente- poseen sus propias razones para transformar de esa manera sus viejos ejércitos, y que los esfuerzos que esta transformación exige de los propios salvadoreños, responden a sus propios intereses. Quizás no existía el “enemigo interno” tal como lo entendía la CIA, pero – si acordamos que la DSN no se reproduce mecánicamente y sin adaptaciones en los diferentes países en los que se aplica- podemos sostener que sí existían formulaciones de “enemigos internos” locales, figuras que obstaculizaban – por razones que sólo son explicables con la inclusión de elementos de la historia local – el normal desarrollo de los sistemas socio económicos establecidos.

6Pensando el anticomunismo en Brasil, Sa Motta plantea que un elemento constante del mismo fue que el terror anticomunista fue artificialmente insuflado por motivos políticos, electorales y económicos4. Aunque advierte que esto no implica que no hayan existido muchos grupos e individuos que hayan adherido con convencimiento y sin oportunismo al anticomunismo, este trabajo enfatizará en la primer parte del planteo del investigador brasilero. Es decir, tratará de dar cuenta de aquellos móviles económicos y políticos (la lucha electoral no es una dimensión importante en un país donde el fraude fue aplicado sistemáticamente durante buena parte del siglo XX) que explican la “paranoia anticomunista”.

Los 60 en El Salvador: Alianza para el Progreso y modernización económica

7Finalizada la segunda guerra mundial, el inicio de la guerra fría impulsa a EEUU a llevar adelante ciertas iniciativas que aseguren el alineamiento de la región latinoamericana tras su hegemonía. Si bien esta región es entendida, bajo la influencia de la teoría de la geopolítica, como una “zona de intereses vitales”, el comunismo no es inicialmente visto como un peligro inminente en la región, por lo cual esta no constituirá, durante los 15 primeros años de la guerra fría, una zona de alta prioridad defensiva. Se firman, eso sí, una serie de pactos multilaterales y bilaterales que tendrán significancia posteriormente. Entre ellos se encuentran el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca), en 1947 – que sienta los principios de solidaridad hemisférica ante una agresión extra continental -, casi en paralelo con la carta de la OEA (Organización de Estados Americanos) – que incluye el principio de no intervención -. Además, a partir de 1951, se impulsa toda una serie de tratados bilaterales de ayuda militar, que contemplan cierto adiestramiento, donaciones de material excedente o usado, y créditos para la compra de equipos militares. Esto, que dista de ser insignificante ya que sienta las bases para situaciones posteriores, es sin embargo poco importante si se lo compara con la atención que merecía en el mismo momento la zona cubierta por OTAN – pacto que a diferencia del americano, incluía la integración militar – y con las dimensiones que este intercambio adquirirá luego, una vez que la revolución cubana se declara socialista en 19615.

8Cuba significó un desafío importante para la política del recién asumido presidente, J.F. Kennedy. No sólo porque se trataba de una revolución comunista “a pocos kilómetros de Florida6“ sino porque además constituyó un impulso decisivo al sentimiento anti imperialista de amplios sectores de la población latinoamericana7. Con el asesoramiento de Robert Mc Namara, Kennedy dio entonces un giro importante a su política de no intervención en la región. En abril de 1961 expresó que si las naciones del hemisferio no cumplían sus responsabilidades en cuanto al control de la penetración comunista, entonces, su gobierno no vacilaría en cumplir con su obligación principal, que era la seguridad de EEUU8.

9Este viraje estratégico implicó una redefinición del papel de las fuerzas armadas latinoamericanas y tornó más intensa pero a la vez, menos institucional la ayuda militar. La política de defensa común contra una agresión extranjera fue sustituida por la orientación de los ejércitos nacionales de la región a la lucha antisubversiva y la seguridad interna. Se proclamaba que la defensa del frente interno contribuía directamente a la seguridad del mundo libre y se buscaba convertir los ejércitos en Guardias Nacionales, es decir, en organismos alineados a los dictados norteamericanos, que sean capaces de visualizar los problemas nacionales desde la óptica de Estados Unidos. Con ese objetivo, se instaló en Panamá en 1963, un “pequeño pentágono, con 10 o 15 mil efectivos de las tres armas, capaz de efectuar una intervención rápida en caso de necesidad9”. Se trataba del “South Com” que coordinaba los programas de ayuda militar (MAP) y brindaba entrenamiento con un fuerte contenido ideológico anti comunista y dirigido a lograr una mayor profesionalidad en las fuerzas armadas.

10Como afirma Torres Rivas a través de la “Alianza para el progreso” (ALPRO) se buscó estimular la cooperación entre Estados Unidos y Latinoamérica, e inicialmente, ayudar a establecer regímenes democráticos que funcionaran como freno a la alternativa cubana. Centroamérica recibió en consecuencia un mayor número de créditos, a la vez que aumentaba la ayuda militar (especialmente a Guatemala y Nicaragua10). Esta situación, lejos de redundar en la profundización de las necesarias reformas (como la agraria), repercutió modernizando y fortaleciendo la institución militar, reforzando la confianza de los oficiales y la conciencia de superioridad técnica y organizativa con respecto a los civiles11.

11Otro grupo que se vio fortalecido durante la década del 60, fue la tradicional oligarquía agroexportadora que volcó parte de sus ganancias en esa década, al incipiente sector industrial. La actitud conservadora y monopolizante en lo que se refiere a producción y negocios que dominó hasta mediados del XX, convive a partir de los ’50 con nuevas ideas. Jóvenes militares profesionales logran desplazar a viejos elementos del ejército, imponiendo un quiebre moderado en la – hasta ese momento, indisoluble – comunidad de intereses entre el ejército y la oligarquía. Estos jóvenes militares, son acompañados además, por civiles pertenecientes a una nueva elite profesional e intelectual educada en el exterior y con ideas ajustadas a la teoría económica de posguerra: serán ellos vehículos decisivos del ingreso de las ideas de desarrollo cepalinas a El Salvador12.

12En línea con estas nuevas orientaciones, el gobierno autoproclamado “Revolución del 48”, que gobernó entre 1948 y 1956, protagonizó un “viraje político13”. Redactó una nueva constitución en 1950, que significó el abandono de buena parte de las prescripciones liberales heredadas del siglo XIX y determinó un papel más dinámico para el Estado, especialmente como promotor del crecimiento. Promulgó además leyes de trabajo moderadas y avanzó en un programa de reformas y justicia social. Cabe aclarar sin embargo, que no se verificaron cambios significativos en el nivel de vida de las mayorías. Los salarios no aumentaron y las demandas de los trabajadores siguieron siendo acalladas con niveles cada vez mayores de violencia y represión14.

13Aunque limitado, este viraje reflejaba cierto consenso muy extendido: la crisis del ´30 había puesto en evidencia el agotamiento del modelo tradicional de agro exportación. El debilitamiento de la demanda externa de café había paralizado el crecimiento, tornando evidente que este modelo no era suficiente para generar niveles de empleo aceptables, garantizar el mejoramiento de la calidad de vida de la población y generar ahorro o inversiones. Era necesario buscar otro patrón de crecimiento menos dependiente y menos vulnerable ante las fluctuaciones del sector externo15.

14La CEPAL instaló muy tempranamente en América Latina la idea de que la salida del subdesarrollo se encontraba en la industrialización. Sin embargo, dado que muchos de los mercados nacionales latinoamericanos, considerados separadamente, no poseían el tamaño necesario para hacer factible el desarrollo industrial, la institución aconsejó crear Mercados Comunes, integrando los mercados de varios países. El proyecto cepalino, con claro énfasis en los aspectos de desarrollo equilibrado y protección a la industria incipiente, fue sin embargo modificado en sus aspectos esenciales por la influencia norteamericana. Estados Unidos, pese a no haber demostrado interés en el proceso de integración hasta finales de los 50, no quiso perder la oportunidad de insertarse en este negocio, asegurando a su vez modificaciones tendientes a asegurar el libre mercado irrestricto y amplias facilidades y garantías a las inversiones extranjeras.

15Las condiciones de “invernadero” que finalmente garantizó el Mercado Común Centroamericano (MCCA), provocaron la desnacionalización de buena parte del sector industrial centroamericana y la “sucursalización” de las industrias: muchas de ellas pasaron a ser subsidiarias de casas centrales ubicadas en otros países, especialmente EEUU. La riqueza proveniente de las tradicionales estructuras oligárquicas agroexportadoras, se volcó al sector industrial, y, al asociarse con intereses foráneos (cumpliendo en general, un papel secundario ante ellos) la oligarquía nacional afianzó su poder económico y político, reforzando la situación de estabilidad para mantener los niveles de explotación16.

16Fue la de El Salvador, según Rouquie, una “modernización eminentemente conservadora17”. Término contradictorio, que refleja muy bien la contradicción en la cual se apoyó la formación del MCCA: como planteó Torres Rivas tempranamente, el surgimiento e inicio de organización de nuevos actores sociales al calor de la inicial reactivación económica, no fue la antesala de una ampliación del espacio político, porque la modernización se produjo conservando (paradójicamente) la arcaica estructura agraria y política18. Esto se verifica en algunos datos estadísticos. Por ejemplo, mientras el campesinado sin tierra aumentó alrededor de un 500% entre 1961 y 1975, el crecimiento anual de PIB fue de 6.2% entre 1960 y 1968, y de 4.7% entre 1969 y 197919.

17La dirección conservadora que adquirió el proyecto modernizador, no sólo estuvo dada por la modificación del MCCA en los papeles realizada por EEUU durante la administración de Dwight Eisenhower, sino que además estuvo garantizada por dos acciones concretas contra fuerzas reformistas. La primera, el golpe de Estado de 1961 que, avalado por la Casa Blanca durante la presidencia de Kennedy, desalojó del poder a una Junta cívico-militar – que prometía ciertas reformas y el retorno al sistema de libertades políticas y sindicales – y la reemplazó por un “Directorio Imperialista20”. La segunda medida, fue en cambio, protagonizada por grupos salvadoreños – anti reformistas y pro oligárquicos – contra las intenciones de este mismo Directorio de sumar apoyos a una tímida reforma agraria a través de propaganda crítica al accionar de la oligarquía salvadoreña.

18La resistencia de las “14 familias” (figura con la que se conoce en El Salvador a la oligarquía, expresando lo concentrado de sus riquezas), dio por tierra con las intenciones reformistas tanto locales – al avalar el desplazamiento de la Junta cívico militar – como foráneas – los intentos nucleados en la Alianza para el Progreso21 -.

19La forma en que esta modernización se vio impulsada en algunos de sus aspectos y coartada en otros, visibiliza dos cuestiones contradictorias pero importantes de resaltar. En primer lugar, el hecho de que formulaciones originales de la DSN que enfaticen los aspectos desarrollistas – como la que Besso Pianetto describe para el caso peruano – o aún que los combinen con ciertos niveles de represión – como el brasilero – son, en El Salvador, casi imposibles sin la aquiescencia de Estados Unidos. Las tendencias presentes en el gobierno son constantemente “corregidas” por este país a través de influencias diplomáticas, políticas, financieras y hasta a través del apoyo directo a golpes de Estado, tal como vimos que sucedió en 1961. Esto ubicaría a El Salvador como un cuarto caso dentro de la tipología de Besso Pianetto, pero no refutaría su tesis porque lo que también queda demostrado con los procesos relatados, es que las características que adquiere la DSN en El Salvador no son completamente definidas por EEUU, en tanto que cuando se intenta dar cabida a los aspectos reformistas de la doctrina (tendencia avalada por Kennedy durante el primer tramo de su presidencia), esto es obstaculizado por intereses locales, que – aún en países a los cuales se les reconoce margen de acción nulo ante EEUU – logran imponerse.

20Otra consecuencia de la modernización, devino de la política de puertas abiertas a las inversiones extranjeras. Esto aumentó exponencialmente el peso de las inversiones extranjeras directas (IED) concentradas en el sector industrial centroamericano. La necesidad de resguardar los intereses se hizo más apremiante para Estados Unidos, ya que estos intereses habían crecido considerablemente22. Esta es una de las razones que hace inteligible la decisión de acompañar el proceso de integración comercial centroamericana, con una “represión integrada23”. En 1964 se crea el CONDECA (Consejo de Defensa Centroamericano) –comparado, por el nivel represivo que desarrolló, con el Plan Cóndor24 – que subordinó los ejércitos nacionales directamente al Pentágono. Turcios plantea que la razón de ser y de actuar de los ejércitos pasó a ser la seguridad nacional de EEUU, eufemismo que en la mayoría de los casos significaba la seguridad de los intereses económicos norteamericanos25. Pero creo que esto esconde parte del problema, ya que, como vimos, como resultado del proceso modernizador los intereses norteamericanos pasaron a imbricarse con los de la propia oligarquía salvadoreña al poseer juntos – aunque con funciones diferentes -, la propiedad de buena parte del incipiente sector industrial; y es aquí donde radica el interés local por mantener niveles represivos altos hacia el movimiento obrero, y no necesariamente en un convencimiento sincero sobre la inminencia del avance soviético, aunque la oligarquía salvadoreña así lo expresaba en sus discursos.

21A decir verdad, un sistema político económico y social como el salvadoreño, sustentado desde la instalación de la moderna producción cafetalera a finales del XIX, en la explotación y exclusión total de las mayorías, no encontraba la principal amenaza en el avance del comunismo (ideología de escasa llegada y cuyo partido había sufrido un golpe mortal ya en 1932, que la dejó fuera de juego hasta finales de los 70). Sino que cualquier propuesta que se encontrara apenas hacia la izquierda de un extremo conservadurismo, constituía un peligro. Prueba de esto es que no sólo se opusieron a las reformas de Kennedy tal como mencioné antes, sino que también consideraron “disfuncional con la lógica de seguridad nacional” la exigencia de respetar los derechos humanos planteada por J. Carter y hasta prefirieron prescindir del apoyo económico estadounidense, para no tener que rendir cuentas sobre esquemas mínimos de respeto a los Derechos Humanos, exigidos por la administración Carter26. Claramente, ni Carter ni Kennedy pueden ser acusados de comunistas o de facilitar o habilitar el ingreso de “los rojos”. Los criterios para definir al “enemigo interno” utilizados por estos presidentes, y los de la elite dominante salvadoreña (oligarquía y militares), diferían significativamente. Tanto el estamento militar como la oligarquía agroexportadora salieron fortalecidos de la década del 60. El primero por la ayuda militar de ALPRO y la segunda por las consecuencias de la modernización productiva. Consecuentemente, lograron imponer sus criterios por sobre los del resto, e inclusive, por sobre las intenciones tibiamente reformistas o humanistas norteamericanas.

22Algunos de los aspectos del “enemigo interno” contra el cual se movilizaron estas fuerzas, se fueron configurando en estas décadas como consecuencia del crecimiento económico. Este enemigo podía no coincidir exactamente con el que los EEUU perseguían, pero existía, y discutimos aquí con el planteo de Torres Rivas27.

23El crecimiento económico producto de la integración regional había acelerado el ritmo de crecimiento, lo que se reflejó rápidamente en cierto progreso social y cultural. La población universitaria y los grupos profesionales se multiplicaron y surgió una incipiente clase obrera que, expulsada de sus tierras o de pequeños talleres tras la concentración creciente de capital y tierras, se instaló en las ciudades y aprovechando cierta liberalización, se agrupó en organizaciones que se fortalecerían recién en los ’7028. Un dato importante es que aún con la llegada al gobierno de grupos caracterizados como reformistas – como el de la “revolución del 48”, que apoyó al aplicación de leyes de trabajo moderadas y ciertos beneficios sociales como viviendas y escuelas, e importantes obras de infraestructura (represas, puerto) – no se logró una redistribución de los beneficios económicos del auge. Los salarios permanecieron comprimidos y no se verificaron cambios en el nivel de ingresos de la masa campesina. Ante el desarrollo del movimiento obrero el gobierno buscó cooptar a los principales dirigentes y controlar y dividir a los trabajadores organizados. Los pocos que resistieron a estos embates y se mantuvieron independientes, fueron duramente reprimidos. Desarticulado, asediado constantemente y desorganizado, el movimiento obrero constituyó, en sistemas económicos basados en tal grado de explotación, una amenaza. En ese sentido, puede ser útil el planteo de Rouquie, quien afirma, al analizar las formas de legitimidad a las que apelan los regímenes militares, que “detrás de la escena pública de soberanía popular funciona una escena privada acorde con los mecanismos de dominación. Todo intento de participación no controlada, es decir, independiente de un acuerdo de los actores de la escena privada, aparece como una amenaza al pacto de dominación29”.

El anticomunismo en El Salvador

24La influencia de Estados Unidos sobre los pequeños países centroamericanos, especialmente a partir de 1961, es de un peso significativamente mayor que sobre los países del Cono Sur en el mismo período. Eso quizás sea una de las razones por las cuales muchos investigadores suelen hacer hincapié en esa presión, anulando las propias motivaciones e intereses de los centroamericanos, e inclusive su historia.

25Una de las explicaciones de esta influencia significativamente mayor, es que, a diferencia de Brasil o Argentina, los centroamericanos carecían de escuelas militares de alto nivel o sistemas defensivos sofisticados, y en consecuencia, enviaron contingentes mayores a la zona del canal para ser entrenados. Realmente, la proporción de centroamericanos que pasaron durante el período de la Guerra Fría por alguna instancia de entrenamiento militar dirigido por EEUU, es la mayor de Latinoamérica. Esta situación, no debe soslayarse en tanto fuente de alineamiento ideológico. Sin embargo, la magnitud de la misma, muchas veces opaca otras razones más persistentes en el tiempo. Además del hecho de que Centroamérica y el Caribe se encuentran geográficamente en la “zona vital de influencia” estadounidense (por los intereses norteamericanos presentes en la región y por la presencia del Canal de Panamá), la región tiene una larga historia de fluida –y no por eso cordial- relación a través de la migración. Este fenómeno ha ido adquiriendo cada vez mayor dimensión, llegando a constituir las divisas que los centroamericanos envían a sus familias, el principal ingreso para muchos de estos países.

26También las Guardias Nacionales, formadas a principio del XX por Estados Unidos en muchos de los países centroamericanos parecen haber sido una importante forma de alineamiento. La creación de estas fuerzas responde a un patrón común en la región: una vez que los marines se retiraban luego de intervenir militarmente algún país en la región centroamericana y la cuenca del Caribe (por ejemplo Nicaragua, entre 1912 a 1925 y entre 1926 y 1933, Haití desde 1915 hasta 1934 y República Dominicana entre 1916 y 1924), Estados Unidos creaba fuerzas supletorias o “constabularies” (llamadas “las constabularias” en Nicaragua). Estos “ejército de enclave”, fuerzas policiales militarizadas, pretendidamente apolíticas o suprapartidistas, “independientes de todos los actores nacionales, pero leales al antiguo ocupante30” sustituían a los viejos ejércitos de estos países. Reemplazaban a los marines en la función de defensa del orden, la paz y los intereses norteamericanos, y, tal como plantea el historiador francés, aseguraban la hegemonía norteamericana evitando la intervención militar directa. Profesionales y modernos, estas fuerzas estaban dedicadas exclusivamente a la seguridad interna, y eran reconocidas y legitimadas por Estados Unidos, país con el cual mantenían estrechas relaciones de lealtad.

27En un período en donde el adoctrinamiento anti comunista no era significativo, sino que se enfatizaba en la necesidad de resguardar los intereses norteamericanos manteniendo el orden interno a través del control de quienes fuera que los amenazaran, sin importar su adscripción política, las guardias nacionales funcionan mayormente, como una de las más importantes correas de transmisión de una ideología difusa que impulsa cierta admiración por la vía de ascenso americana o “American Way”. El alineamiento ideológico que varias décadas después se puede observar en las sociedades centroamericanas, puede haber respondido en algunos casos a una adhesión al macartismo, pero un peso importante y muchas veces soslayado lo ejerció esta admiración extendida e inflamada, así como también el reconocimiento de la “democracia más grande del mundo”, cuya constitución había inspirado la redacción de buena parte de las constituciones americanas.

28Esto matiza la importancia del anti comunismo en el alineamiento ideológico de los centroamericanos con Estados Unidos. Por lo menos, queda demostrado que no existe un alineamiento creado instantáneamente con el inicio de la Guerra Fría, y que en las motivaciones de los actores que tuvieron a su cargo la seguridad interna, pueden reconocerse más elementos que la intención de eliminar el peligro rojo. De hecho, los niveles represivos que durante la guerra fría alcanzaron los países centroamericanos, no pueden explicarse directamente por la difusión de la ideología anti comunista en este período a través de los cursos de entrenamiento. Los militares centroamericanos, se vieron más convocados por el nuevo lugar que la DSN asignaba a las fuerzas armadas en el gobierno, que por una adhesión convencida a los principios anti comunistas.
Existen sobrados ejemplos de casos en los que alumnos de los cursos que brindaba la Escuela de las Américas e instituciones similares, no sólo no adoptaban los valores transmitidos, sino que se revelaban contra ellos. Dos de los más conocidos son los dirigentes guerrilleros guatemaltecos Turcios Lima y Yon Sosa, alumnos destacados ambos de SOA.

29No sólo es poco probable que un curso de 4 a 6 meses – “con un acompañamiento anticomunista simplista y grosero”- altere radicalmente las conductas y valores de un hombre de entre 25 y 45 años31 , sino que es evidente que ya existen en estos países ideas claras de quienes constituyen los enemigos internos con anterioridad a la Guerra Fría, ideas a las cuales grandes sectores de la población adhiere movilizada por temores más antiguos y más significativos en la historia nacional, que el avance de la Unión Soviética o el castrismo.

30Esto se ve en la discusión entre militares norteamericanos y latinoamericanos con motivo de la firma de convenios de ayuda y colaboración militar en los ‘50. Como mencioné anteriormente, entre el fin de la 2° Guerra Mundial y el estallido de la Revolución Cubana, América latina no era considerada zona de alta prioridad defensiva, ya que EU había determinado que el comunismo no constituía un peligro inminente en la región. Esto generó la protesta de numerosos dirigentes civiles y militares latinoamericanos, quienes pedían que se trabara con ellos convenios más amplios y con mayor énfasis en la integración militar, como el de OTAN32.

31Si el discurso anti comunista tiene en Argentina un hito fundacional en 1919, en El Salvador estas ideas no se inician con la Guerra Fría, y de hecho, su fortaleza tiene poco que ver con Estados Unidos. El discurso anti comunista se difunde significativamente – en El Salvador, pero también en buena parte de Centroamérica – tras los hechos conocidos como la “masacre de 1932”.

32Se trata de la represión del General Hernandez Martínez a lo que sería la última sublevación indígena, que consistió en una serie de saqueos y desmanes provocados por grupos indígenas dispersos en las ciudades de Sonsonate e Izalco. Las tesis que afirman que el Partido Comunista salvadoreño, en ese entonces dirigido por Farabundo Martí – quién da el nombre a la guerrilla que participará en la guerra civil en 1980 – tuvo un papel preponderante en la organización, está siendo hoy muy discutida por aquellas que prefieren otorgar mayor importancia a la espontaneidad de la sublevación33. Pese a que los dirigentes comunistas – muy escasos y de pobre llegada a las cofradías indígenas – fueron perseguidos y ejecutados, quienes fueron el principal objeto de las cruentas represalias fueron los indígenas, que en esa época estaban siendo expulsados de las tierras que compartían con sus comunidades, en pos de la instalación de la moderna producción cafetalera.

33Anderson contabiliza una treintena de victimas de la sublevación, y alrededor de 10.000 muertos por la represión34. Salazar Valiente en cambio, estima entre 20.000 y 30.000 muertes35. Siegel y Hacken afirman que fueron 30.000 muertes en sólo 3 semanas36. Esta represión “desindigenizó definitivamente al país”. Las matanzas en plazas y otros formas de escarmiento ejemplificador, se sucedieron durante tres meses, hasta que “en la zona occidental, región indígena por excelencia, el concepto mismo de indígena se vuelve residual37”.

34Su efectividad en la “desindigenación” material de El Salvador pero tan importante como esto, los efectos que tuvo en el plano simbólico -“sólo algunas mujeres muy viejas llevan [después de 1932] la vestimenta ‘indígena’, el huipil y el refajo. No se habla náhuatl sino en privado y a escondidas38“ – nos permiten hablar de la masacre de 1932 como una práctica social genocida, es decir una “tecnología de poder cuyo objetivo radica en la destrucción de las relaciones sociales de autonomía y cooperación y de la identidad de una sociedad, por medio del aniquilamiento de una fracción relevante (sea por su número o por los efectos de sus prácticas) de dicha sociedad y del uso del terror, producto del aniquilamiento para el establecimiento de nuevas relaciones sociales y modelos identitarios39”.

35Los sucesos de 1932 tienen el dudoso mérito de haber logrado soldar, para todo Centroamérica, el ancestral racismo presente en Centroamérica desde la colonia con la paranoia anticomunista. Dos ideas que quedaron asociadas con fatales consecuencias40. Así, en declaraciones vertidas en un artículo de diario del año 1932, un salvadoreño atribuye la responsabilidad de la rebelión a “los indígenas invadidos por el sucio comunismo41“.

36El discurso anti comunista entonces está presente en la historia reciente de El Salvador. De hecho, muchas de los grupos paramilitares que actuaron entre 1960 y 1990 lo explicitan en sus nombres (Organización para la Liberación del Comunismo y Ejército Salvadoreño Anticomunista, por ejemplo). Sin embargo, el origen de este discurso se encuentra en los hechos que acabamos de describir, hechos en los cuales, el comunismo tuvo una participación irrisoria; pero que despertaron el temor ancestral a la sublevación indígena o de los excluidos en general.

La funcionalidad de la adhesión a la Doctrina de Seguridad Nacional

37¿Cuáles fueron las razones por las que fuerzas armadas como las salvadoreñas, adhirieron tan enfáticamente a la lucha contrainsurgente que recomendaba la Doctrina de Seguridad Nacional? Los grados de sincero convencimiento anti comunista y oportunismo son difícilmente determinables. Sin embargo, a modo de conclusión, intentaré dar cuenta de cuáles fueron los intereses que la DSN y la lucha contrainsurgente vino a beneficiar, y cuáles fueron las funcionalidades, dentro de la coyuntura política salvadoreña de la década del 60, de la adhesión a dicha doctrina.

38Maira sostiene que la DSN fue calurosamente recibida por los militares latinoamericanos en tanto justificaba un creciente presupuesto militar42. El autor plantea que, como la función externa de las Fuerzas Armadas de defensa de las fronteras no tenía sentido – ya que las fronteras ya estaban definidas y la hegemonía norteamericana influía disolviendo todas las fricciones que eventualmente podían surgir -, la posición en la que la DSN ubicaba a las Fuerzas Armadas – de defensa de la nación y el continente contra el enemigo interno – permitió frenar los programas de reducción armamentista de la región. Esto alerta sobre una cuestión importante, pero no parece ser determinante en un país como El Salvador, donde los militares manejaban el presupuesto (de hecho, la administración del gobierno completa) desde 1932.

39Coincido en cambio, con los planteos que afirman que la DSN, fue funcional a los sistemas políticos centroamericanos en tanto era útil para disimular la ilegitimidad de la ocupación del gobierno por parte de los estamentos militares y no tanto para fundar una nueva legitimidad. Como plantea Rouquie, la DSN “sirve más para disimular la ilegitimidad que para fundamentar una nueva legitimidad. La doctrina ha sido un medio para generar consenso activo en el seno de la institución militar en torno a una imagen conforme al alarmismo profesional. Sus hipótesis bélicas, al ampliar el espectro de amenazas y situarlo en el interior de la propia sociedad nacional, otorgan una base corporativa a la intervención política del ejército43”.

40En un escenario cambiante, como el que impusieron en El Salvador los nuevos desafíos de la integración y la modernización de los sistemas productivos que describimos, las tradicionales formas de acumulación de ganancias, muy arraigadas e indiscutidas en este país, son forzadas a modificarse. Las alianzas y posiciones políticas, deben ser reactualizadas; y esto sucede justo en el momento en que fuerzas antes excluidas comienzan a cuestionar más visiblemente la legitimidad del orden social y económico. La oligarquía salvadoreña, que emergió fortalecida por el acaparamiento de los beneficios económicos de la modernización productiva y por la asociación con intereses norteamericanos en el sector industrial, traslada esa fuerza del plano económico al político inmediatamente, en defensa del status quo.

41El racismo (con la deshumanización que implica del “otro” negativizado) agrega elementos que hacen “aceptable” la exclusión de las mayorías, y además, opera haciendo cuadrar en formas de pensamiento arraigadas (con las cuales los salvadoreños están familiarizados), ideas como el peligro latente del comunismo, muchas veces no sustentadas por la experiencia cotidiana.

42El ejército de El Salvador, a quién la oligarquía le había cedido el poder político en 1932 con el objetivo de que asegure la sumisión necesaria para desarrollar un orden económico basado en la exclusión, también se ve fortalecido. La función que le asigna la DSN como salvadora de la nación y el continente (en tanto es la única fuerza capaz de enfrentar al “enemigo interno”) lo rejuvenece y los programas militares de adiestramiento y transmisión de tecnología lo modernizan.

43El enemigo interno en el ámbito local, puede no ser más que aquel que impugna el régimen excluyente, pero, en tiempos de la Guerra Fría, la lucha contra esta impugnación – que llevan adelante sectores fortalecidos- adquiere legitimidad y financiamiento internacional, en tanto se disfraza de cruzada por la salvación de la Nación.

44notas de pie de pagina

451 Véase Edelberto Torres Rivas, “América Central desde 1930: perspectiva general” en Bethell, Historia de América Latina (Madrid: Universidad de Cambridge, 2001). Tomo 14.

462 Torres Rivas, “América Central desde 1930…”, pág. 40.

473 Véase María Besso Pianetto, “Una doble estrategia en versiones diversas. La doctrina de la seguridad nacional en Brasil, Chile y Perú”, en e-l@tina. Revista electrónica de estudios latinoamericanos, Vol. 4, nº 16 (Buenos Aires: julio-setiembre de 2006). Pág. 39-60. Disponible en http://www.iigg.fsoc.uba.ar/elatina.htm .

484 Véase Rodrigo Patto Sá Motta, Em guarda contra o perigo vermelho: o anticomunismo no Brasil, 1917-1964 (São Paulo: Editora Perspectiva, FAPESP, 2002).

495 Véase Alain Rouquié, El estado militar en America latina (Buenos Aires: Editorial Emece, 1984).

506 Véase Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX (Buenos Aires: Editorial Crítica, 2005), pág. 246.

517 Véase Claudia Gilman, Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina (Buenos Aires: Siglo XXI, 2003).

528 Véase Ovidio Andrada, Kennedy y la Alianza para el Progreso (Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1985).

539 Rouquié, El estado militar en America latina. pág. 150.

5410 Edelberto Torres Rivas, “América Central desde 1930…”.

5511 Rouquié, El estado militar en America latina.

5612 Véase Roberto Turcios, Autoritarismo y modernización El Salvador 1950-1960 (San Salvador: Dirección de publicaciones e impresos, 2003).

5713 Turcios, Autoritarismo y modernización El Salvador 1950-1960.

5814 Véase Mario Salazar Valiente, “El Salvador: crisis, dictadura, lucha… (1920-1980)” en González Casanova, P. (coord.) América Latina: historia de medio siglo (México: Siglo XXI Editores, 1984).

5915 Véase Eduardo Lizano, “El proceso de integración económica”. En Torres Rivas (coord.) Centroamérica, hoy, (México: Siglo XXI Editores, 1975).

6016 Lizano, “El proceso de integración económica”.

6117 Véase Alain Rouquié, Guerras y paz en América Central (México: FCE, Méjico, 1994).

6218 Veasé Edelberto Torres Rivas, Interpretación del desarrollo social centroamericano: procesos y estructuras de una sociedad dependiente (San José: Editorial EDUCA, 1971).

6319 Rouquié, Guerras y paz en América Central.

6420 Salazar Valiente, “El Salvador: crisis, dictadura, lucha…”.

6521 Salazar Valiente, “El Salvador: crisis, dictadura, lucha…”.

6622 Véase Luis Maira, “El Estado de Seguridad Nacional en América Latina”, en González Casanova, Pablo, El estado en América Latina, (México: Edit. History, 1998).

6723 Turcios, Autoritarismo y modernización El Salvador 1950-1960. pág. 113.

6824 Véase Ricardo Melgar Bao, “La memoria sumergida: martirologio y sacralización de la violencia en las guerrillas latinoamericanas”, en P. Pozzi y A. Schneider Entre el orden y la revolución. América Latina en el siglo XX, (Buenos Aires: Imago Mundi, 2004).

6925 Turcios, Autoritarismo y modernización El Salvador 1950-1960.

7026 Véase Luis Maira, “El Estado de Seguridad Nacional en América Latina” y Villacorta, Carmen Elena “Democracia electoral y neoliberalismo en El Salvador. La transición política salvadoreña entre 1979 y 2009” (Tesis de Maestría en Estudios Latinoamericanos, UNAM, México, 2010).

7127 Torres Rivas, “América Central desde 1930…”.

7228 Rouquié, Guerras y paz en América Central .

7329 Rouquié, El estado militar en America latina. pág. 46.

7430 Rouquié, El estado militar en America latina. pág. 138.

7531 Rouquié, El estado militar en America latina.

7632 Rouquié, El estado militar en America latina.

7733 Veasé Héctor Pérez Brignoli, “La Rebelión Campesina de 1932 en El Salvador” en Anderson, Thomas: El Salvador 1932. Los sucesos políticos (San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos, 2003).

7834 Veasé Thomas Anderson, El Salvador 1932 . Los sucesos políticos (San José de Costa Rica: Editorial Universitaria Centroamericana, 1976).

7935 Mario Salazar Valiente, “El Salvador: crisis, dictadura, lucha…” .

8036 Veasé Siegel, D. y Hacken, J. “El Salvador: la nueva visita de la contrainsurgencia” En Klare, M., Kornbluh, P. (coords.) Contrainsurgencia, proinsurgencia y antiterrorismo. (Buenos Aires: Edit. Grijalbo, 1990).

8137 Rouquié, Guerras y paz en América Central pág. 37.

8238 Rouquié, Guerras y paz en América Central. pág. 37.

8339 Véase Daniel Feierstein, El genocidio como práctica social: entre el nazismo y la experiencia argentina (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2007) pág. 83.

8440 Véase Carlos Figueroa Ibarra, “Genocidio y terrorismo de Estado en Guatemala (1954-1996). Una interpretación”. Revista de Estudios sobre Genocidio – Nº 1 (Buenos Aires: Centro de Estudios sobre Genocidio de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, 2007).

8541 Diario “La Prensa” s/fecha. Circa 1932. Citado en Anderson, _El Salvador_… pág, 30

8642 Maira, “El Estado de Seguridad Nacional en América Latina”.

8743 Rouquié, El estado militar en America latina. pág. 385.

88

Para citar este artículo :

Lucrecia Molinari, « Las elites salvadoreñas y la Doctrina de Seguridad Nacional en los 60. », Boletín AFEHC N°49, publicado el 04 abril 2011, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=2630

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