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AFEHC : articulos : Del capellán al arzobispo: acercamiento a la terminología de la jerarquía y de las funciones eclesiásticas en la diócesis de Guatemala (Siglo XVIII) : Del capellán al arzobispo: acercamiento a la terminología de la jerarquía y de las funciones eclesiásticas en la diócesis de Guatemala (Siglo XVIII)

Ficha n° 2715

Creada: 30 agosto 2011
Editada: 30 agosto 2011
Modificada: 26 diciembre 2011

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Autor de la ficha:

Christophe BELAUBRE

Editor de la ficha:

Ronald SOTO-QUIROS

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Del capellán al arzobispo: acercamiento a la terminología de la jerarquía y de las funciones eclesiásticas en la diócesis de Guatemala (Siglo XVIII)

En este ensayo se aborda el problema de la naturaleza de las taxonomías en uso para estudiar el clero y su significado para los que las construyen y para los que las usan durante el siglo XVIII en la diócesis de Guatemala. Para abordar esta cuestión interrogamos fuentes heterogéneas, principalmente producidas por la institución eclesiástica pero también por las autoridades civiles. Ponemos énfasis en la notable diferencia entre las prácticas de denominación de las ocupaciones religiosas impuestas paulatinamente por algunos miembros del clero y la realidad de terreno vivida por los actores. Una observación detenida de las fuentes revela que las menciones de tipo profesional son cada vez más frecuentes, los listados de cura se mudan poco a poco en nomenclaturas. Los términos sirven entonces no solamente a designar el clérigo sino que participan del esfuerzo global de los reformadores borbónicos para mejorar la institución eclesiástica, hacerla más efectiva y racional. Se trata de una reflexión que, a posteriori, justifica las seis categorías del alto clero que hemos identificado en el caso de la diócesis de Guatemala: obispos, canónigos, priores de grandes conventos, curas de parroquias urbanas más lucrativas, comisionados y clero de autoridad.
Palabras claves :
Taxonomía, Clero, Clero regular, Diócesis, Denominación
Autor(es):
Christophe Belaubre
Fecha:
Agosto de 2011
Texto íntegral:

1El personal de la Iglesia católica está lejos de formar un cuerpo homogéneo: decenas de nombres, de ocupaciones y de responsabilidades se entremezclan y producen una cierta confusión en las mentalidades1. La casi infinita gama de distinciones entre los servidores de Dios hace que, por ejemplo, un clérigo de ordenes menores pueda disfrutar de una capellanía pero no siendo ordenado in sacris no puede decir las misas asociadas a su beneficio lo cual implica la intervención de un sacerdote. De la misma manera, un canónigo de un cabildo eclesiástico – personaje que será asociado por la feligresía a las personas más influyentes de la Iglesia -, en algunos casos aunque pocos frecuentes en América, podía ser un clérigo de ordenes menores sin responsabilidades pastorales2.

2El clérigo es, en el sentido estricto, un ministro ordenado, encargado de desempeñar los ritos del culto. Esta definición se impone en los primeros tiempos de la cristiandad bajo el impulso de San Jerónimo quien explica que « los clérigos son llamados de esta palabra, porque representan una porción del Señor o bien porque el Señor constituye su porción3 ». Una explicación distinta propuesta por San Agustín, más cercana a la etimología de la palabra -la palabra “clérigo” viene del griego “sorteo” – fue descartada porque esta causaba prejuicio a una comunidad deseosa de dotarse de jefes según criterios menos aleatorios. En la edad media, el término designaba también los hombres que se dedicaban a los estudios sin referencia obligatoria al servicio religioso. En la edad moderna, el individuo sigue siendo poco autónomo pero el “clérigo” es ya uno de los hombres que han recibido órdenes sagradas, menores o mayores, y que ejercen funciones religiosas las cuales implican una protección jurídica4.

3Las dificultades del gran público para captar la terminología clerical y la propia historia del uso del término “clérigo” tuvieron además traducciones concretas en los diccionarios españoles del siglo XVIII donde se admite, por ejemplo, que a veces, el término cura remite “vulgarmente” a cualquier presbítero y no necesariamente al que está encargado de las almas5. Este desfase se explica primero por el hecho que una cultura religiosa de nivel superior no es necesaria en la pastoral de la Iglesia, los feligreses esperando sobre todo de ella “bellas ceremonias, consejos prácticos y eventualmente ejemplos de vidas6“. En los hechos el clero, una clase sacerdotal, está compartimentada en categorías las cuales son jerárquicas (del sencillo clérigo tonsurado al arzobispo) y otras funcionales (del capellán al canónigo7). Si estos nombres parecen hoy en día revestir sentidos precisos – desde que el diccionario de derecho canónigo dirigido por canonistas del Vaticano se ha aplicado en fijar el uso desde el siglo XII y que los historiadores de la Iglesia los han difundido en sus obras- esa batalla pedagógica no se ha librado sin retrasos ni sobresaltos8. La explicación de los puntos de dogma no da cuenta por si sola del crecimiento de las síntesis que se multiplicaron siguiendo las huellas del abate Gratien de Boloña9. Se trataba también de concebir herramientas para cortar en seco los juicios en contra de la Iglesia que se multiplicaban. En realidad esta aparente complejidad y esa taxonomía sobre distintos niveles son sorprendentes, tanto cuanto la historia de la Iglesia está vinculada al desarrollo de la cultura, a la expansión de la inteligencia y del espíritu crítico. Las denominaciones “Padre, Hijo y Espíritu Santo” han hecho, por sí solas, derramar más tinta que cualquier otro tema de conversación en la historia de la humanidad. Por fin, la Iglesia fue la institución que desarrolló en la edad media alta las primeras teorías sobre las categorías socio profesionales, en particular en los manuales de confesión destinados al bajo clero con la finalidad de facilitar la resolución de los casos de conciencia. Desde el siglo XII, los clérigos se habían dedicado a desmantelar la vieja noción de “órdenes” para substituirla con la de estamentos sociales10. Si la sociedad es cristiana, formando un todo, los pensadores de la Iglesia aceptan la idea que los fieles vivan según categorías sociales ( conditio ): los clérigos forman el corazón mientras que los príncipes, la aristocracia, y los burgueses, campesinos, artesanos forman respectivamente la cabeza, el brazo y el vientre. Estos servidores de Dios tienen nombres que no remiten solamente al estado de “los que rezan”, son tonsurados, diáconos, capellanes, religiosos profes que trabajan la tierra, hermanos y hermanas conversas, beneficiados : esas denominaciones se enraízan entonces en una historia donde el Estado real, la Iglesia, las familias, los individuos y los conflictos personales estuvieron omnipresentes y donde las apuestas sociales y culturales desbordan con creces el ámbito de la Iglesia.

4Podemos entonces intentar tomar un poco de distancia sobre las categorías conceptuales que han sido muy utilizadas por los historiadores de la Iglesia para establecer grandes encuestas seriales11 inspirándose de una historia social que, hoy en día, no delimita los contornos de un grupo social según los únicos niveles de fortuna y de las posiciones socio-profesionales y que se ha enriquecido de los aportes de la sociología o de la antropología12.

5El siglo XVIII es particularmente interesante para estudiar las evoluciones de muchos de esos atributos que designan a los clérigos. Primero porque los Estados occidentales realizan profundas reformas para financiar sus guerras, para desarrollar sus administraciones e incrementar sus producciones de bienes y riquezas – espíritu de reforma que se propagó hasta América central y que no actuó sin consecuencias sobre las modalidades de designación profesional. Establecida por los Borbones en los países hispánicos, la nueva administración se mostró deseosa de conocer mejor sus oficiales reales, más generalmente que reformar el gobierno, intervenir mucho más en la economía y cuestionar la política desarrollada desde la conquista de América, política que dejaba demasiado independencia al clero13. En este siglo el impacto ideológico de la Reforma protestante y las consecuencias de la paz de Westfalia (1648) se hacen plenamente sentir: el orden político global concebido hasta la fecha exclusivamente en termino de Cristiandad conoce una profunda mutación que se traduce por la paulatina separación de los intereses estatales de los de la Iglesia, proceso evidentemente que culminara solamente a finales del silgo XIX14.

6La diócesis de Guatemala, a pesar de ubicarse en una zona bastante marginal del Imperio español15, no se ha escapado entonces del absolutismo regio : las ideas regalistas se impusieron en detrimento de su clero. Sin embargo, si las reformas de la institución clerical supusieron resistencias proteiformes, no se trataba de dañar el pacto colonial: la religión en sí nunca fue atacada por el despotismo ilustrado de Carlos III16. La reforma cisneriana, el Concilio de Trento y sus profundas reformas hacen también del siglo XVIII un marco de trabajo pertinente: desde la época de los reyes católicos se luchaba contra el absentismo y la falta moralidad pero, dos siglos después, la renovación interior del catolicismo no había alcanzado la perfección deseada, y menos aun en las tierras de misiones. Los Padres del concilio acometieron al estatuto del clero proclamando que el clérigo debía, para ser ordenado in sacris, haber sido provisto de un beneficio, o sea, vinculado a la Iglesia por rendir el servicio por el cual había sido aceptado. Si las circunstancias del siglo XVI no eran favorables para imponer esa nueva disciplina, la institución de seminarios tridentinos, generalizada y regularizada en el siglo XVIII, contribuyó a dar toda su fuerza a esa regla. Dichas reformas deben incluso entenderse dentro de un contexto global: el poder real busca por todos los medios posibles imponer su autoridad a los representantes de las autoridades locales (municipales o eclesiásticas), reorganizar el espacio público17, reducir los privilegios así como la cantidad de clérigo “sin oficio” que se amontonaban en las ciudades18.

7La diócesis está organizada a partir de un centro, la ciudad de Guatemala, lugar privilegiado para nosotros porque es en su seno que nacen y se transforman las palabras y los discursos19. Es el lugar de lo escrito y de la transmisión de los conocimientos donde se concentran la gran mayoría de los clérigos de la diócesis, los cuales son también proporcionalmente los que están mejor formados en toda la ciudad20. Es incluso la presencia misma de la sede episcopal que da a la ciudad toda su dignidad: la capital del reino de Guatemala fue erigida en sede de un arzobispado en 174321.

8Este ensayo se fundamenta en un análisis sistemático de listas profesionales de diferente índole y origen y con datos puntuales sacados de fuentes diversas incluyendo manuscritos, folletos y libros impresos en el siglo XVIII. A partir de estos materiales es posible identificar los términos utilizados bajo el Antiguo Régimen para designar los clérigos e interrogar el valor heurístico de las categorías sociales, forjadas por los historiadores para registrar las ocupaciones, clasificar y jerarquizar el personal de la Iglesia. Nos preguntaremos cómo los clérigos de la diócesis de Guatemala estaban tradicionalmente identificados, si algunos términos se usaban, se privilegiaban o y, al contrario algunos eran desconocidos, antes de analizar las posibles evoluciones propias al siglo XVIII. Seguiremos la pista de una posible inflación o complexificación de las denominaciones a lo largo del siglo. Por fin, este análisis de la terminología nos incita a proponer una clasificación del clero en categorías que consideramos más cercana a la realidad social, donde las apuestas de la producción de las denominaciones nos parecen mejor tomadas en cuenta, una propuesta que podría corresponder mejor a la realidad vivida por el conjunto del clero que a la voluntad expresada por algunos letrados del alto clero de presentar una iglesia en buen orden.

De las nomenclaturas reales a las prácticas locales

9En un primer tiempo planteamos el problema de la naturaleza de la taxonomía y su significado para las cuales ella se aplica o que la usan. Para abordar esta cuestión, hay que interrogar fuentes heterogéneas, principalmente producidas por la institución eclesiástica pero también por las autoridades civiles.

10
h5. Denominación y funciones del clero según las leyes

11Las denominaciones y responsabilidades correspondientes a los clérigos se normalizaron por la pudiente reforma cisneriana, por el trabajo de los conciliares en Trento, por la inscripción en la Recopilación de las Leyes de Indias (1681) y por toda una jurisdicción dictada por el tribunal real del Consejo de indias y por los jurisdicciones locales (civiles o eclesiásticas).

12El libro 1 de la Recopilación permite abordar la nomenclatura según criterios arbitrados en gran medida por los juristas Antonio de León Pinelo y Juan de Solórzano Pereira. Reunidos en cinco categorías cuyos límites resultan flojas, el clero se compone según esos legisladores de: « Arzobispos, Obispos, Curas de almas, y otros cualquier ministros, Predicadores, Maestros22 (…) ». Las cuatro primeras categorías hacen referencias al clero secular, es decir, a los hombres tonsurados, que llevan hábitos eclesiásticos y sobre todo que han recibido a mínima el orden de subdiácono.

13Se puede desde luego notar en esa terminología que los autores aplican el calificativo « de almas » al término « cura ». Quieren significar insistentemente que las órdenes menores de la Iglesia no son tomadas en consideración y que se trata de la función de cura de parroquia, de la administración de las almas de los feligreses, que hay que tomar en cuenta para integrar plenamente el clero. Dicho esto, los legisladores son conscientes que numerosos son los clérigos, ordenados presbíteros ( ordinationes absolutae ) sin función eclesiástica, sin tareas pastorales. Los bienes patrimoniales del pretendiente (su beneficio) permiten entonces acceder a la clericatura, por eso, los legisladores introducen la categoría « otros cualquier ministros ». Los dos últimos atañen al clero regular, el cual no está ausente de la jurisdicción diocesana porque los franciscanos y los dominicos ejercen en el siglo XVIII – y eso a pesar de un potente movimiento de “secularización” de las parroquias – funciones de encuadramiento de las poblaciones americanas (en las doctrinas, es decir, en los pueblos indígenas creados por los misioneros para facilitar la tarea evangelizadora). Esa compilación jurídica presenta numerosos otros términos que designan ocupaciones asumidas por los servidores de la Iglesia, las cuales son usadas en diferentes artículos: « De los diezmos », « De la Santa Cruzada ». El término « clérigo » aparece también bajo la pluma de los legisladores como una entidad globalizadora con la finalidad de prohibir a todos los que son « deputado[s] juridicamente para el servicio de la Iglesia, mediante la primera tonsura» el acceso a profesiones como abogado, escribano público o incluso regidor. En cuanto al clero regular está representado por la palabra «_ Predicadores_ ». En ese siglo la mayoría de los documentos hacen una clara distinción entre la orden sacris y el empleo de los regulares23.

14

Diccionario de autoridades del siglo XVIII
Diccionario de autoridades del siglo XVIII

15En el Diccionario de autoridades concebido en el siglo XVIII, muchos términos relacionados con el clero aparecen y son definidos de manera más o menos precisa. Los autores de ese diccionario tienen una conciencia muy clara de las evoluciones inherentes al sentido de cada vocablo. Por ejemplo, ellos insisten sobre el hecho que el término « arzobispo » (versión del diccionario de 1726) es una construcción de la historia reciente: es forjado para ubicar ciertos « obispos » (versión de 1737) bajo la autoridad de otro en una provincia dada. El nombre « metropolitano », que es a veces dado al arzobispo, hace referencia a su domicilio en la ciudad más importante de la provincia. El « eclesiástico » es el que es ordenado presbítero, diácono o subdiácono (órdenes mayores) pero los términos mismos de la definición dejan sobreentender que dicha acepción es la consecuencia de una situación jurisdiccional reciente24. En realidad, la lectura atenta de esas definiciones revelan que una gran prudencia es adoptada cada vez que es necesario precisar los contornos de cada términos y, aun más, cuando se trata de evocar la evolución del sentido: el uso de la palabra “comúnmente” en 1732 atestigua que hay en la época una confusión en cuanto a la definición del eclesiástico. Algunos consideran que el término agrupa todos los que sirven a la Iglesia sin tomar en cuenta sus votos y otros buscan imponer una definición más estricta. Esa dificultad semántica es borrada por los editores del diccionario en 1791 al considerar que el término eclesiástico tiene el mismo sentido que el de “clérigo”, cuya definición no implica diferencia entre los que son ordenados de menores y de mayores25. ¿Se borró entonces la evolución semántica que se constaba entre 1732 y 1791? No tanto porque la definición del clérigo establecida por los editores del diccionario de autoridades de 1791 institucionaliza la categoría “ clérigo de menores26 “y la de “clérigo de misa” para los presbíteros a partir de 181727 .

De las leyes a las prácticas locales

16Los textos de ley y los diccionarios reflejan una voluntad política dictada desde las más altas instancias del sistema colonial por hombres bien informados pero que no son siempre capaces de adaptar su legislación a las realidades del terreno. Ciertas fuentes más cercanas al trabajo cotidiano de los clérigos permiten acercarnos a las prácticas de designación en las ciudades y los pueblos: por ejemplo, los documentos establecidos para cobrar la Bula de Santa Cruzada, en particular, las tasas de la bula de lacticintos (178528). Esas categorías eran elaboradas para establecer lo que los miembros de la Iglesia debían pagar para sacar el derecho de comer huevos, leche y los derivados de esos últimos cuando la Iglesia los prohibía. Esta nomenclatura era dictada por un deseo de equidad fiscal entre los clérigos, la identificación siendo más precisa por once tipos de clérigos repartidos en cuatro categorías fiscales. Si la comparamos con las categorías de la Recopilación hay una visión del clero mucho más realista; es de hecho la visión de los funcionarios borbónicos que viven en la diócesis de Guatemala. Es de notar, sin sorpresa, que esa visión fundamenta la división social del Antiguo Régimen en la propia Iglesia. Los que elaboraron esas tasas asumen que existe en la sociedad clerical una dicotomía entre el clero privilegiado (el alto clero que abarca tres categorías) y los demás clérigos.

17
Categoría de clérigo Valor a pagar para comprar la bula
Patriarcas Primados (1), Arzobispos (2), Obispos (3) y Abades (4) 4 pesos de plata acunada y común
Dignidades (5), Canónigos (6) e Inquisidores (7) 2 pesos
Racioneros (8) y medio racioneros de semejantes iglesias (9) y curas párrocos (10) 1 peso
Todos los demás clérigos seculares (11) 2 reales

18Ese realismo profesional no implica que los oficiales reales estén plenamente conscientes de la complejidad del sistema clerical. Con la categoría « todos los demas clérigos seculares », la Corona demuestra una relativa impotencia frente a una realidad social y económica inestable y en realidad mal conocida. De hecho, entre el coadjutor de una parroquia alejada de las altas tierras de Guatemala – que seguramente entró en la Iglesia sin vocación y fue forzado a aceptar tal servicio porque sus fondos patrimoniales no le permitían vivir en la ciudad – y el comisionado de los fondos del convento de Concepción quien probablemente pertenece a los grupos de poder de la ciudad de Guatemala, hay una brecha económica y social que esa clasificación borra completamente. Podemos notar que el término « eclesiástico » no es utilizado para clasificar el clero o incluso designarlo. Está reservado de hecho a dos instituciones, y una función que agrupa ciertos clérigos para cumplir tareas especiales: el « juzgado eclesiástico », el « cabildo eclesiástico » y el « notario eclesiástico ».

19Tras esas denominaciones localizables en los textos de ley, hay personas públicas que realizan un trabajo con obligaciones precisas : ellos ejercen funciones en la Iglesia, producen escritos oficiales – en particular decisiones jurídicas, el otorgamiento de préstamos, de autorizaciones de tipo religioso y fiscal – y más allá aplican leyes que aseguran la permanencia del sistema colonial implantado por los monarcas españoles sucesivos.

La profesionalización de las denominaciones

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Relación de Méritos y Servicios de Pablo Joseph Jáuregui
Relación de Méritos y Servicios de Pablo Joseph Jáuregui

21Ese trabajo de denominación fomentado desde las capas sociales más altas participa también en el esfuerzo de valorización del presbítero que la Reforma católica ha pacientemente forjado desde el Concilio de Trento. Así, si los hábitos, la tonsura, la castidad y el rechazo al juego y alcohol contribuyen a separar los clérigos de los laicos, los términos empleados para designar las funciones eclesiásticas los singularizan aun más. La población los conoce, los respeta siempre más porque los términos usados para designarlos se vuelven más precisos, más cercanos a las ocupaciones que ejercen realmente en la Iglesia. Con la Relación de Méritos y servicios, documento muy conocidos de los historiadores, la huella dejada es de naturaleza distinta a la de los diccionarios o documentos fiscales. Son los actores mismos que contribuyen a elaborar las denominaciones aunque esté presente la mano de los expertos, – los agentes de negocios que vivían en Madrid -. El cuadro siguiente demuestra que los clérigos se definen – o son definidos – siempre por medio de términos como « presbítero » y « cura » pero que se acostumbraron a completar esos nombres por denominaciones cercanas a sus funciones, es decir, por elementos que permiten identificar sus competencias específicas en la Iglesia. De la misma manera, se nota el uso casi sistemático del título universitario y, llegado el caso, de la función universitaria desempeñada: « Doctor », « Doctor y Maestro », « Licenciado » « Bachiller » que se antepone al apellido. Por ejemplo, en su Relación de méritos y servicios publicado en Madrid en 1815, Bernardo Martínez se define como « Doctor de Sagrada teología, cánones y leyes, Cura rector mas antiguo del Sagrario de la Iglesia Metropolitana de Guatemala, Catedrático de Prima de Sagrados Cánones de la Real y Pontificia Universidad de aquella Ciudad » pero añade que ha ejercido el cargo de «Visitador General que ha sido del Obispado de Nicaragua29». Ciertos clérigos que servían un cargo en la administración real como lo fue con don Joseph Eustachio de Leon pusieron énfasis en su presentación al cargo real: «Superintendente jubilado, bachiller, Clérigo Presbítero Domiciliario de México, Director y Fundador jubilado de la Casa de Moneda de Guatemala30 ».

22
Denominación más frecuente Cantidades
Cura 12
Canónigo o dignidad 7
Función en la Inquisición 2
Función jurídica 8
Función de educación 7
Titulo universitario 17
Cura y presbítero 3
Canónigo y presbítero 3

23Fuentes : Según una muestra de 30 miembros del clero diocesano de Guatemala según su « Relación de Méritos y Servicios ».

24Difundiendo sus mensajes por el uso de la imprenta y la técnica de la cordillera los obispos logran establecer un nuevo vocabulario que exalta algunas funciones. Por ejemplo, el arzobispo Cayetano Francos y Monroy no usa el término « cura » y prefiere emplear el término entonces poco usado de « párroco » (1788), – que no aparece en el « diccionario de autoridades » hasta 1780 – para difundir en un manual algunos consejos sobre la administración de los santos sacramentos a la feligresía. Este término « párroco » era completamente desconocido de los libros notariales en la segunda mitad del siglo XVIII pero Francos y Monroy insiste en escogerlo en sus informes oficiales, en anteponer el sustantivo “oficio” para elogiar la actividad de los curas encargados de almas y bien remarcar la idea que se trata de un trabajo: « (...) y ascendiendo a las Sagradas Ordenes ha desempeñado con acierto el Oficio de Párroco en el Pueblo de Ocosocoutla31 (...)».

25Para entender la profesionalización de las denominaciones no hay que desestimar el papel jugado por el crecimiento urbano y demográfico que caracteriza el siglo XVIII. Aunque la capital perdió población debido al traslado de su sede decidido tras los devastadores terremotos de 1773, los barrios urbanos contaban 23.434 vecinos en 1794 y cerca de 28.000 diez años después32. La capital del reino de Guatemala se asimila a un vientre que se come buena parte de la riqueza producida en las zonas aledañas: 486 casas que gozaban de agua para beber alojaban el núcleo social dominante principalmente criollo y, en menor medida, ladino33. El enriquecimiento de la ciudad es también el de la Iglesia la cual fue afectada por el proceso de reforma de su administración como los demás sectores del aparato burocrático real. En esta segunda mitad del siglo XVIII los recursos de la Iglesia aumentaron y mejoraron la gestión en parte porque el trabajo no fue confiado a comerciantes deseosos de ganarse el perdón sino a eclesiásticos especializados en esa actividad. Esa nueva racionalidad – durante mucho tiempo reservada a los religiosos regulares en el cuadro de las estructuras comunitarias – se expande al conjunto del clero. Para los jesuitas, el « ministro » es el que gestiona día a día las entradas y salidas de los famosos colegios. El mismo término es utilizado por los terciarios franciscanos para designar al clérigo que gestiona los fondos y asegura que todos los miembros de la Tercera Orden cumplen con sus obligaciones34. La documentación conservada en los archivos de la curia diocesana de Guatemala permite captar esa evolución. Los conventos femeninos son gestionados por un « administrador de las rentas y bienes35 ». Ni el oficio ni el nombre son inventados en el siglo XVIII, pero el cargo se ostenta mucho más siendo insertado en numerosos documentos oficiales adquiriendo de hecho respetabilidad. Incluso los propios administradores intercambian informaciones sobre sus oficios y luchan por sacar retribuciones superiores:

26« que el mayordomo del Cabildo Eclesiástico Metropolitano tiene 2000 pesos de sueldo más 300 pesos para un escribiente y no tiene tanto trabajo y mucho menos tiene el administrador del convento de las Monjas de la Concepción y le pagan 1200 pesos al año. Que es mucho el trabajo de la mayordomía36 (...)».

27En la misma época, el Diccionario de autoridades no reconoce la existencia de una función religiosa de este tipo, aunque la misma está bien conocida por los juristas.

28El proceso de valorización de los oficios religiosos no ha dejado de reforzarse hasta lograr el establecimiento de un verdadero aparato administrativo, una estructura jerarquizada cuyos puestos y interdependencias aparecen claramente. Esas categorías aparecen en una fuente que representa el desenlace de una evolución semántica y social: el Kalendario y Guía de Forasteros de Guatemala y sus provincias para el año de 180537.

29En este calendario las diferentes funciones que componían entonces la Iglesia colonial son mezcladas en la presentación con las de los funcionarios reales. El gráfico que hemos elaborado, por razones prácticas, no da cuenta de esa compenetración de ambos aparatos seguramente deseada por la persona que formó el Kalendario. Esa presencia de los clérigos tiene sentido porque traduce la plena incorporación de los servidores de Dios al servicio del Estado real en el cuadro del patronato real. El ramo nombrado Real Junta de Diezmos representa la máxima expresión de dicha integración.

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Gráfico para representar la  jerarquía de la Iglesia
Gráfico para representar la jerarquía de la Iglesia

31La especialización de los clérigos, en funciones más numerosas e identificadas con más precisiones, no es la única consecuencia de una política desarrollada por la monarquía española. Hemos visto que la Contrarreforma contribuye fuertemente a reforzar ese proceso porque se necesita un clero secular mejor organizado, conocido y empleado en tareas específicas por la administración diocesana, con la idea de incrementar el control sobre una población indígena que lo había sido por el clero regular. La Capitanía General es en el siglo XVIII una parte del Imperio español y, bajo ese concepto, está bajo la influencia del país que ha visto nacer el fundador de la orden jesuita y que ha cumplido muy tempranamente una reforma de su iglesia bajo la dirección del cardenal Cisneros. Esa « profesionalización » se realizó desde el seminario diocesano que se vuelve, tras la expulsión de los jesuitas (1767), el único gran centro de formación de clérigos bajo el control directo del arzobispo. Esas denominaciones que siguen muy usadas en el siglo XVII como la de « presbítero beneficiado del partido de Chiquimula de la Costa » casi desaparecen en beneficio de expresiones más discretas como « presbítero, domiliciario de el Obispado de Guatemala » o se pueden leer con la precisión de índole regalista siguiente: «cura beneficiado por el Real Patronato38». De hecho, encontramos sistemáticamente el término « domiciliario » lo que representa la concretización semántica de una política sostenida desde el siglo XVI que exigía del clero “residir clericalmente”. Aun si el cura queda en el siglo XVIII inamovible en su parroquia una vez que es ganado el concurso – realidad que el término « cura propio » refuerza -, los reformadores buscan devolver a los obispos un poder de control sobre esos curas que no pueden fácilmente cambiar sus curatos contra otros que les convendría mejor. El abandono del término « beneficiado » traduce bien esa voluntad de enviar al clero un mensaje: hoy en día el beneficio no es una propiedad vitalicia.

Denominaciones que atestiguan de fuertes resistencias

32Si las palabras que identifican las funciones atribuidas al clero demuestran que las presiones reformadoras son bien ciertas, éstas testimonian también a veces de las resistencias que esas mismas reformas pueden provocar. El ámbito urbano, al favorecer la difusión de nuevos modos de transmisión de saberes y de conocimientos entre los individuos, la repartición de la cultura, de las normas y prácticas, incrementa los espacios de libertad individual39. La sociedad colonial en sí, por su propia organización, es también un factor de resistencias. La inventiva de los actores sociales en materia de denominación, las frecuentes aproximaciones cuando no errores, traducen también esa posibilidad de vivir sin respetar las etiquetas impuestas por la administración real y eclesiásticas.

33Tomamos el ejemplo de las procesiones religiosas: la etiqueta particularmente estricta que las normaban provocan numerosos conflictos dentro de los grupos de poder que constituyen para los historiadores una mina inagotable de datos. Esas tensiones se explican por la peculiar naturaleza del orden social colonial: el ceremonial era el medio privilegiado para mantener el orden social, el cual estaba en peligro cada vez que algo nuevo era introducido o cuando algo se alteraba40. Cada persona en función de su rango tenía un lugar asignado en el espacio y todo el mundo estaba en capacidad de interpretar esos signos que tenían un contenido con significantes sociales. Esas pugnas, conocidas como de precedencia, demuestran bien que los nombres que fijaban jerarquías muy antiguas, claramente establecidas por leyes, no son siempre respetados por los actores sociales. Incluso una función del cabildo catedral tan bien delimitada como la de arcediano no tenía la garantía de ser respetada. Así el deán de la catedral de Guatemala, apoyándose en el cabildo sede vacante, negó al arcediano Francisco José de Palencia el derecho a ocupar el lugar que le correspondía (al lado derecho del deán ) en una procesión41. Esa resistencia o independencia de las elites locales americanas hacia los ceremoniales impuestos desde Madrid se explica por el carácter relativamente nuevo de la clase social dominante la cual no gozaba de usos y costumbres inmemoriales comparable a las sociedades cortesanas de Europa. En realidad el Capitán General gozaba de cierta libertad frente a un cuerpo social bien vivo y menos codificado que en Europa. Otro ejemplo interesante que va en el sentido de la peculiar naturaleza de la sociedad barroca americana y de sus relaciones con el poder real es el siguiente: el cura Carlos de Coronado y Ulloa obtuvo la parroquia de Aguachapa por el apoyo del Capitán General, mientras es el único en la terna que no habla el idioma pipil necesario para administrar esa parroquia. El Capitán General explica, con toda seriedad, que el candidato que sostiene es un « presbítero patrimonial natural », denominación bastante singular que en realidad subraya que el candidato es un miembro de las familias de poder local y que es entonces mejor que todos los demás candidatos42. La parroquia le correspondía por un “derecho de nacimiento”, que sólo el término manifiesta, pero que tiene mucha más fuerza que las leyes de Indias. Este calificativo “patrimonial” ha tenido, sin embargo, tendencia a desaparecer porque la Iglesia y la Corona no quieren más clérigos sin ocupaciones precisas dentro de la institución y la noción de méritos empieza a prevaler en los textos oficiales sobre la del nacimiento. La separación entre « clérigos patrimoniales y domiciliarios » y « curas beneficiados », que era frecuente bajo la pluma de los miembros del alto clero a finales del siglo XVII, no es admitida o utilizada en las listas del siglo siguiente43. Claro que los « clérigos patrimoniales y domiciliaros » no han desaparecido: son aún numerosos y algunos como José Simeón Cañas tuvieron un gran papel en la historia de la Independencia centroamericana.

34El uso de la palabra « padre » merece también cierta atención. Según el diccionario de autoridades (1737) el término servía para “llamar los religiosos, sacerdotes y ancianos en señal de veneración y respeto”. Los libros de protocolos revelan un uso mucho más frecuente que todos los demás términos usados para identificar los clérigos. Un notario como José Francisco Gavarrete que se había especializado en los asuntos eclesiásticos ganaba tiempo al escribir « Padre » cada vez que hacía referencia a un clérigo sin mencionar más datos sobre las ocupaciones de las personas liberándose así de las normas impuestas desde la curia diocesana. Los libros de protocolos revelan que son los miembros del clero regular que son identificados popularmente de esta manera: « Reverendísimo padre », « Muy Reverendo Padre », o « Reverendo Padre » sin relación directa con su función o su rango en la corporación. Cuando la feligresía toma la palabra para evocar los clérigos este término “padre” es de uso común en todas las categorías sociales: el comerciante don Jacobo Núñez manifestó al escribano “ (...) que por achaques de su salud, de que disfruta muy poca, y las ocupaciones que tiene que atender de su comercio, casa y familia no le permiten admitir el cargo de Albacea que se le hizo por el finado Padre don Juan Gómez y renunciándolo desde luego expresamente, lo ha expuesto así para constancia44 (...) “[Subrayado es nuestro], los indios de Jocotenango quejandose de su gobernador dicen “que no permite la entrada y uso de un tanque que les hizo el padre cura Doctor Mariano Mendez45 “.

35Si, por ejemplo, nos guiamos por una lista del clero secular de 1818, cuyo autor y proveniencia se ignora, observamos un esfuerzo sin precedente de contar y clasificar los clérigos de la diócesis46. Este estado, establecido en una fecha dada, es todavía sumario, menciona la única función en la Iglesia pero es quizás la primera vez que un arzobispo quiere tener a la mano una lista nominativa de su clero y formaliza el trabajo. El documento permite descubrir 300 personas (algunos pocos con la mención “fallecidos”). Antes de esa fecha, tomando en cuenta la documentación que pudimos consultar, las listas solamente tomaban en consideración los curas de parroquias y los coadjutores. Hay 30 denominaciones diferentes que pueden ser reagrupadas de la manera siguiente:

36Los nombres de las funciones del clero en la diócesis de Guatemala en 1818

37
Clero parroquial Capellán en la capital
Cura Capellán del Colegio de Niñas
Coadjutor Capellán de Santa Teresa
Cura y vicario provincial Capellán de Santa Catarina
Sacristán Mayor Capellán de Santa Rosa
Prioste de Guadalupe Capellán de las beatas de Belén
Titulo universitario Capellán jubilado de coro
Cura y presbítero Capellán mas antiguo del coro
Canónigo y presbítero Sin datos
Sin ocupación clerical Docente
Sin datos Catedrático de Instituta, Capellán de Concepción
Enfermo Catedrático de Escritura
Hacendado Preceptor de Mínimos y capellán castrense
En la Hacienda de Secretario de la Universidad
Jubilado Catedrático de Teología
En la capital Vice-rector del seminario
Juez de la Iglesia Varia
Promotor fiscal En el Hospital
Sin datos Congregante
Sin datos Prepósito de Congregación

38Designar o atribuir una función a un miembro de la Iglesia es un acto social como otro, en la medida que las denominaciones identifican las ideas y contribuyen a fijarlas detrás de etiquetas. Nos damos cuenta primero que esa lista presenta una cantidad nada despreciable de eclesiásticos sin ocupaciones claramente expuestas: éstos residen aparentemente en sus propiedades agrícolas, otros aparecen como jubilados, algunos son enfermos y a veces marcados como “a la ciudad”: a algunos no fue posible poner la menor denominación o función. Se presiente, sin embargo, que el arzobispo que pidió esa lista practica una política de denominación de “decisión”, es decir que una presión política es aplicada para que todos los eclesiásticos en listados estén trabajando, con una ocupación en la Iglesia y un lugar de residencia donde puedan ser localizados a todo momento.

39Esa voluntad de imponer una actividad a todos los miembros del clero tuvo límites. Numerosos documentos demuestran que los eclesiásticos son más a menudo nombrados « padre », « cura », « padre cura », « clérigo presbítero », « cura presbítero », « cura beneficiado » o incluso « Párroco ». Denominaciones que atestiguan una gran confusión y que, en muchos casos, son dados sin vínculo con la ocupación real ejercida por la persona en la Iglesia, ocupación que solía quedar oculta a la mayor parte de la gente. Aunque el poder usa las denominaciones para vehicular un mensaje propagandístico y pedagógico, en el terreno las costumbres de identificación del clero tenían su propia dinámica. En fin la carga simbólica asumida por esos nombres no impide numerosas usurpaciones. Era posible sin mayor dificultad hacerse pasar por un clérigo ordenado, sobre todo si uno ha seguido parte de los estudios del seminario tridentino: el subdiácono Manuel Azañudo fue acusado y torturado por la Inquisición porque decía la misa y confesaba los penitentes47.

40Las evoluciones en la denominación de los eclesiásticos en el siglo XVII y las resistencias que esa política provocó en la población – y dentro del mismo del clero – debe ser tomada cuenta para escribir la historia de la Iglesia. El nombre, tanto como el hecho social o político, es un revelador de las tensiones que molestan el orden colonial antiguo. Esos cambios afectan directamente los individuos, su identidad, su relación con los otros. Esa reflexión sobre las apuestas sociales de la denominación nos incita a presentar un caso de categorías eclesiásticas menos fijadas por los poderes institucionales con la idea de fomentar una sociología del clero más fina [48].

El alto clero: un ejemplo de construcción de categorías

41Las denominaciones correspondientes a las actividades de los diferentes servidores de la Iglesia no son tan fáciles a clasificar según rigurosos criterios. Los documentos que hemos cruzados revelan que, a lo largo del siglo XVIII, la administración se empeñó en imponer la pareja ocupación / nombre patronímico, pero esa asociación sistemática era muy artificial, no correspondía necesariamente a la realidad vivida por los clérigos y, como lo vimos, menos a la percepción de sus contemporáneos los cuales andaban perdidos en el laberinto de las denominaciones eclesiásticas. Por consecuencia, uno puede preguntarse en qué medida las “categorías” que solían ser admitidas por los historiadores, que fueron impuestas por los reformadores de la Iglesia y del Estado, son herramientas útiles para entender y estudiar el estamento del clero en la vida colonial. El ejemplo del alto clero nos permite ver que una distancia crítica frente a las “categorías” impuestas es necesaria.

42Si los antropólogos se han interesados en la manera en que los demás clasifican, ellos fueron también grandes clasificadores. Los historiadores han elaborado, de la misma manera, clasificaciones “científicas” para poner un cierto orden en su objeto. Así, aun si Bernard Plongeron, en su Vie quotidienne du clergé français au XVIIIe siècle, cuestiona, en la segunda parte, los mitos y realidades de los compartimentos del clero, el autor considera cuatro categorías que fijan artificialmente las ocupaciones del clero: obispos, canónigos, priores de grandes conventos regulares, curas de parroquias más lucrativas49. Esas opciones no son de hecho ilegítimas, pero pueden ser discutidas porque las funciones ocupadas en la Iglesia no son elementos suficientes para identificar tal o tal persona como miembro del alto clero ; nuestra investigación no se escapa de este escollo, pero aumentando el número de categoría podemos tomar mejor en cuenta la riqueza (no hay que enterrar demasiado rápidamente este criterio que siempre es de uso delicado), las movilidades internas a las carreras eclesiásticas, un hecho tan decisivo como la fama social que se puede construir a lo largo de una vida y, en fin, los espacios de libertad que los clérigos sabían otorgarse en un sistema de Antiguo Régimen50 . En total consideramos seis categorías:

43los obispos: en el sistema de referencia elaborado por la Iglesia (en particular los ritos de integración al clero), es la función la más elevada, la más completa, la que otorga más poder económico y político. El obispo es percibido como casado con la Iglesia. El recibe un anillo durante su consagración. Una de las cuotas más importante de poder es reservada a una persona que era considerada como el sustituto natural del Capitán General si éste faltaba. Entre los criterios de selección figuraba en buena posición la adhesión a la política de reforma, la condición seglar preferida a la regular, lealtad absoluta al monarca51.

44los canónigos: por su condición híbridas, son religiosos secularizados. Ser canónigo es entrar en una corporación, el cabildo eclesiástico, bien estructurada y bien defendida incluso al interior de la Iglesia. Es también la categoría donde se encuentra las denominaciones más antiguas con funciones delimitadas por textos jurídicos. El reclutamiento era casi exclusivamente local aunque se nota un esfuerzo de la administración borbónica para recuperar (en vano) el control sobre dicha corporación.

45los priores de los grandes conventos: son principalmente los priores de las órdenes mendicantes de la ciudad (dominicos y franciscanos). Ellos hacen tres votos solemnes (pobreza, castidad, obedecimiento). Aunque civilmente muertos, éstos administran fortunas patrimoniales y financieras considerables. Había a la cabeza de los grandes conventos representantes de las viejas familias de poder que dominaban económicamente la región.
bq. los curas de parroquias urbanas más lucrativas: son, más que todo, los administradores de las parroquias de las grandes ciudades de la Capitanía General y de dos de las parroquias de la capital.

46los comisionados: son los financieros de la Iglesia con competencias jurídicas. Ellos aparecen muy a menudo detrás del término « administrador » y forman un grupo profesional que se consolida a lo largo del siglo XVIII52.

47les “clérigos de autoridad”: Son doctores que no logran sacar un beneficio eclesiástico (en particular un cargo en un cabildo eclesiástico) y que no ejercen funciones perennes en la Iglesia. Pueden ser letrados que viven de sus capellanías patrimoniales, de hecho con cierta independencia financiera, y que ocupan bien el espacio público53.

48Esa taxonomía del alto clero no es “clásica”, no es tampoco definitiva en su conformación, pero responde a una preocupación problemática que nos ha servido de guía durante muchos años: no seguir la carrera de un clérigo en particular sino el grupo social del alto clero en su conjunto y sus relaciones con el resto del cuerpo social. Este grupo social de la alta clericatura, en seis partes, se puso de manifiesto empíricamente al recopilar los datos sobre un corpus de 300 clérigos54. Esa opción, dictada por el cruzamiento de las fuentes notariales, jurídicas y administrativas, desemboca en un corpus segmentado según criterios funcionales pero abiertos a estimaciones o criterios “de buen sentido” sin que se pueda decir que sean arbitrarios porque la riqueza, el prestigio social, la posición en la jerarquía, la influencia pública son elementos de juicio que sostienen cada decisión de incorporación. La técnica prosopográfica, el concepto de genealogía social y el cruzamiento de datos biográficos por la herramienta informática fundamentan las categorías establecidas. Nuestra investigación es ante todo un estudio de las dinámicas sociales del clero y no la única cuestión de su estructura55. Los nombres y, más aun, las categorías más frecuentemente usadas por los historiadores para definir los miembros del clero no son forzosamente los más pertinentes. Un hombre como Blas José Cla será denominado en muchos trabajos históricos anteponiendo la función de canónigo, será integrado incluso en la categoría de canónigo, cuando una investigación revela que sólo ocupó el cargo los últimos años de su vida, sin influencia política, y que su grupo social de pertenencia era el bajo clero. De la misma manera la distinción, considerada válida por muchos historiadores, entre clero urbano y clero rural, no es siempre operativa por culpa de los desplazamientos frecuentes, – y a veces largas estancias – de los curas de parroquia en la ciudad para administrar sus bienes, sanar sus enfermedades o visitar sus familiares. Muy frecuentemente, un cura de una parroquia muy lucrativa era llamado a ocupar responsabilidades cerca del obispo, como comisionado, sin que eso tenga por consecuencia la pérdida de su parroquia. En realidad, los criterios de incorporación de un clérigo en una categoría deberían ser más flexibles. Con esas « seis categorías » podemos poner en evidencia la multiplicidad de las situaciones, tomar en cuenta, lo más a menudo posible, la complejidad de las actividades sociales y económicas del personal de la Iglesia. Esos miembros del alto clero acumulaban diferentes funciones a lo largo de carrera ricas en rebotes, rebotes que se entienden por las propias carreras de los otros eclesiásticos. Es por eso que nos aparece crucial estudiar el conjunto de la carrera de un clérigo antes de clasificarlo en determinada categoría y de conservar una “margen de maniobra” para insertar en un corpus social individuos que no se adecúan a normas institucionales y prácticas sociales, que no tuvieron “nombre” o ocupación precisa, pero que serían, en el sistema de Antiguo Régimen, seres sociales importantes.

49Nuestro corpus incluye 300 clérigos seculares y regulares, que pertenecen a tres generaciones sucesivas entre 1767 y 182956. Se compone de un 4 % de obispos, un 25 % de canónigos, un 16 % de servidores de parroquias, un 6 % de comisionados, un 14 % de «clérigos de autoridad» y, en fin, un 33 % de priores de conventos57. Pensamos que 3000 presbíteros han vivido, entre esas dos fechas, en América Central, lo que significa que nuestro corpus representa cerca de 10 % de ese total. El cuadro siguiente presenta el conjunto del alto clero dividido según grupos operativos que se asimilan a categorías que son completamente profesionales pero que se acercan a esa condición.

50Repartición funcional, origen geográfico, esperanza de vida del alto clero (1767-1829)

51
Categoría Unidad % ? Españoles Criollos Esperanza de vida
Regular 100 33 10 21 69 ?
Secular 200 77 0 25 75 62,4
Total 300 100 5 28 72
Obispos 12 4 0 67 33 65
Canónigos 74 25 0 16 84 67
Comisionados 20 6 0 8 92 57
Cura de parroquias urbanas 49 16 7 1 92 59
Clero de autoridad 45 14 0 0 100 64
Total 200 100

52El clero, primero de los tres estados que estructuraban la sociedad de antiguo régimen, no era un cuerpo social aislado: los principios jerárquicos, las familias poderosas, los lazos sociales de todo tipo incluyendo el clientelismo y el patronazgo, presentes en el conjunto del cuerpo social se encontraban también en la Iglesia. Sin embargo, cada componente poseía sus particularidades propias, por eso es interesante estudiarlos separadamente. El cuerpo episcopal y la administración diocesana obedecían a una dinámica propia, diferente de la de otras categorías de la institución eclesiástica. El cabildo catedral, los conventos, no eran controlados de la misma manera por las élites locales: la finalidad y las apuestas eran bien diferentes. Detrás de cada categoría, múltiples ocupaciones podían esconderse. Sin ser plenamente satisfactoriamente, la taxonomía que proponemos tiene, sin embargo, el mérito de acercarnos de una realidad social menos fijada que lo dejarían entender los nombres impuestos con la finalidad de control los hombres que habían escogido más o menos libremente la carrera sacerdotal.

Conclusiones

53De este acercamiento a las palabras que servían a para designar, nombrar o identificar los miembros del clero de la diócesis de Guatemala, podemos sacar algunas conclusiones, evidentemente provisionales, si se considera que este campo de investigación está apenas desbrozado.

54Algunas observaciones sencillas nos llevan a sostener que un acercamiento diacrónico sería deseable, sobre todo para percibir mejor las denominaciones en uso en el siglo XVI y XVII y confirmar con más certeza las evoluciones en las prácticas que se hacen sentir en el siglo XVIII. Podríamos también pensar reunir un cuerpo de documentos mucho más amplio al extender la investigación al resto de la América Hispánica, considerando que el cuadro colonial se presta bien a este tipo de generalización. Otra tarea deseable para completar nuestras conclusiones sería una localización más consecuente de las condiciones materiales de elaboración de las fuentes que permiten estudiar las ocupaciones religiosas y sus denominaciones. ¿Quién las pide? ¿Quién las elabora verdaderamente? ¿A partir de que fuentes primarias son hechas? Son cuestiones cruciales, porque esas ocupaciones en la Iglesia se fijan por la voluntad de algunos hombres de poder encargado de presentar informes al rey y aquellos hombres podían tener finalidades bien diferentes. El registro de una ocupación eclesiástica no es un acto neutral. Supone buenos conocimientos, si se considera que la Iglesia tiene ramificaciones e influencia mucho más allá de sus propias instituciones. Supone también que el que registra esté en capacidad de ir más allá de los “nombres de las funciones” que podían estar impuestos tanto por los usos sociales como por la voluntad de los reformadores.

55Si los términos como «clérigo», «cura, «presbítero» son muy usadas por los historiadores, sobre todo en la historia social para elaborar categorías, muy pocas veces han representado en sí un objeto de historia, ni tampoco han sido analizados desde una perspectiva crítica. Esta investigación revela la variedad de los términos, la multiplicidad de los usos, la complejidad del sentido de los términos, una situación no tan sorprendente si se considera la naturaleza de las funciones sacerdotales las cuales implican, por la relación privilegiada con lo sagrado, que haya una cierta distancia hacia la feligresía. Incluso es importante señalar que el ejercicio de la función clerical lleva a apropiarse de una terminología, lo cual representa un monopolio de “palabras” que es la primera condición de un monopolio de hecho. Otro aspecto que queremos subrayar es la notable diferencia entre las prácticas de denominación de las ocupaciones religiosas impuestas paulatinamente por las autoridades eclesiásticas y la realidad de terreno vivida por los actores. Una observación específica de las fuentes revela que las menciones de tipo profesionales son cada vez más frecuentes, los listados de cura, más numerosos a medida que el siglo XVIII avanza, se mudan poco a poco en nomenclaturas sin que los propios actores estén necesariamente conscientes de participar en una consolidación de sus funciones ante el resto de la población. Los términos sirven entonces no solamente para designar el clérigo sino participan del esfuerzo global de los reformadores borbónicos para mejorar la institución eclesiástica, hacerla más efectiva y racional58.

56Muestra de 30 miembros del clero diocesano de Guatemala según« Relación de Meritos y servicios »

57
_ Nombre del clérigo _ Denominación escogida _ Fuente
1. Salvador Samartin y Cuevas Presbítero domiciliario del Obispado de la Habana AGI, Guatemala 913, Obispos y Prebendas de Chiapa (1633-1821) Relación de Meritos y Servicios (1799)
2. Manuel Mariano Chacon Presbítero, Rector del Colegio de nuestra Señora de la Concepción de Ciudad Real de Chiapa en el Reino de Guatemala Idem
3. Juan Nepomuceno Fuero Presbítero, dignidad de arcediano de la iglesia catedral de Ciudad-Real de Chiapa en el reino de Guatemala, provisor y vicario general, juez de testamentos, capellanías y obras pías de aquel obispado y delegado de solitas AGI, Guatemala 932, Expedientes inventariados (1815-1816) , Relación de Meritos y Servicios (1815)
4. José Mariano Mendez Cura rector más antiguo de la santa metropolitana iglesia de Guatemala y juez de matrimonios del arzobispado AGI, Guatemala 933, Expedientes inventariados (1815-1816) , Relación de meritos y servicios (1816)
5. Bernardo Pavon y Muñoz Dignidad de Chante de la Santa Iglesia Metropolitana de Guatemala y Provisor Vicario General y Juez Metropolitano de su Arzobispado AGI, Guatemala 934, Expedientes inventariados (1818), Relación de meritos y servicios (1814)
6. Pedro Brizzio Canónigo de la Iglesia Catedral de Nicaragua, en el Reino de Guatemala AGI, Guatemala 934, Expedientes inventariados (1818)
7. Manuel Antonio de Bousas Doctor, Presbítero domiciliario del Arzobispado de Guatemala AGI, Guatemala 904
8. Manuel Joseph Guerra López Marchan Presbítero, Canónigo de la Iglesia Catedral de Tortosa y Visitador del Puerto y Sierra de Morella AGI, Guatemala 904
9. Antonio Croquer y Muñoz Doctor, Cura propio de la Parroquia de la Candelaria de la Ciudad de Guatemala AGI, Guatemala 904
10. Bernardo Martinez Doctor de Sagrada teología, cánones y leyes, Cura rector más antiguo del Sagrario de la Iglesia Metropolitana de Guatemala, Catedrático de Prima de Sagrados Cánones de la Real y Pontificia Universidad de aquella Ciudad, y Visitador General que ha sido del Obispado de Nicaragua AGI, Guatemala 908
11. Antonio Larrazabal Doctor, Cura Rector del Sagrario de la Iglesia Metropolitana de Goatemala AGI, Guatemala 904
12. Francisco Vega y Lacayo Doctor, presbítero, natural de la Ciudad de Granada en el Obispado de Nicaragua, Examinador sinodal , Promotor fiscal, y Juez de Testamentos, capellanías y obras pías del Metropolitano de Guatemala AGI, indiferente General 3001
13. Miguel de Cilieza Velasco Doctor, Presbítero domiciliario del obispado de Guatemala, abogado de la Real Audiencia, examinador synodal y promotor fiscal de la curia eclesiástica de ese obispado y cura interino de esa catedral AGI, Indiferente general, 225, N40 (1739)
14. Juan Ignacio Falla Doctor, Rector del Colegio Seminario de Nuestra Señora de la Asunción de la Ciudad de Santiago de Guatemala, y Calificador del Santo Oficio AGI, Guatemala 904
15. Juan de Dios Juarros Doctor y maestro, Canónigo Magistral de la Santa Iglesia Metropolitana de Guatemala AGI, Guatemala 933, Expedientes inventariados (1815-1816) , Relación de meritos y servicios
16. Manuel Llanes Presbítero, Sacristán mayor de la Santa Iglesia Metropolitana de Guatemala AGI, Guatemala 933, Expedientes inventariados (1815-1816) , Relación de meritos y servicios
17. Blas José Cla Presbítero, y Canónigo de merced de la Santa Iglesia Metropolitana de Guatemala AGI, Guatemala 913, Obispos y Prebendas de Chiapa (1633-1821)
18. Agustin Estevan Uria y llano Cura, vicario y Juez eclesiástico del medio beneficio curato de N Señora de la Asunción de Isalco y capellán de la Audiencia de Guatemala AGI, Guatemala 904
19. Martin Barba de Figueroa Bachiller, Cura Rector Interino del Sagrario de la Iglesia Catedral de la Ciudad de Santiago, en las Provincias de Guatemala AGI, Guatemala 904
20. Diego Rodríguez de Rivas Doctor, Tesorero de la Santa Iglesia Catedral de la Ciudad de Santiago, en las provincias de Goathemala AGI, Guatemala 913, Obispos y Prebendas de Chiapa (1633-1821)
22. Thomas de Cilieza Velasco Presbítero domiciliado del Obispado de Goathemala, y cura interino de Nuestra Señora de los Remedios de aquella Ciudad AGI, Guatemala 913, Obispos y Prebendas de Chiapa (1633-1821)
23. Manuel Ortiz de Letona Doctor, natural y presbítero de la Ciudad de Santiago de Guatemala, y por oposición, y ascenso Cura del Sagrario de la Iglesia Metropolitana de ella. AGI, Guatemala 904
24. Joseph de Morales Betancurt Bachiller en teología, Cura del Valle de nuestra Señora de los Dolores en la provincia de San Vicente, en el arzobispado de Guatemala AGI, Guatemala 933, Expedientes inventariados (1815-1816)
Relación de méritos y servicios
25. Joseph Perez Del Castillo Bachiller, Cura que fue interino de San Francisco de Zapotitlan, y del partido de nuestra Señora de la Asunción de Mita, y propietario actual por oposición del de la Villa de San Vicente de Austria, todos en el arzobispado de Guathemala AGI, Guatemala 933, Expedientes inventariados (1815-1816) , Relación de meritos y servicios
26. Juan Joseph Batres Doctor, Presbítero, Examinador Synodal del arzobispado de Guatemala, graduado de maestro en filosofía, de doctor en teología y bachiller en ambos derechos AGI, Guatemala 904
27. Miguel Gerónimo de Aragon Bachiller en filosofía, Presbítero, Cura beneficiado, Vicario Foráneo, Juez eclesiástico y Comisario de la Santa Cruzada del Partido de Jalapa AGI, Guatemala 913, Obispos y Prebendas de Chiapa (1633-1821)
28. Joseph Garcia Ramos Cura rector de la Ciudad de San Miguel, arzobispado de Guatemala en Indias AGI, Guatemala 904
29. Miguel Isidro de Herrarte Doctor en Ambos derechos, presbítero domiciliario del arzobispado de Guatemala, Catedrático de Prima de Leyes en la Universidad, y Abogado de la Real Audiencia, que reside en la Ciudad de Santiago de aquellas provincias AGI, Guatemala 904
30. Joseph Ignacio Munoz Bachiller, Presbítero del arzobispado de Guatemala y Colegio Real del Colegio de Christo Señor, nuestro de la Cuidad de Mexico. AGI, Guatemala 904

58Notas de pie de página

591 Este ensayo es una versión ampliada y revisada de un trabajo publicado en francés en «Du chapelain à l’archevêque : approche terminologique de la hiérarchie et des fonctions ecclésiastiques coloniales du diocèse de Guatemala (XVIIIe siècle)» in Noms de métiers et catégories professionnelles, Acteurs, pratiques, discours (XV° siècle à nos jours), Georges Hanne et Claire Judde de Larivière (Dir.), (Toulouse: Méridiennes, 2010), págs. 173-191.

602 Véase Antonio Irigoyen López, “Clero secular, familia y movilidad social: actores y directores” (Murcia: Siglo XVII), in Familias, poderosos y oligarquías, Francisco Chacón Jiménez, Juan Hernández Franco (Dir.) (Murcia: EDITUM, 2001), pág. 136.

613 Ep. Ad Nepotianum, P. L. t, XXXVI, col. 824 citado en el Dictionnaire de Droit Canonique, artículo “clerc”, pág. 828.

624 La iglesia americana gozaba de inmunidad respecto a la jurisdicción civil. La inmunidad del clero implicaba un privilegio de fuero (sólo podía ser juzgado por jueces eclesiásticos) y del canon (protección extensa contra la violencia física). El gobierno de Carlos III promulgó una legislación que limitó la inmunidad eclesiástica. Véase Nancy M. Farris, Crown and Clergy in Colonial Mexico 1759-1821. The Crisis of Ecclesiastical Privilege, (Londres, 1968).

635 Diccionario de autoridades, (1729), pág. 705. Diccionario María Moliner, pág. 847 en su edición de 2004 considera todavía que el término « cura » empleado vulgarmente designa el conjunto de los presbíteros.

646 Jacques Paul, L‘Église et la culture en Occident, tome 1, La sanctification de l’ordre temporal et spirituel, (Paris: PUF, 1986), pág. 54.

657 Marc Venard et Anne Bonzon, La religion dans la France moderne, XVIe – XVIIIe siècle, (Paris : Hachette, 1998), pág. 70.

668 El código de derecho canónico abarca caracteres generales de la clericatura en los cánones 107 y 108. Esos textos enuncian claramente que “algunos grados de la jerarquía son instituidos por Dios, y que algunos otros no lo son”.

679 Redactado entre 1140 et 1150, el decreto Gratien agrupa más de 3800 textos (cánones apostólicos, decretales pontificales, decretos conciliares, leyes romanas o francas). Ha sido autoridad hasta el Code de droit canonique de 1917.

6810 Robert Fossier, Histoire sociale de l’Occident médiéval, (Paris : Armand Colin, 1970), pág. 144.

6911 Sólo podemos citar algunos ejemplos para Francia, España y la América española: Antonio Domínguez Ortiz, Las clases privilegiadas en la España del Antiguo Regimen, II, El estamento eclesiástico, (Madrid, 1973) ; Ch. Berthelot du Chesnay, Les prêtres séculiers en Haute-Bretagne au XVIIIème siècle, (Rennes, Presses de l’Université de Rennes, 1984) ; Paulino Castañeda Delgado, “La Hiérarchie ecclésiastique dans l’Amérique des lumières” in L’Amérique espagnole à l’époque des lumières : Tradition-Innovation-Représentations (Paris, 1987), pp. 79-100 ; Paulino Castañeda Delgado et Juan Marchena Fernández, La jerarquía de la Iglesia en Indias : el episcopado americano en Indias. 1500 – 1850, (Madrid, 1992) ; Pierre Chaunu consideraba la tesis de Louis Pérouas como inaugurando « una historia religiosa serial ». Véase Louis Pérouas, Le diocèse de La Rochelle de 1648 à 1724. Sociologie et pastorale, (Paris, SEVPEN, 1964).

7012 Para España véase por ejemplo a María Luisa Candau Chacón, La carrera eclesiástica en el siglo XVIII, (Sevilla: Universidad de Sevilla, 1993) y Arturo Morgado Garcia, Iglesia y sociedad en el Cádiz del siglo XVIII, (Cádiz: Universidad de Cádiz, 1989) y para América Latina véase Oscar Mazín, Entre dos majestades. El obispo y la iglesia del Gran Michoacán ante las reformas borbónicas 1758-1772, (Zamora, 1987) y Lucrecia Enríquez, De colonial a nacional: la carrera eclesiástica del clero secular chileno entre 1650 y 1810, (México: Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 2006).

7113 La interdependencia entre la Corona y la Iglesia eran fundada en derecho por el patronato real quien ubicaba el jefe de la Iglesia americana bajo el control directo del Rey. Este último tenía el derecho de nombrar los obispos y los miembros de los cabildos episcopales, de autorizar el establecimiento de determinada Orden religiosa. De la misma manera, el “patrón” podía retener – por medio del pase regio instaurado por Carlos Quinto en 1538 – los breves pontificales destinados a América si eran juzgados contrarios a sus intereses. El Papa conservaba competencias solamente en materia de dogma. El Consejo de Indias dirigía de hecho la Iglesia americana. Esta situación no se daba sin mayores implicaciones financieras. El Rey no pudo hacer más que conceder a los conquistadores y a los religiosos numerosos privilegios fiscales para facilitar la obra evangelizadora. Sobre estos aspectos véanse para España a Christian Hermann, L‘Église d’Espagne sous le Patronage Royal (1476-1834), Madrid, Bibliothèque de la Casa de Velázquez, 1988 y para América a Sanchez Bella Ismael, Iglesia y Estado en la América española, (Pamplona, EUNSA 1990).

7214 Véase Pablo Fernández Albadalejo, “Iglesia y configuración de poder en la monarquía católica ( Siglos XV-XVII). Algunas consideraciones” en J. P. Genet y B. Vincent, eds, Etat et Eglise dans la genèse de l’Etat Moderne, (Madrid, 1986).

7315 Sobre la historia de la diócesis de Guatemala véase Adrián C. Van Oss, Catholic colonialism : A parish history of Guatemala (1524-1821), (Cambridge, Cambridge University Press,1986).

7416 Sobre los enfrentamientos entre la Iglesia de Guatemala y la Corona véase nuestro artículo : Christophe Belaubre, “El traslado de la capital del Reino de Guatemala (1773-1779): conflicto de poder y juegos sociales”, in Revista de Historia, San José, Costa Rica, N° 57-58, (2008), págs. 23-61.

7517 Este documento es muy original: es el primer escrito que dibuja los barrios de la ciudad, los cuales no toman en cuenta la división en parroquias: Descripción de quarteles y barrios e instrucciones de sus alcaldes formadas por el señor oydor D. Francisco Robledo y aprobadas por el M. Ilustre Señor Presidente D. Bernardo Troncoso con acuerdo de la Real Sala del Crimen para la capital de Guatemala, 1791.

7618 Sobre dichas reformas en Guatemala véase Miles Wortman, Government and society in central America, 1680-1840, (New-York: Columbia University Press, 1982) y Christophe Belaubre y Jordana Dym, The Social & Political Impact of the Bourbon Reforms in Central America, 1759-1808, (Boulder: Colorado University Press, 2007).

7719 Sobre la ciudad percibida como un espacio privilegiado donde los nombres y los discursos son concebidos véase Paul Wald & François Leimdorger (dir.), Parler en ville, parler de la ville. Essais sur les registres urbains. (Paris, Éditions UNESCO et Éditions de la Maison des Sciences de l’Homme, 2004).

7820 Véase la primera parte de nuestra tesis de doctorado, Christophe Belaubre, “Elus du Monde et Elus de Dieu, les familles de pouvoir et le haut clergé en Amérique Centrale, 1753-1829”, Toulouse, Groupe de Recherche sur l’Amérique Latine, C.N.R.S., UMR 5135, Université de Toulouse le Mirail, 2001 y Domingo Juarros, Compendio de la historia del Reino de Guatemala, 1500-1800, (Guatemala, Editorial Piedra Santa, 1981), pág. 87.

7921 Marco Folin, “Hiérarchies urbaines/ hiérarchies sociales : Les noms de ville dans l’Italie moderne (XIV-XVIII siècles)”, in Genèse, N° 51 (2003), págs. 4-25.

8022 Recopilación, Libro 1, Título 1, ley 3.

8123 Véase AGI, Guatemala 935, Lista de los religiosos de la orden de Predicadores que están por salir a Guatemala (1772).

8224 Diccionario de autoridades (1732), pág. 366,1. La aplicación siguiente permite consultar el diccionario en internet: http://buscon.rae.es/ntlle/SrvltGUILoginNtlle .

8325 Diccionario de autoridades (1791), pág. 351,1.

8426 Diccionario de autoridades (1791), pág. 225,1.

8527 Diccionario de autoridades (1817), pág. 206,2.

8628 Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guatemala notado de ahora en adelante AHA, Mesada Eclesiástica, T2, 16, fol. 11 ; Instrucción y forma publicar y predicar la Bula de la Santa Cruzada, 8 de enero de 1785. Las Bulas de la Santa Cruzada eran INDULGENCIAS (perdón de pecados y concesión de varios privilegios espirituales) que se vendían con la finalidad de obtener fondos para la guerra contra los infieles. Como lo explica muy claramente Rodolfo Hernández Méndez había cuatro clases de Bulas de Cruzada: a) De Vivos, la Bula de Cruzada por antonomasia; b) De Lacticinios; c) De Difuntos o Ánimas y d) De Composición. Cada uno de los ejemplares de estas bulas, llamados comúnmente Sumarios [7], tenían tasas diferentes de “limosna”, de acuerdo con la “calidad”, es decir, la posición social y la situación económica del individuo que la adquiriera o comprara. véase Rodolfo Esteban Hernández Méndez, « Acercamiento Histórico a las Bulas de la Santa Cruzada en el Reino de Guatemala », Boletín AFEHC N°16, publicado el 04 enero 2006, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action*fi_aff&id*355 .

8729 Archivo General de Indias notado de ahora en adelante AGI Guatemala 933, Expedientes inventariados (1815-1816) , Relación de méritos y servicios (1816).

8830 Archivo General de Centroamérica notado de ahora en adelante AGCA, A3, Leg. 9, Exp. 145 (1767).

8931 AGCA, A1.23, Leg. 1532, Exp. 100087, fols. 27-36 (1784) “Carta del arzobispado de Guatemala Don Cayetano Francos y Monroy a su majestad Carlos III, informándole sobre asuntos de su arquidiócesis” paleografíado por Hector Humberto Guevarra in Antropología e Historia de Guatemala, Guatemala, t. 7, n° 2, 1955, pág. 22.

9032 Según padrones elaborado por los alcaldes de barrio. Véase Inge Langenberg, Urbanisation und Bevolkerungsstruktur del Stadt Guatemala in der ausgehenden Kolonialzeit, (Koln, Wien: Bohlau-Verlgag, 1981), pág. 100.

9133 AGCA, A1. 1, Leg. 218, Exp. 5125 ; Sobre el aumento del premio del mayordomo de propios, fol. 6 v. (1800).

9234 Diccionario de Autoridades (1734).

9335 Sobre esa función y su evolución a lo largo del siglo XVIII véase nuestro ensayo : “In the shadow of the great: every day resistance of Church administradores to the Bourbon Reforms in Guatemala City, 1762-1821” in Christophe Belaubre et Jordana Dym, The Social & Political Impact of the Bourbon Reforms in Central America, 1759-1808 , ( Boulder: Colorado University Press, 2007).

9436 AGCA, A1. 1, Leg. 218, Exp. 5125 ; Sobre el aumento del premio del mayordomo de propios, fol. 6 v. (1800).

9537 Biblioteca Nacional de Guatemala, Kalendario y Guía de Forasteros de Guatemala y sus provincias para el año de 1805, Imprenta de Ignacio Beteta.

9638 AHA, A4.5-1, T 3 – 84, Exp. 395, 13 fols. ; Causa ejecutiva contra los bienes de un deudor al convento de Santo Domingo de Amatitlán y AGCA, A1. 20, Leg. 506, Exp. 9001, Fol. 64 – 64v, Libro de notario de Alejo José Avendaño (1784).

9739 Louis Wirth insiste sobre el hecho que el crecimiento del nombre implica también un cambio en el carácter de las relaciones sociales. El conocimiento personal recíproco entre vecinos es imposible, lo que obliga a inventar nuevos modos de transmisión del saber y de los conocimientos. Véase Louis Wirth, « Le phénomène urbain comme mode de vie », in Y. Grafmeyer et I. Joseph, L’école de Chicago, naissance de l’écologie urbaine, (Paris, Aubier, 1984), págs. 255-281.

9840 Véase Juan Carlos Garavaglia y Juan Marchena, América Latina, De los orígenes a la independencia, América precolombiana y la consolidación del espacio colonial, (Barcelona: Crírica, 2005), pág. 470.

9941 AGCA, A1.11.1, Leg. 5774, Exp. 48503, folios 01 – 05 ; «El arcediano Dr. D. Francisco José de Palencia sobre amparo de posesión en su prebenda, para que no le inquiete ni perturbe el Dr. D. José Ortiz de Letona, déan de la iglesia catedral». (1752). Véase los argumentos de Palencia: «me pretendía despojar violentamente, previniendo al capellán que hacía de ministro, pasase a ocupar mi lugar. Con esta noticia me quedé en el coro para no exponerme a que se causaran escándalos y consulté al Cabildo todo el hecho, para que contuviese al deán y que no usara conmigo alguna de sus frecuentes y repetidas violencias».

10042 AGCA, A1.11.7, Leg. 6057, Exp. 53712, 02 folios (1674); Nombramiento de cura presbítero.

10143 AHA, Gobierno eclesiástico, T 4 – 77 (1668-1732).

10244 AGCA, A1. 43, Leg. 5307, Exp. 44597, fol. 4 (1813). Notificación y negativa para aceptar el cargo de Albacea de los bienes de don Juan Gómez de Villegas.

10345 AHA, T3, 21, Juicios civiles (1820).

10446 AHA, Secciones de cartas, Lista del clero de la diócesis de Guatemala (1818).

10547 Véase nuestro ensayo: “Violencia social y justicia inquisitorial: el juicio de Don Rafael Crisanto Gil Rodriguez, oriundo de San Salvador (1775-1805)”, in Violencia y Poder en El Salvador, Sajid Alfredo Herrera Mena e Ana Margarita Gómez, editores, (San Salvador : FLACSO, 2007). Hay muchos otros ejemplos en los archivos de la Inquisición, porque esas transgresiones eran severamente perseguidas y sancionadas: véase el pleito contra el subdiácono don Manuel Azañudo in Manuel Mérida, Historia crítica de la Inquisición en Guatemala (Guatemala, 1895).

10648 Un ejemplo clásico de sociología del clero es Marc Venard, “Pour une sociologie du clergé au XVIe siècle : recherche sur le recrutement sacerdotal dans la province d’Avignon” in Annales, Année 1968, Volume 23, Numéro 5, págs. 987 – 1016.

10749 Bernard Plongeron, La vie quotidienne du clergé français au XVIIIème siècle, (Paris : Hachette, 1974).

10850 Christophe Belaubre, Élus du Monde et Élus de Dieu, (Paris, L’Harmattan, por publicarse).

10951 Véase Paulino Castañeda Delgado y Juan Marchena Fernández, La jerarquía de la Iglesia en Indias, (Madrid: Editorial Mapfre, 1992).

11052 Véase Christophe Belaubre, “Lugar de poder y poder del lugar: el convento de la Concepción en la capital del reino de Guatemala, siglo XVIII” in La época colonial en Guatemala: estudios de historia cultural y social, Stephen Webre y Robinson Herrera (editores), (Guatemala: Editorial Universitaria, por publicarse), págs. 102-131.

11153 El cura indígena Tomas Ruiz , Manuel Francisco Casado y Gomara, cura de Chiquimulilla durante muchos años, les hermanos Aguilar en San Salvador, el anti-esclavismo José Siméon Cañas y el jurista José Maria Alvarez. Esos dos últimos tuvieron en común de ser letrados deseosos de enseñar y de escribir. José Maria Alvarez, además de los emolumentos jurídicos, gozaban de diversas capellanías. AHA, T6, 92 (1805). José Maria Alvarez gozaba de dos capellanías, la primera, de un capital de 3000 pesos, fundada por su hermana. Una parte de los fondos es prestada a don Ignacio Batres y Asturias. La segunda, de un capital de 2000 pesos, fue fundada por el cura José Antonio de Santa Cruz en 1804 y la suma es igualmente prestada a un comerciante.

11254 Para intentar completar nuestra base de datos biográficas, hemos publicado en la red Internet – a partir de un programa informático específico escrito en « php » y el uso de una plataforma de almacenamiento de datos -, más de 200 biografías (lo cual constituye una base de trabajo para realizar vínculos dinámicos entre los personajes). Consultado el sitio web siguiente y usando el menú “diccionario” : http://afehc-historia-centroamericana.org/ , es posible conocer las informaciones que seguimos buscando y estaríamos muy agradecidos por cualquier tipo de ayuda para complementar o corregir las biografías.

11355 J. Nagle, Prosopographie et histoire de l’Etat : la France moderne XVIème-XVIIIème siècles, (Paris : Coll. de l’ENS de jeunes filles, n° 30, 1986), pág. 78.

11456 Sin embargo cerca de un 10 % de los miembros de nuestro corpus son ordenados antes de 1780. El más viejo era el canónigo Juan José González Batres, ordenado en 1748.

11557 En 1815 en Nicaragua el clero regular representaba menos de un 15 % del clero pero en 1805, según el censo del obispo Peñalver en la capital de Guatemala, ellos representaban un 66 % de los clérigos ordenados.

11658 Jack Goody, La logique de l‘écriture. Aux origines des sociétés humaines, (Paris: Armand Colin, 1986).

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Para citar este artículo :

Christophe Belaubre, « Del capellán al arzobispo: acercamiento a la terminología de la jerarquía y de las funciones eclesiásticas en la diócesis de Guatemala (Siglo XVIII) », Boletín AFEHC N°50, publicado el 04 julio 2011, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=2715

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