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AFEHC : articulos : 100 años de categorías raciales y étnicas en Honduras, 1790s-1890s: Hacia la neutralización de la afro descendencia colonial : 100 años de categorías raciales y étnicas en Honduras, 1790s-1890s: Hacia la neutralización de la afro descendencia colonial

Ficha n° 2716

Creada: 30 agosto 2011
Editada: 30 agosto 2011
Modificada: 19 septiembre 2011

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Autor de la ficha:

Dario Aquiles EURAQUE MENDEZ

Editor de la ficha:

Ronald SOTO-QUIROS

Publicado en:

ISSN 1954-3891

100 años de categorías raciales y étnicas en Honduras, 1790s-1890s: Hacia la neutralización de la afro descendencia colonial

Este trabajo es un aporte que forma parte de un viejo esfuerzo más general por profundizar la historiografía de las categorías raciales y étnicas en su relación con la historia del mestizaje en Honduras entre los 1790s y 1890s. Mediante un análisis de la historiografía demográfica en Honduras, busca cumplir con un propósito particular y sencillo: registrar la variedad de categorías raciales y étnicas empleadas por el Estado en Honduras durante aproximadamente 100 años, entre fines de la colonia y fines del Siglo XIX, en pleno proceso del surgimiento del periodo de la Reforma Liberal luego de 1870, y culminando con el proyecto censal de 1895. En una conclusión se ofrece una hipótesis en torno a explicar un proceso de homogenización de la variedad racial colonial hacia un binomio “ladino-indígena”. Sugiero que este proceso tuvo que ver con un proyecto por neutralizar la afro descendencia colonial y simultáneamente resaltar la afro descendencia Garífuna que llegó a Honduras al final de la década de 1790, y así regionalizar la negritud del país en la costa caribeña de Honduras.
798
Palabras claves :
Raza, Etnia, Ladino, Moreno, Garífuna.
Autor(es):
Darío A. Euraque
Fecha:
Agosto de 2011
Texto íntegral:

1

Introducción

2La investigación de categorías raciales y étnicas en Honduras permanece en su infancia, ello a pesar de haber incursionado en el tema hace ya muchos años, sobre todo en su relación con la problemática del mestizaje en la historia hondureña1. Comencé a publicar sobre el tema desde mediados de la década de 19902. A través de los años mis aportes han sido examinados por intelectuales hondureños3. En general, mientras varios críticos aplaudieron el hecho que abordara la historia racial de Honduras, con frecuencia se me criticó por la perspectiva asumida, especialmente por argumentar que el mestizaje en Honduras no fue ni tan profundo ni tan armónico como se había venido creyendo hasta comienzos de la década de 1990. Entre otras críticas, un apreciado colega planteó que yo traía a la historiografía hondureña esquemas y conceptos foráneos a la realidad del país4. Sin embargo, para mediados y fines de la última década el rechazo en cuanto a mis argumentos originales cambio radicalmente5.

3Este trabajo es aun otro aporte en ese viejo esfuerzo más general por profundizar la historiografía de las categorías raciales y étnicas en Honduras en su relación con la historia del mestizaje en el país, aunque aquí en el énfasis es el siglo XIX. El mismo, mediante un análisis de la historiografía demográfica en Honduras, busca cumplir con un propósito particular y sencillo: registrar la variedad de categorías raciales y étnicas empleadas por el Estado en Honduras durante aproximadamente 100 años, entre fines de la colonia y fines del siglo XIX, en pleno proceso del surgimiento del período de la Reforma Liberal luego de 1860. Lo que se verá es que aun previo al surgimiento de un mestizaje homogenizante que se registró en las primeras décadas del siglo XX, problema que he historiado a profundidad hace unos años6, ya para las décadas de 1880 y 1890 el Estado de la Reforma Liberal redujo la variedad etno-racial en los censos oficiales a dos categorías sencillas, “ladinos” e “indígenas”, aun cuando la documentación de primera mano del Censo de 1895 registrase más de 31 términos etno-raciales en respuesta a la interrogante, “¿De qué raza es7?” ¿Cómo explicar ese proceso? En una conclusión ofrezco una hipótesis en torno a explicar ese otro proceso de homogenización hacia un binomio ladino-indígena. Sugiero que tuvo que ver con neutralizar la afrodescendencia colonial y resaltar la afrodescendencia garífuna que llegó a Honduras al final de la década de 1790, y así regionalizar la negritud del país en la costa caribeña de Honduras.

Conceptos de raza, cultura y etnicidad y la historiografía del mestizaje en Honduras

4En julio de 1994, líderes indígenas lencas, del occidente del país, organizaron peregrinaciones que llevaron a miles de personas desde sus comunidades hasta Tegucigalpa para demandar el cumplimiento de derechos sociales, políticos, económicos y culturales, ante el nuevo mandatario de la República, Carlos Roberto Reina. A partir de ese momento, organizaciones indígenas de otras regiones se sumaron a otras movilizaciones, las cuales, a su vez, fueron acuerpadas por organizaciones afro-hondureñas. Cierta apertura del gobierno del presidente Reina ante las reivindicaciones desató toda una reflexión general, no sólo sobre las políticas gubernamentales, sino también sobre el mestizaje hondureño y las minorías étnicas. Ya en 1996 se reunieron en Tegucigalpa importantes foros académicos sobre el tema8.

5Igualmente estos movimientos generaron estudios académicos y amplios comentarios en la prensa del país. No podemos abordar esa producción periodística9 aquí. Quiero solamente resumir una serie de características que casi toda la producción periodística compartía, desde editoriales hasta reseñas históricas del mestizaje, ello reflejo de un discurso más amplio compartidos por la intelectual hondureña. En primer lugar, cuando empleaban la categoría de palabra “raza”, casi todos los textos asumían una visión biológica del concepto, perspectiva teórica ya descartada no sólo por la antropología moderna, sino también por las ciencias biológicas y la genética. Segundo, casi todos los escritos empleaban la noción biológica de raza sin diferenciarla del concepto de “etnia.” Cabe enfatizar que el Estado hondureño desde mediados de la década de 1970 asumió el vocabulario de etnia como concepto oficial, aún cuando presumía cierta versión del mestizaje histórico particular a Honduras10.

6Tercero, el pasado “etno-racial” de Honduras en los escritos periodistas carecía de periodizaciones complicadas, y se enfatizaba el período colonial como el más importante para comprender el mestizaje actual. Los cruzamientos biológicos y genéticos de las poblaciones durante los siglos XIX y XX se presumen sin historias particulares, ello a pesar de que fue especialmente en el siglo XX cuando más y más hondureños migraron de diferentes regiones, y cuando se dio un mayor y más intenso intercambio genético en Honduras que en otras épocas. Cuarto, estos escritos carecían de distinciones regionales en el pasado etno-racial de Honduras, al margen, cabe de destacar, de la presencia de la negritud garífuna en la Costa Norte desde fines del siglo XVIII.

7Por último, los aportes periodísticos no se diferenciaban mucho de la historiografía moderna que abordaremos pronto. Los editorialistas y periodistas presumían un mestizaje indo-hispano como el común denominador de la historia etno-racial del país. Se admitía a veces la presencia negra, como mínima, en la colonia, pero se presumía que ésta desapareció sin mayores complicaciones culturales ya para comienzos del siglo XIX. En este sentido los periodistas y editorialistas no se diferenciaban de la mayoría de los antropólogos hondureños, cuyos comentarios sobre la negritud hondureña, por ejemplo, tendían a desconocer nexos entre el mestizaje colonial y su legado afro-hondureño y la historia de la negritud garífuna11.

8Previo a mi análisis historiográfico abordo primero algunas palabras que son en realidad sumamente complejas y cuya explicación teórica en realidad requeriría todo un libro. No obstante, no podemos continuar en estos complicados temas empleando usos antojados de ciertas palabras y conceptos. Las diferenciaciones entre ciertas palabras y conceptos no son solamente sencillos problemas semánticos. Como nos recuerda el historiador alemán Lucian Holscher, “la relación semántica entre las palabras y cosas queda fijada en cualquier acta de habla, pero cambia en el tiempo. Descubrir cuál es la relación específica entre lenguaje y realidad histórica es algo abierto a la investigación histórica12.” De hecho, llevo ya 15 años estudiando estas problemáticas y, por lo tanto, no es sencillo simplemente reseñarlos aquí. Sin embargo, es necesario. Comienzo con la palabra “raza”.

9La palabra raza etimológicamente se vincula con el italiano antiguo razza, la cual comprendía a comienzos del siglo XVI, un “pedigrí” o “tipo” de animal seleccionado para su reproducción por su supuesta calidad13. En las lenguas europeas con origen en el latín, y especialmente en el castellano o español, la palabra razza del antiguo italiano comenzó desde el siglo XVI a existir paralelamente, pero con menor grado de importancia social y clasificatoria, con la palabra casta y castas en su sentido plural. “Casta” a su vez merece comentarse también puesto que los historiadores hondureños de fines del siglo XIX, ya distanciados un tanto de la colonia, empleaban más el concepto de “clase” para conceptualizar la estratificación social colonial14, aunque la categoría de raza aparecerá, como veremos pronto, ya en el censo de 1887 y ampliamente en la documentación original del Censo de 1895 consultado por William V. Davidson en el Archivo Nacional de Honduras.

10La palabra “casta” entra al español del francés, castus, o “puro”, especialmente en el sentido del producto de una reproducción orgánica, pero obviamente previo a las ciencias zoológicas, biológicas, y no digamos la genética. Algo casto, entonces, especialmente previo a la colonia, hacía referencia a su supuesta pureza reproductiva, y por ello entonces los vínculos entre casta, castizo y linaje. Igualmente, en este contexto cabe enfatizar los vínculos entre la reproducción de pueblos, sociedades las llamaba el padre de la historiografía hondureña, Antonio R. Vallejo en la época de la Reforma Liberal.

11Otro concepto fundamental para la historiografía postcolonial: etnicidad. Como es bien sabido la palabra deriva de etnia, que a su vez nos llega al español por medio del latín AETHNICUS, y previo a ello, por medio del griego antiguo, refiriéndose a “gente” o “pueblo”, es decir, “etno.” Inicialmente, etno o etnia carecía de las inflexiones de reproducción de calidad orgánica explícita en las palabras Razza o Casta. De hecho, en el griego, la connotación de “calidad” hacía referencia más a la distinción entre “civicus”, ciudadano y “bárbaro” o un extranjero sin la cultura griega, pero no obstante, siempre “etnos”, es decir, gente.

12Estas últimas apreciaciones introdujeron otra palabra que merece cierta consideración: “cultura”. En sus más remotos usos, nos recordó hace muchos años Raymond Williams, cultura se deriva del verbo “cultivar”, pero en el sentido del proceso de cuidar la organicidad de hortalizas y después fincas15. De allí, el ser culto era aquella persona versada en la siembra de las hortalizas. En cierta forma entonces, y aquí se simplifica enormemente, es fácil ver la transición entre aldeas cultas, pueblos cultos, etc. También es fácil ver lo inverso, aquellos carentes de “conocimientos” eran “incultos”. Por supuesto que en este contexto deben también ubicarse las asociaciones entre civilización, cultura y asentamientos de ciudadanos, especialmente en “ciudades”.

13Ahora bien, retomemos de nuevo las palabras de Lucian Holscher: “la relación semántica entre las palabras y cosas queda fijada en cualquier acta de habla, pero cambia en el tiempo. Descubrir cual es la relación específica entre lenguaje y realidad histórica es algo abierto a la investigación histórica.” ¿Qué implicaciones tienen estos planteamientos para mis propósitos aquí? Muchos, pero deseamos especificar algunos. Primero, lo que nosotros entendemos aquí por “raza” “etnicidad” y “cultura” se derivan de una visión teórica particular, especialmente vinculadas con la semiótica y ciertas tendencias de la antropología social, y que a su vez la empleamos para intentar comprender como estas palabras y conceptos se utilizaban en el pasado hondureño y como también las han empleado aquellos que han abordado estos temas y que merecen estudiarse en su sentido historiográfico. En este contexto, por supuesto, dedicamos especial atención a las categorías raciales y étnicas en los censos16.

14En pocas palabras, las razas son “construcciones culturales y sociales” y no esencias biológicas y/o genéticas. Ello no quiere decir que los periodistas y nuestra historiografía en general lo entiendan o lo hayan entendido así, pero nuestras apreciaciones teóricas se fundamentan en las investigaciones más actualizadas a nivel internacional.

15Sea como sea, es a partir del siglo XVIII, con el ascenso de la antropología europea, que se intentan ofrecer teorías generales entre el antiguo uso de razas y designadas historias culturales. Es decir, la diferenciación somática y fenotípica ya para el siglo XVIII se presumen como expresiones orgánicas de cuyos cuerpos emanan “culturas”, y los significados que sistemas culturales le dan a la vida cotidiana.

16Obviamente, esto es previo a la biología orgánica y a la genética desarrollada a fines del siglo XIX. Con la globalización de la colonización en África, Asia y el Medio Oriente, la supuesta relación orgánica entre fenotipo, ya por supuesto entendido como razas, y cultura, se universalizó más allá de las Américas17. Es más, a partir de Carlos Darwin ya la antigua noción orgánica se supone que se hace verdaderamente científica, y con la genética aún más. Se llega a creer, entonces, no sólo en la existencia de razas en el sentido cultural, sino como unidades biológicas y/o genéticas. De hecho, en este contexto la cultura no explica la “calidad” de las razas, sino que la biología o genética explica las culturas18.

17La antropología europea, mientras tanto, se volcó a investigar no tanto la relación raza-cultura, sino la cultura de ciertos pueblos, es decir, ciertos etnos. No obstante, por muchas razones, desde el racismo hasta la ambigüedad de todos estos problemas, muchos antropólogos al abordar la problemática etno-cultura presumían la más antigua noción de raza, o incluso la más moderna noción de raza, como una unidad biológica y/o genética19. Hoy en día, ni la moderna ciencia de la biología ni la más actualizada genética reconocen razas como unidades científicas20. Reconocen solamente diferenciaciones fenotípicas o somáticas que son expresiones exteriores de configuraciones de genes. El significado social de la somática se deriva de culturas particulares, que también son históricas.

18Siendo así las cosas, ¿qué implicaciones tienen estos planteamientos para mi propósito aquí? Sencillamente que al abordar este tema merecen investigarse con suma atención los conceptos, categorías, y palabras que se usaban en los censos y padrones que disponibles entre 1790 y 1890; es más, también se requiere tener bastante claro que el uso de conceptos para el estudio de la diferenciación humana, sea en su sentido social y cultural, o como en su sentido fenotípico, debe enmarcarse dentro de la distribución del poder en cada situación histórica que se estudia21. La hegemonía del mestizaje como discurso en las Américas, y en Honduras, merece explicarse en gran parte, aunque no del todo, como una forma de abordar las relaciones entre fenotipo, cultura, y los privilegios que supuestamente se vinculaban a una u otra supuesta “raza” y entre las castas. En Honduras, la historiografía que de alguna manera ha abordado estos temas goza y sufre de los cambiantes discursos sobre las supuestas relaciones entre fenotipo, etnicidad, cultura y el poder.

Categorías raciales en la historiografía del mestizaje en Honduras

19La historiografía del mestizaje hondureño permanece en su infancia, y sus vacíos contribuyen a fomentar el tipo de escritos periodísticos que reunían las características resumidas ya22. Marvin Barahona, uno de los más importantes historiadores hondureños, nos ha ofrecido la más importante contribución al respecto, especialmente su obra, Evolución histórica de la identidad nacional23. En primer lugar, en dicha obra encontramos una interesante periodización del proceso del mestizaje, es decir de la historia de la mezcla racial en Honduras. Barahona distingue dos etapas de esta historia, una entre la década de 1520 y las primeras décadas del siglo XVIII; y otra entre mediados del siglo XVIII y las primeras décadas del siglo pasado24. Según Barahona, la mezcla racial durante la primera etapa fue exigua, primordialmente por el decaimiento trágico de la población indígena, y por la exigua inmigración española que llegó a Honduras, y también por la exigua presencia de pueblos de ascendencia africana25.

Ahora bien, señala Barahona, dentro del contexto de las reformas borbónicas en el siglo XVIII, la recuperación de las economías de la plata y el añil, la prohibición a los grupos no indígenas de residir en los pueblos de indios, y el incremento poblacional registrado durante ese mismo siglo, el mestizaje, primordialmente entre indios y españoles, no sólo aumentó considerablemente en esa época sino que se concentró en ciertas regiones: especialmente en el ahora llamado departamento de Francisco Morazán, y en los departamentos de Choluteca y Comayagua. Según Barahona, concentraciones poblacionales dentro de estos departamentos atrajeron todo tipo de mezclas raciales, incluyendo mestizos, ladinos, mulatos, pardos y otros distintos a la concentración indígena de los departamentos del occidente del país y la ya despoblada Costa Norte. En fin, según este autor, para fines del siglo XVIII, las familias criollas y españolas solían ser una minoría comparada con la población de la mezcla racial considerada ladina, y a veces hecha equivalente a castas26 (Cuadro 1).

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Cuadro 1 : Categorías raciales y étnicas en Honduras, 1790-1860, Fuentes oficiales, nacionales y locales

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Fecha Categorías Comentarios y observaciones particulares
1791 Indios, indígenas, indígenas sin conquistar o selváticas, ladinos, españoles, mulatos Mulato con frecuencia se registra como ladino. En otras fuentes de la época se empleaba también la categoría de “pardo”. Durante la época, a nivel local, en los registros bautismales, se registraban “criollos” y “mestizos”. Las cifras computadas del censo de 1791 no ofrecen totales por categorías raciales y étnicas. Uso frecuente de “castas”, común en las Americas para la época.
1804 Indios, indígenas, ladinos, españoles, mulatos, zambos, mosquitos, negros caribes, negros Ingleses, negros Las referencias a negros comienzan aquí un proceso particular en Centroamérica por la llegada a Honduras en 1797 desde San Vicente de habitantes que el siglo XX se conocerá como garífunas. En la transición entre los siglos XIX y XX estas poblaciones se conocerán como “morenos” categoría que nunca apareció en los censos.
1832 Indígenas, ladinos Descripción geográfica y estadística del Departamento de Gracias, en el occidente de Honduras, registra estas categorías. El documento fue publicado en La Gaceta, periódico oficial del Estado, en 1855. El Archivo Nacional de Honduras, aun a comienzos de la década de 1980, conservaba más de 90 “padrones” de poblaciones regionales del país entre 1821 y 1868.
1856 Indígenas, ladinos Informe del Gobernador Político del Departamento de Yoro al Estado Nacional registra ambas categorías.
1860 Indígenas, indios, ladinos Los padrones regionales de muchos departamentos de Honduras de esta década marcan una clara diferenciación entre los padrones regionales entre la década de 1820 y 1850. Los padrones de la década de 1860 casi sistemáticamente registran las categorías de Indígenas y ladinos, y neutralizan la variedad colonial.

22Analicemos la categoría de “ladino,” puesto que se ha prestado para mucha confusión, especialmente cuando en la historiografía hondureña se confunde el término ladino con el término mestizo. Según un estudio especializado sobre el tema, la corona española, aún en España, clasificaba como “ladinos” a todos aquellos súbditos del reinado que aún careciendo de la pureza racial española aprendían las lenguas oficiales del reinado o el llamado latín vulgar27. Es decir, en su uso original, la clasificación de ladino no especificaba factores raciales, religiosos, nacionales, etc. No obstante, en las Américas, durante la conquista y el advenimiento de la esclavitud, ladinos solían ser identificados como aquellos grupos no blancos y no indios, pero hispano parlantes, incluyendo las siguientes posibilidades: negros ladinos, mulato ladinos y más28.

23Sigamos con el análisis de Barahona, particularmente con la afirmación de que para 1800 los ladinos representaban la mayoría de la población hondureña de la época. Barahona se fundamenta en un informe demográfico español de 1804 que clasificó la población en tres categorías: españoles, indios, y ladinos (Cuadro 1). Según este informe, la clasificación ladina incluía a mestizos, pardos y otras mezclas raciales, sin duda, mulatos también. Basándose en este informe y en los importantes trabajos de la demografa inglesa Linda A. Newson, Barahona afirma que para la primera década del siglo XIX la población ladina de Honduras representaba el 60% de la población total de 128,000 habitantes29. Por lo tanto, la población indígena no merecía representar más que el 35% de la población, puesto que los habitantes blanco españoles agrupaban a una exigua minoría.

24¿Es ésta una fiel representación de la heterogeneidad racial de Honduras a partir del siglo XIX? Veamos. En varios escritos, Linda Newson nos informa que a fines del siglo XVIII la población indígena de Honduras oscilaba entre el 28% y 30% de la población total30. Si presumimos que para 1804 la población indígena representaba el 30% de la población, ello quiere decir que aproximadamente 35,000 indígenas habitaban el territorio en 1804. Por otro lado, Newson también nos ha ofrecido el siguiente análisis: “si utilizamos datos del censo de 1804 y otros estimados, la población total de indígenas era entonces cerca de 62,69231....”

25Por lo tanto, la población indígena hondureña de 1804 se aproximaba más al 50% del total de habitantes, similar, vale decir, al estimado que ofreció Ephraim E. Squier para 185532. Por ende, quiere decir que la población ladina de cerca del año de 1800 se aproximaba a: entre el 40% y 45% de la población. No obstante, estos porcentajes representan menos que el 60% proyectado por Barahona, el único historiador hondureño, merece señalarse, que se ha interesado en serio sobre este asunto. Pero, cabe destacarse que toda esta tediosa discusión igualmente enjuicia el estimado que la población ladina de 1804, aún oscilando entre el 40% y 45% de los hondureños (entre 51,000 y 57,000 personas) y no el 60%, representaba un mestizaje entre indios y españoles blancos, es decir, un mestizaje indo-hispano tal como se presumía durante la segunda mitad del siglo XX.

26¿A qué conclusiones me lleva este análisis? En primer lugar, debemos de escudriñar la homogeneidad y progresivo mestizaje que muchos autores reducen solamente a la mezcla entre indígenas y españoles, con una porción muy minoritaria de lo negro33. En segundo lugar, todo lo anterior nos dice que debemos de tomar más en serio la evidencia que ofrece la propia Linda A. Newson sobre las clasificaciones y categorías raciales disponibles en la documentación colonial34. Por ejemplo, según Newson, durante el siglo XVII los informes españoles distinguían entre españoles, mestizos, mulatos y negros. Sin embargo, ya para el siglo XVIII los últimos tres grupos solían ser clasificados como ladinos, restándole, por ende, gran heterogeneidad a las castas raciales del país35.

27En este contexto, merece destacarse otro planteamiento hecho por Newson, sin duda la más importante demógrafa que haya estudiado el período colonial hondureño. Según Newson, la mayoría de los “ladinos” durante el siglo XVIII eran, por un lado, mestizos, mezcla de indios y españoles blancos, y, por otro lado, mulatos, producto de españoles “blancos” y negros, divididos en relación proporcional de uno a tres. Es decir, por cada mestizo había tres mulatos36. Si ello es válido, los hondureños ladinos de principios del siglo XIX, entre 51,000 y 57,000 habitantes, incluían a un 66% de mulatos y el 34% de mestizos37. Estas cifras contradicen las afirmaciones de los colegas Barahona, Argueta, y la presunción general compartida por muchos intelectuales hondureños38. Es más, estos datos nos ofrecen una Honduras, a inicios del siglo XIX, compuesta aproximadamente de la siguiente clasificación racial: ¿indígenas? 50%; ¿mulatos? 25%; ¿mestizos? 15%; y, por último, quizás el restante 10% dividido entre blancos, negros, pardos, etc39. Esta heterogeneidad no se encuentra en las categorías somáticas entre fines de la colonia y mediados del siglo XIX (Cuadro 1).

28Desafortunadamente, durante el siglo XIX esta variedad racial oficialmente se siguió encubriendo mediante el uso del término “ladino40 .” Ello lo he podido constatar gracias a, entre otros testimonios, un documento que compartió conmigo mi colega Marvin Barahona, un documento titulado “Instrucciones a los Empadronadores” capacitados para realizar uno de los censos más importante del siglo XIX, el censo realizado en 1887 por Antonio Vallejo (Cuadro 2).

29Cuadro 2 : Categorías raciales y étnicas en Honduras, 1881-1901, Fuentes oficiales y nacionales

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Fecha Categorías de censos Comentarios y observaciones particulares
1881 No se registraron categorías raciales en la publicación oficial del censo. Primer esfuerzo censal “moderno” de la época postcolonial. Presumimos que se hubiesen empleado las categorías de “ladino” e indios, tal como el censo de 1887. Sin embargo, diferentes intelectuales en diferentes escritos públicos registraban otras categorías, incluyendo “negro”, “blanco”, “caucásica” y “mestizos”, y hasta la “raza etiópica.”
1887 Ladinos, indígenas Según instrucciones oficiales, “ladinos” incluiría a “todos los individuos de cualquier raza.” Este fue el primer censo moderno de la época postcolonial. La versión publicada desafortunadamente no registra resultados regionales. El principal organizar y redactor de este censo, quien giro las instrucciones citadas, en ciertos escritos registro la categoría de “raza Africana.” Esta misma autoridad también en ciertos escritos se refiere a “ladinos o blancos” y “negros caribes”.
1895 .¿Ladinos, indígenas? El Pliego de Empadronamiento para el Censo de 1895 registro las siguientes interrogantes: “¿De qué raza es?” El Censo registró por lo menos 31 respuestas a la pregunta: amarillo(a), americano(a), blanco(a), caribe, caucaciano(a), centro-Americano(a), cobriso(a), español(a), hicaca, hicaque, hispano-Americano(a), indígeno(a), indio(a), ladino(a), mestizo(a), misto(a), moreno(a), mulato(a), negro(a), palla, paya, sajon(a), sambo(a), selvatico(a), sumo(a), trigueño(a), ycaca, ycaquez, yndije, yndio(a), y zambo(a).
1901 No se registraron categorías raciales en la publicación oficial del censo. Sin embargo, en una Guía de Honduras, publicación oficial de 1904, se registran cuadros con cifras para sólo dos categorías raciales: indios y ladinos.

31Según estas mismas instrucciones, confusiones en torno a las clasificaciones raciales perecerían ante la obligación de incluir todas las otras mezclas raciales dentro de la categoría llamada “ladino41.” Supongo que si se hubiera publicado la documentación censal de 1895 que hoy se encuentra en el Archivo Nacional de Honduras, igual se hubiese generado una categorización binaria “ladino-indígena” semejante a la que se registró en el Censo de 1887, aun cuando en 1895, como ya se destacó, la población hondureña respondió con más de 31 términos etno-raciales en respuesta a la siguiente interrogante, “¿De qué raza es?” William V. Davidson coincide con mi suposición. Según Davidson, “si el gobierno [de 1895] hubiese publicado una copia final [del censo], probablemente hubiera reportado solamente dos categorías, [ladinos e indígenas][42][43].

32La historiografía que surgió en Honduras a fines del siglo XIX, y aquella que la sucedió en siglo XX, poco se preocupó por investigar la historia demográfica en general y menos la indígena o negra. Las publicaciones de Murdo C. MacLeod, y en particular las de Linda Newson en la década de 1980, registraron estimados serios sobre la población indígena desde la colonia hasta las postremías de la Independencia. Como hemos visto, según estos estimados, la población indígena para 1800 era de aproximadamente 63,000 habitantes, casi el 50% de la población del país. Es más, Newson estima que la población indígena a comienzos del siglo XVI era de aproximadamente 800,00 pobladores. Previo a los estimados de Newson, las apreciaciones sobre la sobrevivencia y reproducción indígena hondureña durante la colonia merecen caracterizarse por su completa ignorancia o por su aceptación de lo misterioso del tema44.

33Por ejemplo, en 1899, el chileno Robustiano Vera, en una obra muy reconocida durante su época, decía que en los momentos de la conquista la población indígena de Honduras “no excedía de nueve mil indios45.” Historiadores hondureños que formaron amplia opinión sobre estos temas mediante la docencia durante los primeros cincuenta años del siglo XX, especialmente Félix Salgado (1872- 1945) y Perfecto H. Bobadilla (1889-1954) fueron más humildes demógrafos que el extranjero Vera. Según Salgado, en una obra clásica, aún en 1928 reconocía que la presencia indígena permanecía “incógnita46.” Por su parte, el profesor Bobadilla, en su Cartilla Histórica de Honduras, publicada por primera vez en 1933, y que gozó de seis ediciones hasta 1948, señaló que el número de habitantes indígenas durante la colonia era “desconocido” pero que casi fueron “extinguidos47.”

34Opiniones serias sobre la historia demográfica indígena durante el siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX han sido casi inexistentes, al margen, cabe enfatizar, de aquellas vertidas por Efraín G. Squier desde mediados del siglo XIX. Lamentablemente, aun siguen sin consultarse los numerosos padrones y otros cuadros estadísticos decimonónicos en el Archivo Nacional de Honduras. Siendo así las cosas, existen numerosos proyectos que merecen atención urgente dentro de una eventual historia de la resistencia indígena del país. Primero, se necesita un estudio profundo sobre la historia demográfica de la presencia indígena hondureña durante el siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX48. Como ya lo destaqué, para la época colonial se cuenta con la obra de Linda Newson. Al famoso censo de Antonio Ramón Vallejo de 1887 en realidad hoy en día debe sustituirlo, para el propósito de este ensayo, el muy poco conocido censo de 1895, descubierto y publicado hace ya más de una década por el acucioso investigador norteamericano, William V. Davidson. Sin embargo este importante censo no ha sido trabajado por investigadores49.

35Desafortunadamente, para casi todo el siglo XIX existen investigaciones casi sólo de extranjeros como Efrain G. Squier, y aún no se superan los esfuerzos de Héctor Pérez Brignoli publicados hace más de tres décadas50. Este vacío historiográfico persiste aún cuando Francisco Guevara-Escudero efectuara ya estudios aproximados al respecto a comienzos de la década de 1980, utilizando, cabe enfatizar, más de noventa padrones poblacionales para casi todas las regiones en Honduras. Guevara-Escudero encontró estos padrones en el Archivo Nacional de Honduras, a pesar de la triste situación en que se encontraba el archivo durante la década de 1980 y hasta que se traslado a la Antigua Casa Presidencial durante mi gestión como Gerente del Instituto Hondureño de Antropología e Historia a fines del 2006 y comienzos del 200751. Por último, ya se publicó por fin el estudio más sistemático sobre la población étnica de Honduras fundamentado en el último censo con que contamos, el de 200152.

A manera de conclusión

36La esclavitud en Honduras se abolió en 182453 . A los pardos y mulatos, para propósitos de las elecciones a diputaciones provinciales de la época, se les otorgó la ciudadanía electoral en 1820. Era una situación novedosa pero promisoria. Como lo indique ya, se sabe, por ejemplo, que José Flamenco, vecino mulato de Choluteca, en 1820 se quejó ante la Diputación Provincial de Guatemala porque el Alcalde Mayor de Tegucigalpa había excluido a los mulatos y pardos de participar en las elecciones del Ayuntamiento54. Las preguntas claves aquí son: ¿Hasta qué punto y cómo se transformaron al nivel local identidades negras y mulatas como la de José Flamenco en ciudades cabeceras y otras poblaciones urbanas en Honduras en generales en el siglo XIX? ¿Cómo incidió este proceso en la categorización racial heredada de la colonia?

37El primer presidente de Honduras después de la separación de la Federación de Centroamérica fue, interinamente entre 1839 y 1841, Francisco Zelaya y Ayes, el más acaudalado hacendado de Olancho, y descendiente de los conquistadores españoles en el Siglo XVII55. Asumió el poder Zelaya y Ayes en el contexto de la destrucción de la Federación y destierro de Morazán y desempeñó el poder desde Juticalpa, considerado por las autoridades españolas a comienzos del siglo XIX como un municipio mulato. En 1821, Juticalpa con 1,200 habitantes, y para ese entonces los pueblos de Olancho transitaban ya a una categorización que depuraba sus identidades indígenas y sobre todo afro descendientes56.

38Lo sustituyó a Francisco Zelaya Ayes, el General Francisco Ferrera (1794-1851), quien gobernó el territorio entre 1841 y 1847. Ferrera nació en San Juan de Flores, un pueblo cerca de Tegucigalpa, en lo que Guevara-Escudero define como la zona central de Honduras a comienzos del siglo XIX. No se sabe el nombre de sus padres, pero si se sabe que fue producto de un amancebamiento inter-racial colonial. De hecho, Ferrera nació clasificado como “pardo”, y por lo tanto fue de los primeros pardos que gozó de la ciudadanía electoral en 1820 cuando tenía 26 años. Fue alcalde de su pueblo, y en la década de 1820 primero se vinculó con el liberalismo de Francisco Morazán. Ya para la década de 1830 terminó como su enemigo, y es más, en 1845 autorizó el primer fusilamiento de un presidente de Honduras, Don Joaquín Rivera57. Rivera a su vez, como Francisco Zelaya, descendía de españoles y de las familias más notables de Tegucigalpa, las que se jactaban de su pureza de sangre. Ramón Rosa, el intelectual más importante de la Reforma Liberal de Honduras en las décadas de 1870 y 1880, Ministro de Estado en esa época, y admirador de Rivera, caracterizo a Ferrera como el “mulato de hierro58.”

39Sabemos muy poco sobre la situación etno-racial de Ferrera durante su vida y gobierno, pero algunos elementos que registraremos en seguida nos señalan que en Ferrera tuvimos en Honduras en los años de 1840 el primer hombre poderoso a nivel nacional que de una manera u otra contribuyó a subsanar y ofuscar la herencia negra que “manchó” su nacimiento y le puso en sus primeros años mozos en situaciones difíciles. Sabemos, por ejemplo, que en 1819, a la edad de 25 años, siendo como decía el cura de su pueblo, “mulato vecino de ésta”, las autoridades de Tegucigalpa lo hicieron objeto de una “causa criminal” injusta por un supuesto escándalo en estado de ebriedad e insubordinación59. Las autoridades coloniales describieron a Ferrera así: de “cuerpo bajo y grueso, color trigueño, pelo crespo cortado, con una cicatriz sobre el labio superior y otra en el carrillo60[

40Esta descripción de Ferrera en 1819, a su vez introduce otro elemento que desde fines del siglo XVIII en Honduras contribuyó a complicar el asunto de la adscripción racial- en este caso “mulato”- vis-a-vis la flexibilidad racial posible mediante una pigmentación oscura que no necesariamente implicaba ascendencia negra o africana. Me refiero a la noción del color “trigueño,” el cual tiene origen en el castellano refiriéndose al color del “trigo” pero no necesariamente a una clasificación racial deducida de la pigmentación “trigueña” en sí. De hecho, tenemos documentos coloniales de la década de 1790 de españoles embarcados para Trujillo con las siguientes descripciones fenotípicas: (1) “Juan Reyes, bajo de cuerpo, color trigueño, barba y pelo cano, ][y] ojos melados oscuros”; (2) Josef Herrera, alto de cuerpo, ojos melados, y barba negra, trigueño claro.” Otros ejemplos podían citarse61. Lo importante es que el “color trigueño” en Ferrera llevaba otro significado, no necesariamente sólo por la pigmentación sino también que por el legado de su ascendencia racial africana.

41Más significativo para mis propósitos es que para 1842 Ferrera emitió un decreto que ordenaba “la repatriación de todos los morenos y demás individuos del Puerto de Omoa que habían abandonado el territorio nacional por los años 1832-33, a raíz del movimiento revolucionario acaudillado por el General Vicente Domínguez62.....”¿A qué “morenos” se refería Ferrera? ¿Qué significado tenía esa caracterización y categoría racial dado la reciente abolición de la esclavitud y también del régimen de castas? ¿Qué implicaciones tuvo en la visión de Estado en categorización general de la negritud en Honduras? Ferrera se refería a miembros de lo que se llaman hoy en Honduras negros “garífunas”, que entonces se conocían en Honduras por “caribes negros”, “caribes” o “morenos,” lo cual aún entonces implicaba que siendo “trigueños” en pigmentación descendían de “razas” diferentes que los españoles “trigueños”. Los Libros de Bautismo de Trujillo para los años 1850 están llenos de registros de “negros caribes” y “morenos,” ello en un pueblo que durante la colonia se pobló por unos pocos españoles, quizás “trigueños”, y más por mulatos y pardos63.

42En 1797, como es bien sabido en la historiografía hondureña, los ingleses depositaron en Roatán, y luego en el puerto de Trujillo, entre 2,000 a 4,000 garífunas, a su vez gentes de una mezcla racial de negros africanos e indígenas en la Isla de San Vicente. Los ingleses deportaron a los garífunas a Honduras por represalia a la resistencia que ofrecían a sus esfuerzos por subyugarlos64. Ya para el decenio de 1820, los “morenos” y “caribes” oriundos de San Vicente, como las autoridades españolas los identificaban, comenzaron a poblar el litoral caribeño65. De hecho, algunos emigraron hasta pueblos remotos del litoral Caribe de Honduras, incluso a Santa Rosa de Copán, cerca de la frontera con Guatemala66. Es más, como lo señaló el decreto de Ferrera de 1842, algunos morenos se involucraron en las guerras civiles de la época, como el levantamiento del general Vicente Domínguez.

43El decreto de 1842 hacía referencia a eventos que comenzaron en 1831, cuando el Gral. Francisco Ferrera, entonces bajo el mando del general Francisco Morazán, reprimió en Trujillo un primer esfuerzo militar del general Domínguez, entonces aliado con los morenos oriundos de San Vicente. Se persiguió a los morenos, algunos de los cuales huyeron a Belice. Morazán, reflexionando sobre el hecho, sugería la dispersión de los “caribes”, especialmente los jóvenes, a los puertos hondureños del Pacífico67. En 1832, el general Domínguez, aparentemente otra vez con aliados caribes, pero apoyado desde Guatemala por enemigos de Morazán, se enfrentó de nuevo con el ahora general Francisco Ferrera. Esa vez, el enfrentamiento militar sucedió a seis leguas de la cabecera del Departamento de Yoro, es decir en Yoro, un pueblo fundada por mulatos libres en 164968. Diez años después del enfrentamiento en Yoro, Ferrera ordenaba la repatriación de los “morenos”. De esta manera, en este ensayo sostengo, se le adjudicaba, a nivel discursivo, desde el Estado, la “verdadera negritud” a los caribes arribados desde 1797, y así generando una nueva categorización racial oficial. La herencia africana colonial pre-garífuna se fue no sólo negando, sino menospreciando desde la cumbre del poder del Estado, incluso por mulatos libres, descendientes de cimarrones, aquellos que fundaron Yoro.

44Creo que el ascenso al poder del Estado nacional de Ferrera sirvió también para que los importantes sectores mulatos y pardos, ahora más y más “trigueños” supuestamente sin ascendencia racial, ya ciudadanos y durante una época en que la esclavitud en Honduras estaba abolida, asumieran ya plena libertad ciudadana a nivel regional, libertad que previo a 1820 se vinculaba con su estatus de subjetividades y categorías negroides y despreciadas como “mulatos libres” y “pardos libres69.” Supongo que en la década de 1840 en el pueblo de Yoro, y el Departamento de Yoro en general, como en otras poblaciones otrora mulatas y pardas, como en el Departamento de Olancho mismo, y casi toda la costa caribeña hondureña70, comenzaron sus pobladores pensantes a reflexionar sobre el significado de su herencia negra en la época de la construcción de una nacionalidad republicana, aun cuando en 1850 quizás la mitad de población de Honduras seguían siendo “indígena”, no digamos en el Departamento de Yoro, donde los antiguos tolupanes seguían siendo mayoritarios.

45Abordemos este caso particular de los indígenas tolupanes para ilustrar de lo que considero un proceso más generalizado entre las décadas de 1850 y 1890 en Honduras71. Los tolupanes sobrevivieron la catástrofe demográfica indígena registrada entre los siglos XVI y XVII, y en cierta manera, como en toda Honduras, se recuperaba en términos demográficos durante todo el siglo XVIII. De hecho, en 1800 casi la mitad de la población de Honduras era indígena, aunque ya para el siglo XVIII los tolupanes habían abandonado el litoral caribeño. Para comienzos del siglo XIX ese sector se poblaba con los caribes negros o morenos. Los tolupanes se mantenían no obstante en todo el Departamento de Yoro, y su mayoría resistía, en el siglo XVIII, una nueva evangelización de los misioneros franciscanos72.

46Todavía en 1813, el inspector franciscano de la región declaraba que los tolupanes no sólo reprochaban los curas, sino que también “odiaban el civismo73 .” Sin duda que el “civismo” a que se refería el cura en 1813 presumía el civismo cristiano de San Agustín y su “Ciudad de Dios”, y no todavía el civismo o “civilización” de la ciudad laica que reivindicarían los ideólogos de la Reforma Liberal, y más y más los mulatos y pardos antaño “libres” y hechos ciudadanos a comienzos del siglo XIX y sus descendientes después. Ambos discursos implicaban, por un lado, para los tolupanes, una aculturación funesta, y para las subjetividades afro-descendientes un blanqueamiento y la atribución de la negritud solamente a los garífunas.

47De hecho, desde fines del siglo XVI, la documentación colonial registraba la palabra jicaque como sinónimo de “bárbaro”, “pagano” y “salvaje” y se aplicaba a todo grupo indígena semi-nómada, y que subsistía de la caza y la pesca. Inicialmente, los españoles y las castas empleaban, el término también para los ancestros no sólo de los tolupanes del siglo XVIII, sino los ancestros de otros indígenas semi-nómadas que también resistían aún la evangelización y conquista74. Para ese entonces, los tolupanes que resistían fueron poco a poco clasificados como “enmontañados” y “selváticos”, es decir, sin “gozar” de las reducciones de los Franciscanos. Ya para el decenio de 1860, bajo el Estado nacional, el gobierno del general Medina responsabiliza a los gobernadores de velar por la “civilización” de las “tribus selváticas”. Para fines del siglo XIX, la Ley de Municipalidades llevaba un artículo, vigente aún durante la década de 1920, que le cedía a los gobernadores políticos la protección de las tribus selváticas y su civilización75.”

48Este proyecto civilizador del siglo XIX era por supuesto común a las Américas en la época. Basta recordar que el argentino Domingo Sarmiento publicó su famoso Facundo: Civilización y Barbarie en 1845. Sin embargo, nuestro argumento aquí, al vincular a largo plazo el civismo cultural del Departamento de Yoro con el proyecto civilizador de los mulatos y pardos de la región, no presume lecturas de la obra de Sarmiento y su operatividad en el Valle de Aguán, región de los tolupanes y los descendientes de los mulatos y pardos. El argumento aquí es otro, aunque no contradice la posible influencia de Sarmiento y sus portavoces en Honduras, los cuales los hubo, especialmente en Adolfo Zúñiga (1835-1900), uno de los principales ideólogos de la Reforma Liberal después de Ramón Rosa76.

49Mi argumento es que el civismo cultural promovido en el Departamento de Yoro, luego del ascenso al poder del Estado Nacional del General Gregorio Ferrera, en particular en el pueblo de Olanchito, como sin duda en otros departamentos del país en esas décadas, representó una visión “civilizadora” no sólo para los selváticos, sino que representó también la construcción de una subjetividad ciudadana, con su correspondiente secuencia de categorías raciales entre “indígenas” y “ladinos” que negaba una fuerte ascendencia negra, mulata, y parda, y que enfatizaría, a la larga, en su expresión fenotípica, la pigmentación “trigueña”. Para fines del siglo XIX, ello fue el donante que redujo a la antigua heterogeneidad racial hondureña colonial a dos categorías: “indígenas” y “ladinos”. Ese binomio fue el que se reportó en el censo de 1887, y probablemente que se hubiera publicado en el Censo de 1895, ello a pesar que probablemente el pueblo conservaba aun un léxico étnico y categorías raciales mucho más amplio y diverso heredado de la época colonial77.

50Notas de pie de página

511 Este ensayo se desprende de una extensa, pero inédita ponencia: Darío A. Euraque, “200 Años de Categorías Raciales y Étnicas en Honduras, 1790-1990s”. Presenté esa ponencia ante la Tercera Conferencia Internacional de Población del Istmo Centroamericano, Centro Centroamericano de Población, Universidad de Costa Rica, San José, Costa Rica, 16 al 19 de noviembre del 2003.

522 Darío A. Euraque, Estado, Poder, Nacionalidad y Raza en la Historia de Honduras: Ensayos (Tegucigalpa: Ediciones Subirana, 1996); Darío A. Euraque, Conversaciones Históricas con el Mestizaje en Honduras y su Identidad Nacional (San Pedro Sula: Centro Editorial, 2004), y más recientemente, El golpe de Estado del 28 de junio de 2009, el Patrimonio Cultural y la Identidad Nacional de Honduras. (San Pedro Sula: Centro Editorial, 2010), págs. 298-363. Para el tema del mestizaje a nivel centroamericano, ver Darío A. Euraque, Jeffrey L. Gould y Charles Hale, editores, Memorias del Mestizaje: Política y Cultura en Centroamérica, 1920-1990s, (Guatemala: CIRMA 2004), y Ronald Soto Quirós y David Díaz Arias, Mestizaje, indígenas e identidad nacional en Centroamérica: De la Colonia a las Repúblicas Liberales, Cuaderno de Ciencias Sociales, No. 143 (San José, Costa Rica: FLACSO, 2006).

533 Mario R. Argueta, “En Torno al Debate Étnico,” El Heraldo, Tegucigalpa (19 de octubre, 1996), y Alfredo León Gómez, “Hacia Una Nueva Historiografía,” La Tribuna, Tegucigalpa (30 de noviembre, 1996).

544 Rodolfo Pastor Fasquelle, “La Raza y la Política en Honduras,” El Heraldo, Tegucigalpa (19 de octubre, 1996). Véase a Breny Mendoza, “La Desmitologizacion del Mestizaje en Honduras: Evaluando Nuevos Aportes” Mesoamérica, 42 (dic., 2001), págs. 256-278.

555 Rodolfo Pastor Fasquelle, “La Raíz del Racismo Ayer y Hoy”, Yaxquin, Tegucigalpa, Revista del Instituto Hondureño de Antropologia e Historia, vol. XXIV, no. 1 (2008), pág. 145.

566 Conversaciones Históricas con el Mestizaje, págs. 9-36. Ver también, Darío A. Euraque, “Apuntes para una Historiografía del Mestizaje en Honduras”, Revista Iberoamericana, Madrid, España, 19 (2005), págs. 105-25.

577 William V. Davidson, Censo Étnico de Honduras, 2001, Cuadros y mapas basados en el Censo Nacional (Tegucigalpa: Academia de Geografía e Historia, 2011), pág. 55. Esta referencia me la señaló el Dr. William V. Davidson, quien es el único investigador experimentado que ha trabajado sistemáticamente los materiales originales del Censo de 1895. El Dr. Davidson editó la única versión publicada del mismo. Correos electrónicos, William V. Davidson a Darío A. Euraque, 19, y 21 y 22 de julio de 2011. Fue un estudiante del Dr. Davidson, Taylor Mack, quien en 1994 descubrió los originales padrones originales del material censal de 1895 que ni la población hondureña, ni el Estado en ese entonces nunca conocieron. Los documentos originales, que yo examiné brevemente en el 2006, aun se encuentran en el Archivo Nacional de Honduras en Tegucigalpa. Ver, Noé Pineda Portillo, “Presentación”, en William V. Davidson, Honduras: estructura territorial y estadística según el Censo de 1895 (Tegucigalpa: Academia Hondureña de Geografía e Historia, 2002).

588 Varios trabajos del simposio de octubre de 1996 se reprodujeron en Marvin Barahona y Ramón Rivas, editores, Rompiendo el Espejo: Visiones sobre los Pueblos Indígenas y Negros en Honduras (Tegucigalpa: Editorial Guaymuras, 1998). En septiembre 1996 asistí a un seminario patrocinado por el Instituto Hondureño de Antropología e Historia, cuyos trabajos se publicaron como, Significado de los Movimientos Populares en la Gestación del Estado y la Identidad Nacional en Honduras, Memoria del Seminario de Historia, Estudios Antropológicos e Históricos, no. 12 (Tegucigalpa: Instituto Hondureño de Antropología e Historia, 2000).

599 Ejemplos importantes son, Pedro Pineda Madrid, “Mestizaje,” El Heraldo (13 de julio, 1997); Felipe Elvir Rojas, “Retorno al Taparrabo,” La Tribuna (12 de noviembre, 1997); Juan Ramón Martínez, “200 Años,” La Tribuna (8 de abril, 1997); y Orlando Henríquez, “Razas,” La Tribuna (17 de marzo, 1996).

6010 Conversaciones Históricas con el Mestizaje, págs. 165-246.

6111 Sobre la categorización de los garífunas y el mestizaje en Honduras, ver Darío A. Euraque, “La Diáspora Africana en Honduras: Entre la Esclavitud Colonial y la Modernidad del Protagonismo Garífuna,” en Rina Caceres Gómez, editora, Del Olvido a la Memoria, Vol. 1, Africanos y Afro mestizos en la Historia Colonial de Centroamérica (San José, Costa Rica: Oficina Regional de la UNESCO, 2008), págs. 37-56.

6212 Lucian Holscher, “Fundamentos teóricos de la historia de los conceptos,” en Ignacio Olibarri y Francisco Javier, compiladores, La Nueva Historia Cultural: Influencia del postestructuralismo y el auge de la interdisciplinidad (Madrid: Editorial Complutense, 1996).

6313 Raymond Williams, Keywords: A Vocabulary of Culture and Society, (Oxford: Oxford University Press, 1983), págs. 248-250.

6414 Ejemplo clásico es, Antonio R. Vallejo, Compendio de Historia Social y Política de Honduras, Tomo 1 (Tegucigalpa: Tipografía Nacional, 1882).

6515 Keywords, págs. 87-93.

6616 Un recuento breve de la evolución de los censos en Honduras se encuentra en Doreen S. Goyer y Eliane, The Handbook of National Population Censuses, Latin America and the Caribbean (Westport, CT: Greenwood Press, 1983), págs. 215-222.

6717 Mary Louise Pratt, Imperial Eyes: Travel Writing and Transculturation (London: Rutledge Press, 1992).

6818 Eminentes pensadores hondureños de los siglos XIX y comienzos del siglo XX dejaron escritos que asumían elementos de esta perspectiva racial. Ejemplos son, Francisco Cruz (1820-1895), “Negros,” en Cruz, Botica del Pueblo (Madrid: Librería General de Victoriano Suarez, 1901), pág. 208; “Paulino Valladares (1881-1926)”, en Ramón Oqueli, editor, El Pensador y su Mundo, (Tegucigalpa: Editorial Nuevo Mundo, 1972), págs. 153-154; Froylan Turcios (1874-1943), “La raza de los turcos,” Revista Ariel, no. 76 (1940), pág. 1904; Alfonso Guillén Zelaya (1887-1947), “Nuestra raza y el racismo,” en Conciencia de una Epoca, Tomo 2 (Tegucigalpa: Editorial Universitaria, 1999), págs. 140-143; Rafael Heliodoro Valle (1891-1959), “Hombre de América,” en Olga Joya, compiladora, España en las letras Hondureñas (Tegucigalpa: Editorial, 1992), pág. 80; Jesús Aguilar Paz (1895-1974), “La Vida del Hondureño,” en Aguilar Paz, Leyendas y Tradiciones de Honduras (1930) (Tegucigalpa: Museo del Libro Hondureño, 1989 ), págs. 328-331.

6919 Textos clásicos de esta historia intelectual se resumen en H.F. Augstein, Race: The Origins of an Idea, 1760-1850 (Bristol: Thoemmes Press, 1996).

7020 Me fundamento en varios textos, especialmente Jonathan Marks, Human Biodiversity: Genes, Race, and History (New York: Aldine de Gruyter, 1994) y Michael Alan Park, editor, Biological Anthropology: an Introductory Reader (London: Mayfield Publishing Co., 1998).

7121 Pude sistematizar mis ideas sobre relaciones entre el poder y cultura y la historiografía latinoamericana en un seminario que impartí en Argentina hace años titulado, “Cultura, poder y política desde una perspectiva comparada: América Latina, Argentina y Córdoba (Siglos XIX y XX). Universidad de Córdoba, Argentina, 23 al 27 de octubre, 2000. Agradezco a la Dra. Gardenia Vidal aquella experiencia.

7222 A pesar del llamado hecho por un historiador hondureño desde la década de 1980 para que nos avocáramos a estudiar el fenómeno del mestizaje. Segisfredo T. Infante, “Prolegómenos a la Cultura: Una experiencia en Choluteca,” Pensamiento Hondureño, No. 2 (enero- junio 1987), págs. 86 93.

7323 Aun carecemos de análisis minuciosos a nivel local del sistema de castas. El hecho que el Padrón de Tegucigalpa de 1821 no incluya categorías raciales aboga por una fluidez étnico-racial en Tegucigalpa, así como lo señala Mario F. Martínez Castillo; no obstante, Tegucigalpa no era Honduras y, por lo tanto, creemos que el sistema de castas en otras regiones y localidades merecen su propio estudio. Sobre el padrón de 1821 y el problema étnico-racial consúltese a Kevin Avalos Flores, “La estructura doméstica y socio-ocupacional de la Villa de Tegucigalpa en 1821,” Proyecto de Tesis de Maestría, Universidad de Costa Rica (junio 1995), págs. 52-58.

7424 Marvin Barahona, Evolución Histórica de la Identidad Nacional (Tegucigalpa: Editorial Universitaria, 1991), págs. 124 166.

7525 Una es la de Mélida Velásquez, “El Comercio de Esclavos en la Alcaldía Mayor de Tegucigalpa, Siglos XVI al XVIII,” Mesoamérica, 42 (diciembre, 2001), págs. 199-222.

7626 Evolución Histórica, págs. 64 66 y 184 188.

7727 José Piedra, “Literary Whiteness and the Afro Hispanic Difference”, en The Bounds of Race: Perspectives on Hegemony and Resistance, ed. Dominick LaCapra (Ithaca: Cornell University Press, 1991), pág. 293.

7828 Jack D. Forbes, Africans and Native Americans: The Language of Race and the Evolution of Red Black Peoples segunda edicion (Urbana: University of Illinois Press, l993), págs. 76 y 176.

7929 Evolución Histórica, pág. 184.

8030 Linda A. Newson, “La Población Indígena de Honduras bajo el Régimen Colonial,” Mesoamérica, no. 9 (junio 1985), pág. 43, y Linda Newson, The Cost of Conquest (Boulder: Westview Press, 1986), págs. 307 308.

8131 The Cost of Conquest, pág. 312.

8232 Ephraim G. Squier, Notes on Central America (New York: Alfred Knopf, 1969), págs. 52 53 y 203.

8333 Por ejemplo, mi colega y amigo historiador Mario R. Argueta incluye en su historia de la contribución “mestiza” al trabajo colonial a mulatos, pardos, y todos aquellos productos de españoles e indígenas. Mario R. Argueta, Historia Laboral de Honduras: de la conquista al Siglo XIX, segunda edición (Tegucigalpa: SECTUR, 1986), pág. 171. Otra visión fundamentada en el Informe de Anguiano que también merece reevaluarse es la de Olga Joya, “Identidad Cultural y Nacionalidad en Honduras,” en Joya, compiladora, Honduras Ante el V Centenario del Descubrimiento de América, (Tegucigalpa: CEDOH, 1991), págs. 20-26.

8434 La variedad racial colonial y sus posibles relaciones con la época postcolonial a veces se reducen sin prejuicio consciente. Por ejemplo, un colega hondureño caracteriza a un pueblo sureño como “un antiguo pueblo de indios Lencas” al mismo tiempo que afirma que su “población se componía durante el tiempo de la colonia en su mayoría de negros, mulatos y pardos.” Ver Francisco A. Flores Andino, “Monografía Suscinta del Pueblo de San Antonio de Langue,” Revista Geográfica, Tegucigalpa, no. 1 (1993), págs. 64-68. Agradecemos al Sr. Flores Andino el compartir estos escritos con nosotros.

8535 “La Población Indígena”, págs. 38 39. Una importante historiadora que conoce el caso hondureño ha abogado por mantener el uso del término “ladino,” a pesar de no ser “un grupo homogéneo y que dentro de él se pueden diferenciar varios subgrupos….” Ver a María de los Angeles Chaverri, “El Grupo Ladino en el Contexto de la Sociedad Colonial de Honduras,” Paraninfo, Tegucigalpa, año 2, no. 3 (julio 1993), pág. 91. Yo, al contrario, deseo enfatizar la heterogeneidad racial.

8636 Según otro importante autor, en los Libros de Bautismos, matrimonios y defunciones de 1781 a 1821 en el Valle de Comayagua, uno de los valles más importantes del país, “una grandísima parte de los que están registrados en esa catedral son mulatos y pardos, sin contar los negros”, Federico Lunardi, Honduras Maya (Tegucigalpa: Imprenta Aristón, 1948), pág. 15.

8737 Existen diferentes estudios que sustentan mi planteamiento. Según el Padrón de la Feligresía de la Parroquia de San Miguel de Tegucigalpa fechado en 1777, “bajo el rubro de mulatos se incluía a un 66% de la población”. Marcos Carías Zapata, “La Tiranía de los Conquistadores”, Historia Crítica, no. l (enero 1980), pág. 14. Más importante aún es el excelente trabajo de Luis P. Taracena Arriola, “Minas, Sociedad y Política: La Alcaldía Mayor de Tegucigalpa,” (Tesis de Maestría, Universidad Nacional de Costa Rica, 1993), págs. 82-87 y 102-106.

8838 Existe otro estudio preliminar que sustenta nuestros planteamientos. Este fue realizado en una investigación en un Libro de Bautismos entre los años 1800 y 1809 en el sureño departamento de Choluteca. Según este estudio, “es obvio que los mulatos libres….eran todavía poblacionalmente predominantes en las primeras décadas del siglo diecinueve….” Segisfredo Infante, “Cultura y Mestizaje en Choluteca,” Presencia Universitaria, año 20, no. 146 (septiembre 1994), pág. 9. Agradecemos a Carlos Maldonado el habernos mostrado este importante trabajo cuando fungió como Director del Archivo Nacional en Tegucigalpa. Agradecemos también al Lic. Ramón Oqueli, hoy ya fallecido, el habernos señalado que José Flamenco, vecino mulato de Choluteca, en 1820 se quejó ante la Diputación Provincial de Guatemala porque el Alcalde Mayor de Tegucigalpa había excluido a los mulatos y pardos de participar en las elecciones del Ayuntamiento. Rómulo Durón, Biografía Del Presbítero Don Francisco Antonio Márquez (Tegucigalpa: Editorial Universitaria, 1992), págs. 30-31.

8939 El historiador Ramón Oqueli nos señaló el importante papel que las autoridades españolas le atribuían a los mulatos hondureños en los esfuerzos independentistas de 1812. Ver el ensayo de Oqueli titulado, “Proceso y Victoria de la Independencia”, en Oscar Acosta y Leticia Oyuela, editores, Imágenes de Honduras, edición extraordinaria, Revista Extra, año 7, no. 74 (septiembre 1971), págs. 76 84. El hecho es que existió una fluidez en la clasificación racial aún no estudiada. Leticia Oyuela, Honduras: Religiosidad Popular, Raíz de la Identidad (Tegucigalpa: Ediciones Subirana, 1995), pág. 72. Por lo tanto lo que llamamos mulatos podrían haber sido “pardos” y así, nos dijo Oyuela, “es muy probable que esos ‘pardos’ sean los principales actores de nuestra historia.” Ver Leticia de Oyuela, Fe, Riqueza y Poder (Tegucigalpa: Instituto Hondureño de Cultura Hispánica, 1992), pág. 88.

9040 En 1892, el cura Francisco N. Hernández, quizás siguiendo los antecedentes asentados en el censo de 1887, afirmaba que en la Parroquia de San Francisco de Tatumbla, cerca de Tegucigalpa, “todos son ladinos y sus trajes son iguales a los de los otros países civilizados….” Sergio Palacios A., “Reseña sobre la historia eclesiástica y civil de Honduras: El Caso de la Parroquia de San Francisco de Tatumbla.” Yaxkin, Tegucigalpa, vol. XII, no. 2 (julio dic., 1989), pág. 37. Agradezco al Sr. Palacios el haber compartido este trabajo conmigo.

9141 Por ejemplo, un excelente trabajo sobre la estructura económica de la élite hondureña se fundamenta en la problemática noción de una “masa ladina,” Oscar Zelaya Garay, “Tipificación del grupo social dominante en el antiguo departamento de Tegucigalpa, 1839-1875,” (Tesis, Universidad Nacional Autónoma de Honduras, Tegucigalpa, 1992), pág. 15.

9242 Correos electrónicos, William V. Davidson a Darío A. Euraque, 19, 21 y 22 de julio de 2011.

9343 Curiosamente, el Dr. Davidson aun hoy en día continúa esa tradición discursiva en su presentación y análisis étnico del Censo de 2001. Aun cuando la categoría “ladino” no aparece en la documentación oficial del Censo de 2001 como una opción de autodefinición étnica, ni tampoco aparece en los censos del siglo XX, el Dr. Davidson, no obstante, afirma que la “abrumadora mayoría” de los hondureños y hondureñas son “ladinos”. Censo Étnico de Honduras, 2001, pág. 42.

9444 Esteban Guardiola, uno de los historiadores hondureños más importantes del siglo XX, en un momento reconocía la problemática demográfica de la época. Se preguntaba Esteban Guardiola hace ya más de cuatro décadas, ¿Será posible….que “cuando gobernaba Lempira, la provincia de Cerquín haya tenido doscientos pueblos y que este cacique haya podido reunir treinta mil guerreros para oponerlos a los españoles?” José Reina Valenzuela, Esteban Guardiola: Ensayo Biográfico, segunda edición (Tegucigalpa: Editorial Universitaria, 1990), pág. 124.

9545 Robustiano Vera, Apuntes para la Historia de Honduras (Santiago: Imprenta “El Correo”, 1899), p. 39. Sobre esta obra, consulte a Litza Quintana, 500 Años Después (Tegucigalpa: Editorial Universitaria, 1992), págs. 440-445.

9646 Félix Salgado, Compendio Elemental de Historia de Honduras (Tegucigalpa: Imprenta “El Sol”, 1928), pág. 9.

9747 Perfecto H. Bobadilla, Cartilla Histórica de Honduras, Sexta Edición (San Pedro Sula: Editorial Cultura, 1948), pág. 6.

9848 Kevin Avalos, “El Padrón de la Villa de Tegucigalpa en 1821: Una Invitación a Contar,” manuscrito inédito, julio 2000. Agradezco al colega Avalos el haber compartido este manuscrito y poder citarlo.

9949 Honduras: estructura territorial y estadística según el Censo de 1895.

10050 Héctor Pérez Brignoli, “Economía y Sociedad en Honduras durante el Siglo XIX,” Estudios Sociales Centroamericanos, no. 6 (sept.- dic., 1973), págs. 51-82. También consúltese a Ralph Lee Woodward, “Crecimiento poblacional en Centro América durante la primera mitad del siglo de la independencia nacional,” Mesoamérica, año I, no, 1 (1980), págs. 219-231.

10151 Francisco Guevara- Escudero, “Nineteenth-Century Honduras: A Regional Approach to the Economic History of Central America, 1839-1914,” (Tesis doctoral, New York University, 1983), pág. 16. Sobre los padrones del Archivo Nacional, ver Joaquín Pagan, “Inventario de Padrones, Cuadros Estadísticos y Matriculas de Varones Existentes en el Archivo Nacional de Honduras,” Yaxquin, Tegucigalpa, Revista del Instituto Hondureño de Antropología e Historia, vol. 16 (diciembre, 1997), págs. 138-157.

10252 Censo Étnico de Honduras, 2001.

10353 El decreto de abolición se encuentra en Antonio R. Vallejo, Compendio de la Historia social y política de Honduras (Tegucigalpa: Tipografía Nacional, 1882), pp. 376-378. Apreciaciones bastante globales sobre el comercio de negros, su legislación colonial, incluso la abolición en Centroamérica, se encuentran en Constantino Láscaris, Historia de las ideas en Centroamérica (San José: EDUCA, 1982), págs. 191-196, 272-273, 329-330 y 389-392.

10454 Biografía, págs. 30-31.

10555 Sobre los Zelaya y su estirpe colonial, ver a Leticia Oyuela, Un Siglo en la hacienda: estancias y haciendas en la antigua Alcaldía Mayor de Tegucigalpa (1670-1850) (Tegucigalpa: Banco Central de Honduras, 1994).

10656 Medardo Mejía, Don Juan Lindo y el Frente de Anticolonialismo (Tegucigalpa: Editorial Universitaria, 1993), págs. 83-95; José A. Sarmiento, Historia de Olancho (Tegucigalpa: Editorial Universitaria, 1990), págs. 31, y Dennis Portillo Reyes, “Los Pueblos de Olancho,” Yaxkin, Tegucigalpa, Instituto Hondureño de Antropología e Historia, año 34, vol. XXV., no. 1 (2009), págs. 139-149.

10757 Leticia Oyuela, De la Corona a la Libertad: Documentos Comentados para la Historia de Honduras, 1778-1870 (Tegucigalpa: Ediciones Subirana, 2000), págs. 119-127.

10858 Rafael Heliodoro Valle, compilador, Ramón Rosa: Oro de Honduras (Tegucigalpa: Editorial Universitaria, 1993), págs. 389-390.

10959 “Causa criminal a don Francisco Ferrera por su insubordinación y escándalo en estado de ebriedad en el Partido de Cantarranas,” en De la Corona, págs. 122-124.

11060 De la Corona, págs. 122-124.

11161 Manuel Rubio Sánchez, Historia del Puerto de Trujillo, Tomo 3 (Tegucigalpa: Banco Central de Honduras, 1975), págs. 515-585.

11262 “Repatriación de Morenos,” en Revista de la Biblioteca y Archivo Nacionales, Tegucigalpa, Segunda Época, vol. II, no. 3 (enero- junio 1988), pág. 44. Agradezco al ya fallecido Lic. Ramón Oqueli haberme señalado este importante documento.

11363 Archivo de la Parroquia Católica de Trujillo. Agradezco al ya fallecido Monseñor Virgilio López Carías haberme permitido la consulta de estos documentos en agosto de 1999.

11464 Hay numerosos relatos sobre la llegada y primeros años de los garífunas. En inglés, Nancie González, Sojourners of the Caribbean: Ethnogenesis and Ethnohistory of the Garífuna (Urbana: University of Illinois Press, 1988), y en español, Salvador Suazo, Los Deportados de San Vicente (Tegucigalpa: 1997).

11565 La documentación de la época registra el uso de la palabra “moreno” para los garífunas, Compendio de la Historia social, págs. 313-317.

11666 Mario A. Bueso Yescas, Santa Rosa de los Llanos, Cuna de la República (Tegucigalpa: s.n., 1996), pág. 60.

11767 Douglas A. Tompson, “Frontiers of Identity: The Atlantic Coast and the Formation of Honduras and Nicaragua, 1786-1894,” (Tesis doctoral, University of Florida, 2001), pág. 144, y los distintos capítulos sobre los garífunas en William V. Davidson, _Etnología y etnohistoria de Honduras:
ensayos_ (Tegucigalpa: Instituto Hondureño de Antropología e Historia, 2009).

11868 Rubén Antúnez, Monografía del Departamento de Yoro (Tegucigalpa: Tipografía Nacional, 1937), pág. 80.

11969 En este sentido creo que este trabajo dialoga con importantes tendencias en la historiografía sobre la ciudadanía en el siglo XIX en América Latina. Ver a Hilda Sábato, “La Ciudadanía en el Siglo XIX: Nuevas perspectivas para el estudio del poder político en América Latina,” en Raymond Buve, editor, Cuadernos de Historia Latinoamericana, no. 8, (2000), págs. 49-70.

12070 “Frontiers of Identity”, y Eugenia Ibarra Rojas, Del Arco y la Flecha a las Armas de Fuego: Los Indios mosquitos y la historia centroamericana 1633-1786 (San José, Costa Rica: Editorial Universidad de Costa Rica, 2011).

12171 Esta sección es un resumen de un argumento más amplio y documentado en Conversaciones Históricas con el Mestizaje, págs. 123-161.

12272 Sobre las misiones en los siglos XVII y XVIII, ver El Costo de Conquista (Tegucigalpa: Editorial Guaymuras, 1992), págs. 390-399, 436-38, y 440-441, y “La Población Indígena”, págs. 8-9. También ver a Jesús Maria García Anoveros, “Presencia Franciscana en la Tegucigalpa y la Tologalpa (la Mosquitia),” Mesoamérica, vol. 15 (junio de 1988), págs. 47-78.

12373 Ann Chapman, Masters of Animals: Oral Traditions of the Tolupan Indians (Amsterdam: Gordon and Breach, 1992), pág. 15.

12474 Masters of Animals, pág. 13.

12575 Ernesto Alvarado García, La Legislación Indigenista de Honduras (Tegucigalpa: Instituto Indigenista Interamericano, 1958), pág. 95.

12676 Adolfo Zúñiga, Selección de escritos: el Progreso Democrático / Adolfo Zúñiga (Tegucigalpa: El Ahorro Hondureño, 1968; 1976).

12777 Cuando presenté, en el 2003, la ponencia que fundamenta este ensayo, la historiografía sobre la variedad del pasado afro descendiente centroamericano sólo comenzaba a investigarse de manera sistemática. Hoy en día la situación es muy distinta, aunque para Honduras el énfasis sigue siendo el pasado garífuna, y el siglo XX en particular. El mejor resumen bibliográfico y proyección historiográfica de la presencia africana y los afro descendientes en Centroamérica en español hoy en día se encuentra en los cuatro fascículos titulados, en conjunto, Del olvido a la memoria, Quince Duncan y Rina Caceres, editores (San José, Costa Rica: UNESCO, 2008). Los títulos de los fascículos son: 1) Africanos y afro mestizos en la historia colonial de Centroamérica; 2) Esclavitud, resistencia y cultura; 3) África en tiempos de la esclavitud; y 4) Las voces de los esclavizados, los sonidos de la libertad. Mucho de lo mejor de estos tomos se encuentra ahora publicado en inglés en, Lowell Gudmundson and Justine Wolfe, editores, Blacks and Blackness in Central America (Durham, North Carolina: Duke University Press, 2010). Recientemente publiqué una reseña sobre esta importante monografía. Ver Darío A. Euraque, “Review”, Ethnic and Racial Studies, vol. 34 no. 7 (julio 2011), págs. 1254-1265. Ver también Elisabeth Cunin, compiladora, Mestizaje, diferencia y nación: Lo “negro” en America Central y el Caribe, Colección Africanía (México: INAH, UNAM, IRD, 2010)

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Para citar este artículo :

Darío A. Euraque, « 100 años de categorías raciales y étnicas en Honduras, 1790s-1890s: Hacia la neutralización de la afro descendencia colonial », Boletín AFEHC N°50, publicado el 04 julio 2011, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=2716

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