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AFEHC : bibliografia : La fiesta de la independencia en Costa Rica, 1821-1921 : La fiesta de la independencia en Costa Rica, 1821-1921

Ficha n° 2721

Creada: 02 septiembre 2011
Editada: 02 septiembre 2011
Modificada: 02 septiembre 2011

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Autor de la ficha:

Xiomara AVENDAñO ROJAS

Editor de la ficha:

Laura MATTHEW

Publicado en:

ISSN 1954-3891

La fiesta de la independencia en Costa Rica, 1821-1921

Novedoso estudio sobre la fiesta independentista costarricense por David Díaz Arias.
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Palabras claves :
Costa Rica, Independencia, Fiestas
Categoria:
Libro
Autor:

David Díaz Arias

Editorial:
Editorial de la Universidad de Costa Rica
Ubicación:
San José
Fecha:
2008
Reseña:

1El 15 de septiembre de 1821 fue declarada la independencia del Reino de Guatemala, y desde 1823, la Asamblea Nacional Constituyente de las Provincias Unidas del Centro de América iniciaron, con un decreto, las celebraciones de la fiesta de la independencia de España. Desde entonces cada Estado la realiza a través de diversas expresiones.

2El historiador David Díaz Arias, en su novedoso estudio sobre la fiesta independentista costarricense se propuso “colaborar con la comprensión de la construcción de la identidad nacional en Costa Rica, así como de la memoria oficial, la esfera pública y el poder político. Para ello se concentra en el análisis de los ritos y rituales promovidos por el Estado para festejar el día de la independencia entre 1821 y 1921. Es por tanto una historia de la fiesta cívica” (xxxiii).

3Su investigación retoma el trabajo de Eric Hobsbawm y Terence Ranger, The Invention of Tradition, y otros estudios realizados en el continente. De igual forma incorpora nuevos supuestos sobre la nación, como una comunidad imaginada, planteada por Benedict Anderson en Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, y el pionero trabajo sobre el tema de Steven Palmer, “A Liberal Discipline: Inventing Nations in Guatemala and Costa Rica”.

4La fiesta, con la metodología de larga duración, evidencia las continuidades y las innovaciones adquiridas por las élites y el gobernante en turno. El estado también, entre 1821 a 1921, se modificó. La herencia hispánica legó un estado corporativo o estamental, en este sentido la política y algunas funciones del estado son compartidas por la Iglesia y el municipio –antes llamado cabildo-, éste último todavía bajo el sustrato de la legislación castellana.

5Por ello, los tres primeros capítulos de la Fiesta de la Independencia en Costa Rica, exponen que en los festejos siempre está presente el Te Deum realizado por el cura, y la responsabilidad de la organización festiva recaía en la municipalidad. En palabras de Carlos Forment, en Latinoamérica el catolicismo durante el dominio español, “era más que una mera religión de estado; era también el lenguaje de la vida cotidiana1”. Visión que todavía perduró en la era representativa decimonónica. Lo antes expuesto lo describe muy bien Víctor de la Guardia, diputado del legislativo de Costa Rica en 1824, cuando argumentó que la religión, la moral y el derecho son las tres partes esenciales de la legislación. La primera, enseña la ley al ciudadano y a tributar a Dios la adoración patria que se le debe; la segunda inspira máximas de virtud, para que no dañe a sus semejantes; y el tercero, le prescribe el orden de dar a cada uno lo que le pertenece2. Tampoco es casualidad que el párroco y los ediles durante la primera mitad del siglo estén presentes, como calificadores, de una ciudadanía sustentada sobre el carácter de vecino de un municipio, y de ponderar – a la hora del registro electoral — sus valores morales y sociales.

6Durante las últimas décadas del siglo XIX, las élites liberales en Centroamérica proponen la separación iglesia-estado, la educación laica, la incorporación de los códigos napoleónicos en la renovación de la justicia, la innovación en la agricultura donde emergió el monocultivo del café, la construcción de la infraestructura vial y portuaria, la ciudadanía universal de hombres, entre otras reformas. En síntesis los gobernantes pretenden separar a los municipios y la iglesia de las funciones estatales y concentrar el poder en un avance del estado moderno. Estos mecanismos propician la libertad moderna y la racionalidad ilustrada, importantes para el asentamiento de la secularización.

7En ese contexto Díaz Arias, en el capítulo cuarto y quinto, muestra que la celebración de la fiesta independentista incorpora nuevas invenciones y que son las décadas de 1870 y 1880 donde se inician los ritos seculares. A partir de 1880, emerge el culto a los héroes de la campaña de 1856-1857, el más destacado es el soldado Juan Santamaría. Como bien lo dice el autor, la búsqueda de héroes pone en aprietos a los gobernantes puesto que, a diferencia de México y América del Sur, donde hubo guerra independentista, en Centroamérica no existió ninguna3. Por lo tanto la guerra civil nicaragüense, donde los países del istmo enviaron tropas para derrotar a las tropas filibustero al mando de William Walker, fue entonces el asidero para iniciar el culto. Nicaragua retomó de la gesta mencionada al jefe militar granadino José Dolores Estrada y Costa Rica, al soldado alajuelense Juan Santamaría, ambos se elevaron como héroes nacionales.

8Maurice Agulhon, expresa que esta práctica – observada a través de la historia comparada- se había extendido al mundo occidental desde la revolución francesa, donde los militares les disputaban a los monarcas el papel de héroe nacional. El significado es la aparición de estatuas públicas de individuos que no formaban parte del calendario religioso, ni eran herederos de la monarquía. Según el autor francés es la expresión del humanismo liberal y el despertar de una pedagogía a través del hombre ilustre4. El culto a los héroes, también deja atrás la concepción del origen divino del poder, evidencia el poder en manos de los hombres, y a éstos se debe rendir homenaje.

9El avance del estado moderno, mediante la creación del ministerio de educación pública y el impulso de la educación laica, permite la participación escolar de forma continua en los festejos para recordar el 15 de septiembre. De acuerdo con Derek Heater, “a medida que la palabra “ciudadano” se despojaba de su connotación municipal para acercarse al estado, también el término “nación” empezaba a aproximarse al de estado5”. Al parecer, la fiesta de la independencia tiene múltiples propósitos, pero el de las tradiciones inventadas – los desfiles y los símbolos patrios- no se puede separar del concepto de ciudadanía, es parte consustancial de la formación de la comunidad imaginada.

10La investigación de David Arias, nos muestra que los discursos – capítulo octavo – insisten en resaltar que los costarricenses son: libres, ordenados, trabajadores, educados, y una sociedad blanca, igualitaria y pacífica. La paz, la libertad y el orden, aún cuando hubo una que otra debacle política, se mantuvo a salvo al no involucrarse en los conflictos generados por la disputa de la hegemonía entre los gobernantes centroamericanos, en lo que se ha llamado la lucha por la unidad del istmo. Por ello el centenario de la independencia– capítulo séptimo – mostró a una Costa Rica en fiesta en detrimento de una ahora, lejana unidad de las antiguas provincias.

11Costa Rica no utilizó el recurso del pasado prehispánico para fortalecer su identidad, ni los discursos de los gobernantes, ni la estatuaria, recurrió ni a un Moctezuma, Atahualpa o Lempira, como en otras repúblicas del continente. En este caso, el pasado hispánico si tiene una presencia clara, no solo en lo étnico, sino también en la asunción de sus valores sociales y morales. En ese mismo contexto, fue posible la expansión de la sociabilidad por medio de bailes – capítulo sexto – tanto para los grupos dominantes como los grupos subalternos, por supuesto que en espacios diferenciados.

12Retomando lo antes expuesto, podemos decir que el libro cumple sus objetivos propuestos: nos muestra a través de la fiesta de la independencia, los ritos y rituales que contribuyeron en la formación de la identidad nacional costarricense. Un proceso de larga duración, sin embargo no es lineal, es complejo, pero Arias Díaz propone diversas facetas de su articulación entre 1821 y 1921.

13Para finalizar quisiera llamar la atención sobre dos asuntos. Primero, si el estado fue el promotor de la fiesta, creo que el libro debió ser organizado en dos partes, la primera cuando compartía tal celebración con la parroquia y el municipio; y la segunda cuando desde la presencia del estado moderno se orientó y centralizó la organización del festejo independentista. Aquí es pertinente una pregunta ¿Qué papel jugó la construcción de la ciudadanía en el evidente cambio de las celebraciones? Segundo, la lectura de esta obra aumentó mi curiosidad sobre la no incorporación del catolicismo en la formación de la identidad6. ¿Cuánto y cómo contribuyó el catolicismo en la formación de los valores cívicos? Ciudadanía y catolicismo podrían ser caminos por donde buscar otras facetas que participan en la formación de la identidad nacional.

14Xiomara Avendaño Rojas
Universidad de El Salvador

15Notas de pie de página

161 Carlos Foment, “Catolicismo Cívico, subjetividad democrática y prácticas públicas en Latinoamérica decimonónica en Guillermos Palacios, Coordinador. Ensayos sobre la Nueva Historia Política de América Latina, Siglo XIX. (México: El Colegio de México, 2007), pág. 216.

172 Apuntes del diputado Víctor de la Guardia ante el Congreso, 1824. en Carlos Meléndez Chaverri, Documentos fundamentales del siglo XIX. (San José: Editorial Costa Rica, 1978), pág. 471.

183 Se dedicaron estatuas a Bolívar en Bogotá en 1846, en Lima en 1858, en Caracas en 1874 y en Guayaquil en 1889; en la república mexicana, en la década de 1850, se erigieron estatuas a Hidalgo, Morelos y Guerrero; en Chile, durante la década de 1860, se esculpieron estatuas de Portales y San Martín; y en Buenos Aires, en la década de 1870, llegaron las de San Martín y Belgrano.

194 Maurice Agulhon, Historia Vagabunda, (México: Instituto Mora, 2004). Véase el ensayo titulado, “La estatuomanía y la historia”, págs. 120-161.

205 Derek Heater. Ciudadanía. Una breve historia. (Madrid: Alianza Editorial, 2007), pág. 163.

216 Por ejemplo, durante las primeras décadas independentistas, Lombardo Toledano circuló un Catecismo Político, y desde el lenguaje religioso pretendía formar a los ciudadanos de Costa Rica. En otro trabajo reciente se discute sobre la relación estrecha entre el estado y la protección que se le ha brindado a la religión católica. Celin Arce Gómez. Costa Rica ¿Un estado confesional? http://www.uned.ac.cr/redti/documentos/

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Fuentes :

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