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AFEHC : bibliografia : Tz’aptz’ooqeb’. El despojo recurrente al pueblo q’eqchi’ : Tz’aptz’ooqeb’. El despojo recurrente al pueblo q’eqchi’

Ficha n° 2744

Creada: 12 octubre 2011
Editada: 12 octubre 2011
Modificada: 12 octubre 2011

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Autor de la ficha:

Aaron POLLACK

Editor de la ficha:

Emilie MENDONCA

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Tz’aptz’ooqeb’. El despojo recurrente al pueblo q’eqchi’

Aaron Pollack nos propone una interesante lectura crítica del trabajo de Liza Grandia que interroga las relaciones entre tierras, políticas gubernamentales y poblaciones en la zona norte de Guatemala
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Palabras claves :
Tierras, Agricultura, Indígenas, Guatemala, Petén, Política
Categoria:
Libro
Autor:

Liza Grandia

Editorial:
AVANCSO
Fecha:
2009
Reseña:

1Si, no obstante los noticieros del día, faltaban más razones para cuestionar la sabiduría de continuar con las políticas económicas neoclásicas tan de moda, Liza Grandia – a través de una creativa investigación – nos proporciona algunas en una variada discusión sobre la distribución de tierras en el norte de Guatemala. Partiendo de una extensa experiencia en Petén y una familiaridad con las realidades institucionales y aldeanas en la zona de estudio (la Franja Transversal del Norte, Petén y la parte sur de Belice), la autora demuestra cómo – bajo un barniz de sustentabilidad, desarrollo y equidad – el Banco Mundial y el gobierno de Guatemala han invertido millones de dólares cuyo resultado final ha sido mantener, o más bien ampliar territorialmente, el, sumamente desigual, statu quo.

2El libro Tz’aptz’ooqeb’. El despojo recurrente al pueblo q’eqchi’ comienza con un esbozo histórico en torno a la pérdida de control sobre la tierra y los procesos de migración del pueblo q’eqchi’. Después de un tratamiento que podría resultar algo sumario y un poco simplista de los casi trescientos años del periodo colonial, describe los impactos del avance de la producción cafetalera a partir del último tercio del siglo XIX, cobijado por una ideología liberal influida por las ideas de progreso de la época. Retomando el argumento de McCreery1, y más a fondo el de Polanyi2, resalta cómo se despojaron de sus tierras a los indígenas q’eqchi’s, no solamente para la siembra del café, sino también para asegurar una mano de obra barata al arrebatarles las tierras que éstos sembraban, con el fin de obligarlos al trabajo en las fincas cafetaleras para pagar las deudas incurridas en la renta de las parcelas que cultivaban para el autoconsumo. La pérdida de tierras, subraya la autora, además de los sistemas de trabajo forzoso – como los mandamientos -, fue motivo de una emigración de las zonas cafetaleras hacia el norte, a tierras aún sin dueño, muchas de las cuales fueron posteriormente acaparadas por los finqueros.

3En el siguiente capítulo, la autora describe cuatro características culturales de los q’eqchi’s que considera facilitan la migración: 1) una estructura socialmente igualitaria; 2) una espiritualidad flexible y estrategias de subsistencia adaptables; 3) fuertes lazos de parentesco “que fortalecen pero que no atan” (pág. 62) y 4) una confianza cultural y una fe en la abundancia de la frontera. En una apreciación, para mi gusto, desafortunada, Grandia considera que estas características son compartidas por los “gringos”, una afirmación que por un lado asume una homogeneidad cultural al interno de los dos grupos, lo que difícilmente se pueda sustentar, y supone además que esta homogeneidad cultural existe fuera de contextos históricos particulares. Por otro lado no demuestra que no sean características universales, o por lo menos presentes – en ciertos momentos históricos – al interior de otros grupos.

4 En el mismo Capítulo II, la autora explica cómo el proceso mismo de la investigación sobre la migración la impulsó a cambiar el enfoque de su investigación, privilegiando un análisis estructural por encima de una discusión sobre los factores particulares que motivan las decisiones de cada migrante, aún mientras concluye que tanto la agency como la estructura deben considerarse en este análisis. Enfatiza que el proceso, ahora común, entre los q’eqchi’s de desbrozar tierras en la selva baja para luego sembrarlas pocos años antes de trasladarse a otra parcela y repetir las mismas acciones, se debe a una serie de factores que no corresponden – como la autora indica que lo suponen muchos funcionarios en la región – a una característica cultural q’eqchi’.

5 Es a lo largo de los siguientes tres capítulos, en los que Grandia describe la historia de la reforma agraria y de la colonización en la región, las complejas problemáticas asociadas a ellas y la reciente “reforma agraria con asistencia de mercado”, donde la investigación rinde sus mejores frutos. Demuestra en el tercer capítulo el interesante paso de la reforma arbencista a la reforma agraria/colonización contrarrevolucionaria y la creación del Instituto Nacional de Transformación Agraria (INTA) y el programa de Fomento y Desarrollo de El Petén (FYDEP), visibilizando sus políticas a favor de la ganadería, de las elites (regionales y nacionales) y de los militares, como también sus prejuicios contra la producción agrícola indígena y campesina, además de su visión culturalmente integracionista.

6El cuarto capítulo se dedica a enfrentar al mito de los riesgos del aumento geométrico de la población, promovido por Thomas Malthus, y al de las implicaciones negativas de la propiedad común sobre el ambiente/recursos naturales, desarrollado por Garrett Hardin. Relativo al primero, mantiene una posición matizada en cuanto considera que el problema fundamental es el de las desigualdades sociales, pero rechaza dejar el aumento de la población fuera del debate: según Grandia, en lugares y momentos particulares, una reducción en el tamaño de las familias puede beneficiar a la gente y reducir las presiones sobre los recursos naturales. Más allá de una discusión sobre el aumento demográfico en lo abstracto, que la autora crítica, Grandia considera que las mujeres, y las familias, deberían tener la posibilidad de escoger el número de hijos que desean y nota que son muy pocos los ejemplos en los que se les ha preguntado a las mujeres del área rural, sobre todo a las mujeres indígenas, qué piensan ellas del asunto3.

7En referencia a Hardin y la así llamada “tragedia de los comunes”, Grandin enfatiza lo que desde hace tiempo se le ha señalado: tener propiedad en común no significa que no existan reglas sobre el uso de ella. Como ejemplo, describe un sistema q’eqchi’ de manejo colectivo de la propiedad en el que por un lado se le asigna a cada familia dos o más parcelas, cada una con diferentes características en términos del tipo de suelo, acceso al agua, etc. en las diversas zonas del territorio; por el otro lado se toma en consideración las características, las capacidades, e incluso intereses y caracteres de cada familia para designarles sus correspondientes parcelas. Demuestra, adicionalmente, que el manejo colectivo puede implicar, como ocurre en algunas partes de la región bajo estudio, la coexistencia de parcelas trabajadas individual o familiarmente y áreas boscosas a las que todos tienen acceso, según un reglamento acordado. Al presentar esta forma de manejo colectivo, la autora sostiene el argumento de que la propiedad privada no demuestra ser necesariamente la mejor forma de tenencia de la tierra– desde diferentes criterios – no obstante haber sido la base principal (aunque no única) de los intentos de reforma agraria en Guatemala después de la caída de Árbenz.

8No obstante la ausencia de las condiciones que el mismo Banco Mundial considera necesarias para la implementación de una “reforma agraria con asistencia del mercado”, entre 1998 y 2007 se realizó en Petén el Proyecto Administración de Tierras para Guatemala (PAT), como describe la autora en el quinto capítulo del libro, un proyecto piloto de este tipo, con financiamiento del mismo banco. El proyecto, y la “reforma”, comenta Grandia, han consistido principalmente en la titulación de tierras, un proceso de legalización que debería, según reza la teoría económica neoclásica que la sustenta, permitir un mercado amplio de tierras, la seguridad legal necesaria para realizar mejoras en las propiedades y, por la magia del mercado, resultar en una optimización de la producción agraria y una mejor protección del ambiente. En la práctica, el proyecto ha servido principalmente para reforzar las desigualdades existentes en la distribución de la tierra, permitiendo su acumulación en pocas manos: “[E]n esta terrible economía especulativa, los programas de legalización están resultando ser un increíble subsidio legal a los ganaderos y otras personas con suficiente capital para comprar tierras” (pág. 257). Con el pasar del tiempo se ha acentuado la desigualdad en la distribución de aquellos terrenos que entraron en la “reforma”. En vista de esta realidad, cobra más significado el hecho de que se propuso – y se rechazó – la inclusión de un esfuerzo para reducir la desigualdad en la segunda fase del proyecto (PAT II), actualmente en curso (p. 260). Cualquier aspecto del proyecto relacionado con una redistribución más equitativa de la tierra ha sido profundamente olvidado, en parte debido a la estructura del proyecto que, remunerando a sus empleados según las mismas teorías económicas, es decir a destajo por título de propiedad completado, no prioriza la distribución igualitaria.
En el penúltimo capítulo, Grandia explica cómo la región se ha vuelto ganadera, gracias a los programas de colonización y la inmigración de los campesinos q’eqchi’s quienes, como campesinos en la Amazonía y en otros lugares, desbrozan la tierra, sea como propietarios o como mozos colonos, permitiendo la posterior entrada de los ganaderos. Pero nota también que muchos q’eqchi’s (una quinta parte de aquellos que viven en las tierras bajas) son dueños de unas cabezas de ganado o bien tierras de pastoreo (pág. 292). Anotando las décadas de tradición ganadera, desde que fue favorecida por los programas del FYDEP y del INTA en los años sesenta, la autora describe su expansión estrepitosa y considera que casi la mitad de las tierras peteneras fuera de las áreas protegidas se han convertido a este tipo de producción (págs. 273-4); más aún, Petén, Izabal y la Franja Transversal del Norte han resultado ser las tierras de engorde para ganado hondureño, nicaragüense y, en menor grado, beliceño. Subraya la importancia de la ganadería, como manera de mantener tierras en un estado de “uso”, aún cuando las ocupan relativamente pocas cabezas, y también como fuente de estatus social para sus dueños, muchas veces absentistas.

9 El último capítulo se dedica a un análisis del Plan Puebla Panamá (PPP) – ahora conocido como el Proyecto de integración y desarrollo de Mesoamérica – y del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Centroamérica y la República Dominicana (TLC CAUSA). En su discusión sobre el PPP, Grandia subraya el hecho de que nunca ha sido un plan único, sino más bien una serie de proyectos y acciones particulares enfocados hacia la creación de infraestructura en la región. Sin embargo, enfatiza que la ausencia de una organización real no reduce la importancia del pensamiento que lo sustenta: el supuesto de que un aumento en el comercio – o aún de infraestructura, siguiendo más fielmente a la autora – beneficia a la gente.

10El libro resalta las desigualdades que los proyectos basados en una lógica económica neoclásica crean en sus beneficiarios, y termina por convencer al lector de que en el campo de la redistribución de la riqueza (en este caso la tierra), un problema tan profundamente arraigado en la región latinoamericana, el mercado no puede sustituir una intervención clara y contundente del Estado – aunque tal intromisión, como menciona Grandia, probablemente preocupe a los actuales promotores de “la reforma agraria con asistencia del mercado”, por su potencial carácter “conflictivo”[4]. En este campo, el libro denuncia, y acierta profundamente, cómo la cooperación internacional se utiliza para legitimar y mantener desigualdades existentes en Guatemala, bajo los viejos pretextos del “desarrollo” y los nuevos del ambientalismo, aun cuando no logra los objetivos enunciados ni de los unos ni de los otros.

11 El TLCAUSA y el PPP son otras manifestaciones del mismo pensamiento neoliberal y cabe resaltar que la importancia de este último reside mucho más en lo que representa en cuanto a planificación futura que en lo realizado hasta ahora en su nombre. Sigue siendo más bien una colección de proyectos, que probablemente se habrían hecho con o sin el PPP, pero sí demuestra cómo las necesidades del gran capital (en este caso el movimiento de bienes) toman prioridad sobre los de la gente, detrás de lo que Grandia llama la falacia del “goteo de la infraestructura” (pág. 324). La autora acierta también en señalar los límites del pensamiento maltusiano y hardiniano, el abanico de posibilidades que significa el manejo colectivo del territorio – y sus reales y potenciales bondades – como también la importancia de hablar con las mujeres de las áreas rurales, y en particular las indígenas, sobre sus deseos en torno al tamaño de la familia. Sin embargo, considero que incluir la reducción en la tasa de aumento poblacional en la discusión sobre la reducción de la pobreza y el cuidado de los recursos naturales, en vez de mantener el énfasis en la desigualdad, puede ser una repetición de la lógica de casi todos los programas de “desarrollo” que buscan modificar el comportamiento de los pobres – como si ellos mismos fueran la causa de su pobreza en vez de las desigualdades estructurales que la autora señala consistentemente5.

12Grandia asienta muy bien la visión desde lo emic en cuanto a las decisiones que enfrentan los cultivadores q’eqchi’s en la zona, por ejemplo: “La elección entre enfrentarse a guardias de fincas ganaderas armados con AK-47 o guardabosques mal pagados, desmotivados y desarmados, es obvia” (p. 269). Pero, al adentrarse en la complejidad de estos procesos que conjugan la deforestación, la ganaderización, la migración, el aumento poblacional, la reproducción de desigualdades y la intervención estatal, los argumentos de la autora podrían haberse fortalecido con el apoyo de la inclusión de más trabajos realizados por geógrafos y otros que se han dedicado a este campo6.

13 El libro sufre de una falta de claridad sobre si el objeto de estudio es efectivamente los q’eqchi’s, como el título dejaría creer, o más bien una región amplia en la que los q’eqchi’s tienen una posición demográfica dominante en muchas zonas, aunque no en todas7. Este problema se aprecia también en el tratamiento poco consistente de los “ladinos” en el territorio: se hace referencia a las diferencias de clase pero no se elabora sobre ellas. Lo mismo ocurre con los q’eqchi’s, quienes, según la autora, serían bastante homogéneos en términos de clase y tendrían pocos conflictos a su interior. En pocas palabras, las diferencias “culturales” toman una importancia preponderante sobre cualquier otro tipo de división social, de alguna manera simplificando un panorama bastante complejo.
En la zona altaverapacense, la desigualdad en la tenencia de la tierra puede considerarse al centro de una realidad que incluye el hambre (y por tanto la enfermedad y la muerte), el asesinato, la impunidad, la organización política de base, y una colusión entre los terratenientes y las autoridades gubernamentales. De esta realidad parten las nuevas migraciones y nuevos migrantes hacia el norte, hacia una frontera agrícola ya cerrada (con la excepción de las áreas naturales protegidas) y una destrucción de las bajas selvas de Petén. Ante la enormidad de esta problemática, el ridículo intento de enfrentarla a través del establecimiento de un registro catastral, y el empeño de Liza Grandia para visibilizarla, las debilidades aquí señaladas tal vez sean de menor importancia.

14Aaron Pollack
Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora.

151 David McCreery, Rural Guatemala, 1760-1940 (Stanford: Stanford University Press, 1994).

162 El trabajo de Polanyi es un referente que Grandia retoma a lo largo del trabajo. Karl Polanyi, La gran transformación, traducido del inglés por Anastasio Sánchez (México: Juan Pablos, 1992 (1944)).

173 El mismo planteamiento se encuentra en Rosalba Piazza, I saperi illeciti del meticciato (Milán: Colibrí, 2006), págs. 230-237.

184 Lo que obvia la conflictividad que la misma distribución actual de la tierra promueve.

195 Rosalba Piazza, I saperi illeciti del meticciato (Milán: Colibrí, 2006), págs. 230-237.

206 Véase Eric Lambin et al., “The causes of land-use and land-cover change: moving beyond the myths” en Global Environmental Change, nº 11(2001), págs. 261-269.

217 Grandia nota que en el Departamento de Petén, los q’eqchi’s forman un cuarenta por ciento de la población (pág. 245).

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