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AFEHC : articulos : Cómo sobrevivir en tiempos difíciles: El Realejo y Nueva Segovia en los siglos XVI y XVII y su papel en el comercio marítimo en el Pacífico : Cómo sobrevivir en tiempos difíciles: El Realejo y Nueva Segovia en los siglos XVI y XVII y su papel en el comercio marítimo en el Pacífico

Ficha n° 3005

Creada: 25 diciembre 2011
Editada: 25 diciembre 2011
Modificada: 25 febrero 2012

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Autor de la ficha:

Murdo J. MACLEOD

Editor de la ficha:

Stephen WEBRE

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Cómo sobrevivir en tiempos difíciles: El Realejo y Nueva Segovia en los siglos XVI y XVII y su papel en el comercio marítimo en el Pacífico

A través de la lectura a profundidad de una serie amplia de documentos de archivo, se intenta recrear un mundo cotidiano en que los habitantes (desde las autoridades coloniales hasta los indígenas y esclavos negros) se ajustan a los “tiempos difíciles” del siglo XVII, en El Realejo y otros lugares de Nicaragua colonial. El enfoque principal es sobre el contrabando (especialmente de textiles de China) y su papel en la vida política, social y económica de las provincias de la costa del Pacífico. Para demostrar las dimensiones comparativas del caso, así como los importantes vínculos intercoloniales que existían, se incluye al final un caso de estudio también sobre la audiencia de Quito.
868
Palabras claves :
Vida cotidiana, Contrabando, Historia comparativa, Quito, Nicaragua
Autor(es):
Murdo J. MacLeod
Fecha:
Diciembre de 2011
Texto íntegral:

1
Establecido algunos kilómetros tierra adentro al lado del río del mismo nombre, el puerto colonial de El Realejo fue utilizado por primera vez por los españoles en 1532 o 1533. El ingreso desde el océano Pacífico es difícil, pero una vez entrado al estero es protegido y el anclaje es seguro. Gracias a la sedimentación, una de las islas más grandes, la de Aserradores, la que como el topónimo indica era en esos días fuente importante de maderas de construcción, hoy se encuentra vinculada a tierra firme. En su extremidad sur la Punta Icacos se conecta por un puente con el sitio de Corinto, actualmente el puerto nicaragüense más importante al lado del Pacífico. El Realejo queda casi abandonado, aislado, empobrecido e inaccesible a las embarcaciones de alta mar.

2 En la época colonial las orillas del río eran casi impenetrables debido a los densos mangles y pantanos. Sin embargo, los buques que llegaron en los siglos XVI y XVII podían aprovecharse de dos lugares que ofrecían las condiciones necesarias para cargar y descargar. Los galeones y urcas grandes podían anclarse en el estero, donde sus cargas serían trasladadas a canoas u otras embarcaciones pequeñas para el ascenso del río. Había también recuas de mulas y carretas de bueyes para efectuar el transporte a El Realejo por vía terrestre. Buques de menor calado, tales como las fragatas de que se hará mención en muchas ocasiones en el presente artículo, podían atracarse en un lugar que se llamaba Jaguey, el que se encontraba en la margen derecha del Río Realejo, en una apertura en el mangle unos tres kilómetros aproximadamente del estero, donde entraba un tributario amplio. En el embarcadero de Jaguey al tiempo que nos ocupa había un muelle, algunas bodegas, un almacén de madera, instalaciones para la carena y reparación de buques y una ermita dedicada a la advocación de Nuestra Señora del Rosario. Había también un astillero que se utilizaba sólo limitada e intermitentemente.

3 El tipo de embarcación que predominaba en todos los puertos pacíficos de la época desde Acapulco hasta Guayaquil, era una fragata pequeña con una tripulación de una docena poco más o menos. Bajeles de esa categoría podían hacer puerto en Jaguey sin dificultad sin embargo de qué tiempo se hacía. Ahí se encontraban seguros de todos los peligros, menos las bromas, los piratas y los recaudadores de impuestos. De vez en cuando unos milicianos o guardias locales fueron enviados río abajo desde El Realejo o la ciudad cercana de León. Lanchas o canoas de Jaguey podían alcanzar El Realejo o los desembarcaderos ubicados en las inmediaciones del mismo, algunos de los cuales tenían nombres muy sugestivos, tales como Borrachos y Espanta de Negros, donde centinelas vigilaban los accesos a la villa1.

4 Según todas las fuentes El Realejo era cálido, húmedo, insalubre e infestado de zancudos y otros insectos perniciosos. Muchos de los individuos quienes se ganaban la vida en el puerto preferían vivir tierra adentro en León. La iglesia parroquial, dos conventos y las casas reales estaban construidos de cal y canto. Sin embargo, el corregidor, el cura párroco, los frailes y los visitadores enviados por la audiencia en Santiago de Guatemala, tendían a destacarse por su ausencia2.

5En la primera década de su existencia, El Realejo tenía menos importancia que otros puertos pequeños, por ejemplo La Caldera en el Golfo de Nicoya en lo que hoy es Costa Rica. Sin embargo, alrededor de 1540 o 1550 El Realejo empezaba a ganar fama como centro de construcción naval, estimulado por la demanda de fragatas para el transporte de esclavos indígenas a Panamá y el Perú. El Realejo contaba con una abundancia de maderas, brea, jarcia y algodón para la fabricación de velas. Antes de 1585 se había construido en ese puerto tres galeones para el trato con Manila, pero por ese tiempo los astilleros nicaragüenses empezaban a padecer de la competencia de los de China y Filipinas, donde los costos de construcción eran mucho menores3.

6 Por gran parte del siglo XVI y el primer cuarto del XVII, junto con Guayaquil, el río Realejo con su estuario poseía los principales astilleros en la costa del Pacífico. Durante la primera centuria de la colonia la fuerza laboral consistía principalmente de indígenas, algunos esclavizados, otros de repartimiento y aun otros asalariados. Algunos de estos trabajadores indígenas venían desde lugares tan lejanos como el poblado de Nueva Segovia en el norte y las sabanas que encerraban el Golfo de Fonseca. Con el declive de la población indígena, temprano en el siglo XVII se empezaba a depender más de trabajadores de ascendencia africana, tanto esclavos como libres. Como consecuencia, a mediados de ese siglo la población de El Realejo y su entorno se componía predominantemente de negros y mulatos4.

7 Para unos ochenta o noventa años después de 1550 la exportación principal de El Realejo era la brea, producto de los extensivos pinares que crecían en el distrito de Nueva Segovia. Las grandes cantidades de brea producidas, se destinaban para los astilleros de Panamá y Guayaquil, donde se utilizaban para la impermeabilización. Existía una alternativa en la forma de copey, un betún petrolífero que salía de la tierra en la península de Santa Elena, cerca de Guayaquil. Considerado como producto inferior, el copey era muchas veces mezclado con brea, reduciendo el costo del producto, pero también la calidad5. Las exportaciones de brea fueron estimuladas por el crecimiento de la industria vinícola en las oasis costeras del Perú y más tarde en el valle central de Chile. Los vinos y el aceite de oliva se almacenaban en barriles de madera o en botijas de cuero o de alfarería. Para evitar los escapes los trabajadores cubrían los interiores con brea, tratamiento que sin duda impartía a los vinos un sabor parecido a la “retsina” griega de hoy. El sabor de la resina de pino no apetecía a todos los consumidores y no eran solamente los comerciantes peninsulares quienes se quejaban de la naturaleza desagradable de los vinos peruanos. El betún de Guayaquil era más barato y a veces se utilizaba también para cubrir el interior de las vasijas, seguramente con resultados aun más alarmantes6.

8 Hasta 1630 aproximadamente y con algunos años prósperos después, las familias españolas cercanamente interrelacionadas que dominaban la ciudad de Nueva Segovia, se enriquecían con el trato de la brea. Los costos eran bajos, porque pagaban poco a los negros e indígenas quienes trabajaban en la producción y el transporte hacia El Realejo. Según algún informe, el costo del flete entre El Realejo y El Callao era solamente tres pesos por cajón y puede haber sido aun más barato si el destino era Guayaquil o Paita. Los precios y con ellos las ganancias tendían a fluctuarse debido a la dificultad, tratándose de distancias tan grandes, del equilibrio entre oferta y demanda, pero siempre se describían como muy altos. Las cifras exactas son muy escasas7.

9 Por los años cuarenta o cincuenta del siglo XVII la industria de la brea se encontraba en pleno descenso. Las grandes remesas hacia el sur eran cada vez menos frecuentes, aunque muy de vez en cuando hay noticia del envío de una cantidad importante. Por razones que todavía se desconocen, durante la segunda mitad del siglo los productores y comerciantes empezaban a acumular grandes cantidades de brea, género poco perecedero, esperando por un período de años antes de embarcarlas para El Callao o puertos intermediarios. Es posible que se cobrara menos por los envíos a granel, o siendo menos frecuentes las zarpas, que los dueños de los bajeles insistieran en que no se dieran a la vela sin que las bodegas estuvieran completamente llenas. También existe la posibilidad de que en Guayaquil y El Callao se habían encontrado otro lugar donde obtener la brea o que se estaba haciendo más uso del copey y otros substitutos8.

10 Además de la brea, otra fuente de riqueza para las élites de Nueva Segovia era el oro. Fue el mismo Pedrarias Dávila de mala fama, quien en 1525 hizo la primera mención de los yacimientos auríferos de la cordillera de Dilpito en el lado nicaragüense de la frontera con Honduras. Era una región que los españoles encontraron casi imposible de conquistar. Los primeros buscadores de oro tuvieron que retirarse en 1528 pero muy pronto regresaron. Los asentamientos mineros eran de corta existencia, a veces por los bajos rendimientos de las minas pero más frecuentemente debido a la feroz resistencia de los indígenas locales. Estos grupos peleaban entre sí mientras que también atacaban a los españoles. Por tal motivo, desde las primeras entradas lo encontraban muy difícil reclutar o coaccionar una fuerza de trabajo indígena. Al este de la zona de los campamentos—los que se mudaban con tanta frecuencia como para llamarse “Las Segovias”—vivía un pueblo que los españoles llamaban los jicaques, o xicaques. A pesar de repetidas entradas e intentos de reducción y evangelización, los jicaques quedaban independientes y hostiles.

11 Para cubrir la necesidad de mano de obra, los dueños de minas obtenían a trabajadores africanos, tanto esclavos como libres, muchos de los cuales habían sido empleados previamente en los lavaderos de oro del río Guayape en Honduras, que en ese momento comenzaban a agotarse. Por 1543 los españoles lograron establecer un asentamiento más o menos permanente y las minas estaban dando oro en cantidades considerables. La producción alcanzó el máximo alrededor de 1550, disminuyéndose fuertemente en los años subsecuentes. Por este motivo y otros, Nueva Segovia tuvo poca oportunidad de estabilizarse. Hubo una nueva serie de invasiones por el Río Segovia, hoy conocido como el Río Coco. Los temidos zambos mosquitos empezaron a asentarse en la desembocadura del río, de donde podían amenazar las Segovias. En 1583 la minería de oro había cesado, debido tanto a la escasez de mano de obra como a los constantes asaltos de los zambos. En 1611 un partido de guerreros indígenas pusieron fuego al poblado, forzando que los sobrevivientes se desplazaran hacia el sudeste donde fundaron otra Nueva Segovia (hoy Ciudad Antigua9).

12 Otro problema para las élites segovianas era la competencia por la mano de obra de parte de las minas de plata en Honduras. En Tegucigalpa así como en el nuevo centro de Yuscarán, los intereses mineros intentaban repetidamente atraer a los indígenas de Nueva Segovia, ante la fuerte resistencia de los mineros y autoridades coloniales en Nicaragua. De importancia también para un entendimiento del declive de Nueva Segovia, es la naturaleza destructora de la industria de la brea. De ninguna manera ambientalistas (cosa en todo caso no imaginable en ese contexto) los empresarios quienes controlaban la producción de la brea, hicieron talar tantos árboles que los pinares que restaban quedaban cada vez más distantes y esparcidos10.

13 Finalmente, otro desafío más a la posición de Nueva Segovia, fue la aparición a mediados del siglo XVII o tal vez un poco más tarde de pequeños competidores en la costa pacífica de la Nueva Granada, en las inmediaciones de Tumaco, Ancón y hasta tan al norte como Buenaventura. Estas zonas que fueron penetradas por españoles procedentes del valle del Cauca, Pasto, San Miguel de Ibarra y Quito, resultaron atractivas por la existencia de lavaderos de oro en los vecindarios de Barbacoas y Usquindé. En poco tiempo se informaba del envío a Guayaquil y El Callao de cantidades desconocidas pero probablemente no muy grandes de maderas y brea. La navegación hacia el sur en contra de los corrientes y los vientos siempre era difícil, pero la distancia entre la región de Tumaco y los puertos peruanos era más corta que desde Panamá, El Realejo o Acapulco, representando el ahorro de varias semanas11.

14 Abajo en la costa, en el distrito realejense, los problemas no eran los mismos que se experimentaban en Nueva Segovia, pero tampoco eran menos importantes. Una dificultad era una serie de decretos comerciales restrictivos, emitidos desde Madrid, Lima y Guatemala. Ya a mediados del siglo XVI, los cacaotales de la costa pacífica de Guatemala e Izalcos se encontraban en descenso, debido a la disminución de la fuerza de trabajo, la sobreexplotación, las langostas, una serie de tempestades destructoras y sin duda muchas otras causas también. Aun peor, la presencia precaria en el mercado mexicano del cacao producido en las citadas zonas, se encontraba amenazada por la afluencia de productos supuestamente inferiores y ciertamente más baratos, importados desde Guayaquil. (Entraba también cacao de Venezuela, pero visto que éste se expedía directamente desde La Guaira y Maracaibo para Veracruz y de ahí a Puebla y México, las autoridades centroamericanas no tenían posibilidad de frenarlo).

15 En la década del veinte del siglo XVII, comerciantes y oficiales guatemaltecos y especialmente los de Soconusco, presionaban por imponer restricciones sobre el comercio entre Acapulco y Guayaquil y poco después se impuso una prohibición total contra las remesas a puertos centroamericanos. Al parecer, el istmo estaba siendo utilizado como una “puerta trasera” para los envíos ilícitos de cacao. Los buques se descargaban en El Realejo, Amapala y Acajutla, de donde la carga se transportaba a lomo de mula hacia México, donde se fingía que se trataba de producto guatemalteco. No está claro hasta qué medida era afectado el comercio por las varias prohibiciones de la época. Lo que sí es cierto es que hay mucha evidencia de contrabando, pero puede no haber sido muy lucrativo, porque las mordidas, los decomisos periódicos y la necesidad de efectuar los descargos por noche y en lugares muy apartados, todos tendrían el efecto de incrementar los costos.

16 Ante el debate sobre el reglamento del comercio las provincias centroamericanas se encontraban divididas. Con el apoyo del presidente y audiencia, la zona cacaotera de la costa del Pacífico desde Soconusco hasta Izalcos, favorecía las prohibiciones, insistiendo en su estricto cumplimiento. Por contraste, Nicaragua y especialmente El Realejo abogaban por que se retirasen. Entre 1627 y 1629 los oficiales locales hicieron una campaña escrita a gran escala destinada a tal efecto. Los querellantes incluían a las autoridades municipales de El Realejo, quienes en enero de 1628 advertían a la corona que al hacer cumplir los decretos resultaría la pérdida de ingresos reales, la interrupción de las exportaciones de brea por la escasez de navíos y el aumento del contrabando12.

17 Para complicar la situación, existía también otro debate, sobre la importación desde el Perú de los vinos y aceite de oliva, en que al menos en parte, la oposición vino de lugares diferentes. Bajo el Patronato Real, la corona se responsabilizaba del abasto de los establecimientos religiosos con suficiencia de estos géneros para los fines sacramentales y el consumo diario. Desde un principio esto era difícil, pero representaba una ventaja monopolista para los productores y comerciantes de Andalucía y en particular para el consulado de comercio de Sevilla, y más tarde para los comerciantes de Veracruz también. Un resultado frecuente del fracaso del sistema de flotas que empezaba alrededor de 1630, era el atraso o ausencia total de remesas de vinos y aceite de España. Esta falta coincidía más o menos con el surgimiento de las viñas peruanas, por lo que en respuesta a la gran necesidad que había, pronto empezaron a aparecer productos sudamericanos en los puertos de Panamá, Centroamérica y México. Para ocultar la verdadera naturaleza de estos envíos, la práctica frecuente era declararlos como de aceitunos.

18 Los exportadores españoles reaccionaron vigorosamente. Mediante su influencia con la corona, lograron que se proscribiese el trato de vinos entre la Nueva España y el Perú. Ante esta innovación, los intereses nicaragüenses se contaban otra vez entre los principales opositores. Ahora ¿cómo podía la corona cumplir con su compromiso con la Iglesia? Tomando nota de que por falta de aceite, en las iglesias se estaba quemando sebo en las lámparas que se guardaban iluminadas frente al Santo Sacramento, al menos un correspondiente preguntó si dicha práctica no constituía efectivamente un sacrilegio. Las rivalidades regionales se manifestaron también. En Nicaragua por ejemplo, se quejaba de que, a no ser que se arruinaran como consecuencia del largo y cálido viaje, las pequeñas cantidades de vino y aceite que sí llegaban desde España tendían a pararse en Guatemala sin llegar a los mercados provincianos. En Nicaragua casi nunca se entregaban, ni aun desde Portobelo o Cartagena por la ruta del Río de San Juan. Según manifestaba vehementemente el cabildo de El Realejo, sin las importaciones de los vinos del Perú, el comercio del Pacífico desaparecería enteramente y con él los ingresos reales que producía13 . Otra vez la campaña no tuvo éxito. A pesar de las repetidas peticiones, varios decretos reiteraron la prohibición contra el comercio de los vinos y aceite. (El trato fue brevemente permitido entre 1685 y 1713, pero volvió a proscribirse hasta la promulgación del “comercio libre” en 1778. El ramo caritativo real que abastecía a las iglesias fue suprimido en 174214).

19 Para concluir este catálogo de las calamidades y reveses padecidos por El Realejo durante el siglo XVII, es necesario tomar nota de las actividades piratas. En 1578 Francis Drake pasó cerca. Sus hombres secuestraron a un habitante local, pero no lograron forzarle a conducirlos por los estrechos peligrosos entre las islas de barrera. Los piratas que vinieron después resolvieron este problema. John Davis asaltó el puerto en 1665 y en 1685 Edward Davis lo incendió, con pérdidas tan extensivas que en el próximo año los corsarios franceses cuyas aventuras historiaba el bucanero noble Raveneau de Lussan, informaban haber encontrado en las ruinas de El Realejo muy poco que valiera la pena llevarse. En 1686 la villa quedó abandonada y en los años subsecuentes sólo unos cuantos habitantes regresaron. Los asaltos piratas continuaban en las primeras décadas del siglo XVIII. A pesar de varios intentos por reconstruir los muros de tierra y por reactivar la construcción naval, no fue posible revivir el puerto. Un informe preparado a mediados del siglo XVIII describe una situación de descenso continuo. Muy poca gente vivía en El Realejo, que según algún comentarista había sido reducido a un “resumen de miserias15”.

20 Para resumir la experiencia de los siglos XVI y XVII, se trató de un tiempo de cambios rápidos, de dificultades y de algunas adaptaciones. En las últimas décadas del XVI y primeras del XVII se dio un marcado descenso de la producción y exportación del cacao centroamericano, y a partir de 1620 aproximadamente la disminución también de la construcción naval en El Realejo. Además, a pesar de las súplicas de los pobladores nicaragüenses a principios del siglo XVII, el gobierno español promulgó una serie de prohibiciones contra la importación a Centroamérica del cacao de Guayaquil y de los vinos y aceite de oliva del Perú. Es probable que estas medidas fueran esquivadas mediante el aprovechamiento clandestino de El Realejo como punto de reexportación de los productos proscritos. La economía realejense probablemente sufrió aun mayor daño, gracias al declive de la manufactura y exportación de la brea debido a la falta de fuerza de trabajo, gran parte de la cual se había trasladado a Honduras. Se nota también el efecto de la destrucción de los pinares en los entornos de Nueva Segovia y el traslado de la misma ciudad forzado por los asaltos de los zambos mosquitos. Finalmente, hay que tomar en cuenta los asaltos de los piratas, quienes en los años ochenta saquearon la villa, reduciéndola a cenizas, a consecuencia de lo cual sus moradores la abandonaron por período de años.

Un documento revelador

21 Hasta este punto el énfasis ha sido sobre la importancia del puerto de El Realejo y su conexión con Nueva Segovia, y los cambios históricos ocurridos en estas dos comunidades durante los siglos XVI y XVII. Lo que falta son los detalles: la gente, los grupos sociales y étnicos, los acontecimientos públicos y las actividades cotidianas, tanto lícitas como ilícitas. En 1641 por ejemplo, hubo un huracán seguido por un incendio que destruyó la villa de El Realejo. Dos años más tarde, se llegó a un acuerdo según el cual se permitía temporal e informalmente la importación de los vinos y aceite del Perú, como respuesta a la escasez de estos géneros y la necesidad que existía de ellos para fines litúrgicos. Al parecer, esta medida no satisfizo la demanda porque en 1644 se informó de la persistencia de contrabando de bienes peruanos en el estero16.

22 De mucho valor para la resolución de algunos de los problemas de detalle respecto a la experiencia cotidiana, es un expediente en que se agrupan documentos transcritos por al menos dos de los escríbanos de cámara de la audiencia de Guatemala, Andrés de Escobar y Juan Martínez de Ferrera. Debido a que sus firmas aparecen en varios de los autos, hay motivo para creer que este registro documental fue montado por órdenes cada uno a su vez, de dos presidentes de la audiencia: don Álvaro de Quiñones Osorio (1634-1642) quien pereció naufragado rumbo al Perú (una ironía histórica), y su sucesor piadoso el licenciado don Diego de Avendaño (1642-1649), quien murió en el cargo. Se sospecha también que tenían mano en su formación los fiscales de la audiencia, doctor don Jorge de Rivera y Castillo y licenciado don Pedro de Salazar Velasco17.

23 Como es frecuentemente el caso de documentos coloniales de este tipo hay algunos contenidos extraños y también algunos errantes de la finalidad central, o así debe parecer al lector de hoy tan alejado del momento en cuestión. Sin embargo, el propósito principal queda claro y es que los dos funcionarios buscaban absolverse de cualquier parte en los acontecimientos complejos y aparentemente cuestionables que pasaban en El Realejo y otros lugares de la costa del Pacífico. También querían demostrar a todo el mundo y sobre todo a las autoridades en España, que habían sido diligentes y entusiastas en su perseguimiento de contrabandistas y otros infractores.

24 El elenco de personajes es bastante representativo, a excepción de la notable ausencia de indígenas. Aparte de los presidentes de la audiencia de Guatemala y sus escribanos mencionados arriba, encontramos a virreyes y oidores de la audiencia de Lima, a funcionarios del Santo Oficio de la Inquisición y a magistrados de distrito tales como el alcalde mayor de Sonsonate y el corregidor de El Realejo, así como a oficiales edilicios de la misma villa y de otras municipalidades también. Son numerosos los individuos asociados con navíos y con la construcción naval en general, entre ellos dueños, agentes de seguros, capitanes y contramaestres, pasajeros, trabajadores en los astilleros y los esclavos afrodescendientes quienes constituían gran parte de las tripulaciones. Hay arrieros y vagabundos y también Francisco, el “negro criollo” que desempeñaba como pregonero de la villa de El Realejo18.

25 El expediente está organizado cronológicamente, comenzando el 14 de diciembre de 1637 (o tal vez antes) y terminando el 30 de mayo de 1642. Sin embargo, a pesar de esta aparente sencillez es evidente que los compiladores tenían en mente una arquitectura deliberada, una orquestación del suspenso, en que se empieza con algunas cartas aparentemente inocuas o aun ajenas a la materia, sólo para llegar en el momento culminante a una denuncia dramática, la que por fin después de muchos folios hace todo claro. El primer documento recopilado es una carta de diciembre de 1637 de “los Jueces oficiales de La real hacienda de la villa y puertto del realejo provincia de nicaragua”. Los citados funcionarios aprovechan para recordar al presidente de la audiencia don Álvaro de Quiñones Osorio de los muchos decretos y cartas de admonición emitidos por él, en los que anima a las autoridades locales, especialmente en El Realejo, Acajutla y otros puertos pacíficos, ejercer el desvelo en sus inspecciones de las fragatas y otros navíos que están por hacerse a la mar con destino al Perú, para evitar el envío de cualquier “mercadería de china en contravención de las reales cedulas”. Sin embargo, la adulación y las profesiones de obediencia no les ganaría mucha aprobación.

26 La próxima parte del expediente, presentada a la audiencia por el fiscal de la misma, es una comisión que le envió don Pedro de Quiroga y Moya, visitador del puerto de Acapulco a donde fue mandado para la “averiguacion y castigo de los fraudes fhos a la real hacienda en la contrattacion de las philipinas y el dho reyno del piru”. Se requería que cualesquier mercaderías chinas y especialmente los textiles, fuesen embargados y que todos los bienes destinados a Nueva España desde el Perú se decomisaran también. Todas las autoridades locales de la costa fueron obligadas a cumplir con estas órdenes, bajo pena de una multa de 2.000 ducados y destitución de su oficio sin recurso judicial. De este punto en adelante, las instrucciones enviadas por el visitador empiezan a perder sentido de realismo. Para evitar cualquier posibilidad de que una fragata u otro navío saliera de un puerto novohispano sin el debido permiso, se ordenaba que tales autorizaciones fueran expedidas solamente por el visitador Quiroga y Moya “y no por otro Jues alguno”. ¿Será que verdaderamente se esperaba que un capitán de navío listo a zarpar digamos de Huatulco o Zihuatanejo para el Perú, se desviara primero a Acapulco para llenar este requisito? Sólo con dificultad seguramente.

27 Este documento es seguido por otro, que a los lectores contemporáneos puede parecer poco relacionado. El cabildo de Granada, Nicaragua, ciudad que en esos días quedaba muy alejada de El Realejo, solicitaba al presidente de la audiencia que diera permiso para que para el sustento de sus familias, algunos vecinos pobres pudieran construir unos barquillos para el transporte de productos locales a Cartagena de Indias por la ruta del Río San Juan y el Caribe. Ya en febrero de 1635 las autoridades municipales se habían quejado de la prohibición que estaba en vigor contra el uso de las embarcaciones construidas en Granada para comerciar con Cartagena. Ahora ya no había industria de construcción naval en la ciudad y tampoco había salida para los “frutos de la tierra” cosechados localmente. Los miembros del ayuntamiento querían saber por qué seguía siendo posible que los comerciantes del lado del Pacífico sacaran licencias de comerciar con puertos del sur, tales como Panamá y Perico, mientras que a los granadinos les quedaba vedado el acceso al Caribe.

28 En los folios siguientes se vuelve al tema central. El 22 de septiembre de 1637 el presidente ordena desde Santiago de Guatemala para “todas las mercaderias de la china que binieran del reyno de la nueva españa a este”, que los dueños de las remesas y los arrieros que las condujeran “precisamente sean obligados a entrar con ellas en esta ciudad sin pasarlas de ella a otra ninguna de las deste distrito”. Una vez llegados a Santiago de Guatemala tenían que hacer declaración testimoniada del contenido de sus cargas. No se permitía que las mercaderías se llevaran fuera de la ciudad, sino con una licencia que sólo el presidente tenía la autoridad de expedir. Estaba prohibido también que los bienes procedentes de Nueva España entraran directamente en puertos centroamericanos, fuesen del lado del Pacífico o del Atlántico, o dentro de ocho leguas de ellos. Se ordenaba asimismo que las exportaciones se limitaran únicamente a los productos locales “conforme a la vecindad de cada uno de los dichos puertos”.

29 Aunque estas medidas parecían poco realistas y casi imposibles de hacer cumplir, el presidente se declaró satisfecho, afirmando que los nuevos decretos seguramente resolverían el problema del contrabando, evitando que “no se contravenga a la dicha provision ni se traginen ningunas mercaderías de china a los dhos reynos del piru”. Todo esto puede entenderse como un deseo ilusorio, pero existe alguna posibilidad, como suele suceder en el caso de burócratas de origen aristocrático especialmente en las sociedades coloniales, de que el presidente Quiñones Osorio estuviera tan alejado de la vida cotidiana, tan distanciado culturalmente de la mayoría de los habitantes, como para poder esperar que sus decretos fueran acatados. Sin embargo, dado los éxitos que el presidente tuvo en otros asuntos, es mucho más probable que Quiñones supiera muy bien que las medidas que tomaba no tendrían mucho efecto, aunque tal vez sirvieran para complicarles las vidas a los contrabandistas, imponiéndoles quizás algunos costos adicionales en forma de mordidas o traslados nocturnos. Así las cosas, podemos suponer entonces que con estos decretos el presidente no intentaba sino dar muestra de su propia diligencia a sus superiores en Castilla, quienes se encontraban aun más alejados que él de las realidades de la vida diaria centroamericana. Desde luego, Quiñones no podía saber con qué grado de cinismo o hasta entretenimiento serían leídos sus despachos en el Consejo de Indias o en otras partes de la corte de Madrid, si es que alguna vez los problemas de la provincia istmeña se consideraran suficientemente importantes para ser tema de discusión.

30 Otros decretos del presidente eran más específicos, o al menos más ejecutables. Un problema del momento por ejemplo, era la práctica de ciertos criminales de huir de la justicia embarcándose para el Perú sin manifestar la autorización escrita exigida para hacer tal viaje. Las autoridades que visitaban los navíos que se preparaban a hacer vela con destino a los puertos del sur tenían la obligación de negar el pasaje a toda persona que no exhibiera el permiso firmado del presidente. En muchos casos, esto debió significar que los pasajeros quienes contaban con medios financieros podían continuar su viaje sin interferencia, mientras que a los que no los tenían se les prohibía seguir. Como parte de su esfuerzo por frenar tales abusos, el presidente reiteró también su prohibición en contra de ciertas salidas hacia el Perú. Era posible sacar permiso para viajes por mar entre puertos centroamericanos y Panamá por ejemplo, pero toda nao que llegó con procedencia panameña estaba sujeta a ser registrada para asegurar que no había venido del Perú y que no transportaba importaciones proscritas de esa provincia.

31 En el expediente bajo estudio hay una carta curiosa fechada en Panamá el 31 de agosto de 1639. A primera vista no es obvio el motivo de su inclusión con los otros materiales, pues en ella don Pedro de Toledo y Leiva, marqués de Mancera y virrey electo del Perú, informa al presidente Quiñones Osorio que se encuentra atrasado en Panamá mientras que para trasladarse a El Callao, espera la llegada de un navío, el que está cierto será igualmente incómodo que el que lo trajo desde España. Mancera y Quiñones eran amigos de mucho tiempo, y el marqués se aprovechaba de esa amistad para aconsejarle al presidente de que las restricciones que éste impuso sobre el trato con Panamá estaban causando dificultades en ese puerto. Según escribía el marqués de Mancera, confiaba que su viejo amigo estaría de acuerdo de que funcionaba mejor el régimen que existía antes de ordenar la nueva política.

32 La reacción a esta carta de parte del presidente Quiñones Osorio muestra claramente por qué la incluyó en el expediente que formaba sobre el contrabando. ¿Amigo? ¡Qué va! Irritado, el 16 de noviembre de 1639 Quiñones volvió a decretar todas sus previas prohibiciones en contra del comercio ilegal con el Perú. No se permitía que ninguna nao procedente de ningún puerto trajera seda de china ni otros textiles, autorizando solamente el transporte de “frutos de la tierra” producidos localmente. Para enfatizar la seriedad del asunto, especificaba que ésta no fue la primera vez que había decretado semejantes restricciones. Fue la condescendencia de Mancera que provocó la respuesta airada del presidente, quien quería hacer claro que nadie podía intimidar al presidente de la audiencia de Guatemala y gobernador general del mismo reino. Así como antes, este mensaje se dirigía principalmente a los consejeros de Indias, así como a otros oficiales en Madrid. Ni siquiera un futuro virrey del Perú fue capaz de persuadir a Quiñones que no cumpliera con la voluntad del rey ni tampoco que no ejecutara estrictamente las leyes en vigor. Como aliciente adicional, el episodio permitió al presidente pulir su propia imagen, traicionando a su “amigo” el marqués de Mancera, cuyo enchufismo y disposición de circunvenir las leyes se reveló cuando Quiñones convirtió su carta personal en documento público19.

33 La próxima y más extensiva serie de documentos de que se compone el expediente que comentamos, trata de una fragata que navegaba entre El Callao y Paita en el Perú y el puerto de El Realejo en Nicaragua. En 1641 llegó desde Sudamérica el presbítero licenciado Tomás de Espinosa, a bordo del navío de su propiedad, el San Pedro y San Pablo, su capitán Vicente Ferrer. Llevaba “mercaderías y frutos de la tierra”, los que habían sido legalmente descargados (si uno puede creer eso). El sacerdote solicitó el permiso necesario para regresar al Perú, el cual le fue concedido pero únicamente para el transporte de ciertos bienes autorizados.

34 Estando el padre Espinosa listo a emprender su viaje de regreso, el expediente toma otro hilo narrativo, que es revelador y que luego se conecta con la historia del San Pedro y San Pablo. Parece que el 4 de octubre de 1634, un tal Sebastián Ramírez, vecino de El Realejo y antiguamente escribano de cabildo de esa villa, había comprado el cargo de escribano público del Valle de Guatemala, jurisdicción que abarcaba los numerosos pueblos de indígenas que rodeaban la ciudad de Santiago. Acordó pagar a su previo propietario la suma de 8.000 pesos, al parecer dos tercios de su valor de mercado, a ser cancelado dentro de un plazo de dos años. Para seis años o más, Ramírez pudo sacar el beneficio del oficio, hasta que por motivos desconocidos se enemistó con el presidente de la audiencia, quien le condenó al servicio sin remuneración en la frontera militarizada de Chile. Se ordenaba que en custodia de Juan de Benavides, alcalde de la cárcel real de Santiago, Ramírez fuera conducido a El Realejo donde sería puesto a bordo de una fragata propiedad de Miguel Pérez de Azcárraga, la que estaba lista para darse a la vela rumbo a El Callao. Si dicha embarcación ya había salido del puerto, o si se encontraba atrasada, el reo Ramírez podía ser encargado a cualquier otra nao en ese momento disponible20.

35 No hay más mención de Pérez de Azcárraga ni de su fragata, que tal vez ya no se encontraba en el puerto cuando el reo y su escolta llegaron. A pesar de las protestas del capitán Vicente Ferrer, el San Pedro y San Pablo fue designado como substituto. Mientras sucedía eso, el maestre Ferrer presentó su permiso para hacer viaje a El Callao llevando “frutos de la tierra”. Listo para cargar su bajel, pidió que las autoridades hicieran los trámites requeridos, los cuales eran largos y repetitivos. El 4 de noviembre de 1641 un grupo de oficiales que incluía al contador y el teniente de tesorero de la caja real de El Realejo, el piloto mayor del puerto y otras personas más, acordaron revisar los documentos presentados por Ferrer. Después de una demora de tres días el piloto mayor por fin puso su firma y para el 9 de noviembre los mismos oficiales certificaron que Ferrer había cancelado la media anata en la cantidad de 37 pesos con 4 reales, debiendo enterar igual suma cuando llegara a Lima. Pagó también la suma de 12 pesos por las varias escrituras que tendrían que ser enviadas desde León a Santiago de Guatemala. Ese mismo día las autoridades emitieron otro permiso, autorizando a Ferrer que viajara a Paita y El Callao, siempre que no transportara bienes prohibidos, polizones o pasajeros ilegales, dando como ejemplos interesantes de éstos “esclavos fugitivos[,] yndios desta tierra[,] mujeres Cassadas sin Lisencia de sus maridos[,] frayles sin Licensia de sus prelados[,] delinquentes ni otras perssonas de las prohividas”.

36 Terminada esta primera fase de los procedimientos necesarios, los oficiales se desplazaron río abajo hasta el embarcadero de Jaguey “que esta detrás de la hermita de nuestra Señora del Rosario”, donde supervisaron la embarcación de “cajones[,] cajas[,] baules[,] pettacas[,] surones y otras cosas”. Todos estos fardos fueron registrados para asegurar que no se cargaran géneros de China ni otros artículos de contrabando, pero la carga principal parece haber sido productos locales, incluyendo la brea. Aunque las autoridades reconocieron que Ferrer dependía de las mareas para salir del estero, le amonestaron que ya no importaba si cargaba su navío por día o por noche, tenía la obligación de informarles para que pudieran enviar el guarda mayor del puerto para re-inspeccionar cada pieza de la carga antes de hacer la vela. El mismo día el negro criollo Francisco, pregonero oficial de la villa, hizo el primer pregón. A menos que hubiera objeción de parte de algún vecino, la fragata saldría para Paita y El Callao. Dos días después, el 11 de noviembre de 1641, el maestre Ferrer firmó una declaración de haber visto y entendido todos los mandatos hasta la fecha. El pregonero Francisco hizo el segundo pregón y el día después el tercero, esta vez en “la plaza publica de la villa” como exigía la ley.

37 Después de varios conocimientos de embarque, algunos de los cuales no concuerdan con los otros, el 19 de noviembre el capitán Ferrer hizo declaración a nombre del padre Tomás de Espinosa de 350 cajones de un quintal de brea cada uno, más un zurrón que contenía un quintal de tinta añil. Adicionalmente, uno de los pasajeros, Juan de Torres, cargó doscientos quintales de brea y once zurrones de tinta. Tres días más tarde, Ferrer informó a las autoridades que ya tenía un fiador, Gonzalo de Cea, vecino de El Realejo, quien fue designado como “principal pagador”.

38 El 25 de noviembre se tomó nota del crecimiento de la carga cuando Espinosa embarcó otros once quintales de brea, los que fueron cargados en el embarcadero después de la ermita. Las autoridades los “barenaron con una barrena”, es decir que los probaron minuciosamente con una vara puntiaguda. Puesto que el pasajero Juan de Torres, dueño de parte de la carga, todavía no había llegado a Jaguey, le tocó al maestre Ferrer cancelar sus impuestos. Aparte de la media anata, la imposición se calculaba en tres pesos por quintal de brea y diez pesos por quintal de tinta. Los dos cargadores pagaron también el almojarifazgo, un gravamen de 2.5 por ciento del valor de las exportaciones, en este caso un total de 45 pesos. El total pagado en concepto de impuestos, que incluía también “los derechos de la nueba Ynposicion de la armada de barlovento”, fue 169 pesos con 4 reales.

39 Ahora ya era el 29 de noviembre y el capitán Vicente Ferrer hizo entrega de una lista de sus tripulantes. Declarándose a sí mismo como “maestre y pilotto”, declaró que su contramaestre era un pariente suyo de nombre Jerónimo Ferrer. El escribiente era Juan García y se tomó razón de un solo marinero, Rodrigo de Nova. Son de particular interés los seis grumetes, cuyos nombres aparecen en la lista como Julián Criollo, Juan Angola, Leandro Samudio, Antón Caravandí, Baltasar Berán y Sebastián Congo. De estos seis, cuatro al menos parecen haber sido esclavos y algunos de ellos tal vez bozales nacidos en la parte occidental de África Central. Si es típica la composición de esta tripulación, puede sugerir que las fragatas que se dedicaban al cabotaje al lado del Pacífico dependían principalmente de la mano de obra africana. Todas las personas nombradas en la declaración de Ferrer aparecieron ante el comisario del Santo Oficio de la Inquisición, el padre Juan Aceituno de Estrada, y recibieron la aprobación para viajar.

40 El 4 de diciembre, después de un mes estancado por las múltiples exigencias de la burocracia, el proceso llegó a un cese repentino cuando hizo su primera aparición en la escena el capitán Juan de Gálvez, corregidor y “capitán a guerra” de El Realejo, a quien más tarde le tocaría desempeñar un papel importante en nuestra historia. Encargado del problema de facilitar el traslado al Perú del prisionero Sebastián Ramírez, Gálvez ordenó que fuera puesto a bordo de la fragata San Pedro y San Pablo, responsabilidad que el maestre Ferrer no quería aceptar aun cuando se le dio cien pesos para hacer frente a los costos de transporte y mantenimiento. ¿Qué sucedería, Ferrer quería saber, si por alguna casualidad le fuera necesario detenerse en otro puerto? La fragata no contaba con guardia ni espacio seguro encerrado, por lo que al prisionero le sería fácil escapar. Ferrer insistió que no podía aceptar tal responsabilidad, a lo que Gálvez contestó que de no hacerlo sería multado en cantidad de 500 pesos y denunciado ante la audiencia de Guatemala, con pérdida de su oficio de capitán. Con muy pocas ganas y protestando que se conformaba a lo ordenado solamente para no aplazar más su salida para el Perú, el maestre Ferrer aceptó por fin tener custodia de Ramírez. Aceptó también un paquete de cartas selladas, cuyos destinatarios incluían al virrey marqués de Mancera; el oidor de la audiencia de Lima don Antonio de Calatayud y Sandoval; el contador del tribunal de cuentas de Lima; y un fraile mercedario confesor del virrey. También había correo para personas particulares, una de las cuales residía “en la calle de socaro en el tambo de Los Leones”, dirección que aparentemente fue en aquellos días suficientemente precisa para asegurar la entrega.

41 El mismo día las autoridades locales llegaron otra vez a bordo para realizar una inspección más, en esta ocasión para determinar si el navío llevaba suficientes abastos para llenar las necesidades de la tripulación durante un viaje de la duración propuesta. Entonces, el guarda del puerto realizó el último chequeo, abriendo las escotillas y bodegas, reexaminando los baúles y cajones, los toneles de agua y los sacos de maíz. Volvió a reconocer la carga y encontró que las cantidades de brea y tinta antes manifestadas no habían cambiado. Abrió también tres o cuatro baúles pequeños, que resultaron contener sólo ropa y nada más. Concluidas estas diligencias, después de nueve meses en Jaguey, la fragata San Pedro y San Pablo por fin zarpó y emprendió su viaje al Perú. Afortunadamente no llevaba productos perecederos. El expediente formado sobre las inspecciones y permisos contenía 62 folios21.

42 Después de todos los procesos interesantes si algo banales que atendían el registro, embarcación, carga y personal de un solo navío, en el documento bajo estudio se nota un cambio abrupto de ritmo. El presidente don Álvaro de Quiñones Osorio muere en alta mar y llega en su lugar un nuevo mandatario, don Diego de Avendaño. Deseoso de averiguar lo que realmente sucedía en la zona del Pacífico, Avendaño envió al fiscal de la audiencia licenciado don Pedro de Salazar Velasco, con título de justicia mayor para visitar Sonsonate y especialmente El Realejo. Para respaldar sus acciones Avendaño notificó al alcalde mayor de Sonsonate, el capitán don Francisco de Castro y Manrique, que estaba presentando una queja en contra del capitán Juan de Gálvez, corregidor de El Realejo, a quien ya hemos hecho el conocimiento. A pesar de las prohibiciones vigentes en contra de la fábrica de navíos sin el permiso de las autoridades, Gálvez tenía una embarcación bajo construcción, para el que explotaba como fuerza de trabajo no remunerado a indígenas y otros habitantes locales. Además trataba en mercancías dentro de su jurisdicción, forzando a los vecinos que las comprasen a él, mientras que no permitía que otros comerciantes adquirieran productos locales excepto con él. Para Avendaño el colmo era el trato con el Perú. La fragata Nuestra Señora del Prado y del Rosario, dueño y maestre Juan Sánchez de Solís, viniendo de Acapulco hizo una “arribada maliciosa”, es decir, una parada ilegal que se justificaba por la alegada necesidad de atracarse en puerto seguro debida a una tormenta en alta mar o la necesidad urgente de hacer alguna reparación. El corregidor Gálvez prestó su ayuda, visitando la embarcación y autorizando el desembarque de cajones y textiles de China. Presumiblemente estos géneros encontrarían mercado en León y tal vez también en Granada, Nueva Segovia y Tegucigalpa.

43 Mientras esto sucedía, el oficial encargado de la interdicción del contrabando, y especialmente de la seda china, en la provincia novohispana de Jicayán emitió autos en contra de Sánchez Solís, y también en contra de Alonso Ortiz Perago, capitán del navío San Luis Rey de Francia. También acusaba a pasajeros a bordo de la fragata Nuest®a Señora de Guadalupe de haber embarcado “Mucha Cantidad de ropa de china viniéndose sin rego ni Licencia finjiendo arrivada maliciosa y contra las ordenes de Cedulas Rs”. Envió noticia también al licenciado don Pedro de Salazar Velasco, quien según suponía, había llegado recientemente en El Realejo, recomendándole que averiguase la causa contra el corregidor Juan de Gálvez por sus “tratos y contratos y lo demás”. Según entendían las autoridades novohispanas, uno de los navíos mencionados arriba había echado ancla en el puerto nicaragüense, donde además se encontraba otro bajo construcción en violación de la ley. Había órdenes de captura para Sánchez de Solís y también para embargar la fragata Nuestra Señora de Guadalupe con su carga de paños de China. Si se encontraban también en El Realejo el otro maestre, Alonso Ortiz Perago, y los dos pasajeros, Luis de Valencia y Juan de Torres Zevallos, se ordenó que se los arrestaran también y que todos sus bienes fueran embargados, inclusive la nao, o naos si más de una había.

44 A la causa que se fulminaba en contra del corregidor Gálvez, el presidente Avendaño agregó cargos también. Se estimaba que la investigación sería concluida dentro de un plazo de noventa días, durante el cual Gálvez debía trasladarse temporalmente a León, práctica rutinaria en tales casos. En el caso de las arribadas maliciosas, los maestres y los pasajeros serían conducidos con escolta a la real cárcel de Santiago de Guatemala, encargando sus pertenencias portátiles al depositario general de esa ciudad, mientras que los bienes que no podían ser transportados serían puestos en el cuidado de una persona legalmente fiada.

45 Para dirigir la investigación, Avendaño comisionó al fiscal Salazar como visitador, a ser acompañado del oidor más antiguo de la audiencia, Pedro de San Juan y Prado. Mandó que al fiscal de la audiencia se guardara enterado de todo y que los miembros del cabildo de El Realejo prestaran juramento de ayudar en todo lo posible. Se recibirían inmediatamente las declaraciones del alcalde ordinario de El Realejo capitán Diego de Velasco y del marinero Juan de la Cruz, porque se informaba que ambos se iban para Lima.

46 En ese momento el visitador don Pedro de Salazar no se encontraba en El Realejo como se suponía, sino todavía en camino. Desde Santa Ana en la jurisdicción de San Salvador el 1º de mayo de 1642 convino a los dos testigos a presentarse ante él en ese pueblo, que no les resultó muy incómodo puesto que ellos tampoco estaban en el puerto nicaragüense, sino en Sonsonate. El primero en dar su testimonio, Juan de la Cruz dijo tener treintaitrés años de edad y ser natural de El Realejo. Según su declaración, había conocido a Juan Sánchez de Solís, maestre y dueño de la fragata Nuestra Señora de Guadalupe, por ocho años aproximadamente. Recientemente lo encontró en el puerto de Huatulco, a donde de la Cruz había viajado desde Oaxaca con una recua de mulas. Sánchez de Solís lo contrató como marinero con sueldo de doce pesos mensuales. Sin embargo, después de solamente dos meses, por “aver tenido diferenzias Con El piloto de la dha fragatta y un grumete se salio el tetto de Ella a tierra”, donde a corto plazo vio llegar una recua de mulas cargada de fardos y baúles atados y tapados, que se decía contenían ropa de China. El testigo no podía decir qué cantidad había, porque no hizo conteo y en todo caso no era asunto suyo. En octubre de 1641, los artículos que componían la remesa sospechosa fueron embarcados en la fragata. De la Cruz abandonó Huatulco el próximo día, pero luego oyó decir que el Nuesta Señora de Guadalupe se había dado a la vela. Concluyó su declaración, agregando que “no supo este to. Cuia era [esa carga] ni tampoco la requa q. la llevo a El dho Puerto y q. esto es la verdad”.

47 El segundo testigo, capitán Diego de Velasco, afirmó que sabía que mientras estaba en el Perú, el corregidor Juan de Gálvez había comprado la nao Nuestra Señora del Prado, que en ese momento estaba anclada en el puerto de El Realejo. Sabía también que el mismo Gálvez estaba construyendo una nueva embarcación, pero no tenía conocimiento de que si tenía empleados trabajadores indígenas o no. En cuanto al navío que llegó con textiles chinos, el alcalde provincial de la Santa Hermandad don Andrés Ordóñez había rendido informe a la audiencia el año pasado de 1641. En el citado documento, se incluyó la noticia del robo en el puerto de algunos de los paños que habían sido desembarcados, tanto ropa de China como de otros lugares. Preguntado que si Sánchez de Solís había pasado de contrabando bienes chinos, contestó que un tal Francisco de Luna, vecino de El Realejo, le había dicho que sí era cierto. También afirmó que el corregidor había comprado cantidades de brea, las que envió a venderse en el Perú. Insistiendo en que había declarado todo lo que sabía, el capitan Velasco dijo tener cincuenta años de edad y firmó su declaración. Obviamente se trataba de un testigo renuente cuyo mayor interés era no meterse en líos.

48 Todo el proceso terminó en un anticlímax en Sonsonate el 12 de mayo de 1642, cuando el capitán don Francisco de Castro y Manrique cerró el expediente, atestando de que los dos testigos habían hecho sus declaraciones y que los traslados de las escrituras originales eran completas y correctas. El día 30 de mayo se firmó el último documento22.

Algunas conclusiones

49 Aunque pueda parecer al azar, el expediente que acabamos de comentar es en realidad cuidadosamente construido para servir los fines de los que ordenaron su composición. Nos tiene mucho que contar sobre esos fines, pero sobre muchas otras materias también. Tanto los dos presidentes como los otros oficiales que intervinieron en el proceso, obviamente esperaban que este documento, así como otros del mismo tipo, sirviera para comprobar su eficacia y fidelidad a las leyes. Hay una diferencia, sin embargo, cuando se compara la gestión del presidente don Álvaro de Quiñones Osorio con la del presidente don Diego de Avendaño. Mientras aquél tendía a proclamar mucho y hacer poco, éste siendo hombre de estricta piedad, donaba grandes sumas de su propio caudal a los establecimientos religiosos de Santiago de Guatemala y mostraba mayor energía en la persecución de los delincuentes locales y especialmente de los oficiales corruptos y de los contrabandistas del Pacífico. Bien puede ser que tal comparación no sea igualmente aplicable a todos los aspectos de sus administraciones, pero en todo caso no es la dimensión más importante del documento bajo estudio23.

50 Algunos de los hechos o afirmaciones que podemos sacar del expediente concuerdan con lo que se sabe de la costa del Pacífico en esa época. Los puertos eran Huatulco; Acapulco; Zihuatanejo en los primeros años; la rada abierta de Acajutla; intermitentemente los diversos estuarios del golfo de Amapala; El Realejo; el golfo de Nicoya, especialmente La Caldera (aunque después de un principio auspicioso estos puertos fueron limitados casi exclusivamente al cabotaje con Panamá); el mismo Panamá; Perico; Buenaventura y Tumaco; la bahía de lo que hoy es Esmeraldas, Ecuador, en ese momento sólo recientemente pacificada; Guayaquil y su puesto remoto, la isla de Puná; Paita; y El Callao, puerto de Lima. Entre estos lugares transitaban no solamente las cargas de mercancías tanto legales como clandestinas, sino también el correo oficial y particular, pasajeros y oficiales, tripulantes y criminales, tanto condenados como fugitivos. Pequeño tal vez por los criterios de hoy, este movimiento de gente y bienes fue sin embargo algo significativo para su época.

51 Con el final del siglo XVI tuvo fin también la edad de mayor actividad en la industria de construcción naval. Los enormes galeones de Manila vinieron ahora de Acapulco y de las mismas Filipinas y fuera de ellos, la nao que se utilizaba más en el comercio de larga distancia era la fragata, un bajel pequeño pero resistente, con una quilla más o menos cincuenta o sesenta pies de largo, una viga de unos doce pies de ancho, dos bodegas de carga y dos mástiles. Las manejaban tripulaciones de una docena de personas, que incluían el maestre que hacía las veces también de piloto; el contramaestre; el escribiente; un marinero o dos; cinco o seis grumetes, quienes típicamente eran negros, fueran esclavos o libertos; y tal vez alguno que otro pasajero. No hay constancia de haberse perdido en alta mar fragata alguna, salvo como consecuencia de asaltos de piratas, naufragios en rocas o hundimientos deliberados. Esto es digno de mención en vista del pequeño tamaño de las embarcaciones, la larga duración de los viajes oceánicos y la dificultad de la navegación hacia el sur desde Acapulco, El Realejo y Panamá. El uso en la construcción de las maderas duras tropicales y de la brea obtenida de los pinares locales, probablemente tenga algo que ver con este éxito. Porque muchos de los informes de daños debidos al mal tiempo, la pérdida de un mástil o de un timón, maderas podridas o goteras peligrosas, son en realidad casos de arribadas maliciosas, es difícil saber con certeza con qué frecuencia se tenía que interrumpir los viajes para atender a problemas reales o amenazados.

52 Hemos encontrado únicamente dos escrituras de compra de fragatas de El Realejo y estos documentos están tan distanciados en tiempo y circunstancias que no pueden ofrecer sino unas ideas muy generales. El 13 de abril de 1634 un vecino de Santiago de Guatemala vendió una fragata completamente equipada que en ese momento se encontraba en el mar frente a El Realejo, a otro vecino por la suma de 4.800 pesos de a ocho reales. El comprador pagó 2.100 pesos de anticipación, con la promesa de entregar 1.900 más en el momento de tomar posesión y los 500 restantes dentro de un año. Unos cuarentaicinco años después en el 30 de enero de 1679, un constructor de navíos en El Realejo se comprometió a fabricar y entregar una fragata para el final de septiembre del mismo año por un costo total de 1.600 pesos. Ya había recibido 800 pesos y sería pagado 400 más cuando se terminara de colocar la cubierta. El balance era pagable en el momento de la entrega. El comprador se acordó enviar a un empleado suyo, quien presumiblemente tuviera alguna experiencia en cuestiones marítimas, para ayudar en la construcción y luego asumir el puesto de contramaestre. Se trata aquí de una embarcación más pequeña que la de 1634, pero aparte de eso los dos casos son difíciles de comparar, salvo para tener una idea del costo de comprar o construir una fragata24.

53En base a estos datos esparcidos, es posible conjeturar, por ejemplo, que una fragata típica tomaría unos ocho meses para fabricar—y eso sin tomar en cuenta los atrasos que podían ocasionar los piratas, la escasez o falta de materiales, las quiebras e incumplimientos y los problemas legales. Oficialmente, entre las décadas 1630 y 1670, fueron construidos en El Realejo unas seis o siete fragatas, lo que nos permite estimar un total de una docena poco más o menos para el siglo XVII entero. Desafortunadamente, no podemos ni adivinar cuantos navíos fueron fabricados clandestinamente por pícaros como el corregidor Juan de Gálvez, completando parte del trabajo bajo cubierta de noche o escondido en alguna bahía o estero apartado. Los astilleros de Jaguey y tal vez en la isla de Aserradores también, posiblemente vieran otras actividades, tales como las reparaciones y carenaje o la construcción de embarcaciones pequeñas para el cabotaje. Como centro de construcción naval, El Realejo ya no gozaba de la importancia que tenía durante el período entre 1550 y 1620 más o menos, cuando ahí se construían los galeones de Manila. Sin embargo, la fábrica de fragatas y los servicios de reparación complementaron útilmente las otras actividades cotidianas, generando pagos en efectivo, comida, ropa, etcétera, entre otros para madereros, aserradores, fabricantes de velas y de cordaje, obreros de los astilleros, estibadores, arrieros y comerciantes de maderas y brea.

54 El documento bajo estudio, así como otros semejantes, puede también agregar detalles a nuestro conocimiento del papel desempeñado por El Realejo en el comercio, tanto lícito como ilícito. Nos permite presenciar la separación casi absoluta que existía entre la legislación real y lo que realmente sucedía respecto a la introducción desde el Perú de vinos, aceites, monedas de plata y cacao de Guayaquil. No solamente generaba conflictos entre aquellos elementos quienes guardaban al menos la apariencia de favorecer tales prohibiciones y los que se beneficiaban directamente del contrabando, sino también fomentaba el regionalismo. En León y en un grado menor en Granada, se quejaba de la arbitrariedad de la monarquía y de sus agentes en Santiago de Guatemala. Los intereses locales estaban opuestos por ejemplo, a los de los grupos que se dedicaban al comercio del cacao en las costas de Guatemala e Izalcos. También se oponían a las casas comerciales de Santiago con sus conexiones influyentes en Sevilla, que al menos parte del tiempo gozaban de mayor acceso a los presidentes y oidores de la audiencia de Guatemala.

55 Sin embargo de todo esto, las autoridades en El Realejo, tanto el corregidor y sus secuaces como los miembros del cabildo, hicieron grandes esfuerzos por demostrar que las exportaciones legales todavía salían de ese puerto. En los últimos años de la década del 1630 por ejemplo, grandes remesas de brea continuaban destinándose al Perú con todos los impuestos pagados. De semejante interés son las pequeñas cantidades de tinta añil que se enviaban vía Guayaquil y puertos menores, presumiblemente para llenar las necesidades de los obrajes de textiles de Riobamba y Latacunga en las tierras altas de la audiencia de Quito. Un presagio del futuro, en esta época temprana el añil todavía no era el producto principal de la agricultura comercial en el declive del Pacífico centroamericano, pero eso pronto se cambiaría.

56 El 14 de abril de 1642, en un momento culminante documental el villano de la obra por fin salió a relucir. El corregidor Juan de Gálvez y sus allegados habían gastado 62 folios en que se inscribía una serie de procesos tediosos, todo para comprobar que ellos habían cumplido con lo que las leyes exigían—los impuestos fueron cobrados, las cargas registradas y las tripulaciones inspeccionadas—en breve que habían asegurado que las embarcaciones entraran y salieran en estricta conformidad con las regulaciones. Ahora todo lo contrario sería revelado. El corregidor Gálvez tenía comisionada ilegalmente la construcción de un navío para su propio uso, proyecto en que explotaba forzosamente y sin remuneración el trabajo de indígenas y otros residentes locales. Mantenía además actividades comerciales locales y a larga distancia, en que se aprovechaba de su oficio para obligar a los vecinos que compraran solamente a él y para permitir el descargue de remesas prohibidas de seda china y de otros textiles. Las cargas que se formularon en contra de Gálvez complementan los datos provenientes de Acapulco y Huatulco. Fueron expuestos abusos de todo tipo : arribadas maliciosas, descargues ilegales facilitados por oficiales corruptos, el posible cambio de nombre de los buques a fin de evitar la detección, las frecuentemente desatendidas órdenes reales para la captura de los sospechosos de contrabando y el embargo de sus bienes y las pesquisas oficiales frustradas por los testigos evasivos o fugaces. Las largas demoras, los múltiples impuestos, la intromisión excesiva de parte de los funcionarios y las inspecciones repetidas que constituían partes inevitables del trato legal, tendían a promover el contrabando, si solamente como manera de avanzar el negocio con mayor celeridad.

57 En este contexto son más claros los cambios de ocupaciones e industrias y las transformaciones demográficas que se dan en la región durante la época en cuestión. Después de experimentar su cénit a principios del siglo XVII, la producción de la brea empezó a disminuirse alrededor de 1640, aunque hay constancia de vez en cuando de remesas muy grandes enviadas al Perú, las que dependían probablemente de la disponibilidad del financiamiento en Santiago de Guatemala. Causa importante de este declive fue la desaparición de gran parte de la fuerza de trabajo indígena en la zona de Nueva Segovia, debido a la muerte o a la huida hacia las minas de Honduras. La brea, la tinta y los géneros de China aún se cambiaban por monedas de plata, el vino y el aceite peruanos, aunque probablemente en menor grado que en la costa de Izalcos y Guatemala, donde se comercializaba también el cacao guayaquileño. Debido a diferencias de los patrones comerciales y de los efectos de las regulaciones, surgieron rivalidades y quejas en El Realejo, León y Granada. Durante el siglo XVII y especialmente en las últimas décadas de esa centuria, se dio también un cambio importante de la composición étnica de la población, en la que aumentó en grado extraordinario la presencia de gente de ascendencia africana. Esta gente se dedicaba a la agricultura de subsistencia, actividad que se suplementaba con ingresos percibidos del empleo ocasional como carpinteros, calafates, aserradores, fabricantes de velas, estibadores, arrieros y otras ocupaciones semejantes. Así se adaptaban los negros y mulatos a los tiempos difíciles. También, lo que sabemos de las tripulaciones de los navíos sugiere que en su mayoría se componían de afrodescendientes, tanto esclavos como libres25.

58 Ahora de nuevo ¿qué decir de nuestro “villano” el corregidor Juan de Gálvez? Contrabandista, comerciante, monopolista, oficial de gobierno—¿hasta qué punto fue representativo de sus colegas de rango semejante en las ciudades secundarias centroamericanas de los 1630, 1640 y décadas posteriores? Es sugestivo por ejemplo, que cincuenta años más tarde en 1689 el maestre de campo José Agustín de Estrada, alguacil del Santo Oficio y uno de los vecinos de Santiago más poderosos, aparecería como fiador de don Gaspar Baca de Quiñones, recientemente nombrado como corregidor de El Realejo26. Sin embargo, hay bastante evidencia de que aun en su propio tiempo Juan de Gálvez no era único. En esa época, los corregidores, alcaldes mayores y otros oficiales locales desplazaron a los comerciantes locales, en el caso de Gálvez hacia León Viejo, León y hasta Granada. Desde luego en distintos lugares había circunstancias distintas. En Chiapas por ejemplo, los alcaldes mayores se beneficiaban de la práctica de cobrar el tributo en especie, ejerciendo un monopolio sobre la venta de los artículos entregados por los pueblos indígenas, los que incluían maíz, frijol, cochinilla silvestre y tejidos. En el caso de El Realejo siendo puerto, para sacar semejante provecho Gálvez tenía que trabajar a través de los capitanes de navíos y los pequeños comerciantes quienes solían acompañar sus remesas en los viajes de dos a cuatro meses entre Nicaragua y Paita, Lima y puertos intermediarios27.

59 Sin embargo, la villa sobrevivió. De hecho, hasta los 1680 El Realejo se ajustaba más o menos cómodamente a sus infortunios. Artesanos negros y mulatos se desplazaron tierra adentro, donde se aprovechaban de terrenos fértiles para dedicarse a la agricultura de subsistencia, mientras que de vez en cuando la construcción o reparación de navíos ofrecía oportunidades de trabajo asalariado, fueran lícitas o no. En ocasión cuando estaba disponible el financiamiento para tal efecto, el grupo dominante de Nueva Segovia enviaba grandes remesas de brea hacia Panamá, Guayaquil y el Perú. Además, siempre había el contrabando, especialmente de mercancías chinas. Por obvios motivos, es difícil cuantificar la escala de esta actividad, pero debió ser rentable para los corregidores y sus seguidores. Sin duda, era fuente también de empleo para muchos, en que se contaban oficiales locales, tales como los miembros del cabildo, los contadores de la real caja, sacerdotes, frailes y funcionarios del Santo Oficio. Así con un poco de esto y un poco de aquello, a pesar de la dificultad de los tiempos El Realejo pudo lograr cierto grado de estabilidad.

60 Los piratas que amenazaban la costa del Pacífico durante el siglo XVII han recibido mucha atención literaria. Sin embargo, en general el efecto de sus depredaciones no parece haber sido tan dañino como típicamente se imagina. Por ejemplo, no pudieron perturbar Lima o El Callao, y de su impacto temporalmente destructivo sobre Acapulco y Panamá, se dio una rápida recuperación. Situada río arriba en el Guayas, la ciudad de Guayaquil contaba con un sistema de alerta temprana en la isla de Puná. Experimentó algunos episodios serios, especialmente cuando los holandeses cayeron encima del puerto en 1624, pero sus defensores en más de una ocasión infligieron mucho daño a los asaltantes. En general, las catástrofes naturales, tales como los incendios y las inundaciones, tendían a ser más perjudiciales.

61Desafortunadamente, el caso de El Realejo fue la excepción. Débilmente defendida, la villa sufrió dos ataques importantes durante la década del ochenta en que los piratas destruyeron la población y saquearon las zonas rurales adyacentes, provocando el abandono casi total del puerto. Hubo durante el siglo XVIII varios intentos por promover la recrudescencia de El Realejo, pero se ubicaba muy río arriba para permitir el acceso de las embarcaciones más grandes de esa época. Desplazada en su papel tradicional por Corinto, la antigua villa portuaria se hundió en la pobreza y la rusticidad28.

Coda

62 Antes de dar por concluida la presente exposición, vale enfatizar que El Realejo no fue caso único. En otras jurisdicciones las condiciones eran parecidas y en algunos casos de la costa del Pacífico también vinculadas a la situación del puerto nicaragüense. Buen ejemplo es la audiencia de Quito, cuya economía en el siglo XVII se relacionaba cercanamente con la de Nicaragua. En un decreto real del 11 de enero de 1593, la monarquía española prohibía el comercio entre Tierra Firme y el Perú, ordenando que ningún puerto de la Nueva España remitiera a Panamá o al Perú bienes de Filipinas o de China. Como muestra de lenidad sin embargo, la corona concedió un plazo de cuatro años, durante el que las personas que se encontraran en posesión de textiles prohibidos los podían utilizar o remitirlos a España. Al parecer, la legislación no se cumplió, pues el 31 de diciembre de 1604 la corona dijo tener información de que seguían llegando remesas de textiles chinos, ordenando que los responsables fueran identificados y castigados.

63 En Quito el 18 de junio de 1607 los miembros de la audiencia celebraron el ritual acostumbrado de obedecimiento, repitiendo las palabras requeridas en tales ocasiones. Sin embargo, sin mucha discusión decidieron que en vez de cumplir la nueva cédula de 1604, sería mejor intentar ejecutar la original de 1593, pero en forma alterada. Por tal motivo, declararon que dentro de un término de quince días todos los mayoristas y minoristas que tuvieran posesión de textiles de China, los declararan ante las autoridades, bajo pena de decomiso. Hechas las citadas declaraciones, tendrían un plazo de ocho meses dentro de que consumir los bienes o venderlos de una vez. De esta provisión fueron notificados dieciséis tratantes, algunos de ellos muy pequeños. Uno de ellos aparentemente era portugués, mientras que otros eran tal vez mestizos o indígenas. Todos admitieron poseer bienes prohibidos29.

64 El 20 de febrero del año siguiente, conforme a la advertencia susodicha la audiencia empezó a visitar las tiendas de los tratantes quienes habían declarado tener textiles chinos, para ver si los habían eliminado de sus inventarios. A la lista de ventas a ser inspeccionadas, los visitadores agregaron también los nombres de algunos comerciantes quienes habían negado la posesión de los géneros proscritos, más los de otros que no habían hecho las declaraciones requeridas. Las visitas produjeron algunos resultados, pero es dudoso que los informes sean completamente confiables. Gaspar Luis de Palma por ejemplo, había jurado que tenía algunos paños de China, pero los visitadores encontraron que entre sus provisiones no había casi otra cosa. Al tintorero Diego Hernández le denunció un competidor y en su taller los visitadores encontraron una cantidad considerable de seda. Algunos de los comerciantes quienes al año anterior habían admitido la presencia en sus tiendas y bodegas de textiles ilegales, todavía los tenía, aunque según el informe de la visita en la mayoría de los casos solamente se trataba de cantidades pequeñas.

65 Fue embargada toda la ropa descubierta y se iniciaron procesos en contra de varios individuos. Al tintorero Hernández se le perdonó, porque resultó que los textiles encontrados en su posesión no eran suyos, sino que pertenecían exclusivamente a sus clientes. Después de menos de dos meses (período bastante breve, cuando se compara con otros procedimientos burocráticos de la época), el 9 de abril de 1608 todos los bienes descubiertos fueron formalmente decomisados. Sin embargo, como frecuentemente era el caso en la Hispanoamérica colonial, la cuestión no quedó definitivamente resuelta. Dos de los comerciantes hicieron apelaciones, pero no hay constancia de la decisión final, si es que hubo alguna. Vale notar que en todo este procedimiento no se hace mención del origen ni del transporte de los géneros confiscados, mucho menos del financiamiento o del pago de los costos de envío. De las fechas 1607 y 1608 está claro al menos que el punto de entrada tuvo que ser Guayaquil, puesto que en esa época las únicas alternativas eran Manta, un fondeadero de difícil acceso descrito como de “mar brava”, y la isla de Puná, que no podía acomodar sino balsas y pequeñas embarcaciones con cargas destinadas a Guayaquil o al altiplano30.

66 Algunas características omnipresentes del siglo XVII influyeron en la evolución del área de la audiencia de Quito y de la costa del virreinato del Perú. Las ciudades de Lima, Quito y Guayaquil constituían un triángulo urbano caracterizado por sospechas mutuas, rivalidades y prioridades diferentes. La corte virreinal en Lima trataba de hacer valer su predominio formal en la jerarquía de la administración colonial, a menudo con la complicidad de Guayaquil, un próspero punto de tránsito para el transporte a larga distancia de mercancías a Quito, pero aun más importante para el abasto de Lima y El Callao con sus propias exportaciones, tales como maderas y navíos nuevamente construidos en sus astilleros. Dominada durante décadas por la familia violenta de los Castro, Guayaquil era una ciudad portuaria desordenada y peleona, cuyos dirigentes defendían enérgicamente su situación monopolista de “garganta del reino” contra las resentidas pretensiones señoriales de los quiteños31.

67 Una cuestión importante del momento se trataba de la existencia en la región que más tarde se llamaría Esmeraldas de grupos no reducidos de zambos, los que resistían tenazmente la autoridad española. A pesar de que tanto Lima como Guayaquil de vez en cuando apoyaban los esfuerzos por conquistar los zambos de Esmeraldas y hasta enviaron expediciones para ese fin, por distintos motivos las dos ciudades se encontraban al fondo opuestas a la pacificación del citado distrito. En el caso de Guayaquil, las autoridades municipales querían conservar su monopolio comercial y por lo tanto no veían con beneplácito la posible apertura de nuevos puertos más cercanos de los mercados de Panamá y Nueva España. En Lima las cosas se veían desde una perspectiva más amplia. Mientras que los limeños valoraban el dominio parcial que ejercían sobre el trato guayaquileño, más importante para ellos era el miedo de que cualquier nuevo puerto en la vecindad de Esmeraldas pudiera atraer a piratas holandeses, o hasta permitir que éstos o intrusos de otras naciones penetraran hacia la sierra. Como bien se daban cuenta las autoridades en Quito, esto sería imposible para los posibles invasores de la época. No obstante, en Lima las autoridades seguían preocupadas de que algún día sucediera tal asalto. Otra preocupación que se tenía era que el establecimiento de puertos al norte de Guayaquil fomentara el contrabando, que siendo más lejos de los centros administrativos sería también más difícil de controlar32.

68 La audiencia y cabildo de Quito, así como las autoridades municipales del centro más pequeño de Cuenca, se encontraban en gran parte excluidos del triángulo político de la costa. Se resentían del monopolio guayaquileño y de los costos adicionales que se agregaban al valor de sus exportaciones e importaciones, que en cualquier caso tenían que transitarse entre los mercados locales y el puerto del Guayas vía rutas terrestres y fluviales difíciles, las que quedaban impasables por parte del año. A los quiteños también les disgustaban el dominio e interferencia de Lima. Por este motivo, cuando era presidente de la audiencia de Quito, don Antonio de Morga propuso que ese distrito se convirtiera en virreinato separado, sugerencia que el Consejo de Indias33 rápidamente rechazó. Ante todo, en Quito se necesitaba un puerto al norte de Guayaquil, que podía ser en la bahía de Caráquez o mejor todavía en la desembocadura del río en Esmeraldas, siempre que estuviera más cercano a los mercados panameños y novohispanos. Otra posibilidad, un camino y ruta fluvial que conectaría San Miguel de Ibarra a través del río de Lita con la bahía de Ancón, cerca del actual puerto colombiano de Tumaco, habría requerido un viaje terrestre muy largo a través de las montañas34.

69 Como resultado de las diferencias de criterio discutidas arriba, los intentos por conquistar la zona de Esmeraldas fueron intermitentes y no muy entusiastas. Algunas expediciones subieron la costa desde Guayaquil y Puerto Viejo, mientras que otras bajaron desde Quito y San Miguel de Ibarra. Sufrieron derrotas y una fuerza al menos, tuvo que ser rescatada. Se firmaron tratados de paz, los que pronto se olvidaron. Pequeñas pero irreconciliables, dos tribus de indígenas, los malabas y los cayapas, resistieron las entradas, alzándose en contra de la presencia española en su tierra y matando a pobladores y frailes35.

70 Debido a tales dificultades y los reveses repetidos, así como a las decisiones tomadas en Lima y España de abandonar el proyecto, algunos investigadores modernos han concluido que los esfuerzos durante la época colonial por incorporar Esmeraldas fracasaron totalmente y que fue solamente en el siglo XX que la región se hizo parte del estado nación ecuatoriano. Sin embargo, ésta no es la historia completa. Existe evidencia que a partir de 1630 más o menos, algunos pobladores y misioneros españoles residían en Esmeraldas, en algunos casos por varias décadas. Siempre que no cuestionaran el régimen zambo, ni llegaran en grandes números ni intentaran apoderarse indebidamente de tierras, mano de obra u otros recursos, eran tolerados y hasta incentivados a desempeñar como tratantes e intermediarios. La ciudad moderna de Esmeraldas cuenta con un buen puerto. Para el establecimiento de embarcaderos, el mar y las playas al sur de la ciudad ofrecen mejores condiciones que las presentadas por la rada abierta frente a Manta36.

71 El 7 de septiembre de 1639 un agricultor de nombre Juan Díaz Camargo informó que en agosto, mientras que se encontraba en su propiedad en el valle de Nono, un empleado suyo vio pasar una recua de mulas, acompañada de varios cargadores indígenas. Curiosos, Díaz Camargo y su esposa salieron a averiguar y ellos también vieron los pasantes. La pareja dijo haber reconocido a cuatro de los viajeros, tres de ellos residentes del pueblo de Cotocallao, hoy arrabal de Quito, y el otro un empleado del oidor de la audiencia don Francisco de Prada, conocido solamente como Descampo. Afirmó Díaz Camargo—y cómo lo sabía no sabemos nosotros—que la recua y los cargadores vinieron procedentes de una fragata que se había descargado en el puerto de San Mateo en Esmeraldas y que luego pasó por Gualea, Nono y Cotocallao. Díaz Camargo y su esposa informaron haber visto unas catorce o quince mulas, cada una con cajones grandes, mientras que los cargadores llevaban baúles pequeños puestos en sus cabezas. Según declaraciones hechas posteriormente, los bienes fueron llevados de noche a Quito donde se escondieron y donde tomaron parte en la empresa un sacerdote y el cacique de Cotocallao, don Juan Pillago de Pisuli, a quien se describía como “yndio ladino en la lengua Castellana” quien además se vestía a la española. Más tarde, Díaz Camargo dijo que había visto la misma recua retornar a la costa.

72 Se encargó de la investigación el oidor doctor don Antonio Rodríguez de San Isidro, quien desempeñaba también como “Juez de ropa de china y contrabando”. El enfoque de la pesquisa fue en las actividades de los caciques de varios pueblos de la ruta utilizada, del sacerdote todavía no identificado por nombre y del oidor colega del investigador, don Francisco de Prada. De una lectura del documento es a penas posible ver la presencia de celos y rivalidades dentro de la misma audiencia. Por mucho tiempo tales divisiones internas habían causado dificultades y en las querellas más recientes el oidor Prada se encontraba opuesto a todos los otros ministros. Por tal motivo la acusación de pasar contrabando fue una buena oportunidad para sus enemigos, quienes además pueden haber resentido el no estar incluidos en los beneficios del comercio clandestino.

73 En el curso de la investigación el cacique de Cotocallao don Juan Pillago declaró no tener ningún conocimiento del asunto y fue encarcelado para volver a ser interrogado en otra ocasión. El próximo testigo en aparecer fue el gobernador indígena de Gualea, Fabián Tatay. Identificado también como “yndio ladino en la lengua castellana”, Tatay aparentemente vivía en Quito, yendo a su pueblo solamente para cobrar el tributo. Dijo que estando ahí hacía un mes, vio una recua de trece mulas con seis cajones grandes y un baúl, más seis indígenas que cargaban otros seis baúles. Pudo identificar a un terrateniente español de Cotocallao, su mayordomo, un arriero y tres negros. Se destinaban a Quito con una remesa llegada a bordo de una fragata procedente de México. Tatay había oído decir, o al menos así declaró, que los contenedores estaban llenos de ropa perteneciente al oidor don Francisco de Prada.

74 Después se presentó Juan Linquirin, cacique de La Nigua (que a veces aparece como Niguas). No siendo considerado como ladino, tal vez por vivir más lejos de la influencia de Quito, hizo su declaración por medio de un intérprete. Según Linquirin, fue forzado a enviar cargadores a servir a un clérigo llamado don Juan de Prada, cura párroco de Esmeraldas y sobrino del oidor del mismo apellido. Agregó que los esclavos que acompañaban la recua pertenecían al oidor y a dos otros españoles. Otros testigos de La Nigua confirmaron lo dicho por el cacique. Al parecer un testigo renuente, también declaró el arriero Juan García de Avendaño, quien admitió haber conducido las mulas. Mencionó también a un sacerdote, cuyo nombre dijo no saber pero quien en ese momento se encontraba enfermo en la casa del oidor Prada, donde también estaban almacenados los bienes en cuestión. El arriero fue ordenado a la cárcel pendiente otra interrogación porque las autoridades no creían que había contado todo lo que sabía, a lo que confesó diciendo que tenía miedo al oidor Prada. En la segunda sesión con los investigadores, García de Avendaño reconoció haber llevado de La Nigua una remesa de unos nueve o diez cajones o baúles. Todavía no convencidas, las autoridades lo expusieron en el cepo, advirtiéndole que se preparase para la tortura. El arriero respondió que eso ya era demasiado. Aunque hasta ese tiempo había hecho lo posible para ocultar la verdad, ahora estaba dispuesto a declarar todo.

75 Según los nuevos detalles proporcionados por García de Avendaño, algunos meses atrás lo llamaron a la casa del oidor don Francisco de Prada, donde éste le informó que un cura sobrino suyo, se encontraba en la casa enfermo y que había traído desde Esmeraldas una cantidad de ropa mexicana, la que había escondido en las estribaciones a dos días de camino del puerto. El oidor pidió a García de Avendaño recoger la remesa, lo que el arriero aceptó hacer. Durante el tiempo que estaba en la casa de Prada conoció al sacerdote, quien le dijo que los fardos contenían libros.

76 En La Nigua el arriero encontró a Antonio Descampo, el sirviente del oidor, y a tres negros, uno de ellos un esclavo de Prada de nombre Alejandro. Estaban esperando la llegada de seis cajones grandes y cuatro baúles. García de Avendaño pudo ver que una de las petacas contenía textiles chinos, pero no miró más. Cargó los cajones en seis de sus dieciocho mulas, dejando que los cuatro baúles se llevaran por cargadores indígenas. Después de descansar en Nono, pasaron por Cotocallao y llegaron como a medianoche a la casa del oidor en Quito, donde desempacaron los bienes y los almacenaron. (Es una pregunta interesante si una recua de dieciocho mulas con cargadores puede haber pasado por el centro de Quito sin ser percibida, aun a medianoche.) Por su servicio, el arriero recibió 50 patacones, una suma respetable. En otra excursión desde Yaguache hasta Quito vía Riobamba, consta que García de Avendaño se jactaba de su papel en la aventura de la ropa de China.

77 Fue en ese instante que la audiencia decidió remitirse a una serie de cédulas reales, en que se prohibía la importación de textiles chinos, requiriendo que se iniciara autos criminales contra cualquier persona sospechada de tal delito, sin importar su rango. Sigue una variedad de documentos. Hombre acomodado dueño de más de setenta mulas, Juan García de Avendaño pudo encontrar a varios testigos dispuestos a testificar de su buen carácter. Otras declaraciones recibidas revelaron que la fragata en cuestión había llegado desde el puerto de El Realejo. Era propiedad de Bartolomé de Villegas. Durante el viaje había enfermedad a bordo y algunos de los afectados se encontraban recuperando en La Nigua. Entre los pasajeros había tres franciscanos, uno de los cuales había continuado su viaje hacia Lima.

78 Testigo de mucho interés fue el genovés Antonio Giraldo, tendero y vendedor de tintas. Antes de asentarse en Quito había residido en El Realejo y de ese puerto venía cuando desembarcó en la península de Santa Elena cerca de Guayaquil, de donde pasó por Riobamba con rumbo a Quito. Giraldo había sido pasajero en un navío capitaneado por un tal Villegas, quien muy posiblemente fuera la misma persona a que se refiere arriba, aunque el genovés no estaba cierto del nombre de pila, llamándole Diego en una ocasión y Bernardo en otra. Parece obvio que se trata de la misma embarcación, que después de hacer escala en Esmeraldas se había anclado por segunda vez frente a la misma costa.

79 El 31 de enero de 1640 el oidor don Francisco de Prada fue formalmente acusado y por dos años después hubo una feroz contienda legal entre él y la audiencia. El reo se quejó de que los ataques en su contra fueron dirigidos por el presidente del tribunal, don Alonso Pérez de Salazar. Según Prada, las autoridades vinieron a su casa durante la noche, extrajeron con fuerza a algunas personas que se encontraban ahí y las llevaron presas, mientras que a él le expulsaron a un lugar a veinte leguas de la ciudad. Volvió a Quito, pero por órdenes del virrey del Perú fue exiliado de nuevo, esta vez a San Miguel de Ibarra, donde actualmente estaba. En una carta a la corona fechada el 8 de mayo de 1640, el presidente de la audiencia repitió extensivamente las acusaciones en contra del oidor Prada, aunque utilizó un nombre diferente, don Juan de Morantes, para identificar a su sobrino el sacerdote, quien desde luego se encontraba también bajo sospecha. La lista de los involucrados en este asunto continuó creciendo, mientras que varios cargos extraños aparecieron y desaparecieron del registro, entre ellos informes del comportamiento supuestamente inmoral de la hija del oidor. Como frecuentemente sucedió en la época colonial, el caso se prolongó durante años, al parecer sin resolución37.

80 Lo que se aprende de este documento y otros parecidos es que en los 1630 y 1640 el comercio ilegal de productos provenientes de China entre México, El Realejo, Esmeraldas, Guayaquil y Quito era notorio e incluso hasta banal. En un informe rendido en 1704, el fiscal de la audiencia explicó que los textiles de China se vendían en todas partes de la provincia, “y si no fuera por la introducción de ropa de China anduvieran los mas desnudos, y no se debe presumir que el Rey Nuestro Señor quiera la desnudez de sus Vasallos38 ”. Como demuestran los casos del corregidor Juan de Gálvez y del oidor don Francisco de Prada, la transgresión principal tanto en El Realejo como en Quito, no era el dedicarse al contrabando, sino el intentar—sin éxito—reservarse a sí mismo los beneficios financieros del comercio clandestino.

81Murdo J. MacLeod

82Notas de pie de página

831 Sigue de utilidad el estudio de los geógrafos David R. Radell y James P. Parsons, “Realejo: A Forgotten Colonial Port and Ship-Building Center in Nicaragua”, en Hispanic American Historical Review 50: 2 (1971), págs. 295-312, especialmente el mapa en pág. 297. Para una descripción contemporánea, es detallada la de Antonio Vázquez de Espinosa, Compendium and Description of the West Indies, trad. de Charles Upson Clark (Washington, D.C.: Smithsonian Institution, 1942), págs. 249-253. En la década del sesenta visité esta región por bus y en pié. Vi lo que queda de El Realejo, la margen izquierda del río, el estero y el puerto de Corinto. No pude llegar a Jaguey pero me informaron en Corinto que ahí había todavía algunas casitas, además de unos “edificios abandonados”, posiblemente de la época colonial. Me contaron también que el desembarcadero todavía era utilizado por canoas y pequeñas lanchas motorizadas. Me gustaría recordar y agradecer aquí a tres mentores, Woodrow W. Borah, Peter Gerhard y James P. Parsons. Me enseñaron mucho sobre la costa del Pacífico en la época colonial, sobre la navegación a vela a lo largo de dicha costa, sobre los puertos y piratas y muchas cosas más. Agradezco también a Stephen Webre por la presente traducción.

842 Las quejas respecto a la ausencia de los oficiales y clérigos datan de las últimas décadas del siglo XVI y se hacen más numerosas después del traslado de León a su más distante sitio actual en 1610. Véase por ejemplo, Cabildo de El Realejo a la corona, 11 de julio de 1597, Archivo General de Indias (en adelante AGI), Guatemala 44. La iglesia parroquial y muchos edificios más fueron destruidos por un incendio acaecido poco después del huracán que azotó la villa el 21 de febrero de 1646. Manuel Rubio Sánchez, Historial de El Realejo (Managua: Banco de América, 1975), págs. 148-152. Como consecuencia el cura párroco abandonó el lugar, al parecer para siempre. Cabildo de El Realejo a la corona, 25 de junio de 1647, AGI, Guatemala 44. En las primeras décadas del siglo XVIII, la iglesia todavía no había sido reconstruida, a pesar de peticiones repetidas dirigidas a autoridades en Guatemala y Madrid. Para una fotografía de la iglesia modesta erigida en la época colonial tardía, véase de Germán Romero Vargas, Las estructuras sociales de Nicaragua en el siglo XVIII (Managua: Vanguardia, 1987), foto 11 después de la pág. 521.

853 Para los astilleros, navegación y comercio en la costa del Pacífico una obra pionera es de Woodrow W. Borah, Early Colonial Trade and Navigation between Mexico and Peru (Berkeley: University of California Press, 1954). Para las dificultades de navegación desde México hacia el sur para Chile, véase entre otros trabajos el de Alexander G. Findley, A Directory for the Navigation of the Pacific Ocean, 2 tomos (Londres: R. H. Laurie, 1851). El decreto real que autorizaba la construcción de navíos en la costa de Nicaragua está fechado el 6 de febrero de 1535. Archivo General de Centroamérica (en adelante AGCA), A2, leg. 2195, f. 335. Radell y Parsons y también Vázquez de Espinosa describen la abundancia de materiales disponibles. En El libro de pareceres de la real audiencia de Guatemala, 1571-1655, edición de Carlos Alfonso López Villatoro y Ricardo Toledo Palomo (Guatemala: Academia de Geografía e Historia de Guatemala, 1996), pág. 32, en un documento posiblemente de 1581 se hace mención de dos galeones construidos en El Realejo, pero se afirma, sin duda con alguna exageración, que los galeones fabricados en China costaban solamente un quinto de lo que se pagaba en Nicaragua. En 2008 acompañado de la geógrafa Carolyn Hall visité La Caldera, donde encontré un puerto pequeño con un muelle primitivo y un desembarcadero de concreto de aproximadamente cien metros de extensión. Hoy el puerto de Puntarenas es más grande y más utilizado también. Hay un debate sobre el tamaño del comercio de esclavos indígenas capturados en Nicaragua, pero véase de David J. Radell, “The Indian Slave Trade and Population of Nicaragua during the Sixteenth Century”, en William M. Denevan, ed., The Native Population of the Americas in 1492 (Madison: University of Wisconsin Press, 1976), págs. 67-76. Un ejemplo de los muchos intentos infructuosos por suprimir este comercio, se encuentra en AGCA, A1, leg. 115, exp. 1511 (28 de septiembre de 1578).

864 Para la destrucción de la población indígena, véase de Linda Newson, Indian Survival in Colonial Nicaragua (Norman: University of Oklahoma Press, 1984) y de Dan Stanislawski, The Transformation of Nicaragua, 1519-1548 (Berkeley: University of California Press, 1983). Un documento importante es la “Razón de las ciudades, villas y lugares, vecindarios y tributarios de que se componen las provincias del distrito de esta Audiencia” (1683), AGI, Contaduría 815. Este legajo fue seriamente dañado por un incendio que ocurrió en el archivo, pero aproximadamente la cuarte parte de los folios todavía legibles describe El Realejo y su vecindario. En la década del ochenta del siglo XVII, la población era considerada predominantemente negra o mulata.

875 Sobre los grandes pinares que crecían en la zona de Las Segovias, frontera entre Honduras y Nicaragua, véase de William M. Denevan, The Upland Pine Forest of Nicaragua: A Study in Cultural Plant Geography (Berkeley: University of California Press, 1961). También Vázquez de Espinosa, Compendium, págs. 244-246; y AGCA, A1, leg. 1557, exp. 10201, f. 196 (9 de septiembre de 1633). En British Museum, Additional Manuscripts 13977, f. 77-77v, se hace mención de cien leguas de pinos. Sobre la producción y uso del copey, consúltese “Descripción de la gobernación de Guayaquil (1605)”, en Revista del Archivo Histórico del Guayas, 2 (1973): págs. 65, 72 y 75; y María Luisa Laviana Cuetos, Guayaquil en el siglo XVIII: recursos naturales y desarrollo económico (Sevilla: Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1987), págs. 234-331, 341. Es útil también, de Karen Stothert, “Early Petroleum Extraction and Tar-Boiling in Coastal Ecuador”, en Alan K. Craig y Robert C. West, coord., In Quest of Mineral Wealth: Aboriginal and Colonial Mining and Metallurgy in Spanish America (Baton Rouge: Louisiana State University, Department of Geography and Anthropology, 1994), págs. 343-354.

886 Documentos representativos son AGCA, A1, leg. 1517, f. 59 (22 de noviembre de 1644); y AGCA, A1, leg. 1561, exp. 10205, f. 128 (1655). También Abreu al conde de Castrillo, 1648, AGI, Guatemala 12.

897 Vázquez de Espinosa, Compendium, págs. 251, 484, 499. Para una descripción probablemente exagerada de los precios, ganancias y cantidades exportadas, véase la carta del obispo de Nicaragua a la corona, 14 de julio de 1647, AGI, Guatemala 162. El escepticismo del Consejo de Indias se ve en “Visto en Consejo”, 10 de noviembre de 1648, AGI, Guatemala 2. Hay otra información en AGCA, A1, leg. 1517, f. 171 (2 de diciembre de 1648).

908 Para el año de 1668 hay mención de un contrato para enviar 5.680 quintales de brea a El Realejo, entrega efectuado en 1670. Extractos de escrituras públicas, compilación de Juan José Falla Sánchez, 5 tomos hasta la fecha (Guatemala: Amigos del País, 1994- ), t. 3, pág. 8 (en adelante EEP).

919 Sobre la historia temprana de las Segovias, véase de Patrick S. Werner, Los reales de minas de la Nicaragua colonial y la ciudad perdida de Nueva Segovia (Managua: Instituto Nicaragüense de Cultura, 1996). Para eventos posteriores, especialmente en lo que se relaciona con los zambos mosquitos, es recomendable de Germán Romero Vargas, Las sociedades del Atlántico de Nicaragua en los siglos XVII y XVIII (Managua: Fondo de Promoción Cultural-Banic, 1995).

9210 La citación de documentos sobre Honduras es problemática, gracias primero a la reorganización de los archivos en Tegucigalpa y segundo a mi propio uso en investigaciones más recientes de los cien rollos de microfilmes hechos por la UNESCO y actualmente guardados en el Instituto Panamericano de Geografía e Historia en la ciudad de México, con otro juego en la Biblioteca Latinoamericana de la Universidad de Florida en los Estados Unidos. Referencias a la migración de trabajadores nicaragüenses para las minas de Honduras se encuentran en Archivo Nacional de Honduras (en adelante AHN), paquete 3, leg. 23 (1676); ANH, paquete 3, leg. 104 (1679); y AHN, paquete 3, leg. 106 (1679)—todos los cuales han sido reclasificados. Para unos intentos tardíos por trasladar trabajadores desde Nueva Segovia para Honduras bajo los auspicios oficiales del repartimiento, véase “Despacho para que se den indios de Segovia a las minas de Yuscaran”, AHN, rollo 53, no. 2129 (1776). Sobre la deforestación en los altiplanos nicaragüense y hondureño, véase de Carl L. Johannessen, Savannahs of Interior Honduras (Berkeley: University of California Press, 1963).

9311 Para la historia temprana de Buenaventura, Barbacoas, Usquindé y Tumaco, véanse de Mario Diego Romero, Poblamiento y sociedad en el Pacífico colombiano, siglos XVI al XVIII (Cali: Facultad de Humanidades, Universidad del Valle, 1995), págs. 25-27, 36-40; y de Robert C. West, The Pacific Lowlands of Colombia: A Negroid Area of the American Tropics (Baton Rouge: Louisiana State University Press, 1957), pags. 93-95, 200-201. También, de P. Bernardo Merizalde del Carmen, Estudio de la costa colombiana del Pacífico (Bogotá: Imprenta del Estado Mayor General, 1921). Por la década del treinta del siglo XVIII, el trato entre Buenaventura, Tumaco y Guayaquil estaba bastante bien establecido. Véase p.ej., Biblioteca Nacional, Madrid, manuscrito no. 20196, f. 248v.

9412 Una de las primeras medidas restrictivas tiene fecha del 28 de marzo de 1620. Limitaba el comercio entre el Perú y la Nueva España a un total de tres barcos de 200 toneladas cada año, que pronto se redujo a dos y luego a ninguno. El enfoque de estas prohibiciones era la prevención de la importación a mercados sudamericanos de los textiles chinos. Estas cédulas se reproducen en Rubio Sánchez, Realejo, págs. 112-123. Para las protestaciones de las autoridades y comerciantes de Nicaragua, véase AGI, Guatemala 43 y documentos semejantes en AGI, Guatemala 279.

9513 Sobre la vinicultura en el Perú colonial, véase de Nicholas P. Cushner, Lords of the Land: Sugar, Wine, and Jesuit Estates of Colonial Peru, 1600-1767 (Albany: State University of New York Press, 1980), págs. 68-71. Por varios decretos a partir de 1605, se prohibía el ingreso de los vinos y el cacao del Perú y Guayaquil, aun para el uso sacramental. Véase p.ej., de Francisco de Paula García Peláez, Memorias para la historia del antiguo reino de Guatemala, 2a ed., 3 tomos (Guatemala: Tipografía Nacional, 1943-1944), t. 2, págs. 41-43, que menciona así mismo la calidad desagradable de los vinos peruanos. También, AGI, Guatemala 279.

9614 Miles Wortman, Government and Society in Central America, 1680-1840 (Nueva York: Columbia University Press, 1982), págs. 146-154, 296.

9715 Peter Gerhard, Pirates of the Pacific, 1575-1742, 2a ed. (Lincoln: University of Nebraska Press, 2001), págs, 67-68, 137, 162-163; Raveneau de Lussan, Raveneau de Lussan: Buccaneer of the Spanish Main, ed. y trad. de Marguerite Eyer Wilbur (Cleveland: Arthur H. Clark, 1930), págs. 100-101, 134, 191. La cita es de Romero Vargas, Estructuras, pág. sin número después de la 521. Abajo en el río y especialmente en el estero, continuaban algunas actividades comerciales y de construcción y reparación de embarcaciones.

9816 Cartas de cabildos hispanoamericanos: audiencia de Guatemala, ed. de Javier Ortiz de la Tabla y otros (Sevilla: Escuela de Estudios Hispano Americanos, 1984), págs. 93-97.

9917 AGCA, A3, leg. 2748, exp. 39551 (1637) (en adelante AGCA, Realejo). Fue sin duda Quiñones Osorio, a quien refería el pícaro y tramposo dominico inglés Thomas Gage, The English American: A New Survey of the West Indies, 1648 (Guatemala: El Patio, 1946), cuando contaba del presidente quien prohibía los juegos de azar, salvo en su propia casa donde se servía de un porcentaje de las sumas apostadas. Quiñones murió en camino a su nuevo cargo como presidente de la audiencia de Charcas.

10018 En AGCA, Realejo, hay un mínimum de treinta y seis personas identificadas por nombre, grado oficial, profesión o grupo étnico.

10119 Esta primera serie de documentos de 1637 a 1639 se encuentra en AGCA, Realejo, ff. 1-7.

10220 La historia de Sebastián Ramírez aparece en AGCA, Realejo, ff. 7v-8. Véase también EEP, t. 3, pág. 165, para la compra de su oficio. Al parecer dentro de poco Ramírez estuvo de nuevo en Nicaragua (Stephen Webre, comunicación particular, 22 de noviembre de 2010). Es posible que vio la oportunidad de abandonar el navío, tal vez en La Caldera o en algún lugar del Golfo de Nicoya, o que ahí fue suelto por el capitán Ferrer. Si fue así, Ferrer quedó con los 100 pesos, tal vez repartiendo parte de esa suma entre los miembros de su tripulación para garantizar su silencio.

10321 Con sus interminables procesos y costos, este documento extensivo se encuentra en AGCA, Realejo, ff. 7-24v.

10422 Para la investigación de los navíos sospechosos y del corregidor Juan de Gálvez durante los años 1641 y 1642, véase AGCA, Realejo, ff. 25-31v; Rubio Sánchez, Realejo, pág. 139-141. Es posible que los nombres de algunas embarcaciones fueran cambiados en tránsito para confundir a las autoridades.

10523 Para las donaciones hechas por el presidente don Diego de Avendaño, véase EEP, t. 2, pág. 98, 100.

10624 EEP, t. 3, pág. 82; t. 4, pág. 214, 434.

10725 Para datos de El Realejo en los 1680, véase nuevamente AGI, Contaduría 815; y para 1740 el informe del corregidor Felipe Gómez Messía, “Relación geográfica de la villa y Puerto del Realejo, 1740”, en Relaciones geográficas e históricas del siglo XVIII del reino de Guatemala, t. 1: Relaciones geográficas e históricas de la década de 1740, coord. de Jorge Luján Muñoz (Guatemala: Universidad del Valle de Guatemala, 2006), pág. 235-274.

10826 Para el acuerdo entre Estrada y Baca de Quiñones, véase EEP, t. 4, pág. 371. Las manipulaciones del tributo por los alcaldes mayores de Chiapas se describe en Murdo J. MacLeod, “La espada de la iglesia: excomunión y la evolución de la lucha por el control político y económico en Chiapas colonial, 1545-1700”, Mesoamérica 20 (diciembre de 1990): pág. 199-203. Para el financiamiento de empresarios regionales por comerciantes poderosos de Santiago, véase EEP, t. 1, pág. 420; t. 4, pág. 206, 264. En EEP, t. 2 pág. 332-333; t. 4, pág. 198, 371, 374, se hace referencia al involucramiento de José Agustín de Estrada y José Barón de Berrieza en el comercio de seda.

10927 Pierre Chaunu, Les Philippines et le Pacifique des Ibériques (XVIe, XVIIe, XIIIe siècle) (París: SEVPEN, 1960), pág. 63-65, 251-255. Existe traducción española, Las Filipinas y el Pacífico de los ibéricos, siglos XVI-XVII-XVIII (estadísticas y atlas) (México: Instituto Mexicano de Comercio Exterior, 1974), pero algunos de los materiales han sido reordenados, lo que puede confundirle al lector. Un ensayo estimulante en que se vincula el trato de China-Manila-Acapulco con el surgimiento de un mercado global, es de Dennis O’Flynn y Arturo Giráldez, “’Born with a Silver Spoon’: The Origin of World Trade in 1571”, Journal of World History 6:2 (1995): pág. 201-221. Es posible imaginar que si los intentos por crear una industria de seda en México no hubieran fracasado después de algunos éxitos iniciales, la historia del mundo habría sido muy diferente. Woodrow W. Borah, Silk Raising in Colonial Mexico (Berkeley: University of California Press, 1943).

11028 Gerhard, Pirates, pág. 185, 207, 210; María Luisa Laviana Cuetos, Estudios sobre el Guayaquil colonial (Guayaquil: Archivo Histórico del Guayas, 1999), pág. 25-27; Antonio de Alcedo, Diccionario geográfico-histórico de las Indias Occidentales ó América, 4 tomos (Madrid: Manuel González, 1787), t. 2, pág. 332. Para la destrucción y abandono de El Realejo, véase la nota 15.

11129 AGI, Quito 9. Las reales cédulas mencionadas en el texto aparecen al principio del legajo, seguido en f. 5 por la lista de los vendedores notificados.

11230 La visita comenzó el 20 de febrero de 1608. Véase AGI, Quito 9. La lista de los individuos quienes todavía poseían ropa de China se encuentra en ff. 6-9v.

11331 Indicios tempranos de la rivalidad entre Guayaquil y Quito son visibles en AGI, Justicia 1136, especialmente f. 123 (1578), así como en varias cartas contenidas en AGI, Quito 8, entre ellas las de la audiencia a la corona, Quito, 22 de febrero de 1580, y de la audiencia a la corona, Quito, 23 de septiembre de 1586. Véase también del presidente Antonio de Morga al virrey del Perú príncipe de Esquilache, Quito, 10 de mayo de 1620, AGI, Quito 10. Sobre las actividades de la familia Castro hay extensiva documentación, pero para un breve resumen véase de Lawrence A. Clayton, Caulkers and Carpenters in a New World: The Shipyards of Colonial Guayaquil (Athens: Center for International Studies, Ohio University, 1980), págs. 141-161.

11432 En AGI, Quito 8 hay múltiples cartas referentes a entradas fracasadas del siglo XVI. Una de las más tempranas es del licenciado Santillán, presidente de la audiencia, a la corona, 15 de enero de 1564, mientras que una de las últimas es de la audiencia a la corona, 16 de febrero de 1595. Una probanza de méritos y servicios del siglo XVI resume la carrera de Juan Bautista Alvarado, quien estuvo en la expedición a Florida dirigida por Pedro Meléndez de Avilés y en la captura de Jean Ribault. Luego sirvió en Panamá antes de trasladarse a Puerto Viejo en Guayas, donde participó en la defensa de Manta contra el corsario inglés Thomas Cavendish. En los 1580 ayudó a rescatar a los sobrevivientes de una expedición enviada a “pacificar” Esmeraldas. “Autos sobre nombramiento de tenientes de corregidor”, Revista del Archivo Histórico del Guayas 2:3 (junio de 1973), pág. 127-142. En AGI, Quito 9 hay varias relaciones de la celebrada visita a Quito de los tres reyes zambos de Esmeraldas, de las festividades y del supuesto acuerdo de paz que ahí se firmó. Véase p.ej., del licenciado Miguel de Ibarra a la corona, 4 de abril de 1606.

11533 John Leddy Phelan, The Kingdom of Quito in the Seventeenth Century: Bureaucratic Politics in the Spanish Empire (Madison: University of Wisconsin Press, 1967), págs. 5-7, 11-19, describe las varias incursiones hacia la costa desde Quito y San Miguel de Ibarra, así como las diferencias de opinión que existían entre las autoridades de las distintas ciudades respecto a los intentos por conquistar Esmeraldas. Sin embargo puso demasiado énfasis en el fracaso de los esfuerzos de poblamiento español en la región después de la muerte del presidente Antonio de Morga. Véanse págs. 3, 7, 16, 19-20. Kris Lane, Quito 1599: City and Colony in Transition (Albuquerque: University of New Mexico Press, 2002), comparte el criterio de Phelan sobre que Esmeraldas quedó “en gran parte sin tocar por los buscadores de oro y los pobladores hasta bien entrado el siglo XVIII” (pág. 225) y que los zambos cimarrones “quedaron autónomos” hasta el surgimiento del estado nación ecuatoriano (pág. 232). La evidencia que debajo se presenta sugiere una conclusión diferente. El presidente Morga, cuya personalidad y régimen son los enfoques principales de Phelan, Kingdom of Quito, propuso la erección de Quito en virreinato en 1618, pero en Madrid no se le hizo caso (pág. 19).

11634 Otro intento de abrir un camino entre Quito y Esmeraldas, o aun hasta la bahía de Ancón vía el río Lita, como medio de reducir el tiempo requerido para comunicarse con Panamá, fue propuesto por un comerciante genovés de Panamá y Guatemala. Fue discutido extensivamente en la audiencia. Véase p.ej., Presidente Vázquez de Velasco a la corona, 10 de julio de 1657, AGI, Quito 13.

11735 Sobre las revueltas indígenas, el rescate de cautivos españoles y sus esclavos, acusaciones de canibalismo en contra de los malabas y el abandono de pueblos previamente habitados, véanse de la audiencia a la corona, 22 de febrero de 1580, AGI, Quito 8; “Libro donde asientan los acuerdos . . . ” (principalmente de 1601), AGI, Quito 9; y de Francisco Arias de Terza al corregidor de Guayaquil, 22 de agosto de 1601, AGI, Quito 605.

11836 A fines de 1964 tomé un bus de noche de Quevedo a Esmeraldas para reunirme con el distinguido novelista regional Nelson Estupiñán Bass, quien trabajaba en un banco local. Teníamos cita para la hora de la cena, pues para pasar el tiempo visité el puerto y los muelles y luego salí caminando hacia el sur, a lo largo de la playa en dirección de Punta Galera. Fui unas cinco millas antes de regresar. En ese día y con tales mareas, hubiera sido fácil descargar los bienes utilizando canoas o pequeñas embarcaciones, al contrario de Manta, donde en el siglo XVII los navíos podían fondearse más cerca de la costa, pero para desembarcar la carga sería necesario transitar un oleaje peligroso, la “mar brava” de los documentos (véase la nota 37).

11937 “Autos fechos por el doctor don Antonio Rodríguez de Sanct Isidro oidor en la real audiencia de la ciudad de quito, como Juez de ropa de china, y contrabando”(1640), AGI, Quito 13. Al informar de la recua de mulas que vio pasar, Díaz de Camargo hablaba de agosto de 1639. El documento citado arriba contiene el resto de los datos de este caso. Durante los siglos XVII y XVIII hay múltiples referencias al contrabando de los textiles de China, frecuentemente acompañados de brea de El Realejo. Tanto en 1724 como en 1727, grandes cantidades de seda y otros textiles chinos fueron introducidas por Esmeraldas y Cayapas (al norte de Esmeraldas). “Expedte. Sre causa seguida contra dn. Franco. de Aguirre y otros por introducn. de Ropas en las costas de Esmeraldas y Tocamas: año de 1729”, AGI, Quito 170. En ff. 3v-44v hay un inventario de los bienes en cuestión, muchos de los cuales se dispersaron rápidamente antes de que se pudiera abrir una investigación. Una real cédula fechada el 7 de abril de 1727, dirigida al oidor Manuel Rubio de Arévalo, hace mención específica del desembarque en Cayapas y Palmarreal de una carga transportada desde Huatulco y Sonsonate a bordo del navío Nuestra Señora del Rosario, el cual siguió su viaje hacia el norte en dirección de Tumaco. Hay mención específica del depósito de mercancías en la playa cerca de Punta Galera (véase la nota 36). En ese tiempo vivían algunos españoles al parecer permanentemente en Palmarreal y especialmente en el pueblo indígena de Cayapas. Se mandó al gobernador español de Esmeraldas, así como al gobernador indígena de Cayapas, que ayudaran con la investigación. Aunque se trate principalmente del trato ilegal del cacao, el próximo legajo, AGI, Quito 171 contiene algunas referencias a la introducción de ropa de China en los años posteriores.

12038 “Testimonio de las Respuestas q. dio el Fiscal de la Auda. de quito en la causa contra Manuel de Higuera sobre introducn. de ropa de China” (1704), AGI, Quito 161.

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Para citar este artículo :

Murdo J. MacLeod, « Cómo sobrevivir en tiempos difíciles: El Realejo y Nueva Segovia en los siglos XVI y XVII y su papel en el comercio marítimo en el Pacífico », Boletín AFEHC N°51, publicado el 04 octubre 2011, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=3005

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