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AFEHC : articulos : La “crisis del siglo XVII” en Costa Rica, algunas reflexiones teóricas. : La “crisis del siglo XVII” en Costa Rica, algunas reflexiones teóricas.

Ficha n° 3006

Creada: 25 diciembre 2011
Editada: 25 diciembre 2011
Modificada: 01 enero 2012

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Autor de la ficha:

Eduardo MADRIGAL MUÑOZ

Editor de la ficha:

Paul LOKKEN

Publicado en:

ISSN 1954-3891

La “crisis del siglo XVII” en Costa Rica, algunas reflexiones teóricas.

La historiografía social de Costa Rica presentó, al menos hasta la primera década del siglo XXI, una visión según la cual el siglo XVII fue un siglo de crisis en la provincia y que estuvo signado esencialmente por la encomienda como forma de producción dominante. Esta visión de cosas debe ser sustancialmente revisada. El estudio micro-social de las carreras vitales y de los movimientos estratégicos de los actores sociales de la época—principalmente de la élite dirigente española—nos puede proveer de una visión más refinada, de una visión “al microscopio” de los procesos sociales de la época. Estudios prosopográficos y de redes sociales de la élite cartaginesa del período revelan la existencia no de un proceso único y monolítico de decadencia económica secular, sino más bien la de sucesivas coyunturas de crisis, seguidas de respuestas adaptativas puestas a punto por el grupo dominante para sortear tales crisis y seguirse reproduciendo como grupo en el poder. Esto contribuyó a salvar a la provincia colonial de Costa Rica de su desintegración ante las dificultades económicas del período.
Palabras claves :
Crisis, Siglo XVII, Estudio micro-social, Actores sociales, Redes sociales
Autor(es):
Eduardo Madrigal
Texto íntegral:

1La historiografía social de Costa Rica presentó, al menos hasta la primera década del siglo XXI, una visión según la cual el siglo XVII fue un siglo de crisis en la provincia y que estuvo signado esencialmente por la encomienda como forma de producción dominante. Sin embargo, para nosotros, esta visión de cosas debe ser sustancialmente revisada pues creemos que el estudio micro-social de las carreras vitales y de los movimientos estratégicos de los actores sociales de la época—principalmente de la élite dirigente española—nos puede proveer de una visión más refinada, de una visión “al microscopio”, diríamos, de los procesos sociales de la época. A partir de nuestros estudios prosopográficos y de redes sociales de la élite cartaginesa del período, se nos ha revelado la existencia no de un proceso único y monolítico de decadencia económica secular, sino más bien la de sucesivas coyunturas de crisis, seguidas de respuestas adaptativas puestas a punto por el grupo dominante para sortear tales crisis y seguirse reproduciendo como grupo en el poder. Esto, creemos, contribuyó a salvar a la provincia colonial de Costa Rica de su desintegración ante las dificultades económicas del período.

2En efecto, la interpretación del siglo XVII como siglo de crisis fue retomada en Costa Rica principalmente debido a la influencia de trabajos como los de los Chaunu1, Chevalier2 y Murdo MacLeod3, que tendieron a trasplantar a América la imagen del siglo XVII como siglo de crisis que había sido planteada para el continente europeo por historiadores como Henry Kamen4. La propuesta de estos autores giró en torno, principalmente, al hecho de que era notable en la documentación histórica una disminución bastante fuerte del envío de flotas desde España hacia América, hecho que ligaban a un proceso generalizado de crisis económica en la Europa de la época y que se habría asociado a los fracasos de España en las guerras europeas de entonces. A la postre, este proceso habría acarreado la decadencia económica y política de la metrópoli, cosa que habría interrumpido el contacto de esta con las colonias americanas, produciendo una inevitable decadencia económica de estas.

3En nuestras latitudes criollas, historiadores como Elizabeth Fonseca, Juan Carlos Solórzano y Claudia Quirós reprodujeron esta visión y la reforzaron conceptualizando al siglo XVII como una “primera configuración colonial”, la cual habría estado marcada, según propusieron, por el predominio de la encomienda como institución estructurante de la sociedad y la economía. Elizabeth Fonseca, por ejemplo, propuso que la caída general de la actividad económica durante la centuria que tratamos habría llevado a los españoles de Costa Rica a abandonar la vida urbana e irse a residir en sus haciendas de campo5. Con esto reprodujo de cerca lo propuesto por Chevalier, quien fuera su director de tesis en París I en los años setenta del siglo XX, quien en su obra La formación de los grandes latifundios en México, afirmaba que, ante la coyuntura crítica se había dado en la Nueva España un proceso de ruralización en el que los españoles abandonaron las ciudades, trasladándose a residir a sus haciendas. Así, estas unidades productivas se convirtieron en economías autocentradas, aglutinadas en torno a la producción de subsistencia, dada la ausencia de comercio exterior que padecían. Años después, a inicios del siglo XXI, esta autora junto con Juan Carlos Solórzano y Patricia Alvarenga pusieron en limpio su interpretación de que el siglo XVII, al menos hasta 1680, respondía a una primera configuración colonial, caracterizada por el colapso del comercio ultramarino y por el predominio de la encomienda y de la ruralización como regímenes de producción en la provincia de Costa Rica6. Por su parte, Claudia Quirós, aunque no se dedicó abiertamente a solucionar el problema de la crisis, si brindó una interpretación en la que el siglo XVII aparece como un período monolítico, en el que la economía y la sociedad de la provincia descansaron predominantemente en la encomienda, la cual concibió como el principal elemento estructurante de la vida colonial. Esto fue así sin duda porque su obra más importante es precisamente un libro donde estudia la encomienda en Costa Rica, desde sus orígenes hasta su desaparición, precisamente a fines del siglo que nos ocupa7.

4 Sin embargo, obras posteriores de historiadores como Ruggiero Romano,[8] pusieron en cuestión este tipo de interpretaciones, y propusieron más bien que el siglo XVII había sido un siglo de desarrollo y de cambio para las colonias americanas, las cuales, mientras Europa se encontraba en una franca bajamar económica y demográfica como resultado de las guerras europeas, experimentaron un período de auge ligado principalmente al desarrollo de la producción básica para el consumo interno y al comercio entre colonias, no ya con la metrópoli.

5También, Michel Morineau criticó el punto de vista de los Chaunu acerca de una crisis económica medible a través de la disminución del flujo de barcos de España a América9. Morineau argumenta que este postulado no toma en cuenta la composición y el valor de las cargas de los barcos. La ausencia de este elemento en el análisis produce un sesgo en la interpretación pues, según Morineau, no es posible concluir que a una menor cantidad de cargas corresponde una menor cantidad de riquezas traficadas de un lado a otro del Atlántico, pues las cargas transportadas en el tornaviaje de vuelta a España pueden bien haber sido más valiosas que las transportadas en períodos de mayor auge, aunque ocupasen menos espacio y tuvieran por ello menos influencia en el tonelaje de los barcos. Además, según afirma este autor, tampoco basta con cuantificar el tonelaje de los bienes traficados entre España y el Nuevo Mundo, sino que hay que tomar en cuenta que los cargamentos de los navíos cambiaban frecuentemente como resultado de las negociaciones entre los comerciantes de la época, las cuales dependían ampliamente de las relaciones sociales y de las prácticas culturales vigentes. Por ejemplo, resulta claro que los barcos que transportaban mercancías de los comerciantes mejor emplazados en sus relaciones con la corona, recibían siempre un mejor trato que los de aquellos que no estaban tan bien situados, por lo que el tonelaje de los cargamentos en sí no es el elemento determinante para establecer los beneficios económicos que el comercio indiano traía. En resumen, es la propuesta de este autor que a lo cuantitativo es necesario sumarle lo cultural, si queremos tener un entendimiento adecuado del funcionamiento del comercio ultramarino del período.

6A estas apreciaciones podemos sumar la interpretación del problema del distanciamiento de las flotas ofrecida por Manuel Lucena Salmoral, quien ha afirmado que las flotas empezaron a decaer cuando decayó el envío de plata desde el Nuevo Mundo y el de manufacturas suntuarias desde la metrópoli, todo esto a partir de los años de 1620. Este proceso estaría ligado a una disminución de la producción de plata en las minas americanas y a la invasión de competidores europeos (ingleses, franceses y holandeses) en el abastecimiento de bienes de consumo, a partir del auge del contrabando en el Caribe. A esto se habría sumado el hecho de que los comerciantes sevillanos y gaditanos, poseedores del monopolio absoluto del abastecimiento de bienes de consumo al nuevo continente, optaron por distanciar el envío de flotas cuando estimaban que había demasiadas mercancías europeas en América lo que, por un fenómeno de alta oferta y poca demanda, naturalmente haría disminuir los precios de los bienes que comercializaban en América. Se desprende de esto, entonces, que el distanciamiento de las flotas también habría sido el resultado de prácticas especulativas de los mismos comerciantes españoles10. Así pues, vemos de nuevo cómo el pensamiento de este autor coincide con el del anterior en señalar que las prácticas sociales y culturales tienen tanta importancia como los rasgos estructurales impersonales y cuantificables para dictar el rumbo de los procesos económicos de la época.

7Finalmente, el historiador guatemalteco Gustavo Palma Murga retomó estas interpretaciones durante la década del noventa y realizó un valioso balance entre ambas visiones del controvertido siglo XVII, análisis en el que se decanta hacia la idea de que este período estuvo marcado en Centroamérica, más que por una decadencia económica, por una búsqueda de una nueva estructuración de la economía colonial dirigida hacia la producción para el mercado interno y hacia el comercio intercolonial11.

8Así las cosas, la historiografía producida hasta ahora sobre el período que tratamos parece haber estado signada por dos grandes escuelas de pensamiento: una que mira al siglo en estudio como una época de crisis y otra que lo enfoca más bien como un siglo de cambio y desarrollo. En esta segunda escuela situamos nuestro trabajo.

9De hecho, la tendencia a mirar al siglo XVII como una era de crisis y predominio de la encomienda ha sido el resultado de la aplicación de teorías y metodologías esencialmente cuantitativas. Sin embargo, como hemos dicho, un enfoque microanalítico centrado en la metodología prosopográfica y en el estudio de las redes de sociabilidad, podría contribuir a arrojar resultados distintos. Afirmamos pues que un estudio pormenorizado de las conductas, relaciones personales y acciones estratégicas de los individuos que formaron parte del grupo dotado de poder político de la provincia en la época, podía llevarnos a una mejor comprensión de los procesos estructurales del período12. Esto haría posible atisbar a los procesos estructurales, pero no desde el punto de vista de los grandes ciclos económicos, sino desde el de los actores sociales mismos, de sus experiencias y estrategias de vida.

10Efectivamente, en nuestro trabajo hemos planteado que el análisis prosopográfico y de redes de sociabilidad que hemos realizado hasta ahora del grupo dotado de poder político en la provincia nos lleva a visualizar que sus integrantes pasaron por diferentes etapas en las que modificaron su base económica para sortear coyunturas de crisis, lo cual había producido sucesivas reformulaciones de la economía colonial y con ello, diferentes etapas a lo interno del siglo XVII. Todas estas etapas fueron el resultado de actos estratégicos en los que el grupo gobernante utilizó los medios a su alcance para lograr su fin primordial, que era seguirse reproduciendo como grupo en el poder—tanto político como económico—en una colonia sumamente débil y poco poblada a la que tenían que sostener, pues era la fuente de su posición social y de sus proyectos de vida en el Nuevo Mundo.

11La primera de estas etapas estuvo signada, como ya lo señalaron investigaciones anteriores, por el predominio de la encomienda como institución estructurante de la sociedad y de la economía, pero creemos que esta etapa no se prolongó más allá de la década de 1620, pues la decadencia demográfica de la población indígena, para entonces alarmante, hizo que la encomienda dejara de ser rentable. De esta forma, el primer período en la historia de la Costa Rica colonial se extendería de 1570—en números redondos el año de inicio del régimen de encomienda— hasta 1620, año en que se notaría con más fuerza su decadencia. Otros argumentos apoyan esta idea. El primero es que, ya para 1620, como fue documentado ya por Claudia Quirós en su obra mencionada, la mayoría de los integrantes de la primera generación de encomenderos—los conquistadores originales—había muerto y las campañas de “entrada y saca” amparadas al concepto de “justa guerra” llevadas a cabo a inicios del siglo por los españoles en las áreas marginales de la provincia para traer indígenas insumisos con el fin de revitalizar las encomiendas del Valle Central, habían sido un fracaso.

12A esto se suma el hecho de que la segunda generación de encomenderos—llamados por la corona a heredar las encomiendas de sus progenitores antes de que éstas revirtieran a manos reales—se hallaba enfrentada a la decadencia económica de estas, lo cual los llevó a emprender un intenso proceso de diversificación productiva. Un magnífico ejemplo de lo anterior es la parentela del conquistador Juan Solano, quien fuera quizá el encomendero más influyente de su generación y a la sazón el fundador de una de las redes de parentelas más poderosas de Costa Rica. A pesar del papel protagónico del padre en la conquista de Costa Rica y de su papel político preponderante en el régimen colonial, sus hijos mayores se distanciaron francamente de la encomienda como fuente de ingresos durante el siglo XVII y emprendieron una diversificación de sus actividades económicas, a la cual sumaron una ampliación e intensificación de su vinculación con el poder político. Por ejemplo, el primer hijo del conquistador, Pedro Solano, compró el puesto de regidor perpetuo del cabildo y se dedicó intensamente al comercio marítimo con el istmo de Panamá. Al mismo tiempo, el segundo hermano, Vasco Solano, también fue un activo comerciante, y el tercer hijo del conquistador, Baltasar de Grado, tomaría el estado eclesiástico, llegando a ser el primer vicario eclesiástico criollo de Costa Rica. El quinto y último hijo varón de la familia, Francisco Solano, también desempeñaría cargos de cabildo. Tan solo el cuarto hijo de la parentela, llamado Juan igual que su padre, heredaría la encomienda de la familia. De esta manera, podemos ver cómo la encomienda, base original del poder del linaje, asume un papel muy secundario en las actividades económicas y políticas de la familia en la segunda generación, quedando en manos de un hermano segundón de la familia, mientras que los mayores se repartieron las actividades económicas más jugosas y los puestos políticos más influyentes. Esto hace visible, en el caso de esta familia, que existió una estrategia en la que los diversos hermanos se repartieron las mejores fuentes de riqueza, prestigio y poder con el fin de conservarlas en la familia, pero se distanciaron de la encomienda en la segunda generación.

13Por otra parte, también a través del estudio prosopográfico de los miembros del grupo elitesco local, resulta visible que ya desde fines del siglo XVI el cabildo de Cartago, capital de la provincia, lejos de estar controlado por los encomenderos, lo estaba por un grupo de personajes de reciente arribo a la provincia, no ligados a la conquista ni a la encomienda y, antes bien, vinculados claramente al comercio exterior o, en el peor de los casos, al desempeño de puestos en la administración de la Real Hacienda. Individuos como Agustín Félix de Prendas, Diego del Cubillo, Bartolomé Sánchez y Gaspar Pereira Cardoso, que fueron los primeros regidores perpetuos del cabildo que compraron el puesto a la corona en 1597, eran comerciantes o servidores reales. Al mismo tiempo, nombres de conquistadores como los Ramiro Corajo o los mismos Solano, estuvieron ausentes de los puestos de regimiento del cabildo en la primera época de su funcionamiento, después de que este se consolidara al vender la corona los primeros puestos de regimiento a particulares en el año mencionado.

14Todo este distanciamiento de las élites dominantes del siglo respecto a la encomienda y su correspondiente pendulación hacia las actividades comerciales puede sin duda ser explicada por la decadencia económica de esta institución. De hecho, las evidencias presentes en el registro documental también apuntan a que, para 1650, los réditos aportados por las encomiendas a sus poseedores o a la corona eran verdaderamente ridículos (tributos que alcanzaban un gigantesco total de 3 pesos y se remataban por 14 en pública almoneda, por ejemplo). Esto deja ver que, desde el punto de vista puramente material, la encomienda estaba a leguas de ser el sostén de la economía colonial13.

15Sin embargo, la encomienda no desapareció durante el período. Antes bien, la corona española continuó concediendo encomiendas por servicios prestados a particulares no ligados a la Conquista o a parientes de los viejos conquistadores, después de la expiración de la herencia en “segunda vida” de éstas, como lo había estipulado el derecho de Indias. Esto extendió la vida de la institución hasta 1697, año de la muerte del último encomendero, Sebastián de Sandoval Golfín. Empero, esto significó que la importancia de la encomienda a lo largo de la mayor parte del siglo XVII no fue sino simbólica, pues en términos de rendimientos económicos era más que pobre, por lo que, si era codiciada, era tan solo por su importancia simbólica en la sociedad de la época, que valoraba en un sitial central la posibilidad de ser “señor de vasallos” como mecanismo de ascenso social14.

16Así las cosas, en nuestro trabajo descubrimos que la encomienda como institución no se sostuvo durante todo el siglo XVII como elemento estructurante de la sociedad y la economía de la provincia y, antes bien es posible afirmar que, para cuando estuvo muerto el último encomendero en 1697, la encomienda ya estaba muerta desde hacía casi ochenta años.

17Así las cosas, la decadencia acelerada de la encomienda como institución estructurante de la economía y de la sociedad colonial provocó el inicio de una coyuntura crítica en la historia de la provincia, cuyo inicio se sitúa hacia 1620. Como resultado, la élite dirigente de la provincia se vio enfrentada a la necesidad de buscar una nueva alternativa económica ante el colapso de la mano de obra indígena. Esto la llevó, según creemos, a continuar con el proceso de diversificación productiva iniciado por los encomenderos y con el giro hacia el comercio exterior que provocó el mencionado ascenso social del grupo de los comerciantes. Así, pues, se iniciaría un nuevo período en el que el comercio exterior se convertiría en el centro de las expectativas del grupo gobernante, como resultado de un nuevo movimiento del grupo en el poder para continuar reproduciéndose como tal15. Este proceso es medible básicamente a través del aumento de fletes de barcos, de partidas de mulas y de movimientos aduaneros registrados en los protocolos notariales y en la documentación de la real hacienda de la provincia. Esto produjo una transformación sustancial en la base económica de la élite dotada de poder político, la cual se volvió predominantemente comerciante en esta época. Como resultado, es posible ver que, a partir de 1620 y al menos hasta 1670, la mayoría de quienes ocuparon los más altos puestos de la administración colonial, principalmente los regidores del cabildo, fueron comerciantes. Tantos como un 25 por ciento de aquellos personajes que ocuparon puestos políticos altos también fletaron barcos, enviaron partidas de mulas o aparecieron registrados por la real hacienda en actividades de importación y exportación de mercancías, y entre ellos se contaron prácticamente todos los que ocuparon puestos de regimiento.

18Esto fue así porque, ante la decadencia de la explotación de la mano de obra indígena como régimen de producción a través de la encomienda, el grupo dominante local sin duda vio su oportunidad de reproducción económica en la exportación de víveres agrícolas para abastecer a las flotas de galeones y a las ciudades portuarias del istmo de Panamá que, aparte de ser emporios comerciales, eran también mercados emergentes en la época, hambrientos de productos de primera necesidad.

19Además de lo anterior, otro hecho contribuyó a este giro hacia el comercio del grupo dirigente de la época fue la desmonetización crónica de la economía colonial, que fue señalada desde largo tiempo atrás por la historiografía económica. Esta característica de la economía de la época sin duda produjo que la élite local de Costa Rica estuviese constituida por comerciantes en sus estratos superiores, pues para tener acceso a estos puestos era necesario comprarlos a la corona, la cual exigía el pago en dinero contante y sonante y el comercio exterior era la única actividad productiva que estaba en capacidad de aportar dinero metálico a la economía, dado que el mercado interno se hallaba estancado y en constante desmonetización. Desde luego, además de lo anterior, salta a la vista que el comercio marítimo era la única actividad que deparaba excedentes de riqueza suficientes para pagar las sumas que la corona requería para la compra de puestos, sin que esto significara una desviación de recursos necesarios para otros fines.

20Con todo, hacia 1670 se empezaron a sentir en la provincia los síntomas de un nuevo cambio estructural como resultado de una nueva coyuntura de crisis. Al inicio de esta década, fueron visibles los efectos del proceso de decadencia del comercio marítimo entre España y América por el distanciamiento de la llegada de flotas desde la metrópoli durante el siglo XVII, que documentaron los historiadores americanistas de mediados del siglo XX. La disminución en la frecuencia de llegada de las flotas al Nuevo Mundo—flotas que eran la base del comercio intercolonial de Costa Rica—provocó que el grupo en el poder se decantase hacia la producción cacaotera como respuesta estratégica adaptativa para sortear esta nueva coyuntura de crisis. La producción cacaotera había empezado a practicarse en Costa Rica a escala comercial desde la década de 1650, en momentos en que quizá ya se sentía la inminente caída de las flotas de Portobelo. Por otra parte, también era sin duda visible para los hispano-criollos de Cartago que no existían en la región otros productores del fruto que pudieran competir con ellos en el abastecimiento de los potenciales mercados de Tierra Firme, por lo que el cacao se les ofreció como un negocio prometedor. Así, la producción cacaotera tomó fuerza a partir de 1660 en las tierras realengas de la vertiente atlántica de Costa Rica, y se convirtió en el principal rubro de ingresos económicos del sector dominante a partir de la década de 1670. De hecho, en una sumaria información instruida en 1691 por el cacaotero y procurador síndico del cabildo de Cartago, Jerónimo de Valerino, los productores de Cartago explicitaron abiertamente que se habían inclinado por el cacao ante la pérdida de rentabilidad de los bienes que exportaban a las ciudades y flotas de Tierra Firme, la cual había sido producto de la sobreoferta acarreada por la llegada masiva de productores de otras regiones al mercado panameño. Por ejemplo, uno de los testigos llamados a declarar en este documento afirmó

21que auiendo reconosido el capitán Gerónimo Balerino y los demás dichos dueños de aziendas el poco trato y comerzio que oi tiene esta prouinzia con las ciudades de Portobelo y Panamá, [y] Cartaxena, por no tener balor los tratos destas prouincias como antes lo tenía sic, auían zembrado y cultiuado en la dicha costa de Matina más cantidad de ziento y quarenta mil árboles de cacao16.

22A partir de 1700, sin embargo, la producción cacaotera daría a su vez señales de agotamiento, debido al cierre de los mercados, a los excesivos impuestos y a la competencia de otras regiones como Nicaragua y Venezuela17. De esta forma, una nueva coyuntura de crisis se abriría y daría como resultado una nueva estrategia adaptativa de la élite dirigente de Costa Rica. Paralelamente, el ascenso inglés y francés en el Caribe después de la toma de Jamaica en 1655 y de la fundación de la colonia de Isla Tortuga, sumado al distanciamiento cada vez mayor en la llegada de flotas de galeones al Nuevo Mundo, trajo a la región centroamericana la generalización de una nueva alternativa de sobrevivencia y reproducción económica: el contrabando. Esto en la época fue muy de la mano con el auge de la piratería en el Caribe18. El contrabando se comenzó a practicar entre los españoles de Centroamérica y los colonos ingleses y franceses del Caribe desde fines del siglo XVII, y se volvió asunto corriente en Costa Rica a inicios del siglo XVIII cuando la nueva dinastía borbónica, con sus aires reformistas, inició una persecución intensiva contra los contrabandistas de múltiples regiones, con el fin de retomar el control del Imperio de una manera renovada, y también de extraer sus recursos de una forma más racional. De esta forma, hasta 1720 el contrabando fue la última de las medidas estratégicas adoptadas por la élite local hispano-costarricense como forma de sobrevivencia y autorreproducción en el contexto de un siglo polémico.

23Así las cosas, el análisis de las carreras vitales y de las estrategias de vida de los actores económicos poderosos del período nos permite ver que el siglo XVII de Costa Rica, entendiéndolo hasta 1720, no fue un monolito histórico, sino un proceso complejo caracterizado por sucesivas caídas económicas seguidas de sus respectivas estrategias adaptativas marcadas por el uso hábil de los recursos económicos por parte del grupo dominante. Estos recursos fueron aplicados estratégicamente a lograr los fines de autorreproducción económica y en el poder del grupo dotado de poder político.

24Podríamos inclusive polemizar acerca de la pertinencia del término “crisis” para describir los fenómenos ocurridos a lo largo de esta centuria. Ya el solo hecho de que se nos hable de una “crisis del siglo XVII” debería despertar sospechas pues, por definición, una crisis es un fenómeno coyuntural, de duración corta o media, no un proceso largo de un siglo de duración. De ser así, antes bien debería conceptualizársele como un ciclo económico recesivo de larga duración. Antes bien, lo que parece haber ocurrido en el caso de Costa Rica puede haber sido más bien una sucesión de momentos críticos separados e independientes entre sí, a los que el sector dominante se adaptó mediante ajustes en su base económica. Esta larga resistencia al colapso económico por parte de la élite dominante hispano-criolla de Costa Rica provocó que, paradójicamente la “crisis del siglo XVII” no se sintiera en la provincia sino hasta el siglo XVIII, lo que abona aún más al cuestionamiento de la idea del siglo XVII como un siglo de crisis.

25Por todas estas cosas, lejos de ser una “edad oscura”—como también se le ha caracterizado—el siglo XVII parece haber sido para Costa Rica un período creativo y de gran movilidad adaptativa en el que los actores sociales configuraron las estructuras mediante su acción estratégica.

26Para terminar, valgan estas reflexiones para señalarnos la necesidad de estudiar más la historia colonial, aun la de períodos y procesos que se creían ya completamente explotados, y de revisitar constantemente las viejas fuentes con nuevos ojos teórico-metodológicos, sustituyendo la aplicación mecánica de modelos teóricos por el examen concreto de las cosas del pasado.

27Notas de pie de página

281 Pierre Chaunu y Huguette Chaunu, Séville et l’Atlantique, de 1505 à 1650 , 8 vols. (Paris: Armand Colin, 1955-60).

292 François Chevalier, La formation des grands domaines au Mexique, terre et societé aux XVIe-XVII siècles (París: Institut d’ethnologie, 1952).

303 Murdo J. McLeod, Spanish Central America: A Socioeconomic History, 1520-1720 (Berkeley: University of California Press, 1973), págs. 233-389.

314 Henry Kamen, El siglo de hierro: cambio social en Europa, 1550-1660 (Madrid: Alianza, 1977).

325 Elizabeth Fonseca Corrales, Costa Rica colonial: la tierra y el hombre (San José: EDUCA, 1986), págs. 73-4.

336 Elizabeth Fonseca Corrales, et. al. Costa Rica en el siglo XVIII (San José: Editorial Universidad de Costa Rica, 2000), págs. 13-40.

347 Claudia Quirós Vargas,La era de la encomienda (San José: EUCR, 1992).

358 Ruggiero Romano,Coyunturas opuestas, la crisis del siglo XVII en Europa e Hispanoamérica, (México: Fondo de Cultura Económica, 1993).

369 Michel Morineau, “Revoir Séville: le Guadalquivir, l’Atlantique et l’Amérique au XVIe siècle”, en Anuario de Estudios Americanos 57:1 (2000), págs. 277-293.

3710 Manuel Lucena Salmoral, “La flota de Indias”, en Revista Cuadernos Historia 16:74 (Madrid), págs. 2-31. Conviene aclarar que el trabajo de Lucena se basa en la citación de múltiples autores clásicos de gran renombre, a pesar de que aparece publicado en una revista que es básicamente de divulgación para el gran público.

3811 Gustavo Palma Murga, “Economía y sociedad en Centroamérica 1680-1750”, en Julio César Pinto Soria, editor, El régimen colonial, 1524-1750, en Edelberto Torres Rivas, editor general Historia General de Centroamérica, 6 tomos (Madrid/San José: Sociedad Estatal Quinto Centenario/FLACSO, 1993), II, págs. 219-306.

3912 Estas apreciaciones están basadas en los resultados del trabajo realizado en Eduardo Madrigal, “Cartago República Urbana: elites y poderes en la Costa Rica colonial, 1564-1718” (tesis de doctorado, Universidad de Costa Rica y Universidad de Toulouse II-Le Mirail, 2006). Véanse principalmente el capítulo III para el estudio de las actividades económicas de la élite, el capítulo II para el de la conformación originaria del cabildo y la integración de nuevos inmigrantes al grupo y el capítulo V para el tema de las redes familiares.

4013 Véase, por ejemplo, la información brindada por el documento Archivo Nacional de Costa Rica (en adelante ANCR), Sección Colonial, Serie Cartago, Nº 050, año 1677.

4114 Esto ha sido defendido así en Jean-Paul Zúñiga, Espagnols d’outre-mer (París: Éditions de l’EHESS, 2002).

4215 De hecho, conviene acotar que es visible que se trata del mismo grupo en el poder pues, como resultado de nuestras investigaciones prosopográficas acerca de las carreras vitales de sus miembros, también pudimos descubrir que todos estaban ligados entre sí por relaciones familiares que habían sido establecidas entre el viejo grupo encomendero fundador y nuevas oleadas de recién llegados ligados al comercio y a puestos de la administración colonial como la real hacienda, los corregimientos, las escribanías y las milicias.

4316 ANCR, Sección Colonial, Cartago, Nº 085, 19 de octubre de1691, ff. 1-1v.

4417 Fonseca, Costa Rica Colonial: La Tierra y el hombre, págs. 235 y 249-50 y MacLeod,Spanish Central America, págs. 330-40.

4518 Juan Fernando Núñez, “Aspectos legales y políticos de la piratería en el Caribe durante el siglo XVII”, ponencia presentada ante el VI Congreso Centroamericano de Historia, Panamá, julio de 2002, págs. 15-16.

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Para citar este artículo :

Eduardo Madrigal, « La “crisis del siglo XVII” en Costa Rica, algunas reflexiones teóricas. », Boletín AFEHC N°51, publicado el 04 octubre 2011, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=3006

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