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AFEHC : articulos : La recaudación del tributo de laborío y la formación burocrática de identidades sociales en la provincia de Guatemala, 1608-1644 : La recaudación del tributo de laborío y la formación burocrática de identidades sociales en la provincia de Guatemala, 1608-1644

Ficha n° 3008

Creada: 25 diciembre 2011
Editada: 25 diciembre 2011
Modificada: 19 febrero 2012

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Autor de la ficha:

Paul LOKKEN

Editor de la ficha:

Stephen WEBRE

Publicado en:

ISSN 1954-3891

La recaudación del tributo de laborío y la formación burocrática de identidades sociales en la provincia de Guatemala, 1608-1644

Durante las primeras décadas del siglo XVII el tributo de laborío exigido a gente libre de ascendencia africana en la provincia de Guatemala servía para consolidar una identidad mal vista tanto legal como socialmente. Sin embargo, sólo la recaudación del tributo podía facilitar tal función, y se entiende que esa recaudación no era muy sistemática. Este ensayo revela que hay más evidencia que comúnmente se ha creído tanto de la recaudación del tributo hasta los años 1640 como de la clara identificación de sus pagadores como “mulatos”. En otras palabras, se ilumina un cuidadoso esfuerzo burocrático por distinguir a los afrodescendientes libres. Además, se aprende de las fuentes analizadas, por lo menos en algunos casos, algo sobre la residencia y el empleo de la gente empadronada.
Palabras claves :
Siglo XVII, Tributo, Laborío, Mulato, Ascendencia africana
Autor(es):
Paul Lokken
Fecha:
Diciembre de 2011
Texto íntegral:

1

Ser “mulato” y tributario

2A las seis horas de la tarde del 19 de junio del año 1631, Francisco de Sosa, “mulato que por mal nombre le llaman El Dormido,” como le describió el alguacil de la real caja Pedro Mayor, se acercó al dicho alguacil en una calle de Santiago de Guatemala y le administró “una bofetada en el rostro”. Sosa fue prendido y se le siguió un proceso judicial durante el cual el abogado de Mayor, Antonio Gaitán, les aseguró a los jueces que este “Dormido” era “acostumbrado a cometer delitos”, como, por ejemplo, “aver muerto a un mulato criado que hera del obispo … y aver tirado con un cuchillo a Juan de Venavides alcayde de la real Corte … con animo de matarle … en lugar sagrado como fue en las monjas de la concepcion”. Además, afirmó Gaitán, el acusado fue “osado y atrebido a otras personas acaudillando negros y mulatos para que se [dediquen] a jugar a los naipes y a las tabas”. En otras palabras, Sosa era un hombre que bien merecía el más severo castigo1.

3Desempeñando como curador ad litem de Sosa, Francisco de Castro intentó a contradecir las aseveraciones de Gaitán mediante las declaraciones de algunos testigos según las que su cliente era siempre “umilde con todo genero de personas respetandolas y en particular a los españoles [y] apartado de vicios y malas compañias y costumbres y que de ordinario siempre se ocupa[ba] en trabajar a su oficio de zapatero con que se sustenta, y a su muger, y paga[ba] el tributo de naborio que deb[ía]”.

Desafortunadamente para su miserable cliente, la estrategia de Castro fracasó por completo, y Sosa fue condenado en doscientos azotes y tres años de destierro a más distancia de veinte leguas de la ciudad. Luego Castro solicitó la clemencia para Sosa, declarando que su cliente “estaba embriagado y pribado de su juicio natural” en el momento de asaltar al alguacil. Tampoco les conmovió esta petición a los miembros de la audiencia, y el castigo ya decretado se proveyó, “para que semejante mulato ni otros sus iguales … cometan semejantes delitos … porque el delito de estar borracho antes es mayor daño y no es escusa2”.

4No es novedosa afirmar que funcionarios reales veían a mulatos como Sosa y “otros sus iguales” como delincuentes peligrosos por naturaleza. Tal calumnia aparece repetidamente en la documentación colonial. Es más interesante ver en este caso el enlace propuesto en el discurso de Castro entre una propensión por pagar el “tributo de naborío” y el carácter supuestamente honroso de su cliente. Según este razonamiento, un hombre que pagaba el tributo que debía no podía ser criminal. Sin embargo, el ser sujeto al pago de ese mismo tributo ya había colocado a Sosa en una clasificación estrechamente ligada con la criminalidad “innata”.

5Es decir, durante las primeras décadas del siglo XVII el tributo exigido a gente libre de ascendencia africana en la provincia de Guatemala servía para consolidar una identidad mal vista tanto legal como socialmente. Por otro lado, sólo la recaudación del tributo podía facilitar tal función, y se entiende que esa recaudación no era muy sistemática. Pero como veremos en este ensayo, hay más evidencia que comúnmente se ha creído tanto de la recaudación del tributo como de la clara identificación de sus pagadores como “mulatos”. Útilmente, se aprende de las fuentes analizadas, por lo menos en algunos casos, algo sobre la residencia y el empleo de la gente empadronada. Además, se ilumina un cuidadoso esfuerzo burocrático por distinguir a los afrodescendientes libres, el grupo tan despreciado por los miembros de la audiencia en su comentario sobre el caso de Francisco de Sosa.

Historia breve del tributo de laborío

6Por cédula real de 27 de abril de 1574, el rey Felipe II mandó a sus oficiales en las Indias que cobraran tributo a “todos los Negros, y Negras, Mulatos, y Mulatas libres” residentes en sus jurisdicciones. Según el pensamiento real, el pago de tributo por estos descendientes libres de africanos esclavizados, dichosas personas que “t[enía]n grangerias, y hazienda”, sería muy justo dado el suerte que tenían de “vivir en nuestros dominios [y] Ser mãtenidos en paz, y justicia”. Tres años más tarde el mismo rey, ahora pintando un retrato mucho menos armonioso de sus reinos americanos, se mostró preocupado por la dificultad de cobrar el nuevo tributo a una gente tan indisciplinada “que no t[enía] asiento, ni lugar cierto”. Por eso fue necesario emitir un nuevo decreto: “Que los Mulatos, y Negros libres vivan con amos conocidos, para que Se puedan cobrar Sus tributos”. Y, en caso de que estos tributarios de raíces africanas estorbaran la cobranza por ausentarse, se les ordenaba que “Sean presos, y bueltos á Sus amos con prisiones, y apremiados á vivir, de forma, que haya cuenta, y razon3”.

7Este breve entusiasmo real hacia la nueva fuente de ingresos no perduró, o, más bien, solamente se revivió de vez en cuando. Simplemente, este tributo “de naboría” (más tarde “de laborío”)—según la palabra de origen taína que se empleaba en Centroamérica para denominar al pequeño grupo de indígenas “independientes”, es decir, a los que no pertenecían a ningún pueblo identificable y quienes por lo tanto se declararon sujetos al mismo pago durante los años setenta del siglo XVI—nunca se convirtió en un impuesto muy lucrativo para la corona española4. En la ciudad de México, por ejemplo, la recaudación del tributo de laborío agregó un total de 330.313 pesos a la hacienda real entre 1576 y 1697, mientras que en sólo un año, 1586-87, los pueblos indígenas novohispanos producían 459.323 pesos en tributo para el rey5. En Lima, donde los 550 afrodescendientes libres empadronados en 1604 debían nada más que unos 700 pesos anuales en tributo, en algunos años posteriores las autoridades informaban no poder efectuar la cobranza ni de un solo tostón6.

8En la ciudad de Santiago de Guatemala los primeros intentos por cobrar el nuevo tributo en los años 1570 más o menos fracasaron, según las investigaciones de Christopher Lutz. Sin embargo, poco a poco se realizaba el cobro, y entre 1581 y 1593 la cantidad recaudada subió dos veces, una señal o de mayores esfuerzos por cobrar el tributo o del crecimiento rápido del número de la gente que lo debía7. Lastimosamente, según Lutz, sin padrones que distingan con claridad entre las personas libres de ascendencia africana y los llamados “indios laboríos”, nuestro conocimiento del tributo recaudado no nos enseña nada en cuanto a la naturaleza de la población tasada. Afortunadamente, está equivocada la aseveración de Lutz de que no existen tales padrones. Aunque sean escasos, se han encontrado algunos, y ellos muestran tanto la realización de la ley, por lo menos de vez en cuando, en varios lugares de la provincia durante la primera mitad del siglo XVII, como la cuidadosa distinción normalmente hecha por funcionarios entre los “mulatos [o, en pocos casos, negros] libres” y los “indios laboríos”. Esta distinción se ve más claramente en la cantidad pagada por cada grupo: cuatro tostones en el caso de los hombres afrodescendientes, con o sin familia, y dos en el de las mujeres solteras de ascendencia africana, mientras los llamados “indios laboríos” pagaron tres en el caso de todos los hombres y uno en el de las mujeres solteras8. Por eso es posible adivinar la identidad adscrita a cada individuo aún en los pocos ejemplos cuando un funcionario no añadió una etiqueta étnica al nombre de alguna persona en particular.

Los casos de recaudación

9El caso más temprano del tributo de laborío visto para el siglo XVII viene del corregimiento de Acasaguastlán. Encargado de la tasación de “los tributos de naborios negros y mulatos horros” del corregimiento para el trienio 1608-1610, Cristóbal Méndez inscribió a ocho pagadores, todos hombres. En su cuaderno de cuentas Méndez identificó con claridad a siete de estos tributarios como “mulatos” y al otro como “yndio”. De acuerdo con la voluntad real, cada hombre “mulato” pagó cinco tostones por un año, mientras que el indígena Tomás López pagó cuatro. En su informe Méndez afirmó “no [haber] cobrado mas perteneziente a navorios” en las diez comunidades del distrito, y enfatizó después de enumerar a los más de 550 indígenas tributarios que residían en el pueblo de Rabinal que “no consta haber en el dicho pueblo ningun mulato libre ni zanbaygo ni navorio”. Podemos dudar la confiabilidad de tales afirmaciones. Sin embargo, es evidente que en recaudar el tributo de laborío Méndez intentaba distinguir con el cuidado exigido por la ley entre los “mulatos libres” y los “indio laboríos”, reforzando así la vitalidad de esas clasificaciones burocráticas9.

10La misma cuidadosa distinción entre “indios” y “mulatos” se ve en un padrón hecho por el corregidor de Quezaltenango en 1613. En este caso nueve de las diez personas empadronadas eran indígenas. La única deudora identificada por ascendencia africana era la “mulata libre” Ysabel Aldonza, empleada en la casa de Juan Fernández de Balderas, vecino de Quezaltenango. El marido de Aldonza, un “negro esclavo” perteneciente a Fernández cuyo nombre el documento no da, evidentemente residía en la misma casa10. Vemos aquí una huella de las relaciones que se enlazaban los afrodescendientes libres y los esclavizados, aparte de su agrupación por ascendencia bajo un esquema español que tenía como objetivo el mantener y acentuar las divisiones sociales. Al mismo tiempo, a través del pago exigido a Aldonza el proceso burocrático que conservó esta evidencia en el archivo enfatizó como sus características esenciales su ascendencia y su género.

11Igual que en el caso de Acasaguastlán, las cifras contenidas en el padrón de Quezaltenango son menos confiables como representación del verdadero tamaño de la población sujeta al tributo de laborío. Sin embargo, fueran cien personas en lugar de diez, todavía habría sido mínima su importancia como fuente de ingresos en una región donde vivían miles de indígenas tributarios. De hecho, el significado del tributo de laborío en los ojos de los funcionarios reales se ve bien en la queja del corregidor de Quezaltenango, al empezar la tasación en 1613, que su predecesor “no le dejo ni el padron ni la rreal probicion que trata de los que deben pagar los naborios”. Y el mismo corregidor no remitió los fondos cobrados a Ysabel Aldonza y a los nueve “indios laboríos” en su distrito hasta 1616. De acuerdo con su carta de ese año se le había olvidado a incluirlos con otros pagos ya remitidos11.

12¿Fue este “olvido” nada más que un intento del corregidor de enriquecerse un poco por explotar la poca importancia a la real hacienda de este tributo? Al parecer, su predecesor lo había recaudado en 1611 sin dejar ningún registro y, tal vez, sin remitir los fondos12. Otros casos sugieren el mismo descuido, intencional o no. En 1617, Luis de Medina y su esposa Juana de Cueto tuvieron que reconocer y arreglar el pago de una deuda de cinco mill tostones “que Procedieron del Seruiçio del toston y tributo de nauorios que yo el dicho luis de medina tuve a mi cargo”, evidentemente en el partido de San Miguel (en el oriente de El Salvador13). Y en 1624, se inició un juicio contra el contador de la real hacienda en Guatemala, Pedro del Castillo Becerra, por el servicio de tostón y “tributos naboríos negros y mulatos forros” que se debían recaudar en el distrito de Acasaguastlán para los años 1616-1618. Castillo, en su turno, aseveró que un recaudador del tributo, el mismo Cristóbal Méndez ya visto arriba, le debiera 158 tostones procedentes de la tasación14. ¿Casos de fraude? ¿O meras indicaciones, según las observaciones del rey en 1577, de las dificultades de recaudar algo a una población que “no tenía asiento, ni lugar cierto”, y que era, además, una pequeña minoría entre la gran población no española que ayudaba a sostener a la corona con sus pagos de tributo?

13Sea lo que sea la eficacia de la recaudación en esa época, hay evidencia directa de tasaciones posteriores que comparte la misma característica ya vista: una cuidadosa distinción por ascendencia entre los pagadores del tributo de laborío. Entre el 27 de mayo de 1623 y el 8 de marzo de 1625, Nicolás de Villareal cobró 322 tostones a 54 personas en Santiago y sus alrededores, cada una pagando por lo menos un año de tributo pendiente para los años 1617-162315. En su cuaderno aparecen entregas hechas por 19 hombres “mulatos16” de cinco tostones por cada año pendiente, 10 hombres “indios” de cuatro, 16 “mulatas” y una “morena” de tres; y 8 “indias” de dos. ¿Qué pensaba de estas etiquetas la gente empadronada, y qué era la relación entre las etiquetas impuestas y la auto-identificación? No se sabe. Sin embargo, sí se puede afirmar que las identidades inscritas en el cuaderno de Villareal y reforzadas por los pagos enterados o por los deudores del tributo u por sus amos, tenían algún significado social, contribuyendo a sostener distinciones dentro del grupo de “naboríos”, así como entre éste y los otros miembros de la sociedad colonial.

14De hecho, para los fines del siglo XVII los afrodescendientes alistados formalmente en las milicias de la provincia desde los años cuarenta de la misma centuria se aprovecharían de su servicio militar para eximirse del tributo de laborío, al parecer no solamente para evitar el gasto sino también para dejar atrás el estatus inferior de tributario17. En aquel entonces todavía existía la categoría de “gente parda” en un sentido legal definido por el tributo de laborío impuesto por la corona hacía un siglo, lo cual facilitaba la manutención de minuciosas distinciones de color y ascendencia en una sociedad con una creciente población de “castas” de varios origenes. Sin embargo, en las últimas décadas del siglo XVII hay que notar la evidente ausencia de pagos del tributo por los llamados “indios laboríos18”. Esta ausencia tal vez explique la creciente ira de los “negros y mulatos libres” en cuanto a su condición social, visto que todavía pagaban el tributo mientras que al mismo tiempo ofrecían sus cuerpos a la defensa de la provincia.

15 En cualquier caso, la transformación no pudo haber ocurrido antes de los cuarenta del siglo XVII. En esa década se produjo la documentación más detallada de la recaudación del tributo de laborío encontrada hasta la fecha. En el libro de cuentas de Juan de Molina, teniente de oficiales reales en la alcaldía mayor de San Salvador, se mantienen las distinciones entre “indios” y “mulatos” con no menos rigor que en los más viejos padrones ya mencionados. El libro muestra el proceso de recaudar el tributo de laborío por casi la entera alcaldía mayor en los años de 1643 y 1644. Como antes, los empadronados, en este caso unos 245 individuos, debieron y pagaron de acuerdo con su ascendencia y género: los 78 hombres libres de ascendencia africana, cuatro tostones más uno para el servicio de tostón; los 134 hombres indígenas, tres más uno; las 19 “mulatas”, dos más uno; y las 14 “indias”, uno más uno19.

16 Este documento va mucho más allá que los otros ya vistos hacia un entendimiento de la residencia de la gente empadronada. Se encontró a más de la mitad de las personas nombradas en seis comunidades: 50 en Santa Ana, 34 en Zacatecoluca, 20 en Opico, 18 en la villa nuevamente fundada de San Vicente de Lorenzana, 14 en San Salvador, y 13 en Chalchuapa. Es dudoso que San Salvador tuviera tan pequeño número de gente sujeta al tributo de laborío, y aun menos creíble es la ausencia entera de San Miguel; sin embargo, las cifras nos ofrecen algunas sugerencias útiles. Por ejemplo, de acuerdo con ellas la mayoría de la gente que pagaba el tributo en Santa Ana era indígena, mientras que en Zacatecoluca, ubicado en una región añilera y más cercano a la costa del Pacífico, la mayoría era “mulata20”.

17El documento también revela algo en cuanto a las relaciones sociales en estas dos comunidades. En Santa Ana, Pedro Ramírez pagó las deudas de cuatro “indios” y tres “mulatos”, todos, al parecer, sus empleados. Otros cuatro amos—don Pedro Sacarias, Juan Tomás de León, Joseph González de Madrid y Alonso Acuña—enteraron los tributos de entre cuatro y seis deudores cada uno, todos presumiblemente empleados suyos. En Zacatecoluca los más prominentes amos eran Juan López de Arteaga, alcalde de la Santa Hermandad y pagador de los tributos de cinco hombres “mulatos”; e Isabel López de Pineda, quien pagó el tributo para los “mulatos libres” Juan Pasqual y Juan de la Cruz, el “indio” Juan Manuel y la “india viuda” Francisca Hernández. En este pueblo, se destaca también el caso de Alonso García, quien como “mulato libre” debía cinco tostones de su propia cuenta, mientras que como “su amo”, pagaba también por el “indio laborío” Marcos López21.

18De acuerdo con la evidencia, los otros pueblos donde residía gente sumisa al tributo de laborío eran Apastepeque, Ateos, Chiconguesal, Coatepeque, Istepeque, Jicalapa, Metapán, Quezaltepeque, San Juan Talpa, Suchitoto, Tacachico, Tecoluca (Telcolua?), Texistepeque, y Tonacatepeque. Los más importantes en cuanto al número de pagadores eran Quezaltepeque, con cuatro mujeres y dos hombres indígenas más una “mulata”, y Apastepeque, ubicado en los alrededores de San Vicente, con un hombre y una mujer libres de ascendencia africana más cuatro “indios”. El documento también identifica trece haciendas y dos estancias donde residían o, por lo menos, trabajaban algunos deudores del tributo. Las más destacadas de estas quince propiedades, según las cifras, eran la hacienda San Andrés y la hacienda San Francisco, ambas aparentemente ubicadas cerca de Opico y cada una con siete residentes que debían el tributo. El propietario de la primera, al parecer, era Juan Hurtado, alcalde provincial de la Santa Hermandad, quién pagó el tributo para todos los cinco “mulatos” y dos “indios” encontrados en la hacienda22. En la hacienda San Francisco, por contraste, no menos de tres personas pagaron los tributos de los tres “mulatos”, dos “mulatas”, y dos “indios” que los debían. Dos de los pagadores en este caso eran mujeres, Isabel Alvarez y Hernanda Pocasangre. El tercero, Francisco Martínez (o Méndez), era probablemente el hacendado, dado que pagó no solamente los tributos de cuatro personas sino también la alcabala de 48 tostones debida a la real hacienda por su compra en 1641 por 800 tostones de “una mulata esclaba” a Bernardo Ortiz, vecino de Santiago de Guatemala23.

19Pero el tributo no siempre fue pagado por los amos de los deudores. Casi la mitad de la gente empadronada, tanto “indios” como “mulatos”, evidentemente hizo su propio pago. Lo hicieron en las salinas de Ayacachapa, por ejemplo, todos los cuatro deudores encontrados, quienes presumiblemente trabajaban allí. Tres fueron etiquetados como “mulatos”: Cristóbal Hernández, Sebastián de Guzmán y Diego Herrera. El cuarto, Cristóbal Rodríguez Méndez, quien aparece sin designación, era obviamente afrodescendiente también, dado su pago de diez tostones por dos años24.

20La tasación en las salinas de Ayacachapa, propiedad al parecer de Diego de Santa María y antes de Ignacio de Torres, revela más que los nombres y ascendencia africana de los tributarios. De los veinticinco lugares donde los recaudadores empadronaron a dos o más tributarios, esa propiedad era la única donde no había ningún pagador indígena. En el otro lugar semejante, Real de las Salinas, se encontró a un “mulato”, Francisco Mercado, y a nadie más. Al parecer, los afrodescendientes libres monopolizaban el trabajo en las salinas de la alcaldía mayor de San Salvador, tanto como lo hacían en las del corregimiento de Escuintepeque, donde los vecinos mulatos de la villa de San Diego de la Gomera, ubicada cerca de la costa del Pacífico, controlaban en ese entonces las salinas de Sipacate y Coyolate25.

Conclusión

21 A la luz de los casos arriba delineados regresamos al juicio contra Francisco de Sosa con el que empezamos. Está claro que durante las primeras décadas del siglo XVII las autoridades coloniales, sí hicieron esfuerzos por recaudar el tributo de laborío. En cobrarlo, fortalecían una clasificación social que, como indica el fallo en contra de Sosa, las mismas autoridades caracterizaban como una mancha indeleble de la gente así clasificada. Se supone que la despreciada identidad de Sosa como “mulato” fuera confirmada (como intimó su curador con otro objetivo) en un padrón donde se le distinguió a él, según las normas de cobranza, como tal tipo de ser humano. No era un “indio laborío”, en cuyo caso hubiera debido menos plata por su tributo de laborío. Tampoco era “mestizo” (ni mucho menos “español”), categoría que no estaba jamás sujeta al impuesto.

22En la provincia de Guatemala tales padrones concretamente sostuvieron las identidades burocráticas hasta 1644, por lo menos, setenta años después de la iniciación del tributo. El empadronamiento y la recaudación, evidentemente hicieron que la gente inscrita sintiera el peso de una identidad adscrita que le confirió la inferioridad social. Los documentos no nos proporcionan su reacción, a menos que los hechos atribuidos a Francisco de Sosa nos dieran un vistazo.

23Notas de pie de página

241 Archivo General de Centro América (en adelante AGCA), A1, legajo 4109, expediente 32564. Le agradezco a Stephen Webre algunas sugerencias para mejorar la calidad del ensayo.

252 AGCA, A1, leg. 4109, exp. 32564.

263 Libro VII, título quinto, leyes primera (1574) y tercera (1577), en Recopilación de leyes de los Reynos de las Indias, 4 tomos (Madrid: Ediciones Cultura Hispánica, 1973), II, págs. 285–285v.

274 En una carta en 1596 el oídor Álvaro Gómez de Abaunza definió así a “los indios que llaman naborios que son los que no pagan a encomenderos tributo por hauer nasçido en pueblos y casas de hespañoles, ni se pagan a V.m. en los pueblos por no hauer nascido ni biuen en ellos”. Álvaro Gómez de Abaunza a la Corona, 7 de abril de 1596, Archivo General de Indias (en adelante AGI), Guatemala, 10, R.23, N.170 (formato digitalizado).

285 Ben Vinson III, Bearing Arms for his Majesty: The Free-Colored Militia in Colonial Mexico (Stanford: Stanford University Press, 2001), pág. 140.

296 Ronald Escobedo Mansilla, “El tributo de los zambaigos, negros y mulatos libres en el virreinato peruano”, Revista de Indias 41:163-164 (1981): pág. 48-50.

307 Christopher H. Lutz, Santiago de Guatemala: historia social y económica, 1541-1773, Colección Monografías (Guatemala: Editorial Universitaria, 2005), pág. 341-343.

318 Todos los pagadores también debían con el tributo un tostón para el servicio de tostón. Por eso los hombres libres de ascendencia africana debieron cinco tostones cada año; los hombres indígenas de estatus “laborío” debieron cuatro; las “mulatas”, “morenas”, y “negras” solteras debieron tres, y las “indias laborías” solteras debieron dos.

329 “Quentas que dio xtobal mendez … de los tributos en el Corregimiento de acasaguastlan de lo que fue a su cargo del tributo de los naborios desde [1608-1610]”, 22 de febrero de 1613, AGCA, A3, leg. 1600, exp. 26373. Nótense ff. 16, 29. Desafortunadamente, no se aprende en el documento nada sobre las esposas o los hijos de los hombres listados, ni siquiera si existían. En cuanto a las etiquetas disponibles, no se identificó a ningún individuo nombrado en los documentos citados en este artículo como “zambaigo” ni “zambo”, a pesar de la mención de la primera palabra por Méndez (estas dos etiquetas se aplicaban a gente de ascendencia afro-indígena en algunos lugares, aunque casi nunca se empleaban en la provincia de Guatemala). La gran mayoría de los afrodescendientes empadronados fue etiquetada como “mulato” o “mulata”, con unos pocos como “morenos/as” o “negros/as”.

3310 “Libro y cuaderno de los yndios mulatos y negros libres naborios que en conformidad de lo dispuesto y mandado por su magestad se empadronan en el partido de queçaltenango”, 17 de noviembre de 1616, AGCA, A1, leg. 2801, exp. 40502, microfilmado por la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, microfilme número 0747059. En la casa de Fernández también trabajaban dos pagadores indígenas del tributo de laborío, Catalina y Gaspar.

3411 “Libro y cuaderno de los yndios mulatos y negros libres naborios”.

3512 “Libro y cuaderno de los yndios mulatos y negros libres naborios”. Los empleados indígenas de Juan Fernández, Catalina y Gaspar, le aseguraron al corregidor en 1613 haber pagado el tributo hacía dos años.

3613 Obligación, 14 de septiembre de 1617, libro de protocolos de Sebastián Gudiel, AGCA, A1, leg. 812, ff. 215-217.

3714 Juicio contra Pedro del Castillo Becerra, 1624, AGCA, A1, leg. 4106, exp. 32542.

3815 Cuaderno de Nicolás de Villareal, AGCA, A3, leg. 935, exp. 17435.

3916 Uno de ellos, Lorenço Maldonado, está etiquetado una vez como “moreno”.

4017 Paul Lokken, “Undoing Racial Hierarchy: Mulatos and Militia Service in Colonial Guatemala”, SECOLAS Annals: Journal of the Southeastern Council on Latin American Studies 31 (1999): pág. 25-36. Véanse también Stephen Webre, “Las compañías de milicia y la defensa del istmo centroamericano en el siglo XVII: el alistamiento general de 1673,” Mesoamérica 14 (1987): pág. 512-513; Rina Cáceres, Negros, mulatos, esclavos y libertos en la Costa Rica del siglo XVII, Instituto Panamericano de Geografía e Historia núm. 518 (México, D.F.: Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 2000), pág. 98-105; Germán J. Romero Vargas, “La población de origen africano en Nicaragua”, en Presencia africana en Centroamérica, coord. Luz María Martínez Montiel (México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1993), pág. 165-169.

4118 Lutz, Santiago de Guatemala, pág. 343.

4219 AGCA, A3, leg. 1600, exp. 26377. Mucha gente aparece dos veces (o más) en el documento; he intentado incluir a cada individuo sólo una vez en las cifras. Le agradezco a Franz Binder su ayuda en localizar el expediente.

4320 AGCA, A3, leg. 1600, exp. 26377. Diligencias matrimoniales producidos entre 1671 y 1711 en esos dos pueblos sugieren que, en forma modificada, la distinción perdurara por todo el siglo. Véase Paul Lokken, “Presencia africana en siete comunidades salvadoreñas, 1671-1711: Evidencia del Archivo Eclesiástico Guatemalteco,” trad. Carlos Alfredo Medina Rivera, Repositorio: Organo de divulgación del Archivo General de la Nación (San Salvador), III época, no.2 (2006): pág. 40.

4421 AGCA, A3, leg. 1600, exp. 26377, ff. 2v, 7-11, 14-17, 18v-19, 20, 23-25, 28-29, 47. Es notable también la recaudación en Zacatecoluca el 15 de octubre de 1643 de doce tostones en alcabala a Juan Andrés “moreno libre”, hombre que no aparece en el documento entre los pagadores del tributo de laborío. Se cobró alcabala también a tres “mulatos” tampoco nombrados entre los tributarios, aunque por lo menos uno de ellos, al parecer, no era libre. Véanse ff. 52, 68-69v.

4522 Hacía dos décadas el muy endeudado dueño de la hacienda era el entonces alférez mayor de San Salvador, Juan Ibáñez. Antes de perder todo, sus propiedades incluían un trapiche de azúcar, un obraje de añil y una fuerza laboral de 25 personas esclavizadas, la mitad hombres nacidos en África y el resto hombres, mujeres, y niños de ascendencia africana nacidos en América. Véanse censo, San Salvador, 31 de agosto de 1622, AGCA, A1, leg. 1241, ff. 179-87v; obligación, 12 de sept. de 1622, AGCA, A1, leg. 756, ff. 161-63.

4623 AGCA, A3, leg. 1600, exp. 26377, ff. 4-4v, 11, 12v-13, 14, 39v.

4724 AGCA, A3, leg. 1600, exp. 26377, ff. 45v-46v.

4825 AGCA, A3, leg. 1600, exp. 26377, f. 17v; Paul Lokken, “Génesis de una comunidad afro-indígena: La Villa de San Diego de la Gomera en el siglo XVII,” trad. Margarita Cruz, Mesoamérica 50 (2008): pág. 61.

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Para citar este artículo :

Paul Lokken, « La recaudación del tributo de laborío y la formación burocrática de identidades sociales en la provincia de Guatemala, 1608-1644 », Boletín AFEHC N°51, publicado el 04 octubre 2011, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=3008

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