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AFEHC : articulos : Nicaragua y la crisis general del siglo XVII : Nicaragua y la crisis general del siglo XVII

Ficha n° 3009

Creada: 25 diciembre 2011
Editada: 25 diciembre 2011
Modificada: 08 enero 2012

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Autor de la ficha:

Stephen WEBRE

Editor de la ficha:

Paul LOKKEN

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Nicaragua y la crisis general del siglo XVII

Basado en fuentes secundarias se resume la historiografía de la llamada “crisis del siglo XVII”, especialmente en lo que se refiere a Centroamérica y en particular el caso de Nicaragua. Los modelos de Murdo J. MacLeod (centuria de depresión) y de Miles L. Wortman (centuria de transformación) son examinados desde la perspectiva del libro de Ruggiero Romano, quien argumenta que la realidad latinoamericana en el siglo XVII fue el revés de lo que sucedía en Europe. Un examen de los pocos y esparcidos datos sobre Nicaragua sugiere la necesidad de una aproximación regional a la cuestión. En el valle central de Guatemala, por ejemplo, se dan condiciones que parecen conformarse con los modelos Wortman/Romano, mientras que en las zonas de la periferia, tal como Nicaragua, el modelo de MacLeod parece prevalecer.
Palabras claves :
Historiografía, Siglo XVII, Crisis, Nicaragua
Autor(es):
Stephen Webre
Fecha:
Diciembre de 2011
Texto íntegral:

1 Se propone una nueva consideración del debate historiográfico sobre la llamada “crisis general del siglo XVII”, con énfasis especial en el caso de Nicaragua. El presente ensayo es solamente un bosquejo de la cuestión basado en obras secundarias. Hasta el momento no se ha adentrado mucho en las fuentes de archivo. En cuanto a la historiografía de la crisis, es bien conocido que para Latinoamérica existen dos modelos grandes, uno que propone un “siglo de depresión” y otro que propone un “siglo de transformación”, en el que las provincias de las Indias españolas se vuelven económica y políticamente autónomas ante la metrópoli. Enfocándose en Centroamérica, para la provincia céntrica de Guatemala (que en el siglo XVII incluye la zona añilera de lo que hoy es El Salvador) hay bastante evidencia para el “siglo de transformación”. En contraste, para las provincias marginales y en particular para Nicaragua, la tesis del “siglo de depresión” parece más ajustada a los hechos históricos.

La crisis general del siglo XVII en la historiografía

2Hace medio siglo que la cuestión de la crisis del siglo XVII tuvo su momento de mayor atención. Sin embargo, todavía no ha perdido su relevancia para el entendimiento de una época que para Latinoamérica en general—y para Centroamérica en particular—justamente se ha caracterizado como el “siglo olvidado1”. Existe un acuerdo general respecto a que el siglo XVII fue testigo de varios procesos de transformación, los que se manifestaban de distintas maneras y en distintas partes del mundo. Sin embargo, hasta el presente todavía no se ha llegado a ningún consenso sobre la naturaleza precisa de esa crisis, sobre sus marcos geográfico y cronológico o sobre sus consecuencias para las épocas posteriores.

3 Aunque es posible citar algunos ejemplos más tempranos, según común acuerdo los primeros intentos de identificar y describir una crisis general del siglo XVII se hacen en dos artículos del historiador inglés Eric Hobsbawm, publicados en 1954, así como en una respuesta a ellos hecha por su compatriota Hugh Trevor-Roper en 19592. Los primeros escritos sobre el fenómeno tendían a enfocarse casi exclusivamente en cuestiones económicas, mientras que limitaban sus análisis al contexto europeo. La idea de crisis fue luego ampliada para abarcar no solamente los fenómenos económicos, sino también las transformaciones políticas, guerras, rebeliones, conflictos religiosos, hambrunas, brotes de enfermedades epidémicas, movimientos demográficos y otras manifestaciones de cambios profundos3. También se extendió el debate a considerar lo sucedido en otras partes del mundo4.

4 Sobre el caso del imperio español en las Américas ya existía un libro influyente, en el que el historiador norteamericano Woodrow W. Borah argumentó que las pérdidas demográficas exageradas que ocurrieron durante la primera centuria de contacto entre europeos e indígenas, habían resultado en una escasez de mano de obra con una consecuente baja de la producción minera, por causa de la cual durante el siglo XVII la provincia de Nueva España sufrió una prolongada depresión económica5. Esta tesis se encajó bien con los hallazgos de los investigadores franceses Pierre y Huguette Chaunu, quienes en una obra monumental de varios tomos trazaron minuciosamente el declive precipitado del comercio transoceánico durante el mismo período6. Estos argumentos fueron después cuestionados, notablemente por los historiadores británicos John Lynch y Peter Bakewell, quienes sostenían que lejos de ser un “siglo de depresión”, el siglo XVII en Latinoamérica fue un tiempo de transformación interna en el que la economía colonial se convirtió en autosuficiente y se formaron lazos comerciales con nuevos mercados, aunque fueran en muchos casos ilegales7. Las propuestas de Lynch y Bakewell fueron secundadas por Herbert Klein y John J. TePaske, mientras que Jonathan Israel, quien a pesar de no discreparse mucho con ellos respecto a lo económico, sí llamó la atención a la existencia en el siglo XVII de otras manifestaciones de crisis, especialmente en la vida política de la colonia8.

5 Para el caso específico de Centroamérica, el libro merecidamente celebrado de Murdo J. MacLeod, muestra todavía la influencia de Borah y de los Chaunu9. Para MacLeod los hechos centrales de la época son el desplome de la población indígena y la pérdida de contacto comercial con la metrópoli. El resultado es un período de depresión durante el que las ciudades son abandonadas y la economía vuelve a las actividades puramente de subsistencia. Fracasan varios intentos por encontrar un producto de exportación comercialmente viable, antes de ver los comienzos de una recuperación en el siglo XVIII temprano con el auge añilero.

6Los planteamientos de MacLeod no han suscitado hasta la hora, el mismo nivel de debate que se ha observado por ejemplo, en el caso de México. Sin embargo, vale tomar en cuenta los argumentos de Miles L. Wortman, quien, aunque no niega la existencia de algún tipo de crisis, se inclina más a verla en términos políticos y no como una depresión económica de larga duración10. Wortman no enfatiza la cuestión demográfica, sino el debilitamiento del estado español, fenómeno que tuvo múltiples causas y que se reflejaba tanto en el declive del comercio transatlántico como en el aumento de los asaltos de piratas en las costas y puertos del istmo. Evidencia para Wortman de la vitalidad continuada de la economía centroamericana en esa época es el crecimiento de la ciudad de Santiago de Guatemala, la prosperidad de la zona añilera aun antes de producirse el auge del siglo XVIII y el desarrollo de mercados locales, regionales e intercoloniales para los productos de la provincia. Aun la escasez de dinero efectivo a la que da mucha importancia MacLeod no es necesariamente prueba de la torpeza económica de la colonia centroamericana, sino al contrario muestra la capacidad de la misma de cumplir con las repetidas demandas por remesas de plata de parte de la burocracia imperial11. En un estudio que lamentablemente no ha tenido la atención que merece, el historiador guatemalteco Jorge Luján Muñoz sostiene que el cuadro presentado por Wortman no es aplicable a todo el istmo. Para Luján el densamente poblado valle central de Guatemala es la excepción, mostrando una prosperidad y dinamismo económico que no se observa en las otras provincias12. La variación regional sugerida por dicho autor constituye el contexto de la presente investigación sobre Nicaragua.

7 En un trabajo más reciente en que se busca comparar los casos europeo y latinoamericano, el historiador italiano Ruggiero Romano intenta sintetizar los resultados múltiples y variados de un número extensivo de estudios sobre materias relacionadas de una manera u otra a la cuestión de una crisis del siglo XVII13. Romano argumenta que en lo que a Europa se refiere, aunque sí hubo una crisis generalizada, sus manifestaciones y consecuencias variaban bastante según el lugar. Sin embargo, en el caso de Latinoamérica el citado investigador afirma ver una serie de fenómenos opuestos. Por ejemplo, si en Europa se da un estancamiento demográfico, al otro lado del Atlántico hay crecimiento. Después de la catástrofe sufrida en el siglo XVI, la población se encontraba ya en plena etapa de recuperación, proceso que según Romano empezó alrededor de 1630. Romano nos recuerda al respecto que no es solamente la población indígena a la que le hace falta al historiador atender, sino también al gran número de habitantes españoles, mestizos y afrodescendientes. En el mismo sentido, si los precios de los bienes en los mercados europeos muestran una tendencia hacia la baja, en Latinoamérica hay evidencia de una tendencia opuesta, aunque el autor concede que tales datos no son siempre fáciles de conseguir y pueden no ser de todo confiables.

8 Con respecto a las cuestiones relacionadas de la producción minera y del comercio transatlántico, Romano insiste en que el impacto de la crisis del siglo XVII se sintió más fuertemente en la propia España, que en sus provincias americanas. La disminución de las flotas se atribuye por ejemplo, no a una baja de producción de metales preciosos, sino a la incapacidad de la economía peninsular de satisfacer la demanda colonial por los bienes importados. Dicha demanda es al mismo tiempo atendida por los otros poderes europeos y mayormente por los ingleses y los holandeses, quienes en la misma época están estableciendo sus propias posesiones territoriales en el Nuevo Mundo, de donde se dedican al contrabando, así como a la piratería. Aunque Romano afirma interesarse exclusivamente en las dimensiones económicas del debate sobre la crisis del siglo XVII y no en las cuestiones políticas—y de hecho, critica fuertemente a algunos autores por no distinguir entre las dos caras del fenómeno—concluye su discusión precisamente con algunas observaciones sobre cambios políticos ocurridos en Latinoamérica durante el siglo en cuestión. En particular, sostiene que con el debilitamiento económico de España, se conlleva una pérdida de poder político. Como consecuencia de este doble proceso, se abre en las colonias americanas un espacio que a su vez permite la consolidación tanto económica como política del poder e influencia de los grupos dirigentes locales, es decir de los criollos.

9 Aunque Romano trata sólo esparcidamente el caso centroamericano, en líneas generales sus argumentos parecen tener más en común con los de Wortman, que con los de MacLeod. Si se privilegia el caso de la propia provincia de Guatemala, donde se hallaba la ciudad capital de la audiencia y los muchos pueblos del valle central de Guatemala, la mayor concentración de población tanto indígena como no indígena, así como las explotaciones agrocomerciales más importantes, es cierto que no debe ser muy difícil encontrar datos que apoyen la tesis del dinamismo continuo de la economía colonial centroamericana14. Sin embargo, vale preguntar si semejante evidencia se puede rescatar con la misma facilidad en el caso de una provincia de la periferia, tal como Nicaragua, territorio que a pesar de contar con importantes recursos naturales, vías de acceso al comercio marítimo y otras ventajas geográficas, parece experimentar a lo largo del siglo XVII un revés tras otro.

El caso nicaragüense

10 No existen muchos estudios sobre Nicaragua en la época colonial, en parte por la escasez de documentación en archivos nacionales. Sin embargo, contamos con algunos estudios útiles especialmente en el ramo de la demografía, que es en todo caso un buen punto de partida para cualquier discusión de la crisis del siglo XVII. El libro de Linda Newson es fundamental y también hay aportes más recientes por Patrick S. Werner y por Meritxell Tous Mata15. En adición, W. George Lovell y Christopher H. Lutz resumen muchos datos relacionados no solamente a Nicaragua, sino también al conjunto de la experiencia centroamericana16.

11En base a las cifras recopiladas por las citadas autoridades, parece justificable afirmar que por el año de 1520 poco más o menos, vivía en el actual territorio nicaragüense un total de entre 600.000 y un millón de habitantes. A raíz del contacto inicial entre europeos e indígenas, se dio un descenso catastrófico, el que en varios aspectos se asemejó a fenómenos parecidos registrados en otras provincias. Si aceptamos las cifras proporcionadas por Werner, entre 1522 y 1548 la población indígena de Nicaragua fue reducida de unos 700.000 a unos 46.130, o sea una pérdida del 93,4 por ciento17. Al parecer, las causas de esta hecatombe fueron las mismas que se citan en otros casos, es decir, la guerra, el mal tratamiento, la explotación excesiva de la mano de obra indígena y especialmente el impacto de las enfermedades europeas. Sin embargo, en el caso de Nicaragua había otro factor, que era un numeroso trato de esclavos indígenas destinados a las islas del Caribe, a Panamá y para la conquista del Perú. Este comercio fue suprimido a mediados del siglo XVI, pero ya para 1548 el número de indígenas muertos o sustraídos del territorio como consecuencia de él, bien podía haber ascendido a 500.000, aunque una cifra de 200.000 parece más razonable y existen también investigadores, tales como William L. Sherman y Patrick S. Werner, quienes proponen números mucho menores18.

12Existe de parte de los historiadores un acuerdo general respecto a la tesis de una abrumadora crisis demográfica durante el primer siglo de la presencia española. Ruggiero Romano no la contradice, pero su argumento en cuanto al mayor dinamismo de la economía colonial en el siglo XVII depende del temprano comienzo de la recuperación. Aunque presenta datos en apoyo de tal afirmación, en el caso de Nicaragua las cifras parecen demostrar lo contrario19. Por ejemplo, según Werner después de la tasación de 1548 la población indígena continuó disminuyendo durante el resto del siglo, registrando únicamente 15.885 en 1581. Durante los próximos cien años, es cierto que hubo algún crecimiento, pero muy lento y muy tardío. Para 1685 por ejemplo, la cifra había llegado a sólo 24.163. Mientras que es cierto que esta cifra representa un incremento de más de 50 por ciento con respecto al número del siglo anterior, sigue registrando una pérdida considerable de 43,5 por ciento en comparación con el nivel de 1548 y de 96,6 por ciento en comparación con la población en 152220. Si en vez de las estimaciones de Werner, utilizáramos las cifras más bajas de Newson, quien da como 609.262 el tamaño de la población indígena en el momento de contacto, sería un poco menor la tasa de disminución. En todo caso, Newson afirma que los datos analizados hasta el momento sugieren que sólo es alrededor de 1675 que la población empieza a crecer significativamente21.

13Desde luego, hasta cierto punto puede ser (como sostiene Newson22) que las pérdidas son más aparentes que reales, puesto que es muy posible que bajo la presión de las demandas de tributo y servicio laboral impuestas por las autoridades coloniales, muchos indígenas abandonaron sus pueblos para buscar refugio en la montaña, o para incorporarse a la fuerza de trabajo en las propiedades de españoles. Es cierto que ocurrió un movimiento de población de este tipo, pero es igualmente cierto que no hay manera de medirlo cuantitativamente. Sin embargo, existe una indicación en una contabilización hecha por Werner, según la que de los 115 pueblos de indígenas que existían en 1581 un siglo más tarde sólo quedaron 64, o sea que el 44,3 por ciento fueron abandonados o consolidados con otras comunidades23. Así mismo en las últimas décadas del siglo XVII hay múltiples referencias a la necesidad de que los indígenas ausentes regresen a sus pueblos para que no falten en sus obligaciones, aunque en el caso de los empleados en las haciendas de españoles, la resistencia de los propietarios hacía difícil la implementación de tal política24.

14Es cierto también que al enfocarnos exclusivamente en la población indígena, no es posible sacar un cuadro completo de los recursos humanos disponibles en el siglo XVII. Es necesario a la vez tomar en cuenta el número de españoles, mestizos y afrodescendientes, grupos cuya presencia estaba sin duda en crecimiento. Desafortunadamente, los datos con los que contamos sobre esta cuestión son pocas y esparcidas, pero al menos podemos hacer referencia a los resultados de dos conteos realizados en 1683 y 1685 respectivamente, según los que la población no indígena sumaba únicamente a 1.706 personas25. Si la población de Nicaragua en el siglo XVII no era numerosa, tampoco parecía experimentar el tipo de crecimiento que Ruggiero Romano atribuye a las provincias hispanoamericanas en general. Por lo tanto, habría constituido una base poco adecuada para el sostenimiento de una economía en expansión.

15Aparte de la cuestión demográfica hay otros aspectos en que Nicaragua no se conformaba con el cuadro presentado por Romano. Por ejemplo, el citado autor da mucha importancia al surgimiento en las colonias de industrias destinadas a llenar las necesidades que quedaban desatendidas con la disminución del comercio con España. Principal entre dichas industrias es la textilera, pero no hay evidencia de que esa manufactura estuviera muy arraigada en Nicaragua. La industria por la que la provincia se conocía más era la construcción de navíos en los puertos de El Realejo, Cosigüina y San Juan del Sur. En la segunda mitad del siglo XVII esta actividad pareció entrar en una etapa de decrecimiento, debido en parte a la competencia de los astilleros de Guayaquil, así como a los asaltos de piratas26.

16El declive en la construcción naval podía reflejar también el descenso que en ese momento sufría el comercio intercolonial, ramo que según Romano debía de encontrarse en aumento. Debido a la competencia de otras provincias, la escasez de mano de obra y las interrupciones de la navegación ocasionadas por las actividades piratas, tuvieron poco éxito los intentos por establecer la explotación rentable del cacao, el añil, el achiote y la vainilla27. Más prósperas eran las actividades ganaderas, las que producían carne y cueros para los mercados centroamericanos, así como mulas para las recuas que llevaban remesas de bienes en el trajín de Panamá o en las rutas terrestres que unían Guatemala con los mercados de Nueva España y los puertos del Caribe. El valor del trato de mulas es demostrado por el hecho de que en 1673 fue posible implementar un aumento casi del 500 por ciento de la renta percibida de un impuesto que se cobraba por cada acémila exportada28.

17Dos productos fuertemente vinculados con la economía colonial nicaragüense, eran la brea y las jarcias que no solamente se utilizaban mucho en los astilleros de la costa del Pacífico, sino que en alguna época se remitían en grandes cantidades a Guayaquil y El Callao para la construcción y mantenimiento de buques en esos puertos. Newson sugiere que adentrado el siglo XVII el citado trato experimentaba un descenso ligero, como resultado del declive del comercio con el Perú y posiblemente también del agotamiento de los pinares29. Sin embargo, existen pruebas documentales de una crisis mucho más profunda. Para 1673, por ejemplo, hay noticia de una remesa de 649 quintales de brea, enviada desde El Realejo para El Callao. El precio que se esperaba cobrar era solamente 2 pesos y medio el quintal, de los cuales los 2 pesos (o el 80 por ciento) representaban el costo del flete. Se informaba que en ese momento la brea nicaragüense no estaba en demanda, ni en Nicaragua ni en los otros mercados accesibles30.

18Existen varias explicaciones del decrecimiento del comercio intercolonial. Por ejemplo, al lado del Atlántico el trato con Portobelo y Cartagena se mantenía desde la ciudad de Granada, que conectaba con el mar del Caribe a través del lago de Nicaragua y el río San Juan. Hay una anécdota originada al parecer por un escritor del siglo XIX y aún vigente, según la cual por causa de un fuerte temblor que hubo en 1663 se levantó el lecho sobre el río, lo que impidió la navegación31. Sin embargo, como señala el historiador costarricense Carlos Meléndez Chaverri no hay documento alguno que apoye tal afirmación. Según Meléndez, si el ocaso del puerto de Granada se debe a fuerzas naturales, es más probable que se trate de una baja del nivel del lago debido a las consecuencias ambientales de la expansión de la ganadería en la cuenca del mismo, así como de la deforestación para satisfacer la demanda de maderos para los astilleros32.

19Mientras que estas tesis carecen también de apoyo documental, merecen ser investigadas, junto con otros argumentos que invocan el protagonismo de la naturaleza, como lo demuestra por ejemplo el estudio realizado por Geoffrey Parker sobre el efecto mundial en el siglo XVII de las manchas solares33.

20Para Meléndez, así como para otros historiadores, al considerar el deterioro del papel portuario de Granada y el descenso del comercio interregional en general, el factor más importante fueron los asaltos de piratas, los que aumentaron en número durante la segunda mitad del siglo XVII. Los corsarios constituían una amenaza tanto en la costa del Caribe como en la del Pacífico. Por ejemplo, la misma ciudad de Granada fue saqueada en 1665 y nuevamente en 1670 por grupos de bucaneros que para tal efecto subieron el río San Juan y cruzaron el lago. Después de construir el castillo de la Inmaculada Concepción sobre el raudal del río, esa ruta quedó efectivamente cerrada, pero los piratas sencillamente optaron por otra, asaltando la ciudad por tercera vez en 1685 por el Pacífico34. En esa misma época, los intereses comerciales limeños justificaron su negativo a enviar remesas de vinos a los puertos centroamericanos debido a la presencia de corsarios, decisión que pudo también haberse debido al crecimiento del trato entre el Perú y la provincia de Chile, la que en el siglo XVII cobraba importancia como fuente de varias provisiones, entre ellas los abastos marítimos que anteriormente habían venido de Nicaragua35.

21La cuestión del comercio intercolonial está relacionada con la cantidad de moneda plata en circulación, que a su vez puede tener un efecto sobre el comportamiento de los precios. En comparación con los casos de México y el Perú, la producción de metales preciosos en Centroamérica era muy modesta. Las minas de plata en Honduras registraron sus niveles mayores de producción en el siglo XVI, mientras que lo mismo se puede decir de la explotación de los yacimientos de oro de Nueva Segovia en la zona norte de Nicaragua, los que quedaron casi abandonados durante el siglo XVII36. Por ese motivo, la provincia dependía fuertemente para el dinero efectivo de la plata peruana, que según MacLeod en la segunda mitad del siglo XVII escaseaba, o si es que circulaba era solamente en forma depreciada37. Esto dicho, existe un documento de 1673 que parece sugerir un patrón de diferenciación local respecto al acceso a la moneda plata. Cuando las autoridades coloniales procuraron reunir un “donativo” para la construcción del castillo del río San Juan, los vecinos de Granada aceptaron poner la cantidad de 2.000 pesos en efectivo, más otra cantidad en reses a ser sacrificados para la alimentación de los trabajadores. En contraste, en El Realejo, la cantidad ofrecida en efectivo fue solamente 210 pesos, más 220 quintales de brea, producto que como ya se vio tenía poca posibilidad para comercializarse. En el centro remoto de Nueva Segovia, no se dio nada en efectivo, conformándose solamente a donar 600 quintales de brea, casi 40 quintales de harina, unas 400 libras de azúcar y trece mulas38.

22En cuanto a los precios en Nicaragua en el siglo XVII, los datos son muy escasos para llegar a conclusiones, aunque sean las más tentativas. Las pocas cifras con que contamos, por ejemplo, respecto al precio del maíz son mayormente del siglo XVI y de la primera mitad del XVII y en todo caso no revelan tendencias claras, sino solamente fluctuaciones exageradas39. Hay investigaciones actualmente en progreso sobre la movilización de recursos locales para la defensa de Nicaragua contra las invasiones extranjeras, que se espera abrirán una veta prometedora de datos sobre precios de bienes suministrados a las guarniciones y para el aprovisionamiento de la fuerza de trabajo empleada en la construcción de las fortificaciones40.

Conclusiones

23 De un vistazo tan superficial como éste, resultan sin embargo algunas conclusiones preliminares que pueden ayudar a orientar las investigaciones futuras. Aunque hayan sido en gran parte desatendidas la historia colonial de Nicaragua en general y la historia del siglo XVII en particular, en el ramo de los estudios de población contamos con una base monográfica más o menos sólida. Datos sacados de las investigaciones realizadas por Linda Newson, Patrick Werner y otros estudiosos, parecen no apoyar las tesis de Ruggiero Romano sobre las dimensiones espaciales y cronológicas de la recuperación de los números en pos de la catástrofe demográfica del siglo XVI. La verdad parece más ajustada al modelo propuesto por Murdo MacLeod, el que aunque posiblemente no sea aplicable a todas las provincias istmeñas, sí parece tener mucho en común con la experiencia nicaragüense. La población de la provincia, parece haberse compuesto por muy pocos indígenas y aun menos blancos, mestizos y afrodescendientes. Por lo tanto, la fuerza de trabajo siempre era insuficiente para sostener la construcción de buques y el cultivo del añil y el cacao, así como otras actividades económicas.

24 A la escasez de mano de obra se suman también los efectos de la competencia, especialmente de las colonias sudamericanas, y hay buenos motivos por afirmar que en la segunda mitad del siglo (y probablemente aun antes de eso) la minería, las industrias marítimas y el comercio con el Perú, así como con los puertos del Caribe, estaban todos estancados. Sin embargo, la historia económica de Nicaragua en el siglo XVII queda todavía en su infancia y la evidencia en que se basan estas conclusiones tentativas consiste en gran parte en anécdotas y referencias literarias. Sería preferible contar con series confiables de datos cuantitativos, por ejemplo en relación a los movimientos de precios. Posiblemente tales materiales se encontrarán en los numerosos documentos relacionados con los preparativos defensivos emprendidos en respuesta a las depredaciones de los corsarios.

25 Finalmente, es necesario tomar más en cuenta el impacto sobre Nicaragua de la crisis del siglo XVII como fue experimentada en España. De acuerdo con Romano y otras autoridades, un efecto del debilitamiento del estado castellano fue incentivar a las élites coloniales que reclamaran mayor autonomía económica y política frente a los agentes de la monarquía. Es muy posible que las investigaciones que en el futuro se realicen, revelen algo de eso aun en el caso marginal que nos ocupa aquí. Sin embargo, es igualmente posible que debido a su ubicación estratégica entre los dos océanos, el declive del poder español en la cuenca del Caribe no tuviera otro efecto sino dejar al conjunto territorial nicaragüense todavía más expuesto a las intrusiones de pobladores extranjeros en su costa norte, así como a los ataques de piratas.

26Notas de pie de páginas

271 Lesley Byrd Simpson, “Mexico’s forgotten century”, Pacific Historical Review, 22, no. 2 (1953): pág. 113-121.

282 Estos artículos se reproducen en Crisis in Europe, 1560-1660, coord. de Trevor Aston (Garden City: Doubleday, 1967).

293 Jonathan Dewald, “Crisis, chronology, and the shape of European social history”, American Historical Review 113, no. 4 (2008): pág. 1031-1052.

304 Geoffrey Parker, “Crisis and catastrophe: the global crisis of the seventeenth century reconsidered”, American Historical Review, 113, no. 4 (2008): 1053-1079; Michael Marmé, “Locating linkages or painting bull’s eyes around bullet holes? An East Asian perspective on the seventeenth-century crisis”, íbidem, pág. 1080-1089.

315 Woodrow W. Borah, New Spain’s century of depression, Iberoamericana 35 (Berkeley y Los Angeles: University of California Press, 1951).

326 Pierre y Huguette Chaunu, Séville et l’Atlantique, 1504-1650, 8 tomos en 11 volúmenes (París: S.E.V.P.E.N., 1955-1959).

337 John Lynch, Spain under the Habsburgs, 2 tomos (Oxford: Basil Blackwell, 1965-1969); Peter J. Bakewell, Silver mining and society in colonial Mexico: Zacatecas, 1546-1700 (Cambridge: Cambridge University Press, 1971).

348 Herbert Klein y John J. TePaske, “The seventeenth century crisis in New Spain: myth or reality?” Past & Present, no. 90 (1981): pág. 116-135; J. I. Israel, “Mexico and the ‘general crisis’of the seventeenth century”, Past & Present, no. 63 (1974),: pág. 33-57; Israel, Race, class, and politics in colonial Mexico, 1610-1670 (Londres: Oxford University Press, 1975).

359 Murdo J. MacLeod, Spanish Central America: a socioeconomic history, 1520-1720 (Berkeley y Los Angeles: University of California Press, 1973).

3610 Miles L. Wortman, “Elites y Hapsburgos ante las coyunturas económicas del siglo XVII en Centroamérica”, Revista de Historia (Heredia, C.R.), no. 11 (1985): pág. 29-43.

3711 Para la audiencia en general y en particular para la alcaldía mayor de Chiapas, Juan Pedro Viqueira, “Tributo y sociedad en Chiapas, 1680-1721”, Historia Mexicana, 42, no. 2 (1994): pág. 240-241, propone una fuerte recuperación durante las últimas dos décadas del siglo.

3812 Jorge Luján Muñoz, Agricultura, mercado y sociedad en el corregimiento del Valle de Guatemala, 1670-80 (Guatemala: Dirección de Investigación, Universidad de San Carlos de Guatemala, 1988).

3913 Ruggiero Romano, Coyunturas opuestas: la crisis del siglo XVII en Europa e Hispanoamérica (México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1993).

4014 Luján Muñoz, Agricultura. Sobre la vitalidad continua de la economía del valle central durante el siglo XVII, véase también, de Daniele Pompejano, Popoyá-Petapa: historia de un poblado maya, siglos XVI-XIX (Guatemala: Editorial Universitaria, 2009). Sin embargo, es importante reconocer que tal dinamismo económico no es característica de la provincia de Guatemala entera, sino solamente de la ciudad y su entorno inmediato. Murdo J. MacLeod, comunicación particular, 4 de diciembre de 2010.

4115 Linda A. Newson, Indian survival in colonial Nicaragua (Norman: University of Oklahoma Press, 1987); Patrick S. Werner, “Un bosquejo de la dinámica de la población de Nicaragua, 1548-1685”, ponencia presentada ante el VII Congreso Centroamericano de Historia, Tegucigalpa, Honduras, 2004; Werner, Etnohistoria de la Nicaragua temprana: demografía y encomiendas de las comunidades indígenas (Managua: Lea Grupo Editorial, 2009); Meritxell Tous Mata, De protagonistas a desaparecidos: las sociedades indígenas de la Gran Nicoya, siglos XVI a XVII (Managua: Lea Grupo Editorial, 2008). Merecen la consulta también los trabajos de Genoveva Enríquez Macías, “Nuevos documentos para la demografía histórica de la audiencia de Guatemala a finales del siglo XVII”, Mesoamérica, no. 17 (1989): pág. 121-183; y Mercedes Mauleón Isla, La población de Nicaragua, 1748-1867: de la época final de la colonia hasta las primeras décadas del período independiente (Managua: Fundación Uno, 2007). Aunque el título de este último no lo indique, contiene datos útiles sobre los siglos XVI y XVII.

4216 W. George Lovell y Christopher H. Lutz, Demography and empire: a guide to the population history of Spanish Central America, 1500-1821 (Boulder: Westview Press, 1995).

4317 Werner, “Bosquejo”, pág. 1. La cifra exacta es 699.660. Los datos en los que se fundamenta y los métodos de cálculo son explicados en Werner, Etnohistoria, pág. 249-275. Aunque discrepa un poco con la cifra utilizada por Newson, la considera “razonable”.

4418 William L. Sherman, Forced native labor in sixteenth-century Central America (Lincoln: University of Nebraska Press, 1979), pág. 74-82; Werner, Etnohistoria, pág. 269-275.

4519 Romano, Coyunturas opuestas, pág. 38 y ss.

4620 Werner, “Bosquejo”, pág. 21.

4721 Newson, Indian survival, pág. 242.

4822 Newson, Indian survival, pág. 247.

4923 Werner, “Bosquejo”, pág. 21.

5024 Stephen Webre, “Defense, economy, and politics in seventeenth-century Nicaragua: don Fernando Francisco de Escobedo and the fortification of the San Juan river, 1672-1673”, Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas, 44 (2007): pág. 104.

5125 Newson, Indian survival, pág. 250. Esta cifra no es muy exacta y bien puede haber sido un poco más elevada. Hay necesidad de una lectura más detenida de las fuentes existentes y especialmente del empadronamiento detallado que se hizo de El Realejo en 1683. Paul Lokken, comunicación particular, 21 de octubre de 2010.

5226 Newson, Indian survival, pág. 146-147.

5327 Newson, Indian survival, pág. 139-144.

5428 Webre, “Defense”, pág. 104.

5529 Newson, Indian survival, pág. 147.

5630 Webre, “Defense”, pág. 107.

5731 Tomás Ayón, Historia de Nicaragua, desde los tiempos más remotos hasta el año de 1852, 3 tomos (Granada: Tipografía de “El Centro-Americano”, 1882-1889), I, pág. 64-65. El episodio se repite con menos detalle en José Dolores Gámez, Historia de Nicaragua, desde los tiempos prehistóricos hasta 1860, en sus relaciones con España, México y Centro-América (Managua: Tipografía de “El País”, 1889), pág. 212.

5832 Carlos Meléndez Chaverri, “Historia más antigua de la ciudad de Granada en Nicaragua y de su fase de desarrollo como puerto del Caribe, 1524-1685”, Revista del Archivo Nacional (San José, C.R.) 63 (1999): pág. 127-123, 130-131.

5933 Parker, “Crisis and catastrophe”. Werner, quien conoce bien el río y lo ha bajado y subido en embarcaciones de varios tamaños, argumenta que no ha habido cambio del nivel de agua, que las embarcaciones de la época colonial no eran tan grandes como se pretende y que el declive del puerto se debió sencillamente a la falta de comercio. Comunicación particular, 16 de junio de 2010.

6034 Webre, “Defense”, pág. 108.

6135 Stephen Webre, “Política y comercio en Santiago de Guatemala en el siglo XVII”, Anales de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala, 63 (1989): pág. 25, nota; Romano, Coyunturas opuestas, pág. 139.

6236 Robert C. West, “The mining economy of Honduras during the colonial period”, en Congreso Internacional de Americanistas (33o, San José, Costa Rica, 1958), Actas, 3 tomos (San José, C.R.: Lehmann, 1959-1960), II, pág. 770; Newson, Indian survival, pág. 146.

6337 MacLeod, Spanish Central America, pág. 280-287.

6438 Webre, “Defense”, pág. 103-106.

6539 Newson, Indian survival, pág. 132, 144.

6640 Webre, “Defense”, pág. 93-110.

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Para citar este artículo :

Stephen Webre, « Nicaragua y la crisis general del siglo XVII », Boletín AFEHC N°51, publicado el 04 octubre 2011, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=3009

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