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AFEHC : articulos : Los letrados en la sociedad guatemalteca del siglo XVII : Los letrados en la sociedad guatemalteca del siglo XVII

Ficha n° 3011

Creada: 26 diciembre 2011
Editada: 26 diciembre 2011
Modificada: 27 mayo 2012

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Autor de la ficha:

Adriana ALVAREZ SÁNCHEZ

Editor de la ficha:

Paul LOKKEN

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Los letrados en la sociedad guatemalteca del siglo XVII

La preocupación de los pobladores americanos por la educación de sus jóvenes y la intención de la Corona de profesionalizar su burocracia fueron los factores que influyeron en la fundación de universidades. En el siglo XVII, la capitanía general de Guatemala logró obtener la licencia del soberano para fundar la Real Universidad de San Carlos en su capital. A partir de entonces, el panorama educativo de la ciudad cambiaría, dejando que los colegios locales continuaran con sus cátedras, pero monopolizando la certificación de los conocimientos, es decir, otorgando los grados que hacían de sus poseedores letrados con oportunidades para alcanzar los más altos premios o cargos en la administración civil y eclesiástica. El impacto de la recién fundada universidad en la formación de graduados y su incorporación a los cargos “de letras” serán estudiados en esta investigación.
869
Palabras claves :
Educación, Universidad, Burocracia, Letrados, San Carlos, Colegios
Autor(es):
Adriana Álvarez Sánchez
Fecha:
Diciembre de 2011
Texto íntegral:

1Señor, una conveniencia principal y primera
se halla en las universidades y generales estudios,
y es una defensa, un apoyo tan fuerte en que estriba la fe católica…
Qué clara es, Señor, en las escuelas y Universidades
aquella suprema utilidad de la justicia,
así civil como criminal1

2Guatemala, en el siglo XVII, con su capital aún en La Antigua, contaba con instituciones de administración civil y eclesiástica, pero no con una universidad, un estudio general. La educación de los hijos de españoles americanos era uno de los intereses de los pobladores de los virreinatos, y la formación de burócratas una de las preocupaciones de la corona. Más de un siglo antes, México y Lima habían conseguido que el rey les concediese licencia para fundar sendas universidades. Otras ciudades que también eran sede de audiencia y diócesis, como Guatemala o Guadalajara, no habían tenido la misma suerte. La primera tendría que esperar hasta 1676 para contar con una universidad, y la segunda sólo hasta finales de la siguiente centuria concretaría la suya. A lo largo de las siguientes páginas se analizará el papel de la Real Universidad de San Carlos de Guatemala en la formación de ministros reales: los letrados.

La formación de letrados y las universidades

3Desde la época de los Reyes Católicos, se había planteado la necesidad de que los ministros que sirvieran a la corona fueran “letrados”, graduados en las universidades. En busca de la profesionalización de la burocracia, la corona había llegado a imponer –al menos sobre el papel– que sólo pudieran acceder a cargos quienes hubiesen pasado diez años estudiando. Sabemos que este requisito no se cumplió, pues había otros elementos que priorizaban a los candidatos para ocupar los cargos, como el prestigio familiar o las relaciones clientelares. La costosa guerra con Francia implicó que en las últimas décadas del siglo XVII, la corona vendiera cargos en las audiencias americanas para incrementar sus ingresos. Era ya esta una práctica conocida, pero su cénit se alcanzó en 1687, cuando se llegaron a pagar hasta 20,000 pesos por un cargo2.

4El hecho de que Guatemala no hubiera llegado a tener una universidad tras más de un siglo de vida colonial, no significa que no contara con instituciones educativas. Hubo colegios, residencias con estudios en artes (filosofía) y teología, dos de las disciplinas de la época, además del derecho canónico, el derecho civil y la medicina. La Orden de Santo Domingo y la Compañía de Jesús son dos corporaciones con una larga tradición en este campo, y en la capital guatemalteca, en la segunda década del siglo XVII, fundaron colegios y obtuvieron licencia para graduar a sus estudiantes. El argumento que emplearon para conseguir dicha licencia fue el mismo utilizado con éxito en otras ciudades de la monarquía: la falta de una universidad. Las dos que había se encontraban a más de 300 leguas de distancia, lo que les permitía solicitar dicho privilegio, limitado por un período de entre cinco y diez años, y con validez únicamente en las Indias. A este tipo de instituciones también se las denominaba “universidades menores” o “estudios particulares”, haciendo referencia a que no tenían lecciones en todas las facultades. La mayoría de estas fundaciones era posible gracias a la donación de un particular, que en su testamento dejaba un caudal para este efecto y que, en su papel de patrono, se ocupaba de los estatutos que regirían al colegio, así como de nombrar a quienes lo administrarían.

5En el caso del colegio dominico de Santo Tomás de Aquino, el benefactor fue Francisco Marroquín, primer obispo de Guatemala, quien decidió que su fundación estuviese administrada por el prior del convento dominico y el deán de la catedral. Las autoridades del colegio recurrieron a un breve pontificio que había sido concedido en 1619 para que la orden pudiese graduar estudiantes cuando no hubiese universidad. Esperaban la ratificación del documento por parte de la corona, pero no la obtuvieron. El funcionamiento de esta institución apenas se conoce, pues no ha sido objeto de investigación sistemática alguna que estudie los documentos que produjo. Lateralmente, a partir de las fuentes universitarias, sabemos que el colegio utilizó el convento dominico para sus lecciones. El nuevo edificio que se estaba construyendo para estos fines nunca llegó a funcionar plenamente, pues sus cátedras fueron suprimidas en 16313.

6Por otra parte, el colegio de San Lucas, en el que también se leían cátedras de artes y teología, fue una fundación propia de la Compañía. Aunque desde el siglo XVI, con el apoyo del ayuntamiento, fundaron los jesuitas una escuela de primeras letras, no sería sino hasta 1622 cuando recibieron un breve de Gregorio XV por el que se le concedía licencia para otorgar grados. Sabemos que hacia 1671 San Lucas contaba con una población de niños, a quienes se les enseñaban primeras letras y catecismo, y casi 30 estudiantes de artes y teología4.

7Así, las universidades menores en Guatemala otorgaron todos los grados en artes y teología: bachiller, licenciado y doctor. La rivalidad entre ambas corporaciones, la dominica y la jesuita, generó conflictos. El colegio dominico fue suprimido, bajo el argumento de que su edificio aún no estaba terminado.

8Para Enrique González, los estudios particulares fueron instituciones de carácter interino. Según este autor, la tendencia política era continuar creando universidades reales, que tuvieran al rey por patrono. No obstante, los estudios generales fundados en el siglo XVI habían tomado como modelo a la universidad medieval de Salamanca, que gozaba de cierta autonomía en su gobierno. En la época moderna la corona limitaría notablemente esta característica, imponiendo su patronato5.

9Fueron numerosas las peticiones al rey por parte tanto del cabildo catedralicio, como de los dominicos y, en menor medida, del ayuntamiento para que se fundase una universidad en la capital guatemalteca. Estas peticiones fueron escuchadas por el monarca hasta 1653, cuando el soberano decidió crear una junta que le informase de la conveniencia de erigir una tercera universidad real en los territorios americanos y una segunda en los novohispanos6.

10Cabe aquí la aclaración de que se suele hablar de Nueva España para referirse a los territorios de las audiencias de México y Guadalajara. Sin embargo, la historiografía con frecuencia olvida que la capitanía general de Guatemala también formaba parte del virreinato. Ésta contaba con audiencia propia, lo que le concedía un cierto margen de independencia con respecto a México. En el caso de la universidad, su pertenencia al virreinato novohispano se hizo evidente cuando el rey solicitó al virrey que le informase sobre el posible perjuicio que traería un estudio general en Guatemala7.

11A partir de entonces, los actores sociales que intervinieron en la larga historia de peticiones al rey para que concediera a la ciudad licencia para fundar una universidad fueron tanto oidores y frailes, que apoyaban a los dominicos en su pugna contra los jesuitas, como regidores y obispos, quienes conformaron, en parte, el otro bando político en el proceso. Es bien conocido el informe que fray Payo Enríquez de Ribera envió al soberano en 1659, pero menos difundidos son los documentos que el presidente y oidores de la audiencia remitieron al rey en 1667. En ellos los ministros dieron a conocer su idea de universidad, que habría de consistir, como otros estudios generales, en cinco facultades, con quince cátedras en total. Esta cifra casi duplicaba la propuesta por fray Payo8.

12Pero la diferencia no estribaba sólo en el número de cátedras, sino que implicaba erigir una universidad para la creciente población de las diez provincias de la capitanía, “todas ellas muy pobladas, menos la de Costa Rica”. Los oidores también mencionaron la existencia de cuatro obispados, por la necesidad de conversión de indios y mantenimiento de cristianos. Consideraban que habría “suficiente concurso en esta universidad y crezerá cada día con la estimazión de las letras, autoridad de los grados y afectazión de mayores puestos9”.

13Los ministros de la audiencia estimaban que la universidad presentaba nuevas oportunidades laborales para sus graduados, particularmente en las administraciones civil y eclesiástica. Para conocer el impacto que la universidad tuvo en la formación de la burocracia local, es necesario saber primero cuántos letrados fueron formados por esta institución, en qué facultades, con qué grados, etc. Los estudios sobre las poblaciones universitarias implican, además de la revisión minuciosa de los documentos de la institución, una metodología específica que consiste en el conocimiento de la historia misma de la academia y en algunos lineamientos estadísticos. Después, es necesario cruzar los datos con la información de los documentos de otras instituciones para conocer el lugar que ocuparon dichos graduados en el resto de las provincias de la capitanía o fuera de ella10.

14Para el caso guatemalteco se cuenta con algunas referencias relativas al número de graduados en la universidad. Sin embargo, se trata de un listado de los individuos que se graduaron o de cifras generales que tienen como objetivo hacer observaciones someras sobre el número de graduados en Guatemala, procedentes de los colegios y de la universidad11.

15El objetivo de este trabajo es, pues, mostrar de manera precisa cuántos grados y de qué tipo se otorgaron en la universidad, a cuántas personas y en qué facultades, para después plantear cuáles pudieron haber sido sus destinos laborales. Sólo de esta manera podrá conocerse el impacto de la universidad en una sociedad que solicitó al rey tantas veces su creación. Nos centraremos en el último tercio del siglo XVII, si bien podría considerarse un período “especial” de la institución, debido a que el proceso de su fundación y organización tanto escolar como gremial se alargó hasta la primera década del XVIII. Resulta esencial conocer los datos concretos para poder iniciar una investigación más completa.

Significado y jerarquía de los grados universitarios

16La corona había dado un valor a los grados en la selección de sus ministros. Pero estas certificaciones tenían un significado propio dentro de la universidad. A decir de Armando Pavón, “la universidad era un gremio de maestros, en el sentido de profesores, de catedráticos y certificaba la capacidad docente mediante los grados12”.

17Para poder ser estudiante en la universidad, había que probar pleno conocimiento de la gramática y retórica latinas. Una vez que las certificaciones presentadas ante el rector eran aprobadas, el aspirante tenía que pagar anualmente dos reales para matricularse y poder asistir a los cursos de una facultad. Con la matrícula, el estudiante adquiría derechos y obligaciones, como la de obedecer al rector, asistir a los actos públicos o vivir “en casas honestas y sin sospecha, y donde no den nota y escándalo13”.

18Los grados formaban parte del cursus académico, e iniciaban con el grado menor de bachiller. Era este el único que requería de asistir a lecciones (clases), por un período de tres años para los artistas, de cuatro para teólogos y médicos y de cinco para canonistas y legistas. Acreditar los cursos implicaba matricularse anualmente y asistir a las lecciones más de la mitad del año lectivo, que iniciaba en octubre y concluía en septiembre. Sólo en el caso de los artistas las universidades americanas ofrecieron dos modalidades para hacerse bachiller: por cursos y por suficiencia. La diferencia entre ambas era el número de cursos que había que aprobar y el costo de su obtención14.

19El grado de bachiller certificaba al individuo para dar lecciones. De hecho, varios de los bachilleres que salieron de las aulas guatemaltecas sirvieron como preceptores privados. Si el bachiller aspiraba a ser catedrático, necesitaba contar con el grado siguiente, el de licenciado. El término proviene del significado, es decir, la licentia docendi, que ya era un grado mayor y no requería de cursos, sino de actos públicos que mostraran la capacidad del graduando para obtenerlo. Dichos actos, denominados “repeticiones”, se realizaban durante un período “de pasantía”, la extensión del cual dependía de la facultad: tres años para los artistas, los teólogos y los médicos, y cuatro para los canonistas y los legistas. Con frecuencia, el período de la pasantía se acortaba bajo una dispensa. De esta manera, algunos bachilleres se hacían licenciados con una diferencia de meses, e incluso tan sólo de días. Si el licenciado lograba llegar a leer una cátedra o silla, era obligatorio que se doctorase en un período máximo de un año a partir de que tomara posesión de la misma si la pretendía en propiedad, es decir, a perpetuidad15.

20El grado de doctor era el máximo grado que podía lograrse en la universidad. Existía el grado de maestro que, al contrario de lo que sucede hoy día, era equivalente al de doctor, y exclusivo de la facultad menor de artes. Algunos frailes tomaban el grado de maestro en teología como muestra de humildad.

21Ser doctor en las universidades de la época moderna implicaba formar parte del gremio, de la universitas de tradición medieval. Para sus poseedores implicaba la obligación de asistir a los claustros, los órganos de gobierno de aquellos estudios generales, pero también la posibilidad de votar y decidir el rumbo de la institución. De ahí que graduarse como doctor resultara una inversión económica nunca despreciable, pues permitía el acceso al gobierno interno de una institución. Ser doctor, salvo para los frailes, representaba la oportunidad de poder servir el cargo de rector, la “cabeza” de la universidad. Además, hay que tener en cuenta el prestigio y el privilegio de certificar a otros doctores, acto por el que también se recibían “propinas”. El máximo grado universitario estaba directamente vinculado a la política, pues, como afirma Armando Pavón, “la relación que la universidad o buscaba establecer con las diferentes instituciones virreinales –civiles o eclesiásticas– confería al grado de doctor un carácter político que rebasaba sus aspectos corporativos y docentes16”.

22En este sentido, el grado mayor de maestro o doctor implicaba, por un lado, la pertenencia al gremio –la posibilidad de formar parte de su gobierno y de obtener ingresos a través de sus cátedras y actos públicos–, y por el otro, daba prestigio a su poseedor y la oportunidad de ocupar cargos en la administración real.

23Una vez que hemos explicado la importancia y jerarquía de los grados, es necesario hacer lo mismo con las facultades respecto de los requisitos para graduarse. Aquellos que decidieran hacerse teólogos o médicos, debían ser bachilleres en artes, así lo ordenaban los estatutos. En el caso de Guatemala, la facultad de medicina no contó con estudiantes ni graduados sino hasta el siglo XVIII, a pesar de los esfuerzos que la universidad hizo por tener a un catedrático. Ahora bien, las facultades de cánones y leyes eran “símbolas”, es decir, compartían conocimientos. Por ello, una vez que se era bachiller en una, bastaba con hacer dos cursos en la otra, en lugar de los cinco que se señalaban, para graduarse en ambas como bachiller17.

24Antes de conocer las instituciones y sillas que ocuparon los graduados por San Carlos, es necesario saber cuántos grados otorgó esta academia, en qué facultades y con qué frecuencia, lo cual también nos hablará del funcionamiento y capacidad de la universidad para atraer a los jóvenes que aspiraban a los estudios y a los grados.

Grados y graduados carolinos

25Desde su fundación y hasta 1700, la Real y Pontificia Universidad de San Carlos de Guatemala otorgó un total de 96 grados de bachiller y 31 grados mayores en todas sus facultades. En principio, podría parecer que del total de bachilleres casi una tercera parte de los universitarios logró hacerse doctor. Pero si analizamos los datos de manera detallada, veremos que esa primera idea implica errores de interpretación.

26La revisión minuciosa de las diferentes series documentales del acervo universitario y el cruce de los datos han permitido reconstruir la nómina de grados menores desde 1683, año en que se concedieron los primeros. La siguiente tabla muestra las facultades en las que se obtuvieron esos casi 100 grados de bachiller.

27Grados de bachiller (1683-1700)
Facultad Número %
Artes 70 73
Teología 12 13
Cánones 9 9
Leyes 5 5
Medicina 0 0
TOTAL 96 100

28Fuente: AGCA. A1, legs. 1913-1914. Irungaray, Índice.

29Los datos muestran que fue la facultad menor la que otorgó el mayor número de grados de bachiller, un 73% del total, y que en medicina no hubo ningún grado. La diferencia entre el número de grados de las distintas facultades se debe a varias razones. Durante el corto periodo aquí analizado, la universidad contó con las cátedras suficientes para los artistas, no así para los médicos. Éstos, además de que debían ser primero bachilleres en artes, no contaron con catedrático propio sino hasta varios años después de que se iniciaran los cursos en la universidad. Además, fue una facultad poco socorrida por quienes aspiraban a tener un grado.

30Por otro lado, esta diferencia también puede hablarnos del mundo laboral, pues quizá sólo era necesario contar con un bachillerato para acceder a pequeños cargos en la administración. Saber con certeza los destinos laborales implica la búsqueda y revisión de otras fuentes documentales en las que se haya registrado el grado y la procedencia de éste en los papeles de la administración.

31En relación a la frecuencia de los grados en San Carlos, éstos no se concedieron anualmente. Se requería de un mínimo de dos años de cursos para poder optar por el grado. Por ello, la primera generación, conformada por 17 bachilleres, fue la de 1683, dos años después de que la universidad inaugurase sus lecciones. La siguiente generación de artistas se graduó en 1686, lo cual está directamente relacionado con los problemas que tuvo la universidad para mantener al único catedrático de la facultad. Se sabe que entre 1681 y 1685 la cátedra de prima de artes fue leída por, al menos, seis profesores diferentes. Hasta 1688 aparecieron los primeros teólogos, canonistas y legistas, mismo año en que se otorgó la mayor cantidad de grados menores del periodo (23). Al año siguiente hubo casi la mitad de graduados (12), la mayoría artistas, con dos teólogos, un canonista y un legista. En 1691 y los siguientes dos años, la universidad graduó nuevamente a artistas, alcanzándose cierta regularidad en las lecciones. En los colegios se seguían enseñando artes y teología, y sus estudiantes acudían a la universidad para certificarse. En 1695 y 1697 se graduó únicamente un bachiller artista. El siguiente año, el rector Juan de Cárdenas, en un informe enviado a España, hablaba de “tibieza” en la asistencia de los estudiantes, “o por mejor decir casi una falta total de ella, de suerte que los regentes de las cátedras se hallan casi destituidos de estudiantes cursantes que oigan sus lecturas”. En 1698 volvió a haber bachilleres: apenas dos en artes y tres en teología. Los dos últimos años del siglo se graduaron un artista en 1699 y cinco más en 170018.

32Sin embargo, hay otras cuestiones que despejar antes de tratar el tema de las oportunidades para el cursus administrativo. En primer lugar, resulta esencial saber que el hecho de que la universidad otorgara 96 grados de bachiller no implica que hubiera el mismo número de individuos. Algunos de los universitarios optaban por más de un grado para ampliar sus posibilidades dentro y fuera de la institución, sin descartar un interés intelectual por las ciencias de la época. Afirmarlo implica desvirtuar, en gran medida, la historia de la universidad y su papel social, pues no existen registros de ello, al menos, dentro del acervo institucional.

33Así, el análisis de los datos respecto a los individuos que obtuvieron los grados, resultado de esa primera nómina, nos permite afirmar que fueron 80 las personas que se graduaron como bachilleres.

34Graduados menores (1683-1700)
Núm. de grados Núm. de individuos %
1 66 82.5
2 12 15
3 2 2.5

TOTAL
80 100

35Fuente: AGCA. A1, legs. 1913-1914. Irungaray, Índice.

36Del total de universitarios que se graduaron como bachilleres, un 17.5% obtuvo más de un grado, es decir, hizo cursos en distintas facultades, mientras que el 82.5% únicamente obtuvo un grado. Si ponemos en relación estos datos con los de los grados por facultad, llegamos a la conclusión de que fue en la facultad menor de artes donde la mayor parte de los estudiantes se graduaron de bachilleres: 59 de los 66 estudiantes que sólo obtuvieron un grado, lo hicieron en artes.

37Ahora bien, aunque son significativamente menos los estudiantes que decidieron optar por más de un grado, resulta interesante saber en qué facultades lo hicieron, lo que podría hablarnos de su interés por continuar obteniendo grados en las facultades mayores. Esto también hace posible conocer el perfil de los graduados para después ponerlo en relación con los grados mayores y con los cargos que ocuparon dentro y fuera de la universidad. Por otra parte, permite conocer algunos elementos de los recursos económicos con que contaban para cubrir los derechos por los grados obtenidos.

38Los graduados debían cubrir la cantidad de dinero necesaria para obtener los grados. Una lista de los derechos que se estipularon en los estatutos nos dará una idea de lo que estos universitarios tuvieron que haber pagado a las arcas de la universidad y a los asistentes a los actos de sus grados.

39Derechos por el grado de bachiller

40
Facultad Derechos_
Artes Por cursos: 10 y medio Por suficiencia: 18
Teología 10 y medio
Cánones 10 y medio
Leyes 10 y medio
Medicina 31 y medio

41_En pesos
Fuente: Sarasa y Arce, XI

42Entre quienes obtuvieron dos grados, la combinación más común fue la de hacerse bachiller en artes para ingresar a los cursos de teología, donde también esos 12 individuos se graduaron de bachilleres. Por lo tanto, debieron haber pagado por sus dos grados, dependiendo de si su grado en artes fue por cursos o por suficiencia, 21 pesos o 28 pesos y cuatro reales, respectivamente. A esa cantidad habría que sumar el monto de la matrícula anual, que era de dos reales, con lo cual estos bachilleres habrían pagado un peso y seis reales o un peso y cuatro reales, nuevamente dependiendo de la modalidad para graduarse en artes19. De esta manera, el monto total de pago para quienes obtuvieron los grados menores en artes y teología que cursaron en la universidad debió haber sumado 22 pesos y seis reales o 30 pesos.

43Tres estudiantes se graduaron tanto en cánones como en leyes, y obtuvieron los grados el mismo mes y año, con lo cual debieron haber pagado 21 pesos más un peso y seis reales por las matrículas correspondientes. En total, 22 pesos con seis reales.

44En cuanto a los dos universitarios que se graduaron en tres facultades diferentes, ambos lo hicieron en artes, cánones y leyes. Los dos obtuvieron su grado menor en artes por suficiencia, pues las lecciones en la universidad habían iniciado en 1681 y dos años después estos estudiantes se encontraban entre los primeros graduados de la universidad. Por lo tanto, debieron pagar un total de 41 pesos y dos reales, incluida la matrícula anual de cada facultad en la que cursaron.

45En principio, las cantidades monetarias que los estudiantes pagaron pueden no decir mucho acerca de su condición económica. Si comparamos estos montos con el salario de un jornalero, que era de seis reales a la semana – aproximadamente 40 pesos anuales, contando como laborables los 365 días del año–, los datos toman otro cariz, con relación a quiénes podían estudiar en la universidad. Se trataba, generalmente, de grupos urbanos de un estrato medio de la sociedad, el que tenía acceso a los estudios20.

46La universidad reconocía los estudios realizados en los colegios, pero tenía el monopolio de certificar a los estudiantes, es decir, de graduarlos. Hemos tratado la frecuencia con que la universidad otorgó grados; ésta dependió, no sólo del número de estudiantes propios, sino también de los ajenos, los colegiales. Diez de los grados de bachiller se otorgaron a estudiantes de los jesuitas, pero también el Seminario Tridentino de Nuestra Señora de la Asunción, que envió a sus jóvenes a la universidad. Sin embargo, la mayor parte de los graduados se matricularon como estudiantes de la misma. La relación con el seminario se fue haciendo cada vez más estrecha a lo largo del siglo XVIII, y llegó un momento en que los cargos de rector de ambas instituciones fueron ocupados por un mismo individuo. De hecho, en la década de los setenta, el seminario vendió unas casas al estudio general para ampliar las escuelas que conforman lo que actualmente se reconoce como la antigua universidad – recuérdese que su primera sede se encontraba a un costado del convento dominico21 –.

47La distancia económica y académica que hemos señalado entre los estudiantes que obtuvieron un solo bachillerato y los que optaron hasta por tres, crece cuando estudiamos a los graduados mayores de la universidad. Como se recordará, las nóminas de grados nos revelan que mientras se otorgaron aquellos 96 grados de bachiller en San Carlos durante el siglo XVII, se concedieron un total de 31 grados mayores. La sistematización de los datos por facultad nos permite saber que, contrario a lo que sucedió con los bachilleres, el 65% de los grados mayores se otorgaron en teología, con una diferencia significativa respecto de artes, leyes y cánones. En medicina no hubo graduados durante el periodo estudiado.

48Grados mayores (1683-1700)

49
Facultad Número %
Artes 6 19
Teología 20 65
Cánones 2 6
Leyes 3 10
Medicina 0 0

TOTAL
31 100

50Fuente: AGCA, A1, legs. 1940-1942. Irungaray, Índice.

51A pesar de que conocemos el número total de grados mayores que se otorgaron en la universidad, debemos aclarar que se trató de los tres tipos de grados que existían en la misma. Lógicamente, varios de los licenciados se hicieron maestros o doctores, pero también hubo quienes obtuvieron dichos grados en más de una facultad. El total de grados fue adquirido por un total de 13 individuos, de manera que de los 80 bachilleres sólo un 16% logró obtener el grado de doctor.

52El cursus académico requería de largos años y un caudal importante para completarlo. Hay que considerar que aquellos doctores primero habían tenido que estudiar gramática y retórica, para después poderse matricular anualmente en la universidad, graduarse como bachilleres y finalmente cubrir los requisitos necesarios tanto académicos como económicos para coronar su carrera como letrados. El análisis de los datos nos permite conocer las cifras en relación a cuántos grados mayores obtuvieron los universitarios que formaron parte de la élite del estudio general.

53Graduados mayores 1683-1700

54
Nº de grados Nº de individuos %
2 10 77
3 1 8
4 2 15
TOTAL 13 100

55Fuente: AGCA, A1, legs. 1940-1942. Irungaray, Índice.

56La mayor parte de los letrados obtuvieron dos grados: ocho de ellos se graduaron de licenciado y doctor en teología, uno obtuvo los mismos grados en leyes y uno más en artes. Solamente un individuo obtuvo tres grados: licenciado en leyes y cánones, y doctor en esta última facultad. Finalmente, dos universitarios eran poseedores de cuatro grados: ambos se graduaron de licenciado y maestro en artes, y de licenciado y doctor en teología.

57Por supuesto que para ser graduado mayor, los aspirantes además de realizar los actos académicos –repeticiones, conclusiones, actos y quodlibetos – que los estatutos ordenaban, debían sufragar los gastos por los grados, mismos que les abrían las puertas a cargos de mayor importancia en la administración y en la política local.

58En total, un grado de licenciado costaba 400 pesos, que se distribuían entre las autoridades y el arca de la universidad, los asistentes y los ministros, como el secretario, los bedeles y el maestro de ceremonias. A este monto había que sumar los derechos por los actos de repetición, que ascendían a diez pesos22.

59Para el grado de doctor, el licenciado debía cumplir con el denominado “paseo” el día anterior al grado. Las ceremonias del máximo grado implicaban a la élite del gobierno local, incluyendo al obispo y al capitán general. Este grado exigía 40 pesos por el grado, además de una serie de propinas que variaba dependiendo del número de maestros y doctores que asistieran. Sin embargo, para el caso del decano y el arca, estas se establecieron en 40 y 30 pesos, respectivamente. Las propinas para los graduados mayores que asistieran estaban diferenciadas23.

60Si consideramos los datos sobre el monto de los grados con la información sobre los graduados, podemos resaltar que un doctor que se había graduado en una sola facultad hubo de pagar por ello, al menos, 520 pesos, es decir, trece veces más de lo que ganaba un jornalero al año. El monto se duplicó para el caso de los dos universitarios que obtuvieron cuatro grados mayores en San Carlos.

61Como ya lo hemos señalado, los doctores de la universidad pertenecieron a un sector de la población, no sólo educado, sino adinerado y relacionado directamente con el gobierno de la corona en América y, en ocasiones, con el de la metrópoli, ya fuera de manera directa o a través de relaciones familiares o clientelares. Gracias a la documentación universitaria, es posible rastrear el cursus académico de los graduados. Sin embargo, reconstruir el cursus administrativo no resulta tan sencillo, pues habría que consultar las fuentes generadas por otras instituciones e incluso documentos personales. Por ahora, sólo nos centraremos en los graduados mayores, no sólo porque son significativamente menos, sino porque de ellos se cuenta con más noticias que podrían hablarnos de su papel en la sociedad guatemalteca del siglo XVII.

Los “premios” en la administración real

62La corona ofreció a sus letrados cargos en su administración, a los que también se les llamaba “premios”. El ascenso en la jerarquía de las plazas reales era uno de los incentivos para obtener grados. Así, hemos visto ya que de los 80 individuos que se graduaron en la Universidad de San Carlos durante el siglo XVII, únicamente 13 llegaron a ser doctores en ese mismo período. Analicemos si hubo una relación entre la obtención de sus grados y el ascenso profesional en sus cargos.

63La pertenencia a instituciones o gremios externos a la universidad determinó, en buena medida, las facultades en las que se graduaron los doctores. Podemos diferenciar tres conjuntos: el clero regular, el clero secular y los abogados de la audiencia. Estos mismos grupos los vemos aparecer también entre el conjunto de catedráticos de la primera etapa de la historia universitaria. Será, entonces, en ese orden, en el que analizaremos el cursus administrativo de los doctores guatemaltecos. Los frailes que obtuvieron el grado máximo en la universidad fueron seis, distribuidos por igual entre la Orden de Santo Domingo, la de San Francisco y la de la Merced. A pesar de que algunos frailes obtuvieron cargos en el clero secular, a efectos de conocer los conjuntos de graduados, hemos preferido cuantificarlos dentro de su primera filiación, es decir, la orden religiosa a la que pertenecieron. Los eclesiásticos fueron cinco: todos obtuvieron cargos en la catedral. Finalmente, los legistas que sirvieron como catedráticos y como abogados de audiencia fueron dos24.

64El primero en hacerse doctor fue Agustín Cano, quien había profesado en 1666 en la Orden de Santo Domingo. En 1678 fue nombrado catedrático de prima de artes en la recién fundada Universidad de San Carlos, cargo que sirvió hasta 1686. Si bien el fraile sólo contaba con un grado de bachiller en artes por el colegio de Santo Tomás de Aquino, en 1683 fue nombrado provincial de su orden. Es posible que su nombramiento como catedrático en la universidad le confiriese un mayor reconocimiento dentro de su religión. El cargo de provincial lo ocupó hasta 1687, un año antes de que obtuviera los grados de bachiller, licenciado y doctor en teología en la universidad. También en 1688 opositó a vísperas de teología, obteniendo la propiedad. Además, fue llamado para participar en las reducciones de indios de 1683, 1685 y 1689. En la siguiente década, Cano opositó por la propiedad de prima de teología en la universidad, logrando el ascenso en 1698, año en que también fue nombrado definidor en su orden. En la universidad pudo jubilarse en 1708. Una década después lo vemos aparecer como presidente de la provincia, falleciendo en 171925.

65El siguiente religioso en graduarse fue Juan Bautista Álvarez de Toledo, quien también fue doctor teólogo en 1688, acto en el que se le condonaron las propinas correspondientes. El fraile franciscano se graduó de bachiller en artes ese mismo año. Por desgracia, del grado menor en teología no se conserva el expediente, pero habría sido estrictamente necesario que contara con él para poder graduarse de licenciado y doctor. Ese mismo año, el fraile era catedrático de teología en su convento, comisario de la orden tercera de penitencia, examinador sinodal y calificador del santo oficio26. Cabe señalar que este doctor fue nombrado obispo de Chiapa (1708) y después de Guatemala (1713); con lo que se convertiría en el primer prelado nacido en la Capitanía General. Su gobierno episcopal en Guatemala estaría caracterizado por la polémica, debido a que trastocó los intereses de los dominicos, quienes a través de la obra de Francisco Ximénez, lo acusaron de codicioso y engreído. Sin embargo, la polémica estuvo más vinculada con la pugna por las parroquias y los conflictos generados por la tendencia contrarreformista de la jerarquía eclesiástica, de acuerdo a la carta pastoral y el edicto publicados en 1715 por el obispo, documentos en los que ordenaba destituir a quienes no conocieran las lenguas indígenas de su grey. Además de que Álvarez de Toledo era franciscano y podría suponerse cierta rivalidad entre su orden y la de Ximénez27.

66También en 1688 se graduó de doctor el tercer fraile. Se trata del padre mercedario José Morales, de quien sabemos que fue bachiller en artes y teología, licenciado y doctor en la segunda facultad por la universidad ese mismo año, cuando ya era lector de teología en su religión. Un año después, Morales también se graduó de licenciado y maestro en artes. A pesar de que en los autos de sus grados mayores en artes se le menciona como catedrático de artes, no se ha encontrado el concurso de oposición o nombramiento como tal. Llama la atención que obtuviera cuatro grados mayores y no figure como provincial de su orden28.

67El franciscano Antonio de Avellaneda fue el siguiente en convertirse en doctor, en su caso, en teología. Este fraile obtuvo los grados de bachiller, licenciado y doctor con una diferencia tan sólo de días en 1691. Para ese año, en los expedientes de los grados se afirma que era lector jubilado en su convento, calificador del santo oficio, notario apostólico y público, examinador sinodal del obispado de Guadalajara, padre de la provincia de Jalisco, comisario visitador de la provincia de Guatemala y presidente del capítulo provincial. Al parecer sus cargos eran el resultado de una carrera consolidada. Entonces, ¿cuál sería el interés de Avellaneda por graduarse de doctor en la universidad? Aunque en el momento en que se doctorase el fraile pasaría a formar parte del claustro pleno de la academia, no figura en ella ni como catedrático ni como rector. Sin embargo, es posible que haya optado por los grados en busca de un mayor prestigio social29.

68El penúltimo doctor, también en teología, fue el dominico Juan de la Fuente, quien se hizo bachiller en artes en 1688, siendo lector de esa facultad en su convento. Cinco años después se graduó de bachiller en teología, y finalmente obtuvo los grados mayores en 1694. Unos años después, de la Fuente fue designado por el rector como catedrático interino de vísperas de teología, debido a que el titular, el padre maestro fray Diego de Rivas, había partido a un pueblo de los lacandones “que se conoce como de Dolores”. El concurso de oposición se realizó tres meses después del nombramiento, y el fraile no se presentó, por lo que sólo sirvió el cargo como interino30.

69El mercedario Jerónimo Vélez Argos fue el último en graduarse de doctor por la universidad durante el siglo XVII. En 1695 obtuvo todos los grados en artes, cuando ya era lector en su convento. Sobre este fraile son muy pocas las noticias con las que contamos, ya que tampoco ocupó cargos en la universidad, al igual que el otro mercedario, José Morales31.

70Una vez reconstruidas las biografías de los frailes que se graduaron de doctores en la universidad, es posible afirmar que tanto a dominicos como franciscanos las certificaciones de la academia les trajeron ascensos en los cargos que ocuparon dentro y fuera de su orden. La tradición de los estudios dominicos era bien conocida en la monarquía. Incluso las universidades entablaron una relación con las autoridades de las órdenes, requiriendo licencia de sus respectivos capítulos generales para que sus frailes pudieran graduarse. Además, en el caso de Guatemala, la orden prefirió sumarse a las peticiones de una universidad, institución en la que en un principio estuvieron presentes como catedráticos. En cambio, de acuerdo con los datos, a los dos mercedarios no les fue necesario contar con los grados para obtener cargos en sus provincias y conventos, pues ya contaban con distintos nombramientos antes de graduarse. No obstante, el ser doctor por la universidad les habría dado un mayor prestigio. María del Carmen León Cázares ha señalado el escaso interés en los estudios por parte de la Orden de la Merced. Esta orden había empleado, para extender sus conventos a lo largo de la ruta terrestre entre Guatemala y México, el argumento de la necesidad de que sus frailes estudiaran en la universidad mexicana. Una vez fundada la de San Carlos, los dos frailes de esta orden que se graduaron de doctores fueron los únicos que estudiaron en ella durante el siglo XVII, y a lo largo de la siguiente centuria sólo se graduaron como bachilleres 11 mercedarios más, cinco de ellos en artes y seis en teología32.

71El segundo grupo de doctores es el conformado por cinco miembros del clero secular. De nuevo, revisaremos las carreras de los clérigos por orden cronológico. Cabe señalar que todos los clérigos –salvo uno, que también fue artista– fueron doctores en teología.

72En 1688 la universidad otorgó varios grados mayores. Entre ellos se encontraban los de licenciado y doctor en teología de Lorenzo Pérez Dardón, quien ya era maestrescuela de la catedral y un año antes aparece como vicerrector de la universidad. Pérez Dardón era bachiller desde 1677, año en que le fue otorgada la canonjía. Cuatro años después fue nombrado tesorero de la catedral, y en 1682 maestrescuela. Probablemente haya querido formar parte de los primeros doctores de la nueva universidad, de ahí que se haya graduado como teólogo. Su último nombramiento como chantre de la catedral en 1691 puede estar relacionado con su nueva categoría de doctor33.

73El año en que Pérez Dardón ascendió a chantre, Juan de Cárdenas ocupó la maestrescolía, y ese mismo año obtuvo todos los grados en teología. El canónigo había iniciado su carrera en la administración en 1677. Cinco años después fue nombrado tesorero de la catedral, y es muy probable que su doctorado le haya permitido promoverse a arcediano en 1699. Como maestrescuela de la catedral también lo fue de la universidad, donde además fue el segundo rector por ocho años a partir de 1696, sin importar el doble cargo que ostentaba en la universidad. Es clara la relación que hubo entre los nombramientos tanto al interior como al exterior de la universidad con la obtención del grado de doctor34.

74El tercer canónigo en graduarse de doctor fue José Barón de Berrieza, natural de Guatemala, donde había estudiado con los jesuitas y se había graduado de bachiller en teología en 1688 por la universidad. Cuatro años más tarde se graduó de licenciado y doctor en teología, lo que le debió favorecer en sus nombramientos, primero como catedrático de vísperas de teología en propiedad (1698), y después como canónigo de la catedral (1699). Sustituyó en la rectoría de la universidad a Juan de Cárdenas. En 1706 fue ascendido a tesorero de la sede episcopal, y dos años después a chantre. En San Carlos ocupó el cargo de rector en otras cinco ocasiones entre 1711 y 1724. En la catedral llegó a deán en 171335.

75El mismo año en que se graduó Barón de Berrieza, otro clérigo, José Sunsin de Herrera, obtuvo su grado de licenciado en teología. Es importante señalar que estos dos doctores lideraron al grupo de clérigos en la universidad entre 1705 y 1727. Ambos se turnaron la rectoría durante ese período, y en el cabildo se sucedieron en los cargos. Sunsin también había nacido en Guatemala y sido colegial jesuita, lo que revela la larga relación entre ambos letrados. En 1689, con un mes de diferencia, se graduó de bachiller en artes y teología. El artista debía aprobar al menos dos cursos en la facultad mayor para graduarse, pero en este caso las autoridades de la universidad reconocieron sus estudios en el colegio jesuita. En 1692, se graduó de licenciado en teología, y un año después como doctor. Siete años más tarde, el ya doctor decidió obtener también los grados mayores de artes. A partir de entonces su carrera experimentó un gran auge que lo llevó, como ya dijimos, a ocupar la rectoría en seis ocasiones, y una canonjía de la catedral en 1709. Luego, cuando Barón de Berrieza fue ascendido a deán en 1713, él ocupó el cargo de chantre. En 1729 fue nombrado arcediano, y finalmente en 1735 ascendió a deán. No fue catedrático, pues se enfocó a servir cargos en el gobierno de la universidad y del cabildo catedralicio36.

76Finalmente, el último doctor del siglo XVII fue Juan Merlo de la Fuente, quien se graduó de licenciado y doctor en teología en 1700. Según Domingo de Juarros, el clérigo ya era licenciado cuando fue nombrado canónigo en 1693, aunque estos datos no aparecen en la documentación. No obstante, era necesario que quien pretendiera obtener un grado mayor en teología contara con los de bachiller en artes y en teología. Un año antes de ser doctor fue nombrado maestrescuela (1699), cuando ya contaba con otros títulos, como el de comisario apostólico y subdelegado general de la Santa Cruzada. Fue maestrescuela de la universidad hasta 1706, cuando fue ascendido a chantre y electo como rector de San Carlos37.

77Como se puede observar, el grupo de doctores que perteneció a la jerarquía eclesiástica se vio plenamente beneficiado por los grados obtenidos en la universidad. Sin embargo, como también se señaló, las alianzas políticas y las relaciones clientelares pudieron ser factores que contribuyeron al crecimiento profesional en el cursus administrativo de los clérigos guatemaltecos.

78El tercer conjunto de graduados mayores de la universidad en el período estudiado es el que conforman sólo dos doctores legistas: Antonio Dávila Quiñones y Baltasar de Agüero. Dávila Quiñones había iniciado su carrera universitaria cuando contaba con tan sólo diecisiete años de edad, y había obtenido el grado de bachiller en artes por la Real Universidad de México en 1658. En esa universidad sustituyó la cátedra de vísperas de artes en 1662, y tres años más tarde se graduó de bachiller en leyes. Al parecer, los grados con los que contaba no le fueron suficientes, y decidió graduarse también como bachiller en cánones en el estudio mexicano en 1666. Sin embargo, esto tampoco fue suficiente, pues un año después opositó por la cátedra de instituta en México y perdió el concurso. Era clara la intención de Dávila Quiñones de incorporarse como catedrático a la universidad. Mientras tanto, se había certificado como abogado de las audiencias de México y Guadalajara, lo cual le permitía litigar de manera privada. Se desconoce cuándo se trasladó a Guatemala, pero el hecho es que en 1678, como residente de la ciudad, se presentó a la convocatoria para ocupar la silla de instituta en la recién fundada Universidad de San Carlos, misma que obtuvo y le representó una puerta en su carrera tanto universitaria como profesional. Una vez que la universidad abrió sus “escuelas”, Dávila Quiñones también leyó de manera interina la cátedra de prima de leyes, pues el catedrático nombrado rehusó ocupar el cargo por el cambio de propietario a interino en la calidad del nombramiento. En 1688, el legista incorporó sus grados mexicanos, como lo ordenaban los estatutos guatemaltecos, y se graduó de licenciado en leyes por San Carlos. Un año después hizo lo propio en cánones, donde además se hizo doctor. También en 1688 se presentó como opositor a la cátedra de instituta, la cual, siendo temporal –pues debía elegirse catedrático cada cuatro años–, ya había servido como interino. El resultado del concurso le otorgó la cátedra a Baltasar de Agüero. Ante ello, Dávila Quiñones se inconformó y elevó fuertes acusaciones contra su rival, llegando a afirmar que la cátedra se le había asignado a Agüero gracias a que en el concurso el primer rector, José de Baños y Sotomayor, le había permitido elegir los puntos que presentaría en la lección. El pleito se elevó al Consejo de Indias, donde años después se resolvió a favor de Agüero. En 1695 Dávila Quiñones sustituyó durante un año al doctor Bartolomé de Amézqueta en la cátedra de prima de leyes. En el siguiente concurso de oposición de instituta, en 1699, volvió a presentarse, pero esta vez sí obtuvo la cátedra. Nunca llegó a ocupar la rectoría de la universidad, pero fue abogado de pobres, juez acompañador y de discordia, y fiscal de negocios38.

79El otro doctor que sirvió como abogado fue el nicaragüense Baltasar de Agüero. En 1683, siendo bachiller en leyes por la Universidad de San Marcos de Lima, fue designado por el rector como catedrático sustituto de prima de cánones. Contaba además con la licencia de abogado de las audiencias de Lima y Guatemala. En 1688 incorporó su grado limeño a San Carlos, y se graduó como bachiller en cánones. Ese mismo año opositó a instituta, cátedra que obtuvo a pesar del pleito que Dávila Quiñones interpuso en su contra. En 1692 formó parte del claustro de consiliarios, el órgano de gobierno que debía elegir al rector, y ese mismo año se graduó de licenciado y doctor en leyes. Cinco años después, en 1696, Agüero fue ascendido como fiscal en la audiencia de Manila. Irónicamente, al año siguiente, el Consejo de Indias aprobó su nombramiento como catedrático de instituta en Guatemala39.

80En el caso de los abogados de audiencia, el ascenso tanto en las cátedras como en el ámbito laboral de la monarquía estuvo relacionado directamente con la obtención de sus grados en las universidades, y más particularmente con los obtenidos en San Carlos, pues ambos incorporaron los grados con los que contaban para dar continuidad a sus carreras en el estudio general. Si bien Agüero fue el doctor que pudo colocarse en las más altas esferas de la administración novohispana, a Dávila Quiñones la universidad le permitió consolidarse dentro de la institución y relacionarse con la élite local, donde gozaba de prestigio social. Las carreras de estos legistas son también buena muestra de la movilidad de los letrados y de los vínculos entre las universidades pertenecientes a la monarquía. Esta relación es más evidente en el grupo de los catedráticos de la etapa fundacional, particularmente en las cátedras de derecho y medicina, cuyos grados fueron otorgados por estudios generales tanto peninsulares como americanos.

81Es innegable que una universidad podía otorgar prestigio a una ciudad, así los franciscanos en su solicitud al rey afirmaban en 1665 que: “Todas las ciudades que se hallan ilustradas con tener universidades, an conseguido ver a sus hijos onrados con cáthedras y con puestos en que Vuestra Magestad ocupa…y libre de muchos daños que ordinariamente traer consigo la oçiosidad de que quizas (señor) no estarán esentas estas provinçias y ciudad40”.

82Después de varias décadas y pugnas por imponer un modelo u otro de universidad, el fiscal del Consejo de Indias dio los elementos al soberano para que éste aprobase la fundación. No obstante, la necesidad de letrados para la administración no fue suficiente para que San Carlos se convirtiera en un centro educativo tan atractivo para quienes aspiraron a un cargo. Los grados quedaron limitados a una élite local, casi capitalina, que ya estaba establecida en las instituciones de gobierno y en los espacios comerciales. Aún hace falta conocer las relaciones de los graduados, y en particular de los bachilleres, con el grupo de poderosos comerciantes y regidores de la ciudad, misma que es evidente para el siglo XVIII. Pero este no es un siglo olvidado41….

83Notas de pie de página

841 “Carta e informe del obispo Payo de Ribera” (1659), Archivo General de Indias (en adelante AGI), Audiencia de Guatemala, 373, fols. 88-116v. La cita en fols. 90v.-91.

852 Mark A. Bukholder y D. S. Chandler, De la impotencia a la autoridad , (México: Fondo de Cultura Económica, 1984), págs. 34-35.

863 Respecto del pleito entre jesuitas y dominicos sobre el privilegio de otorgar grados en sus colegios, he analizado la documentación encontrada tanto en el Archivo General de Centro América (en adelante AGCA) como en el AGI, Audiencia de Guatemala, 136 y 373. Algunas de las aseveraciones que se presentan en este trabajo son resultado de un trabajo escrito más amplio sobre los antecedentes de la universidad y que espero poder publicar en un libro sobre la historia de la universidad guatemalteca.

874 “Carta del rey procurador general jesuita que acompaña a un informe sobre las cátedras y los grados que se otorgan en su colegio de Guatemala” (1671), AGI, Audiencia de Guatemala 373, fols. 213v-233v.

885 Enrique González González, “Una tipología de las universidades hispánicas en el nuevo mundo”, en Mariano Peset, editor, Ciencia y academia. IX Congreso de Historia de las Universidades Hispánicas (Valencia, Septiembre de 2005). I. (Valencia: Universidad de Valencia, 2008), págs. 385-412.

896 “Cédula real” (1653), AGI, Audiencia de Guatemala 373, 39v.

907 “Claustro pleno” (1656), Archivo General de la Nación de México, Ramo Universidad (En adelante AGN, RU) 15, fol. 79v.

918 “Carta e informe del obispo Payo de Ribera” (1659), AGI, Audiencia de Guatemala 373, fols. 88-116v. El informe fue dado a conocer por Juan Rodríguez Cabal en Misionalia Hispánica XXII, 66 (1965), págs. 17-54. Después fue publicado en Anales de la Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala XXXIX, 1-4 (1966), págs. 36-75. Los documentos de la audiencia: “Carta de la audiencia de Guatemala solicitando la fundación de la universidad” (1667), AGI, Audiencia de Guatemala 373, fols. 182-184; “Carta de Sebastián Álvarez Alfonso, presidente de la audiencia” (1667), AGI, Audiencia de Guatemala 373, fols. 190-193v.

929 “Carta de la audiencia de Guatemala solicitando la fundación de la universidad” (1667), AGI, Audiencia de Guatemala 373, fol. 184.

9310 Para el caso de la universidad mexicana, e incluso para la Real Universidad de Guadalajara, desde hace varios años se cuenta con índices muy completos de grados y graduados en todas las facultades. Las matrículas (inscripciones) han sido también analizadas. Véanse Armando Pavón Romero, “Grados y graduados en la universidad del siglo XVI”, en Armando Pavón Romero, coordinador, Universitarios en la Nueva España_ , Real Universidad de México. Estudios y Textos, XV (México: CESU-UNAM, 2003), págs. 15-49; Adriana Álvarez Sánchez, “De bachilleres a doctores. El caso de los artistas novohispanos del siglo XVIII. Una aproximación”, en Enrique González y Leticia Pérez, coordinadores, Permanencia y cambio. I. Universidades Hispánicas, 1551-2001 , Real Universidad de México. Estudios y Textos, XVIII (México: CESU-UNAM, 2005), págs. 295-305; Armando Pavón Romero, Adriana Álvarez Sánchez y Reyna Quiroz Mercado, “Las tendencias demográficas de los artistas en los siglos XVII y XVIII”, en Enrique González González, coordinador, Estudios y estudiantes de filosofía. De la Facultad de Artes a la Facultad de Filosofía y Letras (1551-1929) , Real Universidad de México. Estudios y Textos, XXII (México: IISUE/FFyL-UNAM y El Colegio de Michoacán, 2008), págs. 119-158; Carmen Castañeda, La educación en Guadalajara durante la colonia, 1552-1821 (México: El Colegio de Jalisco/El Colegio de México, 1984).

9411 Ezequiel C. Irungaray, Índice del archivo de la enseñanza superior de Guatemala , Guatemala: Editorial Universitaria, 1962. Se trata de un índice del acervo universitario realizado en 1899 y paleografiado en 1962 por Jaime Zavala Cordero. Es una guía de todos y cada uno de los expedientes que contenía el fondo documental antes de pasar a formar parte del acervo del actual AGCA, a donde se trasladó durante la gestión del profesor Joaquín Pardo. En el nuevo archivo, los documentos fueron reorganizados sin respetar la signatura anterior, lo cual provoca que se encuentren lagunas en las series documentales. La lista de certificaciones para matrículas y expedientes de grados son un primer referente sobre la población de estudiantes y graduados de la universidad. Véanse AGCA, A1, legs. 1913-1914 (1683-1712); AGCA, A1, legs. 1940-1942 (1683-1725); y AGCA, A1, leg. 1941, exp. 1885 (1689-1816). Utilizaré el índice de Irungaray para cotejar lo hallado en el archivo y así poder ofrecer un listado más completo de los grados. John Tate Lanning dedicó apenas unas páginas de su obra sobre la historia de la institución para dar a conocer los datos de grados. Sin embargo, el autor no menciona cuál es la procedencia de éstos. Véase John Tate Lanning, La universidad en el Reino de Guatemala (Guatemala: Editorial Universitaria, 1977), págs. 284-290.

9512 Pavón Romero, “Grados y graduados”, pág. 17.

9613 Francisco de Sarasa y Arce, Estatvtos y Contitvciones Reales de la Regia Vniversidad de San Carlos de Goathemala , edición facsimilar (Guatemala: Editorial Universitaria, 1976), XV, 183-188.

9714 Sobre los requisitos para obtener los grados véase Sarasa y Arce, XVI-XVIII. Los números romanos refieren los títulos de los estatutos. La modalidad por cursos implicaba aprobar tres y hacer una serie de actos públicos, mientras que graduarse por suficiencia requería de dos cursos y un examen. El monto del grado era de 10 pesos y medio, y 18, respectivamente.

9815 Sarasa y Arce, XI, constituciones 126-128. Los números arábigos refieren las constituciones precisas donde se encuentran las obligaciones para los catedráticos de graduarse de doctor.

9916 Pavón Romero, “Grados y graduados”, pág. 24.

10017 Sarasa y Arce, XVI, 200 y 202.

10118 “Informe del rector sobre la asistencia de estudiantes a la universidad” (1698), AGI, Guatemala, 373, fols. 712-714v; AGCA, A1, leg. 1890, exp. 12319 (1686); AGCA, A1, legs. 1913-1914. Irungaray, Índice.

10219 La suma se realizó tomando en cuenta los cursos que un estudiante tenía que cursar: para artes, por cursos, tres; para artes por suficiencia, dos, y para teología eran cuatro los cursos obligatorios.

10320 Sobre el jornal que se pagaba: Valentín Solórzano F., Evolución económica de Guatemala , Seminario de Integración Social Guatemala 28 (Guatemala: Editorial José de Pineda Ibarra, 1977), pág.131.

10421 AGCA, A1, legs. 1913-1914. Una geografía de los colegios centroamericanos puede realizarse únicamente con la reconstrucción de la nómina completa de grados. Para el siglo XVIII la población de graduados guatemaltecos aumenta, al igual que la variedad de lugares tanto de nacimiento como de estudios de los que proceden los estudiantes. Podría realizarse una regionalización de los colegios, considerando cuestiones como la red de vías de comunicación y de comercio. Al respecto puede verse Adriana Álvarez Sánchez, “La población de bachilleres en artes de la universidad mexicana (1701-1738)”, en Enrique González, Mónica Hidalgo y Adriana Álvarez, coordinadores, Del aula a la ciudad. Estudios sobre la universidad y la sociedad en el México virreinal , La Real Universidad de México. Estudios y Textos, XXIV (México: IISUE, 2009), págs. 23-53. Sobre la relación entre el Seminario y la Universidad de San Carlos, véase Adriana Álvarez Sánchez, La Real Universidad de San Carlos de Guatemala. 1676-1790 (Santiago de Compostela: Universidad de Santiago de Compostela, 2008).

10522 Los derechos para el grado, en Sarasa y Arce, XVIII, 237 y 242.

10623 Sarasa y Arce, XIX, 274-275. Para los doctores y maestros que hubiesen asistido al acompañamiento, paseo y argumento “por la tarde y la mañana” siguiente, fuera de la facultad que fuere el grado, debían pagarse a 20 pesos a cada uno. A los que estaban graduados en varias de las facultades, si una de ellas coincidía con la del grado, se les pagaban veinticinco pesos a cada uno. A los doctores de la misma facultad que no habían asistido a todos los actos se les daban 15 pesos, y al resto, diez.

10724 Habría que señalar que entre los catedráticos hubo casos en que ascendieron a la audiencia como oidores, además del grupo de los médicos. El conjunto de los catedráticos ha sido reconstruido y analizado por Adriana Álvarez Sánchez, “La Real Universidad de San Carlos de Guatemala: fundación y primera organización.1676-1687” (Tesis de maestría, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, México, 2007), págs. 215-254.

10825 La biografía de este doctor fue reconstruida a partir de diversos documentos universitarios y la crónica de Francisco Ximénez, Historia de la Provincia de Chiapa y Guatemala de la Orden de Predicadores , 5 tomos (Tuxtla Gutiérrez: CONECULTA, 1993), III, págs. 188, 191, 123, 211, 218, y 250-251; IV, págs. 168, 307, 365, y 370; AGCA, A1, leg. 1898, exp. 12441 (1678); AGCA, A1, leg. 1885, exp. 12445 (1680); AGCA, A1, leg. 1890, exp. 12319 (1686); AGCA, A1, leg. 1913, exp. 12768, s.a.; AGCA, A1, leg. 1940, exp. 12873 (1688); AGCA, A1, leg. 1899, exp.12455 (1688). “Testimonio de los autos fechos sobre las provisiones de las cátedras de vísperas de teología, prima de philosophia y lengua mexicana” (1688), AGI, Guatemala 154; AGCA, A1, leg. 1899, exp. 12469 (1698); AGCA, A1, leg. 1961, exp. 13181 (1701).

10926 AGCA, A1, leg. 1913, exp. 12768 (1688); AGCA, A1, leg. 1940, exp. 12873 (1688).

11027 Se desconoce el lugar preciso de nacimiento del obispo, por un lado, Juan de Dios Juarros afirma que Álvarez de Toledo nació en Guatemala, mientras que Santiago García Iparraguirre, con base en el retrato del obispo que se encuentra en la catedral, señala que el prelado nació en San Salvador. En los expedientes de grados de la universidad tampoco se encuentra este dato. Véase Domingo de Juarros, Compendio de historia del Reino de Guatemala (Chiapas, Guatemala, San Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica) 1500-1800 (Guatemala: Editorial Piedra Santa, 1981), págs. 155-156. Los documentos publicados por el obispo han sido editados por Santiago García Iparraguirre, en http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action*fi_aff&id*2600 , [Consultada el 26 de octubre de 2011].

11128 AGCA, A1, leg. 1913, exp. 12768 (1688); AGCA, A1, leg. 1940, exp. 12873 (1688); AGCA, A1, leg. 1940, exp. 12876 (1689).

11229 AGCA, A1, leg. 1940, exp. 12879 (1691).

11330 AGCA, A1, leg. 1913, exp. 12768 (1688); AGCA, A1, leg. 1913, exp. 12771 (1693); AGCA, A1, leg. 1941, exp. 12883 (1694); AGCA, A1, leg. 1899, exp. 12472 (1698).

11431 AGCA, A1, leg. 1913, exp. 12771 (1695); AGCA, A1, leg. 1941, exp. 12884 (1695).

11532 María del Carmen León Cázares, “Una relación afortunada, o de cómo la existencia de la universidad propició el establecimiento y desarrollo de la Orden de la Merced en México”, en Enrique González González y Leticia Pérez Puente, coordinadores, _Permanencia y cambio. I. Universidades hispánicas. 1551-2001 (México: CESU / Facultad de Derecho – UNAM, 2005), págs. 525-538. Los datos de los bachilleres del siglo XVIII se obtuvieron de AGCA, A1, legs. 1915-1916, 1921, 1923, 1924, 1927, 1929. Sobre las licencias que requerían los frailes para graduarse, véase Sarasa y Arce, XVIII, 227.

11633 “Nombramiento de Lorenzo Pérez Dardón” (1677), AGI, Contratación, 5790, L.1, fols. 289v.-290v; AGCA, A1, leg. 1940, 12874 (1688); Domingo de Juarros, Compendio, pág. 191.

11734 AGCA, A1, leg. 1940, exp. 12878 (1691); y Juarros, Compendio, págs. 191 y 199.

11835 AGCA, A1, leg. 1913, exp. 12769 (1688); AGCA, A1, leg. 1940, exp. 12880 (1692); AGCA, A1, leg. 1899, exp. 12468 (1698); y Juarros, Compendio, págs. 191 y 199.

11936 AGCA, A1, leg. 1913, exp. 12769 (1689); AGCA, A1, leg. 1940, exp. 12880 (1692); AGCA, A1, leg. 1941, exp. 12881 (1693); AGCA, A1, leg. 1941, exp. 12884 (1699); y Juarros, Compendio, págs. 191 y 199.

12037 AGCA, A1, leg. 1942, exp. 12886 (1700); y Juarros, Compendio, págs. 191 y 199.

12138 AGN, RU, Volumen 291, 1658, fol. 75; AGN, RU, Volumen 273, 1665, fols. 57-59v; AGCA, A1, leg. 1898, exp. 12443 (1662); AGCA, A1, leg. 1913, exp. 12768 AGCA (1688); AGCA, A1, leg.1940, exp. 12877 (1688); AGCA, A1, leg.1940, exp. 12877 (1689).

12239 AGCA, A1, leg. 1913, exp. 12768 (1688); AGCA, A1, leg.1941, exp. 12882 (1692); AGCA, A1, leg. 1899, exp. 12458 (1688); AGI, Guatemala, 154; Ximénez, Historia de la Provincia, 3, pág. 175; y Ernest Schäfer, El Consejo Real y Supremo de las Indias: su historia, organización y labor administrativa hasta la terminación de la casa de Austria , 2 tomos (España: Junta de Castilla y León/Marcial Pons, 2003), II, págs. 453-454.

12340 AGI, Guatemala, 373, 1665, fol. 128v.

12441 Sabemos que en el siglo XVIII los bachilleres sí estaban relacionados con el ayuntamiento a través de lazos familiares. Véase Adriana Álvarez Sánchez, “La población de graduados de la Real Universidad de San Carlos de Guatemala. Siglo XVIII”, inédito. Está pendiente revisar este vínculo en los primeros años de vida universitaria. Contamos con la obra de Stephen Webre, “The Social and Economic Bases of Cabildo Membership in Seventeenth-Century Santiago de Guatemala (Tesis de doctorado, Tulane University, New Orleans, 1980); Stephen Webre, “El cabildo de Santiago de Guatemala en el siglo XVII: ¿una oligarquía criolla cerrada y hereditaria?”, en Mesoamérica 2 (1981), págs. 1-19.

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Para citar este artículo :

Adriana Álvarez Sánchez, « Los letrados en la sociedad guatemalteca del siglo XVII », Boletín AFEHC N°51, publicado el 04 octubre 2011, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=3011

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