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AFEHC : articulos : El clero parroquial y la independencia de México: apuntes sobre su diversidad política y regional : El clero parroquial y la independencia de México: apuntes sobre su diversidad política y regional

Ficha n° 3035

Creada: 18 mayo 2012
Editada: 18 mayo 2012
Modificada: 28 mayo 2012

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Autor de la ficha:

Rodolfo AGUIRRE SALVADOR

Editor de la ficha:

Carmela María VELAZQUEZ BONILLA

Publicado en:

ISSN 1954-3891

El clero parroquial y la independencia de México: apuntes sobre su diversidad política y regional

En este trabajo se revisan los principales avances que actualmente han alcanzado los estudios sobre la participación del bajo clero durante la guerra de independencia de México entre 1810 y 1821, y en especial la de los curas y sus vicarios. Las diferentes investigaciones de los años recientes dan cuenta sobre la diversidad de posturas políticas del clero parroquial en los obispados novohispanos y su dependencia de las circunstancias locales; aun más, se refuerza la idea de que un sector importante, tal vez la mayoría, no fue simpatizante de la insurgencia, aunque ello no conlleva necesariamente a que fueran entonces “realistas” de manera automática, sino que más bien buscaban cambios dentro del mismo régimen colonial. De esta forma, sin olvidarse de los curas insurgentes más conocidos, es importante profundizar en los sectores anónimos del clero pues ellos también jugaron un papel decisivo en el proceso histórico de la independencia.
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Palabras claves :
Clero parroquial, Independencia, Diversidad política y regional
Autor(es):
Rodolfo Aguirre Salvador
Fecha:
Marzo de 2012
Texto íntegral:

1Pensar en la presencia del bajo clero durante la crisis de independencia en Nueva España conlleva a considerar diversos escenarios y factores que hacen complejo su estudio. No podía ser de otra manera cuando nos cercioramos que se trataba de un sector de la Iglesia novohispana distribuido a lo largo y ancho del territorio, que tuvo en sus manos el manejo de toda una red parroquial de más de un millar de cabeceras parroquiales constituidas por una feligresía que era el grueso de la población. A medida que la historiografía sobre el asunto ha avanzado y que estudios específicos se han hecho cargo de especificar la actuación del clero de cada jurisdicción o territorio, nos damos cuenta que no es fácil llegar a conclusiones generales, puesto que sus miembros tuvieron diferentes respuestas1.

2 La historiografía de las últimas dos décadas ha ido matizando en buena medida la vieja tesis, surgida incluso desde los primeros años de la insurgencia, sobre que la rebelión era obra fundamentalmente del bajo clero y de los curas2. Hoy en día ya no puede sostenerse algo así pues a medida que han ido surgiendo estudios regionales, la imagen del cura insurgente ha tenido que compartir espacio con un abanico mayor de sacerdotes con diferentes papeles que escapan a los conceptos comúnmente usados de insurgentes, neutrales o realistas. Tal hecho es lógico cuando pensamos que el clero nunca fue en la era colonial un conjunto homogéneo, ni por sus orígenes, su formación, sus intereses o sus tendencias intelectuales y políticas. Por supuesto que sí compartían una institucionalidad común, privilegios y presencia pública, pero ello no los convirtió en un cuerpo monolítico. Mucho nos falta por saber, sin duda, sobre esos aspectos del clero colonial en los diferentes periodos históricos. Para el tema aquí tratado, la crisis independentista sacó a relucir, precisamente, la diversidad del bajo clero. Con todo ello no quiero decir que la tipología empleada hasta hoy, de insurgentes-neutrales-realistas, deba olvidarse sino más bien enriquecerse, pues sin duda cada concepto es complejo en si mismo y puede encerrar diferentes significados.

3 Los estudios regionales sobre la guerra de independencia nos da cuenta sobre el gran divisionismo de los cleros parroquiales3 y su dependencia de las circunstancias locales; aun más, se refuerza la idea de que un sector importante, tal vez la mayoría, no fue simpatizante de la insurgencia, aunque tampoco queda claro si el mismo sector deba considerarse “realista” de manera automática. Conforme se va profundizando en el estudio de la participación del clero de las diferentes diócesis, la diversidad de posturas políticas, más que la uniformidad, es lo que se percibe. A continuación revisaremos los principales avances que hoy por hoy han alcanzado los estudios sobre la participación del bajo clero, especialmente el parroquial, en la guerra de independencia.

Un clero cuestionado bajo Carlos III pero vigente ante la sociedad

4De especial riqueza han resultado los estudios sobre las reformas que en materia de parroquias y del papel público de sus ministros, se intentaron aplicar a partir de la segunda mitad del siglo XVIII. Importante ha sido la discusión sobre hasta qué punto el reformismo borbónico logró transformar y acotar el papel de los curas en la sociedad, limitando su autoridad a lo puramente espiritual. Esto, aunado a los intentos por transformar la religiosidad popular, ha puesto en la mesa de la discusión hasta qué grado decayó el papel de los curas como líderes de sus parroquias.

5Sin duda, la segunda mitad del siglo XVIII fue singular para el clero secular debido al papel central que la corona le reservó, dejando en un lugar secundario a los frailes. La política eclesiástica borbónica estaba pensada en función del clero secular y el papel que debería desempeñar bajo los nuevos principios políticos de centralismo autoritario. Taylor demostró, hace ya algunos años, el interés del gobierno de Madrid por redefinir el papel público de los curas, alejándolo de los asuntos más mundanos y concentrándolo en solamente los espirituales, considerando que antes no habían sino usurpado la autoridad de la Corona y de sus instituciones, además de haber obstaculizado el progreso4. Los curas, pues, debían disminuir su presencia en las plazas públicas, dejar de fungir como padres, médicos, o abogados de los pueblos y dedicarse sólo a la salvación de las almas. A decir de Taylor, comenzaron entonces muchos litigios de los parroquianos contra sus curas, sin precedente, y estos últimos perdieron autoridad pública, aunque aun no sabemos hasta que punto llegó esa merma; más aun, falta por analizar si ese declive de autoridad de los curas se extendió o no hasta los años de la guerra de independencia.

6 Personalmente, considero que, si bien es innegable el menoscabo de presencia pública y de prerrogativas de los curas en la era carolina, ello no debería llevarnos a pensar que, en efecto, todos, en el transcurso de un par de décadas hayan dejado de tener influencia social, política, económica o cultural en las poblaciones parroquiales. ¿Cómo borrar en tan corto tiempo toda la tradición pública de los ministros, curas y vicarios iniciada desde el siglo XVI? Creo que en la práctica, el reformismo borbónico no pudo llegar muy lejos; había muchos intereses de por medio, no sólo de los curas, como para que tales disposiciones fueran obedecidas sin más. Aun prelados tan regalistas como el arzobispo de México, Antonio de Lorenzana, defendieron la costumbre de los curas para nombrar a fiscales y se opusieron a que las cofradías salieran de la órbita parroquial; Taylor mismo acepta que luego de la salida del arzobispo Lorenzana de Nueva España, declinó el reformismo a los curas y se les pidió promover “la misión espiritual, la reforma moral, la caridad y el desarrollo económico5…”, tareas para las que el bajo clero seguía necesitando de una amplia presencia pública.

7Así, más que desear declinar la autoridad del clero parroquial, la corona pretendió reencauzarla a intereses específicos: necesitaba curas cooperativos y leales, pero no necesariamente débiles que, al carecer de mando, no pudieran cumplir con las reales disposiciones. Por supuesto que molestó mucho a la Iglesia el enjuiciamiento de curas en los tribunales civiles6, pero ello no impidió que sus huestes siguieran reforzando la legitimidad del rey en los pueblos. Por otro lado, si bien es cierto que no se puede relacionar directamente la acción subordinante borbónica con la participación del clero en la insurgencia, tampoco puede negarse que, al menos en el imaginario clerical, la Corona había dejado de favorecerlos, por lo cual habría resentimientos, que, en ciertas circunstancias, sí pudo hacer pensar en la necesidad de una independencia. Recientemente, Wobeser ha insistido en que la consolidación de vales reales sí provocó la participación de un sector de clérigos afectados, en la insurgencia7.

8 De esa forma, en los últimos cincuenta años de la era colonial hubo una relación ambivalente de la Corona con la Iglesia: un clero secular protagónico, aunque no autónomo, pues el rey buscó siempre disponer de su actuación al frente de la sociedad, tanto en lo temporal como en lo espiritual; hubo más curatos para los clérigos a causa de la secularización de las doctrinas de los religiosos8, pero, de igual manera, más control de sus ministros, subordinándolos a las autoridades civiles. Los curas no perdieron necesariamente presencia pública en la segunda mitad del siglo XVIII, sino más bien su papel se transformó en aras del monarquismo vigente; esto es, se deseaba a curas regalistas, que fueran más funcionarios del rey y menos líderes de los pueblos. No obstante, el clero parroquial siguió siendo una autoridad local importante, aun y cuando varias de sus antiguas atribuciones fueron cuestionadas, pudo sobrevivir a la marea borbónica como un sector protagónico, mismo que, a partir de la crisis de 1810, fue puesto nuevamente a prueba, aunque esta vez en un contexto más complicado de guerra civil.

La crisis insurgente y el giro de la política hispánica sobre el clero parroquial

9Desde los primeros meses de la insurrección iniciada por el cura Miguel Hidalgo y Costilla en el pueblo de Dolores, en septiembre de 1810, comenzó a hablarse mucho de los curas y clérigos comunes, en relación a su responsabilidad en la guerra que se había iniciado9. El hecho de que un cura de una población menor encabezara la principal rebelión contra el régimen español vista hasta entonces provocó un hondo impacto en todos los sectores de la sociedad; pero aun más cuando se confirmó que no era el único, pues varias decenas de curas y clérigos siguieron sus pasos. Con la aparición de otro gran líder insurgente, proveniente también de las filas del clero parroquial, José María Morelos y Pavón, la fama del clero como líder del movimiento armado no tuvo ya marcha atrás y varios defensores del realismo no dudaron en acusarlos directamente de ser los principales instigadores de la guerra, sin que por entonces haya habido un conocimiento cierto sobre el número de clérigos y curas participantes, sino la formación de un prejuicio que continuaría por mucho tiempo aun.

10Ciertamente, debió ser impactante para la población y las autoridades comprobar que un número indeterminado de curas y clérigos, que siempre se exageró, tomara las armas para derrocar el orden colonial que por 300 años sus antecesores, en mayor o menor medida, habían justificado y defendido en los púlpitos, que habían enseñado a varias generaciones de novohispanos a ser fieles y obedientes a los mandatos del rey y de la Iglesia, a obedecer a sus superiores y a tener resignación ante los abusos del poder, prometiendo una felicidad más allá de este mundo.

11No obstante todo esto, y lejos de alejarse de los curas, el régimen virreinal se aprestó a tomar control de las acciones del clero parroquial en su conjunto, buscando también utilizarlos para la contención social10. Durante la insurgencia, la política que Carlos III había impulsado para la subordinación del clero parroquial a los designios regalistas cambió de rumbo: sin abandonar el principio subordinante, se requirió a los curas que convirtieran sus púlpitos en palestras políticas para defender al régimen hispánico cuestionado y que emplearan todos los recursos teológicos, retóricos, jurisdiccionales y materiales a su alcance para “aquietar” las conciencias de los fieles y apartarles de la simpatía por la insurgencia. Olvidándose de la política carolina de “arrinconar” a los curas en sus iglesias, ahora se les ordenaba una militancia activa a favor del régimen; debían salir a las calles y a las plazas, a predicar en contra de la insurgencia; debían, pues, ser los líderes políticos locales que reforzaran la lealtad de la población a la monarquía, en ese nuevo contexto de guerra11.

12Las autoridades peninsulares y virreinales, así como el episcopado, buscaron a toda costa contar con el apoyo, voluntario o forzado, del clero parroquial. Con todo ello, el régimen hispánico impulsó la actividad extra-parroquial de los curas, pero esta vez con un especial énfasis en que efectuaran un control político de los pobladores de las parroquias. Se pedía, pues, a los curas, politizar el púlpito, en aras de la defensa del régimen hispánico. La campaña anti-insurgente del alto clero fue impulsada en todas las parroquias. Aunque preocupaba mucho el número de curas insurgentes y su influencia social, las autoridades dieron por hecho que el grueso del clero parroquial seguía bajo sus órdenes, e hicieron todo lo posible porque así fuera. Si bien era cierto que en tiempos recientes los curas habían sido “interpelados” y seguiría sucediendo así en adelante, a decir de Connaughton12, también lo era que su pertenencia a la Iglesia no fue puesta en duda; la política oficial fue que el clero parroquial siguiera actuando como representante local de la monarquía, aun y cuando cada cura pudiera tener su propia opinión sobre el conflicto. De esa forma, las autoridades presionaron para que los curas se declararan públicamente como realistas, bajo pena de ser considerados sospechosos.

13 Las nuevas tareas públicas del clero parroquial fueron: la contención social, el auxilio a las tropas, una administración espiritual acotada sólo a los fieles al régimen, el espionaje, la organización de milicias, pero sobre todo, el control de la opinión de los feligreses, algo, por demás complicado por otro lado, pero que mostraba que para las autoridades el clero parroquial seguía siendo un actor social de primer orden, como un “segundo” ejército cuyas principales armas eran las palabras. Así, se fomentó su mayor participación social y política; más aun, las instancias, espacios y equipos de curas parroquiales fueron puestos como nunca al servicio real, haciéndolos participar mucho más de las tareas cívicas, sociales y políticas de la sociedad novohispana. La mejor prueba de que el clero parroquial no había perdido importancia pública fue el gran interés de realistas e insurgentes por tenerlos como aliados, o por lo menos sometidos a sus intereses13. Y es que, como conocedores de los ámbitos locales de las familias y sus tendencias, ese conocimiento podía servir muy bien a los bandos en conflicto; de hecho, podían saber incluso que feligreses se habían hecho insurgentes.

Las respuestas del clero parroquial ante el régimen y la insurgencia

La defensa de la organización parroquial como principio común

14¿Cuál fue la reacción del clero parroquial que no militó activamente en la insurgencia, o sea la mayoría, ante los designios del régimen hispánico en crisis? ¿Hasta dónde, realmente, quisieron o pudieron llevar a cabo todas esas tareas que ahora se les imponía? Sin duda, su tradicional autoridad fue puesta a verdadera prueba; cada una de sus palabras o acciones, al frente de sus parroquias, fue objeto de un escrutinio muy atento de los intendentes, subdelegados y jefes militares realistas, así como de los insurgentes.

15Los curas fueron sometidos entonces a grandes presiones, incluyendo su deseo de conservar la titularidad de sus parroquias y sus ingresos, algo que no resultó de ninguna manera fácil de lograr. Es muy posible que muchos clérigos, en este contexto, se declararan “realistas” más por conveniencia o temor que por verdadera convicción; igualmente, esta toma de posición pudo ser para otros una mera formalidad política, aunque cabe, por supuesto, que en otro sector de ellos no hiciera falta la presión oficial pues desde el principio se asumieron como defensores del régimen. Así, numerosos curas “realistas” en el papel, en la práctica pudieron tener diferentes grados de compromiso con el régimen, mismos que desconocemos en buena medida hasta hoy.

16Otro factor que pesó en buena medida en la actuación del clero durante la insurgencia fue, sin duda, su gran deseo de regresar a la normalidad a sus trastornadas parroquias. En Nueva España existía una estructura de parroquias consolidada luego de casi tres siglos de evangelización y colonización, misma que poseía, para principios del siglo XIX, un conjunto de formas de organización y funcionamiento consolidado después de varias generaciones, así como todo un abanico de vínculos entre los curas y los feligreses que rebasaba con mucho lo espiritual.

17Con la guerra insurgente se alteraron las rutinas parroquiales que organizaban en buena medida la vida de la población y del clero; los usos y costumbres, la continuidad, se esfumaron rápidamente en muchos pueblos de las diócesis centrales: feligresías ausentes o diezmadas, curas refugiados en otras parroquias, templos saqueados, guerrilleros y simples bandas de saqueadores intermitentes, peste entre 1813-1815, la economía deteriorada, y por tanto, las obvenciones parroquiales. Muchos curas abandonaron sus parroquias en los primeros años de guerra y entre 1810 y 1812 se perdió la comunicación en buena medida entre el gobierno diocesano y los párrocos14, aunque paulatinamente fue restableciéndose. Varias iglesias fueron convertidas en cuarteles, por ambos bandos. En el obispado de Michoacán, epicentro de la insurgencia, llegó a haber rivalidad entre curas nombrados por la insurgencia y los diocesanos15. Es muy posible que debido a todo esto, y aun por sobre sus verdaderas simpatías políticas, el clero hiciera lo posible por la recuperación de la normalidad parroquial, tendencia que no necesariamente implicó la defensa del realismo.

18Un aspecto que alcanzamos a distinguir en todos los curas, sin importar su inclinación política, es precisamente su defensa de la organización parroquial y la continuidad de la vida religiosa. Todo apunta a que, ante todo, los ministros se reconocían como miembros de una jerarquía eclesiástica encargada de la red parroquial. Pro-insurgentes, neutrales, pacifistas o realistas coincidieron en defender sus parroquias ante los bandos en conflicto, así como la continuidad de la administración espiritual como garantía de que, más allá de la guerra militar y política que se estaba librando, las instituciones eclesiásticas debían ser intocables y ser respetadas por todos. Para el clero parroquial las instituciones eclesiásticas debían estar más allá de las pugnas políticas. Así, la batalla principal que libraron la mayoría de los curas y sus vicarios, fue salvar la integridad de las parroquias. En este sentido, los indultos masivos impulsados por los curas sirvieron, por un lado, para el retorno de las parroquias a la “normalidad” y reforzar su autoridad; pero por el otro, sirvieron al régimen para socavar a la insurgencia. Muchos párrocos tenían ligas con rebeldes locales y ello les sirvió para convencerlos de pedir el indulto y abandonar las armas.

19Otro indicador del grado en que el clero parroquial en general se asumió como miembro de una Iglesia que debía estar por encima de la guerra y los bandos políticos fue la búsqueda de comunicación con sus mitras, como lo prueban bien los curas del arzobispado y de Guadalajara. Aunque al principio del conflicto se suspendió la comunicación, para 1812 se había reanudado, adaptándose a las circunstancias. El hecho es que, tanto los insurgentes como los de otras tendencias siguieron siempre reconociéndose como hombres de Iglesia, que tenían un compromiso moral en defensa de la verdadera religión, aunque, por supuesto, diferían en este último concepto. Los separaba, sin embargo, el asunto de la culpabilidad o no de los gachupines en las grandes desigualdades sociales y políticas16. Así, se ha destacado poco el sentido de pertenencia del clero parroquial, quien, antes que pensar en la insurgencia, aun y cuando sintieran simpatía, pensaba más en la conservación de sus parroquias y de su propia integridad; más aún, en su pertenencia a la Iglesia, a una institución, más que a una monarquía en crisis.

20Por ello no debe extrañar que las diferentes facciones en pugna al seno de la Iglesia defendieran la institucionalidad eclesiástica. En Michoacán, los insurgentes nombraron vicarios castrenses que suplantaron la autoridad del obispo Abad y Queipo: designaron curas y vicarios en las parroquias bajo su dominio, quienes impartieron sacramentos. En Valladolid, durante la ocupación de Hidalgo, algunos curas incluso pidieron permiso al gobernador diocesano para sumarse al movimiento de Hidalgo17. En otros casos, obligaron a curas no muy simpatizantes de su causa, a obedecer sus disposiciones en materias eclesiásticas, e impidieron su comunicación con la mitra. Sin duda, en esa región, el clero parroquial, pro-insurgente o no, estuvo expuesto a la amenaza de excomunión si cedía a las disposiciones de los rebeldes en materias eclesiásticas.

21Ahora bien, más allá de las coincidencias en materia eclesiástica, los miembros del bajo clero tuvieron que enfrentar irremisiblemente la presión de definirse políticamente, ya no en su carácter de eclesiásticos, sino como súbditos del rey.

El problema de las definiciones políticas en tiempos de guerra

22Contra lo que muchas autoridades virreinales y peninsulares hubieran esperado, en 1810 no se dio una condena energética y unánime del clero parroquial hacia la insurgencia, lo cual envió una señal más de preocupación sobre el futuro del régimen. Las tareas que tradicionalmente desempeñaban los curas los puso, a partir de la insurrección, en una situación complicada, independientemente de si tuvieran o no una afinidad política por alguno de los bandos contendientes. Cualquier cura, dada su funcionalidad pública y la figura de autoridad que representaba, podía convertirse en un eficaz aliado o en un enemigo. Ser cura durante la insurrección se convirtió, pues, en una empresa por demás compleja.

23Cuando estalló la insurgencia, si algo caracterizó al bajo clero fue la diversidad de sus afinidades políticas. Por supuesto, hubo curas convencidos plenamente sobre la vigencia del régimen monárquico y que cumplieron fielmente con lo ordenado: sus palabras y acciones fueron congruentes en consecuencia. Un ejemplo claro es el del cura de Tamazula, José Ignacio Bravo, quien incluso antes de la primera incursión insurgente predicó a los parroquianos contra los rebeldes y a favor de la defensa de las potestades legítimas de Fernando VII; igualmente, publicó de inmediato el edicto de excomunión de Hidalgo18. De igual forma, aparecieron frailes “misioneros”, aunque esta vez ya no para evangelizar indios, sino para convertir a los pueblos al realismo. Hubo otro sector del clero rural, el de los propietarios de haciendas, que normalmente apoyaron también al régimen hispánico. Algunos curas de la provincia de Colima incluso tomaron las armas y ejecutaron insurgentes.

24Por otro lado estuvo el sector de curas y clérigos claramente insurgentes, quienes han sido los más estudiados en la historiografía y están bien identificados; su número oscilaría entre 140 y 160, provenientes de las diócesis centrales novohispanas19. Aunque numéricamente fueron una minoría, su importancia radicó en su enorme influencia social.

25Pero está un tercer sector del que se conoce muy poco y al que se le ha llamado simplemente “neutral” o “ambiguo”, conceptos que no ayudan mucho a entender su conformación o tendencias políticas, sobre todo cuando se intenta explicar su posición política. Aunque en términos generales puede aceptarse que los curas se esforzaron por persuadir a sus feligreses de permanecer en sus pueblos y no unirse a la rebelión, el punto controvertido es la explicación del por qué actuaron así; es decir, si por lealtad al régimen español, o más bien, en defensa de la integridad de las instituciones eclesiásticas. Aun más, ¿cómo debemos considerar a los curas que huían de la guerra, los crímenes y el saqueo? ¿Eran traidores la Iglesia? ¿Huían de los insurgentes solamente? ¿O simplemente por el temor de perder la vida? Taylor sugiere que los curas neutrales deben considerarse como simpatizantes de la insurgencia, por cuanto su pasividad era en realidad una falta de apoyo al régimen20. Young, por otro lado, defiende la tesis de que los curas neutrales se quedaron en sus parroquias para defender al régimen mediante sus prédicas a favor del status quo, los indultos masivos y la pacificación21.

26 En el arzobispado de México la documentación refleja una variedad de posiciones que van desde una militancia claramente realista hasta un silencio político, que también tiene su significado y su importancia. Afirmar entonces que la mayoría del clero parroquial anónimo, neutral, era simpatizante de los realistas o de los insurgentes es arriesgado puesto que hasta hoy no hay fuentes que reflejen mejor sus tendencias políticas. Por ello debemos ir con más tiento y repensar los elementos con que sí contamos para abordar el tema. Por principio de cuentas, los curas eran actores locales importantes, que no necesariamente simpatizaron con insurgentes o realistas, sino más bien defendían un sistema de vida que los justificaba ante esas sociedad provincianas, como se ha mencionado antes. Esto no elimina la existencia de afinidades políticas concretas, pro-insurgentes o pro-realistas, pero es posible que fueran secundarias frente a su condición sacerdotal. Una definición insurgente provocaría seguramente el abandono de la parroquia y de la Iglesia institucional; es decir, de toda su forma de vida anterior, por lo que muchos prefirieron mejor ocultarla. Por otro lado, una definición realista podía conllevar a la persecución insurgente, sobre todo en los primeros años del conflicto, entre 1810 y 1815. Tampoco puede negarse la existencia de curas y clérigos descontentos con el régimen que, sin embargo, defendieron sus parroquias, las vidas de sus feligreses y sus bienes. Sin duda, a la hora de valorar las posibles posiciones políticas del bajo clero es conveniente no olvidar el fuerte malestar provocado por un bando virreinal de 1812, que permitía a los jefes militares fusilar a los eclesiásticos acusados de insurgentes, sin previo juicio o degradación sacerdotal. En opinión de Farris, este desconocimiento a la inmunidad eclesiástica del clero predispuso a muchos curas y vicarios en contra del realismo, lo cual, aunque no los llevó necesariamente a unirse a la insurgencia, sí los acercó mucho a una neutralidad o falta de compromiso con la continuidad del régimen22.

27Así, en el clero parroquial podemos hallar toda una serie de conductas y actitudes exteriores calificadas en su momento de ambiguas, confusas o sospechosas, pero que para los ministros eran justificables. Si para evitar el saqueo de la parroquia y su tranquilidad había que simular ser insurgente hoy y realista mañana, aun con los riesgos implícitos, muchos optarían por hacerlo así. Además, las autoridades eclesiásticas les habían ordenado la permanencia, en aras de defender al régimen, con lo cual se defendían ante las acusaciones de los militares de quedarse para ayudar a la rebelión. También es cierto que los curas rechazaban a la insurgencia no tanto por sus principios políticos, sino por la violencia que habían desatado y que atacaba los principios católicos y morales que los primeros habían jurado defender. Pero, igualmente, muchos rechazaban el terror que también infundían las tropas realistas.

28Estas cambiantes facetas de los curas confundieron a muchos, sobre todo a los comandantes militares locales para quienes fue difícil definir la filiación política de muchos curas y clérigos de sus jurisdicciones, y sólo alcanzaban a calificarlos según sus conductas públicas de compromiso, aunque intuían bien que sus verdaderas preferencias o simpatías podían diferir. Pero, ¿qué podían hacer? pues, como expresó por entonces un rector del colegio de San Ildefonso de la ciudad de México: “El pensamiento se conoce por la exterioridad… Los autores generalmente previenen a los jueces que atiendan a la vida y costumbres23…” Así, muchos curas y clérigos actuarían al exterior como realistas o insurgentes, según la situación prevaleciente. En Colima, unos curas acusados explicaron que habían sido obligados por los insurgentes a celebrar misa y administrar sacramentos, lo cual hicieron “como hombres de la Iglesia y en beneficio del pueblo, no de los rebeldes, y que su lealtad a la corona debía estar fuera de toda duda24.” Con todo, pocos curas de ahí se declararon abiertamente enemigos de la insurgencia.

29 Por supuesto que sí hubo curas ambiguos verdaderamente en sus inclinaciones políticas, cuyas acciones pendulares entre la militancia insurgente o la realista reflejaban sus incertidumbres e inseguridades en medio de la guerra. Otros clérigos más bien fueron negociadores, mostrando una gran capacidad para sortear las pugnas políticas y defender intereses personales, aunque siempre al filo de la navaja, como el sacerdote Díaz Concha, en la Huasteca, dueño de una hacienda ubicada en la frontera entre dominios insurgentes y realistas, y quien logró evitar con éxito, durante algunos años, el saqueo de sus propiedades y su familia25.

30 En cambio, otros curas se significaron por lograr ante todo la pacificación de sus jurisdicciones, fomentando la reconciliación, el perdón entre los enemigos y organizando rogativas públicas para todo ello, como el cura Miranda, de Malacatepec, quien tenía como principio básico “…hacer bien a todos indistintamente y me impido hacer mal a nadie26…” Insurgente, decía, sólo para salvar vidas de inocentes y defender honras. En Ixtlahuaca, valle de Toluca, el cura García Jove rechazaba la violencia de insurgentes y realistas, argumentando que él solo era capaz de tener pacíficos a sus feligreses: “…debido todo a la opinión pública que mis conceptos fijaban en las materias del día27…” El problema es que no especificó nunca a que conceptos se refería.

31En Cuautitlán, valle de México, Rafael Valdés de Anaya puso por encima de realistas e insurgentes las máximas evangélicas de amor y perdón al enemigo cuando fue acusado de insurgente; criticó por igual los excesos realistas y las ejecuciones masivas de feligreses. Su prédica anti-insurgente en el púlpito fue la de amar al enemigo y hacerle bien; exhortar a la unión y la paz, el sometimiento a las potestades legítimas y nunca excitar el odio y la venganza. Igualmente, defendió las prioridades parroquiales por sobre las de las tropas realistas28. Pero en la definición política del bajo clero entraron en juego otros factores tales como los contexto regionales, aspecto poco atendido en las interpretaciones globales de la historiografía, a pesar de su importancia.

La condicionante regional del clero parroquial en su actuación ante la guerra

32En el centro del arzobispado de México, por ejemplo, varios curas rechazaron la violencia insurgente, pero igualmente denunciaron a la mitra el desprecio que los realistas tenían por la organización parroquial y su propia autoridad; no consideraban a las tropas realistas como aliadas necesariamente, ni se consideraban unidos incondicionalmente a ellas; por el contrario, las veían como intrusas a sus parroquias. Algún cura llegó incluso a defender que los soldados debían obedecer a la parroquia, y no al revés.

33En la costa grande, al sur de arzobispado de México, en cambio, normalmente fueron favorables a la rebelión un grupo de sacerdotes marginados, que difícilmente tenían posibilidades de ascender en la jerarquía eclesiástica. Por el contrario en Tixtla, Chilapa o la costa chica, en donde los curas tenían poca autoridad, normalmente se plegaron a las decisiones de los sectores dominantes de la región29. Algo similar sucedió en Puebla.

34En Veracruz el clero insurgente fue una minoría asentado en los curatos y doctrinas del norte, caracterizadas por su marginalidad y su lejanía de las principales ciudades (Jalapa, Orizaba, Veracruz o Córdoba), mientras que el asentado en estas últimas, pertenecientes a familias ricas y bien relacionadas, normalmente defendió al régimen hispánico. Como en otras partes, en la provincia de Veracruz se puede hallar a un tercer grupo de clérigos de quien no es posible identificar su filiación política, aunque muy posiblemente se trate de defensores de la institucionalidad eclesiástica y sus tareas morales30. En muchos casos, estos curas sí ejercieron autoridad entre sus feligreses y se pusieron al frente de las acciones parroquiales, ya sea bajo la bandera insurgente o la realista, aunque en otros casos, carecieron de la misma y varios prefirieron huir.

35En Michoacán, aunque algunos curas salieron por su voluntad para seguir a Hidalgo, la mayoría de los clérigos tuvieron que abandonar los curatos “…debido a las amenazas y agresiones que sufrió por parte de las fuerzas insurgentes. Esta considerable movilidad de los curas produjo lo que podría denominarse un éxodo clerical31.” Y es que en esta provincia, una buena parte del clero hizo esfuerzos por convencer a la feligresía de sumarse a la insurrección.

36En la provincia de Colima también hubo divisionismo: un grupo importante se puso a las órdenes del realismo abiertamente, animados por el obispo Cabañas, mientras que otro, minoritario, simpatizó con la insurgencia. Ese obispo pedía a los curas salir a perseguir a los rebeldes si fuera necesario, pues aunque no quería mártires tampoco quería indolentes32.

37En la Huasteca, los curas y clérigos que tenían propiedades, negocios y familias, se opusieron resueltamente a la insurgencia pues trastornaba por completo sus negocios, los caminos y las comunicaciones33. Sin duda, los vínculos familiares y regionales del clero pueden también indicarnos hasta dónde los compromisos personales y de sangre jugaron en las decisiones tomadas para inmiscuirse o no en el movimiento.

Reflexiones finales

38La clerecía novohispana había vivido en las décadas previas a 1810 bajo un regalismo acentuado que buscaba su total subordinación a los intereses monárquicos así como su eficaz colaboración con las tareas de los funcionarios reales. Durante la segunda mitad del siglo XVIII hubo un ataque frontal a la inmunidad eclesiástica del clero, minando uno de los elementos de su poder y privilegio tradicional. Diferentes reformas se encargaron de quitar o limitar muchas de las atribuciones que tradicionalmente habían detentado los curas, para reducirlos solo a ser ministros de lo sagrado, desapegándolos de tareas civiles, sociales y políticas. Para varios autores, ese clero descontento fue quién encabezó la insurrección. Recientemente, Wobeser ha señalado que fue la consolidación de vales reales un factor directo del resentimiento del clero, al descapitalizar miles de capellanías de misas de que se sustentaban34. Sin embargo, Young ha propuesto que no halla necesariamente una conexión entre el ataque borbónico al clero y la decisión de un sector del mismo de colaborar en la insurrección, basándose en las declaraciones de los curas enjuiciados durante el conflicto35. No obstante, ¿cuántos curas y clérigos pobres, desposeídos, seguirían realmente pensando que el régimen español era lo mejor para la Nueva España? Si bien es probable que no tomaran las armas insurgentes, su silencio, su inacción y su aparente indiferencia en la lucha armada fue su respuesta. Taylor ya había llamado la atención sobre ello36.

39Muchos factores entraron en juego en la vida parroquial después de 1810, mismos que condicionaron la actuación del clero: su grado de compromiso con las instituciones eclesiásticas y el régimen monárquico, las tendencias dominantes en su región de ejercicio, su condición de propietario o simple rentista de su parroquia, su percepción sobre los sucesos de España y su manera de entender su ministerio como cura de almas y pastor, al menos. Igualmente, la autoridad del clero parroquial se vio fortalecida en muchas zonas, impulsada por las mismas autoridades que años atrás habían tratado de limitarla, aunque en otras careció de liderazgo por completo.

40Así, los curas, como hombres de Iglesia, defendían las instituciones que los justificaban, como las parroquias y las instituciones eclesiásticas, más que a un régimen monárquico que ya no les favorecía. El rechazo a la insurgencia tenía que ver más, en muchos casos, con su moral religiosa que con las razones políticas de la monarquía. Aunque en sus cartas denuncian la violencia de los rebeldes, no hay razón para pensar que creyeran algo diferente sobre los excesos de la tropa realista. Las tareas de pacificación y de defensa de los españoles peninsulares realizadas por los párrocos, tuvieron más que ver con su vocación sacerdotal que con su apoyo incondicional al régimen español. No debe olvidarse que los curas tenían, en mayor o menor medida, una formación en teología moral. Cuando un cura defendía la vida de un peninsular ante los insurgentes, o de un rebelde frente a los realistas, es muy probable que lo hiciera no tanto por coincidir con la bandera política de los sentenciados sino por el mandato de su oficio sacerdotal. Y, claro, la insurgencia lo acusaría de realista mientras que los militares lo tacharían de simpatizante insurgente.

41Por otro lado, cuando pensamos en la violencia generalizada que desató la insurrección, violencia proveniente de varias fuentes y no sólo de los insurgentes, que puso en peligro los bienes y las vidas de la gente común y no común, es más fácil entender la complicada situación de los curas. Muchos coincidieron en denostar la violencia de los insurgentes, pero de la misma forma la de los “saqueadores”, salteadores de caminos y soldados realistas.

42Al evitar la despoblación de las parroquias o rechazar la violencia insurgente los curas no necesariamente apoyaban la continuidad del régimen. Debemos entonces considerar la existencia de ministros que optaban por un cambio de régimen político de forma pacífica, ya sea con eventos como las Cortes de Cádiz, o bien, por una independencia con la unión del clero, las elites y el ejército, como sucedió con el Plan de Iguala en 1821. Lo que es un hecho es que la politización de los púlpitos fue tal que trascendió hasta los tiempos republicanos, como varios estudios han mostrado ya37.

43Los curas, pues, no formaron un bando por sí mismos, sino que sólo una parte minoritaria se integró plenamente en la rebelión o en la militancia realista. Luego entonces, ¿cómo debemos considerar a la mayoría de curas poco o nada militantes con los bandos en conflicto? Considero que antes que insistir en si fueron insurgentes, realistas o neutrales, conceptos que en un examen más detenido sobre la actuación y las palabras de los curas quedan rebasados, debemos profundizar en su conocimiento y estar abiertos a considerar nuevos matices o posturas políticas. Los curas “neutrales” desempeñaron sus propios papeles durante la insurgencia y jugaron roles inaceptables para los bandos en conflicto, pero que no obstante eran comprensibles en los contextos locales y en el de su labor sacerdotal. Sin duda quedan para el futuro más estudios que profundicen en el abanico de posiciones políticas e ideológicas del clero parroquial de la época de la insurgencia. Igualmente, siguen haciendo falta más estudios regionales que profundicen y maticen las conclusiones que hoy se manejan, tareas que podrías cambiar sustancialmente en el futuro la imagen que actualmente se maneja del bajo clero durante la independencia.

44Notas de pie de página

45

  • El autor, Rodolfo Aguirre Salvador, es investigador titular en el Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, de la Universidad Nacional Autónoma de México y profesor en el posgrado de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la misma universidad. Desde 2001 es miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

461 Para una visión general puede verse: Ana Carolina Ibarra y Gerardo Lara Cisneros, “La historiografía sobre la Iglesia y el clero”, in Alfredo Ávila y Virginia Guedea, coordinadores, La independencia de México. Temas e interpretaciones recientes (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2007), págs. 65-84.

472 Algunos autores modernos siguen inclinándose simplemente por la vieja tesis que generaliza el papel insurgente del clero con base en los ejemplos de Miguel Hidalgo, José María Morelos o Mariano Matamoros. Por ejemplo: David A. Brading, Una iglesia asediada: el obispado de Michoacán, 1749-1810, (México: Fondo de Cultura Económica, 1994), págs. 270-271.

483 Por “clero parroquial” nos referiremos al conjunto de sacerdotes y clérigos encargados de la administración espiritual en las parroquias: curas titulares, interinos, coadjutores, vicarios, tenientes de curas y ayudantes.

494 William B. Taylor, “El camino de los curas y de los Borbones hacia la modernidad”, in Álvaro Matute, Evelia Trejo y Brian Connaughton, coordinadores, Estado, iglesia y sociedad en México. Siglo XIX, (México: Universidad Nacional Autónoma de México/Miguel Ángel Porrúa, 1995), pág. 94.

505 William B. Taylor, “El camino de los curas”, pág. 100.

516 Nancy M. Farris, La Corona y el clero en el México colonial 1579-1821. La crisis del privilegio eclesiástico, (México: Fondo de Cultura Económica, 1995).

527 Gisela von Wobeser, “La consolidación de vales reales como factor determinante de la lucha de independencia en México, 1804-1808,” in Historia Mexicana, LVI, no. 2 (2006), pág. 417.

538 Una investigación reciente sobre esta temática es la de María Teresa Álvarez Icaza Longoria, “La secularización de doctrinas y misiones en el arzobispado de México (1749-1789)” (Tesis de doctorado en Historia, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2012).

549 Carlos Herrejón, “Hidalgo: La justificación de la insurgencia”, in Relaciones 13 (1983), págs. 35-40.

5510 Archivo Histórico del Arzobispado de México (en adelante: AHAM), caja 105 libro 3, foja 102. El 31 de octubre de 1810 fue enviada la primera circular al clero parroquial del arzobispado de México dándole instrucciones su proceder respecto a la insurrección de Hidalgo. Al margen del texto principal se lee: “Que se haga entender a los pueblos, con el mayor empeño, la inicua maquinación de los perversos facciosos acaudillados por el corifeo de ellos, Hidalgo y Costilla”

5611 AHAM, caja 105 libro 3, fojas 102-102v: “…Digan vosotros pues, y anuncien en público y en secreto que el cura Hidalgo, y los que vienen con él, intentan engancharnos y apoderarse de nosotros para entregarnos a los franceses, y que sus obras, palabra, promesas y ficciones son iguales o idénticas a las de Napoleón, a quien finalmente nos entregarían si llegaran a vencernos; pero que la virgen de los Remedios esta aún con nosotros y debemos pelear con su protección contra estos enemigos de la religión católica y de la quietud pública…”

5712 Brian Connaughton, “El cura párroco al arribo del siglo XIX: el interlocutor interpelado”, en Alicia Mayer, coordinadora, El historiador frente a la historia. Religión y vida cotidiana, (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2008), págs. 189-214.

5813 William B. Taylor, Ministros de lo sagrado. Sacerdotes y feligreses en el México del siglo XVIII, 2 volúmenes (México: El Colegio de Michoacán/Secretaría de Gobernación/El Colegio de México, 1999), II, pág. 669. Para este autor los curas en la rebelión no fueron tantos como afirmó Alamán o Ward, pero sí más de los que reconocieron Abad y Queipo y luego Bravo Ugarte; es decir, la importancia de los curas fue más cualitativa que cuantitativa: “…los curas párrocos fueron el blanco favorito de secuestros por ambos lados, ya fuera para reclutar a esos hombres influyentes o para neutralizarlos como contrincantes.”

5914 Daniela Ibarra, “La Iglesia de Michoacán, 1815-1821. Guerra, independencia y organización diocesana” (Tesis de maestría en Historia, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2009), pág. 41.

6015 Daniela Ibarra, “La Iglesia de Michoacán”, pág. 102.

6116 José Luis Silva Moreno, “El clero de Colima frente a la independencia”, in Estudios Jalicienses 74 (2008), págs. 21-36.

6217 Daniela Ibarra, “La Iglesia de Michoacán”, pág. 40.

6318 José Luis Silva Moreno, “El clero de Colima”, págs. 28-29. Un testigo refirió que el cura Bravo exhortó: “…a sus feligreses a que defendieran la justa causa hasta derramar la última gota de su sangre, y que debían estar sujetos a las potestades legítimas que a nombre a nuestro deseado monarca, el señor don Fernando VII (Que Dios Guarde) nos gobernarán.’ Tras ser liberado de su acusación de ser afecto a los insurgentes, Bravo demostró en ocasiones posteriores su lealtad a la causa justa y mantuvo así una activa correspondencia con el general de la Cruz, a quien le informaría de que tomó parte de una misión ordenada por la Mitra a la región de Zapotitlán en 1811 y que en 1812 entregó 18 armas de fuego largas y seis cortas a los vecinos de Zapotiltic a fin de formar un cuerpo de patriotas que defendieran al pueblo de las frecuentes incursiones de los rebeldes. [La mejor prueba de que las autoridades lo consideraban un fiel realista fue su ascenso al curato de Colima en 1814]”

6419 William B. Taylor, Ministros de lo sagrado, volumen II, pág. 669.

6520 William B. Taylor, Ministros de lo sagrado, volumen II, pág. 667.

6621 Eric van Young, La otra rebelión. La lucha por la independencia de México, 1810-1821, (México: Fondo de Cultura Económica, 2006), pág. 376.

6722 Sin duda, a la hora de valorar las posibles posiciones políticas del bajo clero es conveniente no olvidar el fuerte malestar provocado por un bando virreinal de 1812 que permitía a los jefes militares fusilar a los eclesiásticos acusados de insurgentes, sin previo juicio o degradación sacerdotal. En opinión de Farris, La Corona y el clero, este desconocimiento a la inmunidad eclesiástica del clero predispuso a muchos curas y vicarios en contra del realismo, lo cual, aunque no los llevó necesariamente a unirse a la insurgencia, sí los acercó mucho a una neutralidad o falta de compromiso con la continuidad del régimen.

6823 “Causa contra el colegial teólogo Francisco de Mugarrieta, quien fue acusado de expresar frases injuriosas contra Fernando VII”, in Archivo General de la Nación de México (en adelante: AGNM), Infidencias 4, exp. 1, f. 22.

6924 José Luis Silva Moreno, “El clero de Colima”, pág. 30.

7025 Rodolfo Aguirre Salvador, “Ambigüedades convenientes. Los curas del arzobispado de México frente al conflicto insurgente”, in Brian F. Connaughton, coordinador, Religión, política e identidad en la Independencia de México, (México: Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, 2010), págs. 273-305.

7126 AGNM, Operaciones de Guerra 38, f. 99.

7227 AGNM, Infidencias 42, exp. 2, f. 17.

7328 AGNM, Bienes Nacionales 729, exp. 9.

7429 Jesús Hernández Jaimes, “La insurgencia en el sur de la Nueva España, 1810-1814: ¿insurrección del clero?”, in Ana Carolina Ibarra, coordinadora, La Independencia en el sur de México, (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2004), págs. 59-102.

7530 David Carbajal López, “Clérigos y frailes en Veracruz ante la guerra de 1810”, in Juan Ortiz Escamilla, coordinador, Revisión histórica de la guerra de independencia en Veracruz, (México: Gobierno de Veracruz/Comisión para la Conmemoración del Bicentenario de la Independencia Nacional y del Centenario de la Revolución Mexicana/Universidad Veracruzana, 2010), pág. 251, señala que: “…son de advertir ciertas conductas comunes probablemente seguidas por esos párrocos anónimos, si es que decidían permanecer en sus pueblos: abogar por sus feligreses ante los comandantes militares, procurar el indulto de los insurgentes, salvar los bienes de los peninsulares presos, mantener la impartición de los sacramentos. Así pues, da la impresión de que los párrocos, si tal vez no apoyaban con decisión al régimen, cuando menos sí esperaban el restablecimiento de la paz.”

7631 Daniela Ibarra, “La Iglesia de Michoacán”, págs. 41-42.

7732 José Luis Silva Moreno, “El clero de Colima”, pág. 33.

7833 Antonio Escobar Ohmsted, “Las dirigencias y sus seguidores, 1811-1816. La insurgencia en las Huastecas”, in Marta Terán y José Antonio Serrano ortega, editores, Las guerras de Independencia en la América Española, (México: El Colegio de Michoacán/Instituto Nacional de Antropología e Historia/Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2002), págs. 217-236.

7934 Gisela von Wobeser, “La consolidación de vales reales como factor determinante de la lucha de independencia en México, 1804-1808”, in Historia Mexicana, LVI, no. 2 (2006), pág. 417.

8035 Eric van Young, La otra rebelión, pág. 411.

8136 William B. Taylor, Ministros de lo sagrado, vol. II, pág. 677.

8237 Una investigación reciente en este sentido es la de Moisés Ornelas Hernández, “A la sombra de la revolución liberal. Iglesia, política y sociedad en Michoacán, 1821-1870” (Tesis de doctorado, El Colegio de México, México, 2011).

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Para citar este artículo :

Rodolfo Aguirre Salvador, « El clero parroquial y la independencia de México: apuntes sobre su diversidad política y regional », Boletín AFEHC N°52, publicado el 04 marzo 2012, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=3035

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