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AFEHC : bibliografia : Glosas nuevas sobre la misma guerra. Rebelión campesina, poder pastoral y genocidio en Guatemala : Glosas nuevas sobre la misma guerra. Rebelión campesina, poder pastoral y genocidio en Guatemala

Ficha n° 3057

Creada: 05 junio 2012
Editada: 05 junio 2012
Modificada: 08 junio 2012

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Autor de la ficha:

Manuela CANTÓN DELGADO

Editor de la ficha:

Emilie MENDONCA

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Glosas nuevas sobre la misma guerra. Rebelión campesina, poder pastoral y genocidio en Guatemala

La antropóloga Manuela Cantón Delgado nos propone una lectura sútil y detallada del trabajo conjunto de Juan Carlos Mazariegos, Karen Ponciano y Ligia Peláez publicado por Avancso en su colección Textos para el Debate.
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Palabras claves :
Guatemala, Religión, Iglesia, Mujeres, Conflicto, Mundo rural
Categoria:
Libro
Autor:

Juan Carlos Mazariegos, Karen Ponciano, Ligia Peláez

Editorial:
Avancso
Fecha:
2009
Reseña:

1Los tres ensayos que componen esta obra, que distribuyen irregularmente su peso a lo largo de unas ciento cincuenta páginas, nos devuelven el rostro del horror contrainsurgente en los años más sangrientos de la guerra guatemalteca: las décadas de los setenta y los ochenta del siglo XX. Sus autores forman parte de un equipo de investigación sobre imaginarios sociales y en sus textos se ocupan de analizar éstos en relación a la organización campesina en Guatemala, en una primera fase (publicada en otro número) explorando la historización de tales imaginarios y en la segunda, cuyos resultados se recogen en este número, glosando la genealogía de experiencias organizativas campesinas. Sus protagonistas son los sujetos políticos, hombres y mujeres, que enfrentaron experiencias límite desde su participación como campesinos en la lucha armada o desde el compromiso laico con la Iglesia Católica. En todos los casos se deja ver la intensidad con la que los autores asumen una conciencia reflexiva sobre el papel del investigador que ve mezclada su propia subjetividad con la naturaleza innombrable y extrema de las experiencias narradas, como se dejan ver tanto los múltiples hilos que unen o separan estos tres ejercicios de reflexión y las tensiones inherentes a la búsqueda de marcos teóricos que den cabida y permitan tratar con rigor lo innombrable.

2Aunque los autores eluden elegante y rigurosamente el historicismo, hay que aclarar que los ensayos se sitúan de hecho, y con énfasis diverso, en los años que transcurren entre el terremoto de 1976, los acuerdos de paz y su puesta en marcha (1996-2006). Son tres décadas densas y por momentos atroces en la historia reciente de Guatemala, pero los textos hacen varios altos en ese camino situando el núcleo analítico en la creación del CUC (Comité de Unidad Campesina), las huelgas de la costa sur entre 1978 y 1981, el alzamiento armado guerrillero y esos años anegados de sangre y genocidio sistemáticos en los que el tiempo se detuvo, los años que corren entre 1981 y 1983. La renuencia a caer en el historicismo es paralela a la vocación hermenéutica de los tres textos. En ellos están presentes, aunque lejos de abundar, los testimonios, los relatos, las narrativas, invocando a Paul Ricoeur en su concepción del tiempo como narración. Testimonios de mujeres excombatientes, religiosos católicos, dirigentes políticos indígenas y campesinos, así como el testimonio mismo de los autores que unas veces parecen deslizarse en la autocomplacencia de la erudición teórica, otras en el dolor insondable encapsulado en los testimonios recogidos, a veces en la tensión y oscilación reflexiva entre ambos polos.

3El primero de los textos enhebra las relaciones entre la rebelión, el poder del Estado y el genocidio planificado, en el cruce de los relatos de varios dirigentes indígenas y campesinos. Es, a la vez, un ejercicio teórico de base posestructuralista y hermenéutica. El ensayo analiza las relaciones entre rebelión, genocidio y poder y es, al mismo tiempo, un intento por reconstruir la subjetividad campesina en su devenir histórico. Basado en una decena de entrevistas realizadas durante el trabajo de campo llevado a cabo entre 2004 y 2006 con varias organizaciones y dirigentes campesinos e indígenas pertenecientes a la Plataforma Agraria, el ensayo más extenso (Juan Carlos Mazariegos, La guerra de los nombres: Una historia de la rebelión, el genocidio y el ojo del poder soberano en Guatemala ) es, ante todo, una reflexión que relaciona la panopsis del orden-finca y la rebelión indígena y campesina. En esos años de 2004 a 2006 se habían gestado fuertes protestas campesinas, marchas, ocupaciones de fincas y negociaciones como consecuencia de la caída de los precios del café en el mercado mundial. Estos procesos, de los que el autor formó parte, no estuvieron exentos de manipulación, represión de las disidencias internas y negociaciones encubiertas que en nombre de la solidaridad, la resistencia y la lucha campesina, optaron muchas veces por el puro pragmatismo político. Quizás se habla demasiado poco de ello. Las contradicciones consustanciales a la mezcla de la investigación y la participación política volvieron la vista del autor hacia la constitución de la subjetividad campesina y la construcción de una relación política con sus sujetos de estudio. La fórmula utilizada por Mazariegos para escapar a la contradicción a la que nos aboca el trato en términos de abstracción teórica con la complejidad de las experiencias vividas por los otros fue, invocando al antropólogo Renato Rosaldo, la ubicación propia en el relato de esos otros, el reconocimiento en el relato de los otros, la empatía y la complicidad que se cuelan por los intersticios de una relación fundada sólo engañosamente en la neutralidad objetivista. Y el relato de los otros se ordena en la historia ficticia de un nombre ficticio, Gilberto Ramírez, una biografía polifónica e intertextual orquestada por Mazariegos para organizar las voces de los combatientes: “Gilberto Ramírez es el nombre propio de un hombre, hijo, padre, esposo, dirigente político, luchador y excombatiente kakchiquel que aprendió a ser ixil”. La fórmula ha sido sobradamente explicada por Pierre Bourdieu cuando apuesta por una sociología reflexiva en la que nuestra relación con el objeto sea a su vez objetivada, es decir, en la que nuestra relación sea también exposición arriesgada (de nuestra subjetividad) y no mera exhibición (de nuestra autoría).

4Y fue en las conversaciones que fraguaron el relato intertextual del ficticio Gilberto Ramírez que el autor se sorprendió conmocionado por la rebelión y el genocidio, “un portazo inesperado e ineludible que golpeó mi rostro”. De este modo, el ensayo de Mazariegos analiza asimismo el genocidio como un estado de excepción habilitado por la maquinaria aplastante del Estado para responder a la subversión y castigar al enemigo interno. Pero lejos de redundar en la explicación histórica y antropológica de los procesos de larga duración que han construido la sociedad guatemalteca respecto a la violencia, la militarización, la explotación y el racismo, Mazariegos se desliza hacia la complejidad mediante la exploración del exceso, lo inexplicable, lo innombrable que aparecía en el fondo sombrío de todos los relatos sobre las masacres. Y lo que no puede nombrarse del todo, concluye el autor, no es el dolor, la ira o el sufrimiento, el horror de la matanza, sino ese caer en el vacío propio de los sueños que sucede cuando se cancela el tiempo, cuando tiene lugar “una ruptura en la secuencia del tiempo”. Así, el ensayo “es una reflexión de esa ruptura temporal, de esa experiencia excesiva que yo mismo sentí en el relato: esa sensación abismal casi innombrable del horror y su exceso”. Tratar de la ruptura temporal que supuso el genocidio no equivale a hablar por ninguno de los supervivientes, tampoco reconstruir la historia, porque de lo que se habla es precisamente de su quiebra. Equivale únicamente a hablar desde la relación política del autor y desde la exposición de su propia subjetividad. El texto quiere ser, finalmente, un ejercicio reflexivo de escritura que habla de la intensidad del relato de esa relación política y de la exposición al horror de lo innombrable.

5Hay no obstante, entre otros, un dato muy interesante en el ensayo de Mazariegos. Para sorpresa del autor, las narrativas recogidas establecían una relación causal entre el genocidio, ocurrido principalmente en las comunidades indígenas del altiplano guatemalteco, y el trabajo en las fincas, las huelgas campesinas de la costa sur (la paralización de la producción de café, algodón y azúcar) a fines de los setenta y primeros de los ochenta, lideradas por el CUC y el movimiento sindical guatemalteco entre 1979 y 1980. Sin las relaciones de poder existentes entre las fincas especialmente de la costa sur (zona de producción agroindustrial) y el altiplano (zona de abastecimiento de mano de obra barata o gratuita), entre los blancos criollos (latifundistas) y la servidumbre indígena (minifundista), no pueden entenderse la insurrección, la guerra y el genocidio. El autor confiesa que desconocía esta relación causal, revelada una y otra vez en los relatos. Y es a partir de esta revelación que el autor analiza, siguiendo a Foucault y a Lacan, el espacio de poder del orden-finca como una maquinaria panóptica de registro e identificación que la rebelión campesina subvirtió, de manera que el genocidio, ocurrido masivamente entre finales de 1981 y principios de 1983, iniciado en Chimaltenango y desplegado en el altiplano occidental (“Plan Victoria 82”) fue, en palabras del autor, “un acto calculado cuyo objetivo era restituir el poder del orden-finca”. El poder soberano decretó la persecución implacable del enemigo interno. Sobrevino la suspensión de todo derecho, habilitada por el propio estado de derecho del poder soberano. El orden social finquero es así el nexo de unión entre rebelión, genocidio y poder soberano: “La insurrección dentro del orden-finca guatemalteco fue asumida como un estado de emergencia que, finalmente, desembocó en el genocidio indígena”. El apartado que dedica a reflexionar sobre carne, cuerpo y biopolítica parte de los argumentos de Judith Butler sobre la materialidad de los cuerpos como un efecto del poder, sobre el cual operan esquemas regulatorios y mecanismos de vigilancia y control capaces de producir cuerpos. La gran violencia fue, en este sentido, una violencia biopolítica que terminó en el genocidio maya. Los resistentes, sublevados y alzados en armas, argumenta el autor, no fueron víctimas pasivas de la manipulación ideológica por parte “de teologías marxistas y guevarismos guerrilleros” que acabaron por conducirles al sacrificio comunal, sino sujetos políticos llevados por una voluntad de rebelión que – eso sí – no siempre fue unitaria.

6En segundo lugar Karen Ponciano, antropóloga, se detiene a analizar la implicación histórica de los agentes pastorales de la Iglesia Católica en la lucha campesina guatemalteca a mediados de los años setenta. Las historias de vida de religiosos, próximos a la Teología de la Liberación, que jugaron un papel activo en los procesos políticos que desencadenaron la creación del CUC son, también en este segundo ensayo, el hilo conductor. En Experiencias pastorales y lucha campesina, 1970-1980. Una lectura a partir de historias de vida, el énfasis recae en las dinámicas movilizadoras de las luchas campesinas asumidas como un campo analítico del que las prácticas religiosas son indesligables, así como en el análisis de los procesos de subjetivación y en la concientización de los agentes pastorales al contacto iniciático con una realidad extrema que sacude sus convicciones e impulsa la aparición de un mayor contenido social en las lógicas pastorales. Como fondo histórico, el espíritu del Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín de 1968, pero son las trayectorias personales del clero diocesano nacional o de los catequistas comunitarios las que al cabo explican el nuevo “sentido de misión” de estos agentes pastorales. El interés central de la autora radica en entender el proceso de construcción de esa experiencia de ruptura, de descentramiento, la conmoción expresada en las historias de vida en términos de la emergencia de una conciencia social. Hay en estas páginas un esfuerzo por teorizar desde las trayectorias personales y la experiencia del sujeto construida en los testimonios orales para llevarlos más allá de su uso meramente ilustrativo, y de nuevo un lenguaje posestructuralista y foucaultiano sobre el Poder, así como un abordaje hermenéutico de los relatos: las historias de vida sobre las que la autora construye el análisis se arman a partir de dieciséis entrevistas individuales, una opción metodológica que la autora estima consecuente con el debate, mantenido dentro del equipo encargado de estudiar Imaginarios Sociales en AVANCSO, en torno a los procesos de subjetivación, la interpretación de la historia y la acción política.

7El tercero de los ensayos es quizás el más vívido, el más imperfecto, también el más breve. Tiene su origen en la petición expresa de la que fueron objeto un grupo de científicas sociales para narrar los procesos vividos por mujeres excombatientes ixiles del Frente Ho Chi Minh del Ejército Guerrillero de los Pobres (E.G.P.) quienes, a principio de la década de los ochenta, se integraron en la lucha armada. Mujeres indígenas y lucha revolucionaria. Reflexiones acerca de las alzadas y la disputa por la memoria, de la antropóloga Ligia Peláez, es el resultado de las entrevistas abiertas y las discusiones grupales realizadas a lo largo de un año, que dieron lugar a la revelación de una subjetividad muy especial: la de aquellas mujeres indígenas sustraídas por voluntad propia a las convenciones de su universo doméstico y sus roles asignados, que desean narrar ese proceso de emancipación y reivindicar su papel como sujetos políticos que desafiaron varias hegemonías, de etnia, de clase, de género, y que desean ir más allá del victimismo reificador para que se les reconozca su agencia histórica, buscando para tal fin a narradoras externas que eviten el olvido de sus nombres y sus gestas1.

8Estamos ante tres ejercicios de reflexión valientes y complejos. Pero la intención, palpable y declarada en los tres ensayos, de evitar una definición transhistórica y primordialista de lo indígena o lo campesino para abordarlos como construcciones históricas en una relación posestructuralista y foucaultiana con el poder, no evita otras posibles reificaciones que tiene que ver con los ideales de la dignidad (indígena y campesina), las razones de la rebelión campesina o cierta idealización de los encajes entre el imaginario religioso católico liberacionista, el trabajo pastoral y el universo campesino (en un ensayo, el de Karen Ponciano, en el que los sujetos individuales, las historias de vida, los soportes encarnados de esa subjetividad de resistencia, simplemente no se ven). No sé si basta advertir que la dignidad no será tratada como un valor humano consustancial a nuestra naturaleza y, por tanto, como un valor moral a priori, sino como un dispositivo que impulsa la resistencia, la lucha y que, en consecuencia, se desplaza hasta situarse en el plano de lo político y en un saber de resistencia que busca ensanchar la acción de los sujetos subalternos y quebrar las hegemonías del poder. Si bien el poder no es exclusivamente identificado con el Estado represivo sino que lo vemos desplegarse en las complejas relaciones entre la subjetividad campesina y el poder pastoral, o entre aquella y el “orden-finca” panóptico, que registra, reprime y vigila, los vericuetos del movimiento popular o de las organizaciones campesinas y guerrilleras, hasta en los nombre propios, el secreto y el pseudónimo, hay en estos textos una militancia política muchas veces explícita que vuelve por momentos engañoso el compromiso con la complejidad, la contradicción y la reflexividad. Porque ésta consiste esencialmente el vigilar la relación no analizada con el objeto de análisis y los intereses políticos de los autores – también situados dentro de un campo. Los sublevados no fueron todos los indígenas, “pero sí una porción crucial” de los mismos, afirma Mazariegos. Qué porción, qué ocurrió con las otras porciones, quién habla por ellas y de ellas. Hay una subordinación coordinada de las voces y las perspectivas múltiples, una vocación teorizadora y política indisimulada a mi juicio excesiva, que uniformiza las voces de aquellos cuya experiencia compleja se reivindica. Hay también un fondo doctrinario no siempre sutil que unifica los textos y se hace especialmente perceptible en el tercero de ellos, el más esquemático de los tres, cuando en nombre de la lucha “contra un sistema de opresión económica, social y política” que, al parecer, sólo puede ser interpretada de una única manera, se deslegitiman innecesariamente textos tan solventes como Between two Armies, de David Stoll, o La guerra en tierras mayas, de Yvon Le Bot. Y hay, finalmente, un ruido sordo al fondo de cada texto posiblemente inevitable: tratar el horror con palabras es un arte difícil, hacerlo con erudición obliga a acrobacias inverosímiles, teorizar la experiencia abismal del asesinato masivo puede rozar el despropósito. El límite, la ruptura temporal, la cancelación del tiempo, la historia entre paréntesis desaguan en una loable visión no lineal sino reticular y compleja entre los acontecimientos, pero la esencia de lo tratado es a fin de cuentas el abismo.

9



Manuela Cantón Delgado,
Departamento de Antropología Social,
Universidad de Sevilla (España).





101 La misma metodología fue utilizada por la misma Ligia Peláez y otro equipo de investigadoras en su trabajo Memorias rebeldes contra el olvido reseñado en AFEHC. Dicha nota es de la editora.

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