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AFEHC : bibliografia : Los hacendados de Yucatán (1785-1847) : Los hacendados de Yucatán (1785-1847)

Ficha n° 3398

Creada: 11 mayo 2013
Editada: 11 mayo 2013
Modificada: 11 mayo 2013

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Autor de la ficha:

Felipe CASTRO

Editor de la ficha:

Emilie MENDONCA

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Los hacendados de Yucatán (1785-1847)

Un aporte valioso al estudio del mundo agrario de la península yucateca en la época colonial.
984
Palabras claves :
México, Yucatán, Agricultura, Hacienda, Peones, Hacendados
Categoria:
Libro
Autor:

Laura Machuca

Editorial:
CIESAS
Ubicación:
México
Fecha:
2011
Reseña:

1Sobre la propiedad agraria en Yucatán teníamos un panorama bastante satisfactorio, pero incompleto. Gracias a la historiografía previa (notablemente, las obras de Robert Patch y Pedro Bracamonte) conocíamos razonablemente bien su extensión (esto es, no eran los vastos latifundios del centro de México), producción (agropecuaria, cañera, de palo de tinte, posteriormente henequenera), nivel de endeudamiento (crónico y elevado) y las relaciones de trabajo predominantes (en particular, el peonaje y el peculiar sistema de los “luneros”, que pagaban una renta de maíz por ocupar algunos terrenos), así como las relaciones conflictivas y complejas que tuvieron con las tierras comunales. Lo que falta nos hacía era considerar con detenimiento a sus propietarios, que habían sido vistos más bien lateralmente, y con aproximaciones estimativas. Es de lo que se ocupa en este libro Laura Machuca, bien conocida por los lectores del pasado colonial por sus trabajos previos sobre el comercio de la sal, el cacicazgo y, ciertamente, la propiedad de la tierra.

2La autora se apoya en una pertinente compilación de datos de 1176 propietarios, derivada de fuentes documentales, que clasifica por oficio, género y nivel socio económico. De ahí se derivan varias tablas aunque, por alguna razón, hay pocos cálculos propiamente cuantitativos. Sobre esta amplia base, la autora confirma (en algunos casos), precisa (en varios otros) y en ocasiones corrige las ideas establecidas, y a veces demasiado rutinariamente aceptadas, sobre las haciendas peninsulares. Su principal aportación, desde luego, tiene que ver con los propietarios. Entre ellos distingue a los radicados en Mérida, que pertenecían en buena medida a la antigua élite de familias de encomenderos y oficiales de la Corona, aunque con el tiempo los cambios políticos permitieron la movilidad ascendente de nuevos sectores.

3El otro gran grupo de propietarios sería una “élite rural”, que incluía a propietarios medianos que vivían en sus tierras, eran frecuentemente alcaldes, jueces de paz, jefes políticos o subdelegados, o bien clérigos, y en el que aparecían también indígenas mayas (comúnmente, los caciques, que en esta región desempeñaban funciones similares a las de los gobernadores del México central). Los distintos miembros de este sector ejercían un importante poder local y contaban con relaciones clientelares que les permitían apropiarse frecuentemente de tierras de cofradías, familiares o individuales. Constituían un sector intermediario entre la ciudad y el campo, entre las élites urbanas y los campesinos mayas, y desde este punto de vista son muy relevantes para comprender la vida rural y política de la época.

4En conjunto, esta obra presenta argumentos convincentes y del mayor interés, respaldados por varias bien documentadas “mini biografías” de hacendados, que llevan las definiciones generales abstractas a una demostración más concreta e inmediata. Ofrece, ciertamente, una buena lectura, con la justa proporción entre análisis y narrativa.

5Cabe hacer algunos comentarios. Un recurso metodológico reiterativo es la comparación con las haciendas del centro de México. Tal parece que las yucatecas se parecían a las de Oaxaca por su moderado tamaño y producción, y a las de Puebla por su extensión y endeudamiento a favor de instituciones religiosas; pero en la península ni el arrendamiento ni la aparcería fueron importantes. En general, estas propiedades no resultan semejantes a la de ninguna otra región, y los casos presentados parecen confirmar esta aseveración. El mismo concepto aplicado presenta algunas dudas que la autora no evade: en último término, decide para efectos prácticos que las haciendas peninsulares lo son porque así las llamaban sus dueños. Como criterio analítico resulta un tanto agnóstico, pero es una cómoda solución transitoria. Otra opción sería aceptar una especificidad yucateca, resultado de un contexto y un proceso histórico peculiares, por lo cual estas haciendas no deberían compararse más que entre sí mismas, en lugar de tratar de encontrar su lugar en un modelo que, a fin de cuentas, no tiene más fundamento que una realidad política y jurisdiccional.

6Otro elemento muy llamativo es la importancia de los clérigos entre los hacendados, de los que presenta la autora varios ejemplos particulares. Desde luego, no eran socialmente homogéneos, pero dentro de su inevitable variedad, parecen haber tratado relativamente mejor a sus peones y no utilizaban tanto el endeudamiento como forma de retenerlos contra su voluntad. La razón parece haber sido la posibilidad de recurrir al prestigio ritual y profesional de su oficio para obtener concesiones de los indígenas, aunque de la relación presentada no resulta claro cuántos eran párrocos en la misma región en que se hallaban sus propiedades -un dato que no sería menor. Es, en general, una hipótesis que bien valdría desarrollar en estudios sobre los aspectos culturales del ejercicio de la autoridad, y la existencia (o no) de ciertas obligaciones recíprocas entre hacendados y pueblos de indios en el agro yucateco.

7He dejado para el final un aspecto que interesa mucho a la autora: las hacendadas. Todo un capítulo les está dedicado, y de las cifras se deduce que eran el 18.6% de las propietarias, ya sea que hubiesen obtenido estos bienes por dote, compra o herencia. ¿Configuraban un grupo en sí, con suficientes características peculiares para ser considerado separadamente? O en otros términos, ¿se justifica una perspectiva de género? Por la negativa pesaría el hecho de que, como era de esperarse, su condición social era variada, y entre ellas había tanto integrantes de la élite meridana como mayas de modesta condición. Y desde luego, en la legislación existente la administración concreta de los bienes quedaba a cargo de los esposos, excepto en el caso particular de las viudas. Por otro lado, la autora halla que las haciendas que estaban en manos de mujeres tenían menos deudas, contaban con más cuentas de los peones a su favor, y eran más propensas a acudir ante la justicia contra sus colindantes mayas. Son datos, por lo menos, intrigantes, que bien valdría examinar en otros ámbitos para comprobar si forman, eventualmente, un patrón diferenciado de conducta.

8Como puede apreciarse, hay en Los hacendados de Yucatán, 1785-1847, datos, narrativas y argumentos del mayor interés para nuestra comprensión del pasado agrario yucateco. Y como sucede con las buenas obras, deja preguntas y abre perspectivas sobre las que bien valdría regresar en algún futuro cercano.

9Felipe Castro Gutiérrez
Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM.

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