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AFEHC : articulos : La incursión del pirata Edward Mansvelt en Costa Rica y sus consecuencias en las poblaciones indígenas del Caribe y Llanuras del Norte (año de 1666). : La incursión del pirata Edward Mansvelt en Costa Rica y sus consecuencias en las poblaciones indígenas del Caribe y Llanuras del Norte (año de 1666).

Ficha n° 3448

Creada: 26 junio 2013
Editada: 26 junio 2013
Modificada: 19 enero 2014

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Autor de la ficha:

Juan Carlos SOLÓRZANO

Editor de la ficha:

Elizabeth MONTANEZ SANABRIA

Publicado en:

ISSN 1954-3891

La incursión del pirata Edward Mansvelt en Costa Rica y sus consecuencias en las poblaciones indígenas del Caribe y Llanuras del Norte (año de 1666).

Este artículo analiza el ingreso del pirata Edward Mansvelt a la provincia de Costa Rica en 1666 al mando de 600 hombres con la intención de apoderarse de Cartago y continuar su marcha hacia la costa del Pacífico. Se estudian los antecedentes del desarrollo de la piratería en el Caribe de Centroamérica, las acciones tomadas por el gobernador de Costa Rica para rechazar la incursión pirática así como el impacto que éstas tuvieron en las poblaciones indígenas de dos grupos indígenas: los tariacas ubicados en la costa del Caribe y los botos en la región de las Llanuras del Norte.
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Palabras claves :
Piratas, Defensa militar, Pueblos indígenas
Autor(es):
Juan Carlos Solórzano F.
Fecha:
Septiembre de 2013
Texto íntegral:

Introducción

1 Desde que España y Portugal establecieron su dominio sobre los territorios americanos, se sustentaron en la Bula Pontificia Inter Caetera otorgada por el Papa Alejandro VI a los Reyes Católicos en mayo de 14931. Un año más tarde, los representantes de Isabel y Fernando, reyes de Castilla y Aragón, así como el representante del rey Juan II de Portugal se reunieron en la ciudad de Tordesillas con la intención de establecer el reparto definitivo de las zonas de navegación y conquista del Océano Atlántico y del nuevo continente recién descubierto por Cristóbal Colón. En éste, se fijó un meridiano imaginario, ubicado a 370 leguas al oeste de las Islas de Cabo Verde por medio del cual las monarquías de España y Portugal delimitaron sus respectivas áreas de colonización en América, excluyendo así a las demás naciones europeas de su participación en la colonización y comercio en las nuevas tierras descubiertas.

2 Las emergentes potencias europeas no aceptaron este monopolio, garantizado por el Papa y ratificado por el mencionado tratado, de las tierras de América sólo para las monarquías portuguesa y española. A largo plazo, la más significativa reacción de las naciones noroccidentales europeas fue establecer sus propias colonias en territorio americano, así como entablar relaciones de comercio ilegales (contrabando) con las colonias de España y Portugal. Sin embargo, inicialmente tanto Francia como Inglaterra realizaron expediciones de saqueo hacia los puertos americanos, con la intención de saquear las bodegas cargadas de mercancías listas para su exportación hacia España. También llevaron a cabo los primeros ataques a los barcos españoles que regresaban hacia España, cargados de los tesoros americanos. Según los investigadores Carolyn Hall y Héctor Pérez Brignoli, durante el siglo XVI e inicios del XVII, transcurre la primer etapa de la piratería en América, que se extendió de 1530 a 1607, la cual alcanza su mayor violencia a fines de la primera centuria con los llamados Sea Dogs o “perros del mar”, como eran conocidos en la época de Isabel I de Inglaterra los aventureros y comerciantes ingleses que practicaban la piratería y el corso, especialmente entre 1560 y 16052.

3 A partir de mediados del siglo XVII, con la implantación de los holandeses, franceses e ingleses en islas del Caribe, que habían logrado arrebatarle a los españoles, se inicia una nueva etapa de piratería en la que aventureros de esas naciones emplean éstos nuevos territorios como punto de envío de expediciones de saqueo de las costas del Caribe centroamericano. Esta nueva etapa la sitúan los mencionados investigadores entre 1630 y 1690. Se caracteriza principalmente por el surgimiento de grupos de piratas de muy diversas nacionalidades, quienes primeramente se instalan en Isla Tortuga, una isla situada a pocos kilómetros al norte del extremo nor-occidental de la isla La Española (hoy compartida por Haití y República Dominicana).

4 Al principio se dedicaban a apresar ganado vacuno silvestre que se había propagado en la isla Española, cuya carne ahumaban y comerciaban con los barcos que pasaban obligatoriamente por el canal marítimo ubicado entre ambas islas. Pero cuando los españoles comenzaron a hostigarlos en sus correrías por la isla La Española, empezaron a atacar las embarcaciones españolas que navegaban cerca de la costa de Isla Tortuga, y una vez dotados de embarcaciones, las emplearon para comenzar a saquear directamente los barcos primero y más tarde organizar expediciones hacia las costas del Caribe. Desde mediados del siglo XVII estos individuos serán llamados indistintamente con los términos de pirata, bucanero o filibustero. Prácticamente los términos eran intercambiables, pero originalmente el vocablo bucanero se aplicaba a los aventureros asentados en Isla Tortuga, por su costumbre de ahumar la carne colocándola sobre una enramada que montaban sobre un fuego. Método que habían aprendido de los indígenas caribes habitantes de La Española, quienes llamaban mucan, a la armadura de ramas que formaban sobre el fuego para allí colocar los trozos de carne que ahumaban. El vocablo pasó al francés como boucan y éste dio origen a bucanero3.

5 En cuanto a la palabra filibustero, ésta proviene del holandés ( vrijbuiter ), pirata en esta lengua, pero se la empezó a utilizar para referirse a los piratas de habla inglesa, holandesa o francesa que se desplazaban en un tipo de embarcación de carga denominado filibote4.

6 En el caso de Centroamérica, ésta fue la época de apogeo de los ataques de piratas pues fueron innumerables las expediciones de saqueo organizados por éstos en distintas localidades centroamericanas situadas tanto en el Caribe como en el Pacífico. Los investigadores Hall y Pérez Brignoli señalan los ataques en distintos puntos del Caribe en los años siguientes: en San Felipe de Lara (Guatemala), en 1639, 1643, 1679 y 1684; en el extremo norte-occidental de Honduras en 1660 y 1665; en las Islas de la Bahía, en 1639; en el puerto de Trujillo en 1639, 1642, 1665 y 1678; en Río Tinto en 1639, 1642, 1665 y 1678. En Nicaragua, los piratas desembarcaron en sus costas y avanzaron hasta las ciudades situadas en su interior. Así, Nueva Segovia fue atacada en 1654, 1676 y 1689, en tanto que Matagalpa en 1643. Y, en la costa del Pacífico, los ataques predominaron en El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, en la década de 1680. En El Salvador: Ereguayquín, Intipucá, Amapala, Usulután, Jucuarán y Meanguera; en Honduras en Isla del Tigre; en Nicaragua: El Viejo, Chinandega, El Realejo y Granada; en Costa Rica: en Nicoya y Esparza5.

7 El episodio aquí analizado, el ingreso del corsario Edward Mansvelt al mando de más 600 hombres a la provincia de Costa Rica en 1666, se inserta en el contexto de esta segunda oleada de piratería en el Caribe. Período que fue el más violento en términos de pérdidas para los españoles pues los ataques se realizaron no sólo en los litorales del Caribe, sino en los del Pacífico pues en varias ocasiones los piratas cruzaron el istmo de América Central de lado a lado, atacando así la ciudad de Panamá, Granada de Nicaragua, Esparza en Costa Rica, el pueblo de Nicoya, así como diversas poblaciones de El Salvador6.

8Durante toda la segunda mitad del siglo XVII el gran temor de los españoles fue que los piratas, al obtener patentes de corso otorgadas por la Corona Británica lograran apoderarse de una porción del territorio ístmico de América Central. En caso de alcanzar este objetivo, implantarían una cuña enemiga, la que cortando el continente en dos, les permitiría actuar en ambos litorales de su Imperio en América7.

9Las poblaciones autóctonas que ocupaban gran parte de los territorios de las costas del Caribe, no habían sido integradas al dominio colonial español por lo que asumieron una actitud ambivalente ante los piratas extranjeros. Por un lado trataron de establecer relaciones amistosas con ellos pues los consideraron enemigos de sus también enemigos, los españoles. Pero los piratas no siempre actuaron pacíficamente con ellos, pues igualmente los expoliaban, lo que las colocó en una situación de gran dificultad: por una parte debían enfrentar a los frailes y sus escoltas de soldados quienes con cierta regularidad ingresaban en sus territorios con la intención de someterlos. Por otra, ahora desde la costa veían surgir esta nueva amenaza que representaban los piratas, portadores no sólo de violencia sino de enfermedades contra las que los indígenas carecían de defensas inmunológicas.

10 Los indígenas de Talamanca, en la región del Caribe sur tuvieron que enfrentarse a esta situación: los ingleses y sus aliados zambos-mosquitos de Nicaragua comenzaron a atraparlos con la intención de llevarlos esclavizados hacia las plantaciones azucareras que comenzaron a surgir en la isla de Jamaica, en manos de los ingleses desde 16558.

11 En este trabajo nos interesa no sólo narrar los acontecimientos relativos a la incursión del pirata Mansvelt en Costa Rica, sino destacar las medidas tomadas por el gobernador de Costa Rica en ese entonces, don Juan López de la Flor, militar que había peleado en Flandes, alcanzando el grado de maestre de campo, y las consecuencias que éstas tuvieron en el caso particular de dos poblaciones indígenas: los tariacas en la región del Caribe y los botos en la región de las Llanuras del Norte de Costa Rica.

Antecedentes históricos de la piratería en América Central en el siglo XVI.

12 Los franceses comenzaron a atacar barcos españoles en el Caribe desde las décadas de 1520 y 1530, amenazando por vez primera el puerto de Nombre de Dios en Panamá, en 1537, cuando se iniciaban las primeras exportaciones de metales preciosos procedentes del Perú hacia España9.

13 Durante la segunda mitad del siglo XVI las actividades de los corsarios se tornaron muy frecuentes, iniciándose los primeros ataques directos a los puertos de Trujillo, Puerto Caballos (actual Puerto Cortés) y Santo Tomás de Castilla, en las décadas de 1560 y 1570. Así durante el resto de la segunda mitad de esa centuria, en innumerables ataques de ingleses y franceses, éstos se apoderaron de los cargamentos de índigo, zarzaparrilla, cueros y bálsamo almacenados en esos puertos. Como respuesta, los españoles construyeron una serie de pequeñas fortificaciones para intentar defenderse de los múltiples ataques10.

14 El mayor peligro para los españoles se situaba en el istmo de Panamá, por donde transitaban la plata y otros tesoros enviados desde Perú hacia España. En la década de 1570, el corsario inglés Francis Drake atacó tres veces el puerto de Nombre de Dios, asaltando igualmente Chagres, en la ruta del llamado Camino de las Cruces que servía para la exportación e importación, vía el río de Chagres hacia el puerto de Nombre de Dios.

15 Otros ingleses atacaron Panamá posteriormente y, en la década de 1590, Drake nuevamente arremetió contra Chagres y Nombre de Dios antes de morir de disentería y ser depositado solemnemente en la Bahía de Portobelo. Enfrentado a estas crecientes amenazas, Felipe V comisionó al arquitecto italiano Battista Antonelli la construcción de una serie de fortificaciones en los principales puertos del Caribe. La construcción de estas estructuras defensivas y el tratado de paz firmado con Inglaterra en 1604, se combinaron para poner término a éste primer período de piratería en el Caribe. Y, aunque los holandeses atacaron Santo Tomás de Castilla (en Guatemala) en el año de 1607, dos años más tarde se inició una tregua con los españoles, que se tradujo en la ausencia de este tipo de amenazas durante tres décadas11. Sin embargo, a partir de 1630 una ola de piratería se abate sobre los puertos y poblaciones de América Central, la cual se mantendría hasta fines de esa centuria. Es en el contexto de esta nueva y recrudecida ofensiva de piratas, bucaneros y filibusteros que se lleva a cabo el intento del pirata Mansvelt por apoderarse de la ciudad de Cartago en Costa Rica.

Edward Mansvelt y la segunda oleada de piratería en el Caribe

16 A partir de 1630 comenzó entonces la segunda oleada de piratería en el Caribe, cuando las potencias rivales de España lograron fundar enclaves en algunas de las islas de las Antillas Menores: los ingleses se instalaron temporalmente en la Isla Providencia en 1629 y en las Islas de la Bahía en 1638, convirtiendo a ambas en las primeras bases de ataques a los asentamientos costeros españoles en Centroamérica.

17 Los franceses, por su parte, ocuparon la porción occidental de la isla La Española, donde se había extendido el ganado cimarrón, una vez que la población autóctona quedó al borde de la extinción, aprovechándose de que no había colonos españoles en esa parte de la isla. Pero cuando las autoridades españolas se organizaron militarmente para expulsarlos, los franceses se vieron obligados a trasladarse hacia un islote llamado Isla Tortuga, que pronto se convirtió en refugio de toda clase de aventureros que se dedicaron primeramente a atacar los barcos españoles que pasaban cerca de sus costas, aunque más tarde se organizaron para lanzar expediciones de saqueo a los asentamientos españoles en todo el Caribe.

18 En Isla Tortuga se conformó la llamada Hermandad de la Costa, una confederación de aventureros piratas a cuya cabeza, en la década de 1660, se encontraba el capitán Edward Mansvelt, quien aparece mencionado por vez primera en 1659 en una comisión que le confirió el gobernador de Jamaica Edward Doyley12. Este gobernador había comenzado, desde dos años atrás, a otorgar patentes de corso a todo pirata que se las pedía, con la única condición de que prometiese dar luego a la Corona británica su parte correspondiente del botín.

19 En esos primeros años de colonización inglesa en Jamaica, los gobernadores habían comprendido que necesitaban de los piratas de la Hermandad de la Costa. Estos les garantizaban protección militar en momentos en que Inglaterra aún carecía de una Armada que brindara protección a su recién adquirida posesión en el Caribe e igualmente traían provisiones de sus asaltos a los asentamientos españoles con los que garantizaban el aprovisionamiento de la isla. Fue así como se inició una serie de ataques de fuertes contingentes de piratas bajo la dirección de sus líderes, que asolaron los puertos de Cumaná, Puerto Cabello y Coro en ese año y, tres años más tarde, Santiago de Cuba y Campeche fueron objeto del ataque de sendas expediciones piráticas que salieron de Port Royal, en Jamaica.

20 Los conflictos europeos se habían trasladado al Caribe y las autoridades de Jamaica se valieron de los piratas de Isla Tortuga, quienes actuaron al servicio de la Monarquía inglesa en sus enfrentamientos con españoles, holandeses y franceses. Sin embargo, cuando en 1664 se nombró al nuevo gobernador, el Coronel Thomas Modyford, éste recibió órdenes del Rey inglés Carlos II, de restablecer las buenas relaciones con los dominios españoles y abstenerse de conceder patentes de corso. También se le solicitó que enviara a los piratas una proclama ordenándoles que trataran a todos los españoles como amigos y aliados y que se abstuvieran de atacar sus naves y apoderarse de sus bienes13.

21 De los 1.500 piratas que se suponía operaban en ese momento en el Caribe, sólo tres se presentaron ante el gobernador Modyford. Entonces, alarmado éste temió que se pudiesen aliar con los franceses, holandeses o los mismos españoles y atacaran a la propia Jamaica, carente de defensas. Modyford consideró que si los ingleses no les proveían de patentes de corso, éstos terminarían por obtenerlas de los franceses. A esto se añadió que en 1665 estallaron las hostilidades entre Holanda e Inglaterra, lo que sería el inicio de la 2ª. Guerra Anglo-Holandesa. Modyford decidió así comisionar a los filibusteros de Isla Tortuga de atacar las posesiones holandesas en el Caribe. En 1665 el Coronel Edward Morgan al frente de una gran expedición bajo los auspicios y con patente de corso entregados por Modyford, atacó exitosamente la islas holandesas de San Eustaquio y Saba (Nevis14).

22 Alentado por el éxito de esta expedición, Modyford pensó que una nueva y más poderosa expedición sería capaz de sacar a los holandeses de Curazao, la más importante de sus colonias, y de esta forma expulsarlos definitivamente de sus posesiones en América. Encargó al capitán Edward Mansvelt, a la sazón jefe de los piratas de la Hermandad de la Costa, a hacerse cargo de una gran expedición que iría a atacar a los holandeses de Curazao. Éste recibió el título de almirante y como auxiliar suyo se nombró vice-almirante a Henry Morgan, sobrino de Edward, quien había muerto súbitamente durante el ataque a la isla de San Eustaquio.

23 Mansvelt y Morgan salieron de Jamaica con 15 navíos y alrededor de mil hombres. Sin embargo, es probable que Mansvelt, quien era holandés así como algunos de sus hombres, no tenía muchos deseos de atacar a sus compatriotas de Curazao, por lo que, desobedeciendo las órdenes de Modyford, se trasladó hacia Panamá donde fracasó en su intento de penetrar por el río Coclé y alcanzar la villa de Natá en el Pacífico. Allí logró capturar un español, quien supuestamente le habría aconsejado de ir a la provincia de Costa Rica y atacar la ciudad de Cartago, para de allí pasar hasta la costa del Pacífico y apoderarse de una embarcación que estaba siendo construida en Nicoya. Así dispondrían de un medio de transporte con el que podrían surcar el Pacífico y dirigirse a saquear Granada de Nicaragua y otras ciudades en el Pacífico Hispanoamericano.

El corsario Edward Mansvelt desembarca en Portete y avanza hacia Cartago

24 En Bocas del Toro (Panamá), Mansvelt dejó 5 de sus mayores barcos con unos 400 hombres y embarcó el resto (más de 600 hombres) en 9 naves más pequeñas dirigiéndose hacia El Portete, actualmente una playa cercana a Puerto Limón, donde desembarcó el 8 de abril de 1666. Allí logró sorprender a la vigía establecida por los españoles, pasando entonces sigilosamente hacia Matina, que logró tomar por sorpresa durante la noche. Allí hizo prisioneros a unas 35 personas que se encontraban en las haciendas cacaoteras. También en Matina contaron con el apoyo que les dio uno de los prisioneros, llamado Roque Jacinto Hermoso, español natural de Moguer, quien se prestó a servir de guía a los piratas y quien conocía muy bien los caminos entre la costa del Caribe y la ciudad de Cartago, pues había servido en una infructuosa expedición que algunos años atrás había realizado el gobernador Rodrigo Arias Maldonado en Talamanca15.

25 Capturados quienes se encontraban en Matina, los piratas continuaron su marcha, enviando previamente a un grupo de exploradores con el fin de que fuesen atrapando a quienes pudieran dar aviso de la llegada de los filibusteros. Luego de cruzar a nado el río Reventazón llegaron a una hacienda perteneciente a Alonso de Bonilla donde sorprendieron a los trabajadores que allí se encontraban, resultando en la muerte de uno de ellos. Sin embargo, un indígena del pueblo de misión de San Juan Teotique, ubicado en las cercanías de Turrialba, en el sitio hoy conocido como Tayutic, quien había sido bautizado con el nombre de Esteban Yapirí, logró escapar bajo una granizada de balas, lanzándose al río para huir. A marchas forzadas logró llegar a su pueblo donde se encontraba el fraile franciscano Juan de Luna, a quien dio aviso de la invasión filibustera. El fraile escribió entonces una carta dirigida al gobernador, don Juan López de la Flor, enviándola en un correo que veloz partió hacia esa ciudad, llegando en la madrugada del 14 de abril y dando aviso de la marcha de los piratas con rumbo hacia la ciudad de Cartago16.

26 Don Juan López no estaba desprevenido, pues una semana antes había recibido un correo enviado expresamente desde Panamá en una embarcación, en la que el presidente de la Audiencia de Panamá, Juan Pérez de Guzmán, le informaba de la gran expedición que de Jamaica había salido al mando Mansvelt y de los infructuosos intentos de éste por entrar por Coclé hacia la ciudad de Natá. Con este correo le remitía un cargamento de “botijas de pólvora” para uso de los escasos arcabuces y escopetas disponibles en Cartago.

27 El gobernador despachó al sargento mayor Alonso de Bonilla a explorar en el camino de Matina, con el fin de determinar el avance de los piratas y, al mismo tiempo, ordenó al capitán Pedro de Vanegas para que, al mando de 36 hombres, saliese con destino al desfiladero de Quebrada Honda (cerca del actual Juan Viñas), punto por donde forzosamente la tropa filibustera debía pasar en su camino hacia la ciudad de Cartago. Las órdenes recibidas por Vanegas eran las de construir allí una trinchera y cortar árboles cuyos troncos se dispondrían de manera que se pudieran lanzar sobre la expedición invasora una vez que ésta se encontrara en lo profundo del desfiladero.

28 Al día siguiente dos capitanes más, uno al mando de una fuerza de infantería y otra de caballería, fueron desplazadas hacia Quebrada Honda, ubicándose en un sitio cercano listos para entrar en acción una vez que fuese avistada la tropa invasora. En total la documentación menciona que tres cuerpos de infantería, dos de españoles y una de mulatos, al mando de tres capitanes fueron desplegados en la trinchera, en tanto que un cuerpo de caballería se ubicó en el sitio cercano llamado Santiago. De inmediato, igualmente fueron desplegados batidores por las montañas con la intención de espiar el camino y avisar del posible ingreso de los piratas17.

29 Entretanto, el gobernador había mandado tocar armas y despachado órdenes a los valles aledaños a la ciudad con la intención de reclutar a los vecinos “españoles, mestizos, negros y mulatos, como los indios de los pueblos, para que cada uno de ellos, con las armas que hubiere, acudan al servicio de Su Majestad y defensa de su tierra, y porque determina salir al camino con dicha gente, a esperar dicho corsario18”.

30 El obstáculo principal para la defensa era la escasez de armas pues sólo se contaba con unos pocos arcabuces y mosquetes, así como flechas y lanzas indígenas. En estas circunstancias, el día 15 de abril los batidores vieron entrar a los piratas al pueblo de Turrialba, por lo que, una vez informado en Cartago, el propio gobernador salió al mando de otro cuerpo de milicianos a caballo, ordenando a otro sargento mayor que le siguiera con toda la gente que hubiera disponible. Asimismo, dejó como lugarteniente en Cartago al capitán don Juan de Chavarría Navarro, alcalde ordinario de la ciudad “para que fuese socorriendo con bastimentos y demás pertrechos de guerra (…) y despachando la gente que se fuese recogiendo19”, con lo que en total unos 600 hombres se ubicaron en las cercanías del desfiladero de Quebrada Honda.

31 El gobernador llegó a la trinchera el mismo día 15 de abril a las diez de la noche y al día siguiente, al amanecer, reconoció la fortificación y situación del puesto defensivo, ordenando que todos estuviesen alertas y listos para el combate, en tanto envió a cuatro hombres a explorar el camino hacia Turrialba para determinar si los piratas hubiesen enviado alguna gente por delante. Poco después, en compañía del padre fray Miguel de Olivares y un soldado, bajó hasta lo profundo del río, examinando los posibles pasos que el enemigo pudiera emplear para evitar el paso por la Quebrada Honda, determinando que no existía tal posibilidad. Tomó entonces la determinación de enviar dos alféreces al mando de una columna de treinta hombres “españoles e indios con algunas bocas de fuego, lanzas y flechas” para que fortificasen un paso estrecho ubicado a media legua de la trinchera con el fin de que allí alistaran “muchos árboles picados” para que, en caso de que la tropa enemiga avanzara hasta la trinchera de Quebrada Honda, pudieran cerrarle el paso en su intento de huida20.

32 En estas circunstancias el gobernador fue avisado de que el pirata Mansvelt, quien se encontraba en el pueblo de Turrialba, tuvo noticia de la defensa que el gobernador había organizado en la trinchera de Quebrada Honda, razón por la que desistió de avanzar y más bien decidió regresar hacia Portete. Entonces el gobernador ordenó al capitán Pedro Vanegas para que, junto con cincuenta hombres, fuese siguiendo al enemigo. Poco después el mismo gobernador, hacia las nueve de la noche, al frente de setenta hombres salió de la trinchera rumbo al pueblo de Turrialba, donde se reunió con Vanegas. Ambos reconocieron los lugares donde el enemigo se había alojado: la iglesia, el cabildo y casas de los indios del pueblo e inmediatamente despachó al alférez Bernabé de Segura, con dieciséis hombres, a seguir el rastro de los piratas en su retirada y determinar si ésta no era una estratagema para caer por sorpresa sobre los españoles.

33 Posteriormente, el gobernador, al mando de otra columna, salió detrás de los hombres dirigidos por el alférez Segura. Fue así como llegó hasta el Guayabo (Guayabo de Turrialba) el día 17, donde tuvo noticia de que los piratas se estaban retirando a toda marcha y sin parar hacia la costa. Resulta interesante señalar que precisamente en este lugar se ubican los restos de una ciudad prehispánica, en donde existía una calzada de piedra que comunicaba esta antigua ciudad con la costa del Caribe. Podemos conjeturar sobre la posibilidad de que este camino estuviese aún en uso en tiempos coloniales y que ésta fuese la vía por la que se desplazaban los piratas en su retirada.

34 Una vez en El Guayabo, el gobernador López de la Flor consideró detener la persecución de los piratas debido a “las pocas armas de fuego que tenía, y menos municiones y bastimentos”, regresando al pueblo de Turrialba. Sin embargo, comisionó al alférez Bernabé de Segura, al sargento Lorenzo Loría y a Diego de Santiago, con cuarenta hombres “de todas suertes, baquianos de aquellos montes y caminos con algunas armas de fuego, lanzas y flechas, con orden de que siguiesen al enemigo hasta verle embarcar, y si pudiesen, apresar algunos21”. Fue así como lograron apresar a dos filibusteros, que fueron remitidos al gobernador, siendo interrogados para enterarse de los designios de Mansvelt. Según éstos informaron, los piratas se llevaron consigo al español Roque Jacinto y siete indígenas, conocedores de la costa y sus puertos, así como baquianos en tierra, con la intención de regresar y apoderarse de la provincia de Costa Rica, por “la conveniencia que aquí tiene y puede tener de carnes, maíz y trigo, y fabricar (un navío) en La Caldera y provincia de Nicoya”.

35 Se enteraron los españoles que los piratas perdieron otros nueve hombres que perecieron ahogados en la boca del río Matina, otros dos en la desembocadura del río Suerre, otro en el Reventazón y uno en los montes. También que los extranjeros repartieron diversos artículos como hachas y cuchillos a los indígenas del pueblo de Tariaca y que en contrapartida éstos les abastecieron y se comprometieron a sembrar milpas en El Portete, así como levantar algunos ranchos, pues les prometieron que regresarían. Igualmente les pidieron a éstos tariacas para que convocaran a otras naciones indígenas a unírseles22. Sin embargo, tal como narra el historiador Ricardo Fernández Guardia, los indígenas de Talamanca odiaban a los filibusteros, puesto que en una ocasión anterior, habiendo llegado éstos a la región de Bocas del Toro y siendo bien recibidos por los indígenas, se emborracharon, asesinando a varios hombres llevándose a varias mujeres. De allí que los indígenas de la región de Talamanca detestaban a los piratas23.

36 El día 26 de abril, el sargento mayor Alonso de Bonilla escribió una carta al gobernador, informándole de su llegada al valle de Matina y certificando que los piratas se habían hecho a la vela en sus bajeles, encontrando igualmente el estado maltrecho en que habían quedado los habitantes de este valle y sus haciendas24. Allí averiguó por medio de los vecinos que habían sido hechos prisioneros por los piratas, con quienes se habían comunicado algunos de estos que hablaban castellano, que dichos piratas venían bajo el mando de siete capitanes y demás oficiales, repartidos en escuadras, compuestas por individuos de muchas nacionalidades: franceses, españoles, portugueses, flamencos, griegos levantiscos (levantinos), genoveses, indios y negros y, entre éstos, el indio que había servido de guía a los piratas cuando ingresaron en la ciudad de Granada25. El total de hombres de la expedición se calculó, según informaron en Matina, en 1.200 distribuidos en 14 bajeles. Pero los siete grandes quedaron en Bocas del Toro, en tanto los nueve más pequeños son los que llegaron a Portete, donde desembarcaron, quedando algunos en Matina y Portete, marchando hacia Turrialba 630 hombres.

37 Los vecinos de Matina les informaron que los piratas se habían comido 29 mulas y algunos caballos, además éstos vecinos les dijeron encontrarse temerosos de que se produjera un ataque de los indígenas tariacas, debido a la amistad que habían entablado con los filibusteros. Según dijeron piratas e indígenas habían participado en un convite en el que juntos bebieron chicha y compartieron alimentos, así como que los piratas les habían dado regalos de hachas, cuchillos y otros artículos como ropa y prácticamente todo lo que le habían robado a estos vecinos de las haciendas de Matina26. También en el pueblo de Turrialba causaron grandes destrozos pues allí mataron las vacas y las mulas que hallaron para comérselas, hicieron pedazos las imágenes de la iglesia, derribaron los árboles frutales y cometieron otras depredaciones27.

Consecuencias de la entrada de Mansvelt en las poblaciones indígenas de Tariaca y los Botos

38 Después de la retirada del corsario Mansvelt y sus hombres, el gobernador López de la Flor recibió, el día 7 de mayo, una carta de fray Pedro de la Hoz, que se encontraba en el pueblo de Güisirí, en Tierra Adentro, en la que le informaba que se había enterado por un indio suerre, quien había escapado de los piratas, que éstos se encontraban en la costa de Suerre con 38 bajeles grandes y pequeños y que habían comenzado a levantar algunos ranchos en la playa28.

39 El gobernador decidió prepararse para rechazar un posible regreso de los piratas por lo que tomó una serie de disposiciones ante tal eventualidad. Primeramente ordenó al capitán Sebastián de Quirós para que con cuatro hombres y algunos indios pusiesen atalayas “en las partes más convenientes y eminentes, para que de ellas se vea cualquier bajel que parezca en aquella costa29”. Seguidamente, despachó al capitán Bernabé Segura con soldados baquianos de montaña y caminos para que, con los indios del pueblo de Urinama (de Tierra Adentro), armados de arcos y flechas, fuesen al paraje donde supuestamente se encontraban los bajeles y las rancherías erigidas por los piratas para que procediesen a darles “asalto con las flechas, de suerte que, siendo posible, los fuercen a embarcar y que tengan temor en delante de flechas30 (…)”. Simultáneamente ordenó al sargento mayor Juan de Vidamartel para que, con treinta hombres armados, saliese de Cartago junto con “algunos mulatos e indios de los pueblos para que llegase a la dicha playa (y diese) castigo al corsario31”. Por último, ordenó a los capitanes Pedro Vanegas y don Joseph de Guevara para que salieran de la ciudad de Cartago con gente de sus compañías y baquianos para que reconocieran los caminos de Tucurrique y Turrialba, así como los lugares convenientes para levantar trincheras y procedieran a realizar lo necesario para reforzar las defensas32.

40 Simultáneamente el gobernador López de la Flor envió cartas por medio de un correo indio al alcalde mayor de Nicoya, al gobernador de Nicaragua y al presidente y oidores de la Real Audiencia de Guatemala, en solicitud de auxilio.

41 Poco después el gobernador recibió una carta del sargento mayor Bernabé Segura, quien le escribió desde el pueblo de Teotique. En ésta le informaba que los indígenas de los pueblos de Teotique y de Urinama estaban en disposición de colaborar con los españoles y anuentes a perseguir a los tariacas pues éstos se habían aliado con los ingleses. Por esta razón, en el mes de marzo de 1667 se presentó en Cartago un grupo de 200 indígenas de la etnia urinama, armados con sus arcos y flechas, poniéndose a las órdenes del gobernador para el caso de que Mansvelt regresase, como se temía33.

42 La presencia de los piratas tuvo consecuencias negativas para las poblaciones indígenas cercanas a Matina, pues los tariacas, quienes se pusieron de parte de los piratas, fueron severamente castigados. El gobernador López de la Flor envió al sargento mayor Juan de Vidamartel al mando de 30 soldados a que despoblase a los indígenas tariacas y los trasladasen a la ciudad de Cartago. Cuando éste, llegó con sus hombres a orillas del río Matina, encontró a once indígenas tariacas en la margen opuesta, a quienes “cogieron y amarraron, y sólo uno forcejeó porque no lo amarrasen, y amarrados, luego se partieron al pueblo de Tariaca, y allí (…) mandó a los indios que se recogiesen en la iglesia para empadronarlos, y recogidos los mandó prender y amarrar34” Posteriormente procedió a interrogarlos, con lo que confesaron que “habían estado con el enemigo y dándole bastimentos, y que tenían hecho milpas para cuando volviese dicho enemigo y que les había dado muchas cosas, así de ropa como herramientas, cascabeles y chaquiras35”. Sin embargo, un soldado allí presente, quien luego fue interrogado, afirmó que los indígenas dijeron primeramente que habían dado lo que los piratas les pidieron solamente porque éstos les habían tomado “prisioneras algunas indias de dicho pueblo (y) porque las soltasen les daban lo que les pedía dicho enemigo36.

43 Escuchada la confesión de los tariacas, el capitán Vidamartel señaló que los instigadores fueron los indígenas. Así pues, los siguientes indígenas fueron ejecutados:

44“ (…) el Capitán Carmona, el Cacique Seriara, Roque, Chapiro, el Alcalde, y Seleuco, a los cuales mandé arcabucear, para que en ellos fuese castigo, y en los demás indios ejemplo37”.

45 También fue ejecutado el indígena que al ser capturado a orillas del río Moín se resistió a ser atado. El resto fueron llevados presos hacia Cartago:“cincuenta y seis personas del dicho pueblo, hombres, mujeres, grandes y chicos38 (…)”.

46Vidamartel despobló y sacó a todos los indios “sin dejar alguno, hombre ni mujer”, llevándoselos a Cartago, procediendo a talar y rozar sus milpas y bastimentos, que “tenían prevenidos en abundancia”. Estos indígenas fueron “repartidos” entre los soldados que participaron en la expedición y entre otros vecinos. Todas sus casas fueron quemadas completamente y destruidos todos los sembradíos. Según Vidamartel, entre los artículos que les quitaron a los indios se encontraban “vestidos de estameña, ormesí, camisas de mujer, una espada con su daga, muchos cascabeles, chaquiras y un perro inglés cachorro (…) y otras muchas menudencias39”.

47Por el contrario, los urinamas y los teotiques asumieron una postura de rechazo a los corsarios, a lo que el historiador Ricardo Fernández Guardia, atribuye a que éstos recordaban los asesinatos y secuestro de mujeres llevados a cabo por los filibusteros en Bocas del Toro40. Sin embargo, parece más bien que, aunque los tariacas les propusieron aliarse con los piratas, temieron ser capturados y entregados a los extranjeros. También, tal como el propio Vidamartel lo expresó, ambos grupos indígenas temían ser castigados por los españoles. Así pues, escribió que indígenas de ambas etnias estuvieron dispuestos a servir en las atalayas que fueron colocadas para vigilar un posible regreso y desembarco de piratas, debido a que “vieron el castigo (que los españoles dieron) a los tariacas41.

48Posteriormente las acciones de Vidamartel fueron censuradas por la Audiencia de Guatemala. En una carta firmada por el presidente y capitán general de Guatemala, fechada en 29 de julio de 1666 y dirigida al gobernado López de la Flor en Costa Rica, manifestaba que la muerte de los siete indígenas, mandados arcabucear por el sargento mayor Vidamartel era totalmente injustificable y constituía una “atrocidad tan grande, pues con solo retirar los indios a Cartago estaba bastantemente asegurada la tierra, y siendo los dichos indios, los seis de ellos cristianos y tenidos por católicos, los mandó arcabucear sin que se confesasen y que se hiciesen las diligencias de cristianos”. Igualmente consideraba sin justificación el repartimiento de los 56 indígenas llevados a Cartago pues constituían “vasallos de su Majestad” por lo que sin haber cometido delito se les había sometido a “violencia y agravio”, siendo que “otros con más obligaciones dejaron entrar al enemigo, sin ponerse en defensa42”.

49 Otro grupo de indígenas que sufrió como consecuencia de la incursión del corsario Mansvelt en 1666 fue el de los botos, habitantes de las riberas del río Pocosol, en la región de las llanuras del norte de Costa Rica. El 14 de mayo de 1666, el gobernador López de la Flor recibió una carta de su lugarteniente en Esparza, el capitán Benito Díaz Bravo, en la que le informaba que piratas ingleses habían entrado por el río San Juan y de allí éstos remontaron el Sarapiquí hasta alcanzar los poblados de los indígenas botos. Entonces convocó:

50“al cuerpo de guardia toda la gente con sus armas, capitanes y oficiales de guerra (y) ordenó a los capitanes de caballos que lo es don Joseph de Alvarado y de infantería, Pedro Vanegas, que luego y sin ninguna dilación, ambos a dos, con la gente de sus compañías, salgan de esta ciudad y vayan por el camino donde de fuerza ha de venir marchando el enemigo y lleguen al río nombrado Poás, trece leguas de esta ciudad, puesto muy a propósito para fortificar y esperar al corsario, así con la caballería como con la infantería, y llegados que sean sin detenerse, pongan en ejecución el hacer una trinchera de fajina y de más fortificación, conveniente para poder rechazar al enemigo si viene marchando, y porque el caso pide brevedad, los dichos capitanes lleven a todos los indios de los pueblos de Curriravá, Aserrí y Barva, con los cuales y la gente que llevan obren de manera que se consigan el servicio de ambas Majestades y defensa de esta tierra43 (…)”.

51Aunque se determinó posteriormente, por una nueva carta recibida en Cartago por el gobernador el día 16 de mayo, que el “cabo de las vigías y demás soldados que (…) están en los puestos y parajes de los Botos, que el enemigo no entra ni queda en el dicho río San Juan44 (…)”. Es decir, había sido una falsa alarma, motivo de un mensaje anterior que le había transmitido un indígena que venía de esa región al capitán Benito Díaz.

52 Entonces, el gobernador decidió trasladar a los capitanes Alvarado y Vanegas, quienes habían sido enviados a levantar la trinchera en el paraje de Poás, que regresaran a Cartago para que, con sus compañías de soldados, se trasladaran hacia el camino de Tucurrique a levantar otras trincheras y fortificaciones45. La intención del gobernador don Juan López de la Flor era colocar trincheras y vigías en los tres caminos que desde el Caribe permitirían el ingreso de los extranjeros hacia el interior de la provincia de Costa Rica y de allí hacia la costa del Pacífico46.

53 Como resultó difícil el mantenimiento de soldados en Poás, región habitada por los botos, el gobernador tomó la decisión de despoblar de indígenas ese territorio y trasladar sus habitantes hacia el pueblo de Atirro, el cual, según indicó, se encontraba “despoblado de sus naturales, por haber sido pocos y haberse muerto47”.

54 Cuatro años antes, el entonces gobernador Rodrigo Arias Maldonado, describía así la región de los indios botos:

55“El pueblo de los Botos, a la ribera del río de Poco Sol, en el Desaguadero de la laguna de Nicaragua a la mar del Norte, tiene doscientas familias poco más o menos, las cuales pagan reconocimiento a vuestra majestad. Están poblados en el distrito que se llama Rancho Quemado, treinta leguas poco más o menos de la doctrina de Barba, de ásperas montañas y peligrosos ríos: estos indios no están educados ni administrados por falta de religiosos y así necesitan el pasto espiritual y de ser educados y enseñados de religioso que lo pueda hacer48”.

56La decisión de despoblar los indígenas botos fue justificada por el gobernador López de la Flor en “los inconvenientes que podían resultar a esta Provincia de estar poblados, si el enemigo llegase a ellos, así por los bastimentos que habían de hallar, como ser los indios de ellas prácticos para cualquier invasión, que, en cumplimiento de dicha orden (se) despobló a los dichos pueblos de San Cristóbal y Los Botos49…”.

57Las órdenes que el gobernador dio al capitán enviado a “sacar” a los indios botos y trasladarlos, eran:

58Bq. (…) que fuese a los pueblos de Los Botos, San Cristóbal y demás que estuviesen junto al río Sarapiquí, sacase todos los indios e indias con sus familias, los llevase a Cartago, talase todos los platanares, cacahuatales y árboles frutales, quemase los pueblos y ranchos, cerrase los caminos que hubiese para Cartago y Esparza y dejase una vigía con soldados50”.

59El capitán y sus hombres ingresaron en los palenques ubicados en las márgenes del río Sarapiquí, logrando apoderarse por la fuerza de 94 personas, quienes fueron primero llevadas a la ciudad de Cartago y posteriormente conducidas hacia el pueblo de reducción de Atirro.

60 Poco después se recibió una orden del presidente de la Audiencia de Guatemala, general Don Martín Carlos de Mencos, en el sentido de devolver estos indígenas a su asiento original, “en el paraje de Pocosol”, así como restituirles “sus hijos y todos los huérfanos que tenían, en caso que se hayan repartido en diversas partes51”. La razón aducida por el presidente de la Audiencia de Guatemala era que resultaba contraproducente trasladar los indígenas pues incitaría a otros a ponerse del lado de los invasores, considerando que éstos los trataban mejor.

61 Tanto las disposiciones para que los indígenas botos enviados al pueblo de Atirro fuesen restituidos a su lugar de origen, así como que los tariacas repartidos entre los soldados participantes en la expedición enviada al Caribe se reinstalasen en su pueblo original, parecen no haberse cumplido. De la misma forman no se castigó al sargento mayor Juan de Vidamartel por haber arcabuceado sumariamente a siete indígenas en Tariaca, ya que se le mantuvo como alcalde ordinario en la ciudad de Cartago.

62 El indígena que salió bien librado fue Esteban Yapirí, por haber dado aviso del ingreso de los piratas, al lograr escapar de ellos, e informar al fraile Juan de Luna. El gobernador López de la Flor lo eximió del pago del tributo así como del servicio personal, concediéndole esta exención “por haberle dado nueva, con vista del inglés en la Reventazón, tan a tiempo y con tanto peligro suyo, de que se sirvió el buen acierto y retirada del enemigo…”. Esta disposición fue confirmada por la Audiencia de Guatemala52, aunque no sabemos qué suerte corrió. También la Real Audiencia concedió la exención del pago de tributo por dos años a los “mestizos, mulatos y negros libres (…) por haber servido en la entrada que hizo el enemigo53 (…)”. Posteriormente se amplió esta exención a 20 indígenas laboríos, que era éste el número de los que había en la provincia de Costa Rica, debido a que estuvieron “muy prontos a servir en la ocasión pasada (de invasión de piratas54)”.

63 Ante estas disposiciones de la Real Audiencia, el gobernador López de la Flor solicitó que los indios tributarios fuesen igualmente eximidos del pago de su tributo por un plazo de dos años, que representaba un ingreso a las Cajas Reales de 500 pesos por ese período bianual, pues consideraba que los indígenas “ser los prácticos en las montañas y no teniéndolos contentos con este alivio, se dudará de su fidelidad, que han empezado a resentirse55 (…)”.

64 La Real Audiencia de Guatemala también se pronunció respecto de una petición del Cabildo de Cartago que solicitaba que a los vecinos de la provincia de Costa Rica se les repartiesen indígenas para sus labranzas y milpas “por estar ocupados los vecinos en las prevenciones para la defensa de aquella tierra, faltando a las haciendas de campo…”. Sin embargo, por recomendación del fiscal de esa audiencia no se concedió la petición señalándose que en Costa Rica, “ser pocos los indios que hay en aquella provincia, y están muy acosados del trabajo, y que los ocupan en todas las ocasiones que se ofrecen de invasiones del enemigo en hacer trincheras, fajinas y otros servicios personales…”. Añadía que si además de todos estos trabajos “les obligasen a los repartimientos que se pretenden por los españoles, totalmente perecerían con demasiado trabajo56”. Reconocía también que éstos indígenas servían con sus arcos y flechas en las ocasiones en que se les necesitaba y que eran también “muy importantes en la milicia para la defensa57”.

65 Diez años más tarde, en 1676, un grupo de aproximadamente 800 individuos constituido por zambos-mosquitos y piratas ingleses y franceses desembarcaron nuevamente en Portete y se dirigieron a Matina, que procedieron a saquear. En esta ocasión, los indígenas urinama, quienes diez años atrás apoyaron a los españoles en contra de los piratas dirigidos por Mansvelt, se pusieron ahora de parte de los extranjeros e inclusive les sirvieron de guías. Probablemente ello obedeció a que en ese lapso de diez años, estos indígenas habían sido forzados a trabajar en las haciendas cacaoteras que vecinos de Cartago tenían en las márgenes de los ríos Barbilla y Matina58. Un año antes, un censo de cacaotales en esa región, elaborado por las autoridades de la Audiencia de Guatemala señaló que había un total de 200.000 árboles de cacao, constituyendo la exportación de cacao la principal fuente de ingresos de la provincia de Costa Rica59.

66En esta ocasión, el gobernador Juan Francisco Sáenz Vázquez envió una columna de soldados compuesta por 500 españoles y mulatos, a quienes se unieron “200 indios flecheros.”A diferencia de lo ocurrido diez años atrás, la documentación no aclara la procedencia de estos indígenas auxiliares de los españoles60.

Conclusiones y Epílogo

67 El estudio de la documentación relativa al ingreso del pirata Edward Mansvelt a la provincia de Costa Rica en 1666 pone en evidencia el cuidado que las autoridades españolas, tanto el gobernador, el cabildo, el teniente de oficiales reales y la población en general, pusieron en la defensa del camino por el cual ingresaron 600 hombres bajo el mando del almirante de la Hermandad de la Costa. Fue posible determinar la inmediata comunicación con las autoridades españoles ubicadas en la ciudad de Esparza, en el Pacífico de Costa Rica, el alcalde mayor de Nicoya, así como las autoridades de las vecina provincia de Nicaragua y con los presidentes de las audiencias de Panamá y Guatemala. De ambas audiencias se recibieron armas e, inclusive, de Guatemala se envió un destacamento de soldados integrado por 100 hombres, 50 de los cuales fueron destinados a Granada, para interceptar el ingreso de piratas por el río San Juan y los otros 50 a Costa Rica para auxiliar a los vecinos de la provincia, quienes se quejaron de la dificultad que les causaba estar de guardia pues ello conllevaba al descuido de sus sembradíos y labranzas.

68 La Audiencia de Guatemala, órgano superior inmediato del gobernador de Costa Rica discutió pormenorizadamente el asunto y estuvo dispuesta a enviar un situado (partida de dinero) de varios miles de pesos directamente al teniente de oficiales reales en Cartago. El objetivo era que el dinero fuese empleado para atender tanto los gastos generados en la defensa y mantenimiento de las tropas enviadas a defender la trinchera de Quebrada Honda, así como pagar a los soldados enviados a resguardar la costa del Caribe y la región de las Llanuras del Norte.

69 Con respecto al tema de la reacción de los indígenas a la incursión pirática, aunque es asunto tratado en la documentación, no es posible sacar muchas conclusiones respecto de su posición ante la llegada de estos extranjeros. El caso de los indígenas tariacas evidencia cómo éstos estaban dispuestos a colaborar con ellos en tanto recibieron una serie de artículos que jamás podrían esperar de los españoles, pero igualmente podían haber actuado por temor o bien, como se ha evidenciado en otros estudios sobre el comportamiento de los nativos con los piratas, debido a que éstos comprendieron que una alianza con los foráneos enemigos de los españoles podía liberarlos de las grandes cargas que éstos les imponían tanto en pagos de tributos como en trabajo forzado. En el caso de los indígenas del Caribe central, es probable que los teotiques estuviesen ya sufriendo las consecuencias de los trabajos que estaban obligados a realizar en las haciendas cacaoteras de Matina, que justo durante esos años los vecinos de Cartago comenzaban a desarrollar.

70 En cuanto a los indígenas urinamas, como señalamos, colaboraron con los españoles cuando éstos entraron a la región y se ofrecieron a reprimir a los teotiques. ¿qué pudo motivarlos a tal acción? Señalamos que el historiador Ricardo Fernández indicó que probablemente porque estaban a tanto de las acciones depredadoras de los pirateas entre los indígenas de Bocas del Toro. Otra posibilidad era que temían ser castigados por los españoles si daban ayuda a los piratas. En todo caso, como señalamos, los urinamas diez años más tarde se aliaron con los piratas cuando éstos atacaron el Valle de Matina.

71 En cuanto a los indígenas botos, ubicados en el territorio de las Llanuras del Norte, fueron también desarraigados dos pueblos y trasladados 94 indígenas a Cartago y después, aparentemente, hacia el pueblo de Atirro, en la región de la Cuenca del Reventazón, en el camino de Tierra Adentro hacia Matina. Las llanuras del norte constituían uno de los territorios más inaccesibles durante la época colonial y fue poco frecuentado por los españoles. El miedo de las autoridades a que por esta ruta ingresaran los piratas desde el río San Juan nunca se materializó. También debemos mencionar que éstos indígenas botos no fueron mencionados más en la documentación, y en la información del siglo XVIII se hace referencia ya a otro grupo llamado guatusos, hoy día denominado malekus. Quizás este grupo de 94 indígenas botos constituía el último vestigio de una población que habitaba las actuales llanuras de San Carlos y Sarapiquí, que había declinado debido al impacto de las epidemias introducidas por los europeos desde que allí incursionaran en 1539 los capitanes Alonso Calero y Diego Machuca, pues en 1591 una carta del gobernador de Costa Rica, capitán Antonio Pereyra, sobre su expedición al río Sarapiquí, indicaba que los botos habitaban la zona contigua al río, pero que eran pocos y que la región era muy pantanosa61.

72 Algunos años más tarde, durante la visita del oidor de la Real Audiencia de Guatemala el Dr. don Benito de Noboa Salgado a la ciudad de Cartago, en 1676, éste menciona que los indígenas tariacas y botos, quienes habían sido despoblados de sus pueblos y traídos a Cartago habían sido dados “a servir en diferentes partes de los quales algunos se casaron y otros están sirviendo a las personas a quienes se repartieron”. Ordenó que se liberaran y pasaran a ser de los pueblos de donde procedían las indígenas con quienes se casaron y en cuanto a los indios botos que estaban solteros fuesen reducidos en un nuevo pueblo que se estaba levantando junto a la ciudad de Esparza, en la costa del Pacífico62.

73 Respecto a la suerte del pirata Edward Mansvelt, éste partió luego hacia la isla de Santa Catalina (Archipiélago de San Andrés), la cual tomó en asocio con dos embarcaciones de piratas franceses. Su intención era convertirla en una nueva base de operaciones para el lanzamiento de expediciones de saqueo a poblaciones españolas. Sin embargo, pronto los españoles lograron recapturar la isla. Su fin vino pronto, para lo cual hay dos versiones: una señala que regresó a Jamaica donde se enemistó con el gobernador inglés de la isla, Modyford, lo que le llevó a marchar hacia isla Tortuga donde poco después sucumbió víctima de una enfermedad. La otra dice que Mansvelt fue capturado por los españoles y ejecutado posteriormente en la ciudad de La Habana. Su puesto como líder de la Hermandad de la Costa, lo heredaría su ayudante, Henry Morgan, pirata que llegaría a convertirse en toda una leyenda. En la Isla Santa Catalina muy probablemente Roque Jacinto Hermoso y otros españoles que junto con él se aliaron y partieron con los piratas murieron en esa isla, ya que en los documentos se menciona que, tras la reconquista por los españoles de dicha isla, se procedió a la ejecución de un número de súbditos de Su Majestad Católica que venía con los piratas, que coincide con el de los que se reportó que se habían ido con ellos.

74 Por último, es importante mencionar que ha perdurado en la memoria popular de Costa Rica la creencia de que por intercesión de la Virgen de Nuestra Señora del Rescate de Ujarrás los piratas huyeron despavoridos al hacer aparecer ante los ojos de los invasores el espejismo de una gran tropa que le hacía frente. Sin embargo, esta leyenda sólo surgió veintiséis años más tarde cuando, debido a una peste de viruelas, se estableció la romería a la Virgen de Ujarrás y comienza a atribuírsele a ella el “milagro” de ahuyentar a los piratas63. En la actualidad, la Virgen de Ujarrás es la Patrona de la Fuerza Pública de Costa Rica.

75Notas de pie de páginas

761 El artículo emplea abundantemente la información recogida en los “Documentos relativos a la invasión de los piratas ingleses”, del Departamento Histórico, Sección Guatemala, Expediente No. 110, (años de 1666-1668), que se encuentra en el Archivo Nacional de Costa Rica. Éste es una copia manuscrita de documentos originales que se encuentran en el Archivo General de la Nación en Guatemala, realizada probablemente a fines del siglo XIX.

772 Carolyn Hall and Héctor Pérez Brignoli, Historical Atlas of Central America, (Oklahoma: University of Oklahoma Press, 2003), pág. 134.

783 David Pickering, Piratas, (Colombia: Panamericana Editorial Ltda., 2009), pág. 30

794 David Pickering, Piratas,… op. cit., pág. 31.

805 Carolyn Hall and Héctor Pérez Brignoli, _Historical Atlas _ … op. cit., pág. 135.

816 Carolyn Hall and Héctor Pérez Brignoli, _Historical Atlas _ … op. cit., pág. 135.

827 The Darien Adventure, http://www.rbs.com/content/otr/content/curriculum-for-excellence/darien-adventure/history.htm

838 Véase Eugenia Ibarra Rojas, Del arco y la flecha a las armas de fuego: los indios mosquitos y la historia centroamericana, 1633-1786, (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2011).

849 Carolyn Hall and Héctor Pérez Brignoli, Historical Atlas ... op. cit., pág. 134.

8510 Carolyn Hall and Héctor Pérez Brignoli, Historical Atlas ... op. cit., pág. 134-135.

8611 Carolyn Hall and Héctor Pérez Brignoli, Historical Atlas ... op. cit., pág. . 134-135.

8712 Edward Mansvelt fue un pirata y corsario holandés nacido en Curazao, quien de manera informal fue también el jefe de la “Hermandad de la Costa”. Se le considera el primero de los piratas que organizó ataques en gran escala contra asentamientos españoles, tácticas que habrían de emplear otros bucaneros posteriormente. Mansvelt fue un personaje de importancia tanto en Isla Tortuga como en Port Royal (Jamaica). Murió en 1666 poco después de su incursión en Costa Rica, probablemente ejecutado por los españoles, aunque hay otras versiones sobre su fin. Luego de su muerte fue sucedido por su protegido y vice-almirante Henry Morgan. Véase “Henry Morgan: The Pirate Who Invaded Panama in 1671”, Military History magazine. Publicado online el 12 de junio de 2006.

8813 Terry Breverton, Admiral Sir Henry Morgan: King of The Buccaneers, (Pelican Publishing Co., 2005), pág. 15.

8914 En 1665 también atacaron Granada, entrando por el río San Juan. En esta expedición venía un personaje que terminaría asentado en Cartago, tras de haber sido torturado y estar a punto de ser ejecutado, su nombre Juan de la Estrella. Vid. también: Martha de Jármy Chapa, Un eslabón perdido en la historia: piratería en el Caribe, siglos XVI y XVII, (México: Universidad Autónoma de México, 1983), pág. 208.

9015 Ricardo Fernández Guardia, Reseña Histórica de Talamanca, (San José: EUNED, 2006), pág. 63.

9116 Ricardo Fernández Guardia, Reseña Histórica... op. cit., pág. 63.

9217 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 13v.

9318 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 20.

9419 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 14.

9520 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 14 v. y fol. 15.

9621 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 15v.

9722 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 25 y 25 v.

9823 Ricardo Fernández Guardia, op. cit., págs. 66-67.

9924 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 34v.

10025 Se refiere al indígena que sirvió de guía al pirata Jean-David Nau conocido como L’Olonnais, quien en 1665 ingresó en la ciudad de Granada de Nicaragua, logrando algunos saqueos antes de tener que huir al ser sorprendido por los defensores españoles. Véase Jorge Eduardo Arellano, Granada, la llave de Centroamérica y los piratas, en: http://www.enriquebolanos.org/coleccion_RC/857.pdf

10126 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 34v.

10227 Ricardo Fernández Guardia, op. cit., pág. 65.

10328 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 37v.

10429 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 37v.

10530 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 38.

10631 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 38.

10732 Con el fin de abastecer los hombres enviados en estas diligencias el gobernador ordenó en Cartago la elaboración de bizcocho, cien petacas cuya elaboración se prorrateó entre 28 vecinos de Cartago, obligados a su entrega con motivo de la emergencia en que se encontraba la provincia, Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 38.

10833 Ricardo Fernández Guardia, op. cit., pág. 67.

10934 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 111 v.

11035 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 112 v.

11136 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 116 v.

11237 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 109 y 109 v.

11338 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 110.

11439 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , folio con numeración no legible.

11540 Conviene señalar que Fernández Guardia se basa en este caso en el testimonio del pirata Alexandre Olivier Exquemelin. Véase http://www.biblioteca-antologica.org/wp-content/uploads/2009/09/EXQUEMELIN-Piratas-de-Am%C3%A9rica-YA.pdf , consultado el 19 de octubre de 2013.

11641 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , documento citado, número de folio no legible.

11742 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 134 y 134 v.

11843 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol., 48v.

11944 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 48v.

12045 Cabe señalar que hacia la costa del Caribe existían dos rutas: una llamada “el camino Real” que era por donde había ingresado Mansvelt y sus hombres y el otro, llamado “camino de Tierra Adentro”, el cual seguía la ruta que por la cuenca del Reventazón conducía hacia los pueblos indígenas del Corregimiento de Chirripó, que recién había sido extinguido, pero no así los diversos pueblos indígenas que originalmente formaban parte de esta jurisdicción administrativa. Véase Elizabeth Fonseca Corrales et al., Costa Rica en el Siglo XVIII, (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica: Colección Historia de Costa Rica, 2003), pág. 205.

12146 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 49v y 50.

12247 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 52 y 52 v.

12348 León Fernández, Colección de Documentos para la Historia de Costa Rica, tomo VIII, (Barcelona, Imprenta Viuda de Luis Tasso, 1907), pág. 294.

12449 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 51 v.

12550 León Fernández, Indios, reducciones y el cacao,(San José: Editorial Costa Rica, Colección Biblioteca Patria 1976), pág. 114.

12651 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 143.

12752 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 172.

12853 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 119 v.

12954 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 121 v.

13055 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 172 y 172 v.

13156 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , número de folio ilegible.

13257 Archivo Nacional de Costa Rica, “Documentos…” op. cit. , fol. 120 y 120 v.

13358 León Fernández, Colección de Documentos para la Historia de Costa Rica (CDHCR). (Paris: Imprenta Pablo Dupont, 1886), tomo V, pág. 362.

13459 Russell Lohse, “Cacao and Slavery in Matina, Costa Rica 1650-1750”, en: Blacks and blackness in Central America: Between Race and Place, (Lowell Gudmundson y Justin Wolfe editores), (Durham: Duke University Press, 2010), pág. 61.

13560 CDHCR, tomo V, pág. 362.

13661 “El Capitán Antonio Pereyra, Gobernador de Costa Rica, al Lic. Velázquez Ramiro, sobre su expedición a Sarapiquí”. En: Manuel María de Peralta, Costa Rica, Nicaragua y Panamá en el siglo XVI, (Madrid: Librería M. Murillo y Paris: Librería de J. I. Ferrer, 1883), pág. 645.

13762 Noboa Salgado, Benito de, “Real cédula que aprueba las ordenanzas dictadas en favor de los indios por el Dr. don Benito de Noboa Salgado, oidor de la Audiencia de Guatemala y visitador de la Provincia de Costa Rica. Año de 1676”. En: Revista del Archivo Nacional de Costa Rica (RAN), Año 1 (No. 3-4), ene.-feb, 1937, págs. 143-156.

13863 Véase Pbro. Manuel Benavides , La romería a Ujarrás: reducto de la identidad cultural de Paraíso. (San José de Costa Rica: Ediciones Santa María, 2005), págs. 28-34.

139

Para citar este artículo :

Juan Carlos Solórzano F., « La incursión del pirata Edward Mansvelt en Costa Rica y sus consecuencias en las poblaciones indígenas del Caribe y Llanuras del Norte (año de 1666). », Boletín AFEHC N°58, publicado el 04 septiembre 2013, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=3448

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