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AFEHC : articulos : Una crítica a los enfoques “poscolonial” sobre los viajeros europeos y estadounidenses en la Centroamérica del Siglo XIX : Una crítica a los enfoques “poscolonial” sobre los viajeros europeos y estadounidenses en la Centroamérica del Siglo XIX

Ficha n° 3449

Creada: 27 junio 2013
Editada: 27 junio 2013
Modificada: 27 junio 2013

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Autor de la ficha:

Juan Carlos SOLÓRZANO

Editor de la ficha:

Nadia PREVOST URKIDI

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Una crítica a los enfoques “poscolonial” sobre los viajeros europeos y estadounidenses en la Centroamérica del Siglo XIX

Este artículo constituye una crítica a los “estudios poscoloniales” en su abordaje de los relatos de viajeros, los cuales han elaborado una visión monolítica de los narradores de este género literario, concebidos como racistas e imbuidos de una arrogante superioridad sobre los nativos. Para ello criticamos la idea de que los viajeros sólo eran capaces de expresar imagotipos elaborados por su mente racista. Planteamos qué, por el contrario, los relatos de viaje constituyen el resultado de la personalidad propia de cada viajero, por lo que la narración de un viajero se puede someter al examen riguroso con el que la disciplina histórica trata sus documentos de archivo. Previo a esta crítica analizamos los antecedentes intelectuales de los estudios poscoloniales, así como el desarrollo en Hispanoamérica de un pensamiento intelectual opuesto al de los naturalistas de la Ilustración europea, marcadamente racistas.
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Palabras claves :
Relatos de viajeros, Genero literario, Ilustración europea
Autor(es):
Juan Carlos Solórzano F.
Fecha:
Junio de 2013
Texto íntegral:

1

Introducción

2 A inicios de la década de los ochenta, comienzan a proliferar en los departamentos universitarios de Ciencias Sociales análisis históricos construidos desde la óptica llamada de “estudios coloniales” o “poscoloniales”, una de las vertientes que derivan del estructuralismo francés de los años setenta. El eje de esta visión ha sido el cuestionamiento y “deconstrucción” de lo que denominan el “ejercicio del poder en los espacios imperiales1”.

3 Los estudios poscoloniales se inspiran en una mezcla de disciplinas académicas que combina la historia, la antropología, la literatura y la semiótica. Surgió de los teóricos de izquierda de la generación del movimiento de mayo de 1968, quienes a su vez, influyeron en una nueva generación de estudiantes que hoy día forman parte de los departamentos de historia en las universidades de los Estados Unidos. Este grupo de académicos se consideraron a sí mismos críticos contestatarios, pues realizaron una revisión metodológica de los enfoques materialistas predominantes en la década de 1960. En los últimos años, estos enfoques multi-disciplinarios (o de estudios cuturales) han sido objeto de importantes cuestionamientos debido a la naturaleza ecléctica e ideológica de sus supuestos teóricos. No obstante, han tenido una gran influencia académica en las universidades europeas y en las de América Latina durante la pasada y actual década2.

4 Uno de los principales temas de investigación de los estudios poscoloniales han sido los escritos de viajeros, es decir la literatura de viaje con aspiraciones literarias. En el mundo occidental, uno de los más tempranos ejemplos de la literatura de viaje lo constituye la Descripción de Grecia, escrita por Pausanias en el siglo segundo de nuestra era. Posteriormente, en la Edad Media, la literatura de viaje fue un género común de la literatura árabe3. Y adquirió importancia en Inglaterra, especialmente durante el siglo XVIII4.

5 En América Latina, este género se remonta a la célebre narración de Alexander von Humboldt de su viaje por México y América del Sur durante cinco años, acompañado del botanista francés Aimé Bonpland. Este texto dio lugar a una pléyade de seguidores a lo largo de todo el siglo XIX5. Su estilo de narración hizo escuela, pues combinaba la explicación propia del naturalista con descripciones de paisajes, gentes, costumbres, etc. Humboldt realizó su viaje, gracias a un permiso especial que le otorgó el monarca español Carlos IV, en tiempos que el territorio americano se encontraba vedado a los no españoles.

6 Después de la Independencia de Hispanoamérica desapareció el obstáculo que imponía la monarquía española, por lo que gran número de europeos y norteamericanos comenzaron a viajar hacia diversas partes de América. Nacía así el género de viaje literario o travelogue, narración que muchas veces era acompañada de ilustraciones, gracias a los avances en la reproducción gráfica durante esa centuria.

7 El estudio sistemático de la literatura de viaje se ha convertido en una importante área de investigación académica, especialmente en los últimos veinte años. La primera de las conferencias internacionales realizadas se llevó a cabo en 1997, en la Universidad de Minnessota, la que atrajo más de cien investigadores y condujo a la fundación de la International Society for Travel Writing. Ese año la sociedad publicó el primer número de Studies in Travel Writing. Conferencias académicas similares se llevan a cabo todos los años en los Estados Unidos, Europa y Asia, lo que ha dado lugar a la publicación de un gran número de colecciones de ensayos, estudios monográficos y antologías diversas sobre la literatura de viaje6.

8 El objetivo de este artículo es primeramente rastrear los antecedentes intelectuales de la crítica que realizan los estudios poscoloniales, uno de cuyos objetivos ha sido enjuiciar el pensamiento racista, nacido en el siglo XVIII y consolidado en el XIX, en los que nació y se consolidó la idea de la supuesta superioridad de la “raza blanca” europea sobre la “raza” de distinto color de los habitantes de los demás continentes. En segundo lugar mostramos cómo, en Hispanoamérica paralelamente al desarrollo de las ideas mencionadas, tuvo lugar un pensamiento con el que se trató de demostrar cómo los pueblos autóctonos del continente americano habían logrado grandes avances intelectuales, por lo que sus habitantes no podían ser considerados una “raza” inferior.

9 El desarrollo de esta corriente de interpretación de la historia de los pueblos autóctonos desde el punto de vista de su valoración tuvo su origen en el propio siglo XVI, en momentos en que se imponía la conquista española sobre los pueblos originarios americanos, alcanzando su culminación durante la Ilustración en el siglo XVIII.

10 El propósito de contrastar el pensamiento naturalista europeo y el de sus críticos en la Hispanoamérica colonial busca aclarar que es absolutamente errado hablar de un pensamiento monolítico durante la Ilustración (como han venido presentando los llamados “estudios postcoloniales”), y que, por el contrario, importantes intelectuales europeos durante el siglo XIX descubrirían a su vez a los autores hispanoamericanos que ya ofrecían una visión diferente sobre las culturas autóctonas americanas. En un tercer apartado analizamos el lamentable hecho de que los “estudios poscoloniales” han tendido a encasillar los relatos de viajeros dentro de un mismo bloque compacto en el que estos narradores no hacen otra cosa que expresar sus puntos de vista racistas y de superioridad del “hombre blanco” sobre los nativos, concebidos estos como seres inferiores. Para ilustrar esta controversial postura de los estudios postcoloniales, procedimos a realizar la crítica de una de estas publicaciones sobre narraciones de viajeros estadounidenses en Centroamérica en el siglo XIX, que pretende pasar como un análisis histórico objetivo y revelador de “lo que se ocultaba” detrás de estos viajeros.

11 Por último, presentamos nuestros argumentaciones sobre el porqué se deben considerar los relatos de viaje como el resultado de individuos diferentes, cada uno con su propia formación cultural e interpretación de lo que observa y narra. Buscamos también que el lector aprenda a discernir cuando un viajero relata un hecho y cuando emite un juicio de valor sobre lo que ve y cuenta. Por otra parte, nos interesa destacar la importancia de las narraciones de viaje como una rica fuente de información para el historiador y establecer el postulado de que, la narración de un viajero se puede someter al mismo examen riguroso al que la disciplina histórica somete sus materiales de archivo.

Los antecedentes intelectuales de los estudios poscoloniales

12 Según el investigador Stephen Jacobson los teóricos que inspiraron los estudios poscoloniales fueron el francés-argelino Franz Fanon, la francesa Simon de Beauvoir, el palestino-estadounidense Edward Said y el filósofo francés Michel Foucault.

13 Fanon teorizó sobre el colonialismo, enfatizando que éste no sólo dejó tras de sí una relación económica de dependencia, sino igualmente sentimientos psicológicos de inferioridad entre los africanos que crecieron en un mundo en los que se les hacía sentir conscientes de su apariencia física, de sus hábitos, costumbres familiares y aún su olor. De Beauvoir, planteó cómo el discurso capitalista estigmatizó a la mujer así como aquellos que no eran hombres, blancos y heterosexuales como “el Otro” en su sentido hegeliano, es decir diferente del Yo dominante. En cuanto a Edward Said, fue con su libro Orientalism (19787), en el que analiza como los académicos británicos del siglo XIX adjudicaron valor científico a los estereotipos de perezoso, exótico, corrupto y despótico al concepto de “Oriental”. Por su parte Michel Foucault, tuvo gran impacto con sus trabajos sobre sexualidad, así como en la acuñación del término “biopoder”, considerado éste como las prácticas de los modernos estados-nación en las regulaciones de sus sujetos por medio de diversas técnicas orientadas a la subyugación de los cuerpos y el control de las poblaciones. Este concepto fue remodelado por los teóricos de los estudios pos-coloniales para explicar la manera en que fueron estructuradas las mentes y los cuerpos en las colonias. Los así llamados “estudios subalternos” la emprendieron contra las tradiciones históricas marxista y liberales. Sus investigaciones del colonialismo sustentado en los archivos de las autoridades gobernativas fueron atacadas, pues se las consideró imbuidas de la ideología colonialista. En su opinión, los legados del colonialismo no habían sido removidos completamente de las investigaciones realizadas por estos historiadores, catalogados como convencionales, conservadores, portadores aún de los legados mentales del imperialismo.

14 Los estudios poscoloniales fueron así definidos como poseedores de una teoría poscolonial: un pensamiento crítico inter-disciplinario que se planteaba como meta romper la dicotomía entre colonia y metrópoli, entre colonizadores y colonizados, entre colonialismo y descolonización, con el objetivo de escribir una nueva historia global del poder.

15 Una de las líneas de investigación de la nueva disciplina se enfocó en el tema de cómo el imperialismo impactó a las sociedades metropolitanas y viceversa. Según los cultores de los estudios poscoloniales, desde mediados del siglo XVI predominó un discurso que concede a Europa un lugar de preeminencia, una idea clara de su superioridad que le otorga el destino de civilizadora y dominadora de la tierra. En esos años fue fray Bartolomé de las Casas, quien, con argumentos cristianos y religiosos, sustentó el supuesto carácter superior de la civilización europea sobre la indígena. Pero fue sólo con el surgimiento de la Ilustración que ideólogos de otras naciones europeas desarrollaron la teoría articulada de la superioridad del hombre europeo y blanco y de la inferioridad de los “Otros”, los no europeos, “negros” y “amarillos9”.

16 Carl Linnaeus o Carlos Linneo (1707-1778), botánico y zoólogo sueco en su obra Systema Naturae, publicada por vez primera en 1735, subdividió la especie humana en cuatro variedades, según fuese el continente donde habitase y el color de la piel: blanco europeo, americano rojo, asiático amarillo.

17 Dos naturalistas contemporáneos de Linneo, el francés Georges-Louis Leclerc, Comte de Buffon y el holandés Cornelius Franciscus de Pauw introdujeron luego los conceptos de la evolución y degeneración tanto en la Naturaleza, como en la especie humana. En su Geografía Zoológica, los pensadores de la ilustración trazaron un esbozo, por vez primera aplicado a América, de un sentido evolutivo de la naturaleza. Se le consideró cómo el primer claro menosprecio por todo lo que hay en América en comparación con todo lo superior que hay en Europa. Para Buffón, la vegetación de América, su biología eran inferiores a la de Europa. Los animales de América, no eran más que pequeños animalejos ponzoñosos, inferiores a los del Viejo Mundo.

18 Buffón y sus seguidores, los enciclopedistas del siglo XVIII llegaron a plantear que había en muchas partes de América, en especial en las zonas tropicales, un clima degenerante de la raza humana. Por lo que, de igual manera que los animales americanos, el indígena era un ser decadente. La condición inferior de los humanos americanos se consideró como una prolongación de la inferioridad de la naturaleza americana.

19 De Pauw por su parte planteó que el nativo americano no era ni virtuoso ni vicioso pues la timidez de su alma, la debilidad de su intelecto, la necesidad de proveer para su subsistencia, el poder de la superstición, la influencia del clima, todo, le impedía interesarse en el mejoramiento de su propio ser. Su felicidad residía en la perfecta inacción: dormir mucho, no desear nada una vez saciada su hambre y no importarle nada más que saciarla cuando esta le atormentaba. En su entendimiento no había ninguna mejora a lo largo de su vida, pues continuaba siendo un niño hasta el final de su existencia. Así que por su naturaleza era perezoso en extremo, aunque vengativo y atroz en su desquite.

20 Cuando en 1790 fue encontrado en México el llamado calendario azteca (la Piedra del Sol), De Pauw señaló que no podía tratarse de un calendario, puesto que tal práctica suponía una larga serie de observaciones astronómicas y un conocimiento muy preciso para calcular el año solar, lo cual estaba completamente ausente de los pueblos americanos, pues según decía, estos se caracterizaban por su “prodigiosa ignorancia”. Por tanto, planteaba: ¿cómo estos pueblos podrían haber perfeccionado su cronología, si eran incapaces de contar más allá de diez?

De Pauw afirmaba que era el ambiente americano cargado de vapores nocivos debido a las aguas estancadas, los extensos bosques y los campos sin cultivar, causaba “la degeneración de la Humanidad”. Y que esa era la razón por la que los criollos americanos, aunque iban a universidades en México, Lima o Bogotá, jamás habían producido un solo libro.

21 Con Buffon y de Pauw nació así un pensamiento racionalista que postulaba que el continente americano se creó después que todos los demás, lo que se evidenciaba en la idea de que sus sistemas montañosos eran jóvenes, así como inmadura su naturaleza (fauna, flora, seres humanos), lo que unido al efecto del clima, considerado “cargado de vapores húmedos y dañinos”, donde el aire no podía depurarse ni aprovechar la influencia del sol, consecuentemente producía “seres húmedos, hombres fríos y animales endebles10”.

22 La afirmación de la juventud del continente americano y su ubicación en zonas tórridas constituyeron el punto de partida para el desarrollo de la actitud de superioridad que asumieron mucho europeos a partir del siglo XVIII, con relación a América. El “nuevo” continente se comparaba siempre frente a la supuesta superioridad del “maduro” y por ello superior continente europeo. El juzgar la naturaleza americana como inmadura o degenerada, equivalía a proclamar madura y perfecta la del Viejo Mundo. En el siglo XVIII se afirmó así el eurocentrismo en la nueva ciencia del estudio de la naturaleza, todo ello basado en la idea del Viejo Mundo como maduro y perfecto y por tanto canon y punto de referencia de cualquier otro lugar de la Tierra.

23 Con el inicio de las Ciencias Naturales, los intelectuales ilustrados de esos años aprovechan el cúmulo de informaciones recopiladas dos siglos atrás con el fin de iniciar un proceso clasificatorio de carácter universal y en el que Europa era colocado como canon referencial de lo perfecto, pináculo de la civilización humana. El resto del mundo fue catalogado de acuerdo con distintas gradaciones pero siempre en escalones de desarrollo inferiores a la civilización europea.

24 Entre los diversos autores que en el siglo XVIII ayudaron a propagar la idea de la inferioridad “innata” de los indígenas americanos frente a la “civilización” europea, destacó el clérigo escocés William Robertson (1721-1793) quien escribiera el libro Historia del descubrimiento y colonización de América, muy leído entre los círculos intelectuales no sólo de su siglo, sino aún bien avanzado el siglo XIX. Robertson manifestaba el mismo desprecio hacia las civilizaciones prehispánicas que De Pauw, llegando a afirmar que “ni los mexicanos ni los peruanos tenían derecho a ocupar el rango de las naciones que merecen el nombre de civilizadas11”.

25 Las ideas de la superioridad europea llegaría a su punto culminante con la influencia de Charles Darwin, cuyas publicaciones, El origen de las especies (1859) y “La descendencia humana” (1871), tuvieron una repercusión que trascendió más allá de la disciplina de la Biología. Aunque el concepto de la evolución gradual de la vida existía desde el siglo XVIII, Darwin encontró las claves del fenómeno de la evolución de las especies vivientes: la adaptación de los mejores organismos al ambiente. Pero allí donde Darwin encontró una explicación para reforzar la idea de la evolución de las especies, otros, en el campo del pensamiento social, simplemente adaptaron las ideas de Darwin y las aplicaron para reforzar el concepto de la superioridad europea, dotándolo ahora de connotaciones explicativas que se afirmaron como “científicas”.

26 En 1877, Lewis Henry Morgan publicó un libro que combinado con las ideas mal extrapoladas de Darwin, sirvió para apuntalar aún más la idea de la preeminencia del hombre europeo. Titulado La sociedad antigua, proponía una clasificación de la evolución de la humanidad en tres estadios: Salvajismo, Barbarie y Civilización. La diferencia entre una fase y la siguiente era fijada por los cambios tecnológicos, económicos y sociales ocurridos en las sociedades. En el planteamiento de Morgan, solo Europa mostraba una evolución completa, que culminaba con el triunfo mundial de la civilización europea occidental con su tecnología del acero y de la electricidad y el avance de la ciencia en general. En el resto del mundo las sociedades se habían quedado en niveles de evolución que Europa había superado. Entonces, se reforzó la idea de la existencia de “pueblos primitivos” en el resto de los continentes, pues parecían no haber evolucionado sino haberse quedado estancados en distintos niveles ya superados por los europeos. Los más “salvajes” serían aquellos que aún a fines del siglo XIX se encontraban en la “edad de piedra”.

27 Al comparar las sociedades “primitivas” con la vida “civilizada” de las capitales europeas se reforzó la convicción de la superioridad de la civilización europea y al tratar de encontrar la explicación del porqué los europeos habían evolucionado en tanto que los otros no, se llegó a la conclusión a que todo era un asunto racial. La raza blanca europea era superior a la de color más oscuro, propio de las poblaciones que vivían en latitudes donde los humanos se “degeneraban” y por ello se habían quedado “estáticos”, sin evolucionar, en el salvajismo y la barbarie.

28 A lo largo del siglo XIX se impuso entonces un discurso que explicaba, desde un punto de vista antropológico, la supuesta “superioridad” del hombre blanco sobre las otras “razas de color”. Ellos eran civilizados, en cambio, en los territorios “exóticos” los habitantes con pieles de tonalidad más oscura, se encontraban en etapas de evolución ya rebasadas por Europa y Estados Unidos. Además se consideró que el “mestizaje” también degeneraba.

29 Los europeos y estadounidenses blancos asumieron así una actitud acorde con el pensamiento intelectual en boga en Europa, caracterizado por la idea de una innegable superioridad de la “raza blanca europea”. Este discurso predominante se sustentaba en un cientificismo antropológico, conocido como Darwinismo Social.

El desarrollo de una interpretación alternativa a los naturalistas europeos sobre las poblaciones originarias de Hispanoamérica

30 Fue solo hasta después de la Independencia de Hispanoamérica que el continente americano quedó abierto a los viajeros no españoles. Esta había sido una de las razones por las que, hasta ese momento, la idea que se tenía de América y sus habitantes provenía predominantemente de los naturalistas como Buffon y De Pauw, que coincidía con la visión proyectada por el clérigo William Robertson y su libro Historia del descubrimiento y colonización de América.

31 El libro de Robertson tuvo mucha difusión y contribuyó a que se extendiera entre la intelligentsia europea durante la época de la Ilustración esta idea de la innegable superioridad del hombre blanco europeo, frente a los habitantes de América: aletargados y perezosos. Pero quienes desarrollaron estas ideas, jamás habían puesto un pie en América. Y aunque prejuiciaron a muchos de los que a lo largo del siglo XIX viajaron por el nuevo continente, no todos suscribieron estas ideas. Ello se debió a que también, especialmente los más instruidos, habían leído las obras de quienes en plena Ilustración habían escrito al otro lado del Atlántico, en contra de los falsos argumentos esgrimidos por Buffon, De Pauw y sus seguidores.

32 Una serie de eruditos reaccionaron en América elaborando una visión alternativa a la que difundían en Europa los naturalistas europeos. Éstos a su vez se sustentaban en un cúmulo de conocimientos que procedían del siglo XVI, cuando fray Bartolomé de las Casas escribió la Historia General de las Indias, considerada por el mexicano Miguel León Portilla, un verdadero tratado de Antropología cultural de América Prehispánica. En esta obra se incluyeron los indígenas de prácticamente todos los territorios americanos. El objetivo de De las Casas fue demostrar que los indígenas eran unos seres tan racionales como lo habían sido los romanos o los antiguos habitantes de la península Ibérica.

33 Contemporáneo de De las Casas, el fraile Bernardino de Sahagún recopiló la más valiosa de las informaciones etnográficas de México en el siglo XVI, quien se propuso documentear la religión, la literatura, las artes, la botánica, la zoología y la mineralogía de México, animado por su espíritu investigador, impulsado por el fenómeno de desarrollo intelectual renacentista. Su obra, dividida en doce libros la tituló Historia general de las cosas de Nueva España, escrita en sus versiones castellana, náhuatl con grafía latina y en forma pictórica, sistema muy difundido entre los aztecas. Pero esta obra quedó perdida en los archivos españoles y no fue recuperada sino hasta el siglo XIX.

34 Otros frailes que, aunque no alcanzaron la imparcialidad y objetividad de De Sahagún, recogieron mucha información de diverso tipo, como el dominico Diego Durán, aunque intransigente en su fervor ideológico-religioso, recopiló mucha información sobre el pensamiento religioso de los aztecas.

35 En la península de Yucatán, sobresalió la figura contradictoria de fray Diego de Landa, quien, si bien organizó un auto de fe, en donde fueron quemados todos los libros que conservaban los mayas de esa región, por otro lado, más tarde escribiría su Relación de las cosas de Yucatán, la cual también fue sólo descubierta en el siglo XIX y publicada por el francés Charles Étienne Brasseur de Bourbourg en 1863. Obra que se convirtió en una pieza esencial para la investigación de la Civilización Maya y punto de partida para el conocimiento de los avances numéricos, astronómicos y de la escritura de los mayas.

36 También en el Perú, durante el siglo XVI una serie de estudiosos recopilaron información sobre los incas, entre los cuales destacan Pedro Cieza de León, autor de dos obras, La crónica del Perú y posteriormente El señorío de los incas. Obras trascendentales, siendo este autor quien por vez primera trazó el primer esquema de la historia peruana con una división periódica que mostraba la profundidad histórica del los pueblos del Perú prehispánico, pues se refería no solamente al Incario, sino igualmente a los pueblos que lo precedieron.

37 Otro investigador del Perú fue fray Bernabé Cobo (1582-1657), jesuita quien aprendió las lenguas quechua y aymará. Con la experiencia acumulada por 61 de años como sacerdote en el Perú y en México, tuvo muchas oportunidades para la obtención de información confiable. Escribió en su vejez la obra Historia del Nuevo Mundo, que incluía descripciones detalladas de plantas, animales y minerales. Se considera a Cobo una fuente de primera importancia para el estudio del Perú prehispánico, debido a sus detalladas observaciones de las costumbres y comportamiento de sus pueblos, así como por sus precisas descripciones de las principales ruinas de este territorio.

38 Por otro lado, desde mediados del siglo XVI, comenzaron a realizarse obras de carácter general entre las cuales, la Historia general de las Indias y Conquista de México, de Francisco López de Gomara, escrita en 1552. Más tarde, Gonzalo Fernández de Oviedo, en su monumental Historia Natural de las Indias (1535-1552), recoge los informes de múltiples testigos de las civilizaciones azteca e incaica, a las que describe, dice “tal como eran”, con todas sus características prehispánicas, pero en la que los indígenas aparecen como inferiores a los españoles. Fernández de Oviedo se refirió a la existencia de pueblos de cultura diferente a la de los aztecas e incas, con un menor grado de desarrollo de su jerarquía social, en relación con estos dos pueblos. En esta misma línea se ubica la obra de Antonio Vázquez de Espinosa (1570-1630), con su Compendio y descripción de las Indias. Occidentales. Vázquez de Espinosa fue viajero incansable, y su trabajo, como lo señalan los especialistas, consistió en “un viaje descriptivo de la América española de 1612 a 162112”.

39 Hubo también investigadores mestizos e indígenas de ascendencia noble indígena, entre los que destaca Hernando de Alvarado Tezozomoc, nieto del emperador Moctezuma. Se considera que este fue el único indígena que historió el desarrollo de su propio pueblo hasta la llegada de los españoles, en su obra Crónica mexicana, escrita hacia 159813. También sobresalen el noble de origen texcoco, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, descendiente del famoso poeta y príncipe desterrado Nezahualcoyotl, y Domingo Quauhtlehuanitzin Chimalpahin, quien recopiló información sobre el modo de vida de los indígenas.

40 En el Perú, destaca el Inca Garcilaso de la Vega, quien nació en 1539, mestizo de primera generación en el Perú. Cuando era ya un hombre mayor escribió en España, a donde había emigrado, sus Comentarios Reales, con fuentes en gran parte de origen español. Su obra es una extensa crónica pero con un relato muy idealizado del antiguo Incario.

41 Huamán (o Guamán) Poma de Ayala (1535- 1616?) fue otro escritor peruano del siglo XVI, hijo de un funcionario al servicio de los Incas, pero originario de un reino conquistado por éstos. Aunque indígena, aprendió castellano. Escribió la Nueva Crónica y Buen Gobierno hacia 1613. Es una crónica-carta dirigida al rey Felipe II, donde protesta y describe los abusos que cometían los españoles con los indígenas. Su objetivo era demostrar que el Incario funcionaba mejor antes que bajo el dominio de los españoles. La obra de éste autor se extravió en los archivos y fue solo descubierta muchos años más tarde en la Biblioteca Real de Copenhage, en Dinamarca en 1908. Contiene gran cantidad de información sobre aspectos de la vida social, económica, política y religiosa de los Incas14.

42 Entonces, como hemos analizado hasta ahora, en el siglo XVI una serie de estudiosos se interesaron por conocer las sociedades prehispánicas y llegaron a la conclusion que los pueblos indígenas americanos eran civilizados y vivían, como afirmaban, en “orden y policía” tal como los españoles. Sin embargo, durante el ultimo tercio de dicho siglo, un talante de intolerancia se impuso por parte de las autoridades coloniales, sobre todo a raíz de la captura y ejecución del último Sapa Inca, Túpac Amaru I, quien se había refugiado en Vilcabamba, desde donde había fomentado una serie de ataques a los españoles y convertido su refugio en un centro de resistencia contra el invasor hispánico, el movimiento Taki Unquy, que sólo terminaría con su ejecución en 1572. Como consecuencia, la Corona ordenó el secuestro de gran número de estudios que habían realizado todos estos investigadores, por lo que terminaron éstos archivados y finalmente extraviados hasta su re-descubrimiento a partir del siglo XIX.

43 El carácter intolerante hacia lo indígena predominó durante gran parte del siglo XVII y comenzó a prevalecer la idea que luego retomarían los naturalistas europeos del siglo XVIII, de que los indígenas eran ignorantes, olvidándose el pasado grandioso de sus civilizaciones. Sin embargo, algunos continuaron la labor de los investigadores de la centuria precedente, entre los que destaca el mexicano Carlos Sigüenza y Góngora (1645-1700), quien a lo largo de su vida reunió una valiosa colección de antigüedades.

44 Debido a su amistad con Juan de Alva Ixtlilxochitl, éste le puso a su disposción una rica colección de documentos de sus ancestros, los cuales incluían los manuscritos conservados del historiador Fernando de Alva Cortés Ixtlilxochitl, descendiente de uno de los últimos tlatoques o gobernantes de Texcoco y del penúltimo gobernante azteca de Tenochtitlán. Entre 1600 y 1608, escribió una Relación histórica de la nación tolteca, por encargo del virrey de la Nueva España.

45 Con la documentación recibida de Juan de Alva Ixtlilxochitl y los ricos códices de Domingo Quauhtlehuanitzin Chimalpahin (1579-1660), quien había recopilado profusa información sobre los diversos pueblos que poblaron las riberas del lago de Texcoco, Sigüenza inició el estudio de la historia azteca en 1668, dedicando los años finales de su vida al estudio de esta civilización. A su muerte, todos sus materiales, que constituyeron el primer acopio de fuentes y estudios mexicanos, pasaron a la biblioteca de la Compañía de Jesús en la ciudad de México. Esta colección de documentos históricos permitió la difusión en Europa de temas relacionados con la antigüedad de América. En particular, fue importante el trabajo del viajero italiano Gemelli Carreri, quien conoció personalmente a Sigüenza y transmitió copias e información que este le facilitó durante su estadía en México.

46 Un siglo más tarde, otro mexicano estudioso de la antigüedad mexicana, Francisco Javier Clavijero, al resumir la extraordinaria obra de Sigüenza, señaló los diversos libros que escribió este autor. Entre estos, se encontraba una Historia del Imperio chichimeco y los principales acontecimientos de las más antiguas naciones establecidas en el Valle del Anáhuac (valle central de México), junto con una genealogía de los antiguos reyes mexicanos.

47 Con posterioridad, ya en el siglo XVIII, se puede afirmar que surge en México todo un movimiento de la Ilustración, cuando numerosos estudiosos influidos por el desarrollo de diversas disciplinas científicas en Europa produce el reavivamiento del conocimiento por las antigüedades mexicanas, de entre los cuales destaca Lorenzo Boturini Bernaduci, originario de Italia, quien llega a la Ciudad de México en 1735, quien formó una gran colección de pinturas, mapas e historias del México, que llamó su Museo. Sin embargo, en 1742 sus colecciones le fueron confiscadas por orden del Virrey y fue desterrado a España. Fue allí donde trabó amistad con Mariano Veitia, otro erudito interesado en los estudios históricos sobre el México antiguo.

48 En 1747, con la ayuda de Veitia, Boturini publica Idea de una nueva Historia General de la América Septentrional, que despertó el interés de la monarquía por las antigüedades americanas. Fue así como a partir de 1759, el rey ordenó el rescate de piezas, manuscritos a la vez que se comenzó a apoyar, financiar y enviar expediciones de reconocimiento de antiguas ruinas en el continente americano. También, el rey Carlos III nombró a Juan Bautista Muñoz como escritor oficial para que redactara una nueva Historia de América. Para ello ordenó a su virrey en México que recogiera los materiales confiscados de Boturini y que los enviara a España. Con éstos se conformó una colección de 32 volúmenes, obra de numerosos copistas quienes durante tres años trabajaron en su transcripción, información que más tarde empleó Juan Bautista Muñoz para escribir la obra que le encomendara el monarca.

49 Uno de los aspectos a destacar en la obra de Boturini y que habría de influir en Muñoz fue su planteamiento de que la historia prehispánica no era la de un pueblo sin la luz del entendimiento como lo planteaban algunos dogmáticos cristianos, sino que esta historia debía insertarse en la naturaleza común de las naciones.

50 Contemporáneo de Boturini y de nacionalidad mexicana fue el jesuita Francisco Javier Clavijero (1721-1787), otro de los ilustrados que se interesaron por el pasado prehispánico de México. Su obra principal fue la Storia Antica del Messico, obra que debió escribir y publicar en Italia, en donde terminó sus días, luego de ser desterrado como todos los jesuitas de América, en 1767. La obra se publicó por primera vez en 1780-1781 y en español en 1826.

51 Clavijero, exiliado en Bolonia, añadió a su obra una serie de “disertaciones”, las que afirmó constituían sus principales argumentos contra los planteamientos del naturalista De Pauw. En tal sentido rebatió lo que éste planteara de que los “indios no podían contar más allá de tres”, explicando cómo se podía contar en Náhuatl más de los 48 millones. También mostró palabras en Náhuatl para conceptos metafísicos y morales, señalándo también cómo el Evangelio y la obra de Thomas Kempis, Imitación de Cristo, habían sido traducidos a esa lengua. También reconocía su deuda con los escritores indígenas como Ixtlilxochitl, así como presentaba toda una lista de autores, tanto europeos como americanos que habían escrito en lenguas americanas, desde el Tarahumara hasta el Cakchiquel.

52 Otro jesuita exiliado en Italia, el chileno Juan Ignacio Molina (1740-1829) también escribió contra las ideas de De Pauw a quien acusó de siempre “intentar degradar y desacreditar las Américas”, criticándole su aseveración de que la gente que vivía en América, tenía una existencia más corta que las que vivían en Europa15.

53 El erudito mexicano del siglo de la Ilustración fray José Días de la Vega (1718-1790), a comienzos de la década de 1780 redactó sus Memorias piadosas de la nación indiana, en la que destaca por su conocimiento de las culturas prehispánicas de México. Su objetivo fue enaltecer y defender la figura del indígena. Tenía un gran conocimiento lingüístico de las lenguas vernáculas, en particular el náhuatl y el otomí, así como de la historia prehispánica del Valle de Anáhuac y de la historiografía anterior. De la Vega fue quien dio a conocer a sus contemporáneos la obra de Bernardino de Sahagún, desconocido por muchos historiadores del siglo XVIII16.

54 Con Antonio de León y Gama (1735-1802) se llega a la culminación de los eruditos mexicanos. Tuvo interés particular en la recuperación de piezas arqueológicas, como las encontradas en la Plaza Mayor de Ciudad de México. Este investigador se dio a la tarea de escribir su Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México, se hallaron en ella el año de 1790. También recolectó gran cantidad de documentación sobre el México prehispánico.

55 Hacia 1780, como consecuencia de las acciones llevadas a cabo por el rey Carlos III, las sucesivas colecciones de Sigüenza, Boturini y Veitia comenzaron a salir de México, para ser depositadas en Madrid. León y Gama llegó a lamentarse de que tal patrimonio mexicano, que hasta ese momento se encontraba en diversas universidades de la ciudad de México, estuviese siendo llevado a España. Sin embargo, León y Gama logró la copia de numerosos documentos, gracias a dos amigos “doctores bibliotecarios”, quienes se los facilitaron para que pudiese copiarlos.

56 Por último, como lo señaló el investigador Alcina Franch, por encima de los postreros eruditos ilustrados, destaca la personalidad de quien vino a modificar el destino de los distintos archivos que habían creado estos ilustrados. Se trata del anteriormente mencionado investigador español, Juan Bautista Muñoz (1745-1799), quien por encargo de la Corona, como señalamos, le fue encomendada la redacción de una nueva Historia del Nuevo Mundo. Gracias a su gran capacidad de organización y a su interés por la investigación, se creó la más amplia colección documental jamás reunida hasta ese momento, así como el Archivo General de Indias, en Sevilla, el más extenso archivo para el estudio de la América española. Muñoz, consideró necesaria esta enorme tarea, cómo medio para disponer de un corpus documental básico para elaborar síntesis explicativas que pusieran en evidencia las falsedades propagadas por los naturalistas que escribían despectivamente de América y sus habitantes, así como contrarrestar las obras falaces como las del clérigo escocés escocés William Robertson. A la tarea investigadora Muñoz dedicó veinte años de su vida, logrando recopilar la más extensa colección de documentos que hasta ese momento se hubiese llevado a cabo con el fin de escribir una historia de América.

57 Simultáneamente a esta labor de recopilación de información documental, debido al interés del monarca Carlos III, se organizaron una serie de expediciones científicas españolas en América y otras fueron enviadas a reconocer antiguas ciudades perdidas en las selvas. Todo ello motivó a diversos extranjeros a venir a América.

58 Los últimos años del siglo XVIII se caracterizaron por una continuación de los programas de investigación científica, auspiciados por la Corona y se organizaron diversas expediciones con el fin de investigar la flora, fauna, costumbres y antigüedades de América: el botánico Mutis en Colombia; el zoólogo Azara en Argentina; Martínez de Compañón, en el norte de Perú y luego en Bogotá; el botánico y ornitólogo Mociñón.

59 El reseñar toda esta acumulación de información realizada por los eruditos de la Ilustración Hispanoamericana tiene como fin señalar cómo otra forma de acercarse a Hispanoamérica y a la comprensión del continente americano existía al mismo tiempo que Buffon y los naturalistas al término del siglo XVIII difundían sus erradas ideas. Por tanto, en el siglo XIX, existían ya las bases para que no todos los viajeros tuviesen el discurso propio de los darwinistas sociales, que como veremos ha sido la tendencia de considerarlos por parte de los exponentes de las corrientes de interpretación poscoloniales.

Los viajeros y sus libros: la visión de los travelogues según la interpretación poscolonial

60 En el siglo XIX se elaboró toda una nueva visión del paisaje y habitantes americanos en la que las narraciones de viajeros jugaron un papel de primer orden. Fue Humboldt uno de los primeros extranjeros no español en viajar extensamente tanto en México como en América del Sur. Su narración combinaba un intento de explicación propia del naturalista del siglo XVIII con descripciones sobrias de las peripecias del viaje. También recurrió a narraciones de los frailes estacionados en remotas poblaciones de misión. A Humboldt le seguiría toda una pléyade de viajeros, una vez que, consumada la emancipación política de Hispanoamérica, como señalamos, el continente quedó abierto a la visita por parte de no españoles. En el siglo XIX floreció el género de literatura que los estudiosos de lengua anglosajona denominan como travelogues. Innumerables individuos (mayoritariamente hombres, si bien también hubo mujeres) que vinieron a nuestras tierras y llevaban un diario en el que anotaban su visión de los acontecimientos que vivieron o bien enviaban cartas a sus amigos en Europa o Estados Unidos en las que narraban las vicisitudes de su viaje y sus apreciaciones de sus experiencias en América. En opinión de la investigadora Mary Louise Pratt, estos viajeros asumieron una actitud totalmente acorde con el pensamiento intelectual en boga en Europa, es decir el de la innegable superioridad de la raza blanca europea. Para ello se recurría a lo que se consideró como una verdad científica innegable, puesto que los datos de la antropología de Morgan y sus seguidores postulaban el evidente atraso de las poblaciones indígenas.

61 De acuerdo con Pratt, las ideas de Humboldt y sus seguidores, los vastos espacios territoriales americanos fueron concebidos como “naturaleza primigenia, espacios no reclamados ocupados por plantas y criaturas (algunas de ellas humanas) pero no organizadas en sociedades y economías, un mundo cuya única historia era aquella que estaba por comenzar17
. El libro de Mary Louise Pratt tuvo un gran impacto por su contribución en el empleo de conceptos que fueron después empleados en diversas disciplinas como la literatura, los estudios culturales y particularmente en los estudios pos-coloniales que se han preocupado por lo que denominam el desenmascaramiento de los discursos de los viajeros con sus visiones estereotipadas de los habitantes de Hispanoamérica, debido a su (de)-formación intelectual provocada por la extendida idea de la inferioridad de los pueblos de “raza” diferente a la blanca europea. E igualmente, su concepción de que la única manera en que éstos pueblos podrían progresar sería mediante la inversión de capital y la presencia de europeos y estadounidenses en la dirección de las tareas necesarias a realizar para sacar a estos pueblos del letargo y atraso en que vivían. Este pensamiento dominante en la visión de los extranjero sería consecuencia de la propagación en los centros de desarrollo capitalista, de las ideas elaboradas primeramente por los naturalistas de la Ilustración y por los cultivadores del Darwinismo Social.

62 Según esta línea de interpretación, los viajeros tuvieron un enorme impacto pues provocaron el cambio mental necesario para los intereses nacientes del mercado mundial que se gestaba con el triunfo de la Revolución Industrial en Europa. Según este punto de vista, Humboldt y sus seguidores elaboraron la visión necesaria para el expansionismo imperialista en ciernes: “los vastos espacios territoriales americanos fueron concebidos como naturaleza primigenia, espacios no reclamados, ocupados por plantas y criaturas (algunas de ellas humanas), pero no organizadas en sociedades y economías”. Es decir: “un mundo cuya única historia era aquella que estaba por comenzar18”.

63 Los indígenas vistos con un conocimiento superficial eran considerados como seres “exóticos, salvajes o bárbaros”. Y el objetivo final de los textos en los travelogues no sería otro que la regulación de los individuos sujetos a la nueva máquina imperialista puesta en marcha por el avance del Capitalismo, una práctica más de las numerosas y diversas técnicas para lograr la subyugación de los cuerpos y el control de las poblaciones, por medio de la divulgación de lo que se calificó como “mentalidad colonial”. En tal sentido los viajeros al narrar las vivencias de sus itinerarios, en vez suministrar información objetiva, lo que realizaban era intelectualismo político, discursear su autoafirmación, su racismo sirviendo así como instrumento de la dominación imperialista19.

64 Esta subyugación en la que supuestamente participaron los autores de los travelogues la desempeñaron por medio de lo que se denomina el “conocimiento colonial”, geográfico, medicinal, zoológico, de género y también sirvieron a la asimilación del discurso extranjero por las culturas indígenas, otra de las funciones del discurso de los escritores de viaje.

65 En Costa Rica, el profesor Juan Carlos Vargas ha escrito un extenso análisis sobre los viajeros en Centroamérica durante el siglo XIX, el cual incluyó como un estudio introductorio en su compilación de narraciones de viaje en su libro Tropical Travel: The Representation of Central America in the Nineteenth Cenury20. En éste traza lo que considera la proliferación de teorías de la supuesta superioridad e inferioridad de las razas, las que en su opinión se encontraban presentes en los viajeros y en las imágenes que de Centroamérica estos viajeros transmitieron a sus lectores en sus países de origen. A traves del examen de los textos y las ilustraciones que los acompañan, de los viajeros incluidos en esta amplia antología, así como mediante la indagación de los escritos de Ephraim George Squier, encargado de negocios del gobierno de los Estados Unidos de América ante los gobiernos de los estados centroamericanos en 1849 y 1853, el autor trata de demostrar la aseveración de que los viajeros mas que transmitirnos lo que ellos veían, lo que transmitían eran sus propios prejuicios con los que estaban imbuidos.

66 El análisis de los travelogues por medio de una interpretación “poscolonial” es que el que ha empleado el profesor Vargas y por ahora es el único que conocemos realizado sobre una multitud de viajeros que escribieron sobre la Centroamérica de la segunda mitad del siglo XIX. Por esta razón es que nos interesa destacar cómo las ideas explicadas anteriormente sobre los puntos de vista de la influyente autora Mary Louise Pratt, han sido aplicados a los viajeros por Centroamérica en el libro mencionado Tropical Travel.

67 Uno de los puntos centrales destacado en el libro, es el de la vinculación entre las ideas racistas de los viajeros y la política imperialista del Destino Manifiesto. Según esta interpretación los viajeros al hacer explícito su racismo y desprecio de las poblaciones indo y afro americanas, tenían como meta la preparación ideológica e intelectual de la expansión territorial de los Estados Unidos, así como la puesta en práctica de “actividades imperialistas”. Son así concebidos como la vanguardia del capitalismo, quienes prepararon ideológicamente el asalto a las tierras centroamericanas desde una perspectiva masculina colonialista. Al adoptar ese punto de vista, se admite el planteamiento de que la labor primordial de quien se interesa por los travelogues debe ser la de descubrir precisamente todos esos denominados imagotipos que no hacían más que reforzar el sentido de superioridad del hombre blanco y de justificar el colonialismo. Es decir los viajeros nos miraban imbuidos de sus prejuicios culturales y no hacían otra cosa que proyectar sus imágenes mentales al posar la mirada en las gentes y paisajes de nuestras tierras.

68 Otro de los argumentos sobre los viajeros, es que éstos, en vez de describir objetivamente aquello que veían, se limitaban a representarlo mediante la proyección de lo que previamente tenían en su mente, por lo que su narración constituía en realidad un expresión de sus prejuicios de superioridad de los que estaban imbuidos y su proyección sobre los “nativos” que consideraban como inferiores.

Crítica a los postulados poscoloniales y revalorización de los travelogues como fuentes históricas

69 Lo primero para el historiador es determinar la veracidad de la narración a la que se enfrenta. Es decir considerar en primer lugar que se trata de un travelogue auténtico y no ficcional. En segundo lugar, contrastar la narración del viajero con otras fuentes históricas contemporáneas. En este sentido es que diversos viajeros en la Centroamérica del siglo XIX han sido utilizados por historiadores pero siempre complementada la información por ellos transmitida con otros documentos. Éste ha sido el caso de viajeros como John L. Stephens, con su libro Incidentes de viaje a Centroamérica, Chiapas y Yucatán, el cual nos ha dejado vivas semblanzas del istmo centroamericano durante las guerras civiles que enfrentaron a liberales y conservadores en Guatemala, El Salvador y Honduras en los años de 1839 y 1840.

70 Fundamental para el historiador es no caer en el “presentismo”, lo cual es lo usual en los estudios poscoloniales. Es decir colocar los autores del siglo XIX en el contexto histórico en que vivieron, con el fin de evitar juzgar el pasado desde una óptica presente. Cuando se enfoca dicho pasado con los postulados de la crítica literaria posestructuralista de fines del siglo XX se comete un anacronismo. Pero también se cae en el error de juzgarlos a todos ellos como un grupo monolítico pues se da por sentado que todos ellos lo que hacen siempre es proyectar prejuicios. Es decir se les ve carentes de personalidad propia, se ignora su individualidad, sus nociones culturales y su sensibilidad particular. Este punto de vista es muy semejante al argumento marxista y mecanicista, según el cual los individuos no pueden pensar, o ver las cosas sino desde su “perspectiva de clase”. Así un viajero es intercambiable por cualquier otro, pues todos pertenecen al uniforme universo cultural de la intelectualidad racista de los Estados Unidos o de Europa, por lo que sus descripciones pueden ser censuradas de antemano.

71 Aunque es posible encontrar la presencia de imágenes comunes a la mayor parte de los viajeros, no nos parece que en el estudio de los mismos la búsqueda de imagotipos que concuerdan con un punto de vista peyorativo sobre las poblaciones hispanoamericanas deba ser lo esencial. El historiador debe plantearse la existencia de una realidad objetiva y no construida por el observador, la cual, a pesar del sesgo introducido por la subjetividad del narrador, no puede descartársela como una mera representación o proyección de imágenes prejuiciadas que a su vez sirven a un oscuro propósito.

72 Si suponemos que no existe la posibilidad de ir más allá que de la construcción del objeto por el observador y de que somos incapaces de superar los límites que nos imponen los conceptos, entonces queda eliminada la posibilidad de un conocimiento certero (hechos) de las sociedades, al pensar que solamente existen juicios de valor. Tal posición ignora el trabajo de los Ilustrados hispanoamericanos, quienes con su formación intelectual abordaron el estudio de las sociedades que les precedieron.

73 Cuando se hace énfasis en la búsqueda de imagotipos comunes en los viajeros, pareciera considerarse que todos los viajeros compartían un esquema de pensamiento, una ideología cultural de la cual no podían escapar. Quizás a la manera de Focault, se considera que los individuos del siglo XIX no podían escapar de su limitado horizonte cultural o episteme y que por lo tanto, los europeos, no hicieron otra cosa que copiarse unos a otros repitiendo ad infinitum sus prejuicios racistas. De manera que su “mirada del otro” estaría siempre imbuida de su sentido de superioridad, a la vez que sus narraciones no expresaban otra cosa que la preparación ideológica para la dominación del subcontinente latinaomericano por el capitalismo industrial.

74 Este tipo de interpretación niega la posibilidad de extraer información fidedigna de los viajeros, o al menos no se plantea esa tarea. Es decir, no se considera que los viajeros constituyan una fuente de información capaz de darnos imágenes fidedignas del pasado. Al estar encerrados en sus conceptos propios de la cultura de la cual provienen, no pueden hacer otra cosa que mirarnos solo a través de esas imágenes conceptuales. Por eso esta interpretación es incompatible con la disciplina histórica, al adoptar la idea de la supuesta imposibilidad de una comprensión histórica.

75 Existe una diferencia con los historiadores racionalistas. Para éstos, existe una realidad objetiva, a la cual es posible conocer mediante la aplicación del método histórico. En tal sentido, los viajeros interesan por la información que nos transmiten y para verificar su autenticidad es posible recurrir a la contrastación de testimonios. Por el contrario, cuando se adoptan posiciones poscoloniales, se incurre en una pérdida enorme de lo que se puede aprender de los viajeros.

Conclusiones

76 En las dos primeras partes de este trabajo hemos rastreado los antecedentes intelectuales de los estudios poscoloniales, señalando no sólo a los autores contemporáneos, sino preferentemente aquellos que, durante la Ilustración y el siglo XIX sentaron las bases de la visión de la supuesta superioridad del hombre “blanco” europeo sobre los pueblos de “razas de color”. Pero igualmente analizamos cómo, frente a esta distorsionada visión que elaboraron los naturalistas del siglo XVIII y los “darwinistas sociales” del siglo XIX, en Hispanoamérica durante esos mismos años, se produjo un movimiento intelectual que puso en tela de juicio a autores tan influyentes como De Pauw, Buffon y el historiador William Robertson.

77 Posteriormente procedimos a resumir cuál ha sido la visión poscolonial sobre los viajeros y sus narraciones, señalando la influencia ejercida por la autora Mary Louise Pratt, con su libro Imperial Eyes Studies in Travel Writing and Transculturation, particularmente en el autor Juan Carlos Vargas, quien en su estudio introductorio y análisis de los autores de su recopilación de viajeros de su libro Tropical Travel, asume claramente el punto de vista de Pratt.

78 Por último, procedimos a realizar la crítica a los análisis poscoloniales sobre los travelogues, asumiendo el punto de vista del historiador, criticando las endebles premisas en las que se sustentan los análisis poscoloniales enraizadas en las posturas “presentistas” e idealistas, tan características de los llamados Estudios Culturales21.

79 En definitiva, los enfoques postcoloniales son esencialmente el resultado de ejercicios de crítica literaria y semiótica combinados con un poco de antropolología, fuentes de las premisas teóricas de los estudios multiculturales. Poco tienen que ver, en la mayoría de casos, con la disciplina histórica como tal. Se trata de la filosofía y la semiótica suplantando a la historia como disciplina de la explicación del pasado. La historia busca con su método y de manera sistemática, situar en su contexto histórico los documentos, y comparar las distintas fuentes disponibles para elaborar un discurso explicativo. Los teóricos literarios más bien procuran aplicar una teoría previamente escogida a determinados textos, con el fin de resaltar o enfatizar ciertos aspectos vinculados a los significados ocultos que supuestamente se esconden detrás de cada hecho narrado y cada palabra utilizada, de manera que estos encajen dentro de la perspectiva teórica utilizada.

80 Este tipo de análisis se asemeja más bien a una representación. Es decir, el teórico ya tiene una explicación previa en su mente de lo que va a analizar. Se busca seleccionar en los textos escogidos aquello que permita ilustrar lo que ya previamente se tiene por sabido y si no es obvio se procede a su “deconstrucción” para finalmente hallar el significado y el designio oculto y perverso. Así pues, toda narración resulta sospechosa. Cualquier anéctoda o hecho relatado no existe en la realidad sino solo en la mente deformada del viajero. Se convierte en supuesto teórico el que los viajeros eran racistas de mentalidad patriarcal, por lo que sólo podían ver lo que encajaba con su ya formada (o deformada) ideología. A la manera de una explicación marxista sobre el punto de vista de clase, los viajeros estaban condenados irremediablemente a ver absolutamente todo a través de sus anteojos ideológico-culturales. No eran individuos con capacidad de discernimiento, no podían cambiar su visión ya establecida antes de salir de sus propios países. Eran “emisarios de una potencia imperialista” y desde esta óptica son enfocados su relatos. Paradójicamente, esta manera de concebir a los viajeros termina por igualarse a la criticada forma en que los viajeros supuestamente miraban a los nativos, es decir, como caricaturas de personas.

81Los relatos de viajeros deben ser analizados en su particularidad y son sin duda fuentes de gran riqueza para la investigación histórica, la historia concebida como el estudio racional del curso de las transformaciones humanas. Nuestro objetivo es claro: volver a dar su verdadero sitio a la disciplina histórica, ubicando a su vez a los “estudios postcoloniales” en su verdadera dimensión: textos que tienden a distorsionar el pasado a partir de enfoques, en principio novedosos, pero con una vieja y conocida agenda política.

En general, hallamos sin fundamento sólido las premisas teóricas de los enfoques relativistas y postestructuralistas que han venido negando el hecho de que la historia, como disciplina, ofrece la posibilidad de una interpretación acertada del pasado. La historia, como cualquier otra rama del saber humano, busca una explicación fundamentada de los hechos del pasado, siempre dentro de un contexto histórico tan amplio como es posible, pero con sus particularidades. Y aquí, con frecuencia, las teorías sobran, y más aún las ideologías. Hay un terrible sesgo y un propósito destructivo cuando se afirma que la historia no es más que un discurso entre tantos como lo son la leyenda, la novela de ficción, el panfleto o la elegía. La historia no es un relato que se modifique de acuerdo con los cambios culturales y los objetivos políticos del momento o de las “élites dominantes”. Cuando ese propósito impregna un texto y se convierte en su objeto central, este deja de ser historia.

82Proponemos que, en vez de esa búsqueda afanosa de las claves que supuestamente delatan “las oscuras intenciones” de los autores de travelogues, reducidos estos en la óptica postcolonialista a un puñado de individuos racistas, eurocentristas, machistas, imperialistas y colonialistas, sería mucho más creativo y sensato celebrar el estímulo intelectual que los relatos de viaje ofrecen como fuente de investigación del siglo XIX. No han sido ciertamente los estudios coloniales y sus divagaciones teóricas los que han aportado un conocimient del pasado más exacto y vívido, como si lo han hecho las narraciones de viaje. Es entonces posible e idóneo el uso de estos documentos como fuente de información de primera mano, un conocimiento que nos permite hoy ahondar en las raíces, idiosincrasia y particularidades de los pueblos centroamericanos.

Notas de pie de página

831 Stephen Jacobson, “Empire: Rises, Falls, Returns, and Divergences,” Illes i Imperis 10 (2008), págs. 27-55. http://www.upf.edu/grimse/_pdf/9_Jacobson.pdf .

842 Jacobson, Ibíd., analiza diversas investigaciones donde se contradicen los resultados de los estudios poscoloniales. También véase: Keith Windschuttle, The killing of history: how literary critics and social theorists are murdering our past. (Sydney: Macleay Press, 1996) (revised and expanded edition).

853 Fathi A. El-Shihibi, Travel Genre in Arabic Literature: A Selective Literary and Historical Study (Originally presented as the author’s thesis (Ph.D.-Boston University, 1998)). Boca Ratón, Florida: Dissertation.com, 2006.

fn4. Paul Fussell, “Patrick Brydone: The Eighteenth-Century Traveler As Representative Man”, Literature As a Mode of Travel (New York: New York Public Library, 1963).

865 Alexander von Humboldt, Le voyage aux régions equinoxiales du Nouveau Continent, fait en 1799-1804, par Alexandre de Humboldt et Aimé Bonpland. (Paris, 1807), etc.

876 http://www.routledge.com/books/series/RRTW/

887 Edward Said, Orientalism, Western Representations of the Orient. (London: Routledge and Kegan Paul, 1978).

898 Alejandro García, Civilización y salvajismo, (España: Universidad de Murcia, 1988), pág. 55.

909 Citado por Alejandro García, Civilización, pág. 58.

9110 Citado por Víctor von Hagen, En busca de los Mayas: la historia de Stephens y Catherwood. (México: Editorial Diana, 1989), pág. 124.

9211 Balbino Velasco Bayón, Introducción a Antonio Vázquez de Espinosa, Compendio y descripción de las Indias Occidentales, (Madrid: historia 16, 1999), pág. 27.

9312 Germán Vázquez Chamorro, “Introducción a Hernando de Alvarado Tezozomoc”, Crónica mexicana, (Madrid: historia 16, 1997) pág. 7.

9413 James B. Richardson III, James B., People of the Andes, (Washington: Smithsonian Books,1994) pág. 21.

9514 Juan Ignacio Molina, Ensayo sobre la historia natural de Chile, Bolonia, 1810, (Santiago de Chile: Ed. Maule, 1987).

9615 José Alcina Franch, El descubrimiento científico de América. (Barcelona: Anthrophos, 1988), págs. 118-119 y Georges Baudot, “Las antigüedades del padre Díaz de la Vega”, en: ECN, tomo 8, 1969, pág. 223 y sgts.

9716 Mary Louise Pratt, Imperial Eyes: Travel, Writing and Transculturation. (New York, Routedge, 1995), pág. 127. (traducción nuestra).

9817 Mary Louise Pratt, Imperial Eyes, pág. 127. (traducción nuestra).

9918 Edward Said, Orientalism (New York: Vintage Books, 1979), pág. 12.

10019 Juan Carlos Vargas, Tropical Travel: The Representation of Central America in the Nineteenth Cenury: facsímiles of ilustrated texts (1854-1895). (San José de Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2008).

10120 Al respecto véase el importante libro de Arthur Herman, La idea de la decadencia en la historia occidental, (Santiago de Chile: Ed. Andrés Bello, 1998), págs. 364-398.

102

Para citar este artículo :

Juan Carlos Solórzano F., « Una crítica a los enfoques “poscolonial” sobre los viajeros europeos y estadounidenses en la Centroamérica del Siglo XIX », Boletín AFEHC N°56, publicado el 04 marzo 2013, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=3449

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