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AFEHC : articulos : Aliados alarmantes, los aventureros ingleses y la visión del indígena americano (Siglos XVI y XVIII) : Aliados alarmantes, los aventureros ingleses y la visión del indígena americano (Siglos XVI y XVIII)

Ficha n° 3454

Creada: 27 junio 2013
Editada: 27 junio 2013
Modificada: 27 junio 2013

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Autor de la ficha:

Rogelio C. PAREDES

Editor de la ficha:

Juan Carlos SOLÓRZANO

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Aliados alarmantes, los aventureros ingleses y la visión del indígena americano (Siglos XVI y XVIII)

A partir del análisis de los testimonios de las expediciones inglesas de Francis Drake, John Narborough George Shelvocke, y Lionel Wafer en California y el Caribe, en diversos momentos de un período que se inicia con las primeras incursiones inglesas sobre América, a fines del siglo XVI, y concluye en el siglo XVIII, etapa de sus mayores avances sobre el Nuevo Mundo, el propósito de este artículo consiste en analizar, en un contexto de complejas interrelaciones culturales y políticas en Europa y en América, la perspectiva de los viajeros ingleses sobre los indígenas americanos y su papel como eventuales aliados en su lucha contra el dominio español, perspectiva que aparece signada por una amplia variedad de actitudes, desde la ambigüedad interpretativa a la decidida valoración de sus comportamientos políticos y culturales.
Palabras claves :
Viajeros, Aventureros, Ingleses, Indígena
Autor(es):
Rogelio C. Paredes
Fecha:
Junio de 2013
Texto íntegral:

1Si bien los logros técnicos y organizativos del occidente europeo han sido considerados por los especialistas una ventaja notable para su expansión geográfica a escala global1, lo cierto es que éstos no se aplicaron de una manera homogénea en el tiempo y en el espacio. La atención sobre los procesos de conquista ultramarina europea a partir del siglo XV se han centrado, sobre todo, en la rápida caída de las llamadas altas culturas precolombinas de América y en la frágil resistencia de los Estados locales americanos, asiáticos o africanos frente a las tempranas ofensivas hispánicas2. Esa atención encubre realidades para el caso americano mucho más complejas y matizadas.

2A lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, América fue una frontera mucho más compleja que la frágil y localizada dominación europea que aseguraba el acceso al continente. Aún desde las metrópolis ibéricas, las más consolidadas en la región, acercarse al “Nuevo Mundo” podía revelar inesperados aprendizajes, no siempre tan fáciles de asimilar. Lejos de ser un proceso lineal y libre de contradicciones, la incorporación de América como un espacio sometido cultural y económicamente al imperialismo europeo fue lenta, gradual, compleja y con muchas variantes. Solamente la caída de los grandes Estados precolombinos procuró a los conquistadores españoles una oportunidad excepcional de asentar su control efectivo sobre territorios que proporcionaban excedentes alimentarios, fuerza de trabajo y producción de metálico en una abundancia que nunca volverían a hallar en ningún otro lugar del continente.

3La mayor parte de América del Norte fue explorada, colonizada y sólo gradualmente conquistada por ingleses y franceses a lo largo de siglos. El Caribe y grandes extensiones de Centroamérica fueron abandonados rápidamente por los españoles tras la destrucción de la población nativa, y allí surgieron una miríada de establecimientos ingleses, franceses y holandeses. Los vastos y desérticos territorios de Nuevo México y California quedaron fuera del control ibérico y de otras potencias durante siglos.

4El énfasis puesto hasta aquí en los indiscutibles procesos de sujeción política, explotación económica y opresión cultural del colonialismo europeo ha oscurecido un hecho repetido y sensible: que los colonizadores encontraron severas limitaciones para imponerse en muchos escenarios ultramarinos, y que el fenómeno colonial sólo alcanzó su pleno desarrollo y su ingreso como categoría política, económica y antropológica en un corto período de menos de cien años, entre los últimos veinte años del siglo XIX y la primera mitad del XX. El proceso de expansión geográfica de Europa tardó tres siglos en desarrollarse e involucró una serie de procedimientos muy diversos y complejos, en el que sólo a partir de finales del siglo XVIII la superioridad de los europeos resultó decisiva3. Fueron más bien los procesos de descolonización de la segunda mitad del siglo XX los que tendieron a enfatizar las continuidades y homogeneidades de un predominio cultural y económico que se hizo visible de manera relativamente tardía, aunque muy intensa4.

5Los amplios márgenes que dejaba la ocupación efectiva de los territorios americanos por parte de los españoles habilitaban soluciones alternativas a las formas de vinculación entre europeos y nativos, generalmente conflictivas. La existencia de disputas nacionales y religiosas que tenían por escenario a Europa no dejó de influir entre viajeros, conquistadores y colonos que trasladaban esas disputas a los escenarios de ultramar y que los llevaba a hacer prevalecer su enemistad europea por encima de las sustantivas solidaridades culturales que podían ligarlos en las azarosas circunstancias de la frontera americana. Las zonas fuera del control español constituyeron amplios laboratorios para todo tipo de intercambios entre europeos y americanos que excluyeron, en la gran mayoría de los casos, la mera sujeción de las poblaciones locales.

6Las ventajas tecnológicas y organizativas europeas, que hicieron posible un flujo constante de hombres, recursos y discursos y que marcaron a largo plazo una neta diferencia a favor de los europeos5 se vieron en estos casos todavía contrastadas por la imposibilidad de obtener un abastecimiento permanente de alimentos, refugio o incluso asistencia para heridos o desvalidos en castas zonas. La precariedad de esas condiciones dio paso a numerosas filtraciones de formas políticas, organizativas, sociales, culturales e ideológicas que entraron a formar parte de un intenso proceso de interacción entre actores muy diversos, dando lugar a un verdadero mosaico de influencias materiales e ideológicas, procedentes de la diversidad estatal y cultural europea y americana. El fenómeno de los intercambios que hicieron posible la adaptación y supervivencia de los europeos en el nuevo medio americano no fue apenas la etapa inicial de “descubrimiento” recíproco entre los recién llegados y los aborígenes, sino una situación permanente y decisiva los estilos de vida de ambos grupos.

7Este artículo tratará de analizar, en este contexto de relaciones culturales y políticas, la perspectiva de los viajeros ingleses sobre los indígenas americanos y su papel como eventuales aliados durante diversos momentos de su lucha contra el dominio español. A partir de una serie de casos que pertenecen a escenarios geográficos de México y el Caribe, y en distintos momentos del período que va entre los inicios de las incursiones inglesas en América, a fines del siglo XVI, hasta la mayor extensión de sus avances en el siglo XVIII., se tratará de documentar esa mirada de los viajeros ingleses signada por una amplia variedad de actitudes.

8A las costas californianas en el borde norte de la Nueva España colonial y a las regiones costeras del Caribe fue donde arribaron, en momentos diversos, las expediciones de Francis Drake, George Shelvockce y la del bucanero Lionel Wafer, cuyos testimonios constituyen el objeto de estudio de este trabajo.

Guerra y alianzas

9Con la temprana presencia de comerciantes y corsarios ingleses en México, el Caribe y las costas de Brasil y Patagonia, durante el reinado de Isabel I (1558-1603) comenzaron a mostrarse tempranamente las debilidades del control español sobre las vastas costas y territorios americanos, y la fragilidad de su ocupación. Las operaciones inglesas, destinadas inicialmente a lograr objetivos comerciales a los que se oponía España, derivaron luego en abiertos enfrentamientos militares, cuyo propósito general consistía en adueñarse en parte del trafico español de metales americanos de las costas de Chile, Perú y México, y dieron lugar a los primeros viajes de circunnavegación que siguieron al de Hernando de Magallanes (1519-1522): los de Francis Drake (1577-1580) y Thomas Cavendish (1586-1588, reintentado sin éxito entre 1591 y 1592). Antes de que el quebranto español en la defensa del Caribe y las Antillas, en sus luchas contra Holanda, acelerase el proceso de debilitamiento hispano sobre todo el continente, los marinos ingleses espiaban las principales rutas del comercio ibérico en América. Posteriormente, el retroceso hispánico en esas áreas abrió camino a formas de colonización marginal y prácticas de guerra pirática por parte de los bucaneros, un grupo cada vez mayor de aventureros y marginales europeos, refugiado en las islas y costas de Centroamérica y dedicados al asalto de los navíos españoles.

10Luego de que en 1628 una flota holandesa al mando del almirante holandés Piet Heyn, se apoderó de la flota española procedente de Veracruz en la bahía cubana de Matanzas6, la presencia española en la región menguó de manera decisiva. Un número cada vez mayor de náufragos, aventureros y marginales franceses, holandeses e ingleses, se refugió en las islas y las costas caribeñas y se dedicó a la captura de ganado cimarrón, la explotación forestal y a la instalación de incipientes plantaciones de azúcar. Este nuevo tipo de establecimiento no sólo influyó en el balance del poder económico entre el control territorial español y el creciente predominio de una nueva configuración colonial impulsada por los ingleses, sino que tuvo sus repercusiones en el conocimiento europeo sobre el mundo americano en general.

11La sociedad constituida por los nuevos colonos, denominados bucaneros, originada en una dinámica específicamente colonial, en la que las metrópolis sólo participaban de modo marginal, representó un nítido antagonismo con los valores y las prácticas de toda la sociedad europea. Sus bases se encontraban en América, y debía proveerse en ella de lo indispensable para la supervivencia. Las relaciones con las sociedades locales podían ser cambiantes pero resultaban un insumo básico para su presencia, dado que las alianzas que debían mantener con indígenas o negros cimarrones eran el único medio de consolidar su frágil posición. Aunque inicialmente dedicados a explotar de manera individual los recursos de un área abandonada –los bosques tropicales, el ganado y los incipientes cultivos de plantación- la perspectiva de adueñarse de los cargamentos de las flotas españolas se volvió pronto una opción atractiva en la cual, fieles a sus prácticas igualitarias, las tripulaciones se constituían por los individuos libres y elegían por votación sus mandos, los cuales podían ser depuestos por la pérdida del apoyo o la confianza de sus mandantes7.

12La ocupación de Jamaica por parte de Inglaterra (1655) acentuó la debilidad del control español sobre el Caribe. Las plantaciones jamaiquinas ya no serían solamente el destino de cientos de siervos irlandeses trasladados allí como resultado de la represión contra los católicos8, sino también una base mucho más sólida que las que habían contado los bucaneros hasta entonces.

13Desde 1660, corsarios y bucaneros ingleses, franceses y holandeses iniciaron una ofensiva conjunta contra las colonias americanas. Durante el período 1666-1667, el bucanero inglés, Henry Morgan, devenido luego funcionario de la corona, lanzó una ofensiva sobre Portobelo al mando de un numeroso contingente de secuaces, y la capturó pese a la defensa de las fortificaciones españolas que la protegían. A continuación, asoló Maracaibo y varias localidades más de la costa caribeña. En 1671 realizó su mayor operación: luego de atravesar el istmo, atacó, ocupó y saqueó Panamá, nudo de las comunicaciones entre el Caribe y el Pacífico. Luego de mandarlo arrestar por sus desmanes, Carlos II de Inglaterra y Escocia lo perdonó, y lo nombró gobernador de Jamaica de 1674 a 16839.

14La decadencia del dominio español sobre el Atlántico fue contrapesada, en alguna medida, por la intervención de su nueva aliada, la monarquía francesa, durante y después del desarrollo de la Guerra de la Sucesión Española, que llevó al trono de España a un soberano de la dinastía Borbón, Felipe V. La alianza franco-española fue provechosamente explotada durante el curso mismo de la guerra por la incursión del corsario inglés Woodes Rogers (1708-1711), considerada la expedición corsaria británica más exitosa hasta el momento. Rodgers contaba entre su tripulación al célebre ex-bucanero devenido naturalista William Dampier (1652-1715), que para entonces estaba en la cúspide de su fama gracias a la reciente aparición de las memorias y observaciones de su último viaje a Australia y a los Mares del Sur (1699), y por el éxito de la edición de su libro Nuevo viaje alrededor del mundo (1697). Ya en 1694, la Royal Society de Londres había editado a través de uno de sus miembros, el médico real Tancred Robinson, Un relato de diversos viajes y descubrimientos recientes10 que incluía las traducciones de los viajes holandeses de Abel Tasman en el Pacífico Sur y de Fredrick Marteen en Groenlandia, así como los relatos de los ingleses John Narbrough y John Wood en procura del Estrecho de Magallanes y del (hipotético) paso del Nordeste.

15Hacia mediados del siglo XVII, entonces, el interés y la presencia de Inglaterra en la aguas del Atlántico tuvieron que hacerse más intensos dado que venía disputando su dominio con la monarquía española, las Provincia Unidas y la Francia borbónica. La larga guerra que ahora se avecinaba con Francia como antes que con sus antiguas rivales, impulsó a los británicos a poner en valor la sustancial experiencia acumulada por sus aliados holandeses y sus propios aventureros locales. Requería no sólo de descripciones marítimas y geográficas precisas, sino también de un conocimiento los más afinado posible de los escenarios del conflicto, e incluso de los recursos disponibles naturalmente, en el caso de tener que emplearlos durante el desarrollo del conflicto. Y no sólo sus hombres de ciencia trabajaban en ello, sino que también los bucaneros y los corsarios británicos escribían aspirando a convertir sus relatos de viaje en una guía útil para las operaciones de sus compatriotas en ultramar.

16El proclamado interés de servir al conocimiento geográfico como forma de servicio al público, a la patria y a la ciencia, de un modo más impersonal que al propio soberano, se combinaba de manera inseparable con los intereses comerciales y políticos. Completándose y madurándose esta tarea con el avance de la empresa militar británica a lo largo del siglo XVIII. En este contexto adquieren pleno significado las noticias, observaciones y percepciones de los viajeros ingleses sobre las poblaciones americanas no sometidas o a medias sometidas por el colonialismo ibérico. Los merodeadores ingleses debían contar con puertos donde reunir recursos indispensables, donde ampararse de eventuales ataques o persecuciones de sus enemigos, o donde alojar personas o recursos que no podían trasladar. La invocación de la tiranía de los españoles sobre los indígenas y la exaltación de estos últimos –sobre todo de los que se mostraban dispuestos a colaborar o, de hecho combatían a los españoles- es un tópico común de estas narraciones inglesas sobre un tipo de aliados que, en principio, no podían dejar de considerar alarmantes por la distancia cultural y los muchos motivos de recelo que los separaban tanto a ellos como a los aborrecidos conquistadores hispánicos que enfrentaban. Esa tensa vinculación se expresa, en el lenguaje de los viajeros, en una compleja manera de definir al otro, interpretando la distancia cultural y la alarma que provoca su circunstancial proximidad en términos de una exaltación de la “nobleza” particular de estos nativos; de su “amor a la libertad y la justicia”, de su indómito carácter frente a sus enemigos y de su generosidad hacia sus huéspedes; conceptos o valores que expresan mejor lo que los ingleses reservaban para justificar su propia empresa que una real compresión de las motivaciones de sus aliados coyunturales, cuyos comportamientos amistosos sólo podían comprenderse replicando prácticas y discursos propios. Pero más allá de la proyección e imposición de valores y actitudes europeas al otro cultural –rasgo común a todo proceso de imposición colonial, cualquiera sea su alcance o efectividad- lo cierto es que ésta muestra un matiz creativo, innovador, respecto de la concepción más tradicional del nativo americano como apartado del dominio europeo a la vez que sujeto a él. Los mecanismos de transferencia implicados en la concepción de los aventureros ingleses involucran, también, el propósito de incorporar a los indígenas dentro del escenario global europeo, de hacerlos participar, de algún modo, en la lucha universal de los ingleses protestantes contra el imperio ibérico, católico y opresivo, y de conferirles de este modo una identidad y una forma de acción que incorporase a estos hombres y a su cultura en el amplio escenario de los conflictos y las alianzas de su propio mundo.

17
h4. Divinidades extranjeras

18Los bordes costeros casi desolados de la vasta cuenca árida del noroeste mexicano se convirtieron en un área de gran interés estratégico para los incursotes ingleses del circuito del Pacífico español: constituían un refugio apartado pero accesible para ponerse a salvo de las persecuciones de las flotas peruanas o mexicanas que custodiaban las costas virreinales, pero al mismo tiempo constituían un lugar inmejorable para acechar al galeón de Manila, que partía cargado de metales desde Acapulco hacia Filipinas, y regresaba al mismo puerto cargado de exóticos productos orientales. Varios exploradores ingleses se acercaron dispuestos a establecer acuerdos de recíproca colaboración y convivencia con los aborígenes, pese a su barbarie, conocida entre los españoles por el empleo de alucinógenos y las torturas sangrientas aplicadas a los prisioneros de guerra.

19Francis Drake arribó al noroeste mexicano durante su viaje alrededor del mundo (1577-1580), el segundo después del de Magallanes. Drake terminaba de asolar las costas del imperio español en el Pacífico, apoderándose de presas cargadas de los metales preciosos americanos, y se vio obligado a recalar en la Bahía de San Francisco, luego de haberse dirigido hacia el norte, costeando el oeste de Canadá, hasta que las condiciones climáticas se tornaron intolerables y debió regresar al sur.

20A partir de junio de 1579, durante el verano boreal, Drake y sus hombres pusieron en práctica una rara combinación de diplomacia cultural y manipulación ideológica en sus relaciones con los nativos, en la cual no se interpuso la violencia característica de un sistema de imposiciones o sujeciones. Al día siguiente de haber anclado, apareció cierto número de nativos en la playa, y un hombre en una canoa avanzó hacia los recién llegados. Cuando todavía se encontraba a gran distancia, comenzó a hablar con los hombres de abordo, se detuvo y de inmediato dio inicio a “una larga y tediosa oración”, con muchos gestos, signos e indicaciones de reverencia, después de lo cual regresó a la playa. Volvió de la misma manera, una segunda vez, y una tercera, trayendo como obsequio algunas plumas en una cuerda y una cesta tejida de apuro que contenía hierbas11.

21Cuando Drake ancló cerca de la playa para desembarcar su carga, se reunió un gran número de nativos que observaban sobrecogidos las tareas. Iban armados pero dejaron a un lado arcos y flechas mientras miraban. Los ingleses pensaban que los habían tomado por deidades12. Para reforzar su influencia, Drake repartió regalos entre los presentes, mientras les indicaba que no eran dioses sino hombres, poniéndose a comer y a beber en presencia de los nativos. Dos días después se presentaron con nuevas ofrendas, mientras sus mujeres caían presas de un trance místico, que las llevaba a pedir piedad y a herirse con sus propias uñas13.

22Alarmados por la violencia de la manifestación, los ingleses comenzaron a orar para que Dios abriera los ojos de esa multitud y les permitiera reconocerlo como tal. Cantaron salmos y textos bíblicos que apaciguaron a los presentes y dejaron tan complacidos a los presentes que no aceptaron los regalos que les ofrecían Drake y sus hombres, demostrando así – o al menos eso creyeron los ingleses – que estaban en todo satisfechos con su sola presencia14. Finalmente, el “rey” local se hizo presente, escoltado por cien guerreros. Descrito como un nativo de cuerpo grande y buen aspecto, el soberano apareció rodeado de un séquito de mujeres y niños que llevaban cestas con hierbas, raíces, pescados, carne asada, semillas y diversos elementos, y puso sobre la cabeza de Drake una corona de plumas y engalanó su cuello con un collar de huesos. Drake, que no quería correr el riesgo de rehusar homenajes tan generosos: aceptó esos presentes en los que creyó ver una cesión de los nativos, de la soberanía de su país. Una nueva oleada de frenesí religioso comenzó a apoderarse de los nativos, que danzaban furiosamente, y fue preciso que los ingleses comenzaran de nuevo a orar para detener la influencia satánica que veían manifestarse entre ellos.

23A los ingleses, los californianos les parecieron un pueblo de naturaleza tratable, libre y amistosa, cuyos obsequios tomaron por ofrendas a seres superiores. Drake bautizó con el prometedor nombre de Nueva Albión un territorio que los españoles llamaban California desde hacía mucho. A finales de julio, en vista de que sus huéspedes se aprontaban a enfrentar los peligros de una inminente futura navegación por el Pacífico, los indios protestaron – escriben los ingleses- porque iban a ser abandonados por sus protectores. Para despedirlos, encendieron una hoguera y dieron comienzo a un nuevo e ilimitado frenesí místico15.

24La diabólica religión de los “salvajes” resulta atemperada, entonces, por los rezos de los ingleses, mientras que su jefe recibe, sin violencia ni imposición alguna, una soberanía ceremonial que implica aceptar los atributos del rey nativo. Una serena transacción que parece asegurar a ambos bandos la aceptación de una parte del otro, de la nueva religión a cambio de una nueva soberanía, expresión casi emblemática de las aspiraciones inglesas en sus planes de expansión.

25Es notable que estos rasgos narrativos perduren en las obras de viajeros posteriores, evocados de manera casi literal, si es que no se trata de una simple repetición. Casi ciento cincuenta años después de Drake, el capitán inglés George Shelvocke, también él corsario al servicio de la Compañía de Mercaderes Aventureros de Londres y con licencia real para atacar las colonias españolas, arribaba a California, una vez más, en busca de refugio de las persecuciones españolas y en espera del célebre galeón de Manila. En agosto de 1721 Shelvocke recaló en Puerto Seguro, en el extremo sur de la baja California. Apenas llegados los europeos, nuevamente se hicieron presentes los nativos, y el propio capitán recibió de manos de su “rey” un cetro de madera negra, que en este caso devolvió. Los ingleses realizaron obsequios en forma de provisiones diversas procedentes de los saqueos realizados con anterioridad. Al día siguiente, para mantenerlos en la costa y lejos del navío, los indígenas fueron agasajados en la playa con unos “budines” que preparó el cocinero de la tripulación. Enseguida, los anfitriones parecieron más dispuestos a colaborar y ayudaron en las tareas de calafateo del navío, acarreando madera a bordo y acercando ofrendas sin que les fueran solicitados. Los ingleses prosiguieron repartiendo golosinas y otros presentes, inclusos a las mujeres y los niños, que no trabajaban16.

26Sin el sombrío patetismo religioso de la experiencia de Drake – en la que tal vez era más importante exaltar los beneficios de la “verdadera” religión reformada contra las diabólicas supersticiones nativas – la experiencia de Shlevocke pretende llegar más lejos en su benéfica caracterización de los nativos. Contrasta la escasez productiva de esa tierra estéril con la admirable estirpe que la habita, cuya desnudez es emblema de su pobreza y de su sencillez. Con un énfasis moralizador, que ahora se asimila más bien a los afanes ilustrados de proporcionar una definición sobre la relación entre naturaleza humana y prácticas sociales. Shlevocke evidencia cómo, naciones que pondrían a estos hombres los motes de bárbaros y salvajes por su aspecto, se sonrojarían al descubrir que los merecían más que los indígenas: nada les preocupa en exceso, todo lo mantienen en común y sólo se preocupan de beber y comer lo suficiente. Así, la lujuria y el orgullo les resultan totalmente extraños, porque los californianos, concluye Shlevocke, se avienen mejor a los mandatos de la razón que los europeos, que pretenden imponer su codicia en contra de su justa resistencia: la ferocidad, la holgazanería y las peleas en que suelen incurrir otros nativos americanos derivarían –entonces – de la inhumanidad con que los españoles los han tratado y adoctrinado en sus pérfidas intenciones17.

27Una interpretación más secular y filosófica de los nativos pone distancia entre Shelvocke y las consideraciones mucho más teológicas de la época de Drake. Es la simple vivencia de la recíproca colaboración en las costas californianas – surgidas del mutuo interés entre hombres libres e iguales, diría tal vez, John Locke – la que marca en este caso su diferencia respecto de las imposiciones y las guerras que enfrentan a europeos y nativos en las zonas que forman parte de un mundo colonial hispano en el que sólo les era posible convivir sobre la base de las violentas normas de sujeción a la jerarquía, propias del mundo europeo.

28Es así como los indígenas californianos, feroces verdugos de los españoles – a quienes arrancaban el cuero cabelludo y sometían a crueles tormentos – inspiran en los ingleses unas ideas de sencillez y pureza que los reconcilian a la vez con su causa anti-española, así como con una mirada ilustrada sobre el buen salvaje. Lejos de ser un mero reflejo del mundo europeo, California y sus hombres abrían paso a juicios entre los ingleses tan diversos y tan llenos de matices como las controversias políticas, religiosas y filosóficas de los propios europeos.

En el Caribe

29La ocupación y puesta en producción de los territorios coloniales incorporados a la economía atlántica en los siglos XVI y XVIII implicó una enorme empresa de explotación del trabajo humano por parte de las clases propietarias y sectores dirigentes. Los historiadores Linebaugh y Rediker han enfatizado este antagonismo entre el poder de los colonizadores plantadores, armadores, comerciantes y gobernantes, y la resistencia opuesta a él por los pequeños colonos, marinos, esclavos, trabajadores y gobernados. Rediker, en particular, ha estudiado con más detalle las condiciones de vida y trabajo de la marinería, y dentro de ella, la singular empresa de la piratería. El proceso de la empresa pirática – alimentada en buena medida por los ocupantes bucaneros de las islas del Caribe – tendió a radicalizarse en la misma medida que se intensificaba la explotación colonial. Desde mediados del siglo XVII y hasta mediados del XVIII se constituyeron en el Caribe y en el Pacífico verdaderas “repúblicas de piratas18”, lideradas por hombres cuyas cualidades de mando estaban expuestas a las cambiantes circunstancias y resultados de sus empresas de saqueo. Las noticias sobre los éxitos militares y empresariales de piratas y bucaneros circularon en Europa por medio de verdaderos best seller de la época: en 1678, en Amsterdam, el francés Alexander Exquemelin publicó en holandés la primera edición de la Historia de los Bucaneros de América, cuyas traducciones inglesa (1684) y francesa (1686) dan una idea del éxito que alcanzó la obra. El autor había conocido los rigores de la vida de los bucaneros –fue forzado a servirles como jornalero y cirujano- pero se vio favorecido con la celebridad lograda por su obra.

30En el tomo II de su obra, Exquemelin editó el Diario de Basil Ringrose, llegado al Caribe en busca de aventuras. La narración de Ringrose contenía una detallada descripción geográfica de los escenarios de sus aventuras, así como un mapa del Istmo de Panamá, sitio estratégico para el traslado de las operaciones de los bucaneros desde el Caribe al Pacífico que los obligaba a mantener sus bases en territorio americano para cumplir sus objetivos19. La temprana obra de Ringrose anticipó la de otro de su compañero de aventuras, William Dampier (1652-1715), quien adquirió renombre por la extensión, variedad y diversidad de los viajes realizados por América, el Pacífico, Asía Oriental y el Índico, en los que se destacó por sus cualidades como narrador, geógrafo, naturalista, meteorólogo y etnógrafo. En 1697 apareció su primer libro al cual debió su renombre: Nuevo viaje alrededor del mundo, que ya mencionamos. Dos años más tarde agregó una segunda parte titulada Voyages and Descriptions y un Discourse of the Winds. Otro viaje suyo (1699-1701) dio origen a una nueva obra publicada en 1703 bajo el título A Voyage to New Holland. Dedicada esta última de manera exclusiva a sus exploraciones en Australia y Nueva Guinea, a la cual agregó, en 1709, una segunda parte.

31Por su celebridad personal, Dampier atrajo el interés del público hacia los relatos de otros de sus compañeros, que aparecieron publicados en diversas obras a lo largo de 169920. Ambrose Cowley, Bartholomew Sharp y Lionel Wafer publicaron sus obras en un estilo que llevaba la impronta de Ringrose y Dampier: detalladas descripciones del paisaje y de los hombres, mapas y perfiles de costas de islas y continentes, así como ilustraciones de animales, plantas y tipos humanos. De las narraciones publicadas en 1699, es probable que la de Lionel Wafer resulte la más atractiva y descollante, por la extensa descripción que brinda sobre su convivencia con los nativos del Golfo de Darién. Su A New Voyage and Description of the Isthmus of América giving an account of the Authors Abode there ..., como detalla el subtítulo, narra las riesgosas circunstancias que le tocó atravesar en sus aventuras como bucanero.

32Embarcado en 1677 – “muy joven” se describe él mismo- como ayudante de cirujano de un navío destinado a las Indias Orientales, visitó Java, Sumatra y Malasia, desembarcando finalmente en Bantam, donde residió algún tiempo. Regresó a Londres en 1679, embarcándose nuevamente para las Indias Occidentales, pero desertó en Jamaica, donde tenía un pariente que trabaja en una plantación de azúcar. Desde entonces, ejerció como cirujano en la capital jamaiquina de Port-Royal, pero no resistió la tentación de alistarse como bucanero en la tripulación del capitán Cook para atacar las poblaciones españolas del continente, ocasión en la que conoció a William Dampier.

33Atravesando el Istmo de Panamá con sus compañeros, continuó incursionando en el Pacífico, llegando a las islas de Juan Fernández. Como consecuencia de una gresca con otros expedicionarios, Wafer y algunos otros de los tripulantes regresaron por su cuenta a Panamá. Allí pretendían cruzar el istmo para retornar a las Antillas. Durante la travesía del Darién, Wafer sufrió graves quemaduras como consecuencias de un accidental estallido de pólvora. Malherido, y pese a sus intentos, no pudo continuar su marcha hacia el Caribe, por lo que se decidió a solicitar la hospitalidad de los indios del Golfo de Darién. Fue así como permaneció conviviendo con ellos durante varios meses del año de 1681, logrando aparentemente su estima. Una vez repuesto de sus heridas, los indios lo condujeron a la costa, donde sus compañeros lo rescataron y lo alistaron nuevamente como cirujano del navío Second Key Se reencontró con Dampier en varias ocasiones y reembarcándose con él en Virginia en 1683. Otra vez, bajo el mando de Cook, reemprendió viaje junto con Dampier, pero en vez de continuar con éste en un viaje alrededor del mundo, se regresó al Caribe en una embarcación al mando de Edward Davies. Allí recibió el perdón de las autoridades inglesas de Jamaica por sus actividades piráticas. Luego se instaló por un tiempo en la colonia de Virginia, para finalmente retornar a Londres, lugar donde su relato de viaje sería publicado en 169921. La prolongada estancia de Wafer entre los indios de Darién, le permitió trazar un detallado panorama de sus estilos de vida que, aunque lejos de presentarlos de manera tan idílica como otros viajeros ingleses, da una imagen bastante favorable de ellos. Su experiencia se asemeja a la del inglés Anthony Knivet en Brasil, cuyo relato de sus aventuras en esas tierras fue publicado en 1625 con el título de, The Admirable Adventures and Strange Fortunes of Master Antonie Knivet, which went with Master Thomas Candish in his Second Voyage to the South Sea.

34El hecho de que los indios del Darién no estuvieran bajo el dominio de los conquistadores ibéricos, como los de Brasil, puso a Wafer en una mejor situación y predisposición hacia ellos. En todo momento, se afana por poner de relieve lo que denomina la amabilidad (_kindly_) de sus anfitriones y su comportamiento respetuoso y ceremonial delante de los jefes y de sus propios compañeros. Uno de los capítulos de su obra (capítulo VII), Wafer lo dedica a describir las costumbres de los indios. En éste, señala admirativamente sus cualidades como arqueros y cazadores, su culto de la destreza y la virilidad, así como detalla también sus debilidades frente a los españoles, cuya proximidad junto con la pérdida de fertilidad de su entorno es motivo del obligado rápido abandono de sus poblados, ya que, como señala, los indígenas se empeñan en prender fuego a sus empalizadas por medio de flechas incendiarias22. A diferencia de su hostilidad para con los españoles, su actitud es amistosa para con los bucaneros, como lo demuestra su propia experiencia.

35El interés y la valoración de las costumbres de los indígenas locales se desarrollan como parte del interés de los ingleses por mantener tácitas alianzas con ellos, que les permitan solicitar servicios que resultaron tan vitales en el caso de Wafer. Es seguramente por eso que su libro incluye una detallada información etnográfica relativa a tres aspectos que parece considerar fundamentales: “La manera en que los indios curan la enfermedad” (pág.168). “Los indios vestidos con sus ropas mientras fuman” (pág. 220) y una “Marcha de los indios cuando van a hacer visita, o cuando van a una fiesta” (pág. 248), que se incorporan como ilustraciones que acompañan al texto en forma de cuidadosos grabados. Para finalizar, Wafer suministra una breve lista de sustantivos y frases nativas que permitirían una rápida comprensión de su lengua.

36Estas características de su libro proporcionan indicios claros y significativos de unas prácticas sociales que los ingleses debían reconocer con claridad para poder entablar relaciones con los nativos en torno a aspectos vitales para ellos como la asistencia para eventuales enfermos, la celebración de posibles parlamentos, y los ritos de celebración y agasajo, por medio de los cuales poder intercambiar recursos, auxilio o información.

Conclusiones: intercambios y alianzas en los intersticios del Imperio

37El análisis de las fuentes particulares exploradas en este trabajo permite advertir los matices y repliegues en una realidad en las que las prácticas económicas, los discursos políticos y sobre todo las imposiciones del mundo colonial modificaban sustancialmente las condiciones de conflicto y alianza en las distantes tierras de ultramar Los intercambios entre los merodeadores ingleses y las sociedades americanas enfrentadas con o fuera del control de los españoles demuestran las complejidades de vínculos étnicos y culturales que no involucran solamente mecanismos de imposición o dominio colonial, sino que se aproximan, más bien, al de un mutuo reconocimiento de ventajas e intereses comunes y recíprocos.

38La necesidad imperiosa de esa mutua colaboración en las situaciones críticas del contexto colonial y fronterizo en la que tuvo lugar, le permitió a algunos europeos una interpretación de los nativos que, no por erróneas o parciales, dejaban de implicar una concepción distinta a la de los colonizadores españoles, dado que tendía o reducir o limitar las distancias culturales a favor de actos concretos de colaboración e intercambio igualitario.

39Aunque los nativos americanos sometidos a los españoles formaran parte de un mundo europeo y colonial en los que sólo era posible convivir sobre la base de reglas muy claras de sujeción y superioridad impuestas por los conquistadores, en las singulares ocasiones en que los colonos españoles y los aventureros ingleses compitieron por el control de los recursos coloniales en situaciones de debilidad bastante semejantes, las relaciones se redefinieron de acuerdo a las urgentes situaciones del momento, pasando por encima de las diferencias socioculturales y económicas al parecer insoslayables.

40Las experiencias de viaje de Drake, Shelvocke y Wafer en diferentes épocas y contextos, muestran indudables rasgos de semejanza en la apreciación de las sociedades indígenas. La experiencia de Wafer, presenta una imagen de los nativos más bien idílica o al menos más matizada que la mera barbarie señalada por los dominadores españoles probablemente porque se vio completamente libre de toda influencia de aquéllos, y la predisposición de los nativos a colaborar como anfitriones de uno de sus enemigos entraba dentro de unas posibilidades bastante verosímiles, dado que la alianza con un blanco no español abriría paso a una serie de intercambios y recíprocas obligaciones que los favorecerían a largo plazo. Del mismo modo, la visita de Shelvocke a las costas californianas se parece mucho a una reescritura de la que narran los hombres de Drake, bajo una renovada interpretación del comportamiento de los nativos que aparece influida por la antropología ilustrada del siglo XVIII del “buen salvaje”, en lugar de hacerlo con los más antiguos reclamos del calvinismo, presente en Drake, de situarse como la única fe frente a todas las supersticiones, tanto de los nativos americanos como de sus colonizadores papistas. Shelvocke persiguió unas intenciones de acercamiento diplomático y avances estratégicos con los nativos, anunciadas décadas antes por los proyectos del rey Carlos II de Inglaterra y algunos de sus representantes navales, quienes se esforzaban disciplinadamente por ver a todos los indígenas, por encima de su diversidad cultural, como aliados contingentes pero eficaces en la única y universal confrontación de Inglaterra con España.

41Más allá de los diversos contextos, matices y posibles repeticiones, las semejanzas que se advierten entre todas estas experiencias resultan significativas. Una concepción relativamente igualitaria sobre la capacidad de los nativos para participar por sí mismos en lo que interpretan los testigos ingleses como la genuina defensa de su libertad y de sus intereses en su lucha contra España como enemigo común es el trasfondo de todos estos relatos. Shelvocke – acaso también Drake – presentó una colaboración quizás forzosa de los indios de California bajo el aspecto de un libre e igualitario intercambio de favores y regalos en un lugar donde no se podía contar con ninguna otra colaboración ni respaldo, pero procuró destacar que ese intercambio implicaba el reconocimiento de la libre voluntad de ambas partes de prestarlo sin coacciones. Algunos de estos hombres lanzados a la aventura americana, tuvieron que elegir entre proseguir su vida entre los “salvajes” o volver bajo la opresión de sus enemigos ibéricos: en el caso de Wafer, la ausencia de una efectiva dominación hispánica o portuguesa le permite resaltar mucho más en su relato la “natural nobleza” de los pobladores americanos del Golfo de Darién.

42Lejos de sus bases y sin apoyos locales, en general carentes de recursos y presionados por situaciones adversas, estos viajeros ingleses, sin embargo, no tendieron a ver a sus eventuales colaboradores nativos bajo la perspectiva de la libre disponibilidad de poblaciones sujetas naturalmente al dominio europeo. La presión de las circunstancias y la posibilidad de obtener alguna forma de reconocimiento en su propia empresa contra España llevó a corsarios, piratas y merodeadores a reivindicar la condición de los indígenas como hombres libres y aptos para elegir entre su propia causa y la de sus opresores españoles, y para incorporarse voluntariamente en la lucha contra ellos.

43Rogelio C. Paredes

Notas de pie de página

441 Véase entre otros, E. R. Jones, El milagro europeo. Entorno, economía y geopolítica en la historia de Europa y Asia, (Madrid: Alianza, 1990). También John Hall, A., Poderes y libertades. Las causas y consecuencias del auge de Occidente, (Barcelona: Península, 1988).

452 Véase Eric Wolf, Europa y la gente sin historia, (México: Fondo de Cultura Económica, 1987), Walter Mignolo, The Dark Side of the Renaissances, Literacy, Territoriality and Colonization, (Ann Harbour, University of Michigan, 1995); Serge Grusinsky, La colonización de lo imaginario. Sociedades indígenas y occidentalización en el México español. Siglos XVI- XVIII, (México: Fondo de Cultura Económica, 1995.

463 Véase Geoffrey Parker, La revolución militar. Las innovaciones militares y el apogeo de Occidente, (Barcelona: Crítica, 1990).

474 Véase Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, (Barcelona; Planeta, 1994), segunda parte.

485 John H. Parry, El descubrimiento del mar, (Barcelona: Crítica, 1989).

496 John Lynch, España bajo los Austria 2 España y América (1598-1700), (Barcelona Península, 1975), pág. 108

507 Sobre la organización de las tripulaciones piratas y su funcionamiento ver Marcus Rediker, “Under the Banner of King Death. The social World of Anglo-American Pirates, 1716-1728”, JSTOR , The William and Mary Quatterly , 3th. serie, volume 86, nº 2, 1981, págs. 203-227.

518 Peter Linebaugh y Marcus Rediker, La hidra de la revolución. Marineros, esclavos y campesinos en la historia oculta del Atlántico, (Barcelona: Crítica, 2005), capítulo IV.

529 Phillip Gosse, Los piratas del Oeste. Los piratas de Oriente (Historia de la piratería), (Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1948), págs. 25-30.

5310 An Account of several late Voyages and Discoveries to the South and the North ...., London, Welford, 1694. Traducción al castellano Un relato de diversos viajes y descubrimientos recientes, (Buenos Aires: Eudeba, 2008), recopilada por Tancred Robinson.

5411 Robert Silverberg, The Longest Voyage. Cicumnavegations in the Age of Discovery, (Ohio University Press: 1997), pág. 311; Harry Porter C., The inconstant Savage. England and the Nort American Indian 1500-1660, (London : Duckworth, 1979), capítulo 9, p. 183-191.

5512 Harry C. Porter, The Inconstant Savage , pág. 185, interpreta que Drake y sus hombres fueron tomados por los nativos como antepasados venidos desde el mundo de los muertos.

5613 La reacción extática de los indígenas frente a los europeos, incluidos los episodios de frenesí como los que describe el relato de Drake, constituyen casi un tópico en las descripciones de los observadores protestantes, evidencia para ellos de la presencia demoníaca entre los nativos americanos, según aparece también en el relato del hugonote Jean de Lery en las costas de Brasil, en su Histoire d’un voyage fair en la terre du Bresil (1578) véase Stephen Greenblatt, Posesiones Maravillosas. El asombro ante el Nuevo Mundo, (Barcelona: Marbot Ediciones, 2008), pág. 43-51.

5714 Robert Silverberg, The Longest Voyage. Cicumnavegations in the Age of Discovery, pág. 313; Harry C. Porter, The Insconstant Savage ..., pág. 186.

5815 Robert Silverberg, The Longest Voyage. Cicumnavegations in the Age of Discovery, pág. 317; Harry C. Porter, The Insconstant Savage ..., pág. 187-188.

5916 George Shelvocke, Un viaje alrededor del mundo por la ruta del Gran Mar del Sur, (Buenos Aires: Eudeba, 2003), pág. 318-319.

6017 George Shelvocke, Un viaje alrededor del mundo por la ruta del Gran Mar del Sur, págs. 326-333.

6118 Collin Woodward, The Republic of Pitares. Being the true and Surprising Stories of the Caribbean Pirates and the Man Who Brought Them Down, (Harcourt, 2007).

fn19. Leslie Stephen y Stephen Lee (editores.), The Dictionary of National Biography. Founded en 1882 by George Smith. (From the Earliest Times to 1900, volume XVI.:Publishe since 1917 by the Oxford University Press, 1960), pág. 1196.

6220 William Hacke, Voyages containing: Capt. Cowley’s Voyage round the Globe; Capt. Sharp’s Journey over the Isthmus of Darien and Expedition into the South Sea, writen by himself; Capt. Woods’ Voyage throu’ the Straigths of Magellan; Mr. Roberts’ Adventures among the Corsaires of the Levant; his Account of their Way of living, Description of the Archipiaelago’s Islands, Turkey and Siria, (Londres: Imprenta James Knapton, 1699); L. Wafer, A New Voyage and Description of the Isthmus of America giving an Account of the Author’s Abode there… the Indians inhabitants, the features, complexion… their manners customs,employments, mariages, feats, hunting, computation, languages, (Londres: 1699).

6321 Leslie Stephen y Stephen Lee (editores.), _The Dictionary of National Biography _, págs. 427-428.

64fn22. Lionel Wafer, Description de l’Itsme de Darien dans l’ Amerique, etc., en G. Dampier, Nouveau Voyage autor du Monde Ou l’on decrit en particulier l’Itsme du l’Amerique, plusier Cotes et Iles des Indes Occidentales, les Iles du Cap Verd, le passage per Terre del Fuego les Cotes Merdionales du Chili, du Perou et du Mexique ; l’ Isle de Guam, Mindanao et autres Phillippines ; les Iles Orientales sont pris de Cambodia, de la China, de Formosa, Luzon, Celebes etc., la Nouvelle Hollande, et le Cap de Bonne-Esperance (A Rouen héz Jean Baptiste Machuell Ecruyere a l’ Image S. Jean,MDCCXV. Avec Aprobation et PrIvilege du Roy, tomo IV, capítulo VII), págs. 229-283.

65

Para citar este artículo :

Rogelio C. Paredes, « Aliados alarmantes, los aventureros ingleses y la visión del indígena americano (Siglos XVI y XVIII) », Boletín AFEHC N°56, publicado el 04 marzo 2013, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=3454

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