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AFEHC : articulos : Mujeres de “mal vivir”: Casos de adulterio en la provincia de Chiapas en el siglo XVIII. : Mujeres de “mal vivir”: Casos de adulterio en la provincia de Chiapas en el siglo XVIII.

Ficha n° 3543

Creada: 07 agosto 2013
Editada: 07 agosto 2013
Modificada: 07 agosto 2013

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Autor de la ficha:

Adriana RODRÍGUEZ DELGADO

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Mujeres de “mal vivir”: Casos de adulterio en la provincia de Chiapas en el siglo XVIII.

Una de las transgresiones de la moral católica relacionada con la conducta sexual de los individuos fue el adulterio. Para la legislación vigente de la época colonial, el adulterio fue uno de los mayores errores que los hombres podían cometer, con la diferencia de que si este delito era perpetrado por el varón no hacía daño ni causaba la deshonra de su mujer. Por el contrario, si la infractora era la mujer, ésta causaba el deshonor de su marido. En la provincia de Chiapas, en el siglo XVIII, se dieron varios casos de mujeres adúlteras, cuyo comportamiento fue catalogado, por las autoridades, como de “mal vivir”, ya que la adúltera atentaba contra los cánones establecidos. La instancia encargada de enjuiciar el delito de adulterio fue el Tribunal Eclesiástico Ordinario o también conocido como el Provisorato, que para el efecto se encargaba de juzgar, entre otras cosas, los asuntos concernientes a la vida matrimonial, y dentro de éstos, la infidelidad de uno de los cónyuges.
Palabras claves :
Adulterio, Provisorato, Mujeres, Honor, Mal Vivir
Autor(es):
Adriana Rodríguez Delgado
Fecha:
Agosto de 2013
Texto íntegral:

1
De acuerdo a la concepción ideológica de la época, la mujer ocupaba un estatus de supeditación con respecto al hombre. Para salvaguardar el honor masculino y librar a las mujeres de las malas tentaciones, en el virreinato de la Nueva España se empleó el encierro: “las mujeres en su casa, las monjas en el convento, y hasta las prostitutas en los burdeles1”. Situación que como se mostrará más adelante no siempre se cumplió al pie de la letra.

2Las mujeres que, libre u obligadamente, optaban por el matrimonio, debían cumplir con las tareas que imponía dicha condición. Una buena esposa tenía que ser callada, obediente, fiel y honesta, lo que se demostraba en la educación de los hijos, la distribución del gasto familiar y hasta en el pago del debito marital. Ya lo decía Francisco de Quevedo en sus Migajas Sentenciosas (circa 1631): “las mujeres son hechas para estar en casa, no para andar vagueando. Sus gustos han de ser los de sus maridos, participados, no propios2”. Virtudes que principalmente se apreciaban en las mujeres de la élite, al fin y al cabo fue el grupo dominante quien estuvo obligado a salvaguardar los convencionalismos sociales. Convencionalismos que se basaban en el honor, vocablo que “…representaba la historia de una buena familia, avalada por generaciones de matrimonios santificados y nacimientos de hijos legítimos3”.

3Independientemente del estrato social, para una mujer casada la honra se traducía en haber llegado virgen al matrimonio, en la fidelidad que debía al marido y en general, en acatar todos los patrones de conducta impuestos por el régimen patriarcal imperante de la época, fundamentalmente el de la sumisión al varón, llámese padre o tutor y posteriormente el cónyuge. No obstante, en ocasiones hubo féminas que se sustrajeron de ese comportamiento honorable para incidir en conductas considerabas deshonestas, tales como el adulterio, el amancebamiento, etc.

4Esas féminas que se atrevieron a subvertir el orden establecido fueron catalogadas de “mal vivir” o “mala vida”, es decir, mujeres descarriadas de conducta libertina. ¿Pero quiénes eran éstas?, sí tomamos en cuenta que en términos de la moral católica la palabra mal significaba defecto contra la ley u obligación4, entonces estas mujeres, atípicas para su tiempo, fueron aquellas de espíritu libre y audaz, que por lo regular hacían gala de su físico e ingenio para obtener lo que deseaban. En otras palabras, fueron todas aquellas que con sus comportamientos violaron las barreras morales y sexuales de la conducta establecida5.

5Un claro ejemplo de una mujer de “mal vivir” lo tenemos en la persona de Raphaela Herrera, una mujer de edad (así aparece en el documento), viuda de Baltasar de Camoral, vecina del barrio del Cerrillo en Ciudad Real, que mantenía una relación ilícita con un joven llamado Gregorio Penados, a quien ella mantenía y le daba dinero; la intensión de ambos era legitimar su relación casándose, pero el padre de Gregorio, Phelipe Penados, se oponía a la unión porque Raphaela había sido su amante.

6En la audiencia de 31 de marzo de 1786, Phelipe Penados declaró ante el provisor, vicario capitular y comisario del Santo Oficio, don Antonio de Cossio y Ayala, que tuvo actos carnales con Raphaela Herrera por espacio de tres meses, de diciembre de 1784 a febrero de 1785, que regularmente iba a verla a su casa después de la oración de la noche hasta las nueve, relación que era del conocimiento de varias personas, entre ellas la hermana de ella, Petrona Herrera6. Ésta a su vez, defendió a su hermana de tales acusaciones, pero confesó que en su morada se vendía, clandestinamente, alcohol.

7No sabemos con exactitud si las acusaciones de Phelipe Penados eran ciertas o se trataba de una artimaña para impedir el enlace matrimonial de su hijo, pero el hecho de que en casa de las hermanas Herrera se vendieran bebidas prohibidas nos habla de un comportamiento de “mal vivir”, que contravenía los estándares de conducta femenina impuestos por el régimen imperante de la época.

8Asimismo, Richard Boyer apunta que la “mala vida” también podía significar abandonar y profanar el santo matrimonio7. Tal es el caso de la adúltera María López8, criada de don Agustín de Tejada, regidor perpetuo del ayuntamiento de Ciudad Real y residente en la hacienda de su amo en el pueblo de Chiapa, mujer que con tal de realizar su deseo amoroso, desde en vida de su marido tenía una relación ilícita con Bartolomé Rosales.

9En su declaración el 7 de enero de 1788, María confesó que sin importar que Rosales fuese un hombre casado, huyó con él al pueblo de Suchiapa donde estuvieron juntos hasta que los aprendió el juez eclesiástico. Por otra parte, ese mismo día, Bartolomé Rosales se declaró culpable de sus flaquezas, no sin antes advertir, que ya había resuelto abandonar a Teresa para regresar con su mujer. Típica respuesta del infractor para quedar bien librado del juicio; sin embargo, Rosales fue sentenciado a 50 azotes en la picota y regresar a la hacienda de su amo, el citado don Agustín de Tejada. En tanto que María López fue apercibida severamente, obligada a servir en los trabajos propios de su sexo, esto es, dedicarse al hogar, cumplir con los preceptos de la Iglesia católica y llevar una vida recatada, y sin ninguna posibilidad de volverse a reunir con su amante.

El adulterio:

10Una de las transgresiones a la moral católica relacionada con la conducta sexual de los individuos fue el adulterio. Por éste entendemos una práctica sexual extramarital que desde tiempos remotos ha sido, y sigue siendo, una transgresión reprobada legal y moralmente por las sociedades.

11En prácticamente todos los códigos penales antiguos se estableció que la mujer casada que fuese sorprendida en adulterio había de perecer, o en el mejor de los casos, vivir encarcelada o desterrada de por vida. Es pertinente aclarar que estos sistemas legales del mundo antiguo se preocuparon más por el efecto de las relaciones sexuales sobre el orden social que por limitar o controlar los actos sexuales por sí mismos, como posteriormente lo hará la Iglesia católica9.

12Así, el código Hammurabi (1750 A.C) estipulaba que tanto la mujer adúltera como su amante morirían por agua. Por su parte, el derecho romano llegó a conceder al marido ofendido el asesinato de la esposa si ésta era hallada in fraganti. No fue sino a partir del siglo XII que el derecho canónico estableció que toda actividad sexual, conyugal o no, recayese exclusivamente dentro de la jurisdicción eclesiástica10.

13En el periodo colonial, la legislación establecía que el adulterio era uno de los mayores errores que los hombres podían cometer, con la diferencia que si este delito era perpetrado por un varón no hacía daño ni causaba la deshonra de su mujer.

14En los archivos abundan las quejas de sufridas y devotas esposas contra los maridos infieles, por ejemplo, en 1775 Antonia Flores se queja contra su marido José de Ochoa, ambos vecinos del pueblo de Chiapa, por varios excesos, como los constantes adulterios que había cometido su marido a lo largo de los 10 u 11 años que llevaban de matrimonio11.

15Antonia refiere que cuando vivían en el barrio de San Antonio, su marido sostuvo relaciones ilícitas con algunas mujeres, en un sitio llamado El Palmar, una noche lo halló en el patio con una mujer nombrada Rosa; en otra ocasión, en el mismo sitio, lo encontró en la cocina con la india Anita.

16En respuesta a tales acusaciones José de Ochoa alegó que lo casaron a la fuerza pues ella [Antonia Flores] le levantó testimonio de que la había perdido, es decir, le había quitado la virginidad, pero que él no había sido y que si la había maltratado era porque ella no lo quería ayudar con nada. A pesar de los reclamos y malos tratos, José y Antonia seguían viviendo juntos y ya iban por su sexto hijo.

17Por el contrario, si la infractora era una fémina, ésta causaba el deshonor de su marido. No hay que olvidar que “…el honor era una cualidad intrínseca de todo hombre que, por serlo, tenía obligación de mantenerlo12”.

18 En la causa de Julián Guillén de Ochoa y su mujer María Antonia Ayanegui13, aparece un escrito que escribió Julián dirigido al provisor y vicario general de Ciudad Real, fechado el 15 de mayo de 1783, en él se refiere que en diversas ocasiones ha visto a su esposa en la calle, hecho por el cual:

19[…] advierto que si dicha mi esposa no quiere sujetarse y al mismo tiempo me da margen, me será preciso corregirla y para que esto no suceda, a vuestra señoría suplico la imponga y mande se mantenga en su casa con aquella honra debida que en ella corresponde14.

20A todas luces, la conducta mostrada por María Antonia Ayanegui era la de una mujer de “mal vivir”, que no estaba en el encierro del hogar cumpliendo con las tareas propias de su sexo, de ahí la urgencia del marido, que con tal de proteger su honra, solicitó la intervención de las autoridades eclesiásticas, para así enmendar el buen camino de su mujer.

21Bajo la vigilancia de la Iglesia católica, el adulterio tanto de hombres como de mujeres, fue considerado un pecado, representaba una desviación sexual que se oponía al bien de la prole en cuanto que impedía la certeza de paternidad, también significaba la violación de la fe matrimonial que mutuamente se debían los esposos15. Por lo tanto, la infracción merecía la excomunión y otras penas infamantes, eliminándose así la ejecución de la mujer adúltera como se acostumbraba en tiempos antiguos.
En el virreinato novohispano y por ende en el territorio centroamericano, la instancia encargada de enjuiciar el adulterio fue el Tribunal Eclesiástico Ordinario, también conocido como el Provisorato, que para el efecto se encargaba de juzgar, entre otras cosas, los asuntos concernientes a la vida matrimonial, y dentro de éstos, la infidelidad de uno de los cónyuges, hombres o mujeres por igual, sin importar la calidad étnica de éstos, es decir, que lo mismo se enjuiciaron a indios, españoles, negros o ladinos.
Ahora bien, sí el adulterio era desconocido por uno de los consortes, las autoridades eclesiásticas, en particular, el juez provisor, imponían las penas espirituales convenientes, preservando a toda costa la privacidad del asunto y la reputación del ofendido. Por el contrario, cuando la falta se hacía del dominio público, lo que en la mayoría de las veces sucedía, el cónyuge afectado podía utilizar la ofensa como una causal de divorcio, dándose éste en casos excepcionales, no hay que olvidar que el matrimonio era y sigue siendo, un sacramento y por lo tanto, un vínculo perpetuo e indisoluble. Lo más frecuente fue la separación de cuerpos, costumbre que las autoridades trataron de erradicar ordenando la vida marital entre los desposados, sin importar las acusaciones de relaciones adulterinas o de malos tratos.

22Por ejemplo, en el caso de los esposos Francisco Molina y Petrona Rodríguez, en marzo de 1790, el marido solicita que su mujer haga vida maridable con él, en tanto que ella alegaba no querer vivir con Francisco porque era un ebrio y la maltrataba mucho. Sin importar los alegatos de ambos cónyuges, se ordenó a Petrona que dejase de servir a su amo Pascual de Lara, cura de Totolapam y se fuese con su marido, so pena de excomunión16.
Comúnmente las sentencias emitidas por el provisor en los casos de adulterio, tanto femenino como masculino, fue la reunión de los cónyuges, el pago de las costas del juicio por el consorte hallado culpable, los maridos instados a proveer de todo lo necesario a sus esposas y por último, las féminas exhortadas a cumplir con el debito marital y la crianza de los hijos. Resoluciones que de no cumplirse acarreaban la pena de excomunión mayor17.

23 Como le ocurrió a Fernando de Zúñiga y Cortés en la causa contra su mujer doña Paula Mendoza, quien por no presentarse a declarar fue excomulgado por inobediente a los mandatos de la santa Iglesia (noviembre de 1737), rotulo que se ordenó fijar en la puerta principal de la iglesia de Tuxtla y de Tehuantepec donde se hallaba, así como a pagar 17 pesos y cuatro reales de las costas del juicio. No obstante, por apelación, Fernando Zúñiga logró la absolución, comprometiéndose a pagar 25 pesos de multa, cantidad que se aplicaría a la obra pía de la fábrica de la iglesia de San Nicolás Tolentino, y a rezar un novenario a la virgen María, días en los que además tenía que confesarse y comulgar. Absolución que se llevó a cabo, según el Ritual Romano, el 1º de febrero de 1738 en la catedral de Ciudad Real18. De igual forma, ambos esposos fueron obligados hacer vida maridable.

24 O bien, como en el caso de los ya citados Julián de Ochoa y su mujer María Antonia Ayanegui, que vivían separados por culpa de las madres de ambos contrayentes, no obstante, la orden del juez provisor y vicario general fue la reunión de los consortes. Los hechos ocurrieron de la siguiente manera: en un primer momento, Julián de Ochoa se quejó contra su mujer porque esta se había ido a vivir con su madre, no quería regresar con él y para colmo le pegó a doña María de Morales, madre del quejoso.

25 En autos se ordenó que María Antonia Ayanegui pasase a hacer vida maridable con su esposo en un término de 24 horas, con apercibimiento de no hacerlo, se procederá contra ella19. Sin embargo, María escribió al provisor confesando los motivos que tuvo para pegarle a su suegra y el porque no se reunía con su marido, el texto dice:

26[…] se entro en la casa de la mía [la suegra] con tal furia y desvergüenza desahogándose con descompuestas razones que para yo contenerla me vi precisada, movida del ímpetu, darle un garrotazo con la espada de mi tela que estaba trabajando al cato que me precipito con sus modales, y no obstante el fundamento de mi agravio, me hinque a los pies de la dicha María a pedirle perdón por haberle yo atropellado los respetos de mujer mayor…, en tal conformidad que vuestra señoría se digno mandar por su auto me juntase con el relacionado mi marido y que su madre ni la mía veamos, para conservarnos con la paz que requiere el matrimonio, muy bien, pero hago presente a vuestra señoría que a esta superior orden estoy pronta a obedecer con la condición de que el dominado don Julián me ponga casa, criada y una regular asistencia …Y caso que no pueda o no quiera convenir a este trato, se sirva vuestra señoría mandar me mantenga yo al lado y compañía de mi madre20.

27Pero María Antonia no sólo le pide casa, criada y sustento a su marido, también le pide encarecidamente que “…se modere y contenga en promover chismes y enredos…, pues es contante haberme echado de mi casa aún estando enferma con calentura y sin permiso de sacar mi ropa, a la una de la tarde con tanto escándalo21...”

28 La contestación no se hizo esperar, Julián de Ochoa dice que a penas puede mantener a su esposa, que ella sabía muy bien, antes de casarse con él, que era pobre, así que no le puede dar casa ni criadas.

29 En suma, se trata de unos cónyuges que por chismes, desacuerdos y la injerencia de las suegras, no podían vivir como lo mandaba la santa madre Iglesia, no obstante los esfuerzos del juez provisor y vicario general de Ciudad Real de mantener la armonía entre los esposos. Desafortunadamente el documento esta incompleto por lo que nunca sabremos si los esposos pudieron reunirse hacer vida maridable como correspondía a los cánones establecidos.

30De los casos que se encontraron en el Archivo Histórico Diocesano de San Cristóbal de las Casas, México, únicamente encontramos una causa de 1784 en Ciudad Real, donde fue concedido el divorcio por el provisor, gobernador y vicario general del obispado de Chiapas, Francisco de Tejeda, se trata del caso de doña Juana Verdugo y su marido don Luis de Engrava y Ovalle22.

Colofón:

31A pesar de los ejemplos aquí presentados de mujeres de “mal vivir”, en este caso en particular de adulteras, es pertinente aclarar que éstos representan una excepción a la regla, lo común era el adulterio masculino, altamente permisivo a pesar de la oposición de las autoridades eclesiásticas, así lo demuestran las fuentes judiciales de la Iglesia católica, nada raro ya que si tomamos en cuenta la condición de sojuzgamiento de la mujer, éstas fueron las que tuvieron que aguantar infidelidades, borracheras, “malos tratamientos” o maltratos de “obra y palabra”, es decir, violencia física, verbal y hasta económica. La disciplina física de las esposas consistía en golpes con bastones, correas, piedras, heridas con cuchillo o armas de fuego23; acciones que para la época a la que nos referimos, tenían un carácter correctivo y hasta edificante.

32 Comportamiento que se aprecia en el caso de Isabel Ruiz de la Palma quien acusó a su marido Mateo Hernández de la mala vida que éste le daba, a parte de los golpes la tenía en condiciones paupérrimas, ni a ella ni a la hija de ambos las alimentaba y mucho menos vestía, por lo que Isabel tuvo que buscar refugio en el convento de Santa Catalina de Siena; al solicitar el divorcio, el juez provisor de Santiago de Guatemala, Diego de Vargas, la obligó hacer vida maridable con su marido so pena de excomunión mayor y a Mateo Hernández lo condenó a 200 tomines aplicados para obras pías y que “…no la maltrate por ninguna manera y la alimente como esta obligado y según la calidad de su persona24”.

33Adriana Rodríguez Delgado
ENAH-UNAM

Bibliografía

Fuentes Primarias:

34Archivo General de la Nación
-Indiferente Virreinal, caja 6376, expediente 16, 1608, fs. 1-2v.
Archivo Histórico Diocesano de San Cristóbal de las Casas
-Pleitos y asuntos jurídicos XII.B.2, Ciudad Real, 1719, fs. 1-28v.
-Pleitos y asuntos jurídicos XII.B.2, Teopisca, 1736, fs. 1-5v.
-Pleitos y asuntos jurídicos XII.B.2, Tuxtla, 1737, fs. 1-18.
-Pleitos y asuntos jurídicos XII.B.2, Totolapa, 1784, s/fs.
-Pleitos y asuntos jurídicos XII.B.2, Ciudad Real, 1786, fs. 1-10.
-Pleitos y asuntos jurídicos XII.B.3, Chiapa de Corzo, 1787-1788, fs. 1-19v.

General:

35BOYER, Richard, “Las mujeres, la “mala vida” y la política del matrimonio”, en Asunción Lavrin (coord.), Sexualidad y matrimonio en la América hispánica. Siglos XVI-XVIII, (México: CONACULTA/Grijalbo, 1991).
BRUNDAGE, James A., La ley, el sexo y la sociedad Cristiana en la Europa medieval, (México: FCE, 2003).
VILA MENDOZA, Dora, Hasta que la muerte nos separe. El divorcio eclesiástico en el arzobispado de México, 1702-1800, (México: COLMEX/Universidad Iberoamericana/Universidad Católica Andrés Bello, 2005).
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GONZALBO AIZPURU, Pilar, Las mujeres en la Nueva España. Educación y vida cotidiana, (México: COLMEX, 1987).
LAVRIN, Asunción, “La sexualidad en el México colonial: un dilema para la Iglesia”, en Asunción Lavrin (coord.), Sexualidad y matrimonio en la América hispánica. Siglos XVI-XVIII, (México: CONACULTA/Grijalbo, 1991).
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ORTEGA NORIEGA, Sergio, “El discurso teológico de Santo Tomás de Aquino sobre el matrimonio, la familia y los comportamientos sexuales”, en Seminario de Historia de la Mentalidades, El placer de pecar y el afán de normar, (México: Joaquín Mortiz/INAH, 1988).
Real Academia Española, Diccionario de autoridades. Edición facsímil, Tomo II, (Madrid: Gredos, 1976).
TWINAM, Ann, “Honor, sexualidad e ilegitimidad en la Hispanoamérica colonial”, en Asunción Lavrin (coord.), Sexualidad y matrimonio en la América hispánica. Siglos XVI-XVIII, (México: CONACULTA/Grijalbo, 1991).

36Notas de pie de página

371 Mary E. Giles (ed.), Mujeres en la Inquisición. La persecución del Santo Oficio en España y el Nuevo Mundo, (Barcelona: Ediciones Martínez Roca, 2000), pág. 24.

382 Citado en Pilar Gonzalbo Aizpuru, Las mujeres en la Nueva España. Educación y vida cotidiana, (México: COLMEX, 1987), pág. 31.

393 Ann Twinam, “Honor, sexualidad e ilegitimidad en la Hispanoamérica colonial”, en Asunción Lavrin (coord.), Sexualidad y matrimonio en la América hispánica. Siglos XVI-XVIII, (México: Conaculta/Grijalbo, 1991), pág. 131.

404 Real Academia Española, Diccionario de autoridades. Edición facsímil, Tomo II, (Madrid: Gredos, 1976), pág. 460.

415 Dora Dávila Mendoza, Hasta que la muerte nos separe. El divorcio eclesiástico en el arzobispado de México, 1702-1800, (México: COLMEX/Universidad Iberoamericana/Universidad Católica Andrés Bello, 2005), pág. 58.

426 Archivo Histórico Diocesano de San Cristóbal de las Casas (De ahora en adelante AHDSC), Pleitos y asuntos jurídicos XII.B.2, Ciudad Real, 1786, fs. 1-10.

437 Richard Boyer, “Las mujeres, la “mala vida” y la política del matrimonio”, en Asunción Lavrin (coord.), Sexualidad y matrimonio en la América hispánica. Siglos XVI-XVIII, (México: Conaculta/Grijalbo, 1991), pág. 284.

448 AHDSC, Pleitos y asuntos jurídicos XII.B.3, Chiapa de Corzo, 1787-1788, fs. 1-19v.

459 James A. Brundage, La ley, el sexo y la sociedad Cristiana en la Europa medieval, (México: FCE, 2003), pág. 60.

4610 James A. Brundage, La ley, pág. 196.

4711 AHDSC, Pleitos y asuntos jurídicos XII.B.2, Chiapa, 1775, fs. 1-6v.

4812 Teresa Lozano Armendares, “Penurias del cornudo novohispano”, en Pilar Gonzalbo A. y Verónica Zárate T. (coords.), Gozos y sufrimientos en la historia de México, (México: COLMEX/Inst. de Investigaciones Dr. José Ma. Luis Mora, 2007), pág. 165.

4913 AHDSC, Pleitos y asuntos jurídicos XII.B.2, Ciudad Real, 1783, fs. 1-6.

5014 AHDSC, Pleitos y asuntos jurídicos XII.B.2, Ciudad Real, 1783, fs. 5-5v.

5115 Sergio Ortega Noriega, “El discurso teológico de Santo Tomás de Aquino sobre el matrimonio, la familia y los comportamientos sexuales”, en Seminario de Historia de la Mentalidades, El placer de pecar y el afán de normar, (México: Joaquín Mortiz/INAH, 1988), pág. 31.

5216 AHDSC, S/Clasificación, S/Lugar, 1790, fs. 1-4.

5317 “Entre 1702-1736 los jueces provisores utilizaron la pena de excomunión mayor como una fórmula para presionar el cumplimiento de los pasos instituidos en el derecho canónico; especialmente se aplicó a los maridos para que cumplieran. Entre 1738-1777 se extendió su utilización con más regularidad a mujeres, abogados, autoridades civiles y testigos”. Dora Dávila Mendoza, op.cit., pág. 81.

5418 AHDSC, Pleitos y asuntos jurídicos XII.B.2, Tuxtla, 1737, fs. 16v-18.

5519 AHDSC, Pleitos y asuntos jurídicos XII.B.2, Ciudad Real, 1783, f. 2v.

5620 AHDSC, Pleitos y asuntos jurídicos XII.B.2, Ciudad Real, 1783, fs. 3v-4.

5721 AHDSC, Pleitos y asuntos jurídicos XII.B.2, Ciudad Real, 1783, f. 4.

5822 AHDSC, Pleitos y asuntos jurídicos XII.B.2, Ciudad Real, 1784, s/fs.

5923 ASUNCIÓN LAVRIN. “La sexualidad en el México colonial: un dilema para la Iglesia”, en Asunción Lavrin (coord.) Sexualidad y matrimonio, pág. 90.

6024 Archivo General de la Nación, Indiferente Virreinal, caja 6376, expediente 16, f. 2.

61

Para citar este artículo :

Adriana Rodríguez Delgado, « Mujeres de “mal vivir”: Casos de adulterio en la provincia de Chiapas en el siglo XVIII. », Boletín AFEHC N°57, publicado el 04 junio 2013, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=3543

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