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AFEHC : articulos : El prisionero N° 11 de la Santa Inquisición. : El prisionero N° 11 de la Santa Inquisición.

Ficha n° 3587

Creada: 19 septiembre 2013
Editada: 19 septiembre 2013
Modificada: 20 septiembre 2013

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Autor de la ficha:

Christophe BELAUBRE

Publicado en:

ISSN 1954-3891

El prisionero N° 11 de la Santa Inquisición.

El proceso de Rafael Gil Rodríguez, prisionero N° 11 de la Santa Inquisición, ofrece una perspectiva sobre la existencia de prácticas judáicas en el Reino de Guatemala a finales del siglo XVIII. Su proceso cuestiona los esquemas hegemónicos sobre la categorización de grupos sociales de la colonia, pues Gil Rodríguez era un hombre difícil de clasificar. Sus convicciones religiosas trastornaban el orden establecido.Este caso permite igualmente insistir en la violencia de las relaciones sociales en la época colonial. El proceso tenía un posible carácter pedagógico: su castigo, la pena que le fue impuesta, puede verse como un ejemplo de las acciones del Estado, a través del órgano represivo de la Inquisición, sobre lo que podía sucederle a quienes se alejaran o atentaran contra las normas sociales e ideológico-religiosas.
Palabras claves :
Santa Inquisición, Exclusión social, Orden social, Normas, Violencia
Autor(es):
Christophe Belaubre
Fecha:
Septiembre de 2013
Texto íntegral:

1Este trabajo explora el tema de las relaciones entre justicia eclesiástica y sociedad colonial en el Reino de Guatemala a finales del siglo XVIII1. La Inquisición española, sujeta a la autoridad del poder real, se distinguía de otras instituciones existentes en Europa de ese tiempo2. Nombrados por la Corona, los Inquisidores gozaban de una condición privilegiada, que le daba mayor peso a su función de agentes de represión del Estado colonial. El Consejo de la Santa Inquisición formaba parte del aparato del Estado con un rango equivalente al Consejo de finanzas o el de Indias. Mas aún, su adhesión y defensa de la ideología dominante convertía al Santo Oficio en uno de los pilares del sistema colonial, ya que protegía la civilización española de impurezas y barbarie. Para estudiar esta imbricación entre el poder civil y la institución religiosa, seguimos los conversos que fueron perseguidos por la Inquisición durante todo el período de la dominación española en América y eran obligados a vivir su fe en la clandestinidad, ya que en 1492 no habían podido escoger entre una sincera conversión al cristianismo o el abandono definitivo del país3. Aquellos que adoptaron una posición de resistencia pasiva se enfrentaron a una política violenta y vivieron entre el miedo y una forma de desafío ante la sociedad de « viejos cristianos ». Muchos de estos conversos se replegaron sobre sí mismos y contribuyeron a incrementar las inquietudes de sus congéneres, quienes los consideraban siempre con sospecha, desprecio e incluso con odio4. Si bien constituían una minoría – ciertamente incluyente en las ciudades españolas –, siempre interesaron a los aparatos encargados de vigilar la pureza de la religión y castigar la transgresión, en especial a los jueces de la Inquisión, pero de igual manera al aparato del Estado, preocupado por uniformizar costumbres, normalizar conductas y centralizar la autoridad5. Aunque la historiografía sobre el trato de los conversos por el Santo Oficio en España y América es abundante6, hay algunas monografías sobre la función de la Inquisición en la región novohispana7. Hay dos historiadores guatemaltecos que retomaron el tema, pero sus trabajos están ya desactualizados, peor aún, no generaron mucho interés en el campo8. Afortunadamente en los últimos años varias investigaciones orientadas hacia el conocimiento de la condición femenina y de las poblaciones marginales en la época colonial retoman los archivos del Santo Oficio de la Inquisición9.
Una rápida revisión de las estadísticas publicadas por Chinchilla Aguilar indica que la Inquisición concentraba su acción en la vigilancia de prácticas religiosas de la minoría española (desde la Cédula Real del 23 de febrero de 1575). Los conversos de ascendencia judía que huían de las persecusiones en España eran controlados cuando se sospechaba de su presencia en América10. Este número reducido de juicios inquisitoriales se explica por la débil presencia criolla en la región11, pero también porque en España la Inquisición fue bastante eficaz, erradicando físicamente a todos aquellos que practicaran un cripto-judaísmo más o menos comprobado. Es posible que nunca haya habido suficientes conversos en el Reino de Guatemala para formar una comunidad. Durante el siglo XVIII, la Inquisición mantuvo tensas relaciones con el poder12. El reino de Felipe V estuvo marcado por la que se puede considerar como la última ola de represión en los años 1720-1730. De hecho, en el período que nos interesa los procesos contra los conversos eran poco comunes, en Europa, donde se nota una cierta evolución en las ideas. Se puede mencionar la rehabilitación de los « chuecas » de Mayorca bajo Carlos III – lo cual muestra que en la Península se daban casos hacia una mayor tolerancia13. Como ocurría con mucha frecuencia, en el caso del cripto-judío salvadoreño Rafael Gil Rodríguez, todo comenzó por una denuncia14. Estos procesos solían iniciarse sin que el acusado lo supiera, por una denuncia anónima. El caso de Gil Rodríguez dió lugar a un largo proceso15. En 1785, el seminarista Juan Manuel Chacón decidió denunciar la actitud y las palabras pronunciadas por Rafael Crisanto Gil Rodríguez, un joven criollo que vivía con sus padres en una hacienda cercana al pueblo de Santa Ana, en la jurisdicción de San Salvador16. Entonces, se abrió un juicio inquisitorial cuya lectura cuidadosa revela los sentimientos religiosos de una víctima, un hombre fragilizado, que sin embargo enfrenta la adversidad y desarrolla una fortaleza particular para resistir a la violencia social e institucional de la que fue objeto. Las manifestaciones represivas de la sociedad colonial hispanoamericana se perciben igualmente en los testimonios que denuncian las prácticas judaizantes. Por último, es también una ocasión para revisitar la historia de la Inquisición, situando a los actores del sistema inquisitorial al interior de un cuerpo social impregnado por la segregación y la discriminación. Además el historiador de lo social puede seguir paso a paso el itinerario de un hombre perseguido cuya vida se ve finalmente truncada por la violencia de las normas sociales del Antiguo Régimen, pero que paradójicamente pudo haber sido castigado por haber querido integrarse a la sociedad colonial, representando así, de alguna manera, las aspiraciones frustradas de miles de « judíos del silencio ».

Un judaizante al descubierto: Rafael Gil Rodríguez

2Al reunir una masa de detalles sobre la vida cotidiana y la familia de Gil Rodríguez el juicio permite seguir sus prácticas religiosas secretas que se convirtieron en dudosas y luego peligrosas, en la medida que la máquina inquisitorial se ponía en marcha, y que el odio popular tomaba posición frente al asunto. El análisis de los testimonios permite establecer que las relaciones que se tenían con Gil Rodríguez, antes de su cuestionamiento judicial, fueron durante mucho tiempo del todo ordinarias. El inculpado estaba inmerso en una sociedad poco cristianizada y sus prácticas religiosas pasaban inadvertidas17. De hecho, Gil Rodríguez aprovechaba muy bien la ignorancia de los individuos que lo rodeaban, indígenas, mestizos, negros y mulatos, y por cierto la denuncia en su contra no provino de estos grupos, sino más bien del sector criollo, en el cual nuestro hombre buscaba un reconocimiento social. Ahora bien, una vez que el Santo Oficio fue informado del caso los testigos a cargo se multiplicaron, algunos por iniciativa propia y otros porque fueron llamados a declarar. Estos ponen en evidencia el judaísmo de Rafael Gil Rodríguez y nos ayudan a conocer las condiciones y las representaciones sociales de estos “nuevos cristianos”.

3Entre las formas de resistencia pasiva que nuestro cripto-judío privilegió había la oposición marcada a los ritos católicos más importantes. Recurría a una gran diversidad de estratagemas para no asistir a misa: habría incluso pronunciado las palabras siguientes a su amigo: « (…) que jamas se mataria ni cansaria caballo por ir a cumplir con el precepto de la misa (…)». Esta actitud es confirmada por las declaraciones de varios testigos. Son prácticas difíciles de analizar, dado que eran frecuentes en medios sociales en los que la devoción de la misa no siempre era respetada. Ese rechazo no era muy arriesgado en realidad, pero en su caso era un hecho conocido y más o menos tolerado en su pueblo natal. Su actitud de escape no implicaba una gran fuerza moral y no aseguraba mayor vitalidad a su fe. Frente a los notables de la región, como el empresario Felipe de Arbizú, se mostraba más parlanchín; se ufanaba, en efecto, de no haber asistido a misa desde hacía más de tres años, pero se justificaba de manera creíble su actitud: « (…) porque tenia enemistad con los curas de este recinto (…) ». A veces agregaba detalles truculentos aconsejando al auditorio que leyera comedias en vez de perder el tiempo en la misa: « (…) que para que iba a missa que mejor era que oyese una comedia que estaba leyendo18 (…)». En las ocasiones en las que se dignaba asistir a misa, terminaba corriendo más riesgos que los que pudo enfrentar en la soledad de su propia casa, pues se ponía de pie a lo largo de la ceremonia, salvo cuando se presentaba la ostia. Según su propia declaración, el cura del beneficio de Metapán lo visitó por tres días consecutivos en 1785, durante la época de Pentecostés, para tratar de convencerlo que asistiera a misa y se confesara. Ante la insistencia de aquel visitante y antes que partiera, Gil Rodríguez prometió confesarse, sin embargo no cumplió. Estas inconsistencias en la práctica católica eran sintomáticas del malestar vivido por un hombre que no cesaba de dudar en los principios de su fe y de la religión impuesta, y que vacilaba ante lo que debía o podía aceptar. Por otra parte, en el momento y el paso de las procesiones, salía con una frase irónica cuando todo el mundo se inclinaba ante la figura de Cristo.
Otro aspecto llama la atención en la declaración de Juan Manuel Chacón: el acusado hubiera dicho frente al cura que la confesión “ésta no sería necesaria”. Gil Rodríguez lo decía abiertamente y, circunstancia agravante, nunca estuvo ebrio cuando defendía sus ideas ni se acercaba a las personas alcohólicas. Algunos meses antes de acusarlo pasaron juntos por la casa de los padres de Chacón – Gil Rodríguez profesaba en ese entonces poca devoción por el rezo del Rosario, según él – luego se detuvieron en el santuario del Señor de Esquipulas, donde desde finales del siglo XVI se desarrolló el culto de una imagen esculpida de Cristo conocida con el nombre de Cristo Negro. Mientras Chacón observaba los signos normales de la devoción, Gil Rodríguez lo interpeló sobre su actitud pues la concibía como idólatra, opinando que adoraba más a una imagen que a Dios19. Se trataba en efecto de una prohibición planteada en la Torah, uno de los tres pecados cardinales, respetado más o menos en el judaísmo. Ese rechazo de las imágenes contaba mucho para Gil Rodríguez, que asumía con frecuencia una actitud desafiante frente a este aspecto20. Según Chacón, el rechazo de las imágenes era compartido por un amigo de Gil Rodríguez, Pedro Manuel Rodríguez. Para el acusado, las imágenes de Cristo no eran sino pedazos de madera.

4Como lo recordaba Chacón, quien lo conocia muy bien, Gil Rodríguez solía bañarse. Aunque era una práctica importante en el judaísmo —véase las reglas del miqveh— parece que pasó desapercibida mucho tiempo para las personas que cruzaron su camino21. Varios testigos evocaron el río Salitre que corre por el límite de la hacienda Agua Caliente donde Gil Rodríguez tenía la costumbre de invitar a sus amigos a bañarse22. Por otra parte, Chacón denunció que Gil Rodríguez no se separaba nunca de dos tomos de la Biblia y su apego por el Antiguo Testamento. Decía este testigo que apreciaba en particular las historias de David y de Herodes23. El cura de Santa Ana, José Antonio Zelaya, recuerda los rumores sobre el hábito que tenía de pasearse « (…) repartiendo algunas palabras del capitulo doce del exodo (…) », que simboliza para los judíos el concepto de libertad, cuando los israelitas fueron esclavos durante cuatrocientos treinta años antes de ser liberados, tras el advenimiento de la segunda plaga. El éxodo de Egipto conduce a la formación del pueblo judío en una sola nación. Según Eusebio Salvador, mayordomo de la hacienda administrada por Esteban Rodríguez, hermano de Rafael, puede entenderse que el acusado dedicaba una buena parte de su sábado a la lectura, durante un período de descanso que respetaba escrupulosamente24.

5Varios testimonios revelan prácticas alimenticias sospechosas. El cura Zelaya recibió múltiples testigos que aseguraron que él no comía « marrano », ni alimentos que incluyeran manteca de cerdo entre sus ingredientes. En lo que se refiere al pollo, los suspendía para que se vaciara toda la sangre del animal, pues la Biblia prohibe explícitamente el consumo de sangre. Si respetaba algunas de estas prohibiciones alimenticias propias del judaísmo, el acusado parecía no conocer del todo las reglas, en particular la manera como el animal debía ser abatido, método tradicional conocido bajo el nombre de Chehitah en hebreo. Se imponía un ayuno severo todos los sábados, desde las tres de la tarde hasta la misma hora del día siguiente, y prohibía a los trabajadores de la hacienda de su familia todo tipo de actividad agrícola ese día. Pero también en este caso, si la prohibición de todo trabajo físico durante el ayuno se inscribía en la tradición judía, por fuera del ayuno específico del Yon Kippur y de cuatro ayunos relacionados con el sitio de Jerusalem, ese tipo de comportamiento no era tradicional el día del chabbat, que implicaba sobre todo un oficio religioso y un tiempo de reposo, meditación y convivencia familiar. En todo caso los edictos de ley, publicados en su mayoría en el siglo XVII, consideraban el hecho de no trabajar el sábado como una prueba de judaísmo25.

6El proselitismo, frecuente en grupos minoritarios y perseguidos, fue practicado por Gil Rodríguez para luchar contra la aniquilación de su fe y su cultura. Buscó difundir prácticas prohibidas cercanas al judaísmo aprovechando su condición de clérigo tonsurado que le daba un poder simbólico ante los demás. Recordemos que como seminarista recibió las órdenes menores, podía vestirse con el hábito blanco, lo que le daba un prestigio entre los miembros de su comunidad. Considerando la diversidad y la cantidad de testimonios, puede suponerse que Gil Rodríguez sacaba provecho del aislamiento de su región, poblada de neófitos indígenas y mestizos, y no desperdiciaba ninguna ocasión para ganar nuevos adeptos. Sin embargo, tenemos sobre todo informaciones provenientes de amigos cercanos, en su mayoría de origen criollo. En su carta de denuncia, Chacón recuerda las proposiciones de su amigo en torno a su conversión a la ley de Moisés. Casi como en secreto le hablaba de “cosas” que tenía que decirle y le aseguraba que con él aprendería más que con los religiosos dominicos. Pero para este efecto tenían que encontrarse en su hacienda situada en el pueblo de Santa Ana a unas ocho o diez leguas de la capital. Manuel Chacón terminó su primera denuncia insistiendo en las razones que motivaban a Gil Rodríguez para llevarlo tan lejos de la capital. Quería convencerlo de que aceptara la circunsición26. La confesión de Chacón era un elemento demoledor para desenmascarar el judaísmo de Gil Rodríguez, en la medida en que la circuncisión era en efecto practicada entre los judíos, a los ocho días del nacimiento del niño27. De hecho el comisario Antonio Alonso Cortés luego de haber recibido presiones para saber más sobre este asunto convocó a Manuel Chacón en San Pedro Zacapa para que declara ante José Carretero y Pereyra28. Su testimonio fue muy explícito: « (…) tomo y bebio un poco de la sangre el mencionado Rodriguez. Y quando este fue circuncidado, quiso hacer que bebiere tambien de su sangre el que declara; pero que este lo repugno, y no consintio en ello; sin embargo de decirle el tal Rodriguez, que era necesario para contraer cierto parentezco. Que despues de circuncidados se metieron en el rio del agua caliente durante el tiempo que corrio la sangre (…) ». Sabemos por otra parte que Mariano Aguiluz fue interrogado en Comayagua, el 22 de agosto de 1786, por Manuel Sebastián de Thoves, y negó haber sido abordado por alguien que le hubiera enseñado a no adorar a Cristo y los santos29. Sin embargo, parece que los dos hombres tuvieron una relación estrecha y que Aguiluz tomó el camino de regreso luego de su formación en el Seminario Tridentino de la ciudad de Guatemala, prometiendo que seguiría la doctrina y las opiniones de Gil Rodríguez30. Más tarde, una vez que Gil Rodríguez ya estaba preso en los calabozos del Santo Oficio de México, los médicos dieron su visto bueno sobre el espinozo asunto de la circunsición. Sus incisiones llevadas a cabo a escondidas no dejaron de provocarle serios inconvenientes. Su propia circunsición pudo haber cicatrizado mal. Así, mientras que estuvo encarcelado poco tiempo, en 1782, en las prisiones reales de la ciudad de Guatemala por razones que veremos más adelante, padeció una enfermedad venérea, que el cirujano Nicolás Berdugo no lograba curar. Esta afección le hizo sufrir tanto que optó por seguir los consejos de otro prisionero y cortar otro pedazo de piel31. Tampoco logró recuperarse con esta nueva intervención, hasta tal punto que en 1786 sufrió una infección, luego de una relación sexual que tuvo en el pueblo de Chalatenango con una sirvienta mulata y casada. La energía que deseplegaba para convertir a sus conocidos en su región de Santa Ana, estaba arraigada en sus hábitos sociales, hasta tal punto que una vez encarcelado en Guatemala, se puso a predicar a varios prisioneros las plegarias de Dios a Moisés32: « (…) Rodriguez le dijxo [a Calvillo] que aprendiera aquella oracion que era mui linda para libertarse de males y peligros (...)». El proceso reveló las prácticas religiosas que Gil Rodríguez seguía y que lo acercaban a una comunidad de marranos con la que no tenía vínculos comprobados por la justicia. Lograba con dificultad conservar sus ritos. Su relativo aislamiento y el sufrimiento interior lo convencieron de la necesidad de hacer nuevos adeptos, actitud que sin duda alguna provocó la reacción de la sociedad y del Estado.
h4. Violencia social y represión: la justicia inquisitorial en acción
Rafael Gil Rodríguez enfrentó la violencia social y la represión inquisitorial. Su actitud general no le permitió, en la etapa previa a su encarcelación en febrero de 1788, escapar a la ira de los demás miembros de su comunidad, aún más si se piensa que el hombre cultivaba una independencia de espíritu que lo situaba al alcance del órgano represivo de las autoridades eclesiásticas y en contradicción con los valores admitidos en el cuerpo social. De hecho, antes de verse enfrentado a la Inquisición, Gil Rodríguez padeció de discriminación social y de violencia económica, en especial por parte de grupos criollos que buscaban esclarecer su peculiar personalidad, con la esperanza de deshacerse de un hombre del que se podía sospechar que era un rival para controlar a la población local en la región de Santa Ana. Los Gil Rodríguez eran propietarios y formaban parte del grupo reducido de familias de poder que luchaban por ocupar los espacios de representación a nivel local. Durante su proceso, Gil Rodríguez denunciaba la presencia de enemigos en su parroquia, que confabularon en su contra y lo agredieron: el notario Mariano Coutiño y sobre todo los hermanos Zelaya, José Antonio, cura de Santa Ana, y Julián, quienes trabajaban al parecer para la curia diocesana. La enemistad entre el cura de Santa Ana y Gil Rodríguez se tradujo en acusaciones bastante graves33. El humor, el sarcasmo y hasta un agudo sentido crítico frente al oscurantismo del régimen colonial, eran las armas favoritas del que sería, durante por lo menos 20 años, el prisionero número 11 de las cárceles de la Santa Inquisición. Estaba convencido de que los curas de Santa Ana y de Texis no sabían decir la misa y que « (…) mejor grita un Asno que ellos, y que mejor podrian decirla los sacristanes34 (…) ». Es posible interpretar esas manifestaciones repetidas de rechazo hacia el clero como una forma de envidia, que al mismo tiempo escondía conflictos de conciencia internos y una identidad frustrada, porque era una persona fuera de la norma. En cuanto al anatema del que fue objeto en el momento de una misa celebrada por José Antonio Zelaya, Gil Rodríguez respondía durante el interrogatorio de manera muy directa y sin temor, que eso « (…) nada le importaba, y que eso no le llegaba al fundillo de sus Calzones35 (…) »!. Para Gil Rodríguez, no cabía duda de que « (...) el cura Celaya ha puesto todos sus conatos para la perdicion del Confesante36 ». Ese sentimiento de malestar se expresaba en diversas ocasiones, en especial durante las discusiones francas y extensas muy del gusto de Gil Rodríguez. Decía, por ejemplo, al capitán don José María Morales que « (...)en esta ciudad no havia algun hombre docto, sino es el Sor Dean Doctor D. Juan Gonzalez Batres y que este no pasaba de un mediano estudiante37 (...) ». Agregaba para ser más explícito que sus enemistades, perpetuadas durante años, lo llevaban hacia la rebelión. Sufría de manera evidente múltiples formas de violencia que eran parte de un sistema colonial que marginaba a todos aquellos que no fueran « limpios de mala raza38 ». Gil Rodríguez debía enfrentar los valores de una sociedad que no compartía, sin tener nunca la posibilidad de explicarse ante las personas que lo rodeaban. Algunos lo entendían y se hacían amigos de él porque era una persona afable y culta, y otros lo rechazaban por la independencia de su espíritu que se manifestaba cada vez que se discutía el tema de la religiosidad.

7En realidad fue de la Iglesia que Gil Rodríguez recibió los golpes más duros de su vida, primero en 1775, cuando después de diez años de estudios en el Colegio Tridentino estaba a punto de ordenarse sacerdote: una carta anónima llegó a las autoridades diocesanas y le impidieron acceder al objetivo de su vida39. Esta violencia colectiva no era la única forma de rechazo que debió enfrentar Gil Rodríguez. Una vez sometido al proceso judicial, muchos delatores “espontáneos” dieron prueba de su ensañamiento, lo que muestra bien la presencia de una violencia casi primitiva y bien arraigada en las sociedades coloniales hispanoamericanas. Una gran parte de los habitantes de Santa Ana o de la capital que se pronunciaron como testigos, conocían muy poco al acusado, pero habían oído hablar de él y de su comportamiento; tal información era suficiente para despertar sus miedos, temores que formaban parte de costumbres xenofóbicas y que eran proyectados hacia el otro. El comportamiento judaizante de Gil Rodríguez manifiesta la transgresión a estos valores tradicionales. Este proceso permite observar la sociedad desde otro punto de vista, opuesto a la normatividad, y esta perspectiva nos revela, tanto lo que constituye una amenaza al orden establecido, como las bases mismas de las sociedades de Antiguo Régimen. De manera general, documentos como este proceso inquistorial cuentan otra historia; una historia escondida donde aparecen « modos singulares de existir o de ser en el mundo40».

8 Con la entrada de la Inquisición en su vida, Rafael Gil Rodríguez, en una declaración de noviembre de 1789, toma conciencia del riesgo que le acecha en el calabozo: la tortura. En sus palabras se perciben mezclados sentimientos de horror y de valentía: « (...) que en el caso de ser puesto a question de tormento espera de la bondad de Dios le ha de dar fuerzas para sufrirlo con resignación41 (...) ». Si la calificación desde el punto de vista teológico y jurídico del delito y la sentencia eran pronunciados en la ciudad de México, el proceso de Rafael Gil Rodríguez fue instruido en la región de Santa Ana y en la ciudad de Guatemala en donde residía el Comisario General Antonio Alonso Cortés, representante del tribunal de México. Este español, instalado desde varios años en Guatemala, tenía como misión proceder a la lectura de los edictos de fe, tomar nota de las denuncias y declaraciones, y podía desplazarse a las diferentes partes del Reino para efectuar visitas42. A pesar de esto, el tribunal de México no dejaba de mencionar en sus informes la pésima opinión que se hacía del trabajo realizado por las autoridades guatemaltecas43. El comisario Alonso Cortés reconocía que le había costado mucho trabajo llevar a cabo el interrogatorio de Mariano Aguiluz, compañero de Gil Rodríguez y residente en Gracias a Dios, pues no había encontrado el nombre del comisario de Comayagua. Este detalle burocrático nos permite apreciar el estado general de desorden del sistema inquisitorial a finales del siglo XVIII en Guatemala. Los interrogatorios estaban diseñados en base a reglas muy estrictas. Por ejemplo la interrogación tenía que hacerse en presencia de testigos, en particular debía estar presente un notario nombrado para cada caso44.

9Como en los siglos XVI o XVII, un proceso en contra de un converso conllevaba una dimensión política a causa de las implicaciones sociales y económicas vinculadas a las personas enjuiciadas, en particular cuando el incriminado formaba parte de los financistas de la Corona. Este no era el caso de Gil Rodríguez que pertenecía a una familia criolla, bien arraigada dentro de la sociedad colonial, propietaria de algunas tierras, y dotada de los medios suficientes para enviar a uno de sus hijos a estudiar en la capital del Reino, pero que no beneficiaba de apoyos o relaciones en los círculos restringidos del poder peninsular urbano. Sin embargo lo que estaba en juego iba más allá de los aspectos económicos y sociales, pues el prisionero se arriesgaba a perder la vida y su familia podía salir desprestigiada45. De hecho, varios grupos criollos formaban parte del parentesco del acusado: Méndez, Medina Valderas, Castellanos o incluso Quiñónez, para citar solamente a los más influyentes familiares mencionados en el proceso.

Entre integración y exclusión social

10La gran cantidad de testigos presentados permite seguir el discurso sobre el comportamiento alejado de las normas del orden social de Rafael Gil Rodríguez. Al mismo tiempo, los cargos son igualmente útiles para medir tanto el grado de integración que Gil Rodríguez alcanzó en la sociedad colonial y la densidad de su red de relaciones sociales. La representación que hemos esbozado de esta red —si bien hay que tener mucho cuidado con ese tipo de gráficas que no tienen en cuenta lo suficiente la intensidad de los vínculos— muestra bien la densidad de su red social (véase el diagrama N° 2). Es claro que Gil Rodríguez aprecia un cierto nomadismo que lo llevaba de parroquia en parroquia para conversar con los curas de su región natal. Allí era hospedado y le gustaba animar discusiones sobre muy diversos aspectos del dogma. Sin embargo, muchos elementos recogidos en las fuentes nos incitan a explorar la tesis de la ruptura social para entender su destino porque, como lo vamos a ver en detalle, él fue un estudiante del Seminario Tridentino de Santiago Guatemala e intentó en vano acceder al sacerdocio.

Una vida intelectual muy activa

11Los testimonios no dan una misma opinión sobre las actividades del acusado, aunque revelan el gusto de la lectura y el nivel de estudios de Gil Rodríguez. Su conocimiento le permitía sostener numerosas conversaciones sobre el dogma, y tampoco dudaba en utilizar expresiones latinas —incluso los expedientes comprenden algunas cartas suyas escritas en latín— como sustento de sus argumentos. En el Seminario Tridentino de Guatemala se destacó por su presencia regular en la biblioteca46. Hay un dato que revela que frecuentaba con asiduidad la biblioteca del doctor Francisco de la Vega , que fue rector del Colegio Tridentino y que poseía 3000 obras incluyendo varios libros prohibidos que el inculpado tuvo la ocasión de leer47. El comisario Alonso Cortés presentó un reporte elogioso de sus resultados48. Esa sed de conocimiento lo llevaba a frecuentar curas pues sabía extraer de ellos las últimas noticias de la capital o incluso libros raros que se hacía prestar gracias a su poder de persuasión y probablemente su simpatía. En cuanto a su rechazo a la confesión, mientras discutía con el cura de Zapaca Carretero y Pereyra, Gil Rodríguez hacía referencia a Francia, por ejemplo, para justificar sus posiciones: « (…) que en Francia no incurria en sospecha de heregia el que estaba dos o tres años sin confesar; cuia expresión le havia visto el declarante en unos diaríos o papeles que tenia el cura de Zacapa Carretero, lo que asi se habia declarado en Asamblea del clero Galicano con aprobacion del Papa49 ». Muchos testigos confirman el tiempo importante que el inculpado dedicaba a la lectura. Así, Eusebio Salvador, mayordomo de la hacienda de Aguacaliente, precisaba que « (…) ayunada desde el viernes a medio dia hasta pasar el sabado, en el que mantiene retirado de la gente, leyendo sin conversar con persona alguna50 (…) ». Su pasión por la lectura era tal que, incluso estando preso en el fondo de una celda, como prisionero número 11, ¡lograba conseguir del exterior informaciones sobre la vida política europea! En una de sus deposiciones, formulaba en 1791, Gil Rodríguez ataca la institución inquisitorial y pone en evidencia su conocimiento de los escritos de los filósofos franceses: « (…) Solo entré en esta maldita casa, en donde siendo a obscuras la tirania en tantos siglos, que habeis tiranizado el mundo con titulo de Sta inquisicion, hoy que el mundo ha abierto los ojos a pesar de vuestra diligencia en que los mantuviera cerrados51 (…) ».

Una personalidad abierta y fuerte

12Los pocos documentos de la mano de Gil Rodríguez no permiten la reconstrucción de su personalidad y carácter. Debemos para esto utilizar los testimonios de las personas que frecuentó antes de ser encarcelado. La situación de prisionero del Santo Oficio despierta en el comisario delegado José Antonio Zelaya recuerdos bien precisos sobre el carácter agitado del personaje. Recuerdos tan precisos, que pueden hasta poner en evidencia los intereses de este testigo en acusarlo, lo que confirmaría las alegaciones de Gil Rodríguez quien pensaba que los Zelaya hacían todo lo posible para hundirlo. Así el antiguo rector del Seminario Tridentino evoca los mumerosos problemas que su carácter provocaba frente a otros estudiantes: « (...) le dió bastante que hacer por su genio discolo, y sobre saliente que queria atropellar á todos los colegiales, de suerte que tuvo bastante quimeras52 (…) ». José María Menéndez afirma que hacia 1781, Gil Rodríguez había sido encarcelado por orden del coronel Josef Navas por haberse negado a que sus trabajadores fueran enrolados en las milicias en tiempos de guerra53. Esto le valió algunos meses de prisión y tal vez hizo que su resentimiento frente al sistema colonial se incrementara. El mismo Menéndez recordaba que después de este primer roce serio con la justicia colonial « (…) se dejo crecer mucho la barba, por dilatado tiempo, creciendole casi como a padre Belemita (…) ». En realidad, el proceso está repleto de detalles que muestran, por un lado, la falta de obediencia y sometimiento al sistema colonial, y por otro lado, su valentía. Su actitud puede ser interpretada como ingenua, ante el peso de la persecución judía en la sociedad española y americana. En diciembre de 1786, su amigo Pedro Sagastume le informó que su nombre había sido mencionado durante la publicación del edicto general del Santo Oficio, noticia grave que, al contrario de invocarle temor, le inspiró la siguiente osadía: « no se le daba nada, que no le llegaba ni a los guebos entendiendo esto por los testículos54 ».

13En numerosas ocasiones los oficiales de la Inquisición recordaban que el carácter del personaje era amable y que conocía varios curas de parroquia en el obispado de Guatemala. El comisario general de esta ciudad pedía en especial que se velara por que no comunicara con los curas de parroquia en el momento de su traslado a la ciudad de México: « (…) porque el reo era astuto, y no alucinase á los curas, y juezes del camino de aquel Arzobispado, que los mas eran contemporaneos suios, y lo habian tratado con mucha caridad55 (…) ». Sus intereses intelectuales y su deseo confuso de querer formar parte de una corporación que juzgaba digna de su saber, lo llevaban de manera sistemática a relacionarse con eclesiásticos. El seminarista Miguel Rafael Barroeta, que compartió la vida cotidiana de Gil Rodríguez durante algunas semanas en el albergue El Dragón de la capital, se quejó de que no habia podido cernir el carácter del personaje. Esto podría mostrar que Gil Rodríguez era capaz de seleccionar a sus amigos y pudo haber decidido excluir Barroeta de su círculo de relaciones más cercano. En efecto sólo el testimonio de Barroeta insiste en el carácter lunático de nuestro hombre: « un genio mui variable, que al que denuncia le parecio loco: que lo que hoi queria, mañana no lo quería56 ».

14Teniendo en cuenta otra dimensión del proceso, podemos medir un aspecto de su personalidad en función de los sujetos que marcaron el pensamiento del protagonista de esta historia. Así, para defenderse de las acusaciones pronunciadas contra él, Gil Rodríguez se refería casi sistemáticamente al arzobispo Pedro Cortés y Larraz a causa de lo severo de sus proposiciones en materia de dogma, y porque parece claro que la firmeza de las posturas de este obispo lo impactó durante su juventud. El testimonio más preciso es sin duda alguna el de José María Menéndez, quien destacó la gran generosidad del acusado –daba muchas limosnas a los pobres– y confirmó lo que otros testigos decían por su cuenta, que Gil Rodríguez no bebía y nunca había padecido de algún ataque de locura. Más adelante, se cruzó varias veces con el cura de Metapán y durante una discusión, éste recuerda muy bien su vanidad al pretender ser capaz de redactar un catecismo mucho mejor que el del padre Ripalda57. Aquí también, junto con esa arrogancia a penas disimulada, se siente bien el duro y desesperado tormento de un hombre desprovisto de practicar abiertamente su auténtica fe judaíca. Sujeto a tal sometimiento, este tipo de comportamiento provocador era contraproducente, pues no impedía la inexorable asimilación a la cultura católica dominante de los hombres y mujeres que lo rodeaban; peor aun, su comportamiento rebelde lo convertía en el eterno y sospechoso intruso ante los ojos de sus congéneres. Los múltiples testimonios y las minuciosas pesquizas que fueron realizadas por el Santo Oficio no dan a conocer la vida de Gil Rodríguez y el de su destino poco ordinario, sin embargo nos revelan la complejidad y riqueza de su red de relaciones sociales.

Una red de relaciones muy densa y rica

15En su denuncia, Julián Cróquer destaca que le gustaba mucho pasear y hacer amigos. La cantidad de hombres y mujeres que conocía Gil Rodríguez permitía diálogos sobre una gran diversidad de temas que torturaban su espíritu. Cuando fue buscado por la Inquisición, inició una fuga que duró algunos meses, durante la cual el comisario Alonso Cortés explicaba a los jueces de México que «mucho temo que no se verifique esta prision, y se entorpezca largo tiempo la causa de Fee; pues a mas de ser persona, que esta emparentada con muchos vecinos de aquella provincia de Santa Ana, tiene muchos amigos, que pueden eludir las ordenes dadas58 (…)». El primer círculo de relaciones comprendía a su familia. Su padre y su madre habían muerto al comienzo del juicio. No obstante, la genealogía familiar nos dirige a una persona quizás más importante que su padre: el abuelo paterno, Salvador Funes y Frías, oriundo de Galicia, y quien tuvo un niño ilegítimo con Rosa Gil Rodríguez. Este niño ilegítimo era el padre de Rafael Gil Rodríguez. Salvador Funes fue alcalde mayor de Sonsonate. Podemos deducir que dada la cercanía entre Rafael y su abuelo y como solía ocurrir en otros casos de familias conversas, Rafael pudo haber sido formado en los principios del judaísmo por su abuelo.

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Arbol genealógico de la familia Rodríguez
Arbol genealógico de la familia Rodríguez

17Por el lado materno, el grupo estaba emparentado con las familias Medina Valderas y Méndez. El joven Rafael nació en Santiago de Guatemala, por accidente, como él lo dice sin dar más detalles, pero su adolescencia la vivió en la región de Santa Ana – precisamente en la hacienda Santa Rosa del Aguacaliente – donde el comerciante Andrés de Molina le enseñó a leer y a escribir, antes de que su padre decidiera enviarlo al Seminario Tridentino de la capital. Fue alumno interno en este colegio hasta julio de 1773, fecha del terremoto que obligó a abandonar el edificio, razón que lo llevó a refugiarse en la casa de una viuda prima del pudiente comerciante Basilio Roma, en donde se quedó durante más de un año antes de regresar a la hacienda de su infancia. Entre las personas citadas en la instrucción figuran también dos hermanos de Gil Rodríguez, Esteban el mayor y Pedro Miguel el menor, que explotaban la hacienda de Aguacaliente donde vivía Rafael. Del mismo modo, al menos dos hermanas son mencionadas: Mónica Gil y Juana Manuela. Durante su período de formación, con tan solo 25 años, ya estaba convencido de que la simple fornicación no era un pecado. Entonces se puede deducir que la familia jugó un papel importante en su iniciación al judaísmo, pero comprobarlo implicaría realizar una investigación más detallada, pesquisa que el aparato inquisitorial no quizo hacer. Así mismo, el árbol genealógico no nos ayuda a confirmar el parentesco que unía a Gil Rodríguez con el doctor José Manuel de Rivera, hecho que sin embargo es mencionado por el bien informado relator de la Audiencia Anselmo de Aragón y Ordóñez. Este último agregaba, en 1788, que Rivera era un primo del difunto Juan Jacinto Rodríguez Lobato, familiar de nuestro Rafael Gil Rodríguez, quien vivió varios años padeciendo de accesos de demencia59.

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red relacional de Rafael Gil Rodríguez
red relacional de Rafael Gil Rodríguez

19El círculo de amigos cercanos se conoce mejor porque son esos personajes de confianza quienes lo terminan denunciando y los que nos dan detalles sobre la naturaleza de las relaciones que los unían con Gil Rodríguez. En el momento de ser encarcelado, este último tenía una relación estrecha con Juan Manuel Chacón, quien tomó la decisión, probablemente dolorosa, de denunciarlo, tal vez creyendo que su nombre nunca se revelaría. La denuncia de Chacón manifiesta su sentimiento de culpabilidad y su arrepentimiento por haber aceptado hacerse la circuncisión, pero sobre todo rechazaba ser cuestionado en el juicio. Chacón tenía 19 años, lo que lo hacía impresionable y joven de carácter frente a los 35 años de Gil Rodríguez. Entre 1783 y 1785 los dos hombres recorrieron a menudo el camino que separaba la capital del pueblo de Santa Ana (unas 6 ó 7 leguas). Compartían los bancos de la clase de gramática en el convento de los Dominicos de la capital de Guatemala y Chacón seguía estudios para llegar a ser presbítero en el seno del Colegio Tridentino60. Según Chacón los ritos judaícos se practicaron durante largos meses. Así es que nos enteramos de que los dos amigos y compañeros de escuela vivieron juntos en el mesón de Eguizábal, durante dos meses fueron hospedados por la hermana de Rafael, doña Margarita Rodríguez, luego estuvieron en la casa de Venancia Marchán, y pasaron veinte días en el mesón del Dragón, antes de que Gil Rodríguez decidiera regresar a la hacienda de sus padres.
Chacón destaca que, durante el tiempo que compartieron, Gil Rodríguez no tenía muchos amigos, elemento que confirma también José Antonio Zelaya; sin embargo la simple lectura del proceso nos da otra apreciación. Existe la posibilidad que el acusado simplemente hablaba muy poco de las múltiples relaciones sociales que tenía. Chacón hace énfasis en que lo había visto una sola vez en compañía del clérigo Miguel Rafael Barroeta. De hecho, las palabras de Chacón recuerdan una relación estrecha con este clérigo originario de Nicaragua, familiar del obispo Tristán y que había venido a la capital para estudiar filosofía en el seno de la Merced. Los largos meses en los colegios permitían formar sólidas amistades entre jóvenes y futuros sacerdotes que provenían de casi todas las regiones de la Audiencia de Guatemala. Barroeta habría sido así el « fiel amigo » de Gil Rodriguez. Chacón sabía que el inculpado tenía « un amigo íntimo » con el nombre de Mariano Aguiluz, que ya hemos mencionado, de Comayagua (de 18 años de edad y seminarista en la ciudad). Su capacidad para dialogar lo valorizaba ante los ojos de los demás. Siempre buscaba ejercer el poder de la palabra y sus interlocutores privilegiados eran los eclesiásticos. Tuvo largas discusiones sobre el celibato de los curas con Manuel Alvarez –miembro de su generación y conocedor del derecho civil– y con el cura de Texistepeque Juan Antonio Valenzuela61. Otra relación anterior, pero importante del inculpado, fue la que tuvo con el criollo José María Menéndez, quien dio su extenso testimonio en 1788, cuando su antiguo amigo ya estaba prisionero. Este criollo originario de Santa Ana, hijo de Juan Menéndez y de Teodora Azevedo y Vaides, sostenía que lo conocía muy bien, y que habían prácticamente crecido juntos. Más extraña parece la relación con otro criollo, Pedro Manuel Rodríguez quien, según Chacón « (…) se trataba como pariente con dicho don Rafael62 (...) ». Las múltiples declaraciones de testigos permiten delinear una curiosa red de relaciones bastante alejadas de las representaciones comunes de la sociedad colonial, organizada en grupos socio-étnicos poco permeables y estructurada por una verdadera armazón corporatista. Gil Rodríguez era un hombre de una gran movilidad que no solamente cultivó sólidas amistades con miembros del clero, sino que también tenía una relación regular con decenas de personas que provenían de todas las categorías sociales y étnicas propias de la sociedad colonial. Si bien Gil Rodríguez privilegiaba las relaciones que le permitían un intercambio intelectual, también estaba muy vinculado con los ladinos que trabajaban en su hacienda o en las fincas vecinas. Así, los intentos de conversión denunciados por Chacón de Antonio Abad Romero, un mulato casado con una « mulata blanca » llamada Trinidad Cardona. Con el fin de confirmar el proselitismo de Gil Rodríguez, Cardona confesó y admitió su relación con Gil Rodríguez y declaró que se consideraban mutuamente amigos63.

20Chacón también revela una historia todavía más sorprendente. Afirma que el capitán del navío « la Ymperial », de origen francés y protestante, murió en la casa de Aycinena poco tiempo después de 1785, y que Gil Rodríguez y este hombre tuvieron la oportunidad de intercambiar alguna conversación, o por lo menos la presencia de este hombre marcó la memoria de Gil Rodríguez, pues muchos testimonios divergentes hacen alusión a este extranjero. Habrían compartido una voluntad común en el sentido de cambiar las ideas de los hombres más doctos del Reino. ¿Cómo fue posible este encuentro? ¿Pudo este hombre jugar un papel en la vida de Gil Rodríguez? Esa atracción por el protestantismo tal vez no era nueva para Gil Rodríguez, si se piensa que el testimonio de María Luisa González permite establecer un vínculo con la familia Gordon de origen inglés y que obtuvo al parecer la autorización para establecerse en Guatemala en la segunda mitad del siglo XVIII. El fundador de la familia, Mariano Gordon, dio cursos de lectura a Rafael Gil Rodríguez. En su calificación de las 29 faltas cometidas por Gil Rodríguez que prueban su judaísmo, los hermanos Francisco García Figueroa y Manuel Camino aluden también a ese período de su vida64.

Independencia de espíritu y libertinaje

21Las mujeres y la sexualidad « liberada » eran parte inborrable del universo mental de Gil Rodríguez. Su actitud relajada con la sexualidad era conocida. Hacia 1775, ya discutía con el comerciante originario de Navarra, Juan de Aztacoz, para defender un punto de vista bien peligroso: la simple fornicación no era pecado. La inquietud sobre este tema era real. En una discusión que tuvo con los comerciantes Francisco Roma y Manuel Arresi, se preguntaba « (…) si seria, o no pecado mesclarze con aquella mujer que se tuviese destinada para casarse65 ? (…)».En 1781, confesaba en su declaración haber vivido durante quince días con Concepción Espinal, una segunda española soltera que lo siguió a su hacienda de Santa Ana. No dudaba en afirmar públicamente que la simple fornicación no estaba prohibida por el derecho divino sino por el derecho eclesiástico66. Ese gusto por las mujeres se mezclaba con una forma de tolerancia y de conciencia social. Según sus propias expresiones, que, con dificultad, pueden ponerse en duda dada la psicología del personaje, tenía la costumbre de defender a aquellos que no habían realizado estudios y que estuvieran confrontados a un sistema que condenaba a los más débiles.

Su encarcelación

22Su carácter fuerte y excepcional, así como capacidad intelectual, y una densa red de amistades, no impidieron la inexorable caída de Gil Rodríguez en el infierno. En agosto de 1787 el cura Francisco Seijoo y Feixoo denunció la presencia de este prófugo en una hacienda de su parroquia. Su amigo Francisco Godoy, propietario de esas tierras, había aceptado esconderlo. No fue arrestado en dicha ocasión, pues la justicia civil era demasiado lenta para emprender su rápido arresto, como lo explica José Antonio Zelaya a su superior: « (…) porque el dia se ven con mucha tibieza por los jueces reales los oficios del eclesiástico67 (…) ». Sin embargo las autoridades diocesanas tomaron varias medidas para asediarlo y acentuar su ruina. El director y vicario general le prohibió vestirse con cualquier tipo de hábito eclesiástico y confirmó que era indigno de las órdenes. Sobre todo el cura de la parroquia de Texistepeque hizo público un edicto del arzobispo, fijándolo en el muro de la Iglesia, que declaraba su excomunión por su rechazo de respetar el precepto de la comunión de Pascua. A finales de febrero fue hecho prisionero en Santa Ana, en la casa del alcalde Coutiño, antes de ser transferido a la prisión de Corte de Nueva Guatemala68. El 9 de octubre de 1788, Gil Rodríguez fue condenado a la reclusión en las cárceles secretas de la Inquisición de la ciudad de México, y sus bienes fueron confiscados para cubrir los gastos relacionados con su juicio. No poseía en realidad más que algunas piezas de orfebrería y de plata que logró esconder antes de su arresto, y algunas cabezas de ganado sin valor que dejó a su hermano. A juzgar por las múltiples recriminaciones hechas por las autoridades encargadas de vigilarlo su encarcelación fue muy dura69. Sin la posibilidad de defenderse y enfrentado a esa violencia institucional que representaba aquel encierro interminable, el prisionero número 11 luchaba para permanecer el mayor tiempo posible en el patio donde estaba autorizado a tomar el sol o para tomar sus comidas con la puerta abierta. Sus carceleros aportan decenas de testimonios sobre los excesos de su comportamiento: solía lanzar, por ejemplo, chocolate sobre el crucifijo colgado en su celda. Esta dimensión de la violencia ejercida por la sociedad colonial es omnipresente, pero se ocultaba con frecuencia por el silencio de los acusados. Gil Rodríguez no dejó de poner palabras agudas ante esos sufrimientos, que son así mismo flechas que lanzaba para aliviarlos, sin abandonar la ironía y el sentido del humor que eran constitutivos de su prolífico discurso que debía fascinar y divertir a escribanos y jueces que seguían las audiencias. En octubre de 1790 comenzó, de la siguiente manera, una carta dirigida a los inquisidores Mier y Bergoza: « Mejor quisiera tomar un garrote en la mano, que la pluma, para hablar con dos picarones, que siendo indignos aun de pasarse delante de mi, me han tratado tan indignamente como son (…) ». A pesar del tratamiento que le era infringido, Gil Rodríguez desplegó una fuerza que impresionó los jueces70. En esta misma carta con fecha del 29 de febrero de 1792, los jueces don Juan de Mier y Villar, don Bernardo de Prado y Obejo, don Joseph de Pereda y Chávez presionaban al Gran Inquisidor de Madrid para que diese la orden de ejecución de la sentencia —la cual no aparece en el expediente pero que bien pudo haber sido la muerte71—. Durante ese tiempo la determinación de Gil Rodríguez podía difícilmente resistir a las condiciones de retención que eran las suyas y, de hecho, en 1795 informaba a los jueces de la Inquisición que tenía la intención de retractarse72. Su resistencia ya había disminuido a lo largo de los años anteriores. En un principio había comenzado por reconocer y asumir plenamente su judaísmo, antes de matizar sus palabras. Pero su calvario estaba muy lejos de acabar. Fue despojado del título de Bachiller de la Universidad San Carlos de Guatemala en octubre de 1795, por haber sido penado por la Inquisición de México, por “hereje formal, apóstata y judaizante73”. En abril de 1803, Gil Rodríguez dejaba las prisiones secretas de la Inquisición en México para ingresar en el Hospital de Dementes de la misma ciudad, y en 1807 todavía estaba preso, casi quince años después de que fue hecho prisionero74. Suponemos que permaneció preso por lo menos hasta 1813 cuando la Inquisición fue suprimida por las Cortes de Cádiz; sin embargo no tenemos más información sobre el final de su vida.

Conclusión

23A pesar de un material particularmente rico y abundante, el proceso de Rafael Gil Rodríguez nunca ha sido objeto de estudio y la voz de este singular personaje ha permanecido en silencio, a pesar de que ofrece una perspectiva sobre la existencia de prácticas judáicas en el Reino de Guatemala a finales del siglo XVIII. Su proceso cuestiona los esquemas hegemónicos sobre la categorización de grupos sociales de la colonia, pues Gil Rodríguez era un hombre difícil de clasificar. Los teólogos no lograron establecer con claridad la orientación de su pensamiento, y es posible que sólo la tortura –que nunca es mencionada en los informes del proceso– haya provocado en el inculpado algunas retractaciones. Sus convicciones religiosas trastornaban el orden establecido. Era urgente sacarlo del medio social salvadoreño, porque era precibido cada vez más como una amenaza capaz de transgredir los valores que cimentaban la sociedad colonial. Su itinerario deja sin respuesta muchas preguntas. Permanece el hecho de que su vida, truncada por la Inquisición, no tiene nada de fortuita. Sus críticas dirigidas a las élites coloniales –en particular contra el clero que él juzgó con severidad– no podían ser toleradas por largo tiempo. Sus amigos eran indios, ladinos e incluso mulatos. Los escogía basado en criterios puramente intelectuales, aprovechando a veces sus ambivalencias y sincretismos para imponerles sus convicciones religiosas. Su proselitismo, cada vez más agresivo, con el tiempo le valió su arresto. Su rechazo a las « verdades » religiosas hizo de él un perfecto chivo expiatorio. En una sociedad criolla en la que el mestizaje estaba bastante generalizado por el mundo indígena y africano, pero obsesionada por parecer siempre más blanca y cercana a los « viejos cristianos », las reivindicaciones de Gil Rodríguez y su malestar social permanente perturbaban. Indudablemente su actitud fue percibida como peligrosa por las autoridades, los representantes del clero e incluso por sus amistades, quienes consideraron su comportamiento, en un momento dado, como una afrenta a las « buenas » cotumbres. Este caso permite igualmente insistir en la violencia de las relaciones sociales en la época colonial. El proceso tenía un posible carácter pedagógico: su castigo, la pena que le fue impuesta, puede verse como un ejemplo de las acciones del Estado, a través del órgano represivo de la Inquisición, sobre lo que podía sucederle a quienes se alejaran o atentaran contra las normas sociales e ideológico-religiosas. Un juicio de esta naturaleza podía ser también un instrumento que permitía eliminar a quienes representaban una competencia a la hora de seleccionar a los candidados que se desempeñarían en el servicio de las parroquias vacantes, o podía servir para deshonrar a una familia entera que aparecía como rival de las élites locales. Los delatores prácticamente se precipitaron a dar su testimonio en el proceso contra Gil Rodríguez. Casi todos supieron u “oyeron decir” algo de él. La instrucción del proceso muestra bien hasta qué punto, a falta de contactos con las comunidades judías libres y como consecuencia del aislamiento de estas personas, el cripto-judaísmo americano decayó al abandonar prácticas ancestrales. Sin embargo, las prácticas secretas y la supervivencia de vestigios de esa cultura perseguida eran posibles en regiones poco pobladas por españoles del “Imperio” americano. Estos “judíos del silencio” estaban bien representados en Guatemala, pero su número era posiblemente tan reducido que la Inquisición no los consideraba importantes y así se daba el lujo de adoptar una posición de relativa indiferencia. Sólo en la actitud abierta de Gil Rodríguez en contra del dogma cristiano, se encuentra en el origen de la intervención de los representantes de la Inquisición aunque también es percibida como peligrosa en el rechazo, la violencia y hostilidad del mismo cuerpo social, en la actitud del primer delator –¿qué lo llevó si no fue ese concepto a efectuar esta primera acusación o incriminación?–, y luego manifiesta en la cascada de testimonios de los individuos que declararon en el proceso, por llamado o de manera espontánea, y que muchos de ellos fueron antiguos amigos del inculpado.
El proceso de Gil Rodríguez nos muestra ese tipo de judaísmo secreto mezclado con el placer de la lectura y la instrucción. Gil Rodríguez tenía la costumbre de instruirse a través de la lectura y aprendía por esta vía a debatir cuestiones políticas, religiosas y filosóficas. Sus continuos desplazamientos, al interior de un perímetro ciertamente reducido, lo condujeron poco a poco a juzgar con mayor precisión a los hombres que lo rodeaban. Su rechazo al sistema colonial se manifestó de diversas formas, principalmente en contra del dogma cristiano. Indudablemente sus convicciones religiosas no podían manifestarse con libertad, y quienes estaban encargados de prohibirle el ejercicio de esas prácticas eran con frecuencia funcionarios de mentes mediocres que ocupaban un cargo únicamente gracias al parentesco. No cabe duda: los libros no hacen revoluciones pero influyen espíritus inquietos. El prisionero número 11 era uno de esos espíritus. La Inquisición le hizo pagar sus inquietudes y prácticas religiosas en carne propia, con el encierro y el estigma de la reclusión; perdió sus bienes materiales, su independencia de espíritu, y si bien no fue ejecutado como lo habría sido el siglo anterior, el aparato más eficiente en su función normalizadora del estado español lo condenó a la soledad. Al fin la imposición del sistema terminó quebrantándolo, pero otros como él comenzaban a denunciar las aberraciones del Estado colonial y de la sociedad que lo sostenía. Era cuestión de tiempo.

24Notas de pie de página

251 Este artículo es una versión reelaborada y acortada del ensayo publicado en Ana Margarita Gómez y Sajid Alfredo Herrera Mena, Los rostros de la violencia, (El Salvador: UCA Editores, 2007). Véase http://www.ucaeditores.com.sv/uca/

262 Sobre la Inquisición en España y América la bibliografía es abundante. Aconsejamos la lectura del trabajo de Luis René Guerrero Galván, Del proyecto institucional, la transgresión y los transgresores, a la aplicación de la justicia inquisitorial. Consideraciones sobre la historiografía inquisitorial novohispana que se publica en este dossier.

273 La historia de los judeo-conversos ha alimentado numerosos debates por las implicaciones religiosas e ideológicas que tiene este tema. Esta importante población judía española se convirtió oficialmente al cristianismo en tres momentos diferentes, luego del pogromo de 1391, tras las predicaciones de Vincent Ferrier (1413-1415) y a partir de la expulsión general de 1492.

284 Julio Caro Baroja, Inquisición, brujería y criptojudaismo, Madrid, 1974, pág. 20.

295 La presencia de judíos en España remonta al reino Visigodo, pero no comienzan a ser objeto de persecusiones hasta su conversión al catolicismo (587). La cacería fue particularmente violenta a finales del siglo VII, con más de 40 leyes antijudías decididas en el medio de los reyes visigodos y los primados de Toledo. Más adelante, las comunidades judías se mantuvieron en las ciudades con alguna prosperidad en la España de tres religiones (expulsados por los musulmanes y refugiados en las zonas cristianas, fueron tolerados en barrios específicos y conocieron un período de prosperidad ejerciendo oficios prohibidos, en particular la usura y los estudios médicos), hasta nuevas persecusiones al final de la Edad Media, entre las que se puede resaltar el período de los Reyes Católicos bajo cuyo reinado de instaura la Inquisición (1482). Para comprender el origen de ese movimiento es necesario remontar al año 1391, marcado por violentos movimientos anti-judíos que condujeron a conversiones masivas y rara vez sinceras, que abrieron el espacio a la distinción entre judíos y conversos. Estos últimos suscitaron con el tiempo un verdadero odio racial, pues aquellos nuevos cristianos ingresaban a la Iglesia y hacían carreras exitosas en la administración real. Véase Bartolomé Bennassar, Histoire des Espagnols, VIe-XXe siècle, (Paris : Editions Robert Laffont, 1992). Sobre el carácter antijudío de la Santa Inquisición y sobre la estrecha relación que vinculaba al tribunal con los criptos-judíos, véase a J. Contreras, « Criptojudaísmo en la España moderna. Clientelismo y linaje », Areas 9, (1988), pág. 83.

306 En España el equipo de investigación del profesor Jaime Contreras se ha orientado, desde los años 1990, hacia el análisis de los espacios de solidaridad y de sociabilidad creados por los judeo-conversos. Ver Jaime Contreras, « Conversión, riqueza y poder político. Revueltas urbanas en Castilla en el siglo XV » en Política, religión e inquisición en la España moderna, Madrid, 1996, pp. 201-219. En Francia los trabajos de Raphaël Carrasco se incriben en la línea de los de Jaime Contreras: Raphaël Carrasco, « Pureté de sang et paix civile en Nouvelle-Castille (XVe-XVIe siècles) », Etudes Hispaniques, N° 21, 1994. Hay que señalar también las investigaciones recientes de Enric Porqueres, dedicadas a los judeo-conversos de Mayorca, así como la de Pilar Huerga y Bernardo López dedicada a los marranos portugueses. Estos historiadores son de alguna manera los herederos del célebre historiador español Domínguez Ortiz, quien publicó en 1995 La clase social de los conversos, que tenía el mérito de llamar la atención sobre los factores sociales. Por último hay que tener en cuenta los trabajos de la misma época de Albert Sicroff y de Julio Caro Baroja, respectivemente Les controverses des statuts de pureté de sang en Espagne du XV° au XVII° siècle, (Paris: Didier, 1960), y Los Judíos en la España moderna y contenporánea, (Madrid: Istmo, 1978).

317 Richard E. Greenleaf, ¬¬The Mexican Inquisition of the sixteenth century, (Albuquerque, 1969) ; Solange Alberro, Inquisition et Société au Mexique, 1571-1700, (México: CEMCA, 1988) ; Bernard Grunberg, L’inquisition apostolique au Mexique, Histoire d’une institution et de son impact dans une société coloniale (1521-1571), (Paris: L’Harmattan, 1998); Jean-Pierre Tardieu, L’inquisition de Lima et les hérétiques étrangers (XVI-XVII siècles), (Paris, 1995).

328 Ernesto Chinchilla Aguilar, La Inquisición en Guatemala, (Guatemala: Publicaciones del Instituto de Antropología e Historia de Guatemala, Editorial del Ministerio de Educación Pública, 1953) ; Martín Mérida, « Historia critíca de la Inquisición en Guatemala », redactado en 1895 en el Boletín del Archivo General del Gobierno, año III, N° 1, págs. 1-172.

339 Martha Few, Women who lives evil lives, Gender, religion, & the politics of power in colonial Guatemala, (Austin: University of Texas Press, 2002) y Robinson Herrera, Natives, Europeans, and Africans in Sixteenth-Century Santiago de Guatemala, (Austin: University of Texas Press, December 2003).

3410 Fueron objeto de una fuerte represión durante la primera mitad del siglo XVII (21 procesos han sido contados, mientras que sólo aparecen 4 casos entre 1650 y 1800). Ernesto Chinchilla Aguilar, La Inquisición en Guatemala, op. cit., págs. 67; 69; 74. El historiador cuenta también algunos casos a partir de 1572 en Nicaragua, Chiapas y Guatemala en donde se practicaba la tortura.

3511 América Central se distinguía de la Nueva España, pues la población era mayoritariamente indígena, y los españoles eran minoritarios. Ese desequilibrio, a escala del continente, se debía a la fuerte presencia de descendientes de la civilización maya en las Tierras Altas de Guatemala, y a la débil atracción que suscitó la región entre las familias españolas, por la ausencia de riquezas mineras. Ver Apuntamientos sobre la agricultura y comercio que el señor Dr. Don Antonio Larrazábal, diputado en las Cortes Extraordinarias de la nación por la misma ciudad pidio al Real Consulado en Junta de Gobierno de 20 de octubre de 1810, Guatemala, Manuel de Arevalo, 1811; en la provincia de Michoacán la población española representaba 25% del total, mientras que no llegaba si no al 4% en la Capitanía general de Guatemala en 1805.

3612 T. Egido, « La Inquisición en la España borbónica: el declive del Santo Oficio (1700-1808) », en Historia de la Inquisición en España y América dirigido por Joaquín Pérez Villanueva y Bartolomé Escandell Bonet, Vol. 1, Madrid, 1984, p. 1210. Ver también H. Ch. Lea, Historia de la Inquisición española, 3 vols. II, págs. 76-77.

3713 Bartolomé Bennassar, L’inquisition espagnole XV°-XIX° siècle, Paris, Hachette, Coll. Pluriel, pág. 161.

3814 AHN, Inquisición, 1732, Exp. 34, « Proceso de fe de Rafael Gil Rodríguez, natural de Santa Ana Grande (Guatemala), clérigo de orden menor ». El expediente se compone de tres « piezas », la primera de 188 folios, la segunda de 141 y la tercera de 128.

3915 Hasta tal punto que, en el momento de transferirlo ante el Gran Inquisidor en España, los jueces de México confesaban que « no remitimos copia del memorial ajustado porqué es mui largo y faltan manos para sacarla sin desatender a las urgencias diarias (…)». De hecho, el proceso tal como fue enviado a España comprendía 457 folios, ¡e incluía los testimonios de varias decenas de personas! Primera pieza,... Op. cit., fol. 1v.

4016 La denuncia fue hecha al cura de San Cristóbal Acasaguastlán, el español Fernando Cano. El caso retuvo ya la atención de varios historiadores en América Central y, sobre todo, desde hace algunos meses, el Ministerio de la Cultura español, desde el sitio « Archivos en Red », ofrece acceso a algunos documenos numerizados entre los que se encuentran los manuscritos de archivo correspondientes. Hay que reconocer el valor de este tipo de iniciativas que facilita mucho el trabajo de los historiadores. Entre los documentos que ya se encuentran en línea, descubrimos el proceso de Gil Rodríguez. El historiador Carlos Gándara Durán menciona este proceso en su monografía sobre Pedro Molina, al igual que Ernesto Chinchilla Aguila en su libro sobre la Inquisición. Ver Carlos Gándara Durán, Pedro Molina, (Guatemala: Centro Editorial, 1996), págs. 89-93.

4117 Aunque hay que tomar estas declaraciones con precaución, el testimonio del arzobispo Pedro Cortés y Larraz , quien visitó esta parroquia de Santa Ana en 1769, es revelador: « (...) por cosa extraña y para que se entienda lo que son ciertas devociones de estos países concluyo diciendo, que en el retablo mayor había una imagen de Santa Ana con otra de Nuestra Señora en trajes que más que de imágenes lo eran de cómicas; principalmente el de Nuestra Señora tenía sus rizos, lunares en el rostro, una matilleja cruzada por debajo de los brazos, (...) Dije: Padre cura ¿cómo permite que se vistan así las santas imágenes ? Respondió: lo hacen unas señoras que de ningún modo permitirán se vistan de otra suerte »; véase Pedro Cortés y Larraz, Descripción geográfica moral de la diócesis de Goathemala, (Guatemala: Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Biblioteca « Guatemala », vol 20, 1958, T1), págs. 230.

4218 Op. cit. , fol. 148 v.

4319 « (…) le dijo el mismo D. Rafael que a las Ymagenes, ó mas bien Ydolos, no se les debe adorar(…)»Op. cit. , fol. 12.

4420 « (…) que en el Pueblo de Texis, habiendo hecho una noche mansion, en el mismo cuarto donde durmieron habia algunos santos de bulto y los cogio dicho don Rafael, y los tiro debajo su cama, diciendo: estos Ydolos no hacen aqui falta (…) »; Op. cit. fol. 13.

4521 Así, el joven clérigo Julián Antonio Croquer iba frecuentemente en su compañía, pasando por la calle Characa hacia el puesto de guardia de las Ánimas, al alfarfar de Pinillos para tomar un baño. Op. cit. fol. 27 v.

4622 « (…) se bañaba dicho Gil con frecuencia, y aun muchas veces al dia, y aun a la media noche, en agua mui caliente, cual es la del rio de su hacienda; y saliendo dicho Gil de esta agua tan caliente passaba luego a meterse en otro Rio sumamente frio (…) » ; Op. cit. fol. 15. Testimonio de Don Juan Manuel Chacón.

4723 Op. Cit., fol. 12 v.

4824 Op . cit., fol. 68. « (…) este ayuna desde el Viernes à medio dia hasta pasar el Sabado, en el que se mantiene retirado de la gente, leyendo sin conversar con persona alguna ».

4925 Ch. Amiel, « La ‘‘mort juive’’ », en Revue de l’histoire des religions, CC-VII, (1990), págs. 389-412.

5026 Al fin de cuentas los médicos establecieron que Chacón se había dejado circuncidar, y los otros interrogatorios confirmaron que fue el único que Gil Rodriguez logró convencer a pesar de haberlo intentado varias veces con otros amigos suyos, tal y como sucedió con Antonio Abad Romero: « …) en donde estandoze bañandose, le dixo, que si queria dexarse cortar un pedacito del Miembro viril(…) ». Op. cit. fol. 35 v. Declaración de Antonio Abad Romero del 10 de febrero de 1786.

5127 Se trataba de un rito de pasaje para convertirse en « hijo de la alianza », quedando conforme así con las disposiciones del Génesis, pero también y sobre todo, para los convertidos al judaísmo de sexo masculino significaba la entrada en esta alianza. Esta operación que consiste en cortar todo o una parte del prepucio que recubre el glande se encuentra en el Génesis.

5228 Primera pieza op . cit., fol. 62.

5329 Primera pieza op. cit., fol. 57 v.

5430 Mariano Aguiluz era probablemente el hermano de Joaquín Aguiluz Marín, quien se casó con Manuela Calderón de la Barca Soter, con varios hijos entre los cuales dos participaron activamente enla vida política hondureña en la primera mitad del siglo XIX.

5531 « Pieza Segunda de los autos seguidos contra D. Rafael Gil Rodriguez », Fol. 67 v. « (...) adopto el Consejo de un soldado blanquillo preso en dicha Carzel por haverse fingido justicia de Ronda que se conocia en la Carzel por dn. Joaquin el blanquillo, y haviendole dicho que habia padecido la misma enfermedad, y curadoze con haberse hecho una incision en la parte superior del miembro con Visturi, entonces o al dia siguiente se fue el declarante a las necesarias, y se hizo una incision a modo de lancetazo en la parte superior del miembro con una punta de tixera mui aguda (...) ».

5632 Primera Pieza, op. cit. , fol. 105 v.

5733 Para el segundo, José Antonio Zelaya « (…) como Juez Ecco castigaba a los incontinentes con multa pecuniaria que exigia del hombre para satisfacer en parte al deshonor de la Muger, y no bajaba regularmente de cinquenta ps cuia cantidad no entregaba como devia a la Muger dañada sino es que se quedaba con ella como dueño absoluto (…) »; « Pieza Segunda de los autos seguidos contra D. Rafael Gil Rodriguez », fol. 70 v.

5834 Op. cit, fol. 77 v.

5935 Op. cit, fol. 82 v.

6036 Op. cit, fol. 86.

6137 Primera Pieza…, Op. cit. fol. 18.

6238 Ver Clara Arenas Bianchi, Charles R. Hale, Gustavo Palma Murga, Racismo en Guatemala, Abriendo debate sobre un tema tabu, (Guatemala, AVANCSO), pág. 55, en particular el capítulo de Marta Elena Casaús Arzú sobre « los espacios del racismo en la sociedad colonial ».

6339 El testimonio de Gil Rodríguez es elocuente de la ruptura que este hecho pudo haber significado : « (…) que con motivo de la ruina de aquella ciudad, y del colegio (…) de donde se fue a su hacienda de Aguacaliente, a cuidar de la parte que en ella tenia, y tiene por fallecimiento de sus padres, donde estaria como cosa de tres meses, lo que sucedio el año de setenta y cinco, volviendose a Guathemala, y permanecio como tres meses arrimado en el Palacio Provisional del señor Arzobispo, solicitando ordenarse in sacris, pero no lo puedo conseguir a su parezer por algun mal informa que se hizo contra su conducta, segun le dieron a entender los pages del señor Arzobispo y por medio de don Juan Manuel Zelaya, abogado en Guatemala y padre de don Jose Antonio Zelaya, cura de Santa Ana (…)» ; Segunda pieza, op. cit., fol. 11.

6440 Arlette Farge, Des Lieux pour l’histoire, (Paris: Editions du Seuil, 1997), pág. 10. « Lo vano, el vacío, la nada, lo apenas dicho se convierten para mi en lugares donde estudiar el hombre y la mujer en sus esbozos, sus rabias, sus derrotas. Lo que excede, rompe o desplaza la normalidad forman espacios en los que se puede inclinar la mirada desde los que se puede contar la historia en “ la racine calcinée du sens” (Foucault). » Citado por Felipe Angulo, “L’opinion publique”, in Images de l’Amérique espagnole devant l’opinion française. Le Mexique et les pays andins dans la presse, 1815-1848, Tesis de doctorado, Toulouse, Toulouse, 2004, pág. 41.

6541 Op. Cit. Fol. 89. Como los otros tribunales del Antiguo Régimen, la Inquisición podía decidir torturar a un reo, sin embargo generalmente se negaba a utilizar estos métodos por lo poco eficaces que eran. Aunque sólo tenemos parte del proceso de Gil Rodríguez, es posible que no haya sido torturado porque no aparece en los documentos las declaraciones obligatorias de los médicos antes de someter a todo prisionero a tortura. Véase Joseph Pérez, Breve historia de la Inquisición en España, (Barcelona: Crítica, 2003), págs. 133-134.

6642 Solange Alberro, Inquisition et Société … op. cit., pág. 49.

6743 « (…) es casi indispensablemente necesario traherlo á carceles secretas de este Tribunal, porque la esperiencia acredita la suma dificultad de formalizar bien una sumaria, y mas de substanciar bien una causa para [que sea] definitiba en el Reyno de Guatemala, donde la falta de buenos comisarios, y la distancia frustra lastimosamente las ordenes (…) ». Pieza…op. cit., fol. 2.

6844 Ver Joseph Pérez, Breve Historia de la Inquisición en España, (Barcelona: Crítica, 2003), p.123.

6945 Rafael Gil Rodríguez se negaba a ingerir carne o sopa de arroz cocido con carne de cerdo, aunque la alimentación de la prisión era de por sí deficiente. Sobra decir que esta disciplina de hierro inquietaba de manera significativa al médico Francisco Rada ; « Pieza Segunda de los autos seguidos contra D. Rafael Gil Rodriguez », fol. 91.

7046 « Pieza Segunda de los autos seguidos contra D. Rafael Gil Rodriguez », fol. 67. A propósito de uno de sus testimonios sobre la circuncisión, Rafael Gil Rodríguez declaraba “ Que las ceremonias judaicas las ha visto en el Calmet, filosofia sagrada de un author Francès traducido al latin por un Español en mas de veinte tomos en quarto que se halla en la libreria del colegio Seminario”.

7147 « (…) salio mui aprobechado en teologia, y canones que estudio parte de colegial del tridentino, y de seglar en la universidad de esta ciudad, como la gramatica y filosofia, en cuyas facultades tubo lucidas funciones publicas en que dio a conocer su particular talento (…) ».Tercera pieza, …op. cit. , fol. 37 v.

7248 Primera pieza,... op. cit., fol. 43 v. Carta al Tribunal del comisario de Guatemala del 15 de mayo de 1786.

7349 Op. cit. fol. 80. Gil Rodríguez se hace así eco de los debates particularmente virulentos que tenían lugar en el siglo XVIII en torno al problema de la confesión. La administración de este sacramento pudo parecer ingrata y difícil a un clérigo mal formado y con frecuencia tentado por prácticas expeditivas. Sobre este complejo tema remitimos a Jean Delumeau, L’Aveu et le pardon, Les difficultés de la confession XIIIe-XVIIIe siècle, Paris, Fayard, 1990.

7450 Primera pieza,…op. cit., fol. 88.

7551 Tercera pieza,…op. Cit., fol. 5v.

7652 De acuerdo con el rector esos conflictos podían, si era el caso, terminar en violencias que requerían medidas excepcionales. De esa forma en el mismo informe dirigido al comisario de la Inquisición, fechado en junio de 1786, Zelaya recuerda que « (…) tuvo una tal con un colegial que le hizo una grande herida en la cabeza ; y queriendolo castigar hizo resistencia, tanta que me fue preciso llamar auxilio de fuera para contenerlo (…) » ; Primera pieza, op. cit. fol. 54.

7753 Op. cit. fol. 136.

7854 Primera pieza… op. cit., fol. 73.

7955 Pieza Segunda… op. cit.; fol. 4 v.

8056 Primera pieza… op. cit., fol. 24.

8157 Jerónimo Ripalda (Teruel, 1535- Toledo, 1618) era un escritor religioso español. Miembro de la Compañía de Jesús, se hizo célebre por su Catecismo del que existen varias ediciones, la primera de las cuales podría datar de 1618 con el título Catecismo y exposición breve de la doctrina cristiana.

8258 Primera pieza, op. cit., fol. 82 v.

8359 Primera pieza, op. cit., fol. 178 v.

8460 El origen social de ambos jóvenes era al parecer similar. Como queda constatado por el árbol genealógico, los padres de Gil Rodríguez eran criollos instalados en sus propias tierras –la hacienda conocida con el nombre de Aguacaliente situada a 5 leguas de Santa Ana– y tenían ingresos que les permitían llevar una vida cómoda pero sin lujos, mientras que la familia de Juan Manuel Chacón disponía de una hacienda llamada San Antonio Teculután en la parroquia de San Agustín Acasaguastlán. El padre de Juan Manuel, Tomás Lázaro Chacón, se había casado con doña Catalina Vela. Es probable que su hacienda sirviera para mantener una recua de mulas que era utilizada para transportar mercancías de la ciudad de Guatemala al puerto del Golfo Dulce.

8561 Tercera pieza … op. cit., fol. 29.

8662 Op. Cit. fol. 13.

8763 Primera pieza… op. cit., fol 69 v.

8864 « (…) tuvo otra raiz, ó causa de sus errores, y heregias qual fue la desgracia de ser discipulo del ingles procesado por el Santo Oficio, que lo enseño á leer (…) ». Primera pieza… op. cit., fol. 115 v.

8965 « Pieza Segunda de los autos seguidos contra D. Rafael Gil Rodriguez », fol. 82 v.

9066 Tercera pieza… op. cit., fol. 4.

9167 Primera pieza… op. cit., fol. 92.

9268 Según su testimonio, los hombres encargados del arresto casi lo matan y escapó a esta suerte de milagro: « (…) pues al cogerme sin hacer resistencia, yo, me pusieron un trabuco a los pechos, que solo por mílagros de Dios pude escapar la vida, pues cayo el gato, y no dio fuego (…) » ; Primera pieza… op. cit., fol 108 v.

9369 Los otros prisioneros confirmaban su desamparo: « (…) comenzo á dar furiosos golpes en la Puerta, hechando votos, y porvidas, con expresiones insolentes (…) ». Tercera pieza… op. cit., fol. 28.

9470 « (…) otro reo mas soberbio que don Joaquin Muñoz remitido a España ; pero nos engañamos que ciertamente es mas duro de corazon que pareze enteramente abandonado de la mano de Dios (…) » ; Op. cit., fol. 2.

9571 AGCA., A1.3.20, Leg. 1957, Exp. 13156, Nueva Guatemala, 29 de octubre de 1795. La Gazeta de México, del 21 de agosto de 1795 reproduce la sentencia: “El día nueve de agosto de mil setecientos noventa y cinco celebró auto particular de fe el Tribunal del Santo Oficio de esta Inquisición en la iglesia del convento Imperial de Santo Domingo, al cual salieron cinco reos, tres de ellos en persona; el uno Rafael Crisanto Gil Rodríguez, natural de la Antigua Guatemala, de prima tonsura y dos grados de Ostiarianato y Lector, Hereje Formal, Apóstata, Judaizante, retajado [circuncidado], fautor y encubridor de herejes, reconciliado en persona.”

9672 AGN, Inquisición, volumen 1420, Fojas 39, (1795). Un borrador que dice: « (...) el alcalde de carceles secretas del Santo Oficio avisa a los srs inquisidores que el reo que se halla en el numero 11, Rafael Gil Rodriguez, pide audiencia para retractarse (...) ».

9773 AGCA., A1.3.20, Leg. 1957, Exp. 13156, Nueva Guatemala, 29 de octubre de 1795, fol. 12. Véase el texto en la sección de transcripción: Rafael Gil Rodríguez es despojado del título de Bachiller de esta Universidad .

9874 AGN, Inquisición, volumen 1437, Fojas 186, (1807) ; « El sr dr. Dn. Manuel Eduardo Perez Bonilla, canonigo de la colegiata de Guadalupe, sobre un manuscrito que remitio al Sto. Oficio, y que le entrego dn. Jose Guerra quien vive en la calle del puente del cuervo Num. 16 . Este manuscrito era de la propiedad del reo Gil Rodriguez, Mexico. »

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Para citar este artículo :

Christophe Belaubre, « El prisionero N° 11 de la Santa Inquisición. », Boletín AFEHC N°57, publicado el 04 junio 2013, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=3587

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