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AFEHC : bibliografia : The Blood of Guatemala: A History of Race and Nation : The Blood of Guatemala: A History of Race and Nation

Ficha n° 3607

Creada: 07 octubre 2013
Editada: 07 octubre 2013
Modificada: 07 octubre 2013

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Autor de la ficha:

Jorge GONZALEZ ALZATE

Editor de la ficha:

Emilie MENDONCA

Publicado en:

ISSN 1954-3891

The Blood of Guatemala: A History of Race and Nation

Traducción de una reseña que apareció originalmente en la revista Ethnohistory en 2001.
1032
Palabras claves :
Elite K'iche', Quetzaltenango, Raza
Categoria:
Libro
Autor:

Greg Grandin

Editorial:
Duke University Press
Fecha:
2000
Reseña:

1Greg Grandin, La sangre de Guatemala: raza y nación en Quetzaltenango, 1750-1954 (Antigua Guatemala: Cirma, 2007).
Jorge H. González

2Esta reseña apareció originalmente en Ethnohistory 48 (4) (2001): 749-753.

3En diciembre de 1996, representantes del ejército guatemalteco y de varios grupos guerrilleros firmaron el acuerdo de paz que puso fin a uno de los conflictos armados más largos y sangrientos de la historia de Centroamérica. Según el informe de la Comisión de la Verdad, auspiciada por las Naciones Unidas, los treinta y seis años de guerra dejaron como secuela más de 200.000 muertos o desaparecidos, la gran mayoría indígenas mayas. El informe concluyó asimismo que el estado, el ejército y diversas organizaciones paramilitares fueron los responsables por la gran mayoría— más del 90 por ciento — de las muertes.

4 El libro de Grandin es el más reciente aporte a la literatura que se ocupa de analizar las raíces históricas del horroroso conflicto. El autor se desempeña como catedrático de historia en la Universidad de Nueva York y actuó como asesor de la Comisión de la Verdad. El propósito primordial de la obra es obtener una comprensión más profunda de la guerra civil en base a un estudio de larga-duración del pasado Guatemalteco, enfocando el papel que la mayoría indígena ha desempeñado en los procesos sociales de la formación del estado y la economía nacional. Para Grandin, el reconocer y entender el complejo papel que los indígenas Mayas han jugado en el desarrollo de la historia guatemalteca constituye un indispensable primer paso en el camino a la reconciliación y la construcción de una sociedad multiétnica más justa.

5 Grandin rastrea las raíces de la crisis en el golpe de estado militar de 1954, cuando “el esfuerzo más serio por parte de los líderes ladinos encaminado a crear una nación racialmente más integrada colapsó bajo el peso combinado de la división política, la lucha de clases y la intervención extranjera” (9). Según Grandin, resulta interesante advertir que la visión más incluyente de la revolución era en realidad una variante de un discurso nacionalista alterno formulado en la década de 1890 por las élites mayas de la ciudad de Quetzaltenango. En contraste con el nacionalismo ladino, el cual considera el progreso de la nación y la etnicidad indígena como mutuamente excluyentes, el nacionalismo K’iche’ considera ambas nociones como dependientes una de la otra—la una no puede realizarse sin la otra. De tal manera que para Grandin, en el trasfondo de los sucesos de 1954 estaba el no haber logrado resolver una pugna histórica por la identidad nacional.

6 Una de las consecuencias más importantes de dicho fracaso, según Grandin, fue la rápida descomposición, a partir de 1954, de un acuerdo socio-político forjado por las élites Mayas y ladinas el cual había contribuido a fomentar y mantener una buena medida de paz social por casi un siglo. Grandin dedica la mayor parte de “La sangre de Guatemala” a rastrear los orígenes de tal tradición de concertación y visión nacionalista alterna en el siglo XVIII tardío e inicios del XIX entre los Mayas-K’iche’s de Quetzaltenango. El trabajo se centra en los principales, el grupo élite de dicha comunidad, cuyas acciones y discursos, en la opinión de Grandin, afectaron profundamente la formación del estado-nación guatemalteco moderno así como la singular configuración étnica del país. El análisis comienza a mediados del siglo XVIII y se extiende hasta 1954 con el fracaso de la reforma agraria de Arbenz.

7 Los principales quetzaltecos eran un grupo privilegiado conformado por dirigentes políticos, terratenientes y comerciantes los cuales en las postrimerías de la colonia ya esgrimían un poder económico y cultural considerable al interior de la jerarquía civil-religiosa de la comunidad. Tal poder permitió a dicho grupo jugar papel clave como intermediarios entre el estado ladino y la comunidad. En el curso del siglo XIX, generaciones sucesivas de principales lucharon contra ladinos en posiciones de autoridad por el significado de la identidad nacional y el lugar de la etnicidad Maya dentro del estado-nación en vías de desarrollo.

8 A través del periodo que se analiza en el libro, tanto indígenas como ladinos, se enfrascaron en una intensa lucha por la definición y puesta en práctica de tres grandes proyectos sociales: la construcción de un estado nacional liberal, la transición a lo que Grandin llama “capitalismo cafetalero”, y el esfuerzo del grupo dirigente ladino por crear una identidad nacional homogénea basada en el principio de asimilación de la cultura indígena. Grandin sostiene que en su peculiar papel como empresarios capitalistas y a la vez líderes indígenas, la élite K’iche’ quetzalteca contribuyó activamente al avance de los dos primeros proyectos, pero al mismo tiempo resistió el tercero. En la opinión de Grandin, la participación relativamente exitosa de la élite K’iche’ en los procesos de formación estatal y económica tanto como de revitalización étnica viene a explicar “la extraña tenacidad y durabilidad de la cultura popular así como del estado en la Guatemala moderna” (12).

9 Conforme el capitalismo agrario se consolidó en la década de 1870, bajo los auspicios de un fortalecido estado liberal, el ritmo de la conmodificación de la tierra y la mano de obra se aceleró. En consecuencia, las relaciones tradicionales de reciprocidad gradualmente dieron paso a relaciones de clase conflictivas en Quetzaltenango. Los principales, como parte de un esfuerzo por detener la erosión de su autoridad cultural y su estatus social, forjaron una relación mutualmente dependiente con el estado liberal. A cambio de apoyo militar con el cual reforzar su menoscabada autoridad cultural y política, asistieron activamente en la implementación del proyecto de modernización liberal. Por su parte, la oligarquía ladina se vio forzada a sostener el estatus de los principales con el fin de explotar su influencia cultural a nivel local en su intento por mantener el orden social y lograr acceder la indispensable mano de obra y tierra indígenas. Este fue precisamente el acuerdo que, como se señaló anteriormente, contribuyó a mantener un relativo equilibrio social hasta 1954. Al mismo tiempo, tal acuerdo produjo, afirma Grandin, un efecto contradictorio: la identidad étnica se ahondó al tiempo que el poder del estado se fortalecía.

10 Pero pese a que los principales estaban más que dispuestos a adoptar las nociones ladinas de progreso y modernidad, ellos no podían aceptar la concepción ladina de etnicidad y su papel en la construcción de la nación. A resultas de esto, los principales desarrollaron en la década de 1890 una concepción de la etnicidad que estaba estrechamente ligada al progreso de la nación. “Para las élites K’iche’s, la regeneración del indígena llevaría a la igualdad civil y política, la cual, en su opinión, es la base de toda democracia. Al vincular el progreso de la nación a la renovación cultural, dicha renovación justificaba la posición de los principales como autoridades étnicas ante el estado ladino local y nacional; por otra parte, al conectar el avance étnico al progreso de la nación, legitimaban ante los indígenas del común el poder político de los patriarcas K’iche’s”. (16)

11 Lamentablemente, esa visión incluyente de raza y progreso no se realizó. En el siglo XX, “fue apabullada por el poder de un estado en proceso de consolidación y circunscrita por los límites del desarrollo capitalista dependiente” (160). En 1954, las tradicionales relaciones de reciprocidad estallaron en un sangriento conflicto de clases, en el que los principales, en alianza con ladinos anticomunistas, desplegaron una campaña de represión en contra de los campesinos K’iche’s que habían apoyado la reforma agraria de Arbenz. De tal manera, sus acciones contribuyeron en gran medida a la descomposición del estado revolucionario y el fracaso de su propia visión de la nación, la cual, según Grandin, era compartida por los líderes revolucionarios.

12 El caos que resultó de esta situación produjo dos efectos que Grandin interpreta como dos de las más importantes causas estructurales del conflicto: por un lado, las élites indígenas perdieron la capacidad de cumplir su papel histórico de mediadores entre los intereses locales, regionales y nacionales. Y, por otra parte, afrontando un amplio movimiento de oposición popular, el estado cesó de actuar como mediador entre los grupos sociales antagonistas. A resultas de todo esto, muchos elementos de la élite K’iche’ se unieron voluntariamente al movimiento de oposición popular a la par de numerosos campesinos Maya, mientras que otros comenzaron a participar activamente en el sistema partidista guatemalteco.

13 Pese al fracaso del movimiento de oposición popular, Grandin considera que dicha participación tanto de elementos Mayas de la élite como del común, en alianza con ladinos, marca un hito potencialmente significativo en la historia de las relaciones étnicas de Guatemala. Entre otras cosas, la experiencia contribuyó a cristalizar el actualmente resurgente movimiento Pan Maya, el cual Grandin interpreta como una versión más amplia del nacionalismo K’iche’. Los acuerdos de paz de 1996 han creado un espacio político en base al cual las aspiraciones del movimiento podrían ser realizadas. Pero como Grandin advierte, el racismo continua siendo una formidable ideología en Guatemala. Y la capacidad o voluntad del estado y la oligarquía de llevar a la práctica los acuerdos no es muy clara.

14Entre los múltiples méritos de este estudio está la aplicación pionera de nuevas perspectivas al estudio de los indígenas guatemaltecos. El autor utiliza principalmente el marco interpretativo formulado por los contribuyentes al influyente volumen “Formas cotidianas de formación del estado” (1994), editado por Gilbert Joseph y Daniel Nugent, el cual enfoca la relación entre la cultura local y la agencia y los procesos políticos y económicos locales, regionales y nacionales. Con la utilización de dicha aproximación, Grandin se propone rebasar la “tradicional tendencia de las literaturas antropológicas e históricas de situar al indígena Maya fuera del proceso histórico” (12).

15El resultado es un estudio novedoso de una comunidad indígena y su papel en la historia nacional y el proceso de construcción del estado que ofrece valiosas pautas para estudios futuros. El trabajo a la vez aporta un retrato más completo de Guatemala y su diversidad étnica que el ofrecido por previos estudios. En contraste con los trabajos existentes, que tienden a codificar a los indígenas como víctimas y a los ladinos como opresores, o conceptualizar a los indígenas como abstraídos de los procesos de formación estatal y económica, “La sangre de Guatemala” presenta un cuadro enormemente complejo de la sociedad y la historia de los Mayas. Nos revela una comunidad convulsionada por fuertes tensiones socio-económicas—con la élite y los campesinos en constante lucha por la identidad étnica y el acceso a recursos vitales—al mismo tiempo que participando activamente en los campos económicos y políticos a nivel tanto local como regional y nacional, a menudo en alianza con elementos ladinos.

16Escrito en prosa lúcida, el libro está en su mayoría exento de la impenetrable jerga que a menudo caracteriza los textos de la nueva historia cultural, aunque los estudiantes de pregrado es probable que juzguen ciertas partes del análisis un tanto difíciles. El autor hace uso creativo de una gran variedad de fuentes, tales como fotografías, rituales públicos, entrevistas, además de una enorme cantidad de documentos de archivo. El análisis está, al mismo tiempo, fundamentado en un conocimiento enciclopédico de la literatura sobre México y Centroamérica.

17En su totalidad, el libro está lleno de ideas sugestivas y osadas hipótesis, las que sin lugar a dudas van a provocar mucho debate entre los estudiosos y al mismo tiempo estimulará proyectos de investigación con el fin de comprobar la solidez de los argumentos de Grandin. En particular, algunos autores podrían cuestionar el tipo de impacto nacional que Grandin le adscribe a la pequeña élite K’iche’ de Quetzaltenango. Otros podrían preguntarse, dado el estado embriónico de la historiografía guatemalteca, hasta qué punto se puede con confianza afirmar que la experiencia de los K’iche’s de Quetzaltenango es representativa de todos los Mayas de Guatemala. Y por último, es importante señalar que el enfoque en las élites deja casi que enteramente sin tratar la experiencia de los comuneros—los verdaderos subalternos—los cuales, en base al relato de Grandin, parecen haber jugado papeles no menos relevantes. En todo caso, el trabajo de Grandin, sin lugar a dudas, se convertirá en el modelo para futuras investigaciones acerca de otras comunidades guatemaltecas.

18Traducción de Jorge González Alzate.

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