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AFEHC : articulos : La Invención de las Naciones en Centroamérica, 1821-1950 : La Invención de las Naciones en Centroamérica, 1821-1950

Ficha n° 367

Creada: 01 diciembre 2005
Editada: 01 diciembre 2005
Modificada: 01 diciembre 2005

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Autor de la ficha:

David DíAZ ARIAS

Publicado en:

ISSN 1954-3891

La Invención de las Naciones en Centroamérica, 1821-1950

En los últimos años el tema de la historización de las identidades nacionales en Centroamérica llevo a escribir 107 estudios realizados en el periodo 1990-2002, es decir alrededor de 9 trabajos por año, la mayoría de ellos publicados después de 1995. Los profesionales en historia, filología, sociología, filosofía, antropología, psicología y comunicación han sido atraídos a esta problemática, ellos mismos en un periodo histórico marcado por la globalización y la discusión acerca de la vigencia o no de las identidades nacionales y el papel de la memoria y los vínculos con el pasado en las sociedades del presente.
Palabras claves :
Globalización, Identidades nacionales, Nación, Historiografía
Autor(es):
David Díaz Arias
Categoria:
Inédito
Fecha:
diciembre de 2005
Texto íntegral:

1

Introducción

2No se puede poner en duda la atención que ha tomado en los últimos años el tema de la historización de las identidades nacionales en Centroamérica. Escogiendo como base una bibliografía sobre el tema publicada recientemente1, si se tratara de contarlos, podemos contar 107 estudios realizados en el periodo 1990-2002, es decir alrededor de 9 trabajos por año, la mayoría de ellos publicados después de 1995. En efecto, como el azúcar a las hormigas, profesionales en historia, filología, sociología, filosofía, antropología, psicología y comunicación han sido atraídos a esta problemática, ellos mismos en un periodo histórico marcado por la globalización y la discusión acerca de la vigencia o no de las identidades nacionales y el papel de la memoria y los vínculos con el pasado en las sociedades del presente.

3Tampoco parece exagerado afirmar que, desde el punto de vista que entiende a la nación como una comunidad imaginada e inventada, la historiografía centroamericana fue pionera en América Latina en ese tipo de análisis. Es reconocido en ese sentido que el trabajo fundador fue el del historiador canadiense Steven Palmer2, al que le han sucedido un conjunto de estudios, como indicamos arriba, cada vez más diversos en sus aproximaciones y cada vez con una mayor imaginación en el tratamiento de las fuentes y en el planteamiento de sus problemas investigativos.

4Lo que amalgama efectivamente estos trabajos es la adopción de la “perspectiva modernista” de la nación, es decir que la conciben como una invención3. En ese sentido, quizás como estrategia para emprender el desentrañamiento de ese proceso, estos trabajos han señalado algunos requisitos indispensables para que éste se lleve a cabo. El primer elemento es la construcción de un poder estatal estable, en el que se presente una unidad en el pensamiento de los grupos de poder político-económico y una confluencia en sus intereses. Por otro lado, para lograr la invención nacional, los grupos dirigentes recurrieron a las “tradiciones inventadas”, por medio de las cuales intentaron desarrollar la “nacionalización” popular. Es así como se inventan héroes, se edifican monumentos nacionales que recuerdan gestas heroicas y se crean las fiestas cívicas y las historias nacionales; elementos que van a ser fundamentales en el engranaje del proyecto de Estado y de nación. Finalmente, las elites intentarán darle una representación cultural a este proyecto al tratar de homogenizar a sus poblaciones en torno a una etiqueta.

5El objetivo fundamental de este trabajo es, por tanto, a partir de esta basta producción, comenzar a plantear una síntesis que deje en evidencia el estado del conocimiento histórico sobre el tema en el área y que permita interrogarse acerca de qué nuevas veredas habrán de abrirse próximamente para enriquecer el problema. Así, este artículo ha sido divido en tres partes. En la primera se analiza una imagen que se volverá recurrente y problemática en la historia de la invención nacional en Centroamérica: la sombra de la República Federal. Luego, se pasa a los primeros experimentos de conformación de un discurso nacional particular en cada uno de los cinco estados que formaron parte de la Federación, en un periodo ubicado entre 1839 y 1870. Finalmente, el análisis termina con los experimentos de proyectos nacionales promovidos por los grupos liberales y su impacto en las clases populares, especialmente a través de las tradiciones inventadas y la resolución que le dieron al problema de la heterogeneidad étnica de sus distintos estados, en el periodo 1870-1950.

Centroamérica: la nación que no fue

6Una poderosa duda asaltó el 30 de junio de 1823 a los delegados presentes en la Asamblea Nacional Constituyente de las Provincias Unidas de Centroamérica. Citados en Guatemala para acordar las bases jurídicas y políticas sobre las que se levantaría su ideal de Estado para el istmo, después de debatir acerca de la validez o no de la existencia de una nueva nación con las dimensiones geográficas y poblacionales de esta área, una comisión juzgó que:

7“... para tanta tierra es muy corto el número de hombres que la habitan; pero hasta ahora jamás ha visto en ninguna estadística sujetarlo a cálculo, el que bastaría para formar un Gobierno independiente. Todos los hombres han nacido libres, y un puñado de ellos en sociedad íntima entre sí, y sin sujeción alguna a otra sociedad, pudiera llamarse en concepto de los que forman una nación: tendría un régimen de Gobierno: subsistiría de lo que la tierra le diere: se multiplicaría: inventaría medios de satisfacer sus necesidades; llegaría a ser grande y opulenta, con t al que un enemigo poderoso no viniese a exterminarla o sujetarla a la esclavitud4”.

8Aunque ajustado a la imagen política suscitada por la revolución de la soberanía popular, emergida al calor de la coyuntura que va de la convocatoria a elecciones para las Cortes de Cádiz a la declaración de la independencia de los distintos pueblos del istmo en 1821, la imagen de integración soñada y programada por los representantes centroamericanos a la primera Asamblea Nacional Constituyente, se topó con poca suerte en su camino. Ya para 1841, cuando está consumado el desmembramiento de la República Federal, el viajero John L. St hephens advertía, con cierta sinceridad, que el localismo era la piedra en que chocaban todas las ideas centroamericanistas, mientras que ocho años después el periódico El Costarricense consignaba un tanto resignado que:

9“ La Nacionalidad de Centro-América no puede ser otra hoy dia que aquella que tienen entre sí los diferentes Estados de Italia, ó Alemania. Vecinos los unos de los otros, hablan un mismo idioma, profesan un mismo culto, se identifican en costumbres, tienen bastante semejanza en sus fisonomias i hasta se rijen i gobiernan por leyes de un mismo origen. Mas no por eso han podido alcanzar el deseado bien de unirse en un cuerpo de Nación, aunque han empleado para conseguirlo esfuerzos extraordinarios i si se quiere gloriosos5”.

10Si se quiere avanzar más rápido en el destino que tuvo el proyecto de unidad centroamericano, hacia el segundo lustro de la década de 1910 cuando se produjo una cierta reaparición de los ideales de centroamericanismo enmarcados en la primera invasión de los marines a Nicaragua, el joven intelectual estadounidense Dana Gardner Munro, interesado en la estabilización política y económica de la región, no tenía empacho en argumentar extensamente que hacia ese momento una unidad entre los estados centroamericanos era, aunque latente, poco posible6. Eso a pesar de que, como ha demostrado Víctor Hugo Acuña, hacia las primeras décadas del siglo XX los obreros urbanos habían asumido el discurso nacionalista liberal y uno de sus sueños recaía directamente en la construcción de una patria grande llamada Centroamérica7.

11Entonces, la pregunta que subyace es ¿por qué Centroamérica no pudo construir, a pesar de las insistencias y del eco que podía ocasionar entre las clases populares, una nación ístmica? La respuesta gira entorno a una heterogeneidad de variables, pero claramente está ajustada al fracaso de Centroamérica como una federación de estados. Sin un estado federal triunfante fue prácticamente imposible una nación centroamericana triunfante. Pero, ¿por qué no?
La revolución de la soberanía8 que inaugura el proceso gaditano, y que se agita con fuerza una vez que la ciudad de Guatemala declara su independencia en 1821 y las distintas corporaciones municipales hacen lo propio en las otras provincias del istmo, provocó el rompimiento del pacto político colonial, el cual no pudo reconstruirse como un pacto federal fundamentalmente por una desavenencia de parte de las elites políticas triunfantes en la forma en que se repartiría el poder federal y los derechos y las responsabilidades que se arrogarían los distintos estados. Así por ejemplo, la insistencia de las elites guatemaltecas, que no son otras que las elites coloniales reorganizadas, por hacerse con la tutela administrativa y comercial de la República Federal, fue una de las llamas que provocó en diversas ocasiones el enfrentamiento entre las tropas federales y las de los estados, especialmente entre El Salvador, Honduras y Guatemala.

12Pero la idea de una Centroamérica unida como un Estado fue bien razonada e incluso se observó como lógica desde la independencia y, sobre todo, después de la caída del imperio de Iturbide en México. Incluso, las razones para pensar la construcción de un país que se llamase Centroamérica eran claras para sus proponentes:

13“Algunos aludían a su privilegiado lugar entre los mares y los continentes. Un sitio así puede propiciar el desarrollo comercial y el bienestar de sus pueblos y ciudadanos. De hecho las elites de la independencia no dejan de exaltar este tesoro de la condición ístmica, la fertilidad de las tierras y la bondad del clima. Todo ello ocurría aún y cuando había un explícito reconocimiento de su pobreza. Se creía en un futuro dado por la naturaleza: la posibilidad de construir un canal interoceánico que haría de Centroamérica el centro del mundo9”.

14Aún así, desde el principio, y pensando en las posibilidades de éxito de la República Federal como comunidad política que tenían quienes la vivieron, es probable que hubiese un balance entre las esperanzas y las dudas. Así mientras existió (1824-1839), la Federación fue una comunidad soñada y sufrida. ¿Cuáles fueron las etiquetas que sus formuladores quisieron construir? Fundamentalmente su propuesta fue cívica-política; es decir, hicieron énfasis “en las ideas de soberanía del pueblo, igualdad ciudadana, libertad de imprenta, seguridad individual y de la propiedad e independencia patria10”. Igualmente, la obtención de la independencia en forma pacífica fue enarbolada como otra de las características del istmo11, mientras que la única etiqueta que evidencia el intento de construir una unidad cultural, residió en la dimensión geográfica de la región. De todas esas imágenes será la condición ístmica la que seguirá apareciendo en los discursos políticos unionistas de todo el siglo XIX y de las primeras décadas del XX. En efecto, lo que verdaderamente se resalta como la identidad centroamericana en los discursos políticos, por ejemplo los de las fiestas de la independencia12, es justamente el espacio geográfico que a su vez prometía la imagen de una Centroamérica próspera y progresista gracias al sueño de un canal. Constituirse en el centro del comercio y la economía mundial, se evocaba como el timón imaginativo que justificaba y legitimaba la unidad de los cinco países y clamaba por dejar de lado cualquier identificación particular13.

15El otro lugar en donde tenía eco el discurso unionista era el de los héroes de la unión y el día de fiesta de la independencia. No obstante, como veremos más adelante, si bien algunas imágenes como la de Francisco Morazán eran aceptadas por las clases populares, no fueron por sí mismas provocadoras de una lucha continuada por la Patria Grande.

16En suma, si bien la lucha por una nación centroamericana se había esgrimido como un proyecto activo y recurrente desde su disolución, no se logró por acuerdo voluntario entre los estados de la región y aunque fomentó experimentos breves de unión, esos momentos no pasaron de ser una muestra más del destino del fracaso de ese proyecto político. Incluso, como han argüido Alexander Jiménez y Víctor Hugo Acuña, en gran medida aquellos políticos centroamericanos que se proponen la unidad de la región lo hacen por la fuerza y en la mayoría de ocasiones con el interés de interferir en los otros estados.

17“El dictador guatemalteco Carrera, por ejemplo, fue un conservador que intentó restaurar la unidad política centroamericana. Dados los tradicionales impedimentos, lo mejor que encontró fue instalar en los gobiernos de Honduras y El Salvador a dos caudillos fieles a sus propósitos: Francisco Ferrera y Francisco Malespín. Algo parecido puede afirmarse de Justo Rufino Barrios, quien gobernó dictatorialmente Guatemala entre 1873 y 1879, o del dictador nicaragüense Zelaya (1895-1898) quien declaró la “República mayor de Centroamérica“ con el mismo estilo de Barrios: la unión por la fuerza14”.
La idea de una Centroamérica unida era hacia las primeras décadas del siglo XX más una añoranza que un proyecto real y realizable tal y como lo sentenciaba Dana Gardner Munro con los ojos de un extranjero. Más aún; durante el final del siglo XIX y el inicio del siglo XX, aquellos estados que habían dedicado sus fuerzas en varias ocasiones a la construcción de la Federación, como Guatemala y El Salvador, se percataron de que no podían seguir subsistiendo como estados particulares sin prestar atención a la construcción de una cierta legitimidad discursiva en su interior. Pero incluso allí, tendrían problemas.

Los proyectos nacionales embrionarios, 1839-1870

18Aunque el proyecto de la Federación Centroamericana se había planteado como una opción inicial y se practicó durante los primeros tres lustros posteriores a la independencia, las elites políticas de los distintos estados que integraban la Federación intentaron legitimar su soberanía recién adquirida en el territorio que se había definido como parte de su jurisdicción. En primer lugar la legitimidad de su soberanía política como elites locales nacidas durante la colonia. Y, seguidamente, “la de los territorios hegemonizados por estas y constituidos por la lógica republicana en estados o municipalidades15”. En parte, tal cosa se tradujo en un enfrentamiento entre las elites locales y los intereses federales.

19Aunque un buen deseo, la Federación que nació deformada el 1º de julio de 1823, no aseguró en su parto las medidas que podrían haber evitado su muerte. Su estructura, inspirada en las ideas de la Ilustración, con condimentos de la experiencia de la Constitución de Cádiz de 1812 y de la Constitución de Estados Unidos de 1789, realmente no fue eficaz para construir un gobierno federal fuerte y funcional. Por eso, con un poder Ejecutivo débil y envestida por la rivalidad local, particularmente entre Honduras, Guatemala y El Salvador, no logró crear un distrito federal, no pudo concretar un ejército superior y legítimo frente a los ejércitos de los otros estados o bien de los caudillos que se alzaban contra sus autoridades (caso de Francisco Morazán primero y luego de Rafael Carrera) y, cuna del mal funcionamiento financiero, su estructura de hacienda pesó mucho sobre los Estados que la constituían16. Tales problemas la sepultaron hacia 1839 y con ello se posibilitó la concentración en proyectos estatales particulares en el istmo. Como apunta Arturo Taracena:

20“Cada Estado tendió a encerrarse en su territorio, revalorizando el papel de las fronteras. Cada territorio se convirtió en sí en un conjunto social, en la medida que, a pesar de sus diversidades intrínsecas, encontró la razón de ser en sus propias relaciones económicas, sociales y políticas. Ello condujo a la reafirmación de las elites dominantes locales, cuyas acciones políticas tendieron a buscar una legitimación interna y externa, creando, a su vez, sus propias comunidades políticas, las cuales persiguieron el objetivo de consolidar sus respectivos Estados17”.

21En efecto, la tarea que se imponen las distintas elites en Centroamérica reside en consolidar su poder interno frente a un conjunto heterogéneo de identidades políticas salidas de la época colonial. Debido a que los estudios sobre la construcción de las naciones se han concentrado en el llamado periodo liberal, posterior a 1870, en gran medida persiste un vacío en la comprensión de la capacidad de construcción de etiquetas nacionales ideadas desde las elites en el periodo anterior (1839-1870). Esto se debe fundamentalmente a la asociación directa que hicieron los primeros estudios modernistas entre la reforma liberal y la invención nacional18. No obstante los estudios emprendidos al final de la década de 1990 han demostrado que debe ser reevaluada esta interpretación. En ese sentido, resulta interesante que las dos etiquetas más importantes con las que se intentó diseñar la Federación fueron recogidas y apropiadas por dos de sus estados, pero para inventar su propia imagen de comunidad política: Costa Rica con la paz y Nicaragua con el canal oceánico.
En Costa Rica, ha quedado claro que el proceso de diseño de las etiquetas con las que se conectará a la población a la imagen de comunidad política, comenzó desde la época independentista. Así, tan temprano como en 1822 la primera Junta Superior Gubernativa aseguraba que la perpetuación de la paz era “como innata y adherente” a Costa Rica, lo cual caracterizaba a la provincia en comparación con sus vecinos. Muy pronto, hacia 1824, la imagen de Costa Rica en contraposición a Nicaragua fue explotada por la tercera Junta Superior para apaciguar los ánimos localistas que no se apagaban19.

22Durante la primera década de vida independiente estos rasgos identitarios que se estaban fabricando en el seno de las elites, se fortificaron. La recurrencia a la paz, el orden, la legalidad, la armonía, la prudencia y la neutralidad frente a los conflictos del área, así como la imagen de tierra de refugio para los que huían de la discordia, se volvieron corrientes en los discursos políticos costarricenses. En el primer lustro de la década de 1830, estas etiquetas fueron fortalecidas con un nuevo elemento: la explicación de la historia de Costa Rica a partir de la idea de progreso que se asociaba a la índole laboriosa de su población20. La idea de progreso se representará no sólo en la calma política y en el avance hacia la organización del Estado, también lo hará comparando a la sociedad independiente con la colonial. Asimismo aparecerá en esta década otro de los rasgos destinados a tener más larga vida en el imaginario identitario del país, resumido así por el semanario La Tertulia en 1834: “El Pueblo Costarricense es compuesto en su totalidad de propietarios en pequeño o en grande21”. De esa forma, aunque latente œ y fuerte œ el sentimiento localista, las elites políticas de las ciudades principales del Valle Central costarricense compartían una cierta imagen común sobre su comunidad política, sobre su Estado. La base que aseguraba un eco de esa imagen en Centroamérica y en el interior de Costa Rica era la calma política que se vivía en el país en comparación con el estado general de la Federación. De este modo, la legitimidad del poder central se trataba de construir a partir de la creación de imágenes frente al otro: el “oscuro” periodo colonial y el estado de guerra civil en Centroamérica. Dos hechos le darán impulso a las elites costarricenses para empeñarse con más ganas en la construcción de una nación propia: la declaración de la república en 1848 y la guerra contra los filibusteros en 1856-57. Hacia el final de la década de 1850 y durante la década de 1860 las elites costarricenses se convencieron a sí mismas de que su país, a pesar de su tamaño, era una nación viable, y terminaron de modelar en su seno estas etiquetas identitarias que intentarán traspasar a las clases populares sus descendientes liberales en las décadas posteriores a 1880.

23Esta modelación temprana de un consenso en las elites costarricenses acerca de su proyecto nacional no es tan clara en los otros países del istmo. Especialmente, la visible intervención extranjera en Nicaragua, la intervención guatemalteca en El Salvador y Honduras y la conservación del régimen colonial en Guatemala en el periodo posterior a la independencia, limitaron el desarrollo del estado en estos países y con ello la aparición de un consenso acerca de la nación a construir.

24Frances Kinloch nos ha mostrado que, paralelo al deseo nicaragüense por promover un canal interoceánico (ideado como la encarnación máxima del progreso nicaragüense) en la década de 184022, se presentaron también las potencias interesadas por la situación geopolítica del país. Aunque esta amenaza, especialmente representada en los intereses, los reclamos y las presiones ejercidas por el cónsul británico Chatfield, lograron la publicación de artículos acaloradamente patrióticos y disertaciones claras sobre el principio de la soberanía y las nacionalidades, principalmente la redactada por Pablo Buitrago en una memoria presentada a la Asamblea Legislativa en 1849, no hizo que las elites nicaragüenses llegaran a un consenso sobre la nación a construir y siguieran dubitando en un imaginario político más bien colonial. Y la base de ese imaginario radicaba en el municipio y no en ceder poder ante una autoridad mayor. La lucha entre las ciudades de León y Granada, exacerbadas a partir de 1844 gracias a la modificación de sus jurisdicciones administrativas que, claramente, beneficiaba a León, se convirtieron en la llama que prendería fuego a la guerra civil de ese año y evidencian muy bien la presencia de esas identidades políticas antiguas. Peor aún, la recurrencia de las elites granadinas a sus enemigos ingleses para enfrentar el conflicto bélico le dio bríos a los representantes de la potencia sobre los nicaragüenses. Tal cosa dejó en evidencia la incapacidad de las elites nicaragüenses para centralizar su autoridad como poder estatal y, todavía más, delegó poder en los ingleses23.

25Contrario también al afecto que produjo la guerra contra los filibusteros en el imaginario nacional en producción en Costa Rica, en Nicaragua, al parecer, provocó una discusión que la acercó más al ideal de imitación de lo norteamericano que a la construcción de un conjunto de etiquetas particulares24.

26No tenemos claro, a falta de investigaciones, el impacto de la guerra contra los filibusteros en los imaginarios políticos de Guatemala, El Salvador y Honduras, aunque es de por sí presumible que fuese mínimo. El efecto de la lucha antifilibustera fue, ante todo, sufrido por los nicaragüenses y los costarricenses. En cambio, sí es cierto que la unidad centroamericana frente a los invasores explotó mucho de la pretendida recomposición de la Federación.

27En efecto, especialmente en Guatemala y en El Salvador, durante este periodo anterior a la reforma liberal, los gobernantes siguen suspirando por la unidad como objetivo, al extremo de descuidar sus propias construcciones políticas. Pero, si nos guiamos por la pluma historiográfica de un liberal como Lorenzo Montúfar, existía una terrible divergencia que propició las luchas entre esos estados y que limitó su estructuración política en las décadas posteriores a la independencia25. En esencia, Montúfar concibe a El Salvador como un pueblo bravo y liberal, que tiene a su cuenta una demostrada capacidad para repeler al enemigo y abogar por la Patria Grande, pero con tan mala suerte que su proximidad con Guatemala le frena sus deseos de estabilidad. En cambio, el problema de Guatemala es que, por un lado los “serviles” guatemaltecos eran terriblemente adversos a El Salvador y vivían edificando imágenes negativas de ese país y, por otro lado, estaba terriblemente habitado por indígenas. Volveré más adelante sobre este punto; pero ahora es importante advertir que, tanto en Guatemala como en El Salvador, Montúfar nos revela una latente lucha por la unión centroamericana y su combatividad con la forma y el lugar desde donde se construiría la reunificación: para los líderes salvadoreños el proyecto de unión era necesario pero teniendo como condición que Guatemala no se elevase como centro del dominio político, mientras que sus homólogos guatemaltecos pensaban en términos parecidos pero teniendo en mente a El Salvador.
Otras investigaciones nos han dejado claro esto. En el caso salvadoreño, Carlos Gregorio López ha advertido que existe una relación entre el empeño de liberales como Gerardo Barrios , Francisco Dueñas y Rafael Zaldívar por construir a Francisco Morazán como héroe y su anhelo por la patria centroamericana26. En parte, aunque pudiesen haber existido deseos en el proyecto político por construir una patria salvadoreña, tal cosa contrastaba con el precario desarrollo del poder estatal hacia la década de 1860, especialmente en el poder que pudiera tener el Estado sobre los poderes locales municipales fuera de San Salvador, elemento que impedía a diestra y siniestra proyectos políticos particulares27. En el caso de las elites políticas guatemaltecas, que deambularon a inicios del siglo XIX en la discusión acerca de integrar o no integrar a los indígenas al proyecto político moderno28 y que tuvieron también que enfrentarse a un proyecto político local intentado en la región de Los Altos entre 1838 y 184929, es claro que, no perdiendo su sueño por la unión centroamericana, experimentaron un cierto proyecto de invención nacional a partir de los inicios de la década de 1860 con la publicación del “Catecismo de Geografía de la República” de Francisco Gavarrete que, como ha apuntado Arturo Taracena , “constituyó el primer intento de un ensayo geopolítico sobre una Guatemala ya separada de la realidad centroamericana, sin negar que por la historia y el espacio formaba parte integrante de esta entidad mayor30 [Centroamérica]”. Empero, el problema en los siguientes años seguirá siendo el peso de ese proyecto mayor sobre la consolidación de un proyecto interno y el llamado “problema indígena”.

28En parte, Honduras experimentaba problemas análogos a los guatemaltecos y salvadoreños en este periodo. De hecho, Marvin Barahona ha señalado que entre 1839 y 1876 el Estado hondureño careció “de la voluntad y el interés necesarios para crear una comunidad nacional31”. En ese sentido, las rebeliones políticas, la desobediencia frente a un régimen central e incluso las declaraciones de separación, presentes entre 1843 y 1844 en Texíguat y en la década de 1860 en Olancho, hacen evidente a un Estado sin poder para organizar las armas, la autoridad, o bien cobrar impuestos. El Estado como tal, en este primer momento, no logrará construir una verdadera autoridad central en Honduras, tan fuerte y tan estable como para proponerse el proyecto nacional en serio.

Los proyectos liberales de nación, 1870-1950

29Podríamos decir que aunque existen ciertas variantes de deseos nacionales en Guatemala, El Salvador y Nicaragua en el periodo posterior a la desintegración de la Federación Centroamericana, los problemas de afirmación de un consenso entre las elites dirigentes acerca de un proyecto estatal, ajustado a una división interna afirmada por localismos con base municipal, baluartes de las identidades políticas antiguas, limitan cualquier proyecto de construcción nacional en estos países. Por otro lado, el lamento por la unión centroamericana expresa en sus discursos un temor y una desidia sobre la construcción de estados más pequeños que aquella autoridad política. Por ejemplo, en ocasión de la inauguración del monumento a Francisco Morazán y de la inhumanación de sus cenizas en marzo de 1882 en El Salvador el presidente Zaldívar abogó a los que escucharon su discurso porque se afiliaran a “la santa causa” del patriota centroamericano, mientras que unos días después el Dr. Antonio Guevara Valdés, más claramente, sentenció que,

30“Si el plomo homicida de la traición no hubiera cortado el hilo de su existencia [la de Morazán], hoy nos veríamos formando una importante entidad política, fuerte en sus instituciones y considerada con respeto por las naciones extranjeras; mas hoy no somos más que parodias de naciones; formando tan solo cinco agrupaciones políticas que, separadas, nada significan en el concepto de las demás que pueblan el mundo32”.

31Si bien en los próximos años se reiterarán discursos como este en varios de los diarios de Centroamérica, es posible afirmar que, aunque no se renuncia a la idea de la Patria Grande, el consenso que logró la afirmación del proyecto liberal entre las elites de la región posibilitó la consolidación y promoción de un proyecto de nación. Sobre todo, tal cosa se realizó como parte de un proceso secularizador que, emprendido desde las esferas de poder, intentaba asegurar la superioridad del poder del Estado sobre otros poderes como el eclesiástico. En esencia, esto se intentará a partir de la invención de tradiciones, la afirmación, también inventada, de una cierta homogeneidad en la población y de la promoción de la solución del problema indígena.
En el caso costarricense, como argumentábamos más arriba y contrario a una primera aproximación que se había hecho en el estudio histórico de la construcción nacional en este país33, el temprano consentimiento al interior de sus grupos políticos y el temprano éxito de la economía cafetalera, posibilitaron la afirmación de una conciencia regional en el Valle Central que posterior a 1870 se extenderá entre las clases populares como la base del nacionalismo costarricense34. En suma, lo que harán los liberales costarricenses es otorgarle identidad cultural al Estado que han construido. Sobre la “raza homogénea”, contaminados con las ideas racistas de la segunda mitad del siglo XIX35, los políticos y los intelectuales costarricenses insistieron en identificara su población como blanca. Ya en 1866 en el Compendio de Geografía, un texto hecho para la escuelas del país, se aseguraba que en Costa Rica la población ascendía a “120,875 habitantes, de los cuales, exceptuando una parte insignificante de raza indígena ó mezclada, casi todos son blancos y forman una población homogénea, laboriosa y activa; siendo quizá la única república hispano-americana que goza de esta indisputable ventaja36”. La noción de raza blanca se consolidó en la década de 1880 a través de los textos escolares y su presencia hizo que la población indígena del país fuera primero considerada mínima y luego desaparecida37. Desaparecer por completo la imagen del indígena en Costa Rica era difícil, así que la táctica de los intelectuales fue ubicarla temporalmente en el pasado, mientras que los indígenas vivos eran vistos como ajenos a la nación, sin conexión con ella y en vías de desaparición38. La herencia africana empero, sí fue ocultada.

32Sería el presidente Cleto González Víquez quien llevaría a su máxima expresión el discurso sobre la “raza homogénea” al señalar al Congreso, en 1908, que en vez de fomentar la inmigración de extranjeros, se debía propiciar la “auto-inmigración”, es decir, “llevar al máximo la producción de y la reproducción nacional por medio de una baja en la tasa de mortalidad infantil y la implementación de medidas moral y biológicamente sanitarias en toda la República39”. Ya que se temía que la imagen de homogeneidad se alterara con la llegada de inmigrantes, lo mejor, según González Víquez, era robustecer la población nacional y hacerla crecer. En la década de 1910 y 1920 esta idea tendrá un eco importante en los obreros y artesanos40.

33No obstante la mayor originalidad de los políticos liberales costarricenses de las décadas de 1880 y 1890 en la invención de la nación, radicará en el rescate y la construcción de la Campaña Nacional de 1856-1857 (disminuida por ellos al año 1856) y de la figura de Juan Santamaría como héroe nacional41. El objetivo perseguido en ese sentido, radicaba en construir una memoria histórica seleccionando los acontecimientos que más provecho les traerían en la consecución de su tarea. El resultado de este empeño será la develización de la estatua al soldado Juan el 15 de septiembre de 1891 y la del Monumento Nacional en septiembre 189542. Primero, necesariamente, Santamaría debió ser blanqueado porque su apodo de “Erizo” delataba su procedencia mulata. Tal proeza la realizó el ideólogo liberal Pío Víquez en 1887 cuando aseguró que el pelo “encrespado y rudo“ que cubría la cabeza de Santamaría era “no poco semejante al de la raza africana; pero en su tipo se descubrían los rasgos característicos de la nuestra43”. Juan Santamaría sería entonces ensalzado y entronizado como el héroe de la nación costarricense. El énfasis en el soldado Juan se produjo porque su imagen de trabajador humilde y de defensor de la Patria, permitía a los liberales relacionarlo con las clases desposeídas y propugnarlo como el modelo ideal de ciudadano. Por el contrario, otros personajes que eran menos efectivos en ese sentido, como Juan Rafael Mora Porras, deberán esperar, y con timidez, hasta la década de 1910 para ser diseñados como héroes nacionales en el contexto del auge del antiimperialismo norteamericano44.

34El marco institucional utilizado para la difusión de estos íconos fue la educación escolar y las celebraciones de la independencia. Estas últimas experimentaron una consecución en sus ritos desde el segundo lustro de la década de 1870 y se secularizaron a partir de inicios de la de 1880 (abandonando la misa y el Te Deum tan corrientes en los años anteriores); de forma tal que su extensión geográfica y su legitimación social sirvieron para inaugurar las estatuas a la Campaña Nacional en la década de 1890. Justamente, gracias a la nueva estrategia diseñada por Justo A. Facio en 1899, la fiesta de la independencia se conjugará con la escuela en lo que se llamaría la “fiesta escolar” y permitirá la promoción, a través de los maestros y maestras, del significado otorgado a la Bandera Nacional y al Himno Nacional, éste último después de 1903 cuando estrene una nueva letra que lo volverá popular45. Se puede afirmar que, hacia la década de 1920, la nación costarricense se encuentra ya construida e incluso está pasando por un periodo de reinvención en la literatura y de afirmación en la plástica46.

35Un proceso parecido al de la recuperación de la lucha antifilibustera se produjo en Nicaragua a partir de 1870 con la construcción de la fiesta de la Batalla de San Jacinto y con la figura de José Dolores Estrada. Tal iniciativa intentó combatir la división partidista y local construida en el periodo anterior y promover una unidad entre las elites nicaragüenses47. No obstante, este proceso no se tradujo en una tradición certera que suscitara una identidad nacional inmediata y, por otro lado, no alteró significativamente la atención de las elites nicaragüenses por el progreso representado por los Estados Unidos, a lo que contribuyeron las misiones científicas organizadas por el gobierno de Ulises Grant para encontrar el sitio más conveniente para la edificación del soñado e imaginado canal interoceánico que convertiría a Nicaragua, en palabras del presidente Pedro Joaquín Chamarro en 1878, en la “ruta del comercio de ambos mundos48”. En esencia, como ocurriera con el proyecto ferrocarrilero en el gobierno de Barrios en Guatemala y de Guardia Costa Rica49, los gobiernos conservadores del llamado periodo de los Treinta Años en Nicaragua concentraron su imaginería nacional en la idea del canal y en la cimentación de vías para la comunicación y el transporte.

36Una vez que volvieran al poder después de la caída de Zelaya en 1909, los conservadores insistirán en la alianza con los estadounidenses, mientras que la prensa liberal celebrará con júbilo la adopción cada vez más acelerada entre los jóvenes de las elite de un estilo de vida, unas costumbres y unas modas provenientes de la potencia del norte. Lo más interesante es que, contrario al consenso que podría haber ocasionado este gusto por el progreso y el estilo de vida estadounidense entre los grupos liberales y conservadores, una parte de la elite granadina observó con preocupación y rechazó con fuerza la llegada de esos valores cosmopolitas y modernizantes, especialmente su eco entre las mujeres nicaragüenses, y, a través de la Liga de los Caballeros Católicos, combatió este proceso. Igualmente enfrentada a la llegada de misioneros protestantes, la Liga de los Caballeros Católicos enarboló los valores de la doctrina social de la Iglesia frente a la explotación presente en las plantaciones cafetaleras, inventando con ello un pasado colonial de cultura igualitaria basado en la hacienda ganadera. Esta santificación de la vida rural frente a la perversión de la modernidad, propició un giro antiburgués en una buena parte de la elite nicaragüense hasta entonces identificada con el progreso destellado por los Estados Unidos y construyó y consolidó un movimiento en contra de la intromisión norteamericana en Nicaragua que llevaría a esta fracción de la elite a buscar una alianza con Augusto César Sandino50.
Justo en la lucha de Sandino se traducía otra idea de lo nacional nicaragüense que se venía debatiendo desde finales del siglo XIX: el lugar de los indígenas y el de la Costa Caribe en un proyecto nacional que se había descrito desde 1881 en el discurso oficial como una nación étnicamente homogénea51. Como ha apuntado Jeffrey Gould, la revolución liberal de 1893 no rompió con este discurso; al contrario, reproduciendo la visión de civilización y barbarie esgrimida en otras latitudes, las elites ladinas nicaragüenses “proyectaron una imagen del indio representado como un primitivo, que obstaculizaba el progreso a través de la ignorancia y del mal uso de sus tierras comunales52”. El gobierno de Zelaya, cuya retórica nacionalista giró en torno a un patriotismo heroico y romántico, “desató una campaña para transformar a la población india en ladina y para absorber sus tierras53”. El problema se acentuó con la incorporación de la Mosquitia en 1894, cuyas estipulaciones anunciaban una autonomía comunal para las poblaciones indígenas y la promesa de invertir las rentas producidas por ellas en la misma región. Empero, la unidad no supuso una mejora en la condición de los indígenas, sino más bien su progresivo ataque: fueron catalogados como “tribus infelices, esquimados por los cróeles, en eterna servidumbre” e incapaces de poder organizar un gobierno local particular54. Curiosamente, en las luchas que se desencadenaron durante el periodo conservador (1910-1924), lejos de ser los obreros quienes llevaron adelante la protesta, fueron las comunidades indígenas las que se levantaron y, lo que es más curioso, con la utilización del discurso nacionalista obrero que apuntaba por una Nicaragua indo-hispana a costa de su identidad indígena y su estructura comunal55. Varias de estas comunidades indígenas se integraron al Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Sandino quien, en todo caso, sería el principal modelador de la idea en Centroamérica de una nación indohispana. De hecho, en su Manifiesto Político de 1927 Sandino se había declarado nicaragüense y orgulloso de que en sus venas circulara, en sus palabras, “más que cualquiera [otra], la sangre india americana que por atavismo encierra el mis erio de ser patriota, leal y sincero56...”. Luego del asesinato de Sandino el 21 de febrero de 1934 y la represión de la Guardia Nacional, las luchas indígenas continuaron y lograron la aprobación de varias leyes importantes en la década de 1930, leyes que alcanzaron frenar los intentos de abolición de las comunidades indígenas y la expropiación de sus terrenos lo cual, sin embargo, no aseguró su futuro: en las décadas de 1940 y 1950 las comunidades indígenas se verían enfrentadas en varias ocasiones a tipos diferentes de violencia física y simbólica que contribuirían a socavar su identidad étnica57.

37Ahora bien, si en Costa Rica se logró invisibilizar a los indígenas y si en Nicaragua se acentuó un discurso de nación indo-hispana, Guatemala en cambio debatió todo el siglo XIX la cuestión del indio sin llegar a un resultado claro más que la exclusión del discurso nacional y su explotación económica. Así, desde la coyuntura independentista la discusión entre moderados y liberales acerca de cuál debía ser el lugar del indio en la comunidad política estuvo en el tapete. Los liberales independentistas apostaron en un primer momento por la inclusión de todas las castas oponiéndose a la segregación, pero el prejuicio muy pronto los hizo parar con esta visión58. El debate continuará en las siguientes décadas. Incluso el “indio” Rafael Carrera, que se hará con el poder en 1844 e instaurará una vuelta al pasado colonial en el mejor estilo conservador, fue “blanqueado” en el discurso oficial al ser identificado no como un representante indígena sino de las castas59. Es más, va a ser durante en el régimen de Carrera, en 1851, cuando se restablezcan las Leyes de Indias como un remedio para la temida “lucha de castas” y una vuelta al orden que había sido corrompido por los liberales al declarar una ciudadanía sin límites. Así, “los conservadores implantaron un sistema político republicano recurriendo a las Leyes de Indias y sus instituciones, al derecho consuetudinario, a la regulación de la Iglesia católica y al caudillismo de Rafael Carrera que daba vida al proyecto de nación criolla y que habría de durar tres décadas60”.

38Este principio discursivo segregacionista conservador no se acabó con la triunfante revolución liberal de junio de 1871. A pesar de los postulados universalistas de la ideología liberal, la segregación se profundizó a partir de un conjunto de políticas en materia de trabajo, tierra, educación, ciudadanía, población y nacionalidad. Paralelo a esto, se produjo el triunfo de la emergencia ladina que se tradujo en la transformación de la elite cafetalera en clase dominante y que fue utilizada por el Estado guatemalteco como representación de la asimilación61. Así, aunque los liberales guatemaltecos cargados de un discurso eugenésico pensaban que la modernidad y el ansiado progreso solamente podrían ser logrados con la “civilización del indígena”, lo que implicaba su asimilación y ladinización, la estructura del trabajo rural en combinación con los mecanismos negociados por las comunidades indígenas a fin de retener tantos vestigios de autonomía local como fueran posibles, produjeron todo lo contrario62. El propósito fundamental de los liberales terminó siendo blanquear el universo no indígena, particularmente a ladinos y criollos. Asimismo, la historiografía liberal guatemalteca que intentaba probar “científicamente” la degeneración de la raza indígena“, legitimó los estereotipos coloniales y afianzó el discurso de subordinación de lo indígena, aún a pesar de reconocer que Guatemala era un Estado multiétnico. Incluso, el Estado simplificó la división en ladinos e indígenas en la práctica estadística además de los extranjeros, lo cual de un plumazo dividió al país entre una población homogenizada como ladina y los indígenas que quedaban excluidos así de la nación63.

39Resulta muy ilustrativo del poder del discurso segregacionista liberal guatemalteco, su efecto sobre la llamada Generación del 20, es decir Miguel Angel Asturias, Jorge García Granados, Jorge del Valle Matéu, Carlos Wyld Ospina, Carlos Samayoa Chinchilla, David Vela y Jorge Luis Arriola. Al respecto, Arturo Taracena ha señalado que estos autores tampoco lograron escapar del discurso liberal sobre el indígena ni transformar sus ideas en práctica. Por eso, aunque “buscaron darle un carácter espiritual” de “alma nacional” – a la redefinición moderna de la nación guatemalteca, comprometiéndose activamente en su construcción al denunciar el sopor causado por la herencia colonial, el atraso económico, la dominación extranjera y las injusticias cometidas con el indio, exigiendo su derecho al acceso a la ciudadanía, en su tarea redentora abonaron las ideas de degeneración y manipulación de la ”raza indígena‘. Y, a la larga, presionados por la crisis económica y la omnipresencia del Estado liberal, de una u otra manera, la mayoría de ellos terminó por subirse al carro estatal del liberalismo en la década de 1930. Por ello, como proyecto, el indigenismo “y aún la influencia de la experiencia del vecino México-sólo cuajaría después de la Revolución de 194464”.

40El otro problema fundamental en la construcción de un discurso de nación en Guatemala radicó en el empeño guatemalteco por la reconstrucción de la Federación Centroamericana, el cual limitó en gran medida la concreción de un discurso claro y continuado sobre la nación. Mucha de esa obstinación, como ha sugerido Steven Palmer, radicó en la idea de los liberales guatemaltecos de la década de 1880, de que su problema indígena se volvería pequeño al integrarse a una Centroamérica, en su visión, más hispanizada65. Este problema retrazaría la modelación de un discurso nacionalista local, en el mismo sentido en que lo hizo en El Salvador. De hecho la selección en El Salvador de la figura de Francisco Morazán para representar los ideales liberales y nacionales a partir de 1880 provocará en los siguientes años una confusión más aguda entre una nación salvadoreña o la Patria Grande. Lo mismo ocurre cuando, a inicios del siglo XX, se comienza a promover la figura del liberal salvadoreño Gerardo Barrios (presidente durante la década de 1860), ya que, aunque resaltada como una gloria salvadoreña, la figura de Barrios recordaba el espíritu unionista evocado por Lorenzo Montúfar como una particularidad salvadoreña. En suma, la dicotomía entre los ideales unionistas y la creación de una nación salvadoreña, tan presente entre los obreros salvadoreños en las primeras décadas del siglo XX, hicieron que las elites e intelectuales salvadoreños entraran en un círculo vicioso sin resolución acerca de su proyecto nacional66.

41No será sino hasta después del centenario de la independencia en 1921, y del último fracaso unionista, que los líderes salvadoreños se dedicarán, con fuerza, a la promoción de su proyecto nacional particular, incluso en un momento de radicalización social67. La Federación Regional de Trabajadores Salvadoreños comenzó en tal contexto una intensiva propaganda, tanto en la zona urbana como en la rural, en contra de la explotación laboral que promovió entre obreros y campesinos una fuerte identidad de clase frente a una endémica identidad nacional. Fue entonces el tiempo en que, con el impulso oficial y el apoyo de la prensa y de la intelectualidad, se produjo la invención de Atlacatl, el mítico cacique indígena, como un héroe nacional68. Empero, y a pesar del éxito oficial en la elaboración de Atlacatl en la zona urbana, la población rural no sintió seriamente el efecto de este proyecto nacional en tanto que éste no se había preocupado por integrar el campo a su discurso. No será sino hasta después de la matanza indígena de 1932 que el sector oficial comenzó a preocuparse por la integración de esta región y del indígena a su proyecto, pero, en todo caso, tal cosa se hizo en primera instancia con un radical discurso anticomunista y, por otro lado, con matices racistas.

42Inicialmente, el blanco de los ataques discursivos fueron los indígenas, pero este discurso se fue matizando hasta desembocar en una visión del indígena engañado por el comunismo, lo cual, en palabras de Carlos Gregorio López, “creaba un espacio funcionalmente aceptable, tanto para los vencedores, como para los vencidos69”.

43Como puede desprenderse del análisis esbozado anteriormente, la imagen de una Centroamérica unida en una nación imperó en el discurso político de los países centroamericanos y limitó el proyecto de una identidad nacional local. Honduras no es la excepción. La estabilidad política conseguida con la llegada de Marco Aurelio Soto al poder en 1876 y el fuerte intento por provocar una centralización estatal que venciese sobre el localismo, fue además acompañada por la promoción de un discurso nacional que rondó entre el unionismo y la necesidad de una nación hondureña. Claramente hacia el final de la década de 1870 y en el inicio de la de 1880, el gobierno hondureño comenzó una agresiva recuperación del pasado a través de la selección de varias figuras y su conversión en héroes de la patria. Los seleccionados fueron José Cecilio del Valle, Francisco Morazán, José Trinidad Cabaña y José Trinidad Reyes, cuyas imágenes serán consagradas en estatuas públicas en las plazas principales de la capital hondureña en 188270. Incluso, al conocerse ese año que en El Salvador se había levantado un homenaje y una estatua a Morazán, el Secretario General del Gobierno de Honduras, Ramón Rosa, quien se destacaría como el máximo gestor intelectual de la reforma liberal hondureña, publicó un artículo en La Gaceta a principios de ese año, en el que resumió muy bien el significado del caudillo unionist a para una buena parte de los liberales centroamericanos, señalando:

44“El nombre de Francisco Morazán, como el nombre de todos los grandes hombres que en lo político se colocan sobre mayores eminencias sociales, resume la síntesis de t oda una causa, de t oda una historia, de todo un porvenir. El nombre de Francisco Morazán simboliza para nosotros, para todos los que reconocen el verdadero mérito y aspiran al verdadero bien, estos principios que infunden el aliento de nuestra vida: libertad, progreso, unión nacional centroamericana71”.

45Efectivamente, la referencia a la Patria Grande sigue siendo fuerte en las elites hondureñas hacia el final del siglo XIX y aún a principios del siglo XX. No obstante, por otro lado, el empeño de las elites hondureñas por identificar a su población como homogénea bajo el término de “ladina”, puede ser observado como una manifestación tácita por encubrir el problema de la heterogeneidad étnica y con ello promover una visión de unicidad nacional. Esto se hizo efectivo en 1887 cuando, en las instrucciones dadas a los empadronadores que habían sido capacitados para llevar adelante el censo de ese año, se les indicó incluir a todas las mezclas raciales bajo la categoría de “ladino72”. Así, “los mulatos, negros, blancos y todo tipo de otra mezcla racial se contrapuso a los indios73”.

46Darío Euraque ha mostrado la relación entre este proceso de modelación de un mestizaje discursivo y su relación con la mayanización de Honduras en el periodo 1890-194074. De acuerdo con Euraque, el discurso del mestizaje hondureño se adoptará plenamente en las esferas estatales en la década de 1920 y se consolidará en la de 1930. El esfuerzo por restaurar las ruinas de Copán y promover su representación imaginaria en Tegucigalpa adquirirá fortaleza en este periodo, gracias al interés por construir un discurso de hondureñidad basado en el mestizaje y que rescataba la grandeza de una civilización indígena desaparecida en el tiempo pero presente en la mezcla racial. En ese sentido, varios intelectuales hondureños de las décadas de 1950 y 1960 se afiliaron a la teoría mayanista de Federico Lunardi, expuesta por él en 1948, que exponía que Honduras “era toda maya”, a pesar de conocer varios estudios que abogaban por lo contrario75.

47El discurso oficial del mestizaje hondureño sirvió además para la proclamación de un indígena del siglo XVI como héroe de la nación: Lempira. Si bien la construcción de Lempira había comenzado en el siglo XIX no va a ser sino hasta inicios del siglo XX cuando se afiance como proyecto y, como el héroe máximo, defensor de la autonomía hondureña76. La modelación que se hará de la figura de Lempira en las primeras décadas del siglo XX giró en t orno a la idea de que, efectivamente Lempira era la representación de la heroicidad hondureña, pero que t al imagen no tenía vínculos con los indígenas lencos vivos. Asimismo, el recurso político a la imagen de Lempira sirvió en 1926 (año en que se le dio su nombre a la moneda nacional de Honduras en vez del nombre de Morazán que se había propuesto primeramente), para restarle importancia a la presencia negra en la costa norte del país y homogenizar con ello “la configuración étnico-racial hondureña ante el peligro de la inmigración negra y la mezcla racial contaminada con “lo negro77”. El discurso se afianzará en las siguientes décadas de forma tal que en 1935 se proclamará oficialmente el Día de Lempira y en 1943 el Departamento de Gracias a Dios se transformará en el Departamento de Lempira78.

Epílogo

48En su obra América Central, publicada por primera vez en español en 1967, el profesor Mario Rodríguez, en un momento en que los Estados Unidos han puesto en vigor el Programa “Alianza para el Progreso” y que se está dando comienzo al experimento del Mercado Común Centroamericano, evaluó las posibilidades de una unida d económica y cultural del istmo. Luego de señalar los problemas geográficos que podrían dar al traste con el experimento, en todo caso, de acuerdo con Rodríguez, solucionables con la ayuda económica extranjera y con la disposición de los gobiernos centroamericanos, el autor se detuvo a mirar el lugar en donde, desde su perspectiva se hallaba el principal escollo para la unidad: los obstáculos étnicos y culturales y el “sistema social”. Así, Rodríguez apunta:

49Históricamente, la diversidad racial y las diferencias culturales han tenido un efecto propicio a la división de América Central. En la actualidad, las tensiones motivadas por estas divergencias son menos agudas, gracias a la extensión del proceso de “latinización”. Durante el periodo colonial, los amos españoles usaban el término ladino para referirse a los indios que adoptaban el sistema de vida de los hombres blancos y trabajaban como artesanos en las poblaciones españolas. Eran indios que habían sido “latinizados”, por decirlo así. Con el paso de los años, el término también llegó a ser aplicado a las sangres mezcladas, los mestizos, mulatos y zambos (híbridos de indio y negro), que se reunían en torno a los sitios colonizados por los blancos. En la actualidad, el significado oficial de ladino es cualquier persona, sin considerar su ascendencia racial, que no vive como un indio. Empleado en este sentido, el término tiene implicaciones positivas de un nacionalismo centroamericano, uniendo elementos raciales y culturales discordantes79.

50Es claro; Rodríguez tenía ante sus ojos el proceso de construcción del discurso de ladinización en los distintos países centroamericanos que, aunque él creyera servía para fomentar una unidad de la región, se llevó adelante fundamentalmente como una estrategia de nacionalización popular en el periodo 1870-1950, para modelar una homogeneidad al interior de los distintos estados centroamericanos. Incluso el mismo autor nos revela el éxito o fracaso que esta homogeneización cultural había tenido en cada país, cuando, a través de su percepción de algunos datos censales, se puede observar que Guatemala ha fracasado en la integración del indígena al proyecto nacional, que en Costa Rica la imagen de blanquitud ha tenido éxito y que, en lo que él llama los estados centrales (es decir El Salvador, Honduras y Nicaragua), se ha tenido un cierto triunfo en la modelación de una imagen mestiza de la población80.

51Tal proceso, programado y puesto en marcha fundamentalmente a partir de 1839 y claramente desde la década de 1870, se combinó con la erección de héroes y fiestas patrias que permitieron llevar adelante la invención de las naciones centroamericanas. Los problemas fundamentales que se presentaron en el camino fueron varios. Por un lado la insistencia de las elites, especialmente las guatemaltecas y salvadoreñas, por concentrarse en la reconstrucción de la unión centroamericana durante la mayor parte del siglo XIX y al menos en las primeras dos décadas del siglo XX81, lo que hizo que no se propusieran seriamente la posibilidad de crear un proyecto nacional particular. Por otro lado, la resolución de la integración o no del indígena en las identidades nacionales que se estaban construyendo limitó, dependiendo de la estrategia utilizada, una base válida para t al programa. Los caminos seguidos fueron fundamentalmente tres: invisibilizar al indígena presente en la población y aún su herencia (como lo hicieron los liberales costarricenses); integrar a un indígena pasado que se había mezclado con los españoles y había formado la nación (como en Nicaragua y Honduras); o bien no tomar en serio esta imagen, a pesar de la densidad poblacional y de su visibilidad, y tratar de construir una nación primero ladinizando, en el sentido de aculturizando, a las comunidades indígenas y luego excluyéndolas del repertorio nacional (caso de Guatemala y en menos medida de El Salvador hasta la década de 1930).

52La Centroamérica de la década de 1950 había apostado y su suerte se decidió de distintas maneras. Hacia el comienzo de esa década un conjunto de cambios auguraban una redefinición de los proyectos nacionales. No obstante, amparadas por un pasado sumamente pesado y ubicadas en el centro de una América convulsa que dirigía su mirada hacia adentro, las naciones centroamericanas de la segunda mitad del siglo XX verían una ruptura más fuerte de su proyecto nacional, sustentada en la explotación económica y cultural, que las llevaría a luchar en la calle e incluso en el campo de Marte por un nuevo proyecto nacional. ¿El resultado? No el mejor. Incluso hoy a las puertas de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, aunque se ha desarrollado un incipiente avance en el reconocimiento de la multiculturalidad82, la respuesta a la forma en que se deben rediseñar los discursos nacionales construidos por los liberales del siglo XIX, de forma t al que se vuelvan inclusivos y no excluyentes, sigue sin ser del todo clara.

53Notas de pie de página

541 David Díaz Arias y Víctor Hugo Acuña Ortega, “Identidades nacionales en Centro américa: bibliografía de los estudios historiográficos”, en Revista de Historia (San José), No. 45 (enero-junio del 2002), págs. 267-283.

552 Steven Palmer, “A Liberal Discipline: Inventing Nations in Guatemala and Costa Rica” (Tesis Ph.D. Columbia University, 1990); Idem, “Sociedad Anónima, Cultura Oficial: Inventando la Nación en Costa Rica, 1848-1900”, en Iván Molina y Steven Palmer, Héroes al Gusto y Libros de Moda. Sociedad y cambio cultural en Costa Rica (1750-1900) (San José, Costa Rica: Editorial Porvenir, Plumsock Mesoamerican Studies, 1992), págs. 169-205; Idem, “Hacia la “Auto-inmigración”. El nacionalismo oficial en Costa Rica 1870-1930”, en: Arturo Taracen a y Jean Piel, Identidades nacionales y Estado moderno en Centroamérica (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1995), págs. 75-85; Idem, “Racismo intelectual en Costa Rica y Guatemala, 1870-1920”, en Mesoamérica (Guatemala), año 17, No. 31, (junio de 1996).

563 Véase al respecto Anthony Smith, The Etnic Origins of Nationalism (Oxford, Blackwell, 1993), págs. 7-13.

574 Citado por Arturo Taracena, “Nación y República en Centroamérica (1821-1865 )”, en Idem y Jean Piel, Identidades nacionales y Estado moderno en Centroamérica (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1995), págs. 45-61.

585 “Nacionalidad. Comunicado”. El Costarricense, 15 de diciembre de 1849, No. 55, pág. 430.

596 Dana Gardner Munro, Las Cinco Repúblicas d e Centroamérica. Desarrollo político y económico y r elaciones con Estados Unidos, estudios introductorios de Fabrice Lehoucq e Iván Molina (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, Plumsock Mesoamerican Studies, 2003), págs. 210-218. La primera edición en d e este libro fue en inglés en 1918.

607 Víctor Hugo Acuña Ortega, “Nación y Clase Obrera en Centroamérica Durante la Época Liberal (1870-1930)”, en Iván Molina y Steven Palmer (editores), El paso d el cometa. Estado, política social y culturas populares en Costa Rica (1800-1950), (San José, Costa Rica: Editorial Porvenir, Plumsock Mesoamerican Studies, 1994), págs. 145-165.

618 François-Xavier Guerra, “De la política antigua a la política moderna. La revolución de la soberanía”, en François-Xavier Guerra y Annick Lempérière (et al.), Los espacios públicos en Ib eroaméri ca. Ambigüedades y problemas. Siglos XVIII-XIX (México: Centro Francés de estudios Mexicanos y Centroamericanos, Fondo de Cultura Económica, 1998), págs. 109-139 y François-Xavier Guerra, Modernidad e Independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas (Madrid: Editorial MAPFRE, 1992), págs. 56-62. Para un acercamiento a la revolución de la soberanía en el caso costarricense ver: David Díaz Arias, “Antigüedad y modernidad política: la revolución de la soberanía en Costa Rica, 1810-1835”, conferencia dictad a en la mesa redonda: Conflicto social y político en el proceso de la independencia: del colonialismo a la gestación del Estado costarricense, Auditorio “Abelardo Bonilla”, Escuela de Estudios Generales, Universidad de Costa Rica, 31 de agosto del 2004.

629 Víctor Hugo Acuña y Alexander Jiménez, “La improbable nación de Centroamérica”, en http://bv.gva.es/documentos/Jimenez.doc.

6310 Arturo Taracena, “Nación y República en Centroamérica (1821-1865)”, pág. .47.

6411 Víctor Hugo Acuña, “Las concepciones de la comunidad política en Centroamérica en tiempos de la independencia (1820-1823)”, in TRACE, No. 37 (juin 2000), págs. 27-40.

6512 David Díaz Arias, “Alocuciones constructoras y demostradoras de identidad: discursos del 15 de setiembre de 1871 en Centroamérica”, en Revista de Historia (San José / Heredia), No. 45 (enero-junio 2002), págs. 287-323.

6613 Para el caso costarricense véase Víctor Hugo Acuña Ortega, “Historia del Vocabulario Político en Costa Rica. Estado república, nación y democracia (1821-1949)”, en Taracena y Piel, Identidades nacionales y Estado moderno en Centroamérica…, págs. 63-74 y David Díaz Arias, “Una fiesta del discurso: vocabulario político e identidad nacional en el discurso de las celebraciones de la Independencia de Costa Rica, 1848-1921”, en Revista Estudios (San José), No. 17 (2003), págs. 73-104.

6714 Acuña y Jiménez, “La improbable nación de Centroamérica”.

6815 Arturo Taracena, “Nación y República en Centroamérica (1821-1865)”, pág. 45.

6916 Rafael Obregón Loría, Costa Rica en la Independencia y en la Federación (San José: Editorial Costa Rica, 1977), págs. 147-232; Ana Maria Botey, La República Federal (1823-1842) (San José: Cátedra de Historia de las Instituciones de Costa Rica, fascículo No. 8, 1994); Andrés Towsend Escurra, Las Provincias Unidas de Centroamérica. Fundación de la República (San José: Editorial Costa Rica, 1973). Rodrigo Facio Brenes, Trayectoria y Crisis de la Federación Centroamericana (San José: Imprenta Nacional, 1949).

7017 Arturo Taracena, “Nación y República en Centroamérica (1821-1865)”, pág. 56.

7118 Steven Palmer, “A Liberal Discipline: Inventing Nations in Guatemala and Costa Rica”.

7219 Víctor Hugo Acuña Ortega, “La invención de la diferencia costarricense, 1810-1870”, en Revista de Historia (San José-Heredia) No. 45 (enero-junio del 2002), págs. 191-228.

7320 Víctor Hugo Acuña Ortega, “La invención, págs. 201-204.

7421 Víctor Acuña Ortega, “La invención de la diferencia costarricense, 1810-1870”, pág. 204.

7522 Frances Kinloch Tijerino, “El canal interoceánico en el imaginario nacional. Nicaragua, siglo XIX”, en Taller de Historia. Nación y etnia (Managua), No. 6 (julio de 1994).

7623 Frances Kinloch Tijerino, “Política y Cultura en la Transición al Estado-Nación. Nicaragua (1838-1858)” (San José: Tesis de Maestría en Historia, Universidad de Costa Rica, 1999), págs. 62-88.

7724 Frances Kinloch Tijerino, “Identidad nacional e intervención extranjera. Nicaragua,1840-1930”, en Revista de Historia (San José-Heredia) No. 45 (enero-junio del 2002), pp. 169-174.

7825 Lo que sigue está basado en: Víctor Hugo Acuña Ortega, El Salvador y Costa Rica en la historiografía de Lorenzo Montúfar: construcción del estado e invención de la nación, Ponencia presentad a en el primer encuentro de Historia Salvadoreño, San Salvador, julio del 2003. Agradezco al profesor Víctor Hugo Acuña el haberme facilitado una copia de este trabajo.

7926 Carlos Gregorio López Bernal, “El Proyecto Liberal de Nación en el Salvador (1876-1932)” (San José: Tesis de Maestría en Historia, Universidad de Costa Rica, 1998), pág. 111.

fn27. Véase Héctor Lindo Fuentes, “Los límites del poder en la era de Barrios “, en Arturo Taracena y Jean Piel, Identidades nacionales y Estado moderno en Centroamérica..., págs. 87-96.

8028 Arturo Taracena y otros, Etnicidad, Estado y Nación en Guatemala 1808-1944, volumen 1 Colección “ ¿Por qué estamos como estamos?” (Guatemala: CIRMA, 2002), págs. 41-80.

8129 Arturo Taracena, Invención criolla, sueño ladino, pesadilla indígena. Los Altos de Guatemala: de región a Estado 1740-1850 (San José: Editorial Porvenir; CIRMA; Delegación Regional de Cooperación Técnica y Científica del gobierno de Francia, 1997).

8230 Arturo Taracena y otros, Etnicidad, Estado y Nación en Guatemala 1808-1944..., págs. 80-81.

8331 Marvin Barahona, “Honduras. El estado fragmentado (1839-1876 )”, en Arturo Taracena y Jean Piel, Identidades nacionales y Estado moderno en Centroamérica..., pág. 97.

8432 Discurso pronunciado en el Cementerio General de San Salvador por el doctor Antonio Guevara Valdés, en virtud de comisión del ciudadano Presidente de la República, en el acto de la solemne inhumanación de las cenizas del benemérito General Francisco Morazán“, Diario Oficial, 21 de marzo de 1882, p. 286. Citado por López Bernal, “El Proyecto Liberal de Nación en el Salvador (1876-1932)”..., pág. 109.

8533 Steven Palmer, “Sociedad Anónima, Cultura Oficial: Inventando la Nación en Costa Rica, 1848-1900”..., págs. 169-205.

8634 Víctor Hugo Acuña Ortega, “La invención de la diferencia costarricense, 1810-1870”, pág. 218.

8735 Steven Palmer, “Racismo Intelectual en Costa Rica y Guatemala, 1870-1920”..., págs. 99-121. Lara Elizabeth Putnam, “Ideología racial, práctica social y Estado liberal en Costa Rica”, en Revista de Historia (Heredia-San José), No. 39, (enero-junio de 1999), págs. 139-186.

8836 Citado por Ronald Soto, “Desaparecidos de la Nación: los indígenas en la construcción de la identidad nacional costarricense 1851-1924” , en Revista de Ciencias Sociales (San José), No. 82 (diciembre de 1998), págs. 31-53, cita pág. 37.

8937 Juan Rafael Quesada Camacho, América Latina: Memoria e Identidad. 1492-1992 (San José, Costa Rica: Editorial Respuesta, 2da. edición, 1993), págs. 115-116.

9038 Soto, “Desaparecidos de la Nación…”, págs. 41-52.

9139 Steven Palmer, “Hacia la Auto-inmigración, El nacionalismo oficial en Costa Rica 1870-1930”, en Taracen a y Piel, Identidades nacionales y Estado moderno en Centroamérica ..., págs. 75-85.

9240 Víctor Hugo Acuña Ortega, “Nación y clase obrera en Centroamérica durante la época Liberal (1870-1930)”..., pág. 156.

9341 Steven Palmer, “Sociedad Anónima, Cultura Oficial: Inventando la Nación en Costa Rica, 1848-1900”, págs. 169-205.

9442 Patricia Fumero, El Monumento Nacional, fiesta y develización, setiembre de 1895 (Al ajuela, Costa Rica, 1998); ídem, “La celebración del santo de la patria: la develización de la estatua al héroe nacional costarricense, Juan Santamaría, el 15 de septiembre de 1891”, en Iván Molina Jiménez y Francisco Enríquez Solano, Fin de Siglo e Identidad Nacional en México y Centroamérica (Alajuela: Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, 2000) y Annie Lemistre Pujol, Dos Bronces Conmemorativos y Una Gesta Heroica. La estatua de Juan Santamaría y el Monumento Nacional (Alajuela, Museo Histórico-Cultural Juan Santamaría, 1988).
fn43. Steven Palmer, “Hacia la Auto-inmigración…”, págs. 77-78.

9544 David Díaz Arias, “Fiesta e imaginería cívica: la memoria de l a estatuaria de las celebraciones patrias costarricenses, 1876-1921”, San José, 2003, inédito.

9645 David Díaz Arias, “La Fiesta de la Independencia en Costa Rica, 1821-1921” (San José: Tesis de Maestría en Historia, Universidad de Costa Rica, 2001), pp. 119-180.

9746 Iván Molina Jiménez, Costarricense por dicha. Identidad nacional y cambio cultural en Costa Rica durante los siglos XIX y XX (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2002), págs. 43-78.

9847 Patricia Fumero, “De la iniciativa individual a la cultura oficial. El caso del general José Dolores Estrada”, en Iván Molina y Patricia Fumero, La Sonora Libertad del Viento. Sociedad y Cultura en Costa Rica y Nicaragua (1821-1914) (México, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 1997), págs. 13-41.

9948 Francés Kinloch Tijerino, “Identidad nacional e intervención extranjera. Nicaragua, 1840-1930”, pág. 176.

10049 Steven Palmer, “A Liberal Discipline: Inventing Nations in Guatemala and Costa Rica”…, págs. 117-139.

10150 Michel Gobat, “Contra el espíritu burgués: la élite nicaragüense ante la amenaza de la modernidad, 19181929”, en Revista de Historia (Nicaragua), No. 13 (1999 ); ídem, “Against the Bourgeois Spirit: the Nicaraguan elite under U.S. imperialism, 1910-1934” (Chicago: Ph.D dissertation, University of Chicago, 1998).

10251 Jeffrey Gould, “Nicaragua: la nación indohispana”, en Arturo Taracena y Jean Piel, Identidades nacionales y Estado moderno en Centroamérica…, pág. 254.

10352 Jeffrey Gould, “¡¡Vana ilusión!! Los indios de Matagalpa y el mito de la Nicaragua mestiza (1880-1925 )”, en Talleres de Historia, No. 6, (julio de 1994), pág. 85.

10453 Jeffrey Gould, “Nicaragua: la nación indohispana”..., pág. 254.

10554 Volker Wünderich, “La unificación nacional que dejó una nación dividida. El gobierno del presidente Zelaya y la “reincorporación” de la Mosquitia a Ni caragua en 1894”, en Revista de Historia, No. 34 (julio-diciembre 1996), pág. 31.

10655 Jeffrey Gould, El Mito de la “Nicaragua Mestiza” y la Resistencia Indígena 1880-1980 (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1997), pág. 124.

10756 Víctor Hugo Acuña Ortega, “Nación y Clase Obrera en Centroamérica Durante la Época Liberal (1870-1930)”..., pág. 159. Para profundizar sobre la visión nacionalista en Sandino véanse Michael Jay Schroeder, “To defend our nation’s honor: toward a social and cultural history of the Sandino rebellion in Nicaragua (1927-1934) (Michigan: PhD., University of Michigan, 1993); Volker Wünderich, Sandino. Una biografía política (Managua: Nueva Nicaragua, 1995) y Alejandro Bendaña, “El nacionalismo universal en Sandino”, en: Frances Kinloch Tijerino, (ed.), Nicaragua, en busca de su Identidad (Managua: IHN/PNUD, 1995).

10857 Véase Jeffrey Gould, El Mito de la “Nicaragua Mestiza” y la Resistencia Indígena 1880-1980…, págs. 167-185.

10958 Teresa García Giráldez, “Nación cívica, nación étnica en el pensamiento político centroamericano d el siglo XIX”, en Marta Elena Casaus Arzú y Oscar Peláez Almengor (compiladores), Historia Intelectual de Guatemala (Guatemala: CEUR.UAM, 2001), págs. 51-118.

11059 Arturo Taracena y otros, Etnicidad, Estado y Nación en Guatemala 1808-1944..., pág. 70.

11160 Ibid, pág. 78.

11261 Ibid, pág. 410.

fn62. Steven Palmer, “Racismo Intelectual en Costa Rica y Guatemala, 1870-1920”, en Mesoamérica, año 17, No. 31 (junio de 1996), págs. 99-121. Artículo disponible en http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2466989

11363 Arturo Taracena y otros, Etnicidad, Estado y Nación en Guatemala 1808-1944..., págs. 411-412.

11464 Ibid, pág. 412. Véase también Marta Elena Casaus Arzú, “Las elites intelectuales del 20 en Guatemala: su visión del indio y su imaginario d e nación”, en Marta Elena Casaus Arzú y Oscar Peláez Almengor, (compiladores ), Historia Intelectual de Guatemala (Guatemala: CEUR. UAM, 2001), págs. 1-50.

11565 Steven Palmer, “Central American Union or Guatemalan Republic? : the national question in the liberal Guatemala, 1871-1885”, en The Americas, (April 1993).

11666 Carlos Gregorio López Bernal, “El Proyecto Liberal de Nación en el Salvador (1876-1932)”..., págs. 127-154.

11767 Patricia Alvarenga, Cultura y Ética de la Violencia. El Salvador 1880-1932 (San José: EDUCA, 1996), págs. 275-322. Para el discurso de clase y discurso nacional salvadoreño de este periodo: Víctor Hugo Acuña Ortega, “Clase obrera, participación política e identidad nacional en El Salvador (1918-1932 )”. Ponencia presentada en el Seminario “Estado Nacional y Participación Política en América Central”. San José, febrero de 1995.

11868 Carlos Gregorio López Bernal, “Identidad nacional, historia e invención de tradiciones en El Salvador de la década de 1920”, en Revista de Historia (San José / Heredia), No. 45 (enero-junio 2002), págs. 35-71, especialmente págs. 53-63.

11969 Carlos Gregorio López Bernal, “El Proyecto Liberal de Nación en el Salvador (1876-1932)”..., pág. 291.

12070 Ethel García Buchard, “El nacionalismo hondureño: entre la añoranza por la Patria Grande y la necesidad d e consolidar la unidad nacional“, ponencia presentad a al seminario Fin de Siglo XIX e Identidad Nacional en México y Centroamérica (Alajuela: Museo Histórico-Cultural Juan Santamaría, 11-14 de mayo de 1999.

12171 Citado por Ibid, pág. 18. Al parecer en la década de 1880, como hemos visto en el caso salvadoreño y ahora en el hondureño, se despertó la atracción de los liberales por la figura de Morazán. Incluso en Costa Rica, en donde fue fusilado el caudillo unionista en 1842, se decretó en 1887 la creación de un parque en la capital al que se le puso su nombre, lo cual provocó una interesante discusión en la prensa josefina sobre lo conveniente o no de tal cosa. Véase David Díaz Arias, “La Fiesta de la Independencia en Costa Rica, 1821-1921…”, págs. 133-136.

12272 Darío A. Euraque, “La construcción d el mestizaje y los movimientos políticos en Honduras: los casos de los generales Manuel Bonilla, Gregorio Ferrera y Tiburcio Carías Andino“, en: ídem, Estado, Poder, Nacionalidad y Raza en la Historia de Honduras: Ensayos (Tegucigalpa: Ediciones Subirana, 1996), pág. 78.

12373 Ibid, págs.78-79.

12474 Darío A. Euraque, “Antropólogos, arqueólogos, imperialismo y la mayanización de Honduras: 1890-1940”, en Revista de Historia (San José / Heredia), No. 45 (enero-junio 2002), págs. 73-103.

12575 Ibid, pág. 78 y págs. 86-92.

12676 Darío A. Euraque, “La creación de la moneda y el enclave bananero en la costa caribeña de Honduras: ¿en busca de una identidad étnico-racial?“, en Yaxkin (Honduras), Volumen XIV, Nos. 1 y 2 (octubre d e 1996), págs. 138-150.

12777 Ibid, pág. 150.

12878 Dario Euraque, “Antropólogos, arqueólogos, imperialismo y la mayanización de Honduras: 1890-1940”..., pág. 82.

12979 Mario Rodríguez, América Central (México: Editorial Diana S.A., 1967), pág. 26. La edición en inglés se publicó en 1965: Mario Rodríguez, Central America (Englewood Cliffs, Prentice-Hall, 1965).

13080 Véase Ibid, págs. 23-24.

13181 Aún el proyecto unionista d e la década de 1940 fu e impulsado principalmente por líderes políticos e intelectuales guatemaltecos y salvadoreños quienes vieron en la presidencia de Juan José Arévalo en Guatemala y en la de Salvador Castañeda Castro en El Salvador el momento justo para reemprender el proyecto unionista. Incluso en 1945 esos dos países anunciaron formalmente su fusión política, proyecto que nuevamente fracasó. Thomas L. Karnes, The Failure of Union: Central America, 1824-1960 (Chapel Hill, 1959), págs. 231-234.

13282 Proyecto Estado de la Región, Segundo Informe sobre Desarrollo Humano en Centroamérica y Panamá (San José: Proyecto Estado de la Nación, 2003), págs. 331-368.

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Para citar este artículo :

David Díaz Arias, « La Invención de las Naciones en Centroamérica, 1821-1950 », Boletín AFEHC N°15, publicado el 04 diciembre 2005, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=367

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