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AFEHC : transcripciones : Discurso que en el Aniversario de la Independencia de 15 de septiembre de 1838, pronunció el Ciudadano Miguel Larreinaga. : Discurso que en el Aniversario de la Independencia de 15 de septiembre de 1838, pronunció el Ciudadano Miguel Larreinaga.

Ficha n° 3704

Creada: 27 abril 2014
Editada: 27 abril 2014
Modificada: 30 abril 2014

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Autor de la ficha:

Christophe BELAUBRE

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Discurso que en el Aniversario de la Independencia de 15 de septiembre de 1838, pronunció el Ciudadano Miguel Larreinaga.

Miguel Larreynaga en este discurso da su versión de la batalla que tuvo lugar cerca de Villa Nueva al sur de la capital de Guatemala entre los hombres del caudillo Rafael Carrera y las tropas oficiales de Guatemala dirigidas por el coronel liberal Carlos Salazar. Es notable la euforia que siguió la batalla y también el miedo que tuvieron los liberales ante la amenaza de las masas rurales – Larreinaga los considera todo el tiempo como ladrones-. La derrota fue celebrada en la capital tanto por liberales como conservadores. Por ejemplo el canónigo Antonio Larrazábal publicó un folleto para instar al pueblo a dejar las armas y un día antes de este discurso Bernardo Piñol predicó un sermón para elogiar la victoria de Salazar en Villa Nueva.
Palabras claves :
Villa Nueva, Batalla, Carrera, Liberales, Conservadores, Discurso
Autor:
Miguel Larreinaga
Fecha:
1838-09-15
Texto íntegral:

1Discurso que en el Aniversario de la Independencia de 15 de septiembre de 1838, pronunció el Ciudadano Miguel Larreynaga, Presidente de la Corte Suprema de Apelaciones.

2Ciudadanos:

3Hay celebramos el aniversario de nuestra Independencia, proclamada ahora diez y siete años con universal esclavitud y primero de nuestra libertad. Recordamos que estuvimos por espacio de muchos años, sujetos al gobierno español, distante dos mil leguas de nosotros y separado con un mar de por medio; a un gobierno parcial, interesado y vicioso. Recordamos que no sólo estábamos sujetos a aquel gobierno, sino a la península misma que vivía a costa nuestra y de nuestros frutos, dependiendo en todo y por todo de la voluntad de aquellos conquistadores, como unos colonos suyos, o meros ARRENDANTES, sin esperanza de mejorar de condición. Y recordamos por último, que llenas las medidas de nuestro sufrimiento, hicimos al fin un esfuerzo, un arresto, y proclamamos la Independencia.

4Dijimos: “unámonos” y nos unimos. Dijimo: “separémonos de España” y nos separamos. “seamos libres” y lo fuimos. “gobernémonos nosotros a nosotros mismos” y así se hizo. Es inexplicable el gozo de que rebosaron nuestro corazones aquel día, en que por primera vez vimos salir al Sol nuestro horizonte a iluminar hombres libres, ciudadanos generosos, todos iguales, todos unidos, dueños ya de sí mismos, sin señor, con voluntad propia, no ajena, con dictamen propio, no prestado. Casi todos vosotros, los que me escucháis os hallásteis presentes en aquel acto, que se repitió en todas las ciudades, pueblos y lugares de la República, donde era unánime la conciencia de romper el yugo español y proclamar la Independencia, que aunque comenzó en ésta, fue porque en ella residía la silla de aquel gobierno. Los jóvenes que me escucháis y envistéis hacer a vuestros padres y deudos y nacían de la adquisición de la libertad que habían de dejarnos en herencia. Mil ideas halagüeñas se nos representaron entonces que íbamos a disfrutar en el nuevo estado en que espcialmente el día de este aniversario, que se instituyó para perpetuar la memoria de aquél acto y transmitirlo a los hijos y a los nietos y a los nacerán de ellos. Pero estas ideas halagüeñas comenzamos después a experimentar que eran abultadas por nuestra imaginación y propiamente inmaturas, faltas de prudencia, hijas de la pasión y no del buen juicio.

5Toda es en la que consiste el deleite: es el abandono de sí mismo; para gozar de pensar en otra cosa ni en lo que vendrá después. Esto nos sucedió con la Independencia. Nos abandonamos a ella para disfrutarla y gozar todos sus incentivos, y esto nos ha perjudicado: debimos recapacitar las obligaciones que contraíamos y los riesgos que corríamos para guardarla y mantenerla. De no haberlo hecho así, nos han sobrevenido pérdidas incalculables, perjuicios muy grandes, golpes de que aún no acabamos de volver; nacido todo de equivocaciones, de ilusiones. Una quiero exponeros, pues las otras las palpais. Cuando proclamásteis la Independencia ahora diez y siete años, creísteis haberla conseguido toda entera y no fue así; sólo conseguisteis la mitad, y la otra mitad se quedó fuera de vuestro dominio, sin saberlo vosotros; si lo hubierais sabido no dudo que la hubierais conquistado, aunque os costase trabajos, gastos y aun la sangre; pero nos engañaron las delicias y halagos de la una mitad y os abandonasteis a ella.

6Así, bien cara habéis pagado esta ilusión. Ahora os anuncio, mis amigos, que habéis conquistado la otra mitad: ahora sí que habéis conquistado la Independencia entera: ahora sois libres en todo punto sin que os falte nada: la victoria que hemos conseguido en la Villa Nueva tan completa, tan grande, tan fructuosa, tan doctrinal, es el complemento de la proclamada el año 21; aquélla sin ésta no valdría nada: ¿Qué digo valdría? Nos sería funesta, perjudicial; nos mantendría enredados, descaminados, sumidos en el caos en que hemos estado los años anteriores; así como también digo que esta victoria sin aquella Independencia nos sería ruinosa. Pero la una junta con la otra constituyen la verdadera libertad y se sostienen recíprocamente para nuestra felicidad. Ambas forman un solo acto indivisible que nunca deben considerarse separados, sino sólo para leer en ellos nuestros extravíos. Parece que la Providencia dispuso que uno y otro concurriesen en un mismo mes, con tres días de diferencia, cuando el Sol equilibra su carrera para iluminar de lleno nuestro planeta. En lo sucesivo, el aniversario que celebramos ha de ser de la Independencia de 15 de septiembre de 1821, y de la victoria de Villa Nueva de 11 de septiembre de 1838. Las razones que tengo para pensar de este modo son las que voy a exponeros1.

7Para proclamar la de 1821 nos vimos obligados de los perjuicios que hasta entonces habíamos experimentado por estar sujetos a un gobierno conquistador y colonial; pero no habíamos sentido ni previsto los que después habían de nacer de la libertad misma que también los tiene, y de los abusos que son resbaladizos. Nunca pudimos prever que nuestros mismos pies nos llevarían a la orilla de un precipicio a donde nos empujaría, no el bárbaro que ha sido destruido en Villa Nueva, sino nuestra desunión, nuestra imprudencia, nuestro desciudo. Porque a estos errores debemos atribuir que este miserable se hubiese levantado en Mataquescuintla, crecido y corrido por las demás pueblos hasta amenazar nuestras goteras. Si nosotros hubiéramos estado unidos, atentos, despiertos, ¿hubiera podido levantar la cabeza sin que al instante se le hubiese impuesto la pena de los traidores? Bastaba la vigilancia ordinaria de las leyes comunes que castigan las asonadas, las facciones, los tumultos, para castigar a este malhechor y a sus cómplices; pero habiéndosele dejado ir, se fue envalentonando más y más hasta ser necesaria la fuerza militar. Este ejemplo deber hacernos cautos, mirados, detenidos y prudentes, en cuyo caso digo, aunque parezca paradoja, que me alegro que este ladronzuelo haya salido de su montaña y atrevídose a insultarnos con la muerte, para que aprendamos a vivir con cuidado y no ocuparnos con la muerte, para que aprendamos a vivir con cuidado y no ocuparnos de disputas constituciones y metafísicas. En el estado en que nos hallábamos a fines del año pasado, ningún raciocinio, ninguna reflexión alcanzaba ya a llamarnos al juicio, sino sólo el mal físico. Ahora seremos cautos, detenidos, sensatos y pensadores, y lo seremos bajo pena de la vida, y lo que es más, bajo pena de la libertad, pues seguramente tendríamos nosotros o nuestra posteridad que hincar la rodilla ante un ente despreciable. Os quiero poner esto delante de los ojos, comenzando desde la primera independencia de 1821. Mucho antes habíamos estado haciendo votos continuos y esfuerzos secretos por hacernos independientes y romper el yugo español; lo exigía nuestro propio interés y nuestro propio honor. Era ya una vergüenza, un vilipendio obedecer a la península. Siempre, que de ella nos venía leyes y reales órdenes para que las obedeciésemos; siempre que nos venían soldados que nos protegiesen; siempre que nos venía cargamento de géneros que comprásemos; siempre que nos venía libros que leyésemos, hacíamos propósito de declaranos: “vosotros no sabéis ni podréis gobernaros a vosotros mismos, ni tenéis capacidad para conocer el buen orden, ni de mucho menos para guardarlo, y así es necesario que desde aquí se os trace la conducta que debéis seguir y el régimen que os conviene. Si se os dejase a vuestra voluntad, seguramente os embrollaríais unos con otros y arderíais en odios y rencillas; así, tenes y observad esas leyes coloniales que son las que más os adaptan, y agradeced”. Al enviarnos los empleados que nos mandasen, Presidentes, Oidores, Obispos, Intendentes y Alcaldes Mayores, era lo mismo que decirnos: “ vosotros no sabéis que se os pongan funcionarios que no conozcaís ni os conozcan y cuyo origen ignoréis, porque si fueran de entre vosotros mismos os encenderíais en rivalidades, bandos y rencillas: no tendríais confianza en vuestro propio mérito. Va ese Presidente, regimiento fijo, Coroneles, Oficiales y otros militares, era lo mismo que decirnos: “ vosotros no sabéis defenderos con las armas en la mano; y es preciso daros otros que os defiendan: para pelear es preciso tener valor, y ese no lo tenéis: la muerte que es cosa común os espanta y los trabajos de una compaña os enferman. Si de entre vosotros se levantase un atronado, un malhechor atrevido; o de una barranca saliese un ladronzuelo que tuviese la habilidad de convocar a otros para robaros, y comenzase su misión asesinando a Oficiales, esta tropa que os escolte, y agradeced”. Al enviarnos un cargamento que decirnos: “ vosotros no tenéis muchas y buenas tierras de que podríais sacar más riqueza que de las minas, despreciáis su cultivo: tampoco seguramente os engañarían; sois nuevos en el arte de trocar que os parece no requiere reglas: seríais el juguete de los corredores de lonja que os darían barro enlustrado por vuestra vajilla de plata y su soplillo por tela maciza: corréis tras el relumbrón, dejando lo sólido. Van esas facturas de indianas, paños de Alcoy, lienzo casero, y agradeced”. Al enviarnos algunos libros y otras obras literarias traducidas de cargazón, era lo mismo que decirnos: “Todavia no es tiempo que sepáis lo que se debe saber: aún no habéis llegado a la edad de la madurez: es preciso prescribiros los pensamientos que debéis tener y ocultaros algunas verdades que precipitarían vuestra indiscreción: si se os dejasen leer los planes y romances de gobierno que escriben en Europa los sabios ociosos por ejercitar su ingenio y divertir el aburrimiento de la vida humana, os llenaríais la cabeza de quimeras e ideas platónicas. Os remitimos esos pocos libros en que se enseñan la excelencia del gobierno monárquico, la obediencia pasiva al poder absoluto, el justo derecho de conquista, la legitimidad de la esclavitud, y la distinción de clases que es consecuencia de ella y agradeced”. Estos pensamientos que naturalmente nos asaltaban a la imaginación cuando vivíamos bajo el Gobierno Español nos tenían avergonzados, humillados, abatidos, y al mismo tiempo soberbios y altivos, llenos de indignación, deseando una coyuntura en septiembre de 1821, tal día como hoy, y dijimos: “ Ya es tiempo”. Nos juntamos: pues toda cosa heroica se hace por la unión. Gritamos, independencia, libertad, soberanía, orden nuevo, vida nueva; nosotros nos gobernaremos a nosotros mismos, y aunque al principio no lo hagamos bien, cada día lo haremos mejor: nadie nace enseñado, se aprende a andar, a correr, a sentir, a vivir. Todo se hizo al pie de la letra como dijimos y quisimos. Esto no llenó de gozo, de alegría, de entusiasmo, de arrebato, de locura: nos entregamos al abandono de la pasión, al descuido, a la confianza; y esta fue nuestra situación el primero año de la independencia. En los siguientes fue calmando el entusiasmo y fuimos advirtiendo prácticamente que en nuestra marcha tropezábamos con frecuencia; que caminábamos a tientas sin propósito por una senda desconocida que tenía a derecha e izquierda precipicios resbalosos. Conocimos que para establecer un gobierno bueno, es necesario mucho juicio, espera, retentiva, paciencia. Pero estas virtudes no se adquieren con simples deseos, con actos de esperanza; es necesario comenzar practicándolas. Toda virtud es un hábito, una operación, un ejercicio, no es una idea. Algunos queríamos ser republicanos como los esparciatas, hechuras de Licurgo, que ahogaban todo sentimiento de humanidad por respirar sólo los de la patria; otros queríamos serlo como los atenienses, – que cultivaban las ciencias y las artes, el lujo y las conveniencias de las ciudades; otros, como los cartagineses que profesaban el comercio y la navegación, y andaban con su ancheta de costa en costa y de puerto en puerto comprando barato y vendiendo caro; otros, como los romanos que aspiraban a conquistas y a la fama de valientes, fundando la guerra en la religión y culto de sus dioses, en las ceremonias y ritos de los templos, en pura exterioridad, sin buenas costumbres ni virtudes; otros, como los venecianos, que de un puñado que eran, escapados del machete de Atila, un bárbaro de aquel tiempo, se situaron en unas ciénagas formadas de los rebalses del mar; otros querían otras cosas diferentes. Y de aquí dimanó una divergencia tal de opiniones, una oposición de caprichos que nada podía acordarse, mandarse, ni obedecerse. De la divergencia nace siempre la porfía, de la porfía la tenacidad, de ésta el desprecio, de éste la enemistad, de ésta los odios, de los odios la pérdida de la patria. De ésta pérdida debió haber sucedido el día de ayer, que era el asignado por el ladronzuelo Carrera y las turbas que acaudillaba para asaltar esta ciudad, robarla, destruírla y asolarla, para deshacer al gobierno, aniquilar la constitución y las leyes, disolver el Estado de Guatemala y consecuentemente la República, porque una vez destruido el Estado de Guatemala es preciso que se destruyan los otros; como destruída una rueda de reloj, se destruye el reloj entero.

8Algunos de nosotros mismos creían esto muy probable, no porque supiesen en aquel bárbaro algún plan o concierto, ni en las numerosas turbas que había convocado para que cayesen sobre la ciudad, algún arte de pillar, sino porque vosotros no queríais defenderos, ni defender a vuestras familias, ni a vuestros bienes, ni defender la Independencia que proclamásteis y jurasteis ahora diez y siete años. Faltaban armas, ¿ por qué? Porque queríais. Faltaba dinero; ¿por qué? Por lo mismo. La prueba de esto que digo es, que el día que quisisteis hubo soldados, armas, pólvora, pertrechos, dinero y todo; hubo una división de ochocientos hombres bien equipados, armados y resueltos, cada uno de los cuales vale por más de tres bárbaros, que saliesen al campo; hubo voluntarios, decididos a no volver nunca a sus casas sí nó victoriosos o quedar muerto con honor; hubo patriotas que llevaron la idea de hacer confesar a los bárbaros, bien a su pesar, el engaño en que están que los habitantes de Guatemala por estar creados en regalo, con comodidades, con buenas costumbres, no tienen potencia física para levantar ni manejar armas pesadas ní ánimo para despreciar la muerte, ni agilidad para correr a caballo, como ellos que comen maíz tostado, carne a medio cocer y duermen a la inclemencia en las montañas, y creen en apariciones de difuntos. Esta división de ochocientos hombres, aumentada con los voluntarios y patriotas salió a la media noche del 10 con todo silencio, llevando un camino bien seguro, y al amanecer entró en Villa Nueva, cayó sobre los bárbaros y en dos horas los batió, destrozó, mató, dispersó y ahuyentó en todas direcciones. Quedaron sobre la plaza más de trecientos muertos, y después se fueron hallando otros hasta dentro de las casas y nopaleras inmediatas, en número que pasará de quinientos, los heridos han sido a proporción, y muchos se sabe han muerto en su fuga.

9El ladronzuelo principal Carrera huyó herido en una pierna y por todos los lugares por donde pasaba confesaba su derrota. Se le tomaron tres piezas de artillería que había robado en la Antigua y otros artículos que constan de los partes oficiales. Esta acción, atendidas todas sus circunstancias, debe mirarse por nosotros, no como simplemente una jornada militar, o como un triunfo del valor, sino como una acta política de Independencia o constitucional, pues de ella ha dependido que tengamos Patria, Gobierno, Leyes, costumbres, civilización. Esta tan hermosa, tan brillante, tan ilustre, tan grande, tan fecunda de buenos resultados, que merece contemplarla en grande con un ánimo de instrucción. Va a servirnos en lo sucesivo para arreglar nuestra conducta, nuestro gobierno, nuestro manejo, nuestras opiniones. La tendremos presente en la Asamblea, en el Consejo Representativo, en la Secretaria del Ejecutivo, en la Corte de Justicia y Tribunales, en la Comandancia General, en la municipalidad, en la Juntas Electorales, en las contratas de comercio, porque yo hago este raciocinio: así como el haber salido este bandolero de la montaña de Mataesquescuintla y convocado otros ladrones y malhechores para robar los campos, haciendas y pueblos fue electo de nuestra desunión y disputas en materia de gobierno; así el haber sido derrotado y destruido en Villa Nueva lo ha sido de un momento de unión de acuerdo y de buen juicio que hemos tenido. Y en la propia suerte, luego que volvamos a desurnirnos y a disputar, y a entregarnos a planes de liberalismo, y derechos inalienables, volverá a levantarse este bárbaro o acaso otro que sepa leer y escribir y tenga algunas virtudes con qué engañar; lo cual sería peor. Dije que habíamos tenido un momento de unión, porque he visto que desde el instante del peligro ocurristéis todos a la plaza con vuestras armas, con vuestros hijos, hermanos y todos vuestros recursos, y os rodeásteis todos del gobierno, ofreciendo cada uno sus servicios, de todos los partidos, de todas las opiniones, los que llamaban exaltados, los moderados, los indiferentes, que no, los hay en materia de patriotismo; los que la queríais templada, que es la posible; los que la queríais injerta de inglesa, francesa y americana; los que la queríais pura centroamericana; los que os creíais agraviados con razón o sin ella; los que teníais quejas y sentimientos por no haber sido atendidos los méritos que creísteis haber contraído antes o después de la Independencia, todos olvidándolo todos, os hablasteis, os saludásteis al peligro, a salvar la Patria. Os he visto en los portales, en la plaza, en la calle, a una. He visto una Municipalidad, como repentina, porque no se esperaba, como inspirada, como animada de un espíritu vivo, ardoroso, incansable, que sacó de la nada todo género de recursos, instrumentos, utensilios, abastos y víveres para muchos días, de manera que si el loco bandolero con sus turbas hubiera sitiado, como decía, la ciudad, impidiendo la entrada de virtuallas, no hubiera habido falta de nada, mientras las tropas de fuera caían sobre él, como estaba dispuesto. La Municipalidad ha cautivado la confianza y amistad universal. La unión ha descubierto en nuestros pechos un ardor militar que aunque debe suponerse reposando en secreto, estaba dormido, sin actividad, pero ahora se ha exaltado, y salido fuera en forma de llama: todos querían pelear, salir al campo, batirse con las turbas. ¡ Qué costó sujetar a algunos! Las tropas de la Antigua, porque se retardaba la salida, querían solas salir a la batalla; pues no veián que en la guerra es tan necesario el juicio como el valor; la espera, como el ímpetu; la economía de la vida, como el desprecio de la muerte. El arrojo no es valor, ni el arrebato bizarría. Se dice que por exceso de valor perdimos al Teniente Coronel Fonseca, que en medio de la pelea andaba buscando personalmente al cabecilla Carrera, mientras que una bala casual le dio en la frente2.

10También por arrojo perdimos otros varones ilustres que nos hacen falta. Ciudadanos, cuando vayáis al campo moderad los ánimos y aguardad la voz del General, que es quien dirige la nación. Tened sangre fría en medio del ardor, y no me digaís que pido un imposible. Este imposible es lo que se llama intrepidez. Lo que me parece sublime en la victoria de Villa Nueva, heroico, soberbio, magnifico, de resultas incalculables es, el haber ido nuestras tropas a buscarla en las mismas trincheras de las turbas, donde estaban fortificadas, asentadas, reposadas, de refresco. Los inteligentes en la guerra estiman una acción dada dentro de las trincheras del enemigo como de un precio doble o triple, como conoceréis si lo pensáis. Si las turbas hubieran salido a las goteras y batiéndolas completamente, la victoria siempre sería victoria; pero no tan gloriosa, porque le faltaría el requisito de ser espontánea y nacida de un movimiento propio, mientras que el enemigo se llenaría la boca de un movimiento propio, mientras que el enemigo se llenaría la boca con decir que había provocado la batalla. Pero ir los nuestros en su busca hasta sus propios cuarteles, romperlos, desbaratarlos, matarlos, dispersarlos, ahuyentarlos, quitarles las armas, pertrechos, y lo que llevaban robado, esto es grande, heroico, estupendo. ¡Cómo se regocijarán los pueblos del Estado que han estado padeciendo los saqueos, asesinatos, violencias e indignidades de estos bárbaros, cuando sepan y experimenten el fruto de esta derrota! Cómo conocerán que el Gobierno no los había abandonado como tenían la queja, viendo que no les enviaba tropa que los defendiese ni guarnición que los protegiese, creyendo tal vez que no tenían fuerza ni recursos; pero el Gobierno meditaba un golpe seguro, un plan concertado, una composición del lugar infalible: convenía dejar entrar al bárbaro y sus turbas, dejarle robar, engolosinar y cebarse de la vista, como así lo estaba haciendo sin fijarse en lugar alguno.

11Hoy estaba en Jalapa, mañana en Salamá, en otro dia en Chiquimulilla, en otro en Amatitlán, en Petapa, en la Villa Nueva. Cuando entró en la Antigua, ¡cómo hubiéramos querido volar a soccorrerla! Pero sabíamos que cuando nuestras tropas llegasen allá, ya estaría distante. Así, era menester tener paciencia por algunos días y sufrir un poco. Ahora, habréis visto, pueblos amigos, compañeros, hermanos, que no se os abandona, que sois unos con nosotros, que vuestra causa es la nuestra, que el mal que a vosotros se haga, a nosotros, a todos, se hace; que vuestros enemigos lo son nuestros y vuestros amigos por lo consiguiente. Tal es el pacto celebrado entre todos los ciudadanos del Estado que es lo que llamamos constitución, que los bárbaros y los traidores que los ayudan, aconsejan, y secretamente impelen, pretenden destruir. Cuando me detengo a considerar el lance de esta victoria, creo unas veces que dependió en su totalidad del denuedo, del valor de los soldados, de los voluntarios, de la actividad de los oficiales, de la disposición del General; pero cuando atiendo a su brevedad y a la poca sangre aunque preciosa que se derramó en ella por nuestra parte y en la mucha que se vertió de los malhechores que quedaron tendidos a montones unos sobre otros, paso a creer que dependió de la sorpresa con que aquellos fueron atacados. La sorpresa es uno de los estratagemas de guerra más usados y recomendados por los militares eminentes y que ahorra mucha sangre, tiempo y gastos de dinero, y a ella se dedican con preferencia los jefes de una expedición, creyendo que el número de soldados, de piezas y de máquinas, se suplen, se vencen y se superan con una sorpresa bien dada, o con un ardid bien manejado. Los antiguos se gobernaban en sus guerras con ardides más que con fuerzas vivas y las victorias más memorables que nos cuentan las historias, se debieron a un estratagema, a un ardid, a una inteligencia.

12En la guerra decía S. Agustín en un capítulo del derecho canónigo, que el valor y el ardid tienen el mismo lugar. La sorpresa, pues, con que fueron atacadas las turbas, no les dio tiempo ni aún para correr a formarse, ni mucho menos para ensillar sus caballos. Estaban muy confiados en sus cuarteles, efecto de su necedad. La tarde antecedente habían llegado de la Antigua conduciendo con mucho trabajo tres piezas de grueso calibre que allí habían robado, y llevaban consigo traidores que les enseñasen el camino y les diesen noticias. En el tránsito nadie les impidió el paso, sino al contrario, se les facilitó lo que necesitaban. Iban ufanos, llenos de satisfacción, de orgullo, de soberbia. No imaginaron ni aún les pasó por el pensamiento que entre ellos mismos tendríamos espías fieles que nos diesen aviso de lo que hacían, pensaban, hablaban. Durmieron tranquilos en Villa Nueva, después de haber bebido a discreción. Su ánimo era permanecer allí dos o tres días para combinar el asalto de esta ciudad, que es el fin último de sus esperanzas y el sebo con que convidan a la multitud. Pero al amanecer del martes 11 cayeron sobre ellos nuestras tropas tan de repente, tan de recio, que se cortaron, se atolondraron, se sobresaltaron. El toque de diez clarines los perseguía, el lustre de nuestras armas los espantaba, aunque una espesa neblina había caído sobre la villa. Luego el ataque fue sangriento. Gritaban “nuestro General no muere; nosotros iremos a resucitar a Mataquescuintla; ustedes, ¿qué defienden? ” Los nuestros respondían: “defendemos al Gobierno, a la Republica, a la Patria”. Huyeron, sacando herido a su cabecilla Carrera, y dejando más de quinientos muertos, otros tantos fusiles y escopetas descompuestas, llenas de orín, algún parque y otros artículos. Según estas circunstancias es de presumir que si los bárbaros hubiesen estado prevenidos para recibir el ataque de nuestras fuerzas, la acción hubiera durado más tiempo y costado mas sangre preciosa de nuestra parte, aunque al propio tiempo hubiera sido tal vez más completa y radical, porque habría sido cogido el cabecilla principal y los otros que llevan su voz; y hubiera sido necesario que hubiese entrado a operar la reserva del ejército. Pero en los trances de la guerra es necesario unas veces preferir la brevedad y otras la lentitud; unas la sorpresa, y otras el orden de batalla, según el conjunto de las circunstancias. Después de la acción han formado unos un cálculo y otros otro para concebir cómo hubiera sido más cabal la victoria, y más absoluto el triunfo, pero hechas bien las cuentas, tomando todos los cabos, es preciso conocer que así como se dio la acción, así estuvo bien dado y que si se hubiera dado de otro modo, o más antes o más después, la victoria no hubiera salido como salió ni producido resultados tan abundantes. Uno de ellos es el doloroso desengaño que han tenido los bárbaros de que nosotros solos con la fuerza que teníamos dentro de las goteras, combinada con la de la Antigua, cuya defensa es una misma que la nuestra, y combinada en con parte de la federal, que ha dado tantas pruebas, no de ahora, de su decisión y valor, somos bastantes para escarmentarlos; pues venían confiados en que no podrían obtener socorros de los pueblos amigos y otros del Estado. Creían aquellos ladrones que cogiéndonos solos pudieran fácilmente entrar a matarnos, robarnos y saquear las casas, y después quemarlas y destruir los edificios y ciudad entera, pues siempre ha sido propiedad de los salvajes destruir ya que no pueden crear. Les parecía, no sé sobre qué fundamento, que dentro de nosotros mismos hallarían quienes les prestasen tizones para incendiar, o que no dejasen tomar agua de sus pilas para apagar el incendio. Imaginaban que los otros pueblos del Estado verían con indiferencia la ruina de la ciudad, siendo así que todos nos ofrecían ayudar con sus fuerzas, no sólo por los antiguos lazos que nos han unido y han impreso en la memoria sensaciones gratas que nunca se olvidan, y son como las que recibimos en la puericia, indelebles hasta la senectud; sino también porque la destrucción de una ciudad, de una villa, de un pueblo del Estado, influye en el sistema social, en la libertad de las otras; de manera que si en una erigiese un poder tiránico, o conquistador, en las otras peligraría el constitucional. Los bárbaros no tienen virtud alguna, ni moralidad, ni alguna propensión a la humanidad, pues aunque suelen pronunciar la palabra RELIGION, entienden por ella las apariciones, visiones y prácticas supersticiosas que les han embaucado. La religión verdadera es un código de virtudes y de moral, de suavidad y de unión entre los hombres, todo práctico y civil. Y con ocasión de decir esto, aprovecharé hacer una reflexión que me parece utíl, no sólo a vosotros que vivís reunidos en esta ciudad sino a todos los otros ciudadanos que componen pueblo y aun familia; y es que para nuestra seguridad interior, una vez que los bárbaros asechan nuestra posición, debemos estar siempre prevenidos y sobre aviso, sacando la defensa de nuestro seno mismo, como podemos hacerlo muy bien.

13Todo cuerpo, toda compañía, todo Gobierno, todo animal, debe bastarse a sí mismo y socorrerse en sus necesidades; y si no puede hacerlo, no diga que es independiente. Los niños, mientras necesitan andadores, no son hombres por sí. Si cada uno de los otros cinco estados de la Federación, el de S. Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Honduras y Los Altos, adopta como no lo dudo esta máxima, crecerá en poder, y (lo que parecerá más extraño), en buena política, pues la política no es más que la conservación propia, la defensa, la economía y la justicia. Entonces, cada uno, cuando se viese amenazado en su existencia y libertad, acudirá al vecino para juntar dos fuerzas o al otro para juntar tres si fueren necesarias, pero siempre es preciso que el que implora una fuerza tenga alguna por si: de otra manera no sería prudencia esperar el socorro. El mercader que propone fundar una compañía de comercio es preciso que por sí cuente con algún capital que poner, y si no lo tuviese no debe pensar en ella. Y la compañía, cuando ya esté formada, si sabe economizar, agenciar, especular, pagar sus plazos, cubrir sus créditos, atender a sus corresponsales, no estorcionarlos, dar habilitación a su debido tiempo; puede contar sobre seguro que se mantendrá, prosperará y enriquecerá: que será buscada para hacer amistades, y para depositaria de muchas confianzas. Una compañía de mercaderes es la imagen de un buen gobierno, según el pensamiento del ideologista Desttut-Tracy3, que decía que la sociedad civil no es otra cosa que una feria. Pero a esta feria debe añadirse esencialmente la justicia. Llamo justicia lo que entiende una de las leyes que tenemos en el Código de las Partidas. “Volver bien por bien y mal por mal, es cumplida justicia”. A los amigos, a los que nos ayudan, nos favorecen, parten con nosotros los riesgos: ayudarlos, favorecerlos, partir con ellos la fortuna, la vida. Pero a los bárbaros que nos hacen la guerra, hacérsela de todos modos y a los que los auxilian. Indiqué antes que para rechazarlos en nuestras goteras contemplada que teníamos suficiente fuerza, aunque para acabarlos de una vez necesitemos de los amigos, combinadas con aquellas.

14Opino de este modo gobernándome por este raciocinio. La población de esta ciudad se regula en cuarenta mil almas. Se pueden levantar, pues, tres mil defensores, tres mil soldados. Sean sólo dos mil, jóvenes, robustos, alegres, arriscados. Supongo que valiesen tanto como dos mil bárbaros que no son más que vaqueros, aventadores de ganado, corraleros, milpeantes, leñadores, ladrones, criminales. Si los nuestros aprenden a tirar dos tiros, mientras aquellos tiran uno, valdrán cuatro mil: si se les enseña a marchar, a guardar ordenanza, y formarse en batalla, duplicarán su fuerza, mientras los otros no sean más que hacer caracol como él que hacían el día de Santa Cecilia: si nuestras armas están limpias, aseadas, relumbrosas, y adquieren doble potencia, pues las suyas están sucias, descompuestas, llenas de herrumbre, como se vió en las quinientas escopetas que se cogieron en la Villa Nueva y dejaron tiradas en su derrota. Algunos de ellos han confesado que el reflejo de las carabinas y fusiles les aturbe, así como el toque de clarín y las cornetas los amedrenta. Aunque veamos una muchedumbre de ellos que parecen venir a pelear, las tres cuartas partes sólo vienen a robar y hacer bulto. Oiréis decir que vienen pueblos enteros con sus turbas y cabecillas; es verdad, pero no vienen a pelear, y no traen más que machetes y calabazos para romper las puertas y ventenas y abrir los armarios. Ved pues, si deberá darnos ciudado su multitud. Si a lo dicho añadis el plan de operaciones que nuestro Gobierno, y nuestros Generales saben formar, la combinación, la sagacidad, la larga vista y el ingenio que los bárbaros no tienen ni pueden tener, y en lo que consiste el arte militar, conoceréis que no es ponderación la que digo asegurando que serán rechazados, escarmentados y batidos siempre que se acerquen a nuestras goteras.

15¿No nos cuentan que allá en la antigüedad diez mil atenienses derrotaron, desbarataron y acabaron con doscientos mil persas? ¿ Por qué Guatemala, con sus hijos y habitantes que abriga en su seno, no podrá repeler cuatro, cinco o seis mil ladronzuelos, haraganes y bandidos? Todos los artesanos y menestrales que tenemos en la ciudad nos han ayudado: seis fraguas se han establecido en solo el edificio que antes se llamaba Audiencia y cada día componen veinte, treinta y cuarenta fusiles, carabinas y pistolas: se han compuesto y montado todas las piezas de artillería que teníamos arrinconadas y están todas listas y corrientes y bien manejadas por los artilleros: una fábrica de pólvora establecida allí mismo da toda cuenta se haya menester en todo el Estado, y tal vez no habría necesitado la gruesa porción que vino de Baliz; la balería que se hace en el edificio mismo del Gobierno, es abundantísima; de manera que podremos surtir de armas y pertrechos a todos los pueblos para que por sí se defiendan de las partidas de salteadores que los pillan, previas las precauciones que aseguren su buen uso. Dos de ellas merecen principalmente nuestra consideración: una es la amistad que hemos perdido de algunos pueblos por causas que de intento no quiero mencionar; pero con el buen modo, con la rectitud de nuestras intenciones, con los buenos oficios que les hagamos, restableceremos la confianza sola y la amistad es lo que debemos restablecer, no las otras pretensiones que pudieran creerse interesadas, pues entre pueblos libres, la libertad preside todos los actos. La otra pérdida es absolutamente irreparable.

16Es la de los ilustres militares que murieron en Villa Nueva por defendernos, por cumplir el pacto de unión que tenemos celebrado de sostenernos los unos a los otros: ¡ Fonseca, Foronda, Valladares, Andrade, Cubas, Lobo-guerrero, Arrivillaga, y demás ínclitos varones, cuyas ánimas estarán gozando de los premios eternos, nos hacéis mucha falta, mis amigos! ¿Quién podrá llenar vuestro lugar? Y los otros soldados que moristeis peleando con el fusil y la lanza porque nosotros vivamos, porque tengamos patria, gobierno, religión, virtudes, civilización. ¿ Qué bendiciones serán bastantes para aplacar vuestras ánimas? Vosotros no huisteis, no retrocedísteis un paso, no temísteis; sino que dijisteis, como ¨Pompeyo: “salvar la Patria es preciso, vivir no es preciso”. No sólo nos dejasteis un gobierno consolidado sino un dechado que imite nuestra juventud. Jóvenes, haced lo que Fonseca, Foronda, Arrivillaga.

17Esto se ha dicho por lo que respecta al mérito intrínseco de estos defensores, y de los que salieron heridos en la acción; pues por lo que hace a su número aritmético, es pequeño, atendidas todas las circunstancias, y se equilibrará muy pronto. Se tiene observado que después de las guerras más sangrientas, los nacimientos aumentan en razón inversa, y lo mismo sucede con las artes y recursos. Los antiguos tenían un dicho que refiere Luciano. “ La guerra es madre de todo lo útil”. Muchos de vosotros habéis sufrido pérdidas de mucho tamaño, en vuestras fortunas y propiedades, tanto por los que os han robado los que defienden la religión, como ellos se titulan, como por los suplementos que habeís hecho al gobierno. Pero tened paciencia, que todo lo repondréis. Sabéis trabajar, agenciar, cultivar y criar; tenéis espíritu y patria. Mientras haya uno y otro, lo demás no falta. Todos conocemos y agradecemos vuestros sacrificios, así como hemos conocido a los que no nos ayudan. Vamos a entrar en un nuevo orden de vida, en nueva carrera; a navegar bajo dos estrellas que nos proponemos: olvido de lo pasado, hermandad para lo futuro.

18Notas de pie de página

191 Por este tiempo el guerrillero Rafael Carrera, asesorado por su capellán de las tropas Mariano Durán y Aguilar, dispuso una expedición compuesta por 2400 hombres contra Guatemala. Fue combatido por el General liberal Carlos Salazar quien pudo sorprender Carrera a pesar de contar solamente 900 elementos de tropa. El Jefe Salazar venció a Carrera en la batalla de Villanueva, el 11 de septiembre de 1838. Le hizo cerca de 400 muertos y muchos prisioneros: entre estos últimos cayó preso el presbítero Mariano Durán y Aguilar quien fue fusilado en la ciudad de Guatemala el 30 de octubre siguiente. Véase Ralph Lee Woodward, JR., Rafael Carrera y la creación de la República de Guatemala, 1821-1871, (Guatemala: Plumsock Mesoamerican Studies, 2002) pág. 126-127.

202 En esa batalla murió el Teniente Coronel Félix Fonseca. Véase Juan de Dios Aguilar de León, Los cuarteles de Guatemala, (Guatemala: Delgado Impresos, 1993), pág. 215.

213 Se trata de Antoine Destutt de Tracy (ou de Stutt de Tracy), marqués de Tracy (1754-1836). Es un general de la revolución francesa y filósofo muy cercano a Condillac en el pensamiento.

Fuentes :
“Discurso que en el Aniversario de la Independencia de 15 de septiembre de 1838, pronunció el Ciudadano Miguel Larreynaga, Presidente de la Corte Suprema de Apelaciones”. Anales de la Sociedad de Geografía e Historia, Volumes 15 à 16, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Tipografía Nacional., 1938, p. 220-230.