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AFEHC : articulos : La elite colonial de Costa Rica de cara a las instituciones coloniales, 1600-1708 : La elite colonial de Costa Rica de cara a las instituciones coloniales, 1600-1708

Ficha n° 374

Creada: 03 mayo 2006
Editada: 03 mayo 2006
Modificada: 03 enero 2011

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Autor de la ficha:

Eduardo MADRIGAL MUÑOZ

Editor de la ficha:

Eduardo MADRIGAL MUÑOZ

Publicado en:

ISSN 1954-3891

La elite colonial de Costa Rica de cara a las instituciones coloniales, 1600-1708

Tradicionalmente, las instituciones políticas han sido vistas por las diferentes corrientes y disciplinas de las Ciencias Sociales como entidades socialmente creadas para regir sobre las sociedades, pero externas a las relaciones sociales sobre las cuales rigen.
Palabras claves :
Instituciones coloniales, Elite, Relaciones sociales
Autor(es):
Eduardo Madrigal
Fecha:
Mayo de 2006
Texto íntegral:

1 Tradicionalmente, las instituciones políticas han sido vistas por las diferentes corrientes y disciplinas de las Ciencias Sociales como entidades socialmente creadas para regir sobre las sociedades, pero externas a las relaciones sociales sobre las cuales rigen. Ha sido señalado que las sociedades occidentales se han desenvuelto por los últimos siglos dentro de un “paradigma estatal1”, fuertemente influido por las ideas ilustradas, paradigma que encuentra su tope en el pensamiento hegeliano que veía en la institución estatal el máximo corolario de la vida en sociedad2. Un ejemplo, de gran influencia, por cierto, en los estudios de la política por las Ciencias Sociales del siglo XX es el pensamiento del filósofo francés Emile Durkheim. Situado claramente dentro de las coordenadas ideológicas de este paradigma, Durkheim propuso que, como los seres humanos poseen una conciencia similar, partiendo de esa conciencia definen leyes y crean instituciones para gobernarse. Estas instituciones y leyes luego se independizan de la sociedad que las creó y empiezan ipso facto a gobernarla y a estructurarla, situación ante la cual la sociedad se rinde apaciblemente porque necesita tener leyes para existir en paz y orden3. De este modo, se hace evidente que en el pensamiento y la lógica política de las sociedades occidentales ha predominado una visión según la cual las estructuras políticas son externas a los actores sociales y totalmente objetivas en su funcionamiento respecto a ellos.

2 Sin embargo, para fines del siglo XX, cantidad de paradigmas establecidos desde largo tiempo atrás dentro del marco de las premisas ideológicas y de visión de mundo de la así llamada “Modernidad”, empezaron a hundirse, cuestionados por el peso de una serie de crisis generalizadas de civilización que echaron por tierra las certezas establecidas de la sociedad moderna occidental. El pensamiento lógico-racional como un todo fue puesto en cuestión por pensadores de la corriente llamada “Posmodernidad”. También, el peso que desde antiguo venía ejerciendo el Estado-Nación en las sociedades de Occidente fue puesto en entredicho por las reformas de tendencia neoliberalizante, puestas a punto como reacción a la decadencia del crecimiento mundial de la década de 1980. De este modo, la concepción que antes se tenía del Estado – ampliamente dependiente de una visión racional y moderna del mundo – como un ente monolítico, que ejerce su hegemonía sobre la sociedad como única alternativa viable de gobierno, cayó y fue sustituida por una nueva preocupación por estudiar no solo los aspectos formales de leyes e instituciones, sino también los mecanismos sociales que dan acceso y permiten el ejercicio del poder, así como por revalorizar el papel del actor social como sujeto de su propio devenir histórico.

3Nuevos enfoques han cuestionado la visión monolítica del Estado como ente todopoderoso y omnipresente, sumo rector de la vida social, para sustituirla por una donde las instituciones formales no podrían existir si no fuera por el cúmulo de mecanismos y estrategias en el nivel micro que cotidianamente se ponen en marcha para hacer funcionar el ejercicio del poder. Dentro de este contexto, han tenido gran influencia las ideas de Michel Foucault, quien insistió en la importancia de los mecanismos disciplinarios como herramienta estructurante del ejercicio del poder4, y también las de Pierre Bourdieu, quien ha enfatizado la importancia de las construcciones simbólicas para este mismo fin5. Todos estos son mecanismos sociales que se verifican por lo general en el nivel micro y cuya comprensión involucra directamente la necesidad de entender la conducta social de los individuos y sus interrelaciones.
Como resultado de estos procesos, la historiografía reciente, ha venido abandonando el enfoque braudeliano donde el sujeto social está aplastado bajo el peso de macroestructuras que lo sobredeterminan y ante las que no puede hacer nada, lo que les confiere una cierta calidad de “cárceles de larga duración.” Enfoques historiográficos novedosos hacen énfasis en la recuperación del sujeto social actuante, capaz de estructurar y transformar su realidad, para rescatarle del peso epistemológico que signifca el concepto de unas estructuras que, en el paradigma de la Historia Social braudeliana, le enmarcan ineluctablemente y que de la misma forma le someten y le hacen callar6. Es así como, contradiciendo el pensamiento durkheimiano tradicional, se ha planteado que las normas, convenciones y representaciones sociales no cobran sentido dentro del marco de las instituciones establecidas, sino a la inversa7.

4Estos nuevos estudios históricos han hecho un intento por bajar el estudio de la Historia “al ras del suelo8” y estudiar unidades sociales más reducidas que las viejas “estructuras” braudelianas, con el fin de poder ver las microrrelaciones sociales que construyen socialmente el poder. También se ha buscado con esto encontrar los mecanismos de acción del sujeto social que le conecten con las estructuras para poder entender cómo este es determinado por ellas pero también como las crea y las transforma9. Con estos objetivos en mente, muchos estudios recientes han hecho recurso a la metodología conocida como “prosopografía.”

5II.

6La prosopografía es un método tradicional, que fue desarrollado por los historiadores alemanes de finales del siglo XIX –sobretodo por las figuras de Cichorius y Mommsen- para hacer frente a la acuciante carencia y parquedad de las fuentes existentes para estudiar al Imperio Romano. En sus inicios, consistió básicamente en la recopilación de informaciones biográficas sobre individuos que habían formado parte de la administración y de las clases gobernantes romanas, extraída de los escasos datos contenidos sobretodo en lápidas y epígrafes de la Antigüedad, con el fin de hallar las constantes características de esta administración, a través de la interpretación la información reunida sobre sus miembros. De este modo, el primer objetivo de la prosopografía consiste en construir una biografía colectiva de un grupo predeterminado reuniendo datos sobre sus aspectos exteriores y medibles, para culminar determinando su perfil colectivo. De esta manera, en sus orígenes, el método no pretendía ir más allá de una reconstrucción del aparato jurídico-institucional de gobierno del Imperio Romano, y no entraba realmente a realizar una interpretación social de sus componentes. No obstante, andando el tiempo, otros expertos – particularlemente anglosajones como Syme – lo aplicaron a otros contextos y le dieron un matiz más sociológico de interpretación de lo social. De este modo, integraron variables sociológicas al estudio de lo político, llegando a crear bases cuantitativas que desembocaban en estudios estadísticos de los componentes sociales de los grupos observados. Con ello, el interés se desplazó de la estructuración de los grupos estudiados a sus dinámicas sociales. La prosopografía se volvió más analítica y menos descriptiva. También fue progresivamente aplicado a otros grupos sociales, distintos de los cuadros administrativos institucionales, ampliando así sus perspectivas sociales10. Así, el método pasó de ser un simple listado por yuxtaposición de individuos a intentar un estudio de “conjuntos estructurados y permanentes11”, que permite visualizar la dinámica social del grupo considerado, sus patrones socio-culturales de vida y su forma de desarrollo diacrónico12.

7Como problemas y limitaciones se le señalan a la prosopografía que, si se queda como un estudio puramente estadístico-descriptivo, puede pasar por alto varios asuntos álgidos en el estudio de la Historia como los silencios de las fuentes, los fundamentos no jurídicos y por tanto cambiantes y relativos que definen los grupos que se estudian –por lo que puede tener problemas para distinguir grupos de contornos vagos-, así como las relaciones sociales de los individuos del grupo entre sí y de este con otros grupos. Es por esto que el método prosopográfico reclama ser complementado con un enfoque teórico que tome en cuenta las dinámicas relacionales y culturales del grupo estudiado13.
El método prosopográfico permaneció largo tiempo en el olvido, relegado a ello, sobretodo, por las metodologías cuantitativas de la Historia Social, hasta que, a fines del siglo XX, nuevos estudiosos, como Didier Ozanam, lo revivieron para aplicarlo al estudio de la política en los imperios modernos.

8Desde entonces, este enfoque ha sido aplicado a las sociedades europeas de la Edad Moderna, pero también ha gozado de una gran difusión entre los estudios históricos sobre la Hispanoamérica colonial. La pregunta subyacente que se halla en el trasfondo de los estudios americanistas coloniales tiende a girar en torno a cómo lograba el Imperio Español sostener y gobernar los territorios de Indias, varias veces más grandes que la misma España, repartidos por varios continentes y por ende, separados de la metrópoli por una distancia de decenas de miles de kilómetros, en una época en que la tecnología de comunicaciones y por ende, los mecanismos de control del poder a distancia no se hallaban desarrollados como en la actualidad14. Dentro de esta corriente, han descollado estudios como los de Jean-Pierre Dedieu, quien ha utilizado la prosopografía para reconstruir la administración monárquica de España durante el Antiguo Régimen15, Michel Bertrand, quien la ha aplicado a analizar la carrera de los oficiales de la Real Hacienda en México durante el siglo XVIII16, Christophe Belaubre, quien la usa para estudiar el poderío social del clero guatemalteco en las postrimerías del Período Colonial17, y José María Imízcoz18 y Jean-Phillipe Priotti19, quienes la aplican para estudiar la inserción de los vascos en el aparato político y económico de la monarquía española de los siglos XVI al XVIII.

9III.

10 Ahora bien, ¿qué puede aportarnos el uso de la metodología prosopográfica para el estudio de la presencia del aparato político de la monarquía española y de quienes lo integraron en una provincia apartada, minúscula y por demás marginal como Costa Rica?

11 A través del estudio prosopográfico de los miembros que integraron el cabildo de Cartago entre los años de 1565 y 1718, hemos logrado construir una base de datos de más de 10000 fichas con información sobre la carrera vital de 57 regidores o aspirantes al puesto y 182 individuos que ocuparon puestos de nombramiento anual solamente (para una población total de 239 individuos), la cual nos ha permitido encontrar una serie de constantes que caracterizan sus carreras vitales20.

12 A través del análisis de la información referente al desempeño de puestos políticos de estos personajes, hemos hallado que existe un fenómeno de concentración del poder en manos de ciertos individuos que desempeñan reiteradamente el puesto de alcaldes ordinarios en el cabildo. El cargo de alcalde ordinario concedía mucho poder y era muy cotizado en la época porque tenía la atribución de ser juez y ejecutor de la justicia en primera instancia, por lo que dotaba a sus poseedores con atribuciones coercitivas. También tenía la atribución de cobrar los impuestos municipales – como el terrazgo por el usufructo de los ejidos y tierras comunales de la ciudad – y presidía en los remates de servicios públicos como el abasto de carnes, de teja y de pan, labores todas que le conferían una gran visibilidad social. Además, el alcalde primero tenía la atribución conjunta de teniente de gobernador, por lo que podía sustituir en caso de necesidad o ausencia al máximo representante de la corona en la provincia.

13Conocemos un total de 83 individuos que ocuparon este puesto entre 1635 y 1718 debido a que contamos con actas de cabildo completas. De ellos, repitieron en los puestos los números absolutos y porcentajes siguientes:

14Cuadro N°1
Porcentaje de reeleción en los Puestos de alcaldes ordinarios 1635-1718

15
Repite: 2 veces 3 veces 4 veces 5 veces 6 veces Más de 6 veces
Cantidad 20 7 5 4 3 1
% 24,09% 8,43% 6,02% 4,81% 3,61% 1,20%
_. Regidores 5 3 1 1 0 1
% 25% 42,85% 20% 25% 0% 100%

16Fuente: actas de cabildo

17 Por contraste, quienes ocuparon el cargo de alcalde de la Santa Hermandad, similar al ordinario en sus funciones, pero con jurisdicción solo en los campos exteriores al perímetro urbano, muestran una menor tendencia a concentrar poder, debido quizá a la menor importancia y prestigio de este puesto. Como puede observarse en el cuadro siguiente, un porcentaje mucho más débil de individuos repitió en el desempeño de este puesto y muchos de ellos también tuvieron puestos de alcaldía ordinaria o de regimiento, y los desempeñaron varias veces.

18Cuadro N°2
Porcentaje de reeleción en los Puestos de alcaldes de la Santa Hermandad
1635-1718

19
Repiten en el puesto Repiten 3 veces en el puesto Fueron además regidores Fueron además alcaldes ordinarios Fueron alcaldes ords. Varias veces21 Fueron alcs. ords. y regidores22 Más de 6 veces
24 * 20,68% 5 * 4,34% 10 * 8,69% 22 * 19,13% 13 * 11,30% 7 * 6,08% 115 * 100%

20Fuente: actas de cabildo

21La información anterior nos indica, para empezar, la menor importancia social del cargo de alcalde de la Hermandad en relación con el ordinario. Ello puede explicarse porque, al ser oficiales de justicia rurales, se escogía para estos puestos a individuos no residentes en la ciudad por lo que no contaban con el prestigio ni con las conexiones sociales de los alcaldes ordinarios y por lo tanto constituían una elite secundaria a la que, sin embargo, no se dejaba de tomar en cuenta para nombrar a sus integrantes en los puestos. También demuestra el menor peso que quienes detentaron este puesto tenían dentro de la elite política de entonces. Pero además, estas cifras indican que la gran mayoría de quienes desempeñaron este cargo, lo hicieron solo una vez y que los pocos que fueron reelectos en él, también habían sido o serían electos para otros puestos, de modo que podemos hallar de nuevo el mismo fenómeno de concentración del poder en manos de un núcleo duro de individuos.

22 La persistencia de algunos personajes en los puestos de cabildo también se hace evidente en otros oficios municipales como el de procurador síndico y el de mayordomo de propios. El procurador síndico tenía la función de convocar al cabildo para someter a su consideración los asuntos del interés de la ciudad y también de representarla en el exterior ante las autoridades superiores. El mayordomo de propios debía custodiar y llevar las cuentas de los fondos del cabildo. Hemos hallado en las actas del cabildo un total de 51 nombres de personajes que ocuparon el puesto de procurador síndico y 28 que ocuparon el de mayordomo de propios en la corporación para el período 1635-1718. La mayoría de quienes desempeñaron estos puestos fueron también en otros momentos alcaldes ordinarios o de la Hermandad como puede apreciarse en el siguiente cuadro:

23Cuadro N°3
Tasas de repetición en puestos de cabildo de síndicos y mayordomos
1635-1718

24
Puesto Cantidad total No tienen otro puesto Repiten en el puesto
Procuradores síndicos 51 9 * 17,64%[23] 13 * 25,49%
Mayordomos de propios 28 8 * 28,57%[24] 3 * 10,71%[25]

25Fuente: actas de cabildo

26En este caso, es de notar también que existe una tendencia a que haya mucho menos mayordomos de propios que procuradores síndicos en el período, lo cual se debe visiblemente al hecho de que hay una tendencia a reelegir reiteradamente a los mismos individuos en este puesto (por ejemplo, Tomás Calvo desempeñó el puesto por 20 años casi ininterrumpidos). Esto es atribuible a una costumbre institucional que quizá respondía a la necesidad de nombrar en este cargo a personas experimentadas en el manejo del dinero del cabildo, lo cual se ve corroborado con el hecho de que algunos de ellos fueron también oficiales de la Real Hacienda26, o depositarios generales del cabildo27.
Otra consecuencia de la revisión de la base de datos prosopográfica levantada en el contexto del proyecto, fue la detección del hecho de que los miembros del cabildo de Cartago en el período también tuvieron una fuerte presencia en las instituciones políticas monárquicas de la época.

27Cuadro N°4
Tasa de presencia de los miembros del cabildo de Cartago en las
Instituciones de gobierno de la corona

28
Puesto Cantidad de individuos Están en el cabildo
Oficiales reales (1577-1718) 26 22 * 84,61%
Corregidores (1573-c1660) 70 28 * 40%
Escribanos (1607-1718) 10 7 * 70%
Curas vicarios (1599-1719) 21 14 * 66,66%

29Fuentes: ANCR sección colonial, protocolos notariales, Velázquez (2004)

30Por ejemplo, hemos encontrado que casi todos los individuos que se desempeñaron como jueces o tenientes de oficiales reales en Costa Rica entre 1577 y 1718, tuvieron presencia en algún momento en puestos de cabildo. Solamente 4 de los 26 oficiales de la Real Hacienda que conocemos para el período no estuvieron también en algún momento en el cabildo28 . Incluso, 5 de ellos fueron alcaldes ordinarios al mismo tiempo que oficiales reales, en abierta contravención a las leyes de la época que prohibían que esto se hiciera29.
Por si esto fuera poco, durante 24 años casi consecutivos en el siglo XVII y 3 en el XVIII, el puesto de teniente de oficiales reales de Costa Rica fue detentado directamente por regidores del cabildo, lo cual significa que el grupo capitular se las arregló para absorber y controlar el ramo. Fernando de Salazar, conocido ya por nosotros como regidor del cabildo desde 1643 asumió el puesto de teniente de oficiales reales el 29 de abril de 165630 , y se le menciona por última vez en el puesto en 167331 – lo cual significa quizá que renunció, porque murió hasta 1680-[32].Este personaje fue sucedido en el puesto a partir de 1676 por Nicolás de Céspedes33 , quien perduró al frente de la la Real Caja hasta 1680 (incluso en las actas de cabildo se hace alusión al él frecuentemente como “el tesorero Nicolás de Céspedes). Después de esto, el provincial de la Hermandad Blas González Coronel se hará con el puesto en 1704 – al año siguiente de comprar su regimiento – siendo sucedido por el ex gobernador Francisco Bruno Serrano de Reina en 1707. Esto probablemente fue considerado legal en la época porque, aunque a los oficiales reales les estaba prohibido desempeñar puestos de cabildo, en Costa Rica lo que existía era tan solo un tenientazgo de oficial real, por lo que el ejercicio de ambos puede no haber sido visto como incompatible.
También en los puestos de escribanos destacan frecuentemente nombres de individuos que formaronparte de la elite política capitular local. De los 10 escribanos cuyos nombres aparecen en los protocolos notariales y actas de cabildo de Cartago a partir de 1607, solo 3 no desempeñaron puestos de cabildo34 , a pesar de lo cual sostuvieron vínculos de otros tipos con el grupo dotado de poder político en la época.
Otra institución de la monarquía española presente en Costa Rica en el período en estudio es el corregimiento. Hemos logrado recopilar los nombres de 70 individuos que se desempeñaron como corregidores en la provincia hasta la supresión de los corregimientos en 1660, por orden de la Audiencia. La mayoría de estos funcionarios reales no dejaron huella en Costa Rica, por lo que parece que fueron enviados por la Audiencia, luego de lo cual simplemente se limitaron a cumplir con sus períodos de desempeño en los puestos y finalmente abandonaron la provincia. Empero, 28 de ellos, para un 40% estuvieron presentes en el cabildo. De estos personajes, solo 4 parecen haber llegado a Costa Rica expresamente para ejercer este cargo, pues no tenemos referencias documentales suyas anteriores a su llegada al corregimiento35 . Los demás eran todos miembros del grupo criollo local. Esto evidencia claramente que los miembros del grupo local, de fuerte representación en el cabildo, también tenía una fuerte presencia en los corregimientos aunque aquí, quizá se hallaban en desventaja con respecto a los forasteros que eran enviados por la Audiencia, pues el puesto de corregidor era de nombramiento presidencial, por lo que dependían de la Audiencia para ser nombrados en el puesto y tenían que competir con otros personajes que gozaban quizá de más favores y de mejores conexiones en la corte de Guatemala.
Por otra parte, siempre en referencia a los corregimientos, también es conveniente señalar que miembros del grupo dominante hispano-costarricense también tuvieron presencia en el vecino corregimiento de Nicoya – que no pertenecía en la época a la provincia de Costa Rica – lo cual posiblemente significó del mismo modo un mérito de peso en sus carreras en Costa Rica. Domingo Hernández, a quien hemos mencionado, hijo adoptivo del varias veces alcalde de la Hermandad Juan de Lamas, fue regidor de Esparza en 1607 y corregidor de Nicoya en 157736 y 1580, así como juez de indios de Garabito en 160537 . Tenemos también los casos de Gaspar de Abarca y Alatras (corregidor de Nicoya 1624-33, suegro del depositario Tomás Calvo y padre de un alcalde de la Hermandad: Antonio de Abarca) y el de Justo de Salazar (corregidor de Nicoya 1634-1642), procurador síndico de Cartago en una ocasión y padre del regidor Fernando de Salazar. Recordemos también el caso – inverso a los anteriores, por demás – de Celidón de Morales, quien no fue corregidor en Costa Rica sino de Nicoya en 164638 , habiendo sido en 1629 alcalde ordinario de Costa Rica y tesorero interino de la misma provincia en 1634. Así, el corregimiento de Nicoya también representó una importante fuente de recursos y reproducción para el grupo local de Costa Rica, que se benefició de la inmigración de muchos corregidores del vecino partido o de su descendencia que se establecieron en Cartago, quizá en parte gracias al acopio de recursos y de relaciones con la elite cartaginesa durante su permanencia en Nicoya. Para los locales, pues, el desempeño de un corregimiento parece haber sido un paso más en la jerarquía de los honores a acumular para miembros de la elite local y – podríamos hipotetizar – acaso una fuente de recursos para la compra posterior de un puesto más duradero y que les brindara un poder y un prestigio sostenidos en la sociedad provincial.
No podríamos, de ninguna manera, dejar por fuera a la institución eclesiástica. El hecho de tener hijos en el estamento eclesiástico era considerado una medida de prestigio para cualquier familia en esta época. Hemos encontrado, en relación con esto, que 27 familias de la elite política de la provincia de Costa Rica tuvieron hijos presbíteros y 2 tuvieron hijos frailes. Pero lo más importante para efectos de nuestro estudio, es que, de los 21 vicarios provinciales de Cartago del siglo XVII, solo 7 no estuvieron emparentados con familias que colocaron también miembros suyos en el cabildo o en otras instituciones políticas de la época. Esto es atribuible a que quizá el obispado de León seguía una política de nombrar en las vicarías provinciales preferentemente a individuos nativos de cada localidad, aunque no podemos afirmar esto con certeza. De aquí en adelante, el peso de la elite local en el máximo puesto eclesiástico presente en la provincia se incrementa casi hasta un 100%: todos los vicarios provinciales de Cartago del siglo XVIII, excepto uno, fueron descendientes de miembros de la elite política de la localidad del siglo XVII39 .
Finalmente, la elite dotada de poder político en la provincia de Costa Rica también extendió su influencia sobre la institución miliar. Las primeras compañías de milicias que existieron en Costa Rica a principios del siglo XVII eran grupos de hombres de armas que provenían integralmente de las filas de los encomenderos y sus familias, que eran llamados a las armas por los gobernadores con ocasión de revueltas indígenas o ataques de piratas40 . En estas compañías, como decimos, la integralidad de la oficialidad y soldadesca provenía de la población local, por lo que su conformación se ajusta al modelo de “milicias ciudadanas” estudiado por la historiografía para la época41 . Posteriormente, se instauró en Cartago una compañía pagada enviada desde Guatemala principalmente para hacer frente a la amenaza pirata, que se cernía fuerte en la provincia después de la invasión inglesa de 1666. Los soldados de esta compañía provenían inicialmente de Guatemala y luego se empezaron a reclutar entre la población local y lo mismo sucedió con sus oficiales. Rina Cáceres documenta que en 1673 había ocho compañías de milicias en Cartago; de ellas, 2 eran de pardos y cinco estaban capitaneadas por personajes que fueron parte del cabildo42. Inclusive, la compañía pagada era capitaneada en este tiempo por Esteban de Oses Navarro, miembro en varias ocasiones del cabildo, lo que indica que, ya para esta época, aún la compañía enviada por la corona estaba en manos de la elite local. También, en las revistas de las compañías de milicias practicadas por los gobernadores entre 1717 y 1718, la mayoría de los oficiales fueron miembros del cabildo en algún momento y son pocos los que no lo fueron. De 8 compañías milicianas existentes en la provincia, 4 capitanes eran miembros del cabildo, mucho considerando que una era la de pardos. La compañía pagada española era capitaneada por Juan de Astúa, quien había sido alcalde de la Hermandad en 170843. En la lista de gente de Matina reseñada por el mismo documento, aparecen los nombres de 16 miembros del cabildo, 9 de ellos con grado de capitán, 2 con el de sargento mayor y uno con el de alférez. En la revista de milicias de 1718, de 11 compañías, 5 son capitaneadas por miembros del cabildo, dos de ellas por un mismo individuo, lo cual resulta ser un número alto considerando que 3 de ellas son de la ciudad de Esparza y dos de ellas de pardos. También, 26 miembros del cabildo aparecen como capitanes reformados de las distintas compañías, hay 10 alféreces y tenientes, 2 ayudantes, un sargento y un sargento mayor reformado44. La tendencia es, pues, a que los miembros de la elite ocupen las jerarquías más altas del ejército y es mucho menos frecuente encontrarles como soldados o en puestos de suboficial.
Visto desde el punto de vista de lo simbólico, también la gran mayoría de los miembros del cabildo detentaron grados militares en la época. Esto es explicable por la gran importancia que los méritos militares tenían en la mentalidad colectiva de la sociedad de la época, donde el hecho de haber participado en guerras de conquista o campañas militares concedía honores de nobleza.
Cuadro Nº5
Grados militares de los cabildantes de Cartago 1597-1718

31
Grado Teniente Alférez Capitán Ayudante Sargento mayor Maestre de campo Sin grado militar
Cantidad 9 67 93 10 17 4 81

32Fuente: actas de cabildo

33Sobre el total de 239 individuos que desempeñaron puestos de cabildo en el período 1635-1718, tan solo hay 81 individuos sin grado militar. La mayoría, dicho sea de paso, ocuparon los puestos de alcaldes de la Santa Hermandad, lo que refuerza nuestra idea de que estos eran cargos menores en la administración y en la sociedad de la época.
IV.

34 Ha sido señalado por la historiografía americanista reciente que la España del Antiguo Régimen era una confederación de ayuntamientos independientes que eran controlados por la corona a través de un intrincado mecanismo de compromisos y negociaciones. La corona necesitaba de las elites locales para tener control sobre los territorios y poblaciones en una época en que los monarcas no tenían mecanismos directos para llegarle a la población, y estos grupos necesitaban de la corona para conseguir legitimación en sus posiciones de poder, títulos de nobleza, dispensas matrimoniales y hasta apoyo en procesos judiciales45 . Es decir, las elites locales ejercían poder en función de su cercanía con el monarca y este las utilizaba para poder tener control directo sobre sus súbditos.
Efectivamente, en la provincia de Costa Rica de la época estudiada, encontramos una elite política afincada en el cabildo, principal institución política local de una provincia, que extiende su influencia sobre todas las otras instituciones de gobierno de la corona española de la época o que integra por diversos mecanismos – principalmente familiares – a los empleados enviados por la monarquía a desempeñar sus cargos burocráticos, copando de esta manera todos los ámbitos del poder político. De esta forma, el grupo dotado de poder político en la provincia de Costa Rica de la época en estudio fue indudablemente una red de poder porque evidentemente estaban unidos por la pertenencia a una gran cantidad de instituciones – amén de otros tipos de enlaces como los familiares -, lo que les daba una gran robustez interna como grupo y un total control del poder en la provincia. Su cercanía con respecto a la corona se verificaba por su posición de intermedio entre esta y la población local, factor a través del cual supo hacerse necesaria para la monarquía. Por sus manos pasaba la administración de las ciudades y de la justicia a través del cabildo, el control de la población indígena a través de los corregimientos, la unificación ideológica y el gobierno espiritual desde el púlpito de la población a través de la iglesia, la gestión de los dineros reales por concepto de impuestos a través de la Real Hacienda y la capital labor de defensa de la provincia a través de las milicias y, por si fuera poco, tenían influencia sobre los asuntos legales de la población a través de los puestos de justicia pero más que todo a través de las escribanías.
Esta hegemonía y omnipresencia indiscutidas del grupo local tienen varias explicaciones.
Por un lado, la pequeñez de la provincia y la debilidad del poblamiento hispánico en ella implican de entrada que la elite política era un grupo social muy pequeño lo que implicaría una crónica escasez de candidatos para ocupar los puestos políticos.
En segundo lugar, el monopolio de la riqueza y del saber eran condiciones capitales para fundamentar el poder de este grupo. Los requisitos para desempeñar los puestos políticos de cabildo se reducían en general a que los candidatos debían saber leer y escribir y poseer suficientes riquezas para mantenerse mientras se ejercían los cargos. Además, el hecho de tener que pagar por los puestos – porque aún los que no eran venales debían cancelar a la corona un impuesto de anata para tomar posesión – de entrada, restringía a un grupo aún más pequeño de privilegiados con capacidad económica suficiente para comprar los puestos, la lista de elegibles para detentar los puestos, lo que explica que haya existido una necesidad de recurrir siempre a un grupo reducido de individuos. Con la excepción de las oficialías anuales de cabildo, todos los demás puestos que hemos analizado eran venales, es decir, se vendían al mejor postor, y requerían al menos de conocimientos básicos de leyes o finanzas o, en el caso de la iglesia, de una formación de seminario para poderlos ejercer, por lo que implicaban la detentación por parte de sus poseedores de una cultura letrada de cierto peso. Solo los cargos de oficialías de milicias no requerían de ninguna formación intelectual para poderlos ejercer, aunque evidentemente hacía falta la trayectoria en el mando militar a la que solo el peso de un apellido ilustre podía abrir la puerta en la época, por lo que se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que este grupo constituyó una poderosa elite dominante en la provincia que sistemáticamente se apoderó de todos los puestos de poder y excluyó a otros del acceso a ellos, monopolizando todas las esferas de la política46.
Así, estos dos factores, la necesidad de poseer los recursos económicos y de una cantidad y calidad específica de “saberes” para poder ejercer estos puestos eran recursos que no eran accesibles a la mayoría de la población y significaban características exclusivas que solo un pequeño grupo podía poseer.
En tercer lugar, este lugar preponderante de la elite local en casi todos los puestos de gobierno metropolitano es también producto de la debilidad de la presencia de las instituciones de gobierno de la corona en la provincia, debida a su lejanía y falta de interés para la metrópoli, lo cual le confirió una dinámica propia47 . Costa Rica era una provincia que no contaba con instituciones de capital colonial como Audiencia, Obispado, Cajas Reales o Virreyes, por lo que la presencia de burócratas reales enviados directamente desde la metrópoli era escasa y esto daba la posibilidad al grupo local de hacerse con todos los puestos de poder político o al menos de absorver a los forasteros que viniesen a desempeñarlos por medio de mecanismos sobretodo matrimoniales. Como hemos señalado en trabajos anteriores, en la Costa Rica de este período, el único europeo nombrado directamente por la corona para desempeñar un puesto en el aparato político local era el gobernador. A pesar del poder que este oficial de la corona tenía como máxima instancia política de la provincia, su importancia se opaca si consideramos la extensión de la presencia del grupo dominante local en todas las demás esferas del poder. Incluso podían en cierto sentido “usurpar” su poder a través de la figura del teniente de gobernador, que era reclutado entre ellos y podía sustituir al gobernador en momentos de necesidad.
Pero por el lado opuesto, desde el punto de vista de la corona, esta misma debilidad del aparato político metropolitano en la provincia hacía que fuera la solución más práctica y económica dejar las preocupaciones del gobierno de una provincia marginal y poco interesante en manos de sus propios pobladores, para invertir sus mejores recursos en lugares más atractivos48. La elite colonial de Costa Rica era legitimada en el poder a través de la concesión de puestos por parte de la corona y le correspondía gobernando la provincia enteramente en su nombre. A todas luces una simbiosis perfecta entre monarca y vasallos. Eran, en fin, los vasallos perfectos.
Como corolario final, creemos que el estudio prosopográfico – “a ras del suelo” – de los grupos elitescos coloniales hispanoamericanos conducirá a una reconceptualización completa del poder de las elites coloniales que antes eran vistas como estáticas y pasivas ante las decisiones del poder central de la corona y como un lastre para la gobernabilidad de las colonias y ahora aparecen más bien como el elemento central y dinámico que hacía posible el gobierno de los territorios de ultramar. Eran nada menos que los mantenedores en el nivel local del régimen colonial.

35*Notas de pie de página=

361 Annick Lempérière, Entre Dieu et le roi, la république, (Paris : Les Belles Lettres, 2004), pág. 17

372 Héctor Pérez Brignoli, Breve historia de Centroamérica, (Madrid: Alianza editorial, 1985), pág. 38.

383 Juan Luis Castellano, y Jean-Pierre Dedieu, Réseaux, familles et pouvoirs dans le monde ibérique à la fin de l’Ancien Régime, (París: Éditions du CNRS, 1998), pág. 8-9

394 Michel Foucault, Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión, (México: Siglo XXI, 1991).

405 Belin Vázquez de Ferrer y Nereida Ferrer, “Alianzas matrimoniales y poder en la formación de una familia elitista maracaibera, siglos XVIII-XIX.” En: Bertrand, Michel (coord.), Configuraciones y redes de poder: un análisis de las relaciones sociales en América Latina. (Caracas: Fondo Editorial Tropykos, 2002), págs. 67-94, pág. 68.

416 Jacques Revel, “L’institution et le social.” En: Les formes de l’expérience. (Paris : Albin Michel, 1995), págs. 65-66, pág. 77 y pág. 83.

427 Bernard Lepetit, “Histoire des pratiques, pratique de l’Histoire.” En: Les formes de l’expérience, (Paris : Albin Michel, 1995), pág. 17.

438 La expresión es de Jacques Revel y sirve de título a su introducción a la edición francesa de “La herencia inmaterial” de Giovanni Levi; Revel (1985), p.I

449 Bertrand (1999), págs. 2-3.

4510 Bertrand (1999), págs. 3-5.

4611 Frédérique Langue. “Las élites en la América Española, actitudes y mentalidades”. En: Boletín americanista. Barcelona: vol. 33, N°42-3, 1993, pág. 137

4712 Se ha señalado que este es el sentido de trabajos como el de Lockhart sobre los encomenderos peruanos del siglo XVII, de los de D.A. Brading sobre Mineros y comercianes en el México borbónico, o el de Kicza sobre Empresarios coloniales en la ciudad de México durante los Borbones; Langue (1993), p.138. Véase también lo hecho por Burckholder y Chandler a propósito de las Audiencias del Nuevo Mundo; Bruckholder y Chandler (1977)

4813 Bertrand (1999), págs. 4-5; el enfoque perfecto para subsanar esto ha sido el concepto de “red social” y su teoría resultante, el cual ha sido aplicado en numerosos estudios recientes.

4914 Juan Luis Castellano, y Jean-Pierre Dedieu. Réseaux, familles et pouvoirs dans le monde ibérique à la fin de l’Ancien Régime. (París: Éditions du CNRS, 1998), pag. 7.

5015 Juan Luis Castellano, y Jean-Pierre Dedieu. Op. cit.

5116 Michel Bertrand, Grandeurs et misères de l’office, les officiers de finances de Nouvelle-Espagne (XVII-XVIII siècle). (París: Publications de la Sorbonne, 1998).

5217 Christophe Belaubre, Elus du monde et elus de Dieu: les familles de pouvoir et le haut clergé en Amérique Centrale, 1753-1829, Universidad de Toulouse II-Le Mirail: tesis doctoral, 2001.

5318 José María Imízcoz Beunza, y Rafael Guerrero Elecalde, “A escala de Imperio: familias, carreras y empresas de las élites vasconavarras en la monarquía borbónica.” En: Bertrand, Michel (coord.). Configuraciones y redes de poder: un análisis de las relaciones sociales en América Latina. (Caracas: Fondo Editorial Tropykos, 2002), págs. 41-66.

5419 Jean-Philippe Priotti. Bilbao et le commerce européen (vers 1520-vers1620). (Universidad de Toulouse II-Le Mirail: tesis doctoral, 1997).

5520 Esta base de datos ha incluido desde información propiamente sobre sus carreras vitales (léase puestos desempeñados en la administración colonial) hasta información genealógica, socioeconómica (extraída principalmente de los protocolos notariales) y datos contenidos en los registros parroquiales, principalmente sobre sus relaciones de compadrazgo y padrinazgo. Aquí utilizaremos solamente la información referente propiamente a su presencia institucional.

5621 Sebastián de Zamora y Gaspar de Bazterrica lo fueron dos veces, Alonso de Bonilla cuatro.

5722 Tomás Calvo, Nicolás de Céspedes, Juan de Chávez, Francisco Fernández de Miranda, Francisco de Ocampo Golfín III, Pedro Rodríguez Palacio y Fernando de Salazar.

5823 Estas solas excepciones fueron Gil de Alvarado II, Gil de Alvarado III, Lope de Arcarazo, .José Antonio Bermúdez, Juan Cayetano Jiménez, Tomás Macedo y Ponce de León, Juan Pérez de Viqueira, Fernando Ramiro Corajo y Justo de Salazar.

5924 Juan Sánchez Crespo, Cristóbal Núñez, Eugenio Martínez, Manuel Antonio de Arlegui, Álvaro de Guevara y José de Alvarado II.

6025 Juan Sánchez Crespo, Cristóbal Núñez y Eugenio Martínez.

6126 Como José de Guzmán y Pedro de Moya.

6227 Como en el caso mencionado de Tomás Calvo.

6328 Se trata de Pedro de Cáceres, un conquistador del siglo XVI que no se afincó en Costa Rica; Pedro Gascón de Angulo, padre sin embargo del futuro vicario provincial Diego de Angulo Gascón; Juan de Guzmán, hermano del gobernador Alonso del Castillo y Guzmán; y de Juan Pereira, de origen desconocido.

6429 Bartolomé de Enciso Hita, Juan de Morales Miranda, Nicolás de Céspedes, Antonio de Moya, Blas Gonzáles Coronel.

6530 CC0037-1657

6631 CC2814-1673

6732 Obregón gobernadores 91

6833 CC0085-1676

6934 Manuel de Flores, Baltasar de Rosales y Francisco Ramírez Rodado. El primero era hijo de conquistador que tuvo puestos en el cabildo, el segundo había llegado a Costa Rica como corregidor y el tercero casó con una hija del regidor Jerónimo de Retes.

7035 Juan de Gamboa, Gil de Alvarado, Francisco de Ocampo Golfín y Baltasar de Rosales.

7136 Meléndez conquistadores 223

7237 Obregón dice que fue corregidor solo en 1577 y para 1580-1 cita en Nicoya a un Domingo Jiménez; Obregón gobernadores 199 ver fuente de Garabito

7338 CC5337-1646; Obregón gobernadores 201 dice que lo fue en 1642

7439 José Miguel Guzmán (vicario 1742-1753 y 1760-1768) fue hijo del oficial real y mayordomo de propios natural de Panamá, José de Guzmán y de Antonia Margarita de Echavarría Navarro, hija de Juan de Echavarría Navarro II y Ana de Retes, nieta por tanto del viejo alguacil mayor Jerónimo de Retes II (1628-1664). Por su parte, Juan Manuel Casasola (vicario 1753-60 y 1768-1771) fue hijo del provincial de la Santa Hermandad regidor perpetuo (1703-1718) José de Casasola y Córdoba con Águeda Pérez de Muro, hija a su vez de José Pérez de Muro y Mariana de Echavarría Navarro, hija de Juan de Echavarría Navarro II y por tanto hermana de los regidores Miguel y Gabriel de Echavarría Navarro. Los presbíteros José Francisco y Maximiliano Antonio de Alvarado – que se sucedieron en el cargo en 1771-1776 y 1776-1780 respectivamente – eran primos entre sí, como hijos que eran, en su orden, de José de Alvarado II y Juan Manuel de Alvarado, hijos ambos del postor a regidor Pedro de Alvarado (1682), quien no ejerció el cargo. Eran, por tanto, sobrinos del – este si exitoso- provincial de la Hermandad (1679-c1696) José de Alvarado. El único vicario del siglo XVIII no conectado con viejas familias del XVII es Ramón de Azofeifa (1780-1800), quien era hijo del militar capitán Antonio de Azofeifa y una oscura Juana Manuela Ugalde o Hidalgo de los que no tenemos mayores datos quienes no parecen tener ligamen alguno con los Azofeifa/Tenorio que fueron alcaldes ordinarios a fines del siglo XVII y principios del XVII; información gentilmente proporcionada por la dra. Carmela Velázquez, con datos de Thiel

7540 Guat 024-1608

7641 Juan Marchena. Ejército y milicias en el mundo colonial hispanoamericano, (Sevilla : Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1998), cap.IV.

7742 Rina Cáceres Gómez. Negros, mulatos, esclavos y libertos en la Costa Rica del siglo XVII. (San José: Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 2000), págs. 31-2

7843 CC 7374-1717

7944 CC3797-1718

8045 Juan Luis Castellano, y Jean-Pierre Dedieu. Réseaux, familles et pouvoirs dans le monde ibérique à la fin de l’Ancien Régime. (París: Éditions du CNRS, 1998), introducción.

8146 Además, también hemos podido constatar que todos mantenían complejos lazos de emparentamiento entre sí, como hemos tenido la ocasión de exponerlo en otros trabajos que hemos realizado, y que no compete repetir aquí.

8247 Este fenómeno ha sido señalado también para otras jurisdicciones marginales del Imperio Español como Santiago de Chile; Jean-Paul Zúñiga, Espagnols d outre-mer. (Paris : Éditions de l’EHESS, 2002), pág. 6.

8348 Esta situación se acerca considerablemente al concepto de “delegación de soberanía” que algunos autores defienden fue la estrategia usada por la corona española para gobernar los territorios americanos en esta época; Este concepto, originalmente acuñado por Murdo McLeod, es usado por José Antonio Fernández; José Antonio Fernández. “La dinámica de las sociedades coloniales centroamericanas (1524-1792)”. En: Encuentros con la historia. (Managua: Instituto Nacional de Historia de Nicaragua, 1995), pág. 116.

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Para citar este artículo :

Eduardo Madrigal, « La elite colonial de Costa Rica de cara a las instituciones coloniales, 1600-1708 », Boletín AFEHC N°20, publicado el 04 mayo 2006, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=374

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