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AFEHC : articulos : “La Virgen de los Ángeles es la Princesa de la Paz y no la Diosa de la Guerra”: Religión, política y guerra en Costa Rica (1812-1858). : “La Virgen de los Ángeles es la Princesa de la Paz y no la Diosa de la Guerra”: Religión, política y guerra en Costa Rica (1812-1858).

Ficha n° 3786

Creada: 01 noviembre 2014
Editada: 01 noviembre 2014
Modificada: 05 noviembre 2014

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Autor de la ficha:

Allan José VíQUEZ MORA

Editor de la ficha:

José Antonio FERNANDEZ MOLINA

Publicado en:

ISSN 1954-3891

“La Virgen de los Ángeles es la Princesa de la Paz y no la Diosa de la Guerra”: Religión, política y guerra en Costa Rica (1812-1858).

El presente artículo discute el papel que jugó el uso del culto a la Virgen de los Ángeles durante algunas coyunturas políticas y militares en el periodo 1812-1858. Como se ha estudiado para América Latina y otras latitudes, los cultos marianos constituyeron mecanismos clave en la búsqueda y conservación del poder: protección en el campo de batalla, cohesión entre sectores sociales heterogéneos, formación de la identidad nacional. En el caso de Costa Rica, el culto se encuentra vinculado al amparo en tiempos de guerra y a la lucha por intereses locales durante distintos episodios políticos y militares: las luchas antifiscales, el conflicto en las Lagunas de Ochomogo, la Guerra de la Liga y la Campaña Nacional frente al filibusterismo. El uso de este tipo de prácticas de Antiguo Régimen durante el siglo XIX, invita a reflexionar sobre el concepto de modernidad política, tan utilizado en análisis del periodo posterior a la independencia.
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Palabras claves :
Violencia organizada, Culto mariano, Guerra, Costa Rica, Localismo
Autor(es):
Allan José Víquez Mora
Fecha:
Junio de 2014
Texto íntegral:

1Algunos estudios a nivel latinoamericano dan cuenta del rol que jugaron ritos y prácticas del catolicismo en la organización y soporte de movimientos armados, tal y como sucedió durante los procesos de independencia. Algunos trabajos resaltan tanto el papel del discurso religioso como el uso de rituales en la legitimación del poder político-militar durante tales movilizaciones. Entre estos, Mariano Torres examina la transición de la fiesta monárquica a la cívica durante la entrada de Agustín de Iturbide a la ciudad de Puebla, e identifica prácticas como el te deum o las festividades del calendario católico para sancionar la nueva autoridad1.

2La apropiación de acciones y elementos rituales de la religión por parte de distintos sectores sociales en la legitimación de la práctica político – militar, constituyó una práctica medieval que permitió el proceso de dominación en el Nuevo Mundo. Anthony Stevens-Arroyo argumenta que en el proceso de sanción de una estructura social determinada, ocurre una relación simbiótica entre los preceptos de la religión ortodoxa y las formas de sincretismo producto de la adopción del discurso religioso2. De este modo, de forma temprana, los militares y misioneros enviados para someter a las poblaciones indígenas hallaron un mecanismo de dominación efectivo en la identificación de deidades propias de las culturas autóctonas con el culto e iconografía cristianos.

3Lo anterior puede observarse en los matices que adquirieron los diferentes cultos marianos que se practicaron en la América Hispánica. Jaques Lafaye identifica la articulación entre los mitos autóctonos y el cristianismo en la creación del culto a la Virgen de Guadalupe, y analiza el empleo de la iconografía por parte de la élite criolla en la construcción de la nacionalidad mexicana3. La imagen de María en su advocación de Guadalupe la encontramos presente como emblema en las dos coyunturas revolucionarias en México: Eric Van Young identifica distintas representaciones iconográficas (blasones, prendas, insignias) y muestras de devoción entre los sectores sociales movilizados a favor y en contra de la independencia4; Alan Knight observa un fenómeno similar durante las movilizaciones rurales villistas y zapatistas de la Revolución Mexicana5. Anthony Stevens-Arroyo examina la construcción del culto a Nuestra Señora de la Caridad del Cobre como una expresión de sincretismo que reconcilia costumbres y creencias de los pueblos caribeños con aquellas de la fe cristiana6. Desde una visión antropológica, Julia Costilla explora la transformación del milagro, entendido como intervención divina, en símbolo, susceptible de ser utilizado para diversos intereses; de esta manera, lo vincula con el uso del culto a María en su advocación de la Candelaria para integrar a distintas etnias que ocupaban el sitio de Copacabana, a orillas del lago Titicaca, y en la difusión del mismo a otras áreas del Virreinato del Peru7. Pablo Ortemberg observa cómo a partir de la misma lógica colonial, se da tanto la construcción del culto a las vírgenes generalas como su apropiación en la justificación de la misma acción militar, dentro de ambos bandos; de esta forma tanto Manuel Belgrano como Joaquín de la Pezuela nombraron a la Virgen – respectivamente, en sus advocaciones de la Merced y del Carmen – como conductoras de sus ejércitos8.

4En el caso de Costa Rica, el estudio clásico sobre el culto a Nuestra Señora de los Ángeles pertenece a José Daniel Gil. Constituye uno de los escasos intentos por comprender la mentalidad religiosa en la Costa Rica del siglo XIX e inicios del XX. En el mismo expone las distintas percepciones construidas en torno a la virgen como una serie de arquetipos (madre, intercesora, protectora), y propone que el culto constituye uno de los mitos fundacionales de la nacionalidad costarricense9. El análisis de la documentación hecho por Gil devela un prematuro sentido de identidad nacional entre los miembros de la comunidad de Cartago hacia finales del periodo colonial; no obstante, y sin detenernos en el debate sobre la construcción de la nación, no es posible concebir una identidad nacional, o incluso protonacional, sin una unidad política que la articule en un discurso y los mecanismos para difundirlo10.

5A grandes rasgos, el mito consiste en la aparición de una imagen tallada en piedra a una mulata en lo que se conocía como la Puebla de los Pardos, ubicado al este de la ciudad de Cartago. Después de reaparecer reiteradas veces en el mismo lugar, la efigie fue llevada ante el cura del pueblo, quien al corroborar la historia de la mulata decidió transportarla en procesión hasta la iglesia parroquial, mas volvió a reaparecer en el mismo sitio (ver Fotografías 1 y 2). Ante tales sucesos, los vecinos decidieron construir un templo en honor a la imagen por ahí del año 163911. En vista de que el mito poseía una serie de contradicciones – tales como el carácter y la fecha del hallazgo, filiación étnica, nombre y edad de la persona que la halló – la tradición adquirió mayor coherencia durante el proceso de formación del estado y en su difusión participaron la jerarquía eclesiástica, agentes estatales y las comunidades.

6Es evidente que la veneración a Nuestra Señora de los Ángeles – también conocida como “La Negrita” – posee atributos similares a la de sus homólogas: se reveló a individuos de procedencia humilde, apareció como un culto local y permitió la integración de diferentes grupos étnicos. No interesa a este artículo ahondar en las particularidades del culto en comparación con otros de la América Hispánica, sino su imbricación en procesos del entramado político y militar que caracterizó las primeras décadas del siglo XIX, un rasgo aún poco explorado por la historiografía costarricense. El periodo de estudio corresponde al proceso de transición de la colonia tardía a la construcción de los estados nacionales, en los cuales la práctica religiosa – a falta de mecanismos ideológicos estatales – constituyó un importante mecanismo para el reconocimiento del poder político-militar; es entonces que los mitos, ritos e invocaciones religiosas cumplieron una función legitimadora. Por otra parte, durante el mismo se enmarca una serie de enfrentamientos locales que caracterizó la alborada del estado costarricense.

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Portal que adornal la Basílica en el Santuario de Nuestra Señora de los Ángeles
Portal que adornal la Basílica en el Santuario de Nuestra Señora de los Ángeles

8Fotografía 1. Portal que adorna la Basílica en el Santuario de Nuestra Señora de los Ángeles. El detalle ilustra la escena de la aparición de la imagen (fotografía propiedad del autor).

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Virgen de los Ángeles en Costa Rica
Virgen de los Ángeles en Costa Rica

10Fotografía 2. Réplica de la imagen de la “Negrita”, tallada en piedra y actualmente ubicada en el Santuario de Nuestra Señora de los Ángeles, ciudad de Cartago (fotografía propiedad del autor).

11Costa Rica careció de cruentas luchas para alcanzar su independencia del imperio español12. A excepción de la Campaña Nacional que enfrentó a las tropas costarricenses con la Legión Americana comandada por William Walker en la década de 1850, la experiencia bélica se redujo a una serie de conflictos con derramamiento de sangre y destrucción de la propiedad escasos. ¿Es posible observar semejantes prácticas durante la escasa experiencia bélica en Costa Rica? ¿Acaso el culto a Nuestra Señora de los Ángeles fue justificante o legitimador de la acción bélica? Este artículo discute cuatro casos concretos en que el culto mariano intervino en el proceso político-militar y presta atención a las expresiones sociales que resultan del mismo

La experiencia bélica de Costa Rica durante la primera mitad del siglo XIX.

12Aunque dentro de la historiografía costarricense no se privilegian los estudios militares, existe una serie de trabajos que pueden mencionarse para nuestro periodo. Los estudios clásicos pertenecen a Ricardo Fernández Guardia, que a pesar de su nivel descriptivo, dibuja las primeras líneas en torno a las cuales se circunscribe la mayoría de los estudios sobre el periodo colonial y los inicios de la era republicana; a la vez, constituyen acuciosas investigaciones sobre los hechos políticos y militares de trascendencia dentro de la historia patria13. En una línea similar, se enmarcan los Hechos militares y políticos de Rafael Obregón Loría, el cual cubre un periodo más extenso, que va desde la Independencia hasta los conflictos fronterizos en el contexto de la Revolución Sandinista14. Del mismo autor se encuentra el estudio pionero sobre la Campaña Nacional15. Estudios más recientes como el de Aarón Arguedas analizan la composición étnica de las milicias pardas de la provincia de Costa Rica durante el período colonial bajo la reforma militar borbónica16.

13La primera experiencia militar de la provincia de Costa Rica durante nuestro periodo ocurrió con los levantamientos antifiscales y antiespañolistas que tuvieron lugar en San Salvador, Granada y León entre 1811 y 1814. Más que un síntoma de separatismo, estos movimientos reflejaron el malestar de ciertos grupos frente a las prácticas monopólicas y el autoritarismo de los funcionarios españoles. Para el caso de Costa Rica, la efervescencia social se manifestó en la toma de los estancos y en amenazas a la autoridad, pero no motivó la intervención militar. Cabe anotar que dentro de la historiografía costarricense este fenómeno ha sido examinado únicamente por Fernández Guardia, lo cual debe motivar a explorar este tipo de conflictos poco conocidos dentro de los estudios coloniales.

14El capitán general José de Bustamante y Guerra – conocido por su espíritu reformista a favor del régimen borbónico17 – en febrero de 1812 urgió al gobernador de la provincia de Costa Rica para comandar una milicia que marchara hacia Nicaragua, en donde se uniría con las tropas del norte para acabar con los sediciosos. El 20 de enero de 1812 se reportaron 65 soldados, 6 tambores, 2 sargentos, 1 alférez, 1 teniente, 1 ayudante, 1 capitán y 1 comandante18, lo cual – como se observa – demuestra la ausencia de una fuerza militar capaz de poner en peligro a las autoridades españolas ante un posible levantamiento contra el orden monárquico. El batallón de Costa Rica salió en abril por orden del capitán general con el fin de restituir el orden legal al partido de Nicoya y Guanacaste, y después dirigirse a Nicaragua. Poco se conoce sobre la participación de esta fuerza cívica en la batalla, lo cierto es que su disposición a enfrentar a los insurgentes “agitados por el maligno espíritu de la seductora revolución”, le concedió el favor del Rey a la provincia al otorgársele a la ciudad de Cartago el honorífico título de Muy Noble y Leal. La fidelidad de la provincia se mantuvo incólume durante los agitados años en que las capitales virreinales se levantaron contra la monarquía. Con todo, Costa Rica no estuvo exenta de proclamar su separación del imperio español, y los pueblos que ahora reclamaban su soberanía, entraron en conflicto en la búsqueda de su unidad política.

15La historia más tradicional señala que el proceso de independencia de Costa Rica estuvo desprovisto de cruentas luchas. Esto es cierto en la medida en que lo comparamos con otras áreas de la América Española – como Nueva España y La Plata – en donde las crisis económicas y el descenso de la población fueron una dura realidad. En contraste, para el caso de Costa Rica se podría asegurar que los conflictos políticos que sucedieron a la independencia únicamente se trasladaron al campo militar en defensa de intereses locales, lo que dio paso al primer episodio bélico de la historia costarricense.

16El 13 de octubre de 1821 llegó a Cartago el acta de 15 de setiembre en la cual la Audiencia de Guatemala declaraba la independencia y llamaba a las provincias a reunirse para decidir una nueva forma de gobierno. Dicho documento se recibió con el Acta de los Nublados, suscrita el 28 de setiembre por los miembros de la Diputación de León, en la que se declaraba la independencia hasta tanto “se aclaren los nublados del día”. Claramente la Diputación de León pretendía adherirse a la decisión de la capital hasta el momento en que los ejércitos españoles controlaran la situación en Guatemala y restituyeran el orden monárquico, lo cual nunca sucedió. Mientras tanto, el Imperio Mexicano de Agustín Iturbide y el proyecto de la Gran Colombia presidida por Simón Bolívar invitaron a las provincias de la antigua Audiencia a enviar representantes con el fin de pactar los términos en que las mismas podían agregarse a sus respectivas unidades. El fin primordial de estos proyectos descansaba en la defensa contra amenazas externas, como fue la pretensión sin éxito de Fernando VII al tratar de restablecer el dominio sobre la América Española con ayuda del gobierno ruso19.

17Entre octubre de 1821 y abril de 1823 se profundizó la escisión entre los distintos pueblos de la antigua provincia de Costa Rica; unos defendían la agregación a la Monarquía Constitucional de Iturbide – identificada con las garantías del plan trigarante –, mientras que los más progresistas impulsaban la creación de un gobierno independiente de todo poder extranjero o la unión a alguna unidad política mayor con el reconocimiento de cierta autonomía legal. Los intereses de uno y otro bando se expresaban a través de juntas de legados de los pueblos, presididas por un gobierno provisional con funciones administrativas y militares, que en 14 de marzo de 1823 alcanzó el rango de Diputación o Junta Superior Gubernativa. Los pueblos se organizaron bajo un primer estatuto político conocido como el Pacto Social Fundamental Interino o Pacto de Concordia, el cual mantuvo su validez gracias a los esfuerzos del gobierno provisional.

18No obstante, el pacto no logró reconciliar los intereses de los bandos imperialista y republicano. El ayuntamiento de Cartago firmó un acta el 24 de marzo en la cual solicitó a la Diputación jurar la unión al Imperio de Iturbide, pero ésta se negó ante tal petición y mandó a eliminar el acta, por su contenido subversivo y ultrajante a los principios del gobierno provisional. Esto motivó que los simpatizantes del imperio organizaran una serie de planes para restar legitimidad a la diputación. El 29 de marzo los partidarios imperialistas tomaron el cuartel de Cartago en complicidad con el comandante que la misma diputación nombró para su vigilancia, comunicaron la acción a otros ayuntamientos con tendencias imperialistas – principalmente al de Heredia – y el 1º de abril se acordó jurar la unión al Imperio el 6 de ese mes.

19En San José iniciaron los preparativos para reprimir a los que habían desconocido la autoridad de la diputación y las disposiciones del pacto. El 1º de abril se convocó una junta de vecinos para discutir la situación con respecto al levantamiento del día 29. En esta acordó restablecer el régimen político, invitar a los demás pueblos a unirse al proyecto republicano y tomar las disposiciones necesarias para pagar los gastos que demandara un potencial esfuerzo bélico. El 4 de abril, los republicanos dieron un ultimátum a los imperialistas e iniciaron la marcha hacia Cartago con el fin de impedir la jura del emperador Iturbide; por la noche se celebró en Cartago una junta de vecinos para decidir el estado del ayuntamiento frente al arme de las tropas republicanas, e incluso se pretendía enviar un proyecto para crear un gobierno mixto con el fin de evitar el conflicto. En la madrugada del 5 de abril se llevó a cabo la denominada Guerra de las lagunas de Ochomogo, una escaramuza en la que se enfrentaron las milicias de Cartago contra las de San José y Alajuela. Las tropas cartaginesas se replegaron debido al abandono de los oficiales principales, a excepción del sargento Félix Oreamuno, quien envió a un comisionado para negociar la paz con los republicanos. Por otra parte, el batallón de Heredia avanzó hacia Alajuela – aliada de San José – logrando hacer capitular a los republicanos, pero finalmente depusieron las armas el 7 de abril.

20El restablecimiento del orden por parte de las tropas republicanas fortaleció el gobierno provisional y afianzó el lugar de San José como centro político, para lo cual se dispuso establecer la capital en dicha ciudad. Anteriormente, se optaba por trasladar la capital hacia una de las principales ciudades en que se celebraban las sesiones de las juntas de legados, lo que ya había empezado a erosionar el poder de Cartago como centro. Si las desavenencias entre los pueblos iniciaron a raíz de intereses divergentes en torno a la independencia, las mismas se agravaron con el traslado de la capital de forma temporal; el debate en torno a la capitalidad continuó hasta la aprobación de la ley de 15 de abril de 1834 o Ley de la Ambulancia en la cual se ordenaba trasladar la capital cada cuatro años a cada una de las cuatro ciudades principales del territorio.

21Un nuevo conflicto civil tuvo lugar durante el gobierno de Braulio Carrillo, en el cual reavivaron las pasiones localistas, cubiertas con el manto de la religión. La designación de Carrillo como jefe de estado trajo una serie de reformas que resultaron impopulares, y por las cuales la historiografía lo condenó como tirano20. Entre ellas se puede citar el decreto de eliminación de diezmos y el de modificación de días festivos, los cuales sirvieron de pretexto a los detractores de Carrillo para exaltar los ánimos entre la población por medio de la manipulación del sentimiento religioso. Sin embargo, el detonante del conflicto se encuentra en la promulgación del decreto de 2 de setiembre de 1835, el cual disponía el establecimiento de la capital en San Juan del Murciélago, en la actual capital, y derogaba los efectos la Ley de la Ambulancia.

22La agitación causada tanto por los referidos decretos como por la indisposición hacia el manejo de los asuntos públicos por parte de Carrillo, continuó durante el mes de setiembre, en tanto que los distintos pueblos afectados por el decreto de 2 de setiembre se levantaron contra el gobierno y desconocieron la autoridad de Carrillo. Si bien el jefe de estado agotó los recursos del diálogo con los pueblos levantados, las ambiciones localistas desembocaron en lo que se conoce como la Guerra de la Liga el 14 de octubre, en la cual las tropas josefinas (San José) se impusieron sobre las de la liga (Alajuela, Heredia y Cartago). Los enfrentamientos se prolongaron por 33 días durante los cuales el gobierno logró pactar con el Consejo de la Liga, logrando esta última el restablecimiento de las garantías asociadas a lo religioso.

23El triunfo de las tropas josefinas permitió a Carrillo afianzar el lugar de San José como centro político del territorio. El predominio de la ciudad inició cuando muchos de los comerciantes y burócratas se avecindaron en ella a inicios del siglo. Muchos de ellos, al igual que aquellos de la sección occidental del Valle Central, se dedicaron al cultivo del café, cultivo por medio del cual el país logró la transición hacia el capitalismo agrario y establecer vínculos de forma exitosa con mercado mundial21. Durante la década de 1840, tanto la producción como el valor de la cosecha aumentaron, desplazando a la actividad económica más importante del periodo colonial, el tabaco22. La actividad proporcionó la base económica sobre la cual se consolidó la estructura del estado a través del cobro de impuestos tanto a la exportación del grano como a la importación de bienes procedentes de Europa y otros mercados. De esta forma, la puesta en marcha de un proyecto político y económico por parte de la elite cafetalera eliminó las pretensiones e intereses localistas.

24La Campaña Nacional contra la Falange Americana comandada por William Walker , constituyó la primera gran guerra que demandó la creación de mecanismos a nivel estatal para asegurar la recluta y los recursos económicos para la defensa del territorio. El historiador José Antonio Fernández demostró las contradicciones surgidas entre las exigencias de la guerra y los requerimientos de la pujante economía cafetalera23. Al finalizar la Primera Campaña, la población costarricense se vio afectada por una epidemia de cólera que produjo una de las crisis demográficas más importantes del siglo XIX24.

25El norteamericano William Walker fue enviado a Nicaragua para asistir al partido Democrático (liberal) en su lucha contra los Legitimistas (conservador), a cambio de la concesión de tierras en territorio nicaragüense. Walker pretendía hacerse con el control de las rutas interoceánicas utilizadas para el transporte desde y hacia California. Al hacerse con el control del gobierno nicaragüense en octubre de 1855, estaba en posición de controlar las rutas interoceánicas, para lo cual canceló la concesión hecha a Cornelius Vanderbilt para operar la ruta transoceánica a través del territorio nicaragüense25. Esto claramente representaba una amenaza para la soberanía costarricense, lo cual obligó al presidente Juan Rafael Mora Porras a invocar la ayuda del pueblo en defensa de la patria, la religión y la propiedad.

26La Primera Campaña, aproximadamente entre el 4 de marzo y el 25 de abril, consistió en enviar el grueso del ejército al extremo occidental de la Vía del Tránsito, en el istmo de Rivas y en defender el territorio por medio de dos columnas ubicadas en los ríos navegables de las llanuras del norte. El ejército, liderado por el mismo presidente Mora y su hermano José Joaquín, en su avance hacia territorio nicaragüense venció en los combates de Santa Rosa y Rivas, pero debió replegarse a causa de la epidemia de cólera. La victoria de Costa Rica se definió en la Segunda Campaña con la toma de la Vía del Tránsito en diciembre de 1856 y el sitio de Rivas en marzo de 185726.

De Virgen Belona a Princesa de la Paz. El culto religioso en las campañas políticas y militares (1812-1858).

27Los estudios sobre religiosidad y mentalidad religiosa en Costa Rica son muy escasos. Además del análisis hecho por Gil sobre el culto a Nuestra Señora de los Ángeles, los trabajos de la historiadora Carmela Velázquez exploran temas como el sentimiento religioso, las actitudes ante la muerte, redes de poder, educación del clero, la estructura eclesiástica y los cultos religiosos27. Por otra parte, Arnaldo Moya analiza el rito mortuorio en el Cartago del siglo XVIII así como la vida material y las mentalidades colectivas de las principales familias en el siglo XVIII a través del estudio de los protocolos coloniales28. Aunque éste no constituye un aporte a esta vertiente de la historiografía, si es importante advertir que la religiosidad en el catolicismo jugó un rol vital en la defensa de intereses políticos. A continuación se esbozan algunas reflexiones en torno al papel del culto y la religiosidad en las cuatro coyunturas político-militares arriba explicadas.

28Los levantamientos contra las medidas fiscales y el autoritarismo español a principios del siglo XIX no solo alarmaron a las autoridades políticas y militares. En un contexto en que el ideario liberal se difundió con tanta rapidez por la América Española, la Iglesia también reaccionó ante lo que podía ser una amenaza a su discurso e intereses. De esta forma, el capellán de la ciudad de Cartago Rafael José de la Rosa mantuvo correspondencia con el presbítero Florencio Castillo – electo como diputado por la provincia ante las Cortes de Cádiz – con el fin de mantenerle al tanto de los esfuerzos por conservar el orden, exhortando a otros curas a continuar subordinados y obedientes sin que se dejaran “seducir del mal exemplo de la otra provincia29 Nicaragua”. En vista de que el batallón provincial había sido enviado a restablecer el orden en la vecina provincia de Nicaragua y de la importancia que representaba mantener la cohesión entre los miembros de la milicia, las autoridades accedieron a enviar una imagen de la Virgen de los Ángeles que acompañara al batallón. El capellán, con cierta satisfacción, comunicaba la devoción de la tropa por la Virgen de los Ángeles expresando que:

29“(…) nuestras tropas todas llenas de un celo santo por la defensa de la causa justa, depositando toda su confianza en María Santísima de los Ángeles, patrona general de esta provincia y particular del batallón cuya imagen llebaban y mantienen con sigo como velona de su tropa30.”

30¿Por qué en una provincia con una escasa experiencia y recursos militares se recurrió a la devoción a la Virgen María con atributos de Belona? Ciertamente, este tipo de recurso tiene raíces en prácticas militares medievales que fácilmente pudieron ser exportadas a la América Española. A Santa Teresa de Ávila también se le atribuyó la victoria naval de España contra los holandeses en Bahía (1624), debido a que la flota cargaba el estandarte de la Inmaculada Concepción de Santa Teresa31. Por otra parte, Ortemberg observa este fenómeno como elemento de cohesión entre la soldadesca de los ejércitos realistas y revolucionarios en las luchas de independencia en América del Sur32. Ciertamente, el elemento religioso también permitió legitimar la autoridad del monarca, pues el levantamiento contra las ordenanzas del Rey también significaba la desobediencia contra la ley de Dios y los mandatos de la Santa Madre Iglesia.

31Ante tales muestras de devoción y lealtad hacia la autoridad establecida, la coyuntura también podía ser aprovechada para lograr cierto estatus por parte de la provincia de Costa Rica. Por medio de demostraciones de lealtad y devoción, las autoridades de la provincia explotaron la participación del batallón provincial en la represión de los insurgentes para solicitar honores ante las Cortes del Reino33. Entre tales gracias, el mismo cura de la Rosa expresaba que la provincia se contentaría con alguna excepción a sus pueblos y que la tropa de pardos fuera preferida en el servicio del Rey en el Valle de Matina34.

32El segundo caso se encuentra inserto dentro de las luchas localistas entre las ciudades de Cartago y San José. La batalla de las Lagunas de Ochomogo afianzó el predominio de San José como centro político, lo cual se consideró una derrota temporal por los habitantes de la ciudad de Cartago, quienes habían ostentado ese rango por más de 200 años. Un nuevo conflicto entre ambas ciudades se presentó en agosto de 1824, cuando se dio aviso sobre el robo de la imagen, en medio de las fiestas en honor a la Virgen de los Ángeles. La efigie fue sustraída de la parroquia de Cartago, llevada primero al pueblo de Orosi, y luego al de Curridabat por un individuo llamado José Antonio Morales, quien la devolvió al cura del pueblo de Curridabat. Se llegó a argumentar que la llegada de la imagen terminaría de coronar el triunfo de San José y su hegemonía sobre los demás pueblos. Al parecer, todo fue producto de una conspiración urdida por unos vecinos de Cartago para enfrentar de nuevo a las tropas josefinas y recuperar el título de capital35. Años más tarde, el escritor Manuel de Jesús Jiménez exclamó: “¡Cuántos agitadores han puesto en juego los sentimientos piadosos de este pueblo con fines extraños a la piedad, y cómo lo que parecía religión vino después a ser sólo política36!”; esto para referirse a la posibilidad de que los mismos ciudadanos cartagineses hubieran utilizado el robo de la efigie para agitar las pasiones localistas y llevar a un nuevo enfrentamiento bélico para recuperar el título de capital.

33Monseñor Sanabria sugiere que la iniciativa del licenciado don Agustín Gutiérrez, presidente de la Asamblea Constituyente, en torno a la concesión del patronazgo a la Virgen de los Ángeles en setiembre de 1824 pudo ser una estrategia de los representantes ante la Asamblea para dejar atrás el incidente y eliminar de forma definitiva las diferencias entre ambas ciudades por la posesión de la capital37. Posiblemente, el patronazgo se instituyó sobre la necesidad de promover el culto como un mecanismo de dominación de tipo religioso, a falta de aquellos de tipo civil y jurídico que se desarrollarían a lo largo del siglo XIX. Por otra parte, el debate a lo interno de la Asamblea provocó la reacción – un poco tardía – del clero cartaginés. En su Discurso poético apologético, el cura Miguel Bonilla celebraba la concesión del patronazgo y condenaba a los diputados que dieron su voto en contra de tal iniciativa; de esta forma, el cura expresaba:

34“Avergüéncense, pues, los que, atrevidos, / a María de sus cultos han privado / impidiendo se firmase su Imagen / por general Patrona del Estado. (…) Teman, pues el castigo, sino (sic) ocurren /a María, implorando su amparo, pues Dios en su defensa vela / y su bazo ya está levantado. (…) Alabad, Cartagineses vosotros, / alabad a María en desagravio / a el desprecio que le hizo el Congreso / en su busto admirable sacrosanto38.”

35Nuestro tercer caso también ocurrió en el contexto de las luchas localistas entre las principales ciudades de Costa Rica. Si el batallón de milicias pardas de Cartago conservó la imagen de la Virgen María como “velona de sus tropas” ante el peligro de la insurrección en 1812, las tropas de la liga – en particular las de la ciudad de Cartago – se convencieron de la ayuda que podía prestar el uso del culto para fines militares. De esta forma, la efigie fue llevada en procesión durante los combates que tuvieron lugar entre el 14 de octubre y el 15 de noviembre de 1836, “a imitación de los israelitas con el Arca de la Alianza39”. Es claro que dentro de la mentalidad religiosa colectiva, la imagen representaba la fuente de protección contra las tribulaciones de la guerra.

36Cuando las tropas josefinas obligaron a las de Cartago a replegarse, la imagen fue olvidada en lo que hoy se conoce como Curridabat, punto intermedio entre la nueva y la antigua capital. Por orden del jefe de estado, las tropas josefinas llevaron en procesión la imagen hacia la iglesia parroquial de esa ciudad y la dejaron depositada durante siete años40. Posiblemente, un hecho tal como el que se describe habría agitado las pasiones localistas, si tomamos en cuenta que el culto a la Virgen de los Ángeles hasta ese momento formaba parte importante de la religiosidad popular del pueblo cartaginés. Esta fue la percepción del gobierno provisional en 1842, cuando el presbítero Rafael del Carmen Calvo solicitó al cura Vicario la devolución de la imagen de María Santísima “que era la Princesa de la Paz y no la Diosa de la Guerra”, con base en una disposición del gobierno sobre la entrega de propiedades a los afectados por la revolución de 1835. El Ministro General, seguramente convencido de las posibles consecuencias que podría traer el localismo al régimen provisorio de Francisco Morazán, comunicó al cura Vicario que:

37“el Jefe Supremo teniendo presente que el carácter que se ha dado a su pertenencia en esta ciudad como trofeo militar, desnaturaliza los objetos sagrados del culto, que la ignorancia y las preocupaciones bulgares empeñándose en darle aquel colorido fomentan las ruinosas desabenencias cuyas fuentes debe procurar agotarse en bien del país ha acordado: que usted se sirva devolver la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles… al cura de Cartago a que ella pertenece41.”

38Claramente, el gobierno pretendía acabar de raíz con las ambiciones e intereses localistas que atentaban contra la relativa paz entre ambas ciudades, procurando “la buena armonía y buena inteligencia de las dos principales del Estado cuya sincera reconciliación no puede ser franca ni extable (sic)” en tanto una de las ciudades retuviera un objeto de tal valor entre la mentalidad colectiva de los cartagineses. Por tanto, el jefe de estado – en un acto de reconciliación entre los dos pueblos – mandó a construir una imagen similar para el culto de los vecinos de San José, deducible del tesoro público42.

39Para abordar el último de nuestros casos, referente al papel de culto religioso durante la Campaña Nacional (1856-1858), se deben tomar en cuenta dos aspectos. En primer lugar, el 28 de setiembre de 1850 se erigió la Diócesis de Costa Rica, ya que desde el periodo colonial el país dependía eclesiásticamente de la Diócesis de Nicaragua, que fue ocupada por Monseñor Anselmo Llorente y Lafuente en diciembre de 185143. Por otra parte, en la mentalidad religiosa de la época, la Campaña Nacional contra los filibusteros constituyó una guerra en el cual el ejército debía marchar contra “hereges e infieles”. Cuenta de ello dieron los capellanes del Ejército Expedicionario al Obispo Llorente en 13 de abril de 1856, cuando expresaron la impresión que les causó la profanación de la iglesia parroquial de Rivas por parte de las huestes filibusteras44.

40Esto permite observar el papel que jugó la Iglesia como legitimadora de la acción bélica por parte del gobierno de turno. El obispo Llorente, a petición del presidente Juan Rafael Mora, contribuyó a fomentar el espíritu patriótico a través de mensajes o proclamas en las cuales se llamaba al costarricense a combatir frente a los enemigos que “intentan despojarnos de los mayores bienes que disfrutamos, hollar nuestra religión santa, arrebatar lo que con tantos sudores habéis adquirido, derrocar al gobierno benéfico que con tanto tino os dirige, y sujetaros a una porción de forajidos que sin patria intentan apropiarse de la ajena y esclavizarla45 (…)”. En el campo de lo ritual, este connubio entre la autoridades estatales y eclesiásticas se reflejó en el apoyo de la Iglesia a la figura del presidente – también comandante del Ejército expedicionario durante la Primera Campaña – cuando el obispo, en comunicación al Ministro de Relaciones y Negocios eclesiásticos, aceptó asistir al recibimiento del presidente Mora “tanto por la armonía que debe reinar entre el Poder Ejecutivo y civil como por las relaciones particulares que conservo con el excelentísimo señor presidente don Juan Rafael Mora46 (…)”.

41El liderazgo de un jerarca de la Iglesia en el apoyo al esfuerzo bélico se complementó con el uso de un rito de larga data entre las tropas de Cartago: portar una imagen “peregrina” o “réplica” de Nuestra Señora de los Ángeles, según lo corrobora José Daniel Gil47. Sin embargo, – y en contraste con otras épocas de padecimiento – ante una difícil coyuntura como la guerra y la enfermedad, los individuos recurrieron a otras muestras de devoción, tanto hacia la virgen como a los cultos locales. Como es sabido, la población costarricense fue duramente perjudicada por una epidemia de cólera que afectó primero a las tropas que luchaban en Nicaragua y luego a los habitantes del Valle Central, dado el regreso de los soldados al mismo. Las expresiones de la religiosidad popular no solo se dieron ante los estragos de la epidemia, sino frente a los trastornos de una odiosa guerra:

42“¡Dulce Madre de Mercedes, / Virgen llena de piedades! / En nuestras necesidades / Socórrenos, pues que puedes: / Defiéndenos de las redes del enemigo traidor: / Danos amparo y favor / Por tu hijo Sacramentado: / De la peste y del pecado / Librandonos con amor. (…) Huya, Señor, que tu nombre / Ahuyenta el mal de la tierra: / Que no haya tampoco guerra, / Ni terremoto que asombre. / Piedad, piedad para el hombre; / Piedad para el labrador, / Para cojer su sustento: / Que no la plaga su aliento / Aniquile en su labor48.”

43Es claro que una eventual invasión filibustera ponía en peligro la soberanía del territorio nacional, por lo que la intervención de la jerarquía de la Iglesia y el uso de elementos rituales en el estímulo a la participación popular en la guerra era de suma importancia. A pesar de ello, los habitantes del Valle Central idearon mecanismos para evadir la recluta militar, y la guerra entró en contradicción con los requerimientos de la economía cafetalera, pues los campesinos/milicianos debían cosechar el grano y transportarlo hacia el puerto de Puntarenas, en donde se embarcaría hacia los mercados europeos, lo cual planteaba una verdadera disyuntiva: proteger el territorio frente a los invasores o exportar el “grano de oro49”. Por otra parte, es evidente que las súplicas contenidas en la décima arriba citada presenta un diálogo en que se eleva una plegaria que representa el clamor popular de acabar, no solo con la peste, sino con una guerra que tomaba prestados los brazos de campesinos y trabajadores que debían recolectar y transportar el café hacia el puerto de Puntarenas durante la estación seca (que coincidió con la Primera Campaña) y dar mantenimiento al fruto durante la estación lluviosa.

Consideraciones finales

44Durante el proceso de formación del Estado, los grupos dominantes comprendieron el importante peso ideológico que poseían los cultos religiosos entre la población. De esta forma idearon mecanismos que permitieran vincular esa relación hombre-divinidad con sus intereses más inmediatos; así, el culto a María Reina de los Ángeles ejerció un rol trascendental en distintos procesos asociados a la búsqueda del poder: reafirmación de la autoridad del monarca, agitación de las pasiones localistas y protección en tiempos de guerra y peste. Ahora bien, como se ha anotado, este tipo de mecanismos se caracterizó por ser una adaptación de las estructuras que prevalecieron durante el periodo colonial y perduraron hasta el momento en que el estado fue capaz de articular otras formas de control sobre la población, tales como el sistema educativo, las fiestas cívicas y las reformas jurídicas. Esto invita a reflexionar sobre el uso del concepto de “modernidad política”, harto utilizado para referirse a los fenómenos políticos posteriores a la independencia y poco matizado al calor de la permanencia de estructuras de Antiguo Régimen, como se observó con el culto a Nuestra Señora de los Ángeles desde la movilización del batallón provincial hasta la Campaña Nacional.

45El análisis de fenómenos asociados a las mentalidades y a lo simbólico integra una dimensión distinta a los estudios militares y del poder. En años recientes se discutieron los alcances que ofrecen nuevas perspectivas de investigación en la renovación de la historia política en Centroamérica50. Gracias a estos enfoques se logró superar la concepción tradicional de la historia política, basada en la narración de hechos y la exaltación de figuras conspicuas. Sin embargo, el autor comparte con el historiador David Díaz la idea de que estos fenómenos (cultos, rituales, simbolismos) no deben estudiarse per se, sino en función de lo que ellos nos pueden explicar sobre las relaciones de poder entre agentes y grupos enmarcados dentro de un sistema político. Es evidente que el presente artículo no agota la discusión en torno al papel que juega el culto religioso en la movilización política y militar, no obstante pretende proporcionar elementos y generar otras preguntas para una discusión más amplia.

Bibliografía

46Anderson, Benedict, Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism (Londres: Verso, 2006).

47Arguedas, Aarón, “The Kingdom of Guatemala: Under the Military Reform 1755-1808” (Tesis de doctorado, Texas Christian University, 2006)

48Bruun, Geoffrey, La Europa del siglo XIX (1815-1914) (México: Fondo de Cultura Económica, 2005).

49Costilla, Julia, “El milagro en la construcción del culto a Nuestra Señora de Copacabana (virreinato del Perú, 1582-1651)”, Estudios Atacameños 39 (2010).

50Dym Jordana y Belaubre Christophe, Politics, Economy, and Society in Bourbon Central America, 1759-1821 (Colorado: University of Colorado Press, 2007).

51Fernández Guardia, Ricardo, Cartilla Histórica de Costa Rica (San José: EUNED, 2007).

52————————————————-. La independencia. Historia de Costa Rica (San José: EUNED, 2007).

53————————————————-. La Guerra de la Liga y la invasión de Quijano (San José: EUNED, 2007).

54————————————————-. Morazán en Costa Rica (San José: EUNED, 2007).

55Fernández, José Antonio, “Los ejércitos expedicionarios costarricenses en la Campaña Nacional: Campesinos-milicianos ante la disyuntiva entre la obediencia y el grano de oro”, Mesoamérica 53 (enero-diciembre, 2011).

56Gil, Jose Daniel, El culto a la Virgen de los Ángeles, 1824-1935. Una aproximación a la mentalidad religiosa (Tesis de licenciatura en Historia, Universidad Nacional, 1982).

57————————————————-. El culto a la Virgen de los Ángeles, 1824-1935. Una aproximación a la mentalidad religiosa (Alajuela: Museo Histórico Juan Santamaría, 2004).

58Hall, Carolyn, El café y el desarrollo histórico-geográfico de Costa Rica (San José: Editorial de la Universidad Nacional, 1976).

59Hall, Carolyn y Pérez Brignoli Héctor, Historical Atlas of Central America (Oklahoma: University of Oklahoma Press, 2003).

60J.N.G. Decimas dedicadas al Dulce Nombre de Jesús, implorando su ausilio para que cesen los estragos de la peste (San José: Imprenta de la Paz, 1856).

61Knight, Alan, The Mexican Revolution (Lincoln: University of Nebraska Press, Volúmenes 1 y 2, 1986).

62Jiménez, Manuel de Jesús, Noticias de antaño (San José: EUNED, Vol. I, 2011).

63Lafaye, Jacques, Quetzalcóatl and Guadalupe: The Formation of Mexican National Consciousness, 1531-1813 (Chicago: University of Chicago Press, 1976).

64Langley, Lester D, The Americas in the Age of Revolution, 1750-1850 (New Heaven, Yale University Press, 1996).

65Moya Gutiérrez, Arnaldo, “El rito mortuorio en el Cartago dieciochesco”, Revista de Historia 24, (julio-diciembre, 1991): 23-53.

66Obregón Loría, Rafael, Costa Rica y la Guerra del 56. La Campaña del Tránsito 1856-1857 (San José: ECR, 1976).

67————————————————- .Hechos militares y políticos (Alajuela: Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, 1981).

68Obregón, Clotilde, Carrillo: una época y un hombre 1835-1842 (San José: Editorial Costa Rica, 1989).

69Ortemberg Pablo y Sobrevilla Perea Natalia (editores), Compendio de los sucesos ocurridos en el Ejército del Perú y sus provincias (1813-1816) (Santiago: Centro de Estudios Bicentenario, 2011).

70Pérez, Brignoli Héctor, La población de Costa Rica 1750-2000. Una historia experimental (San José: EUCR, 2010).

71Picado Gatjens, Miguel y Quirós Castro, José Alberto, Estudios Historiográficos . Monseñor Víctor Manuel Sanabria (San José: EUNED, 2006).

72——————————————-. La Iglesia Católica de Costa Rica en la historia nacional: desafíos y respuestas (San José: EUNED, 2009).

73Rico Aldave, Jesús, “La Renta del tabaco en Costa Rica (1776-1860)” (Tesis doctoral, Universidad Pública de Navarra, 2008).

74Rowe Erin Kathleen, “The Spanish Minerva: Imagining Teresa of Avila as Patron Saint in Seventeenth-Century Spain “,The Catholic Historical Review, 92-4 (Octubre, 2006): 574-596.

75Sanabria, Víctor Manuel, Documenta Histórica Beatae Mariae Virginis Angelorum. Republicae de Costa Rica principalis patronae (San José: Atenea, 1945).

76Sandí Morales, José Aurelio, Estado e Iglesia Católica en Costa Rica 1850-1920; en los procesos de control del espacio geográfico y la creación de un modelo costarricense (Heredia: Editorial Sebila, 2012).

77Silva, Margarita, “La renovación de la historia política en el Seminario ‘Identidades nacionales y Estado moderno en Centroamérica’”, Revista de Historia 33 (1944): 207-210.

78Stevens-Arroyo, Anthony M., “The Contribution of Catholic Orthodoxy to Caribbean Syncretism: The Case of la Virgen de la Caridad del Cobre in Cuba”, Archives des sciences sociales des religions 117, (Enero-Marzo, 2002): 37-58.

79Torres Bautista, Mariano, “De la fiesta monárquica a la fiesta cívica: el tránsito del poder en Puebla, 1821-1822”, Historia Mexicana 45-2, Rituales cívicos (octubre – diciembre, 1995): 221-239.

80Van Young, Eric, La otra rebelión. La lucha por la independencia de México, 1810-1821 (México: Fondo de Cultura Económica, 2006).

81Velázquez Bonilla, Carmela, “Morir en el XVII”, Revista de Historia 33 (1996): 46-66.

82————————————————-. Las actitudes ante la muerte en el Cartago del siglo XVII (Tesis de Maestría en Historia, Universidad de Costa Rica, 1997).

83Notas de pie páginas

841 Mariano Torres Bautista, “De la fiesta monárquica a la fiesta cívica: el tránsito del poder en Puebla, 1821-1822”, Historia Mexicana 45-2, Rituales cívicos (octubre – diciembre, 1995), págs. 221-239.

852 Anthony M. Stevens-Arroyo, “The Contribution of Catholic Orthodoxy to Caribbean Syncretism: The Case of la Virgen de la Caridad del Cobre in Cuba”, Archives des Sciences Sociales des Religions 117, (Enero-Marzo, 2002), págs. 37-58.

863 Jacques Lafaye, Quetzalcóatl and Guadalupe: The Formation of Mexican National Consciousness, 1531-1813 (Chicago: University of Chicago Press, 1976).

874 El culto a la Virgen de Guadalupe adquirió distintos matices en las luchas independentistas de la Nueva España: a favor y en contra del monarca, de los criollos y de los indios “rebeldes”. Véase Eric Van Young, La otra rebelión. La lucha por la independencia de México, 1810-1821 (México: Fondo de Cultura Económica, 2006), págs. 204, 253, 260, 297, 328, 379, 475.

885 Alan Knight, The Mexican Revolution (Lincoln: University of Nebraska Press, Volúmenes 1 y 2, 1986): 311 (Vol. 1) y 204 (Vol. 2).

896 Stevens-Arroyo, “The Contribution of Catholic Orthodoxy”.

907 Julia Costilla, “El milagro en la construcción del culto a Nuestra Señora de Copacabana (virreinato del Perú, 1582-1651)”, Estudios Atacameños 39 (2010), págs. 35-56.

918 Pablo Ortemberg, “El general Joaquín de la Pezuela y la Virgen del Carmen: la trama religiosa de la guerra”, en Pablo Ortemberg y Natalia Sobrevilla (editores), _Compendio de los sucesos ocurridos en el Ejército del Perú y sus provincias (1813-1816) _ (Santiago: Centro de Estudios Bicentenario, 2011): págs. XLVIII-LII.

929 Jose Daniel Gil, El culto a la Virgen de los Ángeles, 1824-1935. Una aproximación a la mentalidad religiosa (Tesis de licenciatura en Historia, Universidad Nacional, 1982). Una reciente versión de su exposición se encuentra en El culto a la Virgen de los Ángeles, 1824-1935. Una aproximación a la mentalidad religiosa (Alajuela, Museo Histórico Juan Santamaría, 2004).

9310 Benedict Anderson, Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism (Londres, Verso, 2006).

9411 José Daniel Gil, El culto a la Virgen, págs. 42-43.

9512 Recientes estudios argumentan que las luchas de independencia tuvieron más un carácter de guerra civil por la articulación de espacios políticos a favor o en contra del sistema monárquico, que de lucha contra los ejércitos de ocupación. Para un análisis comparativo de las revoluciones americanas, véase Lester D. Langley, The Americas in the Age of Revolution, 1750-1850 (New Haven: Yale University Press, 1996).

9613 Entre la colección de escritos se encuentran Cartilla Histórica de Costa Rica (San José: Editorial de la Universidad Estatal a Distancia, en adelante EUNED, 2007); La independencia. Historia de Costa Rica (San José: EUNED, 2007); La Guerra de la Liga y la invasión de Quijano (San José: EUNED, 2007) y Morazán en Costa Rica (San José: EUNED, 2007).

9714 Rafael Obregón L., Hechos militares y políticos (Alajuela: Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, 1981).

9815 Rafael Obregón Loría, Costa Rica y la Guerra del 56. La Campaña del Tránsito 1856-1857 (San José: Editorial Costa Rica, en adelante ECR, 1976).

9916 Aarón Arguedas, “The Kingdom of Guatemala: Under the Military Reform 1755-1808” (Tesis de doctorado, Texas Christian University, 2006).

10017 Timothy Hawkins, “A Bourbon Reformer During the Age of Independence: José de Bustamante in Central América 1811 – 1818”, en Jordana Dym y Christophe Belaubre, Politics, Economy, and Society in Bourbon Central America, 1759-1821 (Colorado: University of Colorado Press, 2007), págs. 210-245.

10118 Archivo Nacional de Costa Rica (en adelante ANCR), Complementario Colonial 3773, f 1-3.

10219 Geoffrey Bruun, La Europa del siglo XIX (1815-1914) (México: Fondo de Cultura Económica, 2005), pág. 23.

10320 Fernández Guardia posteriormente reivindica la figura de Braulio Carrillo y su papel en la historia de Costa Rica. Una discusión al respecto se puede ver en Clotilde Obregón, Carrillo: una época y un hombre 1835-1842 (San José: ECR, 1989).

10421 Carolyn Hall, El café y el desarrollo histórico-geográfico de Costa Rica (San José: Editorial de la Universidad Nacional, 1976).

10522 Jesús Rico Aldave, “La Renta del tabaco en Costa Rica (1776-1860)” (Tesis doctoral, Universidad Pública de Navarra, 2008), pág. 159.

10623 José Antonio Fernández explora las estrategias de evasión de la recluta y la política errática del gobierno frente a ambos imperativos. Ver “Los ejércitos expedicionarios costarricenses en la Campaña Nacional: Campesinos-milicianos ante la disyuntiva entre la obediencia y el grano de oro”, Mesoamérica 53 (enero-diciembre, 2011), págs. 74-105.

10724 Héctor Pérez Brignoli, La población de Costa Rica 1750-2000. Una historia experimental (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2010), págs. 221-223.

10825 Carolyn Hall y Héctor Pérez Brignoli, Historical Atlas of Central America , (Oklahoma: University of Oklahoma Press, 2003), págs. 184-185.

10926 Hall y Pérez Brignoli, Historical Atlas.

11027 Carmela Velázquez Bonilla, “Morir en el XVII”, Revista de Historia 33 (1996), págs. 46-66.

11128 Arnaldo Moya Gutiérrez, “El rito mortuorio en el Cartago dieciochesco”, Revista de Historia 24, (julio-diciembre, 1991), págs. 23-53.

11229 ANCR, Complementario Colonial 3378, f 4v.

11330 ANCR, Complementario Colonial 3378, f 4v-5.

11431 Para un estudio de la construcción y debate en torno al patronazgo de Santa Teresa de Ávila y la atribución de caracteres varoniles y guerreros, ver Erin Kathleen Rowe “The Spanish Minerva: Imagining Teresa of Avila as Patron Saint in Seventeenth-Century Spain “,The Catholic Historical Review, 92-4 (Octubre, 2006), págs. 574-596.

11532 Pablo Ortemberg, “El general Joaquín de la Pezuela y la Virgen del Carmen…”

11633 ANCR, Complementario Colonial 3378, f 2v-3v.

11734 ANCR, Complementario Colonial 3378, f 5v.

11835 José Daniel Gil, El culto a la Virgen, pág. 79.

11936 Manuel de Jesús Jiménez, Noticias de antaño (San José: EUNED, Vol. I, 2011), pág. 87.

12037 Víctor Manuel Sanabria, Documenta Histórica Beatae Mariae Virginis Angelorum. Republicae de Costa Rica principalis patronae, (San José: Atenea, 1945), pág. 23.

12138 Miguel Picado Gatjens y José Alberto Quirós Castro, Estudios Historiográficos. Monseñor Víctor Manuel Sanabria (San José: EUNED, 2006), pág. 99.

12239 Miguel Picado Gatjens y José Alberto Quirós Castro, Estudios Historiográficos, pág. 13.

12340 Ricardo Fernández Guardia, La Guerra de la Liga, pág. 37.

12441 ANCR, Gobernación 3602, f 2-2v.

12542 ANCR, Gobernación 3602, f 2-2v.

12643 José Aurelio Sandí Morales, Estado e Iglesia Católica en Costa Rica 1850-1920; en los procesos de control del espacio geográfico y la creación de un modelo costarricense (Heredia: Editorial Sebila, 2012), pág. 79.

12744 ANCR, Culto 90, f 5v.

12845 Miguel Picado Gatjens, La Iglesia Católica de Costa Rica en la historia nacional: desafíos y respuestas (San José: EUNED, 2009), pág. 90.

12946 ANCR, Culto 90, f 9-9v.

13047 José Daniel Gil, El culto a la Virgen, pág. 82.

13148 J.N.G., Decimas dedicadas al Dulce Nombre de Jesús, implorando su ausilio para que cesen los estragos de la peste (San José: Imprenta de la Paz, 1856): snp.

13249 José Antonio Fernández, “Los ejércitos expedicionarios costarricenses…”, págs. 74-105.

13350 Margarita Silva, “La renovación de la historia política en el Seminario ‘Identidades nacionales y Estado moderno en Centroamérica’”, Revista de Historia 33 (1944), págs. 207-210.

Para citar este artículo :

Allan José Víquez Mora, « “La Virgen de los Ángeles es la Princesa de la Paz y no la Diosa de la Guerra”: Religión, política y guerra en Costa Rica (1812-1858). », Boletín AFEHC N°61, publicado el 04 junio 2014, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=3786

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