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AFEHC : bibliografia : El presbítero Florencio Castillo, diputado por Costa Rica en las Cortes de Cádiz : El presbítero Florencio Castillo, diputado por Costa Rica en las Cortes de Cádiz

Ficha n° 3844

Creada: 18 enero 2015
Editada: 18 enero 2015
Modificada: 18 enero 2015

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Autor de la ficha:

Christophe BELAUBRE

Editor de la ficha:

Laura MATTHEW

Publicado en:

ISSN 1954-3891

El presbítero Florencio Castillo, diputado por Costa Rica en las Cortes de Cádiz

Aunque publicado con recursos propios en una editorial sin experiencia editorial, este libro merece atención por la lectura rigurosa y estimulante que se hace de la participación de Florencio Castillo a las Cortes de Cádiz.
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Palabras claves :
Cortes, Cádiz, Diputado, Biografía
Categoria:
Libro
Autor:

P. Manuel Benavides Barquero

Reseña:

1Desde las buenas biografías de José del Valle y de Rafael Carrera escritas por Louis E.Bumgartner,y Ralph Lee Woodward pocos historiadores se han dedicado a ese tipo de estudios en Centroamérica. Tal debilidad en un campo que suele ser abundante en otras partes del mundo y que permite sólidos éxitos comerciales es bastante sorprendente. Con este libro del padre Manuel Benavides Barquero contamos con un trabajo extenso – por no decir poco sintético-, bastante objetivo y bien documentado de un actor “conocido y desconocido” a la vez de la historia de dicha región: el presbítero Florencio Castillo, trabajo en el cual se demuestra fehacientemente que el uso del “del” no se justifica y que muchas instituciones en Costa Rica deberían cambiar sus nombres, desde su nacimiento hasta 1814, año en que terminó su experiencia como diputado a las Cortes de Cádiz.

2El libro, muy voluminoso y poco manejable entre las manos, está compuesto por dos tomos de tamaño desequilibrado. Pensamos desde luego que hubiera sido posible y mejor aliviar y abaratar el libro al apoyarse más en la edición electrónica para reducir su tamaño: por ejemplo hay una larga genealogía de los Castillo y dos bibliografías, una opción por lo menos discutible, que se hubieran podido publicar en Internet. De la misma manera sería importante ofrecer a los investigadores la posibilidad de consultar en su totalidad los escritos impresos del padre Castillo los cuales fundamentan la biografía del padre Benavides aunque son citados ampliamente, por lo menos en el primer libro. Internet representa hoy en día un complemento natural, y casi obligatorio, que los investigadores deben tomar más en cuenta a la hora de devolver a la comunidad el resultado de sus investigaciones en los archivos. En esos aspectos formales es difícil pasar por alto la ausencia de un índice onomástico, herramienta bien útil en una obra tan prolija, y deplorar problemas de diseño de páginas que se repiten varias veces y no facilitan la lectura) o incluso la ausencia de ciertas notas (un ejemplo pág. 370 donde la nota 260 ha desaparecido). Más grave quizás es el hecho de que muchas notas de pie de páginas (en particular en el Archivo General de Indias y el Archivo General de Centroamerica) no mencionan las fuentes rigurosamente faltándoles, por ejemplo, la fecha del documento o la descripción del mismo en el legajo consultado. La bibliografía no se escapa de ciertas críticas; por ejemplo, en la nota 290 (página 381) se menciona de manera abreviada un libro o un artículo de la historiadora María Teresa Berruezo León sin que sea posible saber a cuál de los tres títulos presentes en la bibliografía se hace referencia.

3En el fondo el libro, a pesar de su preocupación constante y loable por dejar de lado pocos aspectos de la vida del presbítero Castillo, deja un gusto a inacabado. El periodo en estudio debía permitir desarrollar una biografía más política con un hilo conductor definido más claramente en la introducción. En los discursos de Florencio Castillo existe mucho material que permitiría tratar de entender cómo la conciencia criolla evolucionó bajo la influencia del ideario liberal y/o para retomar las sugestivas preguntas planteadas en la obra clásica del historiador norteamericano Mario Rodríguez, a saber ¿A partir de cuándo y bajo qué condiciones se pasó, en diversas partes del Imperio, de una conciencia criolla definida por un doble sentimiento (la pertenencia a la raza común, a la Hispanidad, por una parte; por otra, la hostilidad más y más fuerte hacia los « gachupines », si no a la Corona) a las conciencias nacionales (mexicanas- centroamericanas, etc. )? ¿En qué medida un intelectual como Castillo pudo ser parte en la adhesión de los pueblos a proyectos continentales ( o sea alrededor de Iturbide ; en el cuadro más estrecho de la Federación centroamericana ; o, más tarde, conforme a los sueños federalistas de Bolívar)? ¿Que nos dice la vida de Castillo sobre las razones del fracaso de esos proyectos? Aunque estas preguntas no están completamente ausentes en los análisis del pensamiento ideológico del biografiado el lector cierra este libro con la idea que un trabajo tan extenso en los archivos merecía un proyecto intelectual más ambicioso.

4Más allá de esos comentarios sobre la forma y el fondo es un libro que merece atención. El primer tomo, compuesto por siete capítulos, permite recoger el periodo de formación del presbítero Castillo mientras que el segundo tomo, mucho más largo, analiza su participación política a las Cortes de Cádiz. Quiero también insistir en que se trata de una obra bienvenida que nos habla desde las fuentes primarias a la redacción de la historia de una vida dentro de un contexto histórico bastante bien reconstruido. Claro que hay varias debilidades en particular en el primer libro debido a la dimensión casi enciclopédica del proyecto asumido y a veces a la falta de conocimiento de las redes de difusión de las Luces.

5En la primera parte pocos aspectos conocidos de la vida del padre Castillo quedan sin criticar por parte del espíritu inquieto y abierto del padre Benavides: las “afirmaciones erróneas” son cazadas sin piedad y los “elogios artificiosos” rechazados con una fuerza moral no tan frecuente en el mundillo no siempre tan académico de los sacerdotes. La decepción en esta parte del libro proviene de la falta de fuentes que el padre Benavides habría podido compilar sobre la participación de Florencio Castillo en la difusión de las Luces, por ejemplo, son pocos los folletos o escritos que en sí permiten matizar la opinión tan traída y llevada, por lo menos en Costa Rica, de que Castillo fue un actor centroamericano relevante en dicho campo, formado en la acción política reformadora por la influencia de las Luces. Al parecer no se conservó ninguna carta particular del periodo lo que hubiera podido salpicar, socializar, en fin humanizar el retrato dibujado por Benavides Barquero. Aparte de lo anterior hay también un intento convincente y frustrante a la vez de reconstruir el entorno social del padre Castillo esfuerzo que permite sacar de la sombra el papel de una fantástica madre soltera cuyo compromiso hacia la educación de sus hijos ha sido muy reconocido y analizado. Dentro de este entorno social, la falta de fuentes y el análisis del periodo – que depende mucho de una escuela historiografía orientada hacia la construcción de figuras “claves” de la difusión de las Luces como el padre Tomás Ruiz o el presbítero Rafael Ayestas-, no permite alcanzar la dimensión compleja de este movimiento cultural. Este implicaba de hecho mucho más actores menos conocidos a veces porque su actuación no servía la finalidad de los propios historiadores interesados en resaltar figuras criollas cuando los mismos españoles, ya fuera comerciantes o empleados reales, participaban activamente del espíritu renovador aunque con una finalidad política diferente.

6En la segunda parte dejamos el suelo americano para pisar el de la península española donde el diputado Castillo va trabajar intensamente en favor del fortalecimiento del sistema monárquico constitucional. El trabajo nos lleva hábilmente al mundo complejo de la experiencia gaditana debido a la fuerza de los análisis y a la profusión de la documentación que el padre Benavides tuvo a la mano (en particular las actas de las sesiones). El autor esboza allí el retrato de un verdadero “político” – en el sentido más noble de la palabra – que se interesó en una amplia gama de temas y que no merecía el juicio despectivo que sobre él hicieran en su tiempo el historiador costarricense Carlos Melendez Chaverri y la francesa Marie Laure Rieu-Millán (véase pág. 289 y 290).

7En uno de sus primeros discursos el diputado costarricense llama la atención de los demás diputados: defendió la idea de que los colegios militares debían abrir sus puertas a toda la población y no sólo a los nobles. Convencido que estas instituciones educativas se sostenían por los aportes financieros de todos los ciudadanos y apoyándose en las ciencias naturales, reclamaba una reforma profunda en la materia. Más tarde, influenciado seguramente por sus lecturas de Tomás de Aquino, se opuso a la idea de que los indígenas americanos pudiesen considerarse como “menores de edad”. Como lo hace notar el padre Benavides, las ideas de Castillo lo llevaron a criticar un artículo de la constitución que disponía que para 1830 quienes quisieran ejercer sus derechos de ciudadanos deberían saber leer y escribir, disposición que Castillo juzgaba inaplicable en el mundo americano donde se carecía de un sistema escolar eficiente. Que haya luchado por abolir la pena de azotes contra los indígenas (págs. 312-314) o por eximir a los indios de los servicios personales que debían prestar a los curas demuestra la distancia que supo tomar hacia los intereses corporativos. No cabe duda incluso de que Castillo estaba convencido de que el retroceso de las culturas americanas se debía ante todo a la conquista española, una aserción que servía también a los intereses de la conciencia criolla que el diputado Castillo no podía completamente ignorar (Véase al respecto el primero capítulo del “Que sais-je” d’Henri Favre sobre “L’indigénisme”, Paris, PUF, 1996). Tras un largo discurso pronunciado el 21 de octubre de 1812, Castillo fue reconocido por sus pares como uno de los intelectuales más comprometidos con la causa indígena, reconocimiento que tuvo como efecto inmediato su nombramiento como secretario de las cortes. Dicho discurso tuvo un eco positivo incluso entre los sectores más burgueses de la sociedad criolla pues fue aprobado por el diputado Antonio Larrazábal de quien sabemos que su identificación con los indígenas se limitaba sólo a la recuperación de la cultura de los aborígenes precolombinos y que su proyecto para el futuro de Guatemala implicaba una total disolución de dicha cultura en la nueva nación americana. Más allá de la cuestión indígena llama la atención la variedad de los temas que interesaron a Castillo: así en junio de 1812 pronunció un largo discurso fundamentado en postulados teóricos para conciliar el respeto a los padres, la libertad de los hijos en el debate que hubo entonces sobre la edad legal para contraer matrimonio, un discurso conservador en el sentido de que no quiso ir más allá de la ley real de 1803 que había puesto bastantes límites a la autoridad paterna (pág. 323-328). Sobre las relaciones entre el Estado y la Iglesia, Benavides Barquero presenta un análisis convincente de la influencia de las lecturas de Florencio Castillo sobre sus ideas resaltando la importancia de las obras de Melchor Cano y de Van Espen. Sin embargo en varios puntos cruciales como el “exequator regio” Castillo asumió posiciones conservadoras conforme a las leyes anteriores a la convocación de las Cortes (véase pág. 369). En el largo debate provocado por el papel de la Inquisición en la sociedad, Castillo se pronunció a favor de la abolición de este Tribunal pero quedo firmes en cuanto a la futura jurisdicción eclesiástica que buscaba liberar de la tutela del Patronato Real. Allí resultan discutibles las conclusiones del autor sobre las convicciones ideológicas del diputado Castillo y según mi propio acercamiento del periodo el autor Benavides Barquero carece de distancia crítica y no toma en consideración las fuerzas sociales – una burguesía criolla bien asentada en el sistema colonial y que se beneficiaba plenamente de una Iglesia pudiente – que supieron “elegir” – de manera muy poco democrática – a sus representantes en Cádiz. De todo lo presentado en el libro parece evidente que Castillo defendía posiciones bastante liberales favorables a ciertas aperturas del sistema colonial – en particular para otorgar dentro de la monarquía constitucional más derechos a las familias de poder de cada ciudad centroamericana – aunque a la vez asumió posiciones conservadores en todos los aspectos tocantes a la fe. Que el padre Castillo haya sido favorable a la prohibición de que los curas diesen azotes a los indígenas, permite ubicarlo dentro de los rangos de estos numerosos funcionarios reales “ilustrados” que llegaron a Centroamérica durante la segunda mitad del siglo XVIII y que tuvieron un papel importante en la formación ideológica de los criollos, los cuales lograron incluso convencer a estos mismos funcionarios de las cosas que se tenían que cambiar en España como la necesaria reforma del sistema universitario (véase en el particular el papel que ha jugado en la Universidad de Salamanca el joven Ramon de Salas y Cortés formado en la Universidad San Carlos de Guatemala). En ese sentido el calificativo de “ilustrado” que emplea el padre Benavides Barquero (pág. 382) no me parece equivocado aunque pienso que se le podría añadir el de “conservador reformista” como se usa a veces en el caso de Gaspar de Jovellanos.

8Otro tema estudiado por el autor son los aportes del diputado Castillo en la formulación de la Constitución (pág. 391-513). El punto, quizás más debatido entre los congresistas fue el de la ciudadanía de las castas (artículo 22), debate tergiversado por la voluntad de los diputados peninsulares de dejar América con una representación escasa. Lógicamente Castillo estuvo muy comprometido junto con los demás representantes americanos para que las castas recibiesen el derecho a ciudadanía en igualdad con los españoles. Aunque el voto final resultó negativo, Castillo tuvo la posibilidad de presentar una propuesta de decreto para facilitar el acceso a la Universidad, Colegios y órdenes religiosas por parte de las castas la cual fue aceptada y votada. El autor logra convencernos de que el diputado quiso participar en la redacción de varios artículos con propuestas argumentadas, actitud política opuesta a la del diputado José Antonio López de la Plata favorable a los intereses de las familias de poder de Nicaragua. Además, uno adquiere la convicción que Castillo jamás trabajó por la Independencia de América sino por la consolidación de un sistema monárquico constitucional. Incluso se mostró bastante activo en defensa de los méritos de los soldados de su provincia que fueron enviados a Nicaragua para apaciguarla y con ello mantener fiel al rey la región centroamericana.

9En el capítulo cuarto (pág. 515-569) se presentan los proyectos específicos que el diputado presentó en defensa de Costa Rica: la apertura del puerto de Matina en la Costa Caribeña con una exención de impuestos por diez años para habilitar el camino de acceso, el libre comercio con Las Filipinas aunque sin abrirlo por completo al mundo atlántico, la denuncia de los monopolios, la creación de un Obispado para Costa Rica. El siguiente capítulo, muy breve, insiste – sin convencer – en la dimensión “centroamericanista” de la actuación del padre Castillo: unos pocos proyectos defendidos en favor de los nicaragüenses y hondureños buscan acreditar la idea de que el diputado costarricense intentaba balancear el poder de la ciudad de Guatemala mediante el fortalecimiento de las otras ciudades centroamericanas. En el capítulo sexto se resalta las funciones que desempeño el diputado en la organización interna de las Cortes.

10El libro se cierra con el viaje de regreso de Castillo a América tras la vuelta al poder de Fernando VII. Sin arriesgarse demasiado, debido a la debilidad de los estudios sobre la participación del diputado Larrázabal en las Cortes, Benavides Barquero considera que la diferencia de tratamiento por parte del rey entre el primer diputado que fue encarcelado y Castillo que fue premiado con una dignidad en el cabildo eclesiástico de Oaxaca se debe a la circulación en España del proyecto constitucional de los guatemaltecos bastante inspirado por la Déclaration des Droits de l’Homme et du Citoyen de la Asamblea Nacional francesa. Resalta también la diferencia de estilo entre los dos hombres ya que Larrazábal era más exaltado mientras que Castillo era más consensual. Por fin, la situación económica bastante precaria del padre Castillo y, quizás, la relación con el diputado mexicano Miguel de Lardizábal y Uribe explican porqué Castillo pidió y obtuvo este nombramiento de canónigo del rey el 13 de septiembre de 1814.

11En fin este libro representa un aporte notable pero la publicación en una editorial académica pasando por un proceso de evaluación riguroso hubiera permitido evitar los numerosos problemas subrayados en esta reseña.

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