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AFEHC : articulos : Ilustración, elites coloniales y procesos políticos en Costa Rica: de la colonia a la Independencia (1705-1824) : Ilustración, elites coloniales y procesos políticos en Costa Rica: de la colonia a la Independencia (1705-1824)

Ficha n° 3885

Creada: 11 febrero 2015
Editada: 11 febrero 2015
Modificada: 20 febrero 2015

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Autor de la ficha:

Eduardo MADRIGAL MUÑOZ

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Ilustración, elites coloniales y procesos políticos en Costa Rica: de la colonia a la Independencia (1705-1824)

Con el fin de reseñar los alcances del pensamiento ilustrado en la Costa Rica colonial, el presente artículo lleva a cabo, en primera instancia, un análisis de los trabajos más descollantes que se han escrito sobre el tema para la Hispanoamérica y la Centroamérica del período. En segunda instancia se va dando seguimiento, a través de diferentes fuentes, al avance de estas ideas en la provincia de Costa Rica, desde el inicio de la dinastía borbónica hasta el proceso de Independencia. Para ello, se sigue su huella en las políticas monárquicas de persecución al contrabando, control de la población, desarrollo de la educación, la medicina y las políticas de salud pública, la producción intelectual de los ilustrados costarricenses, la cultura letrada, y la existencia de elites políticas ilustradas en el período colonial tardío y de Independencia.
Palabras claves :
Ilustración, Elites coloniales, Independencia, Reformas Borbónicas
Autor(es):
Eduardo Madrigal Muñoz
Fecha:
Diciembre de 2014
Texto íntegral:

1

I.

2La difusión de la Ilustración en la Costa Rica colonial es un tema en realidad poco estudiado. Pese a que ha sido tratado a nivel centroamericano, para la provincia en específico el tema nunca se ha abordado con decisión y esto es así definitivamente por una razón determinante: la parquedad de las fuentes. De manera directa no se menciona casi nada relativo al tema en los documentos, que parecen hablar de todo menos de las ideas que eran punta de lanza mundial y que se volvían más y más dominantes en la época, hasta que llegarían a serlo totalmente durante el período independiente. Esto, naturalmente, tiene dos explicaciones de tipo social. En primer lugar, como la colonia pequeña, marginal y periférica que era, Costa Rica en realidad siempre distó mucho de ser un centro en el que se desarrollara una discusión política e intelectual de fuste en el contexto de los procesos mundiales que empezaron a dar origen a toda una nueva forma de ver la sociedad a partir del siglo XVIII. Luego, no cabe duda de que las ideas ilustradas francesas eran percibidas como una amenaza en el Antiguo Régimen español, deseoso de preservarse sin cambios para resistir a las amenazas externas, sin hacer ninguna concesión que pudiese prestarse para abrir el menor espacio de actividad a posibles rebeliones internas. Nada más temible para los poderosos que el empoderamiento de las masas…

3Pese a ello, los cambios mundiales se daban y lanzaban ya una sombra que se cernía revolucionaria sobre las viejas estructuras del Antiguo Régimen, el cual comenzaba a dar señales de agotamiento y que, de hecho, poco después se dio a colapsar. ¿Qué pasó, pues, en aquel apartado rincón del Imperio Español? ¿Hubo alguna influencia de estos procesos, que llevaron al triunfo de esta escuela de pensamiento, en tan remotas tierras? ¿Cuál fue el papel jugado por las ideas de los filósofos de la Revolución Francesa en el conjunto de esta sociedad? ¿Y de los ilustrados españoles? ¿Qué reacción tuvieron ante esto sus elites coloniales, dominantes desde hacía ya siglos? ¿Fueron estas ideas usadas por diferentes grupos en el contexto de sus luchas y acciones a favor de sus intereses, en esta pequeña, periférica y soslayada provincia en los momentos críticos del ocaso del Imperio Español? Y sus demás sectores sociales, ¿se vieron afectados? De manera interesante, estas son preguntas que la historiografía raramente ha enfocado de esta forma. Creemos que es posible constatar, a través de un estudio histórico, el desarrollo en Costa Rica de un proceso que extiende su influencia aún en la actualidad. Vale la pena entonces emprender una reflexión histórica sobre ello.

II.

4 Por largo tiempo, la llegada de la Ilustración a las tierras de la monarquía hispánica – tanto a las europeas como a las de ultramar – ha sido un tópico importante en la historiografía latinoamericanista. De hecho, su estudio ha estado ligado fundamentalmente a tres temas: la Ilustración en sí, como movimiento filosófico; la influencia de esta en las Reformas Borbónicas del siglo XVIII y, por último, su influencia en la Independencia.

5De hecho, en la historiografía de Costa Rica la Ilustración ha sido ligada fuertemente a los procesos de Independencia. Por ejemplo, el historiador Ricardo Fernández Guardia, fiel representante de la historiografía liberal costarricense, liga a la Ilustración con el movimiento independentista. En su conocida obra “Cartilla Histórica de Costa Rica” (1909), libro de uso escolar y de gran influencia en los textos similares de épocas subsiguientes, Fernández Guardia dice:

6“Las ideas generosas y humanitarias propagadas por los grandes filósofos europeos del siglo XVIII, hicieron comprender a los pueblos oprimidos por los monarcas absolutos, cuáles eran sus naturales y legítimos derechos. (…) En la América española los hombres pensadores, animados por las nuevas ideas y el ejemplo de los Estados Unidos de Norte América, que habían proclamado su separación de Inglaterra el 4 de julio de 1776, soñaban con sacudir el yugo de la dominación española e implantar en su patria un régimen de libertad y de progreso1 […]”

7Tal visión de cosas sería luego retomada por este historiador también en su obra “La Independencia” (1928), en la cual afirmaba:

8“Las ideas nuevas esparcidas por los grandes pensadores europeos del siglo XVIII, la independencia de las colonias británicas que se dieron el nombre de Estados Unidos de América y la Revolución francesa, despertaron anhelos de libertad en los hombres ilustrados del imperio americano descubierto, conquistado y colonizado por España2 […]”

9Otro historiador costarricense, Carlos Meléndez, también de gran influencia en los textos escolares del país, de algún modo reprodujo estas ideas en su conocida “Historia de Costa Rica”, cuando –refiriéndose a los efectos de la invasión napoleónica a España en 1808- escribiera precisamente que fue “al influjo de las ideas de los enciclopedistas y del mismo Rousseau, [que] empezóse a hablar en todas partes de reasumir la soberanía por estar roto el pacto social3.” En la misma obra, Meléndez también afirmó que los procesos que siguieron en España y América motivarían a “algunos espíritus progresistas y rebeldes”, es decir, de algún modo influenciados por ideas ilustradas, a acariciar idearios de libertad4.

10Desde las épocas de oro de estos autores, mucha agua ha corrido bajo los puentes historiográficos y, al calor de nuevos enfoques de la Historia, la Ilustración como movimiento filosófico y político ha sido sometida a intenso estudio. Más recientemente, el pensamiento ilustrado ha sido visto como parte fundamental de un proceso de modernización política y, en tanto tal, como un factor íntimamente ligado, de todos modos aunque no de manera automática, a los procesos emancipatorios y de construcción del Estado, de manera que nuevas preguntas han sido planteadas sobre él.
Ya desde 1972 el alemán Horst Pietschmann planteó que en el siglo XVIII, España llevó a cabo un proceso de adopción de ideas ilustradas desde una tradición eminentemente nacional y católica5, que la alejó y la distinguió netamente del universalismo de la corriente francesa6. Partiendo de esto, la Ilustración hispánica en realidad no se dirigió sino a elaborar pensamiento, con el fin de encontrar la manera más racional para tomar las medidas que condujesen a España recuperar su anterior esplendor como potencia mundial. Por esto mismo, la Ilustración hispánica fue un movimiento fuertemente politizado y de motivaciones prácticas, muy particularmente dirigidas a la reactivación económica del imperio. Además, tal proyecto debía apoyarse en un Estado fuerte y reorganizado, que tomara el liderazgo del proceso, por lo que las medidas de cara a su realización fueron también reformas políticas, tendientes a fortalecer el Estado monárquico.

11Con todo, este autor niega que las medidas tomadas hayan sido ninguna novedad en la época, y más bien afirma que representan en todo una continuidad con el pensamiento que había venido siendo desarrollado en España desde los siglos XVI y XVII, y que sólo se diferenciaban de lo elaborado en siglos anteriores en que el pensamiento del XVIII era más proclive a la planificación racional y a la liberalización económica, frente al apabullante intervencionismo regalista de los siglos precedentes7.

12El estadounidense Colin M. McLachlan, por su parte, atribuye este cambio al paso de un modelo filosófico mercantilista a uno fisiocrático en la España dieciochesca, en el cual se sustituía la justificación espiritual de la autoridad – predominante hasta entonces- por una justificación material, que se basaba en la utilidad económica del gobierno monárquico8. Esto hizo pensar que la función del Estado era velar por el bienestar de sus súbditos a través de la promoción de la producción y la prosperidad económica. Había en esto, indudablemente, claras influencias de la Ilustración francesa. Sin embargo, McLachlan postula que, más que provenir mecánicamente de Francia, estas ideas tenían una larga cauda de antecedentes en el pensamiento hispánico al menos desde el inicio del siglo XVIII.

13McLachlan concuerda con Pietschmann en que, con la toma de medidas reformistas ilustradas, la corona española pretendía sacar más provecho de su imperio atacando la corrupción y el contrabando, cosas ambas que habían sido propuestas por múltiples pensadores y políticos ilustrados españoles. Por demás, estos mismos personajes se habían referido a los problemas acarreados por temas como el arcaísmo de las estructuras dominantes en el imperio que impedían, por ejemplo, que los indígenas se convirtieran en verdaderos factores de producción. Otros temas, tales como un sistema de impuestos regresivo y empobrecedor, una mala organización administrativa, la existencia de grupos de poder parasitarios, la falta de industria y comercio, y el problema de las poblaciones empobrecidas y dispersas, entre otros, fueron también asuntos señalados por los ilustrados españoles. Además, en Hispanoamérica tales ideas fueron promovidas por la publicación de periódicos.

14Y el asunto clave en estas discusiones era que el planteamiento de base de todos aquellos que señalaban estos asuntos era que todos ellos debían ser resueltos por el Estado, con el fin de traer la prosperidad. Esto implicaba que el Estado monárquico debía volverse más fuerte, pero a la vez más racional, por lo que fue natural su tránsito hacia una versión racionalizada de la monarquía que se conoce como “Despotismo Ilustrado”. Esta evolución llevó a una mayor racionalización de la administración que desembocó, por ejemplo, en la creación de las secretarías de Estado bajo el reinado de los Borbones. Además, con este cambio, el Estado se volvió un ente evaluable en razón de sus resultados por lo que, en consecuencia, fue sobre esa base que en adelante comenzaron a plantearse las exigencias de los súbditos. Como consecuencia, se operó toda una despersonalización de la administración y se adoptaron valores modernos por parte de las nuevas generaciones de administradores, imbuidos de la nueva ideología, los cuales se convirtieron en verdaderos “ejecutivos intelectuales” del nuevo reformismo ilustrado. Por ende, el estilo de funcionamiento político de la monarquía española se inclinó, según este nuevo enfoque, a la aplicación de criterios racionales para lograr fines – es decir, hacia una verdadera racionalidad instrumental -, fines que consistían, en este caso, en la consecución de la prosperidad y en la reproducción del poder en el imperio.

15Con todo, estas transformaciones se llevaron a cabo siempre con la confianza en la capacidad del Estado monárquico para lograrlas. El ejercicio del poder debía tornarse, entonces, vertical y uniforme9. Empero, esto llevó a los reformadores a chocar con los usos establecidos desde períodos anteriores, los cuales giraban en torno a los privilegios, los balances de fuerzas, las políticas de consenso y los ajustes continuos, para no mencionar el poder de los funcionarios ya entronizados. Todo esto fue producto, entonces, de una ideología que pretendía cambiar el mundo por decreto, literalmente. Sin embargo, el fracaso de tal proyecto fue inevitable por la imposibilidad de cambiar de golpe lo que siglos enteros habían enquistado ya desde muy atrás10.

16Además de los anteriores autores, otras voces se han hecho oír, en el concierto historiográfico, para brindar su interpretación sobre la difusión de ese fenómeno llamado pensamiento ilustrado en el mundo hispánico de la Edad Moderna. El británico John Lynch también ha propuesto que las ideas ilustradas implicaron la puesta a punto de severas transformaciones en el mundo colonial hispanoamericano. Estas transformaciones empezaron por una amplia racionalización de la economía a través de medidas de comercio libre, contrarias a la política de monopolios que caracterizaba a la corona española hasta entonces, cosa que tenía como trasfondo el proyecto geopolítico español de expulsar a Inglaterra de sus dominios y competir con ella como potencia colonial de talla mundial. Fue en este contexto que fructificaron medidas como la emisión del Reglamento de Comercio Libre (1778) y la consecuente abolición del sistema de flotas, así como la eliminación de los monopolios comerciales de Cádiz y Sevilla, y la promoción del comercio intercolonial que esto trajo11. Habría sido en este caldo de cultivo, entonces, donde fructificaron las ideas ilustradas, pues el nuevo entorno fue producto de estas, pero también abrió la puerta para que estas formas de pensamiento político hicieran su irrupción en la Hispanoamérica colonial.

17Además de lo anterior, para Lynch, estos procesos implicaron, del mismo modo, una racionalización de la política a través de una reforma institucional que apuntaba a lograr una mejor administración del imperio. Ello se manifestó en la creación de nuevas instituciones como las Intendencias en 1785, entre otras cosas. Con todo, el cambio también generó resistencias de parte de los sectores hispano-criollos que perdían con él parte de su poder, por lo que se planteó que las reformas debían realizarse únicamente dentro del marco de la monarquía y de la sociedad corporativa del Antiguo Régimen, sin alterar sus estructuras fundamentales. Fue por ello que el proceso hubo de llevarse a cabo en un marco consensual y, podríamos decir, “de compromiso” entre el viejo y el nuevo orden, que desembocó en la puesta a punto de lo que ya hemos llamado un “Despotismo Ilustrado”.

18De esta forma, se vivió en Hispanoamérica todo un florecer de las ideas racionalistas el cual, sin embargo, fue aprovechado por los sectores criollos dominantes para salvaguardar sus intereses. Tales intereses consistían mayormente, según Lynch, en ganar poder político y libertad económica, impidiendo a la vez el cambio social, para lo cual era necesario a estos grupos mantener la monarquía y canalizar cualquier innovación únicamente a través suyo. De esta forma, se establecía una ingente tensión entre las elites coloniales hispanoamericanas y el poder imperial, a la vez que se tejía una clara colusión de intereses entre los dos poderes, cosa que se explica, además, debido al hecho de que las elites coloniales necesitaban de los mercados y la protección militar que la corona podía proporcionarles.

19Así, en su tensión con el poder imperial, los grupos dominantes hispano-criollos se mantuvieron fieles a España sólo mientras esta pudo garantizarles el sostenimiento de sus intereses principales: la protección militar y los mercados seguros para sus productos de exportación. Al perderse estas dos posibilidades, la ruptura se produjo inevitablemente. Con ello, cuando se volvió claro que iba a ser imposible sostener el orden colonial, el criollaje hispanoamericano descontento hubo de optar por un modelo que llevase a la revolución política, pero que impidiese al mismo tiempo la revolución social.

20Por otra parte, enfoques más recientes sobre la materia han tendido a interpretar el reformismo ilustrado como el inicio de un proceso de modernización política que, por circunstancias contingentes, iría poco a poco derivando hacia lo sucedido durante y después de los procesos de Independencia.

21Por ejemplo, François-Xavier Guerra ha señalado que el proceso de adopción de las Luces en los reinos coloniales hispanoamericanos fue liderado principalmente por sectores criollos descontentos que clamaban por una mayor autonomía política y libertad comercial frente a la metrópoli, lo que los llevó a adoptar un concepto de soberanía centrado en la nación antes bien que en el rey. De esta manera, el principal interés de estos grupos se orientaba a empoderar la estructura política del Nuevo Mundo, pero sin romper con la monarquía12.

22Esta visión de cosas, matriculada con el cambio y tendiente a conceder a los criollos más autonomía política y comercial, pero sin sacrificar el vínculo con la Metrópoli, es llamada por Guerra el “constitucionalismo histórico”. Tal visión está íntimamente ligada a una nueva concepción de lo político, la cual renunció a la vieja idea de la monarquía como cuerpo místico con una cabeza visible que era el rey, para sustituirla por otra, que se desarrolla a lo largo del siglo XVIII, en la que el soberano lo era en virtud de un pacto existente entre él y su pueblo, que era quien, en última instancia, le concedía la soberanía. Tal corriente es conocida con el nombre de “pactismo”.

23Guerra propone que durante el siglo XVIII se fue desarrollando una cada vez mayor tendencia al centralismo monárquico del poder, al individualismo y a la aparición de nuevos espacios de sociabilidad, más asociados con los conceptos de sociedad civil, opinión pública y racionalidad, que caracterizan al Estado Moderno. En este contexto, surgió la tendencia hacia el constitucionalismo pues si el rey era el único actor social de la época que no estaba sujeto a una constitución como los demás cuerpos sociales de este tiempo, la reivindicación ilustrada se orientó a que debía existir también una “constitución de la monarquía”.

24A raíz de estas elaboraciones filosófico-políticas, surge en esta época un nuevo enfoque de la monarquía, que viene a coincidir – y esto no es cuestionado por Guerra – con lo que ya hemos denominado Despotismo Ilustrado. Esta nueva forma de ver la monarquía puede ser entendida como la confianza por parte de los sectores reformistas de la España ilustrada, de que se podían hacer reformas políticas racionalistas y modernizadoras de la mano con y siempre sin salirse del contexto de la monarquía. Esto implicó toda una serie de esfuerzos de la corona por racionalizar la administración de sus dominios, pero sin transformarse en su esencia ni, mucho menos, generar un cambio social profundo que implicase una democratización de la sociedad. De este modo, si en la España ilustrada se generó una tendencia política hacia la representación democrática, esto sólo se hizo en respuesta a la invasión francesa de 1808, y prácticamente como una medida extrema ante la gravedad de los hechos acaecidos entonces.

25Dentro de este contexto, la verdadera adopción de las ideas ilustradas francesas en Hispanoamérica fue el resultado, en primer lugar, de la quiebra de la monarquía como consecuencia de la abdicación de Bayona pero, en segundo lugar y de manera más determinante al otro lado del Atlántico, de que las autoridades vigentes en la España peninsular no quisieron aceptar que los territorios americanos eran reinos españoles de ultramar, en el mismo nivel de los reinos de la Península, como había sido desde el tiempo de los monarcas de la casa de Habsburgo, y les reservaron un trato de simples colonias. De esta manera, cuando ambos factores de conflicto se sumaron – y no antes -, fue que se produjo verdaderamente la adopción de las ideas francesas de soberanía, igualdad, nación, representación, constitución, elecciones, etc., por contraste con el Despotismo Ilustrado y el constitucionalismo histórico, hasta entonces vigentes.

26Por otra parte enfoques más recientes, más centrados en valorar las categorías simbólicas de la cultura política colonial, y orientados a buscar las raíces de las medidas ilustradas en sus antecedentes premodernos, se han pronunciado también y han dado un vuelco radical a las interpretaciones brindadas hasta ahora. La historiadora francesa y discípula de Guerra, Annick Lempérière, ha afirmado que, tradicionalmente, las Reformas Borbónicas han sido vistas como el resultado de la influencia de las Luces en los dirigentes españoles y como la expresión de los progresos del Estado Moderno bajo la forma de una centralización del absolutismo, por lo que trajeron un recrudecimiento del sistema colonial en el control político y la explotación económica13. Sin embargo, para esta autora, esto no es más que una visión tradicionalista del proceso, pues propone que en realidad, lo que sucedió fue lo contrario: más bien, las Reformas Borbónicas vinieron a reafirmar la constitución corporativa de la monarquía, la cual consagraron. De esta manera, si el reformismo borbónico reivindicó los derechos del rey (las conocidas “regalías”) fue sólo sobre la base de la estructura corporativa del Antiguo Régimen. Por ello, Lempérière plantea que sería falaz afirmar que con las Reformas Borbónicas el Estado se centralizó y entraron Las Luces francesas a la Hispanoamérica colonial, cosa que respondería a una interpretación simplista y teleológica de la historia.

27En realidad, y de manera muy distanciada de la visión tradicional, lo que los ilustrados españoles típicamente enfocaban no eran las ideas francesas, sino lo que podríamos llamar los “males sociales” de la sociedad de su época, los cuales giraban en torno a temas como la educación, la caridad, la mendicidad, etc. En consecuencia, si en algo impactaron las ideas ilustradas implantadas entonces, fue únicamente en aspectos como la policía de los pueblos, la iglesia, la moral, la beneficencia y la educación, temas todos que si muestran verdaderamente la influencia de la Ilustración en las reformas.

28De esta manera, las Reformas Borbónicas no se dirigían en modo alguno a purgar los vicios del Antiguo Régimen modernizándolo a través de la razón, sino a conseguir los recursos necesarios para financiar mejor las guerras por la hegemonía geopolítica en que se hallaba inmersa España, y a hacer un último y desesperado esfuerzo por sostener la posición de potencia mundial de una España que, sin estar en ningún modo empobrecida, ya se empezaba a ver, sin embargo, sobrepasada por el poderío de la Inglaterra industrial. A raíz de ello, la vieja idea de la soberanía mística del rey vino a ser poco a poco sustituida por un sistema más “administrativo”, y empezó a caminar hacia valores más secularizados y modernos, pero siempre para justificar los fines ideológicos y geopolíticos del Antiguo Régimen.

29De esta manera, lo que hicieron los reformadores no fue construir un Estado Moderno, sino llevar el Antiguo Régimen hasta sus últimas consecuencias y, si redefinieron sus valores, fue para preservar lo viejo, con lo cual fueron caminando hacia una mayor modernidad política, pero de manera casi inconsciente, y más bien coincidente con el enfoque del Despotismo Ilustrado que hemos comentado. Es decir: una Ilustración sin dejar el despotismo, pero en ningún modo la Ilustración francesa de tinte revolucionario.

30Así, las cosas para Lempérière, las Reformas Borbónicas no fueron sino una estrategia concebida por la corona española para resistir la competencia de la Revolución Industrial Británica. En este contexto, esta autora niega que el Estado monárquico absolutista de la época se haya centralizado y que a través suyo entraran a implantarse las ideas ilustradas. Antes bien, Lempérière afirma que se profundizó el absolutismo, apoyado en la división de la sociedad en corporaciones sociales, y que se consolidó con ello el sistema colonial. Con esto, lejos de desaparecer, el corporativismo social del Antiguo Régimen en realidad se renovó y reinventó, construyendo nuevas tradiciones, por lo que mostró un gran dinamismo en este tiempo.

31Por supuesto mucho se ha escrito sobre la Ilustración en otras regiones de Hispanoamérica, pero para Centroamérica hay relativamente poco, y la mayoría de lo que se ha escrito sobre el tema, se ha hecho para la provincia de Guatemala. Podemos citar los aportes de varios autores.

32Sin duda alguna, el más connotado de todos los investigadores que han escrito sobre la difusión del pensamiento iluminista en el reino colonial de Guatemala es el norteamericano John Tate Lanning14. En su ya clásico estudio sobre la Universidad de San Carlos de Guatemala en el período ilustrado, este autor estudia a fondo los cambios en la cultura académica que se operaron a raíz de la llegada de las ideas iluministas a la universidad en temas como la enseñanza de las ideas filosóficas, la medicina, la ciencia, el latín, las lenguas indígenas y el derecho, que eran temáticas tradicionales en las universidades desde la Edad Media. Así mismo, el autor discute el efecto en la academia de las controversias en torno a los cambios políticos del siglo XVIII y frente al problema de la invasión francesa. En suma, Lanning nos presenta un panorama profundo del paso de una universidad de ideas y esquemas esencialmente medievales a una de planteamientos modernos en San Carlos de Guatemala.

33Con todo Lanning concuerda con otros autores que hemos comentado en que todo este proceso se dio siempre dentro de los márgenes de una tradición intelectual fuertemente hispana, deseosa de revitalizarse a sí misma. Niega entonces que España y sus colonias estuvieran en modo alguno aisladas ni mucho menos privadas de participar en la evolución de las ideas en la sociedad occidental como un todo – que en la época se dirigían inequívocamente hacia Las Luces -, y muestra un panorama en el que se vivía una gran vitalidad intelectual y creativa, con el que el mundo hispánico se posicionaba claramente en los senderos filosóficos de su tiempo.

34Incluso, este autor exalta lo adelantados que estaban los hispanos de este lado del Atlántico en ciertos temas, al punto de afirmar que no tenían que ir a Europa para estudiar y estar al día con las ideas predominantes en la época. Del mismo modo, niega que la política española de la época estuviera diseñada para impedir la expansión del conocimiento15, y afirma que incluso se autorizaba la lectura de libros prohibidos16. Además, ahuyenta la idea tradicional de que la censura eclesiástica impedía el “progreso” en los reinos españoles afirmando que, para esta época, la Inquisición estaba en decadencia, y antes bien la iglesia estimulaba la llegada de la Ilustración a tierras americanas. Con ello, atribuye el atraso en la cultura académica existente en el período que estudia al empobrecimiento traído por las guerras y la decadencia del comercio, cosas ambas que se agravaban a medida que los tiempos coloniales tocaban a su fin. Así, el conservadurismo retardatario que podría detectarse en la sociedad colonial y que se oponía a las nuevas corrientes, afirma, no provino de la academia, sino más bien de las filas de la vieja elite colonial, deseosa de preservar el orden establecido. De la misma forma, también el independentismo radical vino de otras fuentes sociales, de manera que la universidad no fue patrocinadora ni de una ni de otra tendencia. Incluso, parece visible que la Independencia más bien afectó a la universidad, lejos de beneficiarla, lo cual abonaría a la idea de que la visión de la institución fue siempre desarrollar un iluminismo nacional hispánico, dirigido a conservar el poderío colonial.

35Siempre en lo relativo a la difusión de la Ilustración en Centroamérica, a inicios de la década de 1970, el costarricense Carlos Meléndez dedicó un libro al seguimiento del tema en el Reino de Guatemala. En él, el autor lleva a cabo una semblanza del contexto en el cual llegaron las ideas ilustradas al reino, así como de los procesos en los que estas se difundieron y desarrollaron en espacios como las universidades y seminarios, la Sociedad Económica de Amigos del País y el periodismo ilustrado de Guatemala, entre otros, reflexionando también sobre la influencia de las ideas iluministas en la Independencia, así como sobre las resistencias habidas contra su expansión17.

36 En su obra, Meléndez señala que, en el reino de Guatemala, la Ilustración en realidad no fue introducida sino por la influencia de la propia corona española, correspondiendo entonces a lo que se conoce como el “Despotismo Ilustrado18.” Además, el movimiento se difundió mayormente desde los centros urbanos, de manera que fue un asunto más propio de las elites que de los sectores subordinados de la sociedad colonial. También, los empleados reales (gobernadores, capitanes generales, oficiales militares), así como el alto clero y ciertos individuos particulares, jugaron un papel destacado en la difusión de Las Luces, todo ello con la ayuda de la imprenta, que contribuyó a difundir las ideas filosóficas a través de la publicación de libros y periódicos19.

37 Además de esto, las altas autoridades coloniales del siglo XVIII empezaron a poner en marcha medidas ilustradas tales como la racionalización de la administración, y el estímulo a la agricultura, la educación y la medicina (a través, por ejemplo, de campañas de vacunación, etc.). Con todo, el pensamiento iluminista siguió siendo un fenómeno de minorías, nada democratizador y básicamente impulsado desde arriba, que por lo tanto se mantuvo siempre en coincidencia con el despotismo real20.

38A la par de lo anterior, el tema de las reformas ilustradas – patentizadas en el controvertido proceso de las Reformas Borbónicas – también ha sido desarrollado para el caso del antiguo Reino de Guatemala. El costarricense Juan Carlos Solórzano ha propuesto que las Reformas Borbónicas en Centroamérica se dirigieron a varios objetivos concretos como eran: mejorar el cobro de impuestos, intensificar la defensa frente a potencias coloniales enemigas como los ingleses, implantar el sistema de Intendencias con el fin de reemplazar a los poderes locales – estimados como corruptos -, limitar el poder de la iglesia (proceso en el que jugó un papel central la expulsión de los jesuitas en el año de 1767), así como promover el comercio directo entre España y América21.

39Por su parte, la también costarricense Seidy Araya Solano ha recopilado una valiosa antología con ensayos y otros textos literarios de numerosos ilustrados centroamericanos, en una obra que brinda un panorama bastante completo acerca de lo que eran estas ideas en el Reino de Guatemala, aún después de la Independencia22. En su recopilación Araya nos muestra que el ambiente intelectual de este tiempo estaba fuertemente marcado por la intención de reformar la sociedad, con el fin de extraer mejores beneficios del imperio. Ilustrados centroamericanos como el costarricense José Antonio de Liendo y Goicoechea, o los guatemaltecos Pedro Molina y José Cecilio del Valle se orientaron en esta dirección y se dirigieron a abordar temas tradicionales de la Ilustración hispana tendientes a mejorar la sociedad, como fueron la instrucción pública, el combate a la mendicidad y la obra de Matías de Gálvez.

40Finalmente, el historiador francés Michel Bertrand, ha aportado también una reinterpretación interesante acerca de la llegada social y de la forma de insertarse de las ideas de la Ilustración en las sociedades coloniales tardías. Con sus estudios acerca del papel político de los grupos sociales y a través de un enfoque de prosopografía y redes de sociabilidad, Bertrand ha negado el viejo concepto según el cual por mucho tiempo se entendió la conflictividad entre criollos y peninsulares existente durante la colonia tardía como causa de la Independencia. En su lugar, este historiador ha propuesto que ambos grupos estuvieron estrechamente unidos en una verdadera colusión de intereses, la cual se veía expresada principal pero no únicamente a través de estrechas relaciones de parentesco. Como resultado, criollos y peninsulares constituyeron “frentes de familias” – retomando las palabras de Giovanni Levi – que se opusieron a todo intento de reforma que viniese de la corona y que tuviese el potencial de afectar sus intereses. Así, el clásico tema de la conflictividad existente entre estos dos grupos merece ser seriamente revisitado como idea23.

41Sin embargo, lo más valioso del enfoque de Bertrand en relación con el tema que nos atañe, es que este autor también ha propuesto que los diferentes grupos que se enfrentaban en la Guatemala tardo-colonial – objeto principal de sus estudios -, se ampararon a ciertas instituciones y posiciones políticas que luego fueron configurando los bandos tradicionales que lucharían entre sí a lo largo del siglo XIX (los conocidos “liberales” y “conservadores24”). Partiendo de esto, lo que más interesa a nuestro tema es que Bertrand propone que tales grupos se enfrentaron cobijados en buena medida por posiciones políticas que confrontaban, por un lado, la posibilidad de reformar la sociedad y llevarla hacia la construcción de un espacio público moderno – muy dentro de la línea ilustrada – con, por otro, la de negar la validez y viabilidad de este cambio y reivindicar, más bien, un afán por continuar reproduciendo el orden colonial. Podemos concluir, entonces, a partir de este enfoque, que la adopción de las ideas ilustradas parece haber respondido a pleitos estratégicos de bandos que luchaban por sus intereses materiales en circunstancias concretas, antes que a un proceso puro y perfecto de evolución de las ideas, que debiera naturalmente haber llevado a un cambio político.

42Así, habida cuenta de los aportes brindados por tan notable bibliografía, en resumen, podemos concluir varias cosas. En primer lugar, resulta visible que siempre existe un ligamen entre Ilustración, Independencia y Estado Moderno, pero ese ligamen no es el que tradicionalmente se ha pretendido ver: la fundación de un Estado Moderno en la Hispanoamérica colonial prácticamente avant la lettre, y casi de manera teleológica, donde lo anterior debía ocurrir ineluctablemente para que pasara lo que seguiría: la Independencia y la aparición de la sociedad nacional. Esta no sería sino una visión teleológica de la Historia en la que se busca exaltar y legitimar al Estado Moderno, como la máxima y mejor forma de organización a que pueden los humanos aspirar25.

43En realidad, todo parece indicar que – ciertamente – estamos hablando del inicio de un proceso de modernización de la monarquía, pero que fue un proceso que, lejos de traer un nuevo sistema, antes bien aspiraba a perpetuar el viejo. Tal proyecto, sin embargo, no pudo sostenerse ante los vientos de cambio que soplaban en la época y después, debido a circunstancias inesperadas (la invasión francesa de 1808 y la abdicación de los reyes en Bayona), se convirtió en un vuelco hacia la Independencia.

44Fue esta, entonces, una Ilustración modernizadora, pero enteramente fiel a la idea de reformar la monarquía no para eliminarla sino, antes bien, para preservarla y llevarla a mayores alturas. Por lo tanto, la Ilustración hispánica fue de carácter nacional, conservadora, católica, alineada con el monarca y aplicada desde arriba, contraria al cambio social, y dirigida a volver estáticas las estructuras sociales del imperio26. En otras palabras, una Ilustración coincidente más bien con el sistema que hemos llamado de Despotismo Ilustrado, el cual buscaba simplemente implementar las nuevas ideas para racionalizar el poder y el orden político, pero sin cambiarlos sustancialmente. Todo para el pueblo, pero nada con el pueblo.

45Además, en lo concerniente a los actores sociales que la promovieron, esta Ilustración estuvo siempre en consonancia con las demandas circunstanciales vigentes de la época, y muy en particular con los intereses concretos de los grupos dominantes. Por ende, más que un movimiento ideológico propiamente dicho, fue el resultado de intereses pragmáticos de sectores hispano-criollos, preocupados por la buena marcha del imperio y por la preservación de su posición dominante en él.

46¿Qué pasó entonces en Costa Rica? ¿Cómo fue pues la provincia más meridional del reino de Guatemala afectada por estos procesos? ¿Fue Costa Rica verdaderamente una colonia ilustrada? Como veremos, estas son preguntas difíciles, pero no imposibles de responder.

III.

47La mayor parte de la documentación del siglo XVIII conservada en los archivos coloniales de Costa Rica en realidad no muestra mayor cosa acerca de los avatares del pensamiento filosófico, a como este podría haberse vivido en la localidad. Decididamente las fuentes no son generosas en lo más mínimo. Incluso, el historiador se siente tentado a tirar la toalla y decir de llano que no se puede hacer casi nada con la documentación que conocemos, a menos, claro, que alguna vez encontremos un documento excepcional que cambie en un todo nuestra manera de ver las cosas…

48Empero, echando una mirada más atenta y casi al microscopio – arañando aquí y allá – al acervo documental, es posible notar numerosas trazas de la presencia de las ideas ilustradas en Costa Rica, las cuales asumieron caretas diversas en diferentes ámbitos y períodos del desarrollo de la sociedad. Desde luego, resulta claro que la Ilustración se vivió en la provincia de una manera bastante pobre y superficial, lo cual se debió claramente a que la Costa Rica de la época era una porción más que marginal, atrasada y empobrecida del Imperio Español, que estaba alejada de las grandes capitales donde se daba la discusión de ideas y, por ende, estas no le llegaban más que de rebote y tardíamente, de manera inevitablemente diluida. Pero eso no quiere decir que no existieran.

49Las reformas ilustradas se sintieron en Costa Rica bajo diversas formas. En primer lugar, a lo largo del siglo XVIII, se hizo notar un reforzamiento del intervencionismo real, tendiente a mejorar el cobro de impuestos, a racionalizar la administración y, en definitiva, a tornar a la provincia (así como al imperio en su totalidad) en una mejor fuente de réditos para la monarquía hispánica.

50Esto condujo en particular a la toma de medidas sobre aspectos como la persecución del contrabando, la cual se nota desde fines del siglo XVII, pero adquiere más fuerza y se vuelve más frecuente desde inicios del siglo XVIII. Ejemplo de ello son los pleitos habidos entre el cabildo de Cartago y los Gobernadores Diego de la Haya y Fernández (1718-1727), José Antonio Lacayo de Briones (1713-1717) y Pedro Ruíz de Bustamante (1717-1718), que se debieron al involucramiento de varios patricios miembros de la corporación en graves casos de contrabando, confrontaciones que a la postre condujeron a la inédita disolución del cabildo de Cartago en 171827.

51La racionalización de la administración y el afán por mejorar la recaudación fiscal fueron sentidas, especialmente en el campo financiero, con la implantación del sistema de intendentes (1785-1787), el cual trajo como consecuencia, al igual que en prácticamente todas las demás jurisdicciones del Imperio Español, que a partir de este tiempo, los gobernadores españoles de Costa Rica adicionaron a sus credenciales el título de subdelegados de intendente, aunque esto en un principio se trató de impedir28.

52La adopción de políticas iluministas tendientes a mejorar la administración del imperio también se reflejó en la toma de medidas tendientes a controlar la población, como lo fueron, en primer lugar, la elaboración de más y más frecuentes censos, y los continuados bandos de los gobernadores coloniales que ordenaban concentrar a la población en núcleos urbanos. De hecho, ha sido documentado que en esta época los monarcas ilustrados mandaron levantar los llamados “censos borbónicos” (no menos de 39 entre 1768 y 1796), los cuales con toda probabilidad fueron muestra de una creciente intención de controlar a la población y de reglar de manera más precisa el cobro de impuestos29.

53 Por otra parte, los intentos por nuclear a la población para así poder ejercer un mejor control político sobre ella y, muy en particular, para facilitar el tema del cobro de impuestos, pueden ser trazados entre los afanes de los gobernadores coloniales (que probablemente traían para ello instrucciones superiores), al menos desde mediados del siglo XVIII. Por ejemplo, en 1777 el gobernador Juan Fernández de Bobadilla (1773-1778) ordenó que los vecinos de Villa Nueva (actual San José), Villa Vieja (actual Heredia) y Esparza que vivieran dispersos en los campos, se concentraran a poblado. El gobernador mostró en ello sus inquietudes ilustradas –tendientes a conseguir un mejor y más ordenado desarrollo económico y político de las poblaciones coloniales- cuando dijo actuar así “por cuanto desde que ingresé en este gobierno, con el objeto del aumento y conservación de las poblaciones de las villas y pueblos de esta provincia, mandé se celase y cuidase por mis lugares30.”

54Siempre en este orden de cosas, el estímulo a la producción, también una típica preocupación ilustrada, fue otra de las preocupaciones del régimen colonial de Costa Rica durante el siglo XVIII. En este ámbito descuella con particular brillo la creación de la factoría de tabacos en 1766 y la concesión del monopolio real del tabaco dado a la provincia por las autoridades reales, a partir de 178731. Vemos en ello el afán ilustrado por desarrollar la economía, con el fin de desarrollar las provincias del imperio, pero también de racionalizar la economía para brindar más y mejores recursos a la Madre Patria para sostener sus reinos y enfrentar a sus enemigos. De hecho, esta política de las autoridades de la Audiencia, según ellas mismas lo decían, estaba siendo impulsada “para poner esta renta en el pie más floreciente32”, y fue promovida con el fin de brindar a Costa Rica una oportunidad de superar la pobreza y falta de actividades económicas que padecía33.

55 De este modo, las autoridades de la Audiencia aprobaron la concesión del monopolio real del tabaco a la provincia en 1787 por ser Costa Rica “la más apta por su situación local para precaver los contrabandos sin costa de la Real Hacienda, [como también por ser la provincia] mejor dispuesta a simplificar y facilitar las conduciones por agua y la más pobre y escasa de comercio y otra especie de industria34”. Se ve entonces, de parte de las autoridades audienciales, la intención de desarrollar la economía de la provincia, así como la también muy típica aspiración de la época de combatir el contrabando, ambas cosas muy propias de las medidas ilustradas.

56 Las autoridades reales se proponían con esto, en general, no sólo promover la agricultura, sino también su enseñanza, lo que evidencia su intención de alentar el desarrollo económico, pero también de brindar insumos educativos a la población, con el fin de transformarla en un agente productivo más eficaz. Esto nos recuerda las ideas de los ilustrados españoles e hispanoamericanos que hacían mucho hincapié, entre otras cosas, en la instrucción pública como camino al progreso. Las autoridades de Guatemala proponían entonces traer las mejores semillas de las regiones productoras más destacadas de la Hispanoamérica de entonces, así como a cultivadores experimentados de esas otras tierras, para que enseñaran a los locales las mejores técnicas productivas. Decían los oidores:

57“Que no obstante que los documentos más auténticos que se han tenido presentes persuaden ser el tabaco de Costa Rica de buena calidad, apetecido en algunas provincias de este reino y en el de Nueva España y Panamá, se pidan a la Habana semillas de las mejores, y de esta isla y la villa de Córdoba y Orizaba en la misma Nueva España, el número de operarios que se estime necesarios a fin de que por uno y otro medio pueda mejorarse la calidad de dicho tabaco enseñando a aquellos cosecheros el modo de cultivarlo y beneficiarlo en las diferentes operaciones que necesita después de cogido35.”

58Además de esto, como es de esperar, la política de las autoridades coloniales también se dirigió a estimular otros ramos productivos y, muy en particular, el intercambio comercial, de modo que se hiciera de la provincia un emporio económico más productivo para el Imperio Español. Un informe del gobernador Tomás de Acosta sobre el puerto de Punta de Arenas (Puntarenas), elaborado en 1804, muestra esta intención de fomentar el comercio. El informe había sido solicitado por la Audiencia –en la persona de Antonio González Saravia, capitán general-, y pedía al gobernador informar

59“sobre el puerto de la Caldera, conocido hoy con el nombre de Punta de Arenas, su fondeadero, buques que pueden entrar, poblaciones inmediatas, caminos, producciones de exportación y todo lo que pueda conducir a un conocimiento positivo de las utilidades que franquea el fomento del comercio36.”

60En este informe, el gobernador Acosta detalla temas como la población, los caminos, las haciendas, las distancias existentes desde el puerto a otros núcleos poblados, los cultivos y las minas existentes en la zona, las posibilidades de desarrollar el puerto con la llegada de barcos mercantes, el comercio exterior y la viabilidad de rehabilitar la ciudad de Esparza (destruida por piratas en 1685) para esto. Es decir, Acosta no hacía sino resonar con las intenciones ilustradas de construir un conocimiento más racionalizado de las posesiones coloniales de España, con el fin de utilizarlo como insumo para impulsar políticas tendientes a desarrollarlas (y explotarlas) mejor.

61Por si fuera poco, para subrayar el talante ilustrado del documento, el gobernador acompañaba todas sus informaciones con un mapa (“carta de dicho puerto que acompaño para la mejor inteligencia de vuestra señoría […]”), hecho que también deja ver la inclinación racionalista de la época, que se sentía obligada a aplicar la razón para construir un mejor conocimiento geográfico, y se manifestaba, por ende, en un afán de elaborar mapas.

62Finalmente, la intención del gobernador era también promover el cultivo del añil – por el que, según decía, sólo dos hacendados de la región se habían interesado hasta el momento-, pero no es sólo esto lo interesante. Acosta añade a su relato también otro elemento característico de las políticas ilustradas de su época: la creación de sociedades económicas locales y privadas, dirigidas al emprendimiento de proyectos de desarrollo económico. En su informe, el gobernador también aclara que los incipientes añileros mencionados no habían podido producir la planta tintórea en gran cantidad, por falta de apoyo, hecho que cambiaría “si estos y otros estuviesen sostenidos por algún cuerpo patriótico o particular pudiente, como sucede en las otras provincias del reino, [de modo que así] se fomentaría más que en ellas los ramos de agricultura y comercio37 […]” Es decir, el gobernador Acosta no cesó en ningún momento de proponer la toma de medidas ilustradas para el crecimiento de la agricultura y otros ramos de actividad en la provincia.
Incluso, no deja de ser importante mencionar que, desde tiempo atrás, se atribuyó a este gobernador la hazaña de haber introducido la semilla del café a Costa Rica – que sería la base económica por antonomasia del período independiente y el monocultivo dominante del país por al menos los siguientes 150 años-, probablemente con la misma idea de promover la agricultura comercial38.

63Además, de lo anterior, la toma de medidas ilustradas también se evidenció con la promoción – o intento de promoción en todo caso – de nuevas políticas de desarrollo y aplicación social de la ciencia por parte de los sectores criollos y por las autoridades hispánicas. Esto se manifestó en particular a través de la realización de intentos de desarrollo de la medicina y de la educación en la provincia. Estas medidas se dirigían, en general y bajo una lógica claramente ilustrada, hacia la beneficencia y el ataque a la pobreza. Ejemplos de esto son las campañas de vacunación emprendidas por el gobernador Acosta entre 1804 y 180639, así como sus intentos de crear un lazareto (que no prosperó), en 180540.

64Otro caso similar es el del siempre deseado aunque siempre postergado proyecto de crear un Hospital San Juan de Dios (que no sería efectivamente abierto sino hasta mucho después de la Independencia). De hecho, la apertura del hospital fue solicitada por el cabildo de Cartago al diputado a Cortes José María Zamora y Coronado, para que este la gestionara ante las Cortes, en el año de 1820. Además, la creación del nosocomio era un proyecto del obispo de León, fray Nicolás García y, según el patriciado cartaginés, ya se tenía para ello todo listo en la iglesia y convento de La Soledad para fundar allí el hospital, pues “en él está fabricada la enfermería, cocina, celdas y demás oficinas necesarias y la Iglesia dicha tiene ya todos los paramentos y ornamentos necesarios para el divino culto y la imagen de San Juan de Dios.” Esto para no mencionar una hacienda de ganado y cantidad de limosnas que se tenían preparadas para financiar el funcionamiento de la institución. De este modo, solicitaba el ayuntamiento que “el señor diputado hará las gestiones correspondientes para conseguir el establecimiento de que esta obra tan piadosa y benéfica sea protegida y autorizada por Su Majestad41.”

65Por supuesto, no podemos hablar de la creación de instituciones de bien social impulsadas por el pensamiento ilustrado sin tocar el tema de la educación. En efecto, esta fue también intensamente promovida por el ilustrado régimen borbónico en Costa Rica. Por ejemplo, el historiador costarricense Juan Rafael Quesada ha señalado que la educación tardo-colonial en la provincia se enmarcó bajo el alero del Plan General de Instrucción Pública de Carlos III (1759-1788), que dio como resultado el establecimiento de escuelas de primeras letras. Estas escuelas, continúa Quesada, utilizaban textos como la cartilla y el catón, los cuales servían eminentemente para enseñar a leer y deletrear de acuerdo a un método silábico. Además, los establecimientos de enseñanza estaban en manos de los cabildos y de la iglesia, y sus maestros, con gran frecuencia, eran frailes. Pese a ello y a la fundación de la Casa de Santo Tomás, sin embargo, según Quesada la llegada de las Luces a Costa Rica fue escasa y en realidad muy tardía42.

66 Con todo, Quesada señala – y lo han apuntado también otros autores -, que antes del reinado de Carlos III ya había escuelas de primeras letras regentadas por los cabildos. Se ha señalado, por ejemplo, que desde 1594 existía ya una escuela en Cartago, que funcionó hasta 162343. También, hemos documentado que, en 1714, probablemente movido por algún celo ilustrado, el gobernador José Antonio Lacayo de Briones promovió que el cabildo de Cartago estableciera una escuela de primeras letras en la ciudad, aunque esta funcionó de una manera en realidad bastante coja44. Del mismo modo, con posterioridad a 1780 y probablemente bajo los influjos ilustrados de la época – y de la férula de Carlos III, claro está -, nuestros archivos conservan recuerdos de que se fundaron numerosas escuelas – y hasta llegó a haber cátedras de gramática y de latín, así como de formación de sacerdotes -, aunque casi todas estas fundaciones fueron ominosamente inestables y tambaleantes. También, los ayuntamientos constitucionales, fundados por las Cortes de Cádiz, promovieron intensamente la fundación de escuelas de primeras letras en sus jurisdicciones45.

67Claro está que, si hay un hito en el tema de las reformas educativas ilustradas en la Costa Rica borbónica, ese tema es el de la creación de la Casa de Enseñanza de Santo Tomás, en 1814. De hecho, el historiador costarricense Paulino González afirma, en su trabajo póstumo sobre la Universidad de Santo Tomás, que el auge de la educación pública a finales del período colonial se debió a la orientación filosófica ilustrada (a la que llama “liberalismo ilustrado”), que asumió el sistema político español a partir de la promulgación de la Constitución de Cádiz de 1812, en buena medida debido a la necesidad de educar a la población de a pie para que pudiera participar plenamente en los nuevos procesos políticos que el constitucionalismo gaditano estaba impulsando por entonces46.

68En este contexto, precisamente, fue que se dio la creación de la Casa de Enseñanza. Como dice González, esta fue un resultado, en buena medida, de la mentalidad abierta al cambio de la población de San José, del auge económico que experimentaba por entonces la ciudad, y del entusiasmo colaborador de sus vecinos, así como de las dificultades que implicaba hacer el viaje hasta las instituciones de enseñanza superior de Guatemala o León para aquellos que quisieran estudiar47.

69En efecto, en los documentos relativos a la fundación de Santo Tomás recopilados por León Fernández, se dice que el rector de esta, presbítero Manuel Alvarado, en junio de 1818, dirigió una carta a la Audiencia solicitando la aprobación de la fundación y pidiendo además que se le brindase una serie de ventajas tales como becas, reconocimientos de estudios en otras instituciones similares y, por supuesto, apoyo económico. La fundación de Santo Tomás se había hecho “previa concesión del reverendo obispo diocesano y con licencia del gobierno”, según decía su rector48.

70Además, la inversión de recursos que la creación del centro implicó fue ingente, lo cual muestra la seriedad de las intenciones de los vecinos de San José de promover la educación y, con ella, las ideas ilustradas en su distrito. En su escrito, el rector Alvarado

71“expone que el vecindario de ella, penetrado de las paternales intenciones que vuestra merced ha manifestado acerca de la educación pública y movido de la necesidad que en esta línea ha padecido toda esta leal provincia, ha aplicado sus cortos recursos y mayores esfuerzos a tan importante objeto49 […]”

72…gastando 2000 pesos en la construcción del edificio para la casa de estudios.
Por si esto fuera poco, tal era el interés de los vecinos por promover la institución, que hicieron levantar suscripciones voluntarias para financiar su funcionamiento, y muchos vecinos incluso dejaron previstas donaciones para ella en sus testamentos:

73“Las consideraciones antecedentes y los favorables efectos que ofrece este establecimiento han despertado subcesivamente los buenos sentimientos de estos vecinos, para abrir nuevas subscripciones voluntarias para su subsistencia y señalar algunos, en sus testamentos, legados para su estabilidad […]”

74Finalmente, el rector también escribió al alcalde ordinario segundo de San José solicitando los documentos relativos a la fundación de la Casa de Enseñanza, con el fin de presentarlos a las autoridades superiores para “promover quantos medios sean conducentes para afianzar la estabilidad, lustre y progresos de un establecimiento tan benéfico a la sociedad50.” Según decía el rector, lo anterior, por demás, “es tan conforme a las paternales intenciones que el rey nuestro señor ha manifestado en sus soberanas disposiciones acerca de la educación pública”, con lo cual recalcaba las intenciones – por demás paternalistas – de la monarquía de desarrollar la educación en todos sus reinos (y la sumisión a ello de la máxima autoridad de la Casa de Enseñanza).

75Empero, si bien puede entonces percibirse la influencia de la política déspota-ilustrada de la corona en Costa Rica a través de la fundación de instituciones educativas, la discusión política como tal parece en realidad haber sido mínima en la provincia. Esto va en relación directa con otro tema capital: la práctica de la lectura y la difusión de libros ilustrados en este tiempo. Al respecto, el historiador costarricense Iván Molina ha propuesto que, durante el siglo XVIII y las primeras dos décadas del XIX, la mayoría de los libros que existían en la provincia eran libros religiosos, es decir conservadores y por lo tanto no dañinos en modo alguno para el orden establecido51.

76Para determinar esto, Molina llevó a cabo un análisis de las mortuales levantadas en Costa Rica entre los últimos años de la Colonia y los primeros años de Independencia. En este análisis, el autor encontró más de 300 mortuales para este período. Sin embargo, halló que sólo 87 de ellas contenían libros y que aún los libros verdaderamente ilustrados en estas eran claramente minoritarios. Además, estos volúmenes casi siempre eran obras de ilustrados españoles, que no amenazaban el orden establecido en modo alguno, ni constituían, por decirlo así, la punta de lanza de ningún movimiento revolucionario ni de cambio, como no fuera el déspota-ilustrado promovido por la monarquía.

77Así, los ilustrados leídos en la provincia y cuyos libros se conservan en los inventarios post mortem existentes son únicamente el conocido sacerdote español Benito Jerónimo Feijóo y el mexicano fray Servando Teresa de Mier ambos, sintomáticamente, miembros de las filas de la Iglesia. No está presente entre los volúmenes existentes en las bibliotecas de Costa Rica ni siquiera la obra de un Gaspar Melchor de Jovellanos, muchísimo menos la de un Voltaire o un Montesquieu, o al menos no que quedara registrado en estos documentos52. Poquísimos eran los libros existentes en la provincia que fueran ya ni siquiera prohibidos, sino tan solamente algo “sospechosos.” Aparte de estos, sólo es posible encontrar en las mortuales de la época –como obras referentes a la Ilustración – más bien libros de tinte conservador, adversos a la Ilustración francesa. De hecho, los pocos libros profanos o incluso prohibidos por la Iglesia que había en la provincia podían encontrarse sólo en las bibliotecas de personajes enriquecidos, que podían permitirse el gasto de financiar su compra y traída a Costa Rica. Los demás poseedores de libros de la época tenían casi sólo libros religiosos. La literatura existente en las bibliotecas coloniales de Costa Rica no desafiaba entonces el orden establecido, como si sucedía en otras jurisdicciones coloniales de la Hispanoamérica de la época, como la Nueva España.

78Para explicar este déficit de literatura en general – y de literatura ilustrada en particular – este autor cita varias posibles causas. En primer lugar, Molina señala que los libros deben haber sido poco rentables como mercancía en la economía de la época53 – quizá por el generalizado analfabetismo prevaleciente en la sociedad colonial -, por lo que habría habido poco interés de los comerciantes por traerlos. También, es posible que la traída de ciertos libros se evitara por el miedo a la represión ejercida entonces por la Iglesia. Además, como se dijo, los libros existentes en la época se hallaban mayoritariamente en manos de los más adinerados, a lo que se sumaba la falta de un sistema educativo sólido que generara una capa de gente interesada por la lectura54, la casi total ausencia de capas profesionales instruidas55, y la fidelidad absoluta al orden establecido reinante en un ambiente intelectual y materialmente pobre56. Esta situación cambiaría sólo a partir de 1830, al llegar la imprenta al naciente país, pero sólo con la Independencia ya alcanzada y con el desarrollo de la economía de plantación cafetalera ya en funcionamiento57.

79 En suma, queda claro que los lectores de libros del período colonial tardío de Costa Rica no constituían una sociedad secreta ni muchísimo menos un círculo revolucionario que estuviese complotando para construir una nueva sociedad a partir de ideas ilustradas. Antes bien, todos estos lectores parecen mantener una escrupulosísima sumisión a lo establecido y un temor verdaderamente cerval a salirse de ello58.

80 Entonces, ¿cómo podemos afirmar que hubo un proceso de difusión de las Luces en Costa Rica si no había libros ilustrados y no se puede detectar la existencia de una discusión política? Pese a esta aparente carencia de un ambiente intelectual en la provincia, es posible encontrar que, en la época, hubo en Costa Rica hispano-criollos ilustrados. Estos, sin embargo, se enmarcaron totalmente dentro del enfoque nacional, católico, conservador e impulsado desde arriba que caracterizó a la Ilustración hispánica de la época.

81Un ejemplo de ellos es sin duda fray Francisco Antonio de Liendo y Goicoechea, uno de los pocos ilustrados costarricenses, personaje que no puede dejar de mencionarse si se escribe sobre la difusión de Las Luces en Costa Rica. Miembro de la orden franciscana, Liendo escribía sobre temas relativamente inocuos y en todo coincidentes con la orientación dominante de promover todo aquello que redundara en un mayor desarrollo económico del imperio colonial, para beneficio de la autoridad monárquica.

82 Como se sabe, este personaje era nativo de Cartago, aunque recibió su formación y pasó gran parte de su vida en Guatemala. Allí se dedicó al estudio de las ciencias y las matemáticas, además de a la reforma de los métodos educativos universitarios de su tiempo, sustituyendo el sistema peripatético por el método experimental59. Se sabe además que obtuvo un doctorado en la Universidad de San Carlos y fue profesor de la cátedra de teología de esta institución por 20 años, practicando también la física (para cuyo ejercicio trajo aparatos experimentales desde España) y la geometría, así como la química, y dejó escritas unas 15 obras sobre diversos temas60.

83 En su recopilación del pensamiento ilustrado centroamericano, Seidy Araya ofrece tres escritos de este pensador ilustrado que pueden servirnos como ejemplo de su tipo de pensamiento. El primero es un plan bastante racionalista para acabar con la mendicidad y “socorrer a los verdaderos pobres” de la ciudad de Guatemala, mediante la creación de un hospicio, plan que fue presentado por el autor a la Sociedad Económica de Amigos el País en 179761. Con esto, Liendo se hacía eco de los afanes de los reformadores ilustrados de su tiempo, que se preocupaban de manera ingente por temas como la beneficencia y la solución de los males sociales de su época, tales como la mendicidad y el analfabetismo. De hecho, justificando sus intenciones, el clérigo decía que “destruir la mendicidad es un asunto que ha ocupado en todos los tiempos la atención de los Legisladores, las plumas de los sabios, y los deseos de todo hombre de bien62.”

Con todo, sintomáticamente, Liendo da a todo su discurso una justificación puramente religiosa, y halla antecedentes a su proyecto en las Leyes de Indias de Carlos V (1516-1556) y Felipe II (1556-1598), así como en antiguas políticas de la iglesia, por lo que sus ilustradas ideas, según él mismo y como lo han señalado otros autores que hemos citado, no descuellan como nuevas. Esto resulta ser un indicativo del carácter provinciano, conservador y católico de la ilustración de entonces, así como de su enraizamiento en tendencias ya existentes en la sociedad española de la época, como lo han señalado los autores más destacados que han escrito sobre el tema.

84 También, Araya transcribe un informe de Liendo sobre su labor misionera entre los indígenas de Agalta (al parecer de origen paya), situados en la jurisdicción de Olancho, Honduras, en las inmediaciones de las reducciones de San Esteban Tonjagua y Nombre de Jesús de Pacura63. En este trabajo, por cierto de manera muy racionalista, el autor que comentamos decía “haber agotado mis fuerzas y recursos en civilizar gentes ignorantes con el fin de infundirles ideas y pensamientos racionales64…”

85Además, en su relato misional, Liendo y Goicoechea, da algunas otras pruebas de haber sido sumamente racionalista: por ejemplo, refiere la localización de los poblados indígenas no reducidos con latitud y longitud, y también describe su organización social, costumbres, religión y fiestas, aunque siempre las reseña desde su religiosidad cristiana y con su óptica unilateral y colonialista de conquistador, que sólo buscaba la conquista espiritual de las almas de los “otros65.” Al final, el autor da una serie de recomendaciones para sacar de la montaña a los no reducidos hacia las reducciones ya existentes, lo cual da muestras de ser un intento racionalista de desarrollo económico (proponía que los conversos fungieran como mano de obra para las haciendas de la zona) y para mejor controlar un territorio desde siempre hostigado por las invasiones inglesas y el comercio de contrabando, amenazas que con frecuencia se ejercían en asocio con los indígenas insumisos.

86 Finalmente, Araya también recupera una oración y una seguidilla de poesías escritas por Liendo a propósito de la muerte de Matías de Gálvez, célebre ilustrado – primero visitador general y luego ministro de Indias -, encargado por los Borbones de implantar las reformas ilustradas en el Nuevo Mundo. En estos otros escritos, el clérigo ilustrado manifiesta claramente su admiración por el reformador Gálvez, aunque ni siquiera es particularmente profuso en ideas iluministas y más bien se complace en hacer una serie de reflexiones cristianas acerca de la vida y muerte de este individuo. De tal manera, si bien exalta la personalidad del reformador ilustrado, aún esto no pasa de ser un simple panegírico individual, desprovisto de mayores reflexiones enmarcadas en las ideas de la época.

87Por todas estas cosas, podemos ver cómo Liendo y Goicoechea en realidad no hace sino reproducir el enfoque establecido de Ilustración, dirigido a conservar el orden establecido – aunque mejorándolo a través de la racionalización-, para sacar de él mejores provechos para el auge y conservación de la monarquía hispánica.

88Como dato algo lateral, aunque claramente relacionado con la temática que discutimos de los avances del pensamiento ilustrado en el ámbito de la educación y las ideas, resulta también visible que las propuestas racionalistas tuvieron también un impacto en la forma de entender y abordar la práctica de la brujería en la sociedad colonial de Costa Rica. No existe en nuestros archivos más que un caso que podamos citar al respecto. Sin embargo, aún este pequeño asunto resulta ser un ejemplo representativo de la aparición de nuevas actitudes en la sociedad colonial, ahora más marcadas por el pensamiento racionalista.

89 En 1775, se presentó en Cartago un caso de supuesta brujería en el que estuvieron implicados varios individuos de sangre mezclada66. José Romualdo de Oreamuno, alcalde de la Santa Hermandad de Cartago, documentó aquel año que un cierto Matías Quesada se hallaba gravemente accidentado de los testículos, debido a que María Francisca Portugueza, hija de María Josefa Portuguesa, le había echado un maleficio. De inmediato, el caso fue comunicado al padre Juan Manuel de Casasola y Córdoba, comisario del Santo Oficio.

90Sin embargo, pronto el alcalde constató que todo el asunto no era más que una tontería, “originada de poca crianza, y que la inferencia de que pudiera ser lo susodicho [fruto de una brujería] la sacaba el dicho Mathías por estar con dicha María Francisca en ylícita amistad, cuya culpa me confesaron ambos.” Debido a ello el alcalde puso a la mujer en depósito junto con una cierta Petronila Quesada, para que les enseñaran la doctrina cristiana “de que carecía.” Los abogados del caso, cada uno por su lado, atribuyeron todo a la ignorancia de los grupos de mestizos y mulatos.

91Trasladada la causa a dictamen de asesor letrado, el licenciado don Enrique del Águila, abogado de la Audiencia y vecino de León, nos brinda un buen resumen del caso:

92“El asesor ha visto estos autos que de oficio se han seguido contra María Francisca Portugueza y Petronila Quesada, a quienes se les imputa, a la primera, estar en ilícita amistad con Mathías Quesada, y a las dos, el ser brujas o hechiseras. Que la primera tenía unos calabazos de polvos. [A] la segunda, que hauiéndose concertado con la primera para huírse, estando escondidas, cantó un animal al que le habló y le dixo a la compañera que este animal le advertía quanto hablaban de ella y le hauisaua que aquella noche venía su hermano por ella, porque a su madre le hauía hauisado que se querían huír, y aquella misma noche las prendieron. Ambas a dos se imputan tener un muñeco negro con alfileres para ligar a los hombres y que las dos no saven la doctrina christiana. Estos son los delictos que se imputan a las dos mugeres por hauer adolecido Mathías Quesada de una ulcerita en las partes pudendas y se creyó ser hechizo y para su curación se llamó a un yndio nombrado Manuel de la Cruz Méndes, quien le curó.”

93 Pero, lo importante del caso es que, además de lo anterior, el asesor letrado de la causa despeja todos los temores acerca de la brujería presentes en el asunto a través de una explicación totalmente racionalista de lo acontecido, dando con ello toda una lección de lo que eran las ideas ilustradas y de cómo se aplicaban en el Reino de Guatemala de la época. El jurista afirmaba – de manera harto racionalista e ilustrada – que la creencia en brujas y hechizos, así como en maleficios diabólicos, no era más que una superstición nacida de la ignorancia del “vulgo”, que debía ser ad portas descalificada por los verdaderos “hombres con datos”, es decir, por la gente ilustrada, los cuales deberían examinarlos, claro, a la luz de la razón, para con ello descubrir su falsedad.

94Así, para el jurista, este tipo de asuntos no era sino “aprehención propria del vulgo” de manera que “si dos o más de los vulgares dan en decir que una muger es hechisera o un yndio es brujo, es bastante comprobante en los vulgares para dar por cierto lo que en la realidad no es ni [se] puede creer por hombres con datos.” Por ello, para el licenciado, al tener de frente estos asuntos “es necesario exsaminarlos, ya con la razón natural, ya con la filosofía, para saver si de [ilegible: de hecho proceden de la naturaleza o de alguna auilidad del arte”.

95Para dar más sustento a sus ideas, el abogado refería la historia de Adamo Tannero, un jesuita dedicado al estudio científico de los insectos a través de instrumentos novedosos como el microscopio, quien había sido tomado por brujo por los empleados de la justicia que llegaron a inventariar sus bienes después de su muerte. Tal malentendido se debió, según contaba el jurista, a que, a través del microscopio, cierto insecto que el religioso examinaba antes de morir parecía ser un monstruo más grande que el microscopio a través del cual se veía, lo cual asustó a los supersticiosos guardias, aún imbuidos de creencias mágicas y de supercherías. En este relato vemos cómo el jurista exalta temas ilustrados propios de su tiempo, como la práctica de la ciencia y el uso de instrumentos científicos como el microscopio.

96Contaba el letrado:

97“Es gracioso chiste el que le sucedió al padre jesuita Adamo Tannero, uno de los hombres más savios de su tiempo, que hauiendo muerto en vn lugar, contó ][y] halló entre sus bienes la justicia un pequeño vidrio en cuia concauidad se veía un grande mostruo, tan formidable que a todos puso espanto. Ocurrió [entonces] el cura de el lugar y, como veían existente a su ver un impocible por ser maior el mostruo que el vidrio, se determinó enterrar al pobre jesuita en un lugar profano como a tal hechicero, y que se procediese contra el monstruo (a quien juzgavan el demonio), con las armas de la Iglesia. Con esta ocación, guiado del rumor popular, llegó un discreto y, viendo que el vidrio no era otra cosa que un perfecto microscopio, le abrió y salió [de él] un escaravajo. Si este [individuo] no los huviera desengañado, huviera el vulgo estado en el error de [creer] ser el savio jesuita un hechicero, y el móstruo un demonio.”

98Para terminar, Enrique del Águila dice en tono de mofa hacia lo que considera despreciables reacciones de gentes iletradas – fruto, claro, de la ignorancia que podría despejarse con la enseñanza de las Luces -, que si todas las enfermedades venéreas de su época se atribuyeran a maleficios, “apenas habría en el mundo quien no se quejase de ello”, y que también eran cosas del vulgo – ignorante y, por supuesto, no ilustrado – ver como hechiceros a los médicos que sabían curar tales enfermedades.

99 Otro tema que es fundamental discutir si queremos dar cuenta del avance y particulares formas que asumieron las ideas ilustradas en Costa Rica, es el proceso de las Cortes de Cádiz. Décadas después de las sesudas consideraciones de este jurista ilustrado y en el contexto de las demás reformas que hemos venido comentando, la Constitución de Cádiz de 1812 brindaría un estímulo adicional a la marcha de las ideas ilustradas en esta sociedad. Varios serían los procesos que se desencadenarían en el entorno gaditano, sin embargo, existe uno que conocemos bien. Como hemos comentado en otros trabajos67, las Cortes de Cádiz iniciaron todo un proceso de modernización de lo político en la época, caminando fuertemente en la dirección de lo que sería el Estado Moderno del siglo XIX. Con ellas aparecieron, por ejemplo, temas tales como los ministerios de Estado, la hacienda pública, los ejércitos nacionales, los parlamentos, el funcionariado, los formularios administrativos y las constituciones, los que de la noche al día se apoderaron del discurso documental, y están claramente asociados a un discurso modernizante. Además, la elección de las autoridades mediante el sufragio de los ciudadanos españoles – en un recientemente adoptado concepto de “ciudadanía” que, según la constitución (Capítulo IV68), incluía a todos los habitantes de los reinos españoles – se sumó también a los cambios de la época. También, por supuesto y muy a la francesa, la Constitución estipulaba ya que la soberanía residía en la nación y no en el monarca (art. 369).

100 Sin embargo, aún bajo este nuevo sistema se nota la pervivencia de la intención de mantener un orden social establecido de preeminencia de las elites sociales y situado bajo la tutela de un monarca que, aunque depuesto por los franceses en 1808, seguía siendo el símbolo de una nación a la que las ideas ilustradas debían servir para desarrollar y mantener en la cúspide del concierto mundial de las potencias. Como hemos ya estudiado en otros trabajos, el sufragio de tres grados implantado por la Constitución, sirvió para filtrar a los miembros de los estratos subordinados coloniales y dejar la elección de los representantes locales (diputado a Cortes y diputados provinciales) en manos únicamente de los miembros de las viejas elites coloniales (afincadas principalmente en Cartago), o de grupos elitistas de nuevo cuño, surgidos en los centros de población recientemente erigidos en ciudades y empoderados por el proceso gaditano (léase San José, Heredia y Alajuela). Los ciudadanos de los grupos subordinados votaban en el primer tracto de las elecciones (las “juntas electorales de parroquia”), para elegir un conjunto de compromisarios que elegirían a su vez unos electores de parroquia. Luego, estos personajes se desplazarían a la cabecera de partido para elegir los electores de partido quienes, finalmente, escogerían a los diputados. Así, en este proceso, como hemos demostrado, quienes quedaban electos como electores en las sucesivas etapas, eran todos miembros de las elites coloniales, mientras que el resto de la sociedad quedaba claramente soslayado y, al final, era a un selecto grupo de cinco individuos (los electores de partido) – todos salidos de lo más granado de la elite – a quienes correspondía elegir los representantes de la provincia ante instancias superiores.

101De esta manera, en el orden gaditano se nota claramente – y muy a tono con la frecuencia en que vibraba el Despotismo Ilustrado – que hubo un cambio político, pero no un cambio social. El proceso se dio entonces como un compromiso entre el viejo orden y el nuevo, en el que tras una aparente modernidad y democratización del aparato político, subsistió un respeto profundo por las autoridades coloniales y por las distancias sociales del Antiguo Régimen, que preservó, como dice Lynch, el arcaísmo social dentro de una aparente modernidad política. Nos ubicamos de nuevo dentro de una línea susceptible de ser identificada con el Despotismo Ilustrado.

102Para terminar, no cabe duda de que, si queremos reseñar los avances del pensamiento ilustrado en la Costa Rica tardo-colonial, es también necesario plantearse otro tema: el de los sectores sociales que promovieron la adopción de Las Luces y la toma de decisiones inspiradas en ellas. En este contexto, resulta ser materia importante el dilucidar quiénes eran estas gentes que lideraron el proceso de traída de las ideas ilustradas a Costa Rica.

103Al respecto, resulta claro que una importante porción de la sociedad colonial – por lo menos de aquella que era letrada y que estaba al tanto de los cambios en el pensamiento -, estaba plenamente identificada con los proyectos ilustrados de desarrollo impulsados por la monarquía, y se situaba no sólo bajo su tejaroz, sino también en total sumisión a estos. Prueba de esto son los vecinos de Cartago y San José que dieron todo de sí para lograr la creación de instituciones benéficas como el Hospital San Juan de Dios y la Casa de Enseñanza de Santo Tomás.

104Sin embargo, tampoco podemos ignorar que otros grupos, pocas veces notados quizá por los ojos de la autoridad, manejaban ya ideales ilustrados más afrancesados de libertad civil y modernización política y económica, que se distanciaban del proyecto conservador déspota-ilustrado español, apuntando hacia una mayor autonomía de los territorios coloniales, cuando no hacia su total independencia.

105Un ejemplo de esto fueron los grupos de comerciantes que empezaron a emerger en esta época con clamores en pro de una mayor modernización política e ideológica, a través de reivindicaciones tales como la libertad de comercio70. En 1813, los mercaderes de Costa Rica elevaron a la Audiencia una petición en la que reclamaban una mayor autonomía y libertad comercial, especialmente para abrir nuevos mercados en América del Sur para sus productos71. Concretamente, reprochaban a las autoridades coloniales su política restrictiva al comercio, que les impedía entablar relaciones mercantiles fluidas con el istmo de Panamá. Al empezar el proceso, estos personajes se hicieron claramente eco del más puro pensamiento déspota-ilustrado, llevado adelante en Hispanoamérica hasta el momento.

106Por ejemplo, resulta claro que los comerciantes repetían el discurso monárquico de que las medidas ilustradas debían servir para desarrollar la economía a través del impulso a la agricultura, la industria y el comercio. Al respecto, estos personajes decían: “¿de qué modo se promoverá la agricultura, la industria y el comercio de los pueblos cuando hasta se nos limita tener trato y contrato con una plaza española y fiel y aún nuestros mismos hermanos72?”

107 Sin embargo, para los mercaderes locales no todo era un asunto simplemente de lograr la feliz prosperidad sin alterar radicalmente el orden de lo político. Según deja entrever su discurso, la toma de medidas ilustradas de desarrollo debía redundar, en su opinión, en una mayor felicidad para los reinos hispanoamericanos, pero además debía ser fruto de una recién adquirida libertad civil: “Sin citar ni oír a Costa Rica se intenta privarle de su libertad civil de promover la agricultura y su felicidad prohiviéndole tratar con Panamá, plaza española y fiel, queriendo reducir todo el comercio de la provincia de Guatemala a sólo los comerciantes de aquella capital73.” Estos individuos se hicieron, con esto, eco de un más radical pensamiento antidespótico, quizá más orientado en la línea del ideario revolucionario francés.

108Este discurso ilustrado de libertades civiles, de hecho, era tomado como un motivo de orgullo por los comerciantes criollos que – muy a la manera de la Revolución Francesa – se consideraban ciudadanos libres y, por ende, dotados de unos derechos de los que no gozaban los pueblos no ilustrados y que no contaban con regímenes modernos: “Es esto señor gobernador, hablando con modestia, una injusticia notoria que no podrán sufrir con paciencia [ni aún] los esclavos del sultán y [por tanto] absurdo proponerse a españoles libres74.”

109 Así las cosas, los comerciantes locales defendieron la libertad y el concepto ilustrado de que esta es natural, es un derecho del ciudadano de un Estado Moderno, se dirige a conseguir la felicidad de los pueblos y está dada por la ley del Derecho Positivo, fundado en la razón, como opuesto a la opresión y esclavitud, que serían lo propio de un régimen despótico. Resultan al respecto elocuentes las declaraciones del cabildo de San José que, apoyando a los comerciantes en sus gestiones, se refería a la libertad civil diciendo: “Jamás hubiera creído este cabildo que cuando se trata de poner a los españoles en el uso de aquella libertad que naturaleza concedió a todo hombre y corroboraron las leyes, hubiese quien intente volverlos a la esclavitud y opresión en que gemían75.”

110Por si fuera poco, el ayuntamiento de la futura capital añadía: “¿y será esto justo? ¿es esto tener patriotismo? ¿podemos sufrir esto sin reclamar nuestros derechos? No es posible76.” Y terminaba diciendo: “Costa Rica ni pide ni quiere sino lo que está concedido y ha jurado defender, es decir, su libertad civil. Sin ella el hombre es esclavo, es infeliz y deja de ser ciudadano77.”

111 Ahora bien, ciertamente – y es un hecho sabido – no todas las poblaciones de Costa Rica hacían gala de un concepto tan radicalmente modernizante y afrancesado del discurso ilustrado. Otras, como fue el caso del ayuntamiento de Heredia se mantuvieron más bien dentro del esquema pactista-despótico del siglo XVIII, del que hemos hablado. Con un discurso mucho más moderado que el del municipio josefino, el cabildo herediano pidió también eliminar la prohibición comercial, pero aduciendo que las autoridades monárquicas debían velar por el bienestar de los pobladores, como hijos de la monarquía que eran: “atendiendo a que todos los habitantes de Costa Rica, Nicaragua, León, y demás comprendidos en la provincia de Guatemala somos hermanos e hijos políticos de su excelencia78.” Reprodujeron con ello un discurso eminentemente monárquico, paternalista y de tinte déspota-ilustrado.

112Estas inclinaciones ilustradas de los criollos fueron corroboradas por el gobernador español Juan de Dios de Ayala (1810-1819) quien, acudiendo en defensa de sus gobernados, los apoyó ante la Audiencia señalando la fidelidad que habían demostrado, por ejemplo, al participar en la represión de los motines de Granada de 1811, y alegó que los criollos locales eran sumamente proactivos en luchar por su desarrollo. Después de reseñar su pobreza decía el gobernador que:

113“en medio de sus mayores indigencias, estos habitantes han reedificado nuevamente su parroquia, construyeron permanente el cementerio o camposanto, tratan de fabricar una casa de enseñanza pública y aumentan con prodigalidad una hacienda de ganado para fondo del hospital San Juan de Dios79.”

114 Ayala finalizaba su alegato acerca de los méritos de los criollos de Costa Rica para tener más libertad de comercio, señalando que estos habían pedido al diputado a Cortes que luchara por la erección de un obispado propio (independiente del de León) y por las declaratorias de ciudad para San José, Heredia y Alajuela, así como por la creación de una diputación provincial propia para Nicaragua y Costa Rica (independiente de la de Guatemala y con sede en León), para mejor gestionar los asuntos de esta particular región. Todo ello, de hecho, fue conseguido en las Cortes por el representante Florencio del Castillo, en 1813.

115 Otra forma de ingresar más profundamente en el tejido social para dilucidar quiénes eran estas gentes que lideraron el proceso de llegada y aplicación de Las Luces en Costa Rica, es estudiando sus vidas y carreras individuales. En trabajos anteriores hemos estudiado las carreras vitales de los individuos que se encontraban en las juntas de gobierno de la época de la Independencia80. Deberíamos entonces ahora estudiar de cerca a aquellos de entre estos que fueron personas educadas, promotoras de un enfoque ilustrado del espacio público. De hecho, muchos de los individuos más ilustrados de la provincia fueron llamados a liderar el proceso de Independencia.

116 Entre ellos podemos citar, por ejemplo, a figuras como la del bachiller Rafael Francisco Osejo, nicaragüense, probablemente de sangre mezclada que, sin embargo, vino a Costa Rica invitado por sus méritos académicos como profesor de filosofía, y luego llegó a ser rector de la Casa de Enseñanza de Santo Tomás. De hecho, Chester Zelaya ha documentado que, en efecto, el Seminario Conciliar de León, donde Osejo recibió su formación, estaba en la época bajo un fuerte influjo de las ideas de la Ilustración europea en la época. Además, en León, Osejo fue discípulo del presbítero doctor Tomás Ruíz, profesor de filosofía, quien era seguidor de Condillac y, con él, de las ideas de John Locke y de otros ilustrados del Viejo Continente. Con esto, Osejo tuvo contacto con la versión francesa y más antimonárquica de la Ilustración. Incluso, el bachiller muestra claramente la influencia de Rousseau en algunos de sus escritos, hecho que se evidencia, por ejemplo, en sus ideas acerca de la libertad del ciudadano y la educación81.

117 Además, Osejo escribió varios libros sobre temas como la geografía y la aritmética, lo que muestra sus inclinaciones científicas y racionalistas82, aunque, claro está, fue en su accionar político donde mejor demostró su tinte ideológico. Esto se puso de manifiesto en la conocida polémica sostenida por él contra el también criollo e independentista José Santos Lombardo, a propósito de la representatividad popular que tenía la llamada “Junta de Legados de los Ayuntamientos.” Esta junta fue convocada por el cabildo de Cartago en 1821, a raíz de la declaratoria de Independencia de Guatemala, y su objetivo era decidir acerca del rumbo a tomar por la provincia frente a ello. En ese momento, Osejo defendió que la junta no era representativa de la voluntad popular porque sus miembros habían sido escogidos por los ayuntamientos para representarlos ante el de Cartago, sin que mediara un sufragio popular directo. Entre tanto, Lombardo proclamaba que la escogencia era perfectamente legítima, pues en el ordenamiento jurídico colonial los ayuntamientos eran desde tiempos muy antiguos los representantes de la voluntad popular. Al final, como es bien sabido, triunfó la tesis de Osejo y una nueva junta fue elegida, por lo menos aparentemente, bajo el mecanismo del sufragio83. En esta polémica, resultó claro que Osejo daba muestras de poseer ideas políticas completamente republicanas e ilustradas, fundadas en el concepto de soberanía popular84. Estas ideas resultaban ser mucho más emancipatorias que las defendidas por otros criollos como Lombardo85, quizá más identificados con un enfoque despótico-ilustrado y de conservación de lo establecido.

118Finalmente, como dato colateral, otro elemento que atestigua las inclinaciones ilustradas de Osejo es su afición por los libros, propia, por supuesto, de todo un catedrático universitario. Iván Molina documenta que, en 1828, la Biblioteca de Osejo tenía 80 títulos distribuidos en 168 volúmenes, que constaban mayoritariamente de textos jurídicos, filosóficos, científicos y políticos, y que había entre ellos obras de Voltaire y Rousseau86.

119 Junto a la figura del bachiller Osejo, podemos citar otros nombres de personajes de alta educación que estuvieron ligados al proceso de Independencia de Costa Rica y que probablemente lo marcaron con una impronta ilustrada. Tal es el caso del guatemalteco Rafael Barroeta, un antiguo abogado de la Audiencia afincado en Costa Rica, que poseía pingües haciendas ganaderas en el Pacífico Norte, y que colaboró mucho con estos procesos. Barroeta ocupó varios puestos en el gobierno colonial de Costa Rica tales como el de teniente de gobernador de Bagaces en 180587, y alcalde primero de Cartago en 1812 y 1818, así como de San José en 182088. Además, fue elegido diputado a Cortes en 181389, y diputado ante la diputación provincial de León en 182090. Posteriormente, Barroeta sería también miembro de la Junta de Legados de los Pueblos por San José en 182191, legado extraordinario del ayuntamiento de San José ante la Junta Gubernativa provisional en el mismo año92, y presidente de las dos juntas gubernativas que se elegirían para 1822 y 182393, además de presidente del Congreso Provincial en 182394. Tal carrera política se explica por el enorme prestigio acumulado por el jurista a lo largo de su estancia en Costa Rica, que lo situó como un personaje de inmenso respeto en la sociedad colonial e independentista, y que lo llevó a desplegar toda una labor política muy a tono con el pensamiento vigente en su tiempo.

120 Junto a estos individuos, es posible también destacar la persona de José Santos Lombardo – al que ya hemos mencionado -, un abogado formado en León que, por ello, debe haber estado expuesto a las ideas ilustradas francesas al igual que Osejo95. Sin embargo, a diferencia de este último personaje y como lo hemos dicho, durante la coyuntura de la Independencia, Lombardo defendió – en confrontación directa con Osejo – una versión más monárquica-constitucional del Estado, probablemente con la intención de lograr que el nuevo orden político preservara el viejo orden social, aunque verificando una separación explícita con España. Estas ideas fueron plasmadas por este personaje en una obra que tituló “Catecismo Político”, aunque este trabajo, como se ha señalado, se inspiró más en ideas aristotélicas que en las propiamente ilustradas96.

121 Otro personaje que no puede quedar por fuera cuando se discute la presencia de las ideas ilustradas en la provincia durante su proceso de Independencia es sin duda alguna Juan Mora Fernández, a quien la historiografía tradicional celebró como el maestro de escuela que fue el primer jefe de estado de Costa Rica durante el período federal, y que fundó la tradición civilista de la nación97. Mora también estudió en León y98, según se ha escrito, en sus discursos y actuaciones como jefe de Estado, evidenció bastante su inclinación por una muy española visión de la Ilustración, con su énfasis en conceptos como el de libertad, prosperidad, paz y felicidad de la nación, que parecen bastante coincidentes con la versión ibérica de la Ilustración vivida en el siglo precedente99.

122 Otra figura de interés que también participó en las juntas de gobierno y en los hechos de la Independencia y que parece haber sido seguidor de ideas ilustradas es Gregorio José Ramírez, un marinero sin mayor educación que, sin embargo, recibió una fuerte influencia ideológica de los independentistas sudamericanos en sus viajes comerciales a Sudamérica y, en vista de ello, se dedicó a promover un régimen de libertad comercial y política100.

123 Para terminar, tenemos también el caso de Pablo de Alvarado. Este individuo era un médico criollo costarricense, descendiente de grandes familias (concretamente de Jorge de Alvarado, hermano de Pedro de Alvarado, conquistador de Guatemala en el siglo XVI) que desplegó una labor ingente a favor de la Independencia del reino y en particular de la provincia, desde que el Imperio Español empezó a dar muestras de desfallecer. De esta forma, como hombre de acción, Alvarado dio muestras de haber desarrollado un pensamiento de corte ilustrado y, en vista de ello, complotó desde siempre en pro de la Independencia, hecho que le valió incluso la carcelería. Por supuesto, el hecho de que se formara como médico en la Universidad de San Carlos de Guatemala sin duda debe haberle expuesto al pensamiento iluminista101. Además, el proyecto de redacción del Pacto de Concordia de 1821, según se ha dicho, parece haber salido en buena parte de su pluma, por lo que sin duda debe haber sido una persona de ideas modernizantes.

124De hecho, casi todos los anteriores personajes formaron parte, además, de la comisión que fue nombrada para redactar el conocido “Pacto de Concordia”, primer documento de carácter constitucional de la historia de Costa Rica, que sentó las bases para un primer gobierno independiente en 1821. Este documento, por supuesto, estuvo inspirado en postulados modernizantes y de libertad civil, como los que conocemos. Los miembros de este grupo fueron Rafael Barroeta, el presbítero Juan de los Santos Madriz, José Santos Lombardo, Joaquín de Iglesias y Juan Mora Fernández102. Santos Lombardo e Iglesias eran habitantes de la conservadora Cartago, mientras que los demás, lo eran de la independentista y modernizante San José. Vale destacar que Santos Madriz era también descendiente de viejas familias coloniales, sería tío del presidente José María Castro Madriz (1848-1849 y 1866-1868)[103], quien fue a su vez fundador de la república en 1848, futuro masón y propusor ferviente de las ideas liberales durante el último tercio del siglo XIX. Además, a Santos Madriz se le da la reputación de haber sido el padre del también presbítero Francisco Calvo, fundador de la masonería en Costa Rica104. Santos Madriz sería, además y entre otras cosas, diputado electo a Cortes y al Congreso Nacional en 1821105, así como diputado ante el Imperio Mexicano en 1822106. Iglesias, por su parte también fue descendiente de viejas familias coloniales y detentó puestos en el gobierno tardo-colonial, lo que no le impidió ser también parte de las primeras juntas gubernativas y diputado al congreso constituyente de 1823107, por lo que parece haber sido un personaje dotado de ideas de avanzada a su vez.

125Como hemos podido entrever en el caso de Alvarado y lo hemos señalado en anteriores estudios, todos estos personajes, con la excepción del bachiller Osejo – que ganó su posición por mérito propio -, eran miembros de viejas familias coloniales que habían estado situadas anteriormente en el aparato político de la provincia.

126Los demás integrantes de las juntas de gobierno de la época de la Independencia, llegando hasta 1824 fueron mercaderes, poderosos terratenientes o mineros que venían del medio social de las elites, siendo muchos de ellos descendientes de viejas familias cuya presencia en el provincia y en los hilos del poder se remontaba aún a los siglos XVI y XVII y XVIII. Estaban, entonces, probablemente comprometidos con la idea de realizar un cambio político ordenado y conveniente para sus intereses, aunque no un cambio social profundo108. Además, otra característica que salta a la vista inmediatamente es que casi todos ellos estuvieron situados en las principales instituciones políticas del período colonial tardío – principalmente en los ayuntamientos -. Todos ellos eran, pues, miembros de las elites urbanas ya desde antaño bien colocadas en el poder en la provincia o el reino.

127De esta forma, es posible hipotetizar que este grupo no era sino parte de un frente de familias, muchos de cuyos miembros estaban ansiosos de participar de los vientos del cambio, mientras que otros lo asumieron únicamente para tratar de sostener el orden dominante y fueron obligados a adoptar las tendencias modernizantes por la fuerza de los acontecimientos. Una transición se operó, entonces, en Costa Rica hacia ideas modernizadas, primero en el contexto de la monarquía con las Cortes de Cádiz, el pactismo y el despotismo ilustrado del siglo XVIII, pero luego a través de la Independencia, cuando España colapsó definitivamente como potencia colonial al ser invadida por los franceses.

128Estos personajes asumieron, entonces, el proyecto de crear espacios públicos modernos en curso de colisión con las tendencias conservadoras, proceso que puede ser trazado a todo lo largo del siglo XIX, pero, y esto es lo interesante, siempre al principio por medio de la conservación de un muy colonial sistema de “política basada en elites”, que todavía sobrevive en nuestros días en Costa Rica, generando un estilo político de democracia delegativa, cuya ineficacia para dar curso a las inquietudes de los ciudadanos se ha venido poniendo cada vez más de manifiesto.

IV.

129Así las cosas, podemos afirmar que, al menos en un primer momento, la Ilustración que llegó a Costa Rica fue una Ilustración “a la española”, católica y conservadora del orden monárquico. Por ello, la Ilustración aplicada en Costa Rica casi siempre pareció ubicarse en coordenadas déspota-ilustradas, planteadas desde la lógica que se estaba aplicando en España y en todos sus dominios ultramarinos en la época, y que no ofrecían ninguna transformación seria al orden establecido, como no fuera su reforzamiento para intentar resistir a las amenazas que provenían del ámbito mundial. Es decir, estamos ante una versión en realidad muy hispánica y muy conservadora de la Ilustración, que no amenazaba el orden social vigente y más bien parece dirigirse siempre a la típica situación de llevar adelante un cambio político, pero evitando a toda costa el cambio social. Así, durante el período colonial, el proceso de llegada y aplicación de las ideas ilustradas a Costa Rica fue conservador, hispánico en su inspiración y temas y, por lo tanto, inocuo para el orden social establecido e identificado más con un enfoque déspota-ilustrado que con uno de revolución política y construcción de espacios públicos modernos. La atmósfera intelectual colonial era decididamente reaccionaria.

130En este contexto, podemos plantearnos también la pregunta: ¿cuáles fueron las vías de llegada de las ideas ilustradas a Costa Rica? La Ilustración parece entonces haber venido a la apartada provincia traída por la gente: personajes que trajeron libros o ideas desde fuera de la provincia o, como es el caso con muchos empleados reales, que vinieron ya educados en estos ideales y portando instrucciones de niveles superiores para ponerlas en práctica en la provincia. También se dio el caso de uno que otro intelectual costarricense que se desplazó a la capital del reino, sede de mejores ambientes para la discusión de ideas, y de sectores criollos identificados con el proyecto ilustrado monárquico, que los llevó a fungir como promotores de nuevas ideas en la provincia109.

131Sin embargo, aunque el orden social era aplastantemente conservador en la superficie, parece haber habido también una intensa atmósfera de cambio sumergida que, en el momento apropiado, emergió para impulsar la transformación política. Las ideas ilustradas más radicales y afrancesadas parecen haber encontrado, con todo, un espacio. De este modo, quizá no todo el atraso en el desarrollo local de las ideas políticas de la época puede atribuirse a lo conservador o a lo censurado del medio costarricense de este tiempo, sino quizá más bien a lo pobre y periférico de este. Encontramos entonces en él, con todo y todo, a sectores ilustrados respondiendo a intereses, unos con la intención de desarrollar la provincia muy a la manera de los monarcas ilustrados, y otros con intenciones más radicales de para sacarla del dominio de estos, para mejor realizar el mismo proyecto. Todos, en último término, fueron presionados a abandonar a la Madre Patria ante la fuerza de los acontecimientos de 1821.

132De esta manera, podemos concordar con McLachlan y Lanning en que, en realidad, los pensadores españoles de la época ilustrada eran más modernos de lo que tradicionalmente se ha pensado, pero su tragedia estribó quizá –concordando ahora con Lempérière, Lynch y los otros- en querer realizar esa modernidad desde el marco y sin querer desligarse en esencia de la premodernidad de las estructuras vigentes en su sociedad. Eso quizá explica su perspectiva de cambio político, pero dentro de un arcaísmo social.

133Así, muchos de los proyectos ilustrados iniciados durante la colonia habrían de continuar siendo desarrollados después de la Independencia, ya de la mano de sectores criollos que se vieron obligados a construir un proyecto de desarrollo, pero ahora fuera de la tutela colonial de la Madre Patria.

134Tales constataciones nos llevan a plantearnos preguntas interesantes, que deberán llegar a ser, sin duda, materia prima para futuros estudios. Podemos cuestionarnos, por ejemplo: ¿Cómo continuó esto después de la Independencia? ¿Acaso con la intención de ciertos sectores criollos de construir espacios públicos modernos y de desarrollar la economía de agro-exportación? ¿Se hizo el Estado Moderno heredero de la política de desarrollo colonial de los monarcas ilustrados de la casa de Borbón? ¿Hasta cuándo han seguido haciéndose oír los retumbos de este proceso?

135Estas son preguntas acuciantes para nosotros, mortales del siglo XXI pues, a no dudarlo, actualmente el Estado Moderno, surgido del impulso ilustrado y transformado incesantemente a lo largo de los siglos XIX y XX, parece dar cada vez más preocupantes signos de agotamiento y hay clamores de los más variados pueblos alrededor del mundo en pro de sistemas más participativos que garanticen no sólo el acceso del ciudadano a los espacios públicos, sino también a la riqueza socialmente producida, como puede ser visto en movimientos como los Indignados de la Plaza del Sol de Madrid, el movimiento Occupy Wall Street y aún en la muy cuestionada Primavera Árabe. De esta manera, en los albores del siglo XXI, el clamor de los pueblos por una mayor participación democrática puede y debería llevarnos a una nueva transformación de nuestras instituciones políticas modernas hacia un verdadero régimen participativo de libertades, solidaridad social y prosperidad general. Esta es verdaderamente la única forma en la que los ideales de la Ilustración podrán ser verdaderamente llevados a la práctica.

Bibliografía:

136Aguilar Bulgarelli, Óscar. José Santos Lombardo (San José: Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, 1973).

137Araya Solano, Seidy, Las letras de la Ilustración y la Independencia en el Reino de Guatemala (Heredia: EUNA, 2001).

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157Madrigal, Eduardo. “Elites instruidas en la Costa Rica Colonial, 1564-1718”, en Revista de Historia 57-58 (2008), págs. 88-91.

158Madrigal, Eduardo. “Poder y redes sociales en los ayuntamientos costarricenses de las postrimerías del período colonial (1808-1823): de la Colonia a la Independencia”, en Laura Machuca Gallegos, ed., Ayuntamientos y sociedad en el tránsito de la época colonial al siglo XIX. Reinos de Nueva España y Guatemala (Mérida, Yucatán, México: CIESAS), en prensa.

159Madrigal, Eduardo. “Poder económico y lazos sociales de una elite local en los últimos años del régimen colonial y en la Independencia: Costa Rica, 1821-1824”, en Revista Caravelle, 101 (2013), págs. 87-108.

160Martínez Esquivel, Ricardo. “Masones y masonería en la Costa Rica de los albores de la modernidad” (Tesis de maestría, Universidad de Costa Rica, 2012).

161Meléndez Chaverri, Carlos, La Ilustración en el Antiguo Reino de Guatemala (San José: EDUCA, 1974).

162Meléndez Chaverri, Carlos, Historia de Costa Rica (San José: EUNED, 2003).

163Meléndez Chaverri, Carlos y José Hilario Villalobos, Gregorio José Ramírez (San José, Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, 1973).

164Molina Jiménez, Iván, El que quiera divertirse libros y sociedad en Costa Rica (1750-1914), (San José: EUCR, 1995).

165Molina Jiménez, Iván y Steven Palmer, eds., “’Azul por Rubén Darío, el libro de moda’. La cultura libresca del Valle Central de Costa Rica (1780-1890)” en Héroes al gusto y libros de moda, sociedad y cambio cultural en Costa Rica (1750-1821), (San José: Porvenir-Plumsock Mesoamerican Studies, 1992).

166Obregón Loría, Rafael, Los gobernadores de la Colonia (San José: EUCR, 1979).

167Obregón Quesada, Clotilde, Las constituciones de Costa Rica 1812-2006 (San José: EUCR, 2007).

168Ots Capdequí, José María, El Estado español en las Indias (México: Fondo de Cultura Económica, 1941).

169Ots Capdequí, José María, Historia del Derecho español en América y del Derecho Indiano (Madrid: Ediciones Gráficas, 1969).

170Pérez Brignoli, Héctor. Breve Historia de Centroamérica (Madrid: Alianza Editorial, 1988).

171Pietschmann, Horst. Las Reformas Borbónicas y el sistema de intendencias en Nueva España: un estudio político administrativo (México: Fondo de Cultura Económica, 1996).

172Quesada Camacho, Juan Rafael. “Un siglo de educación costarricense (1814-1914)”, en Ana María Botey Sobrado, ed., Costa Rica desde las sociedades autóctonas hasta 1914 (San José: EUCR, 2002).

173Sanabria, Víctor Manuel. Genealogías de Cartago hasta 1850 (San José: mecanografiado, 1950), VII.

174Solórzano Fonseca, Juan Carlos. “Los años finales de la dominación española (1750-1821)”, en Héctor Pérez Brignoli, Historia General de Centroamérica, 6 Tomos, (Madrid: FLACSO, 1992), III.

175Todorov, Tveztan, La conquista de América. El problema del otro (México: Siglo XXI editores, 1989).

176Zelaya, Chester. El bachiller Osejo, 2 tomos (San José: Editorial Costa Rica, 1971).

177Notas de pie de páginas

1781 Ricardo Fernández Guardia, Cartilla Histórica de Costa Rica, (San José: EUNED, 2011), págs. 71-72.

1792 Ricardo Fernández Guardia, La Independencia, (San José: EUNED, 2007), pág.1. Estas apreciaciones nos muestran, entre otras cosas que, como buen hombre de su tiempo, don Ricardo Fernández tenía una fuerte tendencia a atribuir los procesos históricos de cambio en gran medida a la evolución de las ideas. Veremos hasta qué punto eso es así.

1803 Carlos Meléndez Chaverri, Historia de Costa Rica, (San José: EUNED, 2003), pág. 93.

1814 Carlos Meléndez Chaverri, Historia, pág. 94.

1825 Horst Pietschmann, Las Reformas Borbónicas y el sistema de intendencias en Nueva España: un estudio político administrativo (México: Fondo de Cultura Económica, 1996), pág.24; primera edición en alemán 1972.

1836 Horst Pietschman, Las Reformas, págs. 24-30.

1847 La existencia de este continuismo, pese a la mayor racionalización que se vive a partir de esta época, es demostrada ampliamente por el autor en el capítulo III de su obra.

1858 Colin M. McLachlan, Spain’s Empire in the New World. The Role of Ideas in Institucional and Social Change, (Los Angeles: University of California Press, 1988), págs. 67-82.

1869 Colin M. McLachlan, Spain’s Empire, págs. 89-111.

18710 Es interesante señalar que este autor presenta a los agentes reformadores coloniales como administradores enteramente racionales y actuando según criterios ya plenamente modernos. Con esto, McLachlan, parece estar evaluando las políticas de un Estado Moderno antes que ubicarse en lo que era el Antiguo Régimen absolutista.

18811 John Lynch, América Latina entre Colonia y Nación, (Barcelona: Crítica, 2001), págs. 117-169.

18912 François-Xavier Guerra, Modernidad e Independencias, ensayos sobre las revoluciones hispánicas, (Madrid: Ediciones Encuentro, 2009), págs. 35-77.

19013 Annick Lempérière, Entre Dieu et le roi: la république. México, XVIe-XVIIIe siècles, (Paris: Les Belles Lettres, 2004), págs. 135-156.

19114 John Tate Lanning, The Eighteenth Century Enlightenment in the University of San Carlos de Guatemala, (Nueva York: Cornell University Press, 1956).

19215 John Tate Lanning, The Eighteenth Century Enlightenment, pág. 347.

19316 John Tate Lanning, The Eighteenth Century Enlightenment, pág. 348.

19417 Carlos Meléndez Chaverri, La Ilustración en el Antiguo Reino de Guatemala (San José: EDUCA, 1974).

19518 Carlos Meléndez Chaverri, La Ilustración, pág. 23.

19619 Carlos Meléndez Chaverri, La Ilustración, págs. 25-27.

19720 Carlos Meléndez Chaverri, La Ilustración, págs. 61, 70 y 72.

19821 Juan Carlos Solórzano Fonseca, “Los años finales de la dominación española (1750-1821)”, en Héctor Pérez Brignoli, Historia General de Centroamérica, 6 Tomos, (Madrid: FLACSO, 1992), III, págs. 49-50. Aún si este autor no hace realmente mucho hincapié en el ligamen entre reformas y pensamiento ilustrado.

19922 Seidy Araya Solano, Las letras de la Ilustración y la Independencia en el Reino de Guatemala (Heredia: EUNA, 2001). Lamentablemente, este trabajo es una simple antología del pensamiento ilustrado centroamericano y no ofrece ni siquiera un estudio preliminar de los textos presentados, de manera que no da aportes que puedan comentarse. Aún así resulta valioso.

20023 Michel Bertrand, “Guatemala City Social Elites on the Eve of Independence”, in Jordana Dym y Christophe Belaubre, eds., Politics, Economy and Society in Bourbon Central America, 1759-1821, (Colorado: The University Press of Colorado, 2007), págs. 169-189-90. Estas ideas son desarrolladas también ampliamente en su libro Grandeur et misère de l’office, les officiers de finances de Nouvelle-Espagne (XVII-XVIII siècle).

20124 Michel Bertrand, “Guatemala City Social Elites on the Eve of Independence”, págs. 238-241.

20225 Héctor Pérez Brignoli, Breve Historia de Centroamérica (Madrid: Alianza Editorial, 1988), pág. 38.

20326 De manera interesante, historiadores tan tradicionales como José María Ots Capdequí, El Estado español en las Indias (México: Fondo de Cultura Económica, 1941), págs. 68-72; Historia del Derecho español en América y del Derecho Indiano (Madrid: Ediciones Gráficas, 1969), págs. 195-204 y Clarence Haring, El imperio hispánico en América (Buenos Aires: Ediciones Peuser, 1958), págs. 280-296) también concuerdan en el carácter nacional y conservador de la Ilustración del siglo XVIII español y de sus reformas. Por supuesto, estos autores tampoco excluyen la importancia de la llegada de las ideas francesas a España y sus dominios.

20427 Eduardo Madrigal, “Cartago República Urbana: elites y poderes en la Costa Rica Colonial (1564-1718)” (Tesis de doctorado, Universidades de Costa Rica y Toulouse II-Le Mirail, San José y Toulouse, 2006), págs. 608-625.

20528 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos para la historia de Costa Rica, (San José: Editorial Costa Rica, 1976), III, págs. 376-377.

20629 María de los Ángeles Acuña León, Mestizajes en la provincia de Costa Rica 1690—1821 San José, 2009, págs. 49-52.

20730 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, págs. 241.

20831 Carlos Meléndez Chaverri, Historia de Costa Rica, pág. 71.

20932 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, págs. 275.

21033 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, págs. 276.

21134 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, págs. 285. De hecho, los oidores de la Audiencia se proponían también hacer construir una flota de barcos para exportar el tabaco desde Costa Rica, y propusieron iniciar la elaboración de los planos de la futura factoría, entre otras cosas.

21235 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, págs. 285.

21336 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, págs. 130-133.

21437 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, págs. 131.

21538 Aún si hay quienes han dado fechas más antiguas a la introducción de la planta en la provincia (1791 concretamente), en cualquier caso, esta puede haber respondido a los mismos afanes ilustrados (Carolyn Hall, El café y el desarrollo histórico-geográfico de Costa Rica, (San José: Editorial Costa Rica, 1991), pág.33). Por demás, el gobernador Acosta también mandó por bando eximir de impuestos – entre otros productos – al café en 1804; Archivo Nacional de Costa Rica (ANCR), Sección Colonial, Serie Cartago (Cart), Nº 958-1804.

21639 Véase, por ejemplo, Cart 934-1804; Cart 960-1805; ANCR, Serie Complementario Colonial (CC) 3499-1806; Cart 969-1806 y ANCR, Serie Municipal (Municip.) 442-1804, ff. 26-27v.

21740 Ligia Cavallini también ha documentado estas campañas de salubridad (Ligia Cavallini, Don Pablo de Alvarado Bonilla, (San José: Instituto del Libro, 1985, pág. 9). Como menciona esta autora, la medicina ya había sido practicada en la provincia – aunque muy pobremente – desde el siglo XVIII, con la presencia del padre Juan de Pomar y Burgos, protomédico de Panamá, quien también fue cura y médico de Heredia y San José. Véase al respecto también Ricardo Blanco Segura, Historia eclesiástica de Costa Rica, pág. 224. Además, sabemos que, hacia 1813, el cabildo de San José dio licencia a José Antonio García para atender a los enfermos de su jurisdicción pues, como se dijo más tarde, era el “único práctico en medicina” de la ciudad. En 1821, este personaje seguía desempeñando su oficio; Municip. 453-1813, ff51-52; CC2571-1814; Municip. Cartago 84-1821.

21841 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, pág. 410.

21942 Juan Rafael Quesada Camacho, “Un siglo de educación costarricense (1814-1914)”, en Ana María Botey Sobrado, ed., Costa Rica desde las sociedades autóctonas hasta 1914 (San José: EUCR, 2002), págs. 364-366.

22043 Ricardo Blanco Segura, Historia eclesiástica de Costa Rica, 1502-1850 (San José: EUNED, 1983), pág. 110.

22144 Eduardo Madrigal, “Elites instruidas en la Costa Rica Colonial, 1564-1718”, en Revista de Historia 57-58 (2008), págs. 88-91.

22245 Como ejemplos, véase, para el caso de San José, CC3669-1813, f11; CC4546-1816; para el caso de Cartago, Cart 1046-1814; CC2503-1814; y para el caso de Heredia, ANCR, Protocolos coloniales de Heredia Nº656-1816, ff37v-38v, 39.

22346 Paulino González Villalobos, La Universidad de Santo Tomás, (San José: EUCR, 1989), págs. 30-31. Esto trajo, por cierto – según González y a tono con lo que hemos señalado -, todo un auge de la apertura de escuelas de primeras letras en toda la provincia, auge que no se vio interrumpido después de echar atrás Fernando VII con la constitución, en 1813.

22447 Paulino González Villalobos, La Universidad de Santo Tomás, pág. 33.

22548 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, págs. 395-406.

22649 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, págs. 395.

22750 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, págs. 396.

22851 Iván Molina Jiménez, El que quiera divertirse libros y sociedad en Costa Rica (1750-1914), (San José: EUCR, 1995), págs. 21-46.

22952 Iván Molina Jiménez, El que quiera divertirse, pág. 22. No hay que olvidar, como atenuante que, como señala Zelaya, en esta época debe haber sido difícil para la mayoría de la población leer libros que en principio estarían casi siempre escritos en francés y con pocas posibilidades de ser accesibles en traducción al castellano. Por ello, en realidad, como lo dice este autor, irónicamente, la mayoría de los trabajos de los “philosophes” de la Francia de Las Luces, no serían conocidos por estas latitudes más que a través de las listas de libros prohibidos del Santo Oficio (Zelaya, El bachiller Osejo, I, pág. 30). Es necesario aclarar que también ha sido dicho que, para este período, parte de las elites coloniales hispanoamericanas eran capaces de leer en francés (Haring, El Imperio, pág. 280); y ese parece haber sido el caso del bachiller Osejo, según ha documentado Zelaya (pág. 30).

23053 Iván Molina Jiménez, El que quiera divertirse, pág. 21.

23154 Iván Molina Jiménez, El que quiera divertirse, págs.24-25.

23255 Iván Molina Jiménez, El que quiera divertirse, pág. 32.

23356 Iván Molina Jiménez, El que quiera divertirse, pág. 32.

23457 Iván Molina Jiménez, El que quiera divertirse, págs. 47-48.

23558 Así, estos lectores de libros, como decimos, no parecen haber formado parte de un grupo con características cohesionadas como para que puedan ser vistos como una red de intelectuales dotados de ideas comunes ni enfocados a la construcción de un proyecto político o filosófico propio. Un estudio prosopográfico y de redes sociales de este grupo de individuos sería extremadamente importante pero, por razones de espacio, esto tendrá que quedar para otro artículo.

23659 Seydi Araya Solano, Las letras de la Ilustración, págs. 81-82.

23760 Ricardo Blanco Segura, Historia eclesiástica de Costa Rica, pág. 224.

23861 La parte del hospicio si es de Liendo, aunque la sección donde se detalla específicamente el plan podría haber sido elaborada por otro individuo, específicamente el canónigo García Redondo de la catedral de Guatemala, cosa que en el libro no resulta clara.

23962 Seydi Araya Solano, Las letras de la Ilustración, págs. 14-15.

24063 Seydi Araya Solano, Las letras de la Ilustración, pág. 39.

24164 Aunque, claro, esto también puede referirse a la religión cristiana, entendida como religión racional, frente a la irracionalidad del paganismo.

24265 Tzvetan Todorov, La conquista de América. El problema del otro (México: Siglo XXI editores, 1989), págs. 137-143.

24366 CC0374-1775

24467 Ethel García Buchard, (Ed.), Imaginarios de la nación y la ciudadanía en Centroamérica (San José: EUCR, en prensa).

24568 Clotilde Obregón Quesada, Las constituciones de Costa Rica 1812-2006 (San José: EUCR, 2007), págs. 38-39.

24669 Clotilde Obregón Quesada, Las constituciones, pág. 36.

24770 No olvidemos que, como lo documenta Molina eran casualmente los más adinerados mercaderes quienes poseían libros – y en particular libros ilustrados – en la época, como fue el caso del afamado José Ana Jiménez.

24871 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, págs. 415-436

24972 Ricardo Fernández Guardia,_ Colección de documentos_, pág. 418.

25073 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, págs. 420-421 .

25174 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, pág. 421.

25275 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, pág. 423.

25376 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, pág. 424.

25477 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, pág. 425. Luego estos monopolistas criollos propugnarían por una independencia total frente a la Metrópoli, porque así podían asegurarse la autonomía y el margen de maniobra que requerían para su proyecto político y de desarrollo económico.

25578 Refiriéndose al capitán general de Guatemala, a quien dirigían la petición.

25679 Ricardo Fernández Guardia, Colección de documentos, pág. 486.

25780 Eduardo Madrigal, “Poder y redes sociales en los ayuntamientos costarricenses de las postrimerías del período colonial (1808-1823): de la Colonia a la Independencia”, en Laura Machuca Gallegos, ed., Ayuntamientos y sociedad en el tránsito de la época colonial al siglo XIX. Reinos de Nueva España y Guatemala (Mérida, Yucatán, México: CIESAS), en prensa.

25881 Chester Zelaya, El bachiller Osejo, 2 tomos (San José: Editorial Costa Rica, 1971), págs. 24-27.

25982 Chester Zelaya, El bachiller Osejo, pág. 86.

26083 Sabemos, sin embargo, que al fin y al cabo, los electos en la nueva junta terminaron siendo casi los mismos que estaban en la primera, y que la mayoría se eligió no por sufragio sino por cartas poder emitidas por los ayuntamientos, de modo que la situación denunciada por Osejo en realidad se alteró bastante poco (Eduardo Madrigal, “Poder y redes sociales”).

26184 Chester Zelaya, El bachiller Osejo, págs. 96-100.

26285 Véase también Chester Zelaya, El bachiller Osejo, págs. 119.

26386 Iván Molina Jiménez, y Steven Palmer, eds., “’Azul por Rubén Darío, el libro de moda’. La cultura libresca del Valle Central de Costa Rica (1780-1890)” en Héroes al gusto y libros de moda, sociedad y cambio cultural en Costa Rica (1750-1821), (San José: Porvenir-Plumsock Mesoamerican Studies, 1992), pág. 143.

26487 Rafael Obregón Loría, , Los gobernadores de la Colonia (San José: EUCR, 1979), pág. 159.

26588 CC1960bis; CC2988; Municip. 485.

26689 Municip. 775-1812

26790 Municip. Cartago 458

26891 ANCR, Serie Provincial Independiente (Prov. Indept.), Nºs104, 106 y 108-1821.

26992 Municip. San José 64, f104.

27093 Prov. Indept. 1450-1821; Prov. Indept. 1450-1821, f. 165 y Prov. Indept. 1460-1821, f. 1-2; Municip. 021-1822, f. 1v.

27194 Rafael Obregón Loría, Los gobernadores, pág.159.

27295 Óscar Aguilar Bulgarelli,. José Santos Lombardo (San José: Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, 1973), págs. 30-31.

27396 Óscar Aguilar Bulgarelli, José Santos Lombardo, págs. 62-64.

27497 Hechos que hemos discutido seriamente en otros trabajos como Madrigal, “Poder y Redes sociales” y Madrigal, “Poder económico y lazos sociales”, pp. 87-108.

27598 De hecho, el Seminario Tridentino y luego Universidad de León de Nicaragua, parece haberse convertido en un centro de irradiación del pensamiento ilustrado – particularmente en su versión francesa- hacia Costa Rica. Por cierto otro personaje que estudió en León y que también ha sido visto como alguien destacado que luchó en las Cortes por altos ideales (quizá ilustrados) en beneficio de la provincia, es precisamente el primer diputado por Costa Rica, Florencio del Castillo; Carlos Meléndez Chaverri, Historia, pág.76.

27699 Carmen Lila Gómez, Juan Mora Fernández, (San José: Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, 1973), págs. 39-44 y 49.

277100 Carlos Meléndez Chaverri y Villalobos, Gregorio José Ramírez, pág. 51.

278101 Ligia Cavallini, Don Pablo de Alvarado Bonilla, págs. 11-15.

279102 Rafael Obregón Quesada, Las constituciones, pág.13; Prov. Indept. 31-1821.

280103 Víctor Manuel Sanabria, Genealogías de Cartago hasta 1850 (San José: mecanografiado, 1950), VII, pág. 336.

281104 Ricardo Martínez Esquivel, “Masones y masonería en la Costa Rica de los albores de la modernidad” (Tesis de maestría, Universidad de Costa Rica, 2012), pág. 183.

282105 Municip. Cartago 841 f24-25; Municip. Cartago 841 f26-27.

283106 Municip. San José 68.

284107 Rafael Obregón Quesada, Las constituciones, pág. 21.

285108 Eduardo Madrigal,. “Poder y redes sociales en los ayuntamientos costarricenses de las postrimerías del período colonial (1808-1823): de la Colonia a la Independencia”, en Laura Machuca Gallegos, ed., Ayuntamientos y sociedad en el tránsito de la época colonial al siglo XIX. Reinos de Nueva España y Guatemala (Mérida, Yucatán, México: CIESAS), en prensa.

286109 Desde luego, no podemos descartar que la prensa que se publicaba periódicamente Guatemala y que fue también allí un canal de circulación de las ideas ilustradas (muy sujeto a censura por cierto), no haya tenido alguna influencia en las elites locales de Costa Rica.

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Para citar este artículo :

Eduardo Madrigal Muñoz, « Ilustración, elites coloniales y procesos políticos en Costa Rica: de la colonia a la Independencia (1705-1824) », Boletín AFEHC N°63, publicado el 04 diciembre 2014, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=3885

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