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AFEHC : transcripciones : Certificación de un hecho considerado milagroso por parte de autoridades eclesiásticas : Certificación de un hecho considerado milagroso por parte de autoridades eclesiásticas

Ficha n° 4166

Creada: 25 diciembre 2015
Editada: 25 diciembre 2015
Modificada: 25 diciembre 2015

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Autor de la ficha:

Rodolfo HERNANDEZ MENDEZ

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Certificación de un hecho considerado milagroso por parte de autoridades eclesiásticas

Relato extraordinario, exaltado y emotivo de un individuo que volvió a la vida después de cuatro días de haber estado prácticamente muerto y salvado por la Virgen María.
Palabras claves :
Siglo XVII, Religiosidad, Virgen, Chiapas.
Autor:
Feliciano de Espinoza. Pedro de Reyes y Toledo
Ubicación:
Archivo General de Centroamérica, AGCA
Fecha:
1700-11-08
Paginas:
1-2
Texto íntegral:

1[f. 1] «Jesús. María. José.

2Yo Pedro de Reyes y Toledo, vecino de esta Ciudad Real de Chiapa, notario nombrado del Juzgado Eclesiástico, certifico, doy fe y verdadero testimonio a todos los que el presente vieren, como hoy lunes que se cuentan ocho de noviembre de mil y setecientos años; el reverendo padre fray Rodrigo Betancur, guardián actual del convento de Recolección del señor San Antonio de esta dicha Ciudad Real, pidió y suplicó (estando presente don Joseph de Mera y yo el referido Notario y el señor licenciado don Juan Chrisostomo de Solís, arcediano de esta santa iglesia catedral, juez provisor y vicario general en ella y su obispado [)] fuese servido de ir a casa de Catharina de Torres, española, vecina de esta ciudad, a fin de oír lo que Feliciano de Espinoza, su hijo, declaraba después de un éxtasis en que había estado arrebatado, espacio de cuatro días naturales, por ser caso prodigioso y digno de divulgarse por el mundo a gloria de Dios y su santísima madre, y provecho de sus fieles devotos.

3Este mismo día, como a las cuatro de la tarde, fuimos todos como estábamos y se hicieron las declaraciones y experiencias siguientes,

4Catharina de Torres dijo: Señor, después de un año que continuamente he estado pidiendo a Dios ya su santísima madre me volviese a casa a este mi hijo que andaba todo este tiempo perdido; habrá cosa de doce días que Dios me lo trajo. Lo primero a que procuré persuadirle fue a una buena confesión, lo cual no pude conseguir de él, hasta que al cuarto día de llegado, molestado ya de mis importunos ruegos trató de volverse a ir fuera de casa; mas Dios le detuvo los pasos, porque repentinamente cayó como muerto, sin saber la causa; recibió el Santo Óleo, por no poder otro sacramento; velámosle día y noche, ayudándole a bien morir. Asistíame el desconsuelo de no haberse confesado, y más lo agravaba el ver que expelía de el cuerpo mal olor, de la boca hollín (y llegué a dudar si era la lengua que se le había podrido, por tener la misma forma). El rostro se le alargó en manera que le hacía formidable. La boca siempre abierta, los ojos continuamente abiertos y moviéndolos con espantosos visajes. Finalmente todo él causaba a todos espanto. Hasta que al cabo de cuatro días, sin más remedio que el de la piedad de Dios, repentinamente volvió en sí y como esperando me preguntó que si sabía de dónde venía. Yo le dije que de ninguna parte vino, que en casa había estado. Cómo no?, me respondió, miren las señales que traigo. Entonces lleguéme a él y le hallé herido en dos partes de el cuerpo, una en el cerebro y la otra en una nalga. Como claramente se ven.

5Don Joseph de Mera declaró que todo lo dicho era verdad, y añadió que en todos cuatro días naturales no había pasado un bocado de sustento; que las heridas, siendo del porte de una hostia grande cada una, demostraban ser hechas con fuego y como tales les aplicaba las medicinas; que él le había [f. 1v.] asistido como médico en aquellos días; y que no solo no había tenido por enfermedad natural aquella, sino que evidentemente había experimentado ser cosa extraordinaria, porque no hallándole principio ni causa alguna con tan dilatado letargo, el juicio que hizo fue suspender el suyo y sujetarlo al de Dios, esperando o a que Dios se lo llevase o lo volviese en sí para poderle aplicar algún medicamento; que hizo varias experiencias, ya de picarle con un alfiler en lo vivo, ya de darle cordeles, y otras que no bastaron.

6Hechas estas declaraciones antes de entrar a ver a el paciente, al punto entramos todos juntos como estábamos y habiendo visto ocultamente las heridas, entonces el reverendo padre guardián exhortó a el enfermo a que dijese con claridad de dónde le habían venido aquellas heridas, a que respondió

7Ya dije a V. P. que fui repentinamente arrebatado y llevado a el tribunal de Dios, aunque ni se quien me llevó, ni se qué tanto tiempo estuve allá; lo que sé es que me vi muy atribulado y en graves peligros, como tengo dicho ya. Deseo oírlo otra vez (díjole el dicho reverendo padre guardián). Vime (dijo el enfermo) en un lugar muy espacioso, rodeado por todas partes de muchos ministros de justicia. En el medio de este lugar estaba una grande cruz, a cuyo pie estaba asentado Nuestro Señor Jesu Christo y a un lado una horca, a que fui sentenciado; lloraba yo amargamente, sin tener por entonces a quien volver los ojos. Tengan (decía) piedad de mí; en estas congojas estuve hasta tanto que vi salir a el ministro que me había de ajusticiar. Venía en un caballo blanco, con una arma de fuego en la mano. Aquí fueron mis mayores agonías. Enderezó con aquella arma hacia mí y al dispararla acordeme de la Virgen Santísima, nuestra señora, y invoqué su auxilio diciendo Virgen Santísima, Madre de Dios, favorécedme.

8[f. 1v.] Disparóse el arma, quedé herido como todos lo ven, pero no muerto porque el amparo de la Reina de los Cielos me libró de la muerte, y entiendo que el haberme librado ha sido por la devoción que a esta Señora he tenido, que aunque mal hombre nunca le he dejado de rezar su santo rosario dos veces cada día.

9Con esto quedamos todos satisfechos del caso sucedido, dando gracias a la Reina de los Ángeles por semejante beneficio; y ponderando aún más que el efecto que en el cuerpo le quedó, el que le dejó en el alma; porque si cuatriduano y hediondo, le volvió a la vida natural. A la vida de la gracia le redujo con tal eficacia que sus primeros deseos, después de haber hecho una buena confesión, han sido, dándole Dios salud, encerrarse por toda su vida a servirle en el convento del glorioso padre San Francisco.

10De todo lo cual dicho padre guardián pidió y suplicó a su merced fuese servido de mandar se le diese por testimonio, en pública forma y manera que haga fe, y yo, por mandado de su merced dicho señor provisor, di el presente en esta Ciudad Real de Chiapa, en ocho días del mes de noviembre de mil y setecientos años, estando presente el reverendo padre fray Antonio de Jesús, del mismo sagrado orden de el señor San Francisco de la Recolección, y don Joseph de Mera, quienes vieron todo lo referido.

11Y para que [f. 2] se le dé el crédito que semejante caso requiere, rogué a su merced, dicho señor provisor, lo firmase conmigo, Chrisóstomo de Solís. En testimonio de verdad, Pedro de Reyes y Toledo, notario nombrado.

12El ilustrísimo y reverendísimo señor maestro, don fray Francisco Nuñez de la Vega, del orden de Predicadores, por la divina gracia y de la Santa Sede Apostólica, obispo de este obispado, mandó se publicase y predicase a gloria de Dios y la purísima virgen María señora nuestra, y yo lo prediqué el día de su patrocinio, en el mismo mes y año, en este convento de Recolección de San Antonio. [escrito con tinta de otro color:] Fray Rodrigo Betancurt.»

Fuentes :

AGCA, A1.11(1), Leg. 77, Exp. 733, f. 1v.-2