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AFEHC : articulos : El nuevo/viejo discurso de los ilustrados en el proceso de independencia de la Nueva Granada. 1808 – 1818. : El nuevo/viejo discurso de los ilustrados en el proceso de independencia de la Nueva Granada. 1808 – 1818.

Ficha n° 4196

Creada: 29 enero 2016
Editada: 29 enero 2016
Modificada: 02 febrero 2016

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Autor de la ficha:

Justo CUÑO BONITO

Editor de la ficha:

Laura MACHUCA

Publicado en:

ISSN 1954-3891

El nuevo/viejo discurso de los ilustrados en el proceso de independencia de la Nueva Granada. 1808 – 1818.

La serie Disparates la inició Goya en 1815 para que, yendo más allá de la denuncia social, se acentuase en su obra la crítica al antiguo régimen y sus trasnochadas políticas. Con el Disparate 15, Disparate Claro , Goya pretendió tergiversar incluso el nombre de la estampa y teñirla de oscuridad, tapando la luz con la fuerza del oscurantismo. El presente trabajo incide en esa poderosa imagen de Goya presentando la claridad de cuatro personajes: Fermín de Vargas, Pascual Enrile, el Duque de Montemar y Louis de Rieux, que por mor de las circunstancias tuvieron que tiznar sus vidas y pensamientos para que su luz, sin apagarse, pudiera coexistir con la represión absolutista. El trabajo analiza los planteamientos generales que cuatro mentes privilegiadas propusieron para transformar ordenadamente el universo socioeconómico del absolutismo iberoamericano y las contradicciones que relegaron sus proyectos.
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Palabras claves :
Ideología, Mentalidad, Socioeconomía, Absolutismo, Proyectos
Autor(es):
Justo Cuño
Fecha:
Diciembre de 2015
Texto íntegral:

1¿Quiénes eran y qué intereses amparaban unos Ilustrados novogranadinos que querían y defendían un cambio en el modelo sociopolítico imperante? ¿Es posible hablar de una comunidad ilustrada de interpretación, de un grupo, de intereses comunes, de una construcción nacional conjunta; de proyectos globales al margen de los intereses particulares? A través de varios ejemplos el trabajo expone cómo más allá de un planteamiento común; cómo más allá de un modelo único; cómo más allá de unos intereses universales, los ilustrados defendieron, a menudo, intereses particulares nacidos en el seno mismo de una administración colonial que les había levantado a la posición de privilegio que ocupaban en el contexto de la independencia de la Nueva Granada1.

2Si en Quito, los Montúfares contra los Checas y De la Peña; si en la Nueva Granada, los Nariño contra los Camilo Torres y contra los Acevedo Gómez o los Frutos Joaquín Gutiérrez y, en fin, contra todo aquel que no fuera nariñista; si en Cartagena los García de Toledo y los Torices contra los Piñeres y contra todo el partido del pueblo; si los Bolívar, Montilla, Ribas y Sojo en Caracas contra sus familiares directos del marquesado de Casa León o de Mijares, en pugna por establecer un régimen oligárquico o uno liberal y democrático; si los Bolívar, a la postre, contra los Miranda; si, en definitiva, toda la élite quedó enfrentada contra toda la otra parte de la élite por unos intereses mínimos, particulares, adornados de las grandes palabras ilustradas vaciadas con hechos ramplones que las contradecían; si las recién nacidas juntas, lejos de construir un nuevo imaginario simbólico que apelase a un mayor consenso y representatividad de los distintos sectores sociales, siguieron reproduciendo el esclerótico esquema de la sociedad americana tardocolonial, aún desde su inicio, con los pomposos tratamientos de Alteza Serenísima y de Excelencia y el señalamiento de sueldos de seis y dos mil pesos anuales que las distanció aún más de la propia base social que las había aupado a tomar el poder; si la incapacidad de concebir un proyecto nacional propio, aglutinador y heterogéneo, que elevara sobre los particularismos la idea del bien común que todas las élites decían asumir y representar; si en definitiva, su guerra interna, que para mal, no fue sólo suya sino la de todos los que habitaban aquellas sociedades, rompió el primer sueño de la independencia absoluta y entregó nuevamente la tierra a los Abascal, a los Aymerich, Montes, Sámanos, Montalvos, Bayer, a los Tacón, a los Torres; si entregó las patrias recién fundadas y ya caídas, a los Enrile y a Pablo Morillo; si éstas élites con tan malas mañas y con tan cortas miras fueron las que derrotaron el proyecto de edificar la nación… ¿Cómo se atrevieron a intentarlo? ¿En quiénes se apoyaron? ¿Quiénes las sostuvieron y quiénes, finalmente, las auparon por encima de todas las armas españolas llegadas y por llegar2?

3Como ha indicado José Carlos Chiaramonte3, a finales del siglo XVIII e inicios del XIX, la imagen de brusca ruptura del nuevo pensamiento con las tendencias conformadas a lo largo de los dos primeros siglos de vida colonial, tendió a ser sustituida por la de una penetración moderada y gradual del “espíritu del siglo”, pero siempre a través de un entrelazamiento de los rasgos ilustrados con formas tradicionales. Así, las barreras tradicionales para las nuevas formas de pensar – los dogmas de la iglesia católica, la filosofía escolástica y la fidelidad política a las monarquías ibéricas- fueron sólo superadas en momentos muy cercanos al proceso de independencia y no necesariamente en su conjunto.

4La historiografía tradicional ha considerado precisamente a estas clases sociales dominantes, sin tener en cuenta la procedencia de la acumulación económica, origen de su poder político, como la única clase que configuró los vagos proyectos que en este período se tuvieron sobre la idea de nación. Pero es necesario destacar, que sobre cualquier idea de unidad americana o “nacional”, las élites americanas elaboraron finalmente concepciones particularistas. El origen de esta tendencia hay que buscarlo en el deseo de las élites locales de apropiarse de aquellos medios de producción que controlaban de modo directo y que les daban el prestigio que ostentaban en su entorno social más inmediato. Exceptuando aquellas élites, que por situarse en las ciudades cabeceras de los virreinatos, las cuales buscaron en torno a sus dominios políticos y sociales la construcción de unas “comunidades imaginadas4”, reclamando para sí ciertos derechos históricos, el resto se conformó generalmente con no estirar sus ambiciones más allá de sus espacios más inmediatos5.

5Pero aún entre los ilustrados que se adherían explícitamente a los fundamentos de las monarquías ibéricas, al adoptar las concepciones de conjunto de la Ilustración socavaban la fidelidad a la monarquía por cuanto aquella comprometía la concepción del mundo que servía de sustento a los principios regios. Así, los ilustrados, americanos o españoles, viajaban con un bagaje demasiado pesado de llevar: el rey, el pensamiento escolástico y la religión constituían los fardos que lastraban cualquier pensamiento genuinamente ilustrado. Como los españoles, los ilustrados americanos se lanzaron a la apasionante tarea de reformar quedamente, sin sobresalto, ofreciendo a la corona una solución que resultase atractiva tanto al establishment como a las élites criollas. Pero la solución no existía. Los años finales del siglo XVIII resumen ese anhelo de hacer posible lo impracticable mientras se desgastaba su pensamiento más tradicional y era sustituido por uno nuevo, importado de las colonias inglesas y francesas que transmitía la idea de crear naciones y burguesías donde no existía ni lo uno ni lo otro.

6Los textos de la época muestran estos pensamientos ilustrados de compromiso con las autoridades, plagados de contradicciones porque no resultaba posible no tenerlas en ese juego permanente de intentar casar principios contrarios, donde la preeminencia social y la propia existencia individual se fundamentaba en buscar la supervivencia adaptándose al momento concreto, a la situación, al acontecimiento. Los textos son una permanente exposición de las sinrazones que adornaban el retrógrado pensamiento de una corona que anclaba en el abismo de la mediocridad a sus colonias y a la metrópoli, donde se adivina de manera implícita y en tensión latente la pugna entre un pensamiento debido a la fidelidad al rey, al todopoderoso escolasticismo y a los dogmas de la iglesia católica y unas ideas renovadas que propenden a la renovación y transformación de la sociedad6. Y todo ello en un momento, en que bajo una base común de repudia del orden social imperante se acusaría a la corona por parte de algunos americanos, de haber reducido a América a una “dependencia degradante7”.

Puede que aún, a finales del siglo XVIII, hubiese algunos que aún mantuvieran esperanzas en el cambio general pero lo cierto es que a esas alturas, quienes mantenían esperanzas en el cambio lo hacían más pensando en sus intereses (coincidentes o no con los generales) que en la desvencijada metrópoli. Ilustrados los hubo y en abundancia: reformistas, cientificistas, arribistas, militaristas, oportunistas e incluso intrusistas que con la excusa de la mejora del sistema ofrecieron arbitrios que les hicieran medrar política y económicamente.

7Pedro Fermín de Vargas, Pascual Enrile o Louis de Rieux representan, de manera connotada, un modo de ser, pensar, evolucionar y sobrevivir definidos por una época tan convulsa que el parecer y el ser apenas podían diferenciarse. La cotidianeidad era un retruécano donde se era y al tiempo no se era reformista; donde se expresaba pero no se expresaba la propia opinión; donde se criticaba pero sin criticar, el orden social y político imperante y donde se suspiraba (pero sin que se advirtiese), por un nuevo modelo de sociedad. Fermín de Vargas, desde su mirada de español americano, mostraba (sin mostrarlo) su hastío, decepción y hasta desesperación por el absoluto abandono en el que se encontraban la Nueva Granada. Enrile, como español peninsular, abogó por una ilustración absolutista que aprovechase de la ilustración sólo la ciencia y del absolutismo, sólo la razón que daba la férrea voluntad del rey. Antonio María Ponce de León y Dávila, Duque de Montemar, como presidente de la sala primera del Consejo de Indias, propuso una reforma general del sistema económico que suponía también una completa reforma económica, pero sin proponer ni una, ni otra de manera explícita, y Louis de Rieux, desde su visión extranjera, inicialmente anheló su asimilación social y tras sus rencillas con la justicia del rey, comprometió su propia vida para intentar conseguir la independencia americana.

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9Entre los reformistas y cientificistas estuvo D. Pedro Femín de Vargas. A través de la fina observación de este ilustrado se nos presentó la catastrófica gestión económica de la Corona española en sus colonias. La solución, propondrá Pedro Fermín, ha de proceder del cambio de rumbo económico pero también debe venir de la educación; creía que las Sociedades Económicas de Amigos del País eran realmente ejes transformadores de las sociedades americanas así como lo estaban ya haciendo en la Península. Además, solicitó una profunda transformación del sistema económico en favor de un liberalismo proteccionista que permitiera la exportación de los frutos de la tierra y la salvaguarda del mercado interno americano8.

10Don Pedro Fermín de Vargas nació en la villa de San Gil el 3 de julio de 1762. Realizó estudios en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario de Santafé de Bogotá y ocupó el cargo de Oficial Primero de la Secretaría del Virreinato. Ocupó los puestos de corregidor y juez de residencia de Zipaquirá (entre 1789 y 1791). Vinculado a la Expedición Botánica desde 1784, bajo la dirección de Celestino Mutis, supervisó el acopio de quina y recorrió gran parte del virreinato. Según sus contemporáneos era “un sujeto de singular talento e instrucción” y de “superiores luces”. Amigo de Nariño y Caldas9, fue uno de los personajes más lúcidos y temerarios de su época. Precursor de la independencia, propuso reformas fiscales proteccionistas para que los más pobres pudiesen optar a la compra de los tejidos bastos del Socorro, sirviendo al tiempo de reactivo a la economía de la región10. Asimismo, solicitó la libertad para el comercio criollo hacia el exterior, siempre y cuando estos derechos no menoscabaran los de los comerciantes peninsulares ni los de los locales.

11En esta mezcla entre proteccionismo y liberalismo creía que se sustentaba el necesario desarrollo económico de la Nueva Granada. Este debía tener en el aprovechamiento y comercialización de la abundancia de materias primas existentes en el territorio, el principal resorte para el adelantamiento socioeconómico del virreinato.

12Además de su participación en la Expedición Botánica que le llevó a recorrer todo el territorio y a tener una idea clara de los límites de lo que debía ser en el futuro una nueva nación, viajó a Madrid y a través de escritos, solicitó el reconocimiento de los derechos del hombre americano.

13A Madrid había llegado desde Cuba tras una azarosa huida que pone de manifiesto el carácter del personaje. Desde 1791 entró en problemas con la justicia virreinal y tras abandonar a su mujer y dos hijos, huyó disfrazado y con pasaporte y documentos falsos de la Nueva Granada acompañado por Dª. Bárbara Forero, mujer casada que, disfrazada de hombre, le acompañó a las Antillas. De la causa seguida contra Pedro Fermín de Vargas en su ausencia se coligió que “andaba en pasos perjudiciales á la tranquilidad del Reino”.

14En abril de 1797 Dª. Bárbara Forero reapareció en Santafé. Habiendo sido apresada declaró que Vargas había quedado en Jamaica pero se aprestaba a pasar para Madrid a pedir su indulto y licencia para regresar a la Nueva Granada. Una libranza girada a nombre de esta mujer desde La Habana por un tal Fermín Sarmiento, puso sobreaviso a las autoridades de que D. Pedro Fermín ya no se encontraba en Jamaica.

15A través de Francisco de Miranda (a quien posteriormente acompañaría en su expedición libertadora de 1806), entró en contacto en París y en Londres con los grupos que solicitaban la libertad americana. En la capital inglesa se presentó como “nativo del Nuevo Reino de Granada y descendiente por su madre de los indígenas de aquel país, llamados por los españoles indios”. Allí expuso que así estos últimos, como los españoles americanos,

16“vivimos en nuestro país natal como extranjeros, o más bien como esclavos, la indignación se ha apoderado de nosotros y nada deseamos tanto como sacudir el yugo de una opresión tan odiosa como la de la Corte de Madrid. Es demasiado conocida esta opresión para que yo ocupe la atención del gobierno en describirla. El mal ha llegado a su colmo; la población del país es suficiente para aspirar a la independencia, y el Nuevo Reino de Granada es hoy como un hijo mayor que desea emanciparse. Todas las clases desean esta emancipación, y las tentativas de 1781 y 1796 lo prueban claramente. Este Gobierno está instruido de ellas, cuyo mal suceso nos ha convencido de que el medio más seguro para conseguir nuestro fin es el de recurrir a una potencia extranjera con cuyos auxilios formar un punto de reunión que proteja nuestra declaración simultánea11“.

17España siguió aferrada al viejo modelo monopolístico en un área de un valor estratégico fundamental. En sus “Pensamientos Políticos”, Pedro Fermín de Vargas expuso cómo a excepción de los lugares inmediatos de Santa Fe, y algunas de las provincias de Tunja (en la llamada “tierra fría”), en todo lo demás del reino se desconocía el uso del arado y en algunos lugares donde era conocido, se fabricaba en madera por no tener con qué comprar hierro. Esto originaba una siembra poco profunda, a lo que se sumaba el desconocimiento absoluto en cuanto al modo de sembrar, cruce de semillas, abono, etc. Los frutos estaban completamente abandonados y en otros casos, las producciones que hubieran podido hacer despegar la agricultura, impedidas por las autoridades por el exclusivismo peninsular.

18El comercio fue presentado por Vargas en un estado de abandono casi absoluto: los caminos estropeados, los ríos sin puentes y malos pasos en todas las estaciones del año. Al respecto las quejas eran generalizadas y este abandono de los caminos era presentado como una de las primeras razones de la imposibilidad de comercializar libremente las mercancías. En la contestación por parte de la provincia de Cartagena de la circular de Santa Fe, fechada el 19 de septiembre de 1810, proponía el sistema federativo como la solución para que dejaran de ser “condenados a lentitudes y a persecuciones, y finalmente envueltos en el polvo del olvido, los proyectos de caminos y canales, los establecimientos de Sociedades Económicas, de fábricas y de mil otros pensamientos benéficos, que nacerán con la facultad de poderlos llevar a cabo12.

19 En conjunto, entre todos los productos, Pedro Fermín de Vargas evaluó el valor de lo introducido anualmente de la península en 1.895.888 pesos, frente a los 247.039 pesos llevados en retorno (algodón, cuero al pelo y muy poco del resto), lo que dejaba en contra de la balanza del virreinato un total de 1.648.849 pesos que debían remitirse en dinero en una sangría escandalosa que mantenía “exhausto el país”. Se mostró partidario de eliminar los estancos de tabaco y restringir la explotación de las minas de oro: “contemplando las cosas filosóficamente – sostenía-, se debía desear que el cultivo de las minas se abandonase para siempre”, justificando que el laboreo de minas encarecía los jornales y maniobras que por lo general, entorpecía el adelanto de la agricultura al descuidar las gentes todo lo demás.

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21Otro grupo de ilustrados fue el de los cientificistas militaristas, tan ilustrados como los que más o incluso más ilustrados que los más pues, en defensa del progreso de la humanidad, estuvieron dispuestos a proteger el progreso masacrando a la humanidad. D. Pascual de Enrile y Alcedo fue hijo de los marqueses de Casa-Enrile. Nació en Cádiz el 13 de abril de 1772 y pasó su niñez en La Habana. Se le atribuye la medición del arco de meridiano entre Barcelona y las Baleares y numerosos hechos de armas durante la guerra de la independencia, entre ellos los de Astorga (a cuya guarnición rindió el 18 de agosto de 1812) después de la batalla de Arapiles13.

22Al concluir la guerra fue destinado a la expedición pacificadora y en la campaña se distinguió además de por su crueldad y por su preparación científica y anotación sistemática de los hechos topográficos más relevantes. El capitán Rafael Sevilla en sus memorias, dio cuenta de que después de entrar el ejército realista en Santa Fe, Enrile puso a trabajar a todo el cuartel general durante 14 horas diarias, desde las 7 de la mañana hasta las 11 de la noche con sólo una hora de paseo y el estricto tiempo para el almuerzo y la comida. En este tiempo, debieron poner en limpio los datos topográficos que habían anotado en las 300 leguas que acababan de recorrer: “por orden de Enrile cada oficial había tenido durante la marcha el cuidado de anotar con lápiz todos los accidentes del terreno, subiéndonos a las eminencias y a los campanarios, donde los había, para hacer el croquis de los caminos, alturas, ríos, y cuanto pudiese convenir a las operaciones militares14”.

23Un jefe ilustrado, según la última carta de un aterrorizado Caldas, en la que éste le suplicó una última clemencia que Enrile jamás tuvo. En Santa Fe pasaron por el patíbulo los que Morillo y Enrile creyeron los principales responsables del levantamiento: Camilo Torres, Torices, Lozano, Camacho, Gutiérrez, Pombo y un Caldas que pidió a Morillo sólo unos días de vida para terminar los arreglos de la expedición botánica de su maestro Mutis, cuyos “secretos” sólo él conocía. Caldas se dirigió a través de varias representaciones a Enrile en quien decía poder ver un “jefe ilustrado y sabio de un ejército victorioso” y a quien poder dirigirse como colega. Caldas describió su participación en la “revolución” como víctima de su “torrente contagioso” y suplicó clemencia a Enrile a quien prometió servirle y seguirle “a todos los puntos de la tierra a donde lo lleven la gloria y su deber”. La carta, escrita el 22 de octubre de 1816 fue una especie de testamento del sabio, fusilado siete días después15.

24Al parecer Morillo quiso salvar en última instancia al reo pero el ilustrado Enrile amenazó al general con denunciarle ante el gobierno español si lo hacía.
El almirante Enrile abandonó la Costa Firme en 1817 para justificar la campaña del ejército expedicionario ante la Corte de Madrid. Este gesto, que contó con la desaprobación del gobierno, le sirvió para vindicar su conducta y la del general Morillo ante el rey, en medio de un aluvión generalizado de duras críticas, llevadas a cabo por los sectores más liberales del país, por la marcha de las operaciones del ejército expedicionario. Estos grupos, que se manifestaron en contra de las atrocidades y crímenes cometidos por el ejército expedicionario, arreciaron sus diatribas cuando se conoció que Enrile, en el mejor estilo de los Cortés o Pizarro, había desembarcado en Cádiz a principios de 1817 a bordo de la fragata “Diana” con numerosos efectos para el rey, entre ellos “un águila del Chocó y una custodia, cáliz y servicio de altar para la Real Capilla16”.

25Entre el 23 de diciembre de 1830 y el 1 de marzo de 1835 ocupó el cargo de gobernador, capitán general de Filipinas donde existe constancia de que contribuyó positivamente al bienestar de la región con medidas tales como la creación del real tribunal de comercio el 1 de enero de 1834.

26En su afán por fomentar un arreglo de las finanzas reales a través de una sistematización de la moneda, destrozó el mínimo mercado de circulante existente en la Nueva Granada. En un informe dirigido al rey, Enrile expuso que en materia de monedas había tal desorden en Venezuela y el Nuevo Reino que sus naturales siempre encontraban “razones especiosas” para oponerse a las órdenes del rey y que la despreciable moneda macuquina, que fue todo cobre, no se la admitía en ningún pueblo y cada uno la fabricaba en su casa y fue todo un caos. Que fue tal la costumbre de adulterar moneda que en cuanto se notaba alguna escasez, se procedía a ello y que pese a que el general Morillo había suprimido estas acuñaciones abusivas en Caracas, nuevamente tras numerosos informes, se habían vuelto a restablecer. En Santa Marta, la moneda perdía hasta un 36% y se suprimió por orden de Morillo pero aseguraba Enrile, que el lucro que generaba su tráfico fue tal, que no vería extraño que se restableciese pronto. Sólo en el reino de Santa Fe, Enrile conocía que circulaba moneda de ley macuquina de Caracas, Barinas, Maracaibo, Santa Marta, Cartagena, Antioquia y la de los insurgentes, la cual perdía hasta un 68%. Morillo dispuso que se acuñase toda la plata, que se fuera recogiendo en medios y en columnarios la macuquina y dar “su valor verdadero” en buena moneda. Indicó que el proceso fue lento pues se calculó que sólo la moneda insurgente ascendía a 200.000 pesos, pero que por la misma razón, fue conveniente al propietario, que no notaba de golpe ningún desfalco y viendo la marcha firme del gobierno, tomar sus medidas. Sin embargo en Cartagena, la comisión de moneda recibió en septiembre de 1819 comunicaciones de los capitanes de guerra y síndicos procuradores de todos los pueblos de la provincia, representando la imposibilidad de hacer frente al pago del 1.5% de impuesto de regularización, porque ni existía ya de dónde sacarlo ni existía ya con qué pagarlo17.

27Al mismo tiempo el general Pascual Enrile, comenzó su proyecto ilustrado de abrir caminos de Antioquia para Santa Fe, el Chocó, Mariquita, el Socorro y Popayán. Para el virrey Montalvo, las obras habían sido sin embargo, absolutamente fuera de tiempo e inútiles y quitaban igualmente los brazos que se debían haber empleado en la agricultura y en el laboreo de las minas, en que estaba como principal interesada la real hacienda18.

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29Pero hay que anotar que en algunos, extraños, casos, también desde dentro de la corte, se impulsaron medidas contundentemente reformistas. Antonio María Ponce de León y Dávila, Duque de Montemar expuso en Madrid, el 24 de octubre de 1816, su voto particular sobre la pacificación de las Indias ante la junta creada por el rey para estudiar el asunto. La visión del problema por Ponce de León y Dávila ha sido una de las más amplias y atinadas que hemos podido estudiar, aunque demostrativa también de lo anecdóticas que resultaban estas voces en las juntas y consejos reales de Fernando VII.

30Para el Duque de Montemar la libertad de comercio no debía limitarse a ciertos puntos de América porque esto favorecía el contrabando entre ellos y los demás. Como en la península, todo debía ser general, apoyado en el “principio de igualdad y sin otras restricciones que aquellas racionales y precisas” que debían contener los reglamentos y aranceles en orden a proteger la industria nacional en Europa y América19.

31Tácitamente indicó que el monopolio fue el causante de haber originado todos los males en aquellos lugares donde quizá, un día, pudo ser beneficioso, pero que en el momento no sólo había destruido la industria en España, al tiempo que no había permitido “nacer la de las Indias”, sino que había fomentado el escandaloso contrabando que había en todos los puertos de América.

32Montemar estaba convencido de que los mismos defensores del monopolio, sacarían mejor partido de la libertad de comercio, porque en el estado actual de cosas, eran los extranjeros los que más se aprovechaban de la ganancia de los españoles ya que éstos no tenían la capacidad de surtir América. No podía ser razonable, continuaba exponiendo Montemar, que algunos individuos se apoderasen exclusivamente de una riqueza que debía ser general y menos aún, que ésta se formase con la ruina de otros que tenían, o que debían tener, sus mismos derechos, añadiendo: “¿si todos le tienen (el derecho) para comprar barato y vender caro por qué se ha de refundir en uno solo con perjuicio de todos los demás?”. Este plan de comercio exclusivista desvanecía la posibilidad de una prosperidad verdadera que debía resultar de la conveniente aplicación de los capitales a todos los ramos productivos: la América estaría tanto más segura, cuanto mejor conocieran sus naturales que las leyes no les eran menos favorables porque estuviesen hechas en la metrópoli.

33Pero esto no resultaba así. Una sencilla operación de comprar lo que se necesitaba y vender lo que sobraba reportaba una enorme diferencia en contra de los americanos. Si una sola sombra de libertad mercantil había reactivado prodigiosamente el comercio americano desde 1778 ¿qué no produciría un comercio verdaderamente libre y bien arreglado? El modelo cubano fue capaz de “imponer perpetuo silencio a los monopolistas20”.

34Para Montemar en América el único fruto fue la plata y oro que fue sacado con avidez por los extranjeros. Sin comercio añadido a estos dos productos, los metales preciosos se extraían sin dejar un valor igual por lo que la moneda salía toda sin poderse reservar para la circulación interior. La defensa del monopolio en fin, según fue amparada por sus defensores, se asentaba en las leyes, antigüedad, costumbres, industria nacional, marina, extracción de metales y otros frutos preciosos y aún en la misma religión, pero nada de eso podría “prevalecer en el ánimo ilustrado de vuestra majestad21”.

35El “antes proveer que prohibir” de Arango y Parreño perdía puntos ante la cruel realidad de mantener un sistema socioeconómico fundado en la fe, la sangre y la riqueza como símbolos únicos de prestigio social que sostenían con sus hechos aquellos que también denostaban el monopolio gaditano.

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37También ilustrado militarista aunque más de la corriente arribista y arbitrista fue Louis de Rieux22, quien mantuvo una actividad incesante a favor de la causa republicana durante todo el conflicto de independencia. En 1814 estuvo en la defensa de la ciudad junto con los también franceses Ducoudray y Aury, Brion entre otros. Desempeñó el cargo de segundo de Mariano Montilla, general comandante en Jefe del Ejército de la Costa y Departamento Militar de Cundinamarca. El 28 de enero de 1821 fue nombrado Jefe de Estado Mayor por enfermedad del propio Montilla. El 9 de abril de 1821 Rieux fue relevado del mando de la línea establecida para negociar con los españoles el tratado de límites por el coronel José María Córdoba. Desde finales de julio de ese año ofreció el inicio de conversaciones sobre la rendición de la plaza ofreciendo garantías a los defensores. El 22 de septiembre de 1821 firmó un armisticio junto al comandante Valbuena, segundo del gobernador de Cartagena. El armisticio fue aprobado por Mariano Montilla y por el gobernador comandante general español de la plaza de Cartagena de Indias, Gabriel de Torres y Velasco. En octubre de 1821 fue el comandante de las tropas colombianas que ocuparon la plaza. El 9 de octubre se despidió del gobernador de Cartagena ante la inminente salida de las tropas españolas hacia Cuba: “... y como tal vez no se me ofrezca ya hacer a VS. nuevas comunicaciones, tengo el honor por esta de ofrecerle mis respetos y de asegurarle que me será siempre muy satisfactorio el que VS. disponga francamente de mi inutilidad en cualquiera destino que la suerte me depare23”.

38Rieux había llegado a Cartagena en la segunda mitad del siglo XVIII. D. Luis de Rieux, médico del hospital militar de Cartagena de Indias fue calificado por Joaquín Cañaveral, gobernador de la plaza de Cartagena que instruyó una causa contra él por intento de sedición, como de joven intrigante, osado y mañoso, quien se había ganado su inquina manifiesta. Rieux, al decir del gobernador, no tenía otros méritos que avalaran su título de doctor que los derivados del reconocimiento del arzobispo virrey, Antonio Caballero y Góngora. Con sólo este reconocimiento, Rieux estuvo curando públicamente y, lo que le resultó aún más ventajoso, defendiéndose de las asechanzas del gobernador quien había puesto todo su empeño en expulsarle de la plaza y ponerle preso. Sin embargo Rieux, valiéndose de sus apoyos, entre los que se contaba además del virrey, un abogado, muchos particulares y el síndico procurador general de la plaza, consiguió varias certificaciones y documentos con los que consiguió llegar a Santa Fe para intentar frenar el proceso que en su contra había emprendido el gobernador. El procedimiento iniciado en 1792 por el gobernador Joaquín Cañaveral en Cartagena y por la audiencia y el virrey en Bogotá, respondió a las leyes y reales disposiciones recibidas desde Madrid respecto a arbitrar un procedimiento común en todo el virreinato para vigilar concienzudamente a los extranjeros (especialmente franceses e ingleses) establecidos en aquel territorio. De este modo, en el mejor de los casos (el del inglés Santiago Drake) fue permitida su estadía pero siempre y cuando ésta se localizase al menos a 30 leguas de distancia del puerto de Cartagena y sin posibilidad de comerciar ni gozar de los mismos privilegios que los naturales del país. En el caso de los franceses, en el que estuvo incluido Rieux, se decretó la expulsión de todos los que no tuviesen carta de naturaleza o estuviesen empleados en real servicio.

39Pero Rieux no sólo acabó siendo expulsado sino que además fue encarcelado. En el proceso abierto la audiencia de Santa Fe dirigió una carta a Manuel Godoy dando cuenta de cómo el abogado fiscal de Cartagena, Enrique Rodríguez, había recibido de Saint Domingue unos papeles sospechosos dirigidos al francés Louis Rieux.

40En 1796, cuando ya llevaba 15 meses en prisión, solicitó desde Cádiz la posibilidad de ir a Madrid a defenderse y que mientras la causa continuase siendo instruida y hasta la conclusión de ésta, pidió se le abonase su sueldo para poder mantener a su familia. En la instrucción de esta causa, Rieux lo había perdido todo: se le embargaron todas las propiedades (“se me despojó hasta de la ropa de mi gusto”) y sólo pudieron mantenerse él y su familia, con las limosnas con que le socorrieron distintos particulares.

41Aunque en atención a su solicitud el rey accedió a que se le abonasen 6 reales diarios y fuera atenuada su prisión, aún en abril de 1799 todos continuaban presos. Rieux continuó oficiando al rey solicitándole la excarcelación del grupo y apoyó sus escritos en la inexistencia de pruebas legales en contra del grupo. Sólo leves indicios habían motivado su encarcelamiento con el fin, indicó Rieux, de cortar una conspiración que jamás había existido24. Sólo con leves indicios habían sido arrancados del seno de sus familias y cargados de grillos vasallos honrados, alguno de ellos empleados en el servicio del rey. El arresto había sido un atentando contra la seguridad personal protegida por las leyes y no había contado con instrucción alguna: prueba de ello era que después de 15 meses de pesquisas se había juzgado que ni en el sumario ni en las indagaciones practicadas había mérito para la instrucción y que la remisión a España había sido ilegal y sin fundamento. Es más, habían sido remitidos como reos con el procedimiento en fase de sumario cuando las leyes de Indias prohibían expresamente que se remitiesen los acusados de América a España si no era después de sentenciados o en estado de serlo.

42La injusticia además tenía otro correlato particularmente gravoso: los hermanos Hurtado, arrestados en las mismas circunstancias que los remitidos a Cádiz y con los mismos indicios, tuvieron la suerte de haber nacido sobrinos del oidor Mosquera y ellos fueron restituidos a sus familias. Actuando de este modo, argumentó Rieux, los magistrados habían pasado de ser depositarios de la ley (con la misión de conservarla sin alterarla y mucho menos violar sus disposiciones), a ser sus contraventores: con ello no sólo habían agraviado al legislador, sino a la sociedad entera.

43Finalmente en 1800 por resolución del rey se determinó que fueran puestos en libertad los quince reos procesados con indicación de quedar hábiles para continuar sus estudios y profesiones sin nota alguna y devolviéndoseles todos los bienes, satisfechas las costas procesales y restituyéndolos a Santa Fe o pueblos de su naturaleza.

44Rieux, sin domicilio legal en el Nuevo Reino de Granada, volvió a representar al rey indicando que al ser imposible verificar en Santa Fe la recaudación de sus caudales expoliados y en justicia como resarcimiento de todos su atrasos, trabajos de su prisión y demás, se le facultase para construir a su costa una plaza de toros en México donde pudiese dar al público 200 corridas. Pero los fiscales acabaron desechando la propuesta de Rieux por motivo de que México se solía valer del arbitrio de las corridas de toros para costear las fiestas organizadas cuando llegaba un virrey nuevo. Por tanto, solicitaron a la real audiencia de Santa Fe el reintegro inmediato de los bienes de Rieux deducidas las costas procesales y procediendo de modo ejecutivo contra aquellos en cuyo poder se hallasen.

45En un último intento, Rieux protestó por la resolución de los fiscales y reclamó una mayor indemnización no sólo por lo perdido, sino también por lo dejado de ganar, que llegó a calcular en unos 20 a 24.000 pesos a razón de 4.000 anuales. Expuso que reclamar esta indemnización a la audiencia de Santa Fe, la misma que le había atropellado y no le había permitido hacer un inventario de sus bienes, resultaría “absolutamente ilusorio e inútil”. En la misma representación consideró infundada la denegación que hacía la fiscalía respecto a su solicitud de construir la plaza en México ya que en caso de la llegada de un virrey pondría siempre dicha plaza a la disposición de la ciudad y le ahorraría a ésta el gasto de su construcción. De cualquier forma y como indemnización alternativa, solicitó la plaza de director de minería de don Juan Josef D`Elhuyar, quien recientemente había muerto, pero le fue concedido provisionalmente destino por el ministerio de hacienda en el virreinato de Santa Fe. Al respecto el virrey de Santa Fe, D. Josef Antonio Caballero, también representó al rey e indicó que podrían derivarse muchos inconvenientes al virreinato por la vuelta de Rieux: no sólo había sido uno de los implicados en la causa de la supuesta sublevación de Santa Fe; además, un hombre de mucho talento e instrucción, sin comprometerse, sabría “hacer hundir sus conocimientos sobre los derechos del hombre de que se haya imbuido25…”.

46Finalmente se le encargó la misión de recoger quinas en el reino de Santa Fe por real orden de 27 de mayo de 1804. Estando ya en Santa Fe un orden real de 19 de mayo de 1804 obligó a su regreso a España para servir un empleo a que el rey le hacía merecedor y justificarse por haber ocultado al ministerio de hacienda su cualidad de extranjero. En ese año ya habían comenzado las hostilidades contra los ingleses por lo que Rieux permaneció en Cartagena dos años hasta que el gobernador de la plaza lo obligó subir a bordo de un barco que naufragó sobre la costa de La Habana. Se embarcó posteriormente en otro buque americano que también se fue a pique a la altura de Charlestown. Afortunadamente fue recogido por un buque de la misma nacionalidad que lo condujo a Nueva York desde donde partió hacia Europa. Al acercarse a las costas europeas una escuadra de lord Strasan capturó la embarcación y la condujo a Inglaterra en donde permaneció dos meses en una cárcel hasta que, a fuerza de instancias, se le permitió embarcar hacia el continente. Llegó a Holanda y atravesó por tierra los Países Bajos y Francia hasta que finalmente entró a España en 1807. A Nueva Granada regresó en 1816.

Conclusión

47Los personajes retratados reflejan la enorme ambigüedad del siglo XVIII, un siglo donde las luces en la monarquía hispánica refulgieron con tanto brío como las sombras. Cuando Kant se preguntaba si el siglo XVIII era una época iluminada y se contestaba a sí mismo que no, pero que lo estaba siendo, seguramente quería evidenciar las enormes contradicciones que se advertían en el tránsito desde el antiguo régimen a la construcción del moderno estado liberal. Los personajes analizados son una buena muestra de un antagonismo que transitaba desde el apego a las viejas formas de política y socialización y el anhelo de asumir un pensamiento renovado, rupturista y compatible con una visión completamente transformada de la sociedad y del sistema político. Sin embargo, el deseo de renovación se vio frenado poderosamente a fines del reinado de Carlos III con el famoso proceso inquisitorial de Pablo de Olavide, que sirvió como advertencia a las intenciones audaces y recordatorio de que los cambios tenían unos límites estrechos y bien definidos: cada vez más estrechos y cada vez más definidos. Tanto Fermín de Vargas, como Enrile, Montemar o Rieux se movieron en el estrecho espacio que ofrecieron Carlos IV y Fernando VII para que afloraran las ideas nuevas. Sobre la pátina común de un pensamiento estandarizado, los actores encargados de fabricar el pensamiento ilustrado lo hacían particularmente, singularmente, aunque con la sempiterna vocación de variar el orden que había impuesto la monarquía ibérica. En la variación, sin embargo, en el cambio, estaba la base fundamental del propio colapso de la corona: el pensamiento ilustrado no sólo informaba de posibilidades remotas sino de realidades factibles, esas por las que el pensamiento absoluto jamás transitaría, aquellas destinadas a modificar el que la monarquía concebía como el “orden natural de las cosas”. Ninguno de los personajes analizados modificó alguno de los fundamentos del poder monárquico, pero todos al tiempo, coadyuvaron a que como indicó José Carlos Chiaramonte, se socavase la concepción del mundo que servía de sustento a las monarquías ibéricas.

48Bilbiografía

49Astarita, Carlos, “Análisis crítico de los modelos interpretativos dominantes sobre el intercambio desigual en la historia”, Boletín de Historia Social Europea, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de La Plata, 1989.

50Barbier, Jacques A. y Klein, Herbert S., “Las Prioridades de un Monarca Ilustrado: el Gasto Público bajo el Reinado de Carlos III”, Revista de Historia Económica, Año III, Número 3, Otoño 1985, págs. 473-495.

51Bonilla, Heraclio (Ed.). El Sistema Colonial en la América Española, Crítica, Barcelona, 1991.

52Brading, David A., Mineros y Comerciantes en el México Borbónico (1763-1810). Fondo de Cultura Económica, México, 1993.

53Céspedes del Castillo, Guillermo, América Hispánica (1492-1898). Vol. VI. En Manuel Tuñón de Lara (dir.). Historia de España. Labor, Barcelona, 1994, págs. 420-423.

54Cuenca Esteban, Javier, “Comercio y Hacienda en la Caída del Imperio Español (1778-1826)”. en Josep Fontana (Ed.), La Economía Española al Final del Antiguo Régimen. III. Comercio y Colonias. Alianza Universidad Textos, Madrid, 1982, págs. 437 y ss.

55De Pombo, José Ignacio, Contrabando y Comercio en Cartagena de Indias. Banco de la República. Biblioteca Luís Ángel Arango. http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-c/comcontr/indice.htm

56De Vargas, Pedro Fermín. Pensamientos Políticos. Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, Bogotá, 1986.

57Fisher, John R., El Comercio entre España e Hispanoamérica. Banco de España. Servicios de Estudio de Historia Económica, nº 27, 1993, pág. 17 y ss.

58Fisher, Kuethe y McFarlane (Eds.). Reform and Insurrection in Bourbon New Granada and Peru, Louisiana State University Press, Baton Rouge, 1991.

59Fontana, Josep, La Quiebra de la Monarquía Absoluta (1814-1820). Ariel, Barcelona, 1978.

60Gelman, Jorge, “La Lucha por el Control del Estado: Administración y Elites Coloniales”. En Enrique Tándeter (Dir.). Historia General de América Latina. Volumen IV. Ediciones Unesco/Trotta.

61Halperin Donghi, Tulio, Historia Contemporánea de América Latina. Alianza Editorial, Madrid, 1998.

62Jaramillo Uribe, Jaime, “La Economía del Virreinato (1740-1810)”. in José Antonio Ocampo (Ed.). Historia Económica de Colombia. Siglo Veintiuno Editores, Bogotá, 1987.

63Joseph Fontana (Ed.), La Economía Española al Final del Antiguo Régimen. III. Comercio y Colonias. Alianza Universidad Textos, Madrid, 1982, pág. XXXIII.

64McFarlane, Anthony, “El Comercio Exterior del Virreinato de la Nueva Granada: Conflictos en la Política Económica de los Borbones (1783-1789)”, Anuario Colombiano de Historia Social y Económica, Números 6-7, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1971-72.

65Mousnier, Roland. “La Fronda”, en J. H. Elliott y otros, Revoluciones y rebeliones en la Europa moderna, Madrid, Alianza, 1972.

66Nieto Arteta, Luís E, Economía y Cultura en la Historia de Colombia. El Áncora Editores, Bogotá, 1983.

67Ots Capdequi, José María. Nuevos Aspectos del siglo XVIII español en América. Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1946.

68Romano, Ruggiero. Coyunturas opuestas. La crisis del siglo XVII en Europa e Hispanoamérica, México, FCE, 1993.

69Solano, Sergio Paolo, Historia y Cultura. Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena, número 3, diciembre 1994.

70Stern, Steve. “Capitalism and the World System in the Perspective of Latin America and the Caribbean”, American Historical Review, 93, 4, october 1988.

71Wallerstein, Immanuel, El moderno sistema mundial III. La Segunda Era de Gran Expansión de la Economía-Mundo Capitalista, 1730-1850, Siglo XXI, Madrid, 1999.

72Notas de pie de páginas

73

  • La AFEHC agradece especialmente al colega Sajid Herrera Mena editor del libro Conspiraciones, guerras y revoluciones políticas en la América hispano-portuguesa, 1808-1824 donde una primera versión de dicho artículo ha sido publicada. La versión que publicamos ahora ha sido editada por la colega Laura Machuca Gallegos y modificada por Justo Cuño.

741 El período de independencia de los territorios que constituyeron el virreinato de la Nueva Granada es uno de los más convulsos de todos los que asolaron la América hispana. Según informes reservados manejados en 1817 por el gobernador realista de Cartagena, desde finales del siglo XVIII los comerciantes neogranadinos habían (bajo el pretexto del comercio y con su justificación) esbozado planes para asumir el control del poder político del virreinato. En 1794 se dio la primera coyuntura, fallida, cuando la guerra contra la Francia del Directorio propició la invasión francesa de la península. En 1808, con la lección aprendida, españoles americanos y peninsulares partidarios de la independencia o del autogobierno, se dispusieron a arrebatar el poder político a las autoridades peninsulares. En principio, los criollos se mostraron dispuestos a asumir una forma de gobierno individuado que mantuviera (leve y flexiblemente) su relación política con la metrópoli temerosos de que la instauración de un poder ajeno al del rey generase un vacío político de imprevisibles consecuencias. Sólo la proclamación de independencia absoluta de Cartagena de Indias el 11 de noviembre de 1811 por los sectores populares apoyados por algunos criollos exaltados, variaron el modelo político individuado por el que había optado el resto de los territorios. Sin embargo, al tiempo que los territorios se decidían por su independencia, no sólo lo hacían con respecto al poder de la monarquía sino también (y sobre todo) con respecto a otros poderes territoriales. Las élites criollas fueron élites regionales que acabaron pergeñando proyectos más locales que nacionales deseosas, como estaban, de seguir manteniendo controlados los resortes económicos, sociales y políticos que sólo ellos controlaban. Este celo y esta desconfianza hacia sus vecinos, particularmente hacia la capital Santa Fe que había constituido el estado de Cundinamarca, provocó una guerra civil que acabó por depredar lo poco que la corona española había dejado tras su marcha. Se enfrentaron las provincias contra el centro pero incluso las distintas ciudades dentro de las provincias. En medio del enfrentamiento interno, los realistas que habían reconquistado Quito avanzaban hacia el norte y en la costa (habían mantenido Santa Marta) presionaban a los patriotas de Cartagena. En 1815 llegaban a un territorio devastado las tropas que constituían el ejército expedicionario más poderoso enviado hasta el momento desde la metrópoli a la América hispana. Salvo algunos sectores de las élites criollas y peninsulares que aún se mantenían sobre las armas, el ejército del general Pablo Morillo fue recibido como una fuerza salvadora que podría restaurar la paz de la monarquía española; una paz de hierro, pero una paz que las pequeñas aspiraciones particularistas habían arrebatado.

752 Renán José Silva, Los Ilustrados de Nueva Granada 1760- 1808. Genealogía de una comunidad de interpretación. (Medellín: Fondo editorial Universidad EAFIT, 2002).

763 José Carlos Chiaramonte, Pensamiento de la Ilustración. Economía y Sociedad Iberoamericanas en el Siglo XVIII, (Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1979).

774 Benedict Anderson, Las Comunidades Imaginadas. (México: Fondo de Cultura Económica, México, 1993).

785 David A Brading, Orbe Indiano, (México: Fondo de Cultura Económica, 1991).

796 “aun en quienes se adherían explícitamente a los fundamentos de las monarquías ibéricas hay que advertir que al adoptar las concepciones de conjunto de la Ilustración socavaban aquella fidelidad por cuanto la Ilustración compromete la concepción del mundo que servía de sustento a las monarquías ibéricas”. José Carlos Chiaramonte (Comp.), Pensamiento de la Ilustración. Economía y Sociedad Iberoamericanas en el siglo XVIII. (Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1979), págs. XVIII.

807 Émile Témime, Albert Broder y Gérard Chastagnaret, Historia de la España Contemporánea. Desde 1808 hasta nuestros días, (Barcelona: Ariel Historia, 1997).

818 John R. Fisher, El Comercio entre España e Hispanoamérica. (Madrid: Banco de España. Servicios de Estudio de Historia Económica, nº 27, 1993), pág. 17 y ss. También ver Jaime Jaramillo Uribe, “La Economía del Virreinato (1740-1810)” in José Antonio Ocampo (Ed.), Historia Económica de Colombia. (Bogotá: Siglo Veintiuno Editores, 1987).

829 Antonio de Nariño y Francisco José de Caldas fueron dos de los ilustrados con mayor importancia en la Nueva Granada. Antonio de Nariño colaboró en el papel periódico de Santa Fe, primera publicación periódica mandada elaborar por orden del virrey Ezpeleta, y publicó en la capital una traducción de los “Derechos del Hombre” que, presumiblemente, había podido obtener de la biblioteca privada del virrey. La publicación y difusión de la obra le supusieron la cárcel y el destierro a España. Al llegar a Cádiz logró escapar y permaneció huído en Europa hasta que regresó a la Nueva Granada donde fue apresado primero en Santa Fe y luego en Cartagena. Tras los sucesos de 1810 logró salir de prisión, fundó en Santa Fe el periódico la Bagatela y se hizo con el control del estado de Cundinamarca. Acabó siendo encarcelado en 1814 y nuevamente enviado a Cádiz donde fue encarcelado hasta 1820, año en que regresó a Colombia y fue nombrado vicepresidente por Bolívar. Caldas fue, junto con su maestro José Celestino de Mutis, el científico más relevante de la Nueva Granada. Aunque conoció a Humboldt este lo rechazó a favor del quiteño Montúfar, lo que generó feroces críticas .de Caldas en su contra. Además de sus hallazgos científicos y de participar en la expedición botánica de su maestro Mutis, desarrolló una importante labor como periodista y como militar. Por haber asumido cargos militares fue fusilado por el general Pablo Morillo a su llegada a Santa Fe en 1816.

8310 Pedro Fermín de Vargas, Pensamientos Políticos, (Bogotá, Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, 1986) ; Justo Cuño Bonito, El retorno del Rey: El restablecimiento del régimen colonial en Cartagena de Indias (1815-1821), (Castelló: Universidad Jaume I, 2008).

8411 Otto Morales Benítez, Revolución y Caudillos, (Medellín: Editorial Horizonte, 1957), Documento digitalizado por Biblioteca Virtual del Banco de la República 2005: http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/historia/revolucion/indice.htm

8512 Pedro Fermín de Vargas, Pensamientos Políticos. (Bogotá: Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, 1986), pág. 36 y ss.

8613 Jean Baptiste Boussingault, Memorias. Las Primeras Luchas por la Independencia. Bolívar, (Bogotá :Banco de la República, Biblioteca Luís Ángel Arango) y Rafael Sevilla. Memorias de un oficial del ejército español, (Madrid: Editorial América).

8714 Sevilla, Capitán. La Guerra de América (Memorias de un Militar), (París: Casa Editorial Franco-Ibero-Americana, París).

8815 en Arturo Abella. El Florero de Llorente, (Bedout: Medellín, 1968).

8916 Fondo Documental y Bibliográfico del Museo Naval, Catálogo 1048, Independencia de América. Expediciones de Indias, 25 de abril de 1817 y Catálogo 233 del 13 de mayo de 1817.

9017 AGI, Estado, 57.

9118 Campaña de Invasión del Teniente General don Pablo Morillo (1815-1816). Talleres del Estado Mayor General, Bogotá, 1919 y Pascual Enrile y Alcedo. Governors of the Philippines during the Spanish colonial period. in:“http://www.zamboanga.com/html/Spanish_governors_of_the_philippines.htm (http://www.zamboanga.com/html/Spanish_governors_of_the_philippines.htm)”:http://www.zamboanga.com/html/Spanish_governors_of_the_philippines.htm

9219 AGI, Estado 87 N. 41.

9320 AGI, Estado 87 N. 41.

9421 AGI, Estado 87 N. 41. La alternativa al monopolio, además del contrabando, la ejercieron los comerciantes extorsionando a la corona: el mayor interesado en que partieran las flotas era el rey y comerciantes limeños y gaditanos controlaron adecuadamente este interés para, por ejemplo, evitar el pago de impuestos aduaneros (almojarifazgos o averías). En Juan Marchena Fernández, América Latina de los Orígenes a la Independencia (II). La Sociedad Colonial Ibérica en el siglo XVIII. (Barcelona: Crítica, 2005).

9522 AGI, Cuba, 709 y AGN, Sección Enrique Ortega Ricaurte, 120, caja 202, carpeta 743: Sitio de Cartagena por las armas republicanas. 1821.

9623 AGI, Cuba, 709.

9724 La conspiración en la que fue encarcelado Rieux coincidió con el proceso seguido contra Antonio Nariño por publicar los “Derechos del Hombre y del Ciudadano”. Parece ser que los oidores se convirtieron en los más acérrimos defensores del absolutismo monárquico enfrentado a cualquier veleidad librepensadora que pudieran haber apoyado los virreyes. El proceso de Nariño y de Rieux se convirtió en la manifestación más evidente de que había límites ideológicos a los que la monarquía (y su aparato burocrático) no estaban dispuestos a llegar.

9825 AGI, Cuba, 709.

Para citar este artículo :

Justo Cuño, « El nuevo/viejo discurso de los ilustrados en el proceso de independencia de la Nueva Granada. 1808 – 1818. », Boletín AFEHC N°67, publicado el 04 diciembre 2015, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=4196

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