Erreur. problème dans l'exécution de la requête : INSERT INTO _logbots (IP, useragent, action) VALUES ('54.197.130.93', 'CCBot/2.0 (http://commoncrawl.org/faq/)', 'lectureFiche')
Erreur. MySQL proteste : Duplicata du champ 'CCBot/2.0 (http://commoncrawl.org/faq/)-lectureFiche' pour la clef 'agentAction'
AFEHC : articulos : Dos lecturas del aislamiento. Lo sobrenatural y lo fantástico en Horacio Castellanos Moya y Claudia Hernández : Dos lecturas del aislamiento. Lo sobrenatural y lo fantástico en Horacio Castellanos Moya y Claudia Hernández

Ficha n° 4285

Creada: 28 junio 2016
Editada: 28 junio 2016
Modificada: 16 septiembre 2016

Estadísticas de visitas

Total de visitas hoy : 0
Total de visitas : 264

Autor de la ficha:

Tania PLEITEZ VELA

Editor de la ficha:

Alexandra ORTIZ WALLNER

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Dos lecturas del aislamiento. Lo sobrenatural y lo fantástico en Horacio Castellanos Moya y Claudia Hernández

Por medio del análisis comparativo de “Jon prefiere que no nos veamos por un tiempo” de Claudia Hernández y “Amaranta” de Horacio Castellanos Moya, este artículo se propone hacer una lectura del aislamiento a partir del tratamiento de lo sobrenatural y lo fantástico en ambos narradores. Esa lectura está estrechamente unida, por un lado, a la conformación de la figura del escritor en Castellanos Moya; y, por el otro, a la alegoría de la sensibilidad creativa en Hernández. En ambos casos se alude a condiciones de marginalidad social aunque desde diversas perspectivas. Para desarrollar esta hipótesis, se perfilan ciertos acontecimientos que tuvieron lugar en el seno del campo cultural salvadoreño después de la firma de los Acuerdos de Paz (1992), así como condiciones, precariedades, que se agudizaron con la llegada del neoliberalismo y que han subrayado las dificultades (emocionales y económicas) que afrontan los escritores para realizar su oficio.
Palabras claves :
Horacio Castellanos Moya, Claudia Hernández, Campo cultural salvadoreño, Literatura fantástica, Cuento centroamericano
Autor(es):
Tania Pleitez Vela
Fecha:
Junio de 2016
Texto íntegral:

1
La narrativa de Horacio Castellanos Moya se conoce sobre todo por su descarnado retrato de la realidad, específicamente aquella que perfila la cultura política de El Salvador. Sin embargo, en su cuento “Amaranta”, incluido en Indolencia (2004), el autor se aleja de esa tradición y se adentra en lo sobrenatural y fantástico1. El tratamiento que el autor le da a lo extraño, cuyo recurso estilístico en ocasiones también adquiere un tono despreocupado, recuerda a los cuentos de otra narradora salvadoreña, Claudia Hernández, por ejemplo, aquellos incluidos en Olvida uno (2005). No obstante, hay diferencias entre ambos autores. En Castellanos Moya, su relato “Amaranta” se mantiene gracias a los pequeños detalles descritos minuciosamente para ir cada vez más adentro de lo insólito hasta desembocar en uno de sus finales más sugerentes. En contraste, Hernández más bien nos ofrece alegorías, narraciones pulidas, breves, una ojeada a lo extraño tal si fuera una esfera suspendida donde se difuminan los desenlaces – o el famoso “golpe de efecto” de Poe –. Puesto que para Hernández lo fantástico existe en la realidad y la realidad en lo raro, no hay necesidad de finales escalofriantes o extraordinarios; más bien en su universo narrativo lo que toma forma es una suerte de enunciación, por un lado sencilla, porque no se expande en explicaciones, y por el otro, compleja, porque se trata de personajes enredados también en una telaraña espacio-temporal.

2A continuación me propongo hacer un análisis comparativo entre el tratamiento de lo sobrenatural y fantástico en ambos autores. Para ello me basaré en un relato de Hernández perteneciente a Olvida uno: “Jon prefiere que no nos veamos por un tiempo”; y en el cuento de Castellanos Moya ya citado, “Amaranta”. En mi opinión, estos cuentos aluden al aislamiento que pueden llegar a experimentar los creadores en un entorno neoliberal. En el caso del narrador hondureño-salvadoreño, se trata de la tragedia del escritor atrapado en un espacio donde la posibilidad del cambio cultural se ha estrechado, ya que se trata de uno donde se pretende implantar una sociedad desmemoriada y acentuada por la llegada de la globalización. En el caso de Hernández, se palpa una alegoría de la sensibilidad creativa donde sobresalen las implicaciones de la diferencia que derivan de la condición de inmigrante que, sin embargo, al no transcurrir en aquel espacio estrecho sino en uno alternativo, más amplio, es posible establecer vínculos aunque no por eso deja de haber aislamiento. Tanto uno como la otra, en definitiva, le dan forma al aislamiento, la soledad, en la que inevitablemente los creadores se sumergen, aunque, dependiendo del espacio, esa soledad puede implicar una aceptación de la precariedad o convertirse en un devastador encuentro con la angustia.

Antecedentes de un espacio

3 Con la firma de los Acuerdos de Paz en El Salvador, en 1992, la escena literaria se caracterizó por el estallido de una serie de talleres, concursos, foros, festivales: los poetas, sobre todo los jóvenes, se mostraron entusiastas, querían difundir su poesía pero también “vivirla” por medio de encuentros, recitales, actividades que visibilizaran las inquietudes artísticas e intelectuales de un pueblo que salía de más de una década de represión y militarismo. Solo el hecho de celebrar la literatura y el arte en un buen número de lugares públicos representó un flujo positivo que dinamizó al campo cultural2. Recordemos que en los años setenta y ochenta, muchos escritores y poetas habían sido desaparecidos, torturados, asesinados, o habían muerto en combate: Jaime Suárez Quemain, Alfonso Hernández, Salvador Silis, Arquímides Cruz, Claudia Jovel, Amílcar Colocho, Amada Libertad, Lil Milagro Ramírez y, por supuesto, Roque Dalton, son solo algunos nombres. Incluso el oficio de librero había sido una actividad peligrosa como lo demuestra el caso de la librería Pablo Neruda: en dos ocasiones explotaron bombas en sus instalaciones; más tarde, a mediados de los años ochenta, su dueño, Reynaldo Echeverría, fue asesinado.

4Por lo tanto, resulta comprensible la ilusión, el entusiasmo, la efervescencia, ante esa apertura inicial del espacio literario más allá de los círculos intelectuales, es decir, considerando a toda la sociedad, intentando incrustar ese espacio en el tejido social. Aparentemente, las cosas empezaban a cambiar y lo anterior adquirió credibilidad cuando la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), publicó la primera gran antología estatal de la obra poética de Roque Dalton, En la humedad del secreto (1994), compilada por Rafael Lara Martínez. Además, a mediados de los años noventa, la DPI fue sometida a una renovación importante: se le confió su dirección a Miguel Huezo Mixco, escritor y ex guerrillero, todo un hito considerando que el Estado estaba controlado por un gobierno de derechas. Asimismo, se creó la Biblioteca Básica de la literatura salvadoreña, compuesta por treinta títulos a precios bastante accesibles; se reactivó la emblemática revista Cultura, cuya publicación se había limitado a unos pocos números durante la guerra; y, además, se volvieron a instituir los Juegos Florales. Sin embargo, hacia el final de la década de los noventa, aquel entusiasmo había languidecido dramáticamente.

5Los conflictos sociales siguieron convergiendo en una violencia permanente y estos no solo demostraron las condiciones miserables de la mayoría de la población, sino también el carácter autoritario que había existido durante décadas, el cual había dejado sus terribles e imborrables huellas en la cultura. “La cultura lejos de compactarnos, nos dividió. Y esa división, ese enfrentamiento, esa colisión, es el signo que nos identifica como cultura [...] El país ha venido creciendo [...] con una conciencia de progreso frágil. Y esto está en el corazón de la constitución cultural nacional”, afirmó entonces Miguel Huezo Mixco3. Precisamente, aquellos esquemas ideológicos autoritarios llegaron a desteñir iniciativas culturales e incluso paralizaron proyectos como el del periódico Primera Plana. Castellanos Moya ha relatado esta experiencia en su ensayo Breves palabras impúdicas :

6Para ese entonces [1992], un pequeño grupo de intelectuales comenzábamos a publicar una revista mensual [ Tendencias ], de información y pensamiento, con la que nos proponíamos colaborar en la transición a la democracia. La idea que guiaba nuestro propósito editorial era abrir un espacio de debate que ayudara a despolarizar y desideologizar la vida política y cultural de una sociedad acostumbrada a vivir en la confrontación militar de los extremos. Dos años más tarde, a principios de 1994, guiado por ese mismo propósito, participé en la fundación […] del primer periódico de la posguerra, Primera Plana , una publicación semanal en la que se involucró con entusiasmo una nueva generación de periodistas y que buscaba ampliar los espacios para el disenso. Pronto nos ganamos la animadversión de las dos fuerzas políticas que habían contendido en la guerra civil y que ahora controlaban la vida pública institucional. Nuestra iniciativa periodística murió por asfixia financiera. […] Ciertamente se puso fin a la práctica del crimen cómo método de resolución del enfrentamiento político, pero la cultura de la violencia encontró nuevos cauces4.

7De una cultura de la violencia, presente a lo largo de gran parte del siglo XX (basada en la exclusión política y la explotación económica), se pasó a la cultura de la guerra, para luego, durante la transición, adentrarse en una cultura de la incertidumbre acentuada por la polarización. Los rasgos particulares de esa polarización fueron la práctica cotidiana de la violencia, la carencia de espacios neutrales y los fundamentalismos ideológicos y políticos (tanto de la izquierda como de la derecha). Pero lo más preocupante fue percatarse de la existencia de una energía ciudadana mínima, es decir, de pocas iniciativas de la sociedad civil que no se encontraran alineadas con alguna de las partes. Algunas preguntas quedaban sin contestarse: ¿Cómo se pueden verdaderamente sanar las heridas y refundar una nueva sociedad? ¿Podremos llegar a alcanzar una verdadera madurez democrática? ¿Seremos capaces de construir un debate serio? De ahí el sentimiento de incertidumbre que se impuso en algunos círculos. En síntesis, lo que un puñado de escritores e intelectuales anhelaba era contribuir a la construcción del pensamiento crítico, sobre todo desde la visión del periodismo, la cultura, el arte y la literatura. Pero se vieron limitados por la polarización5, pero también por una visión utilitaria que comenzaba a permearlo todo con la llegada del neoliberalismo.

8Precisamente, en una entrevista a Castellanos Moya, este se refirió al cambio cultural que escritores y artistas soñaron después de la firma de los Acuerdos de Paz. De hecho, su última novela, El sueño del retorno (2013), de alguna forma versa sobre esa ilusión colectiva. Muchos regresaron del exilio, otros bajaron de la montaña, y no pocos compartieron el entusiasmo en torno a la construcción de una nueva forma de pensar: plural, inclusiva y crítica, la cual se concretaría, por medio de la fundación de revistas, espacios culturales y artísticos, periódicos, librerías, editoriales. En pocas palabras, se apostó por la cultura como vehículo de cambio; una propuesta que iba un paso más allá del pacto político que puso fin a los doce años de guerra. Sin embargo, como dije arriba, el sueño tropezó con una sociedad polarizada y un afán utilitario que se tradujo, por ejemplo, en suplementos culturales cada vez más breves hasta llegar incluso a desaparecer en algunos casos; o en el cierre de carreras de humanidades. “La realidad era más dura que nosotros”, enfatizó el autor de El asco (1997) en la misma entrevista6.

9A finales de los años noventa, la literatura prácticamente brotaba al margen de la sociedad. Lo cierto es que, a pesar de que existían una gama de publicaciones, la literatura no lograba alcanzar la resonancia necesaria, es decir, no ocupaba un lugar, ya no digamos protagónico, sino de legitimidad, fuera de los círculos intelectuales. Para la mayoría de la población, incluyendo miembros de la élite, lo literario continuaba siendo algo que les era ajeno, excéntrico. De hecho, su bajo perfil en el entramado social se ha traducido, entre otras cosas, en un mercado editorial bastante estrecho. Carlos Cañas Dinarte, historiador literario, afirma lo siguiente: “Me parece más que, como decía Hugo Lindo, la mayor parte de escritores y autoras han sido personas dedicadas al oficio de escribir en sus tiempos libres, en las madrugadas o en periodos vacacionales7 ”. Por su parte, el Dr. Ricardo Roque Baldovinos, investigador y profesor universitario, enfatiza:

10No existe una profesión literaria, lo cual no quiere decir que no haya escritores con obras valiosas, con talento. Un espacio profesional que les permita a los escritores sobrevivir, no enteramente dedicados a la escritura, pero por lo menos que puedan dedicarse a escribir y a difundir sus obras en un contexto más o menos estructurado y que le dé sentido a este trabajo. A lo largo de la historia del país, si revisamos distintos momentos, las condiciones de existencia de los escritores y la carrera literaria han sido precarias8.

11En pocas palabras, en El Salvador, la creación literaria es un oficio marginal que se tiene que llevar a fuerza de muchos sacrificios y esto precisamente hace que la literatura se considere, en el imaginario colectivo, más como una iniciativa personal (o un pasatiempo) que como un oficio. Al mismo tiempo, algunos elementos importantes para la profesionalización de la actividad literaria han desaparecido. Desde 1995, la Universidad Centroamericana “José Siméon Cañas” (UCA) no ofrece la Licenciatura en Letras; la Universidad Francisco Gavidia y la Universidad Pedagógica, tampoco. Prácticamente solo se cuenta con una universidad en ese sentido, la Universidad de El Salvador, la cual cuenta con un escaso presupuesto. En general, se puede subrayar que todavía no existen condiciones en el país que permitan, en general, la consideración de la escritura, o de labores relacionadas a la misma, como un oficio serio; tampoco es fuerte la resonancia de la misma en el periodismo cultural, por ejemplo9. Sí existen personas que por sus cualidades, sus inquietudes, su pasión, escriben de manera sistemática y profesional aunque con escasa remuneración y a pesar de las limitaciones del sistema. Al respecto, Horacio Castellanos Moya comenta que esa situación viene siendo así desde hace mucho tiempo:

12Es un país que te trata mal en términos de sobrevivencia; tenés que sobrevivir pero te cuesta tanto sobrevivir y es tan poco el apoyo que podés lograr para escribir una obra, que un novelista se tiene que hacer excepcionalmente. Miguel Ángel Espino escribió sus novelas en momentos excepcionales: era un abogado metido a político y en medio de eso tuvo dos momentos que le permitieron escribir dos novelas excepcionales, Trenes y Hombres contra la muerte. Hugo Lindo escribió en los momentos libres que le quedaban como diplomático, robándose un poco de ese tiempo. Manlio Argueta también lo hizo excepcionalmente, en condiciones de exilio y con mucha voluntad, sin muchos apoyos10.

13En 1952, el escritor guatemalteco radicado en El Salvador, Adolfo Pérez Menéndez, publicó un artículo titulado “Escritores que no escriben”, en el que se quejaba de que el país adolecía de algo muy grave: penuria de ideas y de escritura: “Entre nosotros no hay opinión pública ilustrada, […] por la sencilla razón de que los salvadoreños que pueden escribir, no escriben11 ”. Hugo Lindo le contestó con otro artículo que tituló “Un país sin revistas”, el cual nos sirve de antesala a la situación general que han vivido los escritores en El Salvador:

14…el libro es un ser, la revista un ir; el libro, una comarca, la revista, un camino; el libro nos dice de esfuerzos ya cumplidos, la revista, de ejercicios que se están desarrollando, […] el escritor requiere lectores exigentes, urge críticos, reclama elementos de difusión de su obra – y, para empezar, revistas – y necesita, de modo indispensable, que la sociedad se percate de que él no es un holgazán que habla por hablar, sino un hombre que medita y se preocupa por los temas de su tierra y de su época […]. No olvidemos que el lector es uno de los extremos de la relación intelectiva o emocional. Sin lectores no hay escritores. […] Mas he aquí que en El Salvador las revistas literarias o culturales no viven. […] ¿Qué pasó con Hoja de la Casa de la Cultura? ¿Qué pasó con la Revista de la Biblioteca Nacional, y qué con su heredera Anaqueles ? ¿Qué con el segundo número de Ars de Bellas Artes?... Ninguna llegó – y ojalá lleguen las dos últimas, que están aún en posibilidad – a revista de regularidad y eficacia. Y El Salvador es un país sin revistas. Con pocos lectores exigentes. Con pocos escritores activos12.

15Esa percepción, de que hay “escritores que no escriben” deriva de un estereotipo que se maneja hasta el día de hoy. Esto se debe en gran parte a la precariedad de la estructura literaria (difusión, publicación, formación). Por otra parte, tenemos que recordar que buena parte de los escritores salvadoreños han venido jugado un rol importante en el ámbito de la protesta política13, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, y a menudo a través de expresiones culturales no oficiales o no gubernamentales14. Esto los convirtió, desde el punto de vista de los grupos hegemónicos, en la “oveja negra” de las artes. En cierta medida, todavía existe en algunos círculos el estigma de que los poetas o los escritores son subversivos, incómodos. Las amenazas que recibió Castellanos Moya por El asco a finales de los años noventa es una prueba de ello. No obstante, hoy en día hay escritores, nacidos en los años setenta u ochenta, que no participaron en guerra por lo que ese estigma generalizador ya resulta obsoleto. Precisamente, estos escritores más jóvenes buscan fundar nuevos espacios donde se vigoricen diversos imaginarios, aunque sin dejar a la memoria (histórica, literaria) desamparada. Sin embargo, las recientes amenazas que ha recibido Jorge Galán por su novela Noviembre (2015), la cual versa sobre el asesinato de los jesuitas de la UCA en 1989, así como los insultos misóginos que ha recibido Elena Salamanca en su blog Landsmoder, evidencian que el cambio cultural tiene aún mucho trecho que andar.

Horacio Castellanos Moya: el sorbo de un sueño

16Antes de aparecer en Indolencia (2004), “Amaranta” fue publicado por primera vez en 1999, en una antología compilada (y traducida) por el escritor Rafael Menjívar Ochoa, titulada Del amor de la muerte15. Esta antología contiene cuentos de autores clásicos que han tratado lo sobrenatural: Jonathan Swift (“Una modesta proposición”), Mary Shelley (“El mortal inmortal”), Edgar Allan Poe (“Berenice”), Ambrose Bierce (“Mi asesinato favorito”), Jack London (“Mil muertes”), Saki (“La ventana abierta”), Virginia Woolf (“Una casa encantada”); y curiosamente, entre estos, Castellanos Moya.

17La antología se propone perfilar la forma en que dichos autores articulan la última frontera, la definitiva, es decir, la que separa la vida de la muerte, la cordura de la locura. El trampolín que lanza a sus protagonistas a las exploraciones de esas fronteras es el amor. Se trata, pues, de aquella famosa trilogía que el uruguayo Horacio Quiroga también abordó en uno de sus libros más clásicos: Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917). Tres fuerzas tirando en un equilibrio perverso que descontrola a personajes obsesos quienes inevitablemente son llevados a la destrucción. Ese entrecruzamiento, al mismo tiempo complejo y elemental, fascinante y aterrador – como afirma Menjívar Ochoa –, tiene como propósito llegar al fondo: a “la comprensión de los motores de la vida, es decir, de los miedos vitales16 ”.

18 Considerando el marco en que aparece por primera vez, “Amaranta” podría simplemente leerse como un cuento de fantasmas que adquiere un tinte macabro en razón del deseo y el amor enloquecido. El relato se refiere a un hombre obsesionado con el fantasma de Amaranta, una viuda absorbida por la tristeza con quien finalmente aquel realiza el acto sexual y a la que “está empezando a amar desesperadamente17 ”. Ese elemento amatorio-sexual lo convierte en parábola de uno de los temas por excelencia en la literatura: el hombre, minúsculo, frente a la muerte. En este caso, la muerte tiene forma de mujer insondable, melancólica, bellísima, que exhala sensualidad y poder en su desnudez, un tópico que se mueve entre el romanticismo y las imágenes femeninas prerrafaelitas y simbolistas, y anclado en el establecido binomio de eros y tánatos.

19Sin embargo, el cuento, en mi opinión, va más allá de dichos tópicos e imaginario. El encuentro entre el protagonista masculino (que también es el narrador) y Amaranta bien podría transparentar un estado de cosas en la cultura. En el relato, esto se evidencia por medio de dos aspectos. Por un lado, el retrato de la figura del intelectual que aparece en el relato; y, por el otro, el espacio urbano, la ciudad de San Salvador, lugar donde se manifiestan los vestigios de la pasada guerra así como el afán consumista que empieza a emerger en la posguerra.

20Para comprender mejor lo que intento comprobar, propongo que leamos el cuento desde la perspectiva contraria: la vida del protagonista – un poeta, profesor e intelectual en un San Salvador de finales de los años noventa –, la cual se describe en casi la totalidad del cuento como una vida prácticamente “perfecta”, es el sueño, mientras que el final – cuando aquel se introduce en un hueco localizado en el ano de Amaranta, el cual lo lleva al otro lado, a un espacio angustioso – representa la entrada (o regreso) a su realidad emocional, la que ha querido evadir. Se trata de una especie de historia lynchiana (pienso en Mulholland Drive ) donde lo onírico tiene apariencia de realidad y le da forma al deseo de lo imposible, de la utopía, que en este caso ya no se traduce en la victoria revolucionaria sino en la realización plena del intelectual ; mientras que el otro lado, un territorio hermético, oscuro, húmedo, un no-lugar, sin referencia espacio-temporal, transparenta su verdad, dolorosa porque es contundentemente real. Entrar en lo que yo propongo que es su realidad emocional, dirige al protagonista al más escalofriante de los aislamientos. En esta lectura alternativa, ese no-lugar viene a ser una alegoría de lo que significa habitar un espacio ingrato con los escritores e intelectuales. Es ahí donde irremediablemente debe el protagonista enfrentarse a sí mismo, a su condición de outsider, misfit. Ajeno. Y a la angustia que deriva de dicha condición. Pero vayamos por partes.

21 En casi todo el relato, se describe la existencia plácida de un poeta que también trabaja como profesor universitario. Pareciera que es dueño de una vida independiente y plena a nivel intelectual: tiene una rutina de profesor universitario durante el año académico, acceso a la literatura universal (lee a Pavese) y, durante las vacaciones, se dedica a trabajar en su manuscrito de poesía: “aprovechaba el primer sol de la mañana para tirarme en el patio a conseguir un bronceado leve, luego me zambullía en la corrección de mis versos y por la tarde leía, en espera de esos crepúsculos que eran la constatación de que la poesía existe, más allá de los caprichos y las modas académicas18 ”. Por otro lado, el protagonista vive solo y se muestra “puntilloso” de sus tiempos y espacios, aunque tiene una amante joven que lo acompaña de vez en cuando. No podemos decir que se trata de un intelectual burgués pues vive de forma austera, con “pocos muebles” y sin servidumbre, aunque se sabe privilegiado de alguna manera: “Mi situación económica nunca ha sido asfixiante, pero tampoco lo suficientemente holgada como para permitirme comprar mi propia casa19 ”. Por último, es un intelectual afortunado, considerando los cambios institucionales que han tenido lugar en la universidad:

22Me había graduado en filosofía y letras – tal y como se denominaba en los viejos planes de estudios –, una carrera que entonces ya no existía y que había sido suplantada por la licenciatura en comunicación, engendro de moda por aquella época dada la creencia entre los jóvenes de que ése era el camino más corto para aparecer en la pantalla chica – o en la caja idiota, como la llamaban otros. Para mi ventura, la especialidad en lingüística que hacía tantos años había estudiado me permitió sobrevivir a los cambios curriculares y permanecer frente de la cátedra de teoría del lenguaje20.

23Como vemos, la vida aparentemente plena de este poeta contrasta con la realidad precaria del escritor que describimos en la primera parte de este ensayo. Viene a ser, pues, un contrapunto. El poeta del cuento más bien vive tranquilo, en paz y sosiego, satisfecho emocional y económicamente. En pocas palabras, se retrata a un escritor que, antes de la aparición de Amaranta, vive dignamente aunque al margen del bullicio del mundo. No obstante, nunca llegamos a conocer su ideología. De hecho, el protagonista no enfatiza quejas o comentarios críticos sobre la política o la institucionalidad cultural y en ese sentido es muy diferente, por ejemplo, a la voz de Edgardo Vega en El asco, o a la de los hombres de la familia Aragón. No sabemos si es de derecha o de izquierda porque eso no parece tener relevancia en esa cotidianidad que describe con detalle. Se trata de un personaje alejado de la figura del guerrillero y del político, que se regocija sencillamente en ejercer su oficio de poeta. Esta figura se encuentra muy alejada de los hombres con fracturas emocionales y del tono de derrota y desmoronamiento por las ilusiones perdidas – por cierto muy onettianas, como afirma Basile – que suelen aparecer en la obra castellanosmoyesca. Precisamente, la diferencia con dichos modelos masculinos se identifica al tomar en cuenta el retrato que Castellanos Moya hace del deseo, sobre todo cuando lo enlaza a la figura del escritor.

24Teresa Basile contrapone dos figuras presentes en la obra de este autor, las cuales personifican la sexualidad desde perspectivas diferentes: la del “monje revolucionario” ( La diáspora, 1988) y la del “gran masturbador”. El primero posee un “moralismo estrecho sobre el sexo” marcado por la hipocresía; mientras que el segundo tiene una “fuerte pulsión sexual, con su despliegue de los sentidos, con su obsesión por el deseo, con su reclamo por los derechos del individuo, todo lo cual lo distancia del militante de izquierda. [Pero] el disfrute choca y se quiebra tanto frente a la ética del militante como ante la experiencia de la violencia radical… [creando un] cortocircuito entre el deseo del goce y su imposibilidad (entre el principio del placer y el principio de realidad21 )”. En el relato “El gran masturbador”, esta figura encarna a su vez al escritor y se alza “como una tercera alternativa frente a los animales (los militares) y los locos (los guerrilleros) enfrentados en la guerra civil”. Se plantea así la posibilidad de modelar un espacio fuera de esa lucha ya que el escritor “prefiere la escritura a la violencia radical, apuesta por la literatura y no por la política” y desde su escepticismo, contempla las ruinas que dejan los combates. De esta forma, intenta sustituir el relato político por el erótico: imagina una ficción que lo salve de la violencia, la destrucción, lo absurdo, para superar otra noche de bombas y apagones. En síntesis, “como figura de escritor, el gran masturbador se distancia del lugar de la víctima, del perfil del militante de izquierda o del intelectual comprometido de los sesenta22 ”.

25En “Amaranta”, de alguna forma se trasciende la figura del escritor escéptico que observa las ruinas de la guerra, ya que aquí más bien se le ubica en un lugar “neutro”, un espacio fundamentalmente solaz, despolarizado. Siguiendo la lógica de mi propuesta, la aparición de Amaranta representa un sueño de realización de amor erótico dentro de otro sueño, el de una vida plácida económica, intelectual y creativamente. Aquí, “el gran masturbador” ha encontrado a la mujer “de la que hubiera querido enamorarme23 ” en un espacio sin sobresaltos ni violencia. Pero, poco a poco, las cosas empiezan a alterarse, para desvanecer el sorbo de ese sueño y tragar realidad.

26Si bien “Amaranta” representa, en palabras de Basile, el “punto máximo del deseo sexual” en la cuentística castellanomoyesca, donde el vínculo entre eros y tánatos queda plasmado en “la sexualidad y la violencia de la historia [ya que] Amaranta es un fantasma que ha sido víctima de la guerra civil y el arribo a su interior desata su angustia24 ”, me parece que tenemos que ir un poco más allá. Es cierto que el marido de Amaranta fue asesinado durante la guerra y que esta, destrozada, “se negó a aceptar el crudo sinsentido de la vida y se fue apagando entre aquellas paredes25 ” hasta morir consumida por la tristeza y un cáncer en el hígado. No obstante, Amaranta no quiere recordar el pasado (insiste en no testimoniar su tragedia, en enterrar la memoria) y, aunque al principio parece interesada en la poesía26, solicita al protagonista que la lleve a un “restaurante lindo, donde haya frutas y buen cafe27 ”. Asimismo, quiere que la lleve al centro comercial. Por lo visto, Amaranta se siente atraída por la cultura de los centros comerciales, sobre todo ante la falta de otras propuestas de ocio en esa ciudad de “casas amuralladas”:

27– ¿Venimos por algo especial? – pregunté.
– ¿Por qué?
– No acostumbro a visitar estos lugares – dije –. Demasiada aglomeración. La gente anda como zombi, babeando ante las vitrinas.
– A mí sí me gusta venir – exclamó –. Me encanta pasearme, ver las últimas modas, fijarme en la gente. No hay mucho más que hacer en esta ciudad28.

28 De esta forma, aunque Amaranta representa la violencia de la guerra, también personifica cómo la memoria se está desvaneciendo al tiempo que comienza a alzarse un nuevo momento cultural en la posguerra, acentuado por el utilitarismo, algo que terminará subrayando la imagen estereotipada del poeta o intelectual en esa sociedad. Más adelante, Amaranta incluso le llega a espetar: “Usted tiene una obsesión con el tiempo, con el pasado […]. No es importante29 ”. La guerra pareciera ser un mal recuerdo que se teme afrontar: “Los transeúntes me observaban con azoro, sin enojo, más bien con temor, porque sin ninguna duda yo era otro de esos orates que se paseaban tranquilamente por la ciudad luego de la guerra civil que la había azotado30 ”. En este contexto, Amaranta incluso incomoda y molesta al protagonista:

29Volvimos al escaparate de Benetton.
– Qué linda esa blusa – dijo Amaranta –. El amarillo es mi color favorito. ¿Y el suyo?
– Me da lo mismo.
– Qué insensible. ¿Y así puede escribir poesía?
Le advertí que no se metiera en eso. Y a propósito, ¿para qué carajos me había pedido que sacara mi manuscrito? Me dijo que tuviera paciencia. Y quizá como me percibió molesto, distante, me besó en la boca. Quise más, pero Amaranta empezó a caminar, casi jalándome, hasta la siguiente vitrina31.

30Pero, en realidad, nunca llegará ese momento de intercambio intelectual y literario con el fantasma de Amaranta: él no le leerá en voz alta sus poemas, tal y como ella había dicho que harían. Más bien, se lo tragará. Amaranta pareciera ser la intermediaria entre el sueño y la realidad, puesto que ella pone en evidencia la alteración, la llegada de un tiempo enrarecido para la cultura y el pensamiento. Si bien primero ella lo halaga diciéndole que le gusta escucharlo y que quisiera escuchar sus poemas, a medida que va revelando su verdadero rostro, Amaranta marca el camino hacia el despertar del protagonista en el más terrible de los espacios: el vacío, la angustia, la impotencia. Amaranta es el fantasma de la guerra, sí, pero es seducida por el olvido y la droga de los escaparates y termina tragándose al poeta. Derrota al intelectual, lo quiebra y lo expulsa a su realidad emocional:

31Sin abrir los ojos, aterrorizado, me pellizqué los brazos, los muslos, pero el dolor fue preciso. Entonces recordé un ejercicio impecable que había aprendido durante mi breve paso por una escuela gnóstica: debía pegar un brinco y si flotaba era que estaba soñando. Lo hice. Pero caí, como en la realidad cotidiana. […] Empecé a caminar, con sumo cuidado, midiendo cada paso, en aquel espacio vacío, helado, hediondo a humedad. Pero estaba en un limbo, sin ningún objeto a mi alrededor. Me sentía vulnerable en extremo, con escalofríos, impotente. Me dejé caer sobre aquel piso como de mármol áspero, abrazado a mis rodillas. Y el llanto llegó, comprimido, a cuenta gotas, atascado por la angustia32.

32 En mi opinión, ese no-lugar bien podría ser una alegoría de la tragedia del acto escritural en un espacio asfixiante para el desarrollo del pensamiento crítico33. Cómo afirma el autor, El Salvador, con su precaria institucionalidad cultural, “expulsa a su gente y con ellos a los escritores y artistas34 ”.

Claudia Hernández: vínculos en el resquicio del infinito

33Olvida uno tiene como escenario la ciudad de Nueva York y refleja instantes vividos por inmigrantes de diversos países, tanto latinoamericanos como europeos, inmigrantes que quieren olvidar pero que se encuentran de frente con una ciudad que les revela, por medio de episodios fantásticos, más de lo que quisieran, más de sí mismos. En un breve escrito sobre su viaje a Nueva York y el traslado de esa experiencia a Olvida uno, Claudia Hernández se detiene en lo que a mi parecer es de vital importancia para comprender la lectura que propongo: la sensibilidad creativa en el aislamiento, razón por la cual lo cito completo y destaco en negrita algunos frases esenciales:

34Poco después de que llegué a Nueva York, una persona que llevaba muchos años viviendo ahí y se consideraba exitosa quiso hacerme el favor de ahorrarme tiempo cuando comenté que no tenía definida la duración de mi estancia: me advirtió que no iba a triunfar en esa ciudad. Me dijo que a ella llegaban a diario miles de gentes con maletas repletas de sueños que terminaban por irse con las manos vacías, como, tras verme, estaba seguro de que sucedería conmigo. También, que era mejor que no desperdiciara mi esfuerzo y me regresara tan pronto como fuera posible a mi país y tratara de recuperar lo que sea que hubiera dejado por irme allá.

35Como estaba tan emocionado repitiendo como filosofía propia lo que dicen acerca de la ciudad hasta las canciones que todo mundo conoce, preferí no interrumpirlo para explicarle que no debía preocuparse por mí porque ni había llegado con intenciones de quedarme (nunca paso demasiado tiempo en una ciudad que no es la mía) ni había llevado sueño alguno conmigo que pudiera perder. Supuse que tampoco le importaría demasiado saber que había llegado con la modesta intención de calmar mis nervios, de modo que, en cuanto terminó, le agradecí y avancé en la dirección opuesta a la que me indicó. Preferí confiar en lo que, un par de años atrás, un fotógrafo de esa ciudad me había dicho en un país en el que ambos estábamos de visita: que Nueva York era el tipo de lugar que le gustaría a alguien como yo y que, aunque en ese momento me reía y aseguraba no tener ni planes ni interés por conocerla, él sabía que terminaría por llegar y descubrir de qué me hablaba.

36Como había llegado en muy malas condiciones, tardé unos días en animarme. Pero, en cuanto comencé a caminarla, me pareció que se acoplaba a mis ansiedades porque hacía que los días duraran en ocupada soledad lo que yo necesitaba que duraran y que las noches colocaran siempre a mi lado a alguien dispuesto a contarme una gran historia, que bien podía ser la peor de sus verdades o la mejor de sus mentiras. Poco a poco, fui entendiendo que, si uno se quedaba el tiempo suficiente para comunicarse con ella en el idioma suyo de gestos y silencios, la ciudad se manifestaba y hasta le entregaba a cada uno lo que necesitaba porque, en el tiempo que estuve, la vi obrar la maravilla de proveer a algunos de las monedas que necesitaban para sentirse triunfadores o de la distancia necesaria para dejar de ser lo que habían sido con la misma generosidad con la que me prodigaba a mí lo necesario para sanar el quebrantado espíritu con el que había llegado.

37Cuando llegó el momento de convertirme en una de tantas que desparecen de su faz, lamenté que mi pésima memoria –que olvida con facilidad los rostros y los nombres hasta de amigos y familiares, pero recuerda con claridad las sensaciones y todo lo que no sucedió– fuera a borrar el detalle de su rostro extendido sobre las azoteas como borró los rostros de todas las otras ciudades en las que alguna vez estuve y los de las personas que transitan a diario las estaciones de trenes más grandes donde me detenía a ver pasar gente en las horas de mayor tráfico cuando necesitaba sentirme acompañada. No imaginé entonces que, tiempo después del regreso a casa, me encontraría pensando en cosas en las que no reparé mientras estuve en ella y entendiendo que todas las voces que había oído noche tras noche habían estado contándome por separado una misma historia que comencé a escribir – con las limitaciones que el cuerpo enfermo aún me imponía – para mí misma en el íntimo lenguaje en que ella me la había susurrado y resonaba en mí como el eco de esa ciudad ajena.

38Trabajar ese libro aceleró mi recuperación y me enseñó algo acerca de mí misma y de la literatura – a la que había abandonado – que, de otra manera, quizá no habría visto. También me dejó ver que la Nueva York que no había estado en mis planes no sólo me había dado el placer sencillo de caminar sin tener que estar pendiente de que algo terrible fuera a suceder en la siguiente acera, como en mi ciudad, sino que – aun en la distancia – seguía dándome mucho más de lo que yo habría podido atreverme a pedirle.

39Con frecuencia pienso que debería llamar al fotógrafo al número que me dejó anotado para comentarle lo que descubrí de ella y para agradecérselo. Si no lo he hecho aún es porque no consigo recordar su nombre35.

40Como vemos, la ciudad de Nueva York le brindó a la narradora un soplo de energía, de maravillosos encuentros y conversaciones con gente anónima, conociendo alegrías cotidianas y una soledad apacible; un entramado de experiencias que le devuelven el deseo de escribir una vez regresa a su ciudad natal, a la que tampoco nunca pensó abandonar. Ese tiempo en la gran ciudad le brindó la oportunidad de caminar, deambular desde la afirmación, sin estar “pendiente de que algo terrible fuera a suceder en la siguiente acera”. Por lo tanto, la escritora se funde con el espacio en un abrazo sensorial, donde el anonimato se convierte en una ventaja y los vínculos humanos son tangibles aunque breves. Nueva York le brinda empuje a su sensibilidad creativa para de nuevo poder “verle el rostro” a la frívola sociedad que hemos fabricado, edificado, en el neoliberalismo36; pero dejando entrever resquicios por donde entra una tenue luz porque no todo es oscuro en Olvida uno : se oye un murmullo de voces que hablan entre sí y se cuentan sus historias, se confiesan, se acompañan, sobreviven. Siguiendo a Borges, veremos cómo un personaje de este libro recupera su Aleph o al menos replanta lo que de él le queda, a pesar de su aislamiento y la precariedad que afecta a los outsiders, misfits, marginales, sean inmigrantes o escritores, o ambas cosas.

41Precisamente, “Jon prefiere que no nos veamos por un tiempo” plantea un diálogo literario con el famoso cuento de Borges, “El Aleph” (1949). La narradora y protagonista del cuento descubre el infinito en el baño privado de Claudia, una inmigrante que escribe (se mencionan sus cuadernos) y que también es la pareja de Jon. La protagonista es la amante de Jon y, en una ocasión que la invita a pasar la noche con él ya que Claudia se encuentra de viaje, aquella (que al principio parece despreciar y tenerle envidia a Claudia porque ha logrado que Jon quiera casarse con ella), comienza a fisgonear en el espacio privado de esta. Así, revisa cajones, escarba en su armario y husmea en el interior de sus bolsos, mientras intenta hacer el menor de los ruidos: “Pero me fue imposible no exclamar con asombro cuando, con la ayuda de un picahielo, conseguí abrir el seguro de la puerta de su baño privado y me encontré con una visión del universo encajada en ese espacio de diminutos y opacos azulejos blancos37”.

42La protagonista al principio se asusta pero luego se arrepiente: “Durante el resto de la semana, no hice más que reprocharme por haber reaccionado con cobardía ante el infinito”; así que decide volver, pues no le es posible “renunciar a la idea de contemplar de nuevo su maravilla38 ”. Le ruega a Jon que la deje pasar otra noche con él. En esa segunda ocasión tenía intención de robarse todo el infinito, pero solo logra llevarse “uno solo de los insondables puntos39 ” puesto que Jon despierta. Poco después, cuando Jon le anuncia que prefiere que no se vean por un tiempo, este lo justifica diciendo que cree que Claudia se ha enterado de sus encuentros: “lleva ya tres días negándose a dormir con él. Se encierra en su baño y no para de llorar. Tampoco quiere comer40 ”. Jon enfatiza que quiere mantener a Claudia a su lado. Es entonces que la protagonista intenta enmendar la situación y va a hablar con Claudia, solo para descubrir un robo mayor:

43…supuse que la única manera de conseguirlo era regresándole lo que había tomado de su baño, me fui a buscarla a la escuela en que trabaja para devolverle el pequeño astro y para suplicarle que no fuera a recriminarle mi falta a Jon: él ni siquiera imaginaba que ella mantenía oculto lo infinito en su baño. De haber estado al tanto, seguro jamás habría dejado que me acercara. Ni siquiera me habría invitado a su apartamento. […] Entonces puse en sus manos la esferita de luz naranja que había estado llevando conmigo en los bolsillos como una fruta pequeña convencida de que con eso resolvía el asunto. Ignoraba que alguien más había descubierto la espesura cósmica en su baño y –a diferencia de mí– se la había llevado completa41.

44Claudia, a pesar que acepta una condición de precariedad en su relación con Jon (la infidelidad), decide concentrarse en plantar un nuevo universo con la estrella que le ha sido devuelta aunque esta vez le pondrá a la puerta del baño una cerradura fuerte que resguarde su tesoro. El universo en el baño de Claudia claramente nos remite al Aleph, aquella esfera tornasolada donde las cosas están en todas partes y simultáneamente en ninguna, habitando “el mismo punto, sin superposición y sin transparencia42 ”. Pero Hernández le da una vuelta de tuerca al cuento de Borges.

45El Aleph, nos relata Borges, se encuentra en el sótano de Carlos Argentino Daneri, un poeta presumido, vanidoso y ridículo, indigno de poseer esa esfera maravillosa, según el narrador. Daneri es el rival de Borges. Por medio de Daneri, el escritor argentino realiza una parodia de la vida intelectual bonaerense, apasionada por la vanidad. Precisamente, Daneri está trasladando todas las imágenes que le ofrece el Aleph a un largo, enciclopédico y pretencioso poema. ¿Y qué es el Aleph? Un espectáculo vertiginoso, nos explica el personaje Borges: “el diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo43 ”. La rivalidad entre los dos hombres se mantiene hasta el final y está marcada por la ironía. Daneri gana el Segundo Premio Nacional de Literatura mientras que la obra del protagonista no obtiene ningún voto. Borges lanza la sospecha de que el Aleph de Daneri es falso y que el verdadero se encuentra dentro de una columna de piedra en El Cairo: “Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie, declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor44…”

46Ahora bien, en “Jon prefiere…”, Hernández utiliza el símbolo del universo con otro propósito. Aquí no se utiliza ese dispositivo narrativo para referirse a la vanidad en el ambiente intelectual o para hablar de lo indecible, de la divinidad. Más bien, ese símbolo le sirve a la salvadoreña para aludir al resguardo de la sensibilidad creativa frente a la frivolidad, la desconfianza y el interés, pero sobre todo ante la posibilidad de ser violentada por considerársele insignificante, marginal45. Es esa sensibilidad creativa la que logra que Claudia pueda plantar, cultivar y cuidar su maravilloso infinito. Además, en “Jon prefiere…” ese símbolo también se utiliza para destacar el breve vínculo que se establece entre dos mujeres extrañas que finalmente logran hablar de forma sincera, a pesar de que en un principio la protagonista muestra prejuicios y recelos hacia la inmigrante Claudia (en algún momento se refiere a esta como “una criatura frágil, casi un insecto46 ”). La protagonista, al igual que Jon, también termina respetando el espacio privado de Claudia, es decir, su universo creativo, su cuaderno cósmico, por decirlo de alguna manera. A su vez, Claudia no es ingenua: sabe lo que como inmigrante causa en el otro, pero acepta la precariedad del espacio público y del espacio compartido. Su interés es preservar su universo fulgurante, la creatividad.

47Por lo tanto, el infinito de Hernández tampoco puede ser el falso Aleph del que sospecha Borges. El Aleph que Borges establece como verdadero, otorgándole un carácter místico e inalcanzable (pues se encuentra dentro de una columna), pareciera que también puede existir en el baño de una mujer. No obstante, el infinito de la salvadoreña es descrito modestamente, colocado en un lugar cotidiano, y puede ser fragmentado, no es fijo e inamovible, más bien puede ser replantado, como señal de movilidad, de un nuevo comienzo. Si en el Aleph cada cosa es al mismo tiempo infinitas cosas, también lo es el acto escritural, pero en este caso no surge desde imágenes vertiginosas que un poeta presumido transcribe, sino desde la sencillez de ser infinito, en sí mismo. Se alude, pues, a que su dueña tiene una sensibilidad artística no tocada por la vanidad, sino por la conciencia de la pérdida. A diferencia del cuento de Borges, donde los dos personajes se detestan, aquí se establece la comunicación, el vínculo, entre dos supuestas rivales. Es cierto que se trata de un vínculo imperfecto y momentáneo y, como dijimos, en un espacio precario. No obstante, el contacto entre las dos mujeres evidencia la oportunidad: el infinito retratado como un brote de planta que Claudia hará crecer desde la esfera naranja que ha recuperado. Así, sabemos que sobrevivirá.

48En definitiva, como afirma Zuñiga Bustamante, en Olvida uno “la memoria/olvido se construyen y reconstruyen ya no con el fin de establecer un testimonio ni una versión paralela a la oficial sobre la historia o las tragedias de vida de estos personajes, sino que se trata de un proceso íntimo, personal, una suerte de estrategia de supervivencia en la que confluyen todos los que habitan la gran ciudad del mundo47 ”.

Conclusión

49Por medio de un cuento sobrenatural, con un final macabro, Horacio Castellanos Moya pareciera enfatizar la precariedad que rodea a la figura del escritor en su deseo por vertebrar y consolidar el oficio de la escritura en un espacio no precisamente afable con el intelectual. Por su lado, Claudia Hernández, por medio de técnicas fantásticas, alude a la salvaguardia de la sensibilidad creativa lo cual se traduce en la continuidad del acto escritural a pesar de los despojos. Al hacer un análisis comparativo entre el tratamiento de lo fantástico en ambos autores, prestando especial atención a los dispositivos narrativos que perfilan al aislamiento, en mi opinión, tanto Castellanos Moya como Hernández aluden al tema de la memoria y el olvido. Gracias a estos dos cuentos, podemos decir que el ejercicio del pensamiento, la escritura, no puede desprenderse de la memoria. Asimismo, el refuerzo del espíritu, la recolección de los pedazos, también se puede lograr cuando la memoria asimila sensaciones (no únicamente el pensamiento, la razón), algo que puede ser facilitado por un espacio habitado por el vínculo, el acompañamiento, aunque sea breve, lo que permite afrontar el rostro de la frivolidad y el utilitarismo sin la necesidad de quebrarse. Así, se salvaguarda la sensibilidad creativa que permite plantar, cultivar y cuidar un universo propio, maravilloso: el de la literatura. Ambos escritores, han demostrado que su apuesta por la literatura sigue firme y es esta la lucha “revolucionaria” en la que creen y por la que sobreviven.

50Notas de pie de páginas

511 Castellanos Moya también ha escrito una novela bajo el signo de la literatura fantástica, Baile con serpientes (1996).

522 Durante los años de la guerra, la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) tuvo gran repercusión en el campo literario-cultural. De hecho, en esos años fue una germinadora de escritura. También hubo otras iniciativas. Así, por ejemplo, el Taller de Letras Atisba y el grupo literario Cinconegritos, ambos asesorados por la escritora y ensayista Matilde Elena López; o el Taller de Letras de Extensión Universitaria. Quizá el más importante, además de la labor de la UCA, fue el Taller Literario Xibalbá, el cual se concretó bajo el liderazgo del poeta Otoniel Guevara. Todos estos tienen el mérito de haber establecido un espacio literario durante los años más duros de la represión. Basta recordar que Otoniel Guevara y Salvador Juárez (miembro de Cinconegritos) fueron encarcelados y torturados por el régimen político-militar.

533 Miguel Huezo Mixco, ¬_La perversión de la cultura_ (San Salvador: Ediciones Arcoiris, 1999), págs. 25-26.

544 Horacio Castellanos Moya, Breves palabras impúdicas. Un ensayo y cuatro conferencias (San Salvador: Centro Cultural de España/Colección Revuelta, 2010), págs. 54-55.

555 Hay que tener presente que lo anterior corresponde a un pequeño grupo y no a todos los intelectuales y trabajadores de la cultura. Lo cierto es que muchos estaban alineados con alguna de las partes. De hecho, al terminar la guerra, en muchos de esos círculos no existía un sentimiento desligado de colores partidarios. Más bien, en general, se trató de lograr cambios desde las nuevas trincheras democráticas, aunque sin bajar la guardia ante “el enemigo”. (Carlos Cañas Dinarte, entrevista, 2 de octubre 2013).

566 Y. Aguilar Sosa, Y. (2013, junio 21). “La realidad era más dura que nosotros”, ¬_El Universal_ (21 junio 2013). En línea. http://www.eluniversal.com.mx/cultura/72053.html (28 febrero 2016).

577 Tania Pleitez Vela, Literatura. Análisis de situación de la expresión artística en el El Salvador (San Salvador: Fundación AccesArte, 2012), pág. 127.

588 Pleitez Vela, Literatura, pág. 128.

599 A finales de los años noventa, hubo un intento de publicar un suplemento exclusivamente cultural desde las páginas de La prensa gráfica. Después del cierre de Tendencias, el grupo editorial Coopex (dirigido por Roberto Turcios) estableció, en 1999, una alianza con dicho periódico para publicar mensualmente el suplemento “Búho”. Contó con artículos de escritores internacionales como de escritores y poetas salvadoreños. Sin embargo, los encargados de La Prensa Gráfica decidieron dejar de editarlo porque un número de anunciantes se negó a seguir comprando espacio en el mismo: consideraban que era una revista de “izquierdosos”. Existe solo una excepción, el “Suplemento Cultural Tres mil” del Diario Co-latino, fundado el 23 de marzo de 1990. A pesar de haber pasado diversas crisis y que en algunos momentos ha sido cuestionada la temática de sus contenidos, dicho suplemento se sigue publicando hasta el día de hoy. Sin embargo, no cuenta con el volumen de tiraje ni con la cobertura de los dos periódicos más importantes y eso, sin duda, es una desventaja. El Faro, por medio de su sección “El Ágora”, y ContraPunto, a través de “contrACultura”, también realizan periodismo cultural. Pero se trata de periódicos digitales y el acceso directo a Internet es limitado para la mayoría de la población salvadoreña, sobre todo la rural.

6010 Pleitez Vela, Literatura, pág. 122.

6111 Adolfo Pérez Menéndez, “Escritores que no escriben”, en El Diario de Hoy (28 febrero 1952), pág. 9.

6212 Hugo Lindo, “Un país sin revistas”, en El Diario de Hoy (8 agosto 1952), pág. 8. En aquel momento (cuando Hugo Lindo expresó su opinión ante la provocación de Pérez Menéndez), la mencionada revista Ars, inaugurada en 1951, se siguió editando aunque de forma intermitente, y ha llegado hasta el día de hoy pero con períodos de no publicación que alcanzan incluso varios años. Poco después, en 1955, llegó la revista Cultura. Luego apareció La Pájara Pinta (1965-1972), la revista de la Generación comprometida, a la que le siguieron suplementos literarios; por ejemplo, “La Cebolla Púrpura” (1973-1977), liderada por el desaparecido Jaime Suárez Quemain; o revistas artesanales como El Papo/Cosa Poética, editada por Castellanos Moya, Huezo Mixco y Róger Lindo, la cual solo llegó a publicar algunos números. Para entonces, eran ya los últimos años de la década de los setenta y la guerra estaba a punto de comenzar causando un quiebre en el campo cultural.

6313 En los años cincuenta nació la llamada Generación Comprometida – nombre acuñado por Ítalo López Vallecillos y que tuvo como miembros a Roque Dalton, Manlio Argueta, José Roberto Cea, Roberto Armijo, entre otros. Más adelante, en 1967, en la ciudad de San Vicente se creó otro grupo literario importante, La Masacuata, uno de los que más puso el quehacer literario al servicio del compromiso político. Eduardo Sancho fue uno de sus miembros, quien poco después se convertiría en el conocido comandante Fermán Cienfuegos; también lo fueron Alfonso Hernández y Rigoberto Góngora, quienes participaron en la guerra y murieron a manos del ejército. En 1972 nació el grupo literario La Cebolla Púrpura y su líder, Jaime Suárez Quemain, quien se dedicó de lleno al periodismo de denuncia a partir de 1978, fue asesinado en 1980. Por último, mencionaré a la revista El Papo/Cosa Poética ; tres de sus miembros se unieron a las filas guerrilleras: Miguel Huezo Mixco, Róger Lindo y Roberto Rodríguez, mientras que Castellanos Moya, en la primera parte de la década de los años ochenta, se involucró, desde el periodismo, con el movimiento revolucionario.

6414 Durante la guerra (1980-1992), no se dejó de producir literatura. Pájaro y volcán (1989) editado por Miguel Huezo Mixco (que también escribió y publicó dos libros, en 1988, mientras se encontraba en el frente de guerra: El pozo del tirador y Tres pájaros de un tiro), demuestra que aún en los momentos más extremos, se seguía escribiendo. Asimismo lo demuestra la literatura testimonial que sobresalió durante la guerra. En 1988, La diáspora, la primera novela de Horacio Castellanos Moya, ganó el premio de novela otorgado por la UCA; esta universidad, como comenté arriba, fue el centro de sinergia cultural durante el conflicto armado, lo cual se concretó en la famosa revista Taller de Letras. En 1987, UCA Editores publicó una novela corta de Jacinta Escudos, Apuntes de una historia de amor que no fue. El Taller Literario Xibalbá llevó a cabo una rica actividad de protesta. Estos son solo algunos ejemplos, por supuesto que existen muchos más.

6515 Véase Del amor de la muerte, Rafael Menjívar Ochoa, compilador y traductor, (México: Editorial Vid, Colección MECyF, 1999).

6616 Menjívar Ochoa, “Del amor de la muerte”, s/n.

6717 Horacio Castellanos Moya, “Amaranta”, en ¬_Con la congoja de la pasada tormenta. Casi todos los cuentos_ (Barcelona: Tusquets, 2009), pág. 298.

6818 Horacio Castellanos Moya, “Amaranta”, pág. 288-289.

6919 Horacio Castellanos Moya, “Amaranta”, pág. 287.

7020 Horacio Castellanos Moya, “Amaranta”, pág. 288.

7121 Teresa Basile, “Memorias perturbadoras/memorias autocríticas: revisión de la izquierda revolucionaria en la narrativa de Horacio Castellanos Moya”, en alter/nativas. Revista de estudios culturales latinoamericanos 5 (2015). En línea. http://alternativas.osu.edu/es/issues/autumn-5-2015/essays/basile.html (27 febrero 2016).

7222 Teresa Basile, “Memorias perturbadoras/memorias autocríticas”, s/n.

7323 Horacio Castellanos Moya, “Amaranta”, pág. 292.

7424 Teresa Basile, “Memorias perturbadoras/memorias autocríticas”, s/n.

7525 Horacio Castellanos Moya, “Amaranta”, pág. 292.

7626 Llega un momento en que Amaranta le dice al protagonista: “Cuénteme, ¿cuándo y cómo empezó a escribir poesía?”, a lo que este responde: “Le conté que yo era un joven supuestamente destinado a ser ingeniero, médico o abogado, pero que había sido arrasado por la ola de rebeldía de la década de los setenta, y entonces me imaginé como músico, un guitarrista de rock, un compositor de música progresiva, de tal manera que empecé a escribir canciones. […] Pronto comprendí que la música no era mi fuerte, sino que las letras de las canciones, lo que me llevó a la poesía y finalmente a estudiar filosofía y letras”. Horacio Castellanos Moya, “Amaranta”, págs. 296-297. La similitudes con la biografía de Castellanos Moya son evidentes, como se puede observar en una entrevista realizada en el Centro Cultural de España de El Salvador: [https://www.youtube.com/watch?v*bCHOFIlH_TA]

7727 Horacio Castellanos Moya, “Amaranta”, pág. 295.

7828 Horacio Castellanos Moya, “Amaranta”, pág. 299.

7929 Horacio Castellanos Moya, “Amaranta”, pág. 303.

8030 Horacio Castellanos Moya, “Amaranta”, pág. 300.

8131 Horacio Castellanos Moya, “Amaranta”, págs. 300-301.

8232 Horacio Castellanos Moya, “Amaranta”, págs. 304-305.

8333 Beatriz Cortez se ha referido a “Amaranta” para vertebrar un discurso crítico en torno a la ciudad de San Salvador. Veáse Beatriz Cortez, San Salvador, El Salvador. 1370.14N, 8920.02W, en Patricio Navia y Marc Zimmerman, coordinadores, Las ciudades latinoamericanas en el nuevo (des)orden mundial (México D.F.: Siglo XXI, 2004), págs. 318-335.

8434 “Horacio Castellanos Moya: No hay cambios en la institucionalidad cultural”. ContraPunto TV El Salvador (8 enero 2015). En línea. [https://www.youtube.com/watch?v*JtBEsbTbXYc] (25 febrero 2016).

8535 Claudia Hernández, “Eco de una ciudad ajena. A propósito de Olvida uno”, en piedepágina. Revista de libros 12 (Agosto 2007). En línea. http://www.piedepagina.com/numero12/html/claudia_hernandez.html (22 de febrero 2016).

8636 Zúñiga Bustamante menciona a varios autores que “…se aparta[n] también de la común interpretación de la escritura de Hernández a partir de la experiencia de la guerra, para hacer un análisis sobre cómo las políticas neoliberales impuestas a los países centro y latinoamericanos han tenido un impacto profundo en el aumento y agravamiento de la pobreza, la desposesión, la marginalización, la migración y, por supuesto, el aumento de la violencia. Sarmiento se apoya en el concepto de ‘precariedad’ y las ‘vidas precarias’ desarrollado por Emmanuel Levinas y expuesto por Judith Butler en 2004 que implica la configuración de una vida en total ‘ausencia de un rostro’ (Levinas), lo cual produce que su pérdida no genere la menor empatía ni que sea necesario llevar a cabo un proceso de duelo ante su ausencia. Son, en suma, cuerpos/sujetos que a nadie importan”. Jessie Zúñiga Bustamante, “La irrupción de la casa como metáfora de la inmigración en los cuentos de Claudia Hernández”, en Istmo. Revista virtual de estudios literarios y culturales centroamericanos, 29-30 (Julio-Diciembre 2014 / Enero-Junio 2015). En línea. http://istmo.denison.edu/n29-30/proyectos/index.html (20 febrero 2016), pág. 6.

8737 Claudia Hernández, “Jon prefiere que no nos veamos por un tiempo”, en Olvida uno (San Salvador: Índole editores, 2006), pág. 25.

8838 Claudia Hernández, “Jon prefiere…”, pág. 25.

8939 Claudia Hernández, “Jon prefiere…”, pág. 26.

9040 Claudia Hernández, “Jon prefiere…”, pág. 20.

9141 Claudia Hernández, “Jon prefiere…”, pág. 29.

9242 Jorge Luis Borges, “El Aleph”, en El Aleph (Madrid: Alianza Editorial,1998), pág. 192.

9343 Jorge Luis Borges, “El Aleph”, pág. 192.

9444 Jorge Luis Borges, “El Aleph”, pág. 197.

9545 Para más información sobre el tema de la violencia ejercida en el espacio privado en este cuento véase el artículo de Jessie Zuñiga Bustamante, “La irrupción de la casa como metáfora de la inmigración en los cuentos de Claudia Hernández”, págs. 14-16.

9646 Claudia Hernández, “Jon prefiere…”, pág. 21.

9747 Jessie Zúñiga Bustamante, “La irrupción de la casa como metáfora de la inmigración en los cuentos de Claudia Hernández”, pág. 2.

98

Para citar este artículo :

Tania Pleitez Vela, « Dos lecturas del aislamiento. Lo sobrenatural y lo fantástico en Horacio Castellanos Moya y Claudia Hernández », Boletín AFEHC N°69, publicado el 04 junio 2016, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=4285

Comentarios

Normas de uso

Esta es la opinión de los lectores de la AFEHC, no de la AFEHC No está permitido verter comentarios injuriantes. Reservado el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema. Una vez aceptado el comentario, se enviará un correo electrónico confirmando su publicación.

¿No tienes una cuenta todavía?
Puedes crear una

Como usuario registrado usted podrá publicar de forma inmediata comentarios con su nombre.